Carmelo Rivero - 3/100 - El blog de Carmelo Rivero

Podemos, plata en el podium, alerta a CC

Ahora están todas las cartas boca arriba. El día después del 28-A es el inicio de la madre de todas las batallas. A nadie se le escapa que en las elecciones generales se daba, además, el pistoletazo de salida de la campaña de las autonómicas, locales e insulares, amén de europeas, donde se cuece el poder en román paladino. Y el duelo en la cumbre entre el PSOE y Coalición Canaria será una justa medieval cuerpo a cuerpo en el barro. La gran ordalía se reserva sorpresas. Están sobre el tapete muchos años, muchas bocas y estómagos agradecidos, muchos intereses en juego, muchas prebendas, muchas canonjías, mucho entramado, mucha cornucopia, mucho pesebrismo y mucho del léxico afilado del viperino García: lametraserillos, chupópteros, chiquilicuatres y correveidiles. La fauna en estos casos siempre es la misma.

Cuando el franquismo tocó a rebato viendo la cosa negra pulularon todos estos especímenes alimentados a la sombra del régimen. Eran gente de baja y alta alcurnia entremezcladas, personajillos y personajetes, conjurándose para defenderse como gatos panza arriba. Y es comprensible, lo era entonces, cuando uno los distinguía entre la gente corriente haciendo filigranas o haciendo el ridículo para salvar el echadero y la posadera. En Canarias estamos hablando de miles de damnificados si se produce, como parece, el tsunami socialista de las generales y hay cambio de tercio, de presidente, de partido y, por ende, debacle en la red clientelar. El clientelismo, como el enchufismo y la sinecura son consustanciales a la hegemonío en el poder. Se cría a su vera, es un afluente del statu quo.

Ahora hemos asistido al partido de las elecciones generales. Y la ola del PSOE marca tendencia. El zaherido José Félix Tezanos se salió con la suya. Hay quien sostiene que el avezado sociólogo preconcibió una profecía autocumplida, que generó un estado de opinión generalizada de modo infalible. Fuera o no fuera cierta la superchería del mago de la demoscopia, la ola de Sánchez está servida, el sanchismo como fenómeno social y político ha alcanzado su máximo objetivo, y entra en los anales junto al felipismo y el zapaterismo irradiando todo su poder hipnótico sobre el conjunto de las autonomías y de los mortales que votarán el 26-M con la precuela del 28-A. Como sio conocieran de antemano el final de la película.

España este domingo se tiñó de rojo y el profesor José Adrián García Rojas ya anticipaba ayer en el DIARIO su pronóstico para las locales y autonómicas: “La ola de Sánchez llevará al PSOE a la victoria en Canarias”. Se ha puesto a temblar el ecosistema de intereses que da sentido a toda perpetuación en el poder.

Llega a este duelo con el PSOE el 26-M una CC que acaba de resurgir de sus cenizas sobre los escombros del PP. Ha sido un alarde de malabarismo, quizá el único gran pinchazo de las encuestas, que acertaron en casi todo pero erraron dando por amortiazada a Oramas, cuando era el PP el que entraba en la UVI y se dejaba los huesos y los pulmones dando oxígeno a su congénere nacionalista. Pero lo que escuece en la familia coalicionera es la medalla de plata de Podemos en el podium de Canarias. Barrunta giro a la izquierda. Ojo avizor.

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El lado oculto del voto

Más vale la vida que los regalos de pascua”. Con su frase aguerrida, el pequeño Jonas superviviente de seis años de la tragedia de Adeje, con la impronta de David -arrojó una piedra al padre asesino antes de huir de la cueva mortal-, ilustra por qué evitó que la masacre acabara con él junto a su madre y hermano. En su relato revela que este, de diez años, le conminó a huir cuando la madre yacía indefensa y le tocaba enfrentarse a su progenitor. Martes negro, semana de cierre de la campaña electoral. Un niño se erige en un angelical profeta contra los cantos de sirena y las falsas promesas. Es una lección de vida, útil en todos los contextos. Y, en particular, la frase nos impacta, nos importa y emociona como un aldabonazo en nuestras conciencias, es una verdad simple y llana que nos rescata de la hipnosis general.

El símil de los regalos de pascua encaja, por tanto, en una campaña de ofertas y carantoñas a los oídos de un electorado en estado de shock. La falta de agudeza mental, que es propio de la edad pero no de una democracia aún tan tierna, ha empobrecido un catálogo de propuestas recurrente y copión, entre los dos bloques: unos, obstinados en competir por ser el más patriota y anticatalán, y los otros, espoleados por el azote de la ultraderecha, avivan el fantasma del franquismo dando pábulo a las ideas ya muertas de los años de la caverna, precisamente.

El error de esta campaña ha residido, en uno y otro caso, en ignorar al grueso de una sociedad que tiene los problemas que tiene y la sensación de que nadie le entiende ni remedia sus cuitas, que son de orden doméstico y rara vez de índole politica. ¿Tienen los partidos detectado este problema de comprensión, que tanto se parece al de la compresión lectora que nos restriega el informe PISA? Un ejemplo lo aclara: hemos contado en DIARIO DE AVISOS, mientras progresaba la campaña electoral, que los vecinos de las viviendas de Añaza se sienten traicionados por el Gobierno canario tras adquirir sus casas a un banco y ponerlas en manos de Visocan, pues desde entonces prosiguen los lanzamientos de los desahucios en curso y no han hecho sino subirles el precio del alquiler. ¿El votante de Añaza, afectado por este problema que es el genérico déficit de viviendas sociales y el ingente problema de la desigualdad de salarios y empleo, creen ustedes que se siente estimulado a elegir opciones que apenas mencionan estos modestos asuntos concretos -pero vaya si tienen calado y se extienden a una multitud de ciudadanos de todo el país- o puede sentirse tentado a tener una arrancada electoral, como decimos en Canarias? De esto se trata cuando se advierte en las encuestas -y no menos en esta ocasión- de una abultada bolsa de indecisos.
Otro tanto cabe decir de los problemas de los hospitales y sus servicios de urgencia; de la carencia de camas sociosanitarias para una población anciana que da sus últimas caladas a la vida, y un etcétera de demandas cotidianas de amplia repercusión que los lectores de este periódico se saben de carretilla como un estribillo: la dependencia, la pobreza, los atascos en las carreteras en la ruta de casa al trabajo… El pan nuestro de cada día.

Cuando llegan los campañas (y las campanadas) electorales, los partidos pecan de una misma pulsión, casi en términos freudianos, por aferrarse a los grandes mantras reiterativos. Y olvidan poner énfasis y esmero en los problemas reales consuetudinarios, que decantan, en la intimidad de la gente de a pie, el voto real, auténtico y definitivo. Ese que los encuestadores no logran arrancar del arcano profundo de cada elector. Diríase que el ciudadano ha ido perfeccionando sus habilidades para ocultar el voto con artes de distracción, a fin de preservarse, por tanto, el mayor placer que constituye votar: su secreta ideología. Por llamarlo con un nombre convencional, aun a sabiendas de que no estamos hablando de un problema de izquierdas o derechas, sino de otra cosa, de otra concepción, de otro mecanismo mental a la hora de tomar decisiones políticas por parte de quien no está en condiciones de hacer lucubraciones teóricas, filosóficas, históricas ni económicas, sino esencialmente emocionales, personales e interesadas. Hay un justo y razonable egoísmo en cada elector que acude a las urnas preguntando por lo suyo. Hará lo que más le convenga. A él. No a una colectividad abstracta, que se expande en el amplio espectro de las redes sociales, y ahí está bien climatizada en toda su expresión, pero, fuera de ese álbum social, el sujeto no se siente corresponsable, sino miembro solitario de su diáfana verdad: su voto para otros oculto. El destino es uno, el propio, y el entorno que todo lo induce y condiciona es el familiar, no otro, no hay más verdad que esa entraña, ni siquiera el interés general del país. No hay más país que el individuo exhausto de apechugar con su realidad indivisible.

La sociedad queda lejos del ámbito de decisión del individuo que vota. Así es en nuestro momento histórico actual. El poder de las masas no es comparable con el de cada ciudadano por sí solo. Hay nuevas armas sociales en las manos de la gente, nueva metodología de comunicación que escapa al modelo de las ideologías clásicas. Se vota con lo puesto, con la carga de cada mochila personal, recelando de todo lo demás, del estado de bienestar prometido, pues la tasa de paro, la falta de viviendas y las listas de espera en el sistema público de salud imponen algo parecido a la ley de la selva.

Es por todo esto que las encuestas no son últimamente fiables. Las campañas electorales se han vuelto un periodo de exhibición, una modalidad más de espectáculo en la alta política. El día que comprendamos que la ciudadanía, una vez que abandona el gran coliseo de la campaña electoral y pisa la calle regresa al hogar interior de sus inquietudes y vota según le va en la vida, los partidos saldrán del encantamiento fabricado por estrategas áulicos y volverán a la realidad más prosaica como fuente de inspiración.

Es probable que hoy las encuestas acierten con el ganador, pero habrá sorpresas. Y no perdamos de vista la excepción de esta convocatoria, que no se extingue en sí misma, pues la lectura de los resultados de esta noche será predictiva del escenario que nos reserva el 26-M. El escrutinio de las próximas horas formará parte de una campaña sin solución de continuidad que enlaza unas urnas con otras.

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Las dos verdades de esta semana

El voto oculto y la caja tonta protagonizan la semana que empieza como nunca antes en una campaña electoral. Para decirlo claro: algunos partidos están tentándose la ropa ante el giro que pueda esconderse en la masa de indecisos que no han querido revelar el voto a los encuestadores (por prejuicios, pudor, temor al qué dirán). Estoy refiriéndome, en concreto, al llamado bloque de derecha, el que integran por imperativo del guion PP, Ciudadanos (Cs) y Vox.

Hasta este lunes en que se podían difundir encuestas, en virtud de la ley, había un simulacro de empate a 164 entre la izquierda y la diestra, ambos lejos del voto 176 que consagra la mayoría absoluta y que se hizo famoso entre nosotros, los canarios, durante el último Gobierno de Rajoy porque ese escaño lo encarnaba el diputado de Nueva Canarias Pedro Quevedo. Tradicionalmente, era un voto reservado a Coalición Canaria y que tantos réditos le aportó; entre otros, el secuestro de facto de los diputados regionales del PP, que de modo obsecuente prestaban auxilio a los gobiernos de CC. Ocurrió lo que ocurrió y esa norma no escrita del apoyo tácito popular a Coalición quebró cuando Asier Antona, tras la expulsión de los socialistas por Clavijo, dijo no a la petición de mano del presidente y recibió una descarga eléctrica en modo de asedio mediático de medios afines al novio plantado en el altar.

Ahora se escribe otra historia. O, para ser exactos, se está escribiendo esta semana como en un partido televisado que no se decidirá hasta el último minuto, con VAR incluido. Dados los antecedentes, es para ponerse a temblar si estuviéramos en el pellejo de las fuerzas conservadoras que aspiran a ser alternativa. ¿Es Vox el voto oculto?

La pregunta recorre las sedes de esas fuerzas coaligadas de antemano frente a la amenaza de la victoria socialista consensuada por la multitud de sondeos que ha marcado el paso a esta campaña desde que Tezanos lanzó en el CIS hábilmente lo que ya se conoce en los círculos demoscópicos como la profecía autoincumplida del sanchazo del 28-A. Porque si las encuestas fracasan, como ha ocurrido tantas veces en recientes comicios y referéndums en Europa y América (del brexit a Trump) y gana en su espectro Vox, la derecha tendría un problema: ¿Populares y ciudadanos le darían la presidencia a Abascal, en caso de sumar como en Andalucía?

A tales efectos, las consecuencias podrían ser múltiples, pero nada hace descartar que, en ese caso, Cs se aviniera a una entente con los socialistas e, incluso, el P, buscara reacomodarse en las instituciones locales. Lo cierto es que esa sospecha ya ronda las cabezas de los jefes de campaña y nadie es ajeno a las incógnitas que se ciernen sobre esta semana definitiva para las elecciones generales.

Dos cosas no han sido tan verdad nunca como ahora: que los debates televisivos tendrán influencia y que la bolsa de indecisos podrá tener la última palabra. En convocatorias precedentes no se les tenía semejante preveción a una y a otra. Ahora sí, por cuanto los líderes se han sentado frente a frente por primera vez a mantener una conversación que nos debían y las encuestas se lo han perdido. O sea que, esta vez sí, la tele va a influir. Y nunca antes los indecisos fueron tan decisivos.

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Julio Hernández y los popes claustrales

Esta semana se abrieron lo cielos y cayó fuego sobre la tierra. Un viento flamígero quemó Notre Dame. Otro, en América, nubló la mente altanera del mandatario peruano aprista Alan García, y el Caballo loco se pegó un tiro en la cabeza antes de ser detenido por el caso de corrupción Odebrecht, que hace estragos en todo el continente. La mala racha se llevó consigo al mítico crítico de cine Diego Galán, que conocí en la revista Triunfo junto a Cesar Santos Fontenla, y al columnista de culto que ya leíamos de niño, Manuel Alcántara, con 17.000 artículos hasta bajar del ring. Pero, aún no satisfecha, la parca nos arrebató también a mi amigo Julio Hernández, que llevaba América inscrita en el frontispicio de una memoria de elefante y era fan de García Márquez: habría insertado la muerte de Alan García en la tradición del realismo mágico.

Todo esto aconteció en mitad de Semana Santa. La catedral parisina en llamas parecia una imagen premonitoria de las elecciones europeas de mayo. En su aislada magnitud, las gárgolas lloraban sobre el Sena. Notre Dame impresiona, penetras en ella como si te fuera a raptar en buena hora, todo envuelve e hipnotiza, y este aspecto de cadáver de pie encarna el estado crítico de Europa, la caverna y la catedral entablando un pulso que no es ajeno a la historia, si es que esta no se ha detenido por casualidad.

El profesor Julio Hernández era un historiador que entendía de las claves de bóveda de la historia y ayudaba a descifrar esta clase de acontecimientos. Su precipitada muerte el pasado día 13 le hurtó el suicidio peruano en su amada América y la hoguera de Paris, cuya mera mención asociaba al canario Nicolás Estévanez, que acabó sus días preterido en el exilio francés añorando el terruño y La Habana. Hernandez, como yo, había visitado en la acera del Louvre de la capital cubana la placa en honor del militar canario que rompió su espada en señal de protesta por el fusilamiento de los estudiantes de medicina a cargo del ejército español en el siglo XIX. Julio Hernández adoraba Cuba, lo había leído todo sobre Fidel. Era un americanista innovador perseguido por la huraña rivalidad académica, que rompía moldes y desbrozaba el camino de las investigaciones futuras. Cuando lo conocí, en la Plaza de La Paz, iniciamos una larga conversación que duró más de cuarenta años, donde fui descubriendo a un canario lúcido y documentado en una tierra a menudo ingrata con sus hijos más brillantes.

Julio fumaba puros y yo tampoco. Así, a la manera daliniana, solíamos departir de lo humano y lo divino. Con su capacidad de aforo en cuanto a aforismos, era el centro de atención; recitaba versos de Martí y páginas enteras de Cien años de soledad con voz radiofónica. Hablar con Julio invitaba a tomar apuntes. Me decía, lee tal capítulo de Hugh Thomas sobre las jóvenes prostitutas canarias en el puerto de La Habana… Tenía el prestigio de haber definido psicológicamente el karma de America en el canario, que estaba llamado a ser europeo de un modo político, pero no sentimental, y dejó textos irrefutables de ese condominio canarioamericano. Yo le contaba cómo habían sido los encuentros que mantuve con Uslar Pietri en Caracas o con don Juan Bosh, el estadista y novelista dominicano, y el célebre periodista venezolano Hector Mujica, que eludió acompañar a Ava Gardner a su suite, tras una entrevista en el hall del hotel, por miedo escénico Y Julio disfrutaba contando la vida del Che Guevara o Sofía Loren… Cuando chapoteaba en las lagunas de la depresion empezó a escribir de Pepe Monagas, el personaje de Pancho Guerra, con la nostalgia de los barrios populosos de Las Palmas como San Juan, su esquina natal. Escribía a caballo de Umbral y Alcántara. Una vez hicimos una excursión por Las Palmas, con motivo de la presentación de un libro de Alfonso Oshanahan, y elegimos de posada el hotel Madrid, esperando tropezarnos con el fantasma de Franco, que pasó allí la noche de la víspera del golpe de Estado.
Terminé haciéndome también fumador de habanos tentado por el hobby nocivo de mi amigo. Cuando traje de Cuba una caja de cohibas legítimos y nos repartimos el botín, a los dos nos tumbó el aliento del diablo del tabaco más famoso del mundo. Julio era el historiador de la emigración canaria a América, que le valió el premio Viera y Clavijo en los años 70, y el mejor divulgador que he conocido sobre pasajes de nuestra idiosincrasia insular. Dejó una tetralogía inédita sobre el sueño americano, indianos, godos e isleños brutos, que se convirtió en una incursión sobre el humor canario. Cuando descubrí ‘Una historia cultural del humor”, de Jacques Le Goff, el gran historiador medievalista, y otros autores, y le entregué un ejemplar, Julio se sintió redimido. Era heterodoxo y polemista y se enfrentó a los popes claustrales. Tenía dos debilidades, la revolución cubana y la peligrosa canariedad, que le costaron caras en su carrera, pese a una fama prematura cuando despuntó con la convicción de Lucien Febvre de que “ser historiador no es un oficio, es una misión”. El capitán general González del Yerro le negó los archivos militares, pero el indómito no se adocenó. Una vez apeado del aula, destacó como orador en su círculo de amigos, ora en la Plaza de la Paz, ora en La Aurora o el Imperial, cuando no en su feudo favorito, el barco invertido del Quiosco Numancia, en tertulias inovidables. Durante años se borró de la vida social y se refugió en la intimidad confortable de su familia, junto a esposa, la profesora Elvira Toledo, y sus hijos, Julio, Francisco y Elvira. Fue un padre ilustrado que les legó no solo un caudal de libros, sino el bagaje de lo que hizo y dijo mientras era y quiso ser quien fue.

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Arde en París lo que somos

El incendio de Notre Dame conmueve y socava las raíces y los cimientos del mundo que conocíamos como nuestro, porque hemos nacido con las paredes de Europa en pie y se nos desmorona su concepción viendo la imagen de la aguja central de la catedral cediendo al calor de las llamas, como si algo determinante se cayera de un modo definitivo dejando en el aire un mal presentimiento. A pocas fechas de que las urnas digan qué clase de Europa nos aguarda, arde París, y esta vez no se trata de la liberación de Europa, como la noveleran Larry Collins y Dominique Lapierre, sino de una tragedia inusitada. Porque si los monumentos, los grandes edificios culturales y los símbolos arquitectónicos hablaran un lenguaje de signos, este del incendio de Notre Dame es un anuncio dantesco de la Europa que se quema en la vasta hoguera de las ideologías y los valores fundacionales que la alzaron tras los años de guerra. Aquí estamos, a las puertas de la cascada electoral de abril y mayo, expectantes y sonrojados por la deliberada putridez de los comicios que se avecinan. Y no olvidamos que de esta saldrán tres parlamentos de una tacada: en España, en Canarias y en Europa. Pero desconocemos qué democracia resultará de estas elecciones, qué líderes regirán nuestros destinos y si los augurios de París nos están previniendo sobre la fragilidad de todo el entramado político conocido hasta ahora. Notre Dame era, y acaso aun es, uno de los mayores símbolos culturales de Europa. Hoy, martes, la imagen es el incendio de Europa. Y con eso queda todo dicho.

Antes de que a las seis de la tarde de este lunes se nos encogiera el corazón con las primeras noticias del drama parisino, estas líneas abordaban cómo nos cambia la vida la Semana Santa. En el caos de un tiempo que se define por la sucesión atropellada de acontecimientos, esta especie de pausa en el torbellino tiene su incidencia en los ritmos circadianos del ciudadano de a pie. O debería de tenerlo, salvo que el eclipse coincida con una o dos campañas electorales, como quien no quiere la cosa, y los ánimos estén exaltados con “mentiras por hora e insultos por minuto”, como decía Pedro Sánchez en Las Palmas . Casado culpó ayer a Zapatero de la crisis de los cayucos, para empezar. En llamando a urnas vale todo, incluido el martirologio y la cacería descarnada del rival. Ni la Semana Santa pone coto a la crucifixión de los mesías. El usuario combina la paz interior con el infierno electoral y, habituado a la visceralidad de las redes sociales, convive con la sensación apocalíptica de la política.
No hay santos en los partidos, que rinden escaso culto a sus progenitores y, en cambio, sucumben al adanismo de querer refundar las siglas y escribir su propia historia. Pero es verdad que esta doble campaña está siendo un vía crucis. A ese 40 por ciento de indecisos le han echado tantas novias, que las encuestas -como ocurriera desde Estados Unidos a Andalucía- hacen aguas de antemano. Los sondeos y trackings son jaculatorias, invocaciones y rogativas para ese 40 por ciento mudo que se ha tomado a rajatabla lo de que el voto es secreto y no suelta prenda a los encuestadores porque no le da la gana. De tal modo, que tanto el 28-A como el 26-M puede salir un gobierno frankenstein o un gobierno alienígena o un gobierno de pigmeos o un gobierno de indocumentados, y he ahí los porqués de este cerote electoral.
Notre Dame es toda una metáfora de que arde Europa en carne viva, y está llamada a regenerarse urgentemente con ayuda detodos los quasimodos de corazón íntegro que estén dispuestos a abrasarse en aras de salvar los ideales que ahora están por los suelos.

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Javier Muguerza, pontífice máximo

El célebre profesor. En la Universidad de La Laguna había en los setenta un profesor de Filosofía que gozaba de la devoción de alumnos y colegas, como un semidesterrado con reminiscencias de Unamuno en la isla majorera en los años 20, según la descripción de su discípulo Pablo Ródenas en el in memóriam por su muerte esta semana en Madrid. Javier Muguerza no era grato al régimen, que descaecía lentamente, pero supo ser, ejercer y envejecer librepensador y dueño de una autoridad moral con que nos arropaba a todos, alumnos y profesores, haciendo proselitismo sin querer. El encanto personal de Muguerza y su sabiduría eran tales que a nadie resultaba indiferente, y ahora que se ha ido es inevitable ceder a su mitificación. Algunos acólitos comparan la veneración de los alumnos por Muguerza con la que profesaba Hannah Arendt por su adorado Heidegger, el mago de Messkirch. No se prodigan seres humanos de su estatura afectuosa e intelectual.

Fue el gran filósofo español de la ética del siglo XX, al que unos canarios afortunados tuvimos el privilegio de conocer y amistar en la trastienda lagunera de un país constreñido por el dictador. Muguerza era un contrapeso de un periodo aplastante, llenaba el espacio de un ámbito afable como si fuera invencible. Su carisma generaba un clima de buen rollo contestatario atrincherado en la universidad como un valladar frente a los grises si osaban cruzar la frontera y tomar el campus por las armas. La policía sabía que había una soberanía universitaria implícita que cubría como un velo el recinto libre de la ULL. Pero un día del 76 no se respetó ese axioma y el rector, Enrique Fernández Caldas, nos convocó para anunciar que dimitía tras ser prohibido y expulsado Lluis Llach del Paraninfo y de la isla por el aeropuerto de Los Rodeos. Muguerza era un iceberg contra el que chocaban los fantasmas del franquismo agonizante de mediados de los setenta. Su paso por nuestra universidad duró cinco años (1972-1977), pero a nosotros nos pareció toda una época.

Yo me acuerdo de Muguerza, cuarenta años después, como si fuera ahora mismo, arrellanado en su asiento del aula mientras fumaba la pipa de la paz y nos daba clases de Lógica. Un día tras otro fuimos conociendo las bondades de Kant. ¿Éramos conscientes de la importancia de aquel joven profesor? Al principio, no. Nosotros, alumnos y ya periodistas, nos pegábamos a Muguerza con verdadera adicción. En verdad, no pueden imaginarse los jóvenes que lean esto la trascendencia de haber sido alumno de Muguerza. Muguerza no era un profesor, era un territorio.

Fueron cinco años muguerzamente excitantes, en el borde de un abismo que imponía todo su riesgo y emoción entre el final de la dictadura y el comienzo de un nuevo olimpo con dioses distintos. Y entonces, que yo recuerde, la Universidad de La Laguna era nuestro falansterio, el sitio libre y autogestionario que nos hizo utópicos. España era triste y cavernaria. Y en mitad de esa deriva conocimos al célebre profesor Muguerza, como quien se arrima a un árbol, a su acogedora sombra.

Muguerza reivindicaba el derecho al disenso, porque era un mediador persuadido de los egos. Para acordar las cosas había que saber discutirlas, sin soberbias ni fatuas hegemonías. Nos enseñó a disentir sin cerrarnos en banda. Lo cual hace tan útil y vigente a Muguerza -su don plátonico del diálogo con los antagónicos- en este tiempo de intolerancia. En aquella Universidad de La Laguna nos pastoreaban unos profesores fenomenales, que, en el caso de Muguerza, eran oradores elocuentes, dotados de una voz radiofónica y amable, con gusto por la disertación. En aquel ágora se estaba pariendo una polis en el país de una dictadura decadente. Era fácil hacerse fan de Muguerza, un profesor pop de estilo juvenil dando un recital de filosofía. Mi hermano Martín y yo hacíamos crónicas diarias en La Tarde de Alfonso García Ramos como si todo aquello que sucedía entre las cuatro paredes de la universidad y que preconizaba la inminente democracia fuera un happening relevante informativamente. En cierta forma, vivíamos en un idealismo que se hizo realidad. Hasta tal extremo podíamos resultar confianzudos con los filósofos que ahora que escribo estas líneas recuerdo ir paseando por Santa Cruz con José Luis López Aranguren y su discípulo Muguerza como unos incondicionales.

Dejó unas obras imprescindibles, algunas como La razón sin esperanza escritas durante su estancia en Tenerife. Fue profesor y profeta de una etica atrofiada durante cuarenta años (el filósofo de Iberoamérica, como lo llama Adela Cortina) que arribó a una ciudad americanista como La Laguna para reemplazar nada menos que a Emilio Lledó, otro héroe epónimo que marcó una etapa y encandiló a los alumnos como su sucesor.

Tenido como un santón en un altar, Muguerza era campechano y generoso. Ahora bien, tenía la sartén por el mango, sabía mucho, lo había leído todo y era un seductor de seguidores. No le gustaba ser doctor honoris causa, pero no pudo negarse cuando así lo dispuso la universidad de sus amores, La Laguna, ni evitar que le crearan una cátedra cultural con su nombre, y acabó donándole sus fondos documentales. La última vez que lo vi se despidió porque acudía a una manifestación en la Isla. Teoría y praxis, esa era la doble hélice de su ADN. Y en su DNI ocultaba que nació el mes y año de la guerra; ponía el 39, cuando aquella había finalizado. También tenía una doble idea de España, como Saramago, la de una confederación ibérica con Portugal.

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Canarias, con tres frentes en el exterior

Tres frentes polarizan el desasosiego de las Islas ante los desafíos del exterior. La deriva del contencioso del brexit, que ha encallado y permanece en un callejón sin salida, valga el oxímoron, preocupa en Canarias a estas horas en que cualquier desenlace es posible. La crisis del Reino Unido, el caos que el referéndum de junio de 2016 ha terminado por generar en una economía clave provoca el inevitable contagio en el seno de la UE, que no ha vivido un trance similar a este. A Canarias nos pone en un brete. Estamos a expensas de decisiones de cuya orientación desconocemos todo. Es tal el guirigay político inglés que de este laberinto caben solo soluciones traumáticas, salvo que se imponga in extremis la cordura y se repita la consulta, que ahora ganarían los europeístas, dado el descrédito de los euroescépticos tras las falacias con que excitaron las pasiones históricamente renuentes a la integración comunitaria.

Es nuestra maldición nelsoniana de amor y odio con una cultura que adoramos, pero que o bien nos embiste o bien nos abandona. En estos días de abril el reloj corre contra la desidia británica, y en efecto la agricultura de exportación, el turismo prevalente y la presencia de paisanos en un país en el limbo están en juego.

Venezuela es otro de los escenarios internacionales que nos indigesta en la actualidad. La confrontación y el precipicio en que ha caído su economía, arrastrando al hambre y la enfermedad a la población, tras lustros de chavismo en la picota, desencandena una alerta que se extiende por Europa y América, y que en particular hace mella en nuestra tierra, uncida al destino de Venezuela por lazos de sobra conocidos. La crisis política y humanitaria venezolana, a la que venimos prestando puntual atención en el DIARIO, nos tiene en estado de shock. Hay miles de paisanos sufriendo el infierno de la desolación de un país providencial para los canarios, que fue tierra de promisión de generaciones de emigrantes isleños. Canarias está conectada sentimental y humanamente a Venezuela y permanecemos en vilo, a la espera de una solución, que ponga fin a la agonía, a este punto muerto.

Y está el Sahel. Del que nada se dice en nuestra conversación cotidiana, pero quienes tienen fuentes de información respecto al conflicto político y social de esa región vecina de África hablan de una auténtica bomba demográfica. Nuestro futuro depende de factores externos como los descritos. Es un hecho consustanial a la condición de isleños; esa dependencia del exterior nos ha aportado momentos de bienestar y desazón, ambos resultantes se explican en relación con lo que sucede en territorios, más próximos o más lejanos, con los que guardamos alguna equidistancia. Somos un pueblo que ha desarrollado un ecosistema de influencias exteriores, obligado a vivir pendiente de acontecimientos internacionales que nos afectan de modo directo.

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Cuarenta años de que saliera el sol

Cuarenta años son algo -multipliquemos el bolero por dos-. Canarias ha pasado del atraso a las mieles del éxito en apartados de primer orden como la Astrofísica o el estrellato turístico, y, ya lanzados, se permite cierto paroxismo -y parodia- electoralista con la cantaleta de los barcos voladores que se ha sacado de la chistera este Gobierno para escarnio general. Con aquel sambenito de la jaula de destierro que tanto daño nos hizo, un día nos enfundamos el uniforme de las democracias occidentales y votamos. Hace 40 años, al mes del sufragio de diputados y Gobierno, fuimos a elegir los ayuntamientos y cabildos más contentos que un chiquillo con zapatos nuevos. Ahora ese alborozo ha caído en desuso, se vota con rutina y desaliento, temiendo que sirva para bien poco. Pero cuarenta años atrás, estaban todos los sentidos a flor de piel. Se palpaba, se olía, se paladeaba la Libertad, y era una gozada de manumisos salir de casa para ir al colegio electoral a ejercer el derecho de elegir a los gobernantes. ¡Con qué orgullo y empaque!

La democracia, sin embargo, ahora está manida. Como quiera que algunos partidos y dirigentes se echaron a perder como manzanas podridas, el efecto ha sido el previsto por el síndrome de Blancanieves, y el cesto se ha llenado de frutas putrefactas. La corrompida democracia está aquí, cuarenta años después, girando la cabeza para evitar la mirada de frente de ciudadanos escarmentados que dudan entre el voto avieso, la abstención o taparse la nariz. El resultado de esta travesía, de Suárez a Sánchez -la S, la sonrisa del destino decía Pablo Iglesias- es, por tanto, un estado de desánimo, que constituye en sí mismo otro síndrome: el del viajero perplejo que no ha ido a ninguna parte. Lo que más entusiasmo producía entonces era, precisamente, cierta aventura en un viaje prometedor de una dictadura a una democracia, con la esperanza de quien emprende el camino hacia un paraíso hipotético. En su búsqueda de la Ciudad Inmortal, Borges se tropezó con una tribu de trogloditas. Y en cierta manera hemos ido hacia atrás. Si no es una impresión engañosa, yo juraría que la generación de dirigentes tardofranquistas -cuando el régimen estaba penetrado de buenas cabezas de mente abierta, ya lejos de las miserias de la guerra civil- contaba con más gente culta y tolerante que estos líderes de vuelo corto, pretenciosos y malcriados. Aquellos se permitían redimir sus orígenes sumándose al aquelarre del progreso y hacían una apuesta de futuro. Hoy todo es presentismo de poca monta. Pero lejos de sucumbir a la nostalgia de los sueños rotos, sí conviene mantener vivo el espíritu que tanta motivación género en aquellos años imberbes.

Al calor de las primeras municipales, hubo hallazgos y las consiguientes decepciones. Como veníamos de una clase política anquilosada, recuerdo a algunos tecnócratas que se ofrecían de buena fe a los partidos, para echar una mano en lo que estaba por llegar. En los estertores del franquismo, aun bajo la clandestinidad, la democracia era un secreto a voces. Y concitaba un destello de voluntarios. Describo una escena: un día llegó un dúo de ingenieros y nos saludaron contando que venían de hablar con el PSOE y UCD y esperaban entrar en política a las primeras de cambio. Eran flacos, uno de mentón pronunciado y el otro de barba recortada. Hermoso y Adán Martín se hicieron con el Ayuntamiento de Santa Cruz en aquellas primeras elecciones municipales del 3 de abril de 1979, hace 40 años. Y mi buen amigo Gilberto Alemán, el réprobo retornado del exilio venezolano tras sufrir persecución por independentista, logró seis concejales y se hizo fuerte tras los muros del Parque Cultural Viera y Clavijo, sin duda su proyecto más mimado.

La UPC (Unión del Pueblo Canario) fue la semilla, el caldo de cultivo y el vivero de los votos y los vientos nacionalistas que Cubillo no podía regentar desde su basílica de Argel, y así se eligieron los primeros upeceros, que no solo arribaron a Santa Cruz en bandada, sino que gobernaron en Las Palmas de Gran Canaria -los dieciséis meses de Bermejo- y tuvieron diputado en Madrid -Sagaseta, puño en alto-. Eran los herederos del Viva Canarias Libre, de mediados de siglo, que había lanzado panfletos en el Insular durante un partido de la UD Las Palmas. Carlos Suárez, el Látigo Negro, abogado laboralista, tutelaba en la sombra a los cachorros demócratas que asaltaban el cielo en las dobles urnas de marzo y abril, antecedente de estas de abril y mayo, que son como la réplica y la dúplica de aquel debut. Suárez como Sánchez convocó elecciones generales un mes y municipales al siguiente, y por lo que se ve marcó tendencia. Años después, Hermoso, rotundo, refundó ATI y echó a rodar el insularismo como una bola de nieve ladera abajo, presintiendo que había terreno abonado para aquella osadía frente a los grandes partidos estatales. Y el golpe de intuición ha durado cuarenta años. El insularismo devenido nacionalismo, con sus más y sus menos incoherencias, acampó y gobernó hasta hoy. Esa es la verdad. En distintas versiones puede afirmarse que la idiosincrasia y la misma nomenclatura de lo que conocemos por Coalición Canaria, ya de un nacionalismo desleído -interprétese como se quiera- en algunas instituciones claves como el Ayuntamiento de Santa Cruz, lleva en el poder realmente cuarenta años, y más de treinta en el Gobierno de la comunidad -desde el primer pacto ipso facto de centro, derecha y nacionalista con Fernando Fernández en el 87- y otros tantos en el Cabildo tinerfeño, etc., etc. Claro que la distancia no se mide en este caso solo en años, sino en la catadura y categoría de los propios dirigentes y gobernantes, habida cuenta que aquellos que he nombrado tenían un don y estos lo que tienen es que dan, y en base al reparto reciben la cuota de poder con iteración. ¿A esto se reduce la historia de cuarenta años de democracia en las islas?, ¿a un toma y daca? Sería un triste epílogo para una de las propuestas políticas que se reveló tan sagaz, con una filosofía primaria de cuño propio que se arrogaba sacar a esta tierra del atraso y hasta se permitía ayudar a gobernar España, si cuarenta años después todo se resume en el declive de una burda política de trueque.

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40 años y dos veces en la misma piedra

Aquel físico palmero Guillermo Rodríguez pronosticaba terremotos y catástrofes varias. En su base teórica ponía el acento en los fenómenos cíclicos. Sostenía a pie juntillas que los grandes eventos geológicos se repetían cada equis años, obedeciendo a una lógica ilógica de cataclismos históricos en efemérides redondas. Incluso, mi buen amigo Guillermo Rodríguez -que era garafiano y simpático en sus vaticinios dramáticos- me llegaba a asegurar que era capaz de adivinar accidentes de aviación, tragedias descomunales y desastres de cualquier naturaleza. Porque Guillermo creía en las calimas esotéricas que inducían a reacciones humanas colectivas, como una suerte de psicosis que determinaba hechos desgraciados con la puntualidad de los ritmos circadianos del diablo y los infiernos. O algo así. Estoy hablando de memoria, recordando sus teoremas transgresores, su heterodoxia científica, su locura. Lo llamaban “loco”, pero se mantuvo en sus trece.

Gracias al garafiano, colijo que asistimos a la repetición de un ciclo electoral que parece diseñado por azares de otro mundo. Y en medio de la histriónica farándula política del momento, no está mal que frivolicemos con las casualidades de las urnas. Resulta que hace 40 años -se cumplen mañana- en España se celebraron las primeras elecciones municipales en democracia. Fue un 3 de abril de 1979. Y un mes antes, el 1 de marzo, tuvieron lugar los segundos comicios generales. Era el fragor, en el sentido caluroso y entrañable, de la Transición, en que despuntaba Adolfo Suárez como el Mesías de la libertad tras la dictadura de Franco. Cuarenta años después, hoy, vuelven a encadenarse elecciones generales y locales en dos meses consecutivos. Guillermo Rodríguez, que era contumaz en sus peregrinas convicciones, habría dicho hoy que los famosos ciclos explican que Sánchez remedara a Suárez e hiciera exactamente los mismo: convocar las elecciones generales y las locales en dos meses seguidos.

Tanto se confunden unas y otras, que en realidad pareciera que estamos en el temido superdomingo, pues este mes de abril ya se han abierto las compuertas de una doble campanada de un campaña doble, que representa una carambola: por primera vez en cuarenta años votaremos, como en el 79, al Congreso pensando en los ayuntamientos, y, como quiera que hoy tenemos autonomía -cosas que entonces aún no-, también lo haremos con el Parlamento in mente.

El superdomingo retardado se evidencia en la cascada de líderes nacionales que vendrán estos días a pescar en el caladero de las Islas. Uno de los efectos colaterales de esta avalancha de Sánchez, Casado, Rivera…, es que los partidos de ámbito insular, como Coalición Canaria y Nueva Canarias, compiten con desventaja. Las cadenas nacionales de televisión les penalizan con la vorágine de información que capitalizan esos líderes, que actúan como apisonadoras en los territorios de la periferia sobre siglas locales que se juegan la vida por un escaño. Ana Oramas y Pedro Quevedo compiten en esa liga. Dice SocioMétrica en la encuesta para EL ESPAÑOL-DIARIO DE AVISOS que Oramas tiene 0-1 escaño, o sea está y no está entre las previsiones del 28-A. y Quevedo, según sondeos que se filtran, está a un paso de estar en el Congreso. ¡Ay, Guillermo Rodríguez, qué falta nos haces para resolver este galimatías!

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El destino sin los dioses

Acuérdate de abril. Ha terminado el triste trimestre de un año paréntesis. El primer cuarto antes de la carambola electoral. Es la frontera, el fin. El Parlamento (canario) baja el telón de la última legislatura de una década en barbecho y emite señales de fin de época. Se cierra un ciclo de autonomía en un bajel y entramos en aguas nuevas, no menos procelosas, con aumento de tripulación a la espera de llegar a buen puerto.

No es un detalle menor que la Cámara gane diez escaños. Diez bocas más que alimentar con cargo al erario público y todas las probabilidades de naufragios y motines a bordo. La política en cualquier latitud se ha agriado y el horizonte no es algo que está lejos, está aquí mismo amenazando con enlodarlo todo a la vuelta de abril y mayo, la dupla electoral nunca vista, que asoma como un leviatán. Todo lo acaecido es historia y no podemos desligarnos de una sensación de mudanza y reacomodo, pues las nuevas piezas, los nuevos diputados y partidos traerán consigo una nueva lógica aritmética y política. Partidos otrora mayoritarios ahora deberán conformarse con menos presencia, porque los espacios se han fraccionado como nunca. Son las huestes de un pandemónium condenado a regirse por pactos inéditos, donde habrá parejas contra natura y hasta pentapartidos. Si en el pasado los gobiernos se conformaban por afinidades ideológicas, a partir de ahora -hablo de Canarias, de España y de lo que suceda en un entorno europeo demudado- se perderán los pudores. No es pudor, es poder. Por tanto, fin de un tiempo. Comienza otra función. Ya hoy mismo cambió la hora.

Hoy, dos millones y pico de isleños permanecen en vilo. Entre los augurios de desaceleración y la incertidumbre electoral. Un veterano político español me comentaba estos días con rubor que podrá pasar lo que sea una vez se cierren las urnas, pero, definitivamente, la política ya es una mentira. Y aceptarlo nos avejenta, pues solo creer en una justa democracia rejuvenece. Mucho tiempo atrás, cuando la forma de vida y de Gobierno que llamamos autonomía rompía la cáscara de huevo de los pleitos cainitas y el centralismo, nos las prometíamos felices. Este ya es otro cantar. España se enfanga en una suerte de dirigentes decepcionados, que perdieron los ideales y lo confiesan abrumados en voz baja. Pero en esta epidemia de heces, de valores fecales, de sueños rotos de una democracia enferma, no podemos ceder. Han brotado los excrementos del pasado. Son los mismos perros con distinto collar. Si el fascismo y los ismos nefandos que masacraron Europa en el siglo pasado ahora irrumpen con fuerza y ya hunden sus raíces en España, conviene parar el reloj y hacer la catarsis cuanto antes. No se deja que un barco se hunda sin hacer nada al respecto cuando se está a bordo. Y eso es lo que hace falta. Hay que hacer algo.

Tengo las nostalgias de los grandes faros de mi juventud, cuando se era rojo o no se era joven, entre un dictador vetusto y la euforia de los pensadores, y leíamos a Marcuse, a Althusser…; ahora los pibes deberían leer a Chomsky, que tiene 90 años y es el último mohicano de esa añoranza anticapitalista, pero no lo hacen ni lo conocen. Tampoco está el horno para bollos, pues siendo verdad que avanzan en tropel los populismos, lo que se dicen voces críticas, intelectuales comprometidos y guías para llevar la contraria a la decadencia no se prodigan en este momento. Y ha sido la voz de un filósofo liberal la que ha dado un paso al frente para contrarrestar el deceso irremediable de Europa como destino y unidad. La impronta de Bernard-Henry Lévy, controvertido y mediático escritor y periodista de guerra en los años 70 (un discípulo de Derrida y Althusser), es honrosa. La travesía teatral con su monólogo Looking for Europe (Buscando a Europa) es la de alguien que agita a sus coetáneos a reaccionar frente al caos de todos los sueños: el final de Europa y de la libertad, dado el auge del euroescepticismo, que copará el 30 por ciento de la Eurocámara tras el 26-M, y la proliferación de opciones políticas de extrema derecha. Corresponde a gente de bien hacer algo, en todos los rincones del falansterio europeo para salvar del ocaso lo que tanto costó levantar de los escombros de guerras e incivismos. Como esa niña sueca que se fuga los viernes de clase para protestar a las puertas del Parlamento (el Riksdag) contra el calentamiento global, con un cartel que ha sido una espoleta: Skolstrejk för klimatet (huelga escolar por el clima). Nunca antes las mentes más lúcidas-intelectuales, pensadores, líderes, filósofos, escritores, artistas, activistas..- consentían como ahora que se desmoronaran los ideales como una fatalidad. Lo que yo recuerdo que me daba respaldo y conciencia en aquella pulsión que nos movilizaba en unos sitios contra las dictaduras -como España y América- y en otros contra cualesquiera abusos o discriminaciones, era eso: las referencias, las lecturas de los grandes teóricos, la teología de una revolución que tenía padres y sentido. Recurríamos y secundábamos a líderes universales, de Estados Unidos a Asia, y devorábamos las obras de los filósofos y exégetas de aquella movilización colectiva. Como unos enanos utópicos nos imáginábamos militando en una causa mundial: la libertad, la igualdad y, finalmente, la democracia. Nos conmovía la sensación de estar labrando un futuro entre todos. Así debe sentirse la pequeña ecologista nórdica con asperger, Greta Thumberg, con 16 años, que sacó a la calle a millones de escolares semanas atrás, y BHL, con 70 años, que ha desenterrado el hacha irredenta, en nombre de Europa, en tiempos pasivos. Estamos desarmados ideológicamente ante las nuevas elecciones que afrontamos de modo inminente.

Ser isleño es una dicha. Una oportunidad y un palco en el teatro de los acontecimientos. Como fareros, ponemos el foco en los problemas del mundo. La isla es la morada de los dioses. No han llegado aún los líderes, los nuevos dioses, que pedía Flaubert (“Hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”). Serán unas elecciones burdas, las de peor calidad democrática en decenios, las del estigma mendaz, pues -me decía el veterano exdirigente- la política ahora es una gran falacia. Fareros en la isla, pero en medio de un apagón. Como Venezuela…. ¡Qué tragedia! Como los ciegos de Saramago. Acuérdate de abril, recuerda la limpia palidez de sus mañanas, no sea que el invierno vuelva y el frío te desgarre el alma. La eterna canción de Amaury Pérez.

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