Carmelo Rivero - 4/100 - El blog de Carmelo Rivero

Cebrián, Aznar y otro cantar

Cebrián y Aznar protagonizaron en tiempos turbulentos de Prisa y el PP a la greña cierto incidente histórico que estuvo a punto de costar la cárcel al periodista y al editor Jesús Polanco. Ahora, las circunstancias -el caprichoso azar- ha traído a la portada de DIARIO DE AVISOS a Juan Luis Cebrián y a José María Aznar, por separado, y ambos han expresado opiniones que han dado la vuelta a España, en mitad de la carajera preelectoral. Las reflexiones del periodista y del político establecen las coordenadas del desafío en las urnas que está a punto de producirse -dentro de un mes-. Cebrián sostiene -así titulamos en Primera- que conviene a España un acuerdo del PSOE y Ciudadanos (Cs), al que denomina como “derecha moderada”. Aznar, en cambio, prorrumpe en un grito de auxilio: “Temo por el futuro de España”. El expresidente del Gobierno y del PP barrunta que si Sánchez reedita el pacto con los separatistas, se rompe el régimen constitucional, y se acabó lo que se daba. De manera que en una misma semana hemos puesto el foco en dos faros de opinión que han puesto a pensar al resto de los españoles, y a los líderes de los grandes partidos envueltos en la nube de los lazos amarillos y las pistolas de Abascal. Quizá porque en Canarias el tempo es sugerente y calmo como un sinuoso manto de mar, Cebrián expresó una idea conciliadora y sensata de centrismo entre felipista y suarista, que son las madres nutricias de toda una concepción democrática, ahora mismo ante su mayor prueba de fuego, necesitada de voces convincentes que espanten los demonios y los fantasmas en vías de exhumación.

El prudente Ábalos -el ministro y secretario socialista de Organización- abrazó, de inmediato, el pacto del PSOE y Cs, de Sánchez y Rivera, en una entrevista en EL ESPAÑOL, que parecía coger el guante de Cebrián en la portada de nuestro DIARIO. La portavoz parlamentaria del PSOE, Adriana Lastra, y la expresidenta andaluza Susana Díaz realimentaban ayer el mismo mantra en sus intervenciones públicas. Por ahí parece que va a ir la cosa, si las encuestas no mienten y gana el PSOE y necesita a Cs para no caer en la hoguera del procés.

Como quiera que Aznar inyecta sangre a la idea de un pacto a la derecha, incluso a la ultraderecha con tal de que el socialista no se vea tentado de repetir el trampantojo del diálogo fruto de la censura a Rajoy, habrá que pensar que las urnas van a decidir si España se gobierna a la italiana o a la española, que es como siempre fue después de la Transición, con partidos moderados de izquierda y derecha, hasta que Sánchez experimentó un triple salto mortal que lo ha dejado flotando en el aire, a la espera del escrutinio del 28-A. ¿Será Rivera el colchón providencial que salve al PSOE de una amarga victoria, como diría Alfonso Guerra? Casado (PP) ya sabe, en clave Aznar, que no puede fiarse de Cs, salvo que las tres derechas sumen para gobernar.

¿Y en Canarias? ¿Quién hará de centro ante un muy probable triunfo holgado del PSOE, a tenor del arrastre de las encuestas nacionales -todas- en esa dirección? ¿Qué piensa hacer, en su caso, Torres? ¿Pactar con CC, como antaño, reavivando las cenizas de la censura de Hermoso a Saavedra, o buscarse cobijo en Cs y otros curbelos de viaje? Canarias es un caso aparte, pues si la izquierda suma, entonces, ese será otro cantar.

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Cebrián

Cuarenta años de democracia. Cuarenta años de país y de El País. Se dice pronto. Juan Luis Cebrián es un periodista convertido en icono de la Transición. Todo discurrió sorprendentemente. El miércoles, en el Foro Premium de DIARIO DE AVISOS,el propio Cebrián revivía los orígenes del acontecimiento y contó que el periódico comenzó a ser rentable a las pocas semanas de salir a la calle. Había hambre de un diario así, cuando urgía engendrar la democracia como fuera. Nos tocó celebrar, dar la bienvenida al parto de un periódico nacido para describir y, en ocasiones, apuntalar el cambio político español como una revelación. Se da la circunstancia de que nuestro más que centenario DIARIO DE AVISOS llegó a concertar con Prisa, editora de El País, la edición conjunta de los dos periódicos en 1976, tras mudarnos de La Palma a Tenerife, y el matrimonio no se consumó por poco, pero los lazos permanecieron indemnes. “Yo lo que quiero es ser director de DIARIO DE AVISOS y vivir en La Palma”, le decía a Cebrián su maestro, el periodista Jesús de la Serna, a quien estreché la mano reverencialmente cuando era defensor del lector de El País. Cebrián, que es académico de la lengua, sabe apreciar la importancia que tiene ser uno de los diarios más antiguos en español de España y el mundo. El País viene de brindar por el 40º aniversario y nuestro DIARIO se dispone a conmemorar, en 2020, la friolera de 130 años pasando de mano en mano de generaciones de canarios.

Hemos refrescado, junto a Cebrián, en calidad de anfitriones, la historia y la memoria de un cuarto de hora en mitad de dos siglos. Todo ha sido trepidante, pero a España no la reconoce ni la madre que la parió, y no hace falta mencionar al autor de esta cita. En vísperas de la refriega electoral, el periodista alerta: asistimos a un crisis mundial de la democracia. Y no serán los líderes -de que carecemos-, sino la fortaleza de las instituciones, lo que nos ampare.

Inevitablemente, la mirada del director fundador de la cabecera talismán en 1976 se posa ahora sobre la doble cita críptica con las urnas y ya titulamos la primera del jueves con su idea concéntrica: “Convendría a España un Gobierno del PSOE y Ciudadanos”, al que llamó “la derecha moderada”. Un pacto de puentes rotos. Otra cosa es que Sánchez y Rivera tengan para entonces la misma idea en la cabeza, pues ahora la tienen caliente; lo razonable es que sea la aritmética postelectoral la que dicte los abrazos pertinentes. Cebrián viene de reportar otra España, la de Felipe González y las extremidades del Gal. Una España todavía rancia que se resarcía de cuarenta años de dictadura y se encontraba, al fin, en brazos de Europa como una democracia doncella, que también ahora es otra Europa como España no es la misma, sin ETA pero con el cisma del cataclismo catalán. Y lo que procede, a su juicio, es decirles la verdad:”No van a ser independientes”. Pero ni las urnas nos sacarán de este galimatías con el lazo amarillo al cuello, por los menos, según Cebrián, durante quince o veinte años más.

El Foro Premium del DIARIO asistió, de la mano del escribano ilustre del proceso transitorio de aquellos felices años setenta, a una especie de reencuentro con el milagro español. Fue la gesta de la generación de Cebrián, la de Suárez y el rey y El País. Con la desmemoria que estrecha tanto los cauces de la lucidez intelectual de los profetas de hoy, ningún ejercicio más necesario a estas alturas -sobre el abismo de unas elecciones antes de saltar con paracaídas o tirarse de cabeza- que revisar lo acontecido desde el año uno en que salieron a la calle El País en Miguel Yuste, en Madrid, y el DIARIO DE AVISOS en la calle Santa Rosalía de Santa Cruz de Tenerife tras una pechada de 86 años consecutivos en la Isla Bonita donde quería vivir Jesús de la Serna. La historia de lo que somos está en estas dos manchetas como en un correlato, que fluyera en paralelo, en el centro y la periferia, hasta que los dos periódicos se la jugaron con sendos editoriales en defensa de la democracia y la Constitución el día que Tejero intentó abortar la peripecia de los años libres con un intento de golpe de estado de pacotilla. Ahora nos asaltan otros enemigos con otras armas, como el sigiloso Steve Bannon, exégeta y mentor de Trump. Vox es la exhumación de Franco, el franquismo sociológico, dijo Cebrián, hijo del director de Arriba.

Con todo, El País se registra en el censo de los diarios que superaron el golpe fallido y la tramontana de la crisis, y nuestro ancestral diario suma a esos roles dos guerras mundiales y la independencia de Cuba. Sale el tema de Fidel en la conversación , porque Cebrián entrevistó al Comandante -y cita a Tad Szulc, el biógrafo que me aficionó al personaje como un periodista poseso hasta que lo conocí y, a su vez, entrevisté- y aquel diálogo fue muy controvertido en 1985 (América Latina está en una situación explosiva) porque contrarió al padre de una revolución mitificada por toda la izquierda española. No empaña aquel contratiempo su ranking de mejores entrevistados: Fidel Castro y Margaret Thatcher. Y el estadista español de finales de siglo fue Felipe González, para quien mejor ha conocido a dios en el poder y después de bajar a la tierra.

¿Tanto ha cambiado, entonces, el mundo, Europa, España, incluso Canarias? Cuando Cebrián vino por primera vez a la Isla lo llevaron a Taganana, que es el pueblo-barrio de Santa Cruz de mi infancia. Y esta semana me contó que le mostraron el bucólico edén de Anaga como paradigma del atraso de la Isla. Todos estos mundos locales y universales han cambiado para mejor, no sufren la rémora y precariedad de antaño. O sea hemos dado un salto digital, que es la hazaña de este siglo que Cebrián vislumbró en los 90 cuando escribió La red. Pero, con todo, padecemos la esclerosis de una sociedad que cuesta más trabajo adivinar por donde va. García Márquez, buen amigo de Cebrián, decía de los desencuentros familiares que la única receta válida era no quedarse anclado en los problemas, sino seguir adelante con ellos a rastras hasta deshacernos de su nociva compañía como de un lastre.

Pronto leeremos la segunda entrega de sus memorias. Y de las nuestras.

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Brotes verdes sobre el césped

Este va a ser, está siendo, un año para optimistas. La patología económica es sumirse en la depresión. 2019, fin de ejercicio, final de una década que estuvo dominada por el canguelo de la tristemente famosa recesión de 2007, que duró diez años. Y cuando ahora ya nombrábamos los primeros brotes verdes, con el consumo privado y la caída del precio del barril de petróleo, resulta que los augures -antes era el oráculo, ahora son las agencias de raiting y los analistas de bancos y patronal- copan las páginas salmón y no tan salmón con la profecía autocumplida de una nueva crisis. ¿Por qué digo profecía autocumplida? Porque en economía los pronósticos no son nunca inocentes desde que descubrimos que ciertos patriarcas del sistema habían decidido estallar la burbuja antes de abrir una nueva etapa a su conveniencia. Las crisis se han vuelto más conspiranoicas que nunca. Y nosotros. De manera que esta que nos endosan ahora como una secuela de la anterior es más de lo mismo. Pero nada podemos hacer contra los designios de los amos del mundo los enanos mortales que dependemos del pie con el que se levante Mr. X en Manhattan o en Pekín. Optimismo, por tanto, es la receta para afrontar el rigor mortis de los vaticinios de la nueva crisis, que ya está aquí, como decía Leopoldo Abadía en el último Foro Premium de DIARIO DE AVISOS.

Aseguraban la patronal -la CEOE de Tenerife- y otras fuentes bien informadas que Canarias no tendrá ni un solo dato positivo para salvar el año con buena nota. Que vamos a ir mal, regular o peor en turismo, consumo, matriculaciones, comercio, brexit, Europa y urnas. No hay sino que repasar la crónica de aproximación que firmó ayer en este periódico María Fresno -creceremos escasamente el 1,2% y por primera vez en diez años el turismo se comporta peor que el resto de la economía- para tomar conciencia del bulo o la incómoda verdad de la desaceleración de 2019. Italia y Alemania están de capa caída y nos salpican. Como para gustos se hicieron los colores, los economistas del BBVA Research le dieron ayer al presidente Clavijo la buena noticia preelectoral en tiempos de zozobra. Prevén un crecimiento de las islas este año del 2,4% y del 1,8 en 2020, sin negar la ralentización de la economía general. Es verdad -dice el banco- que el brexit boicotea ese optimismo; que la guerra comercial EE.UU.-China no es un invento; que la desaceleración viene a galope; que hay un estancamiento de la inversión; que el sector turístico canario se ralentiza a tenor del bache que atraviesan las economías emisoras y el repunte de las turquías y los egiptos; que la “incertidumbre” política es de cajón y bla, bla, bla. Pero se agradece el voto de confianza en vísperas de elecciones.

Es cierto que las encuestas cocinadas del CIS de Tezanos crean tendencia y en el resto de sondeos el PSOE da bien, como en una profecía autocumplida, que decíamos. Si la política, y más la economía, es un estado de ánimo, ayudan estas predicciones felices. Sánchez va lanzado en las encuestas gracias a Tezanos y a Vox -uno crea el paraíso y el otro abre una zanja que deja al PSOE en el centro y al resto en la derecha-. Pues que Canarias se lo crea, como en el fútbol, y salga a ganar, oiga.

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El canario transversal

Cuando Juan Hidalgo murió en Ayacata el año pasado con 90 años, Martín Chirino tenía 93 y atendió mi llamada para recordar la figura del artista transgresor que había militado en la música contemporánea a bordo de Zaj, su grupo de los 60, con Barce y Marchetti, y se había ido tras recibir una ráfaga de premios de última hora que le llegaron a causar hastío en su pueblo de Gran Canaria. Yo guardaba anécdotas personales de Hidalgo, los penes gigantes en una de sus fotografías más corrosivas, los conciertos experimentales contra toda idea convencional de audición y su leyenda, su malditismo entre las vanguardias mas severas de este país. Entonces, telefoneé, como digo, a mi admirado Martín Chirino, receptivo y cordial, que era tan benevolente que nunca te frustraba la crónica. Quería que me hablara de un coetáneo recién fallecido, Premio Nacional de las Artes Plásticas como él, pero lo que me retraía era la edad de Chirino,en tiempo de descuento.

Como recordaré aquí, hubo tres conversaciones últimas en las que me conmovió su entusiasmo solitario, o, dicho de otra manera, su optimismo de hierro. Chirino no era mentalmente un hombre nonagenario y la voz nunca le traicionó al teléfono; así que se soltó a revisar la obra y vida de Hidalgo, con su iconoclastia. “Tenía su sitio”, me dijo. Ahora que Martín Chirino ha seguido los pasos de Juan Hidalgo, apenas un año después, recapitulo aquella conversación. Y otra posterior, a propósito de su defensa del arte en el Valle de los Caídos, donde había realizado los frisos del desembarco de los legionarios en Almería. “Que no estropeen lo que hicimos en unos años difíciles”, demandaba sin esconderse en plena euforia de exhumación de los restos de Franco.

El escultor que acaba de fallecer era un tipo inigualable, extraordinario. Un canario transversal. Tenía a Tenerife en la punta de la lengua, no como un canarión hablando con cortesía, sino como un chicharrero. La llamaba la “isla referente, mi isla querida”. Le traía los mejores recuerdos de la generación de Gaceta de Arte, de Westerdahl y Minik -aquellos dioses que conocí en la adolescencia y me parece mentira-, pero también de los artistas y amigos posteriores. Tenía una capacidad inagotable de hacer amigos acólitos para siempre. Yo me considero un martinómano. Nadie te elevaba tan alto para hablar de las cosas terrenales sin decir majaderías. Era una de las cimas de las artes de Europa, de España y de Canarias. La escultura se escribía en España con el dígrafo Ch y se decía que estaban Chirino y Chillida, solo ellos dos. Era un canario de muchos quilates. ¿Nos lo merecíamos? Esta pregunta nos la hicimos en DIARIO DE AVISOS hace justo un año; luego contaré la respuesta que nos dimos. Quizá Chirino fue el primero y único de los canarios que había perdido la vergüenza respecto a África desde que surcó su costa occidental en los barcos tutelados por su padre, jefe de talleres en el Puerto de La Luz, que le amistó para siempre con el metal de los astilleros. Porque hubo un tiempo que ahora resulta sonrojante en que Canarias daba adrede la espalda a África. Si alguien preguntaba por qué se cambiaba de tema con la renuencia antimestiza de medio pelo. El 5 de septiembre de 1976 Chirino firmó con otros artistas e intelectuales el airado Manifiesto de El Hierro, donde decían que “la pintadera y la grafía canarias son símbolos representativos de nuestra identidad” y “Canarias está a cien kilómetros de África”. Por entonces, Europa no tenía la ascendencia de hoy, donde han remitido aquellos sentimientos indigenistas, y en las promociones turísticas se eludía lo contiguo africano.

En los 70, tras presentar el Nuevo Cauce de Taburiente en una discoteca de Madrid, aquel canario célebre de los aeróvoros, afrocanes y espirales nos invitó a seguir la velada en su casa. Oírle sin rencor ni pleito le situaba en la ingravidez, por encima del bien y del mal; hablaba de Tenerife como mi abuelo el grancanario, cacique de Teguise, que se pasó media vida en el chicharro sin nostalgia del terruño natal. Chirino decía que Tenerife le reconfortaba. Nos dejó espirales en las calles y plazas, en la estrechura de Teobaldo Power en el Parlamento, en la Plaza Europa y junto a la Rambla, en el COAC. En la terraza de CajaCanarias, frente al Parque Bulevar, colocó una cabeza africana de grandes dimensiones. Grabamos horas y horas hablando de esto y lo otro. Como Juan Hidalgo, Chirino se había ganado “su sitio”, incluso en Estados Unidos, adonde viajaba con frecuencia gracias a David Rockefeller. “Se me abrieron todas las puertas”, me dijo recordando la tarjeta de recomendación del multimillonario dinástico de la primera potencia del mundo. Tenía la grandeza de la sencillez. “Menos es más”, decía, añadiendo: “Para mí la espiral es Canarias”. Y, como remate: “Yo solo soy un herrero”, orgulloso del dominio de la forja y la soldadura autógena.

La última llamada fue para darle la noticia del Premio Taburiente de DIARIO DE AVISOS. Era nuestra respuesta sobre lo que significaba Chirino para nosotros. El periódico más antiguo distinguía al gran escultor de Canarias -en cierta forma, esculpió también nuestra identidad-, ya en la frontera del centenario. Me dijo lo feliz que se sentía con la noticia. Habló del DIARIO, de la longevidad de ambos, de las raíces, de la historia, del arte, de las alas de las islas cuando se despliegan, de lo cercano y lo remoto en su ancha existencia. Le dije que el periódico le tenía en gran estima porque encarnaba los valores del canario de la rosa de los vientos, que era nuestro héroe en el mundo de las artes plásticas y un símbolo para las generaciones futuras, pues su nombre levanta la moral en una tierra apocada; la suya había sido toda una proeza…. Cuando le pregunté qué hacía, dónde estaba, me dijo, “estoy en un hospital. Luego supimos que ya entonces Chirino se estaba muriendo, pero su fortaleza de ánimo (con la misma que el 1 de marzo pidió que llenaran la casa de flores y celebró una fiesta de despedida, no sin antes terminar -enamorado de Mahler- su última pieza, un violonchelo de hierro) era tal, que lo dijo quitándole importancia. Bienvenida la pasión de Chirino, que se acaba de ir a dar una vuelta.

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La última espiral de Chirino

La muerte de Chirino nos sobrecoge en mitad de las tormentas cotidianas, que son más políticas que culturales, más prosaicas que artísticas, y menos dignas que la monumental necrológica de uno de los más geniales creadores canarios de obras inmortales de las artes universales de todos los tiempos. Chirino. Martin, sin acento, como le gustaba que le llamaran acólitos y feligreses. Una vez le nombré de ese modo, casi sin darme cuenta, y me dijo: “Ves, así me llaman los amigos”. Martin Chirino nació en Las Palmas y era un canario transversal. Le encantaba Tenerife, estaba enamorado de la Isla, y cuando le mutilaron
-por una negligencia burocrática- su escultura El sueño de los continentes, rebajó la tensión de sus fans, evitó hacer del desaguisado un casus belli, y solo pidió que una vez restaurada fuera instalada íntegramente

-sin aquel espantoso muñón- en la plaza de Europa, que era su casa, su lugar. Chirino tenía en alta estima su Lady Tenerife en otra plaza, la del Colegio de Arquitectos santacrucera, la espiral roja recostada y femenina de la célebre Exposición de Escultura en la Calle. Sus ladies eran homenajes inspirados en los poemas agónicos de Sylvia Plath, la poeta casada turbulentamente con el poeta Ted Hughes, a la que el canario conoció en Yale en las postrimerías de su vida. Sería fácil e insuficiente a la vez hablar de Chirino sin límite de espacio. Porque en él estaban todas las bifurcaciones de este laberinto que define al canario como un ser detenido en la pausa del tiempo que es la isla, de la que nunca se sale, como decía Beckett. Era una delicia conversar con el hombre de hierro que se abrió paso en la vida como un navegante nacido en una playa -Las Canteras- hace 94 años este mismo mes, undécimo de doce hermanos, cuyo padre lo llevaba a los talleres de los astilleros del Puerto de la Luz, sin adivinar que el niño se iba a mimetizar con los metales para siempre. Chirino fue coetáneo de los otros argonautas que en la dictadura zarparon hacia Madrid huyendo del mundo asfixiante de Canarias, con los Manolos, Millares y Padorno, y con Elvireta Escobio. Enseguida tuvo la estrella que lo guio por donde quiera que iba. Fundó El Paso con la vanguardia española de mediados de siglo y pronto tuvo que volar con alas propias a Estados Unidos, donde pudo quedarse para siempre, porque Chirino se americanizó como si el arte lo llevara al arte y a ninguna otra parte. Siempre vuelven los canarios, pero él no perdió la costumbre de viajar. Aquella vez que Rockefeller le dio una tarjeta de visita para que le buscara en Nueva York se le abrieron las puertas del mundo. Le pregunté: Martin, ¿cómo conquistaste al gran mecenas yanqui? Y me dio una respuesta muy canaria: “Me encargaron del Gobierno que atendiera a aquel millonario americano porque yo era de los pocos que hablaban inglés. Lo recibí en casa y a él y a su mujer les preparé unos huevos fritos. Y eso nos hizo amigos para siempre”. Pero no quiero que me quede por decir una cosa, la más importante de este hombre de elegantes maneras y manos generosas curtidas en la fragua. Era inmensamente sencillo. Lo llamamos para darle el Premio Taburiente de DIARIO DE AVISOS y nos ocultó que, en realidad, hacía un tiempo que se estaba muriendo. Dijo gracias sin precisar desde dónde hablaba, en una de sus constantes estancias en un hospital. Martin, adiós, querido amigo, al fin en la cresta del viento de tu última espiral.

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Las bombas de los trenes y las urnas

Hace quince años, cuando despuntaba el día y estallaron las bombas de los trenes de Madrid, estábamos a las puertas de unas elecciones generales que, según todos los pronósticos, iban a prorrogar la hegemonía del PP, tras ocho años de aznarismo rampante fraguado con la sémola de Bush, el hachazo del 11-S y la infausta guerra de Irak. Nunca España estuvo tan alto en el escalafón de la influencia internacional y tan al borde del abismo. No éramos ajenos aquel 11 de marzo de 2004 al mapa de las represalias de los yihadistas por haber participado, con uñas y dientes, en la respuesta de Estados Unidos como cooperantes necesarios junto a Tony Blair y el primer ministro de Portugal Durao Barroso. O sea, la famosa foto de las Azores, toda aquella estridente escenificación. La crisis desatada había desembocado en la invasión de los dominios de Sadam Husein, el 20 de marzo de 2003, cuando aquella mañana del 11 de marzo de 2004,hace quince años -se cumplen este lunes-, España se despertó con los sentimientos encontrados.

Ahora que venimos de las masivas movilizaciones del 8-M con una mezcla de rabia y algarabia, reparamos en que por entonces en España estaban recientes las imágenes de la que fue considerada como la primera gran movilización global de la historia contra un conflicto. En aquellas circunstancias nadie se mostraba desinteresado en lo que pasaba y el ambiente se iba caldeando de manera frenética. Creo que pocas veces hubo tal grado de conciencia en un asunto de política internacional (no esta indiferencia ante el brexit o la ola de sucedáneos de Trump). Los canarios, predispuestos y casi predestinados a salir en defensa del medio ambiente, no dudaron en ponerse el mono de calle cuando se formó una ola de protesta que fue definida como una potencia mundial de la opinión pública frente a la otra potencia, Estados Unidos. Irak era casi un asunto doméstico en Canarias, donde gobernaba Adán Martín en los tiempos felices en que no se sospechaba el diluvio del terror y la crisis ni la vida giraba en torno a las falaces redes sociales. Discutíamos en los bares y en los medios de comunicación sobre las célebres armas de destrucción masiva del dictador iraquí y Europa tenía dos miradas antagónicas sobre la polémica. Fue tal el impacto del 11-S televisado que adquirimos brutalmente un nuevo sentido para encajar las emociones más duras, aquellas y las que estaban por llegar.

Ni Alemania ni Francia ni otros muchos estados se tragaron el anzuelo de Bush y su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld sobre el supuesto arsenal químico del sátrapa de Bagdad. “Hay certezas conocidas y certezas desconocidas. Luego hay cosas que no sabemos que no sabemos y cosas que no sabemos que sabemos. Es decir, cosas que creías que sabías, pero que luego resultó que no podías saber”, fue la respuesta laberíntica de quien mandaba en el Pentágono y decía fiarse de su imaginación en la oscuridad de los desatinos de las informaciones secretas cuando el periodista Errol Morris (autor del documental Certezas desconocidas) le preguntó en 2002 qué pruebas tenía de las armas de Husein. La arrogancia y tiranía de este lo convertía en un chivo expiatorio perfecto para saciar la sed de venganza de los americanos, heridos en su amor propio por los ataques de Bin Laden a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Las armas destructivas en un cuento, un fake. Esa fue la historia que marcó nuestras vidas con el arranque de este siglo -aún no somos conscientes plenamente de ello- y que ahora, en vísperas del aniversario de las bombas que mataron a 193 personas en los trenes de Madrid, nos retrata y retrotrae a los pasajes más siniestros de nuestra memoria colectiva de país, antes de caer en esta hondonada del problema catalán. Venimos de allí. Fue el segundo mayor atentado de Europa y el más sangriento de España, que traía en el maletero los años de los daños irreparables de Eta. Este era un pueblo curtido en movilizaciones contra el terrorismo, y entonces se echó a la calle contra una guerra disfrazada de antiterrorista.

Nadie ignoraba que los Bush tenían cuentas pendientes con Sadam desde la guerra del Golfo (la madre de todas las batallas), que fue una victoria incompleta, pues Husein siguió con vida. Era vox populi que los Estados Unidos -cuyo botín era el petróleo iraquí- contaban con dictadores acólitos en las áreas de influencia, y uno de ellos era Sadam, que, como decía de Pinochet un expresidente norteamericano, “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Sadam era un buen recurso para desviar la atención; Clinton lo bombardeaba cuando le llovían críticas por su romance con la becaria Monica Lewinsky. Por eso, cuando los alumnos del canario Iván Chirivella -instructor de aviación en Florida- secuestraron los aviones que empotraron contra las Torres Gemelas, Bush hijo tiró de manual y sedujo al presidente español con dádivas de aliado preferencial, pusieron los pies sobre la mesa en aquella otra imagen displicente de la crisis y se repitió la historia: como en febrero de 1898, cuando la explosión y hundimiento del acorazado norteamericano Maine en el puerto de La Habana dejó un reguero de muertos y una coartada perfecta para que Estados Unidos acusara a España y le declarara la guerra en mitad de la insurrección independentista. Al Qaeda era una añagaza tan útil como el navío dinamitado en La Habana. Pero no coló, como tampoco la pretensión de Aznar de atribuir, hace quince años, el 11-M a Eta cuando ya era más que evidentes las huellas del yihadismo en el escenario del crimen. Se jugaba la elección de Rajoy, que perdió en favor de Zapatero.

En aquellos días salí al escenario del Auditorio para presentar a Cesaria Évora, y la tensión se podía cortar con un cuchillo. La morna de la cantante caboverdiana, un trasunto de blues y lamento angoleño, expresa la saudade de un pueblo condenado a emigrar queriendo quedarse en su tierra. Nunca me sentí mas incómodo delante del público, bajo una nube de miedo por el nuevo rostro de terror y crispación entre dos polos opuestos de la política en España. Entonces el odio de los partidos apenas se cebaba en dos con opciones de poder. Ahora el odio político se multiplica por diez. Aquellas bombas son historia. Estas, no.

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Fernando Jáuregui: “Con el ‘procés’ habrá condena y después indulto, y nuestro hombre, aunque suene a barbaridad, es Junqueras”

 

 

 

-El libro que coordina abarca todos los ángulos de la foto de un país de hace 40 años. Cuenta Pedro J. Ramírez en él que Suárez le dijo: “Todavía no he empezado a mandar. ¡Ya verán de lo que es capaz este de Cebreros!”. Conmueven algunos testimonios de una generación de periodistas que casi encarnan la historia que cuentan. ¿Y a usted, qué sabor de boca le dejó?
“Todos los que estamos ahí hemos nacido entre el 38 y el 58, somos gente que hemos vivido mucho. Todos tenemos la sensación de que luchábamos por otra cosa, por algo más que por el interés de nuestro medio; en el libro se nota que la información era un arma política; estábamos saliendo de lo que salíamos y empezando la andadura de la Transición. Y lo que estoy notando es que ahora esos mismos que protagonizamos este libro hemos perdido el sagrado fuego y estamos ya más en abuelo cebolleta, sin darnos cuenta de que nos encontramos frente a una segunda Transición. Desgraciadamente, ahora no tenemos a Suárez que dé la vuelta al Estado como a un calcetín en 11 meses, pero estamos ante una segunda Transición tan importante como la primera y tenemos que recuperar el concepto del periodismo como un sacerdocio laico. Ese ha sido un poco el sabor agridulce que me ha dejado este libro coral hasta cierto punto extenuante.”

-Da gusto, no obstante, leer de una tacada cómo vieron nacer la democracia 150 periodistas y fotoperiodistas, tantos ojos a la vez… 
“No son todos los que están, pero están desde Cebrián hasta Pedro J., lo cual ponerlos en el mismo libro no deja de tener mérito. Desde Anson hasta Fernando Ónega o Miguel Ángel Aguilar… Yo que sé… Nativel Preciado, Pilar Urbano… Pero repito que hemos perdido todos, yo el primero, la capacidad de indignarnos ante los motivos que dan nuestros representantes públicos todos los días. Eso lo hemos perdido. Aprecio por ello que ustedes en DIARIO DE AVISOS estén haciendo un periodismo crítico, que cuestiona los hechos. Eso me encanta.”

-¿El destino ha querido que estas elecciones de abril nos aboquen al déjà vu de 2016?
“Es el peor pasado que se nos puede repetir. Ya hemos superado los riesgos de ruina, de quiebra o de golpismo militar; en cambio, ahora estamos en una involución social muy seria derivada, sobre todo, de Cataluña, que ha desencadenado una insolidaridad absoluta entre los jefes de los partidos; es decir, han perdido todo deseo de ser estadistas. Yo no sé qué va a ocurrir. Ha ocurrido lo que nadie podía haber imaginado y todavía puede ocurrir lo que nadie puede imaginar. Y lo peor sería tener que repetir elecciones en septiembre o en octubre. Como en 2016…”.

-¿Cómo juzga a Sánchez?
“Cuando oigo a Pablo Casado hablar de Sánchez como si fuese uno más de los golpistas que quieren romper España me parece excesivo. Pero Sánchez no se ha comportado como un estadista, sino como un egoísta. A él lo que le importa es seguir en la Moncloa, eso es verdad. Presentar la censura y ganarla con quien fuese era legítimo. Pero mientras no entregue España… Ahora contraviene las reglas de la democracia, que no las de la legalidad, con los decretazos. Hombre, usted está en funciones y no puede querer cambiar el país en 15 días. Ha tenido ocho meses para hacerlo. Y estas cosas, por estética política, hay que consensuarlas.”


-¿Cedió a los separatistas?

“No, de hecho ahí está la ruptura, ese no ha sido su pecado. El pecado de Sánchez ha sido con el resto de los españoles, que no nos ha cuidado, no nos ha hecho ni puñetero caso”.

-¿A qué se refiere?
“A cómo ha estado omitiendo llegar a pactos y consensos con los demás, incluso con la sociedad civil. Él sabía perfectamente que la nueva ley de educación que preparaba la señora Celaá no iba a salir, me consta. Ha sido un postureo. Si tú vas a cambiar el sistema de los motores diésel y vas a hacer una revolución, tienes que pactarlo, eso no puedes hacerlo porque se te ocurre a ti. Sánchez ha vivido de ocurrencias. Ese ha sido el problema”.

-¿Como líder tiene recorrido político?
“Yo creo que los milagros duran el tiempo que duran y los gatos tienen siete vidas nada más. ¡Quién sabe! Lo de Sánchez es todo un puro milagro: su resurrección dentro del partido, ganó las primarias, y luego hizo una carambola y fue presidente… ¿Cuántos milagros le quedan en la recámara? ¿Puede repetir este Gobierno Frankenstein que le ha llevado a la Moncloa? Creo que ahora nadie le creería. De aquí solo salimos con un Gobierno de coalición de centro-derecha o de centro- izquierda, pero con el centro, es decir, el señor Rivera será vicepresidente de un Gobierno o de otro. O presidente, según los resultados electorales”.

-¿La hora de Rivera?
“Y no lo digo por las encuestas, que de las encuestas no me fío. Lo digo por la pura lógica. Yo no me creo eso de Rivera de no pactaré jamás con el PSOE, porque ya lo dijo de Rajoy y Sánchez, y pactó. Es el que tiene más posibilidades de salir bien librado”.

-¿Más que Casado?
“Pablo Casado es un señor muy respetable, con muchas cualidades, muchísimas. Desde Adolfo Suárez no había visto a nadie con tantas cualidades políticas como él; por ejemplo, la cercanía, la simpatía, el valor. Conocí mucho a Suárez y esa empatía con la gente la tiene él y no la tienen los demás. La tiene hasta un grado altísimo. Los demás, no”.

-Ese sello de Suárez se ha convertido casi en método…
“Era un tipo que te escuchaba o parecía que te escuchaba, te miraba atentamente a la cara… Jugaba al mus contigo y no te dejaba ganar, era lo único que le faltaba, yo jugué mucho al mus con él y siempre me ganó, pero aquel tipo te miraba de aquella manera. Lo acompañé en alguna campaña electoral para El País, y le vi hacer lo que nunca había visto a un político: un grupo de jóvenes le estaba abucheando a unos 300 metros y él fue a su encuentro con la mano extendida y les dio la mano a todos. Y luego yo me quedé hablando con ellos. Puedo asegurar y aseguro, como diría él, que esos chicos, por lo menos en esa convocatoria electoral, le votaron, estoy seguro. Y Casado tiene eso. Pero su propia gente está un poco escandalizada de hasta dónde está llegando. Casado no puede salir en el Parlamento a decir que el jefe del Gobierno es golpista o dedicarle los 19 epítetos que le dedicó. No puede estar jugando con Cataluña como una baza electoral más, porque la situación es gravísima. Si todo lo reducimos al 155 sí o 155 no, la vamos a joder”.

-¿Vox de quién es un hijo putativo?
“Del conflicto catalán, de la misma manera que Podemos lo es de un conflicto social muy serio que teníamos los españoles. En Andalucía votaron a Vox 400.000 personas y en el resto de España lo van a hacer ahora tres millones, puede sacar unos 30 diputados. Nada de cordón sanitario. A mí Vox me da más miedo que un nublado, a los periodistas nos odian, hasta el punto de que Abascal, en un rifirrafe, me dijo que él estaba encantado con la política de Trump con los medios de comunicación. Pero hay que respetar la voluntad de los electores”.

-¿Y hay un pulso en la derecha por ver quién es más Vox que Vox?
“Yo creo que Pablo Casado comete un error, porque todavía en España, como en los tiempos de Suárez y como siempre, se vota centro. Y quién sabe si el gato Sánchez puede tener una octava vida, que sería hacia el centro, porque Podemos se le está hundiendo”.

-¿Qué le pasa a Podemos?
“Podemos no tiene solución si no se marchan Pablo Iglesias y su señora, que no tiene talla para esto. Pablo tiene el mérito de haber conseguido cinco millones de votos, así, de la noche a la mañana, hay que reconocérselo. Pero a Pablo Iglesias le traicionó Pablo Iglesias. ¿Sabes donde murió Pablo Iglesias? Murió exactamente el 22 de enero de 2016, después de ver al rey, que se planta ante los medios de comunicación y dice: “Me conformo con ser vicepresidente del Gobierno, jefe del Servicio Secreto, jefe de Televisión Española, el Ministerio de Hacienda y le dejo a Pedro Sánchez como una sonrisa del destino (textual) la posibilidad de ser presidente”.

-¿Qué opina de Rajoy?
“Tiene muchas culpas. Ahora, al testificar ante el juzgado de los golpistas del proceso, se evadió y nos debe la historia, nos tiene que contar qué pasó de verdad en aquellos días y en todo el tiempo transcurrido entonces. Él y Soraya Sáenz de Santamaría tienen que contar muchas cosas. Rajoy fue más lo que no hizo y debió hacer que lo que hizo, fue un hombre que se confió, pero tuvimos suerte de que actuase de una manera moderada, porque imagínate si hubiese actuado como ahora quieren hacerlo Rivera y Casado o Vox”.

-¿Rajoy pecó por omisión más que por acción? 
“Claro, y por eso la historia le juzgará para bien o para mal. Pero la omisión no se la quita nadie. Yo le vi despachar con Artur Mas 23 peticiones que se podían haber atendido y no le hizo puñetero caso”.

-¿Se siente vetado en TVE?

“Sé que me han borrado porque no me han vuelto a llamar, que no es lo mismo que decírtelo mirandote a la cara, que sería lo lógico. No creo en las purgas porque nos hayan quitado a unos cuantos carrozas. Ya en tiempos de Zapatero, decidió que por las razones que fuesen yo no podia seguir en Onda Cero como tertuliano, y lo consiguió”.

-¿Cataluña tiene solución?
“Al final se impone la cordura. Bismarck decía que España era el país mas fuerte del mundo porque los españoles llevaban siglos intentando destruirse y no lo habían conseguido. La conllevanza con Cataluña la consiguió un señor que se llamaba Adolfo Suárez, que se entrevistó con un señor que se llamaba Tarradellas, que venía del exilio en circunstancias muchos más dificiles que estas, y consiguieron una tregua que duró 30 años. Ahora tienen que desaparecer Torra y su mentor, y hay una cosa esperanzadora, que es la división ya irremediable e irreversible entre las fuerzas separatistas. Oriol Junqueras, que es una barbaridad decirlo y hay que entender por qué se dice, es nuestro hombre, el único con el que se puede dialogar. Lo que pasa es que tenemos que recuperar a Oriol Junqueras después de meterlo en la carcel, porque ahora, y sé que es muy polémico decirlo, a Junqueras lo pintas de negro y sale Mandela de cara al exterior”.

-Deduzco que sostiene que no se debió meter al procés en prisión… 
“Ha sido una locura. Yo creo que son culpables de un golpe de Estado y que hay que pagarlo, pero en su momento. No puede ser que estos señores se vayan a tirar mas tiempo en la cárcel que Tejero. La instrucción de Llarena ha sido demasido severa, porque estos señores ni son asesinos ni violadores ni ladrones, son lo que son, golpistas. Ahora viendo el juicio, les escuchas y parece que lo único que querian era hacer obras de caridad”.

-¿Habrá condena y después indulto?
“Tengo la absoluta seguridad. Siendo Marchena el que está presidiendo el tribunal, que lo está haciendo muy bien, va a haber condena seria, si no por rebelión, sí por sedición, malversación, y esté el Gobierno que esté, va a haber un indulto”.

-¿Y el desenlace será que un día Junqueras sea presidente de Cataluña?
“Lo doy por hecho”.

-¿Qué supone la llegada de Arrimadas a Madrid?
“Es una persona con un tirón electoral brutal, que yo he comprobado personalmente. Es crítica, hace unos diagnósticos estupendos. Pero no me vaya usted a Waterloo con un cartel como si fuese la ministra de Exteriores de Tabarnia, deje eso para Boadella. A veces me da miedo el radicalismo excesivo de Ciudadanos.”

-¿Si usted fuera Rivera, qué haría?
“Me pongo en su mente. Yo la intentaria convertir en la presidenta del Congreso”.

¿Como ha quedado la figura del rey?
“Muy tocada. Creo que es el mejor rey de toda la historia de España. Y aún le espera otro calvario como el de 2016. Tendrá que llamar a Esquerra en la ronda de la investidura; imagínate que vaya Rufián, que se vería obligado a hacer el papel de Rufián y montar un pollo”.

-¿Y cómo cotiza la imagen del padre, el rey emérito?
“Ha quedado tocado para la historia; no está procesado por ser quien es, lo ha dicho el fiscal. Fue la gran figura de una época, pero después, y bien que lo siento, porque es parte de nuestra historia, se echó a perder”.


-¿Qué ha supuesto la propuesta de exhumar a Franco?

“Un error monumental, yo quiero que Franco se largue de allí cuanto antes y dejar de glorificar al dictador, pero eso tienes que estudiarlo. Yo quiero que en España lo que hagamos es un Arlington español, joder, un cementerio de todas las víctimas. Ahora que has ido a ver a Machado y a Azaña, tráetelos para acá, coño, aprovecha, en vez de estar haciendo decretazos a troche y moche, para que Macron que te los devuelva”.

-¿Le inquieta esta interinidad del Gobierno?
“Sí. Yo confío en que algunas cosas se reconduzcan, como el brexit, que tendrán que repetir el referdum y lo edulcorarán, como hicimos nosotros con el de la OTAN. Es que lo que no conviene, no conviene. Pero a mí lo que me preocupa ahora es que nos hemos quedado sin Ministerio de Exteriores. El mundo está cambiando, pero estamos con el ministro pensando en si va a ser vicepresidente de la Comisión Europea. Me da pavor un periodo en funciones superlargo”.

-El martes se para todo.
“Se paran todas las Administraciones. ¿Cuánto tiempo podemos permitirnos estar asi? Es que yo no quiero ser Italia, ni quiero a Salvini aquí, no quiero ese golfeo…”.

-¿Ha ido últimamente a Venezuela?
“He ido mucho y ahora temo que acabe en una guerra. Yo tengo un buen amigo que se llama Fernando Jáuregui, como yo, periodista, en Venezuela, y solamente digo que su hija, que es una chica estupenda, pasó la Navidad en mi casa porque se ha tenido que ir de allí. Porque no es cierto que se coma tres veces al día, lo siento señor Errejón; se han ido cinco millones de venezolanos huyendo, más que de la represión política, del hambre. No sé si Guaidó es el hombre, pero es lo que hay. Me da mucha pena que un señor como Leopoldo López siga en la carcel de su casa. Su propia mujer, Lilian Tintori, es otra figura carismática. Guaidó será mejor presidente que Maduro y más demócrata a pesar de estar puesto por el dedo de Trump, que es lo peor que te puede pasar”.

-¿Lo detendrán mañana cuando regrese?
“No sé si se atreverán, es que Trump es capaz de hacer buenas sus amenazas, es decir, que es capaz de intervenir militarmente, es que Trump es un bestia. Y de hecho. España, eso me consta porque me lo ha dicho Borrell, está con una aprensión terrible ante esa posibilidad”.

 

HAY SABIOS INCLUSO PERIODISTAS, O NO HABLARÍAMOS DE JÁUREGUI

Jáuregui, por fin, es un freelance sesentón al que picó la avispa del periodismo para siempre. Cuando dejó el diario digital que dirigía y financiaba empezó la vida que había anhelado mucho tiempo atrás. Jáuregui lo ha vivido todo en el periodismo español y ha escrito libros de memorias propias y ajenas. Es una de las plumas y voces más reconocibles de la prensa de este país, al que no hay mejor testigo que pueda dar testimonio más fehaciente de las historias y los protagonistas del último medio siglo. Acaba de coordinar con un equipo selecto de colaboradores un libro monumental de casi 500 páginas sobre la etapa más deslumbrante de España: la que nos atañe directamente desde la Transición hasta hoy. Es un mosaico de fedatarios de la evolución política de una dictadura que devino democracia y a mucha honra. Pero que ahora es sometida al escrutinio de los herederos de la generación que hizo el cambio sin derramamiento de sangre. En esta entrevista realizada en Santa Cruz de Tenerife el pasado jueves el periodista se desahoga.

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La primavera canaria

Cuídate de los idus de marzo!”, estampó Shakespeare en su Julio César, legándonos un recurso siempre a mano para políticos y amanuenses cuando llega este mes de las primaveras y, últimamente, de los primaveras, pues ahora abundan estos últimos, en la cornucopia desbordada de bisoñez y regeneración. Siempre oportunista, la política se nutre ahora más que nunca de atrevidos que anidan en las siglas donde hallan un hueco para sus novatas posaderas. En el carnaval de primarias ha salido de las profundidades del mar toda suerte de neófitos llenos de entusiasmo, animados por el auge de la mediocridad en los escaparates políticos de medio mundo. Todos buscan su momento Trump, que es el ídolo de los ignorantes, el tótem de los torpes en el ciberpucherazo, convencidos de que los ciudadanos pasan por una crisis de fe, descreídos y cabreados, lo cual es terreno abonado para instintos incultos y atorrantes.

Estamos en un marzo carnavalero y electorero, en plena feria de disfraces. En tiempos estas fiestas eran las ideales para que el pueblo relegara los problemas de índole político. Pan y circo, y de ahí las suspicacias sobre la imputación de Clavijo en vísperas de las portadas de la gala y todo ese frenesí de lentejuelas. Julio César se tropezó aquel día a su vidente, camino del Senado, donde le aguardaban sus verdugos, y le dijo sardónico: “Los idus de marzo ya han llegado”. Pero el brujo echó leña al fuego con estas palabras lapidarias: “Sí, pero aún no han acabado”. El periodista Fernando Jáuregui, de vuelta de todas las guerras de las Galias, me cuenta en el Mencey, delante del libro que han engendrado con las voces de 150 periodistas de la Transición, que este país es un pandemónium con líderes apocados, donde restalla Vox por descaro y desvergüenza. Muestra pesadumbre en lo que dice y como lo dice, quizá porque se teme lo peor, un país bloqueado tras las elecciones de abril, y guarda gratos recuerdos de Suárez, del hombre que daba la mano a los manifestantes que le increpaban pero que no quería perder ni al mus. Ahora aprecia atisbos del Suárez campechano en el afable Casado, pero cree que el duelo se libra, en realidad, entre la timidez catalana de Rivera y los decretazos prosélitos de Sánchez, que no guarda las reglas del juego, pero es el hombre de los milagros.

Canarias es una historia aparte, convengo con Jáuregui, que viene de entrevistar al presidente imputado. “Le quitó importancia”, comenta animando a un periodismo que se cuestiona las verdades oficiales, como -me dice- “advierto en las páginas del DIARIO”. Canarias es otra cosa, en la periferia del problema nacional. Pero no estamos tan lejos de la realidad. No deberíamos buscarnos enemigos congéneres, isleños como nosotros, en Baleares; todos balamos lastimeramente cuando no queda otra, así que mejor hacerlo juntos que divididos ante Madrid, que se frota las manos contemplando la celotipia política de las migajas que reparte entre sus islas mal avenidas del Mediterráneo y el Atlántico. No ha estado fino el nacionalismo canario oficial embistiendo al pariente lejano balear, como antes tampoco ensayando el fuego amigo contra Cataluña por las perras del REF. Olarte se refería a Madrid va a saber lo que vale un peine, no dijo Cataluña ni a Baleares, ni otras tierras semejantes. Tan bajo hemos caído en el discurso del agravio, que buscamos pelea con los aliados. Si Ángel Guimerá levantara la cabeza, ahora que su sobrino nieto acaba de dejarnos como quien se va y ahí les queda eso. Eso es esto, una tierra enfrascada a veces en contiendas sin sentido. Que el bueno de Ángel Isidro descanse en paz y también esta impronta cainita impropia de nosotros.

Ana Pastor dio cerrojazo a la legislatura que expira pasado mañana, y dijo con Marc Anthony: “Valió la pena”. Quizá quiso decir simplemente adiós. No sabemos lo que nos está reservado tras el 28 de abril, si este país será gobernable o arduamente conllevable, como teme Jáuregui, con los presos transidos de largas condenas indultables. Ante la nueva encrucijada, la política canaria tiene que aprender de sus errores para salvar las distancias, que en nuestro caso siempre son mayores que las de cualquier otro español. ¿Por qué en Madrid tenemos fama de políticos sensatos con sentido de Estado y de consenso y nos mandan a presidir las comisiones de investigación, pero, una vez aquí, de puertas adentro somos una jaula de grillos, un quilombo, un pandemónium? Será porque hemos ido demasiado lejos, nosotros mismos, en la insolución de nuestros problemas más serios, y hemos acabado echando la culpa a esos nuevos chivos expiatorios catalanes, baleares… Buenos son los carnavales, pero no defraudemos al sentido del humor. Estas no son bromas. Pongámonos alguna vez serios, incluso en marzo, bajo la máscara, porque la procesión va por dentro.

Cuando salgamos de esta sobredosis de urnas estaremos casi en el ecuador del año y al pasar el Rubicón -de nuevo viene a colación Julio César-, desconoceremos qué terreno nos aguarda, qué país, qué Europa, qué constelación política nos deparará el segundo semestre de este año impar con que acaba la segunda década del siglo XXI. En junio, cuando se establezcan las alianzas improbables en el mundo atomizado de los nuevos parlamentos,se nos habrá esfumado la mitad de este año borroso, que nada hacía presagiar que fuera siquiera memorable, tras los hechos pletóricos de 2018, con el numerónimo catalán del 1-O de 2017 y los apresamientos del procés, con la fuga a lo Roldán de Puigdemont, la censura de Sánchez a Rajoy, el diálogo, el relator y la Plaza de Colón. Creo que no nos hemos dado cuenta aún de que el segundo decenio se termina y los calendarios son las pautas que rigen nuestras vidas. Estos son días de inventario y de saldos. Y los nuevos gobernantes serán los albaceas de una década que se apaga. Toda esta sensación de pleonasmo histórico de las grandes fechas señaladas no es baladí. Es que estamos a las puertas de una nueva era, otra década y ciclo, quizá menos estéril, vulgar e intrascendente. Quien sabe si al otro lado Canarias se pone en hora y España salta la valla de Cataluña y el Valle de los Caídos y las aguas recobran su cauce. Albergamos los mejores deseos. Pero los idus de marzo, si bien ya han llegado, aún no se han marchado.

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La liga de las estrellas

Los famosos indicadores sociales nos sacan los colores un día sí y otro también. No hay manera de ascender posiciones en esa liga de los índices del bienestar: la pobreza, las listas de espera, la dependencia, los salarios, la vivienda… Y nos hemos hecho a la idea de que estamos indefensos ante una condena bíblica.

En un encuentro con periodistas, el presidente Clavijo ironizó con el castigo divino de los malos datos de Canarias en el vagón de cola de cada ranking social. “No crean ustedes que los políticos canarios somos unos tarugos”. Lo atribuyó a la falta atávica de financiación que padecen las Islas, abocadas a los puestos de farolillo rojo en las estadísticas de la vida común.
Dicho esto, saquemos pecho. No todas las materias son asignaturas pendientes en Canarias. El director del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), Rafael Rebolo, es un exponente de lo que digo, como lo era antes Francisco Sánchez, desde el día en que puso el grito en el cielo y, como tantas veces he recordado, le cantó las cuarenta a Adolfo Suárez para que no desviara dinero de los telescopios a carreteras.

Sánchez rompió el protocolo y soltó el speech al presidente del Gobierno, y el líder de la Transición fue receptivo y encajó el golpe: las perras fueron a parar a los observatorios y Canarias comenzó un idilio con la Astrofísica que cuarenta años después nos erige y elige como catapulta de la ciencia de vanguardia de España en Europa y en el mundo.

Es una aventura que conozco de primera mano porque estuve allí. Conocí a Sánchez en ese momento del umbral del IAC en nuestra tierra (hablo de mediados de los 70), viví el instante en que el complejo de lentes de nacionalidades diversas como una Babel de la ciencia del cielo arrancó en el 79 (de ahí el aniversario) y asistí a la puesta de largo de los observatorios con reyes y reinas y jefes de Estado y ministros de una decena de países en Tenerife y La Palma, en el mes de junio de 1985. Hasta hoy, en que tener el IAC equivale a tener una mina de oro en las faldas del Teide y del Roque de los Muchachos.

Rebolo recibió la semana pasada el Premio Nacional de Investigación, que le entregaron los reyes (Felipe VI es astrofísico de honor del IAC desde cuando era príncipe y su padre lo traía a mirar las estrellas como dicta la tradición de los reyes que eran sabios), y cuando lo llamé para felicitarlo, la conversación despedía noticias de primer orden, inversiones internacionales de extraordinaria rentabilidad social y económica… Me habló del centro tecnológico (Iatec) que abrirá sus puertas mañana en La Laguna y de la inminente creación del Edificio Hawking en un anexo del propio IAC. No somos unos tarugos. Podemos demostrarlo.

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El centenario de César

La especulación y, por consiguiente, la masificación del espacio, o el escaso interés que se presta en mi tierra a la educación y la cultura hacen de las Islas un territorio hostil para quienes, como en mi caso, la actividad mental y artística es algo irrenunciable”. Esta fue la última declaración que anoté al entrevistar a César Manrique un año antes de su muerte. La releo a menudo. Especulación, desinterés por la educación y la cultura, territorio hostil… Si hoy viviera, sería una suerte de presidente paralelo, como Guaidó en Venezuela. Murió el 25 de septiembre de 1992. Y había nacido el 24 de abril de 1919. Lanzarote, su feudo, y Canarias toda se disponen a celebrar, exactamente dentro de dos meses, como hoy recuerda en el DIARIO el periodista Juan Carlos Mateu, el centenario del más deslumbrante y explosivo de nuestros paisanos más célebres. En los albores de Facebook promoví una encuesta sobre el canario más representativo de toda su historia. Y el escrutinio fue inexorable: César. César Manrique. No estaría de más comprobarlo por métodos más rigurosos. Pero de lo que no me cabe la menor duda es de que se trata del canario más querido.

En cierta ocasión, de camino a la radio con Gilberto Alemán, nos tropezamos al final de la calle San José a César Manrique y Pepe Dámaso. César, como siempre con el depósito lleno de pasión, se invitó: “¡Pues vamos!” Entraron en el estudio de Radio Club y esa vez los dos hicieron El Club de la tarde. Era un pope que se bajaba del púlpito y te trataba con afecto. Cuesta trabajo acordarse de César sin soltar una lágrima. Mi padre, conejero de Guatiza, lo había conocido de niño. Y nosotros, sus hijos, frecuentábamos al artista como si fuera un vecino de toda la vida. Ya entonces periodistas, explotábamos la mina: es que informativamente César era un filón, y humanamente, tenía un poder de atracción máximo que lo convertía en el centro de atención. Aquel hombre era un extraterrestre caído del cielo como el ángel rubio de Saint-Exupery, como cuando se evadía por las galaxias de su imaginación o pintaba las banderas del cosmos para los observatorios del IAC, que hicieron que su amigo el rey Juan Carlos le pidiera una insignia para su yate.

César tenía una cosa que le perdía. No se callaba nada, con la sinceridad y los egos infantiles desatados de las musas que le acompañaron hasta la muerte. “Aquí se metían con las putas y los maricones y nosotros dábamos la cara contra aquella persecución tiránica”, nos soltó una noche en El Almacén, de Arrecife, mostrándonos las fotos de los viajes por medio mundo. No fue siempre bien acogido en la isla, hasta que se ganó el respeto, a la vuelta de Nueva York, con la connivencia de su amigo Pepín Ramírez, que presidía el Cabildo y le dio rienda suelta a los dibujos de sus servilletas. No está todo hecho ni dicho sobre César: queda pendiente el monumento a la paz, el de los misiles, que Gorbachov se ofreció a inaugurar. Cuando César cobró la aureola de mito divino en vida (el dios Baco de Lanzarote, como llamó Luis Alemany a nuestro héroe en el reinado de Manrique-Turandot) su autoridad moral era aplastante: “Recoge el papel del suelo, que no se entere César”, reprendió una madre a su hijo en mi presencia. Hoy aquel ecologista endiablado habría invitado a su centenario en la isla a esa adolescente sueca, Greta Thunberg, que se fuga de clase todos los viernes para protestar ante el Parlamento contra la crisis climática, algo tan manriquiano e indómito.

Olarte lo llamó para comunicarle la concesión del Premio Canarias en el 89 (tenía 70 años), y explotó: “He sentido vergüenza. Me siento mal”, declaró al periodista Antonio G. González. Ese año era candidato al Príncipe de Asturias y acumulaba el Europa Nostra, el Mundial de Ecología y la Medalla de Bellas Artes. No perdonaba la pereza en reconocerle como profeta en su tierra. Era un artista más prestigiado fuera que en casa. El Ministerio de Cultura de la República Federal de Alemania (RFA) le pedía consejo sobre las mejoras del metro de Múnich, cuando no lo llamaba Hussein a Jordania para que se inspirara en su país y le diseñara una casa en La Mareta. Nada de eso le sorprendía, pero sí que Lufthansa se negara a cobrarle por trasladar 90 obras de arte a la RFA. “Es que usted lleva cultura a nuestro país”, le explicaron.

César tenía prontos, o no era César. Le envenenaba comprobar “la envidia, la ignorancia y la mala idea”. Lo sacaban de quicio, por ese orden. Y la desidia de los políticos. “Lanzarote se está muriendo”, les arengaba. “¡Socorro!”, clamó en un manifiesto, que fue secundado por su amigo el arquitecto alemán Frei Otto (que participó en el documental de Miguel G.Morales Taro: el eco de Manrique, sobre el ecologista y activista conejero que predicaba la sostenibilidad en el desierto).

¡Qué personaje más inmenso y pletórico! Acaso sea un canario irrepetible. Nos inunda la nostalgia, se hizo demasiado grande para aceptar su ausencia. ¡Cuánta falta nos hace César!, nos lamentamos cotidianamente. Cuando cogía el megáfono, la gente lo seguía. Era carismático y convincente. Lástima que no se conocieran César y Saramago, que llegó a Lanzarote en 1993, un año después de su accidente mortal. El Nobel hablaba del fantasma de César, que estaría por Lanzarote “dando tirones de orejas a los políticos, a los empresarios y a los ciudadanos que están dejando que la isla se pierda”, me dijo el portugués en cierta ocasión.
Una vez le pregunté por sus amigos vanguardistas neoyorquinos, porque venía de reencontrarse con Warhol en 1984 en la ciudad de los rascacielos, donde César vivió en los 60, tras la depresión (como sostiene Carmensa de la Hoz) por la muerte de su mujer, Pepi Gómez, compañera y promotora de sus años abstractos en Madrid. En Nueva York lo fichó Catherine Viviano, la primera galerista que introdujo a Miró en Estados Unidos. Andy Warhol y Manrique recordaron, entonces, los viejos tiempos, dos décadas después. ¿Por qué se hizo pintor y no arquitecto, como quería su padre? “Porque odiaba las matemáticas”. Sin embargo, Christopher Alexander, teórico norteamericano sobre arquitectura, dijo que el Mirador del Río, en el Risco de Famara, era una de las cuatro obras arquitectónicas más significativas que conocía. Con todo, sus detractores lo tachaban de simple jardinero. César decía con Monet: “Mi mejor obra es mi jardín”.

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