Carmelo Rivero - 4/98 - El blog de Carmelo Rivero

El ‘sino’ de la OTAN

Resulta que el referéndum de la OTAN ha vuelto a la palestra, y no por analogía con el del brexit de nuestras cuitas. Fue Casado, el Pablo del PP, el que desempolvó al fantasma en un mitin en Las Palmas para dar la alternativa a Asier Antona en la carrera electoral. Ahora bien, Casado quiso hacer lo contrario de lo que ha conseguido. Su plan era avivar el orgullo aplatanado, hacer de las Islas una sede promisoria de la OTAN para África, contando con que la Alianza Atlántica tiene ahora mejor cartel -con el yihadismo y todo eso- que en el 86, cuando Felipe González dobló el pulso a las encuestas y ganó el referéndum contra todo pronóstico. Pero la OTAN -y cualquier otro tema altisonante que se tercie- no escapa a la sed de argucias y argumentarios preelectorales con que alimentar Twitter y Facebook, que son insaciables por definición. Así que Casado, ingenuamente, echó leña al fuego y Coalición Canaria -que se disputa el mismo caladero que el PP, y siendo colegas se dan codazos por el voto- ha salido, treinta y tantos años después, capitalizando el no de Canarias a la OTAN, más allá de no querer cuentas con Trump, que ha encarecido los servicios.

Vamos, el referéndum es una pieza arqueológica de la España democrática. Corresponde al auge de las victorias absolutas del PSOE del rey Midas González y como tema da pie a recordar los aquelarres que parieron este modo de país y democracia disjunta, ahora en plena crisis de identidad. En aquellos siglos, había como hoy tirios y troyanos, pero Fraga (Alianza Popular) no estaba en vena (de hecho, tuvo la genialidad de abstenerse y nunca se lo perdonó la derecha) y González era un tótem demasiado poderoso, cosa que ahora ninguno.

Una de las preguntas que se me ocurrió, el otro día, en la entrevista a Javier Solana era relativa al mito de que Canarias estuvo en un tris de quedar fuera del paraguas de la OTAN. Algo así como las Malvinas, donde los ingleses no pudieron invocar a la Alianza cuando los argentinos se lanzaron a la reconquista. Y tampoco, que recuerde, están a ese recaudo Ceuta y Melilla, donde a España no queda otra que confiar en la buena fe del parisino Mohamed VI -y, pronto, de su hijo-. Solana se quitó la pregunta de encima. González ganó el sí a la OTAN, desmintiendo su “OTAN, de entrada no”, cuando el no era un clamor nacional, pero González vencía a las encuestas y por eso era el dios de la motorola. Y es verdad que Canarias votó en contra. Un no, para ser justos, de Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote y El Hierro -donde Tomás Padrón era un dios bimbache y no se la colaban-. Pero en Tenerife ganó el sí, lo cual desautorizaría este antimilitarismo repentino de CC, que entonces era ATI y quizá después de mayo lo vuelva a ser.
El debate de la historia es un género adictivo. Porque si uno tira del hilo salen culebras por todas partes. Carter (EE.UU.) hizo saber a Suárez que si España no entraba en la OTAN, Cubillo recibiría apoyo y Washington independizaría a Canarias. España entró en la OTAN y a Cubillo casi lo matan. Y por último, llamemos a las cosas por su nombre. Africom es el Mando de Estados Unidos para África. Está en Stuttgart y se especula con su traslado a Rota, la base. Peor me lo pones. Si hay algo que irrita la pituitaria del inconsciente pacifista insular de los ochenta es que le hablen de montar una base yanqui en el terruño. De entrada, ni hablar.

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50 años sin paz

En este 2019, impar y preludio de grandes aniversarios de esta casa, celebro 50 años de periodismo. Sospecho cierta predeterminación en ello, pues tenía tan solo 12 años cuando don Víctor Zurita me apadrinó en el periódico La Tarde y desde aquel bautizo de fuego ha sido una práctica diaria como la de comer o dormir. No sé qué arquetipo de periodista admirar más, si Indro Montanelli o Gay Talese, pero me he pasado medio siglo queriendo dar con la esencia inoxidable de este oficio, con su extraño poder de seducción. En los años de la censura, Alfonso García Ramos o Ernesto Salcedo eran directores cortados por la misma tijera, con una premonición de la libertad de prensa que un día imperaría en este país. Una vez no contrasté la noticia, me denunciaron, y Salcedo me dijo: “Ahora vas y te defiendes”. Pero nunca te dejaba tirado. Eran generosos con los novatos y la importancia social de los directores de periódicos no tenía parangón con la de ahora, encarnada en el editor. En aquellas islas sucursales, bajo el férreo centralismo de los 60 y 70, se contraponían al gobernador de turno, eran un poder fáctico, la contraparte y, en ocasiones, su copartícipe. Es curioso que, medio siglo después, se me ocurra este símil, pues yo creo que los directores tenían más poder o tanto que los presidentes de cabildos eran una suerte de sultanes insulares en la feroz división provincial. Dos Canarias que se odiaban tribalmente a través de la prensa, alimento de la bicha del pleito. El veneno de la dictadura prendía de esa forma en nuestra génesis de pueblo revirado sin alma, corazón ni cabeza, sino dos, como Jano con las ideas contrariadas; solo islas a la greña, hasta que llegó la autonomía y tuvimos alma y corazón, pero no pudimos evitar la bicefalia, y los periódicos ahora tienen que repensarse o desaparecen si ceden la voz crítica al poder y su fragancia, que les sufraga. Hace cincuenta años, los diarios -los había también vespertinos, como La Tarde- eran las hojas de ruta sin las que no se podía dar un paso.

Por eso me sorprende aún que nos admitieran como tropas auxiliares en sus filas, sin mayores obstáculos. Lograr un puesto en los templos sagrados de la prensa era como tocar la luna, donde el hombre era un recién llegado -ese año empecé, 1969-. No recuerdo otros infantes ejerciendo por entonces, pese a las nulas objeciones por la poca edad ni más reticencias. Fueron muy amables con nosotros, niños al fin y al cabo metiendo las narices en un asunto de tanta repercusión social. A Juan Cruz le escuché contar cosas parecidas cuando debutó con crónicas deportivas en el semanario Aire Libre. La impagable hospitalidad de los periodistas consagrados respecto a unos intrusos con pantalones cortos. Yo era el ser más feliz de la tierra cuando entraba en un periódico.

Una de las cosas que más me impresionó fue la vez que García Ramos nos puso en mitad de la redacción a Martín, a Zenaido y a mí y dijo delante de Eliseo Izquierdo y toda la plana mayor de La Tarde que había que prohijarnos, procurarnos cobijo para que siguiéramos siendo periodistas el día de mañana. Salcedo fue otro valedor de prosélitos precoces. En las páginas de El Día, cuando teníamos sentido de la ubicuidad, hacíamos el cierre hasta la madrugada y de día impartíamos ciclos de cultura por los pueblos con Pascual Arroyo en la Caja de Ahorros, al abrigo de jefes de mente abierta, como Juan Ravina y Juan Cas. Cuando organizamos la huelga de la banca, en pleno franquismo, ellos dos y el más conservador, Ernesto Lecuona, descartaron despedirnos. Era gente que no tenía malicia, unos más liberales que otros, pero tocados por una misma bonhomía. (Cuento esto y no me explico cómo íbamos a clases nocturnas y hacíamos el cierre en El Día, pero ocurrió así). Ejercer el periodismo era una poligamia altruista. Casi todos tenían un segundo oficio para cuadrar el mes. Me hice grumete de este barco una tarde en La Tarde. Mi tío Paco Martínez del Rosario y yo llegamos, después de almorzar, a la esquina de la calle del Castillo con Suarez Guerra. Él, como de costumbre, abrió la librería -La Prensa- y le dije que iba a La Tardea entregar unas cosas. Me dejó ir. Subí las escaleras con mi colaboración en la mano y toqué con los nudillos la puerta del director. A don Víctor le pareció bien y guardó el artículo y el soneto en una caja de zapatos, donde pensé que caerían en el olvido. Pero salieron en La Tarde de inmediato, y no hay alegría mayor que la de verse publicado en un periódico de papel. Mi primer director me ofreció colaborar cuantas veces quisiera. Hace cincuenta años que lo tomé por la palabra; recuerdo ese instante definitivo de mi niñez que decidió todo lo que iba a sucederme después. El hobby se comió a las demás habilidades, que se fueron atrofiando. Cuando me atreví a pasar el Rubicón llevaba tiempo de rodaje en las páginas de La ballena alegre, de Madrid, y algún periódico escolar. Después, frecuenté La Isla de los Niños, la página de Ricardo García Luis. Dominaba los géneros, la entrevista, la crónica, el reportaje, apuntaciones y notas, como decía Larra. Más tarde hice también caricaturas y conocí a Paco Martínez, que geometrizaba la figura humana y con un collagede recortes y lazos de botellas de Terry ganó el Salón mundial de Montreal con una versión de Brigitte Bardot, y se convirtió en una leyenda. Mi infancia no son recuerdos de un patio, sino de La Tarde y La Hoja del Lunes, y después vine a este Diario de Avisos recién llegado de La Palma, de la mano del profuso Gilberto Alemán. Santiago Vilanova nos fichó a mi hermano y a mí para el Diario de Barcelona, el decano de Europa. Ezcurra nos abrió las puertas de Triunfo, donde reinaban Haro Tecglen y Vázquez Montalbán. Daniel Gavela nos aceptó en El País por una crónica del accidente de Los Rodeos en 1980 (146 muertos) y estuvimos quince años de corresponsales en Canarias con Cebrián, Estefania y Ceberio de directores por este orden. Cincuenta años de prensa (y radio con Pardellas y el prolífico Paco Padrón, y televisión). No siendo Larry King, mi mejor trabajo me llegó al final, a una edad provecta, como al entrevistador de la CNN que desenterró Ted Turner. Mi exhumación la hizo Lucas Fernández, poniéndome al volante del decano, un periódico histórico como lo era el Washington Post cuando Jeff Bezos lo reflotó. No sé qué explica que este hecho haya acontecido, pero sí que representa mi mejor colofón.

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El año de la intriga

Es la intriga lo que rodea al año que viene. El suspense por lo que pueda suceder ante las eventualidades y encrucijadas. Estamos viviendo en el vórtice de un huracán, ante peligros que no son menores. “Me preocupa Trump, me inquieta, no me gusta nada”, dijo a este periódico la semana pasada Javier Solana, de una parte, y de la otra: “No estamos cerca de una guerra nuclear, pero sí en una etapa de gran tensión conceptual”. Están esos miedos por el equilibrio mental de algunos líderes y las tentaciones que rondan sus cabezas narcisistas. Pero no solo nos intrigan las decisiones que puedan tomar en 2019 con sus armas de fuego, sino las pequeñas y medianas medidas que adopten en los próximos meses. Porque nada está en orden, por primera vez. Conviene hacer una lectura acertada de nuestro tiempo.

Venimos de una época no tan lejana que preconizaba la idea de integración. Se reunificaron las dos Alemanias, se ampliaba la Unión Europea, se fomentaba la globalización. Pero, de un tiempo a esta parte, y sobre todo en 2018, ha ganado terreno la disruptiva idea de atomizar y romper lazos por sistema. Hemos pasado de una cultura centrípeta a otra centrífuga. En este sentido valga decir que los canarios hemos experimentado un curioso avance, que yo sepa, no debidamente reconocido. Padecimos nuestra crisis escisionista tras la división provincial, traumática, y levantamos un telón en mitad de una autonomía precaria, propensa al divorcio. Llegó un momento en que el pleito insular nos balcanizó y corrimos riesgos de rompernos en una fatídica doble autonomía. Pero esa fiebre pasó y dejamos atrás los polvos del conflicto universitario, de las sedes, de los puertos y del derbi, y de ahí que hoy no hablemos de “estos lodos”. Ahora, por un falso penalti no nos cortamos las venas como Honduras y El Salvador en La guerra del fútbol, de Ryszard Kapuscinski. Esa lección de convivencia que nos hemos ganado los canarios contrasta con los nuevos vientos que asuelan España por Cataluña y Europa por el brexit. Canarias, diríase, es un caso chiquitito de multilateralismo y coexistencia, que nada a contracorriente. Frente al nuevo auge de la división territorial, nosotros hemos enterrado el hacha del pleito y nos acabamos de dotar de Estatuto con mar -algo impensable hasta el otro día- y con reforma electoral -igualmente insólita en nuestra tradición cainita-. Sin ánimo vanidoso, creo que somos un buen ejemplo para ingleses y catalanes, que están todavía en la fase primaria de ese instinto disgregador, tan provinciano. El solipsismo. Por esa etapa pasamos los canarios en los años 80 y precedentes, y hoy somos uno de los pueblos con mayor autogobierno de nuestro entorno, con ventajosas relaciones con el conjunto del Estado y de Europa, bajo un paraguas de seguridad formidable, y por primera vez con puentes tendidos con Africa, que era nuestra gran asignatura pendiente. Lastima algunos de nuestros principales gobernantes. Si mejoramos en este aspecto y contamos con líderes adecuados, estoy seguro de que saldremos de los últimos escalafones de las estadísticas de la vergüenza dentro del Estado y seremos, a nuestra escala, una potencia en sectores pujantes. 2019 nos depara una oportunidad de creer más en nosotros, a propósito del centenario de quien mejor nos conocía y promocionaba en el exterior: Cesar Manrique, que no se habría mordido la lengua de haber sido catalán o inglés. Como no se la mordió siendo canario sin perder la cabeza.

Ah, este año ha sido una novela negra, con sus víctimas y victimarios, y, por suerte, ha habido una cierta marea de gente buena, como decía ayer en Almería nuestra Premio Taburiente a la Concordia Partricia Ramírez, la madre del niño Gabriel. Es la intriga, la que nos embarga por conocer los capítulos que están por suceder en esta tierra, en este país, en este mundo patas arriba, como decía Eduardo Galeano. Borges se fijaba en los símbolos de las cosas antes que en los hechos. Falta saber si son tan solo metáforas, o nada menos que ellas, nuestros miedos, para tratar de adivinar cuánto hay de dolor o de insignificancia, no ya en lo vivido, sino en lo por vivir.

En estas horas previas nos urge y compete desenmascarar los hechos, asentar verdades y recuperar el sentido confiable de nuestra existencia. Para recobrar el rumbo de una mayoría decente que intenta el rescate de cuanto se está hundiendo, como formula el suplemento que el DIARIO publica hoy con The New York Times y El Español. Nunca antes despedimos un año tan solos y huérfanos, sin dioses penates, y nos invade, por tanto, una emergencia de raciocinio, de autoafirmación de principios desacreditados, de reconocernos y acertar, por una vez, en el camino.

Queremos saber cómo va a continuar esta novela. Qué será de ese señor con su tupé amarillo y sus malos gestos, capaz siempre de una locura mayor que la anterior. Nos aturden los signos con que despedimos el año que ya expira. Saber si Europa resistirá esta prueba de fuerza, bajo la tónica del barco a la deriva, expuesta al contagio del primer desatraque.

Comenzamos refiriendo el riesgo de ruptura que sufrió esta tierra, por suerte ya superado. Fue un riesgo serio. Ahora toca preguntar. ¿Se va a romper España? La política española ignora todavía los peligros que le acechan en los próximos episodios que ya no corresponderán a este año. Si la ultraderecha es la que ha llegado o la que está por llegar. Si el problema catalán devendrá en problema vasco… Y, con la misma intriga, nos miramos hacia dentro, a través de las portadas que hoy recopilamos. Son cuantiosos los problemas sociales que aquejan a estas islas, como de ahí se desprende. No hemos parado de dolernos, pese a vivir los años dorados del turismo, lo cual es un síntoma y un símbolo, como diría Borges, de lo que nos espera si un mal viento empeora el contexto turístico, sin alternativas. Nos intrigan las elecciones y el nuevo escenario político que nos aguarda en mayo, qué clase de gobierno y gobernantes tendremos, qué partidos crecerán y qué otros caerán en desgracia, qué manos finalmente timoneen esta flota. Nos intriga todo acerca de todos nosotros.De ahí el desasosiego y la esperanza.

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Javier Solana, exministro: “Me preocupa Trump, me inquieta, no me gusta nada”

 

Por Carmelo Rivero / Domingo Negrín

En la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife (Rseapt), Javier Solana Madariaga analizó la actual situación política, social y económica. Con motivo de esta visita, el exministro, ex secretario general de la OTAN y ex alto representante para asuntos exteriores y de seguridad de la Unión Europea concedió una entrevista a DIARIO DE AVISOS. Incisivo, pedagógico y diplomático, su experiencia le autoriza a hablar en primera persona, con conocimiento de causa.

-Con un recorrido bastante largo y como actor en primera fila de grandes acontecimientos de finales del siglo pasado y comienzos de este, ¿participa del desconcierto generalizado o es más bien optimista?

“Yo no quiero ser pesimista, pero tampoco ingenuo. La situación es difícil. Han pasado muchas cosas inesperadas: algunas, malas; otras, muy buenas. En general, hay un cierto desconcierto desde el punto de vista político y económico, aunque la parte económica no está tan mal a nivel global. Tenemos los problemas en el comercio, con tensiones sobre todo entre Estados Unidos-China y Estados Unidos-Unión Europea que seguramente no van a ayudar al crecimiento mundial. Esperemos que eso se solucione en un tiempo corto. En la última reunión del G-20, Estados Unidos y China llegaron a un acuerdo de tratar de resolver los problemas comerciales en un periodo de tiempo razonable. Veremos si esa tregua se convierte en realidad. Sería estupendo”.

-¿España ha perdido el tren del liderazgo en Europa?

“España nunca ha tenido el liderazgo, pero sí un liderazgo importante en la Unión Europea desde que entramos nosotros [el 1 de enero de 1986, en las Comunidades Europeas]. Entonces había un motor fundamental, formado por Alemania, Francia y el presidente de la Comisión, Jacques Delors. Es verdad que el presidente del Gobierno, Felipe González, y los que hemos sido ministros de Asuntos Exteriores hemos estado metidos siempre en el corazón de la Unión Europea. España es un país muy proeuropeo y está llamado a jugar un papel determinante. No siempre ha sido así, al nivel de nuestra máxima capacidad. Creo que se está recuperando nuestra presencia en la parte altísima de la dirección de la Unión Europea”.

-¿El problema catalán es resoluble? ¿O conllevable, como dijo José Ortega y Gasset en las Cortes con motivo del debate de aprobación del Estatuto de Autonomía de 1932? ¿Qué aconsejaría, en todo caso?

“Es un problema serio. Creo que tiene solución, que debe encajarse en el marco jurídico en el que España vive desde la aprobación de la Constitución de 1978, votada muy especialmente en Cataluña. No va a ser fácil. Requerirá tiempo, paciencia, sentido común y personas que estén al mando de la negociación, llamémosle así, sensatas, con sentido de Estado y ganas de trabajar con tenacidad”.

-En esta especie de encrucijada, ¿un gobernante socialista como Pedro Sánchez tendría que apostar por el diálogo a pesar de que la derecha está pidiendo el 155?

“Yo creo que el diálogo no se debe parar nunca. Es una capacidad de las sociedades democráticas, que es la de poder hablar. Para intentar resolver problemas, no para crearlos. Por lo tanto, entiendo que algún tipo de diálogo hay que mantener abierto. Incluso en los momentos más complicados. Yo he estado negociando temas muy importantes para la comunidad internacional, como las armas nucleares de Irán, y nunca, ni en el peor momento, me he levantado de la mesa”.

-¿El riesgo de que España se contagie del efecto de Kosovo es remoto o habría que estar vigilantes por si acaso?

“Imposible. No tiene nada que ver lo uno con lo otro. Las circunstancias históricas son totalmente distintas. Querer aplicar medicinas que vienen de otras enfermedades o problemas para resolver los nuestros me parecería un gravísimo error”.

-Como la vía eslovena, ¿no?

“Yo la viví. Estaba allí. Toda la ruptura de Yugoslavia me cogió como ministro de Asuntos Exteriores y después como alto representante de la Unión Europea y como secretario general de la OTAN. Lo he vivido por activa y por pasiva. No se lo recomiendo a nadie como modelo. Diré más: el presidente de Eslovenia, que lo era rotatorio de Yugoslavia, fue amigo mío, hablaba castellano perfectamente y tuvo que dar salida a esta parte de la dificultad que era gestionar un régimen, el serbio, que estaba en manos de Slobodan Miloševic, el secretario general del Partido Comunista de Yugoslavia, dispuesto no solamente a que no se rompiera, sino a utilizar la fuerza. Hubo muertos y, desgraciadamente, la guerra no se ha terminado. No se ha llegado a encontrar una solución para Bosnia”.

-¿Qué salida tiene el brexit?

“Primero, la que quieran los británicos y que acepten los europeos. Al Reino Unido es al que le toca mover las fichas. En este momento, la primera ministra [Theresa May] sabe cuál es la posición de la Unión Europea, que no va a cambiar, y ese texto tiene que pasarlo por el Parlamento de Westminster. Está haciendo un esfuerzo extraordinario, pero hay gente que no quiere bajo ningún concepto que ella gane. Creo que hay todavía una fórmula para salir de esta situación, que sería un drama para el Reino Unido. El gobernador del Banco de Inglaterra ya ha advertido de los sacrificios que habría que afrontar [Mark Carney pronostica un desbarajuste económico, con una reducción del PIB y el desplome de la libra, si no hay un acuerdo antes del 29 de marzo] y les queda una oportunidad de no pasar por eso”.

-¿Existe por ahí alguna palanca para dar marcha atrás y revertir el proceso?

“Tendría que cambiar la decisión que adoptó el Reino Unido, presentada formalmente a la Unión Europea. Hay movimientos de diverso tipo [la presión aumenta]. Esta misma tarde ha surgido uno -voy a hablar yo con ellos- para formular una petición de un segundo referéndum [tras el que hubo el 23 de junio de 2016]”.

-¿Cómo ve a Europa?

“La veo con los ojos de alguien que la conoce bien, que la ha vivido intensamente. He estado más de quince años dedicado a la política europea y pienso que Europa es una necesidad del mundo de hoy, con tensiones comerciales, donde empieza a haber una deriva hacia regímenes autoritarios, una vuelta a un nacionalismo atemporal. Percibo un deseo en la comunidad internacional de que Europa siga funcionando y desempeñando un papel, que tenga una voz y la posibilidad de poner sobre la mesa soluciones a problemas que si se dejan solo a los que están participando ahora sin una voz sensata, responsable, como suele ser la de Europa, no se resolverán. No solamente creo que hay demanda de Europa para los europeos, sino para ciudadanos del resto del mundo”.

-¿Le preocupa la figura de Donald Trump?

“Me preocupa, me inquieta, no me gusta nada. Creo que es un gravísimo error la posición de Estados Unidos de situarse al margen de lo que ha sido siempre, en el marco de lo multilateral. En el mundo en el que estamos, con un elevado nivel de interdependencia, es absurdo, un disparate. Los problemas más graves en estos momentos son de naturaleza global y, consecuentemente, requerirán soluciones globales y necesitarán instituciones multilaterales. Por ejemplo, que Estados Unidos se haya bajado del esfuerzo por intentar resolver el problema grandísimo, global, como es el cambio climático me parece un acto de gran irresponsabilidad”.

-¿Y Vladímir Putin?

“Putin está siendo para Europa un problema, porque tiene abiertos conflictos en la vecindad. Ucrania es un país próximo a la Unión Europea. A la larga, sea quien sea el presidente de la Federación Rusa, tendrá que pensar seriamente y darse cuenta de que es más importante para su modernización la frontera con la Unión Europea que con la de China. Nos intercambiamos gas todos los días desde hace muchos años. Durante la guerra fría, también. En el futuro, la relación habrá de ser objetivamente mejor. Nos conviene que sea así”.

-¿Esas voces que alertaban de una guerra nuclear estaban disparatadas?

“No, no estamos cerca de una guerra nuclear, pero sí en una etapa de gran tensión conceptual. El despliegue de misiles nucleares de distancias intermedias fue decidido por parte de Rusia durante la guerra fría. Hubo una contestación: instalando en suelo alemán unos cohetes para contrapesar esa posición de misiles apuntando a Europa. Eso fue un durísimo trabajo para los europeos. Me acuerdo de que el canciller Helmut Schmidt [socialdemócrata], una de las personas más inteligentes que he conocido en mi vida, tuvo que tomar esa determinación. Después de la caída del muro de Berlín [el 9 de noviembre de 1989] y de la disolución de la Unión Soviética [1991], esos misiles fueron retirados y se firmó un tratado [el INF, suscrito el 8 de diciembre de 1987 en Washington entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov]. Lo que ha pasado es que, desde hace poco tiempo, hay un misil ruso que pudiera estar, con pequeñas adaptaciones, en el rango de aquellos. Eso nos ha metido en una situación complicada: los americanos han dicho a los rusos que tienen que corregir esa situación y que, si no, abandonarían el tratado. Si eso ocurriera, nosotros estaríamos en inferioridad ante Rusia”

[Putin se escuda en la amenaza de una confrontación nuclear frente a las sanciones de Occidente y el aislamiento].

-No solo a Trump le molesta el proyecto de un ejército europeo. Los recelos de Estados Unidos vienen de antes…

“Un ejército europeo no va a haber, sino capacidades de seguridad y defensa europeas. Se busca una conexión mucho más estrecha y una integración muy superior a la actual entre las fuerzas armadas de los distintos países, desde el punto de vista tecnológico, del armamento… La capacidad de acción estratégica autónoma de Europa está escrita en los textos, desde el que yo escribí en 1995 hasta los que acaban de salir. Eso no le gusta al presidente Trump, pero a nosotros sí”.

-¿Canarias ha estado siempre bajo el paraguas de la OTAN?

“Canarias es España y está en la OTAN como España”.

-¿El Archipiélago debería estar particularmente pendiente de lo que pase en África por lo que le pueda afectar?

“África va a ser el continente del siglo, por la población y los recursos naturales. En mi opinión, Europa debería tener una mirada hacia África mucho más atenta. A Canarias, como parte de Europa y por su proximidad, le interesaría fijarse más, involucrarse en la vida política, económica y social de los africanos”.

-¿Estamos ente una carencia peligrosa o inquietante de liderazgos en Europa y en el mundo?

“No estamos en el mejor de los momentos históricos que he conocido desde el punto de vista de las figuras capaces de liderar, de poner sobre el tapete ideas y de movilizar en el ámbito de la vida democrática, no autocrática. A veces echo en falta a personas con esas características que yo he conocido y que ahora veo con menos frecuencia”.

-Angela Merkel se retira ya…

“Lo ha anunciado. Le quedan todavía dos años como canciller [ha cedido el testigo a Annegret Kramp-Karrenbauer, su delfín, al frente de la CDU]. Creo que ha dado muchísimo de sí, no puedo nada más que emitir juicios cariñosos hacia ella. Me ha tratado muy bien, hemos trabajado juntos durante casi quince años. Nunca me olvidaré de que, cuando a ella la nombraron doctora Honoris Causa por la Universidad más importante de Alemania, la de Leipzig, que era el sueño de su vida, me llamó para que fuera yo quien le hiciera la laudacio en esa ceremonia. ¡Un honor enorme! Es una personalidad potente. En el delicado asunto migratorio, demostró una gran valentía que le costó algunos puntos en la política doméstica, pero hizo mucho bien a Europa”.

-Es curioso: a ojos de muchos españoles, por la austeridad en la crisis, parecía una mujer antipática. Luego su imagen se ha engrandecido…

“No hace muchas semanas escribí un artículo sobre ella y decía que fue demasiado tajante en los temas económicos pero que ha hecho cosas buenas”.

-La Constitución española acaba de cumplir 40 años. ¿Goza de buena salud?

“Yo estuve en las Cortes constituyentes y formé parte de la comisión que elaboró la Constitución, que nos ha proporcionado una estabilidad extraordinaria. Tiene capacidad de ser modificada, mejorada, sin olvidarnos de cómo nació y de los elementos que contiene. Hay que releerla con ojos bien abiertos para darse cuenta, en el mundo en el que vivimos, de la relevancia de contar con una Constitución duradera. Con eso no quiero decir que esté escrita en piedra. Está escrita sobre papel y existen unos mecanismos de reforma”.

MR. PESC ERA EL HOMBRE MÁS IMPORTANTE DE EUROPA

Ha sido uno de los líderes del planeta. En sus años de secretario general de la OTAN o Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (Mr. Pesc), en que era el hombre más importante de Europa, Javier Solana era un español sin complejos que sobresalía en la esfera internacional. Desde entonces, y tras ser el triple mejor ministro de Felipe González, jugó en la liga de los grandes líderes donde los dilemas habituales giran en torno a la guerra o la paz. Ordenó el bombardeo de Serbia porque Milosevic amenazaba una catástrofe humanitaria. Solana parece ahora relajado, libre de las grandes tensiones que vivió. Físico como Merkel -a la que aprecia y considera una amiga- se abonó a la política internacional y destacó cuando el mundo gozaba de auténticos líderes enfrentados a auténticos problemas. Solana como excepción era un español desprejuiciado que todos valoraban en las altas instancias. En el club Bilderberg, donde anida el poder, también es respetado. La entrevista se celebró en el hotel Mencey, en presencia de sus amigos y anfitriones José Carlos Alberto Bethencourt y Marisa Tejedor.

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Cataluña no es lo mismo sin el bigote de Dalí

En Canarias cayó el Gordo y el mismo día firmó el convenio de carreteras, aunque la lluvia de millones no dejó a todos contentos. Pero la capital este viernes fue Barcelona, como ocurría con Canarias cuando los ministros venían a gobernar España un día en la ultraperiferia. Porque las Españas se dispersan por toda la pell de brau (la piel de toro), como la llamaba Salvador Espriu, que era un poeta antifranquista y federalista, y en la adenda de las Islas se ven los toros desde la barrera. Domingo Hernández Peña, canario trasterrado en Brasil, vivió una época en Barcelona, puerta con puerta con Josep Tarradellas (como se llamará a partir de ahora el aeropuerto de El Prat), “todo un caballero, que no se tiraba a la piscina sin agua”. Los Sánchez boys desafiaron el infierno de la kale borroka de Torra y se parapetaron tras la policía del Estado en la Lonja de Mar, donde se reunían los mercaderes, para aprobar la nueva soldada de parias y funcionarios, que son unos cuantos millones de votos y estómagos agradecidos, pues Cataluña es la cáscara y esto son nueces. En medio de las barricadas de los chalequitos amarillos y los acuerdos navideños del Gobierno, telefoneo al canario más catalán que conozco, Emilio Machado, “el más virtuoso de nuestros pintores vivos”, según el crítico Guillermo García-Alcalde, para compartir el desagravio al paisano Blas Cabrera, el amigo de Einstein y Ramón y Cajal, todo un detalle del ministro astronauta Pedro Duque, que quedó en un segundo plano, como el aeropuerto César Manrique. Cabrera y Manrique, ¡que par de conejeros!

Y a Machado lo sorprendo leyendo en chino algún texto literario, porque es un enciclopedista y un políglota de mucho cuidado, que lee a los clásicos en latín y a Shakespeare en inglés. “¿Barcelona? Está echada a perder. Ya no es lo que era, la ciudad cosmopolita de la que me enamoré. Mi vecino está mayor y su hijo independentista no le dirige la palabra”. Machado se soltó a hablar como si hubiera estado esperando mi llamada desde hacía mucho tiempo. Y se desahogó. Él, que ha sido toda la vida un nómada, que ha vivido en México y no quería irse de Nueva York y volvió a Santa Cruz por imperativo familiar y se sentía “un extranjero”, hasta que por fin retornó hace poco a Barcelona, donde había conocido a Dalí, me contó con desconsuelo y amargura que ya no suele caminar por las Ramblas como antes, porque te pueden asaltar o atentar contra tu vida. Y es como ir a Nueva York y no poder pasear por Nueva York, que captó en sus dibujos que yo he visto. Vive en su castillo románico frente al mar delante de un bosque encantado, y pinta lo que busca últimamente, el vacío, que ya estaba en sus cuadros blancos (persefonías) escondidos en el garaje de su casa chicharrera de escaleras inglesas que finalmente vendió para mudarse a su adorada Barcelona en llamas. Se le han muerto todos los amigos de Dau al Set, se ha muerto Dalí y la ciudad también se ha muerto. En realidad, Emilio Machado está pintando la muerte de blanco a rabo, cuando no de rojo a negro, una muerte por boca de Stendhal. Emilio, que es palmero y supera los 80 años, tiene una estética y una juventud muy suyas. Viene de ser un trotamundos, de conocer países y paisanajes de mucho calado, y no pierde la modestia canaria de quitarse importancia, que es lo único en lo que no parece catalán.

Cuando vivía en Santa Cruz yo pasaba tardes enteras en su casa de muebles del siglo pasado que construyó su padre arquitecto, Tomas Machado,y hablábamos de arte y literatura, de Nietzsche y Hernán Cortés. Y de Dalí. Me contó la historia de su amistad con el célebre surrealista y los versos que el pintor le dedicó acerca de Dios y el agosticismo juvenil de su pupilo isleño: “Machado, canario,/ el inspector general dice:/ no importa, no confíes en Él,/ Él confía en ti”. Emilio entró en el taller de Dalí de adolescente para trabajar como su ayudante privado, y lo aprendió todo del maestro. Le enseñó a mezclar óleos e inventar colores imperecederos. “Yo no uso diluyente, lo aprendí de Dalí”. Un día, Emilio trató de disimular bajo el brazo un lienzo recién comprado. Pero al cabo de unas semanas, Dalí se lo pidió y no le quedó otra que resignarse y regalárselo. El ampurdanés pintó la figura recurrente de su padre, un paisaje y una flor extravagante y postiza, pero después le pidió un soplete y flameó el lienzo unos segundos, y el resultado fue, entonces, una obra magistral que años más tarde Machado reconoció entre los dalises de un museo. Dalí fue quien le enseñó el secreto para que el blanco no se vuelva marfileño ni el negro se agriete. Es extraordinaria la relación de Emilio Machado y Salvador Dalí. Una historia no contada. Con Barcelona al fondo. Por los lazos del demonio o de la actualidad diabólica, me he reencontrado con este paisano entrañable que vive en su islote catalán. Ahora que Cataluña no existe.

Dalí preguntó por él poco antes de morir al escultor Xavier Corberó. “Está en Nueva York”, le dijo, y se alegró de la noticia: “Dile que se quede”. Emilio había vivido en el mítico hotel Chelsea de Warhol, Leonard Cohen y Basquiat, y un galerista famoso lo cubrió de gloria. Es el canario más importante desconocido en su tierra, porque ha vivido fuera siempre. Su amigo Henry Moore tiene a su Guerrero de Goslar frente al edificio de balcones de guitarra de la Rambla santacrucera que diseñó Emilio. Acaba de exponer en la Universidad de los premios Cervantes, Alcalá de Henares, y ha terminado un libro de correrías teatrales, Entreacto. Ha sido un desinquieto. En Mexico, la ministra de Cultura le propuso exponer como pintor mexicano. Y para un homenaje a Dalí en París, la Generalitat lo seleccionó como pintor catalán. Su mujer Isabel Cordeiro, también artista, iba a por provisiones y nosotros nos quedábamos hablando de antinomias y majaderías como la de pintar blanco sobre blanco. Emilio cree como yo en los fantasmas y ahora vive en una ciudad fantasmagórica. El viernes hablamos de poetas y de Rimbaud: “Cualquiera no es poeta, ni hay más Rilke ni Whitman, ni más leña que la que arde”. Y le cité unos versos de Espriu a Sepharad (España para los judíos), a propósito de la violencia callejera del viernes en la Barcelona tomada por los ministros: “A veces es necesario y forzoso/ que un hombre muera por un pueblo,/ pero jamás ha de morir todo un pueblo/ por un hombre solo:/ recuerda siempre esto, Sepharad.” Cuando vaya a Barcelona -más pronto que tarde- le hago una visita al amigo catanario.

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Mardones y la fauna política

Mardones era un animal político. Dada su condición de veterinario, esta es una afirmación que le halagaba. Hace dos años quedamos citados en el Mencey para hablar largo y tendido de su andadura política. Tenía una pierna fastidiada, una quiebra en la cadera quizá, pero esa andadura política había sido dilatada y firme, representaba la era exitosa de los nacionalistas canarios herederos de UCD, los años exultantes con grupo propio. Mardones, alejado del escaño y el escarnio en que se había convertido la política española, seguía con nostalgia faunística las cuentas de CC en las Cortes. Una diputada tinerfeña y un senador herreño, resumía, recordando que hubo cuatro legislaturas con grupo parlamentario, en que los Presupuestos del Estado tenían una adenda canaria y cuatro diputados de las Islas guardaban una carta bajo la manga. Como si el hombre que encarnaba ese periodo de esplendor de las AIC, luego CC, mirara con desencanto los despojos del partido, ya desde la grada; Luis Mardones Sevilla se temía lo peor. “Tuvimos cuatro diputados, ahora uno, y después de uno viene cero”, me dijo aquella vez con resignación. Ya no militaba. Había dado un portazo cuando le dieron la consigna de votar contra los últimos Presupuestos de Zapatero.

Mardones era un nacionalista inconfeso. En la entrevista, el histórico diputado canario de Estado, me explicó qué era esto último que acabó de decir. Diputado canario de Estado. ¿Qué suerte de nacionalismo acuñaba este dinosaurio devenido gaviota en Madrid? Para Mardones, a sus paisanos nos convenía que la letra y la música fueran las mismas en Canarias y en la capital del Reino. “Esto no es Suiza”, remachó. No había otra si las Islas querían participar del gran banquete de los Presupuestos del Estado. No tenía ningún resquicio de duda. Su nacionalismo, me aclaró al fin, era una conducta pragmática. Desenterró los orígenes de su fuerza política, que provenía de la extinta UCD, y recordó: “Éramos el partido de la burguesía”. Las aptitudes políticas de Mardones eran como las de Suárez, del que me refirió una desconocida incursión por Córdoba en tiempos de Franco para promover un partido nonato en la España predemocrática y aún tardofranquista, la Unión del Pueblo Español (UDPE). Los dos caían bien, te amistaban a la primera. Era demócrata y ejercía una ética de consenso que ahora se ha vuelto prohibitiva en la España que entierra a Mardones y se enfrasca y se ofusca en las cámaras crispadas de un país envilecido en continúa campaña electoral.

Con esa lógica de bailar al son de los Presupuestos, votó la investidura de Felipe González en el 89, y no disimuló que a cambio consiguió perras para los baches de acceso a Los Rodeos y otras carreteras y subvenciones para viajeros y mercancías, amén del estribillo del REF. Ahora que ha muerto (durmiendo, como mejor se muere), quiero decir que un día, siendo casi niños, alguien de Los Fregolinos nos presentó -hace casi 50 años- a un canario que iba a dar que hablar. Mardones era el mejor ejemplo del fairplay. Decía que llevaba puesta la camiseta de Tenerife. También llevaba en la maleta del coche el traje de mago por si le pillaba una romería. Se metía a la gente en el bolsillo. Era un animal político .

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La hojarasca y la gresca

Una referencia de infancia, desde el balcón de nuestra casa en la calle de San Sebastián, eran las bandadas de hinchas, cuando acudían o regresaban de un derbi en el estadio, como el de hoy en Gran Canaria, recreando una suerte de parodia que consistía en portar jaulas con canarios y figuras alusivas al chicharro, con el fin de representar el atávico pleito deportivo. No hacía excesiva gracia, pero la intención era más hiriente que hilarante, y el grado de crispación futbolística entre chicharreros y canariones obedecía a una insania primitiva que entonces -en los años sesenta y setenta- estaba en su punto más álgido: zaherir al eterno contrincante y alimentar cierto odio tribal para dar sentido a la bronca como nutriente de la propia existencia de la afición y de la isla como enrocamiento. Es curioso que en el fútbol ha llegado a arraigar de tal manera esa animadversión entre seguidores vecinos y enfrentados que se concibe como algo común al ecosistema de la grada y el territorio. En los derbis argentinos entre el Boca Juniors y el River Plate ya hemos visto cómo se las gastan, y hasta qué punto la violencia congénita de esos duelos obligó a mudarse de país, viajando hasta España jugadores e hinchas, para consumar un rito bochornoso y brutal que denigra a un deporte y a una nación delante del mundo entero sin el más mínimo sonrojo ni el menor acto de contrición. La ofuscación no remitirá, ya es parte de una prosa, es santo y seña. Se asume cual inherente a una identidad que se describe como alma y arma del fútbol argentino, concebido como una práctica de alto riesgo, donde caen sobre el césped, ya no chuzos de punta, sino puñales de verdad.

España no está para dar ejemplo, tampoco, si ponemos sobre la mesa los ajustes de cuentas entre peñas ultras que han costado la vida a algún aficionado arrojado al Manzanares o herido mortalmente por una bengala lanzada por una mano anónima del monstruo de cien mil cabezas. Así definió Jorge Valdano a la afición en Sueños de Fútbol, cuando hace ya casi 25 años, conversamos de estas cosas y otras derivadas del deporte y su animalidad. El monstruo de cien mil cabezas. Lo que está sucediendo en la vida pública española es la traslación de lo visceral futbolístico a la cancha política. Algo que el reality show ya había ensayado antes con personajes precocinados a tal fin en guiones de berrinche y falsos careos, como los programas de Laura Bozzo censurados en América por trampear con las historias tremebundas de marginados sociales y violencia de género. Algo así como si los rugidos del indómito Rufián y los escupitajos de Jordi Salvador a Borrell estuvieran preestablecidos en un libreto de telerrealidad política, en la sórdida Europa del brexit y Salvini, y la guerra de Troya de Torra a la eslovena fuera un acto premeditado en Waterloo, y los hooligans de los CDR que se pertrechan para repeler el Consejo de Ministros del 21 en Barcelona fueran gremlins programados por la misma mano maquiavélica que diseña el formato de este show de Truman en que se ha convertido la política española y su telenovela catalana.

En la política de ibuprofemo de Sánchez con Cataluña, que diría Borrell, hay también algo de trampantojo, de ilusión óptica, donde el diálogo con Torra es más de besugos que de interlocutores reales, que se finge en lo virtual, en la verdad de las mentiras, como el título de Vargas Llosa. De modo que estamos matando el tiempo, o simplemente alargándolo, hasta que el monstruo de cien mil cabezas que tanto llena un estadio para malquistarse con Isco, como se encarama en los escaños del Congreso o el Parlament o corta autopistas y sabotea el peaje, tire una daga al aire y salte la primera chispa, esa vez de sangre, y se arme la de San Quintín si antes no se convoca a las urnas o a los tanques de la Constitución. La diatriba política española tiene un poco de todo esto, de montaje y teatralidad,de rencor impostado y turba futbolera llevada a los extremos de la Copa de Libertadores. Y, a su vez, emula una racha de ira que se expande por todas partes como señal de un tiempo hosco y despechugado que llega a las manos y desafía el orden, pues el caos en que deviene es su mejor caldo de cultivo.

Pedía Jerónimo Saavedra en estas páginas el domingo pasado prudencia, sensatez, sentido común y respeto. Y su prédica sonó tan lúcida como candorosa y extemporánea, pues nos hemos instalado en el guerracivilismo como leitmotiv, acá y acullá, que invocar tales virtudes elementales en toda actuación pública, y la política lo es la que más, chirría como si estuviera fuera de lugar, o pocos la secundaran a priori (no obstante, Sánchez ayer con la ONCE invocaba el respeto saavedrino y la sensatez), convencida la mayoría de que esos atributos no venden, no aguantan el test del oráculo de las redes, donde suena el albogue de Polifemo según le dé la gana a ese monstruo de cien mil cabezas. ¿Qué prudencia, qué sensatez, qué sentido común, qué respeto tienen cabida en el incongruente Congreso español? Cuando Ana Pastor no ha tenido más remedio que censurar -pese al inviable borrado de lo ya proferido-los exabruptos golpista/fascista de sus señorías, convengamos que la histeria colectiva se ha adueñado, ya no del fútbol como excremento de la grada, sino de la política y la vida pública en general, cuyos gladiadores están dispuestos, como en aquellos circos romanos, a dejarse “azotar, quemar y apuñalar”. De ahí que la advertencia de Ana Oramas en pleno gallinero, “se están cargando la Transición “, haya dado en la diana. Como han calado, en un rapto de fair play, los elogios de despedida del diputado paisano de Podemos Alberto Rodríguez dirigidos al compañero de escaño del PP Alfonso Candón, “lo vamos a echar de menos, usted es una buena persona y da calidez humana a este sitio”, como un gesto que nada a contracorriente y devuelve a la Cámara un aroma de cordialidad que dábamos por desaparecido. Casi cuarenta años atrás, me sorprendió gratamente durante una entrevista a Fraga, que el líder de AP me hablara de Fernando Sagaseta, comunista y diputado de UPC, como de una gran persona. Entre la hojarasca de la gresca crecen a veces también estos brotes.

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La guerra o la paz en Tabarnia

La olla catalana está a punto de explotar y el Gobierno se enfrenta a un escenario que habíamos superado cuando cesaron las balas de ETA. Los más extremistas del separatismo bicéfalo de Torra y Puigdemont afilan los dientes para saltar a la yugular de Sánchez el día 21, que es cuando se celebrará un Consejo de Ministros en Barcelona en fecha tan señalada, justo el aniversario de las elecciones tras el 155 que dieron mayoría al procés con sede en la Generalitat y un anexo en Waterloo.

La espiral de violencia en las calles de Cataluña imita una suerte de guerra de guerrillas que envidia estos días la insurgencia de los chalecos amarillos contra Macron. Hay múltiples fuentes de inspiración para un activismo que se reivindica revolucionario en la calle, como hicieran sin desmadres los concentrados del 15M en la Puerta del Sol. Pero Torra no ha tenido mejor idea que invocar en Bruselas el sábado la vía eslovena como el manual de estilo del independentismo catalán, olvidando, ignorando o dándole igual, que en las revueltas de los 90 de Eslovenia hubo decenas de muertos en la guerra de los diez días antes de segregarse de Yugoslavia con Tito muerto. Dos cosas conviene aclarar. Eslovenia hizo un referéndum con garantías de resultado incontestable y España no es Yugoslavia, ni una dictadura ni un apaño de repúblicas y etnias ahormadas.

A Torra le ha caído una lluvia de condenas por su salida de pata de banco. Cataluña está construyendo un relato forzado con muletillas y trampantojos, incluido el simulacro de huelga de hambre de los presos de Lledoners. Y el colmo es que admite que necesita un muerto para no morir en el intento, como insinuó Colomines, el historiador promotor de la Crida. Ahora, tras el botox andaluz, urge a los líderes actualizar el discurso. Y mientras en España se enredan unos y otros entre quién es constitucionalista y quién no, quién tuvo la culpa de la irrupción de la ultraderecha o quién le pone ahora puertas al campo, en Cataluña se han roto los puentes entre los propios soberanistas.

Dado que es un secreto a voces que Junqueras no puede ver en pinta a Puigdemont por su traición, la evidencia de que los juicios van a celebrarse y las condenas serán saladas, los más radicales han visto en la violencia su única cortina de humo para liarlo todo y huir hacia adelante, sin darse tregua, pues un solo minuto de sosiego puede invitar a la sensatez y el sentido común. Y ahora mismo eso sería la perdición de un movimiento que se finge a sí mismo desde su origen y sobrevive construyendo castillos en el aire.
Los esquerras han dicho que no a la guerra de Torra y sus CDR. Pero ahí están las proclamas a la subversión de los grupos de acción rápida (los GAAR) y las misiones programadas por una tal Bandera Negra para tomar el Parlament y el Palau de la Generalitat el citado día 21. La intifada catalana tiene, al parecer, por modelo el terrorismo descamisado del ISIS, mediante acciones aisladas de lobos solitarios cubiertos con pasamontañas. La desfachatez de la pérdida de papeles de la honorable Cataluña no parece tener límite. Es un quiero y no puedo, una revolución sin tramoya, una parodia como Tabarnia y una guerra de Gila desafiando al Estado, que no va a tener más remedio que ponerse serio.

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Contrapunto y fuga de mi doble, Olives

Me solían confundir en la calle con un músico. “¿Sigues tocando la guitarra, Olives?”, me preguntaba la gente a menudo cuando era adolescente y periodista amateur. Un día, por tanto, me puse a investigar el paradero de mi doble, como en la novela de Saramago, El hombre duplicado, que leería muchos años más tarde. ¿Somos capaces de soportar que, entre miles de millones de semejantes, haya alguien que se nos parezca tanto que seamos dos seres iguales con vidas diferentes?, se plantea el autor portugués. Yo solo quería conocer (o reconocer) a ese tal Olives que era como yo. Los dobles son un tema apasionante, que se plantea en la tragedia griega. Existen en las películas y en la vida real. Si nos adentramos en el género descubrimos cosas sorprendentes. Ayuda mucho en esta clase de imitación el más mínimo defecto, una marca, como cuando la nodriza de Ulises le reconoció pese a ir disfrazado de mendigo, por la cicatriz. En el corredor de la muerte en Estados Unidos proliferan los condenados que reclaman un nuevo juicio por una sentencia injusta basada en una doble identidad. Nuestros sosias son dueños de cometer cualquier tropelía, pero sí tenemos la desgracia de vernos mezclados en sus turbios manejos a través de un testigo equivocado, pasaremos, cuando menos, un mal trago si con suerte prevalece la verdad. Ya digo que este asunto se las trae.

Los sosias de los actores y los políticos desempeñan un papel clave. Sylvester Stallone contaba con un doble, al parecer (nunca tan apropiada la locución conjuntiva) en el rodaje de su quinta y última secuela de la saga que jubiló en la Isla, Rambo. Los extras del cine se la juegan por su original, como los dobles de los jefes de Estado ponen la cara y a veces reciben la bala en acto de servicio. Dicen que Maduro abusa del clon por temor a que le vuelen la cabeza con esos drones que andan sueltos en el cielo revuelto de Caracas. Fidel tendría seguramente el suyo, habida cuenta los atentados incontables de la CIA, pero sí nos consta que nuestro Fidel del Carnaval, Antonio Meseguer, casi no lo cuenta tras el apuñalamiento que sufrió a manos de un majara durante una de las noches en que se disfrazó del comandante cubano. Esto de los dobles de pega o de ficción tiene su mitificación y leyenda. Pero lo mío era real y no dejaba de asombrarme. Me llamaban Olives y me preguntaban por mis progresos con la guitarra. Ahora que mi hijo va a clases de música con tan solo ocho años y aprende a tocar un instrumento tan respetable como el piano, confieso que jamás supe tocar la guitarra. Una cosa era cierta. Cuando Martín, mi hermano, ganó Canarias paso a paso, un programa de la prehistoria regional de TVE, se compró con el dinero del premio una guitarra y me invitó a viajar a Madrid con él y el instrumento, sin que tuviera ninguna lógica. Pero la guitarra, si bien la toqué, nunca fui más allá del mero tacto, frente a la facilidad con que mi hijo, con bisoñez y osadía, ya es capaz de ejecutar una sencilla canción y, si aún viviera nuestra vecina Carmen Rosa Zamora, la recordada profesora de piano, sus progresos serían, a buen seguro, mayores.

En aquellos tiempos yo ya practicaba este oficio barato, nada me costaba escribir en los periódicos, aunque tampoco me pagaran por ello, porque era un aprendiz. Por eso, cuando me propuse localizar a mi doble Olives, y supe que no solo era guitarrista, sino un músico en toda la extensión de la palabra, creo que le ofrecí la posibilidad de un modesto artículo en la prensa y entablamos una extraña y remota amistad. Él se fue de Canarias y el contacto se interrumpió. Se llamaba Juan José Olives. Ese era su nombre completo, como Daniel Santa-Clara se llamaba el doble de Tertuliano Máximo Afonso, el personaje de Saramago. Ahora, cuando veo los vídeos virales que calculan el escaso tiempo -en ocasiones, horas- que pasarán juntos los amigos más importantes a lo largo de su vida, compruebo con pena que Juan José Olives y yo apenas nos vimos un par de veces desde que nos citamos por primera vez en un punto de la Rambla para comprobar la peripecia de nuestra mímesis y romper el misterio. Éramos, en efecto, dos tipos duplicados, no sé si la dupla perfecta, antes de que los rasgos faciales, en ambos, sufrieran el rigor de los años y la similitud, que nunca desapareció del todo, fuera mermando. Aquella cita a ciegas fue magistral. No recuerdo ahora bien quién llegó primero al lugar convenido, pero nunca olvidaré nuestras caras, la que yo pondría y la de Olives, que reflejaba nuestra perplejidad, casi hilarante, a solas, ratificando nuestros rostros paralelos y casi nuestra idéntica complexión física, como si fuéramos fotocopias. Así vienen dadas las agniciones, decían los griegos clásicos. “Ha llegado alguien parecido a mí; pero nadie es parecido a mí, sino Orestes, luego ha llegado este”. Aquel silogismo en las Coéforos. Hablamos entre risas de las ocupaciones de cada cual. Adiviné en el acto que estaba ante una personalidad especial de canario sobresaliente (fue más tarde catedrático de dirección, fundó orquestas, grabó discos y fue doctor en filosofía, discípulo de Emilio Lledó). Sentí curiosidad por su vocación artística que me parecía un hallazgo de talento en mitad de la isla, porque entonces uno tropezaba por la calle con gente así, genios potenciales en las artes y las letras, como Félix Francisco Casanova, que llevaban la aureola en la cara. Después no sé qué hicimos, si tomamos algo o nos quedamos todo el rato, frente al Colegio de Arquitectos, junto a la Lady Tenerife de Chirino, donde concertamos el encuentro. Un día recibí un correo suyo de Barcelona con las letras de Agustín Millares Sall que había musicado. Y estuve al corriente de sus éxitos como director y compositor. Sabía que mi doble (yo, el suyo) se había convertido en una celebridad nacional, con la cercanía tan esquiva de vivir uno en el Atlántico y el otro en el Mediterráneo.

La otra noche, en el periódico, llegó la noticia de la muerte de Juan José Olives, tras una larga enfermedad, a los 67 años. Y me encuentro noqueado. Como si el espejo no me devolviera la imagen y, de pronto, estuviera solo en la Rambla, hace muchos años, esperando a una persona idéntica a mí para salir de dudas. Y esa persona nunca se hubiera presentado. Y el malentendido hubiera durado hasta hoy. No he podido comprender cómo se ha podido morir Olives antes de tiempo dejándome sin derecho a réplica.

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Cuando mayo vuelva a ser domingo

Ha llegado Vox a la política española y ya los redichos están con la muletilla tras la oreja de que “ha venido para quedarse”. Lo del tópico es una recurrencia compulsiva y muy maniática del español, y ya casi también del canario por lo general, que antes usaba refranes propios y latiguillos vernáculos, pero ya dejamos de llamar a la guagua, guagua, por el importado autobús. Los andaluces, que tienen su deje y su jerga a mucha honra, se divierten con todo y no esconden la cabeza bajo el ala cuando toca hacérselo mirar, como en los ocho apellidos vascos. Ahora, en cambio, el andaluz se ha puesto taciturno. Desde que el califa Anguita no está en primera línea, los pecados capitales de ese Estado mitad de España tenían menos proyección nacional. Desde este domingo, Andalucía le roba el foco a Cataluña y la gran incógnita es si, al igual que Arrimadas disparó a Rivera en las encuestas, este efecto Serrano -el juez de los 12 escaños de Vox- vuelve viral a Abascal, el hijo pródigo del PP que dio un portazo y montó el partido que regenta el espíritu nacional más de cuarenta años después de las cenizas de Franco.

Yo recuerdo a Blas Piñar, que es el precedente de diputado ultra en las Cortes, dotado de una oratoria de notario y mesías del franquismo ilustrado. Era usual aquel perfil de español que leía a Machado o a Galdós como si fueran iconos de la patria reaccionaria por los versos mesetarios y los episodios nacionales. Eran cultos y locuaces, ganaban en el cuerpo a cuerpo. Luego se vinieron abajo y se disolvieron en la gran siesta hipnótica de los años de la Transición, trataban de pasar desapercibidos, pero seguían leyendo, instruyéndose, y comenzaron a aflorar novelistas y periodistas que competían a carcas y eran plumas brillantes, y la izquierda se dejó ir confiada en su arrogancia de universidad, sin dedicarle horas al estudio, hasta olvidar la teología de su propia idiosincrasia genética. A esa derecha enciclopédica la he conocido bien y la he respetado toda la vida. Ahora estamos ante el desafío de verla crecer como una plaga en toda Europa, alentada por la chulería de Trump, que es el mayor ultra rancio de este siglo, al que ya le crecen clones como el salvapatrias de Brasil. Y si Vox sigue los pasos del populismo errante europeo, que niega los derechos humanos, fomenta la xenofobia y la salida de la UE, tenemos un problema que no teníamos antes del desmadre catalán. Porque, acaso, con el resultado electoral de Andalucía, vayamos a exhumar no a Franco sino al franquismo. Y cuidado con jugar con fuego, que esos rescoldos nunca se apagaron del todo.

Susana Díaz, seguramente, se irá con su fracaso a casa, pagando todas las facturas, las propias, las de los ERE y las de Sánchez en talonarios de abstención, pero también son los años perpetuos en el poder, que eso se paga. Cosa esta última que incomoda recordar a CC, cuando es lo más natural alternarse en el gobierno y la oposición. Y si Sánchez se aleja de los soberanistas, como es de prever, y agita el artículo 155 como arma electoral para reponer fuerzas, lo sabremos pronto. Acaso cuando mayo vuelva a ser domingo.

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