Carmelo Rivero - 4/97 - El blog de Carmelo Rivero

Rambo en Tenerife, y no es coña

La estampa de Rambo en Santa Cruz es una de esas imágenes inauditas, te frotas los ojos y sigue ahí, como fue la de Michael Jackson hace veinticinco años entrando por el aeropuerto como un holograma del artista original o un estado de hipnosis colectiva. Stallone deambuló el primer día entre operarios y fans que le aclamaban en las ventanas y balcones de Los Gladiolos como si fuera un doble, un sosias de Carnaval, como Soria fingiéndose Elvis o Pedro Gómez Cuenca disfrazado de Charlot. El pueblo llano se identifica con este género badulaque de mitos barriales, expeditivos e inmortales, cuando Stallone pasó por la universidad, se acreditó en arte dramático, escribe sus propios guiones y ha estado a las puertas del Óscar, si bien el imaginario colectivo lo aprecia por rudo y descamisado y de ahí en otra época se iba directo a la Casa Blanca. Sylvester Stallone es un personaje que vive en el celuloide transmutado en Rocky o Rambo, según se tercie, y no se plantea ninguna incompatibilidad, pues son dos versiones de un actor que se inventó un cliché y un sustancioso caché y ahora triunfa también haciendo misiones corales de vengadores justicieros, que es lo que vende. Salvo un bache en el camino, la carrera le ha sido provechosa, otra cosa es ser Redford o Brando, pero se ha hecho una leyenda siendo el mocho o el macho de la fregona. Y hemos envejecido viéndolo envejecer a nuestro lado en la gran pantalla, fiel al molde de cartón piedra en nada menos que cuarenta años de metraje. A estas alturas, claro que este Rambo nos resulta familiar como un héroe guionizado que se ha metido en casa, un primo de Zumosol al que le han nacido imitadores en medio mundo -aquí también, no solo en Carnavales-, porque todos necesitamos un Rambo en nuestra vida como se está poniendo el patio y Trump.

Yo recuerdo la primera vez que entré en el cine en los 70 a ver a este hombre debutando en el papel de Rocky Balboa, de cuando las productoras lo rechazaban como actor pero se peleaban por el guión y los mandó a hacer puñetas hasta que tuvieron que tragárselo y fue una mina. Boxeador épico de clase baja o lobo solitario del Vietnam, nos ha comido el coco en todos estos años entrometiéndose en las Termópilas de todos los fregados que se le pusieron a tiro con pinta de juguete vigorizado de lego. Conserva los músculos mejor que Schwarzenegger y podría seguir en el papel cuando la mayoría de sus primeros seguidores ya hayan muerto. Por eso ver al pendenciero justo de carne y hueso trastoca la lógica del espectador, que no sabe si está viendo o haciendo la película. En la calle de La Noria, Stallone se dejó ver ayer como uno más, pero el efecto era el mismo. Parece de pega, cuesta creérselo, aunque estemos curados de turistas famosos, Rambo es otra cosa, es como ver en persona a un Hollywood antropomorfo en medio de Santa Cruz. Ahora quedan pocos de su generación en pie en el Olimpo de las estrellas. Cuando venga Tom Cruise pasará lo mismo; son visitantes de otra pasta, a los que hemos visto tanto que no los podemos reconocer tan de cerca, porque nos parecían reales en la pantalla y, en cambio, en su presencia no damos crédito. Hace un millón de años, aquella cinta que vino a rodar Raquel Welch al Teide, cuando cogió una amigdalitis en bikini de pieles, produjo semejante impacto, y fue en la prehistoria de los años 60 de una industria que asomaba la cabeza por estas islas de San Juan a Corpus, con hitos como el de Moby Dick, que el gran John Huston concibió como una obra de artesanía con ayuda de los carpinteros de la Isleta. Sylvester Stallone, hoy, como entonces Gregory Peck revoluciona el pequeño hábitat de un barrio y de una isla con su sola planta de estrella de la meca del cine, que es una de las credenciales de rango universal que gozan de mayor trascendencia pública. Los actores y actrices que triunfan en la fábrica de los sueños son objeto de una veneración pagana que todos ejercemos con una reminiscencia infantil que nos conserva niños con la impronta intacta. Stallone ha sido el mito del boxeo del celuloide, un deporte que se cuece en la pantalla como si fuera el duelo perfecto de la existencia humana, donde el combate dilucida todas las cosas en grado sumo, la superación, la supervivencia, el trono del poder y el fracaso, incluso la muerte. En cada Rocky de Stallone estaban todos los sentimientos juntos naufragando o sobreponiéndose al modo que narraba Norman Mailer. De esa saga siguen saliendo secuelas, y ahora mismo se anuncia una nueva edición con su creador en activo paseando por las calles de Tenerife, lo cual resulta también insólito. Entrarás en la sala, y al lado estará Stallone viendo su Rocky en Santa Cruz. A saber.

Así que Rambo está aquí, con el personaje que desternillaba a los críticos cultos de los años 80 y 90, que tardaron en rendirse a la fuerza del héroe de ficción que encarnaba una fábula de ídolo de masas parecida a los superhéroes de Stan Lee, padre de Spider-Man, recientemente fallecido. O sea que Rambo duerme y se despierta en Tenerife, y seguramente le gustará esto y volverá, y nos haremos amigos del mito, como en Las Palmas en los años 50 pensaron de Gregory Peck y le hicieron una ballena de más de 60 metros como en la novela de Hermann Melville. El rodaje de la epopeya del capitán Ahab conmocionó a la ciudad, y sus habitantes se desvivieron por consagrar un momento estelar inolvidable en la discreta existencia provinciana de la insípida vida insular de entonces. Ese shock de vecinos y extras y ballena y balleneros de carpintería de ribera lo narra el propio John Houston en sus memorias A libro abierto. Ahora, las Islas y sus incentivos fiscales engendran una suerte de Canarywood. Esta irrupción de Rambo, que tiene 72 años y enmascara la edad como si todo sucediera bajo una superchería de cinerama, nos crea, por tanto, un estado de incertidumbre. En el bloque cuatro de Los Gladiolos los vecinos esperaban a que rodaran para poder bajar por la escalera, y esto ha sucedido en la realidad mientras el mito traía su fama y su leyenda a nuestras vidas para sacarnos del caso Grúas que es la película cutre del año en el Torrente de nuestra arcadia real. Y el asunto ha generado memes y vídeos de humor casero, y han salido a la palestra los atascos y las réplicas de Rambo, y en parte ha sido un encuentro entre la quedada local y el ídolo que no salió del cómic sino de las tripas del séptimo arte y al cabo de los años nos ha metido a todos en un fotograma, a su imagen y semejanza.

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El engranaje invisible

Cuando más de 80 líderes mundiales se reúnen , como este domingo,y posan juntos bajo el Arco del Triunfo de París y el anfitrión expresa sus dudas sobre cuánto tiempo resta de paz, uno tiene motivos para tentarse la ropa. ¿Entonces, que está sucediendo entre las bambalinas oficiales, detrás de toda esta rutina de apariencias, bajo la que permanecemos confiados como si nada fuera a pasar, a pasarnos, hasta ese punto? ¿Una guerra? ¿Mundial? ¿Entonces, hay razones de verdad para estar preocupados, como decía el Papa? ¿Las bravatas de las potencias, del trumphitleriano, su arrancada de abandonar el tratado de armas nucleares de rango medio firmado con Rusia en 1987 y de reforzar el arsenal atómico de su país, no son payasadas, entonces, de un idiota en Locolandia, como se cuenta en el libro de Bob Woodward? ¿Y el rearme de Putin, y los más de 200 conflictos del año pasado, y las guerras de Siria y Yemen, con lo del gas sarín y las bombas de Arabia Saudí son indicios? ¿Y el descuartizamiento del periodista Khashoggi en el consulado turco de Riad? ¿Y los ensayos con misiles en Corea del Norte? ¿Y los nuevos dictadores-democráticos -ese nuevo oxímoron- en Italia, Polonia y otros estados de la misma catadura? ¿De manera que están dadas las condiciones para ciertos signos que no barruntan nada bueno? La frase de Macron, el orador anfitrión, es tremenda, ante la pléyade de jefes de Estado -entre ellos, Trump, Putin, Merkel…-, bajo el Arco del Triunfo, este domingo, en el centenario del Armisticio de la I Guerra Mundial, cuando se preguntó en voz alta si esa imagen de todos juntos celebrando la paz “será la foto de un último momento de unidad antes de un nuevo desorden mundial”. No estamos en la intimidad de esa frase, en la información privilegiada de esas ochenta y tantas cabezas que rigen los destinos del mundo; desconocemos el quid de la cuestión en este instante exacto de la Historia, pero no hay que ser muy listo para suponer que algo se está cociendo debajo de esa frase lapidaria del presidente de Francia.

La tríada de estadistas buenos -dos hombres y una mujer- estaba representada por el propio Emmanuel Macron, el augur de esta alerta; Angela Merkel, la canciller que se ha metamorfoseado en una de los nuestros, y António Guterres, el presidente de la ONU. “Muchos dan hoy la paz por hecha, pero no es así”, clamó Merkel y reclamó ante los aliados seguir luchando por la paz mundial evitando confrontaciones, gestionando flujos migratorios, eludiendo guerras comerciales y aplicando la solidaridad. Al papa Francisco, que también es jefe de Estado, le han salido tres papas seglares con su discurso.

La paz está seriamente amenazada, al parecer (a la Nobel Aung San Suu Kyi le retiraron el premio de Derechos Humanos del Museo del Holocausto de EE.UU. por su silencio cómplice con el genocidio de los rohingya). París ha sido sede de un foro global para este fin, del que se ausentó el peleón de la Casa Blanca. La paz es una batalla de todos los días, arremetió Merkel, que en otra foto célebre le canta de pie las cuarenta a Trump, adujado en la silla como un niño ruin.

Macron, Merkel y Guterres glosan un mundo multilateral frente al Le Pen yanqui. Hoy no habría sido posible la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se ha puesto en marcha -como avisa Guterres- un “engranaje invisible” similar al que desembocó en las dos guerras mundiales. Uno prefiere replegarse en el islote y contar hasta cien. Cien años después. Y que salga el sol por Antequera.

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Las palabras que lo dicen todo

Este no es un caso de discrepancia ideológica o de partidarios y detractores. La historia del niño Ricardo en Tenerife, que llevábamos ayer a la portada de DIARIO DE AVISOS, es el grito desesperado de una madre impelida por la necesidad de recabar auxilio hasta el límite de sus fuerzas y de la propia vida de su vástago, enfermo de una afección terrible y degenerativa, cuyo extraño nombre, fibrosis quística, lo aleja del conocimiento general. Pero el caso nos toca de cerca a todos los canarios y nos incita a documentarnos sobre los síntomas e imponderables que estigmatizan a un segmento de la población afectada. No existe conciencia social respecto a todas las enfermedades, tampoco respecto a esta. Nos conmueven, a menudo, problemas menores. Y, lo que es peor, no existe en la política regional -ni en la nacional- la debida sensibilidad hacia los enfermos de fibrosis quística. Concedamos unos minutos a este caso.

“Mi hijo nos dijo que para vivir así, con este dolor y en un hospital, prefería morirse”. Las duras palabras de Ángeles Aguilar, la madre coraje de esta causa, reproduciendo en nuestra edición de ayer el sentimiento de su hijo, Ricardo (que pedía, con su autorización, a la Consejería de Sanidad que le salvara la vida), suponen un aldabonazo en la conciencia de lo que podemos llamar, en términos humanos y políticos, la autonomía. ¿Para qué sirve el poder si no sirve para salvar vidas? Ricardo teme que mañana mismo, lunes, cuando los médicos le hagan nuevas pruebas, determinen su ingreso hospitalario. Es la rutina de los niños con fibrosis quística que no tienen acceso al único medicamento en el mercado contra su mal, cuyo nombre es Orkambi y cuyo precio lo hace inasequible. “El consejero de Sanidad se lava las manos, dice que el Ministerio lo debe costear”, sentencia Ángeles, que cuenta con el apoyo del Diputado del Común y está dispuesta a acudir a la Fiscalía. Estos niños tienen derecho a otras condiciones de vida, pues no sabemos cuánto pueden vivir, pero sí que pueden vivir mejor, y que la medicina dispone de remedios para ellos, aunque sean costosos. Para eso existen los gobiernos. Y si no existen para eso, no tienen razón de ser. La pasividad de la política en cuestiones de salud indigna. Conviene leer y conocer cómo sobrellevan la enfermedad estas criaturas que parten el alma, sometidas a tratamientos intravenosos y sondas nasogástricas para alimentarse. Los pequeños valientes que enfrentan la daga de la fibrosis quística están plenamente persuadidos de su escaso margen de maniobra.

En Europa es la enfermedad genética grave más común. Afecta a los pulmones y al aparato digestivo, causa severas insuficiencias respiratoria y pancreática, y diabetes. Niños que se cansan al caminar y se detienen, desisten de jugar con sus amigos y se refugian en su isla introvertida defendiendo como titanes su último eslabón de supervivencia. La medicina ha obrado milagros para ayudarles a respirar y sobrevivir. El Orkambi frena las recaídas y los ingresos hospitalarios por las continuas infecciones, y permite a los pequeños pacientes alcanzar el percentil normal de su edad. Cuesta caro, sí, es un tratamiento prohibitivo, pero no está prohibido, goza de los parabienes de las agencias europea y española del medicamento desde 2015 y 2016. Los laboratorios que lo fabrican ya poseen nuevos fármacos, como Symdeko, en una clara progresión de la lucha contra la enfermedad. La fibrosis quística puede convertirse en crónica y llevadera. Cuando los pacientes ya son veinteañeros suelen necesitar un trasplante bipulmonar y, los más afortunados, logran doblar esa edad. Es letal. Pero podría serlo menos, e incluso dejar de serlo un día en términos de longevidad, fruto de la ciencia. El quid de las movilizaciones de los padres de estos niños no es otro que conseguir que el sistema sanitario público cubra los gastos y dé una segunda oportunidad a su hijos. El Orkambi supone un desembolso de unos 125.000 euros al año, y el Gobierno y la multinacional farmacéutica no han llegado a un acuerdo para abaratar y financiar el tratamiento a la población. Es la burocracia política, mientras los afectados malviven y mueren. Las familias sueñan con el efecto Sánchez, el del Aquarius y los impuestos hipotecarios. La medicación disponible mejora la función respiratoria hasta el 90% y los niños recobran la felicidad de vivir hasta que Dios quiera.

Los casos más graves -como el de Ricardo- apenas son una treintena en Canarias (y unos pocos centenares en toda España). La lucha de la madre del niño de nuestra portada nos recuerda creer en las causas que dan sentido a la política. El Parlamento canario instó en vano al Gobierno autónomo a asumir el problema como ya hacen algunas comunidades (y numerosos países de Europa), sin dilatar el calvario de los niños con fibrosis quística en las Islas.

Cuesta aceptar los pretextos de la Consejeria para mirar hacia otro lado. ¿Para qué presupuestos históricos si luego vienen con estas? Salvar primero a los niños y después pelearse con Madrid. La autonomía estrenó el martes nuevo Estatuto, pero apela a papá Estado. ¡Es la vida de los niños la que da sentido a la autonomía! Disponer de instrumentos fuertes de autogobierno ¿para qué, si no, entonces? ¿Para seguir con las tutelas de antaño? Cuesta creerlo además de aceptarlo. La burocracia agrava el daño, duele ese desentenderse hasta que provea Madrid. No es digno ni decente. En ocasiones, por este motivo, ciudadanos de aquí llamaron a las puertas de la Moncloa y la Zarzuela, y entre ese afecto y desafecto, evidenciaban una anomalía como un castillo: una monumental falta de sensibilidad de su propio Gobierno. Ahora, también. A base de no reconocerse competente en esto o aquello, se acaba siendo incompetente en todo. La autonomía no puede reducirse a una mera ventanilla funcionarial. Por eso Ángeles Aguilar recurre ahora al Congreso en Madrid. Al Gobierno canario siempre compete auxiliar a los suyos. Es lo primero que le compete. En los umbrales de la autonomía, en los años 80 ya lo tenían claro, cuando un avión de Líneas Aéreas Canarias voló hasta Sevilla, por orden de la consejera Loly Palliser, y rescató a los paisanos bloqueados en Navidades por una huelga de aeropuertos. Y estas cosas son las que dan sentido a un Estatuto y a una Constitución que cumple 40 años y mañana celebraremos en nuestro Parlamento.

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Entrevista inédita al Premio Nobel ‘lanzaroteño’ José Saramago: “Lanzarote no es mi tierra, pero ya es tierra mía”

En 1995, José Saramago nos abrió la puerta de su casa en Tías (Lanzarote), para hablar de su nueva novela, Ensayo sobre la ceguera, y de su personalidad mediáticamente ya atractiva, antes de que le concedieran el Nobel tres años después. Esta entrevista permanecía inédita y sale hoy a la luz en DIARIO DE AVISOS al cumplirse 20 años del premio literario más importante, que fue concedido al escritor portugués, sin duda, alentado por la aparición de aquella novela culminante del autor.

-¿Tiene la impresión de que esta es su novela cumbre, como ya sugiere parte de la crítica?
“Pues mire, la novela está ahí y ha sido bien acogida, es cierto, por la crítica y el público en Portugal, Argentina, Italia…, y qué es lo que yo puedo decir si la llaman obra cumbre, pues ellos lo sabrán. Si están diciendo que es mi mejor novela, pues no lo sé, el autor no puede y no debe opinar mucho de su obra, lo único que puede decir es que está contento con lo que ha hecho y si ha cumplido la intención que tenía, y en ese sentido, sí, es decir la novela pienso que está diciendo lo que yo quería decir”.

-Esta es una novela que se llama ensayo. ¿Qué es, en realidad?
“Es una novela. Se llama ensayo por una casualidad. Lo que pasa conmigo es que lo primero que se me presenta es el título, un título que lleva dentro ya la idea. Y lo que ocurrió es que se me presentó el título tal cual es, Ensayo sobre la ceguera. Pero si me pregunta si creo que esto es un ensayo, yo diría, claro, que no. No es un ensayo, es una novela, pero la idea se me presento así y yo tenía la obligación de aceptarla. Ha pasado como en mi novela anterior, El evangelio según Jesucristo, que no es un evangelio según Jesucristo, no es Jesucristo quien narra su propia vida, pero nació con ese título y yo lo conservé”.

-Y, una vez leída, uno descubre que tampoco trata sobre la ceguera.
“Claro, con independencia de la anécdota sobre el título, de lo que es mi creación literaria, lo que sí estaba muy claro desde que la idea se me presentó es que no me quería referir a la ceguera de los ciegos. Yo quería hablar de todos nosotros desde un punto de vista mío, pesimista, según el cual nos comportamos de una forma que no tiene nada que ver con la racionalidad, es decir yo sigo diciendo que es cierto que nosotros nos decimos que somos seres racionales, pero no nos comportamos según lo que llamamos la razón. Pienso que mejor se comportan los animales que se gobiernan por el instinto, y que el instinto sirve mejor a los animales que la razón a los hombres en el sentido de que el instinto es conservador, mientras que la razón a lo largo de nuestra historia muchísimas veces, desgraciadamente, ha sido destructora. Si vemos el espectáculo del mundo ahora mismo y nos preguntamos si es de seres racionales la vida que estamos haciendo, comprobamos que no. Algunos viven bien, pero a costa de la desgracia y la miseria de millones y millones de humanos, también racionales como ellos, que son víctimas del abuso y del mal uso de la razón de unos contra otros. Creo que en la novela he hecho un discurso un poco largo, pero necesario”.

-¿Si el hombre sufre ese tipo de ceguera, no a causa de una enfermedad, sino por voluntad propia, entonces se ha vuelto loco?
“Yo tengo una teoría. Que el hombre se volvió loco cuando descubrió que era inteligente y no soportó la inteligencia. Son formas de decir que es mucho más serio que estas pequeñas metáforas. Es la incapacidad que yo tengo de entender a una especie como esta, que es capaz de todo, en el sentido bueno y positivo, pero que parece que está más preocupada, por ejemplo, en llegar a la luna, algo, sin duda, estupendo, que en llegar al otro, y cuando hablo del otro es del diferente, el que no tiene nuestra raza, nuestra religión, nuestro color, nuestra cultura, es decir, el hombre no es capaz de sentir respeto por el otro. ¿Cómo es que podemos llegar a todo y no podemos llegar al otro y reconocerlo? No es un asunto de tolerancia, porque la tolerancia es casi tan mala como la intolerancia, porque lo contrario de la intolerancia no es la tolerancia. La tolerancia no es más que aceptar provisionalmente al otro; por ejemplo, lo que pasa con los inmigrantes, mientras sean necesarios, encantados, pero cuando cae la economía de un país y no son necesarios, entonces se presenta el problema y la solución es todos fuera. Personas que antes eran tolerantes, que toleraban a los inmigrantes, se vuelven intolerantes cuando las circunstancias económicas, sociales y políticas cambian. No es la tolerancia la que es necesaria, sino el reconocer al otro y respetarlo en su diferencia. A pesar de tantas religiones, filosofías, derechos y tanta ley todavía no hemos llegado a la perfección que sería no hacer al otro lo que no queremos que nos hagan a nosotros mismos. Esa es la verdadera ideología, que se se condensa en una idea tan sencilla como esta. No se necesitarían códigos ni leyes si tuviésemos claro algo tan simple”.

-¿A qué aspira como escritor?
“Lo más difícil, la utopía es imaginar que una mañana todo el mundo se despierte diciendo, “hoy no haré daño a nadie”. Al decir esto, usted puede pensar que yo soy tonto, porque toda la historia de la humanidad está delante de nosotros diciéndonos que esto no ocurrió y no ocurrirá nunca. Pero lo que sí tenemos que hacer es no aceptar la situación como si fuera irremediable y no existiera ninguna solución. Es cierto que cada uno de nosotros individualmente no puede cambiar nada, pero si convenimos que es necesario cambiar, si lo pensamos, entonces, el hecho de haberlo pensado muchos, nos coloca en la mejor predisposición. Pero no tengo ninguna ilusión. El mundo está en manos de una minoría y no son los gobiernos los que van a mandar, esas son tonterías. Que no vengan con las virtudes de la democracia, que tiene muchas, incluso puede tenerlas todas”.

-¿Cuál es el verdadero poder del mundo, entonces?
“El verdadero poder es el financiero y nosotros nos cansamos de hablar de democracia y no nos damos cuenta de que el que gobierna no es democrático. No vale la pena hablar de democracia como solemos hacerlo; lo que yo quiero decir es que una democracia funciona como fachada de una realidad distinta que no es democrática. Suele pasar y ha pasado siempre, ahora muchísimo más con la globalización económica del mundo. Es verdad que el dinero no tenía color, pues ahora no tiene ni raza, ni nacionalidad. El dinero es su propia raza y hay una nación, un país, una entidad que se llama dinero y no es, en absoluto, democrática. Si queremos dar un contenido a la democracia, lo primero es garantizar la participación ciudadana sistemática, continua y cotidiana en todo. Entonces la democracia empezará a tener un sentido, pero mientras el poder real esté en manos de un grupo minoritario de señores que pueden hacer tambalear una economía, un país… Hoy los gobiernos no son sino comisarios de ese poder. No es el señor Kohl (la entrevista se celebró en 1995, cuando Helmut Kohl era el canciller alemán) el que manda en Europa, lo parece pero no, son los funcionarios quienes mandan ahora en Europa, son las multinacionales que quieren hacer de Europa un supermercado y los gobiernos están allí para cumplir y nada más, da igual que sea de centro, derecha o izquierda. Esta ideología puede influir al menos estéticamente, pero no vale la pena que nos engañemos a nosotros mismos, hay que enfrentarse con la verdad, porque es la única forma de cambiarla”.

-No estamos en Portugal, sino en Lanzarote. ¿Cómo llega usted a la Isla?
“Yo llegué aquí por una casualidad, porque mi mujer tenía una hermana que vive aquí hace 14-15 años y vinimos invitados por ella y su marido. Yo pensaba que venía a Lanzarote de vacaciones, pero a raíz de la publicación de El Evangelio según Jesucristo, en una intervención disparatada, por no decir estúpida, del Gobierno de mi país, prohibiendo que la novela fuera presentada a un premio literario europeo, eso me dejó francamente muy triste e infeliz. Porque mientras vivimos bajo una dictadura eso se preveía, pero que en democracia alguien se permitiera prohibir que un libro participara en ese premio… Fue entonces que yo andaba buscando una casa cerca Lisboa para estar más tranquilo, y todo esto acabó por convertirse en la idea de mudarnos a Lanzarote, inicialmente para quedarnos un tiempo aquí y otro en Lisboa, pero después muy rápidamente mi mujer y yo nos dimos cuenta de que estábamos perfectamente aquí y además muy cerca de Lisboa. Es que es más rápido llegar a Lisboa desde Lanzarote que desde algún pueblo del norte de Portugal.”

-¿Y cómo se siente viviendo en una isla tras hacerlo en el continente?
“Es una cosa extrañísima, es como si hubiéramos hablado de premoniciones. Yo he escrito una novela que se llama La balsa de piedra y que es sobre la idea de una isla que flota en el océano hasta el Atlántico Sur. Esto lo publiqué en el 86 y cinco o seis años después estoy en una isla. Isla que me han dicho, aunque todavía no oficialmente, que me ha hecho su hijo adoptivo, lo que me ha emocionado muchísimo. Esta no es mi tierra, pero ya es tierra mía”.

-¿Ya conoce los vínculos históricos entre Lanzarote y Portugal?
“He leído que durante dos años, en el siglo XV, fue portuguesa. Bueno, es una forma no de recuperar la isla para Portugal, pero sí de hacer visible Portugal aquí.”

-¿Qué le dicen en Portugal de que usted esté en Lanzarote?
“En un principio, no ha gustado mucho el cambio y sigue sin gustar, y yo puedo entenderlo, es cierto que no ha cambiado nada la relación con mi país. Hace un año estuve allí para presentar la novela, pero hay como una espina que tienen y me dicen, pero tú no tenías que irte a vivir a Lanzarote. Y aunque yo diga que no pasa nada, es como cambiar de casa.”

-Más de uno le ha transferido la competencia de dar continuidad al legado de César Manrique.
“Lo que César Manrique ha hecho por Lanzarote es algo que quizá todavía incluso los lanzarotenos no tengan una percepción completa, porque no sólo ha hecho lo de Timanfaya, el Mirador del Río, los Jameos… Ha hecho más, ha implantado aquí un espíritu. Y me parece una exageración decir que yo continúo a César. Para nada, de ninguna forma. Quienes tienen que continuar y preservar lo que César Manrique ha hecho son todos los lanzaroteños. Eso sí yo soy, un lanzaroteño adoptivo, y estaré al lado de todos los habitantes de la isla en esa tarea no como el continuador de César Manrique”.

-Vino a verle el presidente de Portugal, Mario Soares, quizá a enmendar aquel error.
“Estuvo aquí, vino a vernos a mi mujer y a mi. Vienen amigos y conocidos y a veces desconocidos. No es la primera vez que me llaman a la puerta gente que no conozco, sobre todo portugueses, que vienen y algunos no saben siquiera cuál es la dirección y preguntan a la policía o en el Ayuntamiento dónde vivo. Conozco a extranjeros, pintores alemanes, etc., que están por aquí, gente que ha elegido esta isla para vivir y trabajar, pero parece que en mi caso tengo una relación más íntima con la gente porque no nos aislamos, la relación es distinta, y eso creo que es lo que ha llevado el Cabildo a pensar, a este señor hay que hacer hijo adoptivo”.

-También están los antecedentes, los portuguesismos, los viejos lazos históricos…
“A mí lo que me encantaría es que gente de Portugal, universitarios que realizan estudios históricos, empezaran a conocer más a Canarias, como una práctica normal, es decir, que vinieran a profundizar en la relación, no sólo la histórica, sino la que puede crearse ahora mismo entre Portugal y este archipiélago. Claro que está Madeira al lado que ha tenido una relación mucho mas estrecha con Canarias. Pero tenemos que acercarnos más en todo lo que tiene que ver con la agricultura, el léxico…, palabras portuguesas algunas ya deformadas y transformadas. Y hay que hacer el viaje en sentido contrario, de Canarias a Portugal, como ahora mismo el pintor Pepe Dámaso, que ha hecho una exposición sobre Pessoa en Lisboa. Tenemos que crear más lazos, porque hay razones de todo tipo, comenzando por las históricas, para que ese acercamiento se consolide.”

-En Lanzarote estuvo recientemente la escritora norteamericana Susan Sontag y habló de los volcanes. Lógicamente el mundo de los volcanes le apasiona, ha escrito sobre ellos, es una fan de los volcanes. ¿Cuál es su experiencia con la naturaleza de la isla?
“Ella tiene una novela interesantísima que se llama El amante del volcán, y cuando llego aquí y visitó Timanfaya dijo: “Si yo hubiera conocido esto antes, mi novela sería diferente”, porque es verdad que aquí uno se da cuenta de lo que es un volcán. En casos como el Vesubio o el Etna, que son montañas enormes, ocurre un poco como con el Teide. Pero aquí la percepción es más directa, más impactante. Timanfaya tiene una fuerza excepcional. El presidente de la República nuestra se quedó asombrado y amigos míos que vienen aquí y los llevo a Timanfaya se quedan asombrados. A mí siempre me han gustado las piedras. A veces digo, para hacerlo de una forma gráfica y directa, que entre una piedra que está cerca y el horizonte que está allá yo me quedo con la piedra. Aquí están las piedras, las cenizas, la lava, lo que queda de una eclosión geológica impresionante como esta, una relación que quizá yo estaba esperando en toda mi vida; es decir, un lugar, la tierra quemada, como si fuera el principio del mundo o el final de estos dos extremos. Esto, a lo mejor, es lo que siempre he querido tener para mí y nada me gusta más que andar por ahí, por esos volcanes, sentado con el viento que resopla como loco y subiendo las montañas. La montaña blanca que está allí detrás (señala por la ventana hacia el exterior) ya la subí, tiene 650 metros, pero, bueno, hay que subirla, llegar arriba, y tener esa sensación extraordinaria de mirar a un lado y a otro de la isla, el mar a un lado y el valle de la Geria, y todo eso y los pueblecitos son una cosa impresionante, mucho mejor que visto desde el avión, donde la mirada lo aplasta todo, es una mirada plana, y desde la montaña es otra cosa.

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En el nombre del BOE

La edición de hoy del BOE ha despertado una expectación inusitada en las Islas. No se debe -o no solo- al hecho histórico que representa la promulgación oficial del nuevo Estatuto de Autonomía de Canarias, que cuando nos ponemos cursis y magníficos, denominamos Carta Magna. No, el interés mediático, político y de los círculos cotillas se debe al culebrón del aforamiento del presidente. En Canarias hemos asistido a un duelo de poderes inédito en tres décadas y media de autonomía. Una mañana inopinada, determinados medios de comunicación enarbolaron en primera titulares sobre el agravio de la Justicia a Clavijo al demorarse en el tiempo el informe del fiscal sobre si lo imputa o no por el caso Grúas. Diversas asociaciones de fiscales y jueces -entre ellas, las mayoritarias- reaccionaron ayer como basiliscos, con la razón de la ofensa infligida. Se indignan por la intromisión del poder ejecutivo, al urgir un trámite del procedimiento -la Justicia, de por sí, es lenta- y hacerlo con evidente intención de presionar a la Fiscalía en vísperas de que el BOE sancione el Estatuto y los aforamientos pasen a mejor vida. No ha estado fino el Gobierno, ni prudente en las formas; algunos voceros, con ánimo de secundar la temeraria campaña institucional, se excedieron en la parafernalia y el resultado ha sido ese: el comunicado del cabreo previsible de jueces y fiscales. ¿En qué cabeza cabe que, a estas alturas del partido, con el Poder Judicial de este país en estado de máxima alerta por las posibles injerencias gubernamentales en la instrucción del procés, tuviera un pase semejante ofensiva en el cantón insular? El caso Grúas tenía las horas contadas en el ámbito del Tribunal Superior de Justicia de Canarias, que actuaba de parada y fonda en tanto el rey mandaba el Estatuto al BOE y el aforamiento del presidente decaía en el acto. La polémica tenía el destino de un globo en plena suspensión alcanzado por el pico del ave del BOE y desinflado como un bostezo. Ahora, comienza la resaca de ese culebroncillo local, pues las heridas quedan abiertas, jueces y fiscales tienen motivos para ir a la huelga el día 19 con la consigna de exigir medios y salarios para trabajar en condiciones, y esto que ha sucedido inter nos va a dejar el recuerdo de una pataleta.

Ahora, vayamos a lo mollar de esta edición bestseller del BOE. Lo verdaderamente trascendental es que, tras más de veinte años, esta tierra, por fin, se dota de un estatuto de primer nivel. O de Primera División, para entendernos mejor, dado que el fútbol ya es un lenguaje en sí mismo universal. Un Estatuto que autoriza al presidente a disolver la Cámara y convocar elecciones anticipadas como corresponde a una autonomía con mayoría de edad; que amplifica el hemiciclo e introduce la circunscripción regional, como un salto en el tiempo que consolida la cohesión de estas islas como pueblo, a la manera de una autopista para recorrer el Archipiélago como una tierra única, y que, amén de las numerosas novedades, introduce el mar en la geografía política del canario, que es tanto como describir el mapa auténtico de una realidad sólida y líquida que permanecía tergiversada, como cuando Jerónimo Saavedra, siendo ministro, nos bajó de aquel recuadro junto a las Islas Baleares y nos devolvió al Atlántico medio. Hoy, por tanto, es un día grande por todo esto, al margen de niñadas políticas.

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Hawking

En un despacho que nos habilitó en la sede lagunera del IAC Rafael Rebolo en los años 90 me encerré a entrevistar a George Smoot, que en 2006 fue premio Nobel de Física. Era un privilegio conversar en exclusiva con aquel apóstol del Big Bang cuando la teoría no contaba aún con el consenso generalizado de que ahora goza entre la comunidad científica internacional. Mucho tiempo después, en 2014, tuve la fortuna de seguir de cerca durante cuatro días los movimientos de Stephen Hawking. Es un decir. Su cuerpo permanecía inmóvil sobre una silla de ruedas, en cuyo respaldo llevaba una cápsula de oxígeno porque los médicos sabían que en cualquier momento -desde hacía medio siglo- podía morirse de sopetón. Sin embargo, Hawking sonreía a menudo, y no parecía fingir un estado de ánimo artificial por las servidumbres de la imagen. Celoso como el que más de esta última, vestido siempre de manera impecable, como quien se expone a todas horas bajo los focos, Hawking cambió mi percepción de los derroteros de la vida. ¿Con qué derecho nos lamentamos dramáticamente al menor revés, viendo su heroica supervivencia salpicada de buen humor, sus conferencias divertidas, su defensa de la vida hasta el último músculo de su mejilla frente al azote de la dolencia motoneuronal vinculada con la esclerosis lateral amiotrófica que no había podido acabar con él?

Ahora, leer el libro inédito de Hawking sobre Dios y otras vidas inteligentes o los viajes en el tiempo, Breves respuestas a las grandes preguntas, ha supuesto un reencuentro con el genio que falleció en marzo pasado, el mismo día que nació Einstein, una coincidencia casi buscada, pues tenía a gala haber venido al mundo exactamente 300 años después de la muerte de Galileo. Hawking se ha puesto de moda estos días, como si la muerte no fuera suficiente para apagar su estrella. Además de su obra póstuma -que nos recuerda al autor del bestseller Breve historia del tiempo, tan grande haciendo ciencia como divulgándola-, ahora, su colega de Cambridge Roger Penrose acaba de hacerle un homenaje por todo lo alto: afirma haber descubierto la prueba de la llamada radiación de Hawking, la que emiten sus viejos conocidos, los agujeros negros. Estamos en plena resurrección del fantasma de aquel polímata que era el científico más célebre después del padre de la teoría de la relatividad, y algún día nos sorprenderá bajo un holograma, como hizo en Hong Kong un año antes de fallecer.

Rebolo fue un chute de adrenalina para Hawking. Cuando se conocieron se fraguó al instante la idea de que el físico británico pasara temporadas en Tenerife compartiendo inquietudes con investigadores de primer nivel. Fui testigo de ese encuentro que emocionó tanto al cosmólogo de Oxford. Y fue una pena no poder desarrollar esa colaboración, que despertó grandes expectativas desde que el astrofísico Garik Israelian lo invitara a su Starmus de ciencia y rock.

En la entrevista con George Smoot comprobé la relevancia de Rebolo. El actual director del IAC ya era entonces uno de los pioneros que en el mundo buscaban desde los años 80 pruebas del santo grial del Big Bang, de sus primeras manifestaciones y huellas. Sus trabajos desde el Observatorio del Teide con astrónomos de Mánchester y Cambridge en el Experimento de Tenerife había sido de gran ayuda para el físico estadounidense, y Smoot me confesó su agradecimiento a los hallazgos del equipo de Rebolo, que permitieron confirmar la existencia de las semillas del universo, el rastro prehistórico de la Gran Explosión, tras las primeras evidencias difundidas por el satélite COBE de la NASA, que dieron la gloria a Smoot. Rebolo lideraba hasta entonces los estudios con sus radiómetros en tierra, pero Smoot vivía en Estados Unidos y dispuso de la tecnología de su país. El Nobel lo ganó el que vivía en la primera potencia y no en una isla. Ahora que acabamos de celebrar el 30 aniversario de la ley de protección del cielo, la primera del mundo, conviene decir que los canarios debemos nuestra predilección por la astronomía al hecho de que en los años 70 el joven astrofísico Francisco Sánchez convenciera a Adolfo Suárez para invertir en observatorios por una vez en detrimento de las carreteras. En el libro que escribimos sobre esos orígenes llama la atención cómo en la vida se radican los mayores éxitos en lo irracional de los sueños que se apoderan de algunas personas carismáticamente inflexibles. Es una lección que nos sirve en continuas facetas cotidianas. Hawking era un paradigma de esa fuerza invencible de la mente humana, aun en un cuerpo inerte. Sanchez vino a Tenerife por una corazonada que no lo dejaba en paz. Lo dejó todo y se mudó con su incipiente familia a una casa perdida en una isla en el corazón de un volcán, para secundar las observaciones de Charles Piazzi Smyth con su modesto telescopio en la misma cima. Los observatorios de Izaña y el Roque de los Muchachos son hoy una exhibición de músculo que excede las dimensiones de un archipiélago y un país convertidos en la joya de la corona de la ciencia en Europa. Cuando el Telescopio Extremadamente Grande se fue para Atacama (Chile), ya que España dejó a Sánchez solo, me sonaba aquel desierto porque había leído que Gonzalo Rojas, uno de mis poetas favoritos, había huido hasta ese desierto con un amor adolescente huyendo de maridos, como “un loco que necesita cumbre”, decía Huidobro. Sánchez, Rebolo y Hawking, poetas a su modo, gestionan los sueños más elevados, que son los del Universo con los pies en la Tierra.

Entré aquella vez en el pasillo helado del supercomputador de Tenerife acompañando a Hawking y había que verle exultante en su silla de ruedas. Era el paralítico más hiperactivo que uno puede imaginarse. Apenas podía moverse y solo se comunicaba con el último tic facial que conservaba conectado a un sensor; de ahí partían sus frases en la pantalla del ordenador, escritas con lentitud desesperante, y la voz metálica que finalmente hablaba por él. Cuando murió, en casa lo sentimos como una pérdida cercana. En la foto de Lucia con Hawking hay una sensación de reposo magnética y, después de frecuentarlo cuatro días, siendo quien era -una vida de cine-, se te hacía una presencia afectuosa, un ser extraordinario, inasequible al desaliento.

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Bolsonaro o la vida

Bolsonaro es un clon troglodita de Trump y ya están los tres (el brasileño, el yanqui y Matteo Salvini) mandándose besos volados en plena orgía ultra, que tiene acojonado al centro, la izquierda y la derecha, la espuria ideología. La ola de políticos fascistas se parece cada vez más a un tsunami, y pronto veremos alianzas de derechas e izquierdas para frenar la plaga de dictadores encubiertos, que usan las urnas como atajo y se meten la democracia por el trasero. Jair Bolsonaro, el nuevo presidente de Brasil (más del 55% de los votos lo erige en el nuevo zar de América del sur) tiene cuatro ideas en la cabeza. Dicen los analistas brasileños que el problema no es saber lo que piensa, sino si piensa.

Existen dudas de su capacidad cognitiva para llevar las riendas de un país. Tiene cuatro ideas, a cual más ignominiosa, como de pelele en la cuna con los pañales de Hitler. Una de ellas es un plagio del presidente de Filipinas, el deplorable Duterte (que acaba de ordenar matar a su hijo si se prueban los cargos de narcotraficante): el derecho universal a las armas (“si llego a la presidencia”, anunció, “todo el mundo podrá tener un arma en casa”), licencia policial para matar, con el perdón de antemano a los agentes que se carguen a alguien en el desempeño de sus funciones. Cuentan los cronistas que han seguido su campaña que en una de las contadas ocasiones en que habló de su programa electoral mencionó uno de sus temas favoritos, la planificación familiar, pero en su caso eso se traduce en un mantra esquizoide y ruin: esterilizar a los pobres. El exmilitar sin estudios que acaba de hacerse con el poder en el macro Brasil es conocido por su aporofobia, que diría en España nuestra Premio Taburiente Adela Cortina. Odio al pobre. Bolsonaro ilustra a la perfección esa tirria al desgraciado que pronto perseguirá nuestro Código Penal. Suya es la idea de cerrar el grifo de las ayudas a familias desfavorecidas, en las antípodas de la cruzada contra el hambre de Lula, que es el preso que encarna la corrupción y ha dado alas a este bárbaro que echa leña al fuego al auge de regresión que padecemos. “No podemos seguir gastando recursos en atender a esos miserables que proliferan por toda la nación”, dijo en 1992 en el Senado, y de ahí no se ha movido en su paroxismo de nostálgico incendiario de la dictadura castrense. Si lo dejan, llenará el gobierno de militares; por de pronto, el ministro de Educación lo será, para erradicar una “ideología de género”. ¿Romperá España relaciones con Brasil, o la vicepresidenta Carmen Calvo hará de tripas corazón?

Si Trump asusta con su misoginia visceral, Bolsonaro es el paradigma de machista, racista y homófobo. “Prefiero un hijo muerto que gay”, advierte sin cortarse un pelo. ¿De dónde ha salido este cavernícola que se salta a la torera todas las conquistas de los derechos humanos? ¿En qué siglo se quedó anclado? ¿Cuántos hay como él? El nivel de zoquetismo político crece por momentos. Y la lacra de populismos ultras avanza en todos los continentes sin pausa. Ahora mismo, ya son mayoría al frente de gobiernos y partidos. Merkel, que era la contraparte de la Europa progresista, inicia la retirada y ahora nos parece que nos quedamos huérfanos de una de los nuestros y que nos va la vida en ello.

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La golosina autonómica

Pedro Guerra, que es el compositor revelación de Contamíname, la canción proactiva del mestizaje, cumple 25 años pautados sobre un escenario y pasea su timidez peculiar de hombre-niño con Golosinas bajo el brazo, que fue su primer disco cuando en Libertad 8, el pub de los juglares de Madrid, comenzó su andadura. Guerra viene de un apellido y de una etapa política donde se hunden las raíces de esta autonomía que ahora se dota de nueva piel y nuevo traje a la medida para muchas décadas venideras. Pedro Guerra, padre, fue el primer presidente del Parlamento, en los primeros años 80, y ha llovido mucho desde entonces. Digo llover en el sentido, incluso, físico de la palabra. Al día siguiente de que el Senado aprobara el nuevo Estatuto y el nuevo REF -la pareja de normas fundamentales que estamos estrenando como niño con zapatos nuevos-, llovió intensamente sobre las islas, como pedía el cantautor Pablo Guerrero, cuando cantaba “que tiene que llover, que tiene que llover a cántaros”. Los cantautores pusieron los cimientos de la matraquilla de la libertad que los políticos de la Transición explicaban mejor con ayuda de las canciones que de los mítines. Suárez sacó adelante su referéndum de la reforma política con la muletilla Habla, pueblo, habla, que era una canción pegadiza que popularizó el grupo Vino Tinto. Pero, sin duda, el tema del cambio de régimen fue la tarareada Libertad sin ira, de Jarcha, que trascendió de sintonía de Diario 16 a banda sonora por antonomasia de la Transición. De ahí que no exagero poniendo esta medalla política a los músicos y cantores de lo que entonces llamábamos canción popular, y me remito a los padres y abuelos de la generación del cantante güimarero Pedro Guerra y de su grupo matriz Taller Canario de Canción (con Andrés Molina y Rogelio Botanz, dos enormes artistas por cierto). Aquellos cantautores, o bien ponían la semilla con letras de poetas españoles clásicos como hacía machadianamente Paco Ibáñez -cuesta hacerse a la idea de que frisa los 85 años-, o escribían sus misiles de puño y letras en las trincheras de la nova cançó en los años 50, y sus temas los aprendíamos de memoria en catalán. Estoy hablando -los de mi quinta entrarán en trance leyendo esto- de Raimon, con Al vent, y hasta de Lluis Llach (su canción más conocida, L’Estaca, que cumple 50 años, ha servido de himno, en ocasiones no oficial, de un sindicato polaco como Solidaridad, o un equipo de rugby y hasta una revolución como la tunecina de los jazmines). Ahora Llach es uno de los tripulantes del procés y Raimon, septuagenario como Guerrero y el propio Llach, se retiró hace un par de años de trovador.

Este país cantó las ideas antes de llevarlas a la práctica. Cantó Libertad con Labordeta antes de que se celebraran las primeras elecciones (Canto a la libertad, del cantautor aragonés, es del 75, en la frontera entre Franco y la democracia).

En Canarias no fue distinto. Mencioné al principio a Pedro Guerra, que es un discípulo aventajado de los cantautores que estipularon el autogobierno en sus temas como si redactaran los artículos de una carta magna imaginaria que terminó por concretarse en un Estatuto, un Parlamento y un Gobierno de una comunidad que estaba por llegar cuando por entonces Jerónimo Saavedra daba clases y regía el Colegio Mayor San Fernando, que es como yo lo recuerdo antes de que fuera nuestro primer presidente. Ahora somos este mosaico de culturas, como describía Pedro Guerra en Contamíname, y siguen llegando pateras, porque no estamos en el Océano Pacífico, sino a la vera de África. Y ese alborozo por las leyes del jueves en el Senado (nuestra portada de los aplausos) se debe a que venimos cantando estas cosas -la identidad, la libertad, la unidad de las islas…- desde hace por lo menos medio siglo, si hablamos de cantautores, pero desde mucho antes, si nos remontamos a Valentina la de Sabinosa (pregonera de la personalidad autóctona y lideresa de un orgullo ancestral), aquella venerable herreña a la que íbamos a visitar con nuestro magnetofón para hacer las páginas de Música Popular en El Día del inolvidable Ernesto Salcedo, uno de mis referentes favoritos. Los Sabandeños, y tantos otros de su progenie, han hecho por la autonomía de Canarias mucho más que bastantes políticos retrógrados que venían de cantar el Cara al sol y ponían palos a la rueda de la historia, con ruindad, para que este pueblo siguiera tutelado con el paternalismo centralista de Madrid por los siglos de los siglos. Ese aborregamiento nos hizo mucho daño, parió el pleito insular y lo mantuvo en las ascuas de su leña podrida mientras pudo, dividió esta tierra en dos provincias atrasadas y mal avenidas y sembró un odio isloteñista que nos condenaba a la inoperancia y la melancolía de falsa arcadia afortunada. Lo cierto es que esto era un pueblo enfrentado que no progresaba porque no había manera, porque no se llevaba bien entre sí, y de aquellos polvos vienen estos lodos. Gente como César Manrique, que se rebelaba contra la soñarrera que nos acuñó Unamuno y sacaba pecho sin prejuicio de ombliguista proclamando los méritos y derechos del terruño, hizo por esta autonomía, asimismo, mucho más que muchos cantamañas. Así que unos cantaban al mañana y otros cantamañas nos echaban a pelear.

Claro que recuerdo a Luis Morera, el padre putativo del cantante Pedro Guerra, a Taburiente y a Caco Senante, a Cuenca y Juvenal, a Pepe Paco y Suso Junco, a Palo, a Rubén Díaz…, eran como nuestras voces ceibes y nuestra nova cançó. De pronto, en aquellos años de posfranquismo y libertad dicharachera, mucho antes de que naciera la autonomía y tuviéramos, además de instinto, instituciones propiamente dichas de autogobierno, había cantantes y grupos musicales que pregonaban a los cuatro vientos que “un día habrá una isla/que no sea silencio amordazado”, como escribiera Pedro García Cabrera. Esa isla como unicidad que parecía imposible es esta hacia la que vamos sin dejar de “navegar, navegar, navegar”, como pedía el mismo poeta de Vallehermoso, al que en una viaje por mar, precisamente, acompañé siendo muy joven para inaugurar el busto en piedra que le hizo Fernando Garciarramos en su pueblo natal -hoy revestido en bronce-. Y el indómito gomero me hablaba en la travesía de estas utopías isleñas que ahora, en otra Canarias, que ya es de mi hijo más que mía, empiezan a ser realidad.

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Brito Arceo y la memoria del fútbol

La irrupción de Brito Arceo en la portada de DIARIO DE AVISOS el domingo conmocionó al mundo del fútbol, a pesar de que este no tiene memoria, como decía Valdano. Porque el fútbol es una vieja -así la llamaba Di Stéfano- cascarriabas, que se contraría a la primera con el ídolo que yerra, que no mete o le meten un gol, y que maldice y olvida a presidentes, entrenadores y cracks. De ahí el mal concepto que suele tenerse del monstruo de mil cabezas, la afición, y de los directivos y amos de este deporte-negocio que es una máquina perfecta de hacer dinero y destruir mitos esculpidos en oro con una voracidad endemoniada. Cuando Brito Arceo ha dicho lo que ha dicho (“No me avergüenza tener que pedir una bolsa de comida. He llegado a pensar en el suicidio”), el fútbol ha parado el reloj y ha tenido memoria. La memoria sentimental, si se quiere, como en aquella crónica de España de Manuel Vázquez Montalbán, el culé que amaba el fútbol tanto o más que la novela, la prensa y la cocina. Brito es una historia novelesca, el niño que empezó a arbitrar a los nueve años imitando al abuelo colegiado al que nunca vio pitar, y el hombre que a los 55 confiesa ahora que su vida es un poema. El mundo del fútbol ha rebobinado la vida de este tinerfeño que fue célebre por ser el árbitro más joven de Primera, camino de convertirse en un Pierluigi Collina. “Si el VAR hubiera existido en mi época, yo hubiera sido uno de los mejores árbitros del mundo”, se reivindica con nostalgia en la entrevista de Rafael Lutzardo para este periódico, que ha estremecido a la prensa nacional. Arceo era un árbitro estatuario, con personalidad, una especie de esfinge que encaraba a Maradona como un guardia civil y paraba los pies al Michel más echado palante del reverenciado Madrid. Es difícil no acordarse del pibe de Taco en su legendaria faceta de trencilla. El fallo calamitoso de su vida, el falso penalti al Barcelona frente al visitante Sevilla, que abortó su meteórica carrera, puso a prueba una manera de ser. El asistente le ratificó por activa y por pasiva que había sido pena máxima, y cuando el patinazo se convirtió en escándalo nacional, Brito corrió con los gastos y omitió la identidad del linier que lo mandó al patíbulo. Árbitros, futbolistas y dirigentes (algunos de estos, en la cárcel) no suelen acabar bien en la vida privada y de cuando en cuando trasciende que un Christian Vieri se declara en bancarrota o un George Best (fallecido a los 59 años) naufraga en el fracaso económico, o un Andreas Brehme muerde el polvo de la ruina y le ofrecen lavar baños. Las demoliciones humanas del fútbol suelen deberse al alcohol y las drogas, pero también -como en el caso de Brito Arceo- a los malos negocios, que son peores que las malas compañías. Lo retiraron como agua sucia y el resto fue una deriva por los cauces de la política, como concejal de Santa Cruz, y por la telerrealidad. Ahora no se trata de si no fue penalti un metro y medio fuera del área la entrada a Polster hace casi 30 años. Se trata de un plato de comida, un trabajo y una segunda oportunidad a quien el fútbol, pese a todo, no olvida.

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Los 7 últimos minutos de Khashoggi

Huele a cadaverina. Si hubiera que representar la libertad de prensa en buena parte del globo terráqueo, no exageraríamos un ápice imaginándola tendida a la fuerza sobre una mesa, con las falanges de los dedos rotas, decapitada y siendo desmembrada por un forense y sus secuaces escuchando música con los auriculares puestos. La libertad de prensa es como el periodista saudí Jamal Khashoggi, que entró en el consulado de su país en Estambul a retirar el permiso para casarse con su novia turca y acabó siendo torturado y descuartizado en siete minutos, un lapso de tiempo que siempre será recordado. En esas postrimerías de la vida de un ser humano deben de pasar muchas cosas por la cabeza. Pero solo están grabados -si acaso aún- los comentarios infames de los verdugos mientras despiezan al periodista hostil, y ciertas amenazas al cónsul para que cerrara la boca. Khashoggi sospechaba que algo iba mal cuando lo citaron por segunda vez para cumplimentar un simple trámite. Era la burocracia de la muerte y le tendieron una trampa. Esa noche, en la residencia del cónsul, no muy lejos de la legación, dicen los vecinos que se celebró una barbacoa, para que la historia no escatime detalles macabros.

Nos llevamos las manos a la cabeza al trascender este sórdido episodio en ese consulado de los horrores que ha incomodado tanto -tan poco- a Trump con su fiel aliado y cliente saudí -un rifirrafe entre risas disfrazado de crisis diplomática-, y nos espanta el terrible desenlace del hombre que escribía -por última vez- en su artículo póstumo del Washington Post: “Lo que más necesita el mundo árabe es libertad de expresión”. La columna llegó a la redacción del periódico de Jeff Bezos, enviada por su traductor, al día siguiente de que desapareciera tras la puerta del consulado saudí en la ciudad turca. La libertad de expresión moribunda en su país -una monarquía absoluta que desconoce los derechos humano- se plasma ahora en su propia muerte expeditiva en un patíbulo inusual en la tramoya de los cadalsos de la inquisición de la palabra que siempre se consideró libre: una mesa cualquiera de una habitación de un consulado, donde la gente, por lo general, acude para un papeleo rutinario, sin poder sospechar que un escuadrón de genocidas esta cortando en pedazos a un periodista que solo quería un certificado para casarse. “La mayoría de la población es víctima de la falsa narrativa árabe”, escribe Khashoggi en su última entrega, que cita el ránking de libertad de expresión, según el índice de Libertad del Mundo, donde “solo hay una nación árabe libre: Túnez”, y recuerda con desencanto la enervación de los ideales de libertad en ese cosmos de monarquías herméticas con que hizo soñar la Primavera Árabe de 2010, la revolución de los jazmines que estalló en carne viva cuando un repartidor de frutas y verduras harto del acoso policial se quemó a lo bonzo.

Este periodista crítico con el sucesor del todavía reciente rey Salmán -el mefistofélico príncipe heredero investido de reformista Mohamed bin Salmán, autor intelectual de la masacre de Yemen, al que todos miran como la X del caso Khashoggi- entró en el consulado como un ciudadano cualquiera -vestido con chaqueta occidental, sin la túnica y la kufiya que le cubre la cabeza en algunas fotos donde resalta su cara redonda y pálida con gafas redondas de empollón, su bigotito y chiva- que accede a un edificio donde la gente suele salir por la misma puerta cuando cumple el motivo de su visita. Antes de que las autoridades saudíes admitieran ayer oficialmente que el periodista no salió con vida (tras oscilar entre un “interrogatorio fallido” y una peregrina reyerta), sus restos habían sido rastreados por todas partes, amén del consulado y la residencia del ya excónsul, que regresó a Riad como alma que lleva el diablo, hasta el frondoso Bosque de Belgrado. Siguen sin aparecer.

Llueve sobre mojado. Venimos de asistir con estupor a otras muertes consumadas con toda suerte de métodos sanguinarios. Nunca olvidaremos el envenenamiento del exagente ruso Litvinenco, tras un té con polonio, hasta extinguirse en una muerte lenta en su exilio de Londres. El pequeño coloso norcorerano carga con la muerte de su hermanastro intoxicado en un aeropuerto en Kuala Lumpur por aquella mujer asiática que lo empolvó letalmente. En Salisbury, el ya célebre exespía ruso Skripa y su hija no la palmaron de puro milagro, pero otros que entraron en contacto con la misma sustancia neurotóxica que los contaminó no lo han podido contar. Los periodistas (con más de 1.800 muertos en el último cuarto de siglo) engrosan la misma nómina. La Rusia de Putin tiene una merecida fama en este renglón, con, entre otros, el trágico final de Anna Politkovskaya, tiroteada en el estrecho ascensor de su casa, como en una ratonera, que fue otro crimen en octubre (de 2006).

En la saga de los atentados de Estado -sería imperdonable omitir que el 5 de abril de 1978 la policía española perpetró un chapucero apuñalamiento de Cubillo en Argel, también frente a un ascensor, que, por lo visto, llama a la muerte, con el frustrado propósito de cortarle la cabeza como a Khashoggi-, pocas veces se darán las circunstancias atroces del despedazamiento del periodista saudí. El relato real y cuasi ficcional de este crimen horrendo sitúa a quince individuos aguardándole en el consulado para trocearlo en vida. El jefe de la cuadrilla era, al parecer, el forense Tubaiqui, que pronunció esas palabras que ya pertenecen a la antología de la crónica negra: “Cuando hago este trabajo siempre escucho música”, dijo mientras seccionaba al periodista en siete minutos, que es lo que tarda en hacer una autopsia. El sujeto había viajado ex profeso ese día en un avión privado, con el arma del delito en el equipaje : una sierra para cortar huesos. 15 hombres en Estambul, como en el título de una novela macabra para una película gore, son ahora objeto de una patraña de investigación oficial, con el rey saudí y el reyezuelo de la Casa Blanca tomándonos el pelo con signos de consternación. De entre esos hombres sin escrúpulos, a uno ya lo han muerto en la carretera. Que parezca un accidente.

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