Carmelo Rivero - 5/90 - El blog de Carmelo Rivero

El sueño de madera de Poleo y el grillo de don Eloy

La Caseta de Madera era un pecio, un espacio cargado de historia casi teatral, varado en la orilla de Los Llanos, junto al Castillo Negro y la ermita de Regla. A Guillermo Cabrera Infante le pareció un lugar imaginario, uno de los trasplantes fantasmagóricos que solía hacer Tenerife para parecerse al Caribe y traerse a Cuba de regreso. Infante, ya difunto, y Miriam Gómez, la esposa actriz, gozaban del cherne y la vieja de Paco Poleo, él fumaba su habano cuando dejaban, como si fuera una cena en el Malecón. Aquella noche, Paco Poleo le ofreció su libro de visitas (reunió una enciclopedia de nueve tomos manuscritos e ilustrados célebremente por huéspedes de relumbrón) y el bueno de Infante dio fe de una noche de éxtasis en la isla adoptiva.

Lo de Eloy Díaz de la Barreda era una enfermedad. El teatro como un estado de alucinación, que le duró una vida entera y nonagenaria, como si siempre hubiera vivido entre bambalinas, como Poleo entre fogones y mesas de su teatro de madera. De la Barreda, que había hecho teatro casero muy joven con decorados de papel, tenía también, como Infante, la querencia de América metida en las venas, porque las grandes compañías solo hacían escala aquí de viaje al Nuevo Mundo. Mi abuelo político Martínez Viera escribió Anales del teatro en Tenerife y contó los vericuetos de ese vaivén. De niño, en las sobremesas de la Caseta de Madera conocí las sagas familiares del teatro y la cultura de la Isla, que se daban cita a bordo del restaurante como si en cualquier momento fueran a zarpar. De la Barreda era el Tío Pepote de la radio de todas las familias de los pueblos de Tenerife, a través de Radio Club. Detrás del receptor, al final de la función, los adultos sacaban caramelos que repartían entre la audiencia infantil, secundando el milagro de don Eloy, que invocaba el premio final como si sacara conejos de la chistera de las ondas por la magia incuestionable de la radio. El teatro era un misterio, decía, un acto sublime de casualidad, donde el éxito y el fracaso dependían de que un día -como le ocurrió- se metiera en el Guimerá, en mitad de una función, un grillo y la armara. Siempre soñó, en las vísperas de los estrenos, con el grillo imprevisible.

En las páginas de los libros de visita de Paco Poleo -Ricardo Melchior lo nombró hijo ilustre de Tenerife- había mucho teatro contenido entre actores y escritores de su clientela. Alberti dibujó una paloma, Poleo cerró el libro para que no se echara a volar. Yo pude hojear ese tesoro impagable de testimonios de marca mayor. Había autógrafos y declaraciones de amor a la Isla y a la Caseta, dibujos y poemas de personajes renombrados, y toda una explosión de emociones con el estómago contento que, recorridas de un tirón, componían un relato coral de artistas y políticos de medio planeta. La Caseta tenía el sabor del mojo de la nostalgia que dejaría la huella del restaurante cuando en los años 90 fue obligado a desaparecer por la llegada del cemento de las torres y el auditorio.
Paco Poleo, que alardeaba del copyright del mojo cilantro de su madre garachiquense, siempre reconvino a las autoridades por su olvido imperdonable del compromiso de cederle un lugar alternativo para refundar la casa de pescado que había adquirido en los años 50 a su primer propietario, Juan Colón. Nunca cumplieron con la promesa dada hasta que perdió la esperanza y vivió con la frustración de la pérdida irreversible de su barra de madera hecha de las ruinas de una vieja chalana y sus mesas repartidas en la trastienda de aquel barrio populoso que, el mismo designio urbanístico, desmanteló para siempre. Quedó la maresía y el legado bibliográfico de Paco Poleo, que acaba de fallecer, como don Eloy, frisando los 90 años. Dos hombres de la cultura y una Isla abierta a los cuatro vientos. Liberada, la paloma del poeta los lleva consigo a hacer teatro en el aire, porque aquí abajo los comensales de entonces ya no están.

 

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Daniel Gavela, Iñaki, la brisa es la misma

Hace ahora 20 años que sacamos a la luz la biografía periodística de Iñaki Gabilondo en El País Aguilar. El título, Ciudadano en Gran Vía, fue obra de Daniel Gavela, que estos días ha vuelto al regazo de la fábrica de los sueños en esa calle legendaria que es como el Broadway madrileño. El regreso de Gavela a la Cadena SER como director general es una de las mejores noticias de los últimos tiempos en el periodismo español. Daniel Gavela e Iñaki Gabilondo son palabras mayores en la estepa de un oficio que se va quedando sin señas de identidad.

Cuando hace 20 años me mudé a Madrid a seguir los pasos de Gabilondo, conocí la factoría por dentro. En los pasillos de Radio Madrid, en la Gran Vía, entonces, escuché este comentario en voz baja tras la estela de Gabilondo: “Ahí va Dios”. Era un latiguillo que condensaba la extrema admiración que en privado sugería la figura del periodista radiofónico más solvente que ha tenido este país (Premio Taburiente de DIARIO DE AVISOS). Gavela me habló del “miedo atávico” a que a Gabilondo, que se echaba a la espalda más de seis horas diarias de radio en Hoy por hoy y que era la espina dorsal de la audiencia y la publicidad de toda la cadena, un día se le ocurriera “parar el reloj”. Cuando sufrió una crisis de saturación y pidió un año sabático, se escapó a África y volvió como nuevo, pero le bastaron unas vacaciones largas. Delkáder, que reinventó la SER con la llegada de Prisa, decía que Iñaki no era humano. Sabía que no podía ponerse enfermo, y eso le mataba de responsabilidad. Pero Gavela me contó, con los ojos iluminados, que el día que hicieron saltar el EGM, de 2,8 a 4,5 millones de oyentes, lo llamó y le dijo: “¡Iñaki, aquí empieza una nueva historia!”.

Acostumbrado a madrugar, llegaba a la radio y convocaba a todos a la terraza de la emisora, para ver con los vencejos salir el sol. Dios no tenía despacho. Cuando terminaba el maratón de Hoy por hoy se refugiaba en la trinchera colegiada de Antonio García Ferreras, que era el jefe de Informativos, por donde transitaba toda la redacción. Iba de mesa en mesa, sin paradero fijo, hasta que reagrupaba sus filas y hacía aquellos encierros en la sala de reuniones para el ensayo general del día siguiente. Era un espectáculo ver los entresijos del espacio más concurrido de la radio española, hasta qué punto se cocinaba a fuego lento la escaleta de Hoy por hoy. Flotaba en el ambiente el espectro de cada uno de los dioses predecesores de la casa.

Gabilondo me habló una vez de Antonio Calderón, el maestro de la imaginación, del teatro del aire, creador del mítico cuadro de actores de la cadena y de alardes como Pasos, un personaje mudo. Iñaki lo adoraba, heredero de una escuela de locutores que no solo hablaban bien, sino que daban su palabra. El estudio es un altar, sostenía Gabilondo, calderoniano por los cuatro costados. “Yo he estado con él más tiempo que su mujer. Lo he oído hasta pensar”, me decía del padre de la expresión servicios informativos, de Hora 25 y de Javier González Ferrari. “Dígale que soy su oyente más leal. Iñaki es distinto, nadie tiene su personalidad”, me diría el propio Calderón antes de morir. Entonces, el periodista vasco, hijo de carnicero antifranquista, con ocho hermanos, me reveló su encontronazo con la mafia local de Sevilla cuando acudió a dirigir la emisora de la SER y los capos caciquiles de la ciudad lo llevaron a comer a El Puerto de Santa María. Le dijeron que si se portaba bien, tendría un destino feliz, pero si volaba a su aire le amargarían la existencia. “Yo triunfo y fracaso solito”, los desafió, y no pudieron con él; hizo la mejor radio de España. A Gavela en Sevilla no pararon de hablarle de “un tal Iñaki”, que había revolucionado la ciudad, cuando los dos ni siquiera se conocían. La SER y El País, donde me curtí, rezumaban un estilo, una marca, un modelo de hacer periodismo que en los años 80 y 90 ya gozaba de una fama seductora en todo el gremio. A ojos de hoy, suena a rancia nostalgia. Ni el acicate es el mismo, ni la integridad moral del oficio se le parece. Pero nada cuesta sacar los endriagos del armario, contra los que aquellos periodistas se jugaban el tipo. Veo la ira mercenaria de los nuevos justicieros alevines y acuso recibo del desatino. Escasean los Iñakis y Gavelas. Iñaki enfrentó un golpe de Estado al frente de los Servicios Informativos de TVE, en tiempos de Fernando Castedo, cuando Tejero se echó al monte y El País y contadas cabeceras como DIARIO DE AVISOS los tuvieron bien puestos y sacaron editoriales como obuses contra la asonada.

En Radio Madrid, Gavela imprimía carácter, era célebre su minuciosa metodología, como me había anticipado Juan Cruz. Cuando cayó el avión de la Dan Air en Tenerife, con 146 pasajeros, hace casi 40 años, lo contamos en El País y Gavela vino a conocernos a Martín y a mí, tras el rastro de nuestros trabajos en Triunfo y Diario de Barcelona, y en El País, de la mano de Gavela, permanecimos dieciséis años ininterrumpidos de periodismo al más alto nivel. Gavela era exigente, pero recompensaba su voluntad de estilo y rigor. Periodismo y periodistas sin frutas fermentadas, procesadores de las constantes vitales de la sociedad sin paños calientes, con la acritud ajustada a la cartuchera, nunca al servicio del mejor postor. Ahora se ha impuesto un periodismo en almoneda, obsecuente con el poder si paga bien y está ese otro periodismo filibustero que se tatúa con pinturas de guerra y expele su tinta biliosa al calor del amo que amamanta las hienas, unos maman con la boca llena y otros con la boca chica, fingiendo dulzura en el paladar acre de su ocio servil, holgazán y porquero. En la palabra contra la espada, Iñaki se dolía de los canallas que lo escarnecían, porque no era de su tribu. Pasamos meses rebuscando en esas gavetas atestadas y salió un libro que ahora cumple veinte años. Gavela bajó con alborozo las escaleras en Radio Madrid, festejando el hallazgo: “¡Ya tengo el título: Iñaki Gabilondo, Ciudadano en Gran Vía!”. Ahora ha vuelto a la casa de los éxitos sin haber perdido la paciencia, que es como se vence a la mediocridad.

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Juan Hidalgo deja todo en su sitio

Con Juan Hidalgo cabían todas las conversaciones sin ninguna restricción. Era un artista de mente abierta, pero era, sobre todo, un transgresor, que hizo de la heterodoxia de su lenguaje la manera punzante de herir todas las sensibilidades renuentes a la experimentación. En un país como España, el canario Juan Hidalgo era una errata en mayúsculas que despertaba recelos y elogios reservados para los casos clínicamente irremediables. No hubo forma de acotar los volcanes de su expresión artística. Colgó penes mayúsculos en blanco y negro y no pudieron limitar su capacidad de desvergüenza exquisita como fotógrafo deslenguado. Era un artista enigmático ya en los años 70 cuando lo conocí. Venía siempre de fuera, como el reflujo de una ola que no cesaba de viajar entre orillas. Hidalgo era, además, cercano y cordial. Los canarios no sabían exactamente por qué era ya célebre entre nosotros y fuera de nuestras fronteras. Era un personaje inclasificable, por las costuras de su arte, que se hacía admirar entre públicos selectos, habituados al talento inusual del artista de Las Palmas.

Pero estaba claro que Juan Hidalgo traía en la mochila un cargamento de propuestas que duraron todo el tiempo hasta hoy, convertidas en legado. No tenía apego a los premios y le fueron dando muchos a lo largo de su dilatada vida. Ya en Ayacata, en Gran Canaria, impedido por último en su silla de ruedas, conservaba la ira del desierto que lo llevó por Europa como un nómada de islas que nunca estaba quieto. La música de Zaj, su grupo de los 60, con Barce y Marchetti, guio por esas dunas a artistas que estaban por descubrirse contra la inercia de las convenciones. Fue el caso de Esther Ferrer y otros que debieron a Hidalgo la hazana de abrirles camino sin reparo ni complejos.

“Tenía su sitio”, me dijo ayer Martín Chirino, cuando lo llamé para compartir recuerdos del paisano que acababa de morir con 90 años a cuestas. Chirino, que cumplirá este jueves 93, izó su memoria todo lo lejos que pudo y repasó momentos de Hidalgo por las vanguardias del siglo XX como un ermitaño desinhibido. “Así éramos algunos canarios durante ese siglo, muy nuestros y atentos a los lazos con las islas, cada uno en su espacio y en su condición”. Martín Chirino y Juan Hidalgo, dos grandes artistas longevos paridos del mismo tronco de un archipiélago, comparten el transcurso de los años dorados que dieron frutos de ese calado. Chirino no reparó en las limitaciones del tiempo, camino de convertirse un día en un centenario en activo. Se refirió a Hidalgo con afecto y nostalgia, porque ambos vienen de donde vienen, del siglo pasado, y han transitado por este sin perder el equilibrio.

Yo guardo una mirada común de ambos de cuando era joven y periodista inquieto que frecuentaba a estos genios amables y con ellos aprendí y crecí admirando los éxitos de su talento. Hoy los veo marcharse y lamento que el tiempo se haya hecho tan corto. Los he visto aflorar y deslumbrarnos en sus peripecias artísticas. Eran faros y siempre estaban ahí, alumbrándonos. Me cuesta decirles adiós. Me duele despedir a Juan Hidalgo, convocarme con sus fans a un recuerdo postrero. Se van los que dieron en la diana. Juan Hidalgo no quería más premios cuando llegaron los últimos, como el nacional de Artes Plásticas, al filo de la muerte. Se merece ahora el recuerdo, el respeto, el reconocimiento de su sitio. El sitio que se ganó, como dice Chirino, en el lugar espacioso de la historia, donde solo caben unos cuantos.

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Forges se ha ido y ¿ahora quién piensa?

Una de las cosas que más me ha impresionado siempre es haber estado hablando con alguien del modo más distendido, sin poder sospechar que le quedara poco tiempo de vida, y a menudo sin que mi interlocutor tampoco lo supiera de antemano. En la antesala de la tertulia de La noche en 24 horas, de TVE, en Madrid, una de aquellas veladas coincidí con un hombre de mediana estatura que tenía una conversación amigable y contaba anécdotas de aquel sitio que había sido su lugar de trabajo en otro tiempo. Los sabios mundanos tienen ese aire coloquial con gafas y una cabeza prominente. Era Forges -su apellido Fraguas en catalán-.

Forges te caía bien a la primera y te metía en su viñeta. En mitad de un simple compás de espera -los dos aguardábamos el mismo aviso de Xabier Fortes para entrar en escena-, hacía de ti un personaje de su cosecha bajo un bocadillo de trazo grueso y acababas hablando con su sufijo jergal -acuñó la palabra bocata, recogida en el diccionario-, como en la pandilla del barrio cuando decíamos incrédibol, chorbo y satamente, y él se desternillaba de risa con sus bromas y tus chorradas.

En una de esas premoniciones involuntarias, Manuel Darias entró en mi despacho la semana pasada para que le firmara los premios anuales que concede su veterana página de cómics, y nos detuvimos a hablar de uno de los galardonados, Antonio Fraguas, Forges. Los dos profesamos una evidente admiración por el formidable talento del dibujante culto y campechano que mejor retrató las intimidades tribales de su país. ¿Por qué nos pusimos a hablar con pesar de Forges por su miedo a los aviones, que le hacía un huésped imposible de los náufragos de esta isla? Traes a colación a alguien que está a punto de morirse como si esa idea flotara en el ambiente. Forges solía citar a Albert Schweitzer, el médico y filósofo Nobel de la Paz -tío de Jean-Paul Sartre-, que en su reverencia por la vida decía que pensar en una causa justa ayudaba a que otros lo hicieran también y el problema se resolviera. “No se olviden de Haití”, invocaba cualquiera de sus personajes antes de que saltara el escándalo de Oxfam tras el terremoto.

Su muerte se hizo noticia en los medios de papel este 23F. Era el testigo gráfico que narró la transición y la democracia, nuestro mejor exégeta de entresiglos. No dejemos morir a la democracia, no nos olvidemos de ella, nos dice uno de sus blasillos póstumos. En aquella sala de espera de TVE, Forges contó con todas las formas de la sonrisa en su cara las cosas que había vivido en aquella casa cuando Adolfo Suárez fue su jefe. Tenía el mejor recuerdo del duque que trajo la democracia a España, hablaba con afecto del espíritu guerrero que escondía en su apariencia de hombre frágil. Suárez -del que fue más tarde asesor de imagen en CDS-era chistoso, según Forges, y cuando el humorista, que había sido técnico de telecine, mezclador de imagen y coordinador de estudio, le dijo que se iba a dibujar para siempre y se despidieron, Suárez le agradeció que no se hubiera metido con UCD en sus tiras cómicas en la prensa. ¿Cómo morder la mano de quien te da de comer?, creo que fue la respuesta del humorista.

Era una combinación espontánea del Quijote y Sancho, aunque a primera vista se le asociara más con el segundo. En una conversación como aquella, salía a relucir su cultura, su búsqueda del ángulo muerto, de la originalidad que le había inculcado su padre cuando le dijo que quería abrazar la profesión de dibujante. Y, sin embargo, añadía con cierta contrición que no sabía dibujar. La inteligencia de Forges no era la de Picasso, sino la de Borges autor de viñetas en lugar de cuentos. No tenía problemas para hacer dibujos colosales con cuatro frases lapidarias sobre el hombre y su circunstancia, pero sí sentía el horror vacui al folio en blanco. Lo suyo era el chiste editorial en el que lo introdujo en Informaciones Jesús de la Serna, que siempre me pareció -cuando lo conocí en El País- uno de esos dioses venerables de este oficio. Forges intentaba ser “una persona justa, nada más”, no hacía viñetas biliosas, de ahí su humor solidario. El humor, en su concepción, es “un arma que no mata, pero hace pensar”, y no paraba de recomendar cuatro hábitos sencillos para debelar la incultura y el mal humor: pensar, leer, ver y escuchar. Tenemos un déficit de esto último en un país que grita por televisión. Con esa tesis, Forges, que fue tertuliano de Luis del Olmo, no dudó en volver a la radio cuando se lo propuso Pepa Fernández, la adalid de los “escuchantes” en No es un día cualquiera, en RNE. Era un gran escuchador. Durante aquel rato, hablaba y dejaba hablar, con la curiosidad en estado de alerta. Citaba las noticias que le producían espasmos en el píloro, como el informe de Cáritas sobre España a la cola de la pobreza infantil. En Canarias, Cosma y Blasa comentarían al trote los rankings del paro y la dependencia,y un náufrago leería en el islote los atascos de la TF-5 por estos peñascos. Se nos acaba de ir dejándonos sin la muleta de la mano que nos hacía pensar.

Alguien lo encontró una vez distraído por la calle escuchando a Mahler con los auriculares. Adoraba la vida y sus ofrecimientos. Lo hemos perdido de aliado y lo vamos a echar de menos entre tanta fiera que nos rodea. Al vicepresidente y ministro de Defensa de la transición,Gutiérrez Mellado, que Zenaido Hernández nos ha recordado este 23F en su condición de vecino de El Toscal, lo recordamos desafiando al golpista, ante la desesperación de Suárez intentando sujetarlo desde el escaño, en una escena tan forgiana. Tejero lo zarandeó y trató en vano de tirarlo al suelo. Cuando, meses después, lo conocí personalmente, lo traté como un héroe y tuvo la misma respuesta que Forges. “Yo solo soy una persona justa”. Forges murió un jueves, que es el nombre de una revista de humor en la que colaboró, y la noticia salió impresa el viernes 23F. Treinta y siete años después, ya no están ni Suárez, ni Gutiérrez Mellado ni, ahora, Forges. Se nos caen los héroes de la viñeta y no tiene ninguna gracia.

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El café leído

De Juan el del Arkaba hace tiempo que nadie habla, pero era un personaje insustituible en una ciudad que se fraguaba, sobre todo, en los dominios de la Avenida de Anaga y del puerto, delante de los barcos y las montañas traseras y de espaldas a los resuellos de la urbe que trepaba desde allí hasta sus confines. En esa cafetería quedó flotando el recuerdo de una época de artistas, políticos, periodistas y escritores, ya borrosa, donde era evidente su carisma de barman y maestro de ceremonias, hasta que lo sorprendió temprano la muerte.

Algunos de estos bares, cafeterías y restaurantes gozan de una fama legendaria y a veces de una legendaria mala fama consecuente con su confluencia de vicios y amistades peligrosas. El Arkaba tenía un traje para cada ocasión, era exquisito y familiar de día y permisivo de noche con la fauna bohemia de una clientela fiel. Se era del Arkaba como de un club de fútbol o de una murga del Carnaval. Juan era de Güimar y culé, un futbolero educado que templaba las cuerdas de la feligresía dividida del bar. Las letras le daban menos disgustos. Allí quemaban la noche los periodistas noctívagos y siempre paraba a hablar con él el inefable Arroz, que recorría la avenida pasando el cepillo y arrastrando los pies. Hay personajes que son paisaje.

De igual modo, en La Habana yo siempre acudía a El Floridita como una rutina para ver la estatua de Hemingway acodada en un extremo de la barra, porque era célebre su apadrinamiento del lugar donde acuñó el daiquiri, como en nuestro caso un cliente anónimo instituyó el barraquito en el bar Imperial. Uno colecciona bares sentimentales, atrapado en las majaderías de los libros y los periódicos, donde tomar café y leer y escribir. Mi tío Paco Martínez del Rosario hizo de La Prensa una especie de barra de tasca de libros. Su librería, en la esquina del Castillo y Suárez Guerra, convocaba a parroquianos de Gaceta de Arte, a su primo el actor Francis del Rosario, a toda la peña del Círculo de Bellas Artes y a una insurgencia de jóvenes autores que venían rompiendo los diques, como el más aventajado, Luis Alemany, que luego siguió frecuentando otras fondas, fiel a su estilo. Fue allí, en La Prensa, donde el abogado José Arocena vociferó en una ocasión el nombre de un escritor colombiano que, a su juicio, daría que hablar: Gabriel García Márquez. Su voz atronadora llegaba a oídos de niños que nos quedábamos con todo. En efecto, Arocena, lector compulsivo, había dado en el clavo, pero lo supe años después. Cuando los bares se confunden con librerías o pinacotecas y tienes la suerte de conocerlos muy pronto, descubres un filón para siempre. Hoy los periódicos que no se venden en los quioscos se leen en las cafeterías. En una foto en blanco y negro, conversan apretujados en torno a una mesa pequeña de bar con platos y vasos ya vacíos Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes junto a otros dos amigos de su corte. La imagen de los años 60 se titula La mafia en La Ópera, que es un antro mítico de México en cuyo techo se conserva la bala que disparó Pancho Villa en tiempos de la revolución. Fuentes en el sur de Tenerife solía recalar en la cafetería del Hotel Jardín Tropical de su amigo Jesús de Polanco. Leer y escribir en los bares y cafeterías le apetecía en México o en Tenerife, y yo le acompañé una vez en que tenía entre manos La silla del águila, sobre los meandros del poder que era su monomanía bajo la piel de diplomático hijo de diplomático. Fue cuando me dijo que había escrito primeras novelas muy malas a varias manos saltando con los amigos de bar en bar.

En el Arkaba, Juan, camarero y copropietario, repartía juego en las mesas sin perder el control de la bandeja. Era excepcional como relaciones públicas, cobijaba a ecologistas de alguna plataforma alternativa, a peñas de poetas desheredados y a pintores desconocidos que acabarían colgando sus lienzos en las paredes cuando ideó una minigalería de arte amateur que enseguida tuvo gran repercusión entre artistas menesterosos. Fue allí donde anidaron los fetasianos de Rafael Arozarena e Isaac de Vega. De esa fusión trasnochadora de bohemia y periodismo en los bares literarios con el aura de Montparnasse en Santa Cruz va quedando escasa huella. Era común en el sector ver crecer narradores y artistas, como el Grupo Nuestro Arte de la llamada generación del bache, donde Pedro González, Miguel Tarquis, Enrique Lite, María Belén Morales y Antonio Vizcaya Carpenter eran para nosotros los popes de un altar mayor.

La famosa tertulia nace en esos páramos sin tecnología. González-Ruano se llevaba la suya de café en café, hasta la última, en Cafe Teide, donde escribía como si fuera su domicilio. Cuando llegó el móvil, la gente dejó de hablar y frecuentar el café literario, y la conversación de estas catedrales se replegó transformada en soliloquio trabucaire de las redes. Pero yo me permito la nostalgia de navegar en mi iPad en cafés convencionales. Con lo que digo, estoy poniendo un pie en cada orilla; me apena que desaparezcan esos refugios nucleares donde apetecía leer, escribir y conversar. Se fumaba mucho y ahora no. Se dejó de fumar y de hablar. Admirábamos de oídas las tertulias de Café Gijón, donde Pérez Galdós se codeaba con la crème de la crème literaria de Madrid, porque las islas quedaban muy lejos y no teníamos esa clase de santuarios. En cuanto pude visité los paraísos idealizados en la distancia. Luego, me convencieron de que en bares y cafeterías nadaban los periodistas, con lo que aprendí, como pez en el agua. Cerraban el periódico a las tantas y empataban la noche con el día en su tugurio favorito.

Cuando quedé con el periodista Carlos Carnicero en Buenos Aires me citó en una cafetería, donde me recibió como en el vestíbulo de su casa. Se había instalado con el ordenador en una de las mesas, y allí comía y trabajaba. Me recordó en la Da Gigi, donde yo tenía mi lugar de acampada entre el Arkaba y el Montecarlo. En cada local había camareros y propietarios que crearon estilo. Cierto que Da Gigi era político-empresarial y el Arkaba, literario. Allí, en Buenos Aires, cada garito tiene sus intelectuales adoptivos, que saltan a la vista, como en La Biela, en el barrio de La Recoleta, donde nos saludan sentados a su mesa Borges y Bioy Casares.

Siempre he tenido debilidad por las cafeterías acogedoras y entrañables que parecen protegerte en su fanal, donde leí y escribí, en deuda con su capacidad de influencia.

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Celia, en la corte suprema del arte

La insubordinación de Celia Cruz le venía de su etapa cubana, cuando los inicios de su carrera fueron tortuosos por ser mujer. Lo primero que sintió fue el rechazo. Debutó en la radio con la Sonora Matancera -la orquesta con la que se iba a catapultar- y en la emisora se recibieron cartas pidiendo que fuera sustituida. A Celia nada en la vida le fue fácil. Cuba le negó volver y no pudo asistir a los funerales de sus padres. Pero tenía tal obstinación que acabó conquistando a todo el mundo, hasta convertirse en la estrella de la música latina con más seguidores en los cuatro continentes.

Yo la vi llegar aquel mes de febrero de 1987 -cuando 31 años después parece que fue ayer-, predestinada a tener una cita con la historia. Cantó en la isla su Bemba colorá como si no quisiera dejar de hacerlo -la estiraba como un chicle porque disfrutaba del éxtasis de cada uno de aquellos temas envolventes de su repertorio acezante- y nos regaló de colofón el pasodoble Islas Canarias a capela. Muchos años después, su marido, Pedro Knight, que había sido el segundo trompetista de la Sonora y fue su representante de por vida, me contó que Santa Cruz no era solo una ciudad, ni Tenerife una isla cualquiera para su mujer, que ya había fallecido en 2003 -en julio se cumplen quince años-. A tal punto existió una estrecha simbiosis entre ella y nosotros, que cerraba los ojos y se imaginaba en La Habana, cantando físicamente en su Cuba natal, que un día le cerró las puertas. En los Carnavales del 87, Celia ya era un mito. La vida es un Carnaval, cantaba la reina de la salsa. Pisó la isla y se sintió en casa, poseída por el embrujo de un Caribe traspapelado en la confluencia de los ritmos de un extremo a otro, de nuestro pasodoble a su bolero, su guaracha y su guaguancó.

Estaba todo dispuesto para el martes de Carnaval. Estaban convocadas las partes a un desafío en la Plaza de España. Celia y Billo Frómeta eran dos grandes personalidades de la música latina. Billo Frómeta se contagió de Tenerife desde que desembarcó en la isla por Carnavales de la mano de Radio Club. Paco Padrón convirtió los bailes de la Billo’s en una cita obligada del remeneo popular. La noche de marras -hace 31 años- no fue en el mes de febrero, sino el 3 de marzo. Celia Cruz y la Sonora compartieron escenario y un hito histórico con la Billo’s Caracas Boys y las orquestas tinerfeñas Maracaibo y Guayaba. El acta de aquel récord cifró en 240.000 personas las que bailaron con las canciones del elenco de estrellas. Desde el balcón del Casino, adonde subí para recrearme en la marea humana, el espectáculo superaba todas las previsiones. La foto aérea que inmortalizó el baile más concurrido jamás celebrado no deja lugar a dudas. Se sabía de antemano, aun antes de que lo certificara un notario, que era una espectáculo excepcional. Nuestro Carnaval, que alardea con la vanidad propia del caso, de ser el mejor del mundo, aquella noche lo fue. Hace 31 años éramos ajenos al ocaso de todo que trae consigo el paso del tiempo y desafiábamos la vida con la petulancia de la juventud. Este apunte que hago hoy del récord Guinness de Celia en Tenerife me arrulla nostalgias de una etapa feliz. Hoy todo aquello es una efeméride, una reconciliación con los legajos de la historia, porque Celia y Frómeta ya no son de este mundo y nosotros ya no somos los mismos.

Ella era una gran persona, además de una artista irrepetible, que se curtió en las canciones de cuna y pasó a cantar coros yorubas y ritmos de batá y a cantar y bailar en las corralas habaneras. Javier Zerolo, quien mejor la conoció por aquí, podría escribir un libro de retazos de aquella inusitada relación de Celia con Santa Cruz -la embajadora- como si de La Habana se tratara. ¡Que viva el misterio y la vivencia! ¡Celia, en la corte suprema del arte!

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La política es un Carnaval

Celia Cruz decía que la vida es un Carnaval. Y, aplicado a la política, el precepto encaja como anillo al dedo. Es hilarante y triste a la vez. Puigdemont encarna la figura agachada y deponente del caganer catalán, y se ha vuelto un ninot de falla en el trono de hielo de su exilio-escondite en Waterloo. La política -la española, canaria, catalana, americana, inglesa, italiana … y la del Kurdistán- se ha vuelto una astracanada frustrante como un carnaval en un funeral, y es el signo de este siglo de sombras, que es la contraparte del Siglo de las Luces, cuando se tomaba en serio el conocimiento de las cosas para combatir la ignorancia del pueblo y había filósofos que merecían ese nombre como John Locke, Voltaire o Rousseau y toda aquella camarilla. Ahora, en plena huelga de pensadores, teóricos y apologetas, estamos en un periodo más estéril de la cuenta, con los parlamentos ocupados por una suerte de caraduras y oportunistas. Y ya no cuela que se trata de la regeneración, sino de la gran mascarada intelectualmente bajo mínimos. En el planeta del trending topic no prospera el político al uso. Estaba aquel Viejo Profesor que vestía los trajes que le hacía el mismo sastre de toda la vida y era venerado y simpático y difundía bandos municipales en la alcaldía posfranquista para amar Madrid (muévete en transporte público, utiliza las papeleras y los contenedores, no hagas topless en las calles…) y en Carnavales invitaba a divertir la voluntad sin darse a roces, tientos, tocamientos y sobos. Era el alcalde enrollado de la Movida que le decía a la basca, ¡rockeros!, quien esté colocado…, ¡que se coloque!¡Y al loro! Pero Tierno Galván es un señor que recordamos ahora en lontananza y con nostalgia, porque este jueves se cumplió su centenario y lo sacamos a la luz como quien exhibe una pieza de museo a sabiendas de que no cuela en estos tiempos. Hay más vestigios de entonces paseando en vida como fantasmas entre los iconos del mainstream político en boga. ¿Acaso es reconocible la vetusta democracia en este baile de disfraces?
Mi amigo Gilberto Alemán soñaba con habitar y hasta gobernar en los dominios ultraterrenales de la isla encantada de San Borondón, y se sentaba a tomar un güisqui a media mañana en el Montecarlo de la Avenida de Anaga para imaginarse, ante el paisaje marítimo, huésped y desterrado en su fortunata quimérica. Y se autodesignaba embajador del islote inexistente, incluso redactó una Constitución para unos cuantos acólitos, entre los que nos encontrábamos Pepe Dámaso y yo. Gilberto repartía cargos y canonjías en su reinado fantástico y una vez se exilió de verdad a Venezuela, que es otra ficción por el estilo a la que Ernesto Salcedo bautizó certeramente como la octava isla. A la vista de los territorios imaginarios de la nueva política española, San Borondón no es menos real que esa Tabarnia que preside otro cómico, Albert Boadella, o esa Cataluña volante que encarna Puigdemont como el monje de San Brandán. El día que el expresident descubra que no pisaba tierra firme sino el lomo de una ballena ilusoria, entrará en depresión y unirá su destino a Artur Mas en el parnaso de los duendes sin paraíso.
Los parlamentos hoy en día son los modernos coliseos del teatro a la italiana, con su forma de herradura y sus diálogos de besugos en la gran comedia de la farsa actoral. En el Capitolio de los Estados Unidos, este miércoles tomó la palabra una señora septuagenaria y encadenó un discurso de más de ocho horas que batió el récord del género en su país, holgadamente, pues la marca anterior fue de unas cinco horas un siglo atrás. No obstante, el monólogo kilométrico de Nancy Pelosi, líder demócrata en la sufrida era de Trump, tenía un fin romántico más propio de los héroes de la Ilustración que de este basurero orgiástico de un siglo de tramposos. Pelosi, que con siete años contestaba con acierto el teléfono de su casa cuando no estaba su padre, congresista como hoy lo es ella, salió esta semana en defensa de los centenares de miles de jóvenes inmigrantes soñadores (dreamers) a los que el presidente quiere expulsar en marzo. Sobre zapatos con tacones de diez centímetros y apenas unos sorbos de agua mantuvo el tipo, a sus 77 años, desde las tres de la tarde hasta las once de la noche, sin éxito. Pelosi es una errata en la farándula política de la última perversión del sistema. No es una vieja política, sino el exponente de una forma consecuente de resolver las cosas que nunca será viral salvo que hable ocho horas y se dé el gusto de la gloria de las redes.
Los estilos han mutado a toda velocidad, y lo que antes resultaba un crimen hoy, en ciertos países, constituye un alarde de pragmatismo -no pierdan de vista esta palabra si aspiran a interpretar lo que nos sucede políticamente en nuestro entorno-. Hay sitios donde llevan esa praxis a su extremo, como Duterte en Filipinas, que ya atesora miles de ejecuciones, a menudo en plena calle, de sus escuadrones de la muerte “contra el crimen y la droga” (sic) y se pasa por el arco del triunfo los tres timbres de avisos del Tribunal Penal Internacional. Es el mismo que llamó “hijo de puta” a Obama. Un filón del aquelarre de esta feria, cuyo discurso más largo son cuatro insultos con cara de borracho y consignas muy lúcidas a la policía de “matar a los idiotas que se resistan”. Hemos convertido el infierno en nuestro hogar: “Si conoces a algún drogadicto, mátalo tú mismo”, arenga el lunático que lleva menos de dos años en el poder y no cesa de dar rienda suelta a su carnaval de exterminio.
Hoy es una auténtica hazaña buscar en el mapa un lugar con principios, con dirigentes no perturbados y honestos, con cuatro ideas razonables y ciertas condiciones de seguridad. No. No nos miremos el ombligo que nos partimos de risa el occipital. Aquel Bucaram de Ecuador fue un adelantado. Apenas presidió el país seis meses y fue destituido en el Congreso por “incapacidad mental para gobernar”. Bucaram se reunió con Leopoldo Cólogan, llegó a acuerdos sobre la banana y cuando el canario se bajó del avión en la isla lo habían depuesto por loco.
Acaso la política fue siempre un carnaval y no nos habíamos enterado. Ves a las dos Coreas de la mano en los Juegos Olímpicos de invierno y sospechas que te toman el pelo fingiendo una escalada bélica donde hay una ensalada mental. Dice el jefe de campaña de Puigdemont que gobernar Cataluña desde Bruselas no es diferente que hacerlo con Canarias desde Madrid, incluso están más cerca. Clavijo tiene que ir a Waterloo a ver a su homólogo nacionalista y contarle lo de San Borondón al caganer.

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Los almuerzos con Rajoy

Los almuerzos de Rajoy sustituyen a las veladas de la bodeguita de la Moncloa y los maitines de Aznar. Dice el CIS que el PP se mantiene en la cresta, pero cae ligeramente sin perder su hegemonía en el podio, y que el PSOE, con los mismos síntomas de decaimiento en la encuesta, resiste en la medalla de plata. El vendaval de Ciudadanos, que para el CIS es una nevada de algo más de tres puntos, incomoda en las dos grandes fuerzas. Rivera se macroniza, donde antes los populares se suarizaban tratando de heredar el éxito de UCD tras la dictadura. El PSOE de Sánchez tiene cuentas pendientes con Iglesias, que lo dejó en la estacada cuando tenía a Rajoy contra las cuerdas en aquel interregno del “no es no”. Pero es Rivera más que Iglesias, ahora mismo, el vórtice del huracán. Si la tormenta catalana se prolonga en la vida política española, Rivera, un chico majo, el majo desnudo de Goya, acapara toda la atención mediática vicariamente gracias a Inés Arrimadas, que es la Venus vestida de Velázquez, y una dama bien puesta que ha puesto en su sitio a los neonacionalistas de la república barataria de Puigdemont.

En la trastienda de estas encuestas está el lío de los populismos que no acabaron de llegar a España, como sí a Francia y Alemania, donde Macron y Merkel salvaron los muebles y Europa se los agradeció. Rajoy bate récords en las olimpiadas del poder y sobrenada contra el desgaste, sobreviviente al chapapote gallego, a los trenes de Atocha, a los bárcenas -los sms- y la Gran Recesión cuando disentía de todos contra el rescate como ahora con los nuevos delitos de la prisión revisable permanente tras la muerte de Diana Quer. De este está hecha la política española últimamente, de celadas (“en España el que resiste, gana”) y almuerzos con Rajoy.

El presidente ya no invita tanto -o nada- a Rivera a compartir mesa y mantel. Lo declaró no hace mucho enemigo directo y en el PP se encierran en hoteles -como Antona en Santa Cruz- para ver qué hacen contra Melisa Rodríguez -nuestra Arrimadas- y contra el Macron español. En esos almuerzos de la Moncloa los más recientes invitados son discretos políticos insulares, cuyos votos valen un Gobierno, que es de lo que se trata. Mientras Puigdemont va a la guerra en su cuartel-mansión de Bruselas, los canarios van a la Moncloa a almorzar con Rajoy para traerse su parte del botín. Porque a España le vacían los bolsillos contenciosos como el catalán, y si los canarios no se ponen las pilas, el nuevo sistema de financiación autonómica se lo guisan y se lo comen el PP y el PSOE para calmar las barricadas de las Ramblas de Barcelona y hacer fuerte a la Tabarnia si fallan todos los planes, incluido el plan B que pasa por Junqueras presidente.

Clavijo y Román Rodríguez han sido los comensales de Rajoy en estos ágapes de la Moncloa donde se cuece la política en estado puro, como diría Ana Oramas, que pasa su exilio de Madrid y de CC moviendo los hilos para continuar en el Congreso, donde la premian para mayor desdoro entre los suyos, que no la llevan a almorzar con Rajoy y la quieren prejubilar de la política nacional. Clavijo ha ido a preguntar “por lo mío”, los presupuestos para canarias, el REF y, ya sabe, la agenda canaria. Los políticos canarios no paran de agendar las susodichas muletillas para las islas, lo cual llegar a resultar cargante. Román, que parece ir al grano -el 75% de bonificación lo prueba- comenta que, muy bien, CC y NC van juntas en Madrid porque está en juego Canarias. Pero la reforma electoral no se negocia o se rompe la baraja.

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El político que dimitió por llegar dos minutos tarde

Un lord británico dimitió este miércoles avergonzado por llegar dos minutos tarde al Parlamento. Se llama Michael Bates. Como aquí no dimite ni Dios, encarna desde ahora una versión idealista de lo que debería ser políticamente correcto, si bien, para ser sinceros, escalando en grado superlativo los cánones de la ética. No cundirá el ejemplo, que, de lo contrario, expulsaría de la política al 99,99% de cuantos la ejercen. El desenlace de la historia que aquí se contará no la empaña, pero sí la relativiza. Me quedo con la parábola. Es un rapapolvo para cuantos se perpetúan en el cargo como si el dogma sagrado de El Príncipe de Maquiavelo fuera ese y solo ese. Sobresale tanto este episodio, de entre la turbia política nacional y local, del Gürtel al caso Grúas con declaración y amenaza de bomba, que no dudo en traerlo hasta aquí. En la política española y canaria suceden cosas que merecen su novela. Esa foto de Fran Pallero en la portada del DIARIO de un testigo clave del caso Grúas, saliendo regañado del juzgado de la Laguna bajo la lluvia tras el falso aviso del petardo que abortó su testifical,está pidiendo a gritos una resma de Alexis Ravelo a cargo de su vitriólico Eladio Monroy.

Pero lo del inglés, un gentleman en toda regla, es de novela de salón. Por increíble, esperpéntica y por higiénica. Estamos hablando de uno de los parlamentos más antiguos de Europa, en la que se reclama madre de las democracias, donde es cierto que algunas normas atávicas de protocolo regían hasta que empezaron a quitarse las pesadas pelucas albas, las capas de armiño y las calzas y zapatillas de bailarín, porque el speaker decía que se sentía como el sapo lacayo de Alicia en el país de las maravillas.

Llámenlo puntilloso o perfeccionista de psiquiatra, pero este lord ha roto los esquemas. Una vez visionado el vídeo de su inmolación, no es un primer plano de Marlon Brando, pero la escena es de cine y política contra el cinismo político que impera. El gesto -inédito, inesperado- del veterano servidor público ruboriza toda horma vigente. Su reacción fue espontánea y emotiva, y apenas duró sesenta segundos. Este lord es un ministro conservador de larga trayectoria, que empezó liderando a los jóvenes tories y que a sus 56 años suele emprender caminatas solidarias, como la que hizo de Buenos Aires a Río de Janeiro como embajador por la paz. Tiene mimbres este galgo de pinta afable que acaba de aleccionar al común de los diputados con una salida de pata de banco que lo dignifica a él pero indigna a sus colegas a los que produce urticaria oír la palabra dimisión. Hubo risas y noes.

Tenían que verlo. Bates llegó al estrado dos minutos fuera de plazo y se dirigió a la baronesa Ruth Lister que había dejado plantada a las tres de la tarde, por cuyo motivo su jefe de filas salió del paso por él y respondió sobre la brecha salarial del país: “Quiero ofrecer mi sincera disculpa por mi descortesía al no haber estado en mi lugar para responder a su pregunta en un tema tan importante”. El hombre no fingía, estaba consternado como si hubiera cometido alguna canallada y no una negligible falta de puntualidad. Bastaba, sin embargo, a su juicio, para acabar con su carrera política de un cuarto de siglo. Se le ve en la imagen abatido, el rostro descompuesto hasta el mentón, con cara de boxeador noqueado. Da pena.

Lord Bates es un hombre elegante, un barón de principios, que llegó tarde a su trabajo y lo consideró imperdonable. Se había confiado porque los muy honorables lores espirituales y temporales de la Cámara londinense suelen darle al bistec y es habitual la pérdida de tiempo en el turno de preguntas y respuestas. Pero esta vez, la sesión discurrió con agilidad y el reloj -el imponente Big Ben- le pilló sorteando los andamios que dificultan el paso por las obras de rehabilitación del viejo inmueble neogótico a orillas del río Támesis. La flema británica es como el aplatanamiento que nos estigmatiza o ennoblece -según se mire- a los canarios, y encierra un cierto sentido del humor; ahora bien, Bates será flemático, pero no estaba para bromas, se sentía al borde de lo indecente, como diría la portavoz socialista de Igualdad en el Congreso español, Ángeles Álvarez, que en relación al caso lagunero de Zebenzuí sentenció: ”A veces hay que saber renunciar en política a algunas cosas para no estar avalando lo que es una indecencia”. El grupo opositor XTF-NC presentaba este viernes una moción, al más puro estilo del lord inglés que nos ocupa, para que el voto del edil que se resiste a dimitir sea irrelevante mediante otro voto del grupo de gobierno que anule su efecto.

Bates es como una némesis odiosa para sus colegas incapaces de dejar la poltrona. Cuando el desolado lord anunció su dimisión y se marchó con los papeles bajo el brazo, estalló un clamoroso “¡noooo!” y alguna que otra risa cobardona. El hombre, en efecto, se cortaba las venas por llegar tarde dos minutos a una sesión parlamentaria y, en cambio, una legión de políticos corruptos no se van ni con agua caliente en las democracias occidentales. No, no era una parodia, pero ahí tiene Aarón Gómez un sketch.

“Durante los cinco años en que tuve el privilegio de responder preguntas desde este lugar en nombre del Gobierno, siempre creí que debíamos ascender a los más altos estándares posibles de cortesía,”siguió flagelándose. Es verdad que en Alemania se dimite por plagiar una tesis. Y que en el Reino Unido está el otro caso de aquel ministro de Energía que presentó su dimisión al descubrirse que había mentido sobre una multa de tráfico: le pidió a su mujer que lo suplantara por exceso de velocidad. “Estoy completamente avergonzado -concluyó- de no haber estado en mi lugar, por lo que ofreceré mi renuncia a la primera ministra con efecto inmediato. Lo siento.” Luego me he enterado de que la diputada causante del suicidio político de Bates confesó a The Guardian que trató de convencerle para que reconsiderara su decisión: “De todos los ministros que quisiera hacer que renuncien, él sería el último”. Debo añadir que, escuetamente, Downing Street comunicó que la dimisión, por “innecesaria”, no fue aceptada por la primera ministra. Pero no por ello deja de ser una buena historia.

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El show de Truman

La vida política -a menudo poblada de canonjías y enchufes varios- ha corrido la misma suerte que la farándula y el teatro en todas sus acepciones. Se abre la temporada con cualquier espectáculo y a lo largo del curso sus señorías protagonizan múltiples altercados, a sabiendas de que la taquilla depende del ruido que se haga en los medios y de los zascas que se prodiguen en las redes. Este año dará mucho que hablar por eso, por su carácter preelectoral. Ayer, el Parlamento canario decidió suspender las clases -el pleno extraordinario- por las cuatro gotas y el granizo. La imagen de los escolares cruzando el paso de peatones a cubierto de los adultos que enarbolaban paraguas cargados de mochilas como porteadores, contrastaba con el absentismo parlamentario. En mitad del debate sobre el coste del escaño, el de ayer era un día para dar ejemplo, y, visto lo visto, se volvió en contra de la buena imagen que demanda esa institución, siempre expuesta a cabildeos y comentarios interesados que deforman su utilidad social. Porque la democracia no es ninguna broma, y nuestro deber es velar por ella como velamos por nuestra salud acudiendo a médicos y terapeutas. Hará bien el Parlamento en hacer acto de contrición y propósito de enmienda, para cuando venga la próxima tormenta, o la tormenta se le volverá una vez más en contra, pues ya tiene bastante con la tormenta política, que es parte del guion.

Hay países que viven cómodamente instalados en la tormenta política. Venezuela es un ejemplo de manual. Maduro es un presidente en el vórtice del huracán que gobierna como si el barco nunca se fuera a hundir bajo los embates del ciclón. Esa modalidad de ciclogénesis política suele salirle rentable a más de un caradura investido de líder político bajo el vendaval de turno. Hoy mismo, Cataluña es el teatro mediático del paradigma escénico en que se transformó la política. Lo que este culebrón está dando de sí anticipa una dramaturgia que el propio Boadella apadrina desde el instante en que salió en público a proclamarse presidente de Tabarnia en el exilio de los dominios del procés.

Los parlamentos están sometidos a tormentas sin precedentes. Da igual el clima, todo es política. Y el clima político de España es de continua perturbación. No hay cámara sin trifulca ni meneo. El género ha derivado hacia las reglas del plató y el diputado se comporta como un tertuliano, a sabiendas de que el mensaje es la salida de tono, la boutade.

La investidura online podría haber sido un chiste, pero hoy ya es una opción encarnada en la figura de Puigdemont, que la sostuvo hasta última hora como un empecinado. Mañana, una vez abierta la espita, cualquier diputado puede ingeniárselas y hacer un Puigdemont con la primera ocurrencia. Está abierta la veda para que cada cual haga el numerito que le plazca. Una vez desacreditada la política como espejo de buena conducta cívica y erigida en caricatura de sí misma y declinación friki, lo más probable es que nos vayamos encontrando en lo sucesivo con continuas escenas y expresiones que alimenten la sospecha de que, a base de tanto reality en las venas, nos hemos trasmutado en personajes de un gran show. En aquella película de la era traumática del Gran Hermano, El show de Truman, el personaje de Jim Carrey luchaba para salir de Seahaven, pero el productor ejecutivo del programa de televisión, en el que vivía ajeno al fake el protagonista, movía todos los hilos para evitarlo, hasta el punto de maquinar la muerte de su padre en una tormenta. Aquí cabría preguntarse si la tormenta no haya sido una coartada de quienes querían aplazar el pleno y ganar tiempo, precisamente, para evitar cierta indisciplina de voto contra las vocales de la televisión.

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