Carmelo Rivero - 6/88 - El blog de Carmelo Rivero

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Somos nombres, denominaciones, y de hecho existe una empresa que se llama El nombre de las cosas. Otra cosa son los nombres de las personas, que evolucionan por corrientes y modas, y así, padres sin escrúpulos acribillan a bebés indefensos con nombres propios infumables, deleznables o simplemente chorras. ¿Existe algún canario que se llame Canario? Tengo entendido que no, pero no lo descarto. Acaso de apelativo, sobrenombre o apellido más o menos camuflado. Pero en cierta ocasión cotejé el asunto y, a falta de una respuesta irrefutable, guardé el tema en la neurona de los casos pendientes. Esto del nombre es un caso de juzgado de guardia. Unos padres quisieron una vez llamar a su hijo Lobo y se lo denegaron. Alguien se quejó, a su vez, de que no le autorizaran a llamar a su vástago Lenin, y conviene saberlo en el año del centenario de la revolución de este personaje que inspiró a tantos padres en la España franquista, dispuestos a vengarse del dictador con argucias de ingeniería onomástica. Los padres de Wladimiro Rodríguez Brito rindieron tributo a Vladimir Ilich Ulianov (Lenin). Pero el Gobierno, ya con Rajoy, advirtió hace unos años que de poner a los niños Lenin, ni hablar, con esta argucia: induce a confusión porque suena, más que a nombre, a apellido. Así que a hacer proselitismo a otra parte. Los padres de Pablo Iglesias tuvieron más suerte respecto al fundador del PSOE. Pero llamarse Stalin o Marx choca con la pega del burócrata del Registro Civil: actúan como apellidos, no son aptos. Tampoco Caín o Judas; ya está bien de bromas de mal gusto a costa de un inocente, en virtud de la ley que “protege el interés superior del menor”. Lo de los nombres está atado y bien atado. Trump y Putin son apellidos y quedan excluidos, amén del juego de palabras con la futura descendencia: el hijo de Putin. Hay algunos nombres de risa: Armando Bronca Segura, Carmina Carmena Carmona, Clara Luz de Luna o Dolores del Ano Prieto. Pero Canario, como tal, salvo de gentilicio o nombrete, no me suena. Tampoco sé si la ley lo consiente. Me consta que no se aceptan más de dos nombres simples o uno compuesto, que se preste a confusión o que sea contrario a la dignidad de la persona. Llamarse Catalán, por ejemplo, tendría indudables connotaciones en este contexto concreto; ya no tanto Andaluz o Vasco. Pero si a unos progenitores les da la gana, pueden llamar a su hijo Gustavo Adolfo, siempre que se apelliden Bécquer y hacerle cargar con el sambenito de poeta para toda la vida. Esta matraquilla de los nombres se rige por lo que decía: ciclos o majaderías. La tele influye mucho; el deporte y la música marcan tendencia y son frecuentes nombres de ídolos que pasan de padres a hijos. Con Mayer Trujillo, el compañero periodista de la Cope, sus padres quisieron homenajear al célebre guardameta del Bayern Josef Dieter Sepp Maier. Dice el organismo competente (el INE) que el españolito llama preferentemente a sus hijos varones Daniel (Hugo en Canarias) y a las niñas, Lucía (ídem). En Tenerife se impone Manuel y en Las Palmas, Antonio, lo cual no es nada original, una vez superada la fiebre de los ochenta de poner nombres guanches: Beneharo, Romén, Yoné, Tamait, Dácil o Chaxiraxi. El ranking de los nombres en las islas es una caja de sorpresas: en Lanzarote, el segundo preferido es Mohamed, que figura entre los 50 más habituales en las islas. Hoy me dio por ahí. Me han dicho alguna vez que Carmelo es un nombre feo y el nombre hace al monje, lo cual doy fe de que en mi caso me lo contagió. En el Registro prefieren el santoral. Pero si alguien quiere llamarse Canario, que se llame y san se acabó.

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Mi hijo de siete años emite buenas señales

Yo he vivido 60 años y ya sé que se vive contra todo pronóstico. Y más allá de toda lógica. Es la astucia bicorne del tiempo y la muerte, que decía Luis Cernuda. Se tiene suerte de seguir vivos habiendo sorteado innumerables contingencias que nos acechan desde el instante en que ponemos un pie en la calle. Todos los días sobrevivimos. Pero, ¿nos alegramos acaso por ello?, ¿somos conscientes de tal cosa?, ¿celebramos el regreso a casa del héroe tras vencer los escollos? No, siendo altamente probable quedar fuera de combate en cualquier casilla de esa ruleta. Si el héroe cae, su ocaso sí recibe una celebración, la correspondiente ceremonia funeraria. Fascinados por la muerte, le rendimos tributo; en cambio, la vida, la victoria cotidiana de la vida, carece de interés: el transcurso de los días es una de las más groseras banalidades del ser humano. No nos merecemos el premio, ya que lo desdeñamos.

Si repaso el catálogo de veces que crucé la frontera y el azar me retuvo, me recuerdo en una carretera lejos de mi isla, en otra isla, cuando la moto se negó a obedecerme y me provoqué un accidente mortal para seguir vivo, arrojándome a la cuneta entre piedras y árboles. También diré que la sensación posterior fue grata, tras segundos de inconsciencia, hasta que Porfirio, que me seguía al rebufo en otra moto de alquiler, se acercó corriendo y rompió aquella seudología fantástica.

Así que sé muy bien que uno está vivo de milagro. De la misma manera que somos producto aleatorio de una probabilidad remota de fusión entre dos gametos inconcebibles. Pero rara vez nos decimos que hemos ganado la lotería en el sorteo de la procreación, que tuvimos la suerte de conseguir plaza entre los pasajeros de esta nave exclusiva. Y que todo el monte no es orégano. “Cada mañana me digo: sabes que hoy puede ser tu último día”, me contó un buen amigo cuando rondaba estas edades que ya acumulo, y añadió a su mantra agorero: “Desde que hago este ejercicio me va fenomenal”. Su tesis se basa en convertir cada jornada en un día de riguroso estreno. No es receta para optimistas, pero encierra una filosofía infalible que hace bien a la cronobiología particular y nos reconcilia con la idea de salvación.

No hace falta correr un riesgo evidente para salvarse; puede funcionar como terapia preventiva: una especie de plan de choque basado en el tópico de Horacio del carpe diem. A menudo lo que más nos cuesta trabajo, abundando en lo dicho, es la disciplina de recordarnos como una muletilla que consumimos tiempo, agotamos energías y nos hacemos viejos sin aprovechar ese tiempo de oro, esas energías y las ventajas inherentes a la edad -la impagable experiencia- en beneficio propio. Hemos atrofiado el sentido de la complacencia, que es subjetivo, a fin de que el tiempo fluya a nuestro favor, en mejora de la calidad de vida y de nuestra libertad.

Quizá sea el menos hedonista de los mortales -el que suscribe- quien admita el error de haber vivido de espaldas a la vida 60 años con sus ondas gravitacionales en el espacio-tiempo. Fuimos niños de la dictadura y los percances económicos, bajo la influencia de la religión y los sucesos particulares. Ante cada hijo de vecino proclamo el derecho a disfrutar de la vida en nombre de todos ellos, cada uno con su lastre, que es como hablaba Walt Whitman, ecuménico y solitario, siendo yo el menos indicado. Conozco a alguien de siete años que, fruto de un mundo y entorno distintos al de su padre, parece más proclive por suerte a estas nociones que predico sin conocimiento de causa. Confío en que dé con la fórmula de ser feliz sin las fallebas echadas, con las puertas abiertas, sin las retrancas locales. Nosotros -me dirijo a los de mi quinta contravenida que llegó tarde al mundo analógico y demasiado pronto al virtual- debemos hacer un último esfuerzo para lograr un nuevo albedrío, que no sea políticamente correcto. Algunas personas me confiesan: “Cierto, me he portado bien. He hecho todo lo que esperaban los demás que hiciera, pero no sé si era eso también lo que yo esperaba de mí”. Gente admirable que lamenta no haber cometido alguna que otra travesura; habrían roto el jarrón, más no el corazón, que es lo que nos determina; sí la imagen perfecta, pero no la personalidad. Son legión los rehenes de su propio cliché, y esa generación de personajes fieles a la imagen que otros les endosaron es una generación frustrada. El citado Whitman tenía esto muy claro: “Yo me celebro y yo me canto”. Sin pecar de vanidosos, habríamos sido más libres, audaces, saturnales y complacientes en armonía con los demás. El poeta añade: “Todo cuanto es mío también es tuyo,/porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”. Al príncipe de siete años le hablé el jueves de su aniversario de la ética, le expliqué el laurel de esa palabra que debería coronarnos a todos los hombres y mujeres, pero añadí que cada cual administramos la ética en nuestras vidas. Él, la suya.

Es verdad, como dijimos al comienzo, que deberíamos tener la capacidad de festejar la vida que nos es dada, y por lo general no es así. Darle relevancia al hecho de estar vivos no es ninguna tontería. Lamentar esporádicamente qué rápido se va la vida es ir perdiendo el partido. Se vive mejor persuadidos que haciendo caso omiso. Entonces surgen los psicólogos y la autoayuda y, de un tiempo a esta parte, la necesidad de hacer cosas que empiezan a ser habituales: yoga, dieta sana, descanso, humor. Me remiten a un libro de este género, Reinventarse, y me guardo una breve enseñanza del autor, Mario Alonso Puig: las bondades de la risa. Las conozco por Pedro Hernández Guanir. La risa es mano de santo.

Cuando tenía tantas vidas como un gato, solía desriscarme por las laderas de Taganana, cuando no era en el Lomo, era en La Fajaneta, o en Asano o Afur. En un estado inexpugnable de completa ataraxia, uno estaba curado de espanto y le daba a toda amenaza un aire de naturalidad. La infancia es el periodo más útil de la vida, porque todo entraña un continuo descubrimiento. Lo que me apenó más tarde fue comprobar el lado oscuro del hombre, su malignidad, y no me he repuesto aún. Intento algunas estrategias: desde el ritornelo del axioma de mi amigo sabio delante del espejo hasta la visión del mar en que me recreo desde el belvedere de mi casa…, pero no consigo exprimir los instantes, cada día con sus tardes y noches, como debiera. No les engaño, soy un incurable aspirante imposible al gozo de la buena vida. Hay mejores candidatos que yo, felices y eficaces, que viven intensamente, son capaces de rendir y redimirse, son pragmáticos y epicúreos a la vez.

Envidiables. Yo he tenido siempre un perfil más estajanovista, como me reprochan quienes me conocen, aprecian y descreen. No aprendo. Mi hijo de siete años, en cambio, emite buenas señales.

 

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Siete años de columna

Esta columna cumple siete años, como las siete vidas de un gato, como las siete palabras en la cruz, como las siete llaves, como siete capas y un sombrero, como las siete colinas, como los días de la semana. Cinco no son montón, pero siete ya lo son. Nació con el parto de mi hijo, Ángel Benza, y, por tanto, tiene su misma edad y el mismo padre. Pero una columna periodística posee vida propia, elige sus temas y marca el guion de su deambular. Una columna no basta para mantener en pie una sola idea, acaso para levantar el dedo y que nadie te haga caso. Porque una columna es un acto de despecho en medio de una gran indiferencia, del ruido y los aplausos de la claque del poder, en medio de muchas mentiras y ninguna verdad que valga la pena.

Se escribe contra la injusticia sistemática, contra las continuas máscaras de los Gobiernos, contra la influencia asentada y aceptada de los grupos de presión y contra el cainismo atávico y rancio, que, mañana, tarde y noche, envilece a la gente de mal contra la gente de bien desde que se inventaron las capillas, los lobbies y las redes clientelares. Se escribe contra las élites que nos mangonean y creen que somos imbéciles. Pero la realidad es que todo es un enjuague entre cuatro, que a nuestras espaldas hablan constantemente de sus trapicheos. De no ser por la prensa -cada vez en menor medida- los ciudadanos vivirían ajenos al trasfondo, hechizados por las luces de la gran representación.

¿Una columna en un periódico para qué sirve? Tímidamente, para desviar los ojos encandilados por los focos y descubrir el polvo y las pisadas sobre el escenario, acaso. Y otras manchas que pasan desapercibidas, porque la mierda en todas sus acepciones se esparce y desvanece bajo la iluminación y el clown de la gran comedia. Una columna se mete en el fango y sale enfangada. ¿De qué sirve decir qué se piensa? En la era que vivimos, este oficio ya no es de periodistas. Lo invadieron los extraterrestres de las redes. Y en el ciberespacio se trafica con la verdad, se despieza y difumina. Cada cosa que se dice tiene apenas un ápice de veracidad lúgubre; las luces son para las mentiras. Pero el constructo del periodismo ya no es la verdad, sino la posverdad. ¿Y qué es la posverdad?

La posverdad también cumple siete años. Irrumpió, asimismo, en la columna de un bloguero inteligente. La posverdad es la mentira que conmueve y emociona. La posverdad forma parte de la dramaturgia del poder, de la farsa de los sentimientos; es falaz e infundada, reconstruye los hechos y se convierte en la verdad oficial. Estamos llenos de posverdades en los periódicos, en los medios audiovisuales y en las redes donde germina y crece.

Quien se restriegue los ojos y se fije en la suela de los zapatos, en los que van pisando a los demás, será capaz de librarse de los cantos de sirena de cuantos cuentan cuentos sin cuento y mienten más que hablan. Una columna apenas pellizca al lector hipnotizado por las verdades manipuladas en las grandes redes de la comunicación. Hace siete años nació mi hijo en medio de una crisis, que no era solo una crisis económica, sino una crisis de verdad. ¡En siete años he visto falsificar tantas cosas! Caímos en la era de Trump y todo lo siguiente ha sido una montaña rusa de embustes.

La verdad es que un hijo nos reconcilia con lo más auténtico. Deseo que crezca y viva y sepa deshacerse de los enredos y añagazas del mundo que viene. Me aterra el porvenir que le espera. ¿Qué nos queda que esté libre de engaño y trampa? Nada.

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Jesús Quintero, el ‘Loco de la Colina’ y las puertas del desierto

Ya no hay locos en España, decía León Felipe, desde que “se murió aquel manchego”. Jesús Quintero, el loco de la colina, lleva tiempo enterrado en su fosa favorita, el silencio. Las deudas, los embargos, la amenaza de desahucio lo cercan y su estrella se apaga, sin que le ofrezcan trabajo con 77 años, cuando en Estados Unidos, con esa edad, triunfaba el maestro de la distancia corta, de la entrevista directa, en la CNN, Larry King, que tiene en común con Quintero la marca de una voz penetrante y un origen humilde, y aun mas, algunas sombras detrás de las cámaras y los micrófonos, por sus andanzas en la vida, su mala cabeza con las finanzas y el karma que persigue a cierta raza de comunicadores: la gloria y el drama personal. King arrastra una cardiopatía congénita; Quintero, una depresión voraz. “Me estoy volviendo loco de verdad”, dijo entre amigos, desesperado por el miedo a perder su último reducto, el Teatro Quintero, en la calle Cuna de Sevilla. Y, sin embargo, creo que el loco de la colina está más cuerdo que nunca, esperando otra oportunidad para regresar. Echamos de menos al profeta, el almuédano en su minarete.

Quintero creaba la atmósfera y la escenografía. Y ponía la voz, que lo era todo, en la radio y más tarde en la televisión. Quedó el sobrenombre, el loco de la colina, pero se transformó en el perro verde, el vagamundo o el hombre de la roulot. Inventó, con ayuda de escritores inspirados en el marcapasos de su voz, un lenguaje irrepetible, como si nada fuera igual sin aquella música ni significara lo mismo sin la ceremonia de su entonación. Así cambió la faz de ese medio y en los primeros años 80 ya era dios, dominaba el timón de una manera de navegar en las ondas entre tinieblas. Era pulcro y grave, solemne, distinto y puro, tenía una formalidad de donjuán mayestático; acaso porque era tímido y distante parecía una especie de predicador en un confesionario halagándonos el oído, y, ya consagrado en las emisoras de su vida, RNE, Cadena SER y Canal Sur, terminó convirtiéndose en un auténtico mito. “El loco lo pierde todo, menos la razón”, cita Quintero a Chesterton para disuadir a los malos entendidos. Él descubrió a Beni de Cádiz, al Risitas y al Cuñao, pero nunca se rio de ellos, sino con ellos, insisitía en su defensa cuando se lo reprochaban los andaluces más suspicaces, así como nosotros con nuestro mago y su dialecto y desconfianza. Dios de la radio y de la pequeña pantalla, el loco de la colina tenía detractores, porque todas las palabras no eran suyas, y le echaban en cara que utilizaba negros a sueldo, poetas como Javier Salvado y plumas de lujo como las de Raúl del Pozo o mi amigo Javier Rioyo. Eran escritores de la radio, y sus monólogos -escritos en el aire- calaban hondo en la audiencia; nos estremecía con su voz enfática, pero sin ella las palabras no habrían sido lo mismo. Todavía pongo grabaciones con la voz pausada y profunda de Quintero alertando contra el miedo que genera el poder, y revivo los años célebres del género y mis años de oyente beato de un loco sentimental. Cierto, Quintero hablaba con palabras prestadas, pero entrevistaba con malabares que no eran de nadie, sino de él. Nadie como él entrevistó en prisión a Rafael Escobedo (el caso de los marqueses de Urquijo), que terminó suicidándose. Cuando entró en las cárceles a hablar con asesinos, violadores, narcotraficantes y estafadores no estaban los guionistas cara a cara con la cruda realidad. Miraba a los ojos al entrevistado y lo enfrentaba con sus adentros. El mendigo asesino le confesó que no llevaba la cuenta de las personas que había aniquilado. “¿Le atrae la muerte?”, preguntó. “Sí, me gustaría morirme”, fue la respuesta del hombre que dormía borracho de roinol y coñac para vencer las angustias psicóticas. Matar es fácil, le dijo un albanés que asesinaba entre risas y no salía a la calle sin dos granadas en los bolsillos. El espectador se sobresalta cuando presencia la entrevista de Quintero al empresario que mira a la cámara con rabia, crispa el puño y golpea la mesa hasta sangrar, a pocos centímetros del periodista, que en calma le pregunta si se ha hecho daño. El hombre, entonces, grita algo sin sentido: “Estoy pagando la llave del cine moderno”. Y Quintero nos dirá que, una vez libre, un desconocido le descerrajó dos tiros en un ascensor. No estaban los guionistas para adornar la escena. Mario Conde le reconoció que la cárcel enseña, pues “si se conoce el cielo y se conoce el infierno, se conoce mejor al ser humano”. Personajes de ética negra desfilaban por aquellos programas que establecen el canon de la entrevista en estado puro.

Ha muerto Daniel Viglietti, el cantautor uruguayo, al que Quintero conoció y entrevistó, como a Galeano y Onetti. No solo a presos y a frikis convocó a su lado, también a Borges y a la Pasionaria, que fueron, a su juicio, sus mejores entregas. Ya no hay locos en España, decimos con León Felipe, desde que enmudeció el loco de la colina. ¿Dónde está?, ¿qué hace?, ¿qué no hace que no está ante el micrófono y las cámaras? Está en la ruina, dicen, con el patrimonio que tenía, entre casas, coches y bufandas. Hay mucha impiedad y poco humanismo. Esta es una frase suya. Nos hemos portado mal con el loco de la colina, olvidándolo tan pronto completamente.

La actualidad de Jesús Quintero es una amenaza de desahucio por medio millón de euros. Como tantos mitos familiares, nos sentimos concernidos por el derrotero de sus vidas. Una amiga común me puso al corriente estos días del declive económico del loco de la colina. Luis del Olmo lo citó en Tenerife, en la sobremesa del Mencey, como un animal del bestiario de este oficio. A los impares, los indignados, los locos egregios les dio el mismo tratamiento que a un ministro, consciente de que Cervantes habría hecho lo mismo. Y con ellos introdujo el silencio, su gran aportación al género. El primer mandamiento del periodista es escuchar, en la escuela de Quintero, para que fluyan los secretos del entrevistado. Ahora el autodidacta onubense que soñaba con ser actor es el que calla, abatido en el paro forzoso, con cuentas pendientes. “No tengo trabajo”, se queja. Si Jesús Quintero bajara de la colina y se viniera una temporada a la isla a hacer programas a las puertas del desierto, quién sabe… Cuando lo vi la última vez, algo delgado y triste, deambulaba serio entre los invitados a la fiesta en Ibiza del productor italiano Pino Sagliocco. Hay que traer a Quintero a Tenerife, a la residencia temporal de los genios desocupados. ¡Qué vengan y dejen su huella como los dioses de antaño! Que venga y termine bajo el volcán las memorias proscritas que escribe al rojo vivo bajo el título inequívoco de Mis queridos hijos de puta. Amén.

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El oxímoron de Canarias: ricos de turismo y pobres de solemnidad

La pobreza es un problema planetario y estas serían las islas del planeta de los pobres. La respuesta del comisionado ad hoc en el Parlamento cuesta digerirla sin temor a arcadas, descartadas las carcajadas en un tema que exige un tono circunspecto. Hoy la Cámara podrá ponerle al Gobierno la cara colorada, como pedía Cáritas en nuestra edición del domingo, con acciones “contundentes”. Entre los pobres oficiales que jalonan las garitas excluyentes de la calle, figura mi amigo Andrés Expósito, doctorado en indigencia y otras ramificaciones, que daría una teórica al Ejecutivo sobre los métodos caseros para aliviar este drama sin necesidad de esperar al cambio de modelo productivo, que fue la añagaza del presidente antes de la boutade del comisionado.

Clavijo preside las RUP y reprende a Europa por sus limitaciones. “Europa tiene que reinventarse”, reconviene el político lagunero a los dirigentes de Bruselas como si lo hiciera Trump desde la Casa Blanca, con la petulancia de un perdonavidas . Pero cuando se es presidente de la comunidad campeona de España y sexta de Europa en pobreza y exclusión se pueden dar pocas lecciones. Nada impide -salvo un mínimo pudor- parapetarse tras un índice de felicidad inverosímil como en ocasiones aparenta nuestro Gobierno, al estilo de aquel rey de Bután. Dejar que la pobreza se arregle por sí sola como una plaga ecuménica, o como las microalgas, cual excrementos del cambio climático y así todo por el estilo: la violencia de género, ese infierno de los matrimonios mal avenidos, sin solución terrenal; los salarios bajos, como condena bíblica por vivir del turismo y carecer de industrias como el País Vasco, etc., etc. El presidente tira balones fuera, pero a veces se mete goles en su propia portería. Poco cuesta imaginar a Juncker y Macron escuchando su diatriba sobre el diseño de la UE en un mundo desigual, preguntándose quién es este presidente de islas tan sobrado, dando consejos de estadista por encima del bien y del mal. Semos ultraperiféricos, tengamos la fiesta en paz. La pobreza era uno de los objetivos del milenio y ahora es uno de los 17 objetivos de Naciones Unidas para 2030: erradicar la pobreza extrema. Los gobernantes canarios no se han enterado ni antes ni ahora, y a este paso las islas Canarias serán etiquetadas como el paradigma del problema que convoca a 193 países en el mundo. No estamos para sacar pecho, sino para tragar sapos, porque alguien debe responsabilizarse de este farolillo rojo, con el mayor presupuesto de la historia para 2018 (más de 8.000 millones) y los mayores récords turísticos alcanzados. Canarias, como oxímoron económico del siglo XXI -de un lado, batiendo récords de visitantes y del otro, liderando las estadísticas de la pobreza- es un insulto a la inteligencia, una caricatura de economía en la chepa del primer mundo. Si volvieran por estos lares -de regreso de sus tumbas en el día de difuntos- los filósofos cosmopolitas del siglo pasado, como Unamuno o Bertrand Russell, que llegaban a estos peñascos atraídos por su mitocracia, queriendo comprobar con sus propios ojos si Plinio y Hesiodo tenían razón sobre estas islas afortunadas…, no sabríamos dónde meternos.

Un día, el Gobierno desempolvará el paraíso. Pero en el ocaso de las estadísticas de la miseria, haría bien hoy el Parlamento en poner los puntos sobre las íes. Canarias salió mal parada hace tiempo, aunque la EPA nos diera una reciente palmadita, pues no hay peor parado que el que trabaja y no sale de pobre porque le pagan cuatro perras. Los peores son los pobres con empleo, porque son los pobres invisibles. Malimpriado, se dice en canario queriendo decir con lástima mal empleado. Cataluña habrá pinchado el globo de su economía con la estampida de las empresas. Pero Canarias hizo crack hace tiempo sin tomar conciencia hasta ahora y da penita cada vez que sale un informe y nos deja con las vergüenzas al aire.

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Cela y Antonio González en el cenáculo catalán

La figura de un canario indiscutible (hoy se contarían con los dedos de una mano los aspirantes a tal título para que no quedara desierto), que adornaba de una sencillez extrema todo alarde de su quehacer, nos resulta este domingo de resaca catalana una cita obligada. Nos obliga y urge buscar gente decente -dice Valdano-, sin dobleces, para recobrar la fe cívica en los valores que inspiraron la apenas cuarentona democracia de este país. Canarios que tuvieron visión de Estado entonces, en la Transición. ¿Y por qué me acuerdo, sin embargo, de un científico y no de un político al uso? Porque don Antonio González (anteayer se celebró el centenario de su nacimiento en Los Realejos) fue senador por designación real en las Cortes Constituyentes, y luego contaré la anécdota -la suya y la de otro coetáneo, que tampoco era político, sino escritor-, una de tantas de su biografía modesta en exceso. Con la urgencia del momento, embargados por los riesgos de este tobogán por el que se precipita la historia, lo más grave, con todo, lo sitúo en el deterioro de la calidad humana de nuestros líderes públicos, instalados en la política mendaz, esa herida del sistema que convierte la democracia en un coto de embusteros de caza mayor, transidos de odio y hambre de venganza contra el enemigo de dentro y el adversario de fuera de sus filas (Churchill dixit).

Antonio González era, con la perspectiva de estos efectos posteriores del sistema que él, entre otros, ayudó a parir, uno de los últimos hombres buenos que yo recuerdo. Era un científico beatificado por la Universidad y la ciencia allá por donde iba dejando su estela, su química. Un hombre que caía bien y trabajaba con los tubos de ensayo en la búsqueda de la quintaesencia del cáncer en las algas. Cuando yo lo conocí, imberbe y deslumbrado por su carisma -la química del químico canario-, recuerdo todas las cosas que me fue diciendo, contando, enseñando, pero guardo, como digo, el recuerdo mayor de su bonhomía. No sé por qué me reservo esa huella de entre todas las suyas, pero supongo que entonces y ahora sobresale como un hecho inaudito que alguien como aquel gigantón hecho para el básquet -que no sé si llegó a practicar-, tres veces candidato al Nobel, que se metió en el bolsillo un Príncipe de Asturias cuando aquí, en Canarias, nadie conseguía un premio de Cádiz para arriba salvo que hiciera el pino sin red en el aire como Pinito del Oro, fuera tan buena gente. Ahora me extraña aún más -como digo-, porque rebusco entre las élites cartesianas de los cerebros locales y me cuesta un esfuerzo extraordinario dar con un antoniogonzález. Los hay. Conozco a alguno. Basilio Valladares es de esa estirpe, y siempre he pensado -como hacía de don Antonio- que estaríamos más tranquilos en sus manos si, amén de científicos, esta saga de elegidos se hubiera dedicado, a su vez, a la política. José Luis Sampedro, el economista y escritor, le dijo a Évole, ya en la recta final de su vida, que los mejores políticos del futuro serían científicos. Ya ocurrió en el pasado. Pongo por caso a Negrín. Valladares, como González, tiene buena entrada en América y no menos en África. Echo en falta la tertulia de lo que hoy nos pasa en España, el cenáculo catalán donde solo opinen estos personajes solitarios, grandes pensadores que pasan horas muertas con bata blanca al microscopio ante las verdades diminutas de los graves problemas de la salud. Gente que sabría curarnos incluso las ideas enfermas. Seguiré rebuscando hasta tener unos cuantos y reunirlos con Sami Naïr mientras sea nuestro huésped en la Isla. Lástima que don Antonio ya no está. El gran ausente del momento estelar de la España que soñó siendo senador real constituyente (1977-79).

Acaso del mal catalán -con perdón del paisano Ángel Guimerá- nos sane, en efecto, los científcos más lúcidos, que griten ¡eureka! con la solución. Nos vendría bien un antoniogonzález para regir esta coyuntura -como hizo con la Universidad de La Laguna en los primeros años de soberanismo canario que desembocó en la UPC-, con Cataluña en el congelador. Los próceres de la política carecen de sentido común para sulfatar el procés y combatir la plaga que amenaza extenderse por los territorios más propensos de España, como lo fuera Canarias, que, en tiempos de Antonio González, libraba sus batallas con Madrid desde Argel.

Un antoniogonzález, que fue senador real cuando España era un laboratorio y tenía entre manos dar con la fórmula para saltar de los escombros de la dictadura con buen pie y fundar una democracia que cuadrara el círculo de la convivencia entre antagónicos franquistas y comunistas, monárquicos y republicanos. Ahora cuento la anécdota. Cuando el rey telefoneó a don Antonio para nombrarlo senador, el de Los Realejos creyó que era una broma y le siguió la corriente al presunto monarca como si hablara con un loco. Cuando salió a la calle, la noticia ya era de dominio público gracias a la radio y la tele, y don Antonio -me dijo sonrojado- sintió la mayor vergüenza de su vida por haber tratado a Juan Carlos a la ligera, convencido de que era un impostor. Don Antonio no era un desconfiado -o sí-, solo que en su caso la humildad más absoluta le hacía inconcebible que un rey de verdad pensara en él para fundar la democracia en la Cámara Alta. En aquel hemiciclo ilustre no todo, sin embargo, eran buenas palabras. Y ahora cuento la otra anécdota. El rey, en su nómina de senadores áulicos, se fijó también en Cela, que hoy habría soltado alguna patujada sobre el cipote de Cataluña en el Estado de Archidona. El Nobel gallego de tirantes como Fraga dejó célebres arrancadas desde el escaño. Cuando el presidente de una sesión lo sorprendió en brazos de Morfeo y le preguntó si estaba dormido, respondió que no, que estaba durmiendo, “pues no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”. (En uno de sus textos menores abordó el caso del cipote de Archidona, incidente jocoso del que este martes se cumplió un aniversario camino del medio siglo, en el que un joven semental de la provincia de Málaga resultó detenido por salpicar a los espectadores de un cine con una catarata de su viril champán mientras la novia lo masturbaba en la oscuridad de la proyección: “Honra y prez de la patria y espejo de patriotas”, escribió Cela). Lo que ha ocurrido este viernes 27-0 -centenario del nacimiento del químico paisano- es que se ha roto el invento y ahora hay que dar con otra fórmula química para conciliar las esteladas y las rojigualdas, la independencia de cinco horas y los cuarenta años de democracia. País de golpes y contragolpes que hacen de España, de nuevo, un corral de comedia, de pueblo atiborrado de calle y cava, de carnaval y fullería. Paren el reloj y den con la fórmula. Es la democracia la que está en el tubo de ensayo. Que vengan las urnas y los científicos, y don Antonio nos bendiga.

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‘Al vent’, ‘Ja sóc aquí’ y el ‘seny’ de las palabras

El 23 de octubre de 1977, Josep Tarradellas compuso un himno en un balcón, que cuarenta años después -por estos tiempos contravenidos- coloco al lado de la letra de una canción que muchos coreábamos sin saber catalán: Al vent, de Raimon. Por razones que son difíciles de explicarse a uno mismo -cuánto más a los jóvenes desinformados que asisten a esta involución política que nos estalla en la cara esta semana-, yo recuerdo con emoción oír aquel parlamento del venerable -y molt honorable- Tarradellas, con 78 años, y en particular las palabras que luego quedaron grabadas como ese estribillo al que me refiero: “Ciutadans de Catalunya! Ja sóc aquí!”.

Ni Tarradellas ni Raimon podrían sospechar jamás la deriva de odio y cicuta que envilece la política de España estos días, al límite de una hipótesis maldita: la ruptura territorial del Estado, como si Cataluña aspirara, en términos de deicidio europeo, a encarnar un brexit extemporáneo del Estado de las Autonomías. El escaso respeto que se presta a las palabras, como reconviene Javier Marías al espectro soberanista en un artículo de El País, conspira contra quienes perpetran ese atentado a la lengua, y de ello podremos tener debida cuenta estos días en Tenerife con la presencia de Darío Villanueva, director de la RAE, y una cumbre de académicos de las dos orillas. Tarradellas nos previno ya entonces de la perversión del lenguaje y las ideas, de los riesgos de subvertir la convivencia bajo argucias sentimentales de política de bajo vientre. Y los hechos han demostrado que el cauce se ha desbordado, que aquellas aguas revueltas sobre las que el anciano exconsejero de Companys llamó a la concordia a los ciudadanos de su país ahora son presa de una tormenta irrefrenable, donde tortura o golpe de Estado terminan por no significar nada en la deformación absoluta de su mal uso desproporcionado. Es la muerte de las palabras, no de cualesquiera, sino de estas que más duelen en la memoria de españoles, catalanes o canarios. Tarradellas nos tocó la fibra sensible desde un balcón y se metió en el bolsillo con el seny de unas cuantas hermosas palabras a los suyos y a los demás. Cataluña se irguió con el adalid que volvía del exilio en son de paz.

Pero hoy no está Tarradellas, ni hay un Tarradellas en leguas. No hay estatura -medía el doble que Pujol-, sino una mediocridad política que ha arrasado con el fuselaje económico e institucional de la que, sin duda, era la comunidad más avanzada, europea, culta y vanguardista de las Españas antes y después de la República. Y cantábamos “al vent,/la cara al vent,/el cor al vent,/les mans al vent,/els ulls al vent,/al vent del món” (al viento,/ la cara al viento,/ el corazón al viento,/ las manos al viento,/al viento del mundo). Siempre sentimos cerca esas palabras (las de Raimon y Tarradellas), como si hablaran de nosotros, de nuestras compulsiones de entonces, que era un tiempo de desmentidos, de una España que resultaba ilesa tras la dictadura -incluso, tras la guerra- en lo más íntimo de sus creencias: la libertad, la democracia, el autogobierno, la pluralidad, la convivencia. Lo que ahora nos sucede y desatina es que estamos sufriendo el síndrome postraumático de una generación que acogió todos aquellos conceptos como sustancias esenciales de un cóctel que llamamos Estado de las Autonomías y que ahora no vale un carajo.

Pues resulta que unas cuantas opiniones han dado la vuelta al calcetín, y miles de seguidores convienen en pensar que no tiene sentido la cohabitación entre Cataluña y el resto de España. Y esto es lo que no nos cabe en la cabeza, porque cantábamos al vent como cantábamos “quizás porque mi niñez/sigue jugando en tu playa/y escondido tras las cañas/duerme mi primer amor”, del Mediterráneo de Serrat. Y no aceptamos que Tarradellas haya dejado de ser el político que nos ganó para una causa que, de pronto, otros, menos sabios y seguramente honestos que él, han hecho trizas sin medir las consecuencias ni las inconsecuencias de sus actos.

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Luis del Olmo, con la piel de la radio

Luis del Olmo es leyenda viva de la radio, que si no estuviera manida sería una frase hecha a propósito. Leyendas de esa estirpe fueron también Bobby Deglané, Raúl Matas, Soler Serrano, Oliveras, Juana Ginzo, Matilde Conesa, José Luis Pécker, Matías Prats… y Gabilondo. Los dioses de la radio, que es como más me gusta llamarles (y entre ellos hay más de un canario, más de un Leocadio Machado), son personajes que trascienden la figura convencional del periodista y locutor, pues el tiempo los modela como héroes elevados al altar en lugares destacados de la casa. Estos dioses penates regían los destinos de las familias más y menos pudientes, su ámbito colegiado de influencia ha sido históricamente fenomenal, para envidia de los dirigentes políticos. En los tiempos bíblicos de mi infancia, el receptor físicamente ocupaba el sitio de honor; hasta que el televisor irrumpió en la intimidad de los hogares, la radio era la loca de la casa, como llamaba a la imaginación Santa Teresa de Jesús; era el centro de atención, una epifanía que colapsaba cualquier otra manifestación entre los miembros de la familia. El aparato, en todos sus múltiples diseños que Luis del Olmo colecciona con un rigor museístico, se depositada en lo alto como un tótem especial: en la cocina, en el comedor, en el cuarto del matrimonio y a menudo en el cuarto de baño. Era un objeto que era un hábito de vida y tenía el don de los oráculos: la gente vivía, leía y se relacionaba bajo la bulla básica de la radio, que era un sonido de subsistencia en un país que guardaba un recuerdo radiofónico de la guerra. Y hoy la radio sigue siendo un vehículo de paz en tiempos convulsos.

Luis del Olmo es uno de esos pilares sobre los que se yergue la radio en un mar de oyentes. En el almuerzo del Mencey, que no fue ajeno a la monografía catalana que domina la conversación de este país, le hice las confesiones de un fan agradecido de su magisterio. ¡Es que Luis del Olmo, como Iñaki, en RNE, en la Cadena SER, en la COPE o en Onda Cero tocaban el cielo en las ondas y tenían la piel de la radio! Yo sé bien a quién teníamos de huésped este jueves en la isla, entre los once galardonados con los Premios Taburiente de DIARIO DE AVISOS.

“Luis, eres leyenda de la radio”, le dijo Juan Cruz, también premiado, y el gran predicador en tiempos de paz se encogía de hombros a dos metros de altura. “Leyenda es una trampa de la edad”, se defendió con media sonrisa. Juan Cruz citó a Emilio Lledó, premio Leyenda de libreros. “Ves, otro sabio”. Cuando Luis del Olmo, minutos más tarde, descorchó el micrófono e hilvanó aquel discurso desde su olimpo sobre la libertad de expresión, cerré los ojos para escucharle como cuando era niño y lo hacía en el balcón de mi casa; era el mismo orador que me hablaba todos los días cuando yo no escuchaba sino devoraba la radio y mandaba poemas en mi ciudad para que los recitara Genovena del Castillo o para que los publicara la Ballena Alegre en sus cuadernillos de Madrid. En medio de una dictadura que cortó la libertad a matarrasa, Luis del Olmo nos educaba el oído antes de que ella llegara a la misma radio. Luego supimos que los terroristas de Eta lo quisieron matar ocho veces consecutivas y que no dejó que el miedo le robara el valor de la palabra, con todas las espinas de esa rosa. A Luis del Olmo lo salvó, por ejemplo, que un día viajara a Madrid a entrevistar a su amigo Baltasar Garzón, porque, en caso contrario, lo esperaban en Barcelona con un coche bomba. Ese hombre estaba allí, en el atril del Guimerá, enarbolando con 80 años recién cumplidos la bandera de su vida, la de este diario, la de los periodistas que no sucumben a las propagandas del poder. Dijo esa noche una vez más, “buenos días, España”, transido de Cataluña por los cuatro costados, que es su España imposible, donde habita y deshabita el sentimiento frustrado por la audiencia escindida. “Escucha hoy la radio después de la entrevista a Vicente del Bosque”, le dijo a Merche, su mujer, la mañana que se levantó con la decisión tomada. Y en el momento previsto se despidió de los oyentes: “Mi olfato me dice que hay que bajar el telón”. A Antonio Calderón, el padre de los efectos especiales (y de Javier González Ferrari y del cuadro de actores de Radio Madrid), lo apearon de la radio en contra de su voluntad. A Bobby Deglané se le saltaban las lágrimas en la Gran Vía añorando su estudio, su micrófono, su adicción. La radio mata a sus dioses de mala manera. A Luis del Olmo le salvó el olfato a los 77 años. Voz y luz, en lo alto, radio y faro: Luis del Olmo. Entré una vez a ver su voz en acción. Algo así como entrar en la cámara secreta del faraón. Logré meterme en RNE hasta el estudio donde Luis del Olmo fabricaba sus cuatro horas de Protagonistas y descubrí las entrañas del célebre programa con diez millones de oyentes; vi cómo lo hacía, por qué había en todo un aroma contagioso de belleza y elegancia. Vi a los guionistas corriendo por los pasillos y a él recibiendo con la mano extendida los guiones como partituras que interpretaba de un modo espontáneo en el aire. “Tiene usted acento gallego”, le objetaron en una prueba de radio, porque ser de Ponferrada es ser gallego en la frontera. Como ser de Canarias era una rémora en Madrid. En la sobremesa, Del Olmo no paró de citar a su competencia amiga, Iñaki Gabilondo. Si Díaz-Plaja los hubiera conocido, habría hallado la excepción del pecado capital español: la envidia. Dos dioses colosales, inasequibles a la rivalidad, ambos premios Taburiente de esta casa.

El problema de España era el País Vasco, la cuna aguerrida de Iñaki, y ahora es Cataluña, la tierra adoptiva de Luis del Olmo. España era una bicefalia radiofónica en boca de estos dos geniales portavoces. Ahora el país tiene la cabeza de Jano con las dos caras abriendo y cerrando los informativos al portazo limpio. Tras recibir el premio, Luis del Olmo miró con afecto entre los galardonados a José Antonio Pardellas. Ya había escuchado al editor de este diario, Lucas Fernández, y a Pedro J. Ramírez, Iñaki Gabilondo y Carlos Herrera, y no lo dudó, se despachó a gusto, habló del periodismo de DIARIO DE AVISOS, sacó la ballesta en defensa del “derecho de los ciudadanos a ser informados sin interferencias de los poderes públicos”, esgrimió el fuero del periodista y agradeció el Taburiente como un “acicate” para buscar el inconformismo en la verdad de las cosas, como “el oxígeno y el alimento de la libertad de expresión.

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La tía Carmita

Mi tía Carmita no era una mujer de letras; estaba casada con un librero, pero no leía libros. Había sido, como las hermanas, educada en las labores del hogar y el oficio de costurera, que me parece que tampoco fuera lo suyo. Saludaba a las plantas, aprehendida de olores en la azotea, y hacía encaje de bolillos para que les diera el sol adecuado, con el mimo de quien no trajo hijos al mundo. Poca mano culinaria, no acertaba con la dosis de sal en las sopas que almorzábamos sin rechistar con mi tío Paquito, que era el librero y se leía todos los libros que caían en sus manos.

Formaban una pareja de disímiles. Tan ajeno el uno al otro en gustos y preferencias, pasaron la vida juntos hasta que la muerte los acabó separando sin querer evitar que ninguno de los dos se quedara solo. Un matrimonio sin descendencia se deja llevar por la corriente, libre de ataduras domésticas, hasta que termina varado en la orilla con los achaques de salud y el implacable azote de la edad. Mi tía era fuerte y de hecho ha vivido 93 años. Sobrevivió al marido librero y desmintió los cánones: él, que se bebió una biblioteca entera, terminó padeciendo alzhéimer; ella, en cambio, si acaso lectora pasiva como las mujeres de maridos fumadores, no se dejó picar por ese aguijón y nunca se desmemorió. Con los ojos cerrados, exhausta y ciega, recordaba por la voz la identidad de su hermana menor y se adornaba con recuerdos precisos que dieran coherencia a sus palabras. Carmita había sido, como Paquito, jacarandosa y, por tanto, carnavalera. Mi tío tenía buen timbre de barítono del Tronco Verde; ella seguramente se enamoró de su voz, como tantos idilios de la época, contraídos gracias a la radio y las rondallas. Solamente se le reconocía -en las fotos del álbum familiar- una debilidad: lucir el talle sin medias tintas, vestir para que los hombres la miraran, y así ejercía una suerte políticamente incorrecta de feminismo machista, pues tenía carácter y no toleraba que nadie se le propasara.

En el ocaso de un matrimonio seguramente feliz, perdió los estribos de su vida. Ya sin el apoyo de mi tío enfermo, acogido por el padre Antonio en una fase terminal, Carmita saltaba a la calle, casi sin autonomía física, y obligaba a parientes y familiares a seguirle el rastro antes de que se hiciera de noche. Su casa era una fortaleza inexpugnable que con mis hermanos frecuentaba de niño aficionándome a los libros de mi tío Paquito y las sopas saladas de mi tía Carmita. En aquella casa se oía música clásica y se leía a los clásicos. Era un sitio culto. Mi tío nos decía: “¡Vayan al teatro aunque se duerman!”. Entre aquellas paredes se habían escrito dos libros de cierta relevancia: El antiguo Santa Cruz y Anales del Teatro en Tenerife, de Francisco Martínez Viera, el fundador de la librería La Prensa (Calle del Castillo esquina a Suárez Guerra), que heredó su hijo. Era un hombre bajo y enjuto que parecía firme y conciliador, a la vez. Fue alcalde de Santa Cruz y masón. Mi tía lo cuidó desde que se casó con el hijo; en la habitación de Viera había documentos importantes, libros singulares y manuscritos, o los recortes de sus críticas teatrales del Guimerá y sus crónicas santacruceras en La Tarde, el periódico que ayudó a promover con fines claramente políticos.

En ese ambiente de aislamiento progresista, que hacía de la casa de San Martín y la librería de la calle del Castillo dos refugios contestatarios, mi tía se desenvolvía con dominio de sí misma. Eran célebres sus prontos. La tía Carmita tenía siempre a mano un espantón. Ahora se nos ha ido como una de sus flores marchitas, tierna y apaisada, casi como una hoja de papel. El diácono apretó un botón y ascendió el ataúd, que me trajo recuerdos precedentes de mi madre. Uno se empeña en querer creer que los hermanos -Carmita, Zaida, Juanito- se han reunido. Y Olga dice quitándose presión que por ella que esperen. La familia.

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Las ‘guerras’ africanas de Canarias

Si algo da sentido a todo cuanto nos sucede es la posibilidad de superar el bostezo y que se nos agite la conciencia, como si todo lo que ocurre ahí afuera se acomodara en el cóctel interior de nuestras cabezas. Y así van pasando los días, entre altibajos, creyendo siempre que lo último es lo concluyente, pues nada nos impele tanto como un desenlace inminente. Esa sensación de vértigo que nos apasiona. Sin embargo -para algo están la historia modesta de unas islas y la historia no tan modesta en su conjunto- todo eso es una soberana mentira. Nada nunca es definitivo. Cataluña hoy, como Canarias ayer,está en esa tesitura y ya nadie -salvo unos pocos añosos- se acuerda. Pasamos temporadas como esta de auténtico frenesí y nos resulta cómoda la adaptación al rojo vivo entre todos los colores. Así que cuando llega el puente del Pilar y se suspende el tiempo -que es nuestra mayor falta de autonomía- sentimos mono de acción como los marines tras la guerra.

Cuando nada verdaderamente interesante nos pasa, nos pasa eso. En circunstancias de soñarrera y holganza echamos en falta, claro, un revulsivo. Santa Cruz, la eterna ciudad muerta que rebate semejante latiguillo con sus plenilunios y aquelarres comerciales, concilia misantropía y carnestolendas como las dos caras de su moneda de curso legal. Pero no es solo Santa Cruz, es Canarias en su doble vertiente, es Canarias a la chita callando y saltando por los aires como un caballo desbocado, que no había sino que verla cuando mataron a Bartolomé García Lorenzo y etcétera. En tiempos que yo viví en primera línea de fuego informativo, de esto, de Canarias, hablaban con esta ansiedad catalana los periódicos de España.

Todo ese clima histérico, histriónico, apenas histórico -pues todo ya se disipa en un santiamén- no impedirá que Barcelona siga siendo la que Lorca (y Vargas Llosa hace apenas una semana) describía como una ciudad divertida. Canarias, que rezuma Carnaval, también fue en su día una tierra amargada con Madrid. Como en los seres vivos, estas mutaciones se dan, son estados de ánimo. A Barcelona la ha mirado un tuerto. En la Transición nadie se habría imaginado a la ciudad más europea que tuteaba a París emparentándose con el Kurdistán. Era la suite de España cuando yo desempeñaba con Martín la corresponsalía del Diario de Barcelona, el periódico más antiguo de Europa, y Santiago Vilanova y Lluis Bassets nos demandaban desde el palco de la capital política más avanzada de las Españas ciertas crónicas africanas sobre los conflictos que se libraban aquí abajo entre saharauis y marroquíes, y, en apariencia, entre Canarias y España. La OUA envió una delegación a las islas para testar qué, además, de la calima se podía considerar aquí legítimamente africano. Aquellos años -va camino de medio siglo- en nada tenían que ver con la dulce modorra insular. Todo lo que nos pedían nuestros jefes del Diario de Barcelona -y de Triunfo- eran noticias de las confrontaciones magrebíes bajo el balcón de las islas y de nuestras vicisitudes con Madrid . De ahí que pronto cultivamos una adolescencia periodística en la rama insólita de corresponsales de guerra y no solo de corresponsales a secas. En Madrid y Barcelona se preguntaban todo el tiempo, durante años, cómo iban nuestras cuitas africanas con España y con Marruecos por tierra y por mar, con los petardos de Cubillo y nuestros rehenes del Polisario. En las calles de Las Palmas cubríamos secuestros de saharauis por la policía marroquí y a veces había secuencias de zulos con armas para una inminente invasión, todo ello amenizado con planes secretos de espías de África y Europa en una continua beligerancia insular. Eran guerras paralelas que se entrecruzaban: de una parte, los independentistas progresaban en alianzas con Gadafi, con Bumedián o con el propio Mohamed VI,como si en verdad fuera a ocurrir algo gordo, la invocada descolonización. Y de otra, Marruecos y el Polisario proseguían con sus diatribas, inconciliables, en una guerra con muertos de verdad y Canarias en medio de ese tablero. Eran historias de una guerra de nervios. Viajábamos a Tinduf porque formaba parte indisociable de la crónica africana de Canarias. Ahora todo parece en orden en este solar comparando con Cataluña, que entonces era el Nirvana de todos los sueños cultos de Europa, una tierra de alta alcurnia.

Cuando aún no habían sido depuestos del todo los viejos dioses penates de la dictadura española, ni habían llegado todavía los nuevos dioses de la democracia a hacer de esto un país decente, Canarias era, en efecto, un volcán. Y las miradas y los ministros de Madrid se posaban sobre las islas como ahora no quitan ojo de las Ramblas y aledaños. Cuando el 1-O la policía repartió estopa en Barcelona, le recordé al teléfono a Román Rodríguez, que era un estudiante de medicina, la trágica jornada en que un agente disparó a dar y mató a Javier Fernández Quesada, a las puertas de la Universidad de La Laguna, en su presencia. Román socorrió, entre otros, a la víctima bajo el fragor de una represión de balas de fuego. Nada de lo que hemos visto ahora nos coge de nuevo a quienes calzamos cierta edad. La idiosincrasia del canario, con su cachaza y sus prontos, desafió al Estado antes que Cataluña -sin ponernos a rivalizar en disgustos-. Cuando estas aguas parecían calmarse, a Olarte -que le afeaba la conducta al centralismo con frases como: “Madrid va a saber lo que vale un peine”- se le metió entre ceja y ceja que no bajaba los impuestos de los Cabildos si el Estado no compensaba, dijera lo que dijera Bruselas, y encerró en un laberinto impensable al Gobierno de Felipe González a poco de entrar en la Euorpa comunitaria. El episodio se lo recordé a Carlos Solchaga, que era el ministro de Economía y Hacienda, en su visita al Foro Premium. González era más impulsivo que el flemático Rajoy, y Solchaga tenía más poder que un ministro. Ambos amenazaron a Olarte con aplicarle a Canarias el artículo 155, que ahora acojona tanto en Cataluña. Nos habrían suspendido la autonomía. “Nos quieren mandar los tanques”, me dijo entonces Olarte para El País. Y si la sangre no llegó al río fue porque el secretario de Estado era José Borrell, y el consejero de Hacienda, José Miguel González. El mismo Borrell que vino a pacificarnos a los canarios y que, casi treinta años después, fue el domingo pasado a Barcelona a reconducir a los catalanes.
Las rabietas de Canarias con el Estado dejan chiquita a Cataluña. Pero las islas nunca se dieron importancia.

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