Carmelo Rivero - 8/92 - El blog de Carmelo Rivero

Los Realejos, en la hora de la verdad

Somos una tierra con nuestras vergüenzas y nuestros oropeles, y algunos tesoros en las entrañas. Pero si Stevenson levantara la cabeza haría, negro sobre blanco, otra clase de prosa aventurera de estos lares, donde el secreto de todo es la semilla del mal. Esta llama ha tentado más de una vez a Arturo-Pérez Reverte, según propia confesión, pero al escriba local no se le pasa por alto nuestra querencia por la tragedia en mitad de los clarines del turismo y el Carnaval inminente. Nuestros dramas viscerales nos acompañan, nuestros cadáveres en el armario, nuestra rutina de maldición en maldición. Ahora mismo, en toda España se habla de nosotros, del crimen de Los Realejos; los líderes nacionales dirigen sus pésames a la familia de la víctima y condenan el primer deceso machista del año. Somos carisma y somos infierno en un totum revolutum. Islas y ruinas, decía María Zambrano. Nos hemos curtido en la crónica negra: los crímenes del Olympo y de los alemanes en Santa Cruz, cuando nos dio por ser la tierra abonada de A sangre fría, de Truman Capote, palmero sobrevenido desde que adoptó el apellido del padrastro, cuya figura idolatra Hollywood, que es un capítulo aparte para concluir este breve memorial de la violencia de género.

Somos fuegos artificiales, también, porque el Saturno que nos habita y devora nos impele, a su vez, a las saturnales paganas del Carnaval. Lo llevamos en la sangre y se manifiesta en las verbenas de pueblo, que yo presenciaba espantado en un festín de trompadas y vasos de vino del bar a la plaza, y se exterioriza en la gran farándula de Fitur, como ahora mismo, que es la bacanal de los malavenidos. Y hacemos ese doble juego de almas enfrentadas sin dejar de convivir, de ser pueblo e infierno.

En la España profunda del crimen de Puerto Hurraco en una pedanía extremeña se hizo ascos de ese pueblo envilecido de rencillas familiares. Yo me decía de niño, mi pueblo es así, y no lo consideraba una afrenta, sino una constatación. Sobre infiernos e islas se ha escrito mucho y nada nuevo hay que añadir a lo dicho. El hecho es que ha tocado otra vez la desgracia a la puerta. Pero Los Realejos no son un caso aparte, nuestra memoria lo acredita, aunque a veces pasa tiempo y se nos olvida que el volcán está dormido, pero no extinguido. Sí, de ese dramón congénito de los pueblos rurales y endogámicos hemos sido un gran vivero. Cantera de odios siempre hubo. Los años en que frecuenté por dentro las venas montañosas de Anaga conocí historias de ajustes de cuentas que creaban una atmósfera al límite de la tragedia, como si todas las condiciones estuvieran dadas para que corriera la sangre en el momento menos pensado.

Dámaso El Brujo es de esa progenie, hijo del mismo trauma del Batán que nos atraviesa el rostro como una herida mal cerrada. La serpiente ronda nuestras cavernas y asoma de cuando en cuando, a veces en medio de un oasis de calma como este viernes en Los Realejos, un episodio descarnado que ahora será abierto en canal porque las tripas de la tragedia siempre acaban saliendo a la luz, con los argumentos de cada parte sobre los hechos consumados.

La violencia de género es todo un subgénero de la crónica negra, y tiene en las islas un caldo de cultivo que estremece, por lo dicho. El asesino que roció con gasolina a su novia y la quemó en La Palma abunda en esa siniestralidad de nuestra idiosincrasia a veces monstruosa. Nos desgarran estas noticias de la peor calaña, pero son parte de lo que somos, trasunto de la introversión isleña. El asesino se esconde en ciudadanos de buen comportamiento y aflora como una bestia que no fuera real, uno más de los engendros que preferimos alejar de la realidad entre las bestias de Alan Poe. Esas cosas y esas coces del hombre camaleopardo. O cualquiera de tantas historias macabras de Lovecraft. Pero son nuestros tristes tigres, no busquemos mitos fantásticos ni pretextos en los libros. El crimen de Los Realejos es real, se compone de los elementos de otros tantos, numerosos, crímenes anteriores que tiñeron de sangre esta sociedad que asocia la tierra, la casa y el hondón de la especie con la idea primitiva de la muerte, causa que cubre de luto el mundo entero a estas alturas de la historia.

Es cierto que ese lado oscuro se toma períodos -por suerte, largos- de descanso y la vida se vuelve en apariencia pacífica y distendida. No estamos en las islas matándonos continuamente. Somos una mezcla de Dioniso y arcadia bucólica, pero nos asaltan nuestro démones interiores y sacan lo peor de cada lugar.

Ahora, en toda España, se habla de nosotros, como dije, por este caso de violencia machista que inaugura la lista oficial de mujeres muertas a manos de hombres. Un foco lamentable que hace daño y exige decisiones de gran calado, nunca más parches. No es un estigma exclusivo de estas islas, donde es cierto que se multiplican las denuncias de este cariz, y ese no es baldón, sino una prueba de la respuesta debida a las campañas que invitan a visibilizar este problema, a ponerlo en conocimiento de las autoridades y a colocar la venda, si se tercia, antes que la herida. El golpetazo, sin embargo, es tal que despertamos a la cruda realidad, a las lacras soterradas que son parte de un destino.

Es un momento álgido de movilización de la mujer en defensa de sus derechos. El mundo despidió el año bajo el fuego cruzado de las mujeres de Hollywood contra los endriagos de Weinstein, hartas de ocultar un estado opresivo de una industria que las divinizaba y destruía como personas bajo un mismo silencio cómplice del statu quo. En tanto se ha extendido ese estado de opinión, han ido proliferando los gestos y las plataformas de mujeres consagradas por el éxito del cine o la televisión, que se han conjurado para abrir las ventanas del infierno de par en par y nombrar a las sombras por su nombre. MeToo, Time’s Up o El tiempo ha terminado prometen airear los escándalos cuyas víctimas no son siempre glamurosas actrices sometidas por productores depravados, sino trabajadoras, inmigrantes, lesbianas, bisexuales, transexuales… Es un camino recién inaugurado por el que desfilarán novedosas fórmulas legales y de orden cultural y social que adivino acabarán poniendo fin a una situación insostenible de desigualdades impropias del siglo XXI. ¿Vendrán los robots antes de que la mujer se libere? Resulta inconcebible.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

‘Sembrar’ el turismo

Hace poco más de medio siglo, esta todavía era una tierra de emigrantes, necesitada de salir para que entraran las remesas que paliaran el hambre. No nos basta con toda la evidencia histórica del medio siglo pasado y de los siglos anteriores en que zarpaban familias hacia América como un tributo en sangre, para cobrar conciencia de ello. Más reciente, la crisis económica obra un efecto semejante. Al cabo de poco menos de diez años, ha vuelto a circular el dinero, se crea empleo, nacen nuevas empresas y hasta la construcción, herida de muerte por la burbuja inmobiliaria, resurge de sus cenizas. Quiero decir que ahora mismo, casi nadie recuerda -o prefiere no hacerlo- aquellos tristes años descaecidos en que estábamos sedientos de euros. Los años de la seca, como el título de la novela herreña de Víctor Álamo. Pues la misma desmemoria impide alcanzar a ver que hace tan pocas décadas por estos lares no había indicios de que el turismo se convertiría en nuestro motor económico. Nuestro pan, nuestra panacea.

En un mundo curioso y aprehensible de amplias dimensiones cercanas gracias a la expansión de las comunicaciones aéreas, queda abolida toda noción de distancia y caemos seducidos por la tentación de viajar. Viajar se ha vuelto lo más natural del mundo. Viajar es lo que hicieron el año pasado más de 1.300 millones de personas en un planeta que cada vez se conoce más de extremo a extremo. Recuerdo la vez que viajamos un grupo de periodistas a las islas de Java y Bali, en la remota Indonesia, justo en nuestras antípodas del globo, y el viaje fue un brindis a las leyes del espacio y el tiempo. Sin apenas escalas, nos pusimos en las tierras de Suharto como está mandado y disfrutamos de Yakarta y las calles musulmanas cuando todavía no había terrorismo yihadista, y yo me iba andando a la mezquita y me descalzaba respetuosamente atraído por la invocación del muecín que llegaba hasta el hotel por la megafonía desde su minarete. El instinto de viajar, de culoinquieto, tan canario, le lleva a uno a sitios remotos y es lo que, a la postre, nos queda de la visión del mundo cuando soltamos la mente y la dejamos que vuele a los lugares que en ella quedaron grabados de los múltiples vaivenes de nuestra vida.
España ya es el segundo país más visitado del mundo, detrás de Francia y por delante de Estados Unidos, según informó ayer la Organización Mundial del Turismo. De suerte que no es ninguna fanfarronada añadir que Canarias es la segunda comunidad con más turistas de todo el Estado, detrás de Cataluña (inmersa en su debate de la turismofobia) y por delante de Baleares. Dicho en vísperas de Fitur es como ir segundos en la Champions al Mundial. Pero, como se dijo al principio, esto es una conquista de poco para acá, en términos de grandes periodos de la historia reciente.

En las fotos de ayer y de hoy caben, por tanto, dos imágenes de Canarias: la de los barcos atestados de inmigrantes que se disponen a cruzar el Atlántico y la de los flujos de turistas que arriban en modernos aviones procedentes de distintas capitales del mundo. Canarias se lo empezó a creer cuando lo vio reflejado en el PIB. Por esa razón los hoteleros eran siempre foráneos, y esta industria le debe su razón de ser a una serie de aventureros, que por una ilógica fiebre emprendedora concibieron ciudades cosmopolitas en los eriales del sur que daban pena en los años 60 y 70. Manrique inventó Lanzarote y Santiago Puig, Playa de las Américas. Nos hemos emborrachado de éxito turístico y quizá nos hemos olvidado de sembrar el turismo, como diría Uslar Pietri, que reprendía a sus compatriotas por no sembrar el petróleo.

Con 16 millones de almas al año viniendo al paraíso como intuyó la mitología, ha llegado la hora de hacer recuento de la carga y el espacio. O llegará el día que no lo contaremos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El instante más oscuro

Es la proverbial cuesta de enero la que nos atora. Después -fingimos- todo será coser y cantar. Pero las anfractuosidades del camino no hay quien las evite por nosotros. Decían los políticos locales más avizores, tipo Adán Martín o Victoriano Ríos, los dos ausentes que más pesan en la memoria de su partido tras 25 años -con este- en el poder, que había que mirar en lontananza, con las gafas de lejos bien puestas, sin perder hilo de lo que acontece, pero vigilantes y previsores respecto al mañana, que es la asignatura pendiente del dirigente cortoplacista de turno que gobierna para hoy, para ayer, para antes de ayer, pero se olvida de mañana, que es tanto como sembrar y que no llueva. En estos días de sequía, precisamente, y pese a las cuatro gotas de unas esporádicas borrascas que no nos consuelan la sed como el trabajo ya ni siquiera calma una vida austera de nueva pobreza, nos aturden -son los preludios de enero- las malas andanzas que adivinamos en el horizonte. ¿Pero quien atina a ver tan lejos, acaso, en la política corta de miras de hoy? El político canario -o todos por igual-, escasamente culto y desentendido, no se complica la vida con premoniciones y planes para las generaciones futuras, como invocaba desde La Laguna Jacques-Yves Cousteau en los años 90; suele darse más importancia de la que tiene, y de ese halo proviene una unción de pequeño líder que levita en el poder. Luego los ves cruzar una calle, tiempo más tarde, y en su condición de gente de a pie arrastra esa extraña zozobra, hasta que la decepción los abandona si no les amarga la existencia de por vida.

Vienen curvas y apenas tenemos líderes al volante. Ahora que la moda es Ciudadanos y una bella candidata inteligente de cuello alto crea tendencia -Arrimadas debe estudiar el caso de Ségolène Royal, por la que suspiraba Francia también- , todos los barones varones quieren ser Albert Rivera y mañana el PP convoca junta directiva nacional porque viene la ola naranja rompiendo las encuestas. En las islas, donde los vientos de Europa se topan con nuestra calima y llegan al ralentí, ya hacen cuentas los partidos con la reforma electoral que se desatasca este martes para tratar de averiguar cuántos tendrá en su bancada Melisa Rodríguez en junio del 19. Están los partidos que arden por dentro con todos los demonios familiares al descubierto porque este año es preelectoral y nadie tiene asegurados el cartel y la soldada para los cuatro años siguientes. Se dan codazos a tutiplén. En tiempos, se daban paraguazos por el agua, como sintió en sus huesos el ínclito Wladimiro Rodríguez Brito. Ahora sería por el petróleo.
Volvemos momentáneamente a África, sin movernos del sitio, con la resaca de la guerra de la era Repsol, a la vista de la concesión marroquí. Somos aguas indisolubles, un mismo mar que algún día tendremos que repartimos en son de paz si no lo hace por las bravas con una motosierra alguna multinacional ansiosa de crudo, de gas o de telurio. Con Rabat arrastramos una desconfianza mutua con ciertas treguas, a semejanza del pleito insular, que tan bien disimulamos cuando nos interesa y que subyace como esa falla de la discordia entre Gran Canaria y Tenerife recordándonos que somos tectónica y volcán. El tiempo dirá si el petróleo acaba con nosotros, nos saca de pobres o nos deja indiferentes. Pero hubo carajera no hace mucho en estas aguas tranquilas y declaramos persona non grata a Brufau, nosotros que no matamos una mosca. Por lo que esta segunda parte del petrodrama devuelve a escena la tramoya de las islas respingando por sus aguas inherentes, pero los personajes ya no son los mismos. No está en primera línea José Manuel Soria ni lo está Paulino Rivero, que eran como Tifón y Zeus en aquella gresca de titanes. Y esta es una lección de ese decalaje africano de las prospecciones que nos persigue. Ni el tiempo ni los personajes son definitivos. Viene un airón sirocado y desmonta toda la escenografía. En democracia -salvo dinastías como la alauí o Liberia, donde les costó cambiar de partido en favor de un gran exfutbolista como el nuevo presidente George Weah- se debería colgar un letrero en todos los despachos oficiales advirtiendo de lo pasajero y efímero del cargo político en cuestión. Olvidarlo conduce a traumas personales, como antes se dijo, y erosiona más al ciudadano que al gobernante.

Ríos y Martín Menis invocaban el mañana y el pasado mañana y dejaron ideas y planes que perduran. Victoriano Ríos invocaba un mar canario que hiciera cierto un territorio archipielágico, sin duda disuasorio ante conflictos como el del petróleo (el excremento del diablo). Adán Martín creía en la transcanariedad por tierra, mar y aire.

Pero, en realidad, Canarias sería ingobernable, porque carece de criterio territorial y cada isla tira de la cuerda y cuando no es la universidad es el silbo gomero o la fiesta de los indianos. Hacemos como que somos un archipiélago que va junto de cara a la galería (pero ya ven Fitur) y, de puertas adentro, desmontamos el encantamiento, como Penélope tejía y deshacía su famoso sudario, o como Sheherezade entretenía al sultán narrando mil y una noches para aplazar su condena a muerte. Así llevamos la tira de tiempo, peleándonos por las más peregrinas querellas, pero ya por último hemos sustituido el cainismo interinsular por la antropofagia más virulenta en cada una de estas celdas.

La plaga del pleito se ha ido mutando por un enconamiento de la vecindad, y ya no hay peor enemigo que el de tu propia isla y tu propio partido, como decía Churchill, que vuelve a la gran pantalla en su instante más oscuro, cuando se debatía entre firmar la paz con Hitler o liberar Europa. Fue el inglés más importante de la historia (como dice el actor Gary Oldman, su intérprete), cuya madera de líder lo hace irrepetible. El inglés que nos quiso invadir y que luego nos vino a ver en el yate de Onassis al Puerto de la Cruz. Todos quisieran ser Churchill, pero ni España ni Canarias, ni toda Europa junta, tienen cantera de ese nivel. Están los mezquinos partidos y la corrupción de a bordo degradándolo todo. ¿A quien cabría considerar el político canario más importante de la historia? Carraspeamos, con algún nombre en la punta de la lengua y pasapalabra. Pero lanzada la pregunta habrá que darle respuesta. Por unas cuitas u otras, el mucilago de torpes políticos canarios decadentes aborta todo optimismo al respecto. Las miserables rencillas, que decía Churchill, convierten todo este tiempo en un instante oscuro políticamente. Los rencores se endurecen como las piedras al modo de los odios africanos tribales que colapsaron todo un continente que tenemos al lado como luz y sombra perpetuas.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

‘Interviú’, que te vi nacer y morir

El cierre de Interviú no es un aldabonazo y apenas merecerá mayor repercusión en las élites políticas y económicas del país, más preocupadas por el toples del procés -con todas las vergüenzas al aire tras Junqueras entre rejas y Puigdemont de bóbilis en un retiro bruselense de marqués-, pero en sus buenos tiempos aquella revista jabata se las habría ingeniado y no cejaría hasta lograr un posado robado de Inés Arrimadas. Así se las gastaba en una España recién liberada que salía de un régimen de carnes fláccidas deseoso de verle a Victoria Vera el pezón. Lo de Franco era erotismo de puertas adentro en un país de cuernos y cuñados, de Serrano Súñer en amores prohibidos con la bella marquesa de Llanzol. De aquella doble moral se derivó un país de misa de doce del Pilar, que lavaba los trapos sucios en casa y mostraba una cara cínicamente amable al exterior.

Pero ya dijo Alfonso Guerra en el 82 que a este país no lo iba a conocer ni la madre que lo parió. Y así ha sido en cuarenta y tantos años que han transcurrido desde que Interviú se puso el mundo por montera y salió a la calle a mandar los tópicos y los pudores a hacer puñetas. Eso entonces estaba bien y era moderno y siguió siendo posmoderno varias décadas después, pero hoy ya resultaba casposo o camp o demodé. Hoy ya no es noticia desnudarse, sino que lo censure Instagram. Decir Interviú, a estas alturas, no era redimirnos de las cavernas . Estaba todo ya explícitamente dicho. En su origen, cuando la vi nacer antes de cumplir los veinte, era sexo e ideología, con un par de razones. Conviene recordar que hubo una época dorada para el destape de la revista de Antonio Asensio. La misma filosofía del despolete valía para un cuerpo serrano de algún icono de la progresía, del cine o la fauna pública, que para un ejercicio en absoluto desdeñable de periodismo de investigación. Era doble ración de destape y corrupción por el mismo precio y nos enterábamos de las entretelas del país en pelotas, con Luis Roldán en calzoncillos.

Luego, el Photoshop limó asperezas, pero Interviú no retocó sus scoops del mejor periodismo de investigación que se despachaba en los quioscos. Desvestía la vida pública y la dejaba en carne y hueso. La marca del Grupo Zeta, la de Interviú y Tiempo (magacín que también se va) tenía que ver con una idiosincrasia reprimida a la espera de estos lobos y lodos. Luego, aquellos polvos de Interviú tuvieron sentido cuando la Transición se fingió Caperucita. Ahora, ya curados de inocencia, uno siente nostalgia, una inevitable pena por los reportajes de José Luis Morales en la Sima de Jinámar y, por qué negarlo, también por el efecto erótico de aquellas portadas reveladoras. Hoy, ya no. Hoy se vuelve interesante si se oculta la luna, hartos como estamos de la demasiada desnudez de lo privado en las redes, donde la noticia de nuevo es el disfraz, ya no tanto el rostro detrás de la máscara. ¿Cómo dicen que llaman a esa maldita posverdad, si no?

Los tiempos dieron un vuelco de 180 grados y los premios Globos esta madrugada no extendieron una alfombra roja sino negra para recibir a la farándula y escuchar el discurso de la presidenciable Oprah Winfrey sobre “un nuevo día en el horizonte”. Interviú era nuestro Playboy con ideología, que también se reconvierte tras la muerte de su mentor, Hugh Hefner, y la consiguiente clausura de su mansión sicalíptica. No está el terreno abonado para el gineceo mercantil, y la prensa y el cine se reciclan tras las cenizas del imperio del acoso sexual con los escándalos del productor depravado Harvey Weinstein. Fin de ciclo.

Interviú perdió público porque esto no es 1976, cuando vendió un millón de ejemplares en la púber Transición con Pepa Flores sin ropa. Hoy Marisol es una señora y la revista, también, y por eso se jubila.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Turno de noche

Este 7 de enero de 2018, antes de que el lunes se interponga en nuestro camino, con su rutina ruin, deberíamos conceder una oportunidad a nuestra olvidada intuición, si marcarnos un rumbo, un destino, nos apetece. Demos a la lógica este día de asueto, o no digamos más año nuevo, vida nueva.

En uno de los libros que aquí cabría citar como lectura obligada, Pensar rápido, pensar despacio, de un psicólogo eminente que obtuvo el premio Nobel de Economía sin ser economista, Daniel Kahneman, se nos insiste en que somos dos sistemas pensantes que rivalizan: uno es rápido y otro perezoso; uno, intuitivo, y el otro, racional. De esa competencia depende nuestro discurrir cotidiano, como prueba el ejemplo demoledor que traeré a colación más adelante. Kahneman nos descubre por qué erramos o acertamos en la toma de decisiones. Este es un tema nuclear, como enseguida veremos y no un mero juego de magia, aunque es verdad que una vez le planteé el tema al célebre mago Anthony Blake y me aconsejó: “Hazle caso a la intuición”. Tanto Blake como Kahneman me parece que se decantan con más simpatía por la intuición, como un viento que pasa si no estamos atentos. Pero, ojo a la observación del psicólogo israelí: la intuición es muy influyente, pero no siempre tiene razón. Así que se trata de tener buena y no mala intuición, como veremos.

Estos días ha trascendido que un grupo de congresistas de Estados Unidos se ha planteado seriamente si el presidente está loco, a la vista de su cruce verbal con el norcoreano Kim Jong-un -al que llama en sus tuits el hombre cohete- sobre el tamaño del botón nuclear. Ya en febrero pasado, 35 psiquiatras estadounidenses, sorteando la Regla de Goldwater, por la que el gremio se reprime evaluar a figuras públicas, lo declararon incapaz para el cargo por su narcisismo, prepotencia y brotes de rabia a la mínima oposición. Ahora también salta a la luz el “niño insatisfecho” que gobierna la primera potencia del mundo en Fuego y furia, el libro del controvertido periodista Michael Wolff que los americanos devoran desde el viernes con el morbo adicional de que Trump, torpemente, lo quiso prohibir. ¿Cómo no desempolvar la historia que aquí traigo en este tris del duelo de los dos loquinarios infantiloides, Donald contra Kim -¡qué dos para un sidecar!-, jugando a meterse el dedo en el ojo a riesgo de sumirnos en una guerra irreversible? Que el tiempo los aje y los desdore, como dijo el poeta. Y ahora toca hablar de Petrov, el hombre que salvó al mundo.

Stanislav Petrov era un teniente coronel soviético de vida anodina que estaba a cargo del centro de vigilancia temprana, cuando, hace 35 años, de madrugada, los sistemas de alerta detectaron un ataque con misiles atómicos americanos contra la URSS, y él no se lo creyó llevado por su intuición. De haber seguido el protocolo a rajatabla y transmitida la noticia a su cadena de mando, bajo un clima político de máxima tensión en el cenit de la Guerra Fría, se habría desatado probablemente la tercera guerra mundial y primera nuclear de la historia. Petrov, entrenado para no dudar, titubeó aferrado a un presentimientor que resultó lúcido. Como comprenderán, esta es de las historias que seducen y un magnífico ejemplo de pensar rápido, pensar despacio que Kahneman no pudo utilizar en su obra, pues fue ocultada por la URSS. El episodio da crédito a la intuición, mi predilecta en este debate. “La sirena aulló, pero me senté allí durante unos segundos, mirando a la pantalla roja, grande, retroiluminada con la palabra lanzamiento brillando en ella”. Petrov narró mucho más tarde el cuarto de hora crítico (fueron, realmente, 23 minutos) de su particular crisis de los misiles encerrado en un búncker secreto de las afueras de Moscú aquella madrugada de septiembre. “Un minuto más tarde la sirena sonó de nuevo. El segundo misil había sido lanzado. Entonces, la tercera, la cuarta y la quinta. Las computadoras cambiaron de alertas de lanzamiento a ataque con misil”. Pero permaneció sentado como “en una sartén caliente”, fiel a su corazonada, pese a que, supuestamente, cinco misiles atómicos se dirigían contra su país con un nivel de fiabilidad máximo. Si Petrov no hubiera tenido una formación civil, además de militar, habría descolgado mecánicamente el teléfono y que salga el sol por Antequera. No había sido formado para pensar, sino para actuar en un brete semejante. Pero hizo lo contrario de lo que se esperaba de él. Fue una anomalía feliz gracias a una impresión completamente irracional.

El caso inspiró un documental de cine. Pero aquel 26 de septiembre (de 1983) yo tenía 26 años y estaba cargado de sueños que ahora recuerdo con la añoranza recompensada de quien pronto tendrá esa edad al revés. Éramos ajenos a las bombas imaginarias que ignoró Petrov y a nuestra propia ignorancia de Internet, que estaba por caernos como una bomba, aún insospechada. Los satélites soviéticos habían confundido el reflejo de los rayos de sol sobre las nubes con los motores de unos misiles balísticos intercontinentales. Cuando entrevisté a Gorbachov, en el verano del 92, no le pude preguntar por el caso Petrov, porque permanecía en secreto como una pifia bochornosa que era desconocida. En la crisis de los misiles en Cuba, Kennedy obró también con intuición y se fio de la retirada soviética de modo intuitivo.

Petrov nunca superó aquel trance, fue objeto de una amonestación oficial, no por su negligencia, sino como conejillo de Indias de los errores de la bitácora, y al año siguiente, abatido, se retiró a un vida irrelevante en un pueblito cerca de Moscú, calcinado por la adicción al tabaco y algo huraño cuando todo se supo, tras la desintegración soviética, apabullado por los homenajes y el bombardeo de los periodistas, pues se quitaba importancia y quería que lo dejaran en paz. Hasta su muerte fue callada, trascendió con retraso por casualidad, en septiembre pasado. El fiasco tenía un contexto verídico. Reagan y Andropov se temían recíprocamente cuando el primero exhibía con delirio su pretendida guerra de las galaxias y el segundo acababa de cobrarse un avión surcoreano con centenares de pasajeros a bordo. Contra toda esa evidencia y las luces rojas de los ordenadores, un hombre a solas en su jornada laboral ordinaria decidió que era una falsa alarma a riesgo de cometer un disparate de enormes consecuencias. Lean el libro de Kahneman. Es para echarse a temblar. Hoy, como ayer, saldré de casa e iré a tomar café y a leer el periódico, mientras dos locos isomorfos se retan a ver quién tiene más grande el botón nuclear. Y nuestra esperanza es que haya más Petrov con esa lucidez en algún búnker secreto, que su fantasma, al menos, no nos abandone.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El año que viene mañana

Se va el año cínico y pavo real, de los fastos y espumillones y troles y zascas, de apariencias y malcriadeces, y quizá venga caminando a estas horas un año cuerdo o cuervo. ¿Por qué me temo lo peor? Lo que no es normal -ni siquiera a estas alturas de la película- es que el personaje del año en Tenerife sea, sin lugar a dudas, Zebenzuí González, cuarto en el ranking machista del HuffPost por delante de Putin y detrás de Trump. Con esas armas se forjó un presidente en Estados Unidos -a quien terminas cogiéndole un cierto afecto bochornoso como te habitúas a un defecto llevadero e inevitable-. Aquella charla en la guagua, de contumaz machismo, con el presentador de televisión ya pertenece a los documentos incalificables del género. No es poca la paradoja de este tiempo que hoy acaba, pues el año se reivindica, en sus postrimerías, con la primavera feminista de Hollywood contra los tentáculos de Weinstein que son los mismos de Trump. Por eso dije año cínico, de dobles verdades (la palabra que lo resume, en el Diccionario Oxford, es, como saben posverdad).

Sobre el litigio entre la sinrazón y la cordura, por si esos fueran los escenarios del año que sale y del que entra, no me crean muy optimista, pero sí esperanzado. Ojalá el año que viene mañana quiera llevar la contraria a su predecesor y se recompongan algunas fracturas ciertas o eventuales.

Yo fui siempre aficionado a la caricatura. Esa deformación profesional me inclina a ver las cosas por su revés, por la antítesis de lo que son y de ese modo averiguo a menudo lo que ocultan. 2017 fue una gran caricatura morfológica y social. Salían las cosas como salían, exageradas, cómicas y desconcertantes. Nuestro año en Canarias, políticamente,se asociará al alcalde de Firgas, fíjense ustedes, el que suplantó al hijo en una oposiciones del Gobierno desafiando toda lógica y el más mínimo pudor. Lo iban a coger, lo cogimos, y en 24 horas el hombre dimitió con un último asomo de honorabilidad, el que invita al arrepentimiento para demandar indulgencia ante la ley y lavar el trapo sucio ante los votantes. Manuel Báez, ese alcalde de su época -al más puro trumpismo-, que simboliza de modo tan fiel un año de pícaros y fulleros en estas islas, se marcha, en cambio, pidiendo perdón. Le honra, aunque no le exonera. Pero lo de Firgas es genuinamente 2017, porque todo lo más notorio ha tenido ese perfil histriónico y grotesco y cutre y disparatado y rufián, como el brexit se perpetúa en calidad de rol aun de este año europeo -lo inconcebible y burdo que nos resultaba imaginar a Europa sin Reino Unido se dio ya en 2016-. O como Cataluña ha sido la peonza sobre la que ha girado el año español que hoy termina en ascuas -tan remota resultaba la mera hipótesis de un desmembramiento de esa parte considerable del Estado, que la inercia pareció cobrar cuerpo y el rey y el Gobierno salieron del paso sacando el pequeño tanque del 155, apenas eficiente-. Esa suma de monstruitos fingiéndose fenómenos y personajes irrepetibles del bestiario del año bufo -cuán premonitoria TVE ya en 2008 presentando al friki Rodolfo Chikilicuatre a Eurovisión- explica que un gordito aniñado y ruin haya apretado el botón varias veces con regodeo en su simulacro de guerra atómica desde un lugar de Asia donde la gente muere de hambre y se desternilla en su presencia porque lo ordena la ley. ¡Qué suplicio de año! ¡Vega presta la cordura a resetearnos tras los efectos de este virus informático devastador!

Cuando Radio Club emergió, en los 80 cobraron fama sus inocentadas del 28 de diciembre. Un tal Muntañola, de acento godo provocador, alcanzó el poder en la incipiente preautonomía ofendiendo los valores y el carácter netamente isleño. Aquel político insultante, antichicharrero y déspota, indignó aposta a la gente la mañana que le dimos forma en antena rozando la veracidad de Orson Welles en La guerra de los mundos. ¡Esa era la escuela de la farsa llevada al extremo en las ondas! Y los oyentes, fuera de sí, colapsaban la centralita vomitando fuego contra el intruso que nos quería gobernar a gorrazos. Paco Padrón daba siempre en la diana. Otro año convocó al catedrático de Filosofía Vicente Rodríguez Lozano -por entonces incurso en una querella militar por un artículo titulado La mujer del teniente francés y los amigos del capitán español-y, en una actuación impecable ante el micrófono, encarnó al supuesto director de la Gala del Carnaval que venía -también exhibiendo un acento castellano enfático y cortante- a desterrar del espectáculo a nuestras gordas de las comparsas, entre otras ocurrencias que más tarde casi haría realidad Rafael Amargo. ¡Es que aquellas inocentadas de Radio Club, en su edad de oro, anticipaban el mundo que estaba por venir! Este mundo falaz y caricato, que demanda una rápida cura de cordura, como diría Adela Cortina, que acuñó la palabra del año, según la Fundéu: aporofobia, o rechazo a los pobres. ¡Qué tramoya la de este año!

Si Chela, el periodista que en La Tarde entrevistó a Dios, levantara la cabeza, tendría tela que cortar con la deriva de sus profanaciones hechas realidad, como Chaves hace lo propio con sus personajes imaginarios. Cualquiera diría que hasta la entrevista -que es el género de la verdad por definición- acabará desvirtuada y adulterada en diálogos inventados sin más intermediación. Mantengamos la fiesta en paz, o nos comen las mentiras, como nos ha devorado este año embustero de líderes vacuos y alcaldes impostores en el mundo de Firgas. A tal punto no hemos dicho basta que el año se marcha dejando entrever que Puigdemont podrá ser investido presidente de Cataluña telemáticamente, lujo que no pudo permitirse Tarradellas cuando todo era más inocente, primitivo y racional. Cubillo habría tenido mejor épica y época de no haberse adelantado tanto al cubillismo del procés. Él hizo creer al Estado que tenía un ejército y lo mandaron matar. Sacaba conejos de la chistera de la radio desde Argel, sin necesidad de Internet ni la ayuda cibernética de Putin, como el catalán. Se va el año esperpéntico, este año Valle-Inclán por los cuatro costados, y ya está de parto la madre de todos los años. ¡Adiós, 2017! ¡La madre que lo parió!

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Si las apariencias engañan y esto no es Yugoslavia

Algunas Navidades llegan caídas del cielo más que otras. Ahora mismo, el catastro político del país -y su catástrofe consiguiente- señala el terreno minado del noreste peninsular, donde el catalán ha dejado de ser un pueblo -era el más culto y ponderado, amén de europeo- para ser dos, y constituye una amenaza flagrante que trasciende los Pirineos, como otrora serbios y bosnios pero sin tiros, pues Europa, que viene de donde vienen las guerras, coquetea de antiguo con la idea odiosa de su autodestrucción.

Caídas del cielo, pues, estas fiestas desandan algunas travesías y travesuras y concilian lo mejor que pueden. Hemos estado entretenidos celebrando aniversarios políticos corales, con los 40 años de democracia y todas las reliquias de la Transición, que, para ser sinceros, es algo que no ha calado en la memoria de país y es pura bagatela para recién llegados, aunque le demos ringorrango a la moviola cada cierto tiempo. ¿Que es triste que así sea? Cómo no estar de acuerdo, pero al españolito posmoderno le trae al pairo la génesis de la democracia que disfruta, y a los supervivientes de la primavera española del 77 les produce rubor, y traicionan el eco histórico del cambio porque ser escéptico está de moda. Fue el clásico del sábado el mejor reflejo de que el fútbol es la única mesa de diálogo ahora mismo entre Madrid y Barcelona, que está por encima del resultado. Pues lleven el procés a una mesa de tapete verde.

Cataluña es la punta del iceberg, como Ciudadanos ahora será la cresta de una ola -hubo otras, la de Podemos-, pero nadie medianamente sensato sabe qué va a pasar en 2018 sobre la piel de toro. Estamos desorientados como los personajes ciegos del Ensayo de Saramago. En la entrevista que hoy publica este periódico, Arturo Pérez-Reverte dice que la guerra civil no es un tema cerrado en España, en los balcanes del inconsciente colectivo, y remite a Europa con el recurso maniqueo de los serbios malos y los bosnios buenos.

En La Habana, allá por septiembre del 79, yo me detuve delante de un hombre a observarle fijamente y él se quedó mirándome, a su vez, como una esfinge, ausente, pero con los ojos abiertos. Era Tito en persona. Amo de Yugoslavia, el gran comunista rebelde que dio la espalda a Stalin. Le quedaban apenas ocho meses de vida, y me miraba como si ya lo supiera de antemano, enfermo y cansado, allí, solo, sentado en su pequeño estrado de la sala principal de la VI Cumbre de Países No Alineados, el lobby del Tercer Mundo que él y otros cuatro dirigentes habían fundado en los años 60. Todavía era poderoso, pero, tras su muerte, Yugoslavia iba a saltar por los aires, y antiguos vecinos se matarían descarnadamente en aquella guerra civil de los Radovan Karadzic y el recién condenado Ratko Mladic, los famosos genocidas de las cruentas limpiezas étnicas. ¿Por qué me paré a contemplarlo como si fuera una estatua? Porque algo te dice que ese hombre que miras no es solo un hombre, sino una parte considerable de la Historia, y esta se iba a hacer añicos. Cuando se sataniza la política ocurren cosas diabólicas. Estos últimos meses, asistiendo a los sucesos de Cataluña, créanme, no he podido apartar de la memoria el recuerdo de la mirada estática de Tito en La Habana. El estadista cuyo país era un jarrón a punto de caerse al suelo cuando cerrara los ojos.

Los años que dejan atrás estas últimas noticias de odio sarraceno de España son agua pasada que no mueve molino; la historia pútrida de la patria son estas convenciones de amor y desamor. Reverte dice admirar los Estados jacobinos fuertes y centralistas a la francesa. Incluso yo, que derivo de otras fuentes, acepto que los Estados son o no son, sin llegar a esos extremos, claro. La coyunda del Estado. Esa es la cuestión. Pongamos el ejemplo de Mújica.

En Caracas, el veterano periodista Héctor Mújica me contó su entrevista con Ava Gardner, el animal más bello del mundo para la crítica machista de la época que hoy sería arrojada a los leones de Hollywood junto a los restos del canalla Harvey Weinstein. Quedaron en reunirse en el vestíbulo del hotel, y el bueno de Mújica acudió a la cita con las preguntas y los deseos inconfesables de conocer de cerca a la diva devoradora de hombres. Mújica, pequeño de estatura y correoso, agotó el cuestionario y ya se disponía a marcharse cuando la actriz le asestó con picardía la puntilla final haciendo honor a su leyenda: “Me pregunto por qué no me ha propuesto hacer la entrevista en la habitación”. Mújica me dijo que le temblaron las piernas y no fue capaz de cruzar ese rubicón que le tentaba en la boca de la madriguera. Así que salió como pudo de la situación embarazosa y guardó el secreto de una gesta que pudo haber sido y no fue. Colgaba la foto de la entrevista con Ava en la galería de la pared sobre su extensa carrera en la prensa; recuerdo verle con el Che en aquella buhardilla de héroes y villanos del gran periodista que me mostraba sus derrotas y lástimas.

La patria, a veces, es un extraño objeto del deseo, con la que cohabitamos sin rematar la faena en un quiero y no puedo. La España indivisa que quiso llevarse al huerto al catalán secesionista se ha vuelto a quedar con un palmo de narices. Junqueras dejó plantada en su día a la vicepresidenta, tras armar juntos el cubo de Rubik, y ahora le reprocha a Puigdemont que se fugara y lo dejara solo en la cárcel. Dudo de su apoyo incondicional si el prófugo persiste en su exilio dorado. Junqueras, tras el escrutinio de las elecciones, le envía cartas de amor para que venga al escaño y la celda.

Los personajes de este reality se renuevan como en una academia de OT. Inés Arrimadas es la bella rodeada de bestias. Albert Rivera se finge Macron. Y Rajoy pide árnica a Europa, que pone las barbas de remojo viendo las de España arder: la Padania, la Venecia y todas las Escocias tocarán a la puerta de Bruselas, donde Puigdemont dilata el sueño de Ulises de volver a Ítaca, a la que ya cantó, por cierto, su correligionario Lluís Llach con versos de Kavafis, que era un poeta trasterrado de origen griego que añoraba a Alejandría, hasta que regresó.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El jueves se reparten las hostias

Dentro de 48 horas, saldremos de dudas sobre el galimatías catalán. La histriónica sucesión de acontecimientos desde el 1-O -que parece ya una fecha del calendario azteca- da para toda una saga de Netflix. Los Puigdemont, Junqueras, Romeva, Forcadell y toda la jarca traspasaron el velo del dosel de la Generalitat y se cuelan en la telerrealidad de la política catalana tras el 155, mitad brexit, mitad melopea con falda y gaita de secesionista escocés frustrado. El fake, como lo llama la vice Sáenz de Santamaría, tenía un aroma ultraterrenal que imponía lo suyo con cierto halo de predestinación, incluso de cara al Estado con su CNI, hasta que el procés se cayó por la barranquera y el molt honorable salió a espetaperros por la puerta de atrás y se recluyó en Bruselas camino de los altares o de las letrinas. Se vino abajo el glamour con el caganer.

Ya Junqueras blasfema de los traidores de la propia cuna como el huido Puigdemont cinco estrellas en la suite de Bélgica viéndolas venir: “Fui a prisión porque no me escondo y soy consecuente con mis actos”, afirma el exvicepresidente. La trifulca era de cajón. El de ERC se está comiendo la campaña entre rejas con sopas y oraciones en Estremera, según su carta a The Times, y no es plato de gusto esa vida monacal a la fuerza, mientras el zorrocloco tomó las de Villadiego y parece un turista francés acudiendo a los teatros de ópera con su abogado Bekaert. Las encuestas -esas diablillas de Slaanesh- ya se sabe que nos están tomando el pelo a todos. Si Inés Arrimadas gana, sin lugar a dudas es posible que sea presidenta y el asalto a los cielos de Podemos lo dé Ciudadanos y no Domènech. Pero el llamado efecto Borgen -en realidad, en la serie danesa, es mujer la que se convierte en primera ministra en un encaje de bolillos tan típicamente español y canario, por otra parte- no permite descartar ninguna hipótesis.

Si estamos a 48 horas del escrutinio catalán y a 72 del Gordo de la Lotería no es por casualidad; una cosa y la otra se encadenan con cierta lógica, regidas por una oculta ley de azar y suspense que engorda el misterio y alimenta las grandes esperanzas y las grandes decepciones. Una vez sepamos el desenlace de estos dos saltos mortales épicos de tahúr, la nigromancia de los sondeos será historia y seguramente historia nefasta para mayor incuria del género demoscópico, ya tan desacreditado de por sí. En una conversación privada, el propio Rajoy confesó a su interlocutor: “Nadie sabe qué va a pasar el jueves en Cataluña”. Esto lo dice todo. Como nadie sabía qué iba a pasar el 1-O, cuando el referéndum de las urnas chinas de plástico. Ni supo nadie prever que el president se iba a pirar. Esto de la inteligencia tiene su doblez. Ni los políticos tienen pajolera idea de política para adelantarse un centímetro al futuro y prever lo más mínimo para que la realidad no les coja con los pantalones por los pies, ni hay tal inteligencia en los servicios secretos, ni son tan secretos los servicios encargados de avisar al Estado de que viene el coco o se manda a mudar.

La verdad es más prosaica. La política es un oficio de palos de ciego. Aquel no vio venir la crisis económica y este no imaginó que el procés era más endeble intelectual y políticamente de lo que aparentaba ser. Pujol era otra cosa. Mantuvo el fake durante décadas. Reinó en Cataluña sin corona, pero era un gremlin cortejado por los presidentes del PSOE o el PP como la clave de bóveda de todo el poder del Estado. A Jordi Évole le habló de la corrupción como de la peor de las plagas del hombre, todo él lejos de semejantes zahúrdas. Luego salió la matriarca y traspasó dos misales a la biblioteca del capellán. Y el jueves se reparten las hostias.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Venimos de un año que viene de otro año

El año empezó con una plétora de buenos propósitos tras una larga crisis económica, y parecíamos reconciliados con la historia. Pero desde el 11-S de 2001 todos los años me resultan parecidos, cortados por la misma tijera -venimos de un año que viene de otro año-, como si hubiéramos entrado, tras el atentado, en una era repetitiva de cautelas y miedos, y de ensoñaciones nuevas. Recuerdo que en el 2000 -¡vivimos un cambio de siglo, no lo olvidemos!-se hizo aquel ajuste de cuentas con las dos guerras del siglo XX como si este siglo XXI estuviera predestinado a la paz. Se equivocaron los profetas, Fukuyama se quedó solo predicando el fin de la historia y de los conflictos bélicos. Hoy los pensadores andan replegados y hasta los poetas se replantean las metáforas y los mitos, con todas las musas en huelga. ¿Por qué menciono las Torres Gemelas? Porque, a mi juicio, todo empezó de nuevo ahí, cuando aún no existían Facebook, Twitter ni WhatsApp. Quiero decir, por tanto, que el mundo que hoy conocemos, con sus métodos y herramientas y su nueva mentalidad disruptiva, heredera del caos y la catástrofe, surge en ese instante, poco antes de la una de la tarde de aquel martes.

Cuando cayeron las dos moles diseñadas por Minoru Yamasaki cayeron los pilares del ancien régime. Todo se acabó y todo empezó. Y lo posterior es esto, esta manera inestable de vida incierta. Si uno quiere pensar, sobrevolar los problemas, ha de subirse, por cierto, a un avión. Donde mejor se medita es donde uno se cree Dios. En el cielo. También el mal vino por ahí aquella vez que dos pilotos neófitos se abalanzaron en dos Boeings contra los rascacielos de Nueva York. Los cuerpos cayendo de los edificios como peleles, que dijo Rojas Marcos, eran una imagen que parecía irreal. Luego han sido comunes imágenes por el estilo en videojuegos que forman ya parte de nuestra cultura. Lo irreal cobró cuerpo, las cosas importantes pasaron a ser las intangibles. Diría que soñar es ahora una práctica de enorme trascendencia, incluso económica. Como quiera que lo imprevisible es lo más previsible, vivimos sin plan B, y esta nave avanza gracias a la imaginación de la gente. Hay más estúpidos, pero también más genios a menor edad. Ahora todo está por inventar cuando siempre dijimos que todo ya estaba inventado. En la incertidumbre tampoco se vive mal. Cuando el hombre se siente inseguro, piensa y crea. Ahora estamos siempre volando como pájaros, el gran anhelo de Da Vinci y de la humanidad entera. Sí, nos gusta ser digitales, pero sentimos nostalgia de aquella etapa analógica en que éramos torpes y rutinarios y un trabajo era para toda la vida. Nos alegra el progreso tecnológico, no, en cambio, su capacidad destructiva.

¿Por qué despedimos este año con una sensación agridulce? Llegamos a confiar en una vuelta a la normalidad. Cuando esta quedó abolida para siempre bajo la incertidumbre en aquel mismo atentado. Leyendo las Ventanas de Manhattan de Muñoz Molina, novela escrita en los días del horror, uno cae en la cuenta de que necesitamos engañarnos y creer que no sucede nada. Este año ha sucedido de todo, dentro de esa lógica diabólica que se impuso el 11-S. No es la economía, estúpidos. Es el miedo y su aceptación. Ese aire mundano de pasajero asiduo que tenía Ryan Bringhman (George Clooney) en Up in the Air volando a todas horas en nuestro ciberespacio como en cualquier avión, y pronto en un dron. A soñadores no nos gana ninguna otra etapa histórica. Ahora todo el mundo sueña y encarna un papel ideal, sintiéndose personaje de una vida pública en las redes. El sueño es una vía de escape del miedo. Son los niños, los más hábiles soñadores, los dueños de este mundo recién nacido, que necesita de la imaginación. En este mundo en modo avión del que hablo hay un canario que le vio las orejas al lobo antes que nadie. Iván Chirivella, que no debe de tener más de 40 años, tendría 25 cuando, según me contó, conoció a los asesinos del 11-S y les enseñó a volar, lejos de sospechar que, en realidad, les estaba enseñando a matar. Chirivella sufrió un shock cuando tras ver los aviones en televisión estrellándose contra las Torres Gemelas, el FBI le llamó para decirle que los pilotos eran Mohamed Atta y Marwan al Shehhi, sus alumnos. El primero se empotró en la Torre Norte, y el segundo, en la Torre Sur. Durante dos meses, cuatro horas diarias, tuvo tiempo de conocerlos de cerca, pero no adivinó que eran terroristas potenciales. Atta era canijo e irascible, y Marwan, una especie de oso grande y sonriente. Chirivella me dijo que se enfrentó varias veces a ellos, por sus desplantes machistas hacia las mujeres de la escuela de aviación y porque eran desobedientes durante los vuelos. Una de esas veces, les quitó los mandos, dio media vuelta y regresó a Sarasota. ¿Cómo podía imaginar que iban a asesinar a 3.000 personas pocos días después? Jamás mencionaron a Bin Laden. Este canario, que continúa volando a sus anchas, tras escribir con Alicia Mederos Cómplice inocente y desahogarse, me dijo que quería seguir siendo una persona normal. Pero el mundo ya no lo era para siempre, una vez instalados él y todos nosotros en la anormalidad más absoluta y la incertidumbre. El mundo se hizo volátil. Cuando subí al Empire State Building y miré desde su observatorio la ciudad de Nueva York no sabía nada de lo que iba a ocurrir. Hoy seguimos ahí arriba, en la nube, suspendidos en un espacio de irrealidad manifiesta.

Mi hijo es un pequeño hombre de este mundo recién nacido ya sin cimientos, donde se desmantela lo viejo y se adora el vacío. Su mundo no está a mi alcance. Yo convengo con los escombros de las Torres Gemelas, de la Crisis Económica y de los demás telones que se han ido cayendo. Mi tiempo original se hizo remoto muy pronto. Mi hijo vuela desde que nació. Se subió bebé a un avión. No le cogerá de nuevo sobrevolar para sobrevivir. Pero no crean que estoy enfadado con la época de mi hijo. Hagamos las paces con la historia que está resurgiendo de sus propias cenizas. No. 2017 no fue un año malo del todo, no hubo taumaturgia, ni milagro. De acuerdo. ¡Qué se va a hacer! Otro vendrá que bueno lo hará. Me cuenta un padre un cuento de una hija de cuatro años que al despertar le dice: “¡Papá, tenía un regalo muy bonito para ti, pero se me quedó en el sueño!” Dejemos a los sueños guiarnos por la vida cada día con ese regalo de un hijo por la mañana.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Dos historias de la América frenopática

En la saga de locos egregios de los Vallejo-Nájera faltan actuales especímenes que están en la cabeza de todos dentro y fuera de Canarias. Extrafalarios, esperpénticos…, predominan mandatarios, figurines y celebrities con los cables cruzados. Europa se las trae, pero América es donde siempre encontré un vivero de países frenopáticos, con su Bucaram (en Ecuador), que tocaba la guitarra y fue depuesto por lunático; su Fujimori (en Perú), que se daba autogolpes de pecho y engendró a Montesinos, que grababa vladivídeos con escenas reales de sobornos a terceros, y tantos otros granujas, chiflados y facinerosos en una sociedad descarrilada. En el último viaje a la otra orilla rescaté in situ el caso Rosenberg (en Guatemala) y me topé de bruces con el caso Nisman (en Argentina), que arruina ahora el regreso político de Cristina Kirchner. La viuda de Néstor es bipolar y codiciosa, pero cuesta considerarla una asesina en la novela negra de América que viví en 2015 cuando acababa de estallar el escándalo, ahora en su cénit mediático-literario.

En medio de dificultades energéticas, Argentina pactó con Irán petróleo a cambio de granos, bajo el supuesto compromiso de encubrir a los autores iraníes de un atentado terrorista que causó 85 muertos en una mutual judía de Buenos Aires en 1994. El fiscal Alberto Nisman acusó de ello, tras diez años de investigación, a la presidenta Cristina Fernández y al canciller Héctor Timerman, tras el chuponeo de sus tratos (pinchazos telefónicos). Nisman no vivió para contarlo. En la víspera de comparecer en el Congreso fue asesinado en el baño por dos personas que asaltaron su apartamento en el piso 13 de la torre Le Parc, de Puerto Madero, le dieron ketamina y le descerrajaron un tiro en la sien tratando de simular un espasmo cadavérico propio de un suicidio. Eran las dos de la mañana del domingo 18 de enero de 2015. La historia impacta y es un caramelo a la medida de Philo Vance, el meticuloso detective de S. S. Van Dine.

El refugio del fiscal, que temía por su vida y pidió un arma prestada a un amigo, contaba con un pasillo privado que comunicaba con un vecino extranjero y, entre artilugios de aire acondicionado, había pisadas recientes. La casa tenía dos puertas: la principal estaba trancada con llave y la de servicio no fue cerrada por quienes salieron por ella. El periódico del domingo seguía en el palier (rellano) y, como Nisman no contestaba a las llamadas, tuvo que acudir su madre y abrir la puerta con ayuda de un cerrajero. Su pistola, del calibre 22, apareció debajo de su cuerpo y al lado, un casquillo de bala.

Hubo cierta propensión en la fiscal Viviana Fein a inferir que se trataba de un suicidio, pero la exesposa de la víctima, Sandra Arroyo, jueza federal, no tragó y se querelló para consolar a sus dos hijas. A la mayor, de 15 años, Iara, la escuché preguntar en público: “¿Qué pasó con mi papá?”. El juez Claudio Bonadio avisó entonces: “Si aparezco suicidado, busquen al asesino”. Este jueves, Bonadio solicitó al Senado el desafuero de la expresidenta Cristina Fernández para detenerla como cabecilla de “un plan criminal orquestado”. Cuando uno se adentra en Puerto Madero siente la paz confortable de un entorno de mar y percibe hábitos de vida acomodada. Nisman escribió una nota con la lista de la compra para la empleada doméstica. ¿Alguien que hace tal cosa, acaso se dispone a matarse?

Escarbas en América y salen historias escabrosas debajo de las piedras. Como el caso Rosenberg que seguí durante años. Pongan atención. Resulta increíble. Este abogado, formado en Cambridge y Harvard, grabó un vídeo de despedida. “Buenas tardes, mi nombre es Rodrigo Rosenberg Marzano y, lamentablemente, si usted está viendo este mensaje, es porque fui asesinado por el señor presidente Álvaro Colom”. En 18 minutos, Rosenberg mira fijamente a la cámara, viste traje y corbata azul a tono con la tela de fondo. Uno asiste estupefacto al thriller de un personaje real. Los nombres y apellidos de sus ejecutores restallan con acrimonia en la alocución. “Todo el mundo espera que alguien haga algo”, dice en el monólogo, llama al presidente Colom “asesino, cobarde”, y exhorta: “Yo espero que mi muerte sirva para que la gente se rebele”. En Guatemala, un infierno de sicarios se han hecho amos del bazar de la muerte. El abogado, del despacho RosenbergMarzano-MarroquínPemueller&Asociados, era un “ciudadano honorable”, dirá el fiscal español Castresana que investigará el caso. Dos veces casado y divorciado, a la pérdida de su madre y de la custodia de dos hijos se le sumó esos días la muerte de su amante, Marjorie Mussa, hija de un empresario cliente suyo, Khalil, de 74 años, ambos tiroteados en su coche. Se querían con locura. “Te amo, te amo, te amo”, le mensajeaba. Se sentía culpable, porque había aconsejado a Khalil apartarse del presidente, y compró dos nichos en un cementerio privado, uno para Marjorie y otro para él. Hizo testamento.

La mañana que no aguantó más contrató a unos sicarios por 40.000 dólares. Lloraba constantemente. Entregó a un amigo 150 copias del vídeo casero para difundirlas llegado el caso, y almorzó con un sacerdote amigo al que se confesó. El domingo de su muerte salió a dar un paseo en bicicleta. La verdad rebuscada del suceso, a cargo del fiscal Castresana, refleja la paranoia secreta de ese país: en realidad, Rosenberg, de 48 años, planeó su propia muerte. La víctima de los disparos del sicario era él. Hizo de blanco fácil: recorrió dos manzanas en bicicleta y se sentó en la acera, a las 8 de la mañana, a escuchar música clásica con auriculares, junto a un monumento, siguiendo las instrucciones que dio a su verdugo. Quería desatar un golpe de Estado tras la indignación popular por su muerte. Lo calculó todo, pagó a sus sicarios post mortem: al día siguiente, se recibió en su despacho un cheque con el importe, que su secretaria, según lo acordado, cursó a sus destinatarios. Al presidente Colom -que no era ningún santo- lo habían crujido en manifestaciones de protesta tras aflorar el vídeo. Castresana tuvo acceso a las imágenes de cuatro cámaras de seguridad, que mostraban a Rosenberg pedaleando hacia la muerte. ¡Qué historia!

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?