Carmelo Rivero - 96/107 - El blog de Carmelo Rivero

LA BARBARIE


El anuncio urbi et orbi del cese definitivo de la violencia por parte de Eta, como si se apagara el Etna, coincidió con la práctica desactivación del volcán cohibido de El Hierro y dio paso a un maremágnum de reacciones, dentro y fuera de España, entre suspicacias y parabienes por el deceso tras los recesos continuos de la banda. El País Vasco durmió esa noche ‘en paz’ y los vecinos dela Restingaque volvieron a casa vencieron el insomnio haciendo caso omiso al olor acezante a azufre. Los términos del testamento vital de los terroristas, descabezados policialmente y sin caja de resistencia (en parte, como cualquier otra empresa, la crisis se los lleva por delante), certificaban la inmolación de la bestia tras 43 años de palos de ciego y más de 800 víctimas en vano. En el último parte, los volcanólogos, tras semanas de una escalada de violencia  geológica que hacía temer (‘tremer’ supongo está mal dicho) lo peor, o lo mejor, según un descorazonado Alpidio Armas, se ‘rindieron’ ante la evidencia: el cese de actividad del volcán, como si de ETA se tratara. Esta ETA estatuaria que queda no ha desaparecido del mapa, entiéndase bien, el volcán tampoco: de la faz de la tierra, se ha sumergido bajo su propia sombra verde en aguas turbias y permanece latente, sin dejarse ver. La naturaleza es sabia y desalmada, siempre ejerció una violencia atroz, que los seres humanos imitamos burdamente en frecuentes ejercicios de mutuo exterminio, sin haber conseguido impedir que ya seamos 7.000 millones dispuestos a matarnos unos a otros con el mínimo pretexto. El terrorismo es la expresión corporativa de la fiera que llevamos dentro. Los móviles de Sirte que grabaron la captura y ejecución sumaria de Gadafi al caer en manos de una jauría de lobos hambrientos, ilustran ese instinto depredador que lo mismo alienta revoluciones ovacionadas que hordas denigrantes de terroristas de cualquier calaña ideológica. Esto invita al estudio del cerebro humano, en fin, galardonado en los Príncipes de Asturias: lo mismo una letrina que apesta a mil demonios que un parnaso bajo el sombrero negro de Leonard Cohen, premiado también en la misma gala anual. En una cumbre de países no alineados (La Habana, 1979) reparé en aquel anciano imperturbable sentado durante las sesiones sin apenas poder moverse. Era Tito, con Yugoslavia en la cabeza, ya sin fuerzas a los 87 años. Fue morir al año siguiente y su país se desintegró bajo un baño de sangre. ¡Libia, libre y esclava tras la vida y muerte del tirano!

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EL ADIÓS A LAS ARMAS DE ETA SIN BAJARSE DEL CABALLO Y ENTREGAR EL FUSIL

 


 

El comunicado de Eta, en el que declara el cese definitivo de la violencia tras casi medio siglo de existencia y más de 800 víctimas a sus espaldas, era una consecuencia previsible, en la hoja de ruta de la banda terrorista, dela Conferenciade Paz de San Sebastián, según la información embargada que manejaban varios medios de comunicación extranjeros.

 

En España se olía que la renuncia a las armas de ETA estaba próxima, pero los grandes partidos fueron fieles a su guión hasta el último momento. Los socialistas se mantuvieron en la ambigüedad de respaldar el foro de Kofi Annan y demás celebrities pacifistas y, al mismo tiempo, despotricar de los terroristas verbalmente. El PP abundó en esta última opción, que es la suya propia más característica, y no dio pruebas –salvo haberlas guardado muy bien- de estar al corriente del rumor más extendido en Europa. Hasta última hora, su vicesecretario de Comunicación, González Pons, sostuvo que la conferencia fue una pantomima bien pagada con padrinos de lujo de una paz embustera.

 

Y, sin embargo, este jueves, la sociedad española –y la vasca en particular- escuchó de boca de uno de los tres encapuchados (esa imagen retrógrada de la más anacrónica liturgia fetichista etarra que transmite por sí misma la obsolescencia del terrorismo vasco) que se ha abierto un nuevo tiempo político, la violencia ya no tiene lugar ni sentido y sólo resta negociar beneficios penitenciarios para sus presos, dicho sea en una lectura libre del comunicado de ocho párrafos. La negociación que solicita ETA con los gobiernos de España y Francia, por tanto, se refiere a los etarras que están en la cárcel. Del comunicado no se desprende que sus autores pretendan llegar a un acuerdo con ambos estados sobre la independencia política del País Vasco, su dinamo histórica. Se desprende, sí, en cambio, que los violentos se han ‘rendido’ ante la evidencia de que con métodos pacíficos, la izquierda abertzale ha logrado regresar a las instituciones, con una sustancial cuota del electorado en sus alforjas, y que por la vía armada sus militantes están condenados a purgar largas condenas entre rejas, quién sabe si bajo el nuevo formato de cadena ‘perpetua revisable’, como deslizara el PP en la conferencia de Málaga.

 

Tuve oportunidad, hace meses, de entrevistar a uno de los fundadores de ETA, Julen Madariaga, tras el fracaso de la tregua anterior, con el atentado mortal dela T-4de Barajas, en 2006, y no ignoro desde entonces que, incluso un etarra ‘arrepentido’ como este profesor de Economía, parecía comprensivo con el “desliz” de los terroristas, que, a su juicio, no pretendían matar y volver a las andadas, sino “dar un aviso al Gobierno de Zapatero de que el proceso de paz iba muy lento y había que activarlo”. ¡Una simple travesura que costó dos vidas humanas!

 

Lo que viene y toca tras este comunicado es, justamente, eso: hacer encajes de bolillo desde el Estado para desarmar a los terroristas –cogerles por la palabra, diríamos-, sin mayores concesiones en la política carcelaria, sino las justas ateniéndose a la fase del nuevo proceso en el que estamos. La generosidad del Estado llegará, pero será –debe ser- al final de un largo recorrido, en el que todavía faltan etapas que quemar: un procedimental perdón ineludible por parte de los asesinos a sus víctimas y familias. La entrega material de las armas, verificada por observadores internacionales. La inserción en la vida democrática mediante fuerzas políticas legales y, muy en último término, la remisión de penas, los indultos a que hubiere lugar y el acercamiento al País Vasco de los presos con mayores condenas por sus salvajadas (costará trabajo tragar los exabrutos y amenazas de Txapote, el asesino de Miguel Ángel Blanco durante el juicio). Que nadie, en su sano juicio, albergue la sospecha –o el deseo- de que sería factible un canje a lo israelo-palestino de mil por uno. Ni España es Israel, ni Euskadi la franja de Gaza.

 

ETA se jubila. Pero el resto de los españoles no padecen una repentina amnesia. El nuevo Gobierno que salga de las urnas el 20-N deberá gestionar el final de la banda armada con un sentido histórico de la paz sin rebajas que no desanime a los violentos ni –a su vez- irrite a las víctimas hasta el punto de indisponerlas con cualquier tipo de solución dialogada. Las víctimas no se presentan a las elecciones y sacan conclusiones en el terrerno meramente sentimental. Ayer fueron los únicos que no se felicitaron abiertamente por este adiós a las armas de ETA sin bajarse del caballo y entregar el fusil. O sea de boquilla. Aunque esta vez sí les creyéramos, porque, estando derrotados, buscan una salida airosa para Otegui y el mundanal vasco entre rejas.

 

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EL VOLCÁN ECONÓMICO DE EL HIERRO

 

Los volcanólogos no pierden aún la esperanza de que el cono asome frente aLa Restingay tengamos el volcán surtseyano como Dios manda, con sus chorros de vapor de agua y sus columnas negras de cola de gallo con cenizas y piroclastos expulsados por los aires ante las miradas atónitas de propios y extraños en el balcón del Mar de las Calmas, como hace cuarenta años hacían en las gradas de las montañas de Fuencaliente los palmeros para ver al teleguía en erupción. Sin embargo, salvo que el fenómeno se reactive de improviso, los expertos vienen preparándonos en las últimas horas para la gran decepción. El volcán se está apagando y es muy probable que en estas condiciones (sismicidad cero, abombamiento irrelevante y tremor bajo mínimos), el proceso haya terminado y no emerja el islote que presumen que está a150 metrosde la superficie. No sería tal desencanto si no se hubieran depositado excesivas expectativas inspiradas en los volcanes explosivos de las Azores o Hawaii. Desde el primer momento, comprobé que había opiniones divergentes sobre la intensidad y alcance de la erupción fechada el pasado día 10. Tenían unos demasiadas prisas por ver nacer un volcán por primera vez en sus carreras profesionales –no es moneda corriente en la vida de un geólogo ser testigo de una erupción cazada en origen y poder historiarla de principio a fin, de ahí ese afán desmedido por que ocurriera-, y otros, menos entusiastas o más escépticos, preferían permanecer a la espera de acontecimientos. Aflore o no el volcán deLa Restinga, la clase de volcanismo ya no hay quien nos la quite de encima, y las pérdidas económicas de los habitantes de El Hierro no tiene vuelta atrás. Estas últimas, apenas puestas en valor en medio del pandemónium sísmico-volcánico, equivalen a un terremoto económico y una lluvia de ceniza y piedras sobre el comercio y las pesquerías. El estado en que queda la reserva marina –una joya de los tesoros que Europa guarda bajo el mar- cede ahora la palabra a los biólogos cuando está a punto de quitársela a los geólogos. Yo diría que, además, deben tomar la palabra los economistas para aportar la receta que impida las peores secuelas económicas de la isla. Este otro volcán sí que explotó.

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LA MANCHA VERDE



 


Los piroclastos del Mar de las Calmas acercan la idea –el sueño mitológico- de ver, por fin, a San Borondón emerger. Si mi amigo Gilberto Alemán viviera, o estuviera viendo en su alminar la ‘mancha verde’ en brazos de los alisios, moteada de pedruscos humeantes que proceden del fondo del mar y de la tierra, volaría a El Hierro, presto a hisopear el islote inminente con agua del Pozo dela Saludpara llamarlo por su nombre. Cuarenta años antes, el periodista finado bautizó al volcán Teneguía. Y hasta el día que murió estuvo alerta por si el islote fantasma asomaba el hocico por casualidad. José Padrón Machín se pasó también toda la vida buscando confirmar esa noticia huidiza. Cuando el venerado periodista piñero, que llegó a mimetizarse con el paisaje como si encarnase una sabina, se enfrentaba a la sequía informativa de su ‘séptima isla’, pensaba en San Borondón, en su infundado paradero, con la misma fe que, en 1721, el Capitán General de Canarias Juan Mur y Aguirre organizó formalmente una expedición en busca del espejismo siguiendo un rastro de frutas misteriosas y restos de una extraña vegetación que flotaban en las playas de El Hierro. La balandra regresó sin noticias de la isla rebelde, como en todas las tentativas por hallar el dibujo de Torriani posado en el mar piedra sobre piedra. Lo cierto –y lo estremecedor- es que todos indagaron a mar abierto en estas mismas coordenadas donde ahora asomaría el morro una isla cenicienta, como trasunto de la salida desesperada que buscamos a la crisis. La mitificación de marras estimuló a más de uno antes de este suceso que tuitea la red; a mí mismo y al historiador Julio Hernández -cuando conspirábamos bajo el yate invertido en el oasis del Quiosco Numancia, contrabandeando cohibas de matute con café- se nos pasó por la cabeza intentar el mismo desvarío, por si sonaba la flauta y traíamos de vuelta fotos de un paraíso trashumante que Pepe Dámaso había pintado exhaustivamente como si hubiera estado realmente allí. Cónsul y vicecónsul de San Borondón, Gilberto y Dámaso alardeaban de tener redactada una Constitución para cuando llegara la oportunidad. Y esta está al caer si el batiscafo certifica el parto del volcán tras diez mil sismos y un tremor. Al novelista Víctor Álamo dela Rosa, los duendes premonitorios lo llevaron en su última novela, ‘La cueva de los leprosos’, a mirar asombrosamente bajo el Mar de las Calmas y dar vida póstuma a sus personajes. La isla que sale de la cáscara, bajo la mirada espectral deLa Restinga, le da la razón. “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” (A. Monterroso).

 

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EL TREMOR

 

 

A expensas de lo que dispongan los caudales de fuego que recorren las entrañas de la isla más reciente y cubierta de volcanes, El Hierro es, en sentido literal, una isla amedrentada, aunque sus vecinos hagan gala de un estoicismo encomiable y remeden con su actitud obsecuente de estos días el nombre del escenario donde se libra la batalla natural entre los elementos: el Mar de las Calmas. Los sismógrafos registraron el tremor antes de que a alguien se le ocurriera medir el temor propiamente dicho con el aparato de turno –si hubiere tal instrumento más allá del mendaz polígrafo que nos estafa en la tele-. El Hierro, sumido, por tanto, en su tremor volcánico, aceptó, al principio, evacuar el pueblo pesquero deLa Restingacomo quien cambia de destino en un solo minuto, que diría Rudyard Kipling. Un pueblo fantasma, con sus calles rulfianas presintiendo las pisadas de almas en vilo. Pero ayer, en el pleno del Cabildo –tan caldeado como las galerías subterráneas de la isla que está al rojo vivo-, hubo un consenso desobediente en reclamar de las autoridades autonómicas la reapertura del túnel que acorta las distancias –un concepto relativo en este caso- entre Frontera y Valverde. Ser una isla en miniatura minimaliza todo y aleja, más que ninguna otra, los pueblos entre sí. El desalojo decretado por el Gobierno canario en sintonía con los planes de Protección Civil, que actúa según manual ajena a las presiones locales, ha terminado incomodando al herreño tranquilo deLa Restingaque dejó su pescado atrás y teme –he aquí el temor junto al tremor- que se le eche a perder. El volcán, si puede llamarse formalmente así a la erupción invisible, a falta de las imágenes que obtenga el batiscafo que viene la semana próxima, no avisa tan previsoramente como quisiera la gente. Los pequeños temblores del Golfo tras las fisuras subacuáticas de esta semana, aconsejan guardar una prudencia sin límites. He oído la expresión “miles de vidas están en juego” y me entran escalofríos, queriendo pensar que el cráter o cráteres que al final se contabilicen arrojen un balance exento de daños personales.

 

A Carracedo, que tiene la geología de las islas en la cabeza y presentará una obra sobre el particular  estos días en Las Palmas de Gran Canaria, le gusta citar la excepción conejera, la erupción del Timanfaya, que empezó tímidamente en el mar como El Hierro –en el siglo XVIII- y atravesó14 kilómetroshasta dentro de Lanzarote. Una paradoja del volcanismo canario más frecuente. Pero suficiente para prevenir antes que curar.

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MADRID

La felicidad es tema coaching donde los haya. Mi amiga Sabina Roleff se especializó en alegría antes del crack financiero. Y hace una década, Pedro Hernández publicó ‘Los moldes de la mente’, con el método del ‘bombeo’, que cura. Hay nombres y palabras que dan grima: Fitch, Moody`s, Standard & Poors, lagarto, lagarto. Me fui a Madrid el fin de semana a distraerme trabajando. Una reunión en una editorial y una tertulia política en TVE. En ‘La noche en 24 horas’, el presentador, Xavier Fortes, sirvió en bandeja la convención de Málaga del PP; dije que los partidos se han encasquillado en el harakiri de los recortes, cuando el FMI les pide ya lo contrario: estímulos económicos. Los discursos quedaron obsoletos con esa cuadratura del círculo: conciliar ajuste y crecimiento, que es “como un sueño en la vigilia”, la definición de poesía de Tomas Tranströmer, el Nobel último: la felicidad del paria consiste en soñarse rico en el duermevela. La periodista Consuelo Sánchez Vicente aconseja a los políticos que dispensen más esperanza y menos apocalipsis (‘Más Platón y menos Prozac’, decía Lou Marinoff). La palabra ‘consuelo’, quién mejor para reivindicarla. Madrid está para comérsela de noche con smog, es un retoño de otoño apacible para callejear. En el bar ‘Hokkaido’ de Alcalá tomo un café espresso exquisito (Madrid está haciendo buenos cafés últimamente, lo que nunca); detrás de la barra atiende una tierna pareja de chinitos recién papás. Los chinos copan el comercio y la restauración; pronto vestirán bata blanca en la botica: su siguiente objetivo puede ser la farmacopea. Pero ante estos jovencísimos asiáticos en su puerperio, admiro la entrega china al trabajo, su estajanovismo feliz. Discutimos de festivos de entre semana y me reconozco un país perezoso. Nos pierde la fiesta y la falta de ‘ética cívica’ para levantar un país que se viene abajo. Almorzamos en ‘Lupita’ (Monte Olivetti, 32), con música huayno y criolla en vivo. Lupita, 53 años, emigró en los 90 desde su Lima natal, y del servicio doméstico pasó a montar una red de restaurantes en Madrid con su receta secreta del pollo al carbón. Lupita se hizo feliz trabajando sin reloj.  En la calle, el nigeriano Emmanuel, parado, me vende por dos euros un ejemplar de ‘La Farola’, ‘el periódico que da pan y techo’. Y dignidad.

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HA MUERTO ORLANDO COVA EN BRAZOS DE BUKOWSKI

 


Orlando Cova era poeta. Era novelista. Era estilísticamente un escritor enrabietado que militaba en las entrañas de la palabra. Daba la medida del escritor maldito, pero nadie debería reprocharle su marginalidad buscada en las galerías secretas del mundo literario local. En los últimos brochazos que le dio a la vida consumía a propósito Bukowski y Pessoa a destajo. Y ya se sabe, ambos conducen al precipicio que devuelve al hombre a la lúcida resaca de cada mañana. Orlando, la última vez que nos vimos, Orlando, poeta de San Andrés, en la esquina de Anaga conLa Marina, o fue en la terracita del bar Capricho –remozado y desasistido de ‘Arroz’ y los borrachitos exfoliados-, me hablaste de los libros que pensabas publicar y de los libros que pensabas escribir y de los libros que no pensabas escribir ni publicar, como si me repitieras el mismo mantra de otros encuentros inesperados en mitad de la calle de los que está llena la vida: tus libros raigales y auténticos como tus vidas vividas al límite, ajenos unos y otras al establishment editorial de los agasajos, promociones y tournés de pacotilla de la jet literaria rutilante. Cova, como Ezequiel Pérez Plasencia, o Jesús Rivero y Víctor Ramírez, y como su desolado amigo Anghel Morales, era un poeta, un escritor clandestino. Un mismo clan. Un mismo destino resistente en las periferias iluminadas de la literatura insular. Orlando perseguía últimamente la sombra del personaje Orlando que le suplantaba como un heterónimo de Pessoa. Y sus correligionarios de esa generación rota en mil pedazos le lloran ahora que ha fallecido como si les hubiera caído una maldición encima, una racha de poetas muertos en el laberinto donde se sentían a salvo, alejados de los focos, a solas con el Minotauro. Antes, Ernesto Delgado, Ezequiel Pérez Plasencia y ahora Orlando, esa estela de pisadas torcidas que se llevó por delante también al periodista taciturno de la crónica negra urbana Antonio Bernal. El mismo viento sequero que tumbó a Luis Feria en la soledad de su domicilio infranqueable. Y el que mucho antes nos privó de Félix Francisco Casanova, un poeta coetáneo que me deslumbró con aquel presentimiento de que nunca nos habríamos de conocer, aunque estuviéramos vivos en la misma ciudad, porque uno de los dos habría de morir primero. Nos despedimos en la esquina, Orlando, y fue la última vez como el día que vi pasar de largo a Rimbaud por una calle de Santa Cruz y lo sigo viendo de espalda con la melena cayéndole sobre los hombros. Ahora, me detuve en el escaparate dela Libreríadel Cabildo, en el antiguo Cine Baudet, a recomponer el rastro telúrico de tus libros descarnados, las ‘Cosas del lago rojo’, ‘Los bares de Isabel’, ‘En las afueras del balayo’, ‘Hospital principal del norte’, ‘De sábanas sangrantes’… Se nos mueren los poetas, dije. Se fue sin avisar Mariano Vega, fue diciéndonos adiós Rafael Arozarena hasta que un día se despidió de verdad. Y Víctor Álamo me recuerda las muertes anteriores de Manolo Padorno y José María Millares Sall. ¿Estaremos quedándonos solos sin darnos cuenta? Si dimiten los poetas del mundo, porque el mundo no está para poesías, entonces nos iremos enfermando sin ellos hasta cae de bruces. El viejo Stéphane Hessel acaba de decir en sus memorias, ‘Mi baile con el siglo’, que ha sobrevivido gracias al amor que le ha acompañado toda la vida. El amor por la poesía. Sin embargo, decir que morir no es la mejor elección es llevarle todavía la contraria a los poetas. Bukowski se salió con la suya.

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RAFAEL A.


No cuesta pensar en Rafael Arozarena, con tubos, piquetas y frascos en la mochila, paseando a estas alturas entre nubes con una piedra de ópalo en el bolsillo esperando a que se acabe el queroseno. Todo lo que sentía, presentía y disentía lo dejó escrito en versos paladinos o indescifrables. Le bastaba la isla para hacerse viejo, como trozo de mar petrificada. Si hoy vivieran, se turnarían él y Telesforo Bravo para hacer guardia hasta que asomara una isla en el Mar de las Calmas, o evacuar a tiempo a las mariposas si El Hierro pariera un volcán. Era uno de los iconos de la librería de mi tío Paco. Yo era un niño y ya él era un mito en las estanterías (finalista del Nadal, 1971, Editorial Noguer, 1973). En la antología elaborada por Juan José Delgado parala AcademiaCanariadela Lenguafluyen las coladas del poeta que guardaba el paisaje como un ‘bicho’ raro, amigo de himenópteros y tropos, creador naturalista de su propio universo literario: ‘Fetasa’ le deparó, como los cronopios a Cortázar, un territorio imaginario hecho, sin embargo, a su medida. Fetasianos como él, Isaac de Vega (la misma extraña ósmosis que Borges y Bioy Casares), J. A. Padrón, Pimentel y Antonio Bermejo (reivindicado con fe ciega por Roberto Cabrera y Kolia: aquel cuentista maldito, inédito y sepultado; su novela ‘La lluvia no dice nada’, premio Pérez Armas, desapareció de la faz de la tierra) certifica la condición grupal. Y ganó adeptos, como el malogrado escritor Manuel Villalba Perera. Arozarena no repudiaba su novela juvenil ‘Mararía’, ni completamente la película, lo que le agotaba era verse reducido a esa novela, prefería ‘Cerveza de grano rojo’, y clamaba por su obra poética y hasta por su obra de entomólogo, que acarició imantado ala HistoriaNaturalde Webb y Berthelot. ‘Mararía’ fue el debut, me dijo. Reposaba junto a una osamenta animal en la estepa de Femés y se le apareció aquel cadáver vivo de ejemplar de mujer de figura adolescente avanzando hacia él, hasta descubrir las piernas sarmentosas de la anciana embrujada. Me cruzo, por cierto, a menudo con una mujer barbuda y alta, cargada de años, que se cubre el pelo con un pañuelo y se descubre las piernas delgadas para subir la acera del Mencey sin tensarse la falda. Camino de Bajamar aLa Orotavapara un encuentro con escolares, me habló de la vesanía en Femés, cuando lo envióla Telefónicay puso pies en Polvorosa para no tirarse por una ladera de aquellas montañas. Sus diálisis literarias eran célebres y sus tertulias fetasianas en ‘el Arkaba’ dela Avenidade Anaga. “Nos quitaron las alas y nos dejaron las uñas”. Quería volar, como Leonardo da Vinci.

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NEUTRINOS


Si un buen día nos fuera posible reelaborar el pasado, como sugieren estólidamente los físicos del experimento ‘Opera’, se nos plantearía un problema muy gordo: abortar de modo imperioso todas las guerras y despropósitos anteriores que hoy corroen por dentro nuestra civilización. Juan Goytisolo, uno de los más contumaces críticos de ésta, esbozaría una sonrisa socarrona de alquimista feliz con un puñado de neutrinos en la mano (izquierda, por supuesto) para darle la vuelta al calcetín y poner en su sitio a más de uno que ha usurpado el lugar de otro. Pero me temo que habrá habido un error en el laboratorio (Einstein se remueve en la tumba) y ninguna partícula subatómica haya osado ser más veloz que la luz de los poetas. O el futuro perdería todo el interés desbancado por una moda retrospectiva hasta los confines del pecado original en un continuo déjà vu. En la tercera edición del Salón Internacional del Libro Africano (SILA), el poeta Andrés Sánchez Robayna presentó en el TEA al autor de ‘Señas de identidad’, que observa con distancia lo que sucede en España desde su minarete marroquí. Vivimos en un casino global, dice Goytisolo en el circo de la crisis. Este español transmutado en Marrakech, que Antonio Vizcaya y Ángeles Alonso han traído a Santa Cruz, competía con las letras de Maná en el estadio (las andanadas del líder del grupo mexicano, Fher Olvera, contra la guerra de Irak lo homologaban al escritor catalán), mientras caían sobre nuestras cabezas seis toneladas de chatarra espacial de un satélite incontrolado tamaño guagua, como la manzana de Newton desde el fondo del pasado. ¡Si pudiéramos retractarnos en el tiempo, qué hacer, qué deshacer! La ocupación de los territorios palestinos por Israel en 1967, por ejemplo, a juicio del novelista en Tenerife mientras Mahmud Abbas sacudía las conciencias dela ONUpidiendo un lugar como estado. En alguna timba del casino global se han movido ciertas fichas. La primavera árabe estaba latente tras las ventanas de las casas cuando visité de noche Argel. De ahí las preguntas de Alfonso González Jerez al autor que eligió África para vivir, pensar y escribir en árabe, bajo las sospechas de sus compatriotas, como lamentó en la plaza Djemaa el Fna delante de Dulce Xerach y Martín Rivero. África es la palabra que se le atragantaba a los españoles hasta el otro día. Y la palabra Islam, pese a 7 siglos de la árabe Hispania. Y la palabra inmigración. Decía el Nobel nigeriano Wole Soyinka que habría que enviar cayucos a África con europeos emprendedores. Goytisolo era un apóstata español porque se mudó a África. Ahora lo imitan.

 

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LA PLAZA BARTOLOMÉ GARCÍA LORENZO

 

 

LA PLAZA DE BARTOLOMÉ GARCÍA LORENZO


En la plaza de García Escámez, la barriada insurgente junto a Somosierra en los años 70 en Tenerife, nos hemos vuelto a reunir, con cierta alopecia, arrugas y canas, un grupo de testigos presenciales del momento político en que fue asesinado, hace 35 años, el joven estudiante Bartolomé García Lorenzo.

 

La plaza, la misma plaza que explotó tras el suceso como hacen los volcanes, ahora –el miércoles 21 de septiembre- estaba serena y escuchaba con un silencio entrecortado las palabras de Dulce García Lorenzo, hermana del estudiante de Magisterio, de 21 años, deportista y risueño, “alto, atlético y tremendamente cariñoso”, que unos policías ofuscados mataron a quemarropa.

 

La muerte de Bartolomé fue un aldabonazo en la conciencia de los jóvenes inconformistas que movilizábamos a la gente con tal de precipitar la ruptura democrática. Sucedió a las once y cuarto de la mañana del 22 de septiembre, era miércoles, corría el año 1976 –no cualquier año, el año después de la muerte del dictador, y en plena Transición boquiabierta-.

 

En el recorte de periódico pegado en el tablón, junto a la mesa para los invitados al debate en ‘la placita’, leí rodeado de vecinos la crónica de Miguel Tejera Jordán, documentada, meticulosa, con la enumeración de los detalles periciales del caso, los 33 impactos de bala en la puerta –que quedó como un colador-, a ambos lados de las jambas. “No estaba armado”, subraya el periodista, saliendo al paso de los primeros rumores interesados que desdibujaban los hechos como si de un tiroteo cruzado se tratara.

 

Aquello fue una ignominiosa carnicería. Bartolomé estaba en casa con una prima y una pequeña de la familia. La policía llegó con exageración a Somosierra. Dijeron después que pretendían encontrar a ‘El Rubio’, un delincuente legendario de Arucas buscado por el presunto secuestro del industrial tabaquero Eufemiano Fuentes. Yo estaba al corriente de los pormenores de toda aquella historia cutre de policías desorientados porque seguí la noticia al pie de Las Meleguinas, el chalet de Fuentes en Santa Brígida. Iban tras el rastro de un fantasma. “¡Huye, Rubio!”, había gritado alguien en su Arucas natal, y ‘Rubio’ se quedó.

 

Cuando desapareció Eufemiano Fuentes (el poderoso empresario franquista que había participado en ‘las brigadas del amanecer’ durante la guerra y en el trayecto a Cádiz habría tirado a más de un preso político por la borda al grito de “¡Patitos al agua!”), en un aparente rapto nunca esclarecido, el primer sospechoso fue Ángel Cabrera Batista, ‘El Rubio’, una leyenda del rudo hampa local. ¿Fue ‘El Rubio!’ culpable del secuestro y asesinato del hombre que amasó una fortuna con el tabaco? Nunca lo sabremos, y el letrado que lo defendió siempre lo puso en duda. ¿Fue visto Eufemiano, con posterioridad, en algún escondite latinoamericano vivo y coleando? Hubo testigos que, a la vuelta, daban fe de ello, pero se mitificaron en exceso ambas figuras –el presunto falso secuestrado y el captor escurridizo- y la verdad permaneció oculta en el silencio sepulcral que guardaría hasta la muerte Ángel Cabrera, muchos años después, cuando decidió regresar a su tierra y entregarse.

 

Cerró el pico, enfermo y alucinado, y se llevó el secreto a la tumba. Sin embargo, Bartolomé García Lorenzo, la mañana del 22  de septiembre de 1976, cayó gravemente herido detrás de la puerta, cuando la cerró instintivamente por el sobresalto, intimidado por media docena de agentes convencidos de que habían dado con el refugio tinerfeño de ‘El Rubio’. Ahora, en la plaza de su barrio de nacimiento, los vecinos seguían haciéndose las mismas preguntas sin respuesta sobre el equívoco mortal.

 

Bartolomé fue hospitalizado y murió a los dos días. Tras los disparos, entró un agente en el despacho del gobernador Mombiedro dela Torrey le dio la noticia de que había sido batido ‘El Rubio’ en Somosierra. Cuando comprobó el error, el gobernador se desmoronó. La escena la relató el jueves en Teide Radio-Onda Cero el periodista Leopoldo Fernández. El Gobierno Civil, ante la dimensión del despropósito, instó al juzgado a abrir diligencias; los policías fueron condenados a dos años de prisión e inhabilitados, pero en la práctica –fuera por la vía de un perdón soterrado o por la desidia y complicidad de los últimos mohicanos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado del franquismo- siguieron ascendiendo en el escalafón.

 

Fue la misma inercia permisiva y consentidora que libró de la cárcel al comisario Matute, que mató a patadas a Antonio González Ramos –un obrero de Philips Morris insuficientemente reivindicado- durante un salvaje interrogatorio en 1975, o que dejó impune el asesinato por parte de un guardia civil del estudiante de Biológicas Javier Fernández Quesada, en 1977, crímenes encadenados que recordaban en esta ocasión en García Escámez el abogado laboralista Alfredo Horas y el historiador Ignacio Reyes.

 

A las once y cuarto de aquel 22 de septiembre, la policía tocó a la puerta del tercer piso en el portal 4º del bloque dela DivinaPastorae hirió de una ráfaga al joven Bartolomé, que dio un portazo y pidió un médico. Era inocente.

 

Este pasó a ser un crimen político, un detonador social que lanzó a la gente a la calle en una de las revueltas más acaloradas y emotivas que se vivieron en aquellos días terminales del régimen. El ambiente estaba caldeado por la mítica huelga de Cesea, que era la primera legal en la provincia. No olvido los choques entre vecinos y fuerzas del orden, que repelían a los primeros con pelotas de goma, las carreras y el despliegue de antidisturbios. Había un caldo de cultivo, como mencionó en el acto el periodista y dramaturgo Cirilo Leal. Horas reconstruyó escenas de una confrontación social con la dictadura en la espera y la esperanza de un cambio de sistema que hoy se revela deficiente.

 

Debatimos, con la muerte de Bartolomé de fondo, sobrela Canariasque salía de la represión y estrenaba un embrionario nacionalismo de izquierda aún entonces por definir. La calle era un volcán. Explotaba con cualquier pretexto. Bartolomé fue una espoleta. Su muerte, 35 años después, sigue viva en el corazón del barrio. Los amigos han cobrado años y desencantos, pero, como contaba uno de ellos, Canono, es imposible olvidar a Bartolomé, “era de esas personas que daba ganas de estar a su lado todo el tiempo”. Alguien lo llamará carisma. Su hermana lo llamó ‘espiritualismo’, fuerza interior. Tenía 21 años tan sólo, era senderista, buceador, afectuoso y waterpolista, cantante, teatrero, un alegre seguidor de Los Beatles, José Feliciano y Víctor Jara, un muchacho vital.

 

“No te dejaron ser padre, ni maestro, silenciaron tu armónica y tu flauta dulce, tus canciones y abrazos”, leyó, casi recitó Dulce, una hermana conmovida que advirtió al comienzo del homenaje: “Ésta es la primera y última vez que la familia habla en un acto público.” Pidió “flores, canciones y versos” para recordar en el futuro al hermano malogrado que, por su carácter, estaba llamado a ser alguien feliz. Los concejales de ‘Sí se Puede’ piensan solicitar en el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife que esta plaza de García Escámez lleve el nombre de Bartolomé García Lorenzo. Qué menos, si hay un poco de memoria y de justicia.

 

 

 

 

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 5 comentarios