Opinión

Hasta que las algas vuelvan a su cauce

El 90% de los debates públicos acaban en la papelera (o en el mar, que es lo que hoy traemos a colación), porque en las Islas se discute de modo maniqueo e intransigente, y casi siempre –de ahí ese alto porcentaje de debates estériles- con el pernicioso interés político de por medio, que no cejará en tratar de llevarse el ascua a su sardina por encima del interés general, aunque se diga justamente lo contrario, que es lo políticamente correcto.

Una de las pobrezas mentales de esta sociedad sin criterio propio es la manipulación sistemática de las ideas y hasta el control ominoso y denigrante de ámbitos sumisos de la economía, la docencia y la ciencia; esa dichosa pulsión gobernosa que todo lo somete y divide entre quienes están a favor o en contra del dogma oficial. El poder del control es tan tentador en Venezuela como en cualquier otro sitio, y solemos ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio. Así, la misma gangrena ha ido corroyendo democracias de toda laya bajo un imperio triste de mediocridad que domina la escena internacional, nacional y local, arruinando por el momento toda esperanza de catarsis.

La pereza del debate es esa, que sabemos que es un gasto innecesario de energía cíclico, una más de nuestras euforias y disforias maniáticas. Cansa ver las mismas confrontaciones con distinto collar. Ahora mismo, el poder toca a rebato en las islas porque le sacan los colores las microalgas del infierno y lo que más le disgusta es que le tiren los vertidos a la cara en mitad de las vacaciones. Los gobiernos siempre han temido en este país un Prestige. Con lo que no contaba el Gobierno de Canarias es con un simple derrame de algas, que es como una avería en la taza del váter que sale del fondo de las cloacas, porque la verdadera porquería está siempre debajo de las alfombras, como una metáfora maldita. Y no hay palabra más gráfica que la última en boca del protagonista de El coronel no tiene quien le escriba, cuando le pregunta la mujer qué comemos si pierde el gallo, y le dice: “Mierda”.

En la crisis del petróleo de la primera mitad de esta década, la controversia era fratricida; se alcanzaron extremos de ira y navajeo que descartaban toda posibilidad de consenso y de ahí la cuasi revuelta popular en las calles, y el rechazo en las encuestas a la mera mención de la palabra malvada en aquel pandemónium: petróleo -como la mierda del coronel-. Hoy proliferan con señorío las plataformas petrolíferas a la vista de todos en nuestras playas de Santa Cruz sin levantar ampollas, prueba de que la bronca se rebajó desde que Repsol levantó la caña, sus derechos quedaron extinguidos y Brufau se ganó el antipremio Canarias, el de persona non grata.

En la batalla de Vilaflor de 2002, los ánimos estaban crispados. Era una rebelión contra las torretas en toda regla porque pasaban por espacios naturales, pero, a su vez, eran una enmienda al empacho de poder, y esa copla es la misma en todas las demás carajeras de la isla. De aquellos polvos, estos lodos. Pero el poder se enroca y lo llama ruido, con su incapacidad manifiesta a la autocrítica. En las Islas cabe el cuento del volcán cuando la gente explota. Ya en 2004 los científicos protagonizaron una guerra de predicciones sobre este particular: la posibilidad de una erupción auténtica a treinta y pocos años del Teneguía, tras unos enjambres sísmicos ciertamente discordantes.

Hoy seguimos instalados en nuestro proverbial siroco insular, con brotes periódicos de verdades incómodas. Las microalgas han resucitado a la bestia. Hay voces disciplinadas que se alinean con el Gobierno a pie juntillas y sientan cátedra en la feria necia de los desmentidos rayana en el ridículo de técnicos y especialistas acólitos. El espectáculo de siempre. La política como espuma. Pero esta película ya la habíamos visto. Es un revival, un remake, un déjà vu. Hasta que las algas vuelvan a su cauce.

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El terremoto de Perú, diez años después

Hace diez años viajé a Perú por primera vez, como tantos turistas, atraído por el Machu Picchu, con la salvedad de que iba al encuentro de la futura madre de mi hijo. Nos reunimos en Lima, hicimos noche en Cuzco y recorrimos juntos la ciudadela incaica, hechizados por la mística del santuario. Al regresar de la excursión, quisimos pasar la tarde en el oasis de Huacachina; tomamos refrescos y paseamos por los lugares de la leyenda de la doncella que lloró la muerte de su guerrero y engendró la hermosa laguna bajo las dunas donde los niños se deslizan en tablas felices en el desierto. Antes de que anocheciera tomamos un taxi hacia la capital de Ica, el ‘sur chico’ de Perú, ajenos al horrible trance que nos aguardaba. El taxi describió un repentino zigzag y nos espantó en el horizonte un resplandor violáceo seguido de un apagón general. El hombre detuvo el coche, casi sin habla, y se marchó sin cobrar como alma que lleva el diablo. Entonces comprobamos que no podíamos mantenernos en pie y nos cogimos de la mano en corro; éramos cuatro personas. El periodista Javier Cabrera me miró temiéndose lo peor y alguien pasó a nuestro lado gritando ¡es el fin del mundo! Un terremoto de 7.9 grados de magnitud en la escala de Richter, casi justo en su epicentro, es, en efecto, lo más parecido a una escena final. Como una bomba a punto de caernos encima o un avión que se precipita con uno dentro. En un movimiento telúrico de ese calibre, la tierra puede fingirse una cama de agua, pero temes que se rasgue y te devore. Durante dos eternos minutos no repasas tu vida, te quedas en blanco -en un Kipling al cuadrado-y algo sonríe dentro de ti burlonamente, estás muerto de miedo, pero sobrevivirás. Había un niño con nosotros, cuyos hermanos sufrían en ese instante el mismo remezón, a pocos kilómetros, dentro de una casa que se movió “como un caballo loco”, según la descripción de la abuela, Emilia Verde. No se abrió la tierra. En aquella carretera, no. Todo se había movido como una tramoya cogida con papel de fumar, dejando intactos en la memoria los dos minutos del infierno diez años más tarde: una fracción de tiempo en el recuerdo como algo presente.

Como seguíamos vivos nos pusimos a caminar a tientas en la noche profunda, apenas alumbrados por el haz del teléfono móvil. Cuando llegamos a Camaná, la calle había perdido una fila completa de casas y la acera era un solar. La gente no durmió hasta que se hizo de día buscando los enseres y los seres queridos. Había dos países, el que habíamos visto de noche y el del día después. La mayor parte de las viviendas de adobe se habían venido abajo. Y en nuestro hotel, Sol de Ica, había caído una viga sobre nuestras habitaciones. En la Plaza Mayor de Pisco, meollo de la sacudida, los cadáveres fueron alineados a la intemperie para su identificación. Los féretros llegaron antes que la comida, hasta que los convoyes con alimentos donados comenzaron a ser asaltados en la Panamericana Sur.

Lo que presenciamos durante las semanas siguientes al terremoto de Ica, Lima y Huancavelica (aquel 15 de agosto de 2007, miércoles, a las 18.41) fueron secuencias de lo que llamamos la trágica realidad. Los presos del penal Sarita Colonia de Tambo de Mora -más de 500, casi tantos como el censo de difuntos del seísmo- se fugaron al derrumbarse una pared de la cárcel y sembraron el pánico: iban armados y entraban a la fuerza en las casas a robar víveres y dinero. Pero los saqueos de Subtanjalla eran obra de una turba hambrienta que no dudó en llevarse arroz, azúcar, frijoles y leche para sus casas. “¡Que vengan los músicos, los actores y los cómicos!”, clamaba un histriónico Alan García, incapaz de reconstruir la región en los cuatro años que le restaron de mandato.

Hartos de réplicas de más de cinco grados, Javier y yo no hacíamos caso en Huarango, donde sirven el mejor pollo a la brasa de Ica, cuando el edificio retemblaba en el almuerzo. Eran escenas duras. Visité hospitales y ‘pueblos jóvenes’ , que son los barrios de chabolas humildes. Presencié en el estadio local la llegada del helicóptero con agua embotellada para calmar a un pueblo que se moría de sed. “¡Primero el agua, después que traigan comida!”, se desesperaban los peruanos, que siempre creyeron más a la tristeza que a la alegría. Hacía frío y pedían frazadas a la espera de un techo provisional hasta que viniera otro terremoto. El país vive consciente de estar en el Pacífico sísmico. Pasaron días de ayuno; el caldo de gallina dejó de valer cuatro soles para costar el doble. “¡Antipatriotas!”, protestaban, sin éxito, mientras proliferaba la especulación. Un catalán que regentaba un hotel en Pisco fue uno de los héroes solidarios en un pueblo extinguido. La tarde noche del ‘cataclismo’, cerca de 200 feligreses que abarrotaban la iglesia de San Clemente murieron sepultados, todos, menos un bebé y el cura que oficiaba misa. Una de las peores escenas de la tragedia era ver aparecer la hilera de ataúdes blancos en el cementerio iqueño de Saraja. Pero milagrosamente, cada día había noticias de alguien rescatado con vida por los perros de los bomberos internacionales.

Pese a todo, Perú dio una lección de camaradería y no tardó en resucitar: pronto ya crecía por encima del 8 por ciento, exportaba minerales y productos agropecuarios, y yo los veía con envidia, bajo el síndrome de la crisis española, entrando en masa en los centros comerciales. “Perú ya está mejor”, dijo Vargas Llosa, en el museo O’Higgins de Lima. Pero al año siguiente, cuando volví al escenario de la catástrofe, Pisco continuaba estando en los huesos. Busqué al cura y ya no estaba. Allí sí seguían Virginia Cueto, a la que se le cayó la casa encima y le enyesaron las dos piernas, y María Elena Ramírez, habitando en precario un callejón en la Quinta Lucero, entre las ratas y el temor a que volviera un impostor que se declaraba dueño del terreno por herencia “y me bote como basura”. Y estaba la mujer que vendía golosinas y cojeaba. “Se me hincha el pie todavía”. El terremoto se lo partió y a cada paso se acordaba de él.

Volví al Machu Picchu, una de las siete maravillas del mundo, pero nunca repetí la excursión a Huacachina porque fue previa al terremoto. Al cabo de algunos años, insistieron tanto que accedí a quebrar la superstición. Cuando ya me sentía liberado, antes de llegar se formó, de pronto, una cola de coches insufrible. Dimos media vuelta en el cinturón de fuego y renunciamos definitivamente como si burláramos el destino.

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Icod, el perenquén de verano

La serpiente de verano fue el bicho que estuvo siempre en las oraciones del periodista, porque la prensa, que es una agricultura de buenas y malas cosechas, tiene su periodo estival de sequía, y le va la vida en ello. Por suerte, nunca faltan personajes y sucesos esperpénticos, según la criptozoología del género, que calmen esta sed cíclica de noticias, y en las redacciones se ha celebrado siempre con entusiasmo cada nuevo scoop de este bestiario, a condición de prolongarse en el tiempo durante días o semanas, como es de rigor. La serpiente es de la fauna del culebrón, con el que guarda un parentesco grotesco muy receptivo en radios y telenovelas. Amar en tiempos revueltos estuvo en antena siete años, y de aquella incontinencia popular deriva ahoraAmar es para siempre, que se emite en Antena 3 desde hace casi un lustro. El culebrón es un producto genuinamente sudamericano, como el mito rural del mismo nombre que describe una serpiente peluda que sugestiona con la mirada. El telespectador queda prendado de la pequeña pantalla en dosis diarias bajo los efectos del comején del amor y el desamor que le devora durante años.

En los periódicos y demás medios, el verano es la estación que invoca a la serpiente como a un clavo ardiendo al que agarrarse. El método no contempla temas enjundiosos, sino, preferiblemente, irrelevantes, la mera anécdota elevada a la categoría de notición. El viejo truco -que orilla, en parte, las aguas de la inocentada de los 28 de diciembre- no deja de tener sus reglas, y hay, como en todo, especialistas en este recurso de primeros auxilios para socorrer al medio que se queda, a la hora de cierre, sin noticia que dar en primera. En la bodega de los viejos periodistas siempre había una serpiente providencial contra ese riesgo congénito. Antes era más dramática la travesía del desierto de agosto para los periódicos; ahora, ya puede ser agosto todo el año en las redes que la excepción es la regla: la noticia cedió su trono a la serpiente viral, y esta especie domina el medio de agosto a agosto sin ceder un ápice de terreno.

La verdad se declara partidaria del papel. Por tanto, cuesta más en este soporte cubrir el expediente de agosto. Pero, con todo, insisto, ahora es menos meritoria la virtud de apropiarse de una buena serpiente de verano, una buena noticia adornada de flecos, que dé para enganchar varios días al lector. Las redes surten de ofidios al oficio en caso de emergencia. El calor es el primer vivero de noticias del mes. Como ahora mismo, las alertas y consignas contra las altas temperaturas. Son un clásico del género en agosto. Este año, las microalgas -cianobacterias- han sido la novedad que madrugó, y han dado juego como baza informativa, aderezadas de opiniones de biólogos, ecologistas, alcaldes y espontáneos.

En un ranking de serpientes de verano entraría con fuerza la censura de Icod, no tanto por su poder de captación informativa, como por su sorprendente capacidad de proyectarse políticamente sin el menor rubor: de asunto doméstico ha trascendido con inusitado brío a la cima de la comidilla nacional. Icod en la política de Estado, donde el podio era cosa hegemónica del referéndum catalán. Un simple golpe de mano local se trasviste de golpe de Estado. El Ayuntamiento de Icod, cual Fuerte Paramacay, a la espera de ser sometido por el Gobierno de Rajoy cogiendo recortes del de Maduro. La censura es una bacteria que amenaza las playas municipales, y el poder se incomoda cuando alguien le asalta la finca particular. Ahora mismo es la serpiente de verano por excelencia, el monstruo del lago Ness local, que fue el que inspiró este género. ¡Quién podía imaginar que saltaría este lagarto este verano, como si un pequeño perenquén insular amenazara con su modesta anatomía con acogotar a todo un Gobierno de la nación!

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Se nos agrió el carácter

Nos acordamos de los alisios cuando arrecia el bochorno como de Santa Bárbara cuando truena, como del alisio del bloom de las microalgas, que alguien acaba de invocar estos días. Jinetes del aire, soplando del nordeste sobre el hábitat y el habitante, la metáfora perfecta de la isla, que se saca el alisio debajo de la manga. El alisio, como factor determinante o desternillante de la impronta del canario, siempre viene a cuento de muletilla. Es un viento “mesurado, más o menos lánguido”, como dicen los franceses, que se define por su “carácter liso, delicado y amable”. Una descripción que casa con la del canario de otro tiempo menos crispado que este; la de aquel paisano que llamaban aplatanado por su pachorra. Siempre cuento que Unamuno ironizó con la soñarrera del canario que no tenía prisa, ni falta que le hacía. Cuando aquí había más soledad que ahora y en la Península creían que llevábamos taparrabos, resulta que el canario tenía un carácter abierto y caía bien; ganó fama de hospitalario, se hizo amigo del inglés y el alemán, y llevado del impulso abandonó la guataca y se hizo camarero autodidacta, pero supo adaptar su flema bucólica a la llegada de europeos en masa. Es impensable por aquí un brote de turismofobia como el del norte de España estas semanas, aunque nunca se sabe, pues -este es nuestro leitmotiv este domingo- tanto nos ha cambiado el carácter, el temperamento, la idiosincrasia, que debería ser objeto de introspección. Es una alteración de ánimo que afecta al ciudadano, la cultura, la economía y la política.

Quizá éramos más asertivos en la modernidad urbanizada del siglo XX que invitaba al individuo a establecer contacto físico y cultural con otras sociedades. Había un optimismo receptivo y una novedad satisfactoria. En su innegable ignorancia, el canario se dejaba llevar por una cándida curiosidad; era humilde y lo asimilaba todo. Pronto alardeamos de un virtuoso mestizaje, cuando Carlos Fuentes hacía proselitismo literario con el argot de la identidad latinoamericana. ¿Por qué el isleño europeizado de ahora, más instruido que aquél, se ha vuelto resabido y desconfiado con los de fuera y los de dentro? El paisano cuanto más aldeano, más sano; ligaba en el Puerto de la Cruz con un inglés de garrafón y volvía a la faena más feliz que unas castañuelas. Hoy esa imagen es todo un vestigio del ingenio de la pobreza. Había –no se olvide- una élite de pensamiento en aquel páramo franquista, con su vanguardia, que se topó con la guerra de sopetón. Luego diré que hemos perdido ese instinto intelectual. Hemos cambiado, somos de otra pasta. Se nos agrió el carácter, como se nos quebró aquel afable cosmopolitismo. ¿En qué momento se jodió Canarias?, preguntemos con el dilema vargasllosiano . La esclerosis de la democracia, el rejo sectario de la vida de los partidos cuando gobiernan demasiado tiempo, los lazos que crean amistades sospechosas entre grupos de intereses y el poder, y luego, la calle que se aleja de ese ático superior y se queja sin método, y lo que resulta es una sociedad enferma, como dice un diagnóstico reciente de un informe económico y empresarial. La Canarias postrada de la que algunos ya hablan va dejando entrever los síntomas del mal que le aqueja. Fíjense en nuestro carácter-insisto-, que no es ni la sombra de lo que era. El humor canario (el cotidiano), ¿dónde radica ahora? Es gente cabreada y triste, como quien dosifica la alegría porque no está el horno para bollos. Culpar genéricamente a la crisis es dictar la coartada del virus que vale para todos los males. Somos más introvertidos que antes, y toda la fuerza se nos va por la boca, con arcadas de insultos en la red, convertido el paraíso en pandemónium. Ahora está de moda fingir y nada es lo que parece en este enorme trampantojo. No es verdad que haya un mayor interaccionismo. Nadie está participando en nada realmente. En el nuevo circo de parlantes solo hay monitos retraídos en su jaula particular pulsando febrilmente la tablet más solos que la una, más toscos que nunca, en plena involución de la especie, camino de la jungla. Esa es la gran conversación, el soliloquio. La isla en estado peyorativo puro. Isla y jaula. Es una Canarias furiosa. Ya no es el pleito insular de una isla contra otra, sino un pleito personal de unos contra otros sin salir de la isla. Este lugar tan exótico que otros venían a explora debería ser visitado por nosotros mismos. No nos conocemos. La vida local ha dado un giro. Todo se ha vuelto más tribal en el sentido literal de la palabra que usaban los evolucionistas del siglo XIX. Estamos en otro estadio posiblemente de involución en aptitudes de convivencia y afecto. Y a este paso, retrocederemos de tribus a bandas. Nos gobernará una banda, si no lo hace ya.

Los espacios comunes -las plazas, las avenidas, las playas, los centros comerciales y parques- dejaron de ser puntos de encuentro: alojan diseminadas tribus herméticas que coexisten, pero no se entremezclan. ¿Dónde está el espejo en el que se miran las islas ahora? ¿Cuál es nuestro modelo de sociedad a imitar? En nuestro falansterio insular hay alianzas y rivalidades, pero una tierra decente no se puede regir por reglas sectarias de una hermandad de intereses. El único éxito posible en una isla es llevarnos relativamente bien. Una isla de tirios y troyanos es un infierno. ¿Dónde quedó la manera tolerante de ser de este pueblo, devenido en una autonomía rencorosa? Recuperar nuestras raíces: queda arqueología por hacer. Sí, hemos ido perdiendo el instinto intelectual -la crítica del tiempo presente- y una serie de espacios permanecen vacíos, con preguntas de futuro sobre temas centrales: ¿qué pensamos del mundo que dejamos a los nuevos canarios que vienen detrás? Alguien debe salirse de la manada con el megáfono, antes de que sea tarde. No hay peor desgana que este desinterés por las grandes y mínimas premisas. Si todo el esfuerzo se reduce a salir del paso, estamos aviados. La falta de generosidad trae consigo la ausencia de metas colectivas. Lo que caracteriza este momento es una profunda desigualdad social. Y ello ha terminado por agriarnos el carácter. La incomodidad general. Hay una tensión de intereses, entre quienes consolidan posiciones enquistadas de poder y quienes piden el derecho a realizarse en su propia tierra. Si el estilo tribal se impone, habrá otro éxodo, este de jóvenes que saldrán de la jaula de la isla con la tablet y se irán con viento fresco. Y tras ese alisio, solo quedará la mediocridad.

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Scaramucci pagó por adulón

Existe la figura del adulón, que deposita todo su éxito en la incontinencia a la hora de exaltar, secundar, imitar y obedecer hasta límites grotescos al jefe, líder y amo que lo nombra y somete. Tener un carguillo eleva la autoestima y, a veces, fomenta una vanidad histriónica que estaba oculta bajo la falsa apariencia de humildad, que es tan común y rastrera como fácilmente desmontable.
Ayer Trump se cargó a su más obsecuente y servil farandulero, el director de Comunicación, Anthony Scaramucci, que acababa de llegar al puesto como elefante en cacharrería, insultando a todo el mundo, pero no a los adversarios del presidente, que son multitud, sino a los propios componentes del equipo áulico del ala oeste de la Casa Blanca, sus compañeros y hasta jefes más directos.

Lo más bonito que soltó Scaramucci por su lengua viperina fue esta sentencia lacónica: “Lo que quiero hacer es matar a todos los filtradores”. Era una conversación telefónica con un periodista que le transmitió un off the record sobre los movimientos del flamante dircom del presidente. Este perdió los estribos y anunció que despediría a todo quisque en su departamento, y no paró de disparar sobre el ala oeste como un energúmeno. Apuntó con ventajismo a la cabeza de Priebus, el tambaleante jefe de gabinete de Trump, en términos tales que no dejaban lugar a dudas del odio que albergaba sobre él: “Es un jodido paranoico esquizofrénico”.

Trump cesó después a Priebus, como si siguiera al pie de la letra los deseos de su vampiro particular. Y Scaramucci debió creerse consolidado en el cargo. El adulón copia hasta los defectos del jefe y los exagera para que se perciba con claridad que admira a su héroe indefectiblemente. Así que el hombre tiró para adelante y se vio subido a la ola de los delfines del presidente, que han de ser pendencieros y déspotas e imbéciles todo a la vez para merecer un carguillo en su depredador ejército de macarras.

El adulón no tiene ideas propias. Repite como un loro las del jefe. Si Trump es un mal hablado, Scaramucci pensó que el lenguaje soez era la mejor arma para granjearse las simpatías del presidente faltón. Como quiera que había liquidado a Priebus de una feliz andanada -“jodido paranoico esquizofrénico”-, probó fortuna contra -nada menos que- Steve Bannon, un periodista chulo y ultra elevado a la canonjía de estratega jefe de Trump para incomodar a toda la aristocracia ortodoxa de su partido. “Yo no intento mamármela como él”, creyó crucificarle -al tanto de que el yerno y la niña del presidente no lo tragan-. Y así fueron discurriendo los días de fuego amigo de este tal Scaramucci que no se quita las gafas de sol y que por lo visto desatendía a su esposa por el amor obsesivo que profesaba a Trump, según ella.

Un adulón como Dios manda puede llegar a amar y hasta a mamársela a su jefe, dicho en la terminología de barricada de este tiburón financiero de Wall Street, reclutado por el presidente para meter en cintura a su equipo de veintitantos inútiles abonados a la conspiración más por hábito que por monjes. Esa es la marca de la casa. Llegar a la Casa Blanca fue obra de una gran conspiración, el rusiagate, que le puede costar el impeachment a un presidente elegido gracias a los votos y los virus de Internet. En esa democracia, Trump querría ser como Maduro y abolir el Senado y la Cámara de Representantes, que bloquean sus leyes draconianas, y poner un Parlamento ad hoc elegido a machamartillo para sepultar de una vez el Obamacare.

Puso a Scaramucci y ayer se lo cargó después de tan solo diez días de jefe de prensa. La orden la firmó el general John Kelly, en el primer minuto de aterrizar en la Casa Blanca en el puesto clave que estaba vacante, el de jefe de Gabinete. Otro adulón. Los adulones se van liquidando entre sí. Son los bufones del banquete.

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Antes de que muera Venezuela

Tiene hoy razón de ser un régimen como el bolivariano, a todas luces víctima fatal de sus propios errores de fábrica, tras 18 años de ensayo impulsivo de un modelo sui géneris que oscilaba entre el castrismo y el libro verde de Gadafi?

Cuando el joven coronel libio se hizo con el poder, desató una corriente de simpatía hacia su novedosa revolución socialista de duendes nómadas que poblaban jaimas y alentaban su ideal de convergencia panarabista. Era un hombre joven, treintañero y bien parecido que volvía a su pueblo natal a compartir la mesa con los suyos, sentado en el suelo comiendo cuscús y tomando el té de los desiertos con timidez delante de las cámaras.

Los líderes populistas, entonces, tenían mejor prensa que ahora. En América, Torrijos era un militar venerado por la izquierda por su corte de mangas al Tío Sam y defensa soberana de su Canal de Panamá. Torrijos agradaba a Fidel. Bolívar inspiró a Hugo Chávez. Y así se iban sucediendo, históricamente, los líderes de nuevo cuño, pasándose el testigo en aquella oleada de presuntos mesías. Eran los cachorros de nuestra América, como tituló su famoso ensayo José Martí, el poeta revolucionario cubano hijo de la canaria Leonor Pérez.

Las revoluciones, casi siempre de corte militarista y juvenil, de América, como las de África y Asia de la segunda mitad del siglo pasado, contrastan con las rebeliones estudiantiles europeas, en países como Francia o Italia, que tanto subyugaron a los radicales españoles de izquierda alzados en las universidades durante la dictadura de Franco. Chávez era el producto de una deconstrucción de las revoluciones convencionales de América, tras fenómenos tan determinantes como Cuba desde 1959 al cabo de una guerra de guerrillas de dos años en la Sierra. Fascinado por ese colapso de la historia de la isla que estableció una especie de canon en el marchamo de las revoluciones de medio mundo, ansioso de hallar soluciones drásticas y vertiginosas a la democracia enferma de Venezuela, el paracaidista venezolano inventó su receta de consumo interno y tendió un puente discipular con La Habana, ya en las postrimerías de Fidel.

Cuba es un fenómeno ilustrativo en todo seminario que se precie sobre revoluciones en el mundo. Es el caso paradigmático para considerar el meollo de las transformaciones políticas en situaciones de falta de libertad: la evolución y la involución de las revoluciones.

Venezuela viene de mirarse en ese espejo, cuando los actores principales en ambos casos ya han fallecido: Fidel Castro en noviembre de 2016 y Hugo Chávez en marzo de 2013. La progresía española -la progresía internacional y también la gran hipogresía que se redimía los pecados viajando a Cuba con cosméticos y afeites para compensar amores en el Malecón- se deslumbró con el fogoso espíritu de los barbudos de Sierra Maestra, capaces de derrocar con su artesanía revolucionaria al dictador Batista, que huyó finalmente como sueña todo levantamiento popular. El carisma personal de Fidel alimentó el culto a su personalidad y la repercusión mediática del Che -el fetiche adorable de hombres y mujeres de tinte rojo, una vez consagrado en la mítica foto de Alberto Korda- reveló que la insurgencia debía tener look, encanto y mercadotecnia, entre sus claves de éxito. La barba que ahora lucen deportistas y cantantes como signo de una estética transgresora dudosamente encasillable en alguna ideología, era entonces, en la efervescencia castrista, una moda de izquierdas. Chávez inventó su propia simbología, la boina roja y los atuendos del mismo color, y copió los discursos intermimables de Fidel, pero les añadió canciones y ejemplares diminutos de su Constitución que lo hacían un político cómico. Un cineasta que le propuso hacer una película de su vida, cuando ya enfermo se encerraba a llorar y a dormir, pensó que todo el ardor de Chávez se había caído por un sumidero y los que heredaron su poder se quedaron buscando el chavismo en las cloacas del régimen. El misticismo de Chávez se fue con él. La religión que fundó no le sobrevive, porque era de este mundo, unida a su presencia de un modo inmanente. Hoy sabemos que Chávez no se perpetuó.

La figura de un líder ídolo ha sido común a los grandes partidos y movimientos de izquierda a derecha. En el PSOE español y en los socialismos francés o sueco, por poner tres ejemplos, nadie discutió ese extremo: buena parte del secreto de que llegaran al poder residió en la imantación popular de sus dioses respectivos, Felipe González, François Miterrand y Olof Palme. Chavez heredó esa tradición en un país que confortó indistintamente a demócratas y dictadores, a Rómulo Bethencourt como a Pérez Jiménez, al breve Chalbaud asesinado como al eterno Carlos Andrés Pérez.

Bastaba decir CAP o El Gocho, y el pueblo apostillaba, “sí, Carlos Andrés Pérez roba, pero deja robar”. La corrupción recorre las venas de América, y cuando ahora confiesa el exabogado de Odebrecht que el empresario de este imperio brasileño de la construcción sobornó a no menos de mil personas, está diciendo que el continente americano -donde la multinacional extendió sus tentáculos entre jefes de Estado y subalternos- no tiene remedio.

En el callejón donde está metida Venezuela puede pasar cualquier cosa desde este domingo en que Maduro ha implantado la elección forzosa de una dudosa Asamblea Constituyente tras un reguero de medidas coercitivas que han acabado por arruinar todo asomo posible de democracia. Con Maduro en manos de Trump todo desenlace es imaginable. Que los Estados Unidos, que llevaron a cabo el cerco a Noriega a finales de los 80, declaren a Venezuela un narcoestado y lo invadan, no es una posibilidad remota. Pero la democracia debería anticiparse al matón del norte. Venezuela ya es una guerra civil callejera. Una causa suficiente para que se eviten más muertos antes de que muera el país.

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El sátrapa de las urnas

Si el lenguaje de los últimos dignatarios -cuyo parentesco con dignidad no deja de ser casual entre dos palabras- es el espejo donde se retratan sus actos, estemos precavidos porque la democracia está a punto de dar un giro desolador hacia otra dimensión desconocida que la aleja por completo de principios que teníamos por inmutables. Estamos llamando democracia de un modo genérico a comportamientos que responden a un nuevo concepto herético, que hace de la política -las elecciones, los gobiernos, los parlamentos, los líderes y los partidos- una parcela por redefinir.

“Arrancaré la cabeza”, anuncia Erdogan sin cortarse un pelo respecto de quienes le dieron un golpe-autogolpe (que es otra variante por reclasificar), no satisfecho con la redada masiva que ha perpetrado con mano de hierro y ademanes de ángel exterminador. Este desgarro verbal que el siniestro presidente turco lanzó sin rodeos desde el puente del Bósforo, en el primer aniversario de la controvertida conspiración contra él, es un ejemplo gráfico del nuevo discurso en boga en los regímenes más inhóspitos dentro del universo de las democracias actuales. Erdogan, tras devorar adversarios a la carta durante estos doce meses de banquete y purga, se provoca esta vomitona con una pluma de pavo real y nos la echa encima a los ingenuos espectadores europeos de la gran velada de una degración antidemocrática viral. El género está dando demócratas de puño de hierro en las esquinas más recónditas del mundo, como si el clásico cliché de dictador se hubiera hibridado con otros modelos más homologables políticamente dando como resultado al sátrapa de las urnas. Duterte, un filipino de esta especie deleznable, admite haberse cobrado en un año en el poder a miles de personas asesinadas en su lucha despiadada contra la droga. Ya son cifras en términos de represión al socaire democrático de haber sido elegido formalmente por el pueblo. Duterte el Sucio, avisó: “Si soy presidente, abrid funerarias. Estarán repletas. Yo suministraré los cadáveres.” No hay dudas de su talante y estilo. Ética y dialéctica dándose la mano con asco.

“Detendré uno a uno a los 33 magistrados de la oposición”, proclama, por su parte Maduro, esa espléndida fuente de titulares, instalado en su trono de Miraflores queriendo imitar las huevonadas de Chávez en sus parodias más soeces (“ayer el diablo estuvo aquí, huele a azufre todavía”, dijo una vez sobre la estela de Bush en la Asamblea de Naciones Unidas en Nueva York). “Saque sus narices de Venezuela”, resuena en los oídos de Rajoy, pero es Maduro quien lo espeta. Trump es, en sí mismo, un caudal de semántica totalitaria en el corazón de una democracia en tela de juicio: persigue a inmigrantes por el color de la piel y a periodistas por el color de sus opiniones; desafía al Congreso, a la CIA y al FBI, y concluye que está investido del poder absoluto de impartir perdón a terceros y a sí mismo por los delitos que pudiera haber cometido (la trama rusa).

La democracia lo ha resistido todo; ha visto en América transformarse en dictadores a personajes soberanamente elegidos como Fujimori en Perú. Pero este es un fenómeno nuevo: se trata de una metamorfosis que deforma el lenguaje y los actos y pervierte el sufragio universal. Determinados líderes democráticamente elegidos se vuelven dictadores de facto, con un discurso intimidatorio que amedrenta al ciudadano de a pie. La democracia era el reino de la libertad y se torna en régimen de indefensión, que se extiende como una semilla mala. No vaya a ser que el cuervo negro que cruza los cielos la defeque también en nuestras islas.

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Cospedal y Nelson frente a Rabat

Cuando hace 220 años Santa Cruz frustró la incursión de Nelson, la ciudad y la isla, España y el continente europeo contemplaban objetivos y temores que ahora nos resultan desfasados. La vida en el siglo XVIII tenía sus coordenadas, y ahora miramos de reojo a las aguas que llamábamos canario-saharianas y a las pretensiones del vecino que siempre usó el doble lenguaje y las artimañas de la dilación. En aquella centuria éramos menos de 200.000 personas poblando estas islas; veníamos de una tipología social atrabiliaria, de conductas mal encaradas, que incluía las cabalgadas para aprehender esclavos en las costas de África. Sobrevivíamos del azúcar, de la parra y de los beneficios del campo, cultivo tras cultivo, consecutivamente.

¿Cómo éramos, en realidad, nómadas o sedentarios? Enseguida emigramos, y una vez suprimido el tributo en sangre, que implicaba la diáspora forzosa de cinco familias canarias por cada cien toneladas de mercancía exportadas, emprendimos todo un colosal diálogo humano con América que nos distanció de las cercanías africanas hasta mucho tiempo después, que es hoy mismo, en que hemos vuelto a girarnos hacia África tras darle durante décadas la espalda. Pero en el siglo de Nelson éramos una fonda importante de la Corona, que traficaba su oro y su plata de América con que financiar su hegemonía europea. Canarias era inocente, pero no ajena: era un lugar de paso clave. Una base de España.

Como si de un salto atrás en la historia se tratara, la ministra Cospedal ha celebrado con “orgullo” la hazaña de las valientes milicias que en 1797 pararon los pies al almirante de la Marina británica que tenía, sin saberlo, un lugar reservado en la historia. La efeméride se las trae, pues la titular de Defensa no hacía un visita de trámite a la isla que fue objeto del deseo del inglés, sino un viaje de doble jornada por el Archipiélago, donde pernoctó en mitad de una crisis política local, tan empecinada en sus cuatro esquinas que ignora lo que pueda estar sucediendo en las costas de enfrente.

Cuando vino Nelson con su Theseus, sus navíos y cañones haciéndose el despistado ya éramos célebres por nuestros vinos y otras vitolas; teníamos fama entre los naturalistas (apenas dos años después nos visitaría Humdoldt), pero el turismo propiamente dicho como sector económico no estaba en nuestra imaginación ni en la de nadie todavía, como era impensable Internet doscientos años atrás. Lo que descubrimos aquel 25 de julio, de la mano que iba a perder el genial enemigo británico es que nuestro mérito en el mundo iba a ser, sobre todo, estratégico.

Ahora Cospedal festejó la memoria de los héroes locales del general Gutiérrez como si emitiera señales al palacio del rey alauí. Las invasiones de langostas y almirantes han formado parte históricamente de nuestra exposición a los riesgos exteriores, que es un factor determinante inserto en nuestra condición insular. En siglos pasados de ataques y piraterías este era un tema habitual de conversación. Mucho después de la intentona de Nelson, llegaban aún noticias expansionistas muy consistentes e inquietantes, como las de Hitler, Mussolini o Estados Unidos. La matraquilla marroquí sobre Canarias data de tiempos más recientes y ha quedado como una secuela de la agonía de Franco, que era un militar acuciado por delirios africanos. La siempre expectante Canarias asistió a la descolonización del Sáhara como una convidada de piedra, así como en el vagón de Hendaya dos dictadores introducían en su controversia el control de las islas en la Segunda Guerra Mundial, y nosotros, en la luna de Valencia. Los F18 de Gando, los cazas de la Fuerza Aérea española capaces de una respuesta instantánea si alguien atentara contra estas islas, actúan de vigilantes de guardia. El precio de ser islas es no quedar desguarnecidas; son la metáfora de las geoestrategias que asocian una isla a una base militar. Cuando en los 80 el debate era la OTAN, en Canarias había una fiebre antimilitarista que explica el no en el referéndum. Luego se reinterpretaron los hechos y las opiniones refractarias antiyanquis y antiOtan, como si en Cataluña, a la vuelta de unos años, conviniera el estatus español habida cuenta de las amenazas potenciales del mundo exterior.

Los canarios hemos estado siempre en el filo de esa navaja. Si recolectamos los sucesos de toda índole que han ido marcando nuestra historia política, económica y estratégica desde Nelson -y naturalmente desde la Conquista- hasta el inconsciente marroquí que impregna sus mapas del Gran Magreb y sus apetencias del petróleo y el telurio, nos reconoceremos en una cierta desconfianza e indefensión.

Nelson, en boca de Cospedal, es una manera alegórica de hablarle a Marruecos con ironía. La ministra, con sus jefes de Estado Mayor, ha venido a peinar las guarniciones y alentar a las tropas en estas trincheras caldeadas frente al desierto. Era -no hay por qué dudarlo- una visita programada anteriormente, pero se produjo -no hay casualidad más oportuna- pocos días después de que, en una revolera, Marruecos se apropiara de las aguas del Sáhara, que son unos dominios sometidos al arbitraje de la ONU desde hace 40 años. Tanto la miríada de pleitos domésticos como la ceguera temporal que padecen estas islas por la extraña enfermedad de las guerras cainitas de poder, el incidente ha estado a punto de pasar desapercibido, riesgo que los lectores de DIARIO DE AVISOS pueden decir que han sorteado a través de las crónicas de Tinerfe Fumero y las reflexiones publicadas por el profesor y diputado Juan-Manuel García Ramos. Las islas, oficialmente, han disimulado unos hechos que en otro tiempo hubieran desatado un debate no menor, prueba del nivel al que hemos descendido. Pese a la tibia respuesta política insular y las excusas técnicas del argot del ministro español de Exteriores, cobra valor la visita gestual de la ministra de Defensa sobre la huella de la derrota de Nelson, autor de una frustrada invasión, precisamente.

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La trama de un pacto prevacacional

Como quiera que el acuerdo de gobierno es cosa de dos, diríase que todas las apuestas caben en las vísperas del desenlace de este tira y afloja entre Coalición Canaria y el Partido Popular. Cuando la autonomía era bisoña ya era montaraz, y estas cosas solían estar rodeadas de una teatralidad brutal, aun más exagerada que este parto interruptus entre CC y PP. Hubo en una ocasión tal grado de postureo y posverdad -como ahora diríamos- en las negociaciones formales, que Julio Bonis hizo creer al PSOE hasta el último minuto que todo estaba hecho mientras cerraba con el PP. La moción de censura de Hermoso a Saavedra estuvo precedida de la máxima cordialidad, momentos antes, entre dos líderes que no tenían ningún roce personal, pero la política -ya entonces- se regía por reglas que no contemplaba atenuantes.
Así fue siempre. Los gobiernos se rompían y los pactos se fraguaban como por arte de magia; había quienes eran verdaderos expertos. La historia política de Canarias es una gran componenda. Los personajes que poblaron la génesis del llamado autogobierno -del Legionario al marqués de La Oliva hay toda una galería de pícaros de mucho cuidado- hacían uso de un manual de estilo que los nuevos dirigentes han perfeccionado y corregido. Alguno que otro ha logrado sobrevivir a los altibajos de una vida de parlamentario genuinamente cainita. Tomás Padrón le regaló a Olarte en su investidura un naife que simbolizaba la célebre puñalada trapera, para que se pusiera a buen recaudo.

Nunca los socios de un pacto de gobierno se han llevado bien. Tras una rabieta de puertas adentro, el presidente sufrió una hemorragia nasal. Y el tiempo ha curado heridas que parecían letales. Nos llevaríamos una sorpresa si se divulgaran las simpatías que ha generado entre el aceite y el vinagre la evolución de la política canaria recientemente.

Ahora estamos en lo que estamos. En el kilómetro cero de un acuerdo in albis entre Coalición y el PP. Algunos de los viejos tics regresan al lugar del crimen. Así como papa no se es hasta que no sale humo blanco por la chimenea del Vaticano, está costando que entre CC y PP deje de asomar esa fumata negra que mantiene el invento en punto muerto. De nuevo la causa no son las ideas, sino los cargos, desde que la democracia es democracia y desde los griegos no hay taumaturgia que valga.

Pero el instante en el que estamos es singular respecto a toda la historia precedente. Se rompió el pacto con el PSOE, volviendo a las viejas costumbres, y en Madrid mea Coalición como marcan los cánones. Bien podría CC negarse a hacer un hueco al PP en el Gobierno a cambio del óbolo de Oramas. Pero esta vez tiene motivos para dudar de su suerte.

Si en diciembre, Rajoy, una vez aprobados los Presupuestos de 2018, concluye que las elecciones serán en 2019

-esa hipótesis de unir todas las urnas nacionales, autonómicas y locales produce pavor a las fuerzas minoritarias-, Asier Antona tendría -entonces sí- las manos libres para cumplir con su amenaza favorita de “oposición con todas las consecuencias”. Ese último año y medio 2018-2019 sería un calvario para Clavijo. Por eso el presidente quiere sinceramente llegar a un acuerdo con Antona; no se fía de Rajoy, a quien ha consultado los pasos que piensa dar. Salgan o no del Gobierno Pedro Ortega, Valido, Narvay o Barragán, es Román Rodríguez quien preocupa a CC. Ahora manda en Madrid y se reúne en secreto con Rajoy. ¿Qué trama?

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La Gran Mojiganga

En tan solo un puñado de años han cambiado los parámetros de nuestras vidas, y esa clase de saltos radicales suelen darse de manera estrepitosa y, no obstante, pasarnos desapercibidos los hechos, ritos y personajes, como máscaras. Ejemplos. En Europa los grandes partidos se han ido al garete. El socialismo es una fuerza testimonial en un país determinante como Francia. Macron, el Suárez francés de la vieja democracia gala y europea, encarna una suerte de híbrido de Napoleón, De Gaulle y Miterrand, pilares de toda su historia política de los dos últimos siglos. Con la imagen de la grandeur francesa crecimos toda una generación, parapetados en un país que se resistía a romper con el pasado y subirse al tren de Europa. Francia era el vagón que nos precedía, y era un vagón primordial.

Con ese vecino al lado se hizo la Transición. Y Kohl, el tótem venerable del eje alemán, era como el ídolo bondadoso de la derecha europea que profesaba un canon humanístico de reconciliación entre sus dos Alemanias y acabó tirando abajo el muro de Berlín, que era nuestra representación mítica del demonio de los dos bloques tras la Segunda Guerra Mundial. Teníamos la sensación teatral de haber venido al mundo tras lo peor y de ser parte de un nuevo mundo, por suerte, mejorado, con las deudas saldadas como tras una fiesta de grandes valores invocados por hombres de bien.

Los actores que se han ido subiendo al escenario tienen en común con aquellos, que pretenden el poder, como en un círculo artúrico vicioso en pos del Santo Grial. Pero son actores sin guion improvisando sus papeles.

Las islas son el espejo del alma de ese mundo que deambula en mitad de la noche, con las hogueras extinguidas, tras la última velada de una historia que parecía un cuento de hadas y acabó mal. Hoy, cada día que pasa, vamos teniendo una percepción mejor de lo que nos pasa, pero apenas acertamos a prever lo que nos aguarda. El pozo nos mira sin agua, con sus sombras. ¿Era imaginable que el presidente de la primera potencia quedara aislado en una cumbre del G-20 por sus predicamentos proteccionistas y toda su vesania contra al cambio climático? ¿Era de suponer que el Reino Unido se batiría en retirada y una nueva ideología euroescéptica propagara en el continente la autodestrucción de Europa para sembrar de fronteras la amalgama de países ?

En un mal sueño de Allan Poe cabría una historia así. Pero en uno de nuestros autores más precoces reconozco los ingredientes del cuento que nos compete en las páginas de El don de Vorace, sobre la Gran Mojiganga. A mediados de invierno, el pueblo sacaba los disfraces de animales del arcón; la hija del alcalde cumplió con la tradición de arrojar una flecha color zafiro de agua al fondo del pozo de la plaza y una máscara de macho cabrío para invitar al demonio de turno de entre los vecinos a participar del carnaval. El dardo, sin embargo, no tocó fondo, no se escuchó su impacto bajo el brocal y el pueblo se asustó, pero no suspendió la fiesta. El macho cabrío salió del pozo, era un diablo de buena planta (solía ser el alcalde, pero estaba demasiado gordo). Sonaron violines y chirimías y tambores de piel de lobo, y todos bailaron. Al caer la noche, se encendieron las hogueras, la hija del alcalde estaba exhausta y el diablo clavaba sus ojos en cada máscara. La última escena que describe Félix Francisco Casanova nos deja con la mosca detrás de la oreja: un viento triste atraviesa la plaza, unas sombras desdibujadas se cuelan por el agujero del pozo, se apagan los fuegos y… “amanecía el pueblo sembrado de disfraces vacíos, fue la última gran ceremonia, la auténtica Mojiganga”.

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