Opinión

Tienen la palabra las urnas

En estos últimos 30 años, tras la caída del muro de Berlín, Europa ha dado pasos de gigante. Pero en este momento de impasse fatalmente histórico se abre un silencio dramático, una incertidumbre de ánimo ante el torrente de calamidades que invita a una atrevida resistencia, como en la duda de Hamlet, el ser o no ser, incluida la esperanza de que los sueños nos rescaten a tiempo en última instancia. Ahora, cuando las muestras de cólera política se trasladan a los parlamentos y calles, en España nos disponemos este domingo a votar en libertad. Pero los fantasmas de la guerra fría han vuelto y las cizañas que siembran las ideologías más aviesas han hecho reverdecer la hojarasca de los años fratricidas que padeció el continente. Domingo, este, que avienta todos los temores a un retroceso social, político y económico. Si de las urnas esperamos por definición la mejor de las salidas a los continuos atascos parlamentarios, esta vez no podríamos perdonarnos un nuevo bloqueo tras el escrutinio de esta noche.
¿Qué hay de cierto sobre la ola de ultraderecha que recorre España, sobre ese voto de castigo y nostalgia que se conjura en torno a Vox? La única certidumbre es que se acabó lo de vanagloriarnos de que éramos la salvedad de Europa donde no prendía la añoranza del dictador. Ahora esta es bien explícita. En España este domingo se habla de Vox. Y no es un día cualquiera, es un día electoral.

Hace 27 años estuve (éramos un reducido grupo de tres compañeros), frente a frente con el hombre que cambió el mundo y acabó con la guerra fría: Mijaíl Gorbachov. Era un flamante jubilado de la política, que ahora me asombro al comprobar su edad entonces, 60 años, dos menos de los que yo tengo en la actualidad. Gorbachov ha sobrevivido a todos los contratiempos de su vida y de la nuestra; murió su esposa, Raísa, de leucemia, y el mundo ha enfermado del clima aceleradamente. Él presidía en aquel momento la Cruz Verde Internacional y acababa de clausurar la Cumbre de la Tierra. Era un Nobel de la Paz comprometido contra el cambio climático, como el sobrino de John F. Kennedy que nos visita mañana en el sur. Pero, además, ha asistido al declive de sus mayores esfuerzos por el desarme, a la vista de los nuevos líderes de los dos bloques extinguidos y vueltos a recomponer: Trump y Putin. A sus 88 años, el viejo patriarca de la nueva Rusia, el último hombre que presidió la Unión Soviética, previene sobre los riesgos del armamentismo rampante, que contradice su famosa cumbre en Malta con Bush padre, semanas después de la caída del muro de Berlín. Allí se fundó este mundo del día después de la Guerra Fría en el que hemos vivido, sin saber cuánto va a durar a partir de ahora, 30 años más tarde.

Mijaíl Gorbachov nos decía en Lanzarote a cuantos le seguíamos a pie por la costa de la isla, “¡adelante!”, la palabra, quizá la única o la favorita de cuantas había aprendido en español. “¡Adelante!”, repetía como un mantra, consciente de que empujaba con sus consignas hacia un nuevo pensamiento internacional de Este a Oeste. No se separaba de ella, la elegante Raísa, desenvuelta y europea en el vestir, con aquella pamela que lucía al caminar una mañana por los alrededores de La Mareta, en Teguise, haciéndose fotos con los turistas, alegre y rutilante, sin acaso adivinar que le quedaban siete años de vida. “Se acabó todo”, iba a decir entonces un marido destrozado, caído de un cielo de estadistas que dieron la vuelta al calcetín del siglo XX, pero un hombre, al fin y al cabo, de carne y hueso, solo y viudo. Era la primera dama que había tenido la Unión Soviética en toda su historia, pues Gorbachov se negó a ocultarla como sus antecesores, y en el extranjero era más celebrada que en su país reacio a aceptar una Nancy Reagan o Hillary Clinton en el búnker del Kremlin.

Nos hicimos amigos en aquellas vacaciones del matrimonio, gracias a su intérprete militar, Wladimir Persov, que me dejaba sumarme a las incursiones matutinas a paso ligero de dos senderistas en plena forma. Venían de soportar un intento de golpe de Estado y de dejar el poder por la precipitación de los acontecimientos provocados por sus dos consignas favoritas: la glásnost y la perestroika, la transparencia y la reconstrucción de una nación enferma. Gorbachov era Suárez en un país de zares, la antítesis de Stalin y todos sus delirios tiránicos. Era un comunista con piel de cordero que fabricó la génesis de una democracia inevitable tras su llegada. El muro cayó tal día como ayer, un 9 de noviembre de 1989, porque Gorbachov abonó el terreno para que eso pasara. Gorbachov tenía un semblante afectuoso en un rostro marcado en la frente por la mancha más famosa de la iconografía política internacional. Un día, me sorprendió dándome un abrazo en público, que me ruborizó. Su mayor virtud era su grandeza sentimental. Nos había abierto las puertas de su casa a Lucas Fernández, a Martín Rivero y a mí. Y nos había mostrado su afecto Le cogimos cariño al instante cuantos le tratamos aquellos días de descanso del guerrero de Goslar de Stávropol.

Ha sobrevido a Kohl, el padre de la reunificación alemana y a Reagan o George Bush, con los que rubricó acuerdos, incluso el de mayor dimensión histórica para la eliminación de misiles de alcance intermedio (INF). No cabe en líderes de esa talla (es uno de los últimos de los grandes políticos del mundo vivos) consentir sin frustración el auge de una ola de simpatía hacia los mitos de la Alemania nazi o la España franquista. No es domingo para andarse con tonterías. Han transcurrido 30 años de la demolición de la tapia de Berlín y Merkel avizora, como una constante electoral, el advenimiento de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), que ya es la tercera fuerza política del país, como auguran en España las encuestas para Vox a partir de hoy, 44 años después de la muerte de Franco y tras escasas semanas de su exhumación y nueva sepultura. En Alemania, los ultras festejan la caída del muro como una victoria contra el comunismo del Este, pero anhelan levantar otros muros contra inmigrantes y refugiados. En España, la campaña electoral se tiñó de Cataluña, que levanta otra clase de muros a su vez. Saldrá de las urnas esta noche un país donde la ultraderecha ya no será testimonial. “Fue una invención de Aznar para desestabilizar a Mariano Rajoy, que se le ha ido de las manos”, dijo el viernes Pedro Sánchez en la entrevista en exclusiva con DIARIO DE AVISOS. La historia nunca se acaba de escribir. Ni 30 años después. Hoy, de nuevo, tienen la palabra las urnas.

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Viaje al centro el día 10

Este martes 5 de noviembre pone de manifiesto el relevante dígito que en la escala ideológica encarna el centro, precisamente el 5. Sánchez se declaró portador del 4 en el dorsal, en una entrevista con El Español. Desde anoche, los votantes emprenden una progresión que conduce al domingo como día diez. Simbólicamente, no se puede pedir mayor significación a este martes quinario, donde el centro se expresa en la fecha del mes, día 5, como una invocación esencial del espíritu que tres partidos se disputan, como vimos en el debate, por cierto, a cinco: PSOE, PP y Cs.

En los extremos no está planteada una batalla equivalente, pues ni Podemos, ni Más País, ni Vox contienden por nada que decida su porvenir. Acaso Iglesias y Errejón, antiguos conmilitones, tienen cuitas y confidencias que dirimir, pero ambos no compiten con Abascal por ningún vivero, ni se roban el pan afeándose la bandera de mil metros cuadrados o el concepto de violencia intrafamiliar en lugar de género.

El centro político solo es cuestión de tres. El primero que lo tuvo a tiro fue Rivera, pero erró el disparo cuando tenía la diana delante de los ojos, en la mayor torpeza que se recuerda en un dirigente de su estirpe. Tenía todos los precedentes a mano para no equivocarse, pero el centro, siendo el gran caladero (el 30% de los votantes anida en ese remanso), es también un estupendo cementerio de grandes dirigentes. Le pasó a Adolfo Suárez, que instauró la democracia con ayuda de UCD, el partido de centro por excelencia, y que sucumbió a las divisiones internas como le está pasando a Rivera, que ha visto apearse del tren a Roldán, a Carreras, a Nart y casi, en lontananza, a Garicano, que era el Anthony Giddens que inspiró la tercera vía de Tony Blair, el laborista del centro inglés.

En ese camposanto han caído continuamente líderes que prometían. Anoche se percibió en el debate de la Academia el celo por el credo del centro que comparten como una sirena los tres. Sánchez corteja ese ecuador del espectro político como hiciera Felipe González y como pretendiera toda la socialdemocracia europea consciente de la mácula marxista de la Internacional Socialista en los viejos tiempos. Ya nadie gobierna en Europa desde la izquierda sin poner un ojo en el centro.

A Pablo Casado, la ecuación del viraje a la derecha por temor o resquemor hacia Vox -que huyó de la madriguera con el botín de la bandera y los signos de Franco y el 155- le costó caro en abril, cuando se desplomó en las urnas. Ahora se ha dejado la barba que cubre el rastro de aquel rubor en su nuevo rostro de centro y pide el voto del 5 con serena beatitud como una síntesis de Sánchez y Rivera, dos por uno.
En la cabalistica electoral estos criterios son los que traen de cabeza a los gurús de los candidatos. Ni Tezanos, siquiera, es capaz de adivinar con su alquimia la piedra filosofal de este sincretismo. Pero el domingo sabremos quién se lleva el gato al agua. Quien eligió la fecha del día 10 dobló la apuesta: gana aquel al que le toque el 5 en la ruleta política del domingo.

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El ‘régimen’ electoral

Si uno repasa la reciente historia de las Islas, apenas unos meses, es decir tan siquiera medio año… O sea, si uno se sitúa en la frontera de lo que ha sucedido en el Archipiélago política y socialmente en 2019, entre la víspera de las elecciones autonómicas y locales del 26 de mayo y los acontecimientos ulteriores, propios de una serie de Netflix, y recorre con la memoria el poder omnímodo del que hacía gala Coalición Canaria, que era el sursum corda, Jasón y el vellocino de oro, el rey Arturo y el Santo Grial, todo a la vez, se da cuenta de hasta qué punto siempre podemos decir ante la acromegalia del poder que torres más altas han caído.

Unas elecciones son una prueba de fuego, una apuesta de azar y mercadotecnia, una ruleta rusa y cuatro golpes de efecto. A Sánchez Cataluña le quita y Franco le da, y la sede de la cumbre del clima añade unos réditos propiamente de izquierdas. Bolsonaro la rechazó por climofobia y Piñera se la quitó en Chile de encima con la coartada de los disturbios por el precio del metro de Santiago. Como en esta tregua de falacias que es una campaña electoral no cabe esperar promesas fiables en el debate de mañana, ya tenemos el chip emocional apercibido. Conocemos los antecedentes de estas elecciones más que de ninguna otra, cuánto se juegan el PSOE y el PP en el centro del rectángulo, cuánto hay de antropofagia en ambos partidos respecto a la cándida madriguera de Rivera caída en desgracia. Para Casado, estas elecciones son el máster de su carrera politica al frente del PP, una reválida generosa de Sánchez obsequio de la casa para el popular, que ha pasado en seis meses de besar la lona a pretender dar el sorpasso a quien le sirve la mesa de esta segunda oportunidad.

Canarias siempre es un laboratorio a mano y una metáfora de lo que nos rodea. Le vemos el colmillo retorcido al catalán del procés y nos recuerda a nuestros vernáculos episodios nacionales de ámbito local, dicho en términos galdosianos como guiño al centenario del paisano en Madrid. Hablamos de los cuarenta años del régimen de Franco y celebramos el final de decenios de control político de la sociedad canaria por parte de un Gobierno monocolor que se mimetizó en instituciones, patronales y medios de comunicación como si fuera un sistema de partido único: el régimen de CC. Lo saludable del cambio político que estrena esta tierra estos días es la sensación de que corre el aire, y un simple desvelamiento por este diario de un concierto a voces como el del caso Juan Luis Guerra, que retrata los manejos de la politica y los medios bajo la dinastía de Coalición, nos habría arrojado a los leones (damnatio ad bestias) como en la antigua Roma, y en cambio ya han visto cómo ha reaccionado, todos a una, la comunicacion en Canarias, excepción hecha de unas pocas voces leales todavía al espectro de CC que actúan por inercia como a mediados de los setenta, con nostalgia y complicidad casi metabólicas. Ya digo que en las islas la historia se recrea en sus simbolismos.

Y ahora asistimos a una semana de infiernos, como si en el corto marco de ocho días de campaña electoral fuera posible vencer los demonios familiares de este país condenado a una división frustrante genéticamente ineludible. El no es no ha hecho estragos en este cuatrienio electoral. Esos vientos han traído estos lodos a Ciudadanos, y otro tanto le sucederá al PP si al día siguiente del escrutinio no retoma el sentido de Estado, como estoy seguro que sí hará. El PP no es Coalición, que anda por las esquinas con las inquinas contra los medios que ejercieron la libertad de expresión, como este, al que culpa, en un exceso de tasación mediática, de haber perdido la verticalidad del poder. No, el PP es un partido que ha estado en gobiernos y oposiciones, mientras CC tiene maneras que recuerdan a UPyD si no le sale bien la pegatina con Nueva Canarias el domingo 10-N y salva los muebles.

Los partidos en Canarias solían tener cálculos plausibles de cómo se iba a resolver cualquier ecuación en las urnas. Hasta que el 26 de mayo saltaron por los aires todas las tabulaciones y pronósticos. El poder se derrite en un instante insospechado tras un resultado electoral adverso o al cabo de una negociación aritméticamente envenenada que se tuerza en el momento final. Ambas cosas pasaron en Canarias a raíz de aquel 26 de mayo. Y de ese fatal desenlace se tarda en salir por razones postraumáticas, que en política se saldan con dimisiones. Ahora, en Ciudadanos velan armas con esa sensación premonitoria de una mala corazonada. Sin venir a cuento, y poniendo la venda antes que la herida, Albert Rivera ha insinuado su renuncia como el cataplasma para salvar el partido en caso de naufragio en las urnas este domingo. Y ha sonado Inés Arrimadas como la sucesora. La joven catalana y pronto madre lideresa resta crédito a ese relevo poselectoral. “Venceremos a las encuestas”, predijo a DIARIO DE AVISOS, y si la de Tezanos (como ya se apoda a la del CIS) tiene razón y Cs se desmorona pero no sucumbe podríamos encontrarnos con un gobierno bicéfalo -pese al parecer de Arrimadas en este periódico-. A la pareja Sánchez-Rivera la aplaudirían en Europa bajo la crisis y el brexit, tan necesitada de líderes de la generación y estilo de Macron ante la inmninente marcha de Merkel y la renovación de la cúpula comunitaria. España tiene la suerte que no tiene el resto de la UE. Los principales dirigentes son homologables con ese perfil.

De manera que lo primero que habría que hacer es desdramatizar esta nueva consulta del domingo, pues sea cual fuera el veredicto, todos adivinan lo que piensa la mítica sibila: que ya no habrá ningún valiente irresponsable que ponga piedras en el camino del desbloqueo político que nos ha traído hasta aquí. O el coste será el harakiri. El PSOE que gane estas elecciones segun todos los indicios viene con la mosca detrás de la oreja del soberanismo catalán y todo apunta a que tras las algaradas se abrirá paso una etapa de consenso constitucional. Le dará o no le dará votos la exhumacion de Franco, pero el hecho ya es irreversible y con él se pasa página. Asunto cerrado. Franco ha dejado de ser una anomalía histórica. Ya la democracia lo enterró. El 11-N no tiene excusas. Solo hay deberes por hacer una vez que todas las lecciones ya están aprendidas y las secuelas del régimen (el de antañazo y el de este semestre de 2019) pasaron a mejor vida.

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Nuestros amigos los ingleses

La flema inglesa ya es historia. Este paquidermo que tienen de primer ministro ha tirado por tierra siglos de estereotipo y filiación. El nuevo matonismo inglés, más cercano al hooligan vandálico de la Premier League, rompe definitivamente con el gentleman victoriano. Y la centenaria reina tiene movimientos de títere de pueblo que nos tienta a buscar dónde se ocultan los hilos que mueven la marioneta. En definitiva, permanecemos en estado de shock, al menos en Canarias, que debe de ser el lugar más anglófilo de todo el Estado. Aquí tenemos la calle de Horacio Nelson y allí aún nos nombran en el Canary Wharf, que es la city de los rascacielos sobre el antiguo puerto de los canarios desde el siglo XVI. No nos puede la nostalgia; es el corazón el que se rebela, es el Greenwich de nuestra misma hora del Meridiano; son los recuerdos y las cosas de comer. Porque si se nos van los ingleses, la cuenta de resultados se va a resentir. No solo importaremos semillas de papas danesas y tiraremos los tomates por los barrancos ante el cierre de la libertad comercial con nuestra hermana isleña del Canal de la Mancha. Es que los turistas darán media vuelta, y será como darnos la espalda tras doscientos años de familiaridad. No entenderemos qué nos pasa, pero no nos sentiremos bien. El good bye de Boris Johnson tiene un impacto en la idiosincrasia y el talante de nuestros respectivos pueblos. Ni el inglés será el mismo sin nosoros, ni los canarios vamos a permanecer impasibles ante el brexit salvaje que abandera este populismo más del señor Hyde que del doctor Jekyll, como si toda esa legión de antieuropeos embravecidos se hubieran tomado la pócima diabólica y estuviésemos ante un trastorno colectivo de personalidad. No cabe hallarle otra explicación al desatino de los políticos británicos conservadores. Por si hubiera dudas, el premier dice que preferiría estar muerto en una cuneta que pedirle a Bruselas una nueva prórroga para la desconexión.

En los años 60, cuando tres beatles, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, vinieron a Los Realejos, a la casa de un amigo alemán, y se mojaron los pies en el muelle, como dice su biógrafo Nicolás González Lemus, y frecuentaban el desaparecido Flamingo, tomaban café en el Bar Dinámico y no les dejaron tocar en el Lido San Telmo para maldición de quien los vetó en el colmo de la ignorancia, no estaban de vacaciones en ningun lugar exótico del planeta. Se sentían en casa, porque éramos parte de su universo cotidiano. Los ingleses, desde niños, conocían las islas de ahí al lado, adonde tenían que ir una y mil veces en sus vidas. Lemus ha historiado esa vinculación comercial, turística y sentimental. Somos un destino de ocio de primer nivel gracias a ellos, que nos pusieron en el mapa del turismo. Primero fueron los viajeros tísicos que buscaban curarse en un clima seco, poco húmedo y aireado por los alisios, y dejaron de ir a Funchal para establecerse en el valle de La Orotava, en el Puerto de la Cruz. Paul McCartney casi se ahoga en el charco de la Soga, en la Playa Martiánez, y lo cuenta en sus memorias de aquel viaje. Fue una temeridad que estuvo a punto en efecto de abortar el fenómeno Beatles justo antes de que estallara a su regreso bajo el enorme éxito del primer disco del grupo, Please Please Me , editado en 1963 poco antes de evadise hacia Canarias, prolongación natural de la Inglaterra que nos tenía en la palma de la mano. Aquí sanaban sus enfermos de turberculosis, aquí comerciaron los ingleses y aquí descubrieron el solárium que anhelaban en invierno. Ellos, los inventores reales del turismo, los que crearon el hábito de viajar, tenían el mejor concepto de nosotros. Iban y venían como lo más natural del mundo. ¿Qué iba a hacer Agatha Christie cuando se separa y entra en depresión en 1927, sino venir con su hija y su secretaria a Tenerife, al Puerto de la Cruz, y después salta a Las Palmas, y escribe relatos inspirados en estas islas, y evita bañarse en las aguas rebeldes donde casi la palma McCartney, prefiere tumbarse en la orilla y dejarse acariciar por el sol.

Hemos sido compinches. Cuesta creer esta castración. A Nelson no lo dejamos entrar, pero ahora nos sabe mal que los ingleses quieran irse; nos atañe de una manera compleja su divorcio con Europa. Es posible que en ninguna otra parte de España y acaso del propio continente se perciba este instante traumático con la amarga sensación que produce en Canarias. Churchill, que paseó por los santuarios ingleses del Puerto hace ahora 60 años, haciendo la uve de victoria con los dedos de la mano a la salida del Lido enfundado en un abrigo con sombrero y puro, pasajero del yate de Onassis, tiene ese axioma demoledor con que aleccionó a un neófito parlamentario de su partido: “Nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”. Boris Johnson no gana para desertores, incluido su propio hermano. Mañana la reina Isabel II firmará la ley recién aprobada que arruina la pretensión del premier de causar baja en la UE por las buenas o por las malas el 31 de octubre, y también mañana el espasmódico tory se propone invocar /convocar elecciones anticipadas antes de esa fecha. No está el horno para bollos después de tildar al laborista Jeremy Corbyn de “nenaza” y “gallina” como para recabar su apoyo ante una nueva cita con las urnas. Muerto en la cuneta y con el Parlamento, en breve, clausurado, el sucesor de Theresa May comienza a moverse como un fantasma, en minoría y abocado a dimitir.

Los viajeros y naturalistas que precedieron al boom turístico, y en gran parte lo propiciaron, se sintieron fascinados con nuestro paisaje, que al principio se resumía en el Teide, cuando era considerado el mayor volcán del mundo. Luego la postal del valle de La Orotava conformó un habitat entrañable para nuestros huéspedes británicos. El filósofo Bertrand Russell, Nobel inglés, se sentó a hablar con los responsables de Gaceta de Arte en una visita a la isla en el 35, en la ciudad turística del norte. Y de ese encuentro Pérez Minik -de cuya muerte se cumplen ahora 30 años- se fijó en “las aristas de su cara” y “su ojos de acero, siempre alertas”. Russell y todos aquellos polímatas ingleses idolatrados en nuestro pequeño mundo insular, a las puertas de una gran guerra, eran entonces tolerantes y subversivos. Ahora se les ha metido el enemigo en casa, como decía Churchill. Se van nuestros amigos los ingleses. Y nos sentimos raramente más solos sin su compañía congénere. Nosotros, ingleses y canarios, isleños de Europa.

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La Primavera de la aldea global

La ola de manifestaciones que recorre América y atraviesa medio mundo, siguiendo la estela de los chalecos amarillos de París, en lugares distantes como Líbano, Irak o Cataluña, describe una suerte de Primavera multinacional bajo el aliento de una protesta heterogénea. El millón de chilenos que desafió a Piñera no tiene precedentes cercanos en un país que transitó una dictadura y albergó una democracia ortodoxa con una pasividad constructiva digna de una flema anglosajona que resaltaba en el entorno bronco de los países vecinos.

El presidente, Sebastián Piñera, un millonario conservador que regresó al poder tras protagonizar episodios tan mediáticos como el rescate de los mineros del desierto de Atacama en 2010, chocó con los ciudadanos a mediados de este mes cuando aumentó el precio del metro de Santiago. La medida desató manifestaciones, disturbios, incendios y saqueos, y fue decretado el estado se emergencia. La crisis -la subida del transporte fue revertida y el estado de excepción fue levantado ayer- derivó en un estallido social por el cúmulo de agravios en pensiones, sistema de salud, problemas educativos y casos de corrupción. La clase drigente de Chile se había olvidado de los problemas de la gente. “No es por 30 pesos, es por 30 años”, coreaban los alzados estos días en las calles de la capital.Nunca se sabe cuál es la gota que colma el vaso, pero en Canarias a menudo nos hacemos la pregunta sobre el límite de tolerancia de las desigualdades, a la luz de informes como el de Foessa que ha dado a conocer Cáritas para asombro de los incrédulos.

América es un espejo de los desagües de la democracia. Vuelve el peronismo al poder en Argentina tras sentirse amenazada por la justicia Cristina Fernández de Kirchner, y es inevitable recordar al soberanismo catalán pisando el acelerador al destaparse los escándalos de corrupción de Jordi Pujol y su venable dinastía.

En Irak se multiplican los muertos y heridos en las revueltas de Bagdad y varias provincias del país contra las reformas del Gobierno y las redes de corrupción de una élite política que se encaramó en el poder tras la invasión estadounidense sobre los escombros del régimen de Sadam Husein. En Líbano la gente se echó a la calle con coches y muebles, y una campaña invita por las redes sociales a dejar “un millón de vehículos en las calles”, como si las carreteras, con coches estacionados a ambos lados, convirtieran a Beirut en un gran aparcamiento al aire libre para boicotear la circulación. El objetivo de esta masiva contestación popular es echar un pulso, asimismo, a la corrupción.

En Hong Kong la revolución de los paraguas contra la reforma electoral de esta región bajo administración especial de la República China se erige en una referencia para otros tantos focos de este pandemónium internacional. Sin ir más lejos, han querido emularla en Cataluña, donde ayer se vanagloriaba Elisenda Paluzie, la presidenta de la ANC, de los altercados violentos, pues “hacen visible el conflicto”, dijo.

De América a Africa y Asia pasando por París y Barcelona esta ráfaga de movilizaciones está invitándonos a hacernos preguntas. ¿Qué está pasando en el mundo? ¿Quién ha tocado el pito y desde qué instancias y por qué medios y con qué fines últimos? Buenas y falsarias intenciones se mezclan en esta orgiástica invasión de las calles de la aldea global que nos ronda y nos interroga.

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El Ateneo que se salvó como Notre Dame

Entre las cuatro paredes del Ateneo se respiraba un aliento con más de un siglo de antigüedad cultural. Ayer, en la calle, mientras ardía el edificio, el olor a madera quemada reducía a cenizas esos recuerdos. Por suerte, el fuego fue domesticado a tiempo y la estructura del inmueble, la coraza de más de cien años de oradores prohibidos como López Aranguren o Tamames, y todo el elenco de hazañas de la institución contestataria, es decir, hasta el hecho de que allí, en su fachada, ondeara la famosa ‘bandera del Ateneo’, con las siete estrellas blancas, quedó a salvo. El símbolo permaneció en pie, como Notre Dame mantuvo el tipo en abril cuando su tejado también se vio envuelto en llamas.

El fuego por momentos estremeció a los laguneros, que son celosos guardianes de los edificios de su memoria colectiva de ciudad Patrimonio Mundial, lo que convierte al municipio en un lugar de todos, no solo de los canarios, sino del mapa de urbes de la Unesco. Una especie de ciudad del mundo, cuyo Ateneo, cenáculo de la ciencia, la literatura y el arte, amenazaba con derrumbarse después de quemarse su tejado de tea bajo una aparatosa humareda que hacía presagiar lo peor.

En aquel santuario de ateneístas asilvestrados que desafiaban la dictadura, no solo hablaron los filósofos y políticos malditos de una España cavernaria; también cantaron Los Sabandeños por primera vez. Y los poetas como Maccanti y Elsa López se implicaron en sostenerlo vivo mendigando subvenciones cuando los representantes públicos incurrían ya en desmemoria y olvidaban que aquellas paredes pecaron cuando no era costumbre vivir en libertad. La democracia ha traído ese hábito de la amnesia hacia los méritos de quienes trataban de cambiar las cosas de un país cuyos gobernantes no congeniaban con el libre pensamiento. Un Ateneo era una institución maldita. Ese edificio alimentó generaciones de jóvenes agitadores del arte y el periodismo, como Gilberto Alemán, Eliseo Izquierdo, Alfonso García Ramos o Pedro González. Ayer pudo haber sido peor, y acaso ahora que el Ateneo renace de sus propias cenizas, le hagamos más caso y tratemos como se merece la vetusta catedral cultural.

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Cuarenta años sin Franco no es nada

Para Sánchez, Franco era su seña de identidad, su sello, su leitmotiv y su trofeo en la recurrente clasificación de los presidentes y sus gestas. Zapatero aprobó el matrimonio gay. Aznar hizo la guerra de Irak y puso los pies sobre la mesa junto a Bush. Rajoy evitó el rescate en la Gran Recesión. A Felipe González le debemos la entrada en Europa. Suárez trajo la democracia. Y la democracia enterró el jueves a Franco por decisión de Sánchez, suyo es ese gol. En su visita de ayer a la Isla de la que salió en el 36 el futuro dictador rumbo a la guerra civil, Sánchez dibujó una regresión, viajó al origen de esa génesis que hizo de Franco un mito, un personaje grotesco de voz aflautada (le llamaban el Cerillita en la escuela de El Ferrol, porque, según su hermana Pilar, “era poquita cosa”) que se radicalizó en Canarias cuando cobrábamos fama de lugar de destierro. El militar que Paul Preston conoce como la palma de la mano (su biógrafo, que no su hagiógrafo) recuerda su fortuna ilegítima de 400 millones de euros, fruto de una dilatada vida de adueñamiento y corrupción (El holocausto español: Un pueblo traicionado, Debate).

Ha muerto dos veces, en dos tiempos, como si hubiera quedado en tiempo muerto 44 años por obra y gracia de la Transición y ahora, en la segunda Transición que los indignados del 15-M de 2011 alientan, lo exhumaran del mausoleo del Valle de los Caídos para enterrarlo definitivamente en el cementerio de El Pardo en una tumba familiar en un lugar más discreto, junto a franquistas incondicionales como Arias Navarro o Carrero Blanco y junto a donde yace su propia mujer, Carmen Polo, allí donde poder morir de una vez por todas bajo la losa de la democracia. De ahí nuestro titular del viernes en portada: La democracia entierra a Franco.

Es el final de una década, el crepúsculo del segundo ciclo de un siglo que renuncia a la mayéutica socrática más elemental de padres a hijos y de maestros a discípulos, el preguntarnos el destino hasta descubrirlo en nosotros mismos, y, en cambio, sucumbir al ruido y la furia. La cita de estas últimas palabras, del Macbeth de Shakespeare con que tituló Faulkner una de sus más célebres y complejas novelas y que Jorge Berástegui extrajo del diálogo en CajaCanarias de Luis Landero y Juan Cruz, describe el clima político de esta precampaña. Amén de que, por cierto, entre los versos originales de la tragedia, “mañana y mañana y mañana…”, se desliza “el camino a la muerte polvorienta”, que viene a decirnos ahora, tras ver retransmitido el traslado de los restos del faraón, que nada escapa a su suerte, que es la muerte, aun disfrazada de mitin cuando ni siquiera ya hay mito del que hablar. Sorprenden por ridículas las quejas de los Franco desgañitándose encriptados en Mingorrubio, bajo sospecha de haber grabado la reinhumación: “Que nos dejen salir. Esto es una dictadura”.

Estamos asistiendo a una era contrahecha: futurista y carca a la vez. Los mismos Franco con distinto collar. Vuelven, en efecto, los efluvios de Franco y Hitler, que este miércoles cumplían 79 años de su entrevista inverosímil en el vagón del tren del führer en Hendaya, cuando el nazi dedujo que el dictador español no era de fiar, bien por timorato o por zorruno. Careos tan fútiles como ese ha habido otros posteriores en la historia de guiñoles de las altas intrigas palaciegas de la política bufa internacional. Es la misma modalidad de los esperpénticos encuentros y desencuentros de Trump y Kim Jong-un, al borde de lo histriónico o pueril. Ahora como entonces, desconcierta la manera en que estos personajes torpes e intrascendentes consiguen farandulear eclipsando al resto de líderes de su tiempo. Hitler levanta todavía pasiones tres cuartos de siglo después en la misma Alemania que lo proscribió por sus horrendos crímenes. Y Franco suscita muestras de adhesión y simpatía en partidos como Vox. De esta deforme guisa se construye el nuevo estado de cosas, en favor de los peores ecos de la historia. Resulta tentador, al parecer, en determinados ámbitos políticos remozar a los muertos infaustos y hacer los fastos de su feligresía con banderonas y risitas. En estas circunstancias, la exhumación y reinhumación de Franco tiene una simbología histórica, abortar nostalgias cuando Europa, por razones que se nos escapan, no resucita a Churchill y sí a Hitler, no a Azaña o Negrín, pero sí a Franco. Que la democracia haya enterrado al dictador puede exacerbar los ánimos más recalcitrantes, pero al cabo de unas cuantas manos alzadas y tres caras al sol, se restablece el estado ordinario de las cosas.

No cabe tamaña añoranza, aún en la retina los empellones a Gutiérrez Mellado, los tiros al cielo del Congreso y los rehenes saliendo por las ventanas. No es de recibo que Tejero resurja de las tinieblas y recorra como un fantasma de piedra el exterior del Valle de los Caídos donde el jueves sacaban a Franco, para desenterrar con su presencia los peores recuerdos de aquella democracia imberbe que en febrero de 1981 estuvo a punto de irse al garete por culpa de él y sus tricornios revirados. La escasa pedagogía y conocimiento acerca de los hechos que se discuten hacen inviable un juicio veraz, si no feroz, de la historia que se exhuma y sepulta de nuevo con este trajín de los huesos del dictador entre Cuelgamuros y Mingorrubio.

Por si acaso la edad me conserva fresca en el trastero la memoria de los años hoscos de franquismo y los albores de la libertad que ha permitido hasta hoy cuarenta años de elecciones tras elecciones. Nos toca recontar a quienes no lo vivieron el quid de la cuestión y el porqué de la defensa de la democracia con uñas y dientes si fuera necesario, frente a la amenaza de los rescoldos de un ayer que se envalentona. Por eso Franco -en mitad de las hogueras de Cataluña- ha salido en procesión en esta precampaña del 10-N, pues acaso haya que revisar el tango y decir que cuarenta años no es nada.

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Cuando Hitler y Churchill cortejaban a Canarias

El interés estratégico de alemanes e ingleses (y no sólo de ellos) por Canarias no es ninguna novedad. Hoy se cumple un nuevo aniversario de la entrevista Franco-Hitler en Hendaya, el 23 de octubre de 1940, donde la Alemania nazi puso sobre la mesa su preocupación prioritaria por el papel de las islas y su vulnerabilidad.

En reiteradas incursiones políticas, incluso de carácter secreto, o científicas se ha puesto de manifiesto ese grado de seducción por las Islas de parte de las potencias. El citado 23 de octubre de 1940, Hitler habló de ello con Franco abiertamente en la célebre cumbre que mantuvieron en el vagón del Erika, el tren del führer, en la estación fronteriza francesa de Hendaya. Estaba en su apogeo la II Guerra Mundial, y al alemán le preocupaba que los ingleses se adueñaran de las islas.

En aquella cita de jefes de Estado se pusieron las cartas boca arriba. Hitler mostró su trío de ases: Gibraltar, Marruecos y Canarias. Las tres cosas que más le interesaban, y las tres en relación con los ingleses, que, aunque atravesaban por serias dificultades, podían, a su juicio, apoderarse del Estrecho y de las Islas para controlar la navegación en ese punto neurálgico del Mediterráneo y del Atlántico en cuanto a África. Hitler trató de halagar a Franco espoleando sus demandas sobre Gibraltar y Marruecos.

Franco trató de escabullirse con una larga perorata sobre la maltrecha economía española tras la onerosa guerra civil (antes había pedido ayuda alemana en forma de trigo y combustible). La pretensión de Hitler era modificar la posición española de “no beligerancia” por otra de activa participación con el Eje en la guerra a partir de enero de 1941. El gallego daba vueltas y rodeos, con largas digresiones sobre los bolsillos vacíos de los españoles y las alicaídas fuerzas tras el conflicto desgarrador del 36 al 39, y consiguió, probablemente, desesperar al dictador alemán con sus circunloquios, pues Hitler comentó después a Mussolini que prefería sacarse “tres o cuatro muelas” antes que aguantar aquel sermón de reclamaciones territoriales, a su juicio, desmedidas (Incluían el Rosellón o Cataluña francesa, Orán y todo Marruecos hasta el paralelo veinte). Hitler tenía un pobre concepto de Franco, “un corazón valeroso, pero un hombre que sólo por carambola se ha convertido en jefe. No tiene la talla de político, ni de organizador”.

Con todo, si bien a Franco lo que le interesaba era dar largas a Alemania convenciéndole de que sumar a España a la contienda le saldría muy costoso en subvenciones, ayudas y pertrechos, el español intentó, es cierto, por todos los medios arrancar un compromiso a Hitler de que le cedería, al menos, el Marruecos francés una vez finalizada la guerra. Pero el führer no quería incomodar con semejante hipoteca al régimen acólito de Vichy. Y fue ésa –por encima, seguramente, de la soberanía en juego de Canarias- la razón por la que se cerró en banda y se dedicó a marear la perdiz.

CANARIS Y FRANCO

Bien es cierto que un destacado miembro del aparato nazi, el jefe de inteligencia (de la Abwehr, del Estado Mayor de las fuerzas alemanas entre 1921 y 1944) Wilhelm Canaris, del que constan varias visitas a las islas, pudo influir en Franco confesándole la impresión personal de que Hitler no iba a ganar la guerra, algo que casi nadie habría suscrito por aquellas fechas de su expansión.

Canaris siguió de cerca, desde los orígenes del golpe de Estado del 18 de julio, los pasos de Franco, su alojamiento en el Hotel Madrid de Las Palmas, su viaje en el Dragon Rapide a Marruecos y demás movimientos, y llegó a tener una relación de amistad con el dictador. En cierta ocasión, el famoso espía inglés Kim Philby (acusado más tarde de doble agente al servicio de Stalin y por éste, a su vez, de triple agente fiel a los británicos, dentro de una paranoica lectura de lealtades en aquel escenario bélico) se lo tropezó de frente en la calle Triana, y en sus memorias dejó escrito que “no le pegué un tiro allí mismo porque tenía órdenes expresas de Sir Winston (Churchill) de no hacerlo”.

Como debía de sospechar el primer ministro británico, Canaris, en realidad, no simpatizaba con Hitler y podía convertirse en un útil ‘enemigo en casa’. Cuando fracasó la Operación Valkiria y el führer sobrevivió al atentado, fueron ejecutados sus responsables, entre ellos Canaris.

Canarias no era una idea exclusiva de los alemanes, como sospechaba Franco. Simultáneamente, a mediados del mismo año (1940), los ingleses planeaban apoderarse de, al menos, de Gran Canaria y Tenerife en la denominada ‘Operación Pilgrim’. El plan se concebía como respuesta a la posible caída de Gibraltar en manos alemanas; Gran Canaria sería la base de reemplazo, y en Tenerife se establecería la guarnición militar. También comprendía la toma de Cabo Verde “y una de las Azores”. Finalmente, Franco reculó al ver la deriva de la guerra y poco a poco abandonó su postura oficial, que era filonazi, y los ingleses perdieron interés en Canarias.

 

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El cuento del apagón

Todo el esfuerzo es baladí, si en las conjeturas de por qué nos ha mirado un tuerto no acertamos a aprender de nuestros propios errores. Las desgracias que se acumulan como plagas cuando acontecen han vuelto a hacer de las suyas. El apagón no ha sido un apagón, como diría el inefable Borges, sino todos los apagones habidos hasta aquí. Y en la medida en que la ficción del argentino nos ha enseñado tantas veces tantas cosas juntas a la vez, reparamos que, en efecto, este no ha sido el primero -ni será el último- cero energético de nuestra historia. Y que antes, por tanto, hubo una sucesión de ceros que evidenciaron que la piedra estaba en el mismo sitio y nosotros tropezábamos continuamente en ella sin asomo de memoria por las continuas reincidencias del traspié.

Esa es la historia que nos interesa del apagón del domingo, no en sí misma la fatalidad de un caos semejante durante las nueve horas con todos sus minutos que estuvimos en el paleolítico de la incomunicación -sin luz, ni móvil, sin pies ni cabeza-, sino la proverbial inclinación a sufrir, antes y después, la misma desventura en una isla vulnerable, como ahora, ayer mismo, se nos ha vuelto a decir por parte de los responsables de Red Eléctrica.

Con tan solo repasar la hemeroteca nos sorprenderán, borgelianamente, las mismas explicaciones, admoniciones y premoniciones. En ceros anteriores, en los años 2009 y 2010 -los más recientes- las empresas eléctricas advirtieron de idéntico Talón de Aquiles del sistema eléctrico insular. Se nos definió como estructuras separadas, minúsculas y frágiles; se nos predijo que el síndrome eléctrico del apagón se repetiría una y otra vez hasta que tengamos infraestructuras consistentes y convalidadas. En otras palabras, se nos vino a decir que éramos ciudadanos de tercera, encerrados en el laberinto de la isla a expensas de los mismos infortunios repetidos hasta la saciedad en el círculo vicioso de nuestro aislamiento.

No se ha hecho nada para remediar esa endeblez crónica de un servicio esencial como el suministro eléctrico de un millón de personas. La luz llegó a los pueblos de las islas como por arte de magia. Hoy seguimos pensando que es producto del misterio, del virtuoso azar, de algunos duendes penates y del Espíritu Santo que tengamos luz cuando tantas veces actuamos a ciegas. Ningún gobierno antes alzó la voz y dijo, basta. Ni hizo nada en tal sentido, salvo esperar al siguiente apagón.

Nos hemos tomado a broma esto de las deficitarias redes eléctricas. Como no le quisimos ver las orejas al lobo a los turoperadores cuando estábamos a tiempo de tomar medidas y sentar en los consejos de administración de las multinacionales del transporte a unos cuantos paisanos con capacidad decisoria. Como tampoco quisimos crear compañías aéreas para romper el cordón umbilical de los operadores extranjeros, ni fundar agencias propias, ni otras tantas prevenciones contra el maleficio circular que ahora vuelve imperiosamente a exigirnos rapidez para sortear a los Thomas Cooks y Ryanairs de marras.

En general, siempre fuimos desprevenidos y confiados. Tienen que caérsenos las torretas para coger respeto a los vientos huracanados. Los incendios forestales, las crisis turísticas y los apagones no suceden nunca por primera vez, son el mismo incendio, la misma crisis y el mismo apagón todas las veces. Hay que leer más a Borges para entender lo que nos pasa. Lo del domingo no fue un cuento. Pero lo parece.

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Esperanza Aguirre, exclusiva en Tenerife

La política española no siempre lucía corbata en el traje de etiqueta oficial, así como Arabia Saudí abrió este viernes sus puertas a turistas extranjeras con visado y sin abayas. Pero sí cabe decir que en el último cuarto de siglo hubo pocas mujeres en la derecha española con papel preodominante, no secundario, sino casi estelar como Esperanza Aguirre, en cuyo look encaja el fular al estilo de Christine Lagarde. Siendo escasa la presencia femenina en la gran escena pública bajo los focos de la política nacional, el caso de Esperanza Aguirre eclipsaba buena parte de la nomenclatura masculina que disputó tras la dictadura el juego de tronos de la democracia. Mujer, y no cualquier mujer, expresión fehaciente de una tendencia de igualdad que, al comienzo de esta etapa, tuvo que fajarse con líderes de todo el espectro ideológico que miraban con desconfianza la irrupción femenina que desafiaba hegemonías atávicas. Aguirre, la cólera de Dios, en la selva amazónica de la política española. Ha habido en estos lustros de titanomaquia política sin tregua, además de titanes y olímpicos, algunas amazonas memorables, y Esperanza Aguirre es una de las más aguerridas. Aún en el retiro voluntario de un autoexilio quien sabe si provisional, Aguirre se define sinceramente en una de las tantas perlas que deslizó el jueves en el Mencey: “Rajoy es alguien encantador a quien no le gusta meterse en líos; a mí, sí”.

Y esta política de raza, jefa sin poder momentáneamente, que ha vivido travesías de mando en plaza y oposición, y que ahora, antes de medir sus fuerzas con testigos y fiscales, vino a Tenerife a romper su silencio en el Foro Premium de DIARIO DE AVISOS, no defraudó. En la entrevista de Jorge Berástegui que podrán leer en las siguientes páginas asoma la indómita lideresa que no se resiste a empuñar su ideario como si el 10-N la estuviera esperando. Podía haber declinado la invitación de abril, que fue el mes en que se concertó la cita del foro en Tenerife (el juez la imputó en agosto), pero la eviterna gladiadora no hizo ascos a la ocasión de manifestar en público cuanto piensa decir en los tribunales. Política, pero licenciada en Derecho, midió las palabras y los tiempos. Fue abrir la boca en el Mencey y propagarse por toda España la reaparición en la isla de la exdirigente irredenta que no deja indiferente a nadie.

Si Esperanza Aguirre hubiera sido yanqui o inglesa -esto último, sobre todo, por vocación- estaríamos ante una Hillary o una Thatcher. Pero se retiró antes de cumplir los setenta y ahora solo cabe que vuelva como Cristina Kirchner o como el gran Churchill si Churchill hubiera sido mujer, habida cuenta que a ella no le importaría esa reencarnación. Este periódico la tuvo el jueves en casa, la recibió y la acogió en el Foro Premium. Era como una secuela del invitado anterior, dado que Rajoy había venido un junio, un año después de retirarse, y con ello había roto un largo silencio, y Aguirre, su némesis más entrañable, también reaparecía, ya jubilada y exenta de cargos públicos, para hablar por primera vez tras la imputación del juez Garcia-Castellón. Este foro era un déjà vu en toda regla. Son cosas que dispone el azar. Aguirre, un lince en materia mediática, se impuso guardar silencio sobre su imputación en el caso Punica para reservarnos – en sus propias palabras- “la exclusiva”.

Esperanza Fuencisla -su nombre de pila- es una de las biografías políticas con las que hemos discurrido por 30 años de la amada democracia con alternancias del PSOE y el PP hasta que en 2015 el bipartidismo pareció sucumbir como en otros países de nuestra órbita. Nadie con sus arrestos surge todos los días en mitad de una nube de cañones y sale con vida siendo mujer y no hombre, condesa y no conde, de derechas y no de la movida progre, aunque ella , por cierto, sea prima de Ouka Leele. Tampoco todos los días alguien así pierde un zapato y se libra a toda pastilla de un atentado terrorista en un hotel de Bombay -acaba de estrenarse la película Hotel Mumbai- ni se precipita en un helicóptero en una plaza de toros y le ve los cuernos al morlaco en el ruedo, antes de vencer a un cáncer. Las hazañas políticas de esta mujer la hicieron heroína y villana, era una pionera de género al frente del Senado y fue una presidenta de Madrid que se batía el cobre con Gallardón -otro huésped de los foros- y con quien hiciera falta, En el PP de Aznar era una ministra que volaba sola y en el PP de Rajoy era una amenaza permanente, en un cul de sac. Aguirre, en el rincón oscuro, en un callejón sin salida, se las arreglaba para salirse con la suya aunque le hicieran luz de gas. Quería el puesto, la cabeza y esperaba su turno, encadenando mayorías absolutas en su feudo de Madrid, pero Rajoy la sabía capaz de eso y de más, de ser presidenta y lo que se propusiera, y, llegado el caso, cerró el paso a los dos, a ella y a Gallardón. Ambos competían -sin éxito- por ir en las listas del Congreso. Rajoy no les abrió esa espita. Lo que cuenta en Yo no me callo (Rajoy desideologizó al PP) lo reiteró en el foro y en la entrevista de esta edición. El PP perdió millones de votos por su indefinición, sostiene, y renueva sus reproches al expresidente por un discurso en Elche, antes del Congreso de Valencia, en el que invitó a liberales y conservadores a marcharse del PP. De entonces viene, a su juicio, el porqué de Vox. Y ahora solo encuentra un camino tras el cuarto intento electoral de los últimos cuatro años: una coalición entre el PSOE y el PP. Como hacen los alemanes, que practican el abrazo del oso, habida cuenta que en Italia en los años 70 ya hasta los comunistas de Enrico Berlinguer auspiciaban un compromiso histórico para facilitar el gobierno a la democracia cristiana con tal de alejar el fantasma del autoritarismo, que entonces preocupaba en Europa.

Un foro con Esperanza Aguirre en persona, el día que hace público su pliego de descargo antes de comparecer ante el juez, es una gran oportunidad informativa que ha reportado una enorme trascendencia al Foro Premium de esta casa. Como la vez que Luis de Guindos reveló los entresijos del no de Rajoy al rescate de la crisis, o aquella otra en que Monedero accedió a un auditorio de empresarios cuando Podemos prometía asaltar los cielos y el Ibex35 le puso la cruz hasta hoy. O cuando Garzón bajo a la tierra y se mostró en carne y hueso tras una vida con la toga al cuello perseguido por ETA. El destino de esta mujer no está escrito; queda en su impronta anglófila de devoradora de plenos de Westminster, y en sus lisonjas a Casado, al que un día dio la carta de libertad en su equipo para ver mundo y aprender de asistente de Aznar. Aguirre dice que no se ha ido de la política, sino de la primera línea. Y el que avisa no es traidor.

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