Opinión

La tormenta de la pobreza

La tormenta de la pobreza quedaba reflejada en la portada de este periódico el domingo pasado, que al día siguiente ocuparan las tormentas tropicales que nos acechan, las dos con sus alertas respectivas. Pero no hay temporal que borre la tormenta de la pobreza en Canarias. Ahora que soportamos lluvia, viento y olas gigantescas, sabemos de lo que hablamos. Hablamos del Delta de la exclusión social, de casi 800.000 familias en riesgo de pobreza. De seis de cada diez personas en Canarias viviendo en el límite de sus posibilidades. Estamos hablando de 200.000 ciudadanos en situación de pobreza severa. Y para hacernos una idea de lo que ello representa recordemos que se ingresa en esa categoría con 300 euros mensuales.

Lo que estremece del caso que desvela el DIARIO es que la familia de Icod, madre, abuela y tres hijos menores de edad, ha de sobrevivir con 120 euros pelados. Es un caso de pobreza de solemnidad. Estamos al tanto de las tasas AROPE, el indicador europeo de pobreza y exclusión social que cifra el problema en un 40% en 2018. Cuando publicamos este dato en tiempos de CC saltaron chispas y no daban crédito. Las estadísticas de la vergüenza, donde Canarias está a la cola junto con Andalucía y Extremadura (el trío de la becina del fracaso social) nunca fueron del agrado del Gobierno anterior, que alegaba una y mil eximentes. “No somos totufos”, decía literalmente Fernando Clavijo. Hemos tenido que lidiar con las encuestas del INE sobre condiciones de vida, donde se nos asignan puestos de cabeza en el ranking de las tasas de pobreza más altas del país. Y retenemos el entorchado en el informe europeo El estado de la pobreza, con el 36% de la población afectada.

Una vez contrastados los riesgos, a la pobreza le sucede lo que al cambio climático. Los gobiernos autónomos han pasado de puntillas sobre el problema para no pisar el charco. Y por falta de personal y exceso de burocracia se quedarán 14 millones de la PCI sin gastar. De nada vale lamentarse, ¿de quién fue la negligencia en un asunto tan sensible?

La virtud del reportaje del periodista Juan Carlos Mateu en el DIARIO es que nos ofrece un retrato fidedigno, con los platos, el biberón vacío, el caldero, la cocina de gas, la bombilla en el techo y la bolsa colgada de una puncha en la pared de la casa sin revocar. Y comprendemos que estamos ante un caso paradigmático de pobreza severa agravada. Y de realismo trágico.

Que en la historia participen los elementos de la precariedad más absoluta dota al relato de su única riqueza: la abundancia de factores deprimentes. El paro; el hogar perdido; las noches al raso con los niños; la vivienda ocupada en aras de un techo in extremis; la niña que se desmaya en el colegio por no haber desayunado; la que falta a clase cuando se le rompen los tenis; la que no recibe tratamiento para sus riñones por falta de energía eléctrica para conservar su medicación; el niño asmático que sufre broncoespasmos por la humedad; la violencia de género y sus episodios inconfesables . El trauma generalizado en una misma familia, que carece de todo, hasta de un árbol de Navidad. Salvo las ong, que palían su hambre, y la asociación Villa Feliz (villafelizsolidarios@gmail.com) que ha sido su ángel de la guarda, no tienen para dónde mirar. El domingo se desató una enorme corriente de solidaridad con esta familia de Icod de los Vinos, que ya es un símbolo de la renta ciudadana futura. Se trata de paliar una de las grandes deficiencias heredadas de nuestro sistema de protección social, que cuando le ponemos rostro rompe el alma.

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¿Verdad que 2020, pese a todo, suena requetebién?

Nuestra galería de portadas de 2019 no deja lugar a dudas. Fue el año del cambio. De todas, esa noticia, a mediados del ejercicio, marcó un antes y un después. Y el castillo de naipes de Coalición Canaria se cayó tras más de un cuarto de siglo en la cima del poder regional, en la más absoluta hegemonía de casi cuatro décadas en islas y municipios. No fue un acto repentino, de la noche a la mañana, sino la consecuencia procesal de una legislatura endiablada, que hacía posible ese vaticinio, pero lo convertía, a su vez, en algo remoto. En las campañas electorales, aun en los peores momentos de desgaste, CC, fruto de un instinto de perpetuidad, obtenía buenas cosechas en las urnas. Esta vez, en mayo, no le fue peor, incluso le sonrió la resaca del PP (su partido de referencia, de una vida anexa al poder) que iniciaba con Casado una travesía en el desierto tras la censura de Sánchez a Rajoy.

Así que el cambio de tercio en Canarias no era fácil y se debió no solo a los aciertos de la izquierda (la victoria inapelable del PSOE, la cohesión de NC, la resiliencia, si cabe, de Podemos), sino también a los errores de CC y a la imputación de su líder, Fernando Clavijo, o, mejor, a los errores cometidos tras la imputación. Esta última circunstancia, de la que estuvieron al tanto los lectores de DIARIO DE AVISOS (de eso pueden alardear), fue, sin duda, la causa desencadenante de una serie de impericias que acabó con CC en la oposición. La intrahistoria del cambio político en Canarias se presta a interpretaciones. Los testigos imparciales del germen y desenlace de la caída de CC en 2019 aludirán, sin dudarlo, al caso Grúas como la dinamo de todos los demás acontecimientos. CC había logrado asentar una sensación apodíctica de que gobernaría para siempre. Y esa idea se fracturó con el caso Grúas. En contraste con lo que iba a suponer, la mayoría de los medios de comunicación, todo aquel aplastante volumen de opinión oficial publicada, lo trataba como un caso inane, y resultó ser el factor determinante. Imputado Fernando Clavijo durante la campaña electoral, al cierre de las urnas en la noche del 26 de mayo CC se planteó una disyuntiva que no supo resolver: renunciar al candidato (dado el veto de Cs) para facilitar un Gobierno de centro-derecha o apurar hasta el final la opción de que fuera vicepresidente y presidente en la sombra. CC, entonces, se reveló desmañada para esa labor, hábil como había sido durante años en la negociación de pactos bajo su batuta, y empezó a meter la pata ofreciendo el timón de títere al popular Antona, y por último, pretendiendo un golpe de salón en el PP, suplantando a aquél por Australia Navarro, en un ardid de principiante, pues sembraba la discordia en casa ajena y no le salían las cuentas. Quien alentó esa artimaña en CC se suicidaba con la misma cuerda con la que ahorcaba a Antona en la plaza pública. La jugada no resultó, en una insuperable torpeza. Estos recuerdos de inventario dibujan en la distancia la figura de un Casimiro Curbelo, en horas de incienso y mirra, obsequiando su almogrote, un ya famoso jueves 20 de junio, al Pacto de Progreso con el PSOE, Nueva Canarias y Podemos (37 de 70 diputados). Lo sellaron en un cuarto pequeño del Parlamento donde estaban como sardinas en lata.

Fuera que Curbelo no se fiara de los juegos malabares del centro-derecha, fuera que Albert Rivera desactivara el experimento por los escándalos de CC o fuera, simplemente, que Clavijo no se fue a tiempo y arrastró en su caída a todo su partido, lo cierto es que el cambio se consumó en 2019, veintiséis años después de que Manuel Hermoso tomara el poder en 1993 en la censura a Saavedra. Una sociedad se transforma por completo en 25 o 30 años. Es mucho tiempo. En Canarias parecía que no pasaba nada, porque las piezas seguían colocadas en el mismo sitio, Coalición continuaba gobernando inasequible al desaliento, en la más absoluta minoría. Pero había perdido la impronta de sus fundadores, los reflejos y la cintura de derecha a izquierda que definían su populismo de clases altas y bajas. Habían ido aumentando, sin que se percatara, los índices de pobreza y paro, de dependencia y espera sanitaria, el déficit de viviendas, la desigualdad de rentas, el fracaso educativo, y otras falsas condenas bíblicas: los bajos salarios, las pensiones exiguas, la violencia de género, los ninis, los pares y los nones. Y los célebres atascos que, para más inri, ilustraban cada mañana en las autopistas el colapso de la sociedad. Los pecados se multiplicaban mientras CC oficiaba misa.

La radiografía social no invitaba a la complacencia. El cambio asomó como una idea fuerza porque la alternancia es la única solución democrática en momentos tales. Pero por mucho que este periódico abogara por el cambio parecía una de esas predicciones descabelladas sobre la marcha del mundo que hacen cada año por estas fechas los analistas del Saxo Bank danés, conscientes de su improbable éxito. Los hechos finalmente sucedieron. Y el acierto fue pleno.

Entre tanto, España ha vivido en un bucle inestable de elecciones en vano. Más allá de nuestra concavidad insular, pocas cosas afuera resultaban confortantes: manifestaciones masivas en todas las latitudes, guerras comerciales y un mundo sin líderes. Brexits y cataluñas se erigen en el nuevo estigma, y un caótico sinsentido del desgobierno queda reflejado en el impeachment a Trump. La descomposición de un país como Venezuela expresa el peor colofón de una década que termina dentro de 48 horas y que ha sido incapaz en Madrid de un acuerdo para salvar el planeta. Dejar hacer a los deshacedores, esa ha sido la tónica en las urnas, y de ahí el auge de la peor calaña de gobernantes que se recuerda. La caída de la aguja flameante de Notre Dame resumía todo este estado de cosas. Algunas muertes dolieron en especial, como nuestro Chirino. Hemos vuelto a ver llegar cayucos y pateras con seres vivos y muertos a nuestras costas. Y nos vamos de este año rumbo a otro con un malestar en el cuerpo. Nada bueno barrunta ese déjà vu del expansionismo marroquí. A vueltas con el mismo siroco. Nos vale que se llama 2020. Y no puede sonar mejor al oído ni ser más bella la palabra de esos dígitos. Que nos transporta y eleva como si fuera, en verdad, el inicio de una era superior. Pero qué poco ayudan los indicios.

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El lobo de la realidad

En un mundo como este que ya no está a trasmano todas las cosas pierden pronto interés y gravedad, por abundancia y reiteración. Nos sorprende una mañana esta o aquella nueva chispa restallante de la realidad y el incidente adquiere toda su trascendencia. Pero será fugaz el efecto de cada nuevo shock.

Otras conmociones ocuparán, sucesivamente, el primer plano de lo que podríamos llamar la agenda de los problemas del mundo con el que tanto estamos concernidos desde que se borraron todas las barreras que lo hacían lejano y universal (esto último, más que nunca, convertido en aldea local). No hace mucho nos desvelaba por las noches el brexit, la obsesión compulsiva del inconsciente británico desde su orgullosa insularidad por cortar amarras con el continente y buscarse la vida sin el corsé de las normas de Bruselas, aunque ello supusiera el riesgo de cortarse las venas en mitad de todos los posibles naufragios.

El brexit ahora ya es irreversible. Acaba de darle luz verde la Cámara de los Comunes y pasa a la de los Lores, y, sin embargo, hemos arrumbado el tema en el desván de las cosas irrelevantes (apenas nos separan unas semanas del debate que agitaba todos los demonios del brexit en Brsuselas y en Canarias, pero ahora que va en serio se nos baja el suflé). El 31 de este mes la desconexión se hará efectiva y no es ningún secreto que tendrá consecuencias en las Islas, en España y en Europa.

Uno de estos días, cuando Estados Unidos asesinó al general iraní Soleimani y todos pensamos lo mismo, que sería inevitable la guerra con Irán, asistíamos, sin saberlo, a una de tantas escenificaciones, escaramuzas y desafíos pasajeros. (Venimos de la parodia de Trump y Kim Jong-un, que es todo un reciente clásico del género.) Tanto le interesaba al yanqui desviar la atención a Oriente Medio en mitad de su calvario personal por el proceso político (impeachment), como a los actores de ese polvorín selecto del planeta seguir moviendo fichas en el tablero. Poco importa que se mintiera sobre las embajadas de EE.UU. que el general pensaba destruir, y en mitad del conflicto, la misma Guardia Revolucionaria que dirigía la influyente víctima ajusticiada confundió un avión comercial con un misil y lo derribó causando la muerte de 176 personas (iraníes y canadienses). De nuevo, la pausa y el punto y seguido. Era otro episodio para seguir temiendo lo peor. Pero el impacto de las tragedias y convulsiones de nuestro tiempo tienen una vida limitada. Efímera.

Hace meses que en distintas esquinas del mundo (Teherán también) se suceden manifestaciones de pronto explosivas y persistentes. La moda de estas revueltas en la nueva década, como la de aquella Primavera Árabe de comienzos de la década pasada, reviste, a primera vista, una enorme relevancia, hacen tambalear gobiernos como en Chile, sacuden las calles de París desde que las tomaran los chalecos amarillos, y con el paso de los días, semanas y meses, pasan a ser un hecho habitual y hasta coloquial en el paisaje de estas revoluciones emocionales que tan rápido se evaporan.

De tal manera que nos adaptamos a una nueva realidad incesante, pero previsible en sus efectos. Cataluña puede ser la siguiente, o lo está siendo ya, en esta saga de ictus menguantes. El disparo de la realidad atrae toda la atención, que acto seguido se desvanece. Nos hemos acostumbrado, por tanto, a relativizar los continuos sobresaltos y las amenazas aparentes. Hemos dado ya ese salto vertiginoso sobre los impactos cotidianos. Le hemos perdido el respeto a los peligros. Y como en el cuento del pastor que cuidaba las ovejas y siempre fingía que venía el lobo, cuando sea verdad nadie lo va a creer.

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A Ana Oramas la harán mártir

El dolor viene después, le dijo el rey como si fuera el Quijote a Sánchez el miércoles tras prometer el cargo en el Salón de Audiencias del Palacio de la Zarzuela como presidente del Gobierno que ha hecho ministra a la paisana Carolina Darias. Este Gobierno nace con pedigrí canario porque es de progreso y porque es coaligado y quizá porque ambas premisas se dieron aquí antes tenemos una de las carteras del Consejo de Administración de este país y a la delegada de la Violencia de Género. Victoria Rosell, como Carolina Darias, procede de la comunidad donde las estadísticas demandan gobernantes que se enchufen en lo social y desigual, y el feminicidio está en esa regleta de problemas.

“Ha sido rápido, simple y sin dolor…”, comentó Felipe VI en una sinopsis irónica de estos días de ira en el incívico debate de investidura. Es la selva en que se ha convertido el hemiciclo; la zoología política, con su fauna más primitiva encaramada a los escaños. Es otra vez El hombre y la tierra, de Rodríguez de la Fuente, cuando Franco salía y aún no había entrado completamente la democracia, en los años 70-80, la década de tira y encoge. Esta crispación viene de un dolor muy antiguo, siguiendo la prosa del rey. Y hurgando en recuerdos, hubo entonces destellos que ahora resultan llamativos. Yo me fijaba en Italia porque llamaba la atención que un comunista como Enrico Berlinguer prohijara un acuerdo con derechas, que llamaban compromiso histórico, entre el PCI y la democracia cristiana, que eran polos opuestos.

El siniestro Andreotti (que el cine bautizó como Il divo) recelaba como haría hoy Casado, pero finalmente cedió al abrazo maldito. Secuestraron a Aldo Moro, lo mataron las Brigadas Rojas, se pelearon las derechas y las izquierdas, volvieron a amistarse comunistas y democristianos, y el invento duró lo que duró. Carrillo importó el eurocomunismo de Berlinguer y ayudó a Suárez a parir la democracia. Años después, cuando lo conocí personalmente, me impactó la pequeña presencia humana de aquel personaje idolatrado por la izquierda como un dios inaccesible, era tierno y cercano, pese a la fama de implacable que le precedía; eran esas mutaciones que produjo la Transición en tantos otros actores principales de este sistema de libertad que cuidamos tan mal en la actualidad, como si fuera definitivo e imperecedero.

Quizá, por todo esto que uno ha vivido modestamente, estando en sitios y hablando con gentes de todas las épocas preliminares, acabas pensando que no hemos avanzado. Porque habría que remontarse a aquellos demócratas en pañales para explicarnos los abrazos antagónicos, la legalización del PCE y el educado Suárez dirigiéndose a La Pasionaria, “disculpe, no nos hemos saludado”, que es una foto en blanco y negro. Como era entonces España.

El populismo es de aciertos y errores. Pienso ahora en Canarias. El de Manuel Hermoso deja algunas lecciones para desterrar el sambenito de las dos Españas irremediables, o la izquierdosa o la derechona, cuando se atrajo a Mauricio y sus comunistas réprobos, a los majoreros nacionalistas indignados contra la Legión y a la moderada UCD devenida en Cds. Pero ya hemos dicho que el precedente canario de la osadía de Sánchez se localiza en 1985. Y es Saavedra el que rompe el molde pactando con el PCE, Asamblea Majorera y el Partido de la Revolución Canaria de Gonzalo Angulo. Lo acusaron de frentepopulista. Saavedra ha sido el socialista que más poder ha tenido en Canarias y que más ha mandado en el PSOE. Montó aquel primer Pacto de Progreso -fue el primer hereje del orden establecido- y el empresariado se le plegó en todo menos en la Ley de Aguas. No eran tiempos de calma en las Islas, ya bullían los independentismos en España, pero con más ahínco aquí, donde había un Cubillo inconsolable en Argel que no tenían ni vascos ni catalanes, y lo que estaba sobre la mesa no era una coña de lazos amarillos y excursiones a Waterloo, sino un plan de descolonización de Canarias a instancias de la Organización para la Unidad Africana ante la ONU. Eran palabras mayores, como recuerdan Inocencio Arias y Marcelino Oreja. Por eso en las cloacas del Gobierno se dio la orden de matar a Cubillo. Matar. No inhabilitar. Porque si viajaba a Nueva York y se aprobaba el dosier, se montaba un cirio. Suárez y González tuvieron que lidiar con ese toro. 35 años después se reeditó hace seis meses el Pacto de Progreso en Canarias, y ahora España se estrena en el mejunje. Saavedra amansó al empresariado con una de cal y otra de arena. Hermoso introdujo un populismo de terciopelo, con secesionistas de alta alcurnia. En las dos orillas de CC, que es el partido a donde todo aquello arribó, siempre hubo un Hilario Rodríguez con siete estrellas verdes y un ala morigerada, como la de Ana Oramas, que se bajó de la guagua del nacionalismo y se subió al autobús de la Castellana. Ahora discuten si multarla con 600 euros y saldar la infracción de tráfico (adelantar por la derecha) por su no a Sánchez en lugar de abstenerse como acordó su partido.

Está la unión hipostática de Ana Oramas y Fernando Clavijo, y pocos se creen que también lo traicionara a él; el tuit de ayer de Barragán (teóricamente, secretario general del partido), acusando a Carlos Alonso, padre de la idea de la multa, de “empeorar la grave situación de Oramas”, agita el pandemónium de CC en sus horas más amargas, haciendo buena la máxima del ya citado Andreotti de que lo que desgasta no es el poder, sino la falta de él. La traición de Judas, el más polémico acontecimiento de la historia del mundo, según Borges, no fue un hecho casual y no prefijado. Si Oramas no improvisó, sabía que abría a su partido en canal en vísperas congresuales: la CC de Tenerife, que sigue admirándose de ATI, y el resto de las Islas, que se suben por las paredes. Abrió la caja de Pandora y donde decía no a Sánchez, decía no a Román Rodríguez y toda su Nueva Canarias, y, de paso, no a Mario Cabrera, que acusa recibo en las páginas que siguen.

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Ana Oramas y un discurso que vale un partido

Todo pasa por el fino hilo de un sí que se transforme en un no, lo que en términos políticos se denomina -no sin falta de rigor- un tamayazo. Aquella vez -corría el año 2003- dos diputados del PSOE, un hombre y una mujer -el apellido de él bautizó para siempre cualquier indisciplina de voto en una investidura- se ausentaron y dejaron a su compañero Rafael Simancas con tres palmos de narices en la comunidad de Madrid, cuya presidencia acabó recayendo en la esperanzada Aguirre. Esta comentaba en el Foro Premium de DIARIO DE AVISOS que la traición de Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez le cayó del cielo y marcó el resto de su carrera política. Hoy, Sánchez deposita, precisamente, en el mismo Simancas el control de los 120 escaños de su bancada. O sea que Simancas se enfrenta a una especie de déjà vu, y ha pedido a sus conmilitones que durmieran anoche en Madrid para que hoy no se vieran atrapados en un colapso de tráfico a primera hora de la mañana. El no de Oramas, que ayer su partido apenas censuró formalmente sin tomar medidas ni enunciarlas, obra a modo de caballo de Troya, pues se desliza como una tímida rebelión aislada a modo de sacrificio público por la victoria enemiga, siendo, a la vista está, su gesto de equino un modo de piafar a las bravas. Son patadas al aire, pero no inocentes, ni inútiles. Desde que Ana Oramas se erigió en salvadora de la patria, al precio de traicionar a su propio partido, ganó de fan a Inés Arrimadas. Y su ejemplo ha sido enarbolado desde entonces para que otros “valientes”, en el idioma de la heredera de Rivera, tomen el mismo camino. Esta mañana se escribirá el capítulo que cierra esta historia. Si gana Oramas y Sánchez pierde la investidura por un efecto simpatía, si un diputado o dos o tres o los que sea se borran del pleno y alegan cualquier imponderable, y nos vemos abocados a nuevas elecciones, tenemos Juana de Arco y Canarias Suma con todas las letras. Ojo. El discurso de Ana Oramas habrá reventado la unidad nacionalista, habrá roto en dos a CC, habrá tirado por tierra todas las coartadas que hasta ahora daban a este partido apariencias de aspirar a ser el PNV canario. De acuerdo, CC es posible que haya enterrado su fenotipo nacionalista y lo que emerja -sea ATI en sentido estricto u otra cosa- tendrá en el futuro que entenderse con el PP, con Arrimadas y quién sabe si hasta con Vox, por más que les pese. Ese será el marco que le está reservado al partido que Oramas haya de refundar desde su providencial indisciplina. No es ninguna tontería el pistoletazo de salida que supone su arenga nacional (que no nacionalista) de este sábado 4 de este enero de 2020, en que se envolvió en la bandera de España, interpretando el estado de ánimo de una considerable proporción de país disgustada con Sánchez, robándole peras al propio Casado y haciendo de ello un falso suicidio, y una especie de simulacro de harakiri, cuando en realidad era un acto fundacional. En la tribuna de oradores del Congreso pocas veces ha nacido un partido (atrabancadamente) como este sábado. En la misma ceremonia del sepelio de CC, Ana Oramas reinventaba la ATI dormida que ha hibernado hasta ahora incómoda y expectante. Si el majorero Mario Cabrera quería conocer el rostro auténtico de su adversario a bordo de CC, antes del congreso de mayo, ahí lo tiene. El futuro acaba de regresar a Tenerife.

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Ana Oramas hizo el sábado un ‘Mardones’, y el veterano político fallecido no fue entonces arropado por ATI

La investidura de un presidente es un acontecimiento excepcional. En la memoria de los canarios está aquel voto decisivo de Luis Mardones que en 1989 salvó in extremis al socialista Felipe González. Tras una victoria por mayoría absoluta, su reelección era un puro trámite. De hecho, había previsto volar a Estrasburgo sobre la marcha ya en calidad de presidente y abordar los problemas de Europa Central y del Este en un Consejo Europeo, al parecer, decisivo. González entonces era un político que levitaba sobre los demás líderes, al que todavía le duraba la resaca de su éxito en octubre del 82. Pero Mardones (1938-2018) contaba con ironía que esa vez la suerte se le volvió en contra al político sevillano, y, horas antes de votarse la investidura, el presidente del Congreso, Félix Pons, recibió una mala noticia: los tribunales le quitaban un escaño al PSOE en Melilla ( antes se le habían caído por irregularidades otros dos en Murcia y Pontevedra) y perdía la mayoría absoluta. Necesitaba un voto, como tantas veces ha pasado, incluso hoy, en que otro socialista, Pedro Sánchez, depende de que un solo voto no cambie del sí al no.

González no tenía tiempo para esperar a una segunda vuelta, donde le bastara la mayoría simple, 48 horas después. Tenía que tomar el avión para Estrasburgo. Y si había algo que le sacaba de quicio, aupado ya en la celebridad del socialismo europeo, era saludar a Miterrand como interino. Mardones tenía la sospecha de que entre el histórico socialista francés y el español había una rivalidad inconfesable. Y el presidente de Francia habría disfrutado mucho recibiendo con la mano tendida al presidente en funciones de España con un saludo parecido a este:
-Hola, Felipe, ¿todavía no eres presidente?

De manera que González buscó una solución de emergencia. Ni Miquel Roca (CiU) ni Anasagasti (PNV) tenían capacidad de maniobra para alterar su voto esa misma noche. En cambio, las AIC (aún no existía CC, estamos hablando de ATI y las agrupaciones insulares), sí, y Manuel Hermoso convocó, diligente, un consejo político exprés y todos estuvieron de acuerdo en echarle un cabo a González (todos, salvo dos: Marcos Brito y Antonio Daroca, ambos ya fallecidos, pues eran tiempos de prehistoria en el aún nonato nacionalismo canario moderado). “Pudimos hacer la jugada de una manera limpia, elegante y contundente”, celebró mucho tiempo después Mardones en una entrevista con DIARIO DE AVISOS. Hermoso, Adán Martín y José Emilio García Gómez viajaron a Madrid a arropar a Mardones, que en paz descanse. Pero entonces, todos iban en el mismo barco, no cabía imaginar una salida de pata de banco por parte del diputado en la tribuna de oradores.

“LE DIGO MIL VECES NO”

El pasado sábado, cuando Ana Oramas proclamó “le digo no, no y mil veces no” a Pedro Sánchez en la primera jornada de la investidura, José Miguel Barragán, secretario general de CC, se llevó las manos a la cabeza, pues él (dicen sus allegados) había leído el discurso. “Era crítico, pero se atenía al acuerdo del partido de abstenerse”. En cambio, más de uno piensa que Fernando Clavijo no era tan ajeno al cambio de postura y de discurso de la diputada rebelde.

A Mardones lo asociaron con la izquierda y a Oramas afilian a la derecha; ahora la amenazan con medidas disciplinarias, pero en su partido en Tenerife (en la nunca extinta ATI) existen numerosas voces que la arropan y jalean. En efecto, Oramas se ha integrado en el bloque de derechas con un discurso patriótico alejado de las consignas seminales de CC, que orilló siempre el españolismo y se envolvió en la bandera con siete estrellas verdes, cuando no en las ideas de Secundino Delgado por la proximidad de su alianza con el PNC. Pero ese realineamiento de Oramas choca, además, históricamente, con la posición de Mardones, que era el menos nacionalista del partido y procedía del tardofranquismo. Sin embargo, no dudó en apoyar la investidura del socialista González, a riesgo de ser masacrado por la derecha. “Me insultaron, me amenazaron de muerte, me decían de todo, que me había vendido por dinero. Eran elementos derechistas y anti-Felipe”, recordaba amargamente. Telefónica tuvo que cambiarle el número de su casa, “porque era inaguantable”. Esa misma tarde, un diputado del PP subió a su escaño y le dijo antes de votar:
-Luis, humillalo.

Mardones le respondió: “Yo no he venido a Madrid a humillar a nadie políticamente”.

Al cruzar esa raya de la entente Canarias-Madrid, Ana Oramas ha sentado un nuevo precedente. Y tanto ella como Mardones han tenido la misma tentación.

LA PELÍCULA DE ESTOS DÍAS

Rebobinemos de nuevo la película de estos hechos. González había cubierto su larga estancia en el poder hasta dejar paso a Aznar, y este a Zapatero. De manera que había llovido mucho y corría el año 2007 cuando Zapatero tenía estrecheces para sacar los Presupuestos. Ahora, sí. Ya existía Coalición Canaria con todas las letras. Y contaba con dos diputados en el Congreso. A Paulino Rivero, que retornó a la política canaria, lo había sustituido Ana Oramas, y en vísperas de la votación le trasladó a Mardones la orden del partido:

-Luis, tienes que votar que no.

Mardones era el paradigma del diputado de Estado. En su cabeza no cabía traicionar en semejantes leyes a un presidente del Gobierno de España. Sí, quería jubilarse, dejar la política, pero no en contra de sus principios. Los Presupuestos eran sagrados. Ese había sido su dogma de fe durante una larga carrera de San Jerónimo.

-Y voté que sí -comentó al borde de la lágrima en aquella conversación con este periódico poco antes de morir.

“Era la última función. Terminó la legislatura y me fui a casa. Abandoné la militancia. Me dolió. Habría querido despedirme de otra manera”. Su confesión describe un estado de ánimo bipolar en la inclasificable Coalición Canaria. La que en Madrid pensaba que lo mejor era estar en sintonía con el Gobierno de turno, fuera de izquierda o de derecha, y al mismo tiempo hacer el máximo ruido posible desde las Islas contra el Gobierno central, porque “niño que no llora, no mama”. Oramas, la misma que impartió sin éxito la consigna de CC a Mardones contra Zapatero, despidió a este en su retirada en 2011 con el mayor piropo del hemiciclo: “Usted puede mirar a los ojos a los españoles”.

Ahora, acaba de ingresar en el laberinto del que Mardones salió hace 13 años.

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Lección galdosiana de este episodio nacional

En dos cosas va por delante Canarias con respecto al momento político que vive ahora -que vive hoy, domingo- España. Una de ellas es que los españoles van a probar por primera vez lo que es un Gobierno de coalición, el del PSOE y Podemos, si no se tuercen los hilos que tejen la investidura de Sánchez de aquí al martes y el idilio no se torna en litigio con los catalanes. Lo de Ana Oramas romperá CC o la dejará menguante como un fantasma vagando por los pasillos del Congreso. Su sobreactuación patriótica no logra disimular el despecho de la pérdida del poder a manos del PSOE y la izquierda canaria. Desde los años 80 las Islas conocen la biblia de los pactos de Gobierno. Lo segundo en que Canarias lleva ventaja respecto a España es en la noción de un Pacto de Progreso, pues ya lo conformó en 1985 Jerónimo Saavedra instaurando la primera cohabitación política en las Islas. Es la misma idiosincrasia del pacto de la flores del PSOE, Nueva Canarias, Podemos y ASG. En esa autopista, Canarias adelanta a Madrid y al conjunto de la política nacional.
De manera que lo que está cociéndose a estas horas en la Villa y Corte es, por una vez, un episodio nacional de segunda mano. Decía el padre de esta acepción, nuestro paisano Benito Pérez Galdós -del que cumplimos el centenario de su muerte- que “la moral política es como una capa con tantos remiendos, que ya no se sabe cuál es el paño primitivo”. El narrador de Fortunata y Jacinta habría dicho eso mismo del momento político actual español. Se rasgan las vestiduras, desde el PP a Vox pasando por Cs y CC, por que el PSOE se haya sentado a hablar con Esquerra Republicana, olvidando que a finales de 2016 fue la entonces vicepresidenta de Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, la que impulsó la denominada Operación Diálogo con Cataluña. La diligente número dos del Gobierno del PP, en aquellas aguas procelosas -aún en la terrible crisis económica y en medio del azote mediático y judicial por la corrupción-, no tuvo reparos en sentarse a convenir con Oriol Junqueras un posible acuerdo y en designarle “nuestro hombre en Cataluña” después de la primera consulta soberanista, la del 9-N de 2014. El contexto ya era bronco, hosco y revirado como lo es ahora. Cataluña se alzaba en referéndums contra Madrid, amenazando con aprobar leyes de desconexión y rematar la jugada con un proceso de independencia en toda regla. Se albergaban unas posibles elecciones plebiscitarias y finalmente se armó la de San Quintín con el referéndum del 1-O en 2017, tras lo cual el Gobierno aplicó una noche el artículo 155 y se rompió la baraja. Soraya Sáenz de Santamaría admitió el fracaso de su famoso despacho en la Delgación del Gobierno y lo que siguió lo tenemos todos más fresco: Rajoy acabó perdiendo meses después el poder en la censura de Sánchez y Sáenz de Santamaría perdió el Congreso de las primarias frente a su enemiga íntima Cospedal y el actual secretario general del PP, Pablo Casado.
Como diría Galdós, de tantos remiendos que tiene esa capa -la del inveterado diálogo de Madrid con Cataluña- ya no se sabe cuál es el paño original. Todos los presidentes que ha habido en España han hablado, negociado, disertado y disentido con los prebostes de turno de la Generalitat. Felipe González lo hacía con Pujol, y este, a su vez, con Aznar, que presumía de hablar catalán en la intimidad para atraerse al elfo maquiavélico de CIU. Del PSOE al PP se hizo una y mil veces ese viaje de ida y vuelta. Luego Zapatero lo mejoró con promesas demasiado triunfalistas (“apoyaré” lo que digan, venía a proclamar). Y Rajoy le vio los pitones al toro. Zascandileó con Artur Mas y nunca tuvo química con Puigdemont. Pero con Junqueras, con el Obélix de ERC, sí mantuvo hilo directo, y no escatimó -con buen criterio- esfuerzos en sellar una entente cordiale por si era posible apagar el incendio antes de que ardiera la Sagrada Familia como ardió Notre Dame. Y no pudo ser.
Ahora -si regresamos a España este domingo, 5 de enero, víspera de Reyes- nos encontramos en un escenario de máximos como gusta tanto a este país. (y por si éramos pocos parió la abuela, que es el mantra favorito de Ana Oramas.) Con Torra destituido por la Junta Electoral Central jugando a puentear al Tribunal Supremo y con todas las espadas en alto, que es como da más emoción. Una vez Mardones (CC) le salvó el tipo a Felipe González y apoyó su investidura para que no se riera de su interinidad Francois Miterrand en una cumbre en París (también disintió de su partido, apoyó a Zapatero y se fue). Otra vez, Pedro Quevedo (NC) fue el diputado 176 que necesitaba Rajoy para sacar adelante las Cuentas del Estado -los famosos presupuestos Duracell de Montoro, que siguen vigentes y rozagantes-. Ahora, Sánchez ha repetido el guion que he recordado de sus predecesores: hablar, hablar y hablar con los catalanes si se ponen a tiro, a ver qué conejo sale de la chistera. También ha sido reincidente en menudear votos en un zoco político sin mayorías absolutas. Y, entre tantos, ha tocado en la puerta de los nacionalistas canarios. Aquí se produce, por primera vez, una situación anómala: ya no gobiernan los mismos, CC está en la oposición (de ahí, el cabreo de Oramas). Y como cabía esperar, le dura el despecho por la pérdida del poder a manos de un pacto de progreso. Retomando a Galdós, en la cínica moral política conviven la urticaria de CC a Sánchez por hablar con Junqueras mientras Clavijo pacta con los soberanistas en el Senado. “Estos son mis principios. Si no le gustan…tengo otros”, dijo un cómico fumador con bigote, cejas y hasta gafas postizas.
Estamos en lo de siempre, en las dos Españas y la conllevanza catalana. Para alborozo de Vox, que se alimenta de esta sangría. Habrá ruido unos meses. Sánchez se mirará en el espejo de Portugal grándola vila morena, del Bloco de Esquerda del socialista Antonio Costa, que iba a ser el Gobierno de la geringonça, de la chapuza, y acabó siendo pandereteado por Europa y el FMI. Recordará el calvario de la Grecia de Tsipras cuando Syriza era el diablo y Bruselas la quiso expulsar. Y pedirá precedentes para la navegación. Canarias tiene algo por una vez que enseñar a España: tiene un pacto de progreso y más de 30 años de gobiernos de coalición.

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El americano insular de Europa

Cuando empecé a volar a América, España aún no pertenecía a Europa, la Europa comunitaria del espíritu de los padres de la entente continental, los Schumann, Adenauer, Monnet y Alcide de Gasperi. Y comprendí que América era un instinto de ser canario, una inercia casi antropológica, que de un modo colectivo se nos había introvertido en hábito y norma cruzar el charco, ir a ver la cotidiana América como un asunto convencional. Nacido en 1957, el año de los determinantes Tratados de Roma, que consagraron las libertades de circulación de personas, mercancías y capitales, pertenezco intrínsecamente a la generación de esa Europa que hoy está en cuestión y que el día 31 sentirá que le cortan el cordón umbilical con Reino Unido, como si fuera posible desprenderse de Londres tan fácilmente. América ha formado parte del universo de la influencia de Canarias en el mundo. Con este título arrogante revisé por escrito la onda expansiva de los isleños en el exterior y me planté en América a inspeccionar nuestras raíces. Recuerdo el encargo de Paco Padrón: rescatar la huella de los emigrantes, reconstruir su genealogía de náufragos y supervivientes de los barcos fantasma que huían de la miseria y la dictadura. En aquellos cayucos isleños de los años 40 y 50, del Telémaco y La Elvira, iba el hábito superlativo de creernos unos americanos más. En la Plaza de Simón Bolívar, de Caracas, no me costó trabajo hacer la primera leva de canarios que guardaban su origen bajo las capas de cebolla de varias generaciones. En Mercado Coche, entre la Calle Zea y la Avenida Intercomunal del Valle, los canarios de la papa y otros cultivos se hacían de oro. ¡Qué lejos quedaba Europa sentimental y económicamente! ¿En qué plaza del Viejo Mundo podría haber hecho una encuesta similar? Fue hacia América adonde puso rumbo nuestra diáspora del siglo XVII, con destino a Caracas y La Guaira. Y en todo caso, Londres, que ahora leva el ancla, era el enclave de nuestro comercio marítimo con Europa en los 1.800 y finales del siglo XX, cuando la fama de nuestro gentilicio bautizó ese puerto, y aún hoy el nombre se conserva, como Canary Wharf.
Pero Canarias poblaba América, donde estaban los paisanos que faltaban en las Islas, los eslabones de las familias rotas. En tiempos de la autarquía franquista, la crisis y el aislamiento por el cierre de fronteras tras la Segunda Guerra Mundial, nuestra flota pesquera surtió de barcos clandestinos la riada humana que no se arredraba -era tal la desesperación, tras el crac del 29 y las posguerras-,como ahora los cayucos de Senegal o Mauritania, que vuelven a nuestras costas tras la clausura del Mediterráneo. Estamos hechos de esa madera. De los veleros espectrales que desafiaron el Atlántico, y mucho antes, de las travesías fundacionales del tributo en sangre, y anteriormente aun, de las primeras naves que zarparon de La Gomera, coetáneos de Colón. ¡Cómo no íbamos a querer a América después de tanto tiempo juntos! ¡De siglos! La conocí micrófono en mano, con bolígrafo en ristre o pateándola como un sonámbulo que repetía inconscientemente la metáfora clásica de Borges, la de los actos repetitivos del mismo hombre infinito. América es más amena que Europa; en ella pasan las cosas más intensas y extremadas: Maduro y Guaidó; Evo y la indignación indígena; Piñera y los disturbios de la clase media chilena; Brasil y la desmesura, la corrupción, Odebrecht, Lula, la cárcel, la libertad; Perú y aquel disparo en la sien de Alan García antes de ser detenido; Buenos Aires y el asesinato del fiscal Nisman….; nuestra amada Cuba de vegueros canarios, y México profundo, patria de la santa calavera infernal. Me emborraché de América durante años de continua inmersión en sus luces y sombras. Era tan peligrosa como ahora, pero nunca me pasó nada. No pensábamos en Europa como sitio. El único lugar respetable al que había que ir fuera de Canarias era América. Incluso, antes que a la Península.
Hasta que en 1986 España nos ingresó en la Comunidad Europea, y vinieron los tratados de Maastricht, que creó la ciudadanía europea; de Ámsterdam (hace veinte años); de Niza, y de Lisboa, que precedió a la Gran Recesión, de la que Europa todavía no se ha curado. Y nos enamoramos repentinamente de Bruselas y le pusimos los cuernos a América hasta sufrir estos desamores de los fondos europeos a causa del brexit. Hoy somos esta región ultraperiférica que acaba de celebrar la asamblea de asambleas legislativas de las regiones de Europa.
Sin darnos cuenta, pusimos distancia con América, cuando el canario entraba por ella como Pedro por su casa. Visitar La Habana era una obviedad para un presidente canario. “Pase usted, que estuvo en La Habana”, decía la gente de antes en Santa Cruz, dando la acera a quien venía de la capital de Cuba, que cumple 500 años de su fundación, y lo asocio a mi amigo Julio Hernández García, el historiador del Caribe, que ya no está entre nosotros, el americanista devocional de esta suerte de Canamérica.
Hubo un instante en las últimas décadas en que España y Canarias dieron la espalda a América, deslumbradas por Europa y sus expectativas. España acarrea su mala prensa americana, su leyenda negra desmentida por Roca Barea, que desenterró el presidente de México (“que España pida perdón”) y ahora las autoridades bolivianas tras el incidente diplomático de la embajada, y que antes avivó el rey Juan Carlos en la cumbre iberoamericana en que abroncó a Chaves: “¿Por qué no te callas?”. Ahora nos tiene en vilo Venezuela, donde tuvimos de embajador al paisano Alberto de Armas y nos venían a ver los presidentes Caldera, Lusinchi, Rómulo Betancourt… Hoy, para decirlo de un modo escueto, tenemos que volver a América, que está entre nosotros como nunca antes, en el exilio político y económico. Pero hay una parte de América floreciente que viene y vuelve. Rajoy intercedió en Europa para que peruanos y colombianos gozaran de visado, a sabiendas de que sus países crecen más que el nuestro. Hay un instinto mutuo de conocernos, que explica el viaje de orilla a orilla. De ida y vuelta.
El horizonte no engaña, nos marca la línea. Es el eterno lazo con América, al que regresamos -con las nuevas competencias de un Estatuto remozado- para reanudar una vieja amistad interrumpida que abarca un espacio de intercambio y desarrollo inmenso como un atlántico.

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El barco que va sobre olas y rocas

El desbloqueo político, después de ocho meses de candado legislativo en España, desprende el tufo de las viejas sentinas de los partidos, sus consignas consiguientes, la dialéctica en la cloaca, la inmundicia de los bajos fondos. Este clima enrarecido y maloliente se ha impuesto desterrando por ahora la política de altos vuelos, la galanura parlamentaria. En fin… Antes se discutía, sobre todo, de corrupción. Hasta ver a Lula en las mazmorras, en Brasil, esa ópera ultra valió un presidente: letra y música de Jair Bolsonaro. En España se reiteraba el debate de las colusiones del poder, pero en toda América era un clamor el caso Odebrecht. Por entonces, aquí se puso el foco en la era Gürtel y era raro el día que no salía el nombre de Bárcenas a relucir. La hemeroteca de esos días es la Netflix que está al caer, y que los seriéfilos celebrarán (Canarias da para una saga como mínimo, años 2015-2020).

El valor de estas controversias reside en su enseñanza para la posteridad. Cuando los países sufren un azote determinado -la crisis, Cataluña o la citada corrupción- se crea un hilo sobre la marcha, como se estila en Twitter, un efecto simpatía que arrastra por igual a políticos, empresarios y periodistas. Y no se habla de otra cosa. Ahora el guion de este show de Truman ha incorporado el debate del pin parental de la derecha en Murcia, que Ábalos (PSOE) ha definido como un laboratorio de fascismo. “Saquen sus manos de nuestras familias”, dramatiza sobre el escenario Pablo Casado (PP). “No todo es blanco o negro”, declama Melisa Rodríguez (Cs). Los peor pensados -en buena lógica- sospechan que este es un debate artificial, un disparo disuasorio, para desviar la atención del nombramiento de la exministra Dolores Delgado como Fiscal General del Estado. Una añagaza de Iván Redondo.

No habrá manera de concertar las paces en el rifirrafe de las clases extracurriculares, y, a fuer de sinceros, conviene dejarlo en una de esas gavetas donde los asuntos se arreglan solos, pues ya existe para algo el Consejo Escolar. Es una discusión agotada y resuelta, pero, dado el tono de pandemonium que rige, se ha enconado. Hay temas sobre los que pesa más el corazón que la razón y las más de las veces se impone el grito y la bronca sobre el veredicto ético o legal, como es el caso. Este primer tramo de la legislatura ha empezado con la pirotecnia que sobró de la campaña electoral, pero los siguientes prometen ser igualmente agitados. Aunque anoche Sánchez decía en TVE que la situación catalana se ha calmado, nadie duda de que esos rescoldos seguirán candentes en el tiempo. La doble España se rearma en sus cuarteles para librar batallas que se prometen acaloradas en los cenáculos y la prensa. Un visitante foráneo que nos venga a ver cada equis tiempo pensará que somos un manicomio sin remedio. Cada uno de los monográficos que han monopolizado el debate político en este país -desde la corrupción a la inestabilidad y desde Cataluña al País Vasco- concluyeron su momento de gloria sin vencedores ni vencidos. Cuando baje este suflé y lleve la coalición de gobierno unos meses de gestión, otras serpientes empezarán a salir a la palestra, sumándose al apocalipsis político rampante. El margen de probabilidad es alto en materia de roces y disgustos entre los socios, y la expectativa de una legislatura judicializada y hosca como pocas es también elevada. Vox ha desenterrado el hacha y Casado lleva pinturas de guerra en la cara. En la cárcel de Lledoners el recluso que manda pone el listón alto en una entrevista en El País para apoyar los primeros Presupuestos. En Francian el presidente de la República hubo de salir escoltado de un teatro ante la amenaza de linchamiento por las protestas de los pensionistas. Comparado con los estados más sólidos del entorno(Alemania, Francia o Reino Unido), España, con todas sus vías de agua, sobre olas y rocas, navega. Y no es poco.

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Cardenal, vestido de blanco, con vela y corona de flor de café

El poeta Cardenal tenía apellido vaticano, y un papa lo amonestó en público, para que otro papa lo indultara en vida. Conocí a Cardenal, don Ernesto, como Che Guevara, hace más de diez años, ya octogenario, pero vigoroso y beligerante contra Daniel Ortega y la doña. “Tienen un poder infinito”, solía decir del exlibertador sandinista reconvertido en tirano y su sagrada esposa, disfrazada de mística, pero inmisericorde, la vicepresidenta Rosario Murillo. El matrimonio le había declarado la guerra, según me dijo en Tenerife. Solo temía una cosa, que no le dejaran entrar y que no le dejaran salir. Sus poemas contra Somoza admiten ahora una lectura suplementaria contra Ortega y la que manda, la señora. “Una tierra sin terror”, pedía en su Canto Nacional al dictador perpetuo y al delfín imitador. En su famoso poema pedía cartelones en las carreteras que pregonaran que “uno no vale por lo que quita, sino por lo que da a los demás”; y afiches que pusieran que “los que murieron por el pueblo/están resucitados…” y este letrero en las paredes: “La vida es subversiva”. Había venido a la Isla a una gira con Caco Senante, en cuya serie de conciertos y recitales los acompañaban el músico Rubén Díaz y otras voces e intérpretes. De noche acudí al dueto del cantante y el poeta en el Museo del Cosmos. Cardenal exhibía la catarata de su Cántico cósmico, lo que él llamaba poesía científica. Hablaba de los astros y galaxias, de los agujeros negros y del hombre ínfimo e infinito. Allí es donde dice: “Lo mejor es morir héroe y mártir”. En Solentiname, el archipiélago que dotó de artistas y pescadores, se sentía libre en un territorio emancipado. Pero cada vez que lo invitaban al extranjero temblaba por que no lo dejaran viajar y,de vuelta, que no le autorizaran reingresar a su paraíso. Hablamos de Neruda, que leía asiduamente, y de Sergio Ramírez, su amigo del Gobierno sandinista, cuando uno era el ministro de Cultura y el otro vicepresidente. Ramírez es otro cardenal en la piel del régimen. Mucho más joven que el poeta, deplora a Ortega a coro con aquel. Han sido las dos voces insurrectas contra Daniel Ortega, cuya metamorfosis recuerda el Otoño del Patriarca y la Fiesta del Chivo, a la vez, la novela de García Márquez sobre la decadencia de los dictadores depuestos o retirados y las felonias y aberraciones de Trujillo en la República Dominicana. “Blanca vestida de blanco, con vela y corona de flor de café”, se casó la novia con Sandino, que volvió después a las montañas, según el canto de Cardenal, que fue sandinista y teólogo de la liberación. Le pregunté, llevado de la curiosidad, qué palabras le dijo el papa Juan Pablo II en el aeropuerto de Managua en 1983, cuando era ministro sandinista y Wojtyla lo repudió por su compromiso político. Lo humilló ante las cámaras de televisión reprendiéndole agriamente mientras Cardenal permanecía arrodillado a sus pies soportando la filípica del papa conservador. No reprodujo lo que le dijo. Me miró con los ojos vivarachos tras las gafas ajustadas entre la melena blanca, y sonrió. Guardaba respeto a aquel papa que lo suspendió ad divini y que había muerto hacía tres o cuatro años tras la larga agonía de su pontificado. Después de Ratzinger vendría Bergoglio, el papa Francisco, que lo restituyó a tiempo, antes de que Ernesto Cardenal, con 95 años, pusiera este lunes rumbo a su lugar preferido, el Cosmos.

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