Opinión

La investidura, el pulso y el impulso político

Casas insulares. Somos un falansterio, un pandemónium, una arcadia de aquelarres, un quilombo, una ristra de espadañas y cuando todas las campanas se sueltan a repicar y las cigüeñas tabletean su pico amaranto estamos ante un hecho único: algo ocurre a la vez en toda Canarias, cosa extraña, porque somos nuestras tribus de siempre, casas insulares, en el mítico hogar homologable. El 26-M se inició una traca de acontecimientos con impacto casi unánime en todas las islas. No se había producido una hecatombe política semejante seguramente nunca. Solo el auge del socialismo canario resucitado explica la demolición de los bastiones de ATI y las murallas de CC. Como en Esperando a los bárbaros, de Coetzee, esta historia se asemeja a una larga estadía en el poder, bajo la amenaza de que un día asaltarán el primer puesto fronterizo y todo el territorio gobernable los ninguneados por el régimen.

Canarias ahora es un solar tras la batalla, con los depuestos en sus madrigueras y los nuevos regidores revisando las cuentas para ver hasta cuánto aquellos se saltaron la regla de gasto. Vienen los nuevos, urgidos por las emergencias sociales, a implantar medidas perentorias, como una renta ciudadana, una ecotasa o la prioridad climática, y no pueden defraudar, pues de la derrota solo se sale airoso si el vencedor se duerme en los laureles y pierde así toda la razón. Ahora no es como cuando Nelson, que bastó con rechazar a los ingleses (los que ahora nos rechazan a nosotros con su brexit en standby); no bastará con cuatro arponazos bien dados, pues el éxito de esta campaña se mide en cuatro años, no en cuatro asaltos. Y son cuatro los partidos aliados que quieren coger por los cuernos cuatro miuras (la pobreza, el paro, la dependencia y el cambio climático) por seguir con el mismo numeral.

Hace cincuenta años, cuando empecé a forjarme periodista, el hombre llegó a la Luna. Tenemos esa impronta de la proeza universal. Jesús Hermida apostoló del simpar Apolo 11. Somos prosélitos de Hermida. Si el hombre pisó la Luna, de qué no será capaz aquí abajo, en su propia casa. De qué no seremos capaces los canarios en nuestras casas insulares. ¿Salir de los vagones de cola de las estadísticas? He ahí el “pequeño paso para el hombre” que este Gobierno está obligado a dar, si hay Presupuesto General y Gobierno también en España.

Pese a que los sondeos le son favorables al PSOE y, en menor medida, al PP, hoy, vísperas del debate de investidura en el Congreso, lo razonable sería convenir, tras el acercamiento PSOE-Podemos de última hora, que habrá humo blanco y no elecciones el 17 de noviembre. Hay una sintonía política esta vez entre Canarias y Madrid, como si fueran mundos paralelos (no es lo usual). El cambio en España barrió con el estamento político del PP. La era popular salió malherida de la crisis económica de 2008, como a CC le dejó secuelas, y en ambos casos el efecto desgaste se hizo patente una década después, como si ese fuera el ciclo de los ritmos circadianos de la política. La política se hace a base de impulsos, y un impulso puede durar días, meses o años, a unos más que a otros en términos de poder; a CC le duró algo más de un cuarto de siglo y al PP poco más de un lustro. Ahora esta nueva etapa simultánea en España y en Canarias tiene un mismo actor principal: el PSOE. Como en 1982, con Felipe González en la Moncloa y, pocos meses más tarde, Jerónimo Saavedra en Canarias. La novedosa irrupción de Manuel Hermoso en las Islas se alimentaba de la idea de que el socialismo era poco sensible con los temas vernáculos y las llamadas especificidades canarias, como los cabildos o el REF. Hermoso era un dirigente intuitivo y sagaz, que leía los momentos políticos con astucia, y no albergaba prejuicios ideológicos, era capaz -como demostró- de aglutinar a izquierdas y derechas y, de paso, condimentarlas de nacionalismo en aquella contingencia donde CiU y PNV eran la moda emergente de la política española. En Canarias, la fórmula prendió, porque el nacionalismo supo acreditarse de bálsamo frente al centralismo de los demás partidos y para la autodefensa de la lejanía. A Hermoso le salió una carambola de éxito y gobernó en ayuntamientos, cabildos y la comunidad, ejerció de bisagra de Estado y hasta tuvo un pie en el Parlamento Europeo. Bingo. El caso Hermoso es de tesis doctoral de politólogos y gurús como Iván Redondo.

Habíamos caído en España en los últimos años en un tedioso convencionalismo. Las guerras púnicas de la corrupción (el casual etnómino latino), el caso Bárcenas y Gürtel tendrían efecto retardado. Ya dijimos que la crisis pasó factura a los gobiernos de Europa, de España y de Canarias. Pero hasta que no llegó Sánchez y puso la censura sobre la mesa no había surgido el impulso que cambiara las cosas. Las encuestas habían perdido reputación, saboteadas por la añagaza de los votantes, y los partidos hechos de aquella burbuja, como Ciudadanos y Podemos, subían en los sondeos y bajaban en las urnas, donde se oculta la verdad. Fue la censura de Sánchez el punto de inflexión y después Tezanos infligió la profecía autocumplida. Hoy el PSOE es el resultado de un impulso, que cambió su suerte. La jugada maestra.

El cambio en Canarias es producto de una cadena de hechos, la suma de factores, incluido -en buena parte- el azar, pero materializa, sobre todo, un estado de opinión, una atmósfera y una cultura. La cultura del cambio. Bajo ese ecosistema, donde las piezas tienden a atraerse por obra de su bosón de Higgs, fructifican los grandes cambios. Albert Rivera cogió impulso, pero declinó. Pudo ser vicepresidente del Gobierno y un hombre de Estado y optó por la peor imitación (“no es no”, ya huérfano el eslogan de autor); pudo tener una harca de ministros, y ahora pierde leales a espuertas, desde Barcelona hasta El Hierro. Ciudadanos tuvo la sartén por el mango y se ha quedado sin el mango y la sartén. Con que Pablo Casado se rodee de mejores edecanes y escupa la pipa de aceituna que le atraganta en Canarias, tenemos bipartidismo para rato, donde Podemos es la gran incógnita. Sánchez tiene instinto y no ha perdido el impulso. Últimamente usa del talento de la vieja política, que lo tenía a raudales, no esta estolidez. Rivera naufraga por sus errores tacticistas. Como Clavijo no llegó a la orilla no por no saber nadar, sino por no desconfiar más de sí mismo o hubiera visto venir la ola. Sánchez ha perdido el tiempo (como le pasó a Pedro Martín con el PP) esperando a Pablo Casado y Rivera, que no eran Godot, pero estaban haciendo teatro del absurdo. Si Sánchez pacta mañana con Podemos, podemos decir que esta vez Canarias lo hizo primero. Y el impulso lo tomó, entonces, Ángel Víctor Torres, que le dio la vuelta al calcetín.

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De la Luna a Tenerife

En plena epifanía del 50 aniversario del viaje y abordaje del hombre en la Luna, hoy cobra todo su esplendor la vocación de las Islas en esta materia, sus vínculos con aquel vuelco que dio la historia con la sola huella de una pisada trascendental en el satélite virgen de nuestro entorno. Neil Armstrong, protagonista de la hazaña que haría célebres hasta a quienes, como Jesús Hermida, la narraron, dijo y dejó una frase para la posteridad: “Es un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”. En realidad, como trató siempre de aclarar el propio Armstrong, el audio se presta a equívoco: él quiso, al parecer, referirse al modesto paso de “un hombre”, pero su adagio se hizo memorable en su versión más genérica y solemne.

El célebre astronauta pionero, que fundó el turismo espacial, vino a Tenerife en 2011 (el medio siglo del viaje inaugural de Gagarin), y paseó sobre esta isla y La Palma, lo cual no dejaba de tener cierta connotación especial/espacial, pues no eran los pasos de un hombre cualquiera, sino del mismo que dio aquella gran zancada para la humanidad. Neil Armstrong y su compañero de marcha lunar Buzz Aldrin eran invitados estelares del festival Starmus que organizaba en Tenerife Garik Israelian y que trajo más tarde a Stephen Hawking, en lo que constituiría la reafirmación de una idea premonitoria, pues Armstrong con su huella había inaugurado la travesía humana a la Luna y Hawking era firme partidario de colonizar otros satélites y planetas, dado el estado deplorable de la Tierra por la huella de carbono del hombre.

En las Islas es fácil enamorarse del espacio y, por ende, de la astrofísica, como preconizó en los años 60 el padre de esta disciplina en este país, Francisco Sánchez, que ahora saca a la luz un libro con las reminiscencias de aquella primera semilla, Soñando estrellas, así nació y se consolidó la Astrofísica en España, cuya presentación está prevista para mañana, en el Leal de La Laguna. Sánchez parió la Astrofísica en la universidad española en plena efervescencia de la carrera espacial y su Instituto de Astrofísica de Canarias es, en sus orígenes, contemporáneo del Apolo 11 que cruzó los cielos camino de la Luna.

En un recordado vuelo a París en el Concorde (1990), me tocó de compañero de asiento un hombre afable que irradiaba la curiosidad, ya no de un pasajero corriente, sino de alguien que sabía lo que entrañaba volar en aquel cohete espacial, que nos puso en la Ciudad de la Luz en un abrir y cerrar de ojos. No sé por qué le comenté, en mitad de un diálogo sin pies ni cabeza, que los gomeros habían estado en todas partes y en toda ocasión, pero que a buen seguro no habrían podido estar metidos en algo tan insólito como el primer viaje del hombre a la Luna. Y mi vecino del Concorde me miró con un aire sarcástico de victoria: “Yo estuve. Y soy gomero”. Era Félix Herrera Cabello, físico solar, natural de Agulo, con una dilatada biografía científica, que había trabajado para la Nasa desde su fundación, primero en Perú y después en la estación de Maspalomas, en Gran Canaria. Desde esta última, aquel día, 16 de julio de 1969, él era una pieza clave en la aventura de Armstrong, Collins y Aldrin, pues de su pericia dependía la última palabra, a la hora de decidir si se procedía al alunizaje o se abortaba. “Yo vigilaba las vibraciones del sol, y ese era un asunto muy serio en la misión.” Herrera era un experto en el seguimiento, telemetría, comando y comunicaciones con los vehículos espaciales. Y estaba allí, a mi lado, rumbo a París en uno de aquellos Concorde, que más tarde dejarían de volar como el hombre a la Luna.

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Letra y música en la Cámara

Cuando el mobiliario del Parlamento en Teobaldo Power eran tablones de madera y no había despachos, ni váteres para mujeres, ni salas de reuniones, sino todo era precario y en aquel sitio lóbrego nacía la autonomía con una mano delante y otra detrás, sobresalía el humor de Pedro Guerra (padre, vale decir, porque el hijo se hizo más tarde un célebre cantautor). Guerra Cabrera tenía la edad del actual presidente de la Cámara, Gustavo Matos, frisando los 45, y acuñó modos y maneras de sus señorías, era un oficio inédito, creó el manual de estilo del cargo y se quedaba con todo. En aquella primera legislatura de 1983 tenía las islas en los ojos, como su balada en labores de poeta, y anotaba en una libreta la picaresca de una saga irrepetible de diputados, con lo que escribió un libro de la jerga política, ¡Jablen ansina, cristianos. Era un socialista campechano que traía a Santa Cruz las fablas del sur, de donde había sido alcalde en su Güímar proamericana. Fue el primer presidente del Parlamento canario, y solo eso le concedía un lugar en la historia de una autonomía impredecible en una tierra discontinua de islas y cabildos que recibía con desconfianza instituciones suprainsulares de ámbito regional. Por eso, para entonces, surgirían propuestas como la de crear una tele autonómica con sede en un barco. Pedro Guerra sacó un disco en el Parlamento y pidió disculpas por incluir a su hijo, que bebía en la fuente de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, acaso predeterminando una carrera de éxito que era impensable en un mundo sin notoriedad como el nuestro.

La casa de las leyes de los canarios, en su estado precario, era reveladora: una autonomía en obras. El antiguo teatro de Santa Cecilia en Teobaldo Power, una reliquia neoclásica de Manuel de Oraá, estaba llamado a desempeñar su actual cometido, pues había funcionado como diputación provincial antes de la división de Canarias por Primo de Rivera, y su otra faceta, la de exconservatorio, invitaba a que los diputados legislaran sin desafinar. El destino -y no el desatino- quiso que el primer presidente canario fuera un melómano de butaca permanente en Salzburgo. Todo encajaba. Pedro Guerra Cabrera tocaba la guitarra y cantaba, era poeta y novelista, apologeta de los guanches antes de que el nacionalismo campara entre aquellas cuatro paredes con tapices polémicos sobre conquistadores y niños aborígenes, y Saavedra era un mozartiano que en ese recinto se movía como pez en el agua. De aquel tándem de socialistas autonomistas convencidos, frente a los más férreos cabildistas, somos discípulos todos los canarios hasta el día de hoy. Como la casa estaba casi en ruinas, no tardó en dotarse de fortaleza, y fue como una consigna. Había que inventar la autonomía como fuera y poner las islas en hora, porque veníamos del atraso de la dictadura y la falta de todo. Luis Balbuena hizo la revolución educativa, construyó colegios y puso las primeras barricadas contra el fracaso escolar: veníamos de las tasas altas de analfabetismo. Aún hoy somos deficitarios en cuestiones elementales porque ni en casi cuarenta años hemos podido ponernos al día en todo.

¿Por qué recuerdo con nostalgia feliz aquellos años bebés de la autonomía canaria? Porque éramos unos privilegiados pudiendo tener a mano a personajes imprescindibles. Por allí aparecía de vez en cuando César Manrique, con la gracia confianzuda y desvergonzada de una mente implacable con los políticos. Y yo me quedaba absorto ante el espectáculo de alguien que no había sido elegido en ninguna circunscripción y mangoneaba a todo el mundo. Saavedra, que entonces era Saavedra, o sea dios, lo sabía llevar, eran amigos. La autonomía y el credo de lo que somos no habrían sido iguales sin ellos, dos pilares humanos de una dimensión superior a la media. El Parlamento vivió intrépidamente el debate europeo, pero no fue fácil encontrar un encaje insular singular dentro de la entonces CEE, hoy UE, y Saavedra dimitió y reapareció con el primer pacto de progreso. El nivel parlamentario era exquisito, a veces florido y churriguresco, pero con personajes épicos y cómicos como el burlesco marqués de la Oliva. Pedro Guerra copiaba literalmente algunas de las parrafadas de aquellos ínclitos autodidactas con mando en plaza en su isla de marras, que no se acobardaban como tribunos dándole patadas al diccionario mientras el presidente de la Cámara contenía la risa y tomaba apuntes en su minarete. Pululaban por los pasillos conseguidores y comisionistas, recaudadores y correveidiles. La política se pobló enseguida de adláteres muy influyentes. El Legionario era el hombre del maletín, y fue un aventajado del lobby unipersonal.

Un día, los diputados divisaron a una mujer que se exhibía en pelotas desde su ventana y la bautizaron como la Chicciolina. Yo la entrevisté, gozó de una efímera popularidad que aprovechó para ganar alguna clientela. De todos los parlamentarios, el que más poder y leyenda personal llego a tener fue, sin duda, Dimas Martín, que hoy entra y sale de la cárcel, pero tiene una historia a cuestas como pocos. Gorbachov se vacilaba de los piques de Dimas con el delegado del Gobierno central en la isla Agustín Torres. Dimas competía en ascendencia popular con César, tenía celos de su autoridad moral. Los diputados Honorio García Bravo y Antonio Cabrera se fugaron a Madrid para no votar la censura de Hermoso a Saavedra en el 93, y cuentan que Paredes, el famoso Legionario, los mandó traer custodiados por matones. De héroes y villanos, navajeos y complots está escrita la historia de este Parlamento… ¡Si las paredes hablaran! En mitad de tanto género masculino, Loli Palliser, la socialista intempestiva y entrañable que fue consejera de Transportes, obligó a abrir un baño para mujeres.

De aquellos plenos, estos lodos. Había expertos en echar leña al fuego, pero la flema de Saavedra no logró pacificar la ley de aguas, en cuyo debate Wladimiro Rodríguez Brito recibió un paraguazo a la entrada. No siempre llegaban a las manos. Pero lo cierto es que cuando Fernando Fernández presentó la cuestión de confianza ante el cisma universitario y Olarte fue investido presidente, Tomás Padrón le obsequió un naife para que se defendiera de las puñaladas traperas.

Estas y otras desventuras flotan en el ambiente enrarecido de la Cámara, cuyas paredes no son de cristal, como quisiera Gustavo Matos. Hasta este viernes, en que un niño de cuatro años gritó “¡Papiiii!” en el preciso instante en que era elegido Ángel Víctor Torres nuevo presidente, y sonó consensuada una carcajada general. La de Miguel, el hijo del socialista que gobernará esta legislatura, será la primera generación en un cuarto de siglo que conozca a un presidente que no sea de Coalición. Si Pedro Guerra Cabrera levantara la cabeza, cantaría la ranchera que inmortalizó Vicente Fernández, Volver, volver, “anda todo alborotado, por volver…”

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Argonautas sin vellocino de oro

Como quiera que el 10% de los más pobres del mundo necesitarían trabajar tres siglos para ganar lo mismo que el 10% más rico en un año, la cosa de la desigualdad no tiene fácil arreglo, y las crisis seguirán ahogando a los parias y engordando la cifra de millonarios. En un rapto de sinceridad, la concejal capitalina de Asuntos Sociales, Marta Arocha, mostraba ayer en la portada de este periódico su sorpresa (su estupor) ante “la pobreza tan grande que hay en Santa Cruz”. La radiografía social a cargo de la clase política no solía llegar a estratos tan profundos de la economía más menesterosa. Admitir que un destino turístico de primer orden mundial alberga bolsas de miseria hasta ese punto de la niña que se desmayó en un comedor escolar porque solo hacía una comida al día era hasta ahora políticamente incorrecto. Los discursos de investidura no solían poner el foco en las tasas de pobreza, sino en inversiones y tecnologías, que visten mejor y tapaba las vergüenzas.

Este jueves es posible que el candidato socialista entre al trapo, pues ha dicho que su Gobierno hará una prioridad del 40,2% de riesgo de exclusión social en Canarias (el 20,6% en todo el Estado). Mencionar la tasa Arope, establecida por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social, como ha venido haciendo este periódico, era mentar la bicha al gobernante del edén. Recapitulemos. Estar en situación Arope, como está Canarias, supone que el porcentaje de afectados de su población está en riesgo de pobreza (vive con una renta inferior al umbral de la misma, es decir, por debajo del 60% de la renta nacional), está en privación material severa (no puede permitirse cuatro de nueve ítems de consumo básico definidos a nivel europeo) y sufre baja intensidad de trabajo (calculada según los meses que acumula en el paro).

Cuando vienen curvas (palabras, como ahora, desaceleración no invitan a pensar en otra cosa), esas capas deprimidas descienden a los infiernos, si ya no lo habían hecho antes. Las Islas tienen a menudo motivos para sacar pecho. Ahora mismo, Risco Caído es una medalla en la guirindola del archipiélago, otro Patrimonio Mundial para la buchaca. Pero lo cortés no quita lo valiente. Si el nuevo Gobierno quiere echar a andar con buen pie debe llamar a las cosas por su nombre y poner el ojo en lo preferente. Ningún turista va a dejar de venir porque lea en la prensa noticias de los niños de Dickens en nuestros comedores escolares de verano junto a las playas que el sol calienta. No es que el cambio político venga a aguarnos la fiesta, es que o cogemos la estadística por los cuernos o nos embiste la realidad.

Este viernes de investidura cae un telón y se abre otro con el nuevo ciclo. Es la última semana de CC en el poder después de 26 años, y los argonautas que tendrán que remar a partir de ahora no pretenderán ir en busca del vellocino de oro, sino van a tener que dar la vuelta al calcetín y acabar con los atascos, las listas de espera y el caos hospitalario, los sin hogar y los pobres de solemnidad que los anteriores regidores no vieron o no quisieron ver. A los viejos los juzgaron ya las urnas; a los nuevos gobernantes los empiezan ahora a examinar las mismas manos que mañana pondrán la papeleta y a cada uno en su sitio.

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Si Tamayo levantara la cabeza

Acabamos de asistir a un tamayazo, pero no al que lleva el nombre del diputado socialista de la Comunidad de Madrid que impidió en 2003, junto a María Teresa Sáez, la elección como presidente de su compañero Rafael Simancas. Sino a un tamayazo en honor al rey de la farándula de la segunda mitad del siglo pasado, nuestro admirado José Tamayo (murió el año del tamayazo, precisaente), que hizo grande el Carnaval de Santa Cruz. La gran carnavalada de Ciudadanos, que condena a este imberbe partido al ridículo más espantoso, tuvo este sábado en el Ayuntamiento de Santa Cruz el mejor corral de comedias que podíamos imaginarnos. El espectáculo, el bochorno de las declaraciones de Vidina Espino contra sus dos concejales, acusándoles de tamayazo, no tiene precedentes. Jamás un partido nació con vocación tan efímera en las Islas. Llamado a ser un chorro de aire fresco, el ariete de la regeneración, los/las dirigenes de la sucursal de Rivera se han revelado leales títeres de Coalición Canaria. Esta figura del monigote y la marioneta en política ha cobrado cierto auge en las últimas fechas. El propio Clavijo tuvo la genial idea de ofrecerle la presidencia a Asier Antona e calidad de pelele. Pero el popular se negó a hacer de bufón y el invento duró 24 horas. Ahora andan mareando esa perdiz, dándole vueltas a la misma parodia. El tamayazo de Ciudadanos, devorando a sus propios hijos con infundios de veleta, forma parte del histrionismo que preside la política regional desde el 26-M. Y todavía no ha terminado la función. Hasta que el telón caiga veremos a los titiriteros en plena acción agitando en el aire sus guiñoles de pacotilla. ¿Quién será presidente: Ángel Víctor Torres o Fernando Clavijo? ¿El que ganó las elecciones o el que las perdió? Canarias, antes que nadie, acuñó en su día el pacto de perdedores como una jugada maestra.

Hoy ya lo hacen todos en las autonomías peninsulares, porque han perdido la vergüenza. Luego, innovamos con las alcaldías time sharing: dos años tú, dos años yo. Y eso también es ya moneda de uso corriete. Será una de las fórmulas que se maneje para presidir el gobierno de las componendas, un pacto derechón de perdedores unidos por lazos inconfesables desde Valle Gran Rey hasta el Teide. Pero sería un gobierno frágil, con la espada de Damocles de la censura sobre la cabeza. Lo visto en Santa Cruz de Tenerife es mucho más que un aldabonazo en la conciencia de 40 años de poder absoluto de UCD-ATI-CC. Es el chicharro y Aguere juntos, dos consistorios como dos redaños. Y esa es la ley de la gravedad. Caerán a su debido tiempo, antes o después. Cuando el cambio coge carrerilla no hay quien lo detenga. Ni el apuntador. Ciudadanos está en llamas por culpa de su desorganización interna que era un secreto a voces. Y si no lo remedia Rivera, CC se quedará con la franquicia, pues ya se runruneaba que era una marca blanca de los nacionalistas. La regeneración y toda la cantinela de la campaña electoral se redujeron a un desayuno el mismo sábado para gallofear los dos votos a espaldas de Matilde Zambudio y Juan Ramón Lazcano. Como se negaron al enjuague les ponen a caer de un burro. No es como empierza, sino como acaba esta película. Y nos vamos a divertir. Si Tamayo (el direector de escena) levantara la cabeza, ya tendría otra zarzuela antológica.

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Se acabó la siesta

Después de que el tal Egea desembarcara en Canarias remozando la figura del godo y se alojara en un hotel de lujo de Guía de Isora en compañía de Maroto, su guardia de corps, las aguas han vuelto a su cauce. Han sido reveladoras las confesiones de Casimiro Curbelo sobre aquellos días y horas en que en la política canaria parecía que todo el mundo se había vuelto loco. El ciezano Egea -hace diez años, campeón del mundo de lanzamiento de huesos de aceituna mollar- protagonizó entonces uno de los episodios estelares del trampantojo de los pactos en las Islas tras el 26-M. Doctor en ingeniería industrial y tamborilero, desconoce los ajijides de Valentina y los pitos de los bailarines herreños, o sea, la peculiaridad innata por estos pastos y pactos. De haberse informado antes de coger el avión rumbo a lo desconocido, habría podido husmear en la abundante hemeroteca de pactos fantasiosos e inverosímiles escenificados con equilibrismos imposibles. Canarias inventó los pactos de todos los colores y los pactos de farol.

Si Egea se creyó que era pan comido, se atragantó con la pipa de la aceituna. El sonoro desliz del murciano lo ilustró Curbelo el jueves en TVE en Canarias con el numerito del móvil. Le mandó un wasap: “Soy Egea”, y luego alardeó de tener hilo directo con la llave del pacto. Egea va diciendo por ahí que habla a diario con el político gomero y que en otoño las flores se marchitan. “A la mar fui por naranjas,/ cosa que la mar no tiene”, solían recitar nuestros dirigentes en los discursos adornándose de cita; aquellos versos neopopulares son los más manidos de la política canaria desde que otro gomero, Pedro García Cabrera, los adoptara como una declaración de principios. Ya lo sabe Egea: no había cítricos ni olivas. A Curbelo no le salían las cuentas: ni el PP votaría unido, ni Rivera daba su conformidad, ni Egea se wasapea y parlotea con Curbelo como presume. La dicotomía entre Asier Antona y Australia Navarro (la cabeza de Jano del PP) es una de las peripecias que los exégetas del Pacto de Progreso estudiarán en su día como una de tantas meteduras de pata que dieron al traste con el badulaque de centroderecha. Esa, y las idas y venidas de Clavijo y Barragán a Madrid, no tanto a visitar al prosélito Egea hasta coalicionalizarlo como por embrujo, sino para intentar ver a Rivera, que ha sido el óbice del contubernio. Egea es un personaje encorbatado con ringorrango que ya se asocia a este burlesque político detrás de su príncipe negro. Incluso, ahora que ha pasado la tormenta y la gente está menos sirocada, sigue saliendo a colación el olivar Egea, con sus órdenes castellanas a sus virreyes locales para que arropen a Alonso -no el Adelantado- en el Cabildo de Tenerife, pese a que una censura a paso lento se aproxime como un déjà vu de aquel fiasco con las dos cabezas en la bandeja de Barragán entrando en la sede del PP en Santa Catalina (las de Clavijo y Antona). Sigue sumando batallas contra los suyos, como en La Palma, donde insta a Zapata a rendirse en el Cabildo a CC y renunciar al trono, fiel a sus tratados de preferencia.

Hace unos 25 años, los que llevaba CC en el poder regional, el comandante Cousteau visitó Tenerife, como ahora celebra el Campus América, con su carta de los derechos de las generaciones futuras, que se aprobó en La Laguna al abrigo de la Unesco. El Pacto de Progreso es fruto de una generación futura si nos situamos en 1994 con Hermoso recién fundada Coalición Canaria tras la censura a Saavedra y Cousteau llegando a la Isla a poner las bases de un mundo mejor. Gustavo Matos, entonces veinteañero, hoy preside el Parlamento con su estampa pop y pelo Pantene. El 30 de mayo del 83 fui testigo del descorche de la primera legislatura de nuestra Autonomía en el antiguo conservatorio de Teobaldo Power a cargo de Pedro Guerra, el padre del cantante; Matos contaba tan solo diez años y era como uno de los niños de Cousteau que engrosaban las generaciones futuras. Venimos de la gresca y los pactos diabólicos, y hemos entrado en la fase de los discursos y los dicasterios, cuando se nombre el Gobierno. Matos evocó a Bob Dylan y a Saramago, que decía que el viaje no acaba nunca, solo acaban los viajeros. El jueves escucharemos el discurso del próximo presidente del Gobierno, Ángel Víctor Torres, que tiene la oportunidad de desempolvar a otro poeta, de los años tristes y esperanzados de los setenta, origen del primero de los cambios: Agustin Millares Sall. Su Yo poeta declaro era nuestro Al vent; nos decía que escribir poesía “es decir el estado verdadero del hombre, es cantar la verdad, es llamar por su nombre al demonio que ejerce la maldad noche y día.” La definición nos sirve para explicar también qué hace un modesto periódico de provincias cuando tañe “la campaña que toca la canción de la hora” y es la hora del cambio. El cambio, todo cambio, en toda circunstancia, siempre se hizo canción, como Libertad sin ira, de Jarcha, en la Transición o A cántaros, de Pablo Guerrero, que en los 70 decía que “la siesta se acaba y una lluvia fuerte sin bioenzimas” limpiaría la casa, antes de repetir el estribillo “que tiene que llover a cántaros”. A este cambio de 2019 en Canarias habrá que buscarle, por tanto, una canción.

Los años acabados en 9 suelen traer consigo cambios, como hace cien años, en 1919, en Versalles, cuyo tratado puso fin a la Primera Guerra Mundial. Si se repasa la historia, se descubren esos paralelismos y aniversarios. El nuestro emplaza a un desafío que no admite demora. Si los próximos gobernantes son competentes y merecedores de pilotar este cambio han de saber y para ello han de escuchar a la gente. Yo no dormiría tranquilo una sola noche, ostentando el poder, tras escuchar el testimonio de un monitor de nuestros comedores escolares que, a modo de recibimiento a las nuevas autoridades, desveló el otro día el caso de una niña que acudía a los talleres con sus hermanos para poder desayunar, porque esa era su única comida durante toda la jornada, y un día se desmayó. Torres y sus consejeros deberían ir en caravana por todas las islas a ver qué pasa, qué está sucediendo en la Canarias profunda, bajo la primera capa de realidad, la segunda y la tercera, donde se oculta, como decía el poeta, la verdad, la verdad oprobiosa que solo cuentan las estadísticas, que son el VAR de los gobiernos.

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El Látigo Negro

Latigo Negro era una leyenda en los cenáculos políticos de Las Palmas. Tenía la aureola de un líder clandestino cuando todo el tiempo era mayo francés en los lejanos años 70 de unas Islas en estado de erupción. Yo tenía una ligera referencia de aquel abogado laboralista contemporáneo de Antonio Cubillo, que había ejercido la defensa de los aparceros, guagüeros y portuarios dejando una estela de andanzas y desventuras que guardaban similitudes con algunos personajes míticos y reales de nuestros capuletos y montescos de la dictadura. Carlos Suárez había sido actor y era un galán que se rifaban las juanas de Arco de la rebeldía local en aquellos años de osados y trabucaires. Se hablaba en Tenerife del Látigo Negro con admiración sincera, como había devotos de Sagaseta o Mauricio, epónimos de la lucha antifranquista. Pero de él, del Látigo Negro se hacían cuentos que pertenecían a la mítica de la clandestinidad. Yo quería conocerlo personalmente.

Había sido condenado y perseguido, y permaneció escondido como el Corredera, que fue ejecutado a mediados de siglo, después de una vida de fugitivo marcada por el rechazo a Franco, o sea, a lo que representaba el dictador, que fue el aglutinante de jóvenes universitarios y campesinos antes de que nosotros presenciáramos el traspaso de poderes que llamos Transición. Carlos Suárez, Látigo Negro, no era Juan García Suárez, El Corredera, pero había cultivado su propia leyenda. Era mitinero, buen orador y bien parecido, como dije de su halo de tenorio del rojerío grancanario que preludió las primeras elecciones y el alcalde Bermejo en Las Palmas y el diputado Sagaseta en Madrid y el retorno de Cubillo en jet-foil al puerto de Santa Cruz.

Murió el jueves a los ochenta y pocos en la más estricta discreción. Ahora me flagelo por no haber persistido en la entrevista del hombre que no quería hablar. Hace poco pregunté por él y no obtuve respuesta. Estaba encerrado en su casa de Santa Brígida escuchando música clásica y fumando en el balcón. Cuando se presentó un par de veces y no obtuvo el acta de nada se retiró sin rechistar. Había sido un buen agitador de movimientos sociales, un abogado de trabajadores alzados en La Isleta que pagaban la iguala para defenderse del patrón con un abogado insobornable. En esa pelea era temido en los juzgados, de ahí el apodo que le hizo célebre. Pero nunca tuvo éxito electoral. Sin embargo, escribió sus memorias con la esperanza puesta en el futuro: mañana siempre será mejor.

En aquellos años setenta yo estaba de isla en isla haciendo periodismo militante, mezclado entre unos y otros, con la antena puesta. Así los fui conociendo a todos, sin excepción. Y un día, finalmente, vi en persona a Carlos Suárez. Eran las vísperas de unas elecciones, pasó como un holograma, atravesó el corrillo en que me encontraba, dijo algo en voz baja, apenas se detuvo un instante y desapareció. Era todo un mito, tenía un esplendor particular, una estrella, un status, todo eso que conforma una leyenda. Y, ante tanta biografia autoinflamada, la suya era un extraño eco proverbial.

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Para qué cambian los gobiernos

El lunes arranca el segundo semestre del año en curso, que no es cualquier año, sino el último de una década con mimbres mágicos y prodigiosos que pone distancia con el mundo convencional del que aún procedemos millones de personas. En Canarias somos a fecha de hoy 2.207.225 habitantes, según el INE, y hay un alto porcentaje de vejestorios, entre los que me incluyo, que nacimos antes de la era digital. Comparo mi mundo con el de mi hijo de ocho años, que quiere ser paleontólogo y es coetáneo del primer WhatsApp, e imagino aquellos neandertales de hace 40.000 años que convivieron en Europa con el Homo sapiens contraponiendo sus toscos modales y robustez ósea con la anatomía refinada del hombre cromañón autor de las primeras pinturas rupestres. Y adquiere todo su significado la sentencia de Bertolt Brecht: “La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer”. Esa crisis la ha padecido mi generación como si tal cosa. Fue el instante cronológico en que vimos, presenciamos y sufrimos los estertores de nuestra cultura analógica y nuestra concepción clásica de la vida y el progreso, y comprendimos que otro mundo acababa de aplastar el nuestro imponiendo sus reglas y su lenguaje extraterrestre. Otro mundo con sus dioses, como en aquella máxima, de mis favoritas, obra de Flaubert, que sintetiza otro impulso de la historia: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre”. El hombre hecho dios.

La segunda década de este siglo que acaba dentro de seis meses nos ha puesto en su órbita, y en nuestra galaxia insular los avances son de tal calibre que pronto -dentro de un escaso margen de tiempo- daremos saltos vertiginosos con toda naturalidad. Aunque el Tenerife siga estando en Segunda, este mundo ya no es de este mundo. Aquí no voy a hablar del grafeno, de los drones y el 5G, que son temas apasionantes, como hemos visto en la cumbre del G20 donde Estados Unidos levantó el veto a Huawei. Sino del cambio de rumbo de nuestro mundo. Historias de andar por casa. Las pautas de los últimos meses se empeñaban en avisarnos de este tsunami. Como los enjambres símicos que, una vez desentrañados, advierten de una erupción volcánica. El cambio de rumbo ha venido precedido de una crisis económica devastadora, que no podía sino traer estas consecuencias. Sánchez por Rajoy y otras sucesiones en gobiernos de distintas latitudes. Es como esa voz tenue de una niña de Suecia que está transformando tantas conciencias juntas a la vez en todo el mundo sobre el calentamiento global. Comienza como una mariposa, que en su leve aleteo emite una tímida señal y las ondas expansivas se encargan del resto. Ya nada es físicamente recóndito, ni lo que ocurra en una isla es un hecho aislado. Cualquier gesto, por mínimo que sea, que exprese un sentimiento generalizado que permanecía bajo cuerda se erigirá en un himno o una revolución. Ahora hay que estar muy atentos a estos fenómenos sociales, que obedecen a estados de opinión universales. De tal manera que Greta Thumberg no es una niña que tiene Asperger, sino una multitud que no cesa el asperger de una idea nítida de planeta sostenible. Es la vieja cruzada de Cousteau desde La Laguna, que ahora cumple 25 años, la de la carta de los derechos de las generaciones futuras, de la que fui testigo, que, al fin, será revitalizada con nuevas aportaciones en el Campus América estos días en Tenerife. Con esa impronta, nuestras playas son escenario de continuas campañas de recolecta de plásticos que amenazan la vida de las especies marinas y la salud humana. Estamos asistiendo, en esta recta final de la segunda década del siglo XXI, a una opinión pública que hubiera gustado conocer a César Manrique y viceversa. Se habrían entendido, porque César -que este año de su centenario está tan vigente y vivo- predicaba entonces en el desierto y se desgañitaba con un megáfono. Ahora César habría sido un ídolo de masas no ya en el marco constreñido de una isla, sino, como decía, en esta cosmogonía mundial de nuevos líderes ecologistas. Greta Thumberg y César Manrique cogidos de la mano por la orilla de la playa de Famara, “con sus ocho kilómetros de arena fina y limpia”, dejando sus huellas a las generaciones presentes y futuras.

Por qué cambian los gobiernos ya lo sabemos. Cambian cuando se agotan las ideas y la última palabra la tienen fenómenos, tendencias, cabriolas evolutivas. Los últimos años de gobierno en las Islas eran calamitosos, la arrogancia se adornaba de políticos anodinos al frente de grandes responsabilidades con un exceso de prepotencia vacía rayana en la idiotez. El principal causante del cambio político en Canarias fue la mediocridad de los anteriores gobernantes. Para qué cambian los gobiernos. Esta si es la pregunta que nos interesa formularnos. Es de tal grado la urgencia del cúmulo de retos y desafíos a que se enfrenta esta tierra no a largo, ni mediano, sino a corto plazo, que lo prioritario es un conjunto tal de problemas que, en realidad, se ha vuelto un todo imperioso a la vez. La pobreza, la dependencia, la sanidad, la educación, el empleo, la vivienda….y el ecosistema, el calentamiento global, el cambio climático, el medio ambiente. O sea, los desasosiegos de Cesar Manrique. Publicaba días atrás Juan Carlos Mateu una de las nuevas amenazas al sector del que vivimos, el turismo: la vergüenza a volar, flygskam, que también procede de Suecia. Cierta corriente de opinión cada día mayor a eludir el uso de aviones para viajar a los destinos de ocio por su poder contaminante en emisiones de CO2. Una reacción cívica del mismo género que la que arraiga en jóvenes detractores del plástico y de todos los agentes que provocan su huella de carbono.

Dos palabras juntas, energías renovables, levantaban no hace mucho un muro entre dos ideologías, se era de derechas o de izquierdas a cada lado de ese paramento. Hoy ya no existe semejante división en los ámbitos políticos y económicos de cualquier país de nuestro entorno, sin contar las extravagancias de líderes muy influyentes y muy efímeros. La década que acaba dentro de un semestre nos lleva en volandas sobre una alfombra mágica como en el mito de Las mil y una noches. Y nos sentimos como niños, quizá esperanzados de que los nuevos avances y gestores de nuestros destinos no nos defrauden.

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El pacto de Medinaceli

El Pacto de Medinaceli engendró esta autonomía bicéfala que hizo una excepción con el Parlamento y lo ubicó en Tenerife. El reparto de los parlamentarios que a principios de los 80 convinieron esto aquí y esto otro allí no fue un acto cívicamente pacífico, sino una bronca en toda regla. Antes de la cumbre del restaurante del mismo nombre en la calle Duque de Medinaceli de Madrid -a la que se debe que el Parlamento esté en esta isla-, los representantes de UCD dilataron sus diferencias durante no menos de un año desde que el texto salió de Canrias a finales de 1980 hasta que el Estatuto llegó a la ponencia del Congreso a comienzos del 82, tras un intento de golpe de Estado de por medio. La mera idea de un estatuto de autonomía en las Islas estaba gafada desde los tiempos de Gil Roldán, cuya iniciativa se quedó en las gavetas del Congreso por una cuestión de horas, ya que Franco abortó la República y provocó una guerra civil. Medinaceli fue, como dicen en La Gomera, un pacto de colactación. Creo que eran tres los cabecillas del cónclave: Saavedra, Bravo de Laguna y José Luis Mederos. Y a Bravo de Laguna se atribuye la tesis de que era más importante para Gran Canaria tener la Delegación del Gobierno que el Parlamento. Genial decisión que en Las Palmas nunca perdonaron al brillante abogado del Estado (fue el número dos de su promoción, precedido de Mario Conde). Bravo de Laguna se defiende del desliz, invocando las ventajas estratégicas y políticas de ser la pata del Estado en Canarias, pues los delegados concentran en sus manos todas las piezas del Presupuesto y de la intendencia de Madrid con respecto a Canarias. En una cabeza que ambiciona manejar esos hilos, tiene su lógica; en otra que contempla el organigrama del poder en clave canaria, es un patinazo en toda regla. La sede iba a estar en La Laguna, para sortear el pleito entre las dos capitales, pero se impuso el centralismo de la intraísla y Santa Cruz adaptó el Conservatorio de Música y Declamación como hemiciclo de la oratoria autonómica. Y ahí se han escuchado los gallos y cloquíos de sus señorías. Tenerife no se ha quejado, aunque Teobaldo Power no sea Capitanía, donde Hermoso quiso poner, por cierto, el Gobierno. A falta de ese palacio de jardines y escalinatas para la postal, aquel pacto de Medinaceli dio mucho de sí. Se habló de bicapitalidad y se discutió mucho de lo humano y lo divino de la proeza de hacer posible la ortopedia de una islas, separadas por definición, dentro de un mismo arquetipo. Nuestra autonomía no tenía modelos, lo inventamos. Y los parlamentarios temieron someter el invento a referéndum , porque para entonces -años 80, repito- en la Organización para la Unidad Africana (OUA) habrían intepretado el hecho de que la abstención se impusiera como un respaldo a la independencia. Estaba bueno el ministro de Exteriores Marcelino Oreja para correr semejante riesgo. Y de ahí que el Estatuto se aprobara de rondón, sin el plebiscito de la calle. Hoy arranca la décima legislatura en el Parlamento que parieron los padres de la patria en una cafetería restaurante de Madrid. Casi 40 años después, se han vencido los miedos de la sede de la casa de las leyes, pero no la de la capital. No me mente esa bicha.

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Las intrigas de un pacto hasta que comenzaron a rodar cabezas

El pacto de progreso le gana la carrera al de centro-derecha. | FOTO: Fran Pallero

Manuel Hermoso asestó una verdad lapidaria que ocupó la portada del DIARIO de este sábado con la solemnidad que merecía la ocasión. Era lo propio. Su valoración tras consumarse el Pacto de Progreso, y tras ver caer los ayuntamientos que más le afligían, el de La Laguna y, en particular, el de Santa Cruz, desde el que pilotó hace casi 40 años el concepto de un partido emancipativo, condensa el sentimiento, casi patriarcal, de un hombre que nunca dejó de ser honesto consigo mismo. “Esto es democracia; ha habido cansancio de la gente tras 26 años de CC”, declaró estoicamente a Moisés Grillo, al filo de la noche, cuando en toda Canarias ya era vox populi que había prevalecido el cambio entre cuatro partidos de izquierdas. Era viernes, “completamente viernes”, como el poema de García Montero, y Hermoso fue sincero una vez más, dolorosamente franco. Él llegó a la política desde el rechazo a la dictadura y esa noche nos dijo sin disimular la consternación por la debacle de su partido, que siempre había sido un demócrata a pies juntillas y ya no podía ser otra cosa, aunque las urnas y la aritmética hubieran pulverizado lo que él fundara en 1993 con una sagacidad innegable, y con tanta perspicacia.

La noche anterior, Saavedra estaba exultante y desvelado. Saavedra, que junto a Hermoso, participara (él de forma pasiva) de los orígenes de Coalición Canaria, calificó de “terremoto” la pérdida del poder por parte de su eterno adversario, CC. Criticó el clientelismo que generan los gobiernos prolongados de un mismo partido, y no ocultó su contribución a este desenlace.

La política canaria se ha cocinado estos días a plena llamarada, no ha sido a fuego lento. Antes de que en una habitación de tan solo 2 x 2 metros cuadrados, en la quinta planta del Parlamento (la menesterosa sede de Nueva Canarias), Ángel Víctor Torres, Román Rodríguez, Noemí Santana y Casimiro Curbelo se juramentaran el jueves para sacar adelante el Pacto de Progreso, el cielo de Santa Cruz vio burros volando, como decía Olarte, y hubo cabezas cortadas en mitad de un campo de batalla fratricida cuando ya era tarde e innecesario. Lo que decantó a Casimiro Curbelo fueron las dudas de Ciudadanos (Rivera obturaba el frenesí de Villegas, que por último parecía ablandarse ante las imploraciones de CC) y, no en menor medida, las divisiones internas del PP en cuanto cobró cuerpo la tesis inverosímil de que, al igual que Clavijo, debía ser apartado el líder popular, Asier Antona.

Saavedra había seguido de cerca los titubeos de Curbelo. Son amigos de toda la vida y el PSOE pidió al padre de la autonomía y del primer Pacto de Progreso (1985) que intercediera ante el político gomero. No fue hasta que saltó a la luz el nombre de la popular Australia Navarro como candidata prosélita de Coalición a presidir el Gobierno sin Clavijo ni Asier, que Casimiro lo vio claro: de los 11 diputados del PP, los acólitos de Antona no votarían nunca ese Gobierno cainita. Luego, como nos dijo a este periódico, el mismo día que se supo esa operación, “no es un pacto estable”. Curbelo tenía que firmar a las cuatro de la tarde del jueves en Tenerife un supuesto pacto de centroderecha listo para salir del horno. Estaba todo ultimado en la galaxia de CC y PP, tras arduas negociaciones de Clavijo y Barragán ante Génova, de espaldas a los medianeros. Barragán cogió los folios del documento convenido presumiblemente por las partes (CC, PP, Cs y ASG) y se plantó en la sede popular del Parque Santa Catalina con las dos cabezas en bandeja de plata: la de Fernando Clavijo y la de Asier Antona. Era una escenificación premeditada. A las ocho de la mañana de ese día (Barragán, el hombre que fue jueves, como en la novela de Chesterton), la permanente de CC había acordado, en efecto, decapitar simbólicamente a su líder, Clavijo, cumpliendo la premisa del decálogo de Ciudadanos sobre los políticos imputados, y brindar una vez más la presidencia al PP, con la condición de sacrificar a Antona en favor de Australia Navarro, la secretaria general del partido. Habían volado de Madrid a Las Palmas dos peces gordos de Génova, Teodoro García Egea, el número dos de Pablo Casado, y Javier Maroto, vicesecretario de Organización. Ambos estaban en el ajo: era una noticia precocinada y obedecía al trampeo inconfesable de los dos partidos: Coalición hacía el trabajo sucio de defenestrar a Antona y el PP fingiría no tener más remedio que acatar su exigencia con la coartada de no poner en riesgo el pacto. ¿Qué hizo que la componenda se viniera al traste? Cuando Barragán entró en la sede del PP con los dos bultos bajo el brazo ya era conocida la voluntad de Curbelo de pactar con la izquierda, donde vio más seguras las cabezas de sus líderes. Y eso que Nueva Canarias había sembrado dudas hasta que el PSOE reconsideró el asedio a sus alcaldías de Telde y Santa Lucía y al Cabildo de Gran Canaria. Y aun a pesar de que un alcalde socialista réprobo le sustrajo a Curbelo la tentadora alcaldía de Valle Gran Rey. El socialista Ángel Víctor Torres presidirá un Gobierno tras 26 años del último socialista. Su arma ha sido la paciencia.

Los buenos oficios de Saavedra (luego se sumó Sánchez a la ronda de agasajos telefónicos), auténtico martillo pilón, surtieron efecto. Con 83 años (que cumple el próximo 3 de julio) se implicó como en los juveniles años preautonómicos en la máxima del cambio. Llamaba religiosamente a su amigo colombino cada dos por tres, y tuvo paciencia con él hasta tomar juntos del gánigo este pacto de colactación. “Eres de los nuestros. Le dije, no puedes tirar por la ventana toda lo que has sido en tu vida”. Ahora se inician los ritos de la reconciliación de Curbelo con el PSOE. De decano a decano, de amigo a amigo, de socialista a socialista. Saavedra lo ganó. Dos conmilitones. Pero fue la grieta del PP, la proscripción de Antona, y el veto de Rivera, reacio a fotografiarse con Clavijo pese a los intentos de Ana Oramas, lo que inclinó la balanza. Curbelo quiere ser llave de un Gobierno durante cuatro años, no durante cuatro días. Y temió que no lo iba a ser ni uno solo siquiera, pues no sumaban 36. Y el pacto de progreso, sí, incluso 37. A Curbelo no le gustaron las malas formas. Dio su palabra el jueves y fue a decirle adiós a su amigo Clavijo en la Casa de la Piedra.

El efecto dominó comenzó el sábado 15 de junio. La caída de La Laguna nadie la discutía. En el feudo de los escándalos del caso Grúas, el caso Reparos y Las Chumberas se estrenaba el cambio con el pacto de progreso matemáticamente surgido de las urnas. En Santa Cruz, se cumplieron los pronósticos, y fue elegida alcaldesa la socialista Patricia Hernández, pero los dos concejales de Ciudadanos debieron sortear una artimaña. Dirigentes de su partido tramaron horas antes de la votación dejar tirada a Patricia y facilitar la reeleción de Bermúdez. Si en el PP se ha abierto una crisis pavorosa tras la injerencia de CC contra su líder y ya se alimentan dos bandos, los de Antona y los de María del Carmen Hernández Bento, que asoma entre sombras a raíz del viaje de cinco estrellas de Egea y Maroto, en Ciudadanos, a su vez, la errática negociación de estos pactos aboca a un proceso de ceses en cascada. Cs ya controla buena parte del poder económico de Santa Cruz y frente a ello la dirección nacional anuncia una escabechina en las Islas, donde los gestores no lo han podido hacer peor. Matilde Zambudio y Juan Ramón Lazcano se han erigido en los dos activos principales de este partido en Tenerife, por no prestarse a los enjuagues que ahora son investigados a bordo del partido naranja.

Este nuevo ciclo, al que no es ajena la inminente censura en el Cabildo de Tenerife, se abre paso entre los escombros de una gran batalla, que ha dejado graves secuelas en tres formaciones: CC, PP y Cs. Fue un viernes de tantos viernes como ha habido durante este mes de sobresaltos, tras el 26-M, cuando Clavijo tuvo en sus manos una última oportunidad de llevarse al huerto a Curbelo. Tomó la palabra en el almuerzo del palacete de Ciudad Jardín y se negó a dimitir del todo, a no figurar en el próximo Gobierno, como exigía Cs desde Madrid. Curbelo le había dedicado palabras de amistad. Y Antona, que iba camino de la presidencia subrogada, pidió garantías de que no sería un presidente pelele. Clavijo le cortó las alas y se negó a retirarse: “Si no estoy yo, no votarán todos, no lo harán mis leales”, dijo. Curbelo supo entonces que tanto CC como PP no eran grupos de fiar , pues si uno u otro perdía a su líder, también perdía la unidad. Y se fue de vuelta a La Gomera con esa matraquilla.

En mitad de esta rocambolesca conurbación de partidos y líderes entrometidos, visitó la Isla Marino Rajoy. Cenó con amigos y políticos arropado por esta casa y preguntó qué estaba pasando, por qué había tanto ruido desde que había pisado el volcán. El veterano político intervino en el Foro Premium de DIARIO DE AVISOS y dejó, al marcharse, la estela de quien, como dijera Hermoso, aceptó que en democracia un día has de irte a casa.

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