Opinión

‘Interviú’, que te vi nacer y morir

El cierre de Interviú no es un aldabonazo y apenas merecerá mayor repercusión en las élites políticas y económicas del país, más preocupadas por el toples del procés -con todas las vergüenzas al aire tras Junqueras entre rejas y Puigdemont de bóbilis en un retiro bruselense de marqués-, pero en sus buenos tiempos aquella revista jabata se las habría ingeniado y no cejaría hasta lograr un posado robado de Inés Arrimadas. Así se las gastaba en una España recién liberada que salía de un régimen de carnes fláccidas deseoso de verle a Victoria Vera el pezón. Lo de Franco era erotismo de puertas adentro en un país de cuernos y cuñados, de Serrano Súñer en amores prohibidos con la bella marquesa de Llanzol. De aquella doble moral se derivó un país de misa de doce del Pilar, que lavaba los trapos sucios en casa y mostraba una cara cínicamente amable al exterior.

Pero ya dijo Alfonso Guerra en el 82 que a este país no lo iba a conocer ni la madre que lo parió. Y así ha sido en cuarenta y tantos años que han transcurrido desde que Interviú se puso el mundo por montera y salió a la calle a mandar los tópicos y los pudores a hacer puñetas. Eso entonces estaba bien y era moderno y siguió siendo posmoderno varias décadas después, pero hoy ya resultaba casposo o camp o demodé. Hoy ya no es noticia desnudarse, sino que lo censure Instagram. Decir Interviú, a estas alturas, no era redimirnos de las cavernas . Estaba todo ya explícitamente dicho. En su origen, cuando la vi nacer antes de cumplir los veinte, era sexo e ideología, con un par de razones. Conviene recordar que hubo una época dorada para el destape de la revista de Antonio Asensio. La misma filosofía del despolete valía para un cuerpo serrano de algún icono de la progresía, del cine o la fauna pública, que para un ejercicio en absoluto desdeñable de periodismo de investigación. Era doble ración de destape y corrupción por el mismo precio y nos enterábamos de las entretelas del país en pelotas, con Luis Roldán en calzoncillos.

Luego, el Photoshop limó asperezas, pero Interviú no retocó sus scoops del mejor periodismo de investigación que se despachaba en los quioscos. Desvestía la vida pública y la dejaba en carne y hueso. La marca del Grupo Zeta, la de Interviú y Tiempo (magacín que también se va) tenía que ver con una idiosincrasia reprimida a la espera de estos lobos y lodos. Luego, aquellos polvos de Interviú tuvieron sentido cuando la Transición se fingió Caperucita. Ahora, ya curados de inocencia, uno siente nostalgia, una inevitable pena por los reportajes de José Luis Morales en la Sima de Jinámar y, por qué negarlo, también por el efecto erótico de aquellas portadas reveladoras. Hoy, ya no. Hoy se vuelve interesante si se oculta la luna, hartos como estamos de la demasiada desnudez de lo privado en las redes, donde la noticia de nuevo es el disfraz, ya no tanto el rostro detrás de la máscara. ¿Cómo dicen que llaman a esa maldita posverdad, si no?

Los tiempos dieron un vuelco de 180 grados y los premios Globos esta madrugada no extendieron una alfombra roja sino negra para recibir a la farándula y escuchar el discurso de la presidenciable Oprah Winfrey sobre “un nuevo día en el horizonte”. Interviú era nuestro Playboy con ideología, que también se reconvierte tras la muerte de su mentor, Hugh Hefner, y la consiguiente clausura de su mansión sicalíptica. No está el terreno abonado para el gineceo mercantil, y la prensa y el cine se reciclan tras las cenizas del imperio del acoso sexual con los escándalos del productor depravado Harvey Weinstein. Fin de ciclo.

Interviú perdió público porque esto no es 1976, cuando vendió un millón de ejemplares en la púber Transición con Pepa Flores sin ropa. Hoy Marisol es una señora y la revista, también, y por eso se jubila.

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Turno de noche

Este 7 de enero de 2018, antes de que el lunes se interponga en nuestro camino, con su rutina ruin, deberíamos conceder una oportunidad a nuestra olvidada intuición, si marcarnos un rumbo, un destino, nos apetece. Demos a la lógica este día de asueto, o no digamos más año nuevo, vida nueva.

En uno de los libros que aquí cabría citar como lectura obligada, Pensar rápido, pensar despacio, de un psicólogo eminente que obtuvo el premio Nobel de Economía sin ser economista, Daniel Kahneman, se nos insiste en que somos dos sistemas pensantes que rivalizan: uno es rápido y otro perezoso; uno, intuitivo, y el otro, racional. De esa competencia depende nuestro discurrir cotidiano, como prueba el ejemplo demoledor que traeré a colación más adelante. Kahneman nos descubre por qué erramos o acertamos en la toma de decisiones. Este es un tema nuclear, como enseguida veremos y no un mero juego de magia, aunque es verdad que una vez le planteé el tema al célebre mago Anthony Blake y me aconsejó: “Hazle caso a la intuición”. Tanto Blake como Kahneman me parece que se decantan con más simpatía por la intuición, como un viento que pasa si no estamos atentos. Pero, ojo a la observación del psicólogo israelí: la intuición es muy influyente, pero no siempre tiene razón. Así que se trata de tener buena y no mala intuición, como veremos.

Estos días ha trascendido que un grupo de congresistas de Estados Unidos se ha planteado seriamente si el presidente está loco, a la vista de su cruce verbal con el norcoreano Kim Jong-un -al que llama en sus tuits el hombre cohete- sobre el tamaño del botón nuclear. Ya en febrero pasado, 35 psiquiatras estadounidenses, sorteando la Regla de Goldwater, por la que el gremio se reprime evaluar a figuras públicas, lo declararon incapaz para el cargo por su narcisismo, prepotencia y brotes de rabia a la mínima oposición. Ahora también salta a la luz el “niño insatisfecho” que gobierna la primera potencia del mundo en Fuego y furia, el libro del controvertido periodista Michael Wolff que los americanos devoran desde el viernes con el morbo adicional de que Trump, torpemente, lo quiso prohibir. ¿Cómo no desempolvar la historia que aquí traigo en este tris del duelo de los dos loquinarios infantiloides, Donald contra Kim -¡qué dos para un sidecar!-, jugando a meterse el dedo en el ojo a riesgo de sumirnos en una guerra irreversible? Que el tiempo los aje y los desdore, como dijo el poeta. Y ahora toca hablar de Petrov, el hombre que salvó al mundo.

Stanislav Petrov era un teniente coronel soviético de vida anodina que estaba a cargo del centro de vigilancia temprana, cuando, hace 35 años, de madrugada, los sistemas de alerta detectaron un ataque con misiles atómicos americanos contra la URSS, y él no se lo creyó llevado por su intuición. De haber seguido el protocolo a rajatabla y transmitida la noticia a su cadena de mando, bajo un clima político de máxima tensión en el cenit de la Guerra Fría, se habría desatado probablemente la tercera guerra mundial y primera nuclear de la historia. Petrov, entrenado para no dudar, titubeó aferrado a un presentimientor que resultó lúcido. Como comprenderán, esta es de las historias que seducen y un magnífico ejemplo de pensar rápido, pensar despacio que Kahneman no pudo utilizar en su obra, pues fue ocultada por la URSS. El episodio da crédito a la intuición, mi predilecta en este debate. “La sirena aulló, pero me senté allí durante unos segundos, mirando a la pantalla roja, grande, retroiluminada con la palabra lanzamiento brillando en ella”. Petrov narró mucho más tarde el cuarto de hora crítico (fueron, realmente, 23 minutos) de su particular crisis de los misiles encerrado en un búncker secreto de las afueras de Moscú aquella madrugada de septiembre. “Un minuto más tarde la sirena sonó de nuevo. El segundo misil había sido lanzado. Entonces, la tercera, la cuarta y la quinta. Las computadoras cambiaron de alertas de lanzamiento a ataque con misil”. Pero permaneció sentado como “en una sartén caliente”, fiel a su corazonada, pese a que, supuestamente, cinco misiles atómicos se dirigían contra su país con un nivel de fiabilidad máximo. Si Petrov no hubiera tenido una formación civil, además de militar, habría descolgado mecánicamente el teléfono y que salga el sol por Antequera. No había sido formado para pensar, sino para actuar en un brete semejante. Pero hizo lo contrario de lo que se esperaba de él. Fue una anomalía feliz gracias a una impresión completamente irracional.

El caso inspiró un documental de cine. Pero aquel 26 de septiembre (de 1983) yo tenía 26 años y estaba cargado de sueños que ahora recuerdo con la añoranza recompensada de quien pronto tendrá esa edad al revés. Éramos ajenos a las bombas imaginarias que ignoró Petrov y a nuestra propia ignorancia de Internet, que estaba por caernos como una bomba, aún insospechada. Los satélites soviéticos habían confundido el reflejo de los rayos de sol sobre las nubes con los motores de unos misiles balísticos intercontinentales. Cuando entrevisté a Gorbachov, en el verano del 92, no le pude preguntar por el caso Petrov, porque permanecía en secreto como una pifia bochornosa que era desconocida. En la crisis de los misiles en Cuba, Kennedy obró también con intuición y se fio de la retirada soviética de modo intuitivo.

Petrov nunca superó aquel trance, fue objeto de una amonestación oficial, no por su negligencia, sino como conejillo de Indias de los errores de la bitácora, y al año siguiente, abatido, se retiró a un vida irrelevante en un pueblito cerca de Moscú, calcinado por la adicción al tabaco y algo huraño cuando todo se supo, tras la desintegración soviética, apabullado por los homenajes y el bombardeo de los periodistas, pues se quitaba importancia y quería que lo dejaran en paz. Hasta su muerte fue callada, trascendió con retraso por casualidad, en septiembre pasado. El fiasco tenía un contexto verídico. Reagan y Andropov se temían recíprocamente cuando el primero exhibía con delirio su pretendida guerra de las galaxias y el segundo acababa de cobrarse un avión surcoreano con centenares de pasajeros a bordo. Contra toda esa evidencia y las luces rojas de los ordenadores, un hombre a solas en su jornada laboral ordinaria decidió que era una falsa alarma a riesgo de cometer un disparate de enormes consecuencias. Lean el libro de Kahneman. Es para echarse a temblar. Hoy, como ayer, saldré de casa e iré a tomar café y a leer el periódico, mientras dos locos isomorfos se retan a ver quién tiene más grande el botón nuclear. Y nuestra esperanza es que haya más Petrov con esa lucidez en algún búnker secreto, que su fantasma, al menos, no nos abandone.

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El año que viene mañana

Se va el año cínico y pavo real, de los fastos y espumillones y troles y zascas, de apariencias y malcriadeces, y quizá venga caminando a estas horas un año cuerdo o cuervo. ¿Por qué me temo lo peor? Lo que no es normal -ni siquiera a estas alturas de la película- es que el personaje del año en Tenerife sea, sin lugar a dudas, Zebenzuí González, cuarto en el ranking machista del HuffPost por delante de Putin y detrás de Trump. Con esas armas se forjó un presidente en Estados Unidos -a quien terminas cogiéndole un cierto afecto bochornoso como te habitúas a un defecto llevadero e inevitable-. Aquella charla en la guagua, de contumaz machismo, con el presentador de televisión ya pertenece a los documentos incalificables del género. No es poca la paradoja de este tiempo que hoy acaba, pues el año se reivindica, en sus postrimerías, con la primavera feminista de Hollywood contra los tentáculos de Weinstein que son los mismos de Trump. Por eso dije año cínico, de dobles verdades (la palabra que lo resume, en el Diccionario Oxford, es, como saben posverdad).

Sobre el litigio entre la sinrazón y la cordura, por si esos fueran los escenarios del año que sale y del que entra, no me crean muy optimista, pero sí esperanzado. Ojalá el año que viene mañana quiera llevar la contraria a su predecesor y se recompongan algunas fracturas ciertas o eventuales.

Yo fui siempre aficionado a la caricatura. Esa deformación profesional me inclina a ver las cosas por su revés, por la antítesis de lo que son y de ese modo averiguo a menudo lo que ocultan. 2017 fue una gran caricatura morfológica y social. Salían las cosas como salían, exageradas, cómicas y desconcertantes. Nuestro año en Canarias, políticamente,se asociará al alcalde de Firgas, fíjense ustedes, el que suplantó al hijo en una oposiciones del Gobierno desafiando toda lógica y el más mínimo pudor. Lo iban a coger, lo cogimos, y en 24 horas el hombre dimitió con un último asomo de honorabilidad, el que invita al arrepentimiento para demandar indulgencia ante la ley y lavar el trapo sucio ante los votantes. Manuel Báez, ese alcalde de su época -al más puro trumpismo-, que simboliza de modo tan fiel un año de pícaros y fulleros en estas islas, se marcha, en cambio, pidiendo perdón. Le honra, aunque no le exonera. Pero lo de Firgas es genuinamente 2017, porque todo lo más notorio ha tenido ese perfil histriónico y grotesco y cutre y disparatado y rufián, como el brexit se perpetúa en calidad de rol aun de este año europeo -lo inconcebible y burdo que nos resultaba imaginar a Europa sin Reino Unido se dio ya en 2016-. O como Cataluña ha sido la peonza sobre la que ha girado el año español que hoy termina en ascuas -tan remota resultaba la mera hipótesis de un desmembramiento de esa parte considerable del Estado, que la inercia pareció cobrar cuerpo y el rey y el Gobierno salieron del paso sacando el pequeño tanque del 155, apenas eficiente-. Esa suma de monstruitos fingiéndose fenómenos y personajes irrepetibles del bestiario del año bufo -cuán premonitoria TVE ya en 2008 presentando al friki Rodolfo Chikilicuatre a Eurovisión- explica que un gordito aniñado y ruin haya apretado el botón varias veces con regodeo en su simulacro de guerra atómica desde un lugar de Asia donde la gente muere de hambre y se desternilla en su presencia porque lo ordena la ley. ¡Qué suplicio de año! ¡Vega presta la cordura a resetearnos tras los efectos de este virus informático devastador!

Cuando Radio Club emergió, en los 80 cobraron fama sus inocentadas del 28 de diciembre. Un tal Muntañola, de acento godo provocador, alcanzó el poder en la incipiente preautonomía ofendiendo los valores y el carácter netamente isleño. Aquel político insultante, antichicharrero y déspota, indignó aposta a la gente la mañana que le dimos forma en antena rozando la veracidad de Orson Welles en La guerra de los mundos. ¡Esa era la escuela de la farsa llevada al extremo en las ondas! Y los oyentes, fuera de sí, colapsaban la centralita vomitando fuego contra el intruso que nos quería gobernar a gorrazos. Paco Padrón daba siempre en la diana. Otro año convocó al catedrático de Filosofía Vicente Rodríguez Lozano -por entonces incurso en una querella militar por un artículo titulado La mujer del teniente francés y los amigos del capitán español-y, en una actuación impecable ante el micrófono, encarnó al supuesto director de la Gala del Carnaval que venía -también exhibiendo un acento castellano enfático y cortante- a desterrar del espectáculo a nuestras gordas de las comparsas, entre otras ocurrencias que más tarde casi haría realidad Rafael Amargo. ¡Es que aquellas inocentadas de Radio Club, en su edad de oro, anticipaban el mundo que estaba por venir! Este mundo falaz y caricato, que demanda una rápida cura de cordura, como diría Adela Cortina, que acuñó la palabra del año, según la Fundéu: aporofobia, o rechazo a los pobres. ¡Qué tramoya la de este año!

Si Chela, el periodista que en La Tarde entrevistó a Dios, levantara la cabeza, tendría tela que cortar con la deriva de sus profanaciones hechas realidad, como Chaves hace lo propio con sus personajes imaginarios. Cualquiera diría que hasta la entrevista -que es el género de la verdad por definición- acabará desvirtuada y adulterada en diálogos inventados sin más intermediación. Mantengamos la fiesta en paz, o nos comen las mentiras, como nos ha devorado este año embustero de líderes vacuos y alcaldes impostores en el mundo de Firgas. A tal punto no hemos dicho basta que el año se marcha dejando entrever que Puigdemont podrá ser investido presidente de Cataluña telemáticamente, lujo que no pudo permitirse Tarradellas cuando todo era más inocente, primitivo y racional. Cubillo habría tenido mejor épica y época de no haberse adelantado tanto al cubillismo del procés. Él hizo creer al Estado que tenía un ejército y lo mandaron matar. Sacaba conejos de la chistera de la radio desde Argel, sin necesidad de Internet ni la ayuda cibernética de Putin, como el catalán. Se va el año esperpéntico, este año Valle-Inclán por los cuatro costados, y ya está de parto la madre de todos los años. ¡Adiós, 2017! ¡La madre que lo parió!

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Si las apariencias engañan y esto no es Yugoslavia

Algunas Navidades llegan caídas del cielo más que otras. Ahora mismo, el catastro político del país -y su catástrofe consiguiente- señala el terreno minado del noreste peninsular, donde el catalán ha dejado de ser un pueblo -era el más culto y ponderado, amén de europeo- para ser dos, y constituye una amenaza flagrante que trasciende los Pirineos, como otrora serbios y bosnios pero sin tiros, pues Europa, que viene de donde vienen las guerras, coquetea de antiguo con la idea odiosa de su autodestrucción.

Caídas del cielo, pues, estas fiestas desandan algunas travesías y travesuras y concilian lo mejor que pueden. Hemos estado entretenidos celebrando aniversarios políticos corales, con los 40 años de democracia y todas las reliquias de la Transición, que, para ser sinceros, es algo que no ha calado en la memoria de país y es pura bagatela para recién llegados, aunque le demos ringorrango a la moviola cada cierto tiempo. ¿Que es triste que así sea? Cómo no estar de acuerdo, pero al españolito posmoderno le trae al pairo la génesis de la democracia que disfruta, y a los supervivientes de la primavera española del 77 les produce rubor, y traicionan el eco histórico del cambio porque ser escéptico está de moda. Fue el clásico del sábado el mejor reflejo de que el fútbol es la única mesa de diálogo ahora mismo entre Madrid y Barcelona, que está por encima del resultado. Pues lleven el procés a una mesa de tapete verde.

Cataluña es la punta del iceberg, como Ciudadanos ahora será la cresta de una ola -hubo otras, la de Podemos-, pero nadie medianamente sensato sabe qué va a pasar en 2018 sobre la piel de toro. Estamos desorientados como los personajes ciegos del Ensayo de Saramago. En la entrevista que hoy publica este periódico, Arturo Pérez-Reverte dice que la guerra civil no es un tema cerrado en España, en los balcanes del inconsciente colectivo, y remite a Europa con el recurso maniqueo de los serbios malos y los bosnios buenos.

En La Habana, allá por septiembre del 79, yo me detuve delante de un hombre a observarle fijamente y él se quedó mirándome, a su vez, como una esfinge, ausente, pero con los ojos abiertos. Era Tito en persona. Amo de Yugoslavia, el gran comunista rebelde que dio la espalda a Stalin. Le quedaban apenas ocho meses de vida, y me miraba como si ya lo supiera de antemano, enfermo y cansado, allí, solo, sentado en su pequeño estrado de la sala principal de la VI Cumbre de Países No Alineados, el lobby del Tercer Mundo que él y otros cuatro dirigentes habían fundado en los años 60. Todavía era poderoso, pero, tras su muerte, Yugoslavia iba a saltar por los aires, y antiguos vecinos se matarían descarnadamente en aquella guerra civil de los Radovan Karadzic y el recién condenado Ratko Mladic, los famosos genocidas de las cruentas limpiezas étnicas. ¿Por qué me paré a contemplarlo como si fuera una estatua? Porque algo te dice que ese hombre que miras no es solo un hombre, sino una parte considerable de la Historia, y esta se iba a hacer añicos. Cuando se sataniza la política ocurren cosas diabólicas. Estos últimos meses, asistiendo a los sucesos de Cataluña, créanme, no he podido apartar de la memoria el recuerdo de la mirada estática de Tito en La Habana. El estadista cuyo país era un jarrón a punto de caerse al suelo cuando cerrara los ojos.

Los años que dejan atrás estas últimas noticias de odio sarraceno de España son agua pasada que no mueve molino; la historia pútrida de la patria son estas convenciones de amor y desamor. Reverte dice admirar los Estados jacobinos fuertes y centralistas a la francesa. Incluso yo, que derivo de otras fuentes, acepto que los Estados son o no son, sin llegar a esos extremos, claro. La coyunda del Estado. Esa es la cuestión. Pongamos el ejemplo de Mújica.

En Caracas, el veterano periodista Héctor Mújica me contó su entrevista con Ava Gardner, el animal más bello del mundo para la crítica machista de la época que hoy sería arrojada a los leones de Hollywood junto a los restos del canalla Harvey Weinstein. Quedaron en reunirse en el vestíbulo del hotel, y el bueno de Mújica acudió a la cita con las preguntas y los deseos inconfesables de conocer de cerca a la diva devoradora de hombres. Mújica, pequeño de estatura y correoso, agotó el cuestionario y ya se disponía a marcharse cuando la actriz le asestó con picardía la puntilla final haciendo honor a su leyenda: “Me pregunto por qué no me ha propuesto hacer la entrevista en la habitación”. Mújica me dijo que le temblaron las piernas y no fue capaz de cruzar ese rubicón que le tentaba en la boca de la madriguera. Así que salió como pudo de la situación embarazosa y guardó el secreto de una gesta que pudo haber sido y no fue. Colgaba la foto de la entrevista con Ava en la galería de la pared sobre su extensa carrera en la prensa; recuerdo verle con el Che en aquella buhardilla de héroes y villanos del gran periodista que me mostraba sus derrotas y lástimas.

La patria, a veces, es un extraño objeto del deseo, con la que cohabitamos sin rematar la faena en un quiero y no puedo. La España indivisa que quiso llevarse al huerto al catalán secesionista se ha vuelto a quedar con un palmo de narices. Junqueras dejó plantada en su día a la vicepresidenta, tras armar juntos el cubo de Rubik, y ahora le reprocha a Puigdemont que se fugara y lo dejara solo en la cárcel. Dudo de su apoyo incondicional si el prófugo persiste en su exilio dorado. Junqueras, tras el escrutinio de las elecciones, le envía cartas de amor para que venga al escaño y la celda.

Los personajes de este reality se renuevan como en una academia de OT. Inés Arrimadas es la bella rodeada de bestias. Albert Rivera se finge Macron. Y Rajoy pide árnica a Europa, que pone las barbas de remojo viendo las de España arder: la Padania, la Venecia y todas las Escocias tocarán a la puerta de Bruselas, donde Puigdemont dilata el sueño de Ulises de volver a Ítaca, a la que ya cantó, por cierto, su correligionario Lluís Llach con versos de Kavafis, que era un poeta trasterrado de origen griego que añoraba a Alejandría, hasta que regresó.

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El jueves se reparten las hostias

Dentro de 48 horas, saldremos de dudas sobre el galimatías catalán. La histriónica sucesión de acontecimientos desde el 1-O -que parece ya una fecha del calendario azteca- da para toda una saga de Netflix. Los Puigdemont, Junqueras, Romeva, Forcadell y toda la jarca traspasaron el velo del dosel de la Generalitat y se cuelan en la telerrealidad de la política catalana tras el 155, mitad brexit, mitad melopea con falda y gaita de secesionista escocés frustrado. El fake, como lo llama la vice Sáenz de Santamaría, tenía un aroma ultraterrenal que imponía lo suyo con cierto halo de predestinación, incluso de cara al Estado con su CNI, hasta que el procés se cayó por la barranquera y el molt honorable salió a espetaperros por la puerta de atrás y se recluyó en Bruselas camino de los altares o de las letrinas. Se vino abajo el glamour con el caganer.

Ya Junqueras blasfema de los traidores de la propia cuna como el huido Puigdemont cinco estrellas en la suite de Bélgica viéndolas venir: “Fui a prisión porque no me escondo y soy consecuente con mis actos”, afirma el exvicepresidente. La trifulca era de cajón. El de ERC se está comiendo la campaña entre rejas con sopas y oraciones en Estremera, según su carta a The Times, y no es plato de gusto esa vida monacal a la fuerza, mientras el zorrocloco tomó las de Villadiego y parece un turista francés acudiendo a los teatros de ópera con su abogado Bekaert. Las encuestas -esas diablillas de Slaanesh- ya se sabe que nos están tomando el pelo a todos. Si Inés Arrimadas gana, sin lugar a dudas es posible que sea presidenta y el asalto a los cielos de Podemos lo dé Ciudadanos y no Domènech. Pero el llamado efecto Borgen -en realidad, en la serie danesa, es mujer la que se convierte en primera ministra en un encaje de bolillos tan típicamente español y canario, por otra parte- no permite descartar ninguna hipótesis.

Si estamos a 48 horas del escrutinio catalán y a 72 del Gordo de la Lotería no es por casualidad; una cosa y la otra se encadenan con cierta lógica, regidas por una oculta ley de azar y suspense que engorda el misterio y alimenta las grandes esperanzas y las grandes decepciones. Una vez sepamos el desenlace de estos dos saltos mortales épicos de tahúr, la nigromancia de los sondeos será historia y seguramente historia nefasta para mayor incuria del género demoscópico, ya tan desacreditado de por sí. En una conversación privada, el propio Rajoy confesó a su interlocutor: “Nadie sabe qué va a pasar el jueves en Cataluña”. Esto lo dice todo. Como nadie sabía qué iba a pasar el 1-O, cuando el referéndum de las urnas chinas de plástico. Ni supo nadie prever que el president se iba a pirar. Esto de la inteligencia tiene su doblez. Ni los políticos tienen pajolera idea de política para adelantarse un centímetro al futuro y prever lo más mínimo para que la realidad no les coja con los pantalones por los pies, ni hay tal inteligencia en los servicios secretos, ni son tan secretos los servicios encargados de avisar al Estado de que viene el coco o se manda a mudar.

La verdad es más prosaica. La política es un oficio de palos de ciego. Aquel no vio venir la crisis económica y este no imaginó que el procés era más endeble intelectual y políticamente de lo que aparentaba ser. Pujol era otra cosa. Mantuvo el fake durante décadas. Reinó en Cataluña sin corona, pero era un gremlin cortejado por los presidentes del PSOE o el PP como la clave de bóveda de todo el poder del Estado. A Jordi Évole le habló de la corrupción como de la peor de las plagas del hombre, todo él lejos de semejantes zahúrdas. Luego salió la matriarca y traspasó dos misales a la biblioteca del capellán. Y el jueves se reparten las hostias.

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Venimos de un año que viene de otro año

El año empezó con una plétora de buenos propósitos tras una larga crisis económica, y parecíamos reconciliados con la historia. Pero desde el 11-S de 2001 todos los años me resultan parecidos, cortados por la misma tijera -venimos de un año que viene de otro año-, como si hubiéramos entrado, tras el atentado, en una era repetitiva de cautelas y miedos, y de ensoñaciones nuevas. Recuerdo que en el 2000 -¡vivimos un cambio de siglo, no lo olvidemos!-se hizo aquel ajuste de cuentas con las dos guerras del siglo XX como si este siglo XXI estuviera predestinado a la paz. Se equivocaron los profetas, Fukuyama se quedó solo predicando el fin de la historia y de los conflictos bélicos. Hoy los pensadores andan replegados y hasta los poetas se replantean las metáforas y los mitos, con todas las musas en huelga. ¿Por qué menciono las Torres Gemelas? Porque, a mi juicio, todo empezó de nuevo ahí, cuando aún no existían Facebook, Twitter ni WhatsApp. Quiero decir, por tanto, que el mundo que hoy conocemos, con sus métodos y herramientas y su nueva mentalidad disruptiva, heredera del caos y la catástrofe, surge en ese instante, poco antes de la una de la tarde de aquel martes.

Cuando cayeron las dos moles diseñadas por Minoru Yamasaki cayeron los pilares del ancien régime. Todo se acabó y todo empezó. Y lo posterior es esto, esta manera inestable de vida incierta. Si uno quiere pensar, sobrevolar los problemas, ha de subirse, por cierto, a un avión. Donde mejor se medita es donde uno se cree Dios. En el cielo. También el mal vino por ahí aquella vez que dos pilotos neófitos se abalanzaron en dos Boeings contra los rascacielos de Nueva York. Los cuerpos cayendo de los edificios como peleles, que dijo Rojas Marcos, eran una imagen que parecía irreal. Luego han sido comunes imágenes por el estilo en videojuegos que forman ya parte de nuestra cultura. Lo irreal cobró cuerpo, las cosas importantes pasaron a ser las intangibles. Diría que soñar es ahora una práctica de enorme trascendencia, incluso económica. Como quiera que lo imprevisible es lo más previsible, vivimos sin plan B, y esta nave avanza gracias a la imaginación de la gente. Hay más estúpidos, pero también más genios a menor edad. Ahora todo está por inventar cuando siempre dijimos que todo ya estaba inventado. En la incertidumbre tampoco se vive mal. Cuando el hombre se siente inseguro, piensa y crea. Ahora estamos siempre volando como pájaros, el gran anhelo de Da Vinci y de la humanidad entera. Sí, nos gusta ser digitales, pero sentimos nostalgia de aquella etapa analógica en que éramos torpes y rutinarios y un trabajo era para toda la vida. Nos alegra el progreso tecnológico, no, en cambio, su capacidad destructiva.

¿Por qué despedimos este año con una sensación agridulce? Llegamos a confiar en una vuelta a la normalidad. Cuando esta quedó abolida para siempre bajo la incertidumbre en aquel mismo atentado. Leyendo las Ventanas de Manhattan de Muñoz Molina, novela escrita en los días del horror, uno cae en la cuenta de que necesitamos engañarnos y creer que no sucede nada. Este año ha sucedido de todo, dentro de esa lógica diabólica que se impuso el 11-S. No es la economía, estúpidos. Es el miedo y su aceptación. Ese aire mundano de pasajero asiduo que tenía Ryan Bringhman (George Clooney) en Up in the Air volando a todas horas en nuestro ciberespacio como en cualquier avión, y pronto en un dron. A soñadores no nos gana ninguna otra etapa histórica. Ahora todo el mundo sueña y encarna un papel ideal, sintiéndose personaje de una vida pública en las redes. El sueño es una vía de escape del miedo. Son los niños, los más hábiles soñadores, los dueños de este mundo recién nacido, que necesita de la imaginación. En este mundo en modo avión del que hablo hay un canario que le vio las orejas al lobo antes que nadie. Iván Chirivella, que no debe de tener más de 40 años, tendría 25 cuando, según me contó, conoció a los asesinos del 11-S y les enseñó a volar, lejos de sospechar que, en realidad, les estaba enseñando a matar. Chirivella sufrió un shock cuando tras ver los aviones en televisión estrellándose contra las Torres Gemelas, el FBI le llamó para decirle que los pilotos eran Mohamed Atta y Marwan al Shehhi, sus alumnos. El primero se empotró en la Torre Norte, y el segundo, en la Torre Sur. Durante dos meses, cuatro horas diarias, tuvo tiempo de conocerlos de cerca, pero no adivinó que eran terroristas potenciales. Atta era canijo e irascible, y Marwan, una especie de oso grande y sonriente. Chirivella me dijo que se enfrentó varias veces a ellos, por sus desplantes machistas hacia las mujeres de la escuela de aviación y porque eran desobedientes durante los vuelos. Una de esas veces, les quitó los mandos, dio media vuelta y regresó a Sarasota. ¿Cómo podía imaginar que iban a asesinar a 3.000 personas pocos días después? Jamás mencionaron a Bin Laden. Este canario, que continúa volando a sus anchas, tras escribir con Alicia Mederos Cómplice inocente y desahogarse, me dijo que quería seguir siendo una persona normal. Pero el mundo ya no lo era para siempre, una vez instalados él y todos nosotros en la anormalidad más absoluta y la incertidumbre. El mundo se hizo volátil. Cuando subí al Empire State Building y miré desde su observatorio la ciudad de Nueva York no sabía nada de lo que iba a ocurrir. Hoy seguimos ahí arriba, en la nube, suspendidos en un espacio de irrealidad manifiesta.

Mi hijo es un pequeño hombre de este mundo recién nacido ya sin cimientos, donde se desmantela lo viejo y se adora el vacío. Su mundo no está a mi alcance. Yo convengo con los escombros de las Torres Gemelas, de la Crisis Económica y de los demás telones que se han ido cayendo. Mi tiempo original se hizo remoto muy pronto. Mi hijo vuela desde que nació. Se subió bebé a un avión. No le cogerá de nuevo sobrevolar para sobrevivir. Pero no crean que estoy enfadado con la época de mi hijo. Hagamos las paces con la historia que está resurgiendo de sus propias cenizas. No. 2017 no fue un año malo del todo, no hubo taumaturgia, ni milagro. De acuerdo. ¡Qué se va a hacer! Otro vendrá que bueno lo hará. Me cuenta un padre un cuento de una hija de cuatro años que al despertar le dice: “¡Papá, tenía un regalo muy bonito para ti, pero se me quedó en el sueño!” Dejemos a los sueños guiarnos por la vida cada día con ese regalo de un hijo por la mañana.

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Dos historias de la América frenopática

En la saga de locos egregios de los Vallejo-Nájera faltan actuales especímenes que están en la cabeza de todos dentro y fuera de Canarias. Extrafalarios, esperpénticos…, predominan mandatarios, figurines y celebrities con los cables cruzados. Europa se las trae, pero América es donde siempre encontré un vivero de países frenopáticos, con su Bucaram (en Ecuador), que tocaba la guitarra y fue depuesto por lunático; su Fujimori (en Perú), que se daba autogolpes de pecho y engendró a Montesinos, que grababa vladivídeos con escenas reales de sobornos a terceros, y tantos otros granujas, chiflados y facinerosos en una sociedad descarrilada. En el último viaje a la otra orilla rescaté in situ el caso Rosenberg (en Guatemala) y me topé de bruces con el caso Nisman (en Argentina), que arruina ahora el regreso político de Cristina Kirchner. La viuda de Néstor es bipolar y codiciosa, pero cuesta considerarla una asesina en la novela negra de América que viví en 2015 cuando acababa de estallar el escándalo, ahora en su cénit mediático-literario.

En medio de dificultades energéticas, Argentina pactó con Irán petróleo a cambio de granos, bajo el supuesto compromiso de encubrir a los autores iraníes de un atentado terrorista que causó 85 muertos en una mutual judía de Buenos Aires en 1994. El fiscal Alberto Nisman acusó de ello, tras diez años de investigación, a la presidenta Cristina Fernández y al canciller Héctor Timerman, tras el chuponeo de sus tratos (pinchazos telefónicos). Nisman no vivió para contarlo. En la víspera de comparecer en el Congreso fue asesinado en el baño por dos personas que asaltaron su apartamento en el piso 13 de la torre Le Parc, de Puerto Madero, le dieron ketamina y le descerrajaron un tiro en la sien tratando de simular un espasmo cadavérico propio de un suicidio. Eran las dos de la mañana del domingo 18 de enero de 2015. La historia impacta y es un caramelo a la medida de Philo Vance, el meticuloso detective de S. S. Van Dine.

El refugio del fiscal, que temía por su vida y pidió un arma prestada a un amigo, contaba con un pasillo privado que comunicaba con un vecino extranjero y, entre artilugios de aire acondicionado, había pisadas recientes. La casa tenía dos puertas: la principal estaba trancada con llave y la de servicio no fue cerrada por quienes salieron por ella. El periódico del domingo seguía en el palier (rellano) y, como Nisman no contestaba a las llamadas, tuvo que acudir su madre y abrir la puerta con ayuda de un cerrajero. Su pistola, del calibre 22, apareció debajo de su cuerpo y al lado, un casquillo de bala.

Hubo cierta propensión en la fiscal Viviana Fein a inferir que se trataba de un suicidio, pero la exesposa de la víctima, Sandra Arroyo, jueza federal, no tragó y se querelló para consolar a sus dos hijas. A la mayor, de 15 años, Iara, la escuché preguntar en público: “¿Qué pasó con mi papá?”. El juez Claudio Bonadio avisó entonces: “Si aparezco suicidado, busquen al asesino”. Este jueves, Bonadio solicitó al Senado el desafuero de la expresidenta Cristina Fernández para detenerla como cabecilla de “un plan criminal orquestado”. Cuando uno se adentra en Puerto Madero siente la paz confortable de un entorno de mar y percibe hábitos de vida acomodada. Nisman escribió una nota con la lista de la compra para la empleada doméstica. ¿Alguien que hace tal cosa, acaso se dispone a matarse?

Escarbas en América y salen historias escabrosas debajo de las piedras. Como el caso Rosenberg que seguí durante años. Pongan atención. Resulta increíble. Este abogado, formado en Cambridge y Harvard, grabó un vídeo de despedida. “Buenas tardes, mi nombre es Rodrigo Rosenberg Marzano y, lamentablemente, si usted está viendo este mensaje, es porque fui asesinado por el señor presidente Álvaro Colom”. En 18 minutos, Rosenberg mira fijamente a la cámara, viste traje y corbata azul a tono con la tela de fondo. Uno asiste estupefacto al thriller de un personaje real. Los nombres y apellidos de sus ejecutores restallan con acrimonia en la alocución. “Todo el mundo espera que alguien haga algo”, dice en el monólogo, llama al presidente Colom “asesino, cobarde”, y exhorta: “Yo espero que mi muerte sirva para que la gente se rebele”. En Guatemala, un infierno de sicarios se han hecho amos del bazar de la muerte. El abogado, del despacho RosenbergMarzano-MarroquínPemueller&Asociados, era un “ciudadano honorable”, dirá el fiscal español Castresana que investigará el caso. Dos veces casado y divorciado, a la pérdida de su madre y de la custodia de dos hijos se le sumó esos días la muerte de su amante, Marjorie Mussa, hija de un empresario cliente suyo, Khalil, de 74 años, ambos tiroteados en su coche. Se querían con locura. “Te amo, te amo, te amo”, le mensajeaba. Se sentía culpable, porque había aconsejado a Khalil apartarse del presidente, y compró dos nichos en un cementerio privado, uno para Marjorie y otro para él. Hizo testamento.

La mañana que no aguantó más contrató a unos sicarios por 40.000 dólares. Lloraba constantemente. Entregó a un amigo 150 copias del vídeo casero para difundirlas llegado el caso, y almorzó con un sacerdote amigo al que se confesó. El domingo de su muerte salió a dar un paseo en bicicleta. La verdad rebuscada del suceso, a cargo del fiscal Castresana, refleja la paranoia secreta de ese país: en realidad, Rosenberg, de 48 años, planeó su propia muerte. La víctima de los disparos del sicario era él. Hizo de blanco fácil: recorrió dos manzanas en bicicleta y se sentó en la acera, a las 8 de la mañana, a escuchar música clásica con auriculares, junto a un monumento, siguiendo las instrucciones que dio a su verdugo. Quería desatar un golpe de Estado tras la indignación popular por su muerte. Lo calculó todo, pagó a sus sicarios post mortem: al día siguiente, se recibió en su despacho un cheque con el importe, que su secretaria, según lo acordado, cursó a sus destinatarios. Al presidente Colom -que no era ningún santo- lo habían crujido en manifestaciones de protesta tras aflorar el vídeo. Castresana tuvo acceso a las imágenes de cuatro cámaras de seguridad, que mostraban a Rosenberg pedaleando hacia la muerte. ¡Qué historia!

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La baja autoestima de Ronaldo si fuera canario

De la autoestima del canario hablaba el domingo en estas páginas Jerónimo Saavedra. Mencionar la autoestima en un pueblo que la desconoce por sistema como un asunto ajeno que le trae sin cuidado, es desenterrar uno de esos fantasmas que nos flagelan de cuando en cuando, como si la mejor receta para que el canario espabile fuera recordarle que no se tiene la debida consideración a sí mismo. Es una de las materias que imparte de antiguo el psicólogo Pedro Hernández Guanir. Nos la restregó en la cara en las primeras ediciones del Natura y Cultura. Porque hacer dejación de esa pócima es un acto consciente de desánimo, la asunción del vencido de antemano, que desiste de ciertas metas por anticipado, carente de ambición, decidido a tirar la toalla en el round menos pensado, porque una retirada a tiempo es una victoria en el manual del derrotado. Leemos la desmesura de Cristiano Ronaldo (“soy el mejor jugador de la historia”) y comprendemos la diferencia entre no tener autoestima y tener un ego elevado hasta el infinito. Lo del crack portugués es la metástasis de la autoestima, una hemorragia de vanidad que no es exclusiva del balón de oro madridista. Cassius Clay (Muhammad Ali) se prodigaba en ese género ya desde los años 60 y 70 en que yo lo admiraba de ese modo profuso con que se consienten los pecados de los ídolos terrenales como si fueran sobrehumanos. “Soy el mejor”, repetía con euforia y desprecio hacia los blancos. Y era, en efecto, el mejor sobre el ring. Quizá la objetable subjetividad desmedida de Ronaldo (la discusión sobre sus galones y los de Leo Messi lleva camino de convertirse en una controversia sin fundamento)convierte su derroche de autoestima en un factor que agita las fronteras de la autosuficiencia y nos invita a establecer límites racionales.

No sería bueno que, de pronto, el canario se nos volviera un fanfarrón narcisista que mirara por encima del hombro al resto de autonomías y gentilicios. Si tal cosa ocurriera y a nuestros celsoalbelos les diera por ir por ahí diciendo que son los números uno y no hay quién se les compare, no por ello pasaríamos a ser un pueblo exultante sin complejos en condiciones de afrontar los desafíos con garantías de éxito. La clave de este negocio de pueblos optimistas y felices es administrar sin derroche los valores considerados básicos en toda batalla que se precie -y de eso va la guerra de la vida- para obtener los mejores resultados y hacer las apuestas con criterio ganador. La baja autoestima del canario tiene que ver con la carga de estigmas y sambenitos que hemos metabolizando de generación en generación. Lo curioso de este pesimismo que amarra los pies de las islas es que venimos -como nos recordaba días atrás Marcos Martínez en La Palma- del cliché más elogioso al que pueblo alguno puede aspirar: el de Islas Afortunadas (Plinio el Viejo las menciona y ya Hesíodo lo hace en Los trabajos y los días, no es broma que de antiguo nos dieran tal postín).

O sea que, ya puestos, nos hubiera dado por fardar a lo Ronaldo de las islas non plus ultra, el no va más. Y, en cambio, algo nos aconteció en el curso de la historia que nos entró esta depresión, con su molicie respectiva (el célebre aplatanamiento, o soñarrera como nos atribuyó Unamuno), y nos transformamos en pueblo derrotista, esquinado y envidioso, que se pasa la vida matando el tiempo viendo cómo se matan unos a otros, una isla contra otra, una acera contra otra. Lo que viene a decir Jerónimo Saavedra, desde el púlpito del Diputado del Común, es que hagamos las paces las dos aceras para ir juntos por la misma calle, que no es tuya ni mía, como dijo Agustín Millares Sall.

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Michelle Alonso, la sonrisa sin barreras

La sonrisa inagotable de Michelle Alonso contrasta continuamente con esa pesadumbre general que teje casi toda la restante mirada cotidiana que obtenemos de la foto fija del mundo. Es un grito inverso de Munch que se agradece bajo la ceniza que cubre otros muchos acontecimientos; nos congratula su espíritu de alegría perenne y el éxito que persevera detrás de ese talante porque no es fruto solo de un don, sino de la disciplina y el coraje de una canaria curtida en retos. La odisea de esta joven trasciende su discapacidad intelectual -por cierto casi imperceptible a quienes estén ajenos a la misma-, y no cabe en este caso que se le preste un trato paternalista tan al uso, por ignorancia, ante quienes sufren cualesquiera disfunción. Las personas invidentes, por ejemplo, no soportan que se les aborde con un tono de voz forzado como si su déficit de visión les convirtiera en seres extraños. Venimos de celebrar el día internacional de los derechos de quienes padecen alguna discapacidad física o psíquica. Y es evidente que la joven nadadora recién coronada campeona del mundo en México en su especialidad favorita de cien metros braza merece una admiración acorde a su proeza, pero nunca el más mínimo asomo de compasión. Estamos ante una campeona de primer nivel mundial, que ha trazado una trayectoria de éxitos en las competiciones más exigentes que demuestra que ya se trata de una de las grandes deportistas canarias de todos los tiempos.

Seguramente, el caso de esta excepcional nadadora tendría un tratamiento más épico en otras culturas menos indiferentes a los logros locales como la nuestra. Pero aquí digo que, en medio de la grisura y la mediocridad dominantes, Michelle Alonso, la gran embajadora de nuestra afabilidad, se ha ganado ya su trono en lo que mejor hace, nadar sin complejos, fiel a su rol de superación. Ha habido deportistas, como hay científicos, artistas y escritores, que sobresalen pese a una determinada discapacidad. El caso de Stephen Hawking, devastado por una esclerosis lateral amiotrófica que condiciona su vida y trabajo hasta extremos inauditos, es un hito de la humanidad discapacitada. Nunca nos cansaremos de reconocer la batalla sin límite del físico teórico contra las adversidades de su enfermedad imparable. Ser número uno en la ciencia en tales circunstancias exige una fuerza de voluntad sobrehumana. En otra oportunidad contaré qué diminutos se vuelven todos nuestros desalientos cuando se siguen los pasos de cerca de este personaje irrepetible capaz de sonreír con vehemencia ante un comentario jocoso. Michelle Alonso nos conquista por sus hazañas y sonrisas en un contexto a menudo mustio en todos esos frentes económicos, políticos y sociales que engrosan la actualidad con una tristura que se ha vuelto pandémica. Esa hilaridad desinhibida es un regalo que nos depara esta paisana habituada a competir en la élite sin achicarse, como si en su estado de aparente complacencia estuviera mostrándonos el camino para ser más eficaces y felices, o sea, otra suerte de canarios sin cortapisas.

Con motivo de la efeméride de la discapacidad hemos conocido la dimensión de un colectivo que representa el 15% de nuestra sociedad, centenares de miles de paisanos, cada uno con su portfolio de demandas, con sus conquistas y sus desafíos. Hemos sabido que ayer era el último día de plazo para que nuestras ciudades derribaran sus barrreras arquitectónicas y que pronto los afectados comenzarán a acudir a los tribunales tras el desdén de la Administración. Nos adornamos con las plumas de Michelle Alonso. Pero a la foto oficial de las autoridades que posan junto a ella se opone la foto de quienes, sin preseas, sintiéndose representados por Michelle, demandan una respuesta día a día.

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Cinco minutos con Manolo Blahnik

Hay un tipo de canario que se come el mundo y que define a la perfección el perfil de una cierta manera de ser isleño sin concesiones al victimismo. Manolo Blahnik está en la élite de esa estirpe local-universal. Venía de recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de La Laguna y yo tenía asignados solo cinco minutos para hablar con él, según prescribió su oficina en Londres, la capital de la otra isla donde vive. ¡Cinco minutos!, me advirtió enseñándome la mano sana sin dejar de sonreír y dar saltos sobre la pierna buena. Luego entramos en un despacho de la universidad y conversamos rodeados de un grupo de espectadores que habían logrado colarse atraídos por el carisma de la celebridad , que se abstrajo de todos mientras se concentraba en las preguntas que yo le formulaba contrarreloj.

Si hiciéramos recuento de canarios ilustres que cortaron el cordón umbilical con la isla y se dejaron llevar, hallaríamos un muestrario de personajes insignes que descollaron en las distintas facetas humanas y que estarían acreditados para figurar en una hipotética selección internacional de números uno. Blahnik tiene una plaza asegurada en ese combinado de estrellas. Sin embargo, me dijo que no se consideraba uno de los artistas más influyentes de su época. Lo enigmático de Blahnik, al margen de ser fruto del azar del encuentro de un extranjero y una isleña a través de una celosía, es la fuerza de un genio creador desconocida hasta que la editora de Vogue, Diana Vreeland, descubre su talento mirando sus dibujos al revés, en lugar de los rostros, las extremidades inferiores de sus modelos. Blahnik era hijo de una mujer que adoraba los vestidos y las bellas cosas, me dijo, y que confeccionaba zapatos con ayuda de brocados antiguos en una isla postrada en la escasez tras las guerras de España y del mundo. Pero no sabía que era, también él, un zapatero único hasta que la gran ama del oráculo de la moda prestó interés en cómo retrataba los pies. Me contó que doña Manuela, su madre, aprendió con don Cristino, zapatero de Santa Cruz de La Palma, y que él se quedaba con todo; que era una infancia sin coches ni televisión, de tertulias y meriendas en casa de la abuela. Estaban lejos del gran teatro convulso de Europa, como unos anacoretas, esperando que llegara algún barco con lo poco que la isla podía recibir para ir tirando. Había aprendido un oficio que desconocía cuando llevó los bocetos a aquella mujer poderosa en Nueva York. Quería hacer figuraciones y lo suyo era hacer zapatos. Era un fotógrafo de moda freelance, del Sunday Times, que de pronto conoció a Helmut Newton y la crème de la crème. Pero no estaba llamado a hacer diseños de teatro. Sino zapatos.
Cuando uno de estos canarios desprejuiciados que ha sido capaz de saltarse la regla de la endogamia y buscarse la vida fuera viene y nos cuenta sus avatares, confirma la tesis del isleño expatriado, que es muy propia de los canarios a lo largo de la historia y no creo que sea común a la condición genérica de insular. Quiero decir que Manolo Blahnik es ese paradigma; de haber permanecido en La Palma habría sido un tipo genial, pero no habría sido Manolo Blahnik. Él mismo ratificó esta conjetura. Me comentó que sus padres en los años 50 lo enviaron a la Universidad de La Laguna y el centro no lo admitió (que ese día que me lo contaba lo acababa de hacer doctor honoris causa).

Me confesó que era mal estudiante y tenía problemas de salud. Me pareció que no guardaba ningún asomo de resentimiento por aquel rechazo. Todo lo contrario -Blahnik me dijo como si desvelara un secreto-, gracias a que La Laguna le dio calabazas, sus padres lo enviaron a Ginebra y allí se le abrieron las puertas del mundo. No iba a ser profesor de literatura, por más que la estudió, ni diplomático, que era la consigna familiar, ni siquiera arquitecto, que era lo que quería ser, sino zapatero. Pero esta odisea de muchos canarios que encuentran su papel en la representación de su vida cuando el destino los expulsa de la isla no es, como digo, ningún dogma de la insularidad. Es un arquetipo isleño en cierta forma genuinamente canario y, a buen seguro, de ciertas latitudes no necesariamente insulares, sino que les incita salir por tierra, mar o aire, para manifestarse en toda su plenitud. Supongo que un sueco no tiene esa carencia. Ni un inglés. Ni muchos africanos, en contra de lo que se cree por el flujo de cayucos y pateras. Hablo de otro éxodo, el talento, al margen de la diáspora por motivos económicos. El canario también emigró por esta causa. Pero Youssou N’Dour me pareció un cantante senegalés muy contento de serlo en su país, desde donde goza de una gran influencia exterior. Y en la Cuba inamovible de Lezama Lima, él era Lezama Lima sin moverse del sitio, y todos tenían que ver con él. Siempre tuve la sensación de que Cabrera Infante no fue nunca del todo Cabrera Infante porque le faltaba Cuba, por mucho que Londres fuera Londres. Ya digo que este síndrome no es necesariamente isleño. Pero sí es un rasgo del canario creativo. Requiere de su audacia viajera para explotar. Si se queda, nunca sabrá cuál era su techo. Así que Blahnik lo supo gracias a que no se quedó imantado por la isla para siempre. Lo cual no excluye excepciones a la regla.

Le pregunté cómo hizo su padre el viaje inverso, de Europa a La Palma para quedarse. Y me hizo un relato que se cuenta en el filme de su vida estrenado en Venecia a la par que itineraba esa muestra antológica de su obra que acaba de arribar a Madrid. Según la versión romántica de los hechos que me hizo del flechazo del chico checo , el huésped paseaba por la calle Real y se enamoró de la joven que lo contemplaba detrás de la ventana. Por eso me dijo, de vuelta de todo, que su identidad está aquí, en la tierra que habitan los días de su niñez, donde creció entre plataneras y paisajes volcánicos, y adonde regresa continuamente como Ulises a recargar las baterías para volverse a Bath y seguir trabajando sin pausa ni vacaciones. Me llamó la atención su fiebre de artesano cosmopolita. Esperaba conocer a un genio endiosado. Blahnik es el Picasso del zapato, autor de 30.000 manolos hechos con sus manos. Supongo que es un don extraordinario hacer obras de arte que no sólo se gozan con la vista sino con los pies, obras que se llevan puestas y que agradan porque gustan y porque hacen la vida confortable usándolas. Los stilettos de Blahnik. Y, sin embargo, me impartió una lección de sus genes, no se fue por las ramas, sino por las raíces. Mis raíces -dijo- están aquí, en La Palma, y por eso vengo a caerme en sus brazos o en su suelo y hacerme daño sin rechistar. Ella es mi madre. Mostró la férula del brazo y daba saltos porque cojeaba de una pierna también lesionada la noche anterior jugando con su perro. ¡Se nos fue el tiempo hablando! No fueron cinco minutos, sino once y cupo todo en ellos.

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