Opinión

8-M y una luz racional

No es la peste. Pero cada época que se precie ha tenido su parásito y su demonio contagioso y ahora estamos aterrados por un virus que hizo acto de presencia el pasado 1 de diciembre y en tan corto periodo de tiempo ha puesto todo patas arriba y se hacen apuestas negras sobre el cariz de los acontecimientos. En el circuito económico del poder no se piensa en otra cosa, y se piensa lo peor (lo cual conviene ponerlo también en cuarentena). Todo empezó por una pequeña multitud china de 11 millones de habitantes confinados en los barrios de Wuhan (“¡Vamos, Wuhan!”, repetían cada noche los vecinos de este epicentro del mal, con los primeros infestados en un mercado de animales, cuando el resto del mundo permanecía feliz e indocumentado) y ahora ha trascendido a las residencias de ancianos de Madrid clausuradas por el miedo; a la Rioja meditando si aislarse también; a los partidos de fútbol sin público en las gradas de una Italia estigmatizada por la concurrencia de casos; a Estados Unidos en estado de shock, o a Europa suspendiendo sus actos masivos y congresuales, y, de todos, quizá el que más nos duele: la ITB de Berlín. Si nos niegan la meca del turismo, santo y seña de nuestro eterno huésped alemán, ¿qué va a ser de una economía del monocultivo volcada en los servicios como la canaria? Las reservas no han tardado en empezar a despeñarse. Y toda esperanza se reduce a estas alturas a que el virus depredador remita por voluntad propia o por asedio y, en consecuencia, no cejen las vacaciones. O estamos aviados. De nada sirve que la ministra de Hacienda haya garantizado ayer al presidente Torres que Canarias quedará exenta del impuesto al queroseno si el coronavirus sigue haciendo de las suyas y el pánico se cronifica y la gente deja de volar por temor a contraer la enfermedad en un avión o a quedar confinada en un hotel.

Ahora todo lo demás ha pasado a un segundo plano. En apenas unos días de vértigo hemos cambiado de opinión todos a la vez: de relativizar el impacto del coronavirus por sentido común (27 muertos de gripe y más de 800 hospitalizados en Canarias hasta el día 1, frente a 18 contagiados por este virus) a parapetarnos ante cualquier eventualidad. En las Islas le hemos visto las orejas al lobo por la tos del turismo: el 30 por ciento de caída en las reservas. Este era, legendariamente, uno de los escenarios patéticos que más nos inquietaban: ¿qué colapso cabría imaginar el día que el turismo se enfrentara a la dejación de viajar a Canarias? El debate sobre la vergüenza a volar se ha visto superado por este miedo a volar a causa del virus. ¿Puede la vida de un país, de un continente y del conjunto de países y continentes cambiar en un mes o en dos, de la noche a la mañana, a causa de un agente biológico microscópico altamente contagioso que amenaza con desestabilizar la convivencia, la economía, la política, el deporte, la cultura…?

Veníamos este domingo a celebrar el Día de la Mujer, con la mejor de las intenciones, queriendo darle el protagonismo que merece, bajo el eco de sus revueltas históricas y huelgas de pan y rosas. El movimiento Me Too estremeció las conciencias de todo el mundo. Ahora Harvey Weinstein, condenado y en prisión, es la cara tumefacta de una era de Hollywood machista y de toda una impronta de abuso, de mansplaining y poder, es la sombra que persigue a Roman Polanski y enmudece a Plácido Domingo. Porque ha caído el telón. Ahora en España discuten las mujeres en el hemiciclo, como querían Campoamor y Zetkin, las dos Claras, lo cual no solo está bien sino que nos ahorra buena parte de las necedades de quienes han estado siempre en el machito.
Pero el virus nos ha instalado en este estado de emergencia, cuyo termómetro es la dinámica última de la vida social y política española desde la crisis económica y la inestabilidad de los gobiernos desde diciembre de 2015. Así lo demuestra la incipiente Ley de Libertad Sexual, erigida en arma arrojadiza y fermento de diferencias en el seno del Gobierno, y en disputa de lideresas de distinto signo y afinidad.

Creíamos que los años 80 del virus de inmunodeficiencia humana que introdujo bárbaramente en nuestras vidas el Sida era un punto y aparte. Constituyó un aldabonazo que alteró las relaciones sexuales y sociales. También supusimos que la Gran Recesión de 2008 iba a ser lo nunca visto por una larga temporada histórica. Ha habido cosas que nos sorprendían sobremanera en este último cuarto de siglo. Todo empezó a precipitarse, lo bueno y lo malo, y perdimos la noción del tiempo. Un ritmo frenético se impuso en todos los órdenes (no pensar, actuar), bajo una suerte de relojería psicológica de un tiempo que se imagina más que se vive con las horas perturbadas y el hábito de despertarnos con el nuevo apocalipsis de cada día, real o inventado, ambas cosas por igual. Este coronavirus, que bautiza el primer año de la nueva década, acaso no sea sino uno más de los episodios terribles que magnifican los peligros cotidianos. Denostado el sosiego y vencido el sentido común en el campo de batalla, lo que queda es esto: el disgusto sistémico de un virus universal que excita los terrores infantiles. Y el fruto es esto otro: la desestabilización, acaso una crisis en ciernes, o su fugaz apariencia irreal, pues ya queda dicho que da lo mismo que sea cierto o ficticio lo que proceda a partir de ahora.

La jornada de este 8 de marzo, por ello, recobra, a mi juicio, un sentido inusitado, pues devuelve a la calle -si las manifestaciones no se resienten por el yuyu al contagio- el significado de una de las pocas actividades que nos reconcilian, en mitad de este pandemónium, con la historia, blanco sobre negro, de las luchas más sensatas y reconocibles, cuando se hacían revoluciones por causas justas y la humanidad avanzaba al compás de cada nueva conquista. Ahora estamos en el desasosiego y el pavor; quizá por un tiempo dejaremos de besarnos y abrazarnos y de darnos la mano; volverá el fútbol, el cine y James Bond… El día de la mujer proyecta sobre este domingo una luz racional, cuando el resto de la escena permanece a oscuras, bajo una inquietante ofuscación.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

La paradoja de Salvini

Las próximas horas serán decisivas para saber si entramos en una pandemia sanitaria, económica y psicológica. El drama de Italia no es impedir esta vez, como espoleaba Salvini en tiempos de ministro de Interior, que entren los foráneos al país; son los propios italianos los que, en una gran proporción, no pueden salir, mientras los extranjeros estigmatizan la patria con forma de bota que el líder de Liga quiso amurallar en un arrebato xenófobo y renuncian a cruzar su fronteras como si de una leprosería se tratara. Tan desmedida era la cerrazón cuartelaria de Salvini ante los barcos atestados de inmigrantes exhaustos, como esta cuarentena y condena que recorre Europa contra todo lo transalpino, romano y apostólico. Lo cierto es que Italia maneja la crisis del agente infeccioso con mentalidad china, a base de medidas de brocha gorda, precintando no solo teatros, escuelas y museos, sinos barrios y regiones enteras como una extrapolación de Wuhan. Italia es un país confinado y deprimido, como refleja el reportaje de Jorge Berástegui de este lunes, cuya sola lectura pone los pelos de punta, pues el protagonista puede ser cualquiera de nosotros y su enclaustramiento pudiera ser extensible tarde o temprano a toda Europa, Canarias incluida.

Italia se ha autoimpuesto un régimen de reclusión estricto contrariando el carácter excéntrico de su pueblo, y el resultado es un manicomio en ciernes. En la crisis del SARS de 2003 los psiquiatras temieron lo peor cuando un taiwanés, sometido a aislamiento forzoso, se suicidó. Este internamiento obligado de barrios y provincias no se limita al país de más muertos de Europa; también en España se imita la receta, como ya pasa en La Rioja.

Se da la circunstancia de que Canarias fue la vanguardia de la enfermedad, con aquel solitario positivo alemán de Hermigua. Y también se adelantó a la moda conventual de clausura imponiendo el cierrre a cal y canto de un hotel. Alguien dijo que era un caso pionero. A la vista del giro que han dado los acontecimientos, no somos La Rioja, ni País Vasco, ni Madrid, donde las cifras de muertos y hospitalizados se han disparado exponencialmente. Resulta que el contador de evacuaciones de turistas del H10 de regreso a casa estaba ayer próximo a cero y alcanzaba su fecha límite por prescripción sanitaria; el parte de positivos continúa por debajo de la veintena. Cierto que la Isla acoge a una de las colonias de italianos más pobladas de nuestro entorno y que seguramente el flujo de visitantes de ese país se detuvo bruscamente por la crisis del coronavirus. El testimonio de un mujer atrapada en su casa de Lombardía por orden del Gobierno, que pensaba trasladarse a Tenerife por estas fechas, ilustra el percance de millones de italianos y, de paso, sirve de referencia para medir cuál ha sido nuestra capacidad de respuesta. Si hasta el papa, envuelto en conjeturas por la naturaleza de su catarro, suspende el rezo del Ángelus en público y lo transmite por streaming parapetado en la biblioteca del Vaticano dando plantón a los fieles concentrados en la Plaza de San Pedro, nuestra libertad de movimientos en los carnavales del interior de la Isla y las gradas del estadio repletas vitoreando al Tenerife mientras italia y buena parte de Europa renuncian a pisar la calle por temor al coronavirus, es algo providencial o temerario, pronto lo sabremos. No cabe tirar las campanas al vuelo, porque estamos ante un virus meticuloso que se contagia con la mirada, valga la exageración, y carece de vacuna. Sin embargo, la normalidad que reina en Canarias, donde el mal debutó en España, es sorprendente y lo que nos pareció una desmesura, aquel cerrojazo a un hotel con mil turistas dentro, hoy, al final de la cuarentena, representa un caso de éxito. Seguimos librando batallas contra los molinos. Y a fuer de quijotes (valga por Güímar cervantina) es como podemos darnos con un canto en el pecho.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El fin del mundo aún no es esto

En 2009 tuve que viajar a América y crucé el Atlántico con un sentimiento de culpa ante la eventualidad de ser portador de la llamada gripe A. Habida cuenta de que se originó en Estados Unidos y prosiguió su razia en México, en realidad, era como el retorno del virus. Pero la influenza A (H1N1) tenía rango de pandemia de la OMS y eso imponía, era una responsabilidad social. Ahora, cuando Pedro Sánchez, invocaba un sentido de disciplina y exaltaba el heroísmo de quedarse en casa, evitando el contacto humano, el abrazo español y hasta el ósculo de los catecúmenos, para conjurar la propagación del coronavirus, han vuelto a asaltarme aquellos fantasmas. No pasó nada y el virus se quedó con nosotros. Se nos corteja con consignas que apelan a la militancia cívica y se nos convierte, en la práctica, en conmilitones de una guerra. He visto las calles de Santa Cruz desiertas a las pocas horas de la primera andanada de Sánchez, este sábado, que seguí desde un bar que ahora no abrirá sus puertas en cumplimiento del estado de alarma. Santa Cruz, tantas veces estigmatizada como una ciudad muerta, cumplió ese rol este sábado y lo seguirá haciendo durante la cuarentena. Viene de explayarse en un Carnaval sirocado que bordeó la suspensión con la suerte de cara, pues al día siguiente de un domingo de piñata fue diagnosticado positivo el médico italiano hospedado en el sur y, de inmediato, aislado el famoso hotel cobaya de Adeje.

Desde ese momento asistimos a una cascada de confinamientos en el exterior, que culmina este fin de semana en nuestras propias lindes con la apoteosis del estado de alarma. Imposible no alarmar si se decreta, justamente, una alarma. Tan inviable como invitar a abandonar en orden un recinto en llamas. A China se le metió entre ceja y ceja salvar el prestigio amurallando Wuhan, la cuna del virus, y ya nadie discute que ese método es el procedente. China es un país con la transparencia abolida que asegura que con la orden de reclusión resolvió el problema, y, una vez cantado victoria (a confesión de parte, relevo de prueba), una ristra de países notablemente contagiados, como Italia y España, no han dudado en copiar el guion, aunque algunos virólogos le concedan expectativas más modestas. España en tiempos no era reconocible sin toros ni flamenco, carente de su aguafuerte. Ahora el pan y toros han mutado en pan y fútbol, y este fin de semana no solo las calles se han amortecido, sin ocio ni clamor, sino que la gente se ha quedado sin goles. La cuarentena lo abrasa todo, del estadio a la pinacoteca, de la terraza al bar de la esquina.

Este estado de alarma no se parece en nada al de hace una década, cuando Pepiño Blanco militarizó los aeropuertos por la huelga encubierta de los controladores aéreos. Ahora esto es una tormenta perfecta, la simbiosis de las maldiciones, y el resultado es una pandemia, una recesión y una psicosis colectiva. La gripe estacional en España la padecieron hace un par de años 800.000 personas y hubo cerca de 15.000 muertos (6.300 el año pasado). Y en Canarias mata a una setentena (32 hasta ayer, en el registro de esta temporada). El Covid-19 suma por ahora 6.000 casos en España y unos 200 fallecidos (en las Islas, 62 positivos y una víctima mortal el viernes). Es pronto para comparar estos datos y concluir si son parejos o disímiles, pero hace tiempo que reparo en el hecho de que la gripe común, que suele superar el nivel basal y acabar en epidemia, tumba cada año a entre tres y cinco millones de personas y quita lavida a más de 300.000, incluso 600.000 en el mundo, la mayoría con enfermedades subyacentes o avanzada edad. El virus se ha viralizado y promueve cierres, cuarentenas y aislamientos en distintos rincones del planeta. No es que España se haya subido a la ola, es que este tsunami inunda la política mundial. China tiró por elevación y todos le hemos secundado en su receta de brocha gorda. la parálisis del mundo era previsible (Bill Gates ya se lo temía: un virus nos cogería con las defensas bajas). Ahora la recesión ya nadie la discute y en las Islas podemos decir que hemos vivido el colapso turístico que tanto temíamos. ¿Resucitaremos al muerto? Estoy convencido de que sí. Pero saldrá caro y acaso nada sea ya jamás igual. Repentinamente, nos hemos despertado con las agallas de un samurái en este harakiri colectivo. Era posible desconectar al monstruo en que nos habíamos transformado. Esta es la prueba. Somos el zombi que había bajo todas las capas que acabamos de quitarnos de un decretazo. Y el planeta lo va a agradecer, aunque tanto martirologio no sea ajeno a las trifulcas entre chinos y yanquis por la famosa hegemonía mundial. Ese partido sí que no se ha suspendido.
La cuarentena como método no es nueva, tiene más de 600 años de historia, desde que en los dominios medievales de Venecia la ciudad de Ragusa probó la medicina por primera vez y funcionó contra la peste negra, que acabó con el 60% de la población europea. Empezaron por el trentino y pasaron al quarantino, porque 30 días de aislamiento se revelaron insuficientes. No nos llevemos las manos a la cabeza; esto ya está inventado y se soporta. Un portavoz chino acusa directamente a Trump de meterles el diablo en casa. Algunos científicos (como en esta edición del DIARIO) arrojan consideraciones que serenan los ánimos. En Canarias entramos en barrena, sin turismo, sin comercio, sin mucho margen de soberanía alimentaria y a expensas de la obra pública, una panacea de doble filo. Quedarnos en casa es una cura de salud. Una impagable terapia de apego familiar entre perfectos desconocidos: padres e hijos. Sin fútbol ni ganas de callejear por si las moscas, la vida va a dar estos días un respingo. Y dará sus frutos, acaso hasta suscite otro baby boom sociológicamente reseñable como el de los anglosajones tras la Segunda Guerra Mundial; y los políticos volverán a lavarse las manos como Poncio Pilato.

No estamos, este domingo, donde querríamos estar. Es el miedo a puerta cerrada. Y afuera nos espera la crisis mañana. Nos hemos subido a un tren con rumbo desconocido. Ni siquiera sabemos si el tren está en marcha. Todo es muy extraño. Corrieron las cortinas de las ventanas y debemos estar dos semanas en stand bay. Nuestro deber es cooperar. Aunque no sepamos si el remedio es peor que la enfermedad.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Una nueva era sin turismo después de Xi Jinping

El presidente chino hoy no podría venir a visitar el Teide como hizo en noviembre después de participar en la cumbre de los BRICS en Brasil.

El mundo ha dado un volantazo en estos cuatro meses desde que pasó por aquí Xi Jinping. Desde que su país sufrió el brote de coronavirus (del que nunca vamos a poder olvidarnos) nada ha sido igual y hoy Canarias, en plena escalada de autolesión, desiste de recibir turistas para evitar el contagio. ¡Qué tiempos aquellos en que podíamos celebrar la llegada del poderoso huésped de Pekín y soñar con millones de chinos entrando por nuestros aeropuertos! Hoy esa posibilidad nos aterrorizaría…

Canarias cierra sus hoteles y España y Europa cierran sus fronteras. A la par, el Archipiélago decide autoaislarse. España también respecto al mundo. Y Europa enmienda su espacio Schengen, blinda en compartimentos estancos su heterogénea conformación y afronta, en la práctica, una estrategia militar de choque frente al coronavirus, el enemigo público número uno en la actualidad. Como si de un asesino en serie se tratara, regiones, países y continentes dictan una orden de busca y captura contra el prófugo invisible. Pero ese fantasma cuyo rostro esférico y averrugado empapela todas las ciudades del mundo ha conseguido desatar una pandemia económica sin precedentes, que ya va ganando a la de índole sanitario en esta carrera de estragos y efectos destructivos. Pronosticar un crac del 20 parece lo más natural, pues por menos se vino abajo la economía y se vampirizó el mundo laboral convirtiendo la condición de trabajador en una categoría privilegiada, a la que aún no han conseguido retornar muchos de los damnificados en la crisis de 2008. Tenemos, por tanto, la memoria fresca de la Gran Recesión que duró una década y remitió hace tan solo un par de años. Con la decisión que Canarias acaba de asumir, un periodo impreciso de turismo cero, con hoteles vacíos y restaurantes cerrados bajo el estado de alarma, la crisis económica será de caballo y toca preguntarnos por el día después. Dados los elogios de ayer por parte de la OMS a España por su valiente contribución a la onda sísmica del autoaislamiento, solo cabe hablar de los hechos consumados.

Los ingleses han optado por una estrategia acaso suicida o más lúcida que nadie, esto solo lo sabremos con el tiempo. Mr. Johnson no actúa por desconocimiento (algunas informaciones que hoy publicamos aseguran que, incluso, dispone de un dosier secreto según el cual esta enfermedad durará hasta la primavera de 2021 y afectará al 80% de la población), pero su receta no es el estado de alarma ni el confinamiento en casa, sino todo lo contrario, la inmunidad en grupo. Hemos visto a Bolsonaro dando la mano en Brasil a la gente, y a López Obrador besando a los niños de México. Que cada palo aguante su vela. Pero, dicho todo esto, no deja de impresionarnos con qué facilidad hemos hecho la transición del siglo XXI a comienzos del XX, de un salto, para volver a hablar con el vecino de ventana a ventana, devolver todo el sentido a la azotea y el balcón y, por último, sellar nuestros hoteles que han sido nuestras gallinas de los huevos de oro, y renunciar al turismo con admirable abnegación. España se cierra a cal y canto, como cuando la piel de toro acababa en los Pirineos. Nos hemos designado una vuelta atrás sin tituveos, y por primera vez no sufriremos una crisis impuesta; esta la hemos desencadenado nosotros mismos con la fe ciega de creer estar haciendo lo más correcto. Y que la historia nos juzgue.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Si esto es la ficción, soñemos la realidad

La primera semana de encierro no permite extraer muchas conclusiones. No es grata la sensación de que todo se reduce a un parte de bajas. “El enemigo no está a las puertas, penetró hace tiempo en la ciudad”, dijo Sánchez en su emotiva disección-disertación de las medidas del Gobierno para afrontar esta guerra espeluznante. La pauta ha sido esa, la guerra frente a la amenaza común. Nunca con tal consenso en la contienda: poderosos estados junto a los más débiles, en el campo de batalla contra la sombra vagarosa del monstruo que mata a traición. Una guerra ecuménica. En La peste, Camus se admiraba de la solidaridad humana, desasida de deidades, sola y numerosa frente a la plaga. En nuestro caso, muertos célebres opulentos (el marqués de Griñón) e infectados celebrities (Tom Hanks, el príncipe Alberto, ministros y políticos) liberan un aroma equiparador: nadie está libre del azote de la bestia. Y la sociedad se ha desconcertado, acostumbrada a envidiar a ricos longevos y a asociar la miseria a la enfermedad y la muerte. Todo el dramatismo de este momento funesto excede la capacidad digestiva ante los peores desastres soportados hasta este momento: la economía, el clima e, incluso, la salud, pero nunca tan apocalípticos, no más allá de lo imaginable como ahora. Solo basta asistir ayer a la apelación de Sánchez a la noción del coraje.

La Unión Europea comete un histórico anatema para salvar a su hijos, los estados miembros, encerrados en casa tullidos de espanto: levanta el control del déficit y la deuda. La valerosa Ursula von der Leyen, que preside desde hace pocos meses la Comisión Europea, hizo público el perjurio este viernes: la suspensión del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, para que los países puedan disparar el gasto público contra la diana de la pandemia. La herejía de Bruselas ha exigido activar por primera vez la cláusula de escape general, prevista para casos de extrema gravedad. ¿Cómo pretender que ante las medidas y el verbo de esta guerra -estado de alarma, cuarentena, patrullas militares, cómputo de contagiados y muertos, y estas señales de naufragio de Europa-, nosotros, simples conejillos de Indias, no entremos en estado de pánico? Si esto fuera una prueba de fuerza, un simulacro, un ensayo urbi et orbi para medir la capacidad mundial de respuesta humana ante una calamidad gigantesca, se necesitarían generaciones para borrar los efectos secundarios. Si alguien concibiera tal experimento, ya se sabe que la humanidad entera es una fiel cobaya. Pero se trata de una pandemia real que está fuera de control, y, sin embargo, todo lo antedicho se sostiene, saldremos de esta aturdidos como de un ictus global, sin memoria y sin hábitos sociales, torpes ciudadanos entumecidos, instruidos a presión en el distanciamiento social y las tres negaciones medulares: el beso, el abrazo y la mano, prohibidos.

Debemos asumir el sacrificio, respetar las instrucciones, renunciar a la restricción de las libertades, que serían las palabras de Camus. Esto se parece más a la ficción; soñemos, por tanto, con volver a la realidad. Aquí solo falta que descienda un marciano sobre nuestras cabezas y dé sentido a este despropósito.

¿Es la guerra? Pues sea. La tentación de pensar que esta pudiera ser la Tercera Guerra Mundial no deja de resultar esperpéntica. Estos días he recordado las escenas de la visita del presidente chino, Xi Jinping, a Tenerife, a fotografiarse a las faldas del Teide, cuando éramos cándidos y placenteros. Y esa imagen del poderoso mandarín obra como una premonición del confucionismo que íbamos a practicar en casa conversando, sin la felicidad constante, sino en frecuentes cambios. También Darwin soñaba con venir a ver el volcán y el drago y lo dejamos en el puerto de Santa Cruz, en el siglo XIX, en cuarentena por si el Beagle traía el mal del cólera inglés. Cuando el mundo era real y visible, nuestro código de conducta no contemplaba ni por asomo un fin de ciclo como este, donde las calles y las ciudades se vaciarían y la economía dejaría de funcionar. El crack absoluto. Esto que ahora pertenece a nuestro nuevo acervo y estilo de vida era impensable, y las grietas del sistema amenazan sucesivas crisis. Si ahora lo primero es salvar la salud, mañana nos espera la pandemia económica. Vivimos al día, partido a partido (Simeone, ese otro filósofo). En prisión consecutiva. En el mundo rehén de hoy caben múltiples mundos familiares. Los balcones erigidos en palcos para las salvas de aplausos vespertinas a los héroes de la Sanidad, que pelean sin fusiles, sin casi equipos de protección. Los pequeños dibujando y comunicándose online con los amigos de la escuela. Padres e hijos jugando a la jenga y al parchís. Las estancias de la casa disfrazadas de parques, cafeterías y terrazas de lectura hacia el exterior como en la Rue del Percebe de Ibáñez. Es compatible esta armonía de hogares redescubiertos con las primeras fricciones en la calle de quienes se saltan la orden de aislamiento o increpan a la policía, y acaban detenidos y condenados. Puestos a remar, rememos. No nos queda otra. Todas las buenas noticias se agradecen y nos invitan a albergar esperanzas de un final del cautiverio más temprano que tarde. Nos aferramos a la cloroquina de la Segunda Guerra Mundial, ojalá la dispensen y salve vidas como en Indochina frente a la malaria. Estimula creer a Von der Leyen prometiendo una vacuna para otoño. Toda ansiedad por acabar de cerrar rápido este paréntesis agrava los signos depresivos que acompañan las esperas prolongadas. Vendrá el día en que volvamos a salir a la calle, como de un campo de concentración, y nos abracemos, y será la señal de que hayamos vencido al miedo, que estaba detrás de todo, acorralándonos.

P.D. ¿Por qué este periódico sale a la calle en medio de la cuarentena y cuenta la vida diaria en la web y el papel? En La peste, que he traído a colación, el médico Rieux, un ateo que cura a enfermos, lo explica, en diálogo con el periodista Rambert:

-”…Es preciso que le haga comprender que aquí no se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad.

-¿Qué es la honestidad?-dijo Rambert, poniéndose serio de pronto.

-No sé qué es, en general. Pero, en mi caso, sé que no es más que hacer mi oficio.”

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

La medicación

La pandemia del miedo nos puede paralizar. La del coronavirus, en cambio, nos moviliza hacia dentro. Simbólicamente, le cerramos la puerta al virus y nos acuartelamos en casa. No es baladí la terminología, puesto esto, desde el primer día, quedó claro que era una guerra. Las imágenes de Nueva York en estado de conmoción al verle las orejas al lobo explicitan el alcance de este duelo entre el hombre y el virus, una lucha que dista de la de David y Goliat, pues nada parecido se le asemeja en la historia de las confrontaciones humanas. Con tal de vencer somos capaces de dar la vida. De ahí que un deportista como el italiano Fausto Russo no dudó en prestarse, bajo los efectos de las fiebres altas de esta enfermedad, a un ensayo clínico para comprobar las bondades de un fármaco que ya está en el mercado y se había indicado hasta ahora contra la artritis: el tocilizumab. Se recuperó en horas.

Cuando telefoneé al doctor Sierra, que se formó de becario en la OMS en sus inicios en la materia, me dio la disertación de los medicamentos llamados a salvar las vidas de esta plaga. Antonio Sierra es instructivo sobre los confinamientos, asume que a estas alturas de un coronovirus altamente contagioso como este SARS-CoV-2 la medida coadyuva a frenar el avance del ejército enemigo. Y está surtiendo un efecto vertiginoso. En las horas casi de cierre del pasado domingo indagamos en los comentarios entre líneas de Fernando Simón, el director del Centro de Alertas, que deslizaban los primeros síntomas positivos de control de la enfermedad: el número de pacientes en las UCI se reduce progresivamente frente al total de hospitalizados (ayer lo ratificó). Paralelamente, el médico Ricardo Cubero, del Hospital Puerta de Hierro, anunciaba con satisfacción la “reducción de la velocidad del ritmo de contagio”. La primera buena noticia de la tragedia la llevamos a la página 8 (levantamos su anterior contenido casi con entusiasmo), que desde entonces será para nosotros un numeral feliz en la crónica cronológica de este infierno que vivimos como si estuviéramos en la Tercera Guerra Mundial.

Un país aterrorizado por el hambre y la histeria de este virus, como Venezuela, no ha dudado en tirar de la cloroquina, un antipalúdico prácticamente en desuso. El ministro de Comunicación, Jorge Rodríguez, puso nombre al tratamiento que dispensarán a infectados y personal sanitario, con tal de reducir al mínimo la onda expansiva de un agente corrosivo que constituye una amenaza para todo el planeta.

Me aseguró el doctor Sierra, desde ayer miembro del comité de sabios de emergencias de Canarias, que hay dos carreras en cuadrigas en paralelo: una para la vacuna y otra para el tratamiento. La primera protegerá preventivamente dentro de unos meses (pues, a su juicio, hay que rearmarse para la segunda ola del virus en diciembre) y el fármaco salvará vidas desde mañana mismo. Los medicamentos que se aplican en los ensayos clínicos, puestos en marcha contra reloj, permitirán elegir el más eficaz en breve y asestar, de ese modo, un golpe definitivo al Covid-19. De manera que las buenas noticias han empezado a llegar por fin. Seguiremos en cuarentena. Mantendremos la guardia en alto. De acuerdo, aplicaremos medidas de distanciamiento social con estricta obediencia. No saldremos a la calle sin mascarilla, nuestro casco de combate. Seremos buenos y disciplinados soldados de este batallón mundial. Y que el Gobierno anuncie pronto la medicación.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

La parábola de la pandemia

Nos hemos habituado a vivir pendientes de una curva. Todas las noticias bajaron la guardia, se evaporaron y afloró como única actualidad hegemónica la pandemia. En la contraportada de ayer, la autopista lucía un páramo, y en el desierto de los coches nos acordamos de los atascos que Cortázar parodió como si profetizara la pesadilla de los tinerfeños durante los años anteriores al coronavirus. El mal de China ha traído, con sus demonios, la taumaturgia de acabar con las colas de Tenerife y, lo que es sin duda más importante, con la contaminación de buena parte del mundo. Mano de virus. Se salva el envoltorio, el planeta y la maldición ha caído sobre los dinosaurios del siglo XXI, nosotros, los habitantes feroces de la Tierra. Así que la pandemia, desde este punto de vista, ha sido un ajuste de cuentas de la naturaleza con la población. Y esta parábola ya se extiende entre exégetas y gurús de esta plaga que se suplanta a sí misma. Vendrá tras el virus, la pandemia económica, y acaso irrumpa la tecnológica y, después y siempre, la psicológica, la mental.

Con tanto poco tiempo para recuperarnos de un estado de alarma a otro (van de momento dos encadenados y viene caminando el tercero), no tenemos la perspectiva para prever los efectos de este pandemónium en nuestras vidas. Es posible que nos adaptemos a hacer de la casa todo un ámbito común de vida y trabajo. Habida cuenta de que se puede establecer un nuevo modelo de teletrabajo, muchas empresas tomarán nota. El Gobierno, que en estas circunstancias se erige en el Gran Hermano de George Orwell, dicta consignas y ordena restricciones al amparo de cada nuevo discurso presidencial. Nos convoca Sánchez a una de sus comparecencias y asumimos de antemano que viene una prórroga caminando, otros quince días de encierro, o una vuelta de tuerca al confinamiento con el cierre de los llamados sectores no esenciales.

El vocabulario del coronavirus también se ha apoderado -como la enfermedad respecto a la actualidad- de nuestro lenguaje cotidiano. En cierta forma, se imponen voces y conductas que contradicen toda nuestra cultura anterior. Educados en la convivencia, se nos impone el distanciamiento social como un estilo de supervivencia. Habituados al viaje y el desplazamiento, se nos inculca el aislamiento, el quieto parado; está bien visto ejercer de antisocial. Esta es la edad de oro inaudita del misántropo, al que tantas veces reprochamos su apartamiento y soledad. Hoy vivir de puertas adentro, sin roce con el prójimo, dando la espalda al mundo y sus ruidos es estar en la onda, a la última, en la más imperante de las modas.
¿Han leído el artículo de Javier Solana en El País? El veterano político y hombre de Estado escribe desde el hospital donde se recupera del coronavirus, y avisa al Estado, a los gobiernos de Europa que imponen el nuevo código moral de vida. No tienen “carta blanca”, les advierte. Pide unidad para esta guerra de todos contra un fantasma. Es, contrariamente a los mecanismos depresivos de la enfermedad, optimista sobre el desenlace de este careo con el coronavirus. Léanlo. Cuando lo entrevistamos en el DIARIO, meses atrás, Solana carraspeaba porque esa fue siempre su voz antes de la tos del virus. Pero tenía las ideas tan claras como siempre y como ahora desde el hospital.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Fernando Menis: “Desde Corea del Sur, el confinamiento español parece exagerado, pero necesario”

CARMELO RIVERO

Uno de nuestros grandes arquitectos y de nuestras mentes más lúcidas, Fernando Martín Menis, recorre el mundo desde hace tiempo en busca de espacios para plantar su imaginación. Edificios que diseña y proyecta y dan vida y sentido a aquellas capitales donde este creador pone el ojo y el talento. Ahora le ha tocado vivir personalmente la crisis del coronavirus en uno de los países que más lecciones aporta al mundo: Corea del Sur. Desde allí atiende la llamada de DIARIO DE AVISOS.

-¿Cómo está viviendo Corea del Sur la crisis del coronavirus?

“Se vive con preocupación pero con mucha más normalidad que en Europa. Aquí ya han pasado por virus similares como el SARS en el 2003, que sacudió la economía coreana, pero que hizo al país no olvidar y estar preparado. Aquí se puede salir, ir a restaurantes, a centros comerciales, a pasear”.

-¿Por qué cree que ahí ha funcionado el protocolo?

“Porque aquí se empezó por hacer test muy efectivos que tienen los resultados a las pocas horas y a aislar a los contagiados, no a toda la población, además porque aquí se tomaron medidas enseguida: desde que vieron lo que estaba pasando en China ellos ya sabían que les iba a afectar. Daegu fue la única ciudad que aislaron, pero tampoco tan brutalmente como se hizo en Wuhan en China, y consiguieron que, por ejemplo en Seoul, que es donde yo estoy ahora, el número de casos sea muy pequeño. De Corea del sur en España no sabemos casi nada, es una gran democracia muy bien organizada”.

-¿Cómo contempla el confinamiento de España y otros países?

“Exagerado, pero al no estar preparados, necesario. Si no hay tests se aísla a toda la población en lugar de aislar solo a los que den positivo. Por otro lado, se tardó en reaccionar, y además da la sensación de que se dan órdenes contradictorias, y eso hará que se alargue más el proceso en detrimento de la libertad de los ciudadanos y de la economía. Supongo que los asiáticos son más ordenados y obedientes que los europeos, no lo sé”.

-¿Qué se comenta en Corea del Sur de la forma en la que está afrontando España la crisis?

“Es curioso que en España se diga que no hace falta llevar mascarillas, aquí nadie sale sin ellas, no solo proteges a los demás, sino a ti mismo, la mascarilla hace que te toques mucho menos la boca y la cara. Los guantes no se llevan por la calle, casi, pero son indispensables para trabajar. No hay nadie que vaya por la calle sin mascarilla, que solo se quitan para comer en los restaurantes, que ya han vuelto a abrir. Como curiosidad: vas caminando por la calle, ves a alguien que se acerca y si no tiene la mascarilla se la pone al pasar junto a ti. Igual en la universidad o en una reunión. Las reuniones se siguen manteniendo. En cuanto a qué se opina de España, aquí en Corea se le tiene mucho cariño a España en general y a Tenerife, en particular a Garachico, porque ahí se rodó un reality show coreano llamado Youn´s Kitchen, de la cadena TVN que tuvo muchísimo éxito en toda Corea del sur, y por eso ahora muchos coreanos visitan Canarias (o visitaban, pero sé que quieren volver).

-¿Cómo analiza el cierre de hoteles y de vuelos para el futuro de Canarias?

“Me parece una medida demasiado radical. Me pregunto casi todos los días: ¿por qué han cerrado también los hoteles de ciudad en España? Aquí no han cerrado, en ningún momento, tampoco los vuelos, no solo eso, sino que se han hecho verdaderos esfuerzos diplomáticos para que no se rompieran los lazos aéreos y marítimos de Japón o Singapur u otros vecinos con Corea, y lo han conseguido; de hecho, yo logré llegar sin ningún problema y entrar desde Qatar, eso sí, te obligan a salir de España ya con una app instalada en la que tienes que incluir diariamente tu temperatura y otras variables de salud y que te sigue a donde vas”.

<
En todos sitios, ascensores, lugares de paso, en restaurantes en la entrada, en plantas de hotel, hay siempre gel de alcohol para limpiarse las manos y siempre, están llenos

-¿Qué anécdotas nos puede contar de la vida diaria en Corea del Sur?

“En los hoteles de ciudad se ha tomado una medida curiosa, que supongo, pero no lo sé, que de alguna manera estará siendo paliada por el gobierno, solo se ocupa una cuarta parte de cada planta del hotel, o sea hay muy pocos clientes, pero no se cierran porque son fundamentales para los negocios y para que la economía no se pare. El respeto entre unos y otros es brutal para no pasarse la enfermedad. En todos sitios, ascensores, lugares de paso, en restaurantes en la entrada, en plantas de hotel, hay siempre gel de alcohol para limpiarse las manos y siempre, están llenos. Y nadie se los lleva. Han aparecido mascarillas de todo tipo, como una moda, unas con dibujos, otras negras. La costumbre española de tapas sería totalmente inviable porque se contaminarían unos a otros, ahora comen con plato individual, a pesar de que su costumbre era otra. Y si ponen algo para compartir te ponen unos palillos, te lo pasas a tu plato y nunca se repite palillo”.

-¿La gente tiene miedo o trata de llevar una vida social?

“Claro que socializa, la vida sigue, y, como comentaba, la gente se relaciona, se reúne, aunque casi siempre con mascarilla. Tampoco Corea es un país como España, donde siempre estamos dándonos abrazos y la mano y besos cada dos por tres. Ellos mantienen un poco más las distancias, pero son muy amables”.

-¿Cómo reaccionaron ahí a las medidas de reacción ante la propagación del coronavirus? ¿Aplican algún fármaco a la espera de la vacuna?

“En una palabra: las medidas fueron rápidas. En seguida cerraron las universidades y colegios y comenzaron las clases online. Tengo un amigo profesor que de la noche a la mañana tuvo que adaptar su temario a un sistema online. Eso también es de destacar, tanto aquí en Corea, como en Singapur o Hong Kong o Taiwan (donde asimismo lo llevan muy bien) o China se han desarrollado en estos apenas dos meses, numerosas app de aprendizaje online y de teletrabajo. No sabría decirte nada sobre lo que están investigando, solo sé que ese no es el mundo en que me muevo, que es la arquitectura, pero sí que sé que ahora mismo Corea del Sur está exportando material médico, que no da abasto”.

-¿Qué dicen los científicos sobre la enfermedad y su cura?

“Lo que he podido leer en prensa es que opinan que es un virus más, uno nuevo, como tantos que han venido y vendrán, y que la humanidad lo superará, pero que hay que estar tan preparados para este tipo de acontecimientos como para los tsunamis, porque nunca se sabe cuándo llegará la próxima oleada pero sí que se sabe qué es lo que hay que tener previsto, planificado y almacenado. Y que ya el mundo es un solo mundo, y que basta que algo pase en Chile para que Corea se preocupe, o viceversa. Las cosas cambiarán ligeramente, cada vez serán más las acciones cotidianas que realicemos por reconocimiento facial u ocular, más que táctil, y las casas y los hospitales tendrán que ser mejor diseñados para este tipo de acontecimientos. Y estar mejor dotados.”

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El evento 201 de Bill Gates en Nueva York

Cuando en enero de 2018 Theresa May creó el Ministerio de la Soledad hubo risitas y cierto cachondeo despectivo. Ahora, saldremos de esta con la soledad en llaga viva y con nuevos ministerios para curar los traumas de la pandemia. Vendrán más días, decía Sánchez ayer, y dibujó un pasillo por el que detraer recursos a las generaciones futuras para endeudarnos y reconstruirles el país tras la guerra como Dios nos dé a entender. Cousteau se remueve en la tumba con su carta a la ONU de los derechos de los ciudadanos de mañana que trajo bajo el brazo a La laguna. Sánchez parafraseó a Kennedy (“No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país”) cuando dijo: “Tenemos que pasar del qué pueden hacer los demás por mí a qué puedo hacer yo por los demás”. Hay en toda esta retórica un lamento y una gran soledad. Se dicen muchas cosas en tono solemne y algunas solemnes tonterías: Abascal se desconfina para pedir la dimisión del presidente, con el virus en el cuerpo: no se lo tengamos en cuenta.

Algunos remordimientos torturarán durante años a mucha gente sobre el trato a los mayores en las UCI, por suerte no en Canarias. Con esa mala conciencia cabría recordar nuestro espanto por aquel ministro de Finanzas japonés que, urgido por la recesión del tsunami de 2011, dijo a los más viejos: “Dense prisa en morir”.

La mayoría de los demás ministerios pasarán a un segundo plano, exceptuados Hacienda y Economía, que heredan el rango de Fuentes Quintana cuarenta años después de los Pactos de la Moncloa, y el de Sanidad, que será un asunto de Estado de alarma posbélica. Y si Bruselas no espabila, nacerá otra UE del coronavirus ante el riesgo de que se repitan ataques por el estilo, tras esta III Guerra Mundial, como en seguida les prevengo.

Ya no nos perdonaremos carecer más de mascarillas y guantes de nitrilo ante otra emergencia como esta. Jamás olvidaremos que se nos morían por centenares ante la falta de respiradores, y que no podíamos conocer la magnitud de la pandemia por no contar con test para el diagnóstico. De un mes para otro pasamos de creernos con la mejor Sanidad de Occidente a identificar Madrid con el corazón del Tercer Mundo.

Ahora que salen los primeros brotes verdes entre las cenizas, y los expertos anuncian que entramos en la fase mesetaria de la curva del infierno, he hecho un ejercicio de imaginación. He buscado indicios premonitorios de que esto iba a suceder, algún cónclave de sabios convocados filantrópicamente para evaluar una hipótesis tan malvada como esta. Alguien que en un foro secreto mostrara la valija de terciopelo con la cuestión en un papel: la pandemia del coronavirus. Y el precedente existía. Hubo semejante reunión. Calcularon que morirían, al cabo de 18 meses, unos 65 millones de personas, antes de dar con una vacuna eficaz, y fueron más optimistas en lo económico: habría pérdidas anuales del 0,7% del PIB mundial, unos 570.000 millones de euros. Adivinaron que sería paralizada la maquinaria productiva por primera vez en la historia. La simulación definió siete recomendaciones para ese (este) pandemónium: 1) Una alianza pública-privada para salvar las vidas y la economía. 2) Distribución conjunta (Estado y empresarios) de la ayuda necesaria. 3) El Turismo y las aerolíneas serían los sectores más vulnerables. No cerrar los vuelos ni el comercio, ni ceder a medidas fronterizas por tentador que resultara, pues los viajes y las rutas comerciales son imprescindibles durante una pandemia. 4) Fabricar también conjuntamente vacunas y terapias, y disponer de medios rápidos de transporte y dispensación de grandes cantidades de material sanitario frente al brote global. 5) Los líderes empresariales deberán invertir en fortalecer y proteger sus industrias. 6) Las organizaciones internacionales (FMI, Banco Mundial, Gobiernos, entidades financieras y fundaciones) deberán destinar grandes presupuestos para prevenir nuevas pandemias y evitar los impactos económicos. Y 7) Los gobiernos y el sector privado deben combatir con energía la desinformación amparándose en los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales. Esto dejaron dicho.

El 18 de octubre de 2019, poco antes de que el 31 de diciembre estallara en Wuhan la bomba sanitaria del Covid-19, se reunieron en Nueva York 15 expertos mundiales en los ámbitos de los negocios, los gobiernos y la salud, ante 130 atónitos espectadores. La cumbre fue organizada por Bill y Melinda Gates a través de su fundación, junto con el Centro para la Seguridad de la Salud, de la Universidad Johns Hopkins, y el Foro Económico Mundial. Gates, obsesionado con los terrores de infancia que llevaron a su familia a tener un barril en el sótano con latas de comida y agua ante una eventual guerra nuclear, venía anunciando en conferencias su miedo ante otro riesgo mayor: una pandemia vírica: “El mayor peligro para la humanidad no son los misiles, sino los microbios. Invertimos mucho dinero en evitar guerras nucleares y muy poco en detener epidemias”, previno en 2015.

Un nuevo coronavirus zoonótico transmitido de murciélagos a cerdos que se expandirá profusamente entre la población humana. Ese fue el tema a tratar. Gates y sus amigos lo llamaron Evento 201, cuando en La Gomera nadie sospechaba que poco después acogería el primer caso en España ni en Adeje que un hotel ensayaría la cuarentena que estaba reservada para todo el país. En aquel simulacro el virus se desataba en una granja porcina de Brasil. La granja de la aldea global. Cuando cuatro meses después, Bill Gates jugó un partido benéfico de dobles con Rafa Nadal en Ciudad del Cabo, le hizo una confesión que ahora nos explicamos: el virus de China iba a acarrear graves consecuencias en todo el mundo. Habló de una crisis de “dimensiones desconocidas”. Bill Gates no duerme tranquilo con el temor de futuros ataques terroristas de esta índole. Y alienta a los gobiernos a invertir masivamente en antivirales y terapias de anticuerpos, que puedan almacenarse o fabricarse con rapidez.

Ahora que nos hemos instalado en la distopía, en el mito de desenterrar la Atlántida, no nos queda otra que empezar de cero a construir nuevos pilares económicos, como torpes artesanos de oficios caducados saliendo de un estado de coma inducido. Llamemos por su nombre al periodo que sobreviene: año I d.C. Año I después del Coronavirus. Y amén.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El Día de la Guerra Mundial de la Salud

Con Boris Johnson en la UCI, el coronavirus amedrenta alcanzando de lleno a una pieza mayor de esta cacería. Y la reina centenaria, evacuada de Buckingham para cumplir aislamiento lejos del virus, le ve las orejas al lobo. Hoy no es un Día Mundial de la Salud cualquiera. Como esta no es una Semana Santa al uso. Todos los días son lunes, decía Ábalos, celebrando los falsos fines de semana de menor movilidad con el decreto de la famosa hibernación económica. Son días de test a las cinco en un mundo tan escéptico como el inglés, que no acaba de guardar cuarentena como el europeo común, y ha dado lugar a ver las barbas del primer ministro arder para poner las propias a remojar.

Se nos había dicho que venían curvas, pero no estas. La entrevista de ayer con José Carlos Francisco (al que Sánchez parafraseó con que “esta es la crisis de nuestras vidas”, pues el empresario ensayista ya usó el latiguillo en su última entrega) habla de aquellas curvas a las que aludían los gurús menos optimistas en el mundo convencional que expiró hace tan solo tres meses. Son las oscuras golondrinas de esta nueva recesión, porque aquellas, las de entonces, esas ya no volverán, curvas incluidas.

En el entretiempo de esta larga crisis del coronavirus nos recreamos en la otra curva de los contagios y las muertes, y por suerte hemos alcanzado el pico y comienza a descender. Pero Nueva York, la ciudad de los rascacielos, vuelve a las horas más tristes del subconsciente del 11-S, cuando las Torres Gemelas dejaron entre los escombros casi 3.000 muertos. Hoy rememora los versos de Whitman de su gran guerra, y la capital que deslumbró al mundo, la meca de la fama y el glamour, se dispone a abrir zanjas en los parques para sepultar a sus víctimas de la pandemia. Ataúdes en Central Park. Vienen curvas para el mundo entero, como nunca antes las hubo en las autopistas del siglo XXI. La III Guerra Mundial. De China a Estados Unidos, de Wuhan a Nueva York.

Los húsares del virus se desplazan a gran velocidad, pero, como los husos horarios, cuando amanece en una zona del planeta, en otra anochece. Por aquí comenzamos a barajar los modos de proceder al desescalado, que es el término al uso del desconfinamiento, según el léxico del Gobierno, en tanto en América se hacen prospecciones de las semanas más duras que están por llegar. Esas fueron al principio las palabras de Sánchez. Cuando decretó el estado de alarma y tanto Trump como Johnson disentían de echar el cierre. Los propios epidemiólogos confiesan que esta vez el coronavirus los cogió en un renuncio. Presumieron que sería más inofensivo, incluso desconfiaron de las bondades de la cuarentena. Pero el bicho se extendió como un reguero de pólvora y ha hecho los estragos que conocemos.

No celebraremos este Día Mundial de la Salud, que conmemora la fundación de la OMS, como una fecha ocasional. No, esta vez no. Estamos en mitad del mayor desafío conocido para la salud humana. Rindamos homenaje a los héroes sanitarios (la presente edición previó reivindicar al personal de enfermería y de partería, antes de la pandemia) y, de un modo particular, a nuestros mayores, amenazados doblemente: porque el flagelo del virus ya se ceba con ellos de antemano y porque la carencia de medios asistenciales provoca una dramática e inadmisible selección de la vida según los pronósticos de la edad.

Acabamos de dejar atrás seguramente el peor trimestre de los últimos cien años. Y emprendemos un abril con las mejores expectativas. Los científicos de casa nos informan del avance de la medicina con el arsenal terapéutico disponible y todo apunta a que hay cargamento de sobra para doblegar al enemigo en tanto llega (confían en que más temprano que tarde) la vacuna que dé la puntilla definitiva al asesino que llegó por el aire.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?