Opinión

La noche de las grandes verdades

Cada edición de los premios Taburiente de DIARIO DE AVISOS nos regala momentos imborrables. En tan solo cinco años ya se ha mitificado ese factor sobrecogedor que después recordaremos siempre. Esta vez, una de esas reliquias la urdió sobre el escenario el pintor Cristino de Vera, que, en un estado de fragilidad extrema, caminó con dificultad hasta el estrado, tras recibir el premio, y pronunció un discurso testamentario: “Me da mucha pena despedirme de ustedes, mi tierra, del mundo visible”. Y contó con la voz grave de Leonard Cohen cómo está viviendo su desvivir, cómo “una luz rodeada de silencio” le conduce al último tramo de su existencia con una “alegría espiritual”. El pintor de 88 años que se hizo célebre retratando el esqueleto de la muerte y que se hizo místico viajando a la India en su juventud, desnudó su alma en los Premios Taburiente. El Guimerá enmudeció escuchando sus palabras monacales que, en el fondo, eran un salmo onírico, un canto monocorde del gran anacoreta irónico que fue siempre Cristino, al que sus amigos de toda la vida recuerdan estimulado por la idea de sentirse un hombre finito detrás de una luz inagotable. Esta vez, con evidente franqueza en su confesión pública, Cristino estaba agradecido a su manera de vivir el sueño de un acto en el que todo sucedía como en sus cavilaciones más íntimas a orillas de esa luz.
Veía que el escenario se dejaba envolver por hombres sabios como un botánico que describía el futuro como parte del arte de vivir y que parecía feliz transmitiéndonos su amor por ese mañana de un mundo que a todos nos inquieta tanto. Wolfredo Wildpret fue el primero en abrir en el acto el campo de visión de la isla al planeta como se debate estos días. Cristino (“un halo interior nos da una fortaleza extraordinaria”, dijo) recordó las noticias del incendio de Gran Canaria como una reverberación desde Madrid sobre los terrores isleños que agitan la conciencia, incluso, de vivir sobre volcanes, donde el Teide guarda secretos instintos bajo la tierra. Federico Grillo, el portavoz de los héroes del incendio de agosto, recordaba los vínculos humanos que se tejieron esos días al calor del fuego. “Sí, el incendio me alarmó”, contó el pintor con un hilo de voz. Cristino, lúcido como un niño, está cascado por fuera, dolorido de las piernas y débil de salud (como toda la vida estuvo), pero por dentro no hay nadie más vigoroso que él, capaz de mirar a los ojos al límite eterno y sentirse un hombre del cosmos que va en buena dirección. “La espina pincha fuerte y duele, es la tenencia de la vejez, de la larga y penosa enfermedad, pero vivimos en la niebla, en el desconocimiento de las cosas profundas y tenemos que aceptarlo”. Recogieron el premio los rescatadores del niño Julen. El ingeniero de caminos narró la improvisación genial del mecanismo para sacar al niño del pozo de Totalán, porque “en España no dejamos a un niño en el interior de una montaña”. “Entramos 140 hombres y salimos 140 padres que habíamos ido a buscar a un hijo, y al final se lo pudimos entregar, no como hubiéramos querido, a sus padres”, añadió emocionado el responsable de los bomberos.
En el almuerzo, Cristino me deslizó un papel con una reflexión sobre “la emoción más hermosa y profunda que podemos experimentar.: la sensación de que lo que es impenetrable para nosotros existe realmente, manifestándose como la sabiduría más alta y la belleza más radiante”. Un pensamiento de Einstein que lleva en el bolsillo para no perderse en el camino que transita. Los Gofiones habían cantado su brindis y recordado su medio siglo de travesía folklórica desde que Totoyo Millares los convocara en el Jardín Canario a una cita para salvar al timple y sus adláteres. Paco Montesdeoca desplegó por todo el teatro su sonrisa telegénica que no le abandona como un niño feliz. A Luis Gutiérrez, el congresista de los latinos en los Estados Unidos de América, se le aguaron los ojos recordando a sus padres puertorriqueños tratados en Nueva York como criminales, enfermos tropicales y otras infamias. “Mentian y mienten hoy sobre los inmigrantes”, gritó desde Tenerife para que lo oyera Trump, ante la atenta mirada en primera fila de un hombre enjuto asido a su bastón, sin barbas blancas, pero con aire de Whitman. “El odio no es bueno. El hombre tiene que volver a la bondad”, proclamó después Cristino sobre el escenario antes de recibir una ovación.
“A ver cómo sale este potaje”, bromeaba Carlos Gamonal con la vis cómica de Paco Montesdeoca y después de Aarón Gómez. Y le salió a pedir de boca, porque la noche era pródiga en personas sabias, geniales y humildes como él. Las palabras que brotaban entre música y humor tenían un mismo hilo conductor que nadie pergeñó y un halo sapiencial que Cristino define así: “Sin darnos cuenta hay en nosotros un soplo de divinidad”. Divina y apoteósica, Cristina Ramos cantó como una diosa y habló como una niña que se recordaba en el conservatorio con una trompeta hasta que cantar se convirtió en lo mismo que respirar e, ironías de la isla, para triunfar tuvo que ir al continente. Amid Achi Fadul interpretó su galardón como un contrato con la vida: “Si me porto mal lo tendré que devolver; siempre supe que para ser buen empresario hay que ser humilde y buena persona”.
Había muchas personas presentes que estaban ya ausentes desde mucho antes, desde el 20 de agosto de 2008. Pilar Vera, la conservadora de la memoria de las 154 víctimas del vuelo JK5022 de Spanair, las recordó alzando el Taburiente al cielo y fue portada al día siguiente de nuestro periódico. Cristino miraba también al cosmos en su alegorizacion como un masoreta recitándonos su último manuscrito. “El cosmos es infinito como nuestro yo; descendemos como los místicos antiguos al templo interior de nosotros, donde está la verdad”, dijo calmo y sencillo, y extenso como un verso de Whitman.
Quizá por eso, porque las galas de los Taburiente son otra cosa, una ceremonia de la vida donde se dicen verdades a veces tan profundas, Lucas Fernández recordó que la verdad hace libres a los hombres y a los periodistas. Y disipó todas las dudas. DIARIO DE AVISOS, desde el 26 de mayo, no está subido a ningún pedestal, sigue estando en la calle, entre la gente. Juan Luis Cebrián (toda una generación de periodistas se siente encarnada en él y en El País) resumió, como hiciera Pedro J. en la gala de 2018, los tres sentimientos que se habían dado la mano esa noche: “El esfuerzo, la solidaridad y el futuro, que son obra de todos juntos”. ¿Y todo esto pasó de verdad, incluido Cristino de Vera? De veras.

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Cuando se abre paso la Gran Coalición

A este periódico le caben unos cuantos honores que comparte con sus lectores más asiduos. Es una excelente atalaya donde otear el horizonte. Existe cierta inercia que opera como una aliada, la condición temporal, la antigüedad de un diario longevo que refresca constantemente su memoria. Pronto se cumplirán 130 años de la fundación de este rotativo que ha sido como un paraguas, ahora que nuestros lectores han merecido tan simbólico regalo. Una acogedora sombrilla de decenios y decenios, de generaciones y generaciones, a caballo de tres siglos. Debe de ser eso. Y, por tanto, lo celebramos. Con el paso del tiempo se gana en aptitudes, en reflejos para interpretar las cuestiones generales y unir cabos; solo así cabe estar ojo avizor y prevenido, que no es lo mismo que estar a verlas venir. Quizá esa facultad, que acredita la ciencia, explica que el Diario leyera sin equivocarse este partido que se acaba de jugar en la política canaria. Ahora asoman nuevas señales en el belvedere. Y de nuevo hay que estar atentos (los primeros movimientos de algunos actores resultan inquietantes, los estamos estudiando).

Este último trimestre de 2019 abona la tesis de que ha sido -y será- el año del acabose, una suerte de fin de fiesta de esta segunda década del siglo XXI, con su consiguiente pirotecnia de clausura. Se ha escrito y teorizado mucho sobre esta parafernalia de incidencias, desórdenes y crisis de un periodo que se cae y amenaza con romperse la crisma. Son nuestras cabezas; una insensata manera de hacer las cosas se abre camino y 2020 ya está a la vuelta de la esquina. O sea, el cambio de década es inminente. Y no será cualquier década.

Para esas fechas se pronostican cambios y mutaciones insospechadas hasta hace poco, que se convertirán en moneda de uso corriente. ¿Comenzarán en verdad a volar los coches sobre nosotros sin que corramos en busca de refugio? ¿Nos abrirá la puerta de casa un robot que nos superará en conocimiento y habilidades? ¿Será tan desconocido como dicen el nuevo mercado laboral, los oficios mejor remunerados serán otros y la mano de obra cualificada también será otra cosa distinta a la actual? Visto lo visto conviene preguntarnos si en estas modestas Islas seguiremos viviendo del turismo o nos están reservadas también algunas sorpresas al respecto. Dado que el jueves se darán premios Nobel a pares, acaso en el futuro se conserve la costumbre de premiar simultaneamente al mejor y la mejor de los autores de turno. Hemos cogido velocidad de crucero y creo que al menos en materia de igualdad 2020 será un año pródigo.

Tenemos en cuenta a los oráculos que avisan de esa crisis económica que se aproxima. Guardo esperanzas de que las Islas reviertan las estadísticas de la vergüenza. Hago votos por que los locos dejen de gobernar el mundo, dado que el virus se ha extendido y se impone dar con los antídotos, con una generación de mejores líderes y mejores personas que esta pléyade de hienas que deseo próxima a su final como la década que despedimos.

Vienen estos meses cargados de pruebas y desafíos. El 31 veremos si los amigos ingleses se quedan o se van o posponen el adiós. Estamos siguiendo el culebrón del impeachment y la distopía de la guerra civil de Trump. La guerra de aranceles. Los rusos, los chinos y Hong Kong. No nos vamos a aburrir. Pues nada nos deja indiferentes y hasta lo más remoto nos concierne. ¿Lo hemos visto todo? Evidentemente, no. Al día siguiente del 10-N se abrirá paso en España la Gran Coalición y una vez que gobiernen juntos PSOE y PP…, quién, cómo y cuándo reescribe toda la historia reciente de purgas y defenestraciones de quienes se desposaron con el PSOE para hacer posible el cambio. Cuando nadie daba un duro por las homilías de este periódico y preferían oír misa en otros conventos.

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La fábula

En los corrillos del nuevo Gobierno se preguntaban con sorna “¿y ahora qué nuevas desgracias nos aguardan?”, tras la mala racha de estos primeros cien días. El incendio del Ateneo de La Laguna tiene una impronta conexa con los otros incendios de agosto en Gran Canaria, que pusieron en guardia a la opinión pública ante la gran devastación. Aquella fue una alarma muy didáctica, que puso el listón alto, movilizó efectivos locales y nacionales y suscitó la sensación de que grandes peligros siempre se ciernen sobre las Islas y que conviene cubrirse las espaldas, poner las barbas de remojo al ver las del vecino arder.

La indefensión es uno de los síndromes inequívocamente insulares. Cuando se quema el monte pedimos una base de hidroaviones con la prioridad del necesitado; después, la ansiedad decae y nos concentramos en otro caldero al fuego. Venimos de una memoria lejana de miedos atávicos a los enemigos de dentro y de fuera. Cuando las langostas, las tormentas, cuando no los piratas… hemos contraído la costumbre de vivir con el miedo en el cuerpo. Cuando los volcanes, los incendios… asoma la introspección de esos miedos intrainsulares y consuetudinarios que forman parte de nuestra manera de ser asustadiza y osada, según la circunstancia y el momento. Ahora mismo estamos acobardados por cierta confluencia de fatalidades. El fuego impresiona en toda su expresión, pero, al cabo, limpia y rasura las brozas existentes.

De un modo u otro, determinados contratiempos como los sufridos estos primeros meses no son completamente ajenos al cambio político y social que experimentamos al mismo tiempo. La llamada herencia, que hemos visto citada con motivo de cuestiones muy diversas (desde la fiscalidad hasta la crisis turística) no es baladí, pues la política rige nuestras vidas en todas sus facetas y cada vez que dejamos de prevenir los peligros con los debidos planes de contingencia allanamos el camino a las adversidades. Digamos que las catástrofes locales que estamos presenciando participan del ocaso de un tiempo y ponen al descubierto las llagas de viejas heridas.

El Ateneo es un buen prototipo de un estado de dejadez acumulado durante décadas, respecto a la preservación de uno de los mayores patrimonios culturales e históricos de esta tierra. Algunas voces se han alzado con rotundidad. En su cuenta de Twitter, el historiador Álvaro Santana, al que en este periódico hemos escuchado lanzar advertencias descarnadas bajo un escepticismo institucional que era marca de la casa, anotó esta vez a raíz del nuevo incendio: “Arde el Ateneo de La Laguna. Esto lo escribí hace más de diez años: Más del 80% de las casas del casco histórico carecen de las más elementales medidas anti-incendios. Sigue sin hacerse nada.”

En el Parlamento, el mismo viernes que se derrumbó parte de la techumbre de tea del Ateneo, al parecer por un soplete al colocar tela asfáltica, la consejera de Turismo Yaiza Castilla empleaba el mismo tono dirigiéndose a la oposición, esta vez capitaneada por los mismos que gobernaban hasta el otro día en La Laguna y en Canarias. “Pregunté por el plan de contingencia ante la crisis de Thomas Cook. ¿Y sabe lo que me encontré? Nada”.

En la hemeroteca era indiscutible la reincidencia de apagones en las últimas décadas cuando Tenerife el pasado domingo sufrió un cero energético que nos transportó de golpe a la prehistoria de los tiempos analógicos y rudimentales. Topamos con la bestia un vez más. Tenemos mala memoria y a cada sobresalto parece que nunca sufrimos semejante percance. Pero, de inmediato, recordamos los mismos síntomas, idénticas escenas de pasadas ediciones de sucesos similares que nos habían ocurrido antes. En La Laguna se quemaron la iglesia de San Agustin en el 64 y la sede del Obispado en 2006. El casco histórico de la ciudad -decía el citado investigador Álvaro Santana de una manera muy gráfica y restallante- es una caja de fósforos resecos de más de 500 años de antigüedad. Lo prodigioso es que, ante la gran negligencia de las autoridades durante décadas de omisión no hubieran ardido más casas. El profesor Santana-Acuña, historiador por la ULL y doctor en Sociología por la Universidad de Harvard , nos declaró en agosto de 2017 que el patrimonio lagunero estaba mal gestionado: “A la alcaldía le preocupa sobre todo que las fachadas de las casas del centro estén bonitas y pintadas para los turistas. Mientras los grandes monumentos, los palacios e iglesias reciben la mayor protección, las casas terreras y el pequeño patrimonio están desprotegidos completamente.” En Marrakech, en diciembre de 1999, el Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO, concedió a La Laguna el título de Patrimonio de la Humanidad, como tribuo al valor de sus 600 edificios de arquitectura mudéjar y la trascendencia, incluso filosófica, de su trazado original de 1500 que permite hacer de ella una lectura a la luz de las artes de navegación como en una carta marina, un mapa de constelaciones. Todo ese embrujo pende de un hilo 20 años después. Constantemente nos asombra el poder benefactor del azar, que preserva sin apenas nuestro concurso los mayores bienes naturales y patrimoniales que poseemos y nos resguarda de mayores desastres a los que estamos expuestos por nuestra propia desidia.

Es una suerte de pacto con las leyes de la buena suerte, que inspiraran a Álex Rovira y Fernando Trías. El trébol de cuatro hojas. Pero en aquella fábula se nos instruía sobre el factor determinante de nuestras aportaciones y actitudes para favorecer de manera proactiva, es decir creando las condiciones y poniendo empeño de nuestra parte, al objeto de que las buenas cosas sucedan y nos sonría la fortuna. Lo sorprendente es que no hayamos sufrido mayores desdichas en lo económico y patrimonial y en nuestras precarias infraestructuras durante largos periodos en que no hicimos nada (como decían estos días el historiador Álvaro Santana y la consejera de Turismo, Yaiza Castilla).

La pasividad del canario confiado es proverbial. Pero estos incendios, apagones y thomas cooks, estos avisos a navegante nos vienen a alertar de que salimos de Guatemala y podemos caer en Guatepeor si no hacemos justo lo contrario de lo que hemos venido haciendo: en lugar de tantas veces nada, todo cuanto sea necesario y antes de que sea tarde.

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Draghi, que Dios te lo pague

A mediados de 2012 España era un país al borde de un ataque de nervios. En la Moncloa, Rajoy se encastillaba contra quienes le pedían que accediera al rescate europeo de la economía nacional. Un pétreo Rajoy, al que Merkel piropearía después por su piel de cocodrilo, comparecía ante los medios de comunicación, sin derecho a preguntas, para reiterar el primer no es no de la reciente historia política española. Y parecía fiar toda su suerte a un acto de obstinación que le había dado buenos resultados en otras encrucijadas de su laberinto en el poder. Fue Draghi quien acudió en su rescate.

El 26 de julio, en Londres, hizo la declaración que marcaría su presidencia en el Banco Central Europeo: “El BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente.” Palabra de Dios. La prima de riesgo, que había superado la temeraria barrera psicológica de los 500 y después los 600 puntos básicos, perdió de inmediato más de 50 y se situó, como primera estación, en los 560. La reaccion fue en cadena, el bono a 10 años también remitió, y una brisa agradable recorrió España de extremo a extremo y saltó a estas islas, que soportaban una crisis enrabietada, con niveles de paro y exclusión social verdaderamente alarmantes. (Italia, también asfixiada por la prima de riesgo, mejoró de aspecto ipso facto, gracias a la misma ventilación asistida del banco emisor.) Draghi los tenía bien puestos. Y le cogimos simpatía, como a una suerte de Papa de los mercados, con sentencias casi bíblicas de efectos balsámicos y milagrosos. Era el único líder ecuménico en medio de un patriotismo político excitado que reducía Europa a una ciudadela malavenida.

No era cómodo ni fácil su papel de gladiador solitario en medio de la mayor crisis colectiva que conocía nuestra generación desde la Gran Depresión del 29. (Recibimos la mala noticia del Sida en el 81 y la crisis 30 años después.) Draghi tenía fieras resistencias a bordo. Recuerdo hacer el seguimiento del pulso (no eran Messi y Ronaldo, pero sí adversarios titánicos) entre Draghi y el alemán Jens Weidmann, el terco presidente del poderoso Bundesbank, que a los pocos días de aquella declaración providencial del italiano en defensa del euro amenazó con dimitir si Merkel apoyaba que el BCE comprara bonos de la deuda de los países periféricos, como España e Italia. Weidmann, que sigue en su línea inmisericorde, decía que la compra de deuda crearía “adiccion”. Merkel, sostén de Draghi, sufría presiones muy fuertes que hoy explican los temblores que padece en público.

En los pasillos del Hotel Mencey, hace unas pocas semanas, camino de la entrevista con este periódico tras intervenir en el Foro Premium del Atlantico tras un año de su retirada de la política, Rajoy, preocupado entonces por el futuro laboral de sus hijos, se sentía orgulloso de aquella temeridad contra el coro de voces que le empujaban a aceptar la intervención de los hombres de negro. Aquel día que Mario Draghi dejó claro que iba a salvar el euro -y por ende a España – a toda costa, Mariano Rajoy, casi tocayo del italiano, respiró aliviado como un padre de familia. Nos dijo que estaba orgulloso de lo que hizo. Ahora que Draghi se retira el 31 de octubre, ambos tienen una cita pendiente para celebrarlo. El exministro Luis de Guindos, que permanece de vicepresidente del BCE, junto a la sucesora, Christine Lagarde, nos confesaba en el Foro del DIARIO, en 2015, que impedir el rescate era una cuestión de honor, y se extendió en revelaciones sobre aquel episodio trascendental.

Draghi, que nada más llegar al cargo en 2011 enmendó la plana a su predecesor, Trichet, y bajó los tipos de interés, ha vuelto por suerte a las andadas, fiel a su guion. Siete años después de lanzar aquel salvavidas, acaba de anunciar, para alegría de su némesis Weidmann, una traca de medidas de estímulo monetario para reanimar la economía de la eurozona, que no crecerá este año más del 1,1% -una décima menos de lo previsto-,mediante los mecanismos que están en su mano (la famosa manguera): bajará los tipos de interés nuevemante a la banca que deposita sus fondos en Fráncfort, con lo que tendrán que pagar aún más de lo que hacían por tener a buen recaudo su exceso de liquidez. Como hizo hace siete años, Draghi volverá a la senda de su programa de compra de deuda pública, que había suspendido en diciembre, con lo que se espera que el BCE adquiera 20.000 millones de euros a partir de noviembre, ya sin él al frente, sino en plena era de la elegante Lagarde, la mujer del fular de seda.

Que Europa vaya a crecer el 1,1 por ciento dice a las claras que la desaceleración ya está aquí, y con ella se resucitan los miedos a una recesión, que no será Gran como en 2008, pero sí tendrá consecuencias domésticas, ya no solo macroeconómicas. Este trimestre todo apunta a que Alemania confirmará la mala noticia que la eurozona teme tanto: salvo sorpresa, entrará en recesión.

El recuerdo de las palabras bíblicas de Draghi, al que tanto tiene que agradecer Europa, lo sitúa en la galería de unos escasos líderes que contribuyeron a salvar nuestro mundo en el desorden de las grandes potencias. Durante la Gran Recesión, el ministro de Finanzas aleman Wolfgang Schäuble mantenía la línea intransigente de la Alemania austeritaria. Alentó la expulsión de Atenas, contra la ira de su compatriota Günter Grass, que escribió aquel poema, La vergüenza de Europa, en contra de semejante herejía contra la madre de la democracia: “Sin ese país te marchitarás, Europa, privada del espíritu que un día te concibió”. Ahora que son los alemanes los que le ven las orejas al lobo, ahora que la ultraderecha amenaza la alternancia entre socialdemócratas y democristianos. Ahora que Merkel se va. Ahora que se van los ingleses. Ahora que solo viene la crisis…..decimos adiós a Draghi, que un día nos salvó. Le debemos una. Adiós, amigo.

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Por qué hablamos de los guanches

En medio de aquella plenitud fastuosa de 1992, cuando todo se volvía célebre y conmemorativo, pues era el año del 500 aniversario de la audacia de Colón y el año olímpico, o sea, entre tanto acontecimiento… saltó la liebre y se armó la rebambaramba entre historiadores, arqueólogos, antropólogos, filólogos, intelectuales y políticos, entre la ciencia y la falta de ignorancia de la tranquila pero antropófaga sociedad tinerfeña. La piedra Zanata fue un hallazgo que traía consigo un misil. La noticia de un vestigio con forma de pez, que contenía inscripciones al modo de los mensajes secretos, en escritura tifinag, conmocionó el mundo erudito sobre los arcanos del aborigen y provocó un terremoto político, acaso porque el nacionalismo buscaba credenciales para ganar posiciones. Era una piedra de veinte centímetros apenas que llegó a manos del director del Museo Arqueológico Rafael González Antón, una autoridad en la materia. Presidía el Cabildo Adán Martín, cuyo olfato le decía que aquel minúsculo residuo de la memoria aborigen contenía un valor intrínseco de alto calibre. Y la piedra fue presentada en sociedad, en una solemne conferencia de presa, en el Palacio insular dentro de su vitrina y bajo paño de lana, como el eslabón perdido en términos transicionales. Era nuestra piedra de Rosetta del hombre primitivo de las Islas, el guanche, para quienes la abrazaron como una seña inequívoca, el “carnet de identidad” de aquellos viajeros intrépidos del continente, gente bereber, que vendió cara la derrota en cien extensos años de guerras y guerrillas en barrancos y montañas.
¿Por qué hablamos hoy de los guanches? Porque se ha vuelto a sacar a colación la piedra Zanata, más de un cuarto de siglo después, para ser auscultada con tecnologías punteras que permitan desentrañar todos sus misterios. Los científicos americanos que vendrán en marzo a escudriñarla con termografía infrarroja desempolvan un asunto que costó disgustos, exilios y desencuentros entre expertos, sospechas y demandas, informes y averiguaciones…, toda esa leyenda negra que rodea a la dichosa piedra en cuestión. Si viviera Umberto Eco, le tentaría novelarla, como una travesura demonizada en la arcadia insular, siempre dispuesta a cortarse las venas. Murió el arabista Rafael Muñoz. La piedra le costó la vida, quién sabe, la maldición de la roca con forma de pez descubierta en medio del ringorrango del 92, de la desmesura de un año excesivo. Fue el pandemónium de la arqueología, el infierno de la política y el caos de la inteligencia. Saavedra, que presidía el Gobierno y no era sospechoso de guanchista, admiró el hallazgo con expectación como “un hecho cultural de primera magnitud que contribuye a clarificar las raíces étnicas de nuestros ancestros”. Pero la polémica se salió del tiesto, pronto hubo una guerra civil de sentimientos y conocimientos contrapuestos, y el arabista Rafael Muñoz que descifró las tres letras enigmáticas de la inscripción (Z,N,T) como el remite de una carta dijo que eran los zanatas, un pueblo bereber, y que podía significar la primera muestra fehaciente del gentilicio ignoto de los guanches. Le llovieron críticas que sus espaldas, al parecer, no resistieron, es posible que la muerte le sobrevino a causa del malestar y el disgusto que lo aturdió tanto, pero, sin duda, fue el suceso que determinó el desenlace de una querella que había ido demasiado lejos. Y que ahora resucita como si, a la vuelta de los años, conviniera cerrar heridas y encender de nuevo la luz de la curiosidad.
Desde entonces hasta hoy, la piedra -que se exhibe cautelosamente en el Museo de Naturaleza y Arqueología, MUNA- ha estado cubierta por un velo de olvido y superstición. González Antón se retiró de la vida pública, en la que le recuerdo divulgando sus cerámicas y etnohistorias, dando conferencias y fomentando las nuevas generaciones de arqueólogos, con la pasión mediática en lo suyo que un Francisco Sánchez ponía en la Astrofísica, por ejemplo. Pero se apeó del escaparate de la ciencia en un acto de autodefensa y guardó silencio. Quedan muchos cabos sueltos que aclarar de aquella polémica inconclusa. Nos sigue faltando el detective imaginario tras las huellas del enigma. Necesitamos de la ficción para dar con la historia.
¿Por qué hablamos de los guanches? Porque la montaña majorera de Tindaya desiste del monumento de Chillida, como la hawaiana de Mauna Kea repudia al TMT. ¿Por qué los guanches? Porque las cuevas de Risco Caído, en Artenara, acaban de ser declaradas por la Unesco Patrimonio Mundial, sin que falte la consiguiente disputa entre partidarios y detractores sobre el rango y significado de los espacios sagrados de la roca del cantil del barranco, donde los rayos solares iluminan los triángulos púbicos de un posible templo de la fertilidad en el insólito almogarén abovedado. Hablamos de los guanches porque Gran Canaria y La Palma le dedican parques arqueológicos sin que Tenerife ni siquiera se lo haya propuesto en las décadas poderosas donde la política tuvo la oportunidad y el deber. Ahí está esperando la cueva de Bencomo, que este periódico se ha desgañitado reivindicando. Ni al alcalde de La Matanza le han secundado a la hora de hacer el parque temático de la famosa batalla de 1494, cuando solo Tenerife permanecía libre y los venablos y las piedras vencieron a las picas, alabardas y ballesteros. Hablamos de los guanches con los antecedentes en la memoria: también en el 92, con motivo del I Congreso Internacional sobre Momias, en Tenerife, recuerdo que se solicitó la declaración del guanche y lo que su cultura entraña como Patrimonio Mundial. Pero allí quedó, sin que se sepa qué hay de nuevo de aquella cándida iniciativa. El proyecto Cronos, por entonces, aisló el ácido desoxirribonucleico (ADN) de los aborígenes, capital para emparentarlo con los bereberes y cerrar el círculo que dejó abierto en el aire la cizaña que malquistó la ciencia, la política y hasta las relaciones humanas entre quienes tocaron una vez con sus manos o con sus afiladas críticas la pequeña roca sobrecogedora. No es una historia descabellada, sino acaso descarnada. La piedra Zanata trajo a vivos y muertos por la calle de la amargura, pero vive y ahora revive mítica, feroz y entrañable.

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Nuestros amigos los ingleses

La flema inglesa ya es historia. Este paquidermo que tienen de primer ministro ha tirado por tierra siglos de estereotipo y filiación. El nuevo matonismo inglés, más cercano al hooligan vandálico de la Premier League, rompe definitivamente con el gentleman victoriano. Y la centenaria reina tiene movimientos de títere de pueblo que nos tienta a buscar dónde se ocultan los hilos que mueven la marioneta. En definitiva, permanecemos en estado de shock, al menos en Canarias, que debe de ser el lugar más anglófilo de todo el Estado. Aquí tenemos la calle de Horacio Nelson y allí aún nos nombran en el Canary Wharf, que es la city de los rascacielos sobre el antiguo puerto de los canarios desde el siglo XVI. No nos puede la nostalgia; es el corazón el que se rebela, es el Greenwich de nuestra misma hora del Meridiano; son los recuerdos y las cosas de comer. Porque si se nos van los ingleses, la cuenta de resultados se va a resentir. No solo importaremos semillas de papas danesas y tiraremos los tomates por los barrancos ante el cierre de la libertad comercial con nuestra hermana isleña del Canal de la Mancha. Es que los turistas darán media vuelta, y será como darnos la espalda tras doscientos años de familiaridad. No entenderemos qué nos pasa, pero no nos sentiremos bien. El good bye de Boris Johnson tiene un impacto en la idiosincrasia y el talante de nuestros respectivos pueblos. Ni el inglés será el mismo sin nosoros, ni los canarios vamos a permanecer impasibles ante el brexit salvaje que abandera este populismo más del señor Hyde que del doctor Jekyll, como si toda esa legión de antieuropeos embravecidos se hubieran tomado la pócima diabólica y estuviésemos ante un trastorno colectivo de personalidad. No cabe hallarle otra explicación al desatino de los políticos británicos conservadores. Por si hubiera dudas, el premier dice que preferiría estar muerto en una cuneta que pedirle a Bruselas una nueva prórroga para la desconexión.

En los años 60, cuando tres beatles, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, vinieron a Los Realejos, a la casa de un amigo alemán, y se mojaron los pies en el muelle, como dice su biógrafo Nicolás González Lemus, y frecuentaban el desaparecido Flamingo, tomaban café en el Bar Dinámico y no les dejaron tocar en el Lido San Telmo para maldición de quien los vetó en el colmo de la ignorancia, no estaban de vacaciones en ningun lugar exótico del planeta. Se sentían en casa, porque éramos parte de su universo cotidiano. Los ingleses, desde niños, conocían las islas de ahí al lado, adonde tenían que ir una y mil veces en sus vidas. Lemus ha historiado esa vinculación comercial, turística y sentimental. Somos un destino de ocio de primer nivel gracias a ellos, que nos pusieron en el mapa del turismo. Primero fueron los viajeros tísicos que buscaban curarse en un clima seco, poco húmedo y aireado por los alisios, y dejaron de ir a Funchal para establecerse en el valle de La Orotava, en el Puerto de la Cruz. Paul McCartney casi se ahoga en el charco de la Soga, en la Playa Martiánez, y lo cuenta en sus memorias de aquel viaje. Fue una temeridad que estuvo a punto en efecto de abortar el fenómeno Beatles justo antes de que estallara a su regreso bajo el enorme éxito del primer disco del grupo, Please Please Me , editado en 1963 poco antes de evadise hacia Canarias, prolongación natural de la Inglaterra que nos tenía en la palma de la mano. Aquí sanaban sus enfermos de turberculosis, aquí comerciaron los ingleses y aquí descubrieron el solárium que anhelaban en invierno. Ellos, los inventores reales del turismo, los que crearon el hábito de viajar, tenían el mejor concepto de nosotros. Iban y venían como lo más natural del mundo. ¿Qué iba a hacer Agatha Christie cuando se separa y entra en depresión en 1927, sino venir con su hija y su secretaria a Tenerife, al Puerto de la Cruz, y después salta a Las Palmas, y escribe relatos inspirados en estas islas, y evita bañarse en las aguas rebeldes donde casi la palma McCartney, prefiere tumbarse en la orilla y dejarse acariciar por el sol.

Hemos sido compinches. Cuesta creer esta castración. A Nelson no lo dejamos entrar, pero ahora nos sabe mal que los ingleses quieran irse; nos atañe de una manera compleja su divorcio con Europa. Es posible que en ninguna otra parte de España y acaso del propio continente se perciba este instante traumático con la amarga sensación que produce en Canarias. Churchill, que paseó por los santuarios ingleses del Puerto hace ahora 60 años, haciendo la uve de victoria con los dedos de la mano a la salida del Lido enfundado en un abrigo con sombrero y puro, pasajero del yate de Onassis, tiene ese axioma demoledor con que aleccionó a un neófito parlamentario de su partido: “Nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”. Boris Johnson no gana para desertores, incluido su propio hermano. Mañana la reina Isabel II firmará la ley recién aprobada que arruina la pretensión del premier de causar baja en la UE por las buenas o por las malas el 31 de octubre, y también mañana el espasmódico tory se propone invocar /convocar elecciones anticipadas antes de esa fecha. No está el horno para bollos después de tildar al laborista Jeremy Corbyn de “nenaza” y “gallina” como para recabar su apoyo ante una nueva cita con las urnas. Muerto en la cuneta y con el Parlamento, en breve, clausurado, el sucesor de Theresa May comienza a moverse como un fantasma, en minoría y abocado a dimitir.

Los viajeros y naturalistas que precedieron al boom turístico, y en gran parte lo propiciaron, se sintieron fascinados con nuestro paisaje, que al principio se resumía en el Teide, cuando era considerado el mayor volcán del mundo. Luego la postal del valle de La Orotava conformó un habitat entrañable para nuestros huéspedes británicos. El filósofo Bertrand Russell, Nobel inglés, se sentó a hablar con los responsables de Gaceta de Arte en una visita a la isla en el 35, en la ciudad turística del norte. Y de ese encuentro Pérez Minik -de cuya muerte se cumplen ahora 30 años- se fijó en “las aristas de su cara” y “su ojos de acero, siempre alertas”. Russell y todos aquellos polímatas ingleses idolatrados en nuestro pequeño mundo insular, a las puertas de una gran guerra, eran entonces tolerantes y subversivos. Ahora se les ha metido el enemigo en casa, como decía Churchill. Se van nuestros amigos los ingleses. Y nos sentimos raramente más solos sin su compañía congénere. Nosotros, ingleses y canarios, isleños de Europa.

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La economía desafina por los cantamañas

Como quiera que el telón se alza hoy en el Parlamento para hablar del agujero de Clavijo y de economía, de nada vale mirar para otro lado, hacer como que no va con nosotros. Son demasiadas voces a coro alertando. Felipe González, en El País, sostiene que la sociedad no consiente una nueva crisis, no la soportaría. El Banco de España se declara prosélito de Draghi en el BCE y secunda sus medidas de estímulo ante la recesión que se avecina como un Dorian económico. En Estados Unidos le ven las orejas al lobo y ya hablan de una irremediable recesión a la vuelta de la esquina. En la eurozona nade se llama a engaño: la recesión alemana, la italiana, la contracción en casi todo el club predicen que al cambio climático se le suma esta tormenta perfecta en la locomotora y sus vagones. Pero, entonces, ¿qué hacemos en España flirteando con las urnas como si no estuviera cayendo ceniza de ese volcán sobre nuestras cabezas?

Después de 2008 somos de otra pasta. Cuando la Gran Recesión nos mostró las encías de la economía mundial y le vimos las muelas picadas y la pus de su dientes podridos, sentimos qué era eso de meterse en la boca del lobo. Y el shock nos cambió para siempre, nos dejó en estado de alerta en una distopía interminable. No hemos vuelto a ser confiados y manirrotos. En cierta forma, resurgió en nuestro inconsciente el tic menesteroso, la retranca tacaña de todo paria y volvimos al hábito de la abuela: ahorrar en tiempo de vacas gordas para cuando toquen vacas flacas. Esta es la ocasión, en que estando mejor la cosa, sabemos que se va a poner fea.

España crece más que el resto de países europeos, pero la caída de matriculaciones de vehículos, la pérdida de turistas recién constatada y los malos vientos que anuncian un brexit de perros a finales del próximo mes, invitan a tomar precauciones. El Pib nacional creció en 2015 un 3,6%; en 2016, un 3,2%; en 2017, un 3%; en 2018, un 2,6%, y este año lo hará un 2,3%. Pero ya tenemos herramientas para predecir que en 2020 crecerá un 2% raso y en 2021, un 1,8%. Los expertos recuerdan que la desaceleración es inherente a las economías capitalistas. Esta burda verdad la solemos ignorar, como si el hecho de que el PSOE gane las elecciones convirtiera al país en socialista. Tras un ciclo de bonanza viene una desaceleración por narices. Y en esas estamos.

 En la sesión de hoy en Teobaldo Power, que supone el pistoletazo de salida de la legislatura del Pacto de Progreso, se pondrán boca arriba las cartas del estado de cuentas de Canarias. Sabremos cómo, cuándo, cuánto y por qué la comunidad entró en déficit excesivo para este primer semestre e incumplió la draconiana regla de gasto. Este periplo se ha iniciado con sobresaltos. Europa (y de inmediato el resto del mundo a la sombra del pulso comercial Washington-Pekín) entra en estrés económico y Canarias pagará su parte de la factura: turismo, brexit, alquileres, exportaciones, paro… El estribillo no suena bien. Si el 10-N despeja el horizonte y hay gobierno, vendrán las transferencias a cuenta, habrá presupuestos del Estado y de Canarias y con nuestros más y nuestros menos buscaremos camino. No creo que esto que viene sea un déjá vu de 2008. Habrá que gestionar los baches. Pero las Islas no van a quedarse en la cuneta otra vez. Sí creo que la política va a reciclarse, en Madrid y en Canarias. Y se quedarán fuera de la foto los cantamañas, los que desafinan. Por pura selección de la especie.
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La rebelión de los niños

La rebelión de los niños que cumplió en agosto un año podemos considerarla ya como la única revolución de verdad en lo que va de este siglo.
El profesor Wildpret me resumió esta protesta escolar con una escena que suele presenciar en Radazul, fiel al rito de sus baños cotidianos: los niños instan a los padres a recoger las botellas de plástico y llevarlas a los depósitos de reciclaje. Aquí los hemos bautizado como los hijos apostólicos de Cousteau, el comandante del Calypso que hacía proselitismo en televisión a favor de los fondos oceánicos y que hace 25 años envió a la ONU en La Laguna su Carta de los Derechos de las Generaciones Futuras. La misma terminología que le escucho ahora en sus discursos a la niña del clima, Greta Thunberg, que el viernes fue la referencia del presidente Ángel Víctor Torres al presentar la declaración de emergencia climática de Canarias. Los niños dibujan un mundo que se parece a una hermosa utopía. El botánico y naturalista Wolfredo Wildpret me decía el mismo viernes por la noche que las utopías, tarde o temprano, se hacen realidad. Y convengo con él en que en las utopías y los cambios políticos -estamos asistiendo al cambio de un régimen político en nuestras propias islas- basta en ocasiones con la convicción de unas pocas voces para dinamizar un estado de opinión que subvierta el orden establecido. Así se hicieron revoluciones a lo largo de la historia, hasta esta sequía en que solo se merecen tal nombre los viernes al sol de los niños. La obstinación de la infancia, la única que conozco capaz de salirse con la suya, se revela como la peor adversaria de los intereses globales que se reían de los partidos ecologistas y las cumbres climáticas; la última, el Acuerdo de París (2015). Cuando niños, éramos invencibles, porque creíamos en los héroes.
Esta niña se inspira en la afroamericana Rosa Parks, la dama de los derechos civiles, y se reconoce introvertida, pero contumaz. Lo que nos debilita de antemano es ser realistas en exceso al cabo de ciertas edades. En un velero de cero emisiones y un príncipe de capitán, la niña sueca acaba de llegar a Nueva York como una mesías. Pasó cerca de estas aguas, en su travesía-travesura, indómita,rumbo a la conferencia del clima de Naciones Unidas como hubiera anhelado Cousteau y como si llevara en su barco autosuficiente la carta del oceanógrafo en su camarote infantil. La pequeña -hija de una cantante de ópera y de un actor- siente vergüenza a volar porque los aviones contaminan, y tiene, como digo, ráfagas de Cousteau en su visión consternada del planeta. Lloró en el Parlamento Europeo, y en Davos reprendió a los adultos más poderosos del mundo. Thunberg es la horma del zapato de Trump: que escuche a la ciencia, le dice. El 27 de este mes que empieza hoy se hará una huelga mundial por el clima.
Ese mundo contrahecho puede ser inhabitable en breve, acaso en 2030, cuando ella tenga 26 años y la Tierra no tenga remedio. Hace un año, un 20 de agosto, viernes, faltó a clase y se manifestó a solas delante del Parlamento unicameral de su país (Riksdag, en Estocolmo), bajo una ola de calor y una cadena de incendios nórdicos que arrasaron 20.000 hectáreas. Como si una niña canaria hubiera hecho lo mismo en la calle Teobaldo Power tras el fuego en Gran Canaria. “Nuestra casa está en llamas”, denunció Thunberg, que siguió fugándose los viernes del colegio con el mismo fin hasta engendrar un movimiento contra el calentamiento global en centenares de ciudades y miles de niños que imitan su gesto. Este último año, millones de jóvenes han salido a la calle en todo el mundo, pero no fueron tantos al principio. En DIARIO DE AVISOS hemos cubierto esas marchas testimoniales y las hemos llevado a Primera, como este sábado la emergencia climática acordada por el Gobierno precisamente un viernes siguiendo los pasos de La Laguna el 17 de julio. Es un asunto medular en nuestro diario ideario. Inspiró antes un festival de cine ecológico en el Puerto de la Cruz en los años 80, y a colectivos como el MEVO, ASCAN, ATAN o Ben Magec, y las campañas de Radio Club contra los enterramientos radiactivos en nuestras fosas marítimas. El mismo que alentó la guerra del petróleo en junio de 2014, o contra las torretas de Vilaflor en noviembre de 2002… Es lo que Al Gore llamó una verdad incómoda.
Ahora nos incitan los incendios forestales este verano. Los incendios son producto del calentamiento global, no por la intuición de una niña con asperger, sino por los informes del panel intergubernamental sobre el cambio climático, IPCC. Canarias declara esta emergencia climática, entre otras razones, por las pruebas indiciarias de los últimos incendios. Venimos de la mitología y los halagos de los viajeros, de los jardines de las Hespérides y de Humboldt, del aprecio de los clásicos y de nuestros propios profetas en su tierra, aquellos y estos, de Manrique a Wolfredo Wildpret. El viernes, Wildpret nos recordaba cuando 20 años atrás pidió una ayuda al Gobierno para instalar una placa solar en su casa y ducharse con agua caliente de energía limpia. La crisis climatica es la mayor crisis a la que se ha enfrentado la humanidad -dice la niña sueca-, y tiene fácil solución, pues bastaría con evitar las emisiones de gases de efecto invernadero, si no fuera porque nuestro mundo basa su desarrollo en la destrucción del planeta mediante la quema de combustibles fósiles. Es la pescadilla que se muerde la cola. Bolsonaro quiere pavimentar el Amazonas y las queimadas le vienen al dedillo. Los lobbies son los lobos de este cuento de Caperucita Roja que protagoniza nuestra ecoheroína con trenzas.
¿Estamos a tiempo? Por suerte el cambio climático también es un negocio, admite Wildpret de la Torre. Poblar las azoteas de paneles solares; fomentar la producción mundial de coches -y pronto aviones- eléctricos; limpiar océanos y atmósferas con futuros inventos a gran escala; adaptar la industria turística a las exigencias ecológicas del nuevo usuario… son un colosal negocio. ¿Quién dice que los niños no ganen felizmente esta batalla de la sociedad civil, y un viernes cualquiera canten victoria estos geniales Pokémon que no se dejaron capturar?

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Lo que arde detrás de las llamas

A la vuelta de apenas días, semanas, nos veremos atrapados por episodios de enorme impacto, que sin duda imprimirán cambios en nuestras vidas o nos harán modificar la hoja de ruta.

No es moco de pavo lo que trama el paquidermo de tupé pajizo que dirige a su país como si pilotara en sueños, dando bandazos, la isla de San Borondón fingiéndose un monje irlandés a bordo de la Non Trubada, una patria imposible sobre una ballena, que de un sobresalto hiciera saltar por los aires al pueblo inglés, hechizado por las promesas de su profeta sin tener los pies sobre la tierra, sino a lomos del rorcual. Esa fábula y ese fantasma.

Ni Boris Johnson ni Trump encuentran sitio a su empanada mental. Gemelos como dos clones se han idiotizado en Biarritz mirándose a los ojos en la cumbre del G7 como dos enamorados en mitad del despropósito de sus locos ideales. Johnson mintió cuando animó al brexit a su pueblo, dijo aquello de que su país se ahorraría una fortuna diaria desligándose de Europa. Es cierto que las islas son un lujo del continente al que pertenecen (¿fue un ingles, Bertrand Russell, el que lo dijo?), pero los británicos no se pueden quejar. Su estatus en la UE ha sido una excepcionalidad continua y consentida, con moneda propia y trato de favor. Del mismo modo que los canarios logramos un traje a la medida cuando entramos en el club para defender nuestros fueros y pruritos ultraperiféricos. Este régimen singular es el que tendría Irlanda del Norte (la llamada salvaguarda irlandesa) si el gorila rubiales no se empecina en abortarlo. Ahora bien, que estos se van es un hecho. Que Boris Johnson no es Theresa May y tiene más de bestia parda que de Churchill o Tony Blair, nadie lo discute. En la boca del lobo se desenvuelve en su medio natural, la selva, este muere matando, se le ve en los modales de mamut, por más que imite al noble Quasimodo.

Así que el 31 de octubre los ingleses se mandan a mudar. Y ese movimiento traerá consecuencias en nuestro ecosistema económico. Perderemos turistas y exportaciones hortofruticolas, y los paisanos que viven allí serán de la noche a la mañana unos cuasi refugiados, expuestos a que el premier imite al original que ordena redadas desde La Casa Blanca y amenaza con detener sine die a los hijos de los latinos encarcelados por no tener documentación. Los canarios sin papeles de Johnson se las van a ver y desear. Y estoy seguro de que Nelson no tiene nada que ver con esta venganza histórica.

Nos toca despedir agosto con sofocos preventivos. Porque vienen calenturas mayores. La improbable investidura de Sánchez y el déjà vu de otra campaña electoral que nos remonta a 2016 con Rajoy fumando y leyendo el porvenir en las volutas de humo. En el horizonte hay otras señales de humo, que asomarán allá por septiembre. La desaceleración o la dichosa crisis, que nos resistimos a llamar por su nombre con tan solo recordar aquel 2008 que nos jodió vivos. Y dicen los peores agoreros que Macron, además de Merkel y la plana mayor de la UE, está de retirada tarde o temprano. Si lo que viene es esta tropa de energúmenos, acudamos al inefable Pepe Monagas, cuando sentenció: “Si son islas nos salvemos, pero si son cagarrutas de moscas, Dios nos coja confesados”. Amén.

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La tempestad del fuego

El incendio de Gran Canaria ha sido la prueba de fuego de Ángel Víctor Torres. Un incendio revelador. Hemos examinado la conducta de los gobernantes y descubierto talentos como Federico Grillo, que ha sido un hallazgo consensuado de alguien que nos tranquiliza saber que está ahí en las situaciones complejas para sacarnos de apuros, y que no es ningún arquetipo de Instagram.

Torres sorteó el morlaco y se mostró cercano, era su deber informar, o así lo entendió desde el primer sofocón del 10 de agosto que provocó involuntariamente un soldador y que ya avisaba de que esta vez este mes iba en serio. No rebasó el cortafuego del vedetismo al que tientan las cámaras, no se gustó, fue conciso y convincente, fue al grano. (Cuando hacía televisión y ese era mi trabajo, me disuadía continuamente del pernicioso estrellato.) Un político que se descuida apareciendo a diario en la caja tonta acaba estrellado. Ni el presidente Torres ni Grillo abusaron del medio, de la golosa exhibición, que enseguida asoma su rictus en la cara del que se sabe rodeado de fans. Y ambos ya los tienen, uno por razón del cargo y otro por mor del azar de caer bien (la telegenia). Borges sueña en un cuento a un ser que resulta incólume a los fuegos, y cuando él mismo se adentra entre las llamas y sale ileso comprende que también es fruto de otro sueño. Es fácil quemarse en la popularidad, que es una ficción contagiosa. De ahí que Torres y Grillo hayan salido indemnes, al parecer, como en el sueño del cuento de Borges, pues no parece que se les haya subido la fama a la cabeza en ese templo circular.

En la tragedia de las Torres Gemelas, Luis Rojas Marcos bendijo la labor de los ángeles anónimos, que en la oscuridad de los escombros tras el atentado guiaron a los supervivientes hasta la salida salvando vidas. En esta ocasión lo ha hecho Arturo Pérez-Reverte en un tuit: “…y ellos siguen ahí, impasibles como estatuas de bronce”. Grillo era un niño que vivió los incendios de su pueblo y ahora es un orgullo de La Guancha convertido en una autoridad en la materia, como me decía el periodista Salvador Pérez. Es una suerte de tímido sabihondo del pandemónium forestal, una eminencia tinerfeña de brillante currículum curtido en las hogueras hogareñas de su monte infantil, que todos los veranos crepitaba como un rito de piromancia que exasperaba a su padre, el alcalde, José Grillo.

Pedro Sánchez saludaba el otro día a los miembros del operativo de extinción y se detuvo en el director de Emergencia del Cabildo. “Yo te conozco, tú eres Grillo”, le dijo, y departieron sobre los secretos del incendio que había visto toda España y arrasado 10.000 hectáreas de la isla. Esa inevitable popularidad del jefe de los ángeles anónimos del incendio de Gran Canaria es una de las mejores noticias de este ferragosto que amenaza achicharrarnos a todos ola tras ola de calor (y calima, como ayer).

Cuando hace más de cien años Unamuno recorrió esas mismas cumbres de Gran Canaria, dijo haber visitado el infierno de Dante e imaginado el colérico combate entre Vulcano y Neptuno. El vasco había salido abucheado como mantenedor de unos juegos florales, en la capital, donde echó un jarro de agua fría sobre las demandas orientales de escindirse de la entonces provincia única con capital en Santa Cruz de Tenerife. Y acaso para congraciarse con la sociedad que lo recibió de uñas, quiso conocer la isla en las entrañas de sus pueblos, los mismos que ahora han sido pasto de las llamas (Valleseco, Artenara, Tejeda…), y dejó constancia de ello en Por tierras de Portugal y España. Pasó un mes en Gran Canaria (1910) y la relectura de sus páginas se vuelve crónica premonitoria de este incendio: “No otra cosa pueden ser las calderas del Infierno”, escribe. “Es una tremenda conmoción de las entrañas de la tierra, parece todo ello una tempestad petrificada, pero una tempestad de fuego…”.

Los incendios de sexta generación, a cuya familia se asocia este, anuncian un mundo de cataclismos, donde la menor catástrofe convoca un apocalipsis. El mundo de 2020 -que es mañana mismo- trae el cambio climático en el DNI y las tormentas serán tropicales y los incendios de sexta generación. Así que tendremos a Federico Grillo de médico de cabecera en lo sucesivo para explicarnos la lluvia de cenizas y la nube de pavesas, el milagro de Inagua y la zona de hombre muerto, las columnas de humo, el fuego dormido en los pinos o el nivel fuera de capacidad de extinción… Impresionaron algunas de sus frases lapidarias: “El ser humano no es capaz de enfrentar tormentas de fuego como esta”, que fue portada de DIARIO DE AVISOS el día 19.

En Tenerife tenemos el Delta en la memoria infausta desde 2005, y cuantos lo vivimos bajo el caos y la desolación acarreamos la pesadilla latente de aquellos días de viento. Estos días de fuego obran el mismo efecto en la imagen pavorosa de las cumbres de Tamarán. Cada isla tiene su toponimia y su mitología, y Tenerife pasaba por ser el infierno, y en el Teide (Echeyde) moraba el diablo, Guayota. Pero a estas alturas de la película, cuando no es el volcán submarino de El Hierro, es el incendio en cualquier isla, es el cambio climático en cualquier peñasco del planeta, mientras ahora mismo cruza el Atlántico de Plymouth a Nueva York, a bordo de un velero de cero emisiones, una niña sueca que se niega a volar. La guerra de Greta Thunberg contra la contaminación es parte de esta era de jóvenes activistas frente a la desidia de los mayores acomodados en su confort desarrollista, de gobernantes adultos como Jair Bolsonaro que miente puerilmente denostando a las ONG mientras las llamas devoran la Amazonia y al presidente le crece la nariz como a Pinocho. Thunberg es una de las hijas apostólicas del comandante Cousteau, que hace 25 años elevó a Naciones Unidas desde La Laguna su Carta de los Derechos de las Generaciones Futuras. Una suerte de epístola de Thunberg y todos los niños del mundo dirigida a sus papás.

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