Opinión

Los pactos de la Moncloa canarios

La entrevista de María Fresno a Miguel Sebastián, ayer en DIARIO DE AVISOS, es para enmarcar. El exministro y economista, lúcido y acerado (garante de sí mismo, el político retirado se vuelve gente y dice verdades como puños), da un tirón de orejas al grueso de la política y no salva ni a su partido ni a Zapatero que lo puso, por no oler la crisis ni hacer las reformas pertinentes o impertinentes a su debido tiempo. Hoy, la política española y canaria -tanto monta, monta tanto- está exigiendo una terapia de choque (un electroshock, por barbárico que suene, contra un estado catatónico en las instancias administrativas de turno), con la cirugía correspondiente y algún que otro trasplante de extremidades obsoletas que impiden que este país avance. Dice Sebastián, ex de Industria: “Ahora me pregunto si no fue un error entrar en el euro”. Recuerda que Boyer (mirando a los otros) lo decía: “Si no entran Reino Unido y Dinamarca, habrá que preguntarse por qué”. A España le pudo la chulería, pues, según Sebastián, era motivo de orgullo. Euro, ergo Europa.

En términos psicológicos, abrazar el euro (a Solbes le amargaban el café con el redondeo) equivalía a entrar de verdad en el club de los mercaderes, era la alegoría de la Europa de Miterrand y Delors; lo contrario exigía tener la flema inglesa y los collons que ya no tienen ni los catalanes, que por no tener no tienen ni autonomía, con los héroes caídos en Estremera o Waterloo. Por eso, porque España entró acomplejada en Europa, no le puso un pero al euro y aunque ya lo calzamos a la medida no obsta para reprocharle al gobernante su cachaza reformista. Euro, sí, pero sin reformas, no.

Sebastián nos da de lleno donde más nos duele a los canarios, que hoy nos retratamos en el Parlamento y ayer nos enfrentamos al espejo de la transparencia y nos devolvió la imagen fosca de la corrupción, que es el karma, el nudo sinfín en que se reencarna la clase política como una condena bíblica. Vista la trivialidad parlamentaria últimamente, cuánto bien hará a sus señorías leer y releer las recetas y diatribas del hoy nada sospechoso Miguel Sebastián. El ministro de las bombillas de bajo consumo enciende en esas declaraciones en el DIARIO luces contra la ceguera de los bolígrafos. A su juicio, hay falta de calidad institucional -falta de ignorancia, que decía Cantinflas sin haber pisado nuestra Cámara-, pues la clase política es reacia a hacer reformas y da largas. ¿Es concebible que en Canarias no haya ni una sola reforma en marcha? ¿Acaso va todo bien? ¿Alcanzamos ya el Nirvana confundiéndolo con Nivaria?

En el 77, en apenas unos meses, se hicieron los Pactos de la Moncloa, la Constitución y las elecciones. Suárez contó con una oposición que tenía el reloj en hora. Ahora, en cambio, se teme a las urnas, y por eso las políticas sobre el paro, los bajísimos salarios, las pensiones inherentes al envejecimiento poblacional, la dependencia energética, la declinación industrial, el retraso productivo, el fracaso de modelo educativo y el caos sanitario no se mueven ni un ápice en el más absoluto inmovilismo impropio de una sociedad que pretende progresar. Es la baja calidad institucional, el percal de los políticos que padecemos. El foso de este país no puede ser un archipiélago que acumula farolillos rojos en las estadísticas oficiales, sino la pésima formación, aptitud y cualidad moral de sus dirigentes. Estamos por los suelos porque nos mandan los peores, nos rigen los mediocres y los buenos están en sus cuarteles de invierno. Enrique Fuentes Quintana, que fue el ministro de Suárez de los pactos de la Moncloa, me dijo una vez que los economistas se entienden mejor que los políticos, y Sebastián lo acaba de repetir. Que los economistas canarios tomen las riendas de los pactos que las islas necesitan y que a los políticos les da vergüenza siquiera mencionar. A ver.

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Stephen Hawking, de cerca: “Solo somos monos en un planeta menor”

Conferencia de Stephen Hawking en el Magma Arte & Congresos de Adeje. / SERGIO MÉNDEZ

CARMELO RIVERO.

Cuando Stephen Hawking, fallecido el miércoles en Cambridge a los 76 años, arribó a Tenerife en 2014, Clarín me encargó un reportaje para sus publicaciones en Argentina. Llevaba un día al lado del científico (sumé cuatro en total) y tomé notas de su paseo por las instalaciones del Instituto Tecnológico y de Energías Renovables (ITER), la pequeña ciudad de viviendas bioclimáticas, donde se estudia la sismología de los volcanes en una tierra que está llena de ellos. Nos rodeaba el paraje árido, con el bosque de gigantescos molinos de viento de mástiles de acero entre cardones y tabaibas, que Hawking recorría con la mirada mientras lo trasladaban en su silla de ruedas al aire libre. Estar a su lado, minuto a minuto, era conmovedor, la palabra que define todo su esfuerzo titánico. En este caso, saber que en cualquier momento es verdad que podía morirse tenía una importancia básica. Sus cuidadores estaban mentalizados para una emergencia, y el paciente Hawking inmóvil llevaba una cápsula de oxígeno en el respaldo de la silla.

Hawking padecía esclerosis lateral amiotrófica (ELA, la enfermedad de la ola de vídeos con baldazos benéficos) y había realizado un largo viaje en barco a Tenerife. Una travesía pausada que no contravenía la prohibición médica de volar desde hacía dos años tras resfriarse en un viaje de regreso en avión a causa del aire acondicionado. Cruzó aquella vez el Atlántico para asistir al Starmus en Tenerife, la singular convención de ciencia y música que lo tuvo como invitado especial.

“Ahora mismo no sé aún por qué existe el Universo”

Como un auténtico rockstar, Hawking vivió días excitantes sobre el escenario, enarbolado por oberturas dignas de Freddie Mercury, al lado de su amigo, el astrofísico y exguitarrista de Queen, Brian May, quien lo convenció para hacer aquel viaje, concertado por Garik Israelian, astrofísico y también músico. Nada más desembarcar, nos confesó la frustración que arrastraba: “Ahora mismo no sé aún por qué existe el Universo”.

Pese a sus limitaciones físicas, Hawking era un genio de la comunicación. Medía cada gesto. Y no era el típico científico distraído, no, Hawking era un gran observador. Lo observaba todo todo el tiempo, con la dicha de los ojos, que no lo habían abandonado en el apagamiento progresivo de su cuerpo. Comprobé que a menudo los cerraba como si se evadiera, pero enseguida, a mi lado, la pantalla del ordenador revelaba que estaba escribiendo. Me inclinaba y leía sobre su hombro cuando apenas había pulsado tres letras. Pasaban eternos minutos hasta que sonaba su voz metálica. Como en una obsolescencia programada, la última herramienta servible era la mano, pero se le paralizó también. La movilidad de un solo dedo le habría resultado providencial, pero no era el caso. Debía conformarse con el último tic muscular que le quedaba: el de la mejilla conectada a un sensor. “Tengo miedo”, decía, “a perder un día el movimiento de ese músculo”. También parecía como si abriera los ojos con mayor dificultad. A veces, miraba a quien le observa; me tocaba hacerlo con descaro y él lo notaba sin incomodarse.

Carmelo Rivero junto a Stephen Hawking. DA

Era consciente del poder subyugante de su imagen. Un padre sentado, así lo había dibujado de niña su hija Lucy. Alguna vez había dicho que era más conocido “por la silla que por mis investigaciones”. Hawking era uno de los cosmólogos más importantes de los últimos 100 años y un divulgador científico de éxito como Carl Sagan. Una leyenda viva que ha muerto. De él se seguirá hablando como una de las mentes más inquietas en un cuerpo completamente estático.

A veces uno se olvidaba de que tenía delante a un ser humano con la cabeza intacta. Una de las mejores cabezas de nuestra era, cuyo perfil prognático permanecía inmutable hasta que dibujaba una ancha sonrisa, que sus ojos copiaban de inmediato, y entonces se caía en la cuenta. La enfermedad que arrastraba desde hacía medio siglo no había podido acabar con él, que resistió con lucidez hasta el último músculo de su mejilla. El cuerpo inerte de Hawking se mimetizaba con la silla de ruedas, llevaba las manos cruzadas sin autonomía sobre las piernas y los pies depositados sobre los estribos sin movimiento, pero el rostro ladeado hacia la derecha emitía señales inequívocas de vida: parpadeaba y gesticulaba ligeramente con el maxilar para cliquear en la pantalla de la computadora, a través del pequeño flexo prendido a sus anteojos, a fin de comunicarse a través de un sintetizador con la voz robótica, de acento yanqui, que ya se le asociaba como si fuera genuina. “Esta es mi voz”, sostenía cuando le sugerían cambiarla por otra más natural. Esa era su voz apócrifa, pero sus ojos eran auténticos, aquello de su cuerpo que se mantenía en pie.
¿Y su mente amaba aún?, me pregunté, analizándolo después de dos matrimonios rotos y una vida sin pareja desde 2007. Que Hawking amaba en silencio era posible, y sus cuidadoras lo mimaban. No le faltaba cariño, afecto. La guapa Niki, rubia, le acariciaba el cabello, le acomodaba el cuello de la camisa y las manos cuando se le rodaban.

Se enamoró de la física tras un pasado estudiantil en Oxford, en el que se reconocía como un “vago”. Era padre de tres hijos. Con Lucy, la única mujer, escribía libros infantiles de éxito, que se convirtieron en una serie televisiva de animación.

En 1985, durante una visita a la Máquina de Dios, en Ginebra, contrajo una infección de pecho que derivó en una neumonía, y tuvieron que practicarle una traqueotomía de urgencia que lo dejó sin voz. Llevaba sobreviviendo 50 años desde que le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA), cuando estudiaba en Oxford, y le dieron, apenas, dos años de vida. La suya era una lucha continua contra el tiempo. “No morí. Y he sido más feliz; antes de la enfermedad, la vida me aburría”, sentenciaba. En esto, estar a su lado era una sesión de coaching; verlo desenvolverse desde la máxima dificultad, y sonreír a intervalos, era una hermosa película muda. En aquel viaje largo a Tenerife estuvo extrañamente mejor de salud de lo habitual, me comentaba el físico teórico y escritor argentino José Edelstein, que seguía los pasos de su célebre colega desde hacía quince años.

Stephen Hawking, en Starmus
Stephen Hawking, en Starmus / FOTO: DA

“¡Dónde está el champán!”

Hawking especulaba sobre una hipotética invasión de extraterrestres que hiciera con nosotros lo que los europeos con los amerindios. La violencia lo sacaba de quicio: “Solo somos una especie avanzada de monos en un planeta menor que pertenece a una estrella mediocre”, recordaba antes de añadir la capacidad que tenemos de comprender y soñar. El Universo Hawking es una estupenda metáfora, pero existía. Acarreaba consigo una legión de personas que velaban por su integridad física, en términos sanitarios: una decena de cuidadores y enfermeras, coordinados por una asistente personal. Tenía entonces 72 años, tras una prórroga de 50. Vivía su enfermedad sin vergüenza y sin perder el humor. “¡Dónde está el champán!”, reclamó al comienzo de una cena con sus anfitriones, y cuando lo sirvieron no probó su bebida favorita: “¡Lo decía por ustedes!”.
Era la agudeza. Y la curiosidad. El secreto de su resistencia (si bien su madre Isobel murió casi centenaria) podía radicar en un talante bienhumorado y ese fisgoneo que le empujaba a querer ver de cerca las momias guanches, o los delfines y ballenas que transitan por las aguas de Canarias. Amigo de las preguntas, respondió en público a cuatro espectadores que ganaron un cara a cara con él mediante concurso. “El avance tecnológico que nos salvaría es la fusión nuclear”, respondió a uno de ellos. “Si pudiera viajar en el tiempo, lo haría al futuro, el pasado ya lo conozco”, contestó a una chica, que tuvo que repetirle tres veces la pregunta hasta que él dio con la respuesta en su computadora, previamente ajustada por Jonathan Wood, su técnico informático.

 

“Nuestro cerebro está programado para sobrevivir”

En el Auditorio de Tenerife dio la última conferencia, sobre los agujeros negros, y me consintió permanecer cerca mientras comía, en la circunstancia más tierna y privada del científico más famoso del mundo y más celoso de su imagen. Sus trajes impecables y camisas de tonos dulces, el pañuelo en el cuello y el pelo rubio denotaban un estilo sencillo y elegante de ir al encuentro de los demás. Si algo le molestaba, supongo que era que lo trataran como un minusválido. “Nuestro cerebro está programado para sobrevivir”, afirmaba.

 

Lo que tanto le gustaba y tanto trabajo le costaba era comer. Quienes le visitaban solían llevarle botellas de vino y asumiían que el enjuto Hawking llevaba una dieta rica en grasas. En Tenerife se aficionó a las papas arrugadas con mojo de cilantro y los plátanos que ingleses y canarios, viejos amigos, han comerciado históricamente.

Con la vista del mar y un bosque de palmeras al fondo, junto a un castillo enmohecido por el viento y la maresía, George Zhao, uno de sus asistentes, le daba la comida con cachaza oriental y cada tanto le hacía bromas. Tener que recibir de otros las cucharadas de sopa o refresco, la carne y verduras y hasta el té, manchando constantemente el babero, no congeniaba con la imagen de un ícono del siglo XXI, pero en esa vertiente humana detrás del telón se descubría al verdadero Hawking, el hombre que debió morir antes de cumplir los 25. El equipo que lo auxiliaba se turnaba, tanto alternándose entre Inglaterra y Tenerife como en el almuerzo. A George le reemplazaba Kerry en la tarea de alimentar al jefe, y Patricia Dowdy, enfermera, controlaba su estado general.

En ese viaje, Hawking quería conocer el volcán Teide, pero sus médicos no lo autorizaron. Debió conformarse con paseos menos elevados, como el que hicimos al ITER, la fortaleza de una supercomputadora, en cuyo cerebro metió su cabeza. No le había visto tan contento. Era un día otoñal soleado, y Niki previno los efectos: antes de exponernos, le aplicó crema protectora. En la azotea, Hawking pareció vengarse irónicamente de los médicos que le negaban las alturas y le robaban el deseo de volar al espacio, después de experimentar la ingravidez en 2008. Con esa vocación aventurera, navegó también en un submarino y voló en un globo aerostático.

Comprobó que el superodenador se abastecía de la energía producida por paneles solares y aerogeneradores que ventilan con enormes astas. Hawking paseaba entre los grandes molinos de viento dichoso como un niño -que nació 300 años después de la muerte de Galileo y ha muerto el día en que nació Einstein- y se deslizaba en su silla bajo un cielo luminoso que potenciaba la claridad de sus ojos.

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La enseñanza de vida del hombre que volaba con la mente

El mundo que observaba Stephen Hawking no era exactamente el mismo que veían nuestros ojos terrenales. Los suyos eran dos exoplanetas, fuera del Sistema Solar. El fotógrafo Roberto de Armas los retrató detrás de la lente. Nos veía de lejos, y por fin, en la madrugada del miércoles, emprendió el ansiado viaje en el tiempo que le había inspirado como una premonición indemostrable, como el calor o el color de sus amigos entrañables, los agujeros negros. Hawking era un físico teórico, hizo descubrimientos audaces que se tardará una eternidad en comprobar, por eso el Nobel no podía llegarle a tiempo. Tenía el humor de Woody Allen en una silla de ruedas. En 2014, la revista Viva de Clarin en Argentina me encargó pegarme a los talones de Hawking en Tenerife y pasé cuatro días aferrado a él, testigo de su comportamiento público y privado. Esa vivencia me permite concluir que el autor de Breve historia del tiempo había logrado fabricarse un mundo en su cabeza, en el que se levantaba de la silla libre y desinhibido y desafiaba la gravedad. Ese mundo era tan soñado como cierto en su psique, pues el nuestro no es menos lo uno ni lo otro, y en esa ilógica cuántica Hawking sobrevivió sin darse por vencido. Con su inteligencia excepcional era capaz de concebir aspectos de la realidad visible y de la invisible. Me fijaba en sus minúsculos movimientos, como el jarrón del verso de Eliot, porque era un espectáculo verle llegar en su silla de ruedas, vestido con suma delicadeza, como si asistiera a una fiesta todos los días de punta en blanco para ligar. Tenía el pelo rubio como un septuagenario coqueto y era flaco en extremo, pero en absoluto cadavérico, con esa delgadez de los adolescentes que no tienen que privarse de una dieta rica en grasas. Pero lo que más me impresionaba era la tersura de su piel y la sonrisa fácil y afable, que era la sonrisa de la mente.

¿Cómo podía mostrarse feliz una persona en sus circunstancias? ¿De dónde provenía su sentido del humor? No fue sencillo colarme en el círculo privado de su vida, en esos pocos metros donde Hawking dejaba de actuar y se mostraba en su versión más auténtica detrás del telón. ¿Qué hacía el científico más famoso del mundo en una isla con volcanes y telescopios? La peripecia me reportó, al cabo de cuatro días a la sombra de Hawking, una receta definitiva que me vacuna desde entonces contra las depresiones latentes de nuestra sociedad confortable y ruin. No era una pose. Hawking disfrutaba todo cuanto podía, sabía exprimir el jugo de la vida, sonreía porque llevaba más de cincuenta años entreteniendo a la muerte como Scheherezade. Supongo que tendría un lado oscuro y a veces ganas de morir, y acaso -nació el mismo día que murió Galileo y ha muerto el día exacto en que nació Einstein, conocido como el día Pi- el deseo secreto de programar su marcha definitiva al espacio, como predijo para el conjunto de los humanos cuando el planeta haga crac. Pero de que era un cachondo que vacilaba a espuertas doy fe. Como quiera que hablar con Hawking fluidamente era una misión imposible-escribía una letra por minuto en la pantalla de su ordenador desde que se quedó mudo tras una traqueotomía- me empapé de sus declaraciones antes de conocerle y ya sabía qué pensaba de todo antes y después de que le diagnosticaran la esclerosis lateral amiotrofica cuando era un estudiante veinteañero y holgazán en Oxford. La vida previamente le resultaba “aburrida” y solo se le hizo apasionante cuando supo que iba a morir pronto. Medio siglo después sobrevivió a sus propios médicos. Vivir se convirtió para Hawking en una aventura infantil que contrariaba a los adultos, como en aquella novelita de vacaciones de Dickens, en que las personas mayores carecían de autoridad.

La experiencia periodística junto a Hawking fue una fuente variada de lecciones de vida. Sí, sus reservas inagotables de humor y el extraño gen que le permitía estar contento en la adversidad… Pero también, la evidencia de que era un coloso de la comunicación pese al calado de sus limitaciones, la inmovilidad de su cuerpo, la afasia y la degeneración imparable propia de un enfermedad mortal.

Tenía, frente a todos los obstáculos, la fuerza de su mirada, el big bang de aquellos ojos que inauguraban su vida todos los días contra las leyes de la medicina. Como un niño quería subir al Teide y los médicos no le dejaban, pero se empeñó en sobrevolar el paisaje en un helicóptero. En su visita al IAC no perdí de vista esos ojos claros que filmaban las noticias de Rafael Rebolo sobre sus avances acerca de los agujeros negros. Y cuando entré a su lado en el pasillo oscuro del supercomputador del Iter, bajo un frío que helaba los huesos, recordé haber leído que en una visita semejante a la máquina de Dios, en Ginebra, acabó sufriendo una neumonía que casi le cuesta la vida. Hawking no tenía miedo a nada. Su equipo de asistentes y sanitarios siempre estaba preparado para lo peor, y él llevaba una cápsula de oxígeno en el respaldo de su silla.

Al cabo de aquellos días, me reprochaba a mí mismo con qué derecho hacerle ascos a la vida, bajar la guardia o sentir el más mínimo pesar, tras haber estado junto a un hombre que parecía capaz de tener momentos dichosos atrapado en la trampa irremediable de su cuerpo paralizado. Le ponían un babero y le daban de comer, lo manchaba todo porque le costaba deglutir. Pero no se molestaba porque yo estuviera presente en esa faceta humillante, la más infantil de todas, a causa de su discapacidad. Era uno de los hombres más inteligentes de la Tierra regurgitando como un bebé. Garik Israelian, su anfitrión, me reveló que Hawking quería vivir parte del año en Tenerife. Era ingenioso y presumido, constantemente emitía juicios controvertidos sobre grandes enigmas -Dios, su tema favorito- para atraer la atención y seguir en el centro de la escena. Consentía ser un mito viviente. Y era su cabeza, el pequeño contenedor de sus grandes ideas, la fortaleza de su enorme poder de atracción. Resultaba divertido verlo activar su mejilla, el tic del maxilar con el que accionaba el sensor ajustado a sus gafas, para escribir y hablar por un sintetizador. En su pequeño universo ambulante, recluido en una silla de ruedas, era un dios jubilado, próximo a su final. Las manos recogidas en su regazo estaban muertas y todo su cuerpo se había ido apagando.

Le quedaban pocas señales de vida. Pidió que diseñaran un mecanismo que leyera su mente. Creo que temía perder en cualquier momento la visión. John Beckman, el astrofísico del IAC, fue compañero de clase de Hawking: era, en efecto, un estudiante perezoso que iba de fiesta en fiesta. Las vueltas que da la vida antes de que llegue la muerte.

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Jerónimo Saavedra se baja del taxi

La dimensión de Jerónimo Saavedra abarca latitudes que comprenden un quehacer a caballo de dos siglos, siempre en el primer plano de una sigilosa movilización. Saavedra era ya en la clandestinidad del Colegio Mayor San Fernando, en los albores de un cambio que se hizo embrionario durante demasiado tiempo, una especie de contrafuego. Los alumnos se parapetaban bajo la autoridad moral e intelectual del profesor tranquilo que movía los hilos de la contestación con estilo más inglés que canario, si aplatanado no es lo mismo que flemático. En la despedida del diputado del común, que ayer presentó su último informe -va a costarnos prescindir de sus servicios-, comentó que su coche oficial es el taxi, para quienes le suponen un boato falso y le reprochan el empleo público a su edad.

Antes, mucho antes de que sobrevinieran los alumbramientos políticos que dieron la vuelta al calcetín de este país en el último tercio del último siglo, decir Saavedra era esperar esta respuesta: “Un tipo inteligente”. La condición de sabio le acompaña desde entonces, desde que agitaba las conciencias de su partido hablando de autonomía, que era una cosa más propia de nacionalistas que de socialistas afrancesados por centralistas. O sea, que el fundador de la autonomía y su primer presidente, en el 83, fue un político del PSOE que ha sido más nacionalista que muchos nacionalistas que no han sabido serlo ni parecerlo. Hubo, incluso, un debate por entonces -en la génesis del Estatuto- que sentenció a unos y a otros: mientras Saavedra se erigía en el baluarte de un solo gobierno de todos los canarios para romper el vasallaje político de Madrid, se rebeló el contrapoder de los cabildos, bajo la desconfianza competencial de la autonomía.

Los cabildistas se oponían a un gobierno consistente que fuera una sola voz frente al poder central. En el umbral de los acontecimientos posteriores, una y otra postura se enfrentaban con recelos de todos los colores. Por suerte, la autonomía se impuso, los cabildos conservaron su papel -verdaderos gobiernos insulares- y ninguno se comió al otro. Pero quien tenía la cabeza fría era Saavedra, que timoneó el proceso como un santo padre pastoreando a los díscolos y a los disciplinados por una senda que era desconocida y que apenas contaba con tristes precedentes, como el estatuto de Gil Roldán, que entró en el Congreso una semana antes del golpe de Estado de Franco y se convirtió en papel mojado.

En el hotel Mencey me reuní años después con un periodista francés de Le Monde que venía a entrevistar a Saavedra, “el Miterrand canario”, me dijo. Tenía fama de estadista indócil en los debates de su partido. Cuando tuvo que enfrentarse a Guerra, lo hizo, y cuando había que discrepar en público era un apóstata elegante que no se bajaba del burro. Felipe González lo nombró ministro dos veces, pero nunca se dejó apesebrar. Era un cardenal insurrecto en el Vaticano de los socialistas españoles, un verso suelto sin remedio que creó de sí mismo la leyenda de un político que estaba por encima del bien y del mal. Saavedra tenía la talla de un dirigente nacional al que le quedaba chico el traje de isloteño; ha sido el autonomista incombustible de una tierra que no reparte beneficios en términos de gratitud al inventario de sus mejores dirigentes. Saavedra merecería ahora el Premio Canarias por lo que dio a su tierra en todos los frentes políticos en los que se desempeñó hasta llegar incólume -¡qué milagro, siendo canario!- con más de 80 años, y poder decir, ¡hasta aquí hemos llegado! Le guardo, en esta casa le guardamos, un afecto sincero que es la testificación de 40 años de periodismo con Saavedra bajo el foco. No tenemos por estos lares la costumbre de ser agradecidos. Gracias, Jerónimo. Y otro día, más sobre el hombre que baja el telón.

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El diputado Buzz Lightyear y el voto secreto de la caja tonta

Esta, sin duda, es una de las etapas más grises y planas de la política canaria, que, por mucho que parezca propio de la involución general, no debería sernos indiferente. Ya raya en el escarnio y las apuestas auguran que no ha tocado fondo, pues están el infinito y más allá. Muchos de los problemas solubles de nuestra sociedad resignada se cronifican (el paro, el salario, los atascos, las listas de espera…) por la ineptitud de los gobernantes de turno. No existe un examen de cualificación (ni intelectual, ni psicológica) del gestor público, a pesar de la trascendencia capital de su labor. Y el ciudadano consiente que se atrofien las incomodidades sociales, habituado a presenciar un desfile de incapaces por los más relevantes cargos de la Administrración. ¿Cabe decir basta -también- a esto? ¿Reclamar mayor altura y solvencia en nuestros gobernantes por una elemental decencia democrática? El comportamiento del alcalde de Firgas que dimitió por suplantar zafiamente a su hijo en unas oposiciones públicas no fue el primero ni el último de los escándalos recientes que jalonan la burda saga de próceres locales.

Un político y jurista veterano, ya retirado de la vida pública, comparte con algunos periodistas en Tenerife, estos días pasados, el debate (en sesiones separadas) de Azaña y Ortega y Gasset, hace 85 años, en el Congreso de la Segunda República, sobre el problema catalán (donde el filósofo sentencia que “debemos renunciar a curar lo incurable”, pues se trata de un problema perpetuo que solo se puede “conllevar”). Y de la cita histórica se termina hablando de canarios de otro tiempo que mostraron un énfasis relevante en la defensa de su tierra, desde ideologías diversas, con ánimo de salvarla y llevarla a buen puerto. Eran canarios cuidadosos en el respeto a la historia y amantes del saber, eran personas formadas, cultas, de mente abierta. Salieron nombres a relucir y los siglos respectivos en que vivieron. Ya no digamos aquellos personajes preclaros, no pidamos tanto, sino modestamente gente preparada, con instinto cultural y acreditado talento. No esta deforestación de líderes, esta lamentable decadencia que ha degenerado en un clima de chanza y pitorreo. Gobernar no es soplar la flauta del asno que decía Tomás de Iriarte, por si suena por casualidad. Gobernar es el mayor desempeño cívico que se puede ejercer. Pero la política está por lo suelos. Estas islas dan fe de ello estos días. Este Parlamento, para unos cuantos, es un circo, con perdón para el noble arte de la carpa, un club de la comedia y la desvergüenza, un duelo de cachiporras y votos marcados, que en carnavales fue asaltado, hace unos años, por un tejerito de Toy Story. Lo cual no es de extrañar, dado el nivel.

Con los pies en el suelo, la política canaria vive sus horas más bajas. En medio de una devastadora banalidad, que se disfrazó no hace mucho de regeneración, han tomado el relevo los peores del gremio. En la tertulia del jurista y político retirado, surgió un concepto en desuso: la conciencia canaria. A priori, se le asocia con la pléyade nacionalista de antes y después. Y, sin embargo, era una noción consensuada de amplio espectro ideológico. Fue Unamuno -que nos reprochó la flema y soñarrera- el que nos convocó en su día a crear la conciencia canaria, y otro paisano, Juan Marichal, la reivindicó desde Harvard en el prólogo del Natura y Cultura cuando hacer semejante invocación era todo un desafío al régimen franquista, centralista hasta la médula. Lo paradójico es que ese constructo, hoy por hoy, es ajeno al mismísimo nacionalismo gobernante, sorprendido tantas veces en su falta de criterio.

Hemos llegado, por caminos inciertos, a la definición de región ultraperiférica, lo que antes hubiera constituido un insulto, pero se ha perdido el rumbo -quién sabe si definitivamente- para saber lo que somos y queremos ser en la España que, a la vuelta de la esquina, será otra cosa distinta a la de hoy tras el proceso catalán. Estamos fuera de juego, no solo de la España peninsular, sino de un mínimo enganche con los asuntos de Estado y, lo que es peor, sin discurso de puertas adentro. No ha habido una etapa similar de desconcierto, desconocimiento y desierto de ideas en esta tierra.

Mencionó el jurista y político ya fuera de servicio a dos canarios: Galdós y Estévanez. Ambos conciliaban la defensa del terruño desde Madrid bajo el paraguas de una órbita española que les daba cobijo y adherencia, tan propio del inconsciente insular, del que siempre se dijo que siente sed de continente. Y lo hacían mucho antes de esta democracia de los años 70, del Estado de las Autonomías y la entrada en Europa. En muchos aspectos hemos ido para atrás. Los avances políticos de los siglos XIX y XX, que alentaron en las islas un espíritu regionalista rebelde y más tarde autonomista casi emancipatorio, tras la soberanía de Cuba, diríase que desembocan en dos líderes contrapuestos: Jerónimo Saavedra y Manuel Hermoso, de cuyas alianzas e infidencias somos y seremos descendientes para siempre. Pero cabe atribuirles la paternidad del método, teoría y praxis con que Canarias se hizo -e izó- en el autogobierno. Yo era adolescente y lector de Carballo Cotanda (Canarias región polémica) y he seguido devorando cuantos textos fueron llegando después mientras estas islas calafateaban las cuadernas de sus especificidades, con su REF, su integración europea… Hoy estamos en la esterilidad política más absoluta, en el desprecio rampante al pensamiento y la erudición, es decir, vivimos un período de sequía en la defensa ilustrada de Canarias. ¿En qué manos estamos?

En su reciente viaje a Tenerife, Rajoy exclamó en Los Abrigos, delante de un abadejo con papas arrugadas: “¡Qué diantres, el mayor defensor de Canarias soy yo!” La cita no será literal, pero los testigos la han contado en términos parecidos. No exagera el presidente, sin restarle méritos a Oramas y Quevedo, en relación con los anteriores gobiernos autonómicos. De este dirá la historia que aplaudía con las orejas al Gobierno central, que le obsequiaba con dineros extras que no acertaba a gastar, y dirá, con Ortega, que mientras “está España toda tensa”, las islas están de jarana, frivolizando sobre tasas de paro -”¡la dicha de un 20%!”-, baches y carreteras, colapsadas las urgencias…, y los líderes jugando con bolígrafos de colores a pillar el voto secreto del diputado Buzz Lightyear sobre la caja tonta.

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El sueño de madera de Poleo y el grillo de don Eloy

La Caseta de Madera era un pecio, un espacio cargado de historia casi teatral, varado en la orilla de Los Llanos, junto al Castillo Negro y la ermita de Regla. A Guillermo Cabrera Infante le pareció un lugar imaginario, uno de los trasplantes fantasmagóricos que solía hacer Tenerife para parecerse al Caribe y traerse a Cuba de regreso. Infante, ya difunto, y Miriam Gómez, la esposa actriz, gozaban del cherne y la vieja de Paco Poleo, él fumaba su habano cuando dejaban, como si fuera una cena en el Malecón. Aquella noche, Paco Poleo le ofreció su libro de visitas (reunió una enciclopedia de nueve tomos manuscritos e ilustrados célebremente por huéspedes de relumbrón) y el bueno de Infante dio fe de una noche de éxtasis en la isla adoptiva.

Lo de Eloy Díaz de la Barreda era una enfermedad. El teatro como un estado de alucinación, que le duró una vida entera y nonagenaria, como si siempre hubiera vivido entre bambalinas, como Poleo entre fogones y mesas de su teatro de madera. De la Barreda, que había hecho teatro casero muy joven con decorados de papel, tenía también, como Infante, la querencia de América metida en las venas, porque las grandes compañías solo hacían escala aquí de viaje al Nuevo Mundo. Mi abuelo político Martínez Viera escribió Anales del teatro en Tenerife y contó los vericuetos de ese vaivén. De niño, en las sobremesas de la Caseta de Madera conocí las sagas familiares del teatro y la cultura de la Isla, que se daban cita a bordo del restaurante como si en cualquier momento fueran a zarpar. De la Barreda era el Tío Pepote de la radio de todas las familias de los pueblos de Tenerife, a través de Radio Club. Detrás del receptor, al final de la función, los adultos sacaban caramelos que repartían entre la audiencia infantil, secundando el milagro de don Eloy, que invocaba el premio final como si sacara conejos de la chistera de las ondas por la magia incuestionable de la radio. El teatro era un misterio, decía, un acto sublime de casualidad, donde el éxito y el fracaso dependían de que un día -como le ocurrió- se metiera en el Guimerá, en mitad de una función, un grillo y la armara. Siempre soñó, en las vísperas de los estrenos, con el grillo imprevisible.

En las páginas de los libros de visita de Paco Poleo -Ricardo Melchior lo nombró hijo ilustre de Tenerife- había mucho teatro contenido entre actores y escritores de su clientela. Alberti dibujó una paloma, Poleo cerró el libro para que no se echara a volar. Yo pude hojear ese tesoro impagable de testimonios de marca mayor. Había autógrafos y declaraciones de amor a la Isla y a la Caseta, dibujos y poemas de personajes renombrados, y toda una explosión de emociones con el estómago contento que, recorridas de un tirón, componían un relato coral de artistas y políticos de medio planeta. La Caseta tenía el sabor del mojo de la nostalgia que dejaría la huella del restaurante cuando en los años 90 fue obligado a desaparecer por la llegada del cemento de las torres y el auditorio.
Paco Poleo, que alardeaba del copyright del mojo cilantro de su madre garachiquense, siempre reconvino a las autoridades por su olvido imperdonable del compromiso de cederle un lugar alternativo para refundar la casa de pescado que había adquirido en los años 50 a su primer propietario, Juan Colón. Nunca cumplieron con la promesa dada hasta que perdió la esperanza y vivió con la frustración de la pérdida irreversible de su barra de madera hecha de las ruinas de una vieja chalana y sus mesas repartidas en la trastienda de aquel barrio populoso que, el mismo designio urbanístico, desmanteló para siempre. Quedó la maresía y el legado bibliográfico de Paco Poleo, que acaba de fallecer, como don Eloy, frisando los 90 años. Dos hombres de la cultura y una Isla abierta a los cuatro vientos. Liberada, la paloma del poeta los lleva consigo a hacer teatro en el aire, porque aquí abajo los comensales de entonces ya no están.

 

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Daniel Gavela, Iñaki, la brisa es la misma

Hace ahora 20 años que sacamos a la luz la biografía periodística de Iñaki Gabilondo en El País Aguilar. El título, Ciudadano en Gran Vía, fue obra de Daniel Gavela, que estos días ha vuelto al regazo de la fábrica de los sueños en esa calle legendaria que es como el Broadway madrileño. El regreso de Gavela a la Cadena SER como director general es una de las mejores noticias de los últimos tiempos en el periodismo español. Daniel Gavela e Iñaki Gabilondo son palabras mayores en la estepa de un oficio que se va quedando sin señas de identidad.

Cuando hace 20 años me mudé a Madrid a seguir los pasos de Gabilondo, conocí la factoría por dentro. En los pasillos de Radio Madrid, en la Gran Vía, entonces, escuché este comentario en voz baja tras la estela de Gabilondo: “Ahí va Dios”. Era un latiguillo que condensaba la extrema admiración que en privado sugería la figura del periodista radiofónico más solvente que ha tenido este país (Premio Taburiente de DIARIO DE AVISOS). Gavela me habló del “miedo atávico” a que a Gabilondo, que se echaba a la espalda más de seis horas diarias de radio en Hoy por hoy y que era la espina dorsal de la audiencia y la publicidad de toda la cadena, un día se le ocurriera “parar el reloj”. Cuando sufrió una crisis de saturación y pidió un año sabático, se escapó a África y volvió como nuevo, pero le bastaron unas vacaciones largas. Delkáder, que reinventó la SER con la llegada de Prisa, decía que Iñaki no era humano. Sabía que no podía ponerse enfermo, y eso le mataba de responsabilidad. Pero Gavela me contó, con los ojos iluminados, que el día que hicieron saltar el EGM, de 2,8 a 4,5 millones de oyentes, lo llamó y le dijo: “¡Iñaki, aquí empieza una nueva historia!”.

Acostumbrado a madrugar, llegaba a la radio y convocaba a todos a la terraza de la emisora, para ver con los vencejos salir el sol. Dios no tenía despacho. Cuando terminaba el maratón de Hoy por hoy se refugiaba en la trinchera colegiada de Antonio García Ferreras, que era el jefe de Informativos, por donde transitaba toda la redacción. Iba de mesa en mesa, sin paradero fijo, hasta que reagrupaba sus filas y hacía aquellos encierros en la sala de reuniones para el ensayo general del día siguiente. Era un espectáculo ver los entresijos del espacio más concurrido de la radio española, hasta qué punto se cocinaba a fuego lento la escaleta de Hoy por hoy. Flotaba en el ambiente el espectro de cada uno de los dioses predecesores de la casa.

Gabilondo me habló una vez de Antonio Calderón, el maestro de la imaginación, del teatro del aire, creador del mítico cuadro de actores de la cadena y de alardes como Pasos, un personaje mudo. Iñaki lo adoraba, heredero de una escuela de locutores que no solo hablaban bien, sino que daban su palabra. El estudio es un altar, sostenía Gabilondo, calderoniano por los cuatro costados. “Yo he estado con él más tiempo que su mujer. Lo he oído hasta pensar”, me decía del padre de la expresión servicios informativos, de Hora 25 y de Javier González Ferrari. “Dígale que soy su oyente más leal. Iñaki es distinto, nadie tiene su personalidad”, me diría el propio Calderón antes de morir. Entonces, el periodista vasco, hijo de carnicero antifranquista, con ocho hermanos, me reveló su encontronazo con la mafia local de Sevilla cuando acudió a dirigir la emisora de la SER y los capos caciquiles de la ciudad lo llevaron a comer a El Puerto de Santa María. Le dijeron que si se portaba bien, tendría un destino feliz, pero si volaba a su aire le amargarían la existencia. “Yo triunfo y fracaso solito”, los desafió, y no pudieron con él; hizo la mejor radio de España. A Gavela en Sevilla no pararon de hablarle de “un tal Iñaki”, que había revolucionado la ciudad, cuando los dos ni siquiera se conocían. La SER y El País, donde me curtí, rezumaban un estilo, una marca, un modelo de hacer periodismo que en los años 80 y 90 ya gozaba de una fama seductora en todo el gremio. A ojos de hoy, suena a rancia nostalgia. Ni el acicate es el mismo, ni la integridad moral del oficio se le parece. Pero nada cuesta sacar los endriagos del armario, contra los que aquellos periodistas se jugaban el tipo. Veo la ira mercenaria de los nuevos justicieros alevines y acuso recibo del desatino. Escasean los Iñakis y Gavelas. Iñaki enfrentó un golpe de Estado al frente de los Servicios Informativos de TVE, en tiempos de Fernando Castedo, cuando Tejero se echó al monte y El País y contadas cabeceras como DIARIO DE AVISOS los tuvieron bien puestos y sacaron editoriales como obuses contra la asonada.

En Radio Madrid, Gavela imprimía carácter, era célebre su minuciosa metodología, como me había anticipado Juan Cruz. Cuando cayó el avión de la Dan Air en Tenerife, con 146 pasajeros, hace casi 40 años, lo contamos en El País y Gavela vino a conocernos a Martín y a mí, tras el rastro de nuestros trabajos en Triunfo y Diario de Barcelona, y en El País, de la mano de Gavela, permanecimos dieciséis años ininterrumpidos de periodismo al más alto nivel. Gavela era exigente, pero recompensaba su voluntad de estilo y rigor. Periodismo y periodistas sin frutas fermentadas, procesadores de las constantes vitales de la sociedad sin paños calientes, con la acritud ajustada a la cartuchera, nunca al servicio del mejor postor. Ahora se ha impuesto un periodismo en almoneda, obsecuente con el poder si paga bien y está ese otro periodismo filibustero que se tatúa con pinturas de guerra y expele su tinta biliosa al calor del amo que amamanta las hienas, unos maman con la boca llena y otros con la boca chica, fingiendo dulzura en el paladar acre de su ocio servil, holgazán y porquero. En la palabra contra la espada, Iñaki se dolía de los canallas que lo escarnecían, porque no era de su tribu. Pasamos meses rebuscando en esas gavetas atestadas y salió un libro que ahora cumple veinte años. Gavela bajó con alborozo las escaleras en Radio Madrid, festejando el hallazgo: “¡Ya tengo el título: Iñaki Gabilondo, Ciudadano en Gran Vía!”. Ahora ha vuelto a la casa de los éxitos sin haber perdido la paciencia, que es como se vence a la mediocridad.

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Juan Hidalgo deja todo en su sitio

Con Juan Hidalgo cabían todas las conversaciones sin ninguna restricción. Era un artista de mente abierta, pero era, sobre todo, un transgresor, que hizo de la heterodoxia de su lenguaje la manera punzante de herir todas las sensibilidades renuentes a la experimentación. En un país como España, el canario Juan Hidalgo era una errata en mayúsculas que despertaba recelos y elogios reservados para los casos clínicamente irremediables. No hubo forma de acotar los volcanes de su expresión artística. Colgó penes mayúsculos en blanco y negro y no pudieron limitar su capacidad de desvergüenza exquisita como fotógrafo deslenguado. Era un artista enigmático ya en los años 70 cuando lo conocí. Venía siempre de fuera, como el reflujo de una ola que no cesaba de viajar entre orillas. Hidalgo era, además, cercano y cordial. Los canarios no sabían exactamente por qué era ya célebre entre nosotros y fuera de nuestras fronteras. Era un personaje inclasificable, por las costuras de su arte, que se hacía admirar entre públicos selectos, habituados al talento inusual del artista de Las Palmas.

Pero estaba claro que Juan Hidalgo traía en la mochila un cargamento de propuestas que duraron todo el tiempo hasta hoy, convertidas en legado. No tenía apego a los premios y le fueron dando muchos a lo largo de su dilatada vida. Ya en Ayacata, en Gran Canaria, impedido por último en su silla de ruedas, conservaba la ira del desierto que lo llevó por Europa como un nómada de islas que nunca estaba quieto. La música de Zaj, su grupo de los 60, con Barce y Marchetti, guio por esas dunas a artistas que estaban por descubrirse contra la inercia de las convenciones. Fue el caso de Esther Ferrer y otros que debieron a Hidalgo la hazana de abrirles camino sin reparo ni complejos.

“Tenía su sitio”, me dijo ayer Martín Chirino, cuando lo llamé para compartir recuerdos del paisano que acababa de morir con 90 años a cuestas. Chirino, que cumplirá este jueves 93, izó su memoria todo lo lejos que pudo y repasó momentos de Hidalgo por las vanguardias del siglo XX como un ermitaño desinhibido. “Así éramos algunos canarios durante ese siglo, muy nuestros y atentos a los lazos con las islas, cada uno en su espacio y en su condición”. Martín Chirino y Juan Hidalgo, dos grandes artistas longevos paridos del mismo tronco de un archipiélago, comparten el transcurso de los años dorados que dieron frutos de ese calado. Chirino no reparó en las limitaciones del tiempo, camino de convertirse un día en un centenario en activo. Se refirió a Hidalgo con afecto y nostalgia, porque ambos vienen de donde vienen, del siglo pasado, y han transitado por este sin perder el equilibrio.

Yo guardo una mirada común de ambos de cuando era joven y periodista inquieto que frecuentaba a estos genios amables y con ellos aprendí y crecí admirando los éxitos de su talento. Hoy los veo marcharse y lamento que el tiempo se haya hecho tan corto. Los he visto aflorar y deslumbrarnos en sus peripecias artísticas. Eran faros y siempre estaban ahí, alumbrándonos. Me cuesta decirles adiós. Me duele despedir a Juan Hidalgo, convocarme con sus fans a un recuerdo postrero. Se van los que dieron en la diana. Juan Hidalgo no quería más premios cuando llegaron los últimos, como el nacional de Artes Plásticas, al filo de la muerte. Se merece ahora el recuerdo, el respeto, el reconocimiento de su sitio. El sitio que se ganó, como dice Chirino, en el lugar espacioso de la historia, donde solo caben unos cuantos.

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Forges se ha ido y ¿ahora quién piensa?

Una de las cosas que más me ha impresionado siempre es haber estado hablando con alguien del modo más distendido, sin poder sospechar que le quedara poco tiempo de vida, y a menudo sin que mi interlocutor tampoco lo supiera de antemano. En la antesala de la tertulia de La noche en 24 horas, de TVE, en Madrid, una de aquellas veladas coincidí con un hombre de mediana estatura que tenía una conversación amigable y contaba anécdotas de aquel sitio que había sido su lugar de trabajo en otro tiempo. Los sabios mundanos tienen ese aire coloquial con gafas y una cabeza prominente. Era Forges -su apellido Fraguas en catalán-.

Forges te caía bien a la primera y te metía en su viñeta. En mitad de un simple compás de espera -los dos aguardábamos el mismo aviso de Xabier Fortes para entrar en escena-, hacía de ti un personaje de su cosecha bajo un bocadillo de trazo grueso y acababas hablando con su sufijo jergal -acuñó la palabra bocata, recogida en el diccionario-, como en la pandilla del barrio cuando decíamos incrédibol, chorbo y satamente, y él se desternillaba de risa con sus bromas y tus chorradas.

En una de esas premoniciones involuntarias, Manuel Darias entró en mi despacho la semana pasada para que le firmara los premios anuales que concede su veterana página de cómics, y nos detuvimos a hablar de uno de los galardonados, Antonio Fraguas, Forges. Los dos profesamos una evidente admiración por el formidable talento del dibujante culto y campechano que mejor retrató las intimidades tribales de su país. ¿Por qué nos pusimos a hablar con pesar de Forges por su miedo a los aviones, que le hacía un huésped imposible de los náufragos de esta isla? Traes a colación a alguien que está a punto de morirse como si esa idea flotara en el ambiente. Forges solía citar a Albert Schweitzer, el médico y filósofo Nobel de la Paz -tío de Jean-Paul Sartre-, que en su reverencia por la vida decía que pensar en una causa justa ayudaba a que otros lo hicieran también y el problema se resolviera. “No se olviden de Haití”, invocaba cualquiera de sus personajes antes de que saltara el escándalo de Oxfam tras el terremoto.

Su muerte se hizo noticia en los medios de papel este 23F. Era el testigo gráfico que narró la transición y la democracia, nuestro mejor exégeta de entresiglos. No dejemos morir a la democracia, no nos olvidemos de ella, nos dice uno de sus blasillos póstumos. En aquella sala de espera de TVE, Forges contó con todas las formas de la sonrisa en su cara las cosas que había vivido en aquella casa cuando Adolfo Suárez fue su jefe. Tenía el mejor recuerdo del duque que trajo la democracia a España, hablaba con afecto del espíritu guerrero que escondía en su apariencia de hombre frágil. Suárez -del que fue más tarde asesor de imagen en CDS-era chistoso, según Forges, y cuando el humorista, que había sido técnico de telecine, mezclador de imagen y coordinador de estudio, le dijo que se iba a dibujar para siempre y se despidieron, Suárez le agradeció que no se hubiera metido con UCD en sus tiras cómicas en la prensa. ¿Cómo morder la mano de quien te da de comer?, creo que fue la respuesta del humorista.

Era una combinación espontánea del Quijote y Sancho, aunque a primera vista se le asociara más con el segundo. En una conversación como aquella, salía a relucir su cultura, su búsqueda del ángulo muerto, de la originalidad que le había inculcado su padre cuando le dijo que quería abrazar la profesión de dibujante. Y, sin embargo, añadía con cierta contrición que no sabía dibujar. La inteligencia de Forges no era la de Picasso, sino la de Borges autor de viñetas en lugar de cuentos. No tenía problemas para hacer dibujos colosales con cuatro frases lapidarias sobre el hombre y su circunstancia, pero sí sentía el horror vacui al folio en blanco. Lo suyo era el chiste editorial en el que lo introdujo en Informaciones Jesús de la Serna, que siempre me pareció -cuando lo conocí en El País- uno de esos dioses venerables de este oficio. Forges intentaba ser “una persona justa, nada más”, no hacía viñetas biliosas, de ahí su humor solidario. El humor, en su concepción, es “un arma que no mata, pero hace pensar”, y no paraba de recomendar cuatro hábitos sencillos para debelar la incultura y el mal humor: pensar, leer, ver y escuchar. Tenemos un déficit de esto último en un país que grita por televisión. Con esa tesis, Forges, que fue tertuliano de Luis del Olmo, no dudó en volver a la radio cuando se lo propuso Pepa Fernández, la adalid de los “escuchantes” en No es un día cualquiera, en RNE. Era un gran escuchador. Durante aquel rato, hablaba y dejaba hablar, con la curiosidad en estado de alerta. Citaba las noticias que le producían espasmos en el píloro, como el informe de Cáritas sobre España a la cola de la pobreza infantil. En Canarias, Cosma y Blasa comentarían al trote los rankings del paro y la dependencia,y un náufrago leería en el islote los atascos de la TF-5 por estos peñascos. Se nos acaba de ir dejándonos sin la muleta de la mano que nos hacía pensar.

Alguien lo encontró una vez distraído por la calle escuchando a Mahler con los auriculares. Adoraba la vida y sus ofrecimientos. Lo hemos perdido de aliado y lo vamos a echar de menos entre tanta fiera que nos rodea. Al vicepresidente y ministro de Defensa de la transición,Gutiérrez Mellado, que Zenaido Hernández nos ha recordado este 23F en su condición de vecino de El Toscal, lo recordamos desafiando al golpista, ante la desesperación de Suárez intentando sujetarlo desde el escaño, en una escena tan forgiana. Tejero lo zarandeó y trató en vano de tirarlo al suelo. Cuando, meses después, lo conocí personalmente, lo traté como un héroe y tuvo la misma respuesta que Forges. “Yo solo soy una persona justa”. Forges murió un jueves, que es el nombre de una revista de humor en la que colaboró, y la noticia salió impresa el viernes 23F. Treinta y siete años después, ya no están ni Suárez, ni Gutiérrez Mellado ni, ahora, Forges. Se nos caen los héroes de la viñeta y no tiene ninguna gracia.

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El café leído

De Juan el del Arkaba hace tiempo que nadie habla, pero era un personaje insustituible en una ciudad que se fraguaba, sobre todo, en los dominios de la Avenida de Anaga y del puerto, delante de los barcos y las montañas traseras y de espaldas a los resuellos de la urbe que trepaba desde allí hasta sus confines. En esa cafetería quedó flotando el recuerdo de una época de artistas, políticos, periodistas y escritores, ya borrosa, donde era evidente su carisma de barman y maestro de ceremonias, hasta que lo sorprendió temprano la muerte.

Algunos de estos bares, cafeterías y restaurantes gozan de una fama legendaria y a veces de una legendaria mala fama consecuente con su confluencia de vicios y amistades peligrosas. El Arkaba tenía un traje para cada ocasión, era exquisito y familiar de día y permisivo de noche con la fauna bohemia de una clientela fiel. Se era del Arkaba como de un club de fútbol o de una murga del Carnaval. Juan era de Güimar y culé, un futbolero educado que templaba las cuerdas de la feligresía dividida del bar. Las letras le daban menos disgustos. Allí quemaban la noche los periodistas noctívagos y siempre paraba a hablar con él el inefable Arroz, que recorría la avenida pasando el cepillo y arrastrando los pies. Hay personajes que son paisaje.

De igual modo, en La Habana yo siempre acudía a El Floridita como una rutina para ver la estatua de Hemingway acodada en un extremo de la barra, porque era célebre su apadrinamiento del lugar donde acuñó el daiquiri, como en nuestro caso un cliente anónimo instituyó el barraquito en el bar Imperial. Uno colecciona bares sentimentales, atrapado en las majaderías de los libros y los periódicos, donde tomar café y leer y escribir. Mi tío Paco Martínez del Rosario hizo de La Prensa una especie de barra de tasca de libros. Su librería, en la esquina del Castillo y Suárez Guerra, convocaba a parroquianos de Gaceta de Arte, a su primo el actor Francis del Rosario, a toda la peña del Círculo de Bellas Artes y a una insurgencia de jóvenes autores que venían rompiendo los diques, como el más aventajado, Luis Alemany, que luego siguió frecuentando otras fondas, fiel a su estilo. Fue allí, en La Prensa, donde el abogado José Arocena vociferó en una ocasión el nombre de un escritor colombiano que, a su juicio, daría que hablar: Gabriel García Márquez. Su voz atronadora llegaba a oídos de niños que nos quedábamos con todo. En efecto, Arocena, lector compulsivo, había dado en el clavo, pero lo supe años después. Cuando los bares se confunden con librerías o pinacotecas y tienes la suerte de conocerlos muy pronto, descubres un filón para siempre. Hoy los periódicos que no se venden en los quioscos se leen en las cafeterías. En una foto en blanco y negro, conversan apretujados en torno a una mesa pequeña de bar con platos y vasos ya vacíos Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes junto a otros dos amigos de su corte. La imagen de los años 60 se titula La mafia en La Ópera, que es un antro mítico de México en cuyo techo se conserva la bala que disparó Pancho Villa en tiempos de la revolución. Fuentes en el sur de Tenerife solía recalar en la cafetería del Hotel Jardín Tropical de su amigo Jesús de Polanco. Leer y escribir en los bares y cafeterías le apetecía en México o en Tenerife, y yo le acompañé una vez en que tenía entre manos La silla del águila, sobre los meandros del poder que era su monomanía bajo la piel de diplomático hijo de diplomático. Fue cuando me dijo que había escrito primeras novelas muy malas a varias manos saltando con los amigos de bar en bar.

En el Arkaba, Juan, camarero y copropietario, repartía juego en las mesas sin perder el control de la bandeja. Era excepcional como relaciones públicas, cobijaba a ecologistas de alguna plataforma alternativa, a peñas de poetas desheredados y a pintores desconocidos que acabarían colgando sus lienzos en las paredes cuando ideó una minigalería de arte amateur que enseguida tuvo gran repercusión entre artistas menesterosos. Fue allí donde anidaron los fetasianos de Rafael Arozarena e Isaac de Vega. De esa fusión trasnochadora de bohemia y periodismo en los bares literarios con el aura de Montparnasse en Santa Cruz va quedando escasa huella. Era común en el sector ver crecer narradores y artistas, como el Grupo Nuestro Arte de la llamada generación del bache, donde Pedro González, Miguel Tarquis, Enrique Lite, María Belén Morales y Antonio Vizcaya Carpenter eran para nosotros los popes de un altar mayor.

La famosa tertulia nace en esos páramos sin tecnología. González-Ruano se llevaba la suya de café en café, hasta la última, en Cafe Teide, donde escribía como si fuera su domicilio. Cuando llegó el móvil, la gente dejó de hablar y frecuentar el café literario, y la conversación de estas catedrales se replegó transformada en soliloquio trabucaire de las redes. Pero yo me permito la nostalgia de navegar en mi iPad en cafés convencionales. Con lo que digo, estoy poniendo un pie en cada orilla; me apena que desaparezcan esos refugios nucleares donde apetecía leer, escribir y conversar. Se fumaba mucho y ahora no. Se dejó de fumar y de hablar. Admirábamos de oídas las tertulias de Café Gijón, donde Pérez Galdós se codeaba con la crème de la crème literaria de Madrid, porque las islas quedaban muy lejos y no teníamos esa clase de santuarios. En cuanto pude visité los paraísos idealizados en la distancia. Luego, me convencieron de que en bares y cafeterías nadaban los periodistas, con lo que aprendí, como pez en el agua. Cerraban el periódico a las tantas y empataban la noche con el día en su tugurio favorito.

Cuando quedé con el periodista Carlos Carnicero en Buenos Aires me citó en una cafetería, donde me recibió como en el vestíbulo de su casa. Se había instalado con el ordenador en una de las mesas, y allí comía y trabajaba. Me recordó en la Da Gigi, donde yo tenía mi lugar de acampada entre el Arkaba y el Montecarlo. En cada local había camareros y propietarios que crearon estilo. Cierto que Da Gigi era político-empresarial y el Arkaba, literario. Allí, en Buenos Aires, cada garito tiene sus intelectuales adoptivos, que saltan a la vista, como en La Biela, en el barrio de La Recoleta, donde nos saludan sentados a su mesa Borges y Bioy Casares.

Siempre he tenido debilidad por las cafeterías acogedoras y entrañables que parecen protegerte en su fanal, donde leí y escribí, en deuda con su capacidad de influencia.

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