Opinión

El avión que lleva el problema a bordo

El 20 de agosto de 2008 se estrelló un avión en Barajas al intentar despegar con destino a Canarias con numerosos paisanos a bordo. El accidente se haría inmediatamente famoso y el vuelo JK5022 de Spanair pasó a ser una muletilla en boca de periodistas, políticos y víctimas, como tantos numerónimos que se nos quedan grabados como la huella de un recuerdo funesto en nuestra mala memoria. A Pilar Vera, la mujer que reclutó Adolfo Suárez en los años turbulentos de la Transición, no le arredran los desafíos. El otro día se enfrentó a la exministra de Fomento Magdalena Álvarez y le espetó en la cara, a la salida de la comisión de investigación: “Usted nunca debió ser ministra”.

Cuando uno se adentra en las anomalías de aquel vuelo del MD-82 que segó la vida de 154 personas, comprende que hemos topado con la Iglesia de los aviones. Es un aparato de la McDonnell Douglas, o sea de Boeing. Esa clase de imperios maneja contratos siderales en el país que es amo del mundo y despachan tanto aviones civiles como militares. No hay manera de que den el brazo a torcer y admitan errores de fábrica, que acepten por qué diablos en sus naves no se despliegan siempre de manera convencional los flaps y los slats, y por qué no sonó la alarma TOWS para advertir de ese fallo determinante que explica la pérdida mortal del avión aquel 20 de agosto del que ahora se cumplen diez años sin que se haya esclarecido el cómo y por qué de la mayor tragedia aérea en España en los últimos 25 años. En esta isla, donde del ránking de decesos por este medio mejor ni hablar, escuece el silencio y hasta el ninguneo sistemático de las autoridades nacionales ante un caso que les distrae de los bombos y platillos.

El JK5022 es esa piedra en el zapato del gobierno de turno, como lo fue el accidente del Yak-42, que se cobró las vidas de más de 60 militares españoles que nunca regresaron de una misión en Afganistán y Kirguistán. La torpeza del gobernante es dejar correr el tiempo con la esperanza de que las familias de las víctimas terminen desistiendo, porque el desánimo es el arma disuasoria del dirigente opaco. Todos conocemos casos que mueren en el camino pese a los muertos de carne y hueso que no merecían el olvido ni la desidia burocrática de la Administración. Pero las huestes de Pilar Vera se han revelado insensibles al desánimo. Con la contumacia de esta mujer no contaban los ministros, ni la Boeing, ni las compañías de seguro, ni los abogados de aluvión que han tratado de trocear y mercantilizar la causa común de›los damnificados de esta tragedia. Hay sitio para la poesía y las canciones y las flores y los monumentos y los discursos y los brindis al sol. Que no le den más vueltas. Este caso que investiga el Congreso, tras diez años de abulia y desinterés político, no cesará hasta que se haga la luz en los últimos recovecos del fuselaje de la verdad.

No vale tirar balones fuera, despejar lejos el meollo de este accidente con el recurso de manual del famoso error humano. Aquí hay pastel. Los expertos admiten en privado los defectos de fabricación de estas clase de aparatos, que ya ha dado otros sustos en otros aeropuertos con resultado similar (muertes masivas) o desenlaces milagrosos tocados por la vara de la suerte. En Lanzarote se registró una de estas cabriolas que ahora poine la piel de gallina. Pero lo grave no se reduce a los siniestros acecidos y debidamente documentados, sino que se acrecienta el temor de que la desgracia se pueda repetir en cualquier momento.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Hay ángeles anónimos no solo en Nueva York

Luis Rojas Marcos bautizó como ángeles anónimos a los redentores espontáneos que se aparecieron el 11 de septiembre de 2001 tras los atentados terroristas que derribaron las Torres Gemelas. Al final de su artículo en El País, Ángeles anónimos en Nueva York, escrito bajo un velo de miedo que cubre al instante a todo superviviente de una catástrofe (y le acompaña de modo latente toda la vida), el psiquiatra que dirigía el Sistema de Sanidad y Hospitales Públicos de la ciudad de los rascacielos menciona a Ana Frank, la adolescente que a las puertas de una muerte segura en el campo nazi de concentración de Bergen-Belsen, en marzo de 1945, no tuvo inconveniente en escribir estas palabras: “A pesar de todo, creo que la gente es realmente buena en su corazón”. Sobre la bondad y sus detractores hay sobrados argumentos en una época pródiga en malvados como esta. Pero Rojas Marcos nos trató de convencer, y así lo hizo cuando lo entrevisté años más tarde sobre su experiencia bajo la nube de polvo de los escombros del World Trade Center, acerca de una caridad hereditaria con los genes del bien común en el ADN de los seres humanos. Por circunstancias bien distintas, el economista austriaco Christian Felber, fundador de la Economía del Bien Común (en octubre se cumplen diez años de su origen), también me cubrió de razones para abogar por una suerte de capitalismo bueno.

Todo es opinable hasta que un fatídico suceso tira por tierra nuestros cánones de confort y nos sorprende la percepción real de la muerte. En los escenarios extremos es donde tienen sentido los ángeles anónimos de Rojas Marcos en su lúcido texto sobre unos hechos de los que el próximo mes se cumplirán 17 años. Cuando se derrumbó la primera Torre y el psiquiatra quedó atrapado con un grupo de personas en la ratonera de polvo sin luz, bajo una “confusión angustiante”, se les apareció un individuo desconocido con voz serena y decidida que los guio con una linterna providencial dejando atrás los cuerpos sin vida que encontraron a su paso.
Al día siguiente del incendio de la Residencia de la Candelaria, alguien pegó en la pared una hoja cuadriculada que daba las gracias a los profesionales sanitarios por la evacuación de la víspera. En la web y las redes de DIARIO DE AVISOS se multiplicaron enseguida las muestras de reconocimiento para quienes socorrieron a los enfermos. En el compendio de los testimonios que reprodujo este periódico, se alude a un despliegue de “superángeles anónimos”, de “héroes anónimos sin capa”. Esa noche quiso el azar que estuviera de guardia un médico especializado en emergencia. Las escenas que relatan los testigos y las fotos que vimos al día siguiente permiten la licencia de pensar en milagros y ángeles anónimos. Hubo entre ellos un paciente enloquecido, que estaba inmovilizado, y que con las manos libres tras saltar las alarmas se empleó a fondo en las tareas de socorrer a los enfermos encamados o impedidos en sillas de rueda. Fuera cierta parcial o totalmente esa historia, merecería serlo, porque ilustra la locura filantrópica que aparca el instinto de supervivencia para ayudar a personas desconocidas como a seres queridos.

Así son los ángeles anónimos que describe Rojas Marcos en el infierno de Nueva York, bajo una especie de neurosis que empuja en tal sentido a los benefactores de incógnito, como sucedió en las Ramblas de Barcelona el 17-A, hace un año. Una de las enfermeras de La Candelaria relata que cuando el fuego se adueñó de la zona de urgencias pediátricas, una densa nube de humo negro impedía ver, así encendieran las luces de los móviles. Hubo exceso de asistencia sanitaria en las horas posteriores en mitad de la calle, a donde fueron desplazados los enfermos, y pronto se improvisó un hospital de campaña en la vía publica. El common good, el famoso bien común que desmiente el codazo y la animadversión rutinaria, se manifestó la noche del lunes en Tenerife, y no tuve más remedio que regresar al buen criterio kantiano de Rojas Marcos sobre la bondad ontológica, genética, innata de este Homo cruentus una vez dentro de la zona cero del drama.

Hubo superávit de médicos en La Candelaria por el número de voluntarios que se ofrecieron a echar una mano. Las ONG como Cruz Roja son auténticos ejércitos de esos ángeles custodios, y las muestras de generosidad no cesaron en toda la noche. Hace diez años (mañana se cumplen) llegué a un aeropuerto, de regreso de América, donde acababa de estrellarse un avión, con el resultado de 150 y tantos muertos. Era el vuelo 5022 de Spanair, un McDonnell Douglas, que no logró despegar con éxito de Barajas con destino a mi tierra. Los familiares de las víctimas permanecen unidos por eslabones inseparables de recuerdos comunes que vencen el olvido, y no hay gobiernos ni desidias institucionales que rompan esa cadena. Exigen justicia y memoria sin paliativos. En Perú, un mes de agosto como este de 2007, me sorprendió la vivencia cercana del altruismo tras un terremoto, con centenares de muertos y viviendas destruidas. No se cree si no se ve, pero el ser humano se transforma, entre lo propio y lo extraño, y se rebela con ira ante el mínimo sabotaje en mitad de la confusión.

En las horas aciagas que vivieron los herreños durante la erupción submarina de octubre de 2011 (pronto serán siete años de aquel volcán escondido), se sucedieron demostraciones de solidaridad entre los vecinos de La Restinga. Todos guardamos imágenes de héroes anónimos en incendios y catástrofes. Y en la isla, en Estados Unidos o en el fin del mundo los ángeles más carismáticos son los bomberos, como Jonay, el primero que llegó a La Candelaria, donde buscaron a un niño debajo de las camas. Veo fotos de bomberos cargando equipajes de vecinos durante la evacuación de los edificios bajo el puente de Morandi, que colapsó el martes en Génova. Un día antes, en La Candelaria, nos hicieron olvidar aquella acción de protesta, en diciembre de 2005, cuando irrumpieron en el vestíbulo del Cabildo con bengalas y extintores. Son los héroes favoritos de los niños, y acudieron a sofocar el fuego en las urgencias pediátricas para mayor gloria del cuerpo capaz de las mayores hazañas.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El bacilo de la discordia

Nos hemos convertido en una sociedad en estado de riesgo, donde fluctúan los días entre crímenes y atracos, en un clima de tensión extrema, que ha terminado por generar un nuevo estado de cosas. Esto empezó tímidamente y se ha ido robusteciendo, como si el grado de violencia y de crispación límite fuera cultivándose hasta constituirse en cosecha permanente. Los que hacemos periódicos conocemos lo que siempre se llamó el pulso de la actualidad. La sociedad está enferma, tiene taquicardias y sobresaltos de infarto. La sociedad se criminalizó a sí misma y multiplica los síntomas de congestión y desaforo.

Hubo un tiempo en que se predicaba en público el buen talante, y el término se prestigió lo bastante para que se asociara al estilo de un presidente de Gobierno. El talante de Zapatero. Era la noción heredada de otras épocas en que se habló del espíritu de apertura y consenso. A Suárez lo vinculamos a tiempos de esto último, y la muletilla sobrevive a otras tendencias menos pacificadoras. Cuando España procedía de una larga etapa demonizada por la represión y el cerrojazo de las libertades cobró rápida fama la idea de un país futuro que se llevara bien. Libertad sin ira, cantaba Jarcha en el 76 en una especie de himno de la Transición. Pero los modelos de convivencia se han ido sucediendo al galope y se han desbocado. Hoy se habla del efecto disruptivo como una moderna fórmula de éxito. El término procede de la economía y se ha instalado en la tecnología, repito,como una estrategia eficaz para la penetración rápida de cualquier producto novedoso en el mercado. Disrupción es irrupción brusca. Lo que prevalece en la nueva metodología social es el recurso a los impactos demoledores que alteren de la noche a la mañana – cuanto más rápido, mejor- las reglas establecidas y den entrada a unas marcas en detrimento de otras.

No tiene terreno abonado ahora aquella invocación al sosiego y la duda -la otrora reverenciada duda cartesiana, de la que hacía gala toda voz que se preciara proactiva y bienpensante-. Hoy predomina como un rayo exterminador la certidumbre intrépida, que se acompaña de la toma de decisiones en tiempo récord.

Se valora en un líder su osadía, incluso más que su audacia, en la capacidad instantánea de actuar en el día a día, aún cuando estén en juego nada menos que los intereses y derechos del conjunto de la ciudadanía. De tal modo que la realidad de nuestras sociedades contemporáneas es fruto de haberle dado la vuelta al calcetín. Lo plausible de ayer puede ser lo censurable hoy.

Volvemos al principio. A este desbarajuste de una vida irritada que se manifiesta en múltiples escenas cotidianas. Me he permitido señalar la criminalización casi doméstica de una sociedad de provincias, tal cual la nuestra, como el resultado de un cambio drástico de ser y de compartir un espacio con los demás, que es una idiosincrasia distinta, diría que radicalmente distinta de la de nuestros abuelos y antepasados.

Aceptando por bueno el cliché de canarios de buen carácter, melosos en ocasiones, acogedores y permisivos, qué duda cabe de que hemos experimentado un salto en el vacío. Somos más parecidos que nunca a la gente de cualquier latitud. Bombas humanas en potencia a punto de explotar. O nos ha ganado el bacilo de la discordia por efecto de Internet -la madre de todos los males, cuando nos ponemos-, o el asunto es feo de necesidad sin darle más vueltas.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Inolvidables veranos de la infancia

En la calle San Sebastián había una confluencia de arterias, como de vías de escape en un laberinto. Y una de ellas conducía a la plaza y la ermita, donde en verano los niños del barrio irrumpíamos como invasores y todo el territorio quedaba a nuestras anchas. Jugábamos a entretenernos por procedimientos que entraron más tarde en desuso: los boliches, la piola, el trompo, la pedrada… Es que antes de esta fiebre sedentaria de videojuegos y consolas había semejantes recursos primitivos. Yo recuerdo la infancia en un estado de algarabía demencial; los chiquillos, organizados en bandas, combatíamos como locos lanzándonos toniques con la estiladera, que en China tiene consecuencias letales, compuesta de horquilla y goma con que dirigir los proyectiles contra todo lo que se movía; lo que me cabreaba es que le dieran a algún perenquén.

Los chiquillos del barrio nos turnábamos de monaguillos en Los Salesianos, que estaba a dos pasos, y tenía unas canchas formidables donde jugar a balonmano, fútbol sala y baloncesto, junto a San Ildefonso y otros polideportivos escolares asequibles. En aquellos veranos indómitos era como entrar en un palacio de deportes gratis con pantalones cortos; de resto, nuestro hábitat natural era el barranco, ajustar cuentas con el enemigo, o hacer acopio de objetos abandonados, de cosas valiosas tiradas por descuido entre los desechos, con las que solíamos ganarnos alguna compensación económica de los mayores. Me quedaba embelesado viendo liar las hojas haciendo puros al padre de un amigo que tenía su tabaquería exprés en casa: cómo daba el corte de la capa con la chaveta y cómo los pegaba con tragacanto. De ahí procede mi etapa de fumador de habanos, que suspendí cuando escuché el testimonio de Al Gore sobre la muerte de su hermana, de cáncer. A veces, en el zaguán, nos miraba con asombro algún chiquillo rapado huido del reformatorio. Esos fugitivos nos caían bien, por la mala fama de aquellos centros correccionales del franquismo, y hacíamos la vista gorda. Hoy recuerdo que éramos niños de la calle, libres y revoltosos, una suerte restringida en estos días, cuando el coco y el hombre del saco, del folklore de asustadores, son alguien de carne y hueso. Con edades tempranas correteábamos por la calle de San Sebastián de arriba abajo, de abajo arriba, del Cine Moderno a la heladería La Alicantina, dejando atrás la Clínica Llabrés…, hasta los confines de la Recova y el Carrito de Machín, sin sospecha de malicia. Nunca pasó nada. Cuando nos mudamos al barrio de Duggi fue distinto. Estaban la plaza y el Colegio de San Fernando, Carmenati el de la imprenta, que nos regalaba melones, y la calle sin salida, con el fotógrafo palmero Miguel Brito Rodríguez, que trajo el cine. Jugábamos y corríamos, pero ya no llevábamos pantalones cortos. Y los veranos empezaron a ser más literarios y periodísticos, con escarceos de fútbol en el campo de tierra del Greco. Pero ya a los 12 años, en casa de mi tío Paco Martínez del Rosario, empezamos a escribir religiosamente mi hermano y yo, sentados junto a él en un piso de techos altos como juegos florales bajo la pérgola de mi tía Carmita en la calle San Martín. ¡Qué veranos en la casa de los tíos, de sopas saladas y el sabor dulzón de la biblioteca! Había libros por todas partes, de Galdós, Zamacois, Estévanez, Cela, Ramón J. Sender, Azorín… En la ruta diaria a la librería La Prensa, de mi tío Paco, pasábamos necesariamente por La Tarde, en Suárez Guerra, en cuya esquina sobresalía en el balcón el famoso águila de pico protuberante que daría título a la columna de Alfonso García Ramos, Pico de águila. Una tarde me escapé de la librería y fui a visitar por mi cuenta al director del periódico, el venerable don Víctor Zurita Soler. Guardó en una caja de zapatos mi poema a Taganana y el primer artículo de mi cosecha, y don Víctor tuvo la generosidad de publicármelos. Desde entonces hasta hoy no he parado de escribir en periódicos. Me bauticé de periodista a los 12 años, era un retoño en La Tarde, y había una prensa vespertina de calidad a la que está predestinado ahora el papel.

Menciono Taganana, porque era el valle paradisíaco de nuestras vacaciones de verano en casa de Juana y Vicente, y nuestra segunda residencia semanas enteras cuando no teníamos clase. Los veranos más temerarios fueron en Anaga, los de mis riscos aliados, pues de milagro nunca me maté. En Taganana conocí con mis hermanos a Ambrosio, que mal llamaban Fenómeno; tocaba el timple y se dejaba fotografiar con los turistas a cambio de la voluntad. Miente quien diga que su aspecto no impactaba la primera vez. La cabeza grande y desordenada por el síndrome de Crouzon que padecía desde niño en un entorno endogámico aislado entre montañas imponía hasta que te acostumbrabas, y pasaba a ser uno más de los personajes irrepetibles de Taganana -incluido el cura de la Nieves, celoso guardián del tríptico flamenco del siglo XVI y de la llave del agua de los campos, según recuerdo vagamente-. En El Lomo, Epifanio no sabía conducir, pero se compró un coche que llamaba la atención. Había vuelto con vida del naufragio del Berge Istra, con otro paisano de la Punta del Hidalgo (Imeldo), cuando se embarcó sin saber nadar en uno de los mayores cargueros del mundo y el barco noruego explotó en el océano Pacífico, hace más de 40 años, con ellos dos como únicos supervivientes (tengo entendido que Imeldo conserva la balsa en la que pasaron veinte días al filo de la muerte hasta ser rescatados por un pesquero japonés) . Había historias reales y fantasmagóricas casi todos los días en aquella cordillera de viñas y lagares y rudos campesinos de naturaleza tierna. Eran veranos luminosos, agrestes y saludables: comíamos lo que cosechábamos. De esa etapa me recuerdo pastoreando y ordeñando cabras, cavando papas y pisando uvas, desriscándome como un energúmeno, frecuentando curanderos y brujas, y enamorándome perdidamente de una muchacha de Asano que me triplicaba la edad.

No teníamos ni idea del porvenir que nos aguardaba. Yo era mal estudiante y recibí una cachetada en el San Fernando por no cantar el Cara al Sol. Los curas de los Salesianos nos mandaban con cartas confidenciales para las monjas del Hogar Escuela. Nos hicimos mayores y echo de menos esos veranos inolvidables de la infancia, porque nunca volverán.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 1 comentario

Ferragosto

Aunque el verano se vista de seda, verano se queda. Y este ha empezado con truco, con el pie cambiado y maniobras de distracción, como si no fuera un verano de verdad, desviando las olas de calor para Siberia, inventando sequías en falsos yermos y montándose el show en los sitios más insólitos. Pero el verano sabe más por diablo que por viejo, y las Islas no se tragan esta canícula de pega. Las noches de Santa Cruz -Santa Cruz la nuit, que decía el inefable Francisco Pimentel- traen la brisa puesta como si fueran noches de primavera. Nosotros, que habíamos olvidado hasta el alisio por absentismo y ya nos hacíamos la idea de un Caribe ciclónico o unas Antillas del Delta, tenemos que andar espabilados y no morder el anzuelo de este verano amable con su déjame entrar. Hoy termina julio su cometido y cae el telón para lo bueno y para lo malo. Los que al atardecer emprendan la evasión y se pierdan para el sur o farden de 75% y se vayan a la tórrida Península a turisquear, traerán a la vuelta noticias del verano de fuera de Santa Cruz, que es una ciudad de verano todas las noches del año, con las calles espaciosas y sin un alma. Requiescat in pace.

Pero que nadie se llame a engaño. Vendrá la canícula, que es la calígula del clima de todo agosto que se precie, y solo cabe cruzar los dedos para que los montes se libren de desaprensivos y pirómanos de agosto, que es la temporada alta de los bomberos. Si cubrimos el expediente sin los dramas de Grecia, y salimos airosos en incendios forestales, valdrá la pena atravesar ferragosto sin mayores propósitos. Hay un apagón informativo a partir de mañana, como no se nos escapa, pero las redacciones espantan (vade retro), en contra de lo que se piensa, los fantasmas que desatan la ira del fuego y que nos amargan la vida por agosto como un clásico de la crónica negra del mes.

Vengan los turistas, pasen y disfruten del espectáculo. Vendrán menos ingleses y alemanes, pero más peninsulares y nórdicos. Y a sabiendas de que el mar es terco como el solo, a poco que las temperaturas alcancen el nivel óptimo en los termómetros y el alisio se repliegue a sus cuarteles, estaremos a pie de playa con la mosca detrás de la oreja por si asoman el hocico las microalgas. No es plato de buen gusto, y este periódico dio buena cuenta del fenómeno el año pasado. La tozuda meteorología tienta a la cianobacteria y, como quiera que los científicos no se ponen de acuerdo, esta es una materia en la que nos iremos haciendo expertos a fuerza de agostos con las playas clausuradas, como cortando huevos se aprende a capar. Las multas de Europa a los vertidos no hace sino recordarnos que la mierda sigue ahí, en los bajos fondos, y que sea o no combustible de la microalga hedionda, a ver quién le explica al turista que se baña en una sentina y que resulta inocuo. Se nos cae la cara de vergüenza con las cifras que aireamos cada vez que nos sale la porquería por el desagüe y la foto no hay quien la desmienta. Tenerife, la isla de los 57 millones de litros de aguas negras vertidas al mar, no es eslogan para un destino turístico. Dudo, en contra de lo que se dice, que las microalgas de 2017 nos sirvieran de escarmiento y hayamos aprendido la lección. En política la memoria es corta, y las portadas del DIARIO pudieron sonrojar un cuarto de hora a los mandatarios locales. Pero el efecto del rubor es limitado, y otras malas noticias siempre piden paso para afearnos la estadística hasta el verano siguiente. Demos a agosto un margen de confianza. Que no se nos ponga chulo.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

La voluta de humo negro

Se echa de menos a grandes figuras en la política mundial. Ha habido de todo, héroes, sátrapas y dictadores con o sin careta. Los de mi quinta hemos vivido un entretiempo de dos siglos sin parangón, con un entusiasmo tecnológico exultante. Pero lo que defrauda es el catastro -la catástrofe- de pésimos líderes de una democracia valetudinaria decadente. De ahí estas líneas estivales cargadas de nostalgia donde traigo a colación algunas de las personalidades -y de las bestias pardas enmascaradas- que me he tropezado cuando me salía del tiesto provinciano, con la arrogancia de la juventud, y este oficio me dejaba volar alto. Recuerdos de pasantía y rodaje de periodista en tiempos mejores.

Son muy jóvenes los nuevos líderes españoles, pero qué bien que comparados con sus coetáneos europeos y extramuros no salen mal parados. Pero está ese desprestigio del cambio, que era la consigna generatriz de los años de este relato. Los héroes siempre eran los grandes políticos. Tenían el don de hacer cambiar las cosas. Ahora declinan en gerentes de gobiernos sin proezas. Por primera vez, ya no son dignos de admiración. Son efímeros, sin estela y los que despuntan son los líderes visionarios de empresas: Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Bill Gates, Elon Musk… Ridiculizado, el político decae como héroe.

En una resaca de posguerras, vimos caer el muro de Berlín, que fue una cosa grandiosa a finales de los 80. Pero no tardó en instalarse la decepción en nosotros. Hay una frase de Flaubert que inspiró las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar: “Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”. Pues eso nos está pasando. Hay avances geniales, pero nunca hubo este atraso de gobernantes y gobernanza.

Suárez era una recompensa de la derecha por los estragos de la dictadura. Me caía fenomenal, me daba entrevistas exclusivas, era un tipo valiente. Con el valor tapaba todas sus carencias. Gorbachov, cuando lo conocí, era el Suárez ruso sin zares: dos democratizadores de países como dos deshollinadores. En la corta distancia me parecían dos casos paralelos sin tener nada en común: uno provenía del franquismo y el otro del comunismo. Ahora que tenemos la sensación de estar jugando la prórroga del triste último Mundial, cero a cero y a penaltis -Mundial sin estrellas, Mundo sin líderes-, la sola mención de Suárez y Gorbachov te eleva la moral. Hubo gente así. Mijaíl Gorbachov vive, con 87 años recién cumplidos, una posdata larga de vida pública en su Fundación y salud quebradiza, con incursiones publicitarias para causas humanitarias y ecológicas promocionando pizzas Hut o maletas de Louis Vuitton, narrando cuentos para niños o grabando baladas benéficas para su difunta esposa. Adolfo Suárez habría cumplido 86 años en septiembre de no haber fallecido en 2014 con la mente en blanco, víctima de los estragos familiares del cáncer y el azote del Alzheimer (la desmemoria histórica).

Tuve suerte de conocerles entre los años 70 y 90, en que pasaron las cosas más formidables que me han sucedido en esta profesión. Dabas con personajes de carne y hueso que eran mitos en vida y estaban construyendo un mundo nuevo, y eras testigo directo, pero creías angelicalmente que así sería para siempre, que la democracia estaba a salvo de magnates y mangantes y todo el monte era orégano. Hoy sabemos el final de la película, pero entonces estábamos en el guion al lado de algunos actores principales. Nos gustaba Gorbachov, cuya perestroika y glasnost tenían el aroma de la Transición española. Y dábamos unas caminatas mañaneras tremendas con él y Raisa, en Teguise; así se fue fraguando una extraña simpatía que desembocó en la entrevista más deseada. Cuando aquel hombre me dio un abrazo en público en Lanzarote en el 92 yo no sabía dónde meterme de la vergüenza. Era sencillo y espontáneo, un gigante de su tiempo, y yo no quería parecer confianzudo. De noche, en La Mareta, tocaba la guitarra española -por eso yo sabía que cantaba baladas-; Raisa era rauda y poco rusa en su look -Raisa la occidental- y padecía leucemia con discreción. Venían de sufrir el golpe de Estado de los rusos reaccionarios y de ceder a la infidencia y dipsomanía de Yeltsin, que gobernó en estado etílico permanente.

Recuerdo la mancha cárdena de Gorbachov en la frente y la mirada de Tito. Había líderes que lo llevaban escrito en la mirada. Fue en La Habana donde me topé con los ojos del mariscal, cuando yo no tenía edad para ser corresponsal en un congreso de países no alineados, y me acerqué a Josip Broz Tito -corría el año 1979-, en plena Guerra Fría. Yasir Arafat iba siempre como una exhalación en busca de Fidel y no se le despegaba. También debo contar que por allí estaba Robert Mugabe, cincuentón, a punto de ser héroe nacional de la independencia de Zimbabue (Rodesia) y cuya rivalidad con el gordo Joshua Nkomo me resultaba cómica, porque eran una pareja estrambótica. El longevo Mugabe resultaría ser un represor; aún vive, nonagenario, hecho una piltrafa. A Tito, el alquimista de la unidad yugoslava, le quedaban apenas unos meses de vida. Tenía 87 años de edad y era una esfinge sentado en el buró de la delegación de su país. Lo habían dejado solo, y yo me detuve a acompañarlo contemplándolo con respeto, sin mediar palabra. Con el paso del tiempo, algunos de aquellos estadistas han quedado marcados por la corrupción.

En España, la voluta del humo negro va pasando de una cabeza a otra y ahora se deposita sobre la corona del rey emérito. Nuestra generación vio llegar la democracia y al monarca que la traía bajo el brazo. Y le cogió aprecio. Es como si Gorbachov se nos cayera del pedestal, cercenados los pies con los que dio pasos tan grandes dentro de la Historia.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El arte de la guerra

Tal como discurre todo ahora, se ha puesto cara la tranquilidad, la normalidad política. Como se ha impuesto el trágala y el recurso al escándalo como método, ya nada goza de valor e interés si no está envuelto en un halo de affaire. Y los partidos rinden culto a esa categoría que consagra el chanchullo y la denuncia en el tótem de todo argumentario. Lo normal no es gobernar bien o hacer oposición en positivo, sino salir airoso del campo de batalla. Del combate. Políticos devenidos en guerreros, armados hasta los dientes. Política, ya no de salón; de ataque y contraataque. Mucho se habló de la crispación en casos excepcionales, pero ahora es que cubre todo el espectro.

En la otrora estable Francia -valga el ejemplo- hay bastante ruido por las malas artes del guardaespaldas del presidente, que se camufló de policía en una manifestación y repartió mandobles a diestro y siniestro. La popularidad de Macron se ha resentido y la oposición en bloque invoca una comisión de investigación y un escáner al presidente, acorralado por los excesos del segurita que le cubre la espalda con gafas de estudiante y aspecto inofensivo. El incidente ha desatado lo que la prensa gala denomina ya una crisis de Gobierno. Si Macron se tambalea porque se le zafa el gorila, ¡estamos listos!

El minuto de paz y tranquilidad se ha puesto imposible en la política actual. Ese minuto de Kipling: “Si puedes llenar el implacable minuto -escribía en su famoso poema Si el autor, por cierto, de El libro de la selva- con sesenta segundos de diligente labor, tuya es la Tierra…” Hoy en día no hay un minuto de armisticio en la jungla política. La tierra es del que la trabaja, del que la líe mejor. El oficio de la política se ha vuelto una derivación de la guerra, como en la antigua Roma, desde el siglo noveno antes de Cristo: batirse en campañas interminables contra el enemigo, incluso perder batallas para ganar guerras. Y ese ADN del político militante y militarista que busca la destrucción del enemigo y se pertrecha frente a la ofensiva inmisericorde en su contra ya es moneda de uso corriente, manual de estilo en la democracia de cualquier latitud. En esas reglas se basaba el consejo lapidario de Churchill a un neófito compañero de bancada: “Nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”, le espetó al joven tory.

Un veterano de guerra como Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón teorizó en su día sobre la distinción entre enemigos y adversarios; citó también a Churchill, que decía que, en ocasiones, el diablo puede resultar un aliado conveniente, y recordaba a los griegos que contra otros griegos trataran con los persas, para explicarse el origen de lo que en la vida parlamentaria se conoce como la pinza.

Para manejarse en los desfiladeros de la política española, los jefes de filas de la nueva hornada, cuarentones y treintañeros, se llevan a la playa El príncipe, de Maquiavelo, y El arte de la guerra , de Sun Tzu. Y el que vaya de buen rollito tiene los días contados. Es lamentable el grado de beligerancia y hostilidad en la praxis política española cotidiana.

Pablo Casado -como Rivera, Sánchez o Iglesias- mira a la bronca del guardaespaldas de Macron para aprender del vecino. Pero es imposible escapar a las tretas del enemigo. Si no te la juega el escolta, la pifia será de cualquier otro, y lo usual consistirá en defenderse y atacar, con o sin razón. Siempre habrá un escándalo, un affaire, una trifulca callejera, una grabación y una corinna, un palacio y un rey, que te amarguen el día (que se lo pregunten a Sánchez).España es el mejor teatro de operaciones de la política en términos de confrontación. Y esta no es la guerra de Gila, aunque venga al pelo decir que es la de Faemino y Casado.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El PP es ahora el Partido de Pablo

En abril de 2016, Alberto Ruiz-Gallardón tuvo una premoción: “El sucesor de Mariano Rajoy será Pablo Casado”. No lo decía el exministro de Justicia y exalcalde de Madrid por decir algo. Lo dijo muy serio y convencido, y los demás comensales que le escuchábamos en el comedor de la terraza del Hotel Mencey nos quedamos en silencio, esperando alguna otra revelación. Era el período de interinidad en que Rajoy no conseguía atar la investidura por el obstinado “no es no” de Sánchez que marcaría para siempre el destino político de ambos, pues Sánchez fue expulsado a los infiernos del PSOE y logró burlar al barquero de Hades y regresar a Ferraz, pero Rajoy terminó sus días, recientemente, fruto del retorno de su adversario, que se convirtió en el actual presidente. La política es un galimatías como este, en el que los sucesos y los sucesores suelen contradecir todas las cábalas establecidas. Adivinar que Sánchez jubilaría a Rajoy dos años más tarde de aquel almuerzo y que en el seno del PP se abriría un proceso de primarias en el que la todopoderosa vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría resultaría desplazada por el joven vicesecretario de Comunicación descubierto por Aznar, no era sensatamente posible. Gallardón no previno todos los extremos de la encrucijada, pero sabía que Rajoy estaba próximo al desenlace de su carrera y no dudó en que el delfín sería el veterano novicio del PP, que había conseguido aunar las dos almas del partido, la de Aznar y la de Rajoy.

Anoche, una vez despejada la incógnita, el PP, el Partido de Pablo, se recuperaba del sorpasso del niño aventajado que había desafiado la ley de la gravedad entre Soraya y Cospedal. De la noche a la mañana, la política española es un templete con columnas de un Pedro, dos Pablos y un Alberto. Sánchez, Casado, Iglesias y Rivera guardan similitudes generacionales que macronizan a este país en una suerte de duelo de clones. Faltan cariátides en la primera fila de esa acrópolis, como Arrimadas, Cospedal, Lastra o Irene Montero. Pero la evidencia, desde este fin de semana, de que una etapa terminó y comienza un ciclo remozado de líderes de nuevo cuño y edades parejas salta a la vista. La despedida de Rajoy, en el Congreso de la circuncisión, hacía presagiar el salto generacional que se le venía encima al PP, un partido entrado en años con recelos de juventud. Así que Gallardón lo vio venir. Casado es buen orador y tiene obstáculos de sobra por delante. Si Sánchez reúne todas las elecciones en una y convoca urnas en mayo, España será un espectáculo político europeo de primera magnitud. Ahora es un país bajo el foco por las cintas de Corinna que amenazan estremecer los cimientos monárquicos del Estado. Pero el rey, que tiene 50 años, es el más viejo de todos. Pues Pedro Sánchez tiene 46; Pablo Iglesias, 40; Albert Rivera, 38, y Pablo Casado, 37. El pibe es el del PP, donde los votos tienen la media de edad más elevada.

Desde el 11-M, España perdió el miedo al tedio. Y no hay día en que no nos sorprenda un acontecimiento político o social que nos depare la alarma correspondiente. Citábamos las grabaciones de la amiga entrañable del rey emérito, suficiente carga explosiva para mantenernos en vilo durante las vacaciones y la rentrée política que conduzca a las elecciones dentro de diez meses.

El paraíso no existe. Este país vive cómodo en el infierno, asistido de odios cervales y venganzas protervas. La política es ese lodazal, la macabra política no conoce paños calientes. Pablo Casado acaba de entrar en el comedor de las vísceras. El PP se enfrasca en la batalla sin cuartel con Ciudadanos y el PSOE, empitonado por las encuestas que le dan mal. En todas las latitudes del Estado se ha abierto una cacería por el voto de centro, y las islas no son ajenas a esa confrontación.
El mismo día y casi a la misma hora, el candidato de CC, Fernando Clavijo, acaba de asomar la cabeza. El nuevo estado de cosas no invita a la relajación. Es probable que el resto de formaciones comience a activar la maquinaria de candidatos para no quedar rezagados en esta maratón de diez meses. Quedamos a la espera de conocer los carteles de todas las siglas. Pero el patio está revuelto. La agitada política no se toma un minuto de descanso. Pablo Casado excita el panorama preelectoral y apaga las nominaciones de Clavijo y de quienes se aireen a estas horas. La novelería del canario la estimula la tele. Esta es la cuestión. Cada cromo nacional tiene su cuarto de hora catódico. Los partidos locales, preteridos por los medios de ámbito nacional, confunden su norte si persisten en las viejas costumbres convencionales. Esta vez concurren más fuerzas que nunca, seguramente bajo una nueva ley electoral imprevisible, y no es remota la posibilidad de que en mayo el tanque del PSOE esté al límite de combustible y las elecciones, por primera vez, se unifiquen en el casino y los partidos se lo jueguen todo a una sola apuesta.

Este país merece una pausa, un alto el fuego, una tregua. Pero ahora que los disparos de la Gesta de Nelson resuenan en la ciudad como una recreación teatral de un tiempo de guerra, es inevitable girar la vista hacia La Laguna, donde hay una continua invocación al drama político en esencia. No hay municipio que contenga tantos elementos beligerantes y conflagrativos en la política española ahora mismo como la arcadia de CC en Aguere. Genuinamente, es un clásico de todos los escenarios políticos de las islas. Lo que acontezca en la Laguna en los próximos días tendrá una repercusión directa en los meses y años venideros en toda Canarias. Como el epicentro de todos los sismos, su poder de influencia reside en su capacidad de irradiar toda su fuerza telúrica. Si la censura se consuma, estaremos en otra representación radicalmente nueva. Cambia toda la tramoya de la política tinerfeña y autonómica de un modo inédito. Si se aborta, por enésima vez, el asalto de la oposición, el que resiste gana. Pablo Casado habrá oído hablar de La Laguna y tendrá noticias de su potencial imaginativo. No ha dejado de surtir escándalos de toda calaña. Y es sintomático que el día que irrumpe Casado, hasta en La Laguna se pregunten qué va a pasar.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El ‘trumputismo’

El trumputismo define bien lo que está sucediendo a nuestro alrededor de un tiempo a esta parte. El trumpuntismo es la síntesis de la hipocresía general que preside la política en sus asuntos más domésticos y domina la escena del desagüe internacional. ¿Quién, en su sano juicio, acierta a comprender el cariz de los grandes acontecimientos, la distinta visión de los asuntos de Estado del mundo en cada polo donde se erigen las grandes potencias? ¿Y quién, en menor escala, en España, en estas islas, se encuentra en condiciones de interpretar, con ciertas garantías de coherencia, los movimientos habituales de nuestra clase política tan variable y, en especial, de la que se retroalimenta en el poder? La política mutante se ha impuesto a todos los cánones anteriores. Pensar lo contrario de lo que se opinó ayer ha dejado de ser una extravagancia. Nada es, ni ha de ser -para el nuevo dogma de la moderna frivolidad política vigente- inamovible, no ya líquido, como se ha dicho hasta la saciedad desde que se le ocurrió al polaco Zygmunt Bauman, sino torrencialmente contrapuesto y contradictorio, disruptivo y cínico, voluble y disímil hasta lo irreconocible. Estamos, de ser así -y me temo que lo es- ante una degeneración irreversible de los principios éticos del modelo de convivencia clásico y de gobierno que nos habíamos dado tras la Segunda Guerra Mundial y, en nuestro caso, desde hace cuarenta años en que la democracia sustituyó formalmente a la dictadura.

El trumputismo es esa cómica rueda de prensa al alimón de los presidentes de EE.UU. y Rusia, ayer, tras una cumbre esperpéntica a solas de Donald Trump y Vladímir Putin. ¿De qué hablaron durante más de dos horas los líderes con menos credibilidad del planeta, el uno un bocazas sin criterio formado acerca de asunto alguno, y el otro, un falso consumado con notables tendencias cainitas que ha dado pruebas de cinismo y frialdad incompatibles con la democracia más elemental, en la que no cree pero acepta como mal menor? De nada. El trumputismo es la política de la nadería, de la simplonería, de la estulticia y la estupidez, que es la que se ha impuesto tras décadas de cultura política ilustrada. Un juego de pelotas. Porque es un alarde de macho alfa encarnado en Trump y Putin, pese a la era de feminismo en alza y de igualdad en las formas y el lenguaje y en los derechos y hasta en el contenido de los piropos. Es un juego de pelotas porque el tándem supremo se ha reunido tras el Mundial moscovita, y en la conferencia de prensa Putin le soltó a Trump: “Señor presidente, usted ha dicho que la pelota de Siria está en nuestro tejado, y que hemos organizado exitosamente el Mundial. Ahora, la pelota está de su lado”, y le entregó el balón oficial de la Copa que se llevó Francia, entre los saltos de alegría de Macron en el palco de autoridades. Trump le lanzó el esférico a Melania, que lo recibió en primera fila como si fuera el cesto del presidente, para su pequeño Barron, el niño de mirada triste.

Putin tiene fama de exterminador y es el patriarca del ciberataque. En la cumbre bilateral de Helsinki, los dos amigos de la entente cordiale menos ortodoxa de la historia, coincidieron a coro en que Rusia no interfirió en las elecciones de 2016. Trump no tiene inconveniente en llevar la contraria públicamente a sus servicios de inteligencia. Lo de Siria, lo de Corea del Norte, lo de Crimea… son temas para tener de qué hablar. Ahora que Europa es la “enemiga”, Putin es el “amigo” de Trump. ¿Qué dicen los chinos? Esos son más inteligentes y callan, pero no otorgan. Hacen. Se están haciendo los amos del mundo, los únicos que lideran la mundialización. “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”. Y el sarcasmo de Groucho Marx se ha hecho realidad. El trumputismo es el trampantojo.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Sánchez, en AVE y con gafas de cerca

Contra todo pronóstico, Sánchez va bien. La censura lo catapultó. En la política de héroes y villanos a que estamos abocados en la Europa y el mundo de hoy, el joven socialista presidente se está desenvolviendo con maneras de estadista virtuoso en mitad de una constelación de líderes, ciertamente, refractarios a los derechos humanos que tienden a la democratura, neologismo que agitan quienes se muestran más pesimistas ante el descampado de Occidente a Oriente en manos de gobernantes sin principios ni más ideología que el poder terrateniente de sus países. Sánchez ha erguido una estampa que reconforta en las cumbres donde ha debutado. España era un país de políticos bajitos que no hablaban inglés, como sucedía desde Franco a Suárez, con Marcelino Oreja, aquel buen ministro de Asuntos Exteriores que solicitó la adhesión de España a Europa y llevó el caso canario en África, disputando -pero no despuntando- en los foros internacionales por llamar la atención. Hasta Merkel, que era uña y carne con Rajoy, parece haber empatizado con Sánchez. Y este, usando la misma herramienta de inteligencia emocional, se las arregló para saltar la valla de su primera prueba con Trump: el jueves, tras conocerle en las sesiones de la OTAN, dijo : “Empatizamos”. La historia de la foto de ambos ha sido reconstruida con detalle, como en una incursión del cestista marcando al hombre. Simulando las tomas del VAR, se ha descrito el plano cenital de la escena: Sánchez busca a Trump en el corrillo de la OTAN, se aproxima por la espalda y este gira la cabeza para escucharle; el español ha logrado entrometerse entre el yanqui y el turco Erdogan, los interrumpe claramente y se adueña del plano, hasta lograr lo que quería, el presidente de los Estados Unidos le toma del hombro y él le sostiene el codo, cara a cara se saludan y se caen bien, es una escena afectuosa, que cellebra al fondo sonriendo la ministra de Defensa, Margarita Robles. Ya está. Sánchez en el Olimpo.

La política siempre fue una escenificación, pero ahora es una continua puesta en escena en toda regla, donde el secreto no reside tanto en el fondo como en las formas y los tiempos. Macron estrechó con ganas la mano de Trump en su primer encuentro, y le mantuvo la mirada como en una llave de judo putinesca hasta que le subieron los colores al del tupé bermellón. Y lo contó después: “Es que Trump siempre hace lo mismo, te atrae con fuerza agarrándote la mano y no te la suelta”. Si observamos la foto con Kim Jong-un, comprobamos, en efecto, que el magnate lo desarma con su truco infalible y el coreano, bastante simplón, pica como un novato. Otra vez, Trump le dio un codazo a otro colega extranjero para ganarle la posición y ponerse en cabeza del pelotón de líderes. Sánchez parece haber ido a la cumbre de la OTAN con la lección aprendida. Evitó hacer un ‘Zapatero’ (cuando no se levantó en el desfile al paso de la bandera USA) y le siguió la corriente al amo del mundo: subirá al 2% del PIB la aportación española a la Alianza Atlántica; lo hará con el tiempo, que es su arma favorita (llegó a la presidencia contrarreloj y sigue tejiendo y destejiendo el tiempo de llegar a las urnas). Acaso los votos escasos no lo dejen cumplir la promesa, pero queda dicho y el americano se ha ido contento con el español. Próxima cita en la Casa Blanca, siguiendo los pasos del rey. Ya verán.

Sánchez tiene el escenario lleno de calderos al fuego: Cataluña, la tele, el comején de Podemos, los restos de Franco y los muertos de las cunetas, el machismo de la Constitución y el calentón de Arturo Pérez-Reverte, los impuestos a los oligopolios, la sentencia de La Manada, la asignatura de Religión, nuestro arduo 75% y, ya en la hipérbole de la espiral, el escándalo de las confesiones de Corinna que profanan al faraón, en el serial de El ESPAÑOL que amarga el verano a toda la Familia Real. Como tiene los días contados desde el 1 de junio, su razón de ser es la de un presidente eventual que evite los charcos y convoque elecciones cuando le convenga. Nunca antes fuimos un país tan interino.

Rivera lamenta el fiasco de Rajoy, cuya imagen de político sin imagen le convenía. Ahora, Sánchez es la imagen personificada. Rajoy era la antítesis del hombre anuncio y nos había prohijado en su indolencia de plasma, dueño de sus indecisiones. Rajoy cayó por un cuarto de hora al vacío; si la sentencia del caso Gürtel se hubiera aplazado un mes y medio, habría tenido el impacto de una mosca contra el cristal que el caso Corinna acaba de romper en mil pedazos. Pero la travesía de Sánchez es la de una buena gesta que merecía su guion, y esta es la película. El joven exalero del Estudiantes encestó el triple de su vida y va “partido a partido” como buen ‘cholista’, según dicen. El hombre de la gesta y de los gestos lo está haciendo bien. Creo que es de justicia convenirlo.

Su arte será el de no gobernar y guardar la ropa, para quien actualice a Maquiavelo. Ahora le vemos pasearse por Europa, codearse con Macron y Trump como un colega, sonreír como si nada le perturbara, y abrirse puertas acertando en los temas de conversación: a Merkel le habló de La Gomera. Sánchez lo está bordando. Pronto se harán teorías de su talante, como aquellos exégetas de Zapatero que rizaban el rizo y la ceja a mayor gloria del líder. En la metamorfosis del presidente anidan recuerdos de Carme Chacón y de Borrell y todas las almas del PSOE que se quedaron a las puertas del cielo, y se reencarnan en su asalto. Esta vez hay algo que no se reduce al simple ‘turnismo’ de derecha-izquierda de la política española de los últimos 40 años de Constitución. Y esta es otra, le tocará el honor de celebrar en diciembre en el poder el aniversario más codiciado de la España democrática: la Carta Magna.

El éxito de Mr. Handsome (el Señor Guapo, para el Financial Times) no ha sido solo saber esperar (“En España, el que resiste, gana”, decía Cela), sino, además, saber apostar (“En España, el que arriesga, gana”, nos dice Sánchez). ¿Cuánto tiempo le durará el viento a favor y la bonanza antes de que explote el volcán de los catalanes, lo inunde todo el huracán ‘Corinna’ y se desate la ira de quien suceda a Rajoy el sábado en el PP? ¿Cuándo reaparecerá Rivera, que perdió el aura, pero no la paciencia?

Con Italia como está y la marea de estados populistas, hoy Europa es Alemania, Francia y España y poco más. Sánchez es el presidente de la cuarta potencia europea. Y no lo está haciendo mal. Pero viaja en AVE. Política de alta velocidad. Ese es el riesgo. Sánchez necesita gafas de cerca, y no las de sol con que le fotografió en el Falcon del presidente el periodista Miguel Ángel Oliver, secretario de Estado de Comunicación. Sánchez va bien, pero vienen curvas.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?