Opinión

El político que dimitió por llegar dos minutos tarde

Un lord británico dimitió este miércoles avergonzado por llegar dos minutos tarde al Parlamento. Se llama Michael Bates. Como aquí no dimite ni Dios, encarna desde ahora una versión idealista de lo que debería ser políticamente correcto, si bien, para ser sinceros, escalando en grado superlativo los cánones de la ética. No cundirá el ejemplo, que, de lo contrario, expulsaría de la política al 99,99% de cuantos la ejercen. El desenlace de la historia que aquí se contará no la empaña, pero sí la relativiza. Me quedo con la parábola. Es un rapapolvo para cuantos se perpetúan en el cargo como si el dogma sagrado de El Príncipe de Maquiavelo fuera ese y solo ese. Sobresale tanto este episodio, de entre la turbia política nacional y local, del Gürtel al caso Grúas con declaración y amenaza de bomba, que no dudo en traerlo hasta aquí. En la política española y canaria suceden cosas que merecen su novela. Esa foto de Fran Pallero en la portada del DIARIO de un testigo clave del caso Grúas, saliendo regañado del juzgado de la Laguna bajo la lluvia tras el falso aviso del petardo que abortó su testifical,está pidiendo a gritos una resma de Alexis Ravelo a cargo de su vitriólico Eladio Monroy.

Pero lo del inglés, un gentleman en toda regla, es de novela de salón. Por increíble, esperpéntica y por higiénica. Estamos hablando de uno de los parlamentos más antiguos de Europa, en la que se reclama madre de las democracias, donde es cierto que algunas normas atávicas de protocolo regían hasta que empezaron a quitarse las pesadas pelucas albas, las capas de armiño y las calzas y zapatillas de bailarín, porque el speaker decía que se sentía como el sapo lacayo de Alicia en el país de las maravillas.

Llámenlo puntilloso o perfeccionista de psiquiatra, pero este lord ha roto los esquemas. Una vez visionado el vídeo de su inmolación, no es un primer plano de Marlon Brando, pero la escena es de cine y política contra el cinismo político que impera. El gesto -inédito, inesperado- del veterano servidor público ruboriza toda horma vigente. Su reacción fue espontánea y emotiva, y apenas duró sesenta segundos. Este lord es un ministro conservador de larga trayectoria, que empezó liderando a los jóvenes tories y que a sus 56 años suele emprender caminatas solidarias, como la que hizo de Buenos Aires a Río de Janeiro como embajador por la paz. Tiene mimbres este galgo de pinta afable que acaba de aleccionar al común de los diputados con una salida de pata de banco que lo dignifica a él pero indigna a sus colegas a los que produce urticaria oír la palabra dimisión. Hubo risas y noes.

Tenían que verlo. Bates llegó al estrado dos minutos fuera de plazo y se dirigió a la baronesa Ruth Lister que había dejado plantada a las tres de la tarde, por cuyo motivo su jefe de filas salió del paso por él y respondió sobre la brecha salarial del país: “Quiero ofrecer mi sincera disculpa por mi descortesía al no haber estado en mi lugar para responder a su pregunta en un tema tan importante”. El hombre no fingía, estaba consternado como si hubiera cometido alguna canallada y no una negligible falta de puntualidad. Bastaba, sin embargo, a su juicio, para acabar con su carrera política de un cuarto de siglo. Se le ve en la imagen abatido, el rostro descompuesto hasta el mentón, con cara de boxeador noqueado. Da pena.

Lord Bates es un hombre elegante, un barón de principios, que llegó tarde a su trabajo y lo consideró imperdonable. Se había confiado porque los muy honorables lores espirituales y temporales de la Cámara londinense suelen darle al bistec y es habitual la pérdida de tiempo en el turno de preguntas y respuestas. Pero esta vez, la sesión discurrió con agilidad y el reloj -el imponente Big Ben- le pilló sorteando los andamios que dificultan el paso por las obras de rehabilitación del viejo inmueble neogótico a orillas del río Támesis. La flema británica es como el aplatanamiento que nos estigmatiza o ennoblece -según se mire- a los canarios, y encierra un cierto sentido del humor; ahora bien, Bates será flemático, pero no estaba para bromas, se sentía al borde de lo indecente, como diría la portavoz socialista de Igualdad en el Congreso español, Ángeles Álvarez, que en relación al caso lagunero de Zebenzuí sentenció: ”A veces hay que saber renunciar en política a algunas cosas para no estar avalando lo que es una indecencia”. El grupo opositor XTF-NC presentaba este viernes una moción, al más puro estilo del lord inglés que nos ocupa, para que el voto del edil que se resiste a dimitir sea irrelevante mediante otro voto del grupo de gobierno que anule su efecto.

Bates es como una némesis odiosa para sus colegas incapaces de dejar la poltrona. Cuando el desolado lord anunció su dimisión y se marchó con los papeles bajo el brazo, estalló un clamoroso “¡noooo!” y alguna que otra risa cobardona. El hombre, en efecto, se cortaba las venas por llegar tarde dos minutos a una sesión parlamentaria y, en cambio, una legión de políticos corruptos no se van ni con agua caliente en las democracias occidentales. No, no era una parodia, pero ahí tiene Aarón Gómez un sketch.

“Durante los cinco años en que tuve el privilegio de responder preguntas desde este lugar en nombre del Gobierno, siempre creí que debíamos ascender a los más altos estándares posibles de cortesía,”siguió flagelándose. Es verdad que en Alemania se dimite por plagiar una tesis. Y que en el Reino Unido está el otro caso de aquel ministro de Energía que presentó su dimisión al descubrirse que había mentido sobre una multa de tráfico: le pidió a su mujer que lo suplantara por exceso de velocidad. “Estoy completamente avergonzado -concluyó- de no haber estado en mi lugar, por lo que ofreceré mi renuncia a la primera ministra con efecto inmediato. Lo siento.” Luego me he enterado de que la diputada causante del suicidio político de Bates confesó a The Guardian que trató de convencerle para que reconsiderara su decisión: “De todos los ministros que quisiera hacer que renuncien, él sería el último”. Debo añadir que, escuetamente, Downing Street comunicó que la dimisión, por “innecesaria”, no fue aceptada por la primera ministra. Pero no por ello deja de ser una buena historia.

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El show de Truman

La vida política -a menudo poblada de canonjías y enchufes varios- ha corrido la misma suerte que la farándula y el teatro en todas sus acepciones. Se abre la temporada con cualquier espectáculo y a lo largo del curso sus señorías protagonizan múltiples altercados, a sabiendas de que la taquilla depende del ruido que se haga en los medios y de los zascas que se prodiguen en las redes. Este año dará mucho que hablar por eso, por su carácter preelectoral. Ayer, el Parlamento canario decidió suspender las clases -el pleno extraordinario- por las cuatro gotas y el granizo. La imagen de los escolares cruzando el paso de peatones a cubierto de los adultos que enarbolaban paraguas cargados de mochilas como porteadores, contrastaba con el absentismo parlamentario. En mitad del debate sobre el coste del escaño, el de ayer era un día para dar ejemplo, y, visto lo visto, se volvió en contra de la buena imagen que demanda esa institución, siempre expuesta a cabildeos y comentarios interesados que deforman su utilidad social. Porque la democracia no es ninguna broma, y nuestro deber es velar por ella como velamos por nuestra salud acudiendo a médicos y terapeutas. Hará bien el Parlamento en hacer acto de contrición y propósito de enmienda, para cuando venga la próxima tormenta, o la tormenta se le volverá una vez más en contra, pues ya tiene bastante con la tormenta política, que es parte del guion.

Hay países que viven cómodamente instalados en la tormenta política. Venezuela es un ejemplo de manual. Maduro es un presidente en el vórtice del huracán que gobierna como si el barco nunca se fuera a hundir bajo los embates del ciclón. Esa modalidad de ciclogénesis política suele salirle rentable a más de un caradura investido de líder político bajo el vendaval de turno. Hoy mismo, Cataluña es el teatro mediático del paradigma escénico en que se transformó la política. Lo que este culebrón está dando de sí anticipa una dramaturgia que el propio Boadella apadrina desde el instante en que salió en público a proclamarse presidente de Tabarnia en el exilio de los dominios del procés.

Los parlamentos están sometidos a tormentas sin precedentes. Da igual el clima, todo es política. Y el clima político de España es de continua perturbación. No hay cámara sin trifulca ni meneo. El género ha derivado hacia las reglas del plató y el diputado se comporta como un tertuliano, a sabiendas de que el mensaje es la salida de tono, la boutade.

La investidura online podría haber sido un chiste, pero hoy ya es una opción encarnada en la figura de Puigdemont, que la sostuvo hasta última hora como un empecinado. Mañana, una vez abierta la espita, cualquier diputado puede ingeniárselas y hacer un Puigdemont con la primera ocurrencia. Está abierta la veda para que cada cual haga el numerito que le plazca. Una vez desacreditada la política como espejo de buena conducta cívica y erigida en caricatura de sí misma y declinación friki, lo más probable es que nos vayamos encontrando en lo sucesivo con continuas escenas y expresiones que alimenten la sospecha de que, a base de tanto reality en las venas, nos hemos trasmutado en personajes de un gran show. En aquella película de la era traumática del Gran Hermano, El show de Truman, el personaje de Jim Carrey luchaba para salir de Seahaven, pero el productor ejecutivo del programa de televisión, en el que vivía ajeno al fake el protagonista, movía todos los hilos para evitarlo, hasta el punto de maquinar la muerte de su padre en una tormenta. Aquí cabría preguntarse si la tormenta no haya sido una coartada de quienes querían aplazar el pleno y ganar tiempo, precisamente, para evitar cierta indisciplina de voto contra las vocales de la televisión.

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La Parra inmortal de la poesía

Hablar de los poetas es hablar de un viejo oficio en peligro de extinción. Nicanor Parra se reivindicaba antipoeta. Poetas y periodistas -a menudo las dos cosas- venimos de la artesanía pura y dura de las palabras, somos el mismo oficio roedor y en ocasiones pendenciero, un asunto de colosos como me recuerda en la puerta del DIARIO la linotipia legendaria que saluda con un gesto acorazado. Elfidio Alonso no se define antiperiodista, pero nos devuelve la mirada, después de todos los años vividos en el oficio, como si lo fuera a la vista de hoy. Alonso y Parra no entran en escena aquí este domingo por la mera actualidad. De fondo, nos canta Violeta Parra, la hermana del antipoeta chileno, la malograda cantautora de la que el 5 de febrero se cumplirán 50 años de su suicidio, con tan solo 49 de edad, decepcionada por la indiferencia de sus compatriotas y los infortunios amorosos. Sobre ese adiós traumático para la música latinoamericana habrá que volver, sin olvidar de quién se trata, en este año de las barricadas femeninas, pues la autora de Gracias a la vida era también una artesana prodigiosa, que esculpía, componía, cantaba y se desdoblada del bordado a la cestería. ¡Santo cielo, cuánto cabía en aquella mujer sufrida y diagnosticada artista, de origen humilde como su hermano Nicanor, de la que Elfidio siempre nos hablaba afectado!

De esto va este artículo, que empezó a decirse solo. Va de viejos (y jóvenes) artesanos, de artistas longevos y precoces, de poetas eternos y de periodistas. Va también, como verán, de la cantera, porque el género, o se renueva o muere. Cuando tenía 12 años subí las escaleras de La Tarde y le entregué un poema a don Víctor Zurita, que me publicó al día siguiente, y por eso soy periodista aún casi medio siglo después. Un rivero para ese vivero. Y aprecio desde siempre a los artesanos, consciente del poder de las modernas tecnologías, porque sin ellos no habría poesía, que es la envoltura de todo. Yo la mamé en un cerco de montañas, oyendo a las poetisas analfabetas de Taganana, que llenaban las tardes de romances imposibles sobre encuentros con amantes resucitados. Siempre procuro estar cerca de un libro, si es de versos mejor. Así me llevó Roberto Bolaño hasta Nicanor Parra, como Elfidio Alonso nos llevó a Violeta Parra cuando éramos unos pibes y escribíamos la página de Música Popular. Bolaño, el autor de Los detectives salvajes. Alonso, el autor de El giro real. Todo queda entre letras.

No sé si Nicanor Parra, que murió el martes a los 103 años, pisó alguna vez estas islas. Si lo hubiera hecho, Gilberto Alemán lo habría entrevistado y yo hoy les contaría que eran dos personajes cortados por la misma tijera, incluso con las greñas a salvo de la podadera. Alemán también era antipoeta, amén de periodista a la contra. Parra, como Alemán, había sido siempre un rebelde. Su mayor insubordinación fue contra la influencia magmática del gran Pablo Neruda (“hablan como nosotros”, se alegró este al pisar Santa Cruz), pero el Nobel lo indultó: “Creí que usted no era un poeta y me equivoqué”, le concedió, aunque Parra renegara de su retórica. Parra era un poeta admirable como Whitman. Harold Bloom (el capo di tutti capi de los críticos literarios), nada deferente con lo que no sea inglés, abrazaba a los dos por igual: “Si el poeta más poderoso que hasta ahora ha dado el Nuevo Mundo sigue siendo Walt Whitman, Parra se le une como un poeta esencial de las Tierras del Crepúsculo”. Los poetas chilenos tienen algo especial. ¿Por qué me afilié a Gonzalo Rojas, por ejemplo? Poeta erotómano (“te besara en la punta de las pestañas y en los pezones”, y toda una obra subida de tono), tenía que asomar aquí el hocico. Ya está. Pero Parra era austero en la forma, prefería escribir de sillas y mesas, de ataúdes y útiles de escritorio. Era un artesano, como digo. Poesía desnuda hasta quedar en pelotas. Bolaño lo quería sin pecado concebido. Parra había acudido con poetas a tomar un té en la Casa Blanca con Pat Nixon, la esposa del presidente, mientras los Estados Unidos invadían Vietnam. La mala pata. Y nunca se lo perdonaron, entre otros el jurado del Nobel. “Yo no soy derechista ni izquierdista./Yo simplemente rompo con todo”, se defendió. Bolaño murió joven, con 50 años. No dejen de leerlo. Él decía que Parra escribía como si lo fueran a electrocutar al día siguiente. Parra se desternillaba con sus artefactos: “USA/donde la libertad/es una estatua”. Metía en una caja centenares de tarjetas postales con eslóganes, chistes y grafitis y se reía del mundo entero constituido en vanguardia y transformista. “No será poesía, pero es cierto”, decía. Le dieron el premio Cervantes, al fin redimido de las hogueras, y le oí decir aquella noche desde Chile, ya nonagenario en abundancia, pero cuando le restaba todavía media docena de años de vida, que era un viejo lobo solitario que se levantaba como todos los días a vivir, a leer, a escribir y a hacer lo que le daba la gana en la casa cuyo jardín ahora es su propio cementerio. Pero no se llamen a engaño; por muy histriónico que pareciera, con su cabeza deshilachada de cosmólogo oxfordiano “y una nariz de boxeador mulato”, como escribió en su epitafio, no era un personaje de carnaval, sino un respetable profesor de matemáticas y física con posgrado en Estados Unidos, donde se impregnó de Whitman hasta los huesos. Admiremos del artesano su vocación indómita, su desafío a la moda de sustitución. Cuando don Virgilio, en Hermigua, nos mostraba su museo organológico, en los años de María Castaña, hacía una defensa casi numantina de una manera de hacer memoria perentoria, contra el descrédito de lo viejo por el prestigio de lo nuevo. Leías a Elfidio Alonso en los fascículos de Tierra canaria y aprendías la lección para siempre. De ahí que esta semana la ULL le distinguiera (en nombre de Los Sabandeños) junto al admirado Antonio Tejera por contribuir a la construcción de eso que por aquí nunca obtuvo consenso: la canariedad. Quizá por razones parecidas, además de las del oficio, la Asociación de la Prensa de Tenerife le hiciera entrega del Patricio Estévanez en un doblete el mismo día.

En la puerta del DIARIO, decíamos, nos espera siempre la vieja linotipia. Toda una cultura minuciosa y artesana de hacer periódicos se acabó en los años 70, cuando dejó de fabricarse la célebre Linotype. Las letras se formaban con moldes y matrices y el ensamblado se fundía en una pieza de metal caliente. Sin esa faceta, yo no habría conocido a Juan Pedro Ascanio El Chato, que era comunista, linotipista y formidable persona. Entonces yo ya llevaba versos míos escondidos en los bolsillos, sin que supiera el origen del oficio de esa afición que dura cien años si llegas al siglo como Parra. Ayer, tras el desayuno, mi hijo de siete años abrió un cuaderno y leyó lo que había escrito: “El pato fue a la Virgen,/la Virgen fue al pato,/el búho se lame la cara,/la sirena se lame la cola”. “Es mi primer poema”, anunció muy serio, como un ritual de artesano que mueve las manos sin saber qué moldea, porque eso tiene un origen inmemorial.

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Pedro Molina y los arqueros de Gevic

Somos migas de un pan que es el tiempo. Pero Pedro Molina no era una porción como los demás, ni siquiera medio pan. Era el pan entero. Con 58 años parecía haberlo vivido todo. Era un tipo grande, fornido, agrario, agradable, nunca agrio. En una de esas escapadas que uno añora como si antes el tiempo nos lo comiéramos más despacio, más a cámara lenta, en sobremesas tiernas de diletantes, Pedro Molina dominaba la conversación tras un almuerzo sustancioso que todos abordamos entre pecho y espalda. Estaba el debate de la Vega lagunera sobre la mesa, y nos había convocado Santiago Pérez, en medio de una batalla política a la que Molina no le hacía ascos. Nos llevó después a visitar a sus vacas, a comprobar la calidad de vida del animal que le comprendía mejor que los hombres. Existe gente como Pedro Molina, amigo de enemistados, amable y beligerante. Esa suerte de personas por encima del bien y del mal son escasas, habas contadas, y se marchan rápido, porque este mundo es de víboras, no encajan.

Cuesta aceptar que el mago sabio haya dejado el aula para siempre. “Hay que enseñar a aprender”, citaba ayer en estas páginas Juan Carlos Mateu de entre los axiomas que despachaba como greguerías ramonianas. De esa despensa salieron frases geniales que nos alimentarán durante mucho tiempo y que alguien debería recopilar. En cada razonamiento, Molina postulaba un respeto por el hombre de campo, y desmontaba los tópicos que ningunean a aquel como si no fuera integrante del género humano. Arar es más complejo que entendérselas con un ordenador, replicaba al anónimo autor de aquella máxima despectiva: “¿Tú crees que yo vengo de arar?” Pedro Molina
-“somos lo más parecido que hay a las personas”- no solo deshacía con humor y vehemencia las afrentas al mago, sino que exigía un trato deferente al nivel de la profundidad de sus opiniones.

Tenía una reflexión irrefutable sobre las importaciones cárnicas de Sudamérica. A los políticos que le echaban en cara que el pollo de fuera era más barato, les decía que también lo eran los senadores, alcaldes y presidentes de Gobierno, y que él se los traería para bajar el coste de la vida por la misma regla de tres.

Había un extraño paralelismo entre el perfil de Pedro Molina y el de César Manrique, dos líderes naturales, cada uno en lo suyo, con autoridad moral incontestable entre los poderes públicos. Dos genios en sus facetas colindantes que tenían en común la querencia por la tierra, el ecologismo rural en las venas y una convicción ideológica inclasificable, de la derecha a la izquierda, que los hacía iconos de cualesquiera inclinación política. ¡Qué impronta la suya! ¿Acaso, Pedro Molina no era el perfecto hombre de Estado que toda sociedad anhela? Nos margina el sentimiento, nos arrincona y condena a la resignación. Pedro Molina no estará para contarlo, se fue con las alforjas llenas a los 58 años como si no debiera vivir más porque lo hubiera visto todo y ya estaba bien para un solo hombre. Demasiado contenido en su cabeza y corpulencia. Como se decía de los viejos leídos de antes, se nos ha ido una biblioteca entera de enseñanzas y experiencias de vida intensa y sólida y solidaria. Pedro Hernández se compadecía de que sus dos buenos amigos, los dos Pedros (Pedro Molina y Pedro Félix González) hubieran enfermado como si de una maldición se tratara para los profetas de la Gran Enciclopedia Virtual de las Islas Canarias (Gevic). Ahora todo será más fácil para estos arqueros. Pedro, estoy seguro, no los ha dejado solos.

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Los Realejos, en la hora de la verdad

Somos una tierra con nuestras vergüenzas y nuestros oropeles, y algunos tesoros en las entrañas. Pero si Stevenson levantara la cabeza haría, negro sobre blanco, otra clase de prosa aventurera de estos lares, donde el secreto de todo es la semilla del mal. Esta llama ha tentado más de una vez a Arturo-Pérez Reverte, según propia confesión, pero al escriba local no se le pasa por alto nuestra querencia por la tragedia en mitad de los clarines del turismo y el Carnaval inminente. Nuestros dramas viscerales nos acompañan, nuestros cadáveres en el armario, nuestra rutina de maldición en maldición. Ahora mismo, en toda España se habla de nosotros, del crimen de Los Realejos; los líderes nacionales dirigen sus pésames a la familia de la víctima y condenan el primer deceso machista del año. Somos carisma y somos infierno en un totum revolutum. Islas y ruinas, decía María Zambrano. Nos hemos curtido en la crónica negra: los crímenes del Olympo y de los alemanes en Santa Cruz, cuando nos dio por ser la tierra abonada de A sangre fría, de Truman Capote, palmero sobrevenido desde que adoptó el apellido del padrastro, cuya figura idolatra Hollywood, que es un capítulo aparte para concluir este breve memorial de la violencia de género.

Somos fuegos artificiales, también, porque el Saturno que nos habita y devora nos impele, a su vez, a las saturnales paganas del Carnaval. Lo llevamos en la sangre y se manifiesta en las verbenas de pueblo, que yo presenciaba espantado en un festín de trompadas y vasos de vino del bar a la plaza, y se exterioriza en la gran farándula de Fitur, como ahora mismo, que es la bacanal de los malavenidos. Y hacemos ese doble juego de almas enfrentadas sin dejar de convivir, de ser pueblo e infierno.

En la España profunda del crimen de Puerto Hurraco en una pedanía extremeña se hizo ascos de ese pueblo envilecido de rencillas familiares. Yo me decía de niño, mi pueblo es así, y no lo consideraba una afrenta, sino una constatación. Sobre infiernos e islas se ha escrito mucho y nada nuevo hay que añadir a lo dicho. El hecho es que ha tocado otra vez la desgracia a la puerta. Pero Los Realejos no son un caso aparte, nuestra memoria lo acredita, aunque a veces pasa tiempo y se nos olvida que el volcán está dormido, pero no extinguido. Sí, de ese dramón congénito de los pueblos rurales y endogámicos hemos sido un gran vivero. Cantera de odios siempre hubo. Los años en que frecuenté por dentro las venas montañosas de Anaga conocí historias de ajustes de cuentas que creaban una atmósfera al límite de la tragedia, como si todas las condiciones estuvieran dadas para que corriera la sangre en el momento menos pensado.

Dámaso El Brujo es de esa progenie, hijo del mismo trauma del Batán que nos atraviesa el rostro como una herida mal cerrada. La serpiente ronda nuestras cavernas y asoma de cuando en cuando, a veces en medio de un oasis de calma como este viernes en Los Realejos, un episodio descarnado que ahora será abierto en canal porque las tripas de la tragedia siempre acaban saliendo a la luz, con los argumentos de cada parte sobre los hechos consumados.

La violencia de género es todo un subgénero de la crónica negra, y tiene en las islas un caldo de cultivo que estremece, por lo dicho. El asesino que roció con gasolina a su novia y la quemó en La Palma abunda en esa siniestralidad de nuestra idiosincrasia a veces monstruosa. Nos desgarran estas noticias de la peor calaña, pero son parte de lo que somos, trasunto de la introversión isleña. El asesino se esconde en ciudadanos de buen comportamiento y aflora como una bestia que no fuera real, uno más de los engendros que preferimos alejar de la realidad entre las bestias de Alan Poe. Esas cosas y esas coces del hombre camaleopardo. O cualquiera de tantas historias macabras de Lovecraft. Pero son nuestros tristes tigres, no busquemos mitos fantásticos ni pretextos en los libros. El crimen de Los Realejos es real, se compone de los elementos de otros tantos, numerosos, crímenes anteriores que tiñeron de sangre esta sociedad que asocia la tierra, la casa y el hondón de la especie con la idea primitiva de la muerte, causa que cubre de luto el mundo entero a estas alturas de la historia.

Es cierto que ese lado oscuro se toma períodos -por suerte, largos- de descanso y la vida se vuelve en apariencia pacífica y distendida. No estamos en las islas matándonos continuamente. Somos una mezcla de Dioniso y arcadia bucólica, pero nos asaltan nuestro démones interiores y sacan lo peor de cada lugar.

Ahora, en toda España, se habla de nosotros, como dije, por este caso de violencia machista que inaugura la lista oficial de mujeres muertas a manos de hombres. Un foco lamentable que hace daño y exige decisiones de gran calado, nunca más parches. No es un estigma exclusivo de estas islas, donde es cierto que se multiplican las denuncias de este cariz, y ese no es baldón, sino una prueba de la respuesta debida a las campañas que invitan a visibilizar este problema, a ponerlo en conocimiento de las autoridades y a colocar la venda, si se tercia, antes que la herida. El golpetazo, sin embargo, es tal que despertamos a la cruda realidad, a las lacras soterradas que son parte de un destino.

Es un momento álgido de movilización de la mujer en defensa de sus derechos. El mundo despidió el año bajo el fuego cruzado de las mujeres de Hollywood contra los endriagos de Weinstein, hartas de ocultar un estado opresivo de una industria que las divinizaba y destruía como personas bajo un mismo silencio cómplice del statu quo. En tanto se ha extendido ese estado de opinión, han ido proliferando los gestos y las plataformas de mujeres consagradas por el éxito del cine o la televisión, que se han conjurado para abrir las ventanas del infierno de par en par y nombrar a las sombras por su nombre. MeToo, Time’s Up o El tiempo ha terminado prometen airear los escándalos cuyas víctimas no son siempre glamurosas actrices sometidas por productores depravados, sino trabajadoras, inmigrantes, lesbianas, bisexuales, transexuales… Es un camino recién inaugurado por el que desfilarán novedosas fórmulas legales y de orden cultural y social que adivino acabarán poniendo fin a una situación insostenible de desigualdades impropias del siglo XXI. ¿Vendrán los robots antes de que la mujer se libere? Resulta inconcebible.

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‘Sembrar’ el turismo

Hace poco más de medio siglo, esta todavía era una tierra de emigrantes, necesitada de salir para que entraran las remesas que paliaran el hambre. No nos basta con toda la evidencia histórica del medio siglo pasado y de los siglos anteriores en que zarpaban familias hacia América como un tributo en sangre, para cobrar conciencia de ello. Más reciente, la crisis económica obra un efecto semejante. Al cabo de poco menos de diez años, ha vuelto a circular el dinero, se crea empleo, nacen nuevas empresas y hasta la construcción, herida de muerte por la burbuja inmobiliaria, resurge de sus cenizas. Quiero decir que ahora mismo, casi nadie recuerda -o prefiere no hacerlo- aquellos tristes años descaecidos en que estábamos sedientos de euros. Los años de la seca, como el título de la novela herreña de Víctor Álamo. Pues la misma desmemoria impide alcanzar a ver que hace tan pocas décadas por estos lares no había indicios de que el turismo se convertiría en nuestro motor económico. Nuestro pan, nuestra panacea.

En un mundo curioso y aprehensible de amplias dimensiones cercanas gracias a la expansión de las comunicaciones aéreas, queda abolida toda noción de distancia y caemos seducidos por la tentación de viajar. Viajar se ha vuelto lo más natural del mundo. Viajar es lo que hicieron el año pasado más de 1.300 millones de personas en un planeta que cada vez se conoce más de extremo a extremo. Recuerdo la vez que viajamos un grupo de periodistas a las islas de Java y Bali, en la remota Indonesia, justo en nuestras antípodas del globo, y el viaje fue un brindis a las leyes del espacio y el tiempo. Sin apenas escalas, nos pusimos en las tierras de Suharto como está mandado y disfrutamos de Yakarta y las calles musulmanas cuando todavía no había terrorismo yihadista, y yo me iba andando a la mezquita y me descalzaba respetuosamente atraído por la invocación del muecín que llegaba hasta el hotel por la megafonía desde su minarete. El instinto de viajar, de culoinquieto, tan canario, le lleva a uno a sitios remotos y es lo que, a la postre, nos queda de la visión del mundo cuando soltamos la mente y la dejamos que vuele a los lugares que en ella quedaron grabados de los múltiples vaivenes de nuestra vida.
España ya es el segundo país más visitado del mundo, detrás de Francia y por delante de Estados Unidos, según informó ayer la Organización Mundial del Turismo. De suerte que no es ninguna fanfarronada añadir que Canarias es la segunda comunidad con más turistas de todo el Estado, detrás de Cataluña (inmersa en su debate de la turismofobia) y por delante de Baleares. Dicho en vísperas de Fitur es como ir segundos en la Champions al Mundial. Pero, como se dijo al principio, esto es una conquista de poco para acá, en términos de grandes periodos de la historia reciente.

En las fotos de ayer y de hoy caben, por tanto, dos imágenes de Canarias: la de los barcos atestados de inmigrantes que se disponen a cruzar el Atlántico y la de los flujos de turistas que arriban en modernos aviones procedentes de distintas capitales del mundo. Canarias se lo empezó a creer cuando lo vio reflejado en el PIB. Por esa razón los hoteleros eran siempre foráneos, y esta industria le debe su razón de ser a una serie de aventureros, que por una ilógica fiebre emprendedora concibieron ciudades cosmopolitas en los eriales del sur que daban pena en los años 60 y 70. Manrique inventó Lanzarote y Santiago Puig, Playa de las Américas. Nos hemos emborrachado de éxito turístico y quizá nos hemos olvidado de sembrar el turismo, como diría Uslar Pietri, que reprendía a sus compatriotas por no sembrar el petróleo.

Con 16 millones de almas al año viniendo al paraíso como intuyó la mitología, ha llegado la hora de hacer recuento de la carga y el espacio. O llegará el día que no lo contaremos.

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El instante más oscuro

Es la proverbial cuesta de enero la que nos atora. Después -fingimos- todo será coser y cantar. Pero las anfractuosidades del camino no hay quien las evite por nosotros. Decían los políticos locales más avizores, tipo Adán Martín o Victoriano Ríos, los dos ausentes que más pesan en la memoria de su partido tras 25 años -con este- en el poder, que había que mirar en lontananza, con las gafas de lejos bien puestas, sin perder hilo de lo que acontece, pero vigilantes y previsores respecto al mañana, que es la asignatura pendiente del dirigente cortoplacista de turno que gobierna para hoy, para ayer, para antes de ayer, pero se olvida de mañana, que es tanto como sembrar y que no llueva. En estos días de sequía, precisamente, y pese a las cuatro gotas de unas esporádicas borrascas que no nos consuelan la sed como el trabajo ya ni siquiera calma una vida austera de nueva pobreza, nos aturden -son los preludios de enero- las malas andanzas que adivinamos en el horizonte. ¿Pero quien atina a ver tan lejos, acaso, en la política corta de miras de hoy? El político canario -o todos por igual-, escasamente culto y desentendido, no se complica la vida con premoniciones y planes para las generaciones futuras, como invocaba desde La Laguna Jacques-Yves Cousteau en los años 90; suele darse más importancia de la que tiene, y de ese halo proviene una unción de pequeño líder que levita en el poder. Luego los ves cruzar una calle, tiempo más tarde, y en su condición de gente de a pie arrastra esa extraña zozobra, hasta que la decepción los abandona si no les amarga la existencia de por vida.

Vienen curvas y apenas tenemos líderes al volante. Ahora que la moda es Ciudadanos y una bella candidata inteligente de cuello alto crea tendencia -Arrimadas debe estudiar el caso de Ségolène Royal, por la que suspiraba Francia también- , todos los barones varones quieren ser Albert Rivera y mañana el PP convoca junta directiva nacional porque viene la ola naranja rompiendo las encuestas. En las islas, donde los vientos de Europa se topan con nuestra calima y llegan al ralentí, ya hacen cuentas los partidos con la reforma electoral que se desatasca este martes para tratar de averiguar cuántos tendrá en su bancada Melisa Rodríguez en junio del 19. Están los partidos que arden por dentro con todos los demonios familiares al descubierto porque este año es preelectoral y nadie tiene asegurados el cartel y la soldada para los cuatro años siguientes. Se dan codazos a tutiplén. En tiempos, se daban paraguazos por el agua, como sintió en sus huesos el ínclito Wladimiro Rodríguez Brito. Ahora sería por el petróleo.
Volvemos momentáneamente a África, sin movernos del sitio, con la resaca de la guerra de la era Repsol, a la vista de la concesión marroquí. Somos aguas indisolubles, un mismo mar que algún día tendremos que repartimos en son de paz si no lo hace por las bravas con una motosierra alguna multinacional ansiosa de crudo, de gas o de telurio. Con Rabat arrastramos una desconfianza mutua con ciertas treguas, a semejanza del pleito insular, que tan bien disimulamos cuando nos interesa y que subyace como esa falla de la discordia entre Gran Canaria y Tenerife recordándonos que somos tectónica y volcán. El tiempo dirá si el petróleo acaba con nosotros, nos saca de pobres o nos deja indiferentes. Pero hubo carajera no hace mucho en estas aguas tranquilas y declaramos persona non grata a Brufau, nosotros que no matamos una mosca. Por lo que esta segunda parte del petrodrama devuelve a escena la tramoya de las islas respingando por sus aguas inherentes, pero los personajes ya no son los mismos. No está en primera línea José Manuel Soria ni lo está Paulino Rivero, que eran como Tifón y Zeus en aquella gresca de titanes. Y esta es una lección de ese decalaje africano de las prospecciones que nos persigue. Ni el tiempo ni los personajes son definitivos. Viene un airón sirocado y desmonta toda la escenografía. En democracia -salvo dinastías como la alauí o Liberia, donde les costó cambiar de partido en favor de un gran exfutbolista como el nuevo presidente George Weah- se debería colgar un letrero en todos los despachos oficiales advirtiendo de lo pasajero y efímero del cargo político en cuestión. Olvidarlo conduce a traumas personales, como antes se dijo, y erosiona más al ciudadano que al gobernante.

Ríos y Martín Menis invocaban el mañana y el pasado mañana y dejaron ideas y planes que perduran. Victoriano Ríos invocaba un mar canario que hiciera cierto un territorio archipielágico, sin duda disuasorio ante conflictos como el del petróleo (el excremento del diablo). Adán Martín creía en la transcanariedad por tierra, mar y aire.

Pero, en realidad, Canarias sería ingobernable, porque carece de criterio territorial y cada isla tira de la cuerda y cuando no es la universidad es el silbo gomero o la fiesta de los indianos. Hacemos como que somos un archipiélago que va junto de cara a la galería (pero ya ven Fitur) y, de puertas adentro, desmontamos el encantamiento, como Penélope tejía y deshacía su famoso sudario, o como Sheherezade entretenía al sultán narrando mil y una noches para aplazar su condena a muerte. Así llevamos la tira de tiempo, peleándonos por las más peregrinas querellas, pero ya por último hemos sustituido el cainismo interinsular por la antropofagia más virulenta en cada una de estas celdas.

La plaga del pleito se ha ido mutando por un enconamiento de la vecindad, y ya no hay peor enemigo que el de tu propia isla y tu propio partido, como decía Churchill, que vuelve a la gran pantalla en su instante más oscuro, cuando se debatía entre firmar la paz con Hitler o liberar Europa. Fue el inglés más importante de la historia (como dice el actor Gary Oldman, su intérprete), cuya madera de líder lo hace irrepetible. El inglés que nos quiso invadir y que luego nos vino a ver en el yate de Onassis al Puerto de la Cruz. Todos quisieran ser Churchill, pero ni España ni Canarias, ni toda Europa junta, tienen cantera de ese nivel. Están los mezquinos partidos y la corrupción de a bordo degradándolo todo. ¿A quien cabría considerar el político canario más importante de la historia? Carraspeamos, con algún nombre en la punta de la lengua y pasapalabra. Pero lanzada la pregunta habrá que darle respuesta. Por unas cuitas u otras, el mucilago de torpes políticos canarios decadentes aborta todo optimismo al respecto. Las miserables rencillas, que decía Churchill, convierten todo este tiempo en un instante oscuro políticamente. Los rencores se endurecen como las piedras al modo de los odios africanos tribales que colapsaron todo un continente que tenemos al lado como luz y sombra perpetuas.

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‘Interviú’, que te vi nacer y morir

El cierre de Interviú no es un aldabonazo y apenas merecerá mayor repercusión en las élites políticas y económicas del país, más preocupadas por el toples del procés -con todas las vergüenzas al aire tras Junqueras entre rejas y Puigdemont de bóbilis en un retiro bruselense de marqués-, pero en sus buenos tiempos aquella revista jabata se las habría ingeniado y no cejaría hasta lograr un posado robado de Inés Arrimadas. Así se las gastaba en una España recién liberada que salía de un régimen de carnes fláccidas deseoso de verle a Victoria Vera el pezón. Lo de Franco era erotismo de puertas adentro en un país de cuernos y cuñados, de Serrano Súñer en amores prohibidos con la bella marquesa de Llanzol. De aquella doble moral se derivó un país de misa de doce del Pilar, que lavaba los trapos sucios en casa y mostraba una cara cínicamente amable al exterior.

Pero ya dijo Alfonso Guerra en el 82 que a este país no lo iba a conocer ni la madre que lo parió. Y así ha sido en cuarenta y tantos años que han transcurrido desde que Interviú se puso el mundo por montera y salió a la calle a mandar los tópicos y los pudores a hacer puñetas. Eso entonces estaba bien y era moderno y siguió siendo posmoderno varias décadas después, pero hoy ya resultaba casposo o camp o demodé. Hoy ya no es noticia desnudarse, sino que lo censure Instagram. Decir Interviú, a estas alturas, no era redimirnos de las cavernas . Estaba todo ya explícitamente dicho. En su origen, cuando la vi nacer antes de cumplir los veinte, era sexo e ideología, con un par de razones. Conviene recordar que hubo una época dorada para el destape de la revista de Antonio Asensio. La misma filosofía del despolete valía para un cuerpo serrano de algún icono de la progresía, del cine o la fauna pública, que para un ejercicio en absoluto desdeñable de periodismo de investigación. Era doble ración de destape y corrupción por el mismo precio y nos enterábamos de las entretelas del país en pelotas, con Luis Roldán en calzoncillos.

Luego, el Photoshop limó asperezas, pero Interviú no retocó sus scoops del mejor periodismo de investigación que se despachaba en los quioscos. Desvestía la vida pública y la dejaba en carne y hueso. La marca del Grupo Zeta, la de Interviú y Tiempo (magacín que también se va) tenía que ver con una idiosincrasia reprimida a la espera de estos lobos y lodos. Luego, aquellos polvos de Interviú tuvieron sentido cuando la Transición se fingió Caperucita. Ahora, ya curados de inocencia, uno siente nostalgia, una inevitable pena por los reportajes de José Luis Morales en la Sima de Jinámar y, por qué negarlo, también por el efecto erótico de aquellas portadas reveladoras. Hoy, ya no. Hoy se vuelve interesante si se oculta la luna, hartos como estamos de la demasiada desnudez de lo privado en las redes, donde la noticia de nuevo es el disfraz, ya no tanto el rostro detrás de la máscara. ¿Cómo dicen que llaman a esa maldita posverdad, si no?

Los tiempos dieron un vuelco de 180 grados y los premios Globos esta madrugada no extendieron una alfombra roja sino negra para recibir a la farándula y escuchar el discurso de la presidenciable Oprah Winfrey sobre “un nuevo día en el horizonte”. Interviú era nuestro Playboy con ideología, que también se reconvierte tras la muerte de su mentor, Hugh Hefner, y la consiguiente clausura de su mansión sicalíptica. No está el terreno abonado para el gineceo mercantil, y la prensa y el cine se reciclan tras las cenizas del imperio del acoso sexual con los escándalos del productor depravado Harvey Weinstein. Fin de ciclo.

Interviú perdió público porque esto no es 1976, cuando vendió un millón de ejemplares en la púber Transición con Pepa Flores sin ropa. Hoy Marisol es una señora y la revista, también, y por eso se jubila.

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Turno de noche

Este 7 de enero de 2018, antes de que el lunes se interponga en nuestro camino, con su rutina ruin, deberíamos conceder una oportunidad a nuestra olvidada intuición, si marcarnos un rumbo, un destino, nos apetece. Demos a la lógica este día de asueto, o no digamos más año nuevo, vida nueva.

En uno de los libros que aquí cabría citar como lectura obligada, Pensar rápido, pensar despacio, de un psicólogo eminente que obtuvo el premio Nobel de Economía sin ser economista, Daniel Kahneman, se nos insiste en que somos dos sistemas pensantes que rivalizan: uno es rápido y otro perezoso; uno, intuitivo, y el otro, racional. De esa competencia depende nuestro discurrir cotidiano, como prueba el ejemplo demoledor que traeré a colación más adelante. Kahneman nos descubre por qué erramos o acertamos en la toma de decisiones. Este es un tema nuclear, como enseguida veremos y no un mero juego de magia, aunque es verdad que una vez le planteé el tema al célebre mago Anthony Blake y me aconsejó: “Hazle caso a la intuición”. Tanto Blake como Kahneman me parece que se decantan con más simpatía por la intuición, como un viento que pasa si no estamos atentos. Pero, ojo a la observación del psicólogo israelí: la intuición es muy influyente, pero no siempre tiene razón. Así que se trata de tener buena y no mala intuición, como veremos.

Estos días ha trascendido que un grupo de congresistas de Estados Unidos se ha planteado seriamente si el presidente está loco, a la vista de su cruce verbal con el norcoreano Kim Jong-un -al que llama en sus tuits el hombre cohete- sobre el tamaño del botón nuclear. Ya en febrero pasado, 35 psiquiatras estadounidenses, sorteando la Regla de Goldwater, por la que el gremio se reprime evaluar a figuras públicas, lo declararon incapaz para el cargo por su narcisismo, prepotencia y brotes de rabia a la mínima oposición. Ahora también salta a la luz el “niño insatisfecho” que gobierna la primera potencia del mundo en Fuego y furia, el libro del controvertido periodista Michael Wolff que los americanos devoran desde el viernes con el morbo adicional de que Trump, torpemente, lo quiso prohibir. ¿Cómo no desempolvar la historia que aquí traigo en este tris del duelo de los dos loquinarios infantiloides, Donald contra Kim -¡qué dos para un sidecar!-, jugando a meterse el dedo en el ojo a riesgo de sumirnos en una guerra irreversible? Que el tiempo los aje y los desdore, como dijo el poeta. Y ahora toca hablar de Petrov, el hombre que salvó al mundo.

Stanislav Petrov era un teniente coronel soviético de vida anodina que estaba a cargo del centro de vigilancia temprana, cuando, hace 35 años, de madrugada, los sistemas de alerta detectaron un ataque con misiles atómicos americanos contra la URSS, y él no se lo creyó llevado por su intuición. De haber seguido el protocolo a rajatabla y transmitida la noticia a su cadena de mando, bajo un clima político de máxima tensión en el cenit de la Guerra Fría, se habría desatado probablemente la tercera guerra mundial y primera nuclear de la historia. Petrov, entrenado para no dudar, titubeó aferrado a un presentimientor que resultó lúcido. Como comprenderán, esta es de las historias que seducen y un magnífico ejemplo de pensar rápido, pensar despacio que Kahneman no pudo utilizar en su obra, pues fue ocultada por la URSS. El episodio da crédito a la intuición, mi predilecta en este debate. “La sirena aulló, pero me senté allí durante unos segundos, mirando a la pantalla roja, grande, retroiluminada con la palabra lanzamiento brillando en ella”. Petrov narró mucho más tarde el cuarto de hora crítico (fueron, realmente, 23 minutos) de su particular crisis de los misiles encerrado en un búncker secreto de las afueras de Moscú aquella madrugada de septiembre. “Un minuto más tarde la sirena sonó de nuevo. El segundo misil había sido lanzado. Entonces, la tercera, la cuarta y la quinta. Las computadoras cambiaron de alertas de lanzamiento a ataque con misil”. Pero permaneció sentado como “en una sartén caliente”, fiel a su corazonada, pese a que, supuestamente, cinco misiles atómicos se dirigían contra su país con un nivel de fiabilidad máximo. Si Petrov no hubiera tenido una formación civil, además de militar, habría descolgado mecánicamente el teléfono y que salga el sol por Antequera. No había sido formado para pensar, sino para actuar en un brete semejante. Pero hizo lo contrario de lo que se esperaba de él. Fue una anomalía feliz gracias a una impresión completamente irracional.

El caso inspiró un documental de cine. Pero aquel 26 de septiembre (de 1983) yo tenía 26 años y estaba cargado de sueños que ahora recuerdo con la añoranza recompensada de quien pronto tendrá esa edad al revés. Éramos ajenos a las bombas imaginarias que ignoró Petrov y a nuestra propia ignorancia de Internet, que estaba por caernos como una bomba, aún insospechada. Los satélites soviéticos habían confundido el reflejo de los rayos de sol sobre las nubes con los motores de unos misiles balísticos intercontinentales. Cuando entrevisté a Gorbachov, en el verano del 92, no le pude preguntar por el caso Petrov, porque permanecía en secreto como una pifia bochornosa que era desconocida. En la crisis de los misiles en Cuba, Kennedy obró también con intuición y se fio de la retirada soviética de modo intuitivo.

Petrov nunca superó aquel trance, fue objeto de una amonestación oficial, no por su negligencia, sino como conejillo de Indias de los errores de la bitácora, y al año siguiente, abatido, se retiró a un vida irrelevante en un pueblito cerca de Moscú, calcinado por la adicción al tabaco y algo huraño cuando todo se supo, tras la desintegración soviética, apabullado por los homenajes y el bombardeo de los periodistas, pues se quitaba importancia y quería que lo dejaran en paz. Hasta su muerte fue callada, trascendió con retraso por casualidad, en septiembre pasado. El fiasco tenía un contexto verídico. Reagan y Andropov se temían recíprocamente cuando el primero exhibía con delirio su pretendida guerra de las galaxias y el segundo acababa de cobrarse un avión surcoreano con centenares de pasajeros a bordo. Contra toda esa evidencia y las luces rojas de los ordenadores, un hombre a solas en su jornada laboral ordinaria decidió que era una falsa alarma a riesgo de cometer un disparate de enormes consecuencias. Lean el libro de Kahneman. Es para echarse a temblar. Hoy, como ayer, saldré de casa e iré a tomar café y a leer el periódico, mientras dos locos isomorfos se retan a ver quién tiene más grande el botón nuclear. Y nuestra esperanza es que haya más Petrov con esa lucidez en algún búnker secreto, que su fantasma, al menos, no nos abandone.

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El año que viene mañana

Se va el año cínico y pavo real, de los fastos y espumillones y troles y zascas, de apariencias y malcriadeces, y quizá venga caminando a estas horas un año cuerdo o cuervo. ¿Por qué me temo lo peor? Lo que no es normal -ni siquiera a estas alturas de la película- es que el personaje del año en Tenerife sea, sin lugar a dudas, Zebenzuí González, cuarto en el ranking machista del HuffPost por delante de Putin y detrás de Trump. Con esas armas se forjó un presidente en Estados Unidos -a quien terminas cogiéndole un cierto afecto bochornoso como te habitúas a un defecto llevadero e inevitable-. Aquella charla en la guagua, de contumaz machismo, con el presentador de televisión ya pertenece a los documentos incalificables del género. No es poca la paradoja de este tiempo que hoy acaba, pues el año se reivindica, en sus postrimerías, con la primavera feminista de Hollywood contra los tentáculos de Weinstein que son los mismos de Trump. Por eso dije año cínico, de dobles verdades (la palabra que lo resume, en el Diccionario Oxford, es, como saben posverdad).

Sobre el litigio entre la sinrazón y la cordura, por si esos fueran los escenarios del año que sale y del que entra, no me crean muy optimista, pero sí esperanzado. Ojalá el año que viene mañana quiera llevar la contraria a su predecesor y se recompongan algunas fracturas ciertas o eventuales.

Yo fui siempre aficionado a la caricatura. Esa deformación profesional me inclina a ver las cosas por su revés, por la antítesis de lo que son y de ese modo averiguo a menudo lo que ocultan. 2017 fue una gran caricatura morfológica y social. Salían las cosas como salían, exageradas, cómicas y desconcertantes. Nuestro año en Canarias, políticamente,se asociará al alcalde de Firgas, fíjense ustedes, el que suplantó al hijo en una oposiciones del Gobierno desafiando toda lógica y el más mínimo pudor. Lo iban a coger, lo cogimos, y en 24 horas el hombre dimitió con un último asomo de honorabilidad, el que invita al arrepentimiento para demandar indulgencia ante la ley y lavar el trapo sucio ante los votantes. Manuel Báez, ese alcalde de su época -al más puro trumpismo-, que simboliza de modo tan fiel un año de pícaros y fulleros en estas islas, se marcha, en cambio, pidiendo perdón. Le honra, aunque no le exonera. Pero lo de Firgas es genuinamente 2017, porque todo lo más notorio ha tenido ese perfil histriónico y grotesco y cutre y disparatado y rufián, como el brexit se perpetúa en calidad de rol aun de este año europeo -lo inconcebible y burdo que nos resultaba imaginar a Europa sin Reino Unido se dio ya en 2016-. O como Cataluña ha sido la peonza sobre la que ha girado el año español que hoy termina en ascuas -tan remota resultaba la mera hipótesis de un desmembramiento de esa parte considerable del Estado, que la inercia pareció cobrar cuerpo y el rey y el Gobierno salieron del paso sacando el pequeño tanque del 155, apenas eficiente-. Esa suma de monstruitos fingiéndose fenómenos y personajes irrepetibles del bestiario del año bufo -cuán premonitoria TVE ya en 2008 presentando al friki Rodolfo Chikilicuatre a Eurovisión- explica que un gordito aniñado y ruin haya apretado el botón varias veces con regodeo en su simulacro de guerra atómica desde un lugar de Asia donde la gente muere de hambre y se desternilla en su presencia porque lo ordena la ley. ¡Qué suplicio de año! ¡Vega presta la cordura a resetearnos tras los efectos de este virus informático devastador!

Cuando Radio Club emergió, en los 80 cobraron fama sus inocentadas del 28 de diciembre. Un tal Muntañola, de acento godo provocador, alcanzó el poder en la incipiente preautonomía ofendiendo los valores y el carácter netamente isleño. Aquel político insultante, antichicharrero y déspota, indignó aposta a la gente la mañana que le dimos forma en antena rozando la veracidad de Orson Welles en La guerra de los mundos. ¡Esa era la escuela de la farsa llevada al extremo en las ondas! Y los oyentes, fuera de sí, colapsaban la centralita vomitando fuego contra el intruso que nos quería gobernar a gorrazos. Paco Padrón daba siempre en la diana. Otro año convocó al catedrático de Filosofía Vicente Rodríguez Lozano -por entonces incurso en una querella militar por un artículo titulado La mujer del teniente francés y los amigos del capitán español-y, en una actuación impecable ante el micrófono, encarnó al supuesto director de la Gala del Carnaval que venía -también exhibiendo un acento castellano enfático y cortante- a desterrar del espectáculo a nuestras gordas de las comparsas, entre otras ocurrencias que más tarde casi haría realidad Rafael Amargo. ¡Es que aquellas inocentadas de Radio Club, en su edad de oro, anticipaban el mundo que estaba por venir! Este mundo falaz y caricato, que demanda una rápida cura de cordura, como diría Adela Cortina, que acuñó la palabra del año, según la Fundéu: aporofobia, o rechazo a los pobres. ¡Qué tramoya la de este año!

Si Chela, el periodista que en La Tarde entrevistó a Dios, levantara la cabeza, tendría tela que cortar con la deriva de sus profanaciones hechas realidad, como Chaves hace lo propio con sus personajes imaginarios. Cualquiera diría que hasta la entrevista -que es el género de la verdad por definición- acabará desvirtuada y adulterada en diálogos inventados sin más intermediación. Mantengamos la fiesta en paz, o nos comen las mentiras, como nos ha devorado este año embustero de líderes vacuos y alcaldes impostores en el mundo de Firgas. A tal punto no hemos dicho basta que el año se marcha dejando entrever que Puigdemont podrá ser investido presidente de Cataluña telemáticamente, lujo que no pudo permitirse Tarradellas cuando todo era más inocente, primitivo y racional. Cubillo habría tenido mejor épica y época de no haberse adelantado tanto al cubillismo del procés. Él hizo creer al Estado que tenía un ejército y lo mandaron matar. Sacaba conejos de la chistera de la radio desde Argel, sin necesidad de Internet ni la ayuda cibernética de Putin, como el catalán. Se va el año esperpéntico, este año Valle-Inclán por los cuatro costados, y ya está de parto la madre de todos los años. ¡Adiós, 2017! ¡La madre que lo parió!

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