Opinión

Por qué no me callo. La encuesta de las vergüenzas

Todo apunta a que este curso parlamentario, que hoy arranca con el pleno de las vergüenzas, estará marcado por el signo de lo políticamente tóxico. La naturaleza de los asuntos -las cianobacterias no resultaron un episodio tan pasajero y han enlazado con el período de sesiones- es inequívocamente ese; la asignatura medioambiental vuelve a estar bajo los focos y es un axioma de sobra contrastado que la ciudadanía salta como un resorte cuando le tocan los telenguendengues con esta materia. La gente se volvió insensible a otras podredumbres; llegó a transigir con el corrupto indecente que le daba pan. Gemía como un desalmado en las barras de los bares con la prepotencia con que habla de fútbol o comenta de política internacional sin venir a cuento, pero después se le pasaba el cabreo y si tenía el estómago contento votaba al candidato inmoral por costumbre o por el facineroso que muchos llevan dentro con disimulo. Ahora los sondeos son demoledores (lean el de hoy). Las microalgas ya se cobran víctimas políticas en un tiempo récord, una especie de castigo exprés, y es solo el síntoma de lo que digo. El curso comienza marcado por esta deriva, como un barco que se hace a la mar y ya sabe que no tiene otro rumbo posible que el que le viene dado por la tormenta.

En este interín veraniego sin sesiones parlamentarias irrumpieron en la vía (y en la vida) pública voces procedentes de las redes sociales que agitaban la marea con su impronta de noticias clandestinas. Ahora que los plenos vuelven al hemiciclo, se produce una cosa curiosa: la calle y el Parlamento, que rara vez estaban de acuerdo, ponen los relojes en hora y tratan de entablar una sintonía para los meses de fricción que prometen ser entretenidos.

La legislatura va a tener este karma. Verán correr a las administraciones licitando obras de infraestructura para el llamado ciclo integral del agua, como nunca antes. Son esas inversiones desagradecidas que no se ven, de conducciones bajo tierra y depósitos recónditos, que a los políticos les entusiasmó siempre bien poco, convencidos de que no dan votos y en su caso va en el hábito lo clientelar, la farola y los bancos de la plaza con fondos del Fdcan. En esta redefinición del pulso político entra, por tanto, en escena la calle. Que hacía tiempo que estaba en reposo; quizá la última vez que se dio por enterada fue cuando el pandemónium del petróleo. Y que ahora encuentra el pretexto en la orilla, en la cianobacteria descompuesta, que es el excremento de la política que hiede. Lean la encuesta.

Solo el empecinamiento de las autoridades, que reclutan científicos afines (no se pierdan los artículos de Carlos Elías, catedrático de la Carlos III, sobre el bloom de la ciencia de parte y la agnotología, o producción de ignorancia con informes apesebrados), logra exacerbar los ánimos de las redes. Incluso, la sobreactuación de adeptos y escribas leales a los cargos institucionales de la isla provoca una repugnancia lógica en la sociedad descreída, que esta vez se ha visto implicada en los hechos, pues la autoridad ha optado por culpar directamente a los ciudadanos (y a los pocos medios receptivos al problema: nos llaman sensacionalistas algunos y algunas teóricos del Gobierno) de mentir. Este espasmo es un fenómeno político inédito: la reacción institucional en la crisis de las microalgas y los vertidos no ha ahorrado en desatinos. Primero, escondió la cabeza como el avestruz. Después, en vista de que la inmundicia crecía como una bola de nieve, optó por sacar pecho y devolver el golpe a la calle: ustedes son los que mienten, le dijo a la grada enfurecida. El político local se ha enredado de tal modo en un bucle endemoniado. Y en esas llegó la encuesta.

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Sentimientos que mueren como el dolor

Tenemos presente al amigo cuando se va. Pero tememos que un día la muerte de Juan José Delgado, que es el ejemplo más próximo, sea parte de una rutina de indolencia, y el dolor se disipe al instante. Nuestro temor es razonable, pues trabajamos con denuedo el modo de aliviar el dolor de la muerte, de tanta muerte interiorizada como conducta de seres precarios como nunca antes. El cáncer, esa bomba atómica silenciosa, no acapara todos nuestros miedos, sin embargo. Aquí hablo de esto, de aquello, de todo lo que nos golpea el alma a diario y nos convierte en supervivientes, nómadas huyendo de la muerte cargados de recuerdos de víctimas queridas. El hombre resultante se esfuerza en inhibirse de todo sufrimiento posible, matando el dolor y quizá lográndolo. Me asusta esto último.

Esta es una crónica negra que escribo a mi pesar, pero cómo escapar de este bucle sin hacernos preguntas sobre el cóctel de amenazas que se ciernen sobre nuestras vidas (de la salud al terror) haciendo de cada uno de nosotros verdaderos artistas del miedo, como aquel artista del hambre de Kafka, que alardeaba de ayuno tras las rejas de la jaula. ¿Los millones de evacuados a estas horas en Florida, tras tapiar las ventanas de sus casas, dejarán un día de estremecernos? Obligados a resetearnos, ya somos definitivamente otros. Gentes curadas de espanto, dicen. Lo siguiente es la represión de los sentimientos. En una etapa hiperacelerada como esta, el dolor -del que hablo- tiende a durar menos y a desaparecer. Me sorprende la frialdad y vértigo con que pasamos página tras un drama cualquiera en la gran pantalla del mundo -somos la primera generación que accede a ella en tiempo real-, con una habilidad contraída que fecho en el 11-S, aquel shock en televisión -mañana cumple su efemérides números 16-. Un escudo protector ante el miedo. Lo comprendo. Vimos gentes arrojándose al vacío. Fue horrible, nos superó. De ahí que sostenga que somos desde entonces unos supervivientes armándose de valor (a riesgo de un brote de insensibilidad colectiva). Lo hemos aprendido: ya no es necesario ir a la guerra para jugarse la vida; los ciudadanos sabe que corren peligro desde que salen de sus casas. Tanto como nuestras familias, amigos y conocidos, el círculo que nos conforma e identifica.

La inseguridad actual es una anomalía reciente provocada por la anomia de una sociedad a la deriva; por suerte, hemos generado un mecanismo de normalidad ante ese común denominador. Si fuéramos una tropa civil, como somos, movilizada las 24 horas ante una amenaza cierta, seríamos un ejército a lo Benny Hill avanzando entre bolardos y maceteros, que se distrae trayendo hijos al mundo, trabajando en quehaceres cotidianos y asistiendo a espectáculos de masas, donde, precisamente, nos alertan de que nos acecha el enemigo. Y cruzamos las grandes avenidas con nuestros seres queridos desafiando la idea de un atropello indiscriminado de lobos con cimitarras. En nuestro Matrix particular la vida discurre ahora así, suspendidos en una verdad ficcional.

El horror llegó y no se ha ido. Las últimas noticias le auguran cierto porvenir: no hay sino que repasar la fauna política que nos gobierna. No hay esperanzas a corto, ni medio plazo. Convivamos con el mal infinito como si tal cosa. Fue el Papa uno de los primeros en acertar a ver: vivimos una guerra solapada en numerosos escenarios a la vez. Es cierto que en París, Londres, Berlín o Bruselas el peligro en la calle es más latente. Pero la calle ya es todas las calles en la terrible lógica bélica.

Y hemos adquirido una evidente cultura del riesgo y los desastres. Ahí están las catástrofes naturales ayudando a entender el dolor en Florida y México. Los dos trabajadores que encontraron la muerte el jueves en la TF-1 junto a los túneles de Güímar, arrollados por un tráiler que no hacía la yihab, son parte de ese guion.

El desorden y exceso de realidad nos conduce a este mundo imaginario de soluciones patafísicas. En nuestro marco mental aumentado cabe todo horror potencial. Pero siempre retornamos a los círculos endógenos de felicidad abstrayéndonos del contexto y el conflicto, en nuestro nido con nuestras crías, cada cual haciendo acopio de hierbas y plumas para albergarnos. ¿Perderemos la noción de perplejidad, el sentido del dolor algún día? Junto a lo dantesco, se yergue una indiferencia instintiva de superviviente que nos vacuna frente a la tragedia y la tristeza, colindantes con la muerte. Mi hijo me habla de esta última con menos de siete años y propone soluciones providenciales que provienen de héroes que salvan el mundo, como en sus videojuegos más cándidos. Sospecho que este tema que hoy abordo será pronto irrelevante para él y un día verá el peligro humano con tedio y hartazgo.

¿Cómo es que la amenaza de una guerra nuclear no me haya quitado el sueño? ¿Y que los atentados de Barcelona y Cambrils me resulten ya lejanos? Decía Jean Baudrillard, filósofo y sociólogo francés sustantivamente provocador, que ya no hay realidad que valga, sino simulacros de realidad. Cuando la primera guerra del Golfo, de Bush padre, en 1991, él sostenía que las bombas eran un espectáculo televisivo. En nuestro modelo Matrix paseamos a riesgo de morir arrollados porque no aceptamos que el peligro sea completamente verídico. La vida se ha vuelto demasiado fugaz para tomarla en serio. Durkheim hablaba de “amar a la sociedad”. El joven español Ignacio Echeverría halló la muerte enfrentándose en Londres a los terroristas. Pero admitamos que la mayoría evite meterse en problemas. Cuando los griegos hablaban de esto lo llamaban cobardía, y Aristóteles – indulgente- elogiaba la prudencia de quienes eligen el término medio entre la huida del cobarde y la temeridad. El miedo y la felicidad se disputan las ventas en ese mercado. O compras lo uno o la otra. Todos queremos desde niños poseer el placer. Y no hay vuelta de hoja. Somos, siempre seremos niños.

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La borrachera de éxito y de alcohol

El turista que vino a morir al paraíso subido al tobogán de una borrachera maratoniana estuvo a punto de dejar por el camino una legión de víctimas inocentes, al estilo imperante de las atrocidades en la vía pública. El escocés Kevin D., al que este periódico siguió la pista de su historia de tiovivo y de su histeria mortal como hemos visto, no sienta ningún nuevo paradigma.

Siempre hubo una rama de este negocio -el turismo- consagrada al segmento de la droga y la dispsomanía, consciente de que es un cliente sin límites, que arriba a la isla decidido a tirar la casa por la ventana y a tirarse detrás él mismo a la piscina. En esas condiciones hemos ido multiplicando exponencialmente el número de llegadas, y el motor ha seguido tirando de la economía.

Pero el viaje a Tenerife no puede ser un viaje a la muerte. O no hay peor publicidad para este destino que vive de cubrirse las vergüenzas por el qué dirán. Esta no es una noticia más de la crónica de sucesos. La foto del sujeto que puso en jaque el tráfico, provocó el caos en la autopista, asaltó vehículos y secuestró a ocupantes indefensos, hasta caer herido de muerte por un edema pulmonar producto de una ingesta desmedida de alcohol, ha circulado masivamente en las redes sociales y es la estampa de un hombre sonriente delante de una caña de cerveza que halló la muerte en Tenerife y santas pascuas. El destino se resiente con imágenes de ese tipo. Cuando en otras latitudes, como la Cataluña que hierve a estas horas en la olla a presión de su procés, algunos arremeten contra el huésped masivo en una fiebre de turismofobia altamente peligrosa para los intereses del conjunto del Estado, Canarias incluida, todo asomo de argumento refractario hacia el viajero incómodo ha de ser una señal de alarma. Esta lo es.

Hubo aquella controversia reiterativa sobre la cantidad o calidad del turismo que nos convenía. Y no nos pusimos de acuerdo. Porque era la pescadilla que se mordía la cola. Canarias aceptaba el desafío de batir cada año su propio récord como una odisea olímpica que no estaba mal. Pero bien que nos preocupa el descrédito de la microalga como el acné al adolescente que le aflora en pleno rostro. Y nos reprochamos airear la caca de la costa como si el turista no tuviera ojos en la cara ni wasap para exponernos al escarnio general. Somos tan tiquismiquis cuando queremos y tan negados a la evidencia cuando nos explota en las narices la verdad sin paliativos.

Este borracho inglés que puso en riesgo la vida de muchos antes de caer muerto en una rotonda de la isla es el prototipo de turista que nos urge someter a revisión. Canarias es un destino borracho de éxito, y, si conjura la asignatura pendiente de sus vertidos de aguas negras y dedica los fondos necesarios a corregir ese problema, tendrá turismo para rato. Sin embargo, no puede autocomplacerse en la estadística, y mirarse el ombligo sin la autocrítica de un empresario serio que invierte en futuro. La polémica tasa turística, que en destinos similares como Baleares cumple su rol sin efectos secundarios, invita a que los dirigentes del entramado hotelero y extrahotelero local y las fuerzas políticas debatan sin prejuicios sobre su idoneidad en Canarias. El turismo nos ha dado muchas alegrías y algún que otro disgusto que debemos digerir sin aspavientos, poniéndonos la venda antes que la herida. Podemos darnos con un canto en el pecho por no ser un infierno de mafias condenado a sufrir bajo el yugo de un índice elevado de criminalidad, como tantos otros destinos que se dejaron cegar por la llegada del dinero fácil. ¿Pero quién ha dicho que estamos a salvo?

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La pell de brau

Hace 40 años, España enfrentó un problema soberanista más grave que el catalán, que esta semana entrante estallará como si fuera una bomba de relojería cuya cuenta regresiva es inexorable y obligará al Estado a adoptar posiciones de firmeza que ha tratado de evitar sin disimulo como si temiera un choque de trenes. En La pell de brau (La piel de toro), un poeta federalista como Salvador Espriú le dice a Sepharad (España para los judíos): “A veces es necesario y forzoso/que un hombre muera por un pueblo,/pero jamás ha de morir todo un pueblo/por un hombre solo:/recuerda siempre esto, Sepharad”.

El problema catalán ya descarriló parece que de modo definitivo, si bien no de acuerdo con todos sus epónimos literarios y políticos. Tarradellas era un estadista catalán sin Estado que integraba su visión de país en las dimensiones plurinacionales de una España democrática entera, con dos almas que la hacen irrepetible. “Vivíamos puerta con puerta y era un señor educado que no se tiraba a una piscina sin agua”, me dijo Domingo Hernández Peña, nuestro paisano trotamundos. Tarradellas habría desconcertado hoy a muchos conmilitones por no rizar el rizo ni llevar el floripondio de la CUP, pero quién sabe si habría sido el hombre capaz de imponerse a la boutade de este debate o de esta debacle que esta semana ya no tendrá vuelta atrás. Desde la muerte de Franco, el Estado no se había visto en otra semejante, ni con ETA. Pero insisto en que hace 40 años ya le vio las orejas al lobo, y lo explicaré.

Ahora hay lío, pero no hay líderes. El caso catalán era un asunto serio (la autonomía que olía a Europa cuando el resto a estepa) y se ha vuelto una ópera bufa, con sus mitos efímeros como Artur Mas o el beatle Puigdemont. Abatido Pujol, ese tótem sagrado caído en la ciénaga ya fétida de un imperio decadente, a Cataluña le faltan unos héroes de verdad para hacer su épica y su tragedia y salvar la honrilla como el humo presto. En esta fase no ha muerto aún ningún mártir por la causa, si seguimos al pie de la letra a Espriú, ni parece que esta cohorte esté dispuesta a empeñar siquiera sus bienes en la emancipación. De manera que es una guerra sin ejército, una reyerta de brazos caídos. Un farol. Toda la fuerza se les va por la boca a estos líderes de partidos de nuevo cuño, que retan a Rajoy tentándose el bolsillo no vayan a perder la pela. En la democracia española que ahora inventa qué hacer -tres consejos de ministros anuncia el Gobierno para esta semana de rayos y truenos si el Parlament aprueba las leyes de desconexión-, todo el mundo ha oído hablar de Companys, que no era Pujol ni Artur Mas ni sucedáneos, sino alguien que dio la vida -tal cual Espriu- y fue de madrugada a despedirse de la plaza de Sant Jaume y la Generalitat cuando Negrín le dio aviso de evacuar Barcelona porque los nacionales le pisaban los talones. A Companys lo detuvo la Gestapo en París (Urraca se llamaba el sanguinario de vida novelada que lo capturó) y se lo entregó a Franco como un mirlo envuelto en papel de celofán. Companys se negó a que le vendaran los ojos y gritó cuando lo iban a fusilar, “Per Catalunya”.

Estos que se dicen herederos de su memoria aceleran el paso por si se les cae el chiringuito y van a la cárcel por robar; no solo buscan el indulto consiguiente, sino consignarse una prórroga cuando ya eran árboles caídos politicamente bajo las ruinas del desgobierno y la corrupción. En Cataluña hay numerosos ciudadanos afines a la independencia. Mi amigo Emilio Machado me dijo días atrás: “Me vine voluntariamente a vivir a Barcelona y encuentro que se ha vuelto un infierno”. En el mercado La Boquería que viene de ser escenario de la atrocidad de los párvulos yihadistas, uno escucha las conversaciones de los comensales de paso, y el taxista se despacha a gusto antes de la Diada como si ya viviera en un estado de derecho en su prehistórico Ampurdán. Aquel gran prosista ampurdanés nada sospechoso -de separatista- llamado Josep Pla elevó el discurso de la cosa en un catalán impecable que orillaba el Nobel como Espriu -cada cual en su butaca-, pero la independencia no entraba en sus cálculos. Era una de las mejores cabezas periodísticas de Cataluña, de España y Europa, cuya próstata política era ciega: se acostaba con una espía de Franco y solo amaba viajar de corresponsal por el mundo. ¡Cataluña se le quedaba corta! El idioma, no. A salvo de su origen pueblerino, era cosmopolita gracias a Cambó, un mecenas catalanista y de derechas que se pasaba la vida en un yate en el Adriático. Pla entró en Barcelona en las tropas franquistas acompañando al abuelo de José María Aznar, al punto de que fue durante unos meses subdirector de La Vanguardia, que dirigía Manuel Aznar Zubigaray. Ni Pla, ni Dalí, otro ampurdanés, habrían abrazado el despeñamiento catalán actual. Ni que decir Espriú, a lo sumo en su mítico territorio independiente de Sinera, “quina petita pàtria,/encercla el cementiri!/Aquesta mar, Sinera…”. Era un poeta excelso de fines de semana que trabajó de abogado en una notaría y se pasó la vida metido en su mundo societario y mercantil, durmiendo en camas de parientes muertos; era antifranquista y federalista.

¿Y ahora qué? Salvo que un historiador como Oriol Junqueras ponga orden in extremis en el pandemónium -como nos confesaban en Tenerife el exministro de Exteriores García-Margallo y la presidenta del Congreso, Ana Pastor-, nos aguarda uno de los tramos más peligrosos de esta autopista del Estado de las Autonomías y del Estado en sí, días de cólera y cimitarra, ajenos a la genuina yihad. Desconocemos si el Estado enviará los tanques de la Constitución y saltarán las urnas por los aires.

En 1978 -hace casi 40 años, como decía-, en la puerta de su casa, dos sicarios acuchillaron a Antonio Cubillo en Argel. Se disponía a viajar a Nueva York con el secretario general de la OUA para reclamar ante la ONU la descolonización de Canarias antes de 2010. Fue un atentado de Estado. Quedó parapléjico y cobró la indemnización. El presidente del PNC, Juan Manuel García Ramos, me recordó que a otro canario, Secundino Delgado, el Estado lo indemnizó económicamente como víctima de represión. El presidente del PNV, Andoni Ortuzar, mostró en Tenerife, en febrero, cierta envidia por no contar con los argumentos históricos y geográficos de Canarias. A Cataluña le pasa otro tanto. Consta en la historia que Cubillo fue el que llevó el desafío más lejos: hasta la ONU y estuvo a punto de hacer ciertos los versos de Espriú ( “a veces es necesario y forzoso/que un hombre muera por un pueblo”). Quedan algunas lecciones de aquello. El Estado nunca está legitimado para extralimitarse en el uso de la fuerza. Y Cataluña haría bien bajando de la nube. Como habría hecho el propio Tarradellas, que trajo la quimera del exilio, “Ciutadans de Catalunya: Ja soc aquí”, para que todos los ciudadanos que allí residían, y no solo los catalanes de origen, pudieran vivir libres dentro de ella.

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Las microalgas, el gato y el ratón

Tan intenso está siendo en su mayor parte este verano informativamente hablando que, antes de que comience a disminuir esta semana su efecto narcotizante, las microalgas, el barco de nitrato de amonio y los vertidos se conjuran en un cóctel endiablado contra la rentrée del Gobierno. Desde ayer puede decirse que las vacaciones políticas que se negaron a interrumpir se han terminado para su desgracia y les espera un chaparrón de realidad. De hecho, en Madrid, Rajoy y compañía se han puesto el mono de faena y cada uno retoma el guion por donde le interesa. En la prolongación continental de este Estado, el referéndum catalán es el bloom de microalgas con el que tiene que lidiar el Gobierno del PP. Rajoy, a diferencia de Clavijo, toma el desafío soberanista como Fraga en Meyba en aquellas aguas de Almería, cuando hace medio siglo se metió en la playa para demostrar que el accidente nuclear de Palomares era inocuo contra todo repelús radiactivo. Clavijo opta por la evasiva como estrategia, cuanto menos se le asocie con la kk de la mancha marrón, mejor, pero en las redes y en Las Vistas el vulgo pide que Clavijo se moje en el tema, que se bañe en compañía de las microalgas y tome un trago para desmentir la toxicidad de la marea. La rueda de prensa de ayer en Las Palmas ha traído a la memoria algunos tics surrealistas de la vieja política que habíamos dejado caer en desuso. Esa táctica infalible de dejar que hablen los técnicos y los cargos de tercer nivel para no mancharse las manos los responsables políticos. Ya contamos aquí que en los demás conflictos que precedieron a estas cianobacterias el debate se hizo público desde el primer instante y compartieron refriega la política y la ciencia hasta que se agotaban las fuerzas y las aguas volvían a su cauce. Esconder la cabeza bajo tierra como el avestruz podrá responder a un instinto primario de conservación -pues consiste en huir de los focos cuando la cosa está que arde-, pero eso antes de Internet, ahora no; toda lógica aconseja coger el toro por los cuernos y dar la cara, aunque te la partan, antes de que te la viralicen de mala manera.

El recurso al ratón del taxónomo Soler ha sido una ocurrencia de manual facilona, pues todo pasa siempre antes por el roedor, cobaya donde los haya. Sin embargo, querer deshacer un feo con un ratón no diluye las sospechas de que aquí hay gato encerrado. Echemos, por tanto, a pelear al gato y al ratón. En el documento que ha saltado a la luz y que el Gobierno guardó en junio en una gaveta, los expertos del Banco Español de Algas se refieren sin ningún lugar a dudas, a “humanos”, dicho lo cual advierten de algo que a todos ha sorprendido. Pues temíamos que la microalga nos pudiera ronchar y vienen y nos avisan de un cáncer hepático. ¿A alguien se le ha ido la olla o es que alguien se ha ido de la lengua? El tema de fondo es el debate científico, que al político de turno le trae sin cuidado. Prefiere eslóganes melifluos que tranquilicen a la llamada opinión pública. “Es más peligroso el Gobierno que las microalgas”, decía ayer en este periódico el diputado del PSOE Gustavo Matos. Pues no hay mejor método de infundir sospechas y psicosis que desinformar y ocultar información.

Seguiremos culturizándonos. Como cuando nos doctoramos en 2004 en volcanología y diez años después en combustibles fósiles. De esta egresamos todos expertos en biología y cianobacterias. No hay mal que por bien no venga. Pero hay una lección que la clase política no acaba de aprender por retorcida que sea su manera de cortarse las uñas, y es que si mete la pata una vez y no corrige el paso, acabará metiéndola hasta el corvejón.

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La orina del periodismo

La crónica es la novela de la realidad. El autor de la frase, periodista y novelista, clava el anzuelo en el cielo de la boca de este oficio. Periodismo es ver nacer y morir todos los días y desayunar las tripas de lo que pasa al descubierto al día siguiente. Las redacciones, cubiles de ambiente espeso cuando se fumaba y eran como el sótano de un casino de pueblo clandestino, donde todos quemaban las horas en alcohol, hoy en día son lugares aseados de un orden casi indignante que comparten con las iglesias el silencio sepulcral y la falta de caos. Pero el periodismo sigue pareciéndose al boxeo –este no sin KO-, como decía García Márquez, que es el autor de la frase inicial, y aquí no se permite tirar la toalla. Un periodista es ese que salta al ring y a menudo acaba noqueado, queriendo ser Foreman o Alí, ya que nunca podrá ser Norman Mailer, el periodista que, en realidad, todos quisieran ser (autor de El combate sobre la célebre pelea, un libro de cabecera del buen reportero).

Esto nos incumbe a los dos -al lector y al que suscribe-. En medio de esta especie de calima de noticias, estas líneas vienen a corresponder al cumplido hablando de periodismo en un estación que se revela propicia por anomalía. Las redacciones de los periódicos ya no son lo que eran, cuánta verdad, lo cual no está nada mal. Una redacción es un búnker o una panadería soterrada. Tiene miga la cosa. Pero el lector guarda las distancias. Háganlo, no me digan cómo ni dónde. Umberto Eco se inventó una redacción y escribió Número cero sobre el fango en el falansterio del oficio. Hay algo de supermanes y oficinistas, como decía Manuel Vázquez Montalbán, en la cocina de esta cosa. Una suerte de Umbral y Pessoa es una buena mezcla de periodista salvaje y retraído. Y hay mucha vergüenza ajena por la deriva moral de la profesión (aquello de “no le digas a mi madre que soy periodista, ella cree que soy pianista en un burdel”). Entras en un edificio, subes unas plantas y en una vivienda corriente te encuentras una redacción moderna,como un piso franco en un inmueble inesperado de Madrid. En Miguel Yuste, donde milité, el edificio completo era El País; ahora basta con ponerle un pisito a la canallesca. Pero el viejo desaliño deja paso a un periodista finolis: era oficio de abajo arriba y ahora se mete en la cloaca el niño bien; pues ídem, mejoramos en la escala social. Que nadie piense que se curó el periodismo: conserva la neurastenia, su lado oscuro no le abandona.

Todavía las redacciones conservan un leve tufo a profesión escachada. Las malas noches y los derrubios familiares no se borran así como así. Y estamos en la boca del lobo, con los días contados, nosotros, que acabamos de sacar la edición número 44.444, tras 127 años de existencia. Nos condenan por no reírle las gracias al poder. “Dejemos que se llamen periodistas, que desahoguen sus vanidades”, sentenció Julio Camba, no sin cierta razón respecto a lo segundo. ¿Por qué es tan rebelde el periodista y cuesta tanto ahormar cuando lo hace bien? ¿Qué futuro nos queda? Parecernos a un semanario, sugería Eco, hablar de lo que podría suceder mañana, con tribunas, reportajes, investigación. No es mal porvenir el de profeta. La redacción conserva el carisma de un Parlamento y de un taxi, ese híbrido de bar y manicomio juntos, de comuna y reality show.

Un periódico es una casa de citas donde la gente se desnuda, se deja entrevistar por otro. El periodismo es un sacerdocio sin secreto de confesión. A esta gente que escribe en los periódicos le gusta ver y oír y, si puede y le dejan, tocar incluso. José María García dijo algo incontestable: “La indiferencia es el encefalograma plano del periodismo”. Somos unos curiosos desafiando los límites de la inviolable privacidad. ¿Por qué hacemos y leemos periódicos? Porque nos incomoda la realidad que nos atraviesa con su lanza, a sabiendas de que tenemos todas las de ganar: siempre nos levantamos de la mesa dejando el periódico abandonado.

Este verano el mundo nos cayó encima a plomo. Sientas al periodista a arreglar el mundo desde un escritorio, dijo alguien, y por ahí viene Trump, sabes qué vomitó Maduro esta mañana, que hay del último misil de Kim Jong-un, cuántos murieron en Barcelona, qué pasaría si un barco con nitrato de amonio explota en las aguas frente a tu casa, donde todo el verano te visitó una plaga de microalgas… El periodista se ha vuelto un Principito a salto de mata en un universo de webs. Los periodistas en el pasado tenían acotada la escena del crimen, y su pericia consistía en acudir los primeros y contarlo antes. Eran capaces de vender su alma al diablo por una buena historia, que es la madre del cordero. Gay Talese dio con la suya y se la guardó una eternidad; su caso altera el paradigma de la exclusiva, y, sin embargo, es un hallazgo fenomenal, como si el periodista se convirtiera en faraón y arqueólogo de su tumba a la vez. Enterró la historia y la exhumó mucho más tarde en un libro que burló el destino, El motel del voyeur. Ahora, vete y haz un reportaje como Talese y escóndelo si el ego te lo consiente.

Quien dijo que periodismo es literatura con prisa dijo una verdad como un templo, porque todos querrían -lo explicó como nadie Tom Wolfe- escribir el crimen de su vida como una novela, como Truman Capote en A sangre fría. Y les digo que esta isla es el infierno perfecto para tales hazañas literarias. La clave es escribir bien, nos diría Luis Álvarez Cruz. En Cien años de un periodista (Tauro Ediciones, 2004), se recoge su tête à tête con César González-Ruano, que escribía en Café Gijón o Café Teide. Álvarez Cruz le hizo la pregunta ontológica (defina la isla) al famoso periodista en el Puerto de la Cruz, con la mar brava contra los cantiles costeros: “La isla es un paraíso rodeado por una especie de infierno, lo más hermoso y dramático que he visto en mi vida”. En una foto del libro, Álvarez Cruz está junto a Hemingway en Tenerife en 1953. La isla dio siempre grandes periodistas que eran buenos todo el año. Terminaban la noche en los bares como Oscar Wilde, a quien Pío Baraja encontró en París y tenía “los bolsillos llenos de periódicos”. Oficio de cargaceras. La redacción era un antro con escupideras y el tecleteo de las máquinas de escribir. “Si no huele a orina no es una redacción”, nos dijo don Elfidio Alonso Rodríguez, que dirigió el ABC. ¿Qué queda de esos vestigios? ¿Nada? Quedan los periodistas. Talese guardó durante décadas la historia de su voyeur del motel que espiaba los encuentros sexuales de sus clientes y hasta un crimen pasional tras un falso techo. El libro le ha costado reproches y elogios al venerado periodista que consagró el significado de la primera frase de este artículo. La crónica es la novela de la realidad. Talese me recuerda a Chela y a Paco Pimentel y a Andrés Chaves, capaces de ir al infierno y volver a la redacción con los ojos inyectados en sangre a contarlo.

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Las batallas políticas y científicas de Canarias

Técnicos y científicos han vuelto a ponerse pinturas de guerra, incitados por las microalgas y la deyección del litoral. Así que el Gobierno se frota las manos; esa es su coartada perfecta. Mientras discuten ellos, la política sigue de vacaciones: es un asunto de expertos –se escuda el Ejecutivo sin ejecutar-. Las playas producen repulsión este verano, alternándose el excremento como cosa de ciencia infusa, así como la boñiga de la mañana es para versados en el tracto. La KK, como dicen los indignados en las Teresitas, es caca, la de toda la vida. Ganar tiempo espoleando a los científicos –subsidiados por definición, dada la precariedad consustancial a la ciencia – sobre si la costa se tiñe de marrón por la calima o los vertidos es un timo a la opinión pública. La papa caliente es el desagüe fecal, esos 57 millones de litros diarios de aguas residuales sin tratar que van al mar. Pasarán las cianobacterias cuando quiera el alisio, pero los vertidos ilegales permanecerán. Son vergüenzas al aire.

Hubo polémicas –menos pueriles- entre bandos científicos antagónicos. Las veladas de la crisis volcánica tinerfeña en 2004, por ejemplo, enfrentaron a dos colosos del género: Carracedo, todo un tótem del volcanismo militante, y Nemesio Pérez, que importaba artes del súmmum geológico japonés. Fue una lucha de cánones en la cumbre de una disciplina tabú, porque el volcán está dormido y el estamento lo trata como si fuera el coco. El volcanismo ganó visibilidad y recursos, y después nació Involcan, que ha puesto las pilas al Instituto Geográfico Nacional. La política de abrir la caja de Pandora que aplicó José Segura (delegado del Gobierno) fue un exorcismo efectivo: mentó la bicha y se superó la nigromancia del tema Teide.

En el estallido del volcán submarino de El Hierro, en 2011 -donde el mar se llama de las Calmas-, revivimos secuencias del mismo docudrama volcánico local. En La Restinga, el estupor del vecindario era real: evacuaban sus casas pensando que no iban a volver. En el dêjá vu de estas microalgas se suma al malestar de puertas adentro –a falta de información oficial, la gente se echó en brazos de las redes sociales- el temor a que el turismo se resienta. Ajenas a la turismofobia, estas microalgas resultan unas aguafiestas. En los citados episodios las autoridades tuvieron protocolo y discurso. No miraron para otro lado. Entre aquel boom y este bloom no hay color. Juan Manuel Santana, que era director general de Seguridad y Emergencias, selló un estilo abierto que ahora resulta impensable en el marco del mutismo de este Gobierno, partidario del apagón informativo sobre las cloacas submarinas, no vaya a explotar otro volcán debajo de esas alfombras.

Así que me quedo con aquel toples volcánico. Había buenas cabezas coordinando la crisis. Los especialistas discutían de manera espontánea, por interés científico. Ahora los azuzan desde los despachos por interés político. Y se persigue al desertor.

En las Islas, las batallas políticas suelen ser también científicas. La de Vilaflor contra las torretas de alta tensión, y contra Ati por hartazgo, fue una discusión sobre los espacios naturales y la defensa de las especies. Otro tanto pasó con el puerto de Granadilla. En el fragor de la controversia, un desconocido abroncó con malos modos, en mi presencia, al biólogo Antonio Machado, que cuestionaba la inviolabilidad del sebadal en la biota de la isla. En la confrontación universitaria, eran profesores y catedráticos tirándose los trastos a la cabeza, y por suerte la división académica no resultó un mal invento. De igual modo, en la guerra del petróleo entraron en lisa los geólogos, enfrentados a las corrientes defensoras de las energías renovables. Claro que entonces primaban más que las ideas los intereses de la compañía Repsol y que estos se confundían con las banderías políticas que se alinearon a favor o en contra. Pero, en definitiva, fue otra batalla político-científica, con el cambio climático de fondo.

Hay ya todo un cuerpo teórico con estos antecedentes para hacer una crítica de la sinrazón pura del mal gobernante.

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Hasta que las algas vuelvan a su cauce

El 90% de los debates públicos acaban en la papelera (o en el mar, que es lo que hoy traemos a colación), porque en las Islas se discute de modo maniqueo e intransigente, y casi siempre –de ahí ese alto porcentaje de debates estériles- con el pernicioso interés político de por medio, que no cejará en tratar de llevarse el ascua a su sardina por encima del interés general, aunque se diga justamente lo contrario, que es lo políticamente correcto.

Una de las pobrezas mentales de esta sociedad sin criterio propio es la manipulación sistemática de las ideas y hasta el control ominoso y denigrante de ámbitos sumisos de la economía, la docencia y la ciencia; esa dichosa pulsión gobernosa que todo lo somete y divide entre quienes están a favor o en contra del dogma oficial. El poder del control es tan tentador en Venezuela como en cualquier otro sitio, y solemos ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio. Así, la misma gangrena ha ido corroyendo democracias de toda laya bajo un imperio triste de mediocridad que domina la escena internacional, nacional y local, arruinando por el momento toda esperanza de catarsis.

La pereza del debate es esa, que sabemos que es un gasto innecesario de energía cíclico, una más de nuestras euforias y disforias maniáticas. Cansa ver las mismas confrontaciones con distinto collar. Ahora mismo, el poder toca a rebato en las islas porque le sacan los colores las microalgas del infierno y lo que más le disgusta es que le tiren los vertidos a la cara en mitad de las vacaciones. Los gobiernos siempre han temido en este país un Prestige. Con lo que no contaba el Gobierno de Canarias es con un simple derrame de algas, que es como una avería en la taza del váter que sale del fondo de las cloacas, porque la verdadera porquería está siempre debajo de las alfombras, como una metáfora maldita. Y no hay palabra más gráfica que la última en boca del protagonista de El coronel no tiene quien le escriba, cuando le pregunta la mujer qué comemos si pierde el gallo, y le dice: “Mierda”.

En la crisis del petróleo de la primera mitad de esta década, la controversia era fratricida; se alcanzaron extremos de ira y navajeo que descartaban toda posibilidad de consenso y de ahí la cuasi revuelta popular en las calles, y el rechazo en las encuestas a la mera mención de la palabra malvada en aquel pandemónium: petróleo -como la mierda del coronel-. Hoy proliferan con señorío las plataformas petrolíferas a la vista de todos en nuestras playas de Santa Cruz sin levantar ampollas, prueba de que la bronca se rebajó desde que Repsol levantó la caña, sus derechos quedaron extinguidos y Brufau se ganó el antipremio Canarias, el de persona non grata.

En la batalla de Vilaflor de 2002, los ánimos estaban crispados. Era una rebelión contra las torretas en toda regla porque pasaban por espacios naturales, pero, a su vez, eran una enmienda al empacho de poder, y esa copla es la misma en todas las demás carajeras de la isla. De aquellos polvos, estos lodos. Pero el poder se enroca y lo llama ruido, con su incapacidad manifiesta a la autocrítica. En las Islas cabe el cuento del volcán cuando la gente explota. Ya en 2004 los científicos protagonizaron una guerra de predicciones sobre este particular: la posibilidad de una erupción auténtica a treinta y pocos años del Teneguía, tras unos enjambres sísmicos ciertamente discordantes.

Hoy seguimos instalados en nuestro proverbial siroco insular, con brotes periódicos de verdades incómodas. Las microalgas han resucitado a la bestia. Hay voces disciplinadas que se alinean con el Gobierno a pie juntillas y sientan cátedra en la feria necia de los desmentidos rayana en el ridículo de técnicos y especialistas acólitos. El espectáculo de siempre. La política como espuma. Pero esta película ya la habíamos visto. Es un revival, un remake, un déjà vu. Hasta que las algas vuelvan a su cauce.

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El terremoto de Perú, diez años después

Hace diez años viajé a Perú por primera vez, como tantos turistas, atraído por el Machu Picchu, con la salvedad de que iba al encuentro de la futura madre de mi hijo. Nos reunimos en Lima, hicimos noche en Cuzco y recorrimos juntos la ciudadela incaica, hechizados por la mística del santuario. Al regresar de la excursión, quisimos pasar la tarde en el oasis de Huacachina; tomamos refrescos y paseamos por los lugares de la leyenda de la doncella que lloró la muerte de su guerrero y engendró la hermosa laguna bajo las dunas donde los niños se deslizan en tablas felices en el desierto. Antes de que anocheciera tomamos un taxi hacia la capital de Ica, el ‘sur chico’ de Perú, ajenos al horrible trance que nos aguardaba. El taxi describió un repentino zigzag y nos espantó en el horizonte un resplandor violáceo seguido de un apagón general. El hombre detuvo el coche, casi sin habla, y se marchó sin cobrar como alma que lleva el diablo. Entonces comprobamos que no podíamos mantenernos en pie y nos cogimos de la mano en corro; éramos cuatro personas. El periodista Javier Cabrera me miró temiéndose lo peor y alguien pasó a nuestro lado gritando ¡es el fin del mundo! Un terremoto de 7.9 grados de magnitud en la escala de Richter, casi justo en su epicentro, es, en efecto, lo más parecido a una escena final. Como una bomba a punto de caernos encima o un avión que se precipita con uno dentro. En un movimiento telúrico de ese calibre, la tierra puede fingirse una cama de agua, pero temes que se rasgue y te devore. Durante dos eternos minutos no repasas tu vida, te quedas en blanco -en un Kipling al cuadrado-y algo sonríe dentro de ti burlonamente, estás muerto de miedo, pero sobrevivirás. Había un niño con nosotros, cuyos hermanos sufrían en ese instante el mismo remezón, a pocos kilómetros, dentro de una casa que se movió “como un caballo loco”, según la descripción de la abuela, Emilia Verde. No se abrió la tierra. En aquella carretera, no. Todo se había movido como una tramoya cogida con papel de fumar, dejando intactos en la memoria los dos minutos del infierno diez años más tarde: una fracción de tiempo en el recuerdo como algo presente.

Como seguíamos vivos nos pusimos a caminar a tientas en la noche profunda, apenas alumbrados por el haz del teléfono móvil. Cuando llegamos a Camaná, la calle había perdido una fila completa de casas y la acera era un solar. La gente no durmió hasta que se hizo de día buscando los enseres y los seres queridos. Había dos países, el que habíamos visto de noche y el del día después. La mayor parte de las viviendas de adobe se habían venido abajo. Y en nuestro hotel, Sol de Ica, había caído una viga sobre nuestras habitaciones. En la Plaza Mayor de Pisco, meollo de la sacudida, los cadáveres fueron alineados a la intemperie para su identificación. Los féretros llegaron antes que la comida, hasta que los convoyes con alimentos donados comenzaron a ser asaltados en la Panamericana Sur.

Lo que presenciamos durante las semanas siguientes al terremoto de Ica, Lima y Huancavelica (aquel 15 de agosto de 2007, miércoles, a las 18.41) fueron secuencias de lo que llamamos la trágica realidad. Los presos del penal Sarita Colonia de Tambo de Mora -más de 500, casi tantos como el censo de difuntos del seísmo- se fugaron al derrumbarse una pared de la cárcel y sembraron el pánico: iban armados y entraban a la fuerza en las casas a robar víveres y dinero. Pero los saqueos de Subtanjalla eran obra de una turba hambrienta que no dudó en llevarse arroz, azúcar, frijoles y leche para sus casas. “¡Que vengan los músicos, los actores y los cómicos!”, clamaba un histriónico Alan García, incapaz de reconstruir la región en los cuatro años que le restaron de mandato.

Hartos de réplicas de más de cinco grados, Javier y yo no hacíamos caso en Huarango, donde sirven el mejor pollo a la brasa de Ica, cuando el edificio retemblaba en el almuerzo. Eran escenas duras. Visité hospitales y ‘pueblos jóvenes’ , que son los barrios de chabolas humildes. Presencié en el estadio local la llegada del helicóptero con agua embotellada para calmar a un pueblo que se moría de sed. “¡Primero el agua, después que traigan comida!”, se desesperaban los peruanos, que siempre creyeron más a la tristeza que a la alegría. Hacía frío y pedían frazadas a la espera de un techo provisional hasta que viniera otro terremoto. El país vive consciente de estar en el Pacífico sísmico. Pasaron días de ayuno; el caldo de gallina dejó de valer cuatro soles para costar el doble. “¡Antipatriotas!”, protestaban, sin éxito, mientras proliferaba la especulación. Un catalán que regentaba un hotel en Pisco fue uno de los héroes solidarios en un pueblo extinguido. La tarde noche del ‘cataclismo’, cerca de 200 feligreses que abarrotaban la iglesia de San Clemente murieron sepultados, todos, menos un bebé y el cura que oficiaba misa. Una de las peores escenas de la tragedia era ver aparecer la hilera de ataúdes blancos en el cementerio iqueño de Saraja. Pero milagrosamente, cada día había noticias de alguien rescatado con vida por los perros de los bomberos internacionales.

Pese a todo, Perú dio una lección de camaradería y no tardó en resucitar: pronto ya crecía por encima del 8 por ciento, exportaba minerales y productos agropecuarios, y yo los veía con envidia, bajo el síndrome de la crisis española, entrando en masa en los centros comerciales. “Perú ya está mejor”, dijo Vargas Llosa, en el museo O’Higgins de Lima. Pero al año siguiente, cuando volví al escenario de la catástrofe, Pisco continuaba estando en los huesos. Busqué al cura y ya no estaba. Allí sí seguían Virginia Cueto, a la que se le cayó la casa encima y le enyesaron las dos piernas, y María Elena Ramírez, habitando en precario un callejón en la Quinta Lucero, entre las ratas y el temor a que volviera un impostor que se declaraba dueño del terreno por herencia “y me bote como basura”. Y estaba la mujer que vendía golosinas y cojeaba. “Se me hincha el pie todavía”. El terremoto se lo partió y a cada paso se acordaba de él.

Volví al Machu Picchu, una de las siete maravillas del mundo, pero nunca repetí la excursión a Huacachina porque fue previa al terremoto. Al cabo de algunos años, insistieron tanto que accedí a quebrar la superstición. Cuando ya me sentía liberado, antes de llegar se formó, de pronto, una cola de coches insufrible. Dimos media vuelta en el cinturón de fuego y renunciamos definitivamente como si burláramos el destino.

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Icod, el perenquén de verano

La serpiente de verano fue el bicho que estuvo siempre en las oraciones del periodista, porque la prensa, que es una agricultura de buenas y malas cosechas, tiene su periodo estival de sequía, y le va la vida en ello. Por suerte, nunca faltan personajes y sucesos esperpénticos, según la criptozoología del género, que calmen esta sed cíclica de noticias, y en las redacciones se ha celebrado siempre con entusiasmo cada nuevo scoop de este bestiario, a condición de prolongarse en el tiempo durante días o semanas, como es de rigor. La serpiente es de la fauna del culebrón, con el que guarda un parentesco grotesco muy receptivo en radios y telenovelas. Amar en tiempos revueltos estuvo en antena siete años, y de aquella incontinencia popular deriva ahoraAmar es para siempre, que se emite en Antena 3 desde hace casi un lustro. El culebrón es un producto genuinamente sudamericano, como el mito rural del mismo nombre que describe una serpiente peluda que sugestiona con la mirada. El telespectador queda prendado de la pequeña pantalla en dosis diarias bajo los efectos del comején del amor y el desamor que le devora durante años.

En los periódicos y demás medios, el verano es la estación que invoca a la serpiente como a un clavo ardiendo al que agarrarse. El método no contempla temas enjundiosos, sino, preferiblemente, irrelevantes, la mera anécdota elevada a la categoría de notición. El viejo truco -que orilla, en parte, las aguas de la inocentada de los 28 de diciembre- no deja de tener sus reglas, y hay, como en todo, especialistas en este recurso de primeros auxilios para socorrer al medio que se queda, a la hora de cierre, sin noticia que dar en primera. En la bodega de los viejos periodistas siempre había una serpiente providencial contra ese riesgo congénito. Antes era más dramática la travesía del desierto de agosto para los periódicos; ahora, ya puede ser agosto todo el año en las redes que la excepción es la regla: la noticia cedió su trono a la serpiente viral, y esta especie domina el medio de agosto a agosto sin ceder un ápice de terreno.

La verdad se declara partidaria del papel. Por tanto, cuesta más en este soporte cubrir el expediente de agosto. Pero, con todo, insisto, ahora es menos meritoria la virtud de apropiarse de una buena serpiente de verano, una buena noticia adornada de flecos, que dé para enganchar varios días al lector. Las redes surten de ofidios al oficio en caso de emergencia. El calor es el primer vivero de noticias del mes. Como ahora mismo, las alertas y consignas contra las altas temperaturas. Son un clásico del género en agosto. Este año, las microalgas -cianobacterias- han sido la novedad que madrugó, y han dado juego como baza informativa, aderezadas de opiniones de biólogos, ecologistas, alcaldes y espontáneos.

En un ranking de serpientes de verano entraría con fuerza la censura de Icod, no tanto por su poder de captación informativa, como por su sorprendente capacidad de proyectarse políticamente sin el menor rubor: de asunto doméstico ha trascendido con inusitado brío a la cima de la comidilla nacional. Icod en la política de Estado, donde el podio era cosa hegemónica del referéndum catalán. Un simple golpe de mano local se trasviste de golpe de Estado. El Ayuntamiento de Icod, cual Fuerte Paramacay, a la espera de ser sometido por el Gobierno de Rajoy cogiendo recortes del de Maduro. La censura es una bacteria que amenaza las playas municipales, y el poder se incomoda cuando alguien le asalta la finca particular. Ahora mismo es la serpiente de verano por excelencia, el monstruo del lago Ness local, que fue el que inspiró este género. ¡Quién podía imaginar que saltaría este lagarto este verano, como si un pequeño perenquén insular amenazara con su modesta anatomía con acogotar a todo un Gobierno de la nación!

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