Opinión

Si las apariencias engañan y esto no es Yugoslavia

Algunas Navidades llegan caídas del cielo más que otras. Ahora mismo, el catastro político del país -y su catástrofe consiguiente- señala el terreno minado del noreste peninsular, donde el catalán ha dejado de ser un pueblo -era el más culto y ponderado, amén de europeo- para ser dos, y constituye una amenaza flagrante que trasciende los Pirineos, como otrora serbios y bosnios pero sin tiros, pues Europa, que viene de donde vienen las guerras, coquetea de antiguo con la idea odiosa de su autodestrucción.

Caídas del cielo, pues, estas fiestas desandan algunas travesías y travesuras y concilian lo mejor que pueden. Hemos estado entretenidos celebrando aniversarios políticos corales, con los 40 años de democracia y todas las reliquias de la Transición, que, para ser sinceros, es algo que no ha calado en la memoria de país y es pura bagatela para recién llegados, aunque le demos ringorrango a la moviola cada cierto tiempo. ¿Que es triste que así sea? Cómo no estar de acuerdo, pero al españolito posmoderno le trae al pairo la génesis de la democracia que disfruta, y a los supervivientes de la primavera española del 77 les produce rubor, y traicionan el eco histórico del cambio porque ser escéptico está de moda. Fue el clásico del sábado el mejor reflejo de que el fútbol es la única mesa de diálogo ahora mismo entre Madrid y Barcelona, que está por encima del resultado. Pues lleven el procés a una mesa de tapete verde.

Cataluña es la punta del iceberg, como Ciudadanos ahora será la cresta de una ola -hubo otras, la de Podemos-, pero nadie medianamente sensato sabe qué va a pasar en 2018 sobre la piel de toro. Estamos desorientados como los personajes ciegos del Ensayo de Saramago. En la entrevista que hoy publica este periódico, Arturo Pérez-Reverte dice que la guerra civil no es un tema cerrado en España, en los balcanes del inconsciente colectivo, y remite a Europa con el recurso maniqueo de los serbios malos y los bosnios buenos.

En La Habana, allá por septiembre del 79, yo me detuve delante de un hombre a observarle fijamente y él se quedó mirándome, a su vez, como una esfinge, ausente, pero con los ojos abiertos. Era Tito en persona. Amo de Yugoslavia, el gran comunista rebelde que dio la espalda a Stalin. Le quedaban apenas ocho meses de vida, y me miraba como si ya lo supiera de antemano, enfermo y cansado, allí, solo, sentado en su pequeño estrado de la sala principal de la VI Cumbre de Países No Alineados, el lobby del Tercer Mundo que él y otros cuatro dirigentes habían fundado en los años 60. Todavía era poderoso, pero, tras su muerte, Yugoslavia iba a saltar por los aires, y antiguos vecinos se matarían descarnadamente en aquella guerra civil de los Radovan Karadzic y el recién condenado Ratko Mladic, los famosos genocidas de las cruentas limpiezas étnicas. ¿Por qué me paré a contemplarlo como si fuera una estatua? Porque algo te dice que ese hombre que miras no es solo un hombre, sino una parte considerable de la Historia, y esta se iba a hacer añicos. Cuando se sataniza la política ocurren cosas diabólicas. Estos últimos meses, asistiendo a los sucesos de Cataluña, créanme, no he podido apartar de la memoria el recuerdo de la mirada estática de Tito en La Habana. El estadista cuyo país era un jarrón a punto de caerse al suelo cuando cerrara los ojos.

Los años que dejan atrás estas últimas noticias de odio sarraceno de España son agua pasada que no mueve molino; la historia pútrida de la patria son estas convenciones de amor y desamor. Reverte dice admirar los Estados jacobinos fuertes y centralistas a la francesa. Incluso yo, que derivo de otras fuentes, acepto que los Estados son o no son, sin llegar a esos extremos, claro. La coyunda del Estado. Esa es la cuestión. Pongamos el ejemplo de Mújica.

En Caracas, el veterano periodista Héctor Mújica me contó su entrevista con Ava Gardner, el animal más bello del mundo para la crítica machista de la época que hoy sería arrojada a los leones de Hollywood junto a los restos del canalla Harvey Weinstein. Quedaron en reunirse en el vestíbulo del hotel, y el bueno de Mújica acudió a la cita con las preguntas y los deseos inconfesables de conocer de cerca a la diva devoradora de hombres. Mújica, pequeño de estatura y correoso, agotó el cuestionario y ya se disponía a marcharse cuando la actriz le asestó con picardía la puntilla final haciendo honor a su leyenda: “Me pregunto por qué no me ha propuesto hacer la entrevista en la habitación”. Mújica me dijo que le temblaron las piernas y no fue capaz de cruzar ese rubicón que le tentaba en la boca de la madriguera. Así que salió como pudo de la situación embarazosa y guardó el secreto de una gesta que pudo haber sido y no fue. Colgaba la foto de la entrevista con Ava en la galería de la pared sobre su extensa carrera en la prensa; recuerdo verle con el Che en aquella buhardilla de héroes y villanos del gran periodista que me mostraba sus derrotas y lástimas.

La patria, a veces, es un extraño objeto del deseo, con la que cohabitamos sin rematar la faena en un quiero y no puedo. La España indivisa que quiso llevarse al huerto al catalán secesionista se ha vuelto a quedar con un palmo de narices. Junqueras dejó plantada en su día a la vicepresidenta, tras armar juntos el cubo de Rubik, y ahora le reprocha a Puigdemont que se fugara y lo dejara solo en la cárcel. Dudo de su apoyo incondicional si el prófugo persiste en su exilio dorado. Junqueras, tras el escrutinio de las elecciones, le envía cartas de amor para que venga al escaño y la celda.

Los personajes de este reality se renuevan como en una academia de OT. Inés Arrimadas es la bella rodeada de bestias. Albert Rivera se finge Macron. Y Rajoy pide árnica a Europa, que pone las barbas de remojo viendo las de España arder: la Padania, la Venecia y todas las Escocias tocarán a la puerta de Bruselas, donde Puigdemont dilata el sueño de Ulises de volver a Ítaca, a la que ya cantó, por cierto, su correligionario Lluís Llach con versos de Kavafis, que era un poeta trasterrado de origen griego que añoraba a Alejandría, hasta que regresó.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El jueves se reparten las hostias

Dentro de 48 horas, saldremos de dudas sobre el galimatías catalán. La histriónica sucesión de acontecimientos desde el 1-O -que parece ya una fecha del calendario azteca- da para toda una saga de Netflix. Los Puigdemont, Junqueras, Romeva, Forcadell y toda la jarca traspasaron el velo del dosel de la Generalitat y se cuelan en la telerrealidad de la política catalana tras el 155, mitad brexit, mitad melopea con falda y gaita de secesionista escocés frustrado. El fake, como lo llama la vice Sáenz de Santamaría, tenía un aroma ultraterrenal que imponía lo suyo con cierto halo de predestinación, incluso de cara al Estado con su CNI, hasta que el procés se cayó por la barranquera y el molt honorable salió a espetaperros por la puerta de atrás y se recluyó en Bruselas camino de los altares o de las letrinas. Se vino abajo el glamour con el caganer.

Ya Junqueras blasfema de los traidores de la propia cuna como el huido Puigdemont cinco estrellas en la suite de Bélgica viéndolas venir: “Fui a prisión porque no me escondo y soy consecuente con mis actos”, afirma el exvicepresidente. La trifulca era de cajón. El de ERC se está comiendo la campaña entre rejas con sopas y oraciones en Estremera, según su carta a The Times, y no es plato de gusto esa vida monacal a la fuerza, mientras el zorrocloco tomó las de Villadiego y parece un turista francés acudiendo a los teatros de ópera con su abogado Bekaert. Las encuestas -esas diablillas de Slaanesh- ya se sabe que nos están tomando el pelo a todos. Si Inés Arrimadas gana, sin lugar a dudas es posible que sea presidenta y el asalto a los cielos de Podemos lo dé Ciudadanos y no Domènech. Pero el llamado efecto Borgen -en realidad, en la serie danesa, es mujer la que se convierte en primera ministra en un encaje de bolillos tan típicamente español y canario, por otra parte- no permite descartar ninguna hipótesis.

Si estamos a 48 horas del escrutinio catalán y a 72 del Gordo de la Lotería no es por casualidad; una cosa y la otra se encadenan con cierta lógica, regidas por una oculta ley de azar y suspense que engorda el misterio y alimenta las grandes esperanzas y las grandes decepciones. Una vez sepamos el desenlace de estos dos saltos mortales épicos de tahúr, la nigromancia de los sondeos será historia y seguramente historia nefasta para mayor incuria del género demoscópico, ya tan desacreditado de por sí. En una conversación privada, el propio Rajoy confesó a su interlocutor: “Nadie sabe qué va a pasar el jueves en Cataluña”. Esto lo dice todo. Como nadie sabía qué iba a pasar el 1-O, cuando el referéndum de las urnas chinas de plástico. Ni supo nadie prever que el president se iba a pirar. Esto de la inteligencia tiene su doblez. Ni los políticos tienen pajolera idea de política para adelantarse un centímetro al futuro y prever lo más mínimo para que la realidad no les coja con los pantalones por los pies, ni hay tal inteligencia en los servicios secretos, ni son tan secretos los servicios encargados de avisar al Estado de que viene el coco o se manda a mudar.

La verdad es más prosaica. La política es un oficio de palos de ciego. Aquel no vio venir la crisis económica y este no imaginó que el procés era más endeble intelectual y políticamente de lo que aparentaba ser. Pujol era otra cosa. Mantuvo el fake durante décadas. Reinó en Cataluña sin corona, pero era un gremlin cortejado por los presidentes del PSOE o el PP como la clave de bóveda de todo el poder del Estado. A Jordi Évole le habló de la corrupción como de la peor de las plagas del hombre, todo él lejos de semejantes zahúrdas. Luego salió la matriarca y traspasó dos misales a la biblioteca del capellán. Y el jueves se reparten las hostias.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Venimos de un año que viene de otro año

El año empezó con una plétora de buenos propósitos tras una larga crisis económica, y parecíamos reconciliados con la historia. Pero desde el 11-S de 2001 todos los años me resultan parecidos, cortados por la misma tijera -venimos de un año que viene de otro año-, como si hubiéramos entrado, tras el atentado, en una era repetitiva de cautelas y miedos, y de ensoñaciones nuevas. Recuerdo que en el 2000 -¡vivimos un cambio de siglo, no lo olvidemos!-se hizo aquel ajuste de cuentas con las dos guerras del siglo XX como si este siglo XXI estuviera predestinado a la paz. Se equivocaron los profetas, Fukuyama se quedó solo predicando el fin de la historia y de los conflictos bélicos. Hoy los pensadores andan replegados y hasta los poetas se replantean las metáforas y los mitos, con todas las musas en huelga. ¿Por qué menciono las Torres Gemelas? Porque, a mi juicio, todo empezó de nuevo ahí, cuando aún no existían Facebook, Twitter ni WhatsApp. Quiero decir, por tanto, que el mundo que hoy conocemos, con sus métodos y herramientas y su nueva mentalidad disruptiva, heredera del caos y la catástrofe, surge en ese instante, poco antes de la una de la tarde de aquel martes.

Cuando cayeron las dos moles diseñadas por Minoru Yamasaki cayeron los pilares del ancien régime. Todo se acabó y todo empezó. Y lo posterior es esto, esta manera inestable de vida incierta. Si uno quiere pensar, sobrevolar los problemas, ha de subirse, por cierto, a un avión. Donde mejor se medita es donde uno se cree Dios. En el cielo. También el mal vino por ahí aquella vez que dos pilotos neófitos se abalanzaron en dos Boeings contra los rascacielos de Nueva York. Los cuerpos cayendo de los edificios como peleles, que dijo Rojas Marcos, eran una imagen que parecía irreal. Luego han sido comunes imágenes por el estilo en videojuegos que forman ya parte de nuestra cultura. Lo irreal cobró cuerpo, las cosas importantes pasaron a ser las intangibles. Diría que soñar es ahora una práctica de enorme trascendencia, incluso económica. Como quiera que lo imprevisible es lo más previsible, vivimos sin plan B, y esta nave avanza gracias a la imaginación de la gente. Hay más estúpidos, pero también más genios a menor edad. Ahora todo está por inventar cuando siempre dijimos que todo ya estaba inventado. En la incertidumbre tampoco se vive mal. Cuando el hombre se siente inseguro, piensa y crea. Ahora estamos siempre volando como pájaros, el gran anhelo de Da Vinci y de la humanidad entera. Sí, nos gusta ser digitales, pero sentimos nostalgia de aquella etapa analógica en que éramos torpes y rutinarios y un trabajo era para toda la vida. Nos alegra el progreso tecnológico, no, en cambio, su capacidad destructiva.

¿Por qué despedimos este año con una sensación agridulce? Llegamos a confiar en una vuelta a la normalidad. Cuando esta quedó abolida para siempre bajo la incertidumbre en aquel mismo atentado. Leyendo las Ventanas de Manhattan de Muñoz Molina, novela escrita en los días del horror, uno cae en la cuenta de que necesitamos engañarnos y creer que no sucede nada. Este año ha sucedido de todo, dentro de esa lógica diabólica que se impuso el 11-S. No es la economía, estúpidos. Es el miedo y su aceptación. Ese aire mundano de pasajero asiduo que tenía Ryan Bringhman (George Clooney) en Up in the Air volando a todas horas en nuestro ciberespacio como en cualquier avión, y pronto en un dron. A soñadores no nos gana ninguna otra etapa histórica. Ahora todo el mundo sueña y encarna un papel ideal, sintiéndose personaje de una vida pública en las redes. El sueño es una vía de escape del miedo. Son los niños, los más hábiles soñadores, los dueños de este mundo recién nacido, que necesita de la imaginación. En este mundo en modo avión del que hablo hay un canario que le vio las orejas al lobo antes que nadie. Iván Chirivella, que no debe de tener más de 40 años, tendría 25 cuando, según me contó, conoció a los asesinos del 11-S y les enseñó a volar, lejos de sospechar que, en realidad, les estaba enseñando a matar. Chirivella sufrió un shock cuando tras ver los aviones en televisión estrellándose contra las Torres Gemelas, el FBI le llamó para decirle que los pilotos eran Mohamed Atta y Marwan al Shehhi, sus alumnos. El primero se empotró en la Torre Norte, y el segundo, en la Torre Sur. Durante dos meses, cuatro horas diarias, tuvo tiempo de conocerlos de cerca, pero no adivinó que eran terroristas potenciales. Atta era canijo e irascible, y Marwan, una especie de oso grande y sonriente. Chirivella me dijo que se enfrentó varias veces a ellos, por sus desplantes machistas hacia las mujeres de la escuela de aviación y porque eran desobedientes durante los vuelos. Una de esas veces, les quitó los mandos, dio media vuelta y regresó a Sarasota. ¿Cómo podía imaginar que iban a asesinar a 3.000 personas pocos días después? Jamás mencionaron a Bin Laden. Este canario, que continúa volando a sus anchas, tras escribir con Alicia Mederos Cómplice inocente y desahogarse, me dijo que quería seguir siendo una persona normal. Pero el mundo ya no lo era para siempre, una vez instalados él y todos nosotros en la anormalidad más absoluta y la incertidumbre. El mundo se hizo volátil. Cuando subí al Empire State Building y miré desde su observatorio la ciudad de Nueva York no sabía nada de lo que iba a ocurrir. Hoy seguimos ahí arriba, en la nube, suspendidos en un espacio de irrealidad manifiesta.

Mi hijo es un pequeño hombre de este mundo recién nacido ya sin cimientos, donde se desmantela lo viejo y se adora el vacío. Su mundo no está a mi alcance. Yo convengo con los escombros de las Torres Gemelas, de la Crisis Económica y de los demás telones que se han ido cayendo. Mi tiempo original se hizo remoto muy pronto. Mi hijo vuela desde que nació. Se subió bebé a un avión. No le cogerá de nuevo sobrevolar para sobrevivir. Pero no crean que estoy enfadado con la época de mi hijo. Hagamos las paces con la historia que está resurgiendo de sus propias cenizas. No. 2017 no fue un año malo del todo, no hubo taumaturgia, ni milagro. De acuerdo. ¡Qué se va a hacer! Otro vendrá que bueno lo hará. Me cuenta un padre un cuento de una hija de cuatro años que al despertar le dice: “¡Papá, tenía un regalo muy bonito para ti, pero se me quedó en el sueño!” Dejemos a los sueños guiarnos por la vida cada día con ese regalo de un hijo por la mañana.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Dos historias de la América frenopática

En la saga de locos egregios de los Vallejo-Nájera faltan actuales especímenes que están en la cabeza de todos dentro y fuera de Canarias. Extrafalarios, esperpénticos…, predominan mandatarios, figurines y celebrities con los cables cruzados. Europa se las trae, pero América es donde siempre encontré un vivero de países frenopáticos, con su Bucaram (en Ecuador), que tocaba la guitarra y fue depuesto por lunático; su Fujimori (en Perú), que se daba autogolpes de pecho y engendró a Montesinos, que grababa vladivídeos con escenas reales de sobornos a terceros, y tantos otros granujas, chiflados y facinerosos en una sociedad descarrilada. En el último viaje a la otra orilla rescaté in situ el caso Rosenberg (en Guatemala) y me topé de bruces con el caso Nisman (en Argentina), que arruina ahora el regreso político de Cristina Kirchner. La viuda de Néstor es bipolar y codiciosa, pero cuesta considerarla una asesina en la novela negra de América que viví en 2015 cuando acababa de estallar el escándalo, ahora en su cénit mediático-literario.

En medio de dificultades energéticas, Argentina pactó con Irán petróleo a cambio de granos, bajo el supuesto compromiso de encubrir a los autores iraníes de un atentado terrorista que causó 85 muertos en una mutual judía de Buenos Aires en 1994. El fiscal Alberto Nisman acusó de ello, tras diez años de investigación, a la presidenta Cristina Fernández y al canciller Héctor Timerman, tras el chuponeo de sus tratos (pinchazos telefónicos). Nisman no vivió para contarlo. En la víspera de comparecer en el Congreso fue asesinado en el baño por dos personas que asaltaron su apartamento en el piso 13 de la torre Le Parc, de Puerto Madero, le dieron ketamina y le descerrajaron un tiro en la sien tratando de simular un espasmo cadavérico propio de un suicidio. Eran las dos de la mañana del domingo 18 de enero de 2015. La historia impacta y es un caramelo a la medida de Philo Vance, el meticuloso detective de S. S. Van Dine.

El refugio del fiscal, que temía por su vida y pidió un arma prestada a un amigo, contaba con un pasillo privado que comunicaba con un vecino extranjero y, entre artilugios de aire acondicionado, había pisadas recientes. La casa tenía dos puertas: la principal estaba trancada con llave y la de servicio no fue cerrada por quienes salieron por ella. El periódico del domingo seguía en el palier (rellano) y, como Nisman no contestaba a las llamadas, tuvo que acudir su madre y abrir la puerta con ayuda de un cerrajero. Su pistola, del calibre 22, apareció debajo de su cuerpo y al lado, un casquillo de bala.

Hubo cierta propensión en la fiscal Viviana Fein a inferir que se trataba de un suicidio, pero la exesposa de la víctima, Sandra Arroyo, jueza federal, no tragó y se querelló para consolar a sus dos hijas. A la mayor, de 15 años, Iara, la escuché preguntar en público: “¿Qué pasó con mi papá?”. El juez Claudio Bonadio avisó entonces: “Si aparezco suicidado, busquen al asesino”. Este jueves, Bonadio solicitó al Senado el desafuero de la expresidenta Cristina Fernández para detenerla como cabecilla de “un plan criminal orquestado”. Cuando uno se adentra en Puerto Madero siente la paz confortable de un entorno de mar y percibe hábitos de vida acomodada. Nisman escribió una nota con la lista de la compra para la empleada doméstica. ¿Alguien que hace tal cosa, acaso se dispone a matarse?

Escarbas en América y salen historias escabrosas debajo de las piedras. Como el caso Rosenberg que seguí durante años. Pongan atención. Resulta increíble. Este abogado, formado en Cambridge y Harvard, grabó un vídeo de despedida. “Buenas tardes, mi nombre es Rodrigo Rosenberg Marzano y, lamentablemente, si usted está viendo este mensaje, es porque fui asesinado por el señor presidente Álvaro Colom”. En 18 minutos, Rosenberg mira fijamente a la cámara, viste traje y corbata azul a tono con la tela de fondo. Uno asiste estupefacto al thriller de un personaje real. Los nombres y apellidos de sus ejecutores restallan con acrimonia en la alocución. “Todo el mundo espera que alguien haga algo”, dice en el monólogo, llama al presidente Colom “asesino, cobarde”, y exhorta: “Yo espero que mi muerte sirva para que la gente se rebele”. En Guatemala, un infierno de sicarios se han hecho amos del bazar de la muerte. El abogado, del despacho RosenbergMarzano-MarroquínPemueller&Asociados, era un “ciudadano honorable”, dirá el fiscal español Castresana que investigará el caso. Dos veces casado y divorciado, a la pérdida de su madre y de la custodia de dos hijos se le sumó esos días la muerte de su amante, Marjorie Mussa, hija de un empresario cliente suyo, Khalil, de 74 años, ambos tiroteados en su coche. Se querían con locura. “Te amo, te amo, te amo”, le mensajeaba. Se sentía culpable, porque había aconsejado a Khalil apartarse del presidente, y compró dos nichos en un cementerio privado, uno para Marjorie y otro para él. Hizo testamento.

La mañana que no aguantó más contrató a unos sicarios por 40.000 dólares. Lloraba constantemente. Entregó a un amigo 150 copias del vídeo casero para difundirlas llegado el caso, y almorzó con un sacerdote amigo al que se confesó. El domingo de su muerte salió a dar un paseo en bicicleta. La verdad rebuscada del suceso, a cargo del fiscal Castresana, refleja la paranoia secreta de ese país: en realidad, Rosenberg, de 48 años, planeó su propia muerte. La víctima de los disparos del sicario era él. Hizo de blanco fácil: recorrió dos manzanas en bicicleta y se sentó en la acera, a las 8 de la mañana, a escuchar música clásica con auriculares, junto a un monumento, siguiendo las instrucciones que dio a su verdugo. Quería desatar un golpe de Estado tras la indignación popular por su muerte. Lo calculó todo, pagó a sus sicarios post mortem: al día siguiente, se recibió en su despacho un cheque con el importe, que su secretaria, según lo acordado, cursó a sus destinatarios. Al presidente Colom -que no era ningún santo- lo habían crujido en manifestaciones de protesta tras aflorar el vídeo. Castresana tuvo acceso a las imágenes de cuatro cámaras de seguridad, que mostraban a Rosenberg pedaleando hacia la muerte. ¡Qué historia!

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

La baja autoestima de Ronaldo si fuera canario

De la autoestima del canario hablaba el domingo en estas páginas Jerónimo Saavedra. Mencionar la autoestima en un pueblo que la desconoce por sistema como un asunto ajeno que le trae sin cuidado, es desenterrar uno de esos fantasmas que nos flagelan de cuando en cuando, como si la mejor receta para que el canario espabile fuera recordarle que no se tiene la debida consideración a sí mismo. Es una de las materias que imparte de antiguo el psicólogo Pedro Hernández Guanir. Nos la restregó en la cara en las primeras ediciones del Natura y Cultura. Porque hacer dejación de esa pócima es un acto consciente de desánimo, la asunción del vencido de antemano, que desiste de ciertas metas por anticipado, carente de ambición, decidido a tirar la toalla en el round menos pensado, porque una retirada a tiempo es una victoria en el manual del derrotado. Leemos la desmesura de Cristiano Ronaldo (“soy el mejor jugador de la historia”) y comprendemos la diferencia entre no tener autoestima y tener un ego elevado hasta el infinito. Lo del crack portugués es la metástasis de la autoestima, una hemorragia de vanidad que no es exclusiva del balón de oro madridista. Cassius Clay (Muhammad Ali) se prodigaba en ese género ya desde los años 60 y 70 en que yo lo admiraba de ese modo profuso con que se consienten los pecados de los ídolos terrenales como si fueran sobrehumanos. “Soy el mejor”, repetía con euforia y desprecio hacia los blancos. Y era, en efecto, el mejor sobre el ring. Quizá la objetable subjetividad desmedida de Ronaldo (la discusión sobre sus galones y los de Leo Messi lleva camino de convertirse en una controversia sin fundamento)convierte su derroche de autoestima en un factor que agita las fronteras de la autosuficiencia y nos invita a establecer límites racionales.

No sería bueno que, de pronto, el canario se nos volviera un fanfarrón narcisista que mirara por encima del hombro al resto de autonomías y gentilicios. Si tal cosa ocurriera y a nuestros celsoalbelos les diera por ir por ahí diciendo que son los números uno y no hay quién se les compare, no por ello pasaríamos a ser un pueblo exultante sin complejos en condiciones de afrontar los desafíos con garantías de éxito. La clave de este negocio de pueblos optimistas y felices es administrar sin derroche los valores considerados básicos en toda batalla que se precie -y de eso va la guerra de la vida- para obtener los mejores resultados y hacer las apuestas con criterio ganador. La baja autoestima del canario tiene que ver con la carga de estigmas y sambenitos que hemos metabolizando de generación en generación. Lo curioso de este pesimismo que amarra los pies de las islas es que venimos -como nos recordaba días atrás Marcos Martínez en La Palma- del cliché más elogioso al que pueblo alguno puede aspirar: el de Islas Afortunadas (Plinio el Viejo las menciona y ya Hesíodo lo hace en Los trabajos y los días, no es broma que de antiguo nos dieran tal postín).

O sea que, ya puestos, nos hubiera dado por fardar a lo Ronaldo de las islas non plus ultra, el no va más. Y, en cambio, algo nos aconteció en el curso de la historia que nos entró esta depresión, con su molicie respectiva (el célebre aplatanamiento, o soñarrera como nos atribuyó Unamuno), y nos transformamos en pueblo derrotista, esquinado y envidioso, que se pasa la vida matando el tiempo viendo cómo se matan unos a otros, una isla contra otra, una acera contra otra. Lo que viene a decir Jerónimo Saavedra, desde el púlpito del Diputado del Común, es que hagamos las paces las dos aceras para ir juntos por la misma calle, que no es tuya ni mía, como dijo Agustín Millares Sall.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Michelle Alonso, la sonrisa sin barreras

La sonrisa inagotable de Michelle Alonso contrasta continuamente con esa pesadumbre general que teje casi toda la restante mirada cotidiana que obtenemos de la foto fija del mundo. Es un grito inverso de Munch que se agradece bajo la ceniza que cubre otros muchos acontecimientos; nos congratula su espíritu de alegría perenne y el éxito que persevera detrás de ese talante porque no es fruto solo de un don, sino de la disciplina y el coraje de una canaria curtida en retos. La odisea de esta joven trasciende su discapacidad intelectual -por cierto casi imperceptible a quienes estén ajenos a la misma-, y no cabe en este caso que se le preste un trato paternalista tan al uso, por ignorancia, ante quienes sufren cualesquiera disfunción. Las personas invidentes, por ejemplo, no soportan que se les aborde con un tono de voz forzado como si su déficit de visión les convirtiera en seres extraños. Venimos de celebrar el día internacional de los derechos de quienes padecen alguna discapacidad física o psíquica. Y es evidente que la joven nadadora recién coronada campeona del mundo en México en su especialidad favorita de cien metros braza merece una admiración acorde a su proeza, pero nunca el más mínimo asomo de compasión. Estamos ante una campeona de primer nivel mundial, que ha trazado una trayectoria de éxitos en las competiciones más exigentes que demuestra que ya se trata de una de las grandes deportistas canarias de todos los tiempos.

Seguramente, el caso de esta excepcional nadadora tendría un tratamiento más épico en otras culturas menos indiferentes a los logros locales como la nuestra. Pero aquí digo que, en medio de la grisura y la mediocridad dominantes, Michelle Alonso, la gran embajadora de nuestra afabilidad, se ha ganado ya su trono en lo que mejor hace, nadar sin complejos, fiel a su rol de superación. Ha habido deportistas, como hay científicos, artistas y escritores, que sobresalen pese a una determinada discapacidad. El caso de Stephen Hawking, devastado por una esclerosis lateral amiotrófica que condiciona su vida y trabajo hasta extremos inauditos, es un hito de la humanidad discapacitada. Nunca nos cansaremos de reconocer la batalla sin límite del físico teórico contra las adversidades de su enfermedad imparable. Ser número uno en la ciencia en tales circunstancias exige una fuerza de voluntad sobrehumana. En otra oportunidad contaré qué diminutos se vuelven todos nuestros desalientos cuando se siguen los pasos de cerca de este personaje irrepetible capaz de sonreír con vehemencia ante un comentario jocoso. Michelle Alonso nos conquista por sus hazañas y sonrisas en un contexto a menudo mustio en todos esos frentes económicos, políticos y sociales que engrosan la actualidad con una tristura que se ha vuelto pandémica. Esa hilaridad desinhibida es un regalo que nos depara esta paisana habituada a competir en la élite sin achicarse, como si en su estado de aparente complacencia estuviera mostrándonos el camino para ser más eficaces y felices, o sea, otra suerte de canarios sin cortapisas.

Con motivo de la efeméride de la discapacidad hemos conocido la dimensión de un colectivo que representa el 15% de nuestra sociedad, centenares de miles de paisanos, cada uno con su portfolio de demandas, con sus conquistas y sus desafíos. Hemos sabido que ayer era el último día de plazo para que nuestras ciudades derribaran sus barrreras arquitectónicas y que pronto los afectados comenzarán a acudir a los tribunales tras el desdén de la Administración. Nos adornamos con las plumas de Michelle Alonso. Pero a la foto oficial de las autoridades que posan junto a ella se opone la foto de quienes, sin preseas, sintiéndose representados por Michelle, demandan una respuesta día a día.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Cinco minutos con Manolo Blahnik

Hay un tipo de canario que se come el mundo y que define a la perfección el perfil de una cierta manera de ser isleño sin concesiones al victimismo. Manolo Blahnik está en la élite de esa estirpe local-universal. Venía de recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de La Laguna y yo tenía asignados solo cinco minutos para hablar con él, según prescribió su oficina en Londres, la capital de la otra isla donde vive. ¡Cinco minutos!, me advirtió enseñándome la mano sana sin dejar de sonreír y dar saltos sobre la pierna buena. Luego entramos en un despacho de la universidad y conversamos rodeados de un grupo de espectadores que habían logrado colarse atraídos por el carisma de la celebridad , que se abstrajo de todos mientras se concentraba en las preguntas que yo le formulaba contrarreloj.

Si hiciéramos recuento de canarios ilustres que cortaron el cordón umbilical con la isla y se dejaron llevar, hallaríamos un muestrario de personajes insignes que descollaron en las distintas facetas humanas y que estarían acreditados para figurar en una hipotética selección internacional de números uno. Blahnik tiene una plaza asegurada en ese combinado de estrellas. Sin embargo, me dijo que no se consideraba uno de los artistas más influyentes de su época. Lo enigmático de Blahnik, al margen de ser fruto del azar del encuentro de un extranjero y una isleña a través de una celosía, es la fuerza de un genio creador desconocida hasta que la editora de Vogue, Diana Vreeland, descubre su talento mirando sus dibujos al revés, en lugar de los rostros, las extremidades inferiores de sus modelos. Blahnik era hijo de una mujer que adoraba los vestidos y las bellas cosas, me dijo, y que confeccionaba zapatos con ayuda de brocados antiguos en una isla postrada en la escasez tras las guerras de España y del mundo. Pero no sabía que era, también él, un zapatero único hasta que la gran ama del oráculo de la moda prestó interés en cómo retrataba los pies. Me contó que doña Manuela, su madre, aprendió con don Cristino, zapatero de Santa Cruz de La Palma, y que él se quedaba con todo; que era una infancia sin coches ni televisión, de tertulias y meriendas en casa de la abuela. Estaban lejos del gran teatro convulso de Europa, como unos anacoretas, esperando que llegara algún barco con lo poco que la isla podía recibir para ir tirando. Había aprendido un oficio que desconocía cuando llevó los bocetos a aquella mujer poderosa en Nueva York. Quería hacer figuraciones y lo suyo era hacer zapatos. Era un fotógrafo de moda freelance, del Sunday Times, que de pronto conoció a Helmut Newton y la crème de la crème. Pero no estaba llamado a hacer diseños de teatro. Sino zapatos.
Cuando uno de estos canarios desprejuiciados que ha sido capaz de saltarse la regla de la endogamia y buscarse la vida fuera viene y nos cuenta sus avatares, confirma la tesis del isleño expatriado, que es muy propia de los canarios a lo largo de la historia y no creo que sea común a la condición genérica de insular. Quiero decir que Manolo Blahnik es ese paradigma; de haber permanecido en La Palma habría sido un tipo genial, pero no habría sido Manolo Blahnik. Él mismo ratificó esta conjetura. Me comentó que sus padres en los años 50 lo enviaron a la Universidad de La Laguna y el centro no lo admitió (que ese día que me lo contaba lo acababa de hacer doctor honoris causa).

Me confesó que era mal estudiante y tenía problemas de salud. Me pareció que no guardaba ningún asomo de resentimiento por aquel rechazo. Todo lo contrario -Blahnik me dijo como si desvelara un secreto-, gracias a que La Laguna le dio calabazas, sus padres lo enviaron a Ginebra y allí se le abrieron las puertas del mundo. No iba a ser profesor de literatura, por más que la estudió, ni diplomático, que era la consigna familiar, ni siquiera arquitecto, que era lo que quería ser, sino zapatero. Pero esta odisea de muchos canarios que encuentran su papel en la representación de su vida cuando el destino los expulsa de la isla no es, como digo, ningún dogma de la insularidad. Es un arquetipo isleño en cierta forma genuinamente canario y, a buen seguro, de ciertas latitudes no necesariamente insulares, sino que les incita salir por tierra, mar o aire, para manifestarse en toda su plenitud. Supongo que un sueco no tiene esa carencia. Ni un inglés. Ni muchos africanos, en contra de lo que se cree por el flujo de cayucos y pateras. Hablo de otro éxodo, el talento, al margen de la diáspora por motivos económicos. El canario también emigró por esta causa. Pero Youssou N’Dour me pareció un cantante senegalés muy contento de serlo en su país, desde donde goza de una gran influencia exterior. Y en la Cuba inamovible de Lezama Lima, él era Lezama Lima sin moverse del sitio, y todos tenían que ver con él. Siempre tuve la sensación de que Cabrera Infante no fue nunca del todo Cabrera Infante porque le faltaba Cuba, por mucho que Londres fuera Londres. Ya digo que este síndrome no es necesariamente isleño. Pero sí es un rasgo del canario creativo. Requiere de su audacia viajera para explotar. Si se queda, nunca sabrá cuál era su techo. Así que Blahnik lo supo gracias a que no se quedó imantado por la isla para siempre. Lo cual no excluye excepciones a la regla.

Le pregunté cómo hizo su padre el viaje inverso, de Europa a La Palma para quedarse. Y me hizo un relato que se cuenta en el filme de su vida estrenado en Venecia a la par que itineraba esa muestra antológica de su obra que acaba de arribar a Madrid. Según la versión romántica de los hechos que me hizo del flechazo del chico checo , el huésped paseaba por la calle Real y se enamoró de la joven que lo contemplaba detrás de la ventana. Por eso me dijo, de vuelta de todo, que su identidad está aquí, en la tierra que habitan los días de su niñez, donde creció entre plataneras y paisajes volcánicos, y adonde regresa continuamente como Ulises a recargar las baterías para volverse a Bath y seguir trabajando sin pausa ni vacaciones. Me llamó la atención su fiebre de artesano cosmopolita. Esperaba conocer a un genio endiosado. Blahnik es el Picasso del zapato, autor de 30.000 manolos hechos con sus manos. Supongo que es un don extraordinario hacer obras de arte que no sólo se gozan con la vista sino con los pies, obras que se llevan puestas y que agradan porque gustan y porque hacen la vida confortable usándolas. Los stilettos de Blahnik. Y, sin embargo, me impartió una lección de sus genes, no se fue por las ramas, sino por las raíces. Mis raíces -dijo- están aquí, en La Palma, y por eso vengo a caerme en sus brazos o en su suelo y hacerme daño sin rechistar. Ella es mi madre. Mostró la férula del brazo y daba saltos porque cojeaba de una pierna también lesionada la noche anterior jugando con su perro. ¡Se nos fue el tiempo hablando! No fueron cinco minutos, sino once y cupo todo en ellos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

La calistenia de Cerpa

Justo Cerpa es un atleta añejo que no pisa el gimnasio. Un atleta tardío que probó la maratón y se aficionó a trotar por el mundo como un campeón. Tiene títulos europeos por partida doble y varios nacionales y regionales; este provecto correcaminos no tiene más secreto que una dieta de potaje y gofio como Dios manda. Martín-Travieso, el periodista de DIARIO DE AVISOS que narra su heterodoxia deportiva, subraya esa vertiente del héroe de andar por casa que no sabe de doping ni de pesas ni de más calistenia que el puro ejercicio y el puro yantar que recetan las madres y abuelas a la más antigua usanza.

Cerpa me ha traído recuerdos culinarios de la adolescencia, cuando uno de pibe corría por laderas empinadas de Anaga desafiando el vértigo dueño de una forma física que no era fruto de otro milagro que los platos de potaje y gofio de Juana en El Lomo de Taganana. Hay atletas longevos hechos de una madera especial, capaces de echarse a la espalda kilómetros de montaña o de asfalto contraponiendo a la vejez de los años una insólita lozanía que desmiente a la ciencia y al tiempo. Conocí a un ciclista octogenario que cruzaba por Santa Cruz enfundado en su equipación transpirable con la mochila y el botiquín, y era todo un espectáculo verle dando un recital de resistencia envidiable con las canas y arrugas ocultas bajo el casco.

El footing de Rajoy no nos resulta novedoso desde que se ha generalizado entre los políticos españoles, pero no hace tanto que era una práctica importada de líderes europeos y yanquis, que, dada la falta de costumbre y la ignorancia, provocaba cierta mofa en los viandantes. Luego, se convirtió en un alarde del buen estado de forma del líder de turno y en una baza electoral. En Estados Unidos se preguntan cuál es la salud de sus candidatos, por lo que Hillary Clinton tuvo que acreditar que no estaba enferma cuando sufrió una descompensación y debió suspender algunos actos de la campaña frente a Trump, que ahora que lo pienso no tiene pinta de runner. Hillary era una fácil presa, pues había padecido en tiempos de Obama una conmoción cerebral.Ahora bien, esto de pasarse la vida corriendo como Forrest Gump tiene sus riesgos y sus contraindicaciones. La adicción del corredor se vuelve una amenaza. Sir ir tan lejos como don Justo Cerpa, que es un atleta que compite en europeos y mundiales a base de potaje y gofio, se ha generado el complejo del político que no corre, que es como ahora la del que no lleva mochila como Fernando Clavijo. Porque los presidentes crean tendencia. Paulino Rivero inspiró toda una manía de galgos en su partido, y esa faceta le sobrevive, pues Clavijo también corre con el TSJC pisándole los talones. Suerte que de este hábito se libraron Saavedra y Olarte. No me los imagino trotando con el vientre en los pies. A Román Rodríguez sí le encaja, de pública afición por el boxeo, que es herencia de padre.

Lo de Cerpa es un mensaje a la sociedad. Conviene darse un garbeo por el monte o la Avenida de Anaga y soltar lastre sin mayores pretensiones. Hacer deporte como quien no quiere la cosa. Porque lo malo del atleta sobrevenido es que luego se quiere comer el mundo y no para de correr, de ejercitarse como un poseso y de someterse a ayunos que están fuera de lugar. En privado, le pregunté a Iñaki Gabilondo cómo se las arreglaba para no engordar y mantenerse joven. Su respuesta, sin ser la de Cerpa, me hizo gracia: “Nada, comer sano, eso es todo”, porque luego añadió: “¡Ah!, y no hacer deporte como un obseso”.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

¿En qué momento se jodió Canarias?

Si hace cuarenta años España hubiera tenido la mala leche que tiene hoy, habría sido incapaz de aprobar la Constitución y abrir paso a la democracia. Fueron fruto de un consenso a machetazos para desbrozar la mala hierba, pero, al fin y al cabo, consenso, que es palabra maldita en los días protervos de guadaña que corren hoy. En cuanto a Canarias, el problema es aún mayor, con un déficit de pluralismo inaudito, donde hay fuerzas que invocan a algún ombudsman imparcial que se apiade y les libere del embudo de las barreras electorales, como corresponde a cualquier democracia decente. ¿Por qué aquí el panorama es peor? Porque asentimos, consentimos… y apenas disentimos, aquejados de una conformidad patológica, convertidos en abuelos prematuros de los nietos de la democracia paseando cuarenta años después con la Constitución descolorida bajo el brazo sin hacernos preguntas, sin hacernos ironías, sin hacernos caso.

España y Canarias están airadas, pero con distinta intensidad. En Canarias hay más retranca y ensañamiento, la envidia se reproduce como el maracuyá, pero tiene sabor amargo. Lo áspero de la isla no es su orografía, sino algunas gentes. Y estamos en un punto de inflexión. Si nos hiciéramos la pregunta de cuánta es la calidad humana de quienes rigen nuestros destinos, tendríamos materia para hacer un tratado de psicología política sobre un territorio isleño que no rinde cuentas a nadie. España no se entera de lo que está pasando aquí abajo. Y desconcierta pensar esto con disgusto. Un exministro español mostró en un hotel de Santa Cruz su pasaporte entendiendo, de buena fe, que esto no era España, hasta que, abochornado, se excusó por el lapsus.

Asuntos elementales como la alternancia están resueltos en la España peninsular y las adendas baleares. Aquí aún no, y esta es causa mayor de males menores que se enquistan con el tiempo y abultan. El caso Grúas es paradigmático para entender el laboratorio político canario. Un partido le hace daño a su tierra si pretende mimetizarse con ella, como si fueran indisociables. En su origen, Coalición Canaria asestó un golpe de efecto certero al paisaje político dominado por los grandes partidos estatales y se plantó en medio con arrogancia calculada. Ganó adeptos, elecciones y poder, y se hizo visible y necesaria en la política de Estado. Eso está en su haber. En abril, esta formación política, sin la que no se entenderían avances innegables en una sociedad atrasada por los decenios de franquismo, cumplirá 25 años de monopolio. Un cuarto de siglo. Su prueba de fuego es superar el bacilo de la oposición y regresar vacunado al poder. En la España democrática ese test forma parte del historial clínico de todo partido de gobierno que se precie. En Estados Unidos, Francia, Alemania…, en Cataluña o el País Vasco. En Canarias aterra perder un cuarto de hora el poder. ¿Pero cómo, si no, reivindicarse como partido político con futuro?

Hoy España -y, por ende, Canarias- se ha vuelto una sociedad hostil y rencorosa que se refocila en sus talones de Aquiles, con un frágil andamiaje de país que amenaza venirse abajo aun con desgracias acaso efímeras como el procés. Canarias se toma su tiempo; es el reloj de los reinos de taifas. La pólvora de esta nación de caínes contra abeles es la mítica de dos Españas irreconciliables, lo que, traído a estas ínsulas baratarias, se traduce en pleitos y zascas, como ahora se dice, sin solución de continuidad. Hay una guerra civil de intereses por arriba y el pueblo permanece abajo ajeno. En esas élites desatadas se juega con gas sarín, se difama y aniquila. Que parezca un accidente. En Canarias están pasando cosas…

Esta es una tierra de puñaladas traperas. Tomás Padrón le regaló un naife a Olarte en su investidura para que se cuidara de los abrazos de Vergara. Ha arraigado como una seña secreta de identidad. Hay que ser de aquí para estar persuadido; afuera nos conocen por la amabilidad y el acento que ahora reconsideramos. El odio tribal es anterior a la autonomía. El dicho aseguraba que para sentirse canario había que estar lejos. Canarios los de Madrid o Venezuela; el de adentro es su peor enemigo, lo que perfecciona el axioma de Churchill. Hoy el think tank -antes sanedrín o grupo de presión- son los cuatro listos con los bolsillos llenos amos de un poder que ignoran que no es suyo ni para siempre. Y esto no es lo que queríamos hace cuarenta, ni treinta, ni veinticinco años. Esto no.

El peninsular tiene el AVE; el canario se mama el odio del vecino desde que nace hasta que muere, salvo unos cuantos jóvenes cosmopolitas que van saliéndose del tiesto. En los áticos de la sociedad se han ido formando capillas medievales, y es evidente la pérdida de libertad en el sentido constitucional de la palabra que celebraremos el 6 de diciembre, donde un nuevo vasallaje tutela a empresarios, partidos seducibles, escribanos, correveidiles y cabeceras respetables. 35 años de autonomía. Si Adán Martín levantara la cabeza…

¿En que momento se jodió Canarias? La pregunta peruana de Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, es pertinente. Toda una generación de paisanos no ha conocido sino un único modelo de gobierno en casi tres decenios. Los sistemas políticos que se perpetúan comparten un mismo fenotipo, propenden a tejer redes clientelares y a confundir lo público con lo privado. ¿En que momento se jodió Canarias? No echemos la culpa al pleito insular, mientras se han ido por el sumidero las relaciones humanas infectadas en el corto espacio de una isla dividida entre filias y fobias, tirios y troyanos a ojos del poder hasta hacer irrespirable el falansterio. El caso Grúas es un flemón en la máscara de lo público disfrazada de gobierno que va dejando su rastro. A los efectos de la regeneración, la ola no ha llegado aún a esta república independiente, donde los escándalos locales no suenan en las tertulias nacionales. No va a ser fácil que Canarias, roída por el comején de un trapicheo sistémico, se desintoxique de la noche a la mañana. La historia está cambiando, reza un lema de este periódico, pero no sin sus imponderables, entre ellos, una resignación ciudadana crónica. En los setenta, citando a Frantz Fanon, era el síndrome del colonizado; hoy sería del despolitizado. Informar no es fácil en Canarias tras cuarenta años de democracia y veinticinco de gobierno hegemónico. Es ella, la libertad de expresión, la que está en tela de juicio bajo el nuevo diktat que determina la política, la economía, la comunicación… en nuestro estrecho perímetro de convivencia. Canarias como caso aparte es un chollo para este modelo de imperio de poder en miniatura que fagocita las voces contrarias. Claro, preguntaron por el caso Grúas al presidente en Madrid. Es posible que la historia esté cambiando.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Charles Manson y el mundo que abortó hace medio siglo

La vida de los 60 era pacíficamente violenta. Los muertos del Vietnam regresaban en ataúdes envueltos en la bandera yanqui. Las víctimas procedían del infierno. Mi ídolo Cassius Clay/Muhammad Ali desafiaba al establishment dispuesto a pagar con la cárcel su objeción. “No tengo nada contra esos Vietcong”, proclamaba a los cuatro vientos, y su estampa impertérrita ante la condena a un lustro de cárcel, a la humillación de ser despojado de la corona de campeón del mundo y a las vejaciones de medio país por no alistarse en la ignominiosa guerra asiática, generó una suerte de mito que trascendía los límites de un ring. Me sentía incómodo admirando tanto a un personaje consumadamente fanfarrón, que enarbolaba la fiereza de sus genes vehementes contra todo el poder supremacista blanco implantado en la primera potencia del mundo. Pero es que me caía bien, y frente a un racismo abyecto sobresalía como un ángel negro valiente y justo en un poema de Rilke.

Lo peor estaba por suceder en las tripas de los Estados Unidos de América. Bajo aquella sociedad hippy, solidaria, pacifista y psicodélica subyacía una fascinación por el odio y la violencia que, con el tiempo, han arraigado en el inconsciente colectivo de ese país que ya en 1966 quedaba descrito en las páginas de Truman Capote, A sangre fría, la novela del asesinato de una familia rural sin venir a cuento.

Por eso, cuando Charles Manson dictó sentencia de muerte contra Sharon Tate, el mundo imberbe de entonces supo del atroz destino de los ángeles embarazados. Tate, la joven esposa de Polanski, esperaba un hijo cuando las satánicas seguidoras de Manson irrumpieron en la mansión de Beverly Hills a tiros y puñaladas contra ella y sus huéspedes. Polanski se libró porque estaba en Londres. Sharon Tate era una actriz de seductora belleza, y a los adolescentes nos partió el corazón porque era la muerte de la realidad y el deseo, como diría Cernuda. Fue un crimen intolerable. Eran gente inocente habitando una vivienda ajena, sobre cuyos moradores había recaído aquella orden demoledora de un lunático enano de metro cincuenta, greñudo y barbado, que tocaba la guitarra con el culo para peerse canciones infumables creyéndose el alma de los Beatles vagando por los pasillos del infierno. Manson ha vivido enjaulado toda su vida como un servil delincuente de carrera precoz. Consiguió rodearse de adictas y beatos de su comuna diabólica y un día, tras engañar a una manada de artistas abúlicos con sus mañas de impostor, decidió hacer lo que llevaba metido en la cabeza y mandó matar a una decena de víctimas aleatorias. Era carne de silla eléctrica, pero la ley fue indulgente con él y lo condenó a cadena perpetua, o sea al infierno en la expresión terrenal.

El mundo que secundó los pasos de Manson (muerto el domingo a los 83 años de edad), en el que hemos vivido, no le desmerece. Desde que en la madrugada del 9 al 10 de agosto de 1969, hace la friolera de 48 años, su secta asesinó a mi idolatrada Sharon Tate y compañía, hemos visto horrores oscureciendo progresivamente este medio siglo que presumía de luminoso. Hemos visto la sangre de la luz, que es la sombra, y en ella nos hemos habituado a vivir sin escándalo. Entonces, no; cuando yo tenía 12 años me hizo polvo el crimen perpetrado por Charles Manson y me hice mayor de un salto. Hoy veo de lejos el rostro dulce de Sharon Tate en las últimas fotos antes del óbito, y la imagen sórdida del octogenario rapado con la barba rala y encanecida. Son las fotos del ángel y el diablo y de media centuria de nuestras vidas. Como una trágica rememoración, no olvido los hechos en su precisa, dolorosa secuencia. Entraron de noche y mataron a aquella joven encinta como si asestaran una puñalada mortal al mundo que iba a nacer. Y que era este.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?