Opinión

Se nos agrió el carácter

Nos acordamos de los alisios cuando arrecia el bochorno como de Santa Bárbara cuando truena, como del alisio del bloom de las microalgas, que alguien acaba de invocar estos días. Jinetes del aire, soplando del nordeste sobre el hábitat y el habitante, la metáfora perfecta de la isla, que se saca el alisio debajo de la manga. El alisio, como factor determinante o desternillante de la impronta del canario, siempre viene a cuento de muletilla. Es un viento “mesurado, más o menos lánguido”, como dicen los franceses, que se define por su “carácter liso, delicado y amable”. Una descripción que casa con la del canario de otro tiempo menos crispado que este; la de aquel paisano que llamaban aplatanado por su pachorra. Siempre cuento que Unamuno ironizó con la soñarrera del canario que no tenía prisa, ni falta que le hacía. Cuando aquí había más soledad que ahora y en la Península creían que llevábamos taparrabos, resulta que el canario tenía un carácter abierto y caía bien; ganó fama de hospitalario, se hizo amigo del inglés y el alemán, y llevado del impulso abandonó la guataca y se hizo camarero autodidacta, pero supo adaptar su flema bucólica a la llegada de europeos en masa. Es impensable por aquí un brote de turismofobia como el del norte de España estas semanas, aunque nunca se sabe, pues -este es nuestro leitmotiv este domingo- tanto nos ha cambiado el carácter, el temperamento, la idiosincrasia, que debería ser objeto de introspección. Es una alteración de ánimo que afecta al ciudadano, la cultura, la economía y la política.

Quizá éramos más asertivos en la modernidad urbanizada del siglo XX que invitaba al individuo a establecer contacto físico y cultural con otras sociedades. Había un optimismo receptivo y una novedad satisfactoria. En su innegable ignorancia, el canario se dejaba llevar por una cándida curiosidad; era humilde y lo asimilaba todo. Pronto alardeamos de un virtuoso mestizaje, cuando Carlos Fuentes hacía proselitismo literario con el argot de la identidad latinoamericana. ¿Por qué el isleño europeizado de ahora, más instruido que aquél, se ha vuelto resabido y desconfiado con los de fuera y los de dentro? El paisano cuanto más aldeano, más sano; ligaba en el Puerto de la Cruz con un inglés de garrafón y volvía a la faena más feliz que unas castañuelas. Hoy esa imagen es todo un vestigio del ingenio de la pobreza. Había –no se olvide- una élite de pensamiento en aquel páramo franquista, con su vanguardia, que se topó con la guerra de sopetón. Luego diré que hemos perdido ese instinto intelectual. Hemos cambiado, somos de otra pasta. Se nos agrió el carácter, como se nos quebró aquel afable cosmopolitismo. ¿En qué momento se jodió Canarias?, preguntemos con el dilema vargasllosiano . La esclerosis de la democracia, el rejo sectario de la vida de los partidos cuando gobiernan demasiado tiempo, los lazos que crean amistades sospechosas entre grupos de intereses y el poder, y luego, la calle que se aleja de ese ático superior y se queja sin método, y lo que resulta es una sociedad enferma, como dice un diagnóstico reciente de un informe económico y empresarial. La Canarias postrada de la que algunos ya hablan va dejando entrever los síntomas del mal que le aqueja. Fíjense en nuestro carácter-insisto-, que no es ni la sombra de lo que era. El humor canario (el cotidiano), ¿dónde radica ahora? Es gente cabreada y triste, como quien dosifica la alegría porque no está el horno para bollos. Culpar genéricamente a la crisis es dictar la coartada del virus que vale para todos los males. Somos más introvertidos que antes, y toda la fuerza se nos va por la boca, con arcadas de insultos en la red, convertido el paraíso en pandemónium. Ahora está de moda fingir y nada es lo que parece en este enorme trampantojo. No es verdad que haya un mayor interaccionismo. Nadie está participando en nada realmente. En el nuevo circo de parlantes solo hay monitos retraídos en su jaula particular pulsando febrilmente la tablet más solos que la una, más toscos que nunca, en plena involución de la especie, camino de la jungla. Esa es la gran conversación, el soliloquio. La isla en estado peyorativo puro. Isla y jaula. Es una Canarias furiosa. Ya no es el pleito insular de una isla contra otra, sino un pleito personal de unos contra otros sin salir de la isla. Este lugar tan exótico que otros venían a explora debería ser visitado por nosotros mismos. No nos conocemos. La vida local ha dado un giro. Todo se ha vuelto más tribal en el sentido literal de la palabra que usaban los evolucionistas del siglo XIX. Estamos en otro estadio posiblemente de involución en aptitudes de convivencia y afecto. Y a este paso, retrocederemos de tribus a bandas. Nos gobernará una banda, si no lo hace ya.

Los espacios comunes -las plazas, las avenidas, las playas, los centros comerciales y parques- dejaron de ser puntos de encuentro: alojan diseminadas tribus herméticas que coexisten, pero no se entremezclan. ¿Dónde está el espejo en el que se miran las islas ahora? ¿Cuál es nuestro modelo de sociedad a imitar? En nuestro falansterio insular hay alianzas y rivalidades, pero una tierra decente no se puede regir por reglas sectarias de una hermandad de intereses. El único éxito posible en una isla es llevarnos relativamente bien. Una isla de tirios y troyanos es un infierno. ¿Dónde quedó la manera tolerante de ser de este pueblo, devenido en una autonomía rencorosa? Recuperar nuestras raíces: queda arqueología por hacer. Sí, hemos ido perdiendo el instinto intelectual -la crítica del tiempo presente- y una serie de espacios permanecen vacíos, con preguntas de futuro sobre temas centrales: ¿qué pensamos del mundo que dejamos a los nuevos canarios que vienen detrás? Alguien debe salirse de la manada con el megáfono, antes de que sea tarde. No hay peor desgana que este desinterés por las grandes y mínimas premisas. Si todo el esfuerzo se reduce a salir del paso, estamos aviados. La falta de generosidad trae consigo la ausencia de metas colectivas. Lo que caracteriza este momento es una profunda desigualdad social. Y ello ha terminado por agriarnos el carácter. La incomodidad general. Hay una tensión de intereses, entre quienes consolidan posiciones enquistadas de poder y quienes piden el derecho a realizarse en su propia tierra. Si el estilo tribal se impone, habrá otro éxodo, este de jóvenes que saldrán de la jaula de la isla con la tablet y se irán con viento fresco. Y tras ese alisio, solo quedará la mediocridad.

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Scaramucci pagó por adulón

Existe la figura del adulón, que deposita todo su éxito en la incontinencia a la hora de exaltar, secundar, imitar y obedecer hasta límites grotescos al jefe, líder y amo que lo nombra y somete. Tener un carguillo eleva la autoestima y, a veces, fomenta una vanidad histriónica que estaba oculta bajo la falsa apariencia de humildad, que es tan común y rastrera como fácilmente desmontable.
Ayer Trump se cargó a su más obsecuente y servil farandulero, el director de Comunicación, Anthony Scaramucci, que acababa de llegar al puesto como elefante en cacharrería, insultando a todo el mundo, pero no a los adversarios del presidente, que son multitud, sino a los propios componentes del equipo áulico del ala oeste de la Casa Blanca, sus compañeros y hasta jefes más directos.

Lo más bonito que soltó Scaramucci por su lengua viperina fue esta sentencia lacónica: “Lo que quiero hacer es matar a todos los filtradores”. Era una conversación telefónica con un periodista que le transmitió un off the record sobre los movimientos del flamante dircom del presidente. Este perdió los estribos y anunció que despediría a todo quisque en su departamento, y no paró de disparar sobre el ala oeste como un energúmeno. Apuntó con ventajismo a la cabeza de Priebus, el tambaleante jefe de gabinete de Trump, en términos tales que no dejaban lugar a dudas del odio que albergaba sobre él: “Es un jodido paranoico esquizofrénico”.

Trump cesó después a Priebus, como si siguiera al pie de la letra los deseos de su vampiro particular. Y Scaramucci debió creerse consolidado en el cargo. El adulón copia hasta los defectos del jefe y los exagera para que se perciba con claridad que admira a su héroe indefectiblemente. Así que el hombre tiró para adelante y se vio subido a la ola de los delfines del presidente, que han de ser pendencieros y déspotas e imbéciles todo a la vez para merecer un carguillo en su depredador ejército de macarras.

El adulón no tiene ideas propias. Repite como un loro las del jefe. Si Trump es un mal hablado, Scaramucci pensó que el lenguaje soez era la mejor arma para granjearse las simpatías del presidente faltón. Como quiera que había liquidado a Priebus de una feliz andanada -“jodido paranoico esquizofrénico”-, probó fortuna contra -nada menos que- Steve Bannon, un periodista chulo y ultra elevado a la canonjía de estratega jefe de Trump para incomodar a toda la aristocracia ortodoxa de su partido. “Yo no intento mamármela como él”, creyó crucificarle -al tanto de que el yerno y la niña del presidente no lo tragan-. Y así fueron discurriendo los días de fuego amigo de este tal Scaramucci que no se quita las gafas de sol y que por lo visto desatendía a su esposa por el amor obsesivo que profesaba a Trump, según ella.

Un adulón como Dios manda puede llegar a amar y hasta a mamársela a su jefe, dicho en la terminología de barricada de este tiburón financiero de Wall Street, reclutado por el presidente para meter en cintura a su equipo de veintitantos inútiles abonados a la conspiración más por hábito que por monjes. Esa es la marca de la casa. Llegar a la Casa Blanca fue obra de una gran conspiración, el rusiagate, que le puede costar el impeachment a un presidente elegido gracias a los votos y los virus de Internet. En esa democracia, Trump querría ser como Maduro y abolir el Senado y la Cámara de Representantes, que bloquean sus leyes draconianas, y poner un Parlamento ad hoc elegido a machamartillo para sepultar de una vez el Obamacare.

Puso a Scaramucci y ayer se lo cargó después de tan solo diez días de jefe de prensa. La orden la firmó el general John Kelly, en el primer minuto de aterrizar en la Casa Blanca en el puesto clave que estaba vacante, el de jefe de Gabinete. Otro adulón. Los adulones se van liquidando entre sí. Son los bufones del banquete.

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Antes de que muera Venezuela

Tiene hoy razón de ser un régimen como el bolivariano, a todas luces víctima fatal de sus propios errores de fábrica, tras 18 años de ensayo impulsivo de un modelo sui géneris que oscilaba entre el castrismo y el libro verde de Gadafi?

Cuando el joven coronel libio se hizo con el poder, desató una corriente de simpatía hacia su novedosa revolución socialista de duendes nómadas que poblaban jaimas y alentaban su ideal de convergencia panarabista. Era un hombre joven, treintañero y bien parecido que volvía a su pueblo natal a compartir la mesa con los suyos, sentado en el suelo comiendo cuscús y tomando el té de los desiertos con timidez delante de las cámaras.

Los líderes populistas, entonces, tenían mejor prensa que ahora. En América, Torrijos era un militar venerado por la izquierda por su corte de mangas al Tío Sam y defensa soberana de su Canal de Panamá. Torrijos agradaba a Fidel. Bolívar inspiró a Hugo Chávez. Y así se iban sucediendo, históricamente, los líderes de nuevo cuño, pasándose el testigo en aquella oleada de presuntos mesías. Eran los cachorros de nuestra América, como tituló su famoso ensayo José Martí, el poeta revolucionario cubano hijo de la canaria Leonor Pérez.

Las revoluciones, casi siempre de corte militarista y juvenil, de América, como las de África y Asia de la segunda mitad del siglo pasado, contrastan con las rebeliones estudiantiles europeas, en países como Francia o Italia, que tanto subyugaron a los radicales españoles de izquierda alzados en las universidades durante la dictadura de Franco. Chávez era el producto de una deconstrucción de las revoluciones convencionales de América, tras fenómenos tan determinantes como Cuba desde 1959 al cabo de una guerra de guerrillas de dos años en la Sierra. Fascinado por ese colapso de la historia de la isla que estableció una especie de canon en el marchamo de las revoluciones de medio mundo, ansioso de hallar soluciones drásticas y vertiginosas a la democracia enferma de Venezuela, el paracaidista venezolano inventó su receta de consumo interno y tendió un puente discipular con La Habana, ya en las postrimerías de Fidel.

Cuba es un fenómeno ilustrativo en todo seminario que se precie sobre revoluciones en el mundo. Es el caso paradigmático para considerar el meollo de las transformaciones políticas en situaciones de falta de libertad: la evolución y la involución de las revoluciones.

Venezuela viene de mirarse en ese espejo, cuando los actores principales en ambos casos ya han fallecido: Fidel Castro en noviembre de 2016 y Hugo Chávez en marzo de 2013. La progresía española -la progresía internacional y también la gran hipogresía que se redimía los pecados viajando a Cuba con cosméticos y afeites para compensar amores en el Malecón- se deslumbró con el fogoso espíritu de los barbudos de Sierra Maestra, capaces de derrocar con su artesanía revolucionaria al dictador Batista, que huyó finalmente como sueña todo levantamiento popular. El carisma personal de Fidel alimentó el culto a su personalidad y la repercusión mediática del Che -el fetiche adorable de hombres y mujeres de tinte rojo, una vez consagrado en la mítica foto de Alberto Korda- reveló que la insurgencia debía tener look, encanto y mercadotecnia, entre sus claves de éxito. La barba que ahora lucen deportistas y cantantes como signo de una estética transgresora dudosamente encasillable en alguna ideología, era entonces, en la efervescencia castrista, una moda de izquierdas. Chávez inventó su propia simbología, la boina roja y los atuendos del mismo color, y copió los discursos intermimables de Fidel, pero les añadió canciones y ejemplares diminutos de su Constitución que lo hacían un político cómico. Un cineasta que le propuso hacer una película de su vida, cuando ya enfermo se encerraba a llorar y a dormir, pensó que todo el ardor de Chávez se había caído por un sumidero y los que heredaron su poder se quedaron buscando el chavismo en las cloacas del régimen. El misticismo de Chávez se fue con él. La religión que fundó no le sobrevive, porque era de este mundo, unida a su presencia de un modo inmanente. Hoy sabemos que Chávez no se perpetuó.

La figura de un líder ídolo ha sido común a los grandes partidos y movimientos de izquierda a derecha. En el PSOE español y en los socialismos francés o sueco, por poner tres ejemplos, nadie discutió ese extremo: buena parte del secreto de que llegaran al poder residió en la imantación popular de sus dioses respectivos, Felipe González, François Miterrand y Olof Palme. Chavez heredó esa tradición en un país que confortó indistintamente a demócratas y dictadores, a Rómulo Bethencourt como a Pérez Jiménez, al breve Chalbaud asesinado como al eterno Carlos Andrés Pérez.

Bastaba decir CAP o El Gocho, y el pueblo apostillaba, “sí, Carlos Andrés Pérez roba, pero deja robar”. La corrupción recorre las venas de América, y cuando ahora confiesa el exabogado de Odebrecht que el empresario de este imperio brasileño de la construcción sobornó a no menos de mil personas, está diciendo que el continente americano -donde la multinacional extendió sus tentáculos entre jefes de Estado y subalternos- no tiene remedio.

En el callejón donde está metida Venezuela puede pasar cualquier cosa desde este domingo en que Maduro ha implantado la elección forzosa de una dudosa Asamblea Constituyente tras un reguero de medidas coercitivas que han acabado por arruinar todo asomo posible de democracia. Con Maduro en manos de Trump todo desenlace es imaginable. Que los Estados Unidos, que llevaron a cabo el cerco a Noriega a finales de los 80, declaren a Venezuela un narcoestado y lo invadan, no es una posibilidad remota. Pero la democracia debería anticiparse al matón del norte. Venezuela ya es una guerra civil callejera. Una causa suficiente para que se eviten más muertos antes de que muera el país.

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El sátrapa de las urnas

Si el lenguaje de los últimos dignatarios -cuyo parentesco con dignidad no deja de ser casual entre dos palabras- es el espejo donde se retratan sus actos, estemos precavidos porque la democracia está a punto de dar un giro desolador hacia otra dimensión desconocida que la aleja por completo de principios que teníamos por inmutables. Estamos llamando democracia de un modo genérico a comportamientos que responden a un nuevo concepto herético, que hace de la política -las elecciones, los gobiernos, los parlamentos, los líderes y los partidos- una parcela por redefinir.

“Arrancaré la cabeza”, anuncia Erdogan sin cortarse un pelo respecto de quienes le dieron un golpe-autogolpe (que es otra variante por reclasificar), no satisfecho con la redada masiva que ha perpetrado con mano de hierro y ademanes de ángel exterminador. Este desgarro verbal que el siniestro presidente turco lanzó sin rodeos desde el puente del Bósforo, en el primer aniversario de la controvertida conspiración contra él, es un ejemplo gráfico del nuevo discurso en boga en los regímenes más inhóspitos dentro del universo de las democracias actuales. Erdogan, tras devorar adversarios a la carta durante estos doce meses de banquete y purga, se provoca esta vomitona con una pluma de pavo real y nos la echa encima a los ingenuos espectadores europeos de la gran velada de una degración antidemocrática viral. El género está dando demócratas de puño de hierro en las esquinas más recónditas del mundo, como si el clásico cliché de dictador se hubiera hibridado con otros modelos más homologables políticamente dando como resultado al sátrapa de las urnas. Duterte, un filipino de esta especie deleznable, admite haberse cobrado en un año en el poder a miles de personas asesinadas en su lucha despiadada contra la droga. Ya son cifras en términos de represión al socaire democrático de haber sido elegido formalmente por el pueblo. Duterte el Sucio, avisó: “Si soy presidente, abrid funerarias. Estarán repletas. Yo suministraré los cadáveres.” No hay dudas de su talante y estilo. Ética y dialéctica dándose la mano con asco.

“Detendré uno a uno a los 33 magistrados de la oposición”, proclama, por su parte Maduro, esa espléndida fuente de titulares, instalado en su trono de Miraflores queriendo imitar las huevonadas de Chávez en sus parodias más soeces (“ayer el diablo estuvo aquí, huele a azufre todavía”, dijo una vez sobre la estela de Bush en la Asamblea de Naciones Unidas en Nueva York). “Saque sus narices de Venezuela”, resuena en los oídos de Rajoy, pero es Maduro quien lo espeta. Trump es, en sí mismo, un caudal de semántica totalitaria en el corazón de una democracia en tela de juicio: persigue a inmigrantes por el color de la piel y a periodistas por el color de sus opiniones; desafía al Congreso, a la CIA y al FBI, y concluye que está investido del poder absoluto de impartir perdón a terceros y a sí mismo por los delitos que pudiera haber cometido (la trama rusa).

La democracia lo ha resistido todo; ha visto en América transformarse en dictadores a personajes soberanamente elegidos como Fujimori en Perú. Pero este es un fenómeno nuevo: se trata de una metamorfosis que deforma el lenguaje y los actos y pervierte el sufragio universal. Determinados líderes democráticamente elegidos se vuelven dictadores de facto, con un discurso intimidatorio que amedrenta al ciudadano de a pie. La democracia era el reino de la libertad y se torna en régimen de indefensión, que se extiende como una semilla mala. No vaya a ser que el cuervo negro que cruza los cielos la defeque también en nuestras islas.

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Cospedal y Nelson frente a Rabat

Cuando hace 220 años Santa Cruz frustró la incursión de Nelson, la ciudad y la isla, España y el continente europeo contemplaban objetivos y temores que ahora nos resultan desfasados. La vida en el siglo XVIII tenía sus coordenadas, y ahora miramos de reojo a las aguas que llamábamos canario-saharianas y a las pretensiones del vecino que siempre usó el doble lenguaje y las artimañas de la dilación. En aquella centuria éramos menos de 200.000 personas poblando estas islas; veníamos de una tipología social atrabiliaria, de conductas mal encaradas, que incluía las cabalgadas para aprehender esclavos en las costas de África. Sobrevivíamos del azúcar, de la parra y de los beneficios del campo, cultivo tras cultivo, consecutivamente.

¿Cómo éramos, en realidad, nómadas o sedentarios? Enseguida emigramos, y una vez suprimido el tributo en sangre, que implicaba la diáspora forzosa de cinco familias canarias por cada cien toneladas de mercancía exportadas, emprendimos todo un colosal diálogo humano con América que nos distanció de las cercanías africanas hasta mucho tiempo después, que es hoy mismo, en que hemos vuelto a girarnos hacia África tras darle durante décadas la espalda. Pero en el siglo de Nelson éramos una fonda importante de la Corona, que traficaba su oro y su plata de América con que financiar su hegemonía europea. Canarias era inocente, pero no ajena: era un lugar de paso clave. Una base de España.

Como si de un salto atrás en la historia se tratara, la ministra Cospedal ha celebrado con “orgullo” la hazaña de las valientes milicias que en 1797 pararon los pies al almirante de la Marina británica que tenía, sin saberlo, un lugar reservado en la historia. La efeméride se las trae, pues la titular de Defensa no hacía un visita de trámite a la isla que fue objeto del deseo del inglés, sino un viaje de doble jornada por el Archipiélago, donde pernoctó en mitad de una crisis política local, tan empecinada en sus cuatro esquinas que ignora lo que pueda estar sucediendo en las costas de enfrente.

Cuando vino Nelson con su Theseus, sus navíos y cañones haciéndose el despistado ya éramos célebres por nuestros vinos y otras vitolas; teníamos fama entre los naturalistas (apenas dos años después nos visitaría Humdoldt), pero el turismo propiamente dicho como sector económico no estaba en nuestra imaginación ni en la de nadie todavía, como era impensable Internet doscientos años atrás. Lo que descubrimos aquel 25 de julio, de la mano que iba a perder el genial enemigo británico es que nuestro mérito en el mundo iba a ser, sobre todo, estratégico.

Ahora Cospedal festejó la memoria de los héroes locales del general Gutiérrez como si emitiera señales al palacio del rey alauí. Las invasiones de langostas y almirantes han formado parte históricamente de nuestra exposición a los riesgos exteriores, que es un factor determinante inserto en nuestra condición insular. En siglos pasados de ataques y piraterías este era un tema habitual de conversación. Mucho después de la intentona de Nelson, llegaban aún noticias expansionistas muy consistentes e inquietantes, como las de Hitler, Mussolini o Estados Unidos. La matraquilla marroquí sobre Canarias data de tiempos más recientes y ha quedado como una secuela de la agonía de Franco, que era un militar acuciado por delirios africanos. La siempre expectante Canarias asistió a la descolonización del Sáhara como una convidada de piedra, así como en el vagón de Hendaya dos dictadores introducían en su controversia el control de las islas en la Segunda Guerra Mundial, y nosotros, en la luna de Valencia. Los F18 de Gando, los cazas de la Fuerza Aérea española capaces de una respuesta instantánea si alguien atentara contra estas islas, actúan de vigilantes de guardia. El precio de ser islas es no quedar desguarnecidas; son la metáfora de las geoestrategias que asocian una isla a una base militar. Cuando en los 80 el debate era la OTAN, en Canarias había una fiebre antimilitarista que explica el no en el referéndum. Luego se reinterpretaron los hechos y las opiniones refractarias antiyanquis y antiOtan, como si en Cataluña, a la vuelta de unos años, conviniera el estatus español habida cuenta de las amenazas potenciales del mundo exterior.

Los canarios hemos estado siempre en el filo de esa navaja. Si recolectamos los sucesos de toda índole que han ido marcando nuestra historia política, económica y estratégica desde Nelson -y naturalmente desde la Conquista- hasta el inconsciente marroquí que impregna sus mapas del Gran Magreb y sus apetencias del petróleo y el telurio, nos reconoceremos en una cierta desconfianza e indefensión.

Nelson, en boca de Cospedal, es una manera alegórica de hablarle a Marruecos con ironía. La ministra, con sus jefes de Estado Mayor, ha venido a peinar las guarniciones y alentar a las tropas en estas trincheras caldeadas frente al desierto. Era -no hay por qué dudarlo- una visita programada anteriormente, pero se produjo -no hay casualidad más oportuna- pocos días después de que, en una revolera, Marruecos se apropiara de las aguas del Sáhara, que son unos dominios sometidos al arbitraje de la ONU desde hace 40 años. Tanto la miríada de pleitos domésticos como la ceguera temporal que padecen estas islas por la extraña enfermedad de las guerras cainitas de poder, el incidente ha estado a punto de pasar desapercibido, riesgo que los lectores de DIARIO DE AVISOS pueden decir que han sorteado a través de las crónicas de Tinerfe Fumero y las reflexiones publicadas por el profesor y diputado Juan-Manuel García Ramos. Las islas, oficialmente, han disimulado unos hechos que en otro tiempo hubieran desatado un debate no menor, prueba del nivel al que hemos descendido. Pese a la tibia respuesta política insular y las excusas técnicas del argot del ministro español de Exteriores, cobra valor la visita gestual de la ministra de Defensa sobre la huella de la derrota de Nelson, autor de una frustrada invasión, precisamente.

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La trama de un pacto prevacacional

Como quiera que el acuerdo de gobierno es cosa de dos, diríase que todas las apuestas caben en las vísperas del desenlace de este tira y afloja entre Coalición Canaria y el Partido Popular. Cuando la autonomía era bisoña ya era montaraz, y estas cosas solían estar rodeadas de una teatralidad brutal, aun más exagerada que este parto interruptus entre CC y PP. Hubo en una ocasión tal grado de postureo y posverdad -como ahora diríamos- en las negociaciones formales, que Julio Bonis hizo creer al PSOE hasta el último minuto que todo estaba hecho mientras cerraba con el PP. La moción de censura de Hermoso a Saavedra estuvo precedida de la máxima cordialidad, momentos antes, entre dos líderes que no tenían ningún roce personal, pero la política -ya entonces- se regía por reglas que no contemplaba atenuantes.
Así fue siempre. Los gobiernos se rompían y los pactos se fraguaban como por arte de magia; había quienes eran verdaderos expertos. La historia política de Canarias es una gran componenda. Los personajes que poblaron la génesis del llamado autogobierno -del Legionario al marqués de La Oliva hay toda una galería de pícaros de mucho cuidado- hacían uso de un manual de estilo que los nuevos dirigentes han perfeccionado y corregido. Alguno que otro ha logrado sobrevivir a los altibajos de una vida de parlamentario genuinamente cainita. Tomás Padrón le regaló a Olarte en su investidura un naife que simbolizaba la célebre puñalada trapera, para que se pusiera a buen recaudo.

Nunca los socios de un pacto de gobierno se han llevado bien. Tras una rabieta de puertas adentro, el presidente sufrió una hemorragia nasal. Y el tiempo ha curado heridas que parecían letales. Nos llevaríamos una sorpresa si se divulgaran las simpatías que ha generado entre el aceite y el vinagre la evolución de la política canaria recientemente.

Ahora estamos en lo que estamos. En el kilómetro cero de un acuerdo in albis entre Coalición y el PP. Algunos de los viejos tics regresan al lugar del crimen. Así como papa no se es hasta que no sale humo blanco por la chimenea del Vaticano, está costando que entre CC y PP deje de asomar esa fumata negra que mantiene el invento en punto muerto. De nuevo la causa no son las ideas, sino los cargos, desde que la democracia es democracia y desde los griegos no hay taumaturgia que valga.

Pero el instante en el que estamos es singular respecto a toda la historia precedente. Se rompió el pacto con el PSOE, volviendo a las viejas costumbres, y en Madrid mea Coalición como marcan los cánones. Bien podría CC negarse a hacer un hueco al PP en el Gobierno a cambio del óbolo de Oramas. Pero esta vez tiene motivos para dudar de su suerte.

Si en diciembre, Rajoy, una vez aprobados los Presupuestos de 2018, concluye que las elecciones serán en 2019

-esa hipótesis de unir todas las urnas nacionales, autonómicas y locales produce pavor a las fuerzas minoritarias-, Asier Antona tendría -entonces sí- las manos libres para cumplir con su amenaza favorita de “oposición con todas las consecuencias”. Ese último año y medio 2018-2019 sería un calvario para Clavijo. Por eso el presidente quiere sinceramente llegar a un acuerdo con Antona; no se fía de Rajoy, a quien ha consultado los pasos que piensa dar. Salgan o no del Gobierno Pedro Ortega, Valido, Narvay o Barragán, es Román Rodríguez quien preocupa a CC. Ahora manda en Madrid y se reúne en secreto con Rajoy. ¿Qué trama?

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La Gran Mojiganga

En tan solo un puñado de años han cambiado los parámetros de nuestras vidas, y esa clase de saltos radicales suelen darse de manera estrepitosa y, no obstante, pasarnos desapercibidos los hechos, ritos y personajes, como máscaras. Ejemplos. En Europa los grandes partidos se han ido al garete. El socialismo es una fuerza testimonial en un país determinante como Francia. Macron, el Suárez francés de la vieja democracia gala y europea, encarna una suerte de híbrido de Napoleón, De Gaulle y Miterrand, pilares de toda su historia política de los dos últimos siglos. Con la imagen de la grandeur francesa crecimos toda una generación, parapetados en un país que se resistía a romper con el pasado y subirse al tren de Europa. Francia era el vagón que nos precedía, y era un vagón primordial.

Con ese vecino al lado se hizo la Transición. Y Kohl, el tótem venerable del eje alemán, era como el ídolo bondadoso de la derecha europea que profesaba un canon humanístico de reconciliación entre sus dos Alemanias y acabó tirando abajo el muro de Berlín, que era nuestra representación mítica del demonio de los dos bloques tras la Segunda Guerra Mundial. Teníamos la sensación teatral de haber venido al mundo tras lo peor y de ser parte de un nuevo mundo, por suerte, mejorado, con las deudas saldadas como tras una fiesta de grandes valores invocados por hombres de bien.

Los actores que se han ido subiendo al escenario tienen en común con aquellos, que pretenden el poder, como en un círculo artúrico vicioso en pos del Santo Grial. Pero son actores sin guion improvisando sus papeles.

Las islas son el espejo del alma de ese mundo que deambula en mitad de la noche, con las hogueras extinguidas, tras la última velada de una historia que parecía un cuento de hadas y acabó mal. Hoy, cada día que pasa, vamos teniendo una percepción mejor de lo que nos pasa, pero apenas acertamos a prever lo que nos aguarda. El pozo nos mira sin agua, con sus sombras. ¿Era imaginable que el presidente de la primera potencia quedara aislado en una cumbre del G-20 por sus predicamentos proteccionistas y toda su vesania contra al cambio climático? ¿Era de suponer que el Reino Unido se batiría en retirada y una nueva ideología euroescéptica propagara en el continente la autodestrucción de Europa para sembrar de fronteras la amalgama de países ?

En un mal sueño de Allan Poe cabría una historia así. Pero en uno de nuestros autores más precoces reconozco los ingredientes del cuento que nos compete en las páginas de El don de Vorace, sobre la Gran Mojiganga. A mediados de invierno, el pueblo sacaba los disfraces de animales del arcón; la hija del alcalde cumplió con la tradición de arrojar una flecha color zafiro de agua al fondo del pozo de la plaza y una máscara de macho cabrío para invitar al demonio de turno de entre los vecinos a participar del carnaval. El dardo, sin embargo, no tocó fondo, no se escuchó su impacto bajo el brocal y el pueblo se asustó, pero no suspendió la fiesta. El macho cabrío salió del pozo, era un diablo de buena planta (solía ser el alcalde, pero estaba demasiado gordo). Sonaron violines y chirimías y tambores de piel de lobo, y todos bailaron. Al caer la noche, se encendieron las hogueras, la hija del alcalde estaba exhausta y el diablo clavaba sus ojos en cada máscara. La última escena que describe Félix Francisco Casanova nos deja con la mosca detrás de la oreja: un viento triste atraviesa la plaza, unas sombras desdibujadas se cuelan por el agujero del pozo, se apagan los fuegos y… “amanecía el pueblo sembrado de disfraces vacíos, fue la última gran ceremonia, la auténtica Mojiganga”.

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Un golpe de calma

Como en aquel exilio escocés, en el que Cernuda evocaba, “tan lejos como vaya mi recuerdo”, su Sevilla natal, y dejaba volar la imaginación y nostalgia hacia España, donde estaban su infancia y naturaleza suspendidas en ausencia del poeta, en el nuevo tiempo a menudo vivimos como exiliados en nuestras propias ciudades e islas. Cuando Cernuda escribe Ocnos y rememora esas raíces, la vida tenía otras coordenadas, la gente vivía en los sitios con plena conciencia. Ahora vivimos atropelladamente (tempus fugit), sin los pies sobre la tierra. En la nube. Es otra poesía que está por hacerse sobre la desesperación tan inmaterial de lo que somos y quizá estemos aún a tiempo de ser. Escribo esto cuando acaba de llegar a casa el verano como un intruso repentino que nos saca de este estado de enajenación.

La llegada del verano –y con él de palabras, viejas conocidas, como la alerta por riesgo de incendios de antes de ayer- tiene el encanto de que es un modo de esperar. Solo en verano se detienen los relojes y el tiempo se convierte en una cosa inservible, pues nada urge que obligue a estar pendientes de él como en las otras estaciones apremiantes. Esta no es una sensación que afecte exclusivamente a quienes disfrutan de sus vacaciones y se olvidan de la hora que es. Se trata de un hecho verificable. En verano hay tiempo de sobra donde antes no lo había. Quedamos con los amigos, vamos a cualquier parte y todo tiene acomodo. Las cosas suceden de un modo natural y pausado y depositamos la mirada en aspectos que nos pasaban desapercibidos sobre nuestra propia ciudad, que es un paisaje interiorizado. La miramos con otros ojos, con el ritmo circadiano cambiado, que los griegos decían que era el medio ambiente imponiendo su rutina a los seres vivos en una fantástica cronobiología. Aun cuando cada cual lleva su vitalidad o parsimonia a cuestas, sospecho –sin base científica alguna- que el verano nos apacigua, pero no rendimos menos, acaso más que el resto del año. Hay un verano en mi memoria de una tranquila intensidad inagotable.

La luz y la temperatura son claros condicionantes. Los cineastas nos halagan por las horas de sol. Y los astrónomos se felicitan de esa misma circunstancia. Los turistas que provienen de países nórdicos y taciturnos descubren este manantial de luz y flipan, como decían antes los pibes –ahora está de moda petar, que significa agradar-. De ahí que un día nos preguntamos en este periódico si no deberíamos ir dando pábulo a un concepto nada peregrino que nos asiste como parte de nuestra idiosincrasia, basada en la climatología, algo que podría denominarse índice de felicidad ambiental.
La pregunta que conviene hacerse –de puertas adentro- es si los canarios somos felices gracias a los factores benéficos que nos depara la naturaleza, entre ellos la luz y las generosas temperaturas, amén del paisaje y los contrastes. La búsqueda de un sitio donde estirar el tiempo tras la jubilación nos hace ser el destino favorito de europeos cansados del frío y la triste grisura de sus países que vienen a dejarse vivir los años de saldo como un varadero donde carenar la embarcación de vuelta del mundo.

Así que nos reiteramos en estas reflexiones. Mientras otros vienen de fuera y nos eligen para gozar de los alicientes como si tuviéramos en un tarro las esencias de ese elixir, no estoy tan seguro de que el canario de a bordo se sienta beneficiario directo de su tierra como el huésped que la elige como morada definitiva. Es, entonces, cuando entra el verano en escena, en que reparamos que hay un sitio en el que estamos, que acogió a nuestros antepasados, y que resulta que no está nada mal, incluso es un magnífico lugar habitable, donde conviven culturas diferentes y muchos de los atractivos que el hombre anhela están a la mano como frutos del árbol sagrado que nos deparó la naturaleza. Si esas circunstancias definen el ideal de un ser vivo sobre la tierra, los canarios tenemos un problema. Antiguamente, cuando existían el reposo, el sosiego, la serenidad, todas aquellas nociones extinguidas y el ritmo de vida era, sí, aplatanado, la gente se hacía un hueco para contemplar los elementos que le rodeaban, incluso, con dejadez. ¿Por qué el verano nos despierta del letargo debiendo ser al revés y sumirnos en la modorra bicorne del bochorno y la quietud? ¿Por qué este golpe de calma nos hace recapacitar y nos reactiva?

Todo tiempo futuro será mejor si recobramos las buenas costumbres, que no son necesariamente lastre del pasado del que desprenderse. La sabiduría de la gente mayor radica en su conciencia de haber estado, existido, padecido y disfrutado mientras el tiempo transcurría hasta “perderse en la vastedad del no ser”, decía Cernuda en aquellas prosas líricas de su retiro forzoso lejos de España. Lo que hoy constituye un claro peligro del nuevo estilo de vida al galope está relacionado con esta defensa que hago, a modo vintage de coleccionista de sensaciones, de un uso del tiempo a nuestro favor, donde no lleguemos a viejos sintiendo que no hemos hecho más que huir y huir con la cabeza agachada persiguiendo nuestro propio rastro. La tendencia de la nueva cultura que acuñamos pisando el acelerador, sin tiempo para leer, para pasear para conversar, para vivir conduce a un ser que se desconoce monstruosamente condenado a no existir en sentido estricto.

Siempre el visitante nos abrió los ojos y nos espabiló. El huésped es el habitante perfecto de los sitios. A Canarias le gusta recibir gente de fuera, entre otras razones, porque suelen prestarle más atención que los propios naturales de las ciudades; en el campo este conflicto no se da, el lugareño tiene las cosas más claras respecto a su lugar en el mundo. Ahora que estamos inmersos en una vorágine que devora todo, tiempo, trabajo, amigos, familia y hasta el propósito de los sueños, no es mala práctica apearnos de ese trajín, en la pausa del verano, y abandonarnos al disfrute de mirar cuanto nos rodea: allí un barco, aquí un árbol, lejos unas montañas… Yo estoy esperándome siempre donde dejé la niñez en Anaga.

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Vargas Llosa/García Márquez, la trompada

Santiago Toste fue el primero en la redacción en caer en la cuenta. Se cumplían 50 años de la edición y sacudida sísmica que produjo en el ámbito literario Cien años de soledad. Y entonces hilvanó la amplia reseña que publicó este periódico, allá por abril, sobre el alumbramiento de la mejor novela latinoamericana hasta hoy. El hallazgo inolvidable de ese libro total y la amistad paralela con su autor han sido objeto estos días en El Escorial de un homenaje inesperado en primera persona de Mario Vargas Llosa a la memoria del escritor colombiano fallecido, con el que no se habló durante 40 años tras haber sido uña y carne. García Márquez fue una especie de dios literario terrenal para el autor peruano y, a su vez, la encarnación de un mito caído por los suelos de un puñetazo que él mismo le pegó.

En el hall de un teatro, en México, antes del pase privado de una película con guion de Vargas Llosa, Sobrevivientes de los Andes, García Márquez fue al encuentro del amigo con los brazos abiertos, y Vargas Llosa lo recibió con el puño cerrado en pleno rostro y un reproche lacónico que puso fin a la amistad entre ambos para siempre. La escritora mexicana Elena Poniatowska me relató el incidente con todo detalle, durante una cena en Santa Cruz. “Le apliqué un bistec en la cara para que no se le hinchara y lo consolé como pude, pero era evidente que los dos sabían el porqué de aquella escena.” Sin embargo, durante las cuatro décadas siguientes ninguno reveló la causa. Y sus biógrafos mejor informados apenas acertaron a repetir la primera impresión del cronista de la agencia Efe aquel 12 de febrero de 1976, tras el suceso: “El móvil de la pelea no podía ser para menos: las faldas”.

A Vargas Llosa le incomodó siempre que le tocaran el tema, y a García Márquez tampoco nadie le sacó una palabra sobre el incidente. Uno y otro parecían haber convenido enterrar el filete de su disputa en un pacto de silencio hasta la tumba. Poniatowska suponía, como Dasso Saldívar –autor de El viaje de la semilla sobre el máximo exponente del realismo mágico- que la solitaria de los celos desató la ira de Vargas Llosa y aquella trompada -como decimos en Canarias- era la respuesta sin paliativos.Han pasado muchos años y el único que vive de los dos sigue sin soltar prenda, pero le recuerda con cariño. “Era locuaz y divertido”, lo describió esta semana el peruano en su entrevista pública con el ensayista colombiano Carlos Granés, en el curso de la Complutense sobre las bodas de oro de Cien años de soledad, en Madrid, y cuando asomó el desastre de aquella ruptura tajante en México, Vargas Llosa retomó su rol en ese secreto: “Estamos entrando en terrenos peligrosos, creo que es el momento de poner fin a esta conversación”, anunció entre risas.

A Carlos Fuentes se lo llevó la muerte poco antes que a García Márquez sin lograr el objetivo que se había trazado: reconciliar a los dos amigos de una especie de divorcio universal, del que todo el mundo hablaba por tratarse de dos genios de las letras capaces de una amistad desenfrenada como un amor de verdad, cuyo destino maldito fuera el de un jarrón de soissons. Fuentes, que venía a Tenerife invitado por Jesús de Polanco, y era parte del triunvirato que lideraba el boom latinoamericano, quería en verdad restablecer aquella mesa de tres patas que se había roto. En la foto en blanco y negro en que están Vargas Llosa, él y García Márquez, además de José Donoso, eran jóvenes y célebres, y les aguardaba toda una vida de éxito entre musas y mujeres. Escritores mujeriegos y prodigiosos pariendo libros tocados por una inspiración proverbial. Cuenta ahora Vargas Llosa, al romper su silencio, a su modo, sobre el amigo imposible, que García Márquez tenía un don intuitivo para remangarse con los adjetivos y los adverbios, y que, sin embargo, no sabía conceptualizar la naturaleza poderosa de su magia al escribir. Cuando se conocieron en el aeropuerto de Maiquetía, en Caracas, en 1967 (el 1 de agosto hará medio siglo), de noche, llevaban tiempo escribiéndose cartas en una suerte de idilio literario. Vargas Llosa, que iba a escribir el mejor estudio sobre el colombiano, Historia de un deicidio, con el que se doctoró en Filosofía y Letras, leyó, recién salida de la imprenta, la novela que lo deslumbró: Cien años de soledad. Fue ese año, 1967, el de la novela y la amistad legendaria de ambos. Hace ahora, por tanto, 50 años que Varguitas y Gabo -dos hipocorísticos que nos resultan tan familiares- se conocieron hasta tocar fondo; se mudaron a vivir a la Barcelona de la Gauche Divine con esposas e hijos, escribían y estaban todo el tiempo juntos como dos chiquillos.

En una travesía de vuelta a Lima, Vargas Llosa se enamora de una azafata sueca y se va a vivir una aventura con ella en Estocolmo. Cuando vuelve con su prima Patricia -su mujer-, ella no le acoge sin antes devolverle el golpe bajo con una confesión envenenada. Si la versión más extendida es la cierta, García Márquez se le insinuó o cruzó la raya cuando Patricia acudió a refugiarse con los amigos de Barcelona para pasar el maltrago de la infidelidad conyugal. “¡Esto es por lo que le hiciste a Patricia!”. Elena Poniatowska no supo precisarme si, en realidad, Vargas le dijo hiciste o dijiste en aquella violenta velada del Palacio de Bellas Artes de México que acabó como el rosario de la aurora con el ojo izquierdo del colombiano a la virulé. Plinio Apuleyo (el autor de El olor de la guayaba, tan recomendable), que perduró en la amistad con el colombiano hasta su muerte, sostiene que el día que este llevó a Patricia al aeropuerto en Barcelona para regresar a Perú, ella perdió el avión.

Durante una cena en el sur de Tenerife, donde recibió el premio Son Latinos, Vargas Llosa y Patricia nos parecían una pareja indestructible, que había sorteado baches del calado de la amante del barco y quizá del amigo desleal. Nada hacía presagiar que, pocos años después, Vargas Llosa haría pública su relación con Isabel Preysler y rompería los lazos con Patricia definitivamente en 2016. Ni estaba sobre la mesa la guadaña que segaría las vidas de García Márquez y Carlos Fuentes, testigos ausentes de esa nueva vuelta rocambolesca de tuerca en la agitada vida sentimental del autor de La fiesta del chivo. Ni Vargas Llosa había recibido aún el Nobel, para que un ajuste de cuentas del destino cancelara todas las deudas entre él y García Márquez, y la reconciliación fuera póstuma para uno de los dos.

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Sampedro en Santa Cruz

Las vivencias de José Luis Sampedro en Santa Cruz fueron las de un escritor sobresaltado por la tragedia del mundo en busca de una orilla de esperanza. El mar chicharrero le consolaba. Lo que buscaba el hombre de letras y números en una ciudad insular como Santa Cruz era, en cierta manera, la inspiración optimista para descifrar el caos de las torres que se caían a su alrededor, con el peso de los años que hacían mella en su salud, siendo él mismo de una estatura desgarbada en una sociedad muy española y retaca, con la que otear ese horizonte. El hallazgo del autor y la isla, de Sampedro y Santa Cruz, era un mutuo descubrimiento, y se fueron frecuentando a lo largo de la vida. Santa Cruz guarda el recuerdo de aquel hombre vivaz como Lanzarote el de Saramago o Puntallana el de Günter Grass. Gilberto Alemán me contaba que un día se tropezó con Sampedro bajando por la calle del Castillo; iba al trote, campechano y silbando, mucho más joven que cuando yo lo conocí. Silbar públicamente es una antigua costumbre que remite; antes era más corriente cruzarse con alguien que silbaba una melodía ensimismado en sus cavilaciones, con esa manera mecánica de darse ánimos y espantar las monotonías.

Una vez en Madrid, Sampedro impartía una charla en una sala abarrotada, parecía en su salsa, hablando a un público de fans universitarios –en eso era como Emilio Lledó- como un político de las finanzas del género humano. Y como mi presencia era completamente casual, asistí a la liturgia como alguien que entra en una iglesia inopinadamente y le da vergüenza marcharse justo cuando el cura comienza a oficiar misa. Muchos años después, Sampedro prologó en España el libro que dio un rapapolvo a las arrugas del sistema capitalista y al sistema político neoliberal, ¡Indignaos!, de un coetáneo combativo, Stéphane Hessel. Sampedro entraba a saco cuando quería contra los cimientos de una metodología del poder con la que estábamos condenados a sucumbir bajo nuestra propia fortificación, en medio del aparente auge tecnológico. Cabe leer sus diatribas en Los mongoles en Bagdad, que le presentaron en Santa Cruz Juan Cruz y Loly Palliser, o en El mercado y la globalización. Le dio tiempo en su dilatada vida de asistir a la demolición del World Trade Center de Nueva York. Y con esos indicios, rubricó una y otra vez su rechazo a la invasión de Irak. De haber sobrevivido a su muerte en abril de 2013 habría visto confirmados hoy, con cien años de edad, sus peores augurios en las postrimerías de una vida de gallo de pelea reluctante al imperio insolidario de la ley.

Tachaban sus detractores a Sampedro de provenir del régimen bancario y corporativo que cuestionaba con ardor en sus escritos y conferencias. Muchos desconocen quién era y desde cuando pensaba como pensaba. Era fácil retomar su pasado profesional en el sistema financiero, pero la evolución de sus creencias y credenciales se dio antes y después de Franco. Cuando había que dar un portazo por los colegas represaliados, lo daba. Sampedro silbaba y era feliz y jovial, pero tenía retranca y dolor por la injusticia humana que le duró hasta su último aliento.

Como las huellas de este país han vuelto a ponerse al descubierto estos días con la celebración de los cuarenta años de democracia, conviene redimir los pecados, ya no de los que hicieron la Transición con indulgencia, sino de quienes obraron entonces y ahora creyéndose en posesión de la verdad. A tal punto, Sampedro no se concedía ese don inverosímil, que tiró por tierra cánones y dogmas de su generación sobre el mundo y el hombre y se alineó con los jóvenes que reclamaban otra vuelta de tuerca en la Puerta del Sol aquel año fronterizo de 2011 –antevíspera de su muerte- en que se soltaron las cuadernas del barco y todo hacía presagiar este naufragio. No era un advenedizo que hizo el 15-M como un perroflauta. Teníamos delante de nosotros al mejor profesor de Estructura Económica del país, que se había enrolado en la docencia tras ser un alumno pionero de las primeras facultades de la materia que él siempre consideró una rama política, o sea, una ciencia social. Por eso no era de extrañar que Sampedro, a la vuelta de los años, le viera las orejas al lobo y no ahorrara en admoniciones contra el despertar de los monstruos venideros. Aún no había llegado Trump cuando falleció, pero diríase que lo tenía en mente como un personaje de ficción antes de que fuera real.

Sampedro, fascinado por la visión keynesiana del mundo, había hablado y escrito sobre el hombre y sobre el hambre desde los años 60, con la misma pasión con que había escrito la Sonrisa etrusca, Octubre, octubre o La senda del drago, con el Teide mitológico al fondo estimulando en su destino insular a un desencantado Martín Vega, en el que el autor nos nombraba a todos, incluido él. No, no acababa de sufrir ninguna revelación cuando estalló la guerra de Irak o la Primavera Árabe, no era un espontáneo podemita y transgresor antes de que el mismo Pablo Iglesias entrara por el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo… Algunas veces –pocas para mi gusto, que apreciaba mucho escucharle- conversé con él en Madrid o Canarias. Recuerdo algunos encuentros: en la desaparecida librería Foro Literario de San Clemente, en un plató de televisión, en un estudio de radio y en la calle. Le gustaba pasar inviernos y quedarse a vivir temporadas largas en Santa Cruz, como han puesto de manifiesto ahora amigos y familiares en CajaCanarias en el homenaje por su centenario. Le agradaban la Rambla, la Plaza Weyler, el Parque García Sanabria, la Plaza de los Patos…, Taganana, La Laguna, el Puerto de la Cruz, el mar, algunas cafeterías… En 2005, hojeando su entrañable sonrisa etrusca, compruebo que la novela cumple veinte años y se lo transmito al editor, con el gozo de un lector que pide honores merecidos para esa obra. La reedición con la solapa conmemorativa hizo justicia poco después.

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