Opinión

El tiempo, los días de Taganana

Nos traen a este convento, pero nadie nos enseña a vivir. A hacerlo con nuestros defectos y virtudes y -ahora más que nunca- a defendernos de las habladurías. Cuando tienes la edad temprana de los zagales y pastoreas con los adultos en las montañas, como yo hacía en los veranos de Taganana, y te aclimatas al tiempo en suspensión de esas cumbres, donde todo transcurre en una parada y eres parte del mannequin challenge de una distensión natural del entorno, desconoces que esa suma de momentos será recordada el resto de tu vida como la secuencia irrepetible de una etapa feliz. Nadie nos avisa de que eso pasa, de que una vez sucedido desaparece para siempre y que una de las cosas más difíciles es aprehender los instantes para regresar a ellos en la edad de la memoria. De manera que a todos nos ha tocado vivir la frustración de disfrutar sin conciencia de la hermosa vaguedad usual del tiempo. Cuando pasas por el trance efímero de la juventud reniegas de esas vivencias pausadas que te retienen en lugares paradisíacos como si fueran tributos de ocios que a veces pagamos a gusto y otras a disgusto, cuando la sangre nos altera. En esas travesías de la edad, suele urgirnos el deseo de estar siempre en otra parte, descontentos con el regalo de un silencio estático, una soledad completa y buenos alimentos de la tierra. No le damos valor al espacio en blanco de un día campestre, por esa ansiedad de quemar energías continuamente.

Cuando Proust rebuscaba en los pasajes de la infancia el beso nocturno de la madre en la cama, obraba con los hechos literarios como tropos y no como potro desbocado en los trechos de esa edad indómita. Yo, que tenía la viruela de la poesía con pantalones cortos, me recuerdo debatiéndome entre la cizalla de abrirme paso en los riscos de Taganana con las cabras revoltosas y el cuaderno donde anotaba las opiniones de las musas. Me las arreglaba conviviendo con las unas y las otras. Una cabra se desriscó y casi me mata, y había musas que me traían de cabeza. Enfermé de las palabras. Es un modo de locura que existe en la realidad, aunque pertenece al mundo de la patogenia de la mente. Y en las palabras estaba esa disyuntiva del sentido de la vida. Yo leía las infancias de los autores contagiosos de la librería de mi tío, La Prensa, y descubrí que había una vorágine del tiempo que se echa de menos en la edad provecta. En la adolescencia, se puede ser culto y agreste, caminar por desfiladeros y escribir con el pensamiento en las nubes, tener los pies en la tierra y soñar todo el tiempo… ¿Se es feliz más allá de entonces? Ahí quedaron mis días mejores, sin duda, entre esas crestas y laderas. Los vecinos de Anaga tenían -y ojalá sigan teniendo- un ritmo circadiano peculiar, basado en sus hábitos cotidianos de horas preferidas de madrugar, en el estilo de estrenar el día campo a través, de sortear los precipicios como si tal cosa, de echarse la tarde, acabar en la plaza y jugar al dominó con los vasos de vino escuchando la conversación…, el secreto de dejar que la noche cierre la función y los animales nos despierten. Vivir en la trastienda rural de Anaga largas temporadas vacacionales y compartir los fines de semana la doble nacionalidad santacrucera, me hizo distinto a los demás pibes del barrio. Cuando alcanzo, por fin, la edad para añorar los recuerdos bucólicos de Taganana, comprendo que aprender a vivir no es ninguna broma, que a esa enseñanza habría que dedicarle una disciplina entera, porque corremos el riesgo de acabar nuestros días sin haber hecho la tarea de un modo adecuado.

En las cartas de Rilke a un joven poeta alaba la tristeza como una conquista que, una vez pasa de largo, produce nostalgia. El poeta de Praga me sugiere emociones guardadas de un ámbito de montañas y rudos hogares cordiales en los que fui feliz. Rilke le aconseja a Franz Xaver Kappus -el joven poeta que recabó sus consejos- que se deleite en la soledad y melancolía que padece, para cuando no las tenga ni necesite. En la infancia intimista que saboreé en Taganana nadie me puso en contacto con Rilke, y lo hubiera agradecido. La infancia es un paisaje u otro, una mismidad que nos acompaña a donde vamos. Los niños que aprenden solos a vivir llegan antes a su destino, y el resto es pura nostalgia. O sea que viví intensamente en mis adentros cuando tenía pocos años y este que soy es un analfabeto funcional de la vida de sesentón. Ahora leo a Whitman , y cuando agoto sus hojas de hierba, leo sus cartas de corresponsal y enfermero voluntario de la guerra civil. Pero el mundo da vueltas, y apenas reparamos en que somos tripulantes de una nave que circula alrededor del sol cada año. Ahora mismo he escrito esto, porque he vuelto al origen del viaje, a los días primeros, en la vecina y remota añoranza de las montañas de Anaga, donde seguramente fui un ángel de Rilke feliz y distendido, ajeno a los males del mundo, e ignorante de lo que me esperaba detrás de aquella muralla de silencios escarpados. Uno de los lugareños ermitaños de Taganana era Ambrosio, un personaje fenomenal, envuelto en el halo de su rostro deformado por el síndrome de Crouzon. Lo recuerdo con bastón y movimientos ancianos a una edad joven, tocando el timple y dejándose ver. Los turistas le daban unas monedas y le hacían fotografías. Él era la noticia en un pueblo apartado. El reclamo. Los niños andábamos por allí sin darle mayor importancia. Formaba parte del tiempo suspendido… Y todo encajaba bien.

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Por qué no me callo. Las pequeñas cosas cotidianas

Como quiera que todo se ha vuelto patas arriba, por tendencia o declinación, uno acaba extrañándose de las cosas que funcionan como siempre lo hicieron, de todo aquello que conserva sentido, que es como fue toda la vida, antes de que fuera disruptivo, y que resulta que guarda coherencia y es útil. Siento vergüenza cuando por esta razón parezco un carroza, pero a muchos les pasa lo que a mí, que terminan agradeciendo el previsible funcionamiento de las cosas consuetudinarias. ¿Por qué me agrada tanto llegar a un comercio, una pastelería, un supermercado y que te atiendan por orden de llegada y no en virtud del número que señala la pantalla? La vieja costumbre contenía la figura del que se cuela y la consiguiente discusión en la cola. De esa controversia nacieron parejas, familias, amistades, cuando la sangre no llegaba al río.

El guagüero tiende la mano y le abonas el viaje, mientras otros pasajeros más modernos emiten el importe con el móvil haciendo gestos en el aire. En esa clase de escenas cotidianas uno pasa apuros, porque existe el pudor a no resultar anticuado. Leer. Esta es otra de las prácticas que nos ponen a prueba. Existe todo un debate sobre el método de lectura opcional, entre quienes defienden el recurso procedimental apegado a la yema de los demás, por los siglos de los siglos, de tomar un libro entre las manos sin más rodeos, y aquellos que se reivindican a la última exhibiendo un activismo digital con el ebook en ristre como si de una espada se tratara. Yo aquí tengo una postura ambivalente, gasto de los dos soportes y me quedo tan pancho, pero, a solas -cuando nadie me ve y aflora el lado íntimo que a uno le queda bajo la piel- me digo que nada suple con éxito el encanto de tocar las páginas mientras se leen las palabras escritas en ellas como ancestros. A Hans Magnus Enzensberger esa razón le parecía suficiente para darme esperanzas sobre mi oficio: “Nada sustituye al periódico si puedes tocar las noticias en el desayuno”, me dijo. La nostalgia de los usos cotidianos que la tecnología ha ido jubilando de nuestras vidas adquiere una dimensión nueva que trasciende el mero valor museístico de lo vintage. Seré un clásico, como lo fueron y son Leonard Cohen y Gay Talese, dos monstruos intemporales. Me apasionan los inventos esquizoides, y perdono la mentira del azar que nos descubre verdades aplastantes detrás de su burla. Pero cuando me vuelvo, a menudo, rutinario y dieciochesco, cultivo una impronta de hábitos que rebusca en la antropología de todo sujeto y prefiero una taza de café bien servida en la barra de un bar.

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Por qué no me callo. Cuando vivamos con otros seres

Entre los temas coloquiales se ha colado el robot, que es compatible en nuestra sugestión con el hechizo por el extraterrestre. Esta ha sido la semana del marciano que nos ganó en la niñez, el E.T. de Spielberg a la vuelta de 35 años. Y, a su vez, nos incumbe ahora mismo el mundo de Yo, robot, con Will Smith, y del más reciente y simpático Chappie, ese androide íntegro que ya quisiéramos de congénere. Así que hemos dejado atrás el pudor y hablamos abiertamente de un tema que es un anatema de herejes, como si la ciencia hubiera perdido la vergüenza y posara desnuda con todos sus pecados. De ahí que la ONU y la NASA tengan listo el protocolo para dar la noticia de otros habitantes que fueron expediente X y que el BBVA nos prepare para una convivencia atónita con acólitos robóticos. Ya se escriben libros a propósito. Me confieso mentalizado de antemano. El alienígena me resultó siempre un vecino plausible, e inexcusable cuando veía a Paco Padrón Hernández -que hoy asoma a nuestras páginas con la lógica de las últimas noticias-. En cierta ocasión, escribí un relato donde el sujeto exógeno convocaba una rueda de prensa que el periodista debía cubrir. Ahora, Rebolo le cuenta a Iñaki Gabilondo en Cuando ya no esté hipótesis sobre la vida intergaláctica que redimen al crédulo de misterios en que me reconozco. Ha bastado esta última semana, tras el ditirambo de los exoplanetas, para convertir el tabú ufológico en moneda informativa de uso corriente. El selenita se intercala en las tertulias como antes Monedero e Iglesias con los satélites y mareas de Podemos.

Conviene leer El próximo paso: La vida exponencial con la mente despejada. El robot deberá pagar impuestos, sugiere Bill Gates. Yo supongo que tendrá sus costumbres y amigos, tendrá su ocio y sus arranques de mal humor. Y, por si acaso, tendremos a mano el botón de desconexión, si no lo descubre y estamos perdidos. Tendrá programado el sueño y el despertador para que nos prepare el desayuno y nos diseñe la ruta y los hábitos consuetudinarios. Todo esto, en realidad, ya es. Hay un famoso robot recepcionista en un banco japonés y un hotel con plantilla de androides. El automatismo echó raíces al término de la Segunda Guerra Mundial. Ahora estamos a las puertas de la cuarta revolución industrial, tras la máquina de vapor, la electricidad y la electrónica. Y la cuestión es que la mano de obra metálica del futuro -el futuro es ayer- va a generar mucho paro humano y conviene saberlo con tiempo. El señor robot será un contribuyente más, con sus derechos y deberes, y un día intentará pensar con más información almacenada que nosotros y un arma infalible en su haber: el Big Data, que procesa la ingente memoria con ayuda de un buen supercomputador. De manera que nuestros hijos y nietos deberán congeniar con esos ciudadanos paralelos, vertiginosos e inteligentes, que sabrán más y decidirán más rápido. Sin embargo, tenemos algo a nuestro favor: la creatividad, el mayor yacimiento de empleo de la próxima era, la cuarta ola, como diría Alvin Toffler. Y los sistemas educativos de mañana deberían preparar la mente de obra para la imaginación, como en un gran Montessori. Es verdad que el robot que hoy colegimos será un personaje con prejuicios, cuya lógica emanará en cada uno de sus actos. Y esa es nuestra oportunidad. Si el porvenir nos invita -y conmina- a ser seres creativos o no ser, no estaría mal que diéramos un volantazo y devolviéramos del exilio a los estudios humanísticos. Siendo comprensible todo acto de conciliación entre los títulos universitarios y la demanda de oficios real de las empresas, sepamos que mañana es tarde, el robot ya está aquí.

En un almuerzo de trabajo, el directivo de una empresa energética puso sobre la mesa los servicios prestados por el robot de su compañía en la detección de los fraudes del cliente. El robot no falla, dijo, y todos le preguntamos detalles de ese prodigio que no está en las páginas de Asimov, sino en la sede de Endesa. Recordé lo leído en el libro de Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio, sobre la intuición, otro de mis temas favoritos. Ese golpe de efecto milagroso que en la abundancia de variables concentra su lucidez en un instante del pensamiento. Si el robot -que ya nos gana al ajedrez y al póker- nos desafía con su intuición, estamos perdidos, pues su banco de datos también nos supera.

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El aire de Campisábalos

El aire de Campisábalos es el más limpio de España. Por el viento que corre. Tiene ese alimento de la naturaleza que nutre su lenta geografía de campo, como nosotros tenemos el alisio, pero con la población desatada en decenas de miles de habitantes, y ese pueblito de Guadalajara apenas tiene 68 vecinos, que en invierno se reducen a 20, ganaderos y agricultores. Por eso gozan del aire de los dioses, que es cuando respirar nos reconcilia con este agente secreto que se enmascara en su carnaval de transparencias, y todo se vuelve una confabulación de los sentidos, donde la calma rural y el bello aliento son los alicientes de una vida de placer. Como me pasaba en Taganana.

La polución es el excremento del aire, viciado por el progreso. Y por eso el cambio climático es la consumación de nuestras ínfulas de desarrollo. Esos siete planetas que orbitan en el sistema solar recién descubierto plantean la hipótesis de la vida con el permiso de la atmósfera. La química de todo es el oxígeno. Pero solo en Anaga me daba cuenta de esa menudencia que sostiene a toda la humanidad. El aire tiene las espaldas de Hércules. ¿Por qué el campesino es tan sabio? Porque es parte de la verdad. Vive con lo esencial. Habla del aire como algo suyo y predice los climas con sus cabañuelas. En la ciudad se vuelve uno intrascendente y presumido. La conversación omite a la naturaleza. Y el aire se hace impostura rural de una poesía aferrada al asfalto.Yo no he vuelto a respirar mejor en ninguna otra parte que allí, donde existía la delicia de oler el aroma a la bosta de vaca, y había un caminar entre nubes, con los abismos abajo, consciente del peligro de resbalar y caer mortalmente, que no era un riesgo meramente teórico, si lo sabré bien. En los pueblos hay curanderos con los métodos revueltos y te apañan con remedios que curan a todos los animales por igual. La mítica buena salud de la gente de campo tiene que ver con la dieta y el aire. El aire que se respira y se ve. En los paisajes impolutos de la cordillera de Anaga el aire, con apenas veladuras, era parte de la estampa con su brillo, su tersura y su piel de cristal. El “ondear del aire”, decía Juan Ramón Jiménez.

Respirar era como comer por los ojos; lo hacías con placidez, y te quedabas a gusto. Se entiende lo que digo si pensamos en la evidente repulsa con que uno respira bajo el sofoco de la calima. No he vuelto a respirar sano desde entonces. Te mueves en las urbes, donde vives, trabajas y paseas, y te olvidas de cómo te sentías cuando ibas del Lomo a Asano oliendo el estiércol, las múltiples fragancias de las flores del camino, sorteando los precipicios diáfanos como el agua del mar límpida y transparente como el aire.

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El gen del Carnaval

Por qué este pueblo tiene el histrionismo inyectado en vena y botellas de reserva de humor en las bodegas que descorcha cada año, sin excepción, venga una crisis, un delta o cualquier desastre que toque en la racha de días funestos de un tiempo a esta parte? Valle-Inclán tenía el esperpento y Rabelais su Pantagruel y su Gargantúa. Cada autor y pueblo tienen su sátira y su cómico ambulante y, en ocasiones que conocí de primera mano en la niñez de Anaga, lo deforme humano se vuelve icono circense infaustamente popular que nos confronta con los límites del derecho a la intimidad y el respeto frente a la burla. Pero el Carnaval lo tiene Santa Cruz como una introyección, metido hasta el alma, en una clara rivalidad con la propensa envidia que demoniza las relaciones humanas y con el codo fácil que se abre paso a empujones, dejando el estigma de un pueblo atravesado, como me dice una buena amiga foránea que nos conoce bien: detrás del cartel de bienvenida, están unos sujetos malencarados que suelen ejercer rara vez la hospitalidad, pese al eslogan.

La alegría no es poca cosa, y ahora que abunda no cabe darle una importancia trivial. Los profetas del carpe diem tienen en esta isla un carnaval que es un buen laboratorio, como las saturnales romanas coincidían en el mismo plató que las bacanales en honor del dios Pan. El optimismo se vende caro en una sociedad esquinada que se malquista con el vecino a las primeras de cambio -en la política, sonreír hace milagros, y un chiste inteligente, una frase ingeniosa desatasca las plúmbeas cañerías de un debate; ¡cómo recuerdo a Olarte en su personaje de Calero!-; de ahí lo excepcional de este pandemónium de calles etílicamente alegres, que nos convierte en parodia y paradoja de un mundo cabizbajo que habla de guerra nuclear. Esa es la cuestión que vengo a plantearme, el porqué de esta orgía de santos inocentes que se asienta en Santa Cruz en los días que corren -un “período pasional intenso” lo llamaba Julio Caro Baroja- como si esta fuera una casa de locos de toda la vida. Si un turista desinformado arribara a las islas mañana mismo y comenzara la gira por Santa Cruz de La Palma ante una batalla de polvos talco bajo la figura totémica de la negra Tomasa y el cachondeo consiguiente de los indianos, se formaría una opinión equivocada acerca de nosotros -de nuestra salud mental-, pero pronto caería en las redes del manicomio teatral como el juicioso se mimetiza entre los orates y pasa a ser uno más.

Esta conversión caribeña -ya no sólo de Santa Cruz de La Palma, sino también este año de Santa Cruz de Tenerife- tiene su antecedente histórico, qué duda cabe, pero, a ojos de Trump, producto inequívocamente carnavalero en la morgue electoral de ese país que deviene en parodia y paranoia, somos unos sospechosos de m…La alegría del pueblo santacrucero es eso que llaman en la Unesco un patrimonio inmaterial. La alegría es cultura, y procede de unos vestigios, que son por los que aquí pregunto. Falta el explorador de esta catarsis concreta de locos medievales, de la cornucopia chicharrera de la broma, porque ya conocemos el diagnóstico de otras latitudes, a falta de alguna razón poderosa que justifique la impostura de un pueblo tan soso y seco el resto del año, que, como en el sueño del oso, sale de la guarida cuando despierta del letargo invernal a ver si llegó la primavera. Este trance es el que, por lo visto, da origen a las máscaras fustigadoras, como los carneros herreños y los buches de Arrecife. Un exégeta que nos explique de dónde nos viene este rol que no es de por aquí, salvo de África. El profesor Ramón Trujillo hizo en su día acopio del silbo gomero y lo cosificó lo justo para llevarlo en la maleta del coche en las grabaciones que obtuvo con artilugios que le costaron un ojo de la cara. Años después, el silbo subió a los altares de la Unesco como patrimonio inmaterial mundial y no se lo agradecieron. Si el Carnaval chicharrero tuviera su Ramón Trujillo, alguien dispuesto a escudriñar en la fiesta a riesgo de ser criticado por su altruismo académico, sabríamos si ese gen -ya que la careta, de puro vintage, perdió su hegemonía con la indumentaria churrigueresca que imita las galas de la reina entre la marea humana-, el dislate, es propio o importado. O espontáneo.

 

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Por qué no me callo. Tragedia en las generaciones no tan futuras

Puestos a pensar en voz alta, me he quedado hablando solo ante la opereta de líderes y lideresas de la repugnante precampaña gala, la circense pugna en Podemos tras el caos de la bicefalia Iglesias-Errejón, y toda la epidemiología que ataca a los partidos con sarnosos rumores de espadas; vale para el PSOE y el PP; incluso, hasta para el reprimido centricismo de diseño que Rivera importa de las Cortes de Cádiz con la misma rubeola con que hasta hace poco la derecha fabricaba suplantando el copyright de Suárez. Si uno se detiene a consumir la casquería que nos venden los partidos en este chafarrinón de rebajas de las desideología, cogemos una depresión profunda sin margen de error.¿Han oído ustedes a Marine Le Pen (dicen que la sobrina, Marion, es aún peor, un calco del abuelo ultrainfumable) diciendo en el arranque hacia el Eliseo que protegerá a Francia de los yihadistas, los extranjeros y la UE? Si esa señora llega a hacerse con el trono del VIII Distrito de París y hay un Frexit como ya invoca, la Unión Europea entraría en barrena, con España arrinconada como una antigualla europeísta gagá, y esa floración leprosa seguirá campando por las Holandas y Finlandias y el sursum corda, inclusive la Alemania, con su mea culpa, se vería de nuevo en el fango nazi. O sea que. Hace casi un cuarto de siglo hubo una conferencia internacional en La Laguna con Cousteau y Mario Soares, entre otros invitados, para debatir y aprobar una carta de los derechos humanos de las generaciones futuras. Recuerdo el foro y entonces todo el temor consistía en proteger el planeta como casa habitable de unos infelices que vendrían al mundo el día de mañana. Ese día ya es hoy, pues un cuarto de siglo es un período suficiente para haber recibido a un par de generaciones a este instante estúpido de la historia del hombre y la mujer, al que ya no pertenecen físicamente ni el portugués ni el oceanógrafo. “Como a ras de unos gladios un vuelo de libélulas” (Rimbaud, en Los sentados: “costrosos…, con la mollera llena de rencores difusos”). No hallan solo los detritus del ecosistema, sino, sobre todo, se dan de bruces contra la peor fauna política, probablemente, de la historia de la humanidad, incluidos los hunos y los otros con sus atilas. Hagan el ranking de los líderes de este tiempo indeseable y se llevarán un disgusto. Los mayores zoquetes son estos y están aquí, delante de nuestras narices, diciendo las mayores burradas, con el encefalograma plano producen su éxito, y cobran una pasta gansa en escaños y cargos. Mandatarios de poca monta. Ignorantes y peligrosos. A cual más tronco y lanzado. Proteger a Francia de la UE, venga ya.

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Gilberto Alemán, en San Borondón

Era un niño descalzo que estudió Magisterio y se hizo periodista en Madrid. En un bar cerca de La Moncloa, fregó vasos y platos para poder estudiar, se hizo dramaturgo y fue actor con María Fernanda de Ocón en el Teatro Lara.

Al cabo de un centenar de libros y diez mil artículos, la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) le rindió un homenaje. Gilberto Alemán se pasó la una vida metido en la Isla y dedicado a la prensa, a caballo del mito de un náufrago inglés y un hábil arquero de los bosques; era un contestatario (y un contestón). No salió de la Isla, tras volver de Madrid, porque no le dio la gana (su expresión favorita), aunque hiciera breves escapadas europeas, como el día que acudió al concierto de Año Nuevo en Viena.

Periodista de raza, una especie en peligro de extinción, este cronista oficial de Santa Cruz y Premio Canarias de Comunicación tenía las alforjas llenas de horas de calle y de vuelo, de notas breves y columnas de periodismo quirográfico, antes del uso holgazán del magnetofón en un oficio que había sido, como él lo conoció, de amanuenses. También tenía horas de rodaje radiofónico y vocación sinhilista como un Ramón Gómez de la Serna, al que se parecía, por cierto, en la afición por la greguería. Con todo aquel bagaje sentimental de prensa y radio sin florituras no le fue fácil salir del shock del nuevo periodismo digital que le esperaba ya en la cuneta.

Gilberto nació a la prensa en una era de popes de puño y letra, en el combate contra el franquismo. La suya fue una militancia de periodista socialista de El Día, y en la Transición cubría las huelgas y manifestaciones por Javier Fernández Quesada o Bartolomé García Lorenzo. Pero lo peor estaba por llegar, y le cayó encima después; y en cómo se rehizo radicó su mayor mérito: la persecución por nacionalista durante la caza de brujas que duró hasta el climaterio del fervor cubillista, el silencio de los petardos y la desgana de la OUA. De pronto, el ídolo progresista del gremio, el enfant terrible que todos cotizaban entre los primeros espadas de la profesión, cayó en desgracia, lo buscó la policía y se lanzó a un exilio caraqueño como un apestado que duró unos años. Con la calma de la Constitución, regresó a la Isla, pero era un periodista marcado. Sin embargo, se repuso, creó una agencia de prensa y un género de venta ambulante de mucho éxito: carpetas de fotos antiguas en blanco y negro.

El pasado, esa fue su mina particular, y el futuro académico canario de la lengua volvió a levantar cabeza con aquella mirada de Morgan Freeman, reinventándose una y otra vez. No encuentro otro ejemplo mejor para definir lo que significa empezar de cero. Gilberto fundó, en efecto, la primera agencia informativa independiente de las Islas (la agencia SID); dirigió revistas ocasionales y gabinetes de prensa; volvió al micrófono en Radio Club y se enroló en La Tarde, a remar contra corriente en el viejo vespertino; publicó sin descanso libros de la guerra civil y las historias locales, y todo ello le sacó del apuro de parado de lujo de un oficio que cada día tenía menos que ver con el fulgor del nuevo periodismo de Norman Mailer de su juventud, tras la llegada de Internet, esa intrusa de la casa.

Gilberto dirigió, en la sombra, el DIARIO DE AVISOS, antes de su refundación en Tenerife en los años 70. Tanto esta casa como La Opinión de Tenerife rehabilitaron la firma del periodista, con sección fija, y Ediciones Idea difundió al escritor con tiradas populares de sus obras de bolsillo.

Era terco e íntegro. Que lo llamaran abuelo en lugar de maestro, le jodía, y al cáncer lo miraba de frente con el hábito mortal de un pitillo en la boca, creyéndose Humphrey Bogart. Gilberto, Adrián, Ventura…, los Alemán han sido artistas, periodistas y escritores que heredan y enredan las musas de padres a hijos, son ácratas e irascibles, tiernos, pródigos y geniales. Como Ernesto Salcedo o Alfonso García Ramos o Francisco Pimentel, Gilberto enseñaba el espolón de polemista.

Tenía memoria de drago. Hijas y esposa. Iris Fariña, la mujer que mejor le conoció, contaba que en la dictadura, los artículos de Gilberto y sus posiciones públicas y publicadas les costaban insultos telefónicos anónimos y amenazas. Gilberto tenía una arrogancia irónica y una vena transgresora en el filo de una timidez ególatra que imitaba la soberbia fielmente. Con el paso de los años, comprendí la naturaleza de su vanidad de niño.

El hijo de Luisa y Ventura quería ser un robinson en San Borondón y un robinhood en su bosque, más al estilo del subcomandante Marcos que del asaltador de caminos, por el hecho de tener que vivir teniendo siempre una causa a mano. En el café Montecarlo de la Avenida de Anaga, viéndole el hocico al Atlántico, había redactado la Constitución de ese islote sentimental con sede consular en la calle de Puerto Escondido.

Ecologista y fundador de ATAN, bautizó un volcán. No sabían qué nombre ponerle y a él se le ocurrió Teneguía. Era un fan de los molinos de agua y de viento, del movimiento de sus aspas y del aroma del gofio de la molienda. Y vivía como un rajá en su casa de Tacoronte, donde nadie lo molestaba. Narró mil veces su historia favorita: que Shakespeare había elogiado los malvasías con Falstataff. ¿Dónde está ahora? En San Borondón.

La APT pidió su nombre para la sala de prensa del Parlamento de Canarias

La Asociación de la Prensa de Santa Cruz de Tenerife (APT) solicitó al Parlamento de Canarias que la sala de prensa de su sede llevara el nombre del periodista Gilberto Alemán de Armas (La Laguna, 1931-Santa Cruz, 2011), en reconocimiento a su dilatada trayectoria de más de 40 años de ejercicio profesional. Premio Canarias de Comunicación 1995, consagró la mayor parte de su vida a la labor periodística, contribuyendo a la recuperación de las libertades y la democracia en nuestro país. A su trabajo como reportero, redactor, comentarista y director de publicaciones, Gilberto Alemán unió sus incursiones en la radio, la televisión y el teatro. Incansable cronista de las costumbres y tradiciones isleñas, con un sinfín de artículos, muchos de ellos recopilados en libros, su ejecutoria estuvo marcada por el talento y un conocimiento profundo de Canarias y de sus gentes. En mayo de 2008, durante el homenaje que la FAPE (Federación de Asociaciones de Periodistas de España) rindió a Alemán de Armas, el entonces presidente del Parlamento de Canarias, Antonio Castro Cordobez, anunció que la sala de prensa de la Cámara pasaría a llamarse Sala Gilberto Alemán.

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Por qué no me callo. De los padres de la patria

Para hacernos una idea del extraño contubernio en que suele decaer la política en Canarias, tendríamos que guardar siempre memoria de ayer, algo que se tiene por un hábito obsoleto. Me siguen sorprendiendo esos tics recurrentes de una amnesia patológica del pedante adanismo del político de turno que se siente en la obligación de fundar el mundo a su llegada al poder, sin recuento de predecesores. Cuando entró en la política regional Manuel Hermoso -estamos hablando en términos históricos, pues hace de ello más de un cuarto de siglo-, el pionero había sido Jerónimo Saavedra, que instauró la autonomía y sentó las bases del autogobierno. Se olvidan pronto las lecciones y los autores de los actos. En Hermoso había una agitación primeriza que le llevaba con fuerza al cenáculo de los padres de la patria. Tenía trazas de alcalde populista -como entonces ya se decía con ninguneo en términos de tribuno convencional- y era fácil discutirle la vocación autonomista, todo lo más era, a ojos de la política reglamentaria, un insularista recóndito que no veía más allá de su chicharrerismo nasal. Y después resultó un ingenioso arquetipo de político a la contra, que procesaba los continuos desafíos del racimo de peñascos con la estética naif de un cesarmanriquismo apóstata, irreverente y audaz. Aquel responso ante el Rey. La gira europea para vender el estatus isleño en volandas del avión que le prestó un empresario local y que fue el germen de nuestra ultraperificidad militante. O las cosas que dijo sin darle más vueltas, como la broma que nos hizo pensar a todos: la república helvética canaria, con un presidente por isla cada año para acabar con la impertinente capitalidad y el estigma -que ahora persigue a Antona- que cuestiona que los presidentes puedan ser de las islas menores. Saavedra y Hermoso eran como el aceite y el vinagre, el yin y el yang de la política canaria. El uno tenía avales de autonomista y el otro de cabildista. Pero lo que entonces parecieron dos antagonistas sin remedio, salidos de la olla del infierno de nuestros cainismos tribales, pusieron su letra y su música, y con esas dos partituras resulta que hemos estado bailando durante un cuarto de siglo. Entre la isla y la región. No era, en manos de ambos, posible hacer tabla rasa y empezar de cero una y otra vez. Cuando las dos almas de aquella Canarias que estaba políticamente haciéndose, la que se hacía jerónimamente, como acuñó Manolo Padorno, y la que se hacía manuelmente -que, en efecto, parecía hecha de un modo manual, sin artificios, sino desde abajo, desde la isla- dieron en encontrarse y gobernaron juntas, nos pareció lo más natural a todos. Nadie creyó una herejía que Hermoso y Saavedra se coaligaran y, después, cuando el pacto terminó de aquella manera traumática y se produjo un abismo entre los unos y los otros, entre Coalición Canaria recién creada y el PSOE, que era el decano de los partidos y las autonomías, el molde no se rompió, Canarias estaba hecha.Ahora tenemos esa sensación extraña que apuntaba al principio. Todos los gobiernos han seguido como un hilo de continuidad. Fernando Fernández y Olarte se repartieron una legislatura que, con todo el ruido -que ahora ha vuelto a mencionarse- de la gresca universitaria y la cuestión de confianza, contribuyó a levantar el edificio, a hacer las paces académicas, que era un pleito que nos desgarraba y tenía que ver más con el hígado insular que con el Gaudeamus universal, y a decirle a Madrid lo que vale un peine cuando se discutieron los arbitrios de los cabildos. No es mal ejercicio este de mirar hacia atrás para ver lo que hicieron otros antes. Lo que hizo Adán Martín, que dejó en los estantes su enciclopedia del eje transinsular, para que esto sea una tierra única alguna vez. Lo que hizo Román Rodríguez cuando abrió el melón de las directrices turísticas que ahora quieren tumbar con la Ley del Suelo. Lo que hizo Paulino Rivero a propósito del petróleo o las aguas malditas, que si son o no son canarias, que si patatín, que si patatán. Por tantas razones, toca a Fernando Clavijo reconciliarse con el pasado, pues todo comienzo tiene un antecedente.

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Mario Jiménez. | DA

 

CARMELO RIVERO

El PSOE vela armas tras la destitución la semana pasada de sus consejeros por parte de Fernando Clavijo. Es un partido en tránsito que se mueve por una lógica precongresual que acogota sus movimientos. La crisis canaria sorprende a la gestora nacional de Ferraz en la travesía hacia la sucesión de Pedro Sánchez y aún bajo el fantasma de este, que desespera a sus seguidores sin decidirse a optar de nuevo a la Secretaría General en unas primarias. Ayer precisamente, el día después de que una cumbre de sanchistas del PSOE invocara la reaparición de su demiurgo para contener la ascensión de Susana Díaz, el portavoz de la gestora y hombre de confianza de la presidenta andaluza, Mario Jiménez, aceptó la entrevista con DIARIO DE AVISOS en clave canaria. Conoce bien nuestros entresijos y no disimula que su partido está dolido con el PP por socorrer al presidente tras desalojar al PSOE.

Jiménez es el portavoz parlamentario de un PSOE hegemónico en su comunidad, y tras el tumultuario comité federal de octubre que puso fin a la era Sánchez del no es no a Rajoy, el rostro -y el deje andaluz- de este joven político de Moguer, de 45 años, ha irrumpido en la escena política nacional formando tándem con el presidente de la gestora, Javier Fernández. Uno y otro cortados por la misma tijera, dos políticos sin afeites, de natural campechanos.

-¿Cómo ha encajado Ferraz que Clavijo corriera a gorrazos a los consejeros socialistas en Canarias?

“La sensación que yo tengo es que las dificultades internas y el proceso que se está viviendo dentro de Coalición Canaria (CC) han influido, y Fernando Clavijo no ha sabido resolver la situación, en contra de lo que han hecho otros presidentes, y al final se ha plegado a los intereses de quien le estaba tironeando, con esa apuesta otra vez por el insularismo que no tiene sentido. Su papel ha sido pésimo. Se había convertido en uno de los presidentes más poderosos de toda España, por la influencia del voto de Oramas en las Cortes, y, de repente, se echa en brazos del PP; por lo tanto, ese voto ya no es nada, no vale nada, y ha malversado esa posición política estratégica que tenía, que podría haber servido para poner en su lugar, por primera vez desde hace tiempo, la agenda canaria. Ha cometido un grave error, podía haber, incluso, jugado con la posición de CC con nosotros. Era un puente, se hubiera maximizado la capacidad política de los representantes canarios en las Cortes. Y ahora todos los días este hombre va a tener que estarle rogando al PP que le dé estabilidad”.

-¿Cuál va a ser la reacción del PSOE?

“En primer lugar, Fernando Clavijo tiene que ir al Parlamento y expresarse públicamente sobre las razones por las que ha llevado a la comunidad autónoma a una situación de desgobierno absolutamente injustificada y con una irresponsabilidad enorme, bajo un proyecto político que no se sabe a dónde va. Sobre todo, tiene que explicar qué va a pasar ahora, cómo pretende gobernar. Y tiene que haber un posicionamiento de todo el mundo, no solo del PSOE, sobre quién se vincula a ese proyecto en caída libre y quién no se vincula”.

-¿Cómo ha actuado el PP?

“PP y Coalición han pactado, no me cabe la menor duda. Porque esas maniobras que hace el PP en el Parlamento con respecto a las enmiendas que estaban planteadas al Fdcan, y que de tener una posición en una sesión la cambia por la contraria en la siguiente, está claro que reflejan que hay un pacto. En ese momento la agenda canaria voló de la mesa de Mariano Rajoy, Clavijo la tiró por la borda”.

-¿En qué quedó la confluencia PSOE-PP, que, alentada por los acuerdos nacionales entre ambos, llegó a sembrar la teoría de una Gran Coalición en Canarias?

“Ahora mismo esa posibilidad no nos conviene. Pero sí es verdad que hay un clamor mayoritario en los partidos en Canarias a favor del cambio, excepción hecha de CC y ahora del PP, por esa compra a precio de saldo que ha hecho del voto de Ana Oramas. Pero hasta hace 20 días había ese clamor de gentes tan dispares como Podemos, PP o Nueva Canarias planteando la necesidad de un cambio político en Canarias. Desde luego, nosotros no vamos a formar gobierno ahora con el PP”.

-¿Les ha defraudado?

“Está claro que el PP ha hecho un giro irresponsable a última hora. Todo el mundo tenía claro que era una necesidad imperiosa un cambio político en Canarias, pero pasa que ahora el PP ha replanteado sus intereses, y se ha vinculado de esa manera sorprendente a Coalición Canaria”.

-¿Le culpa de abortar el cambio?

“El PP se ha convertido en un tapón para impedir que se produzca el cambio político en Canarias. Y esa será su responsabilidad”.

-Insisto. ¿Qué le corresponde, o mejor, qué piensa hacer el PSOE para alimentar esa llama?

“En la vida parlamentaria, a partir de este momento nos queda ejercer una oposición rotunda y responsable; somos un partido vinculado a la gente estemos en el Gobierno o en la oposición. Y ya que CC y PP han decidido que la agenda canaria desaparezca del tablero, nos encargaremos nosotros de que esté presente en el debate nacional y de que, en un escenario parecido al que ocurre en las Cortes Generales, ocupemos la centralidad en la política canaria y podamos ejercer una tarea de fiscalización del Gobierno, en sintonía con nuestro programa, que se estaba realizando por parte del PSOE, en una labor magnífica de Patricia Hernández y nuestro equipo de consejeros en el Gobierno. Sería injusto y perjudicial para Canarias que esa tarea y esos proyectos en marcha los haya tirado por la borda la irresponsabilidad y la falta de capacidad política de Fernando Clavijo. Se ha puesto en evidencia él y ha arrastrado a su propia formación política”.

-¿No corre riesgo el PSOE de quedarse en un segundo plano?

“Hay una cuestión no menor, y es que vamos a vigilar y denunciar muchas cosas. Asistiremos a una fase de entreguismo de Clavijo al PP, eso está claro, como ya dije. El día 17 hay una Conferencia de Presidentes y a partir de ahí se va a abrir un debate fundamental para el futuro de las comunidades autónomas, y, especialmente, para Canarias, que es la financiación autonómica. Fernando Clavijo no va a poder abrir la boca en esa conferencia; tendrá que tragarse las lentejas que le ponga el PP y nosotros vamos a denunciarlo. Tenía la oportunidad de jugar fuerte en ese debate y, con el paso que ha dado rompiendo el pacto, acaba de arruinar las posibilidades que tenía Canarias de poder tener, por primera vez, un sistema de financiación autonómica suficiente que reconociera la situación diferencial de su distancia e insularidad. Como Clavijo se ha convertido, con esta maniobra, en una especie de súbdito del PP, no abrirá la boca, no levantará la voz y Canarias no resolverá ese problema”.

-Citaba la centralidad de su partido tras ser expulsado del Gobierno. Era el espacio histórico de CC, como eje perpetuo de todo pacto posible. ¿Quiere decir que es la penitencia por el abrazo del PP?

“Totalmente. El PSOE ocupa la centralidad en las Cortes, donde no se aprueba nada sin nosotros, y así va a seguir. Y Clavijo tenía buenas relaciones con nosotros, como socios de gobierno que éramos. De repente, por una maniobra inconcebible, pierde esa posición y CC se convierte en un partido subordinado a los intereses del PP, lo cual es inexplicable. La decisión de Clavijo de romper el acuerdo con el PSOE tiene una grave trascendencia en términos políticos e institucionales, y para las Islas, terrible”.

-¿Consideran en el PSOE la postura canaria del PP como una agresión?

“El PP no le debe nada al PSOE, ni nosotros al PP. Pero sí tememos que lo que ha hecho constituya una agresión para Canarias”.

-PSOE, Podemos y NC forman un bloque progresista de 27 diputados en el Parlamento. Podemos promueve una mesa de diálogo para censurar a Clavijo. ¿Qué dice Ferraz?

“Más allá de esa fórmula, es cierto que hay un bloque progresista en el Parlamento canario. Y hay que evitar que se produzca un volantazo a la derecha en las políticas del Gobierno canario, ni una situación especulativa con la Ley del Suelo, o una involución en políticas sociales, o en medidas de regeneración democrática, o que con la reforma del Estatuto de Autonomía se dé marcha atrás a cuestiones esenciales. Vamos a evaluar la situación en Canarias y adoptar decisiones”.

-¿Debe someterse Clavijo a una cuestión de confianza?

“Sí, él mismo tendrá que constatar qué mayoría tiene en el Parlamento. Antes debe dar una explicación como presidente del Gobierno ante el Parlamento de por qué ha hecho lo que ha hecho, y después, en efecto, explicitar con qué apoyos cuenta en realidad”.

-El PP asegura que no le daría su confianza. ¿Le cree?

“Eso habrá que verlo. Creo que ahora mismo hay mucho juego de posicionamiento, no queriendo dar la cara”.

-¿En cabildos y ayuntamientos el PSOE piensa censurar y recuperar posiciones?

“Se ha producido un cambio en el ámbito del Gobierno canario. A partir de ahí, en cabildos y ayuntamientos se verá qué es lo mejor que podemos hacer”.

-¿Por qué el PSOE no ha presentado la moción de censura que se presentía, ni la que ahora le reclaman otras fuerzas por dignidad?

“La dignidad del PSOE se ha visto en la gestión en el Gobierno canario de la vicepresidenta y los consejeros socialistas, que ha sido de altura, lo mejor del Gobierno canario, sin lugar a dudas. Ahora veremos cuáles son las decisiones que hay que tomar”.

-En Asturias, Javier Fernández (PSOE) salva los presupuestos autonómicos de 2017 gracias al PP. ¿Qué diferencias hay entre Canarias y Asturias

“Se trata de una circunstancia específica de Asturias. Son personas y situaciones distintas que en Canarias”.

-¿En verdad, el PSOE tiene claro su voto para los Presupuestos de Rajoy?

“Muy claro. No los vamos a apoyar”.

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Gorbachov, entrevista en La Mareta

Carmelo Rivero

De pronto, a última hora de la tarde, se abrió una puerta lateral de La Mareta y Mijaíl Gorbachov y su esposa, Raísa, salieron, informales, a dar un paseo, rompiendo su retiro en la residencia. Gorbachov escribía sus memorias en Lanzarote, en las primeras vacaciones en el extranjero de toda su vida, en compañía de la exprimera dama soviética, que iba a morir de leucemia siete años más tarde. Con las secuelas aún recientes del golpe de Estado que sufriera un año antes, me encontré de frente a un Gorbachov deportivo, en mangas de camisa y con zapatillas de deporte, pantalón corto y una gorra con la que se cubría la célebre mancha de vino en su frente. A paso ligero, caminamos, a su zaga, ocho kilómetros en hora y media.

Ya no era el presidente de la URSS. Ni su país existía, siquiera. El propio Gorbachov había tirado la toalla el 25 de diciembre de 1991-hizo ayer 25 años- y anunciado en el Kremlin la disolución de la Unión Soviética. Como Suárez, se marchó, pero había derribado una dictadura para dejar pasar a la democracia. Era un hombre de dos palabras: perestroika y glásnost. Con la primera había pretendido reconstruir un imperio que apenas crecía al 2,8% (tras décadas de oro, en los 40, 50 y 60). Con la segunda instauró la transparencia. Yo lo conocí de cerca, lo conocí caminando, y un día me dio un abrazo delante de todo el mundo y me puse colorado. También me sonrojaban las zancadillas que se daban Agustín Torres y Dimas Martín, los reyezuelos de la isla, disputándose el agasajo del anfitrión. Se llevó un timple de recuerdo.
Era buen marchador que nos dejaba exhaustos a todos, a los escoltas, a su amigo e intérprete Wladimir Persov y a los escasos periodistas que cortejábamos la ilusión de que nos concediera una entrevista. Teresa Cárdenes, Rafa Avero y yo no cejábamos en nuestro empeño. Raísa -aficionada a los pantalones elásticos y las pamelas- mantenía el ritmo. Tal para cual, del Kremlin a Teguise.

Ahora que estoy a punto de cumplir esa edad, recuerdo decir de Gorbachov que no parecía tener 60 años. A Persov le caíamos bien. Nos deslizaba algunas pistas sobre el destronado amo de una de las dos potencias del planeta. “Esto es lo que más le gusta hacer: caminar. Y nadar”. Gorbachov no hablaba español ni inglés, pero aprendió pronto una palabra que nos decía con don de mando: “Adelante”. Raísa aprendió otra: “Gracias”. Vi filmando a los turistas vídeos del matrimonio del siglo chupándose los dedos por el documento. Entonces, aún no conocíamos Internet.

Concentrado en avanzar, lo distraían los volcanes y le hacía comentarios a Raísa y Persov. La primera vez se detuvo solo para quitarse una piedra de la zapatilla. Raísa jugaba con sus manos para sujetarse el sombrero de paja de las embestidas del viento conejero, al hacerse una foto con un ciclista que lucía el torso desnudo sin camiseta. El fotógrafo era el médico Igori Borisov, que los acompañó en el viaje.

Era agosto de 1992. Nadaron felices a orillas de La Mareta y cantaban de noche a la guitarra. Caminar se convirtió para nosotros en una rutina. Todos los días durante más de quince a la misma hora. Él siempre comprobaba en los carteles el cambio de divisas del día.

Al cabo de una semana y media, el matrimonio decidió ir de compras a Arrecife. Seguidos por la multitud, paralizaron la calle Real. Había rebajas, y Raísa compró cuatro pantalones elásticos, dos pares de zapatos del 37, una camisa negra, piezas de lencería fina, juguetes, golosinas y pañales para los nietos y hasta bastoncillos de algodón para los oídos. Gorbachov la secundaba, sin mostrar interés por nada en concreto. Le pregunté a Wladimir: se gastaron 35.000 pesetas. Los dueños de un comercio les regalaron un monedero de piel.

Hacíamos méritos a pie, mientras en La Mareta montaban guardia numerosos enviados especiales. Todos queríamos una entrevista exclusiva con el último presidente de la URSS. Yo había tenido un arrebato de osadía cuando Gorbachov aterrizó en Guacimeta: le entregué una tarjeta con la solicitud en ruso para El País. Wladimir siempre me daba esperanzas. Y largas.

Hasta que llegó el día. El intérprete exmilitar me llamó al final de la caminata: “Mijaíl Serguéievich te recibe mañana en La Mareta”. La misma nube de periodistas nos abrió paso cuando nuestro coche atravesó el portalón, y Gorbachov y Raísa nos recibieron a Lucas Fernández, Martín Rivero y a mí. Tomamos café, y yo no me lo creía, como en el comedor de su casa. Raísa, que había conquistado con su estilo a Occidente, sentada en un sofá intervenía a menudo. Eran uña y carne. Los dos salieron, un año antes, de su dacha crimeana

-donde los golpistas los mantuvieron secuestrados en agosto de 1991- con signos de devastación personal, y, aunque Gorbachov retuvo aún cuatro meses el poder asumido en 1985, se dio por vencido el 25 de diciembre de hace 25 años y proclamó el final de la URSS y de su carrera política. Su principal verdugo había sido Boris Yeltsin. Cuando sonó este nombre en la entrevista, Raísa no se contuvo y pareció reprocharle a su marido cierta permisividad con el presidente de la Federación Rusa.
Era el 1 de septiembre de 1992. “Es la primera vez que nos bañamos en el Atlántico”, nos dijo Gorbachov en mangas de camisa con el mar a su espalda. La conversación duró una hora. “Estamos descansando sin que el dolor de Rusia se separe de nosotros”.

“He pensado en los problemas del mundo y tengo que decir que en Lanzarote me han surgido nuevas esperanzas. Veo desde aquí a mi país y a Europa muy próximos. Pienso que la tarea de los políticos es no sembrar dudas. La política tiene que ser dinámica, no puede quedarse en palabras. Hay que promover nuevas organizaciones capaces de actuar. Soy partidario de que se cree un Consejo de Seguridad Europeo. Los alemanes y los franceses apoyan esta idea. Tengo la sensación de que estamos perdiendo el tiempo”.

El Premio Nobel de la Paz (desde dos años antes) admiraba a España. “Pertenezco a una generación que desde niño estuvo muy ligada a España, que vivió el drama de la guerra civil. Los soviéticos acogimos a los españoles con muchas simpatías. Y eso queda grabado y se siente hasta hoy día. Incluso, durante el franquismo, ese sentimiento mutuo existía, aunque no tuviéramos relaciones. España ha dado un ejemplo único de transición del totalitarismo a la democracia. Su incorporación a la Comunidad Europea tiene una gran importancia, porque puede hacer una especial aportación a la civilización mundial”. Hablaba de “mi amigo Felipe González” y del “potencial del rey Juan Carlos”.

Nos contó su versión del golpe: “El 18 de agosto, yo, como presidente, rechacé el ultimátum de los golpistas. Era un intento de fuerzas reaccionarias para detener el proceso de la perestroika. El golpe hizo fracasar la firma del Tratado de la Unión. Después se ha producido lo que yo llamo un zigzag. Estos días he sacado algunas conclusiones. Yeltsin se ha equivocado en el ritmo de las transformaciones. La economía en Rusia está al borde de la catástrofe. Si no actúa pronto, puede verse obligado a dimitir. Si tiene la valentía de abrazar la nueva política, quizá no esté todo perdido. Yo soy el primer interesado en que las reformas no fracasen”.
Estaba escribiendo “lo que ha pasado en nuestro país y lo que ha pasado conmigo; será mi punto de vista sobre los motivos de mi conducta, lo que me llevó a desarrollar la perestroika”. Luego bromeó: “Sé que existe el peligro de toda autobiografía: la de querer presentarse uno mismo de color de rosa; no caeré en esa tentación”.
A Gorbachov lo llamaban Gorby. “Todo comenzó con la aparición de mi libro sobre la perestroika. La gente en todos los países del mundo se identificaron con mi idea para garantizar la seguridad ante la amenaza nuclear. Acepto que me llamen así, porque es la forma que tiene el pueblo de decirme que está de acuerdo conmigo. La gente siente que o sobrevivimos juntos todos o va a pasar algo tremendo. Ese es mi pensamiento. Faltaba un dirigente que lo dijera”.

Después de haber sido el personaje clave en la distensión, el desarme, la caída del muro de Berlín, la reunificación alemana y la democratización del Este, lo apreciábamos más en el exterior que en su país: “Hasta el año 90 la mayoría de los soviéticos apoyaba mi línea. Cuando la reforma afectó a los poderes fácticos comenzaron las críticas. Tras un año sin Gorbachov la situación ha ido a peor”. Se consolaba con las cartas que recibía: “De unas 14.000, el 60% me dan su apoyo”. La última pregunta que le hicimos y su respuesta fueron estas: ¿Es consciente de haber sido el hombre que cambió el rumbo de la historia? “Sí, lo soy”.

Encuentro en Lanzarote con la pareja que gobernó medio mundo

El encuentro en Lanzarote con Mijaíl y Raísa Gorbachov, el matrimonio del siglo en un mundo que había estado dividido en dos bloques tras la II Guerra Mundial, fue distendido y entrañable. El último presidente de la URSS nos recibió a Lucas Fernández, Martín y a mí en La Mareta, el palacete de los reyes en Teguise (Lanzarote), en septiembre de 1992, un año después de sufrir el golpe de Estado de los últimos comunistas recalcitrantes, que no evitó la demolición de la URSS, hace ahora 25 años. Raísa murió de leucemia en 1999. Gorbachov vive, con 84 años.

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