Opinión

Pactos: la ceremonia de la confusión

La décima legislatura trae viento de cola: habrá cambio. Desde la noche más larga que se recuerda en una jornada electoral, este superdomingo portó en la mochila -pieza inevitable de la iconografía del último gobierno- la hipotenusa del cambio, que es el lado opuesto al ángulo desde el que se han proyectado los distintos gobiernos en los últimos 26 años. La puesta en escena de estos días de pactos será diferente a la de los dos meses de campaña que venimos de sufrir. Estos son los días de la ceremonia de la confusión. CC, curtida en maniobras disuasorias, hará toda clase de fintas, fingirá acuerdos fraudulentos y fungirá de mayorías consumadas para desanimar a Ángel Víctor Torres, que es el que tiene la sartén por el mango.

El cambio no es una entelequia. Como venimos narrando en las páginas de DIARIO DE AVISOS desde hace no menos de tres años, el cambio es una manifestación natural del grado de descomposición al que ha llegado la dinastía de CC. Es una consecuencia lógica e inevitable. La última gota del vaso fue el domingo 26 de mayo, y así quedará escrito para la crónica de esta legislatura, que se cimentará en una de las opciones depositadas sobre la mesa, pero los tiempos en que la argucia de perdedores se sacaba los gobiernos de la chistera han pasado a mejor vida. En las olas socialistas del 83 y 2007, Saavedra y Juan Fernando López Aguilar corrieron distinta suerte. El primero empezó gobernando en minoría, y con un pacto de progreso a mitad de mandato. López Aguilar chocó con la complicidad, cuando todavía eran confiables, de CC y PP. Pero las confianzas se han roto definitivamente entre coalicioneros y populares como entre socialistas y CC, que los expulsaron en diciembre de 2016. En las filas del Partido Popular han visto claramente las orejas al lobo: Coalición se apodera de los votos que se le fugan, y de ahí este repunte del domingo, que maquilla el fin de ciclo del cuarto de siglo de gobiernos coalicioneros. De otra parte, por más que Ana Oramas y Guadalupe González Taño se dejen ver en las cábalas de la investidura de Sánchez, la hipótesis clásica de ligar lo uno a lo otro, la patita en Madrid con el gobierno en Canarias, es una visión agotada de política vintage. Ya no cuelan chantajes de ese pelaje cuando PP y Ciudadanos, rebasado el atracón electoral, hablan de borrar líneas rojas y cordones sanitarios con el PSOE, y a poco que avancen los días -será en julio la coronación de Sánchez presidente- no me extrañaría una abstención holgada que libere de ataduras soberanistas al candidato del PSOE. Lo de Canarias es más sencillo, por más que reitero que nos adentramos en la ceremonia de la confusión de los pactos. Un partido ha ganado de calle y tiene el derecho a tomar la iniciativa y elegir con quién gobierna: si con la izquierda, sin con la derecha o si en minoría.

El PP se deja querer para el pacto de Mazo,porque se sabe necesario en el Cabildo de La Palma y en las principales instituciones de Tenerife. Y porque la suma da: 36. Pero el cambio prometido era de progreso, y de ahí que Torres no descarte la alianza con Román Rodríguez, Noemí Santana y Casimiro Curbelo. Que nadie deseche una fórmula a dos PSOE-Ciudadanos con Vidina Espino de vicepresidenta y apoyos externos de la izquierda. Ya dijo Rivera que Cs quiere reencontrarse con el centro, y para eso necesita pactar con el PSOE. Amén.

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El día ‘del revés’

El paso del Rubicón es hoy. Así que la suerte está echada. ¿Para qué sirven las elecciones, la democracia, los periódicos…? Veamos esto último. Políticamente, es un secreto a voces la importancia que en las Islas se le concede a una cabecera de periódico, y no es cuestión ahora de ponernos a discutir sobre el valor geoestratégico que -valga esta hipérbole- otorga el poder al control de los medios. En la eterna lucha de poderes, esta es una de las contiendas clásicas, y a menudo la prensa acaba sometiéndose al poder. Pero no siempre, y no toda la prensa. De ahí la pregunta, que encubre una consideración emancipatoria. Gobernar sin periódicos resulta, por lo visto, arriesgado, si no se profesa una fe arraigada en la democracia y sus valores y equilibrios. Y nos hemos olvidado de que la verdadera importancia de los periódicos sigue siendo la única que, en esencia, tienen y deberían tener: su importancia social.

Esta es una cuestión central que nos atañe a quienes trabajamos en periódicos, pero que en la crisis del oficio es un asunto que subyace en las conversaciones y contactos entre empresarios y políticos. Y es parte, no menor, de lo que se cuece hoy en esta especie de plebiscito. Si hay cambio político en Canarias este domingo no será mérito y obra de un periódico, de este ni de ningún otro. Y si no lo hay será responsabilidad exclusiva de los partidos y sus dirigentes. Y de nadie más. Cualquier observador imparcial de la necrofagia política insular intervendría en el debate con el diagnóstico empleado a menudo respecto a situaciones externas de descomposición y finamiento. Las apariencias no engañan. En Canarias el modelo está agotado. Y aquí entra a desempeñar su papel todo periodico que se precie en un momento crucial. Cabe mirar para otro lado o revelar los hechos tal cual son. Estamos donde siempre, en esa disyuntiva.

Una de tantas campañas solidarias de rebeldía ha propuesto el 24 de mayo ponerse “del revés” por un día -llevar una prenda así adrede o dar la vuelta a la foto de perfil en las redes sociales- para cambiar el mundo.

¿Qué ha de hacer un periódico en mitad de una transformación social? La información es el nervio; el motor del cambio es la ciudadanía que acude a votar. Los partidos son los protagonistas del hecho histórico de cada mutación del gobierno. En ocasiones, emergen las fuerzas de un cambio, de abajo arriba, y son periódicos, cada equis años y se producen en tiempo y forma cuando corresponde. ¿Es hoy la hora del cambio en Canarias? Solo lo saben las urnas, pero hoy se inicia sin duda un proceso que tiene que ver con un cambio histórico. Nada ya será igual, más allá de mañana. Habrá quienes cambien de barco y quienes resistan numantinamente, y quienes entren por primera vez en acción. Pero el cambio es irreversible, la sociedad se dispone a salir adelante sin pérdida de tiempo. ¿Quedarán extinguidos los hábitos políticos del auge del fulanismo heredado desde la Primera Restauración que ha hecho tanto daño al modelo de partidos integrales -e íntegros- primando las camarillas y nichos clientelares, lobos y lobbies que maniobran en la sombra y urden pactos al margen del interés general? Conviene al buen fin de todo cambio. Llegados a ciertos límites, lo siguiente si no se actúa con reflejos y generosidad es la cólera, los endriagos, el cisma social. Nada será de la noche a la mañana, pero será. Nunca antes hubo tales pulsaciones en la calle, ni tal consenso al respecto en los distintos debates celebrados en esta campaña electoral. Venimos de un ciclo largo de poder y vamos hacia un nuevo siglo con el poder de los votos y la confluencia de viejos y nuevos actores obligados a cruzar el mítico riachuelo en mitad de las aguas turbulentas.

El atasco metafórico de nuestras carreteras, puesto de relieve estos días, ilustra un estado de cosas que aboca al cambio. Como en el cuento de Cortázar La autopista del sur, sobre un embotellamiento crónico, la imagen de la Isla al cabo de decenios de desidia en carreteras y tráfico es esa, la de un colapso exasperante. Y esa sensación de colapso se proyecta de carreteras a hospitales y de listas de espera a las colas del paro. El colapso es neurálgico, paraliza todo el sistema social.

¿Para qué sirven los periódicos? Airear los problemas de la gente resulta revolucionario allí donde impera cierta capa de silencio. No es la letanía de un periódico revirado que mete el dedo en las llagas del poder. Todas las medallas que no cuelgan de la pechera de un Gobierno son los trofeos caídos de una mala gestión. Y no es el derecho, sino el deber de un periódico cabal airear los trapos sucios en la función de contrapoder que indaga en la etiología de los escándalos de corrupción. “En momentos de crisis política, los medios independientes tienen más autoridad moral para investigar”, afirma en las páginas siguientes Bob Woodward, que asoma hoy a DIARIO DE AVISOS porque hoy es hoy.

¿Para qué sirven los periódicos? Para informar sobre las deformidades del sistema público que provocan graves desigualdades y exigen rápidas medidas resolutivas o son caldo de cultivo de detonaciones sociales fuera de control. Las Islas no están a salvo de polvorines que cobraron cuerpo en España y Europa de la noche a la mañana, algunos muy recientes. El cambio es una cuestión preventiva de primera necesidad, habida cuentas los índices que afean la tarjeta de presentación de nuestra comunidad autónoma en los rankings del Estado.

Cubrimos la protesta de Añaza con éxito, y ahora hacemos lo mismo con los inquilinos de Visocan y los de las casas con aluminosis en Las Chumberas y otras urbanizaciones. Sirve, y tanto que sirve, un periódico para evitar desahucios de familias con menores de edad o para encender las alarmas de las saturaciones hospitalarias y presionar a las autoridades para que costeen los tratamientos de los niños con fibrosis quística que viven al borde de la asfixia. Los periódicos no pueden quedarse de brazos cruzados mientras se caen las piezas del puzle a su alrededor. El poder es un castillo de naipes.

Es cierto, como decía Borges, que hay un “olor del café y de los periodicos, el domingo y su tedio”. Tal día como hoy. ¿Para qué sirve la poesía?, le preguntaron al argentino y respondió: “¿Para qué sirve un amanecer? ¿Para qué sirven las caricias? ¿Para qué sirve el olor del café? La poesía sirve para el placer, para la emoción, para vivir”. ¿Para qué sirven los periódicos? Para contar las cosas que no funcionan y cambiarlas del revés.

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CC y el trono de hierro

Con la expectación del final de Juego de tronos iniciamos la cuenta atrás del superdomingo, en cuya madrugada -sucedía así en los estrenos de las entregas de HBO- desvelaremos el desenlace de la intriga. Tal como antecede todo en el entramado, en la trama y en el trauma de Clavijo al frente de los siete reinos de taifas -ahora ocho con La Graciosa en el nuevo Estatuto-, cuesta hacer especulaciones sobre cómo concluye la historia. Más de una encuesta, a modo de spoiler, ha tratado de adelantar los acontecimientos, pero, en verdad, estos trackings del 26-M no compiten con los del 28-A, que, en líneas generales, la clavaron. Dirán en CC: menos con Ana Oramas.

Y no les faltará razón. La dupla de CC la noche de marras es el milagro al que se aferran en Coalición, más algún rumboso sondeo, para disfrazar la desazón por un final adverso en este juego de tronos tras 26 años de monarquía absoluta. ¿Será extrapolable la varita mágica de Harry Potter de la noche del 28 de abril a esta otra noche del 26 de mayo donde se juegan el trono en Coalición? Ni va a ser tan fácil ni caben tales paralelismos. En las generales, a CC -abstraída de todo asomo de nacionalismo en aras de españolizar el discurso para sisarle los votos a la derecha- le convenía el hundimiento del PP. Cuanto peor le fuera a Casado, mejor le iría a Ana Oramas, que estaba KO en las encuestas: los votos que desistían de ir al PP eran candidatos, cual tavíos, de engrosar la buchaca de CC. Pero este domingo los cálculos interesados se alteran, tienen otra lógica, y hasta diría que es una lógica paradójica en el estrecho margen de un mes.

Pues para salvar alcaldías como la de Santa Cruz en Tenerife, CC necesita en este último domingo de mayo, como agua de ídem, que al PP no le vaya tan mal. Solo sumando los dos, CC podrá renovar en la capital, su feudo y termómetro, y otro tanto sucedería en el Cabildo. El factor que distorsiona los beneficios, en unas y otras elecciones, de la derechización de CC es de consumo doméstico, propio de comicios locales, donde los pactos son más importantes que las mayorías. No así en las Cortes -que hoy se constituyen por decimotercera vez- para los partidos periféricos, dado que a estos les basta con ganar el escaño y la soldada. Su éxito es conseguir butaca para la función, y en contadas ocasiones hacer presidente a un candidato lanzándole el salvavidas: Mardones, Quevedo…

Esa es la contradicción que embarga a CC en estas elecciones para salvar el trono: le conviene pescar en el caladero de Asier, pero haría mal negocio si se pasa de frenada y luego no dan las cuentas. Cité antes el factor que explica esta pescadilla que se muerde la cola. Pongámosle nombre.

A CC y PP les va tanto la vida en sumar, porque a Ciudadanos no le interesa embarcarse en ese pacto de derechas. Cs es un pasajero, no un polizón, dicen los naranjas sobre un hipotético viaje a bordo de las derechas canarias. Esto es Andalucía al revés, proclaman, porque el partido sempiterno es CC y la alternativa es el PSOE. A Cs lo que le interesa -arguyen- es alistarse con el cambio, coger la vicepresidencia y Turismo y dar un aviso a España y al PP. Cs tendría en las Islas el laboratorio de centro-izquierda con el PSOE que necesita para recobrar el espacio que perdió por culpa del síndrome de Vox. El domingo sabremos si, como en la saga, esta es la última temporada y el trono de hierro ya tiene inquilino.

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El ‘no procés’ de CC

El próximo domingo no todos los partidos correrán la misma suerte. Y uno, en particular, se jugará la baza de su destino. Al cabo de décadas de hegemonía, Coalición Canaria, convertida en una máquina engrasada de poder, se ha mimetizado con todas las instancias de la Administración a su alcance, desde los ayuntamientos a la autonomía y los escaños de Madrid (en tiempos, también de Europa), y ya se le hace impensable verse apeada del árbol institucional. Porque “el poder desgasta sobre todo cuando no se tiene” (Giulio Andreotti), le da vértigo, con razón, que, después de tantos años, pueda quedar fuera de la foto y la oposición la fagocite si no ata en corto a los genes insumisos de lo que no deja de ser una liga de partidos. Se dirime el próximo domingo si Coalición es una pausa larga entre dos gobiernos socialistas, el de Jerónimo Saavedra en 1983 y el hipotético ejecutivo de Ángel Víctor Torres en la décima legislatura que arrancará tras el escrutinio del día 26. Entre uno y otro distan 36 años de historia de la autonomía, que se celebran el 30 de este mes, en el Día de Canarias.

Pero también suceder que no se trate de un punto y aparte, sino de un punto y seguido, tanto si el PSOE y CC repiten el abrazo del oso del 91 y el 2015, como si PP y Ciudadanos conciertan y aúnan sus fuerzas para sostener a CC a modo de red. Son unas elecciones con un pie en el abismo. No cabe mayor emoción dentro de siete días.

Es lo que tiene haber nacido y permanecido como un partido con mando en plaza; que ahora el temor es que cunda el pánico y estalle la deserción. Hasta ahora, a CC los alisios de las urnas le han sido propicios y con viento de cola siempre ha levantado vuelo. Haber sorteado las mayorías aplastantes de Saavedra y López Aguilar casi la ha mitificado como un partido irremovible. No le puede extrañar a CC esta ordalía: es de nuevo la prueba de las urnas. Estas son las Islas de los Pactos, un laboratorio de ensayos sin rival, y la mayor tentación vuelve a ser el asalto a las murallas de CC. No existe en política otra máxima que esa, la sucesión en el poder. Y Canarias, además, es una de las andalucías más apetecibles en el mapa político español del 26-M. Será una batalla apasionante de los viejos equilibrios contra el nuevo orden desconocido de un sistema electoral renovado, y, a su vez, una oportunidad inédita para colocar a cada uno en su sitio, cuando se pongan las cartas boca arriba y cada cual se retrate en el pacto resultante.

Nada conviene más, para elevar el suspense de esta cita electoral, que detenerse en la figura de Ana Oramas. El suyo ha sido el papel secular de esos canarios influyentes en la Corte historiados por Alfonso Soriano, aquellos que familias poderosas luchaban por tener en Palacio en Madrid desde Carlos V. La recurrente historia. Ana Oramas se ha movido en el Congreso con ardor guerrero y fue clave para sostener a Clavijo, el gran funámbulo de esta legislatura, en la etapa final de Rajoy. Oramas, redoblando las espuelas, es única. En su partido la temen y respetan. Y tiene planes para Canarias; no fechen aún su jubilación. Pero Sánchez trajo malas noticias para el statu quo de CC y, a su paso por Ofra, en la portada de DIARIO DE AVISOS alza la mano como quien saluda: “¡Hasta pronto”, pero en realidad dice adiós a CC, con las vallas rotuladas a su espalda con un lema, “Paga lo que debes”, que en el PSOE atribuyen a lo escribas de Clavijo por el uso de los mismos de los eslóganes.

Oramas es la metáfora del clavo ardiendo que resucita los ánimos de su partido como una hada providencial. Oramas improvisó con ingenio un nuevo perfil profesiográfico de CC para el 28-A y fue un reservorio de urgencia para el voto decepcionado de la derecha española obsesionada con Vox. Aquella campaña era la del desgaste de CC, asociado a los atascos y listas de espera y la desventura de Clavijo imputado en el caso Grúas, pero dicen en fútbol que gana el que mejor lee el partido. Y a Oramas le sonrió el resultado. Hay quien atribuye el mérito a la casualidad, como en la flauta de la fábula de Iriarte, pero lo cierto es que recibió los votos que no fueron al PP. Ya siendo célebre su desapego nacionalista, esta vez en campaña la inercia política española, incluso españolista, la fue decantando hacia el origen fundacional de Coalición que no es otro que una UCD regionalista cuyo aroma nacionalista se ha ido desvaneciendo, como si CC perdiera lastre por el camino, hasta resumirse en siglas y nomenclatura con el perfume, eso sí, del poder. CC ha vuelto a sus orígenes, a la UCD de los 70-80, sin las reminicencias del caldo de cultivo que dejó en herencia la UPC después de obtener un puñado de concejales en Santa Cruz y la alcaldía de Las Palmas de Gran Canaria en 1979, y más tarde desaparecer.

Lo novedoso del momento político que vivimos es que ahora el nacionalismo ha entrado en descrédito en España con la deriva del procés catalán y la irrupción del populismo en Europa. Y cada vez los viejos nacionalistas (incluyamos por deferencia a CC entre ellos) evitan comparaciones con el nuevo auge populista. Ser nacionalista y populista en Europa es ser fascista, congénere de Salvini en Italia, de Le Pen en Francia o de Wilders en Holanda; en fin, es sumarse a la cumbre de Milán de ayer. Y lo que no es menor estigma, es asemejarse a Puigdemont en Cataluña exiliado grotescamente en Waterloo. Queda en pie el partido liberal y conservador, todo lo más, regionalista. Es una legítima acampada de CC en el espacio en disputa del centro-derecha canario, después de una rápida evolución desde un nacionalismo introvertido, sobre el que Hannah Arendt alertaba de su posible virulencia con el otro, que es el inmigrante y el extraño. Este viaje de CC a la derecha regionalista forma parte de las demás trashumancias en la política española. Se le dio bien hace un mes, una vez licuado convenientemente el nacionalismo residual, y es lo que le da esperanza para este domingo, en liza con PP y Ciudadanos (y, por qué no, Vox). Debaten en ese frente, de nacionalismo no se habla. Las trifulcas de CC con Madrid son porfías de cajero, el debe y el haber, riñas a la hora de pagar la cuenta. Es la economía, estúpido. No el nacionalismo. No es Estatuto, autogobierno, cultura e identidad, porque suena a procés y hora se pesca en un caladero de derechas donde no se quiere ni oír mencionar a Cataluña.

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El efecto Rubalcaba

Principio y fin. La estela de Rubalcaba, su estilo y su estilete han agitado, de pronto, la campaña electoral sin proponerse tal cosa, y ya desde tan lejos de la política, desde el aula y el lecho de muerte. Tiene que morirse alguien respetado que tuvo sentido de Estado, santo y seña y contribuyó a acabar con ETA, que se dice pronto con esta pereza de demócratas acomodados sin ríos de sangre, para sacudirnos la cabeza con su infarto cerebral y ponernos el reloj y la conciencia en hora. Muere Rubalcaba y es un velatorio de líderes -afines o rivales- que no se llevan y se han dicho de todo, y es un alto en el camino entre dos elecciones a cara de perro, y todos regresan a la realidad, se bajan de la nube, y aterrizan delante de un ataúd que les interpela. Del 28-A al 26-M se ha abierto un túnel y nos encontramos entrampados en su caja de resonancia, pero se ha armado tal ruido que no se distingue lo que dicen unos y otros, ante la incapacidad de hacerse escuchar. Lo que ha hecho Rubalcaba es morirse dando un puñetazo en la mesa al borde de algunas indecencias y muestras de ignorancia, y se ha producido por un instante un minuto de silencio, tiempo suficiente para oír algo con claridad. Oírle decir lo que dijo en la plena experiencia de los años de plomo con problemas de calado, cuando la democracia se debatía también entre la vida y la muerte. Porque llevamos demasiado tiempo en la confortable democracia libre de golpes de Estado y de Etas, hasta resucitar con indolencia algunos problemas viejos de nuevos ricos sin dictadura, como la recidiva de Cataluña, que decía Rubalcaba que era una enfermedad con 200 años y había razones objetivas para saldarla.

Es tal la ebullición de las ingeniosas reflexiones de Rubalcaba que en la capilla ardiente del Congreso parecían brotar del mismo féretro en que reposaban sus restos, incluida la ironía de que “en España enterramos muy bien”, dicha con la sorna que le recuerda Jerónimo Saavedra, compañero de partido y Gobierno. Porque Rubalcaba, como Churchill, distinguía entre el adversario enfrente y el enemigo en sus propias filas. Dejó, entre frase y frase, algunos consejos de manual para el tiempo necesario que se avecina al final de esta galería ensordecedora de bulla electoralista. Semejante disuelve a semejante, razonó con criterios químicos, y por eso sugería que los pactos se hicieran entre partidos complementarios, no por inercia de la misma ideología.
Esta vez, el efecto Rubalcaba va a tener algo que ver con lo que pase el 26 de madrugada durante el escrutinio titánico de las cinco urnas. Algunos dijeron en el salón de los Pasos Perdidos, junto al hemiciclo, ante la continua llegada de coronas de flores y de miles de personas a despedir al finado, que la política ignora lo que la vida importa hasta que muere alguien y cesan los insultos. Las personas, las cosas y hasta las ideas se mueren si son inútiles, inservibles para los demás. Solo subsisten aquellos y aquello que tienen verdadera trascendencia y verdadero interés para la gente común. Por eso el día que murió Rubalcaba, este viernes, y ya desde la víspera en que se temía inevitable el desenlace, se movieron los cimientos de la manoteada democracia y, como en aquelarre, sobrevolaron la campaña los principios, las lecciones y el bagaje del hombre de Estado que tenía los reflejos de un rayo y había medido sus fuerzas con enemigos de verdad con las pistolas cargadas que sembraban de cadáveres los días cotidianos. El Congreso es como la tabla periódica, decía Rubalcaba, que había sido un joven velocista y se tomó la política como un alquimista siendo un químico raudo en la trastienda del poder. Ahora todos entonan a coro que hacen falta rubalcabas, y es que se ha deforestado la política de políticos de Estado, y eso no se improvisa, entre tanto alevinato, badulaque y bisoñés.

La muerte pone a cada uno en su sitio cuando velan al difunto y disimulan mal desviando la atención del muerto que les convoca, para marcharse con el rabo entre las piernas marcados por el miedo de que la escabechina es real. Cuando llegues a los 60 recordarás todos los días, al mirarte al espejo, que te vas a morir, me dijeron. Y un día saldrán las cuentas. Pero no lo olvides, de nada vale. Solo tenlo presente para lo que importa, que es vivir y hacerlo intensamente.

Vienen las dos semanas gemelas. El túnel que atravesamos se las trae. Estamos seguros de que habrá luz al final, en el que ya vuelven a llamar superdomingo. Pero tiene este 26-M un halo especial a mortaja y corona, sin que haya reinos en juego ni más óbitos que se sepa. Determinados hechos recientes con nombres y apellidos que simbolizan una época entera en nuestra sociedad insular, como suele ocurrir en cada tiempo, tienen la culpa de que el ambiente de esta elecciones esté impregnado de esa atmósfera de acabamiento y conclusión. Las cosas son como son y como vienen dadas. Hay prepartidos eufóricos, donde decía Helenio Herrera, el Mago, que se ganaba sin bajar del autocar. Y otros, con la sensación contraria. La victoria de Pedro Sánchez el pasado 28-A fue refutada como inconcebible después del fango catalán, el colágeno de Podemos y las encuestas de Tezanos. Daba risa el CIS. Y la plaza de Colón despejó las dudas. Hay elecciones cantadas. Sánchez hizo bueno a Helenio Herrera y ahora todos vuelven al redil, juegan en el centro en la política española que acaba de despedir a Rubalcaba y lo hace suyo, como antes pasó con otros nobles cadáveres, como Suárez, Manuel Marín o Carme Chacón, más recientemente.

La política canaria se sobrevive bien con andreottis longevos en los distintos partidos. De tal suerte que lo que expira y decae no son las personas, en su buena o mala salud de hierro, sino los sistemas de gobiernos que hemos vivido en 35 años, que son, en definitiva, los de nuestra juventud, adolescencia e incipiente vejez. Lo que anidó un día y ha caducado por propia decadencia. Lo que vimos nacer con nuestros ojos allá por los años 80 y al cabo de estas tres décadas y media colegimos que ha periclitado, e, incluso, que nos convendría a todos -a nosotros y a ellos- que se deje que las cosas sucedan, que se sucedan los unos a los otros, y vengan tiempos nuevos y acaso mejores.

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El voto, El Hierro, el volcán

Aquí, a tres semanas de que el volcán entre en erupción y, o bien todo salte por los aires o se produzca una explosión controlada, incluso, sin efectos visibles, como el famoso Tagoro recóndito de El Hierro, la realidad es que crece la expectación, la incertidumbre aumenta y domina la inquietud. Las elecciones del domingo 26-M ya tienen los seísmos en la antesala tocando a la puerta antes de que el escrutinio impacte de un modo definitivo e irreversible. Tras el enjambre de ayer entre Tenerie y Gran Canaria hubo un terremoto sentido de 3,7 grados en la escala de Richter, precisamente, en las tripas de El Hierro, la isla laboratorio de las energías renovables, de Gorona del Viento, del volcán submarino y de Tomás Padrón, que en su día era una cosa y la otra, la cara del talante de la biodiversidad pionera de Europa y de la rebeldía volcánica de una isla indócil e inconformista.

Las paradojas de la política han hecho que mientras el volcán se desataba, los nuevos líderes y cargos públicos de la Agrupación Herreña Independiente (AHI) se amansaban, acólitos disciplinados de la hegemónica CC, y ahora hay movimientos telúricos en la indómita AHI, que recuerda con nostalgia los redaños de Tomás Padrón pero sin Tomás Padrón, ya retirado del campo de batalla y olvidado con la alevosía edípica de matar al padre, que hace estragos en política desde Sófocles y Freud.

En las calles de El Hierro se debate de política en la antesala electoral en un sentido metáforico como si fueran las calles de Canarias. Hay un rechazo hacia el dirigente acomodado en El Hierro y en Canarias, porque si algo incomoda al votante común es que le tomen el pelo regalándole los oídos -como en esta precampaña de vendemotos con tufo a taumaturgia de baja estofa- para coger el poder y si te vi no te conocí hasta la próxima componenda electoral. Es la primera gran sacudida a bordo de CC. Los presidentes de los comités locales de AHI le piden a la presidenta Belén Alllende que dé un paso al costado por el bien del partido y renuncie a la doble candidatura cabildo-parlamentaria. En DIARIO DE AVISOS hemos sido premonitorios con aquella portada que recordaba el acuerdo asambleario incumplido por el aparato de AHI de revisar el contrato con CC. Se hizo caso omiso, se hicieron las listas y se hizo el vacío el 28-A, perdiendo, después de 30 años, el senador vitalicio.

Las calderas están al rojo vivo. Los días que restan para las elecciones acrecientan el malestar consecuente de la calle. Y el 26 será el plebiscito de un partido clave en la evolución del nacionalismo canario en los últimos cuarenta años. La grandeza del pequeño partido bimbache de Tomás Padrón radicaba en la eficacia del mito manido de David contra Goliat, donde el gigante filisteo unas veces se llamaba Estado y otras veces centralismo chicharrero-canarión.

Los tiempos cambian, y cada fenómeno tiene su propia simbología profética. No es casual que en la renuente ordalía herreña del 26-M esté en juego, a la vez, la continuidad o declinación de la marca matriz, la propia CC, en lo que ya constituye, sin lugar a dudas, la gran prueba del volcán que llevamos dentro cada canario, también cuando llega la hora de votar.

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Maduro en una botella de escorpiones

Venezuela es uno de los países más ricos del mundo. En su haber están los recursos naturales, las minas, el oro inagotable, el petróleo, los diamantes, el ya mítico coltán, la tierra fértil y la prodigiosa belleza de sus paisajes. Pero es la antropofagia política la que la empobrece y arruina, y la que esquilma sus tesoros con una querencia por el despilfarro y la rapiña que contagia a partidos y líderes de derecha y de izquierda en la gran cornucopia de la corrupción. Con eso no contaba Humboldt, que tras la escala en Tenerife, desembarca en Cumaná y queda eclipsado como un beato ante la aparición fulminante de la selva tropical. Cuando Hugo Chávez se hizo con las riendas del país en 1999, hace ahora veinte años, espoleado por estos antecedentes de miseria incomprensible en la abundancia y de corrupción endógena casi inextirpable, confesaba en petit comité que no podría domesticar ese caballo desbocado, el unto sistémico, la mordida en las entrañas del poder desde tiempos ancestrales. La democracia y la dictadura, en Venezuela, han tenido ese mismo endriago metido dentro.

Conocí a Carlos Andrés Pérez -por qué lo nombro es una obviedad- poco antes de su reelección en el 89 y me citó en la Torre de Las Delicias en la Avenida Libertador, donde tenía su comando de campaña. Me cacheaban hasta llegar a la planta noble donde CAP me iba a recibir, me sirvieron un guayoyo y me hicieron esperar. Pérez asomó la cabeza confidencialmente y me hizo una seña para que no desesperara, hasta que, al fin, salieron de su despacho una cuadrilla de prebostes con cara de negociantes cargados de papeles y maletones. Tenían la pinta de una panda de cuatreros comisionistas. Venezuela en estado puro. Carlos Andrés era popular o populista, inteligente o avispado, autodidacta, autosuficiente, ladino y vivaracho. “Si no me presenta mi partido, me presento solo”, me dijo, en mitad de una de las tantas borrascas de Acción Democrática, un partido casi octogenario que se repartía el bipartidismo con Copei, de la izquierda a la derecha. Lo presentaron y ganó. Era un adeco multimillonario, una de las grandes fortunas de América. Podía haber acabado sus días en la cárcel o en Santo Domingo en un exilio de lujo, y fue lo segundo a caballo de Miami, con Chávez ya en el poder. Ni el caracazo, ni antes aquel barco del diablo (el caso Sierra Nevada) que compró fraudulentamente, ni tantos otros turbios manejos en el Gobierno lo tumbaron. Todavía no había llegado el escándalo de Odebrecht, ni Alan García se había pegado un tiro en la cabeza para no ser detenido. Venezuela parecía hecha a imagen y semejanza de CAP. “Él roba y deja robar”, decía el pueblo con hábito de trampeo y tejemaneje:

sobornaba para evitar una multa porque la policía era perfectamente venable, según la opinión general. De manera que ese poso sigue intacto. Hay un caldo de cultivo para la astucia y el enriquecimiento ilícitos. Cuando la DEA dice que el presidente de la Asamblea Nacional Constituyente Diosdado Cabello es un narcotraficante (como lo fuera Noriega, al que la CIA organizó la invasión de Panamá hace 30 años) pocas voces lo discuten. José Vicente Rangel salvó al Gocho Carlos Andrés Pérez de la condena por el barco en el Congreso: su voto lo exoneró. Y después, ya de ministro y mano derecha de Hugo Chávez, no se decían cosas halagüeñas de su moral y ética. Va en la sangre y el sistema nervioso de una república petrolera que en los años 70 era conocida como la Venezuela Saudí, porque los petrodólares le salían por las orejas, y de ahí la corrupción que la minó hasta hoy.

Una de aquellas noches que aterricé en Caracas para cubrir un proceso electoral, me comentó Teodoro Petkoff, exguerrillero, periodista y socialista, que Venezuela no tenía remedio si no le arrancaban ese tumor. Murió sin verlo. Ninguno de aquellos presidentes que conocí, Campins, Lusinchi…me pareció que fuera un dirigente razonablemente íntegro. Todos exhalaban un vaho putrefacto inequívocamente corrupto. Excepción hecha del más querido en Canarias de todos, Rafael Caldera, el amigo de los políticos tinerfeños, un copeiano que presidió su país como un papa, con equidistancia y bonhomía, en cuya quinta se firmó el Pacto de Puntofijo de la democracia cuando cayó Pérez Jiménez, y que hasta perdonó la cárcel a Hugo Chávez. Caldera era confiable, y hasta un perjudicado Jovito Villalba (la tercera pata de aquel juramento de la libertad con Rómulo Betancourt) parecía alguien entrañable cuando mi amigo Antonio Camacho y yo lo frecuentamos, ya en retirada bajo los efectos del alcohol.

Aló Venezuela fue un programa que inventó Paco Padrón cuando Radio Club era Radio Club. Me mandó para allá, cogí el avión y me planté con un micrófono y una grabadora en mitad de la plaza Bolívar. A todo el que pasaba le preguntaba si era de origen canario, y de la encuesta me salió un alto porcentaje afirmativo cuyos testimonios engrosaron mis crónicas de la emigración. Fui con ellas a ver a Arturo Uslar Pietri, en una casa llena de libros. Me habló del canario y del venezolano, era un hombre encallado en el desencanto. “Venezuela no ha sabido sembrar el petróleo”, decía. Parecía el último apóstol de una nación desaparecida. Pero sus pronósticos no erraron. Hoy Venezuela es la consecuencia de la autodestrucción que sufría en carne propia Uslar Pietri contemplado el desmoronamiento de su querido país.

Yo he sentido viendo a Guaidó y Leopoldo López -cuyos padres tienden lazos con Canarias- como si el mundo estuviera al revés, y la derecha fuera Maduro y la izquierda insurrecta fueran ellos dos. Son activistas contra las revoluciones fallidas de América, capaces de empuñar el arma de la palabra, como si Fidel y el Che retornaran en un reverso del tiempo. Las cosas han cambiado tanto, que ya no hay izquierdas ni derechas, sino derechos y desechos humanos. Y para mi sorpresa, siento cierta simpatía por esta pareja de conmilitones que van a cambiar la historia de su país. Y para mi contrariedad, lo van a hacer con ayuda del viejo imperialismo y del peor presidente de esa cuña que se recuerda. “Maduro está en una botella de escorpiones”, sentenció esta semana John Bolton, el asesor de Seguridad nacional de Trump. Y la clavó. Maduro desfila con sus propios traidores hacia el exilio dorado de los patriarcas o tendrá mal final. La fiesta nunca es completa. Si ganan – como espero- Guaidó y López, brindaré con la nariz tapada.

 

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Podemos, plata en el podium, alerta a CC

Ahora están todas las cartas boca arriba. El día después del 28-A es el inicio de la madre de todas las batallas. A nadie se le escapa que en las elecciones generales se daba, además, el pistoletazo de salida de la campaña de las autonómicas, locales e insulares, amén de europeas, donde se cuece el poder en román paladino. Y el duelo en la cumbre entre el PSOE y Coalición Canaria será una justa medieval cuerpo a cuerpo en el barro. La gran ordalía se reserva sorpresas. Están sobre el tapete muchos años, muchas bocas y estómagos agradecidos, muchos intereses en juego, muchas prebendas, muchas canonjías, mucho entramado, mucha cornucopia, mucho pesebrismo y mucho del léxico afilado del viperino García: lametraserillos, chupópteros, chiquilicuatres y correveidiles. La fauna en estos casos siempre es la misma.

Cuando el franquismo tocó a rebato viendo la cosa negra pulularon todos estos especímenes alimentados a la sombra del régimen. Eran gente de baja y alta alcurnia entremezcladas, personajillos y personajetes, conjurándose para defenderse como gatos panza arriba. Y es comprensible, lo era entonces, cuando uno los distinguía entre la gente corriente haciendo filigranas o haciendo el ridículo para salvar el echadero y la posadera. En Canarias estamos hablando de miles de damnificados si se produce, como parece, el tsunami socialista de las generales y hay cambio de tercio, de presidente, de partido y, por ende, debacle en la red clientelar. El clientelismo, como el enchufismo y la sinecura son consustanciales a la hegemonío en el poder. Se cría a su vera, es un afluente del statu quo.

Ahora hemos asistido al partido de las elecciones generales. Y la ola del PSOE marca tendencia. El zaherido José Félix Tezanos se salió con la suya. Hay quien sostiene que el avezado sociólogo preconcibió una profecía autocumplida, que generó un estado de opinión generalizada de modo infalible. Fuera o no fuera cierta la superchería del mago de la demoscopia, la ola de Sánchez está servida, el sanchismo como fenómeno social y político ha alcanzado su máximo objetivo, y entra en los anales junto al felipismo y el zapaterismo irradiando todo su poder hipnótico sobre el conjunto de las autonomías y de los mortales que votarán el 26-M con la precuela del 28-A. Como sio conocieran de antemano el final de la película.

España este domingo se tiñó de rojo y el profesor José Adrián García Rojas ya anticipaba ayer en el DIARIO su pronóstico para las locales y autonómicas: “La ola de Sánchez llevará al PSOE a la victoria en Canarias”. Se ha puesto a temblar el ecosistema de intereses que da sentido a toda perpetuación en el poder.

Llega a este duelo con el PSOE el 26-M una CC que acaba de resurgir de sus cenizas sobre los escombros del PP. Ha sido un alarde de malabarismo, quizá el único gran pinchazo de las encuestas, que acertaron en casi todo pero erraron dando por amortiazada a Oramas, cuando era el PP el que entraba en la UVI y se dejaba los huesos y los pulmones dando oxígeno a su congénere nacionalista. Pero lo que escuece en la familia coalicionera es la medalla de plata de Podemos en el podium de Canarias. Barrunta giro a la izquierda. Ojo avizor.

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El lado oculto del voto

Más vale la vida que los regalos de pascua”. Con su frase aguerrida, el pequeño Jonas superviviente de seis años de la tragedia de Adeje, con la impronta de David -arrojó una piedra al padre asesino antes de huir de la cueva mortal-, ilustra por qué evitó que la masacre acabara con él junto a su madre y hermano. En su relato revela que este, de diez años, le conminó a huir cuando la madre yacía indefensa y le tocaba enfrentarse a su progenitor. Martes negro, semana de cierre de la campaña electoral. Un niño se erige en un angelical profeta contra los cantos de sirena y las falsas promesas. Es una lección de vida, útil en todos los contextos. Y, en particular, la frase nos impacta, nos importa y emociona como un aldabonazo en nuestras conciencias, es una verdad simple y llana que nos rescata de la hipnosis general.

El símil de los regalos de pascua encaja, por tanto, en una campaña de ofertas y carantoñas a los oídos de un electorado en estado de shock. La falta de agudeza mental, que es propio de la edad pero no de una democracia aún tan tierna, ha empobrecido un catálogo de propuestas recurrente y copión, entre los dos bloques: unos, obstinados en competir por ser el más patriota y anticatalán, y los otros, espoleados por el azote de la ultraderecha, avivan el fantasma del franquismo dando pábulo a las ideas ya muertas de los años de la caverna, precisamente.

El error de esta campaña ha residido, en uno y otro caso, en ignorar al grueso de una sociedad que tiene los problemas que tiene y la sensación de que nadie le entiende ni remedia sus cuitas, que son de orden doméstico y rara vez de índole politica. ¿Tienen los partidos detectado este problema de comprensión, que tanto se parece al de la compresión lectora que nos restriega el informe PISA? Un ejemplo lo aclara: hemos contado en DIARIO DE AVISOS, mientras progresaba la campaña electoral, que los vecinos de las viviendas de Añaza se sienten traicionados por el Gobierno canario tras adquirir sus casas a un banco y ponerlas en manos de Visocan, pues desde entonces prosiguen los lanzamientos de los desahucios en curso y no han hecho sino subirles el precio del alquiler. ¿El votante de Añaza, afectado por este problema que es el genérico déficit de viviendas sociales y el ingente problema de la desigualdad de salarios y empleo, creen ustedes que se siente estimulado a elegir opciones que apenas mencionan estos modestos asuntos concretos -pero vaya si tienen calado y se extienden a una multitud de ciudadanos de todo el país- o puede sentirse tentado a tener una arrancada electoral, como decimos en Canarias? De esto se trata cuando se advierte en las encuestas -y no menos en esta ocasión- de una abultada bolsa de indecisos.
Otro tanto cabe decir de los problemas de los hospitales y sus servicios de urgencia; de la carencia de camas sociosanitarias para una población anciana que da sus últimas caladas a la vida, y un etcétera de demandas cotidianas de amplia repercusión que los lectores de este periódico se saben de carretilla como un estribillo: la dependencia, la pobreza, los atascos en las carreteras en la ruta de casa al trabajo… El pan nuestro de cada día.

Cuando llegan los campañas (y las campanadas) electorales, los partidos pecan de una misma pulsión, casi en términos freudianos, por aferrarse a los grandes mantras reiterativos. Y olvidan poner énfasis y esmero en los problemas reales consuetudinarios, que decantan, en la intimidad de la gente de a pie, el voto real, auténtico y definitivo. Ese que los encuestadores no logran arrancar del arcano profundo de cada elector. Diríase que el ciudadano ha ido perfeccionando sus habilidades para ocultar el voto con artes de distracción, a fin de preservarse, por tanto, el mayor placer que constituye votar: su secreta ideología. Por llamarlo con un nombre convencional, aun a sabiendas de que no estamos hablando de un problema de izquierdas o derechas, sino de otra cosa, de otra concepción, de otro mecanismo mental a la hora de tomar decisiones políticas por parte de quien no está en condiciones de hacer lucubraciones teóricas, filosóficas, históricas ni económicas, sino esencialmente emocionales, personales e interesadas. Hay un justo y razonable egoísmo en cada elector que acude a las urnas preguntando por lo suyo. Hará lo que más le convenga. A él. No a una colectividad abstracta, que se expande en el amplio espectro de las redes sociales, y ahí está bien climatizada en toda su expresión, pero, fuera de ese álbum social, el sujeto no se siente corresponsable, sino miembro solitario de su diáfana verdad: su voto para otros oculto. El destino es uno, el propio, y el entorno que todo lo induce y condiciona es el familiar, no otro, no hay más verdad que esa entraña, ni siquiera el interés general del país. No hay más país que el individuo exhausto de apechugar con su realidad indivisible.

La sociedad queda lejos del ámbito de decisión del individuo que vota. Así es en nuestro momento histórico actual. El poder de las masas no es comparable con el de cada ciudadano por sí solo. Hay nuevas armas sociales en las manos de la gente, nueva metodología de comunicación que escapa al modelo de las ideologías clásicas. Se vota con lo puesto, con la carga de cada mochila personal, recelando de todo lo demás, del estado de bienestar prometido, pues la tasa de paro, la falta de viviendas y las listas de espera en el sistema público de salud imponen algo parecido a la ley de la selva.

Es por todo esto que las encuestas no son últimamente fiables. Las campañas electorales se han vuelto un periodo de exhibición, una modalidad más de espectáculo en la alta política. El día que comprendamos que la ciudadanía, una vez que abandona el gran coliseo de la campaña electoral y pisa la calle regresa al hogar interior de sus inquietudes y vota según le va en la vida, los partidos saldrán del encantamiento fabricado por estrategas áulicos y volverán a la realidad más prosaica como fuente de inspiración.

Es probable que hoy las encuestas acierten con el ganador, pero habrá sorpresas. Y no perdamos de vista la excepción de esta convocatoria, que no se extingue en sí misma, pues la lectura de los resultados de esta noche será predictiva del escenario que nos reserva el 26-M. El escrutinio de las próximas horas formará parte de una campaña sin solución de continuidad que enlaza unas urnas con otras.

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Las dos verdades de esta semana

El voto oculto y la caja tonta protagonizan la semana que empieza como nunca antes en una campaña electoral. Para decirlo claro: algunos partidos están tentándose la ropa ante el giro que pueda esconderse en la masa de indecisos que no han querido revelar el voto a los encuestadores (por prejuicios, pudor, temor al qué dirán). Estoy refiriéndome, en concreto, al llamado bloque de derecha, el que integran por imperativo del guion PP, Ciudadanos (Cs) y Vox.

Hasta este lunes en que se podían difundir encuestas, en virtud de la ley, había un simulacro de empate a 164 entre la izquierda y la diestra, ambos lejos del voto 176 que consagra la mayoría absoluta y que se hizo famoso entre nosotros, los canarios, durante el último Gobierno de Rajoy porque ese escaño lo encarnaba el diputado de Nueva Canarias Pedro Quevedo. Tradicionalmente, era un voto reservado a Coalición Canaria y que tantos réditos le aportó; entre otros, el secuestro de facto de los diputados regionales del PP, que de modo obsecuente prestaban auxilio a los gobiernos de CC. Ocurrió lo que ocurrió y esa norma no escrita del apoyo tácito popular a Coalición quebró cuando Asier Antona, tras la expulsión de los socialistas por Clavijo, dijo no a la petición de mano del presidente y recibió una descarga eléctrica en modo de asedio mediático de medios afines al novio plantado en el altar.

Ahora se escribe otra historia. O, para ser exactos, se está escribiendo esta semana como en un partido televisado que no se decidirá hasta el último minuto, con VAR incluido. Dados los antecedentes, es para ponerse a temblar si estuviéramos en el pellejo de las fuerzas conservadoras que aspiran a ser alternativa. ¿Es Vox el voto oculto?

La pregunta recorre las sedes de esas fuerzas coaligadas de antemano frente a la amenaza de la victoria socialista consensuada por la multitud de sondeos que ha marcado el paso a esta campaña desde que Tezanos lanzó en el CIS hábilmente lo que ya se conoce en los círculos demoscópicos como la profecía autoincumplida del sanchazo del 28-A. Porque si las encuestas fracasan, como ha ocurrido tantas veces en recientes comicios y referéndums en Europa y América (del brexit a Trump) y gana en su espectro Vox, la derecha tendría un problema: ¿Populares y ciudadanos le darían la presidencia a Abascal, en caso de sumar como en Andalucía?

A tales efectos, las consecuencias podrían ser múltiples, pero nada hace descartar que, en ese caso, Cs se aviniera a una entente con los socialistas e, incluso, el P, buscara reacomodarse en las instituciones locales. Lo cierto es que esa sospecha ya ronda las cabezas de los jefes de campaña y nadie es ajeno a las incógnitas que se ciernen sobre esta semana definitiva para las elecciones generales.

Dos cosas no han sido tan verdad nunca como ahora: que los debates televisivos tendrán influencia y que la bolsa de indecisos podrá tener la última palabra. En convocatorias precedentes no se les tenía semejante preveción a una y a otra. Ahora sí, por cuanto los líderes se han sentado frente a frente por primera vez a mantener una conversación que nos debían y las encuestas se lo han perdido. O sea que, esta vez sí, la tele va a influir. Y nunca antes los indecisos fueron tan decisivos.

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