Opinión

La entrañable librería de mi tío

El modesto librero llevaba una vida rutinaria, iba todos los días –ida y vuelta- de la calle San Martín a la del Castillo esquina con Suárez Guerra. Algo de templos tienen las librerías. Había un púlpito, un altar imaginario para las grandes novedades editoriales, una apariencia general de retablo de libros, y el techo alto simulaba la cúpula de un baldaquino. Yo entraba de niño en La Prensa, la entrañable librería de mi tío Paco, como si lo hiciera sigiloso en una catedral o apenas una ermita, y había un recogimiento de oración literaria bajo el ábside del tierno recinto que competía con la joyería de al lado ofertando, a su modo, materiales preciosos. Ahí fue donde me hice beato de libros. Mi tío era ateo. Barítono, nadaba y guardaba la ropa, de izquierdas, hijo único de alcalde masón, Francisco Martínez Viera.

En la Librería La Prensa descubrí los libros clandestinos de Ruedo Ibérico que él escondía debajo de la caja registradora para clientes confidenciales. Y las primeras novelas del boom latinoamericano, cuando García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, Rulfo, Donoso (o el más veterano, Carpentier, y lo real maravilloso) eran nombres emergentes que asomaban con obras prometedoras. Tenían en común que mostraban orgullo de sus temas, sus calles, su jerga, sus incas y mayas.

Cuando cruzó el charco y vino a la isla tras los pasos del hermano Pedro, Miguel Ángel Asturias, el Nobel guatemalteco, no me era desconocido, pero mi lectura apresurada de aquel aluvión de autores tan interesantes me impidió, por ejemplo, conversar acerca del guanche con el hombre de maíz que traía al maya en el equipaje de despedida, camino de la muerte en Madrid. El guanche como asunto y trasunto literario de la novela contemporánea acaso empieza y acaba en Juan Manuel García Ramos, que lo acompañó en su destierro de Venecia y lo ha puesto ahora en el centro punzante de una polémica que disgusta, el museo de la colonización, porque hemos acomodado nuestro estatus hispánico y europeo a la desidia de sepultar esos malos recuerdos y, reacios a la historia, vivir en un confortable olvido. Como Asturias respecto a su indígena centroamericano, conviene reivindicar la mitología y la antropología del nuestro, a riesgo de abrir una polémica de salón sobre los paños de la Conquista y la entrega de la princesa que adornan el Parlamento.

Ahora el libro como estrella ocupa su plató de abril y el estand callejero de la venta rápida, como en los autobares de food trucks de Las Teresitas, confronta con el concepto de librería de mi tío, de toda la vida, donde las viejas parroquias se cierran, como La Isla de la calle del Castillo -que resiste en Imeldo Serís-. Pero la fiesta del chibolo -así llaman a los chiquillos en Perú-, del autor novel que nos trae su ración precoz y se empadrona en la nueva literatura canaria con la profusión de la generación 21, por ejemplo, impulsa, de rebote, a la librería tradicional como el día de la madre al comercio, y son las pymes del libro las viejas ventas de barrio, donde no había mejores bocadillos de carne de ave que los de don Eliseo en Duggi con Álvarez de Lugo, ni libros candentes que acunar con las manos como los de mi tío en La Prensa.Así supe un día que había nacido un boom de narrativa canaria en los 70, de la mano de los Juan Cruz Ruiz (Crónica de la nada hecha pedazos), Juan Manuel García Ramos, Fernando Delgado, Víctor Ramírez, Luis León Barreto, Luis Alemany, J. J. Armas Marcelo, Alberto Omar y Juan Pedro Castañeda. En la acera honorable de la calle del Castillo, donde mi tío Paco Martínez del Rosario apilaba las novedades editoriales que despuntaban, aquellos autores locales medían sus fuerzas con el boom de América y Miguel Delibes, con algún anglosajón y Cela o Ignacio Aldecoa, que apenas vivió 44 años y murió cuando los jóvenes cachorros de las islas aparecían en escena. Él mismo los habría acompañado en su condición de autor peninsular de Cuaderno de godo –su periplo canario- o de ermitaño insular de La Graciosa, donde firmó su despedida, Parte de una historia. Esa obra reclamaba al escritor canario, en plena disputa entre locus y universalis, que prestara más atención a sus localizaciones interiores y mitos vecinales, ese “autodescubrimiento”, como dice Daniel María.

Una de aquellas tardes ceremoniales en que acompañaba a mi tío a la librería tras el almuerzo familiar en la casa de flores de San Martín, lo vi sacar de una caja un libro nuevo que exhibía con jactancia en la repisa de la puerta superior. Era Mararía, la novela que iba a dar mayor gloria a Rafael Arozarena, el autor elegido para el día de las letras canarias en esta edición de 2017. Acababa de quedar finalista del Premio Noguer en Barcelona, que era entonces una anomalía inaudita para un autor periférico por antonomasia como el canario. Pronto asistimos a cierto totum revolutum de fetasianos conviviendo con el chorro fresco de los setenta y, de regreso, aun siendo jóvenes, con novelistas-periodistas como Alfonso García Ramos, Emilio Sánchez Ortiz, Elfidio Alonso… Años de destellos. Hasta la reciente saga de los 21. Yo rebuscaba a los autores canarios que se desinhibían entre las montañas de libros nacionales que depositaba mi tío sobre el mostrador abarrotado. Mataba el gusanillo que contraje a su lado. Ahora, cuando me cruzo por la calle con Ánghel Morales, que anudó a sus 21 autores en ediciones Idea y Aguere, pienso en aquel hombre discreto y culto, mi tío, cuando abríamos las puertas de la librería y él sacaba las novedades de la cantera para presumir en el escaparate.
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ETA que no has de conocer

Pienso en mi hijo y en todos los hijos, que nacieron con todos los modos nuevos de cada cosa, también del terrorismo. Y que, por suerte, no conocerán a ETA por sus hechos, sino por sus desechos y su desarme. La desaparición de ETA era una demanda que generaba ansiedad en la España de los 80 y 90, convicta de democracia, que veía a la banda como la herencia onerosa que se rechaza porque la sucesión patrimonial te sale un ojo de la cara. Era el tiro en la nuca, el legado malo de los falsos mosqueteros de la libertad. Porque ETA se había prestigiado lo suyo con el atentado a Carrero Blanco, y de ahí el malentendido de cierta vitola progre y clandestina que contagió a parte de la izquierda y de la Iglesia (vasca) en pleno zafarrancho de la dictadura.

Cuando Tejero, más tarde, se envalentonó con su asonada de tricornio de poca monta, era un clamor que los militares no aguantaban el goteo de atentados de los gudaris. Y aquel país que trasteaba en democracia con la bisoñez del aprendiz, antes siquiera de cumplir un lustro en las urnas, era todavía la España acojonada por la sombra alargada de Franco, que parecía muerto pero estaba vivo y coleando en los escombros del régimen. La tuitera que se burló del atentado de Carrero Blanco -en la Rambla de Santa Cruz están colgados esos escrotos de la exposición de esculturas en la calle que fueron bautizados sottovoce con alusiones groseras a las partes íntimas del difunto presidente del general- no vivió, por razones de edad, los estertores del franquismo en aquella voladura del sistema y del coche oficial de una víctima estratégica para la CIA y para ETA.

En España, como en América Latina, no se movía una piedra en una dictadura sin que se enterara el Kissinger de turno y la agencia de inteligencia hiciera lo consiguiente. España era una azotea donde cayó un Dodge volando con los restos del régimen, y en el trono estaba un rey que quería legalizar la libertad con el Partido Comunista dentro del rediseño de democracia homologable a la europea. El sarcasmo de los demócratas españoles de nuevo cuño es que pronto empezaron a poner a parir a Suárez -el único civil con dos redaños en un régimen militar por supuesto que había monopolizado la autoridad absoluta- y ahora El País titula su encuesta con la nostalgia popular por tener un presidente como aquel político educado y dialogante que caía bien a las doñas y se metió en el bolsillo al rey. Por eso, el final de ETA, si acaba consumándose con su disolución definitiva, no es un episodio irrelevante bajo el abertzalismo islamista, de Estocolmo al Cairo y Alejandría.

Entregar las armas, o parte de ellas, en los zulos de Bayona es que ETA dobla la cerviz, tras ochocientos muertos y trescientos por resolver, y es una noticia que nos reconforta por toda esa reminiscencia de cabos sueltos. Era la errata etarra de la Transición; nada se había podido hacer para empezar la página en blanco en el 77 sin que la serpiente siguiera asesinando a nuestros pies. El fantasma se incorpora y arroja las pistolas al suelo. Ahora, en España hay un Gobierno y una oposición y sigue muriendo gente, pero ya no hay manos blancas en la calle contra la locura de ETA.

Esta semana ha empezado mal, con la muerte descabellada de Carme Chacón, que era una de las musas del país que se iba desprendiendo de ETA en el canon de Zapatero. Chacón iba a poder seguir viviendo en un país con una deuda menos con el pasado, y habría aportado su mirada inteligente a los ejércitos en guerra de su partido en el Congreso de junio. No va a poder ser. Tan cruel como paradójica la flor en el desagüe. ETA se va, al fin, escurriendo por el sumidero, un buen día de abril, y la flor, en cambio, se nos marchita en primavera.
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El escalofrío

Ha sido un gran escalofrío. Lo de Idlib, los niños gemelos de ese buen hombre que posa con ellos en sus brazos sin vida, y la historia del hombre que perdió a 25 miembros de su familia… En el ataque químico de Idlib, el miércoles pasado, el homo videns que somos, según el desaparecido estos días Giovanni Sartori, sufrió un escalofrío delante de las imágenes. Porque lo irrefutable de la barbarie de esa lluvia deletérea de gas sarín, o del gas que sea, que cayó de madrugada sobre las viviendas y entró por las ventanas en las habitaciones y camas donde dormían vecinos inocentes de una de las guerras infaustas de este siglo, es que existen fotos, filmaciones e imágenes de las consecuencias del horror. Lo que condena esta vez delante de las cámaras del mundo a Bashar al-Asad, autor de la matanza según todos los indicios, es el rastro evidente de las víctimas palpables en el regazo de sus padres o regadas por el suelo como ángeles caídos muertos o moribundos. De ahí la tromba de condenas y el diluvio de vituperios contra la ignominia de este médico tímido, carniseco como un estafermo que sucedió hace diecisiete años a su padre, y que lleva más de un lustro sin dejar un día de matar por miedo a que lo maten.

Cuando simplificaba sus opiniones sobre la política y la democracia, Sartori soltaba ideas que podían parecer extravagantes, pero, como quiera que su autor era el gran pensador de la democracia, convenía escucharle para saber si eran fruto de la experiencia o chocheaba a sus noventa y tantos años de edad. Decía, por ejemplo, que estos líderes protervos de la hornada inmunda que revuelven el patio –hablaba de Erdogan, de Trump, de ese taxón de tiranuelos, supongo que sin mencionarlo también lo hacía de al-Asad, Putin y tantos por el estilo- eran unos homos cretinus, que estaban de moda, porque se multiplicaban por los distintos estados y continentes, pero que serían una fiebre pasajera, no podían durar demasiado. Uno quisiera darle la razón a Sartori, que nos dejó esta semana con el deber de releerle, como corresponde hacer siempre que un sabio de estos se va. Pero la deriva del holocausto que va progresando por los múltiples escenarios del horror vigente no invita a tanto optimismo. ¿Efímeros? Son líderes que emergen con una virulencia despiadada, y, en efecto, como dice el papa Francisco -y también sostenía Sartori- estamos en guerra. La masacre química de Idlib lo confirma. Al Qaeda, la hidra de mil cabezas que inventó Bin Laden y nos parecía la crueldad insuperable cuando derribó las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001 y vimos a la gente tirarse por las ventanas de los rascacielos en aquel espantoso salto mortal que era el reflejo de nuestra impotencia colectiva, hoy resulta un episodio asimilable, que se acomoda y encuentra sitio en nuestra nueva concepción de la humanidad amenazada, porque ya no entendemos la vida sin el miedo inherente a morir arrollados por un camión en una avenida comercial de cualquier ciudad mientras paseamos. No tenemos escondites seguros para vivir sin esa clase de riesgos y otras. Todo es un gran parque de atracciones donde los monstruos son de verdad.

Los viernes, como este de Estocolmo, a veces son negros en efecto, y hasta cierto punto, el Black Friday, como reclamo comercial que surge de una noción de calles abarrotadas de gente, abunda en esta nueva forma de convivir con el terror públicamente cerca. El fantasma del camión asesino, ese coloso calle abajo a toda velocidad como salido de un videojuego de civilización frustrada, ilustra el hecho incontrovertible de que estamos en guerra. En boca de Hollande, en su momento, tras el atentado de París, producía rechazo. ¿Cómo vamos a estar en guerra y atacar por toda respuesta desatando una espiral de violencia sin fin? Pero en boca del papa, ya es otra cosa. Y en la de Sartori es una corroboración. ¿Guerra con quién, contra quién? ¿Es la misma guerra la de estos camioneros posesos que atraviesan multitudes embistiendo y aplastando cuerpos humanos como si fueran maniquíes, que la de al-Asad gaseando a hombres, niños y mujeres mientras duermen?

El hombre inventó la guerra para tener con qué matar el tiempo, llenarse los bolsillos con las armas que vende a otros hombres y llenarse de poder vendiendo su alma al diablo. En ese instante rompe el hilo rojo de la libertad. Provoca un gran sarcasmo en los tiempos de disforia que vivimos cómo mientras unos matan como nunca, otros como Eta se desarmen al fin. Pero nadie mide los tiempos de la paz y la guerra. Sumidos en esta gran confusión ignorando todo lo que está por suceder –por sucedernos-, se nos ha caído el sistema democrático como una enorme central eléctrica produciendo un aparatoso apagón (como en Venezuela, Estados Unidos, Rusia y quién sabe en qué otras partes de Europa en estos meses venideros), como denunciaba Sartori, que ideó in extremis un sistema electoral perfecto para evitar un perfecto desastre del sistema.

Camisa blanca, corbata roja y traje oscuro. Es Trump. Y lo vemos con sus asesores delante de una pantalla siguiendo el ataque televisado de la primera potencia del mundo sobre la base siria de la que partieron presumiblemente los aviones que bombardearon con gas a los niñitos de Idlib. Y nos parece bien, nos sentimos acólitos del homo cretinus delante del televisor, del homo videns incapaz de creer otra cosa que lo que sus ojos ven. ¿Entonces, vemos por los ojos de Trump? Y sentimos de nuevo un escalofrío.

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¡Abril de 2017!

Necesitamos una computadora que verifique el tiempo real, el que transcurre en el cálculo acelerado de las nuevas cuentas del tiempo, que es un inventario inédito comparado con el letargo de los días pretecnológicos de anteayer -cuando todavía era el siglo XX-, un tiempo vertiginoso en una sociedad frenética que llega atropelladamente al mes de abril, ahora mismo, sin respiro. ¡Abril de 2017! ¡Pero si este año era un recién nacido!

La imagen de un reloj siempre desató un sentimiento de miedo oculto en mi subconsciente. El tiempo (“porque sin él lo que llamamos vida sería de piedra”, escribió el mexicano José Emilio Pacheco, poeta del tiempo) nos conturba, es la losa que lo aplasta todo, y nos queda el resorte de saltar sobre él en los sueños, que son atemporales y ficticios y muy útiles para vencer los límites del tiempo. De pequeños, el tiempo era grande -como todas las cosas parecían a las edades tempranas-; de mayor se nos achica y escapa entre las manos, casi convertido en arenilla. El tiempo es una playa que se deja tentar por el horizonte, sin moverse del sitio, como si fuera eterna.

Hay un tiempo para cada cosa. Dividimos la jornada en fracciones de tiempo, asignando una función a cada margen del mismo, convencidos de que troceamos el discurrir de los acontecimientos y somos dueños, de ese modo, de la duración de las cosas. Pero es inútil comerciar con la resuelta marcha de las agujas del reloj. A veces se nos pasa el tiempo volando, se acaba en nada una legislatura, por ejemplo. Y en ocasiones se nos hace interminable. O pasa con la jornada laboral, como sucedía en la escuela cuando se nos hacían insoportables las clases más antipáticas y los profesores más tediosos; las largas misas de los curas apáticos en la infancia, y el tiempo de sobremesa cuando los mayores disertaban de temas aburridos y nos robaban el tiempo de ocio en la esquina del barrio con los amigos…

Ahora todo se ha complicado mucho más. El tiempo ya no es el que era. Porque ahora corre más deprisa, sin lugar a dudas. Este es un tiempo desbocado, que se precipita sobre nosotros y nos arrastra con él alocadamente. Ahora no tenemos tiempo para nada. Para leer. Para pasear. Para conversar. Para pensar. Para nada. El tiempo es una dictadura. Somos esclavos del tiempo.

Breve historia del tiempo, escribió Stephen Hawking, cuya presencia me impactó durante las jornadas que seguí sus pasos. En la imagen del hombre postrado en la silla de ruedas, simbólicamente estático, sin apenas movimiento de sus facciones, se depositaba la esencia de la espera de un tiempo cósmicamente infinito, que en su caso se encierra en 50 años que ha sobrevivido al instante de su muerte pronosticada por los médicos que diagnosticaron su esclerosis lateral amiotrófica. Hawking es el perfecto gendarme del tiempo, aquel que le dio captura y logró transformarlo en dosis más largas de un modo conmovedor. El tiempo es su esclavo, él lo detenta.

En cambio, nosotros, víctimas de una vida sin pausa, no tendremos jamás esa opción, porque nuestro mayor imponderable es querer atrapar el tiempo entre nuestras manos; de ahí la apresurada existencia que imprimimos a nuestro quehacer diario. Como en la huida desesperante de algunos sueños, descubrimos en nuestra impotente carrera contra el tiempo que, a la postre, permanecemos rehén de él, como el jarrón chino de T.S.Eliot, que “quietamente se mueve perpetuamente en su quietud”. Así sucede, acaso felizmente, atrapados para siempre en una isla.

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Los sabios que frecuentamos

Todo anciano es una biblioteca. Contamos con eso y damos cuenta de ello, de la pérdida irreparable de información cuando mueren. Estos días han sido devastadores, con la marcha de Lothar Siemens, Leoncio Afonso y Antonio Bèthencourt Massieu. Se nos están vaciando los estantes de sabios, y es tan cierto que su ausencia nos debilita como que se tarda generaciones en sustituirles, ya no en una sociedad determinada como Canarias -con sus peculiares cainismos que trasgreden y agreden el sentido común desde la Universidad a los círculos intelectuales-, sino en todas las latitudes, continentes o islas.

Cuando expiran, de pronto, nuestros sabios favoritos en cualquier faceta es como encajar un golpe definitivo. Ahí queda la pequeña o la gran lesión, con su pequeña y gran lección de por vida. Se van. De esto iba la cosa. Venimos y vamos. Y el malestar permanece en nosotros, testigos de la deriva indefectible, pero testigos resignados y conscientes, a sabiendas de que sabemos que perdemos para siempre pozos de sabiduría. De lo poco o mucho que podamos legar, deberíamos hacer acopio sin dilación, dejar la huella sobre la arena. Mañana siempre es tarde. Pero tengamos la fiesta en paz. Nadie debe oponer resistencia a la sucesión natural de las cosas, que otra cosa no somos sino cosas, cuerpos que se extinguen tarde o temprano. La sabiduría es otra cosa, la inteligencia es otra cosa, el alma de los seres humanos es otra cosa, el software de sus vidas. Bèthencourt Massieu, concebido como parte de una larga nomenclatura de personalidades selectas, como Agustín Millares Carló, María Rosa Alonso… era en la universidad que regía un habitante de mucho cuidado. Lo recuerdo en su fragilidad de pequeña estatura… Eran gente de trato afable, sonriente, como chorro de una fuente en la que uno se inclinaba a beber y es incesante. Tenían en el trato esa generosidad de donar lo que sabían. La de artículos y reportajes que yo escribía con tan solo preguntarles, abusando de su sabiduría cuando no había Internet. Eran bibliotecas ambulantes. Bèthencourt Massieu, Leoncio Afonso, Telesforo Bravo, María Rosa Alonso, Antonio González, Guimerá Peraza, Cioranescu…

Cioranescu me asombró un día. Todos eran asequibles. Y el historiador rumano era una de mis fuentes preferidas. Quedé en su casa de Méndez Núñez aquella tarde que me dedicó entera. Y el bueno de don Alejandro me reveló su verdadero hobby intelectual: escribir novelas policíacas.

Muy al contrario de lo que muchos decían de aquellos popes altivos, a mí y a mi hermano nos parecieron siempre una gente formidable. Domingo Pérez Minik y Eduardo Westerdahl lo eran. Nosotros cruzábamos la puerta de sus casas con una familiaridad ingenua de intrusos en el Buckingham de aquellos dioses penates. Nunca nos pusieron mala cara. Minik era -acomodado en su sillón de General Goded con un güisqui en la mano- un personaje transitable y cariñoso que nos deleitaba contándonos historias que alimentaban nuestra curiosidad adolescente. Después lo escribíamos todo en el periódico y así nos íbamos haciendo mayores. Westerdahl y Maud procuraban hacernos un hueco en su tiempo, se alegraban de que fuéramos a visitarles, a preguntar, a saber, a descubrirlos… en su castillo. Minik nos habló de Bertrand Russell en el Puerto de la Cruz y de la rubia esposa de Breton. Un día les íbamos a echar de menos para siempre a los dos.
Como a Alfonso García Ramos, de cuya evasión tan temprana nos quedan dos novelas y miles de artículos, pero a mí me sigue matando a solas el recuerdo de haberle tenido de director en La Tarde, todo lo que aprendí con él, que nos mandaba (con Martín y Zenaido) a entrevistar a Alberti o a Severo Ochoa donde quiera que estuvieran viviendo en sus exilios, en Roma o Nueva York. De él heredé una visión del mundo que trasciende la isla y lo envuelve todo.

Contar, siempre contar. Los sabios no son perecederos con tal de que no olvidemos contar lo que hicieron, fueron y dijeron. Es lo que hago aquí, mencionarles con emoción y nostalgia. Historiadores, artistas, científicos y poetas. Había poetas entrañables como Agustín Millares Sall. Irrepetible. ¡Cómo me acuerdo de Pedro García Cabrera!, aquel viaje en barco a su islita, para inaugurar su busto en Vallehermoso (“navegar, navegar, navegar,/ enhebrar en los ojos/ todos los horizontes de la mar”); lo que me contó en la travesía de su fuga de Villa Cisneros a Dakar y la amistad que entabló con el gran Leopold Sedar Senghor, el poeta de la negritud. Aún escucho su voz solemne y lo veo moviéndose por el barco con Matilde Marchal, la enfermera que había conocido en un hospital de Jaén cuando sobrevivió a un accidente de carretera en la guerra. Y no olvido a Pedro Lezcano, la historia de un hombre íntegro, al final de sus días, cuando más lo frecuenté. Los sabios tienen su manera de ser y marcharse. Estas semanas han sido tremendas… Van quedando muy pocos dragos en pie. Por suerte, asistimos a los sabios retoños de unas islas que cultivan el conocimiento y la fantasía con una vocación que se reproduce. Es cierto que así somos, unos seres creativos desinquietos habitando nuestro mundo insular, con mucha rivalidad y celos por serlo y por ser los mejores en nuestros recónditos reinos de taifas. ¡Qué se va a hacer! Con nuestras luces y sombras, así somos y seremos por los siglos de los siglos…

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LEONCIO AFONSO, 100 AÑOS BIENHUMORADOS

Que la entrevista más generosa, tierna y profunda de la serie dominical que hice para este periódico antes de embarcarme en la dirección. Era un día de entre semana y parecía domingo, en la calle desierta y silenciosa de su casa en Herradores, de La Laguna. Don Leoncio Afonso me esperaba en la segunda planta, sentado en su silla de ruedas, con las sondas nasales conectadas al maletín de aire por la disnea de viejo fumador de puros. Acababa de cumplir cien años y me dio una receta infalible según él para resistir las majaderías del tiempo: quitarle importancia a las cosas y no perder nunca el humor. Tenía una manera de expresarse ingeniosa y divertida. Me contó que la primera vez que fue a visitar a Franco en El Pardo le traicionó la risa fácil cuando el ujier les previno de que no tropezaran la alfombra en presencia del caudillo, que era un “pequeñajo”, según lo retrató el bueno de don Leoncio con esa pirueta de media sonrisa que ponía en la memoria.

¡Cuánto había vivido! Mucho, decía queriendo vivir otro tanto, ver coches volando, interrogándose sobre el destino de las generaciones futuras y lamentando el deceso continuado del ser humano, hasta convertirse en lo que llamó un “cadáver social”: alguien sin amigos, sin parientes, sin colegas, porque todos ya se habían muerto. Le quedaba doña Evelia, la esposa también secular. Habitaba un mundo al que le tenía aprecio, escribía, leía y nada le hacía perder el ánimo. Era un palmero ilustrado que no quiso ser campesino en una familia rural. Como digo, fue el diálogo de los diálogos, el testimonio prolongado de un superviviente, un fumador fundador de cosas, que había creado la Escuela Oficial de Turismo y había impartido en la Universidad de La Laguna la primera clase de Geografía. Era -él mismo lo decía casi con resignación- el sabio oficial de la Geografía de Canarias.

La cita la había concertado mi amigo Carlos Silva, y en la hora y media que compartimos en su despacho, con la tarde entrando por la ventana para oír la conversación, don Leoncio me habló de sus hazañas dentro y fuera del aula, dentro y fuera del Régimen, dentro y fuera de la isla, y dentro y fuera de su casa cuartel que había comprado a mediados del siglo pasado por 250.000 pesetas, y era un santuario risueño como el dueño de libros con olor a papel viejo. Me dijo cosas que no me esperaba; algunas de ellas tan sorprendentes en una personalidad políticamente marcada por la dictadura como el elogio que hizo del líder de Podemos: “Ese chico -Pablo Iglesias- llegará a presidente”. No perdía la ruindad contagiosa como la risa en sus comentarios políticos sobre los héroes y villanos de aquel 2016 en blanco que padecimos: “En cien años no había visto tantos tontos juntos en política”. Fue su declaración más contundente, que tituló la entrevista. Pero tenía el recuerdo grabado en la punta de la lengua de sus coetáneos más célebres -que no tenían un pelo de tontos-.

De ellos me habló con simpatía y nostalgia-. De Alejandro Cioranescu y Telesforo Bravo. De su maestro Juan Álvarez Delgado y María Roisa Alonso. De cuando fue a la guerra con Marcos Guimerá Peraza y Diego García Cabrera. Y los llamaba por sus nombretes como si estuvieran aún vivos entre nosotros, riéndose de verles la cara que ponían: “A Carmelo García Cabrera lo llamábamos Carmelito, tomatito, cachimbita”. Cuando ya se había bebido el siglo entero, le pregunté cómo se sentía. Y habló, por primera vez, con satisfacción del momento político, porque esta vez, al menos,según dijo, estaba seguro de que, pese a la falta de Gobierno, no iba a haber otra guerra en España. Cuando me iba le pregunté cómo se las había arreglado para esquivar la muerte. “Disimulo”, me dijo. Nunca se había aburrido de vivir. Cien años acompañado vivió don Leoncio, que amaba esta tierra con la descripción sentimental de un geógrafo. ¿Cuál es el problema de Canarias?, le solté. “Los canarios”, respondió. Pero admito que no quise ahondar en la pregunta. Habría estropeado su providencial optimismo.

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Leonardo Padura, en DIARIO DE AVISOS

Nos encontramos el otro día en la Redacción de DIARIO DE AVISOS con Leonardo Padura, el novelista cubano que ganó el Premio Princesa de Asturias siendo el autor de novela negra más reconocido del momento. Pero la novela pasó a un segundo plano en la conversación narrativa del periodismo que entablamos nada más sentarse y ponerse a pensar de lejos en Cuba, recién llegado de La Habana que alimenta las andanzas de Mario Conde. El periodismo. Esto -dijo, tocando el papel del DIARIO de esa mañana como un pan recién salido del horno- pronto no nos dará de comer. Con toda la razón del mundo, Padura relató a Santiago Toste, que le hizo la entrevista del viernes, y a quienes le escuchábamos, que el formato de este oficio tiene los días contados en favor de la expansión de Internet, que ha invadido los espacios de la información y se ha hecho dueña absoluta de la verdad, esa cosa ya inexistente.

Al autor de Las cuatro estaciones no le trae sin cuidado la deriva del periodismo de papel camino de su Santa Lastenia particular. Repuse el argumento del periódico local bien avenido con los gustos todavía inextinguidos del lector medio que quiere tocar la lectura de las noticias como si tuvieran carnalidad para su creencia. Quién sabe, quizá -concedió para mi consuelo-. ¿Por qué escribir en el aire donde nada la posverdad? En las aguas de tinta y celulosa, la mentira se hunde, lo que flota en el tiempo es lo cierto. Pero en ese éter burlón del bulo y el bullicio, ya sabemos lo que pasa: las redes se infectan de fakes y no hay manera de desmentir nada, porque todo aspira a parecer mentira. Y lo que no lo es, no vende; se trafica en esa clave, y el juego funciona como en un envite de faroles. Pero antes no se jugaba con la información, y la palabra veracidad -adscrita a todo un reglamento de etiquetas, junto a conceptos sacrosantos como la credibilidad- marcó a generaciones de periodistas, instalados en su cuarto poder como notarios de la actualidad que convenían a ciudadanos y gobernantes en la esperanza de un mundo justo y verificable. Todo eso se ha ido a hacer puñetas, en el puro vuelillo de un encaje de falacias virales.

Padura volvió a tomar entre sus manos uno de los ejemplares del DIARIO depositados sobre la mesa. Hay un nuevo canon, donde el redactor y el director son la misma persona ubicua, que se abstiene de contrastar dato alguno y publica lo primero que le viene en gana, sin ninguna clase de control ni deontología. Bueno, y entonces hablamos de novela. Porque la realidad es lo bastante amarga como para no ahogarnos en ella y quedarnos con mal sabor de boca. La ficción nace en las calles de La Habana, que yo he transitado tantas veces como si estuviera en casa. Padura habla de Alejo Carpentier, que llevaba los adjetivos en los bolsillos por esas calles cuyas columnas describió como nadie fue capaz de hacer. Y Padura habló de sus maestros americanos de novela negra. Pero entonces trajo a colación el nombre de Manuel Vázquez Montalbán, su maestro. Y la memoria se me disparó. Montalbán me dijo aquello de que Carvalho no podía aspirar a capturar a Bin Laden, porque era “un investigador peatonal”. Todavía quedaba flotando en el ambiente la palabra periodismo de apertura de este diálogo. Estábamos entre periodistas. Padura se definió como un periodista que escribe novelas -o cuentos y guiones de cine-. Montalbán me dijo algo por el estilo, pero añadió fútbol, gastronomía y poesía. Periodista es aquel que no sabe hacer otra cosa que escribir. En la novela del periodismo, donde vasculaban Tom Wolfe o Gay Talese, militó aquella “máquina de primicias”, Jimmy Berlin, que acaba de morir. Había sido un periodista de calle que arañaba cada mañana el velo que cubre la ciudad de Nueva York y metía las manos hasta sacarlas llenas de sangre. Así, entrevistó al sepulturero de Kennedy y dejó en 88 años de vida medio siglo de columnismo del periodista que contrajo la rabia. Mantenía la boca cerrada y los ojos abiertos, y no dejaba de moverse. Esa era la fórmula de su género iracundo.

En la tertulia con el escritor cubano que ha roto los esquemas de la novela negra urbana nos permitimos pausas de aliento para rebatir a la tecnología su poder de captación. ¿Habrá periodistas sobre la tierra cuando haya extraterrestres y no sean noticia? Estas cosas me las guardé, y me dije que acaso seamos supervivientes contra viento y marea, contra el espacio y las redes, con tal de seguir contando las cosas comunes que pasan a nuestro alrededor. El periodista Gilberto Alemán era Jimmy Berlin en Santa Cruz. Ernesto Salcedo subía las escaleras de Radio Club con un papel doblado en el bolsillo que leería delante del micrófono sin perder nunca el tono de voz. Ese tono de voz me lo recordó el otro día un taxista, porque los taxistas se quedan con los tonos de voz de la gente que habla por la radio. Me hizo la exégesis de Salcedo, como si lo hubiera conocido toda la vida. El gremio tiene sus miserias -cómo no-, pero ha tenido tantos buenos periodistas, que siendo un oficio de tinieblas, con más pobladores fantasmas que periodistas de carne y hueso -porque los buenos son pocos-, sostengo la certidumbre de que hay cuerda para rato. Es como un oficio interminable que se refleja en La eternidad de un día, el libro del mejor periodismo literario centroeuropeo de entreguerras. Caben todas las elucubraciones sobre la caducidad del papel, pero hubo un período en que este escaseaba, antes del siglo XV, y estaba muy lejos aún de llegar el invento de Internet, y, sin embargo, las noticias se difundían. Nació el que inventó la imprenta, y la prensa echó a volar. Así que volvemos al principio, a una etapa incierta, donde las tiradas de papel declinan. Y ya existe Internet. Vendrá otro Gutenberg a prestarnos las alas.

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Por qué no me callo. La eterna primavera

Yo siempre me pregunté por qué nos decían que éramos hijos de la eterna primavera. Me llamaba la atención ese lujo de sambenito que heredamos de las almas que moraban estas islas en el imaginario mitológico donde el Bosco habría instalado su Jardín de las Delicias, con nuestras Hespérides y nuestras islas Afortunadas. La primavera me incumbe desde que nací en ella, en su equinoccio fundamental, donde los hábitos cambian y paseamos a la intemperie al encuentro de la ciudad en flor. La primavera isleña no es un mito, sino un signo de identidad cuando quiere; hay primaveras y primaveras. Y más de uno es un primavera.

Sentimos rubor por ser las islas de la eterna primavera y hemos ido jubilando el eslogan como tantas cosas, queriendo quitarnos importancia, haciendo mutis por el foro. En cambio, si Noruega es tan feliz como dicen, y ya supera a Dinamarca, que era el edén del relax y, por consiguiente, de la filosofía hygge,vengo a reivindicar nuestra parsimonia y, por ende, el valor retributivo de la paz primaveral que nos caracterizó toda la vida. Fue Bután el reino que midió la felicidad nacional bruta. ¿Por qué no cuantificar, bajo el índice que corresponda, la importancia de ser un territorio dotado de eterna primavera, de los beneficios que ello reporta en términos emocionales y económicos. Dar la medida exacta de nuestra impronta turística como paisaje e idiosincrasia y definir, de paso, el perfil insular del habitante que se dora al sol y vive de PIB de esa estrella que genera tal poder de captación de masas en nuestras costas… La musa del canario es la primavera, su don natural. Los espacios protegidos que proliferan en nuestro cosmos particular descienden de la madre primavera, que urdió su plan en esta posición indiscutible de una encrucijada de mundos y climas que nos proveen. Así que estamos a la espera de los economistas que pongan la ecuación al asunto y acierten en el cálculo de la providencia que nos distinguió primaveralmente eternos. Los hermosos latiguillos del lenguaje abundan en la psique de los pueblos. El nuestro reúne las características de lo ignoto antiguo que pertenece a las quimeras de los primeros narradores cuando confluían la historia y la ficción.

Vendrán tiempos mejores y acaso peores. Pero abogamos continuamente porque vengan turistas. Es cuestión de pelas. El correligionario insular es alguien que vino al mundo con el estigma de la distancia, y se hizo a la mar para alcanzar con la mano orillas lejanas que ni siquiera alcanzaba a ver, como si lo hiciera por instinto. Han pasado los primeros siglos de esa dispersión del canario y ahora se debate entre reanudar el viaje o quedarse, impelido primero por la crisis y después por el temor a que ella vuelva. Pero los turistas siguen volando a este nido, aunque nos turbe y prefiramos llamarnos ultraperiféricos como una conquista de los derechos y el lenguaje. De acuerdo, pactemos la simbología y hagamos las paces con la primavera, con el paraíso y hasta con San Borondón. Entre esos que se designan isleños y mundanos y, por tanto, soñamos con viajes interminables en la eterna primavera, me cuento, iluso de mí. Un primavera.

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El tiempo, los días de Taganana

Nos traen a este convento, pero nadie nos enseña a vivir. A hacerlo con nuestros defectos y virtudes y -ahora más que nunca- a defendernos de las habladurías. Cuando tienes la edad temprana de los zagales y pastoreas con los adultos en las montañas, como yo hacía en los veranos de Taganana, y te aclimatas al tiempo en suspensión de esas cumbres, donde todo transcurre en una parada y eres parte del mannequin challenge de una distensión natural del entorno, desconoces que esa suma de momentos será recordada el resto de tu vida como la secuencia irrepetible de una etapa feliz. Nadie nos avisa de que eso pasa, de que una vez sucedido desaparece para siempre y que una de las cosas más difíciles es aprehender los instantes para regresar a ellos en la edad de la memoria. De manera que a todos nos ha tocado vivir la frustración de disfrutar sin conciencia de la hermosa vaguedad usual del tiempo. Cuando pasas por el trance efímero de la juventud reniegas de esas vivencias pausadas que te retienen en lugares paradisíacos como si fueran tributos de ocios que a veces pagamos a gusto y otras a disgusto, cuando la sangre nos altera. En esas travesías de la edad, suele urgirnos el deseo de estar siempre en otra parte, descontentos con el regalo de un silencio estático, una soledad completa y buenos alimentos de la tierra. No le damos valor al espacio en blanco de un día campestre, por esa ansiedad de quemar energías continuamente.

Cuando Proust rebuscaba en los pasajes de la infancia el beso nocturno de la madre en la cama, obraba con los hechos literarios como tropos y no como potro desbocado en los trechos de esa edad indómita. Yo, que tenía la viruela de la poesía con pantalones cortos, me recuerdo debatiéndome entre la cizalla de abrirme paso en los riscos de Taganana con las cabras revoltosas y el cuaderno donde anotaba las opiniones de las musas. Me las arreglaba conviviendo con las unas y las otras. Una cabra se desriscó y casi me mata, y había musas que me traían de cabeza. Enfermé de las palabras. Es un modo de locura que existe en la realidad, aunque pertenece al mundo de la patogenia de la mente. Y en las palabras estaba esa disyuntiva del sentido de la vida. Yo leía las infancias de los autores contagiosos de la librería de mi tío, La Prensa, y descubrí que había una vorágine del tiempo que se echa de menos en la edad provecta. En la adolescencia, se puede ser culto y agreste, caminar por desfiladeros y escribir con el pensamiento en las nubes, tener los pies en la tierra y soñar todo el tiempo… ¿Se es feliz más allá de entonces? Ahí quedaron mis días mejores, sin duda, entre esas crestas y laderas. Los vecinos de Anaga tenían -y ojalá sigan teniendo- un ritmo circadiano peculiar, basado en sus hábitos cotidianos de horas preferidas de madrugar, en el estilo de estrenar el día campo a través, de sortear los precipicios como si tal cosa, de echarse la tarde, acabar en la plaza y jugar al dominó con los vasos de vino escuchando la conversación…, el secreto de dejar que la noche cierre la función y los animales nos despierten. Vivir en la trastienda rural de Anaga largas temporadas vacacionales y compartir los fines de semana la doble nacionalidad santacrucera, me hizo distinto a los demás pibes del barrio. Cuando alcanzo, por fin, la edad para añorar los recuerdos bucólicos de Taganana, comprendo que aprender a vivir no es ninguna broma, que a esa enseñanza habría que dedicarle una disciplina entera, porque corremos el riesgo de acabar nuestros días sin haber hecho la tarea de un modo adecuado.

En las cartas de Rilke a un joven poeta alaba la tristeza como una conquista que, una vez pasa de largo, produce nostalgia. El poeta de Praga me sugiere emociones guardadas de un ámbito de montañas y rudos hogares cordiales en los que fui feliz. Rilke le aconseja a Franz Xaver Kappus -el joven poeta que recabó sus consejos- que se deleite en la soledad y melancolía que padece, para cuando no las tenga ni necesite. En la infancia intimista que saboreé en Taganana nadie me puso en contacto con Rilke, y lo hubiera agradecido. La infancia es un paisaje u otro, una mismidad que nos acompaña a donde vamos. Los niños que aprenden solos a vivir llegan antes a su destino, y el resto es pura nostalgia. O sea que viví intensamente en mis adentros cuando tenía pocos años y este que soy es un analfabeto funcional de la vida de sesentón. Ahora leo a Whitman , y cuando agoto sus hojas de hierba, leo sus cartas de corresponsal y enfermero voluntario de la guerra civil. Pero el mundo da vueltas, y apenas reparamos en que somos tripulantes de una nave que circula alrededor del sol cada año. Ahora mismo he escrito esto, porque he vuelto al origen del viaje, a los días primeros, en la vecina y remota añoranza de las montañas de Anaga, donde seguramente fui un ángel de Rilke feliz y distendido, ajeno a los males del mundo, e ignorante de lo que me esperaba detrás de aquella muralla de silencios escarpados. Uno de los lugareños ermitaños de Taganana era Ambrosio, un personaje fenomenal, envuelto en el halo de su rostro deformado por el síndrome de Crouzon. Lo recuerdo con bastón y movimientos ancianos a una edad joven, tocando el timple y dejándose ver. Los turistas le daban unas monedas y le hacían fotografías. Él era la noticia en un pueblo apartado. El reclamo. Los niños andábamos por allí sin darle mayor importancia. Formaba parte del tiempo suspendido… Y todo encajaba bien.

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Por qué no me callo. Las pequeñas cosas cotidianas

Como quiera que todo se ha vuelto patas arriba, por tendencia o declinación, uno acaba extrañándose de las cosas que funcionan como siempre lo hicieron, de todo aquello que conserva sentido, que es como fue toda la vida, antes de que fuera disruptivo, y que resulta que guarda coherencia y es útil. Siento vergüenza cuando por esta razón parezco un carroza, pero a muchos les pasa lo que a mí, que terminan agradeciendo el previsible funcionamiento de las cosas consuetudinarias. ¿Por qué me agrada tanto llegar a un comercio, una pastelería, un supermercado y que te atiendan por orden de llegada y no en virtud del número que señala la pantalla? La vieja costumbre contenía la figura del que se cuela y la consiguiente discusión en la cola. De esa controversia nacieron parejas, familias, amistades, cuando la sangre no llegaba al río.

El guagüero tiende la mano y le abonas el viaje, mientras otros pasajeros más modernos emiten el importe con el móvil haciendo gestos en el aire. En esa clase de escenas cotidianas uno pasa apuros, porque existe el pudor a no resultar anticuado. Leer. Esta es otra de las prácticas que nos ponen a prueba. Existe todo un debate sobre el método de lectura opcional, entre quienes defienden el recurso procedimental apegado a la yema de los demás, por los siglos de los siglos, de tomar un libro entre las manos sin más rodeos, y aquellos que se reivindican a la última exhibiendo un activismo digital con el ebook en ristre como si de una espada se tratara. Yo aquí tengo una postura ambivalente, gasto de los dos soportes y me quedo tan pancho, pero, a solas -cuando nadie me ve y aflora el lado íntimo que a uno le queda bajo la piel- me digo que nada suple con éxito el encanto de tocar las páginas mientras se leen las palabras escritas en ellas como ancestros. A Hans Magnus Enzensberger esa razón le parecía suficiente para darme esperanzas sobre mi oficio: “Nada sustituye al periódico si puedes tocar las noticias en el desayuno”, me dijo. La nostalgia de los usos cotidianos que la tecnología ha ido jubilando de nuestras vidas adquiere una dimensión nueva que trasciende el mero valor museístico de lo vintage. Seré un clásico, como lo fueron y son Leonard Cohen y Gay Talese, dos monstruos intemporales. Me apasionan los inventos esquizoides, y perdono la mentira del azar que nos descubre verdades aplastantes detrás de su burla. Pero cuando me vuelvo, a menudo, rutinario y dieciochesco, cultivo una impronta de hábitos que rebusca en la antropología de todo sujeto y prefiero una taza de café bien servida en la barra de un bar.

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