Opinión

ESTADO DE ALARMA II

Este partido todavía no ha terminado. Ahora toca jugar la prórroga. Y el caso es que los controladores aéreos sufrieron una goleada el 3 de diciembre cuando fueron militarizados tras un plante asilvestrado, como si perdieran el balón en la hierba y se quedaron mirando al cielo, y al día siguiente del partido maratoniano, ya bajo estado de alarma, volvieron a tener la pelota en los pies, pero sólo consiguieron empatar. Ahora, el Gobierno pide al Congreso –y sabe que tiene los votos con el sí de CiU por anticipado- que prorrogue el estado de alarma hasta el 15 de enero para garantizar unas Navidades en paz en los aeropuertos. Prórroga y desempate.

A Canarias, la damnificada por antonomasia si hay un nuevo colapso aéreo, la noticia calma los temores del Gobierno autónomo, que fue el primero en poner el grito en el cielo el 3 y el 4, como si fueran las terminaciones de los números de la lotería a los que juegan los controladores cojoneros. Los 8 aeropuertos canarios, como las aguas, aspiran a ser archipielágicos, formando una Aena propia, sin asomo de privatización como Barajas o el Prat. Si con el estado de alarma bis, las ‘aguas’ de Aena vuelven a su cauce, lo agradecerán muchos miles de pasajeros en las islas y en todo el Estado (de alarma).

¿Hace bien el Gobierno estirando la medida de excepción ya no para sofocar un incendio, sino para prevenirlo, como quien se pone la venda antes de la herida? En otras circunstancias se diría que es un absurdo abuso del uso de la fuerza y, como ya está diciendo el PP, una manifestación más de la incapacidad del gabinete de Zapatero para resolver un problema. Pero a nadie se le esconde que los controladores son, sindicalmente hablando, un caso aparte, que, en su modus operandi y teatralidad, propenden a la astracanada y el desmadre circense, y que ya le vimos las orejas al lobo como para tropezar por segunda vez en la misma piedra con cara virginal de Caperucita Roja.

Mientras dilucida la fiscalía los cargos y penas que se les imputa, estos ‘señores de la guerra’ del aire no son de fiar. Y acaso por su impronta insurrecta les vaya como anillo al dedo someterse al ordeno y mando militar, bajo cuyo influjo ceden sus fuerzas, retornan a las consolas a pies juntillas hipnotizados como C.W.Briggs en ‘La maldición del escorpión de Jade’, y vuelve la normalidad a los aeródromos, antes auténticos campos de batalla.

Zapatero ha hallado un filón en las torres de control como el náufrago que se salva de noche bajo el foco providencial del faro de la isla. Y aunque teme sin disimulo que la revuelta se repita, pues de perdidos, al río, también se regocija gestionando, manu militari, una situación (al menos, una) con el respaldo incondicional de los ciudadanos, que les recuerda las viejas adhesiones demoscópicamente probadas al cheque bebé. La primera acción de gobierno casi en años que cuenta con apoyo popular no iba a agotarla en tan sólo unos días, así que hilo a la cometa hasta el 15 de enero. Qué menos.

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EL TOMATE MARROQUÍ

 Europa nos muestra, una vez más, su fortaleza moral y coherencia interna, tras alcanzar ahora con Marruecos –que raya la perfección como estado cínico- tres acuerdos, a cual mejor, en el seno del consejo de asociación mutua, ese estatus privilegiado que Bruselas otorgó a Rabat hace un par de años por sus méritos democráticos en África, su potencial económico y su defensa de los derechos humanos fuera de toda duda, es un suponer.

De la tríada de convenios suscritos con la jeta de los mercaderes, que hace caso omiso de los muertos y heridos y detenidos y desaparecidos y torturados de El Aaiún, sobresale, a ojos de Canarias (y de la Comunidad Valenciana y el sureste español), el referido a la denominada ‘liberalización comercial agrícola y pesquera’, que, dicho en román paladino, trata de hacer la vista gorda para que Marruecos cuele más tomates en los mercados europeos (de 233.000 toneladas pasará en  cuatro años, a partir de 2011, a 285.000).

Lo que escuece de este enjuague de amigos entre la UE y Rabat es que la Europa decana en democracia que se llena la boca de condenas de la violación de los derechos humanos en el mundo, le pone la alfombra a Marruecos justo pocas semanas después de una grave crisis de legitimidad internacional del régimen alauí, tras haber desmantelado sin escrúpulos un campamento de jaimas que pedía mejoras sociales y atropellado a la población saharaui en El Aaiún. Tragarse sin anestesia, como ha hecho Europa en esta ocasión, la versión indigesta del inefable ministro marroquí de Exteriores, Fassi-Fihri, que ya puso a parir a los periodistas españoles en las narices de la ministra Trinidad Jiménez, ya es tener buen saque.

Ahora, como viene siendo de rigor desde que la UE mima a Marruecos bajo la suposición de que frena el islamismo y una convincente cuenta de resultados comercial, a los canarios nos toca quejarnos de otro golpe bajo (no pintamos nada, corearemos) con un derecho al pataleo que sirve para bien poco. El partenariado con Marruecos (enterémonos de una vez) tiene un valor estratégico para Europa “fundamental”, mientras Canarias es una menesterosa RUP con autofama de plañidera abocada a verle las orejas al lobo en la nueva perspectiva financiera que comienza a regir en 2014. No hay un euro (cuando decíamos duro sonaba mejor) para islas, pero hay mucho morro para salvar las posaderas del reino de Mohamed, sumido en su mayor desprestigio internacional desde la muerte de Hassan II.

Cierto que marroquíes y polisarios vuelven esta semana a sus inútiles negociaciones. Es una vertiente más de una tragicomedia que dura más de tres décadas. Pero España, que hizo equilibrismos sobre el alambre para no condenar la violencia marroquí en Gdaim Izik y El Aaiún en los días negros de noviembre sin prensa por prohibición expresa de este país amigo de las Europas y Españas de las libertades, por fin se quita la presión. “Queda así zanjada la cuestión a nivel europeo”, festejó la ministra española de Exteriores como quien se quita una muela. Y lo penoso del asunto es que es verdad. Europa le borra las huellas a los esbirros del rey marroquí para que no quede ni rastro de sus tropelías. España puede ya dormir tranquila. El ‘tomate’ de Ceuta y Melilla tendrá que esperar en Naciones Unidas.

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“ES LA CULTURA, IMBÉCIL”

Mario Vargas Llosa adora la lectura desde niño. Aprendió a leer a los cinco años, nos recordaba en su discurso autobiográfico de la Academia sueca, en la antevíspera de recibir en mano el Nobel literario. Loas a la lectura del autor laureado con la gloria de las letras en los días que el informe PISA nos preguntaba por qué los estudiantes canarios, y en buena parte los españoles casi sin excepción, leen tan mal, sin comprender el sentido de las palabras, que son las luces del alma del escritor y que se encienden o apagan así se les entienda o ignore. Luego resulta –me decía la consejera Milagros Luis Brito el viernes en El Sauzal, en el Museo de la Lucha Canaria que se inauguraba- que la realidad no es tan simple, que hay luces y sombras, los alumnos isleños tienen buena lectura comprensiva en textos continuos (un fragmento de ‘La ciudad y los perros’, por ejemplo) y se distraen y confunden cuando se enfrentan a una lectura fragmentaria y discontinua (retazos de ‘Conversación en la Catedral’, ‘La fiesta del Chivo’ y ‘El sueño del celta’, por abundar en obras del mismo Nobel peruano-hispano).

Lo cierto es que esta actualidad de la lectura, en un clima de revisión de la ortografía, y los premios recientes de Ana María Matute (Cervantes) y el Nobel Vargas Llosa, dos lectores y escritores donde pugnan ambas facetas como en Borges (más orgulloso de los libros leídos que de los escritos), agita el gran debate de la cultura. Al menos en las islas. En medio de la crisis de la economía y de la crisis de la conciencia del papel de la cultura en la vida de las gentes y en la vitalidad económica de un país.

El Parlamento abordará este lunes, en el marco de un homenaje al admirado Juan Marichal (lector y escritor ejemplar), contenido en las jornadas que organiza y cordina el amigo Oswaldo Brito sobre ‘Ideas para el futuro’, un debate sobre la creación intelectual y la industrial cultural en Canarias, coincidiendo con la reciente conclusión del primer plan estratégico de la cultura en las islas.  Debo decir que el tema es oportuno y el título da en el clavo.

En la apertura de la temporada lírica del Teatro de la Scala de Milán, se desató la semana pasada una inesperada revuelta alentada por estudiantes, trabajadores y artistas contra los recortes presupuestarios asestados a la cultura y la universidad. El día que en Europa, en sus grandes y pequeñas capitales continentales e insulares, asistamos a un ‘mayo del 68’ por la cultura estaremos empezando a cambiar la historia.

En Canarias (no así en todas partes, Cataluña, por ejemplo, y tantos casos similares) aceptamos de brazos cruzados, cuando no nos tiramos piedras sobre nosotros mismos gentes de la cultura, que ayuntamientos, cabildos y gobierno cercenen brutalmente los presupuestos dedicados a este área, bajo el síndrome maniático de la austeridad mal entendida (cortar por lo sano cuantos gastos superfluos hubiera perpetuados fruto de una mala ‘cultura’ del despilfarro, está fuera de toda discusión, pero ir a degüello del capítulo de inversión pública es algo que, para empezar no goza de unanimidad, Bruselas dice una cosa y E.E.U.U. la contraria).

El problema reside en una clase política anclada en el concepto trasnochado de cultura baladí, de gueto para diletantes perfectamente prescindible por ser un elitista ‘capricho de cuatro’. Se olvidan los ‘sénecas’ de la cultura partidaria (partidaria de triturar la cultura) que ha aflorado desde hace años toda una industria cultural, que crea empleo y empresas, de la que depende un porcentaje del PIB que ya igualó al del sector primario y, si no lo impiden los tijeretazos presupuestarios de la iracundia ‘neocon’, pronto lo superaría. Creación intelectual e industria de la cultura equivalen a escribir y editar buenos libros, a enseñar a leer comprensivamente a los niños como festejaba Vargas Llosa 70 años después de aprender a descifrar las palabras, una vez reconocido su talento como autor, y a permitir que sus obras, impresas en papel o reproducidas e eBooks, lleguen al máximo de lectores. Una sociedad que no entienda esto, está perdida.

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LA ERRATA DEL MAR DE CANARIAS

 

La noción de ‘Mar canario’, sustentada política y ensayísticamente por nacionalistas como Victoriano Ríos y socialistas como Santiago Pérez, era, no obstante, hasta ahora una cuasi utopía que chocaba con el escepticismo, cuando no la abierta oposición, del partido en el gobierno de turno, y las objeciones tecnicistas de quienes invocaban la Convención del Mar de Montego May, en Jamaica, suscrita en el 82, bajo cuya autoridad quedaría descartado el reconocimiento de las aguas de los archipiélagos que no fueran estados propios, como es el caso que nos ocupa.

Sin embargo, cuando los políticos ‘aterrizan’ y ponen los pies sobre la tierra, porque la coyuntura obliga, suelen desdecirse de dogmas que habían enarbolado empecinadamente. La delimitación de las aguas canarias, el famoso ‘Mar canario’ que parecía inviable a ojos del derecho Internacional, ahora ha sido  por ensalmo posible. El pacto de octubre entre Zapatero y Paulino Rivero (entre el Gobierno socialista y CC sobre los Presupuestos estatales de 2011) dejó todas las pegas en papel ‘mojado’ y concertó, como condición sine qua non de los nacionalistas, la declaración de este espacio marítimo, que el compositor Benito Cabrera había concebido ya como “una sobre el mismo mar”. Canarias, de este modo, si no prosperan zancadillas que perturben este acuerdo, gana en superficie territorial, que otorga al

acuerdo una evidente rentabilidad: las islas obtendrían así mayor financiación, como se encargó de resaltar el diputado de CC José Luis Perestelo.

Estas aguas interiores dejarán de dividir, para empezar a unir las islas, y el sinsentido histórico, la errata política, desaparecerá, para bien del sentido común, que había faltado hasta ahora en que Canarias, para mayor incongruencia que el pleito mismo, pasaba por ser un archipiélago sin mar, más allá de las 24 millas territoriales de rigor.

El hecho de que los barcos puedan atravesar pasillos internacionales entre nuestras islas, a causa de este atavismo político ancestral, no concita demasiado estupor. El PP sostiene que esta delimitación aprobada ahora por socialistas y nacionalistas en la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso (con suficiente rango como para que no tenga necesidad de ser elevado al pleno de la cámara) no va a impedir que siga habiendo agua de nadie entre algunas islas, dado que la proposición de ley aprobada que deberá sancionar también el Senado sería incompatible con la convención del mar en vigor.

Cuesta creer que el Congreso apruebe una norma a sabiendas de que será ‘desmentida’ por el derecho Internacional, por cubrir un mero trámite formal (de mentirijillas) de un pacto insostenible. El diputado José Segura desmontó esta superchería, que parece reservada para cuando se debata el espinoso asunto de las 200 millas con Marruecos (está el horno como para bollos), con el petróleo de por medio. De momento, hombre, parece de cajón: de persistir una Canarias sin mar, obligaría a la RAE (ahora de moda por el cambio de regidor y de ortografía) a revisar la definición de archipiélago. Ahí es nada.

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PARALIZAR EL MUNDO

 

Cuando Colón descubrió América o (con permiso de los vikingos, propietarios del scoop, según recientes investigaciones) la redescubrió, había un solo mundo, y a ese otro desconocido oficialmente hasta entonces se le denominó ‘nuevo mundo’. Ambos se intercomunicaron durante un tiempo a través de nuestras islas, que eran puentes perfectos en la ruta de Indias por donde ‘navegaban’ los ‘internautas’ hace siglos tejiendo una formidable ‘red’ de comunicaciones, toda una revolución económica y social para la época.

Ahora se repite la historia. Había un viejo mundo analógico y carnal con sus reglas reales y tangibles en el que nos sentíamos cómodos, y ha sido descubierto (no hay, de momento, batalla por la autoría entre los militares norteamericanos y Bill Gates, el ‘colón’ de esta otra ‘historia’) un ‘nuevo mundo’ digital. Aunque vivamos dejando a un lado esta certeza, todavía aferrados a la complaciente realidad convencional, sin rendirnos a la evidencia de que el nuevo amo del mundo es virtual y ’transparente`’, crece por momentos el monstruo que albergaba Internet. Era de temer.

La primera guerra de la información, un conflicto informático que puede adquirir dimensiones mundiales, se ha desatado a raíz del asedio al portal de Wikileaks y la detención esta semana en Londres de su fundador, Julian Assange, acusado de abusar sexualmente en septiembre de dos mujeres, a raíz de la publicación de los escandalosos papeles secretos de las embajadas de los EE.UU, conocido ya como ‘cablegate’. Un grupo de activistas simpatizantes de la transgresora web perseguida ha emprendido, con ayuda de centenares (probablemente, ya sean miles) de hackers voluntarios, ataques masivos en Internet a compañías de tarjetas de crédito (Mastercard y Visa); al banco suizo PostFinance que congeló las cuentas de Assange; a la empresa de pago de online PayPal, que suspendió las transferencias de donativos a la página; a Amazon, que le negó el alojamiento web tras el escándalo de los documentos; a la oficina de la fiscalía sueca que actúa contra el líder australiano; al abogado de Miss A. y Miss W, las mujeres que denuncian al ‘wikiman’…, y hasta ha amenazado con boicotear a la red social Twiter por silenciar las protestas por el asedio a Wikileaks.

La ‘operación Payback`’ (Venganza) del grupo de hackers ‘Anonymous’, cuenta con precedentes. Hace pocas semanas, bloqueó la página web de la SGAE (envuelta en una cruzada con los cibernautas por el canon digital, éstas son las nuevas causas de las guerrillas, atentados o guerras abiertas en la actualidad en la Red). Arremetidas descomunales como la que se está librando ahora mismo en defensa de la ‘víctima’ Wikileaks, al parecer empezaron a ensayarse, según relata el diario El País, en Taiwán, por parte de China, que paralizó los hospitales, la bolsa, los semáforos, todo lo que se cruzaba en el camino, diríase; también en Irán (donde su programa nuclear provoca el asesinato físico de científicos, como el otro día, o asaltos informáticos sin contemplaciones), o en Estonia. En éste último, el objetivo fueron los bancos, que, según se anuncia, protagonizarán inminentes revelaciones contenidas en los cables de las embajadas norteamericanas.

Los llamados ataques de denegación de servicios, que bloquean las páginas webs de cualquier entidad privada o pública que se indisponga con estos hackers feroces están a la orden del día, y han generado un nuevo concepto de la seguridad en el ámbito informático. Si a los controladores aéreos les da por cerrar un acuerdo fáustico con estos terroristas ‘anónimos’ regados por todo el mundo, me pregunto si hay decreto de militarización y estado de alarma capaz de obligar a tales insurrectos a deponer su actitud. Preferible no pensarlo, pero esto está sucediendo ya. Si se lo proponen, paralizan el mundo.

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LAS ‘DESCONTROLADAS’ RELACIONES CON MARRUECOS

 

Sin necesidad de ir muy lejos, este día de hoy es el más indicado para ejercer la defensa oportuna de los derechos de los ciudadanos, de la gran mayoría, o, si se prefiere, la ‘inmensa minoría’, de  Juan Ramón Jiménez, frente al chantaje de las minorías sectarias y privilegiadas de este país. Un día para establecer con la historia doméstica los debidos ajustes y expresar en voz alta las enmiendas a que hubiera lugar. El Día de la Constitución nos convoca a saldar cuentas con algunos demonios familiares.

La resaca del caos aéreo el viernes negro agranda, a medida que pasan las horas, la gravedad de los sucesos. Los expedientes disciplinarios y la acción de la justicia deberán devolver a los ciudadanos –damnificados o espectadores pasivos- el amparo legal y la salvaguarda del Estado que durante unas horas parecieron suspendidos y violentados por una acción descabellada impropia de profesionales de nada.

Digo que este día nos ayuda a recomponer muchas cosas. No sólo el pandemónium aéreo. También toca revisar el curso de los acontecimientos, desde 1975, del contencioso del Sáhara Occidental, cuya tensión, tras el desalojo intempestivo del campamento de Gdaim Izik a las afueras de El Aaiún, ha ido aumentando respecto a España, hasta el punto de que, mientras nos ahogábamos en las miasmas del infierno aéreo del puente, el Parlamento de Rabat acordaba el viernes instar a su Gobierno a reexaminar las relaciones bilaterales con España a raíz del pronunciamiento del jueves del Congreso español, que condenó (evitando citar sumisamente al reino alauí) la violencia desatada durante el desmantelamiento de las jaimas de protesta de los sahararuis.

Marruecos ha abierto un nuevo capítulo, que irá a más, y del que no somos aún conscientes porque la revuelta de los controladores la solapó durante el fin de semana. La escalada marroquí contempla, abiertamente, la reclamación de Ceuta y Melilla, las dos ciudades autónomas por cuya soberanía España ha modulado siempre su política de paños calientes hacia Rabat. Los partidos mayoritarios y los plenos de las dos cámaras marroquíes han optado por tensar la cuerda, más allá del anuncio del mismo jueves del portavoz del Gobierno, Khalid Naciri, de reevaluar las relaciones, para pasar directamente a reivindicar, y pedir al ejecutivo que lo haga formalmente, la descolonización de Ceuta y Melilla “y los presidios ocupados” (sic). Las fuerzas políticas que lo propugnan solicitan que el gobierno remita el expediente de ambas plazas a la Cuarta Comisión de la ONU que se ocupa de este tipo de procesos pendientes en el mundo. A su vez, solicitan crear comisiones de audición para las víctimas de los crímenes contra la humanidad cometidos por el Estado español en su “guerra colonial contra el pueblo marroquí en el Norte y el Sur del Reino”. El ministro marroquí de Exteriores, Fassi-Fihri, en su intervención irrespetuosa en el Parlamento Europeo, tras una condena similar a la del Congreso, eligió a los españoles como diana de su menosprecio y petulancia , porque, a su juicio, actúan condicionados por un “complejo de inferioridad” respecto a la evacuación de su Ejército del Sáhara en 1975. Marruecos no tiene límites en su altanería.

Vienen caminando días irritados entre España y Marruecos, que incluye marchas (tan de guión para Rabat, que rentabilizó hace 35 años una muy célebre sobre el Sáhara Occidental, la ‘marcha verde’, con la que se forjaron la ocupación ilegal del territorio y los acuerdos ignominiosos de Madrid), tanto contra España como, específicamente, contra el inamistoso PP. Una con este último fin convocada en Ceuta fue aplazada arteramente a última hora para no hacerla coincidir con el polvorín aeroportuario, dado que habría tenido menor repercusión mediática en España, como ha sucedido con los propios acuerdos parlamentarios de Rabat. Se las saben todas.

El régimen alauí, como describen los papeles de Wkikileaks, en medio de la chismografía indiscriminada sobre líderes y países, es generalizadamente corrupto. Cabe suponer la agenda de favores que desplegarán sus eficientes servicios diplomáticos para corregir la nefasta imagen internacional que Marruecos se ha granjeado desde el 8 de noviembre (desalojo a la fuerza del campamento) hasta hoy, bajo un apagón informativo y múltiples denuncias de torturas, crímenes y detenciones.

A Canarias no le agrada esta situación. (El nuevo embajador español en Marruecos es, por cierto, el canario Alberto Navarro, uno de los funcionarios mejor valorados a su paso por Bruselas.) Nos debe preocupar tanto la posibilidad de la reanudación de la guerra entre el Frente Polisario y Marruecos a causa del fracaso del acuerdo de paz del 91, como esta premeditada confrontación de Rabat con Madrid, cuyo desenlace es imprevisible. Marruecos es hábil en gestionar los momentos políticos más débiles de España; lo hizo Hassan II en el 75 cuando aprovechó la agonía de Franco para invadir el Sáhara, y lo vuelve a hacer ahora su hijo, Mohamed VI, presumiendo que Zapatero bastante lío tiene con repeler los ataques de los mercados de la deuda. Pretende forzar a España para que respalde oficialmente su proyecto de autonomía para el Sáhara y no dudará en ‘sumar’ voluntades en esa dirección. Lo que este nuevo escenario nos pueda deparar a los canarios, en nuestra sensible política de equidistancia en el conflicto, es toda una incógnita. Pero Canarias debe ejercer sabiamente su particular ‘diplomacia’ en este conflicto y pedir ser oída por Madrid ante los pasos que haya de darse, con el fin de no quedar a la intemperie y pagar los platos rotos.

Marruecos conoce nuestro talón de Aquiles, la inmigración, el turismo, la seguridad. Y hará algo. Si no actuamos con prevención e inteligencia. Pero si con el despropósito de los controladores se acabó mediante el uso del Ejército, este otro contencioso exige, en cambio, dosis extremas de diplomacia y disuasión. España se enfrenta a una guerra psicológica con y de Marruecos, al tiempo que se sacude al enemigo de los mercados de la deuda. Una situación inédita, que describe a un país haciendo auténticos malabarismos contra un mismo adversario, la codicia: de los mercados y de los estados.

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UN PAIS DE LOCOS, UNA LEY PARA LOCOS

España es de esos países que no necesitan enemigos fuera porque, de acuerdo con la sentencia de Churchill adoptada por Tinerfe Fumero en este periódico, los tiene de sobra dentro. Esta vez los controladores aéreos, simulando fuego amigo, ‘enfermaron’ masivamente y dejaron el puesto de trabajo por el bien de la seguridad aérea (de sus privilegios laborales), pero en la práctica generaron la situación más grave que se recuerda en  la historia aeroportuaria del país. La militarización del servicio ordenada el mismo viernes y el estado de alarma -inaudito en tres décadas de democracia- decretado en la mañana del sábado por el Gobierno desactivó una subversión de trabajadores de cuello blanco que provocó, pese a todo, pérdidas millonarias en empresas y daños irreparables en personas frustradas de antemano por la crisis.

El Gobierno ha de dar explicaciones. Nadie lo discute. Debe justificar por qué eligió un mal día -la víspera del puente de la Constitución de máximo tráfico aéreo- para aprobar el decreto que incendió el conflicto (en  él se especifican las 1.670 horas anuales de curro real, sin permisos ni bajas de tapadillo, y esto endemonió a una casta intocable de profesionales duchos en orquestar  escaqueos). Ha de convencernos de que hizo bien y que, por tanto, Esteban González Pons erró el tiro al criticar la inoportunidad del Consejo de Ministros del viernes. Como tendrá que convencernos Zapatero de que no ha estado ‘missing’,  sino que Rubalcaba ha sido su encarnación en las comparecencias de esta crisis. Pero nadie negará a este gobierno, ni siquiera al cuestionado ministro de Fomento, la rapidez y acierto de sus decisiones una vez desatada la mayor insensatez de la historia sindical del país, sumiendo en el ridículo más espantoso a un colectivo que, con la cabeza agachada, abandonó la ‘suite-trinchera’ y volvió al tajo con uniforme verde caqui en cuanto le leyeron sus derechos antes den pasar a disposición judicial. Eran señoritos, nunca trabajadores en huelga; una acepción como ésta cargada de historia no merece semejante deshonra.

Así que el manual de oposición del PP alguna vez ha de aportar una coartada para su credibilidad. No cabe decir ‘no’ mecánicamente sin pecar de robot. La política es, cada día más, la verdad de las emociones. Y el viernes y el sábado, en este país, no había un colectivo objeto de mayor repulsa ciudadana que el de los controladores aéreos. Dudo que en toda la historia reciente, del 23-F al 3-D, lo haya habido, salvo el triste período negro que le tocó arrostrar a la Guardia Civil. De ahí que eché en falta en Rajoy, uno de los rehenes del secuestro, un gesto de estadista desde Lanzarote de apoyo al Gobierno de su país durante las horas críticas del desastre, y que aplazara todas las diferencias políticas sobre el caso para el día después. Rajoy es un tipo inteligente, aunque se le repute de darse a la pereza, y atribuyo una obsesión antizapatero tan majadera al consejo de encamarse hasta las elecciones (los políticos no siempre deben seguir al pie de la letra las consignas de los asesores). 

La noche de este ‘golpe al Estado’ sólo cabía estar al lado del Gobierno y de los derechos de los ciudadanos consagrados en la ley que conmemoramos el lunes. 600.000 personas estaban retenidas por 2.000. No era un pulso de partidos, sino un precedente peligroso, un acto terrible (alguien dirá, un acto terrorista, llevado de la calentura, y la verdad es que si no conociéramos a los autores, habríamos pensando al princioio en una ‘alqaedada’). Si Reagan militarizó y despidió a miles de controladores en el 81 por una huelga de éstas, lo hizo calcando un plan de Carter, que era demócrata. Hay decisiones en situaciones de emergencia que son de Estado, no de partidos ni ideologías.  

Una vez quedó atrás el problema (el cierre del espacio aéreo, pero no, al menos por quince días, la militarización y el estado de alarma), ahora queda el otro problema en esta puro. El futuro del control aéreo en España. La enérgica reacción del presidente canario, demandando una ley de militarización y el despido de los responsables, ha puesto el foco sobre la herida. Que Canarias es la comunidad más afectada es tal obviedad, que ha de formar parte activa de la solución del problema. Las ideas que las islas puedan poner sobre la mesa -algunas de ellas las ha desgranado ya el presidente Paulino Rivero, cuyo gabinete denunció al día siguiente en los tribunales a los controladores- son de utilidad en el ámbito estatal. La convicción de Rubalcaba de que “no volverá a suceder” no calma el desasosiego de los dos archipiélagos y el territorio peninsular. Ni el de los ciudadanos, que, con motivo, se preguntan que sería de este país si mañana los médicos abandonan en bloque los hospitales dejando atrás a los pacientes, y los maestros desertan de las aulas dando la espalda a los alumnos, y en Endesa y Red Eléctrica les dé por dejarnos sin luz. ¿Existe la ley que pare a tiempo los pies de un colectivo enloquecido?

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GOLPE AL ESTADO

El ‘golpe al Estado’ de los controladores aéreos españoles este 3-D contra el Gobierno de Zapatero, a ojos de Europa, es una reedición de aquel ‘tejerazo’ paleto y montaraz que tanto nos avergonzó en su día. Esta ‘alqaedada’, que han asestado un golpe impensable a la economía, a la imagen, a la estabilidad de un país sumido en una profunda crisis, pasa a la historia de las chapuzas más célebres recreadas por Luis Carandell. A Canarias, el paro le retorció el cuello y la dejó sin aire.

El presidente Zapatero, ya entrada la noche, firmò la orden de militarizar el servicio público del control aéreo, como quien decide in extremis repeler un ataque en toda regla contra los intereses del Estado apretando un botón. Habían sido violentados los derechos de los ciudadanos del país, como si todos hubiéramos quedado presos, sin poder movernos, a expensas de unos activistas invisibles, pero capaces de cegar el cielo y suspender todos los vuelos. Los controladores comenzaron a abandonar masivamente sus puestos de trabajo a media tarde, como miembros de una secta camino del degolladero. Estaban debidamente sincronizados, como protesta por los acuerdos que el Consejo de Ministros había adoptado horas antes sobre la regulación de su jornada laboral -que no incluye a partir de ahora los permisos y bajas-, y paralizaron los aeropuertos obligando al cierre del espacio aéreo, como si de un atentado fundamentalista dantesco se tratara. 

Con la militarización del servicio, los absentistas se exponen a ser acusados de sedición, penado con años de cárcel, y ya anoche la Fiscalía de Madrid abría diligencias para establecer la posible comisión de esa figura delictiva. Fue el presidente canario -por tratarse la suya de la comunidad más afectada por el aislamiento aéreo, a falta de Renfe y carreteras por territorio continuo- el primero en mencionar las dos medidas: la intervención del Ejército y la actuación de la Fiscalía. Canarias, como Baleares, es la víctima propiciatoria de las continuas huelgas encubiertas de los controladores, pues el malestar social está asegurado. pero esta vez, la ‘yihad’ del colectivo cruzó una raya peligrosa, como si perdiera los estribos, para ejercer más allá de una medida de presión, un chantaje con “rehenes” -los propios ciudadanos, en opinión de José Blanco, erigido en ministro antimafia de un sector enfrentado al Gobierno-.

Las pérdidas turísticas de Canarias y el conjunto del Estado, en la operación salida del puente de la Constitución, pasan a un segundo plano, con ser considerables, y cobra toda su trascendencia el pulso  político que han querido librar los controladores -el sindicato USCA usó la estratagema de convocar una rueda de prensa autoexculpatoria a la misma hora que se ‘enfermaba ‘ a la vez más de la mitad del colectivo- midiendo sus fuerzas con el gabinete de Zapatero. En tiempos de gloria sindical -antes del monumental descrédito que ahora soportan-, el mismo gremio alardeaba de tener cogido al gobierno por sus partes pudendas y de hacerlo caer si quisiera.

La jornada del caos mostró los rostros de los pasajeros en tierra con la palidez y la ira, en efecto, de unos rehenes bajo un secuestro fantasma, cuyos autores se atrincheraban en un hotel cerca de Barajas. La destemplaza de Rajoy, retenido en Canarias, era tan visible como su desconcierto al vacilar entre el instionto procedimental de meterle caña al Gobierno o a unos incívicos profesionales de dudosa simpatía entre los votantes.

Que una huelga salvaje nos haya devuelto a la España donde mandaban los militares no es, desde luego, la mejor noticia, en el bien entendido de que a estas alturas de la democracia lazs Fuerzas Armadas se han ganado un reconocimiento merecido por labores cívicas y solidarias que borran viejos clichés. El decreto ley que pone el control aéreo en manos del Ministerio de Defensa estaba perfectamente meditado, pues fue uno de los acuerdos del Consejo de Ministros antes de que se desatara a las pocas horas la crisis aeroportuaria. Convendremos que, al margen del efecto disuasorio del que todavía gozan en este país los militares, su intervención -amén de contar con controladores propios para suplir parcialmente las bajas- debe de estar justificada por los aspectos legales del asunto, es decir por la posibilidad, sólo en ese caso, de situar a los huelguistas entre la espada y la pared: entre volver a la consola o cometer sedición. ¿No habrá en el futuro que endurecer adecuadamente este delito -hoy castigado con un máximo de 12 meses de prisión y en el caso de los cabecillas con un tope de 2 años- en el Código Penal, cuya modificáción es inminente, como sugería ayer el presidente canario en su comparecencia? 

El caso es que Aena comenzó su estrellato de la semana con el anuncio de su privatización y lo terminó con el de la militarización. Del mismo modo que el Gobierno de Zapatero venía de pertrecharse contra el ataque de los especuladores de los mercado de la deuda y ha acabado, qjuién lo iba a decir, viviendo horas de auténtica ‘guerra’ de nervios, que nos remontaban a una noche de transistores como si leyéramos a Javier Cercas en ‘Anatomía de un instante’; de nuevo sonaron palabras como ultimátum, intervino el Ejército en auxilio del Gobierno y esta vez buscamos en las ediciones digitales de los diarios la evolución de los acontecimientos, y recurrimos como siempre a la radio, y pusimos la tele, como entonces, pero esta vez no habló el Rey, porque estaba en Mar del Plata.

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TOM HANKS EN ‘LA TERMINAL’

Los ocho aeropuertos de Canarias abren la boca y el turismo nos da de comer. No tenemos más alternativa ya metidos en la otra boca de lobo de la crisis, y no nos va mal. El número de visitantes crece, y aunque en el pasado abogábamos por la calidad antes que por la cantidad, conscientes del número excesivo de camas dde nuestra planta alojativa, hemos terminado por sucumbir al vellocino de oro de la masa, que pernocta y deja una lluvia fina de dinero, a todas luces provindencial.

Tiempo habrá de renovar hoteles y apartamentos obsoletos (si algún día la quimera se vuelve verdad) y, entre tanto, que se llenen  cuanto más mejor. Son tiempos de vacas flacas, la sed de ingresos aparca axiomas tomados por sabios y se impone salir del paso a trompicones, con la lección aprendida, con el turismo de memoria. El turismo está respondiendo a un desafío histórico, sobre sus hombros recae la hazaña de sacar las islas a flote en medio de esta crisis larga y antipática.

Y las noticias que se tienen de la evolución de la demanda dibujan un panorama alentador: un millón de turistas más el año que viene, de la mano de Ryanair, según el anuncio del Gobierno canario, que ata en corto este convenio con la reina del low cost para que inyecte viajeros a las islas y monte cuatro sedes.

Las cuentas de una  oleada de turistas como ésa, cifra, en números redondos, la ‘llegada’ de 1.500 millones y el gobierno calcula que creará entre 25.000 y 30.000 puestos de trabajo. Son las previsiones de un gobierno, y, por tanto, cabe concederle ciderto margen de euforia, pero por mucho o por poco que yerre en el pronóstico, todo se andará, será un’ chute’ turístico en toda regla.

¿Qné sucede? Que controladores, pilotos (para el Sepla es parte del manual de estilo) y trabajadores de Aena moscas con la privatización que hoy aprobará el Consejo de Ministros, parecen conjurarse en un pacto fáustico para hacer de nuestros aeropuertos en Navidades un infierno. Supondría un descalabro para las arcas resentidas del primer sector de laeconomía insular, y el daño de imagen del caos aeroportuario en fechas sensibles alcanzaría una gran magnitud,  como en el ayuno del tragaldabas que suplica la ración hasta vejarse, con los miles de viajeros tirados en las terminales como Tom Hanks en el aeropuierto JFK en la película de Spielberg y las islas dando el espectáculo en toda Europa de un destino trampa. La ratonera.

La entrevista Paulino Rivero-José Blanco fió al consejo de ministros de hoy, viernes, la estipulación de garantías para el archipiélago en caso de que se consusuma esa alineación de planetas en las siete islas para asestar a esta tierra un golpe bajo tan mísero. De poder evitarse, porque Aena resuelva el conflicto de los días de descanso de los pilotos y persuada de estabilidad en el trabajo a su personal amenazado con la entrada de capital privado, o desactive el paro encubierto de los controladores, Canarias se daría esta Navidad con un canto en el pecho. Pero, entre los nueve mandamientos de Zapatero figura la venta parcial del organismo y el archipiélago, que está en contra de esta medida porque se niega a que un servicio público estratégico pase a manos privadas, permanece en medio de la refriega, llevándose la peor parte. 

Querer ignorar una y otra vez que las islas son un territorio discontinuo condenadas a volar por narices es no querer enterarse de la misa la mitad.

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EL WIKIPERIODISMO DEL FUTURO

Si el tal Julian Assange, el reverso del mito orwelliano del Gran Hermano, triunfa con su web y derriba finalmente a la secretaria de Estado estadounidense y pone contra las cuerdas (o se lleva también por delante) al mismísimo Obama, y acaba con la CIA, con la diplomacia yanqui, con el sursuncorda profundo del poder norteamericano, y monta un pollo global con los arsenaldes nucleares en manos de líderes zaheridos públicamente o quién sabe de qué `pifostio´ sea capaz, esta profesión de antiguo conocida como periodismo (la de cogérselo todo con papel de fumar, cuando no estaba prohibido) se habrá ido al garete.

Devoro los ‘papeles secretos’ de Wikileaks como usted, y, ahíto del empacho, convengamos que divierte y excita navegar por las cloacas del poder en estado puro, en su estado más sórdido e infame, pillar al espía in fraganti, con las manos en la masa. Es un gustazo. Todas las revelaciones (si lo son) publicadas hasta ahora tienen morbo, y las que atañen a España, sin desperdicio, hablan del sumidero de las chapuzas para tapar el ‘caso Couso’ (dudo de la versión de López Aguilar y Julio Pérez plegándose al embajador americano para coadyuvar en el archivo de la causa) y los tejemanejes para encubrir los  vuelos de la CIA o mercadear con los presos de Guantánamo.

De acuerdo que son unas filtraciones apetitosas, cuyo consumo no discrimina entre lectores avezados de prensa sesuda y usuarios doctos en telebasura a la carta. Pero el caso Watergate era otra cosa. Sin nostalgias del oficio prehistórico de papel y lápiz, antes del iPod, digamos que el periodismo de investigación de toda la vida se forjaba con el método meticuloso de consultar las fuentes, contrastar la información, reconstruir los hechos y acabar averiguando la verdad antes de publicarla. El hackerperiodismo (o usemos el término ‘cracker’, que prefieren los gurús del ‘software libre’) es un corta y pega compulsivo que amasa centenares de miles de documentos confidencialdes, obtenidos por procedimientos inconfesables y difundidos en la barra libre de los portales de Internet y, ahora por último, en diarios convencionales de solvencia, ante la necesidad de sublimar su fe de rigor y sortear, a su vez, problemas de distribución en la red.

No me cabe la menor duda -digo con dolor- de que este periodismo ciudadano o fulano valeroso, vengador y justiciero se va a imponer. Es más directo, hiriente y fácil. Las viejas reglas de la veracidad quedan refutadas por este envión de Wikileaks. O mucho me equivoco. Hacía tiempo que en la redacciones ganaba terreno la pereza de ponerse a investigar. Los nuevos cachorros del ciberperiodismo han hallado la fórmula, y su héroe, este rubio australiano perseguido por violación, seguramente sin fundamento con tal de cortarle las alas sus poderosos adversarios, les ha enseñado el camino (por otra parte, me alegra ver a los piratas icautos del pinchazo telefónico y el ocaso de la vida privada probando sju propia medicina, qué quieren que les diga, una cosa no quita la otra).

En lo sucesivo, las fuentes se reducen a una: el que filtra, el soplón (lo de ‘garganta profunda’ no se puede chotear, o perdería todo su glamour). Los medios (de obtener información, de asaltarla ionformáticamente por las bravas) justifican el fin. Al fin. Hemos tocado fondo.

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