Opinión

LA ISLA DE UTOYA


La ‘salvaje’ Europa, que alardeaba de buenos modales y Estado del bienestar, remata a sus muertos a quemarropa. No hablo del bochorno de la agonía griega en la UE, sino de jóvenes estupefactos encañonados por un ultra de 1,90 y ojos verdes en la Noruega atónita donde no mataban ni a una mosca. La misma Europa en que volaron los trenes de Madrid y el metro de Londres, y en una calle de Amsterdam fue acribillado el cineasta Theo van Gogh, que pasaba en bicicleta. Sì, la que dice encarnar la civilización frente a la barbarie, como si releyéramos a Coetzee. Pero ese mapa de roles quedó obsoleto, como prueba ahora extremadamente el paraíso noruego, edèn en el ranking de la felicidad, que mi amigo Juan Carlos Mateu viene censando desde hace años. Hoy es un infierno. Caían los muros y volvieron las necias alambradas sobre las ruinas del Acuerdo de Schengen, tras la primavera árabe. Nos habìamos reunido el miércoles en el Kastillo de La Laguna Alfonso González Jerez, Job Ledesma, Mario Alonso y el que suscribe, en el marco de Mumes, a diletar sobre el mestizaje canario, 48 horas antes de la doble masacre nórdica -¡quièn nos lo iba a decir!-, del coche bomba de Oslo y el derramamiento de sangre a espuertas de la isla de Utoya, perpetrado por un ultra descerebrado, de vida bucólica y lecturas tangenciales de Stuart Mill, Orwell y Kafka, con delirios de caballero templario y poseído de una islamofoboia deletérea, al que se le atragantaron los laboristas (culpables de la invasión musulmana de Europa, según el sujeto). Disfrazado de policía, penetrò en la isla campamento de los pupilos del partido del gobierno y dispuso de 90 minutos de exterminio casi orgiástico, corroído por el descenso de su equipo de fùtbol. Este efebo rubio llevaba el demonio dentro: tanto él como el suceso resucitarían a Truman Capote. A ese paso, Europa imita al tìpico majara de EE.UU. tanto como importa su moda. La Noruega crisol de culturas –de argentinos a pakistaníes- parió también a un maníaco podrido de racismo. ¡Racha mala de juventud inmolada!: asimismo, apareció muerta la cantante con moño de muñeca yonqui Amy Winehouse –se veía venir- en su apartamento de Londres. ¡Dios ponga su mano en las manzanas de la Puerta de la Sol!


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EL PAISAJE DE MARIANO VEGA

 

“Nos asusta del muerto su identificación plena con el paisaje”.

(Mariano Vega)

 

Pienso en Mariano Vega en alguna de las maneras más invisibles de ser discreto en la vida. Él inventó la suya. Pasaba de puntillas, quedamente. Fue trasparentándose como el aire, cada vez más sabio en su nirvana, a medida que iba cobrando años y se sentía más seguro de sí mismo y libre. Mariano Vega-Luque dice mucho ahora, mucho más que antes, cuando se daba poca importancia.

Le concedí todo mi respeto y admiración en vida, hablábamos de la tal poesía como una amiga soltera que podía ser de muchos a la vez. Hablábamos de teatro, que le traía por la calle de la amargura ante la crisis de fondos para el último montaje. De poesía conversamos, digo, sobre todo. Recuerdo que me dijo en una cafetería que era un poeta de guardia esperándola, y en una sobremesa enLa Palma, brindamos por ella con copa y todo. Mariano Vega, que acaba de morir este domingo como si cerrara la puerta sin hacer ruido, era complaciente y generoso; te regalaba elogios desmesurados. ¡Cuánto poder estimulante tienen ciertas palabras en ciertos amigos y momentos, incluso cuánto curan, como dice Alex Rovira!

Nos entrevistábamos mutuamente –esa impostura a que obliga responder sobre uno, habituado a hacer preguntas ajenas-, y él siempre lo hacía con una enorme condescendencia, desde su exquisita afición a las palabras y la radio. Una vez, en medio de una entrevista televisiva que grabó para Canal 7, preguntó por el artesonado de mis comentarios en Radio Club, tenía esa curiosidad sincera por conocer el andamiaje literario de los demás, revelando, de paso, su faceta de lector fino de radio. Al poeta precoz Félix Francisco Casanova le preguntó qué palabra le daba mala espina, y el también novelista autor de ‘El don de Vorace’ le contestó desde la cama de su casa tras recibir el Pérez Armas, una: “Trascendental”. Odiaba ese vocablo que, sin embargo, le perseguiría póstumamente, cuando empezó a trascender con pisadas de Rimbaud.

Mariano Vega deja poemarios, ensayos, teatro, literatura bien escrita y bien publicada y premiada, y seguramente alguna otra obra inédita, que su inconsolable compañera y esposa Olga Bencomo dará a la luz. Ninguna palabra le va a asediar en su contra a Mariano Vega, que era amigo de todas las palabras, hasta de las malas palabras, como si las quisiera redefinir con una bonhomía que traspasaba el idioma sin alzar la voz. Mariano habría acabado con la crispación por decreto de las musas. Le espera una posteridad agradecida, estoy seguro, un destino propio en la historia de las letras. Sus cuadros poéticos colgados en las paredes del Círculo de Bellas Artes, líneas y versos en suspensión, lo definen con la síntesis que cultivaba en estrofas taoístas.

Acaso de Mariano Vega ‘trascienda’ por su voz, como Frank Sinatra. Tenía un arpa en la garganta que se disputaban los documentalistas, hablaba con el instrumento de los elegidos para ganarse la vida como locutor, y él obedeció el dictado del destino ejerciendo en RNE y TVE hasta jubilarse. Pero también le aguarda el sitio que le corresponde en nuestro olimpo insular, como el poeta callado que no buscaba versos, le bastaba con hacerse el encontradizo, como me dijo aquella tarde en la barra del café. O como dramaturgo parco pero audaz, inmortalizado en ‘Apaga la luz y enciende los sueños’, que ofertó al Leal cuando reabrió las puertas tras una siesta interminable. O como cuentista (‘la vieja moneda de Coly’), que no necesitó prodigarse. O quién sabe si como novelista introspectivo de la isla, en su ‘Pie de lluvia’. Queda por compilar los artículos en la edición de papel de este diario.

Yo lamento quedarme más solo sin Mariano, qué quieren que les diga, egoístamente; aun siendo esporádicos los encuentros que tuvimos, era mi interlocutor favorito, casi exclusivo, en el tema que nos unía confidencialmente, la vagarosa poesía que nos acompaña desde que nacemos hasta la muerte, para seguir su vuelo sin nosotros, de rama en rama, de árbol en árbol y de sol a sol, dispuesta a alcanzar el horizonte, como miran los mares. Ese paisaje.

 

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CANTATA

 

La butaca del Auditorio, colgada en lo alto, ejercía de minarete para ver el mundo en 36 años, del estreno en el Guimerá (otra butaca, otro tiempo, 1975, yo era un pibe) de la ‘Cantata del Mencey Loco’, por Los Sabandeños, a esta recreación sinfónica, orquestada por Emilio Coello y tenazmente acariciada por Víctor Pablo Pérez, con la connivencia de Cristóbal dela Rosa(por el Cabildo). El guanche, desde que llegó en cárabos o balsas de odre, hace 25 siglos, nos interpela como enigma, pero el oficialismo decadente lo acalló con un malditismo culposo que proviene del franquismo –hoy hace 75 años del golpe- como a perpetuidad. A Pedro Hernández y colaboradores les marcó el ‘Natura y Cultura’, coetáneo de la ‘cantata’, porque el libro desempolvaba al aborigen, que estaba mal visto, y las pegas les persiguen en su versión digital –buscar Gevic-. Cuando la ‘cantata’ irrumpió en escena (fue de noche aquel año fronterizo, Franco se apagaba, una marea humana como la dela PlazaTahriravivabala Transicióny las islas se personarían en la guerra del Sáhara) era tan peligroso cantarla como escucharla. En los recitales, Elfidio Alonso, ‘enfant terrible’ del régimen, se desahogaba en cada presentación y el grupo aguardaba con un nudo en la garganta el siguiente tema. El guanche –el disco del mismo nombre, que Carlos García mimó como a un hijo, se agotó rápidamente- escocía en la zafia censura, y ese tic de país ignorante que repudia a guanches o tartessos lo heredaron palurdos políticos, ya en democracia, cuando Cubillo, antes de ser ensartado con un machete submarino, pinchaba la ‘cantata’ en la radio desde Argel. El concierto-disco ha sido en julio, como en el debut. Había hasta un público recién nacido: mi hijo de ocho meses, en líneas generales, se comportó. En estos saltos de memoria en el vacío pasan los años como rayos -¡más de un tercio de siglo!- de una ‘cantata’ a otra, de Quique a Benito Cabrera sobre un escenario del siglo XXI, viendo juntos ala Orquesta Sinfónicade Tenerife y Los Sabandeños -dueto de masas-, para desenterrar, nuevamente, al pariente incómodo. Cuscoy decía que el guanche vio llegar a Lugo “en silencio”, y Viera y Clavijo tenía una frase demoledora: “El general no era un ángel de la paz, era un conquistador”. Gil Roldán (recitado por Rodríguez Abad, tras Melián, Rabal y Madariaga) canta la enajenación de Beneharo por no ser libre. Las canciones de libertad de Los Sabandeños son una mina: de la rebelión de los gomeros (Casimiro Curbelo tiene ahí una fuente de inspiración) a la del perenquén. En la nube de cabezas del Auditorio creí ver a Hermógenes Afonso.

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VENEZUELA

 

Mi madrina, Virginia, adora a Venezuela (que celebra 200 años de independencia), y el recuerdo infantil que guardo de ella, vecinos puerta con puerta en la calle San Sebastián, es su nostalgia y acento venezolanos. No aceptaba la idea de no volver a la patria adoptiva. Crecí oyendo hablar de Venezuela como un lugar predestinado para los canarios. Y fui con los ojos cerrados cuando Paco Padrón me propuso rastrear la huella del emigrante. Hice un experimento, nada más aterrizar. Me encaminé hacia la Plaza Bolívar (autor del ‘decreto de guerra a muerte’: “Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes…”) y, entre balaustres, empuñando el micrófono, como proponía Gómez de la Serna en la Puerta del Sol, pregunté a todo el que pasaba: “¿Es usted oriundo de Canarias?” El trabajo de campo me retuvo mes y medio en Caracas, en el domicilio del entonces analista de mercado de la Embajada española, José Manuel Soria, hace treinta años, aún lejos de estrenarse en política. Regresé a menudo a la  república feraz que el periodista Pancho García tenía siempre en la punta de la lengua. La palabra Venezuela suena hermosa y allegada. A Sergio Reyes le inspiraba seminarios colombinos; a Mari Luz y Quico Gutiérrez, programas de radio; a Manolo Pérez, una suite, y a Antonio Camacho, novelas inéditas. El historiador Julio Hernández me hablaba de la atmósfera de Venezuela que flotaba en la biblioteca personal de Uslar Pietri, hasta que visité ese país dichoso de libros la tarde que el escritor me recibió en su casa de La Florida. Ser ‘americanista’ era lo más natural entre nosotros, una logia. Mercado Coche era reflejo del ‘canarypower’ agrícola, y el barrio caraqueño de Candelaria, un nido de isleños, donde vivió el herreño Juan Francisco de León, que se sublevó  en el siglo XVIII contra el monopolio de la compañía Guipuzcoana –germen de la independencia-.  Impresiona la estela del pariente Andrés Bello y la de Bolívar, ‘el guanche’, como decía Rafael Caldera, un Bolívar con luces y sombras, que hablaba con “la cadencia y la dicción de las Islas Canarias” (García Márquez, en ‘El general en su laberinto’). “¡Qué grande era Miranda!”, me comenta Efraín Medina, en presencia del cónsul, David Nieves. Conmueve aquel hijo de canarios, que vivió entre guerras legendarias (la independencia de los EE.UU., la revolución francesa y la emancipación de Hispanoamérica). Enfermo, secreto de Estado, Hugo Chávez, voló el otro día de la Habana a Maiquetía, para no perderse este bicentenario con trinos de canarios y turpiales.

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NACE UN NUEVO PAÍS EN EL MUNDO

 

Un testigo canario de excepción presencia desde este sábado el nacimiento de un nuevo estado en el mundo: Sudán del Sur. El referéndum de independencia, que ganaron por amplia mayoría en enero los secesionistas, quiere cicatrizar décadas de guerra entre el norte y el sur, un conflicto trufado de antagonismos religiosos, étnicos, ideológicos y económicos (riquísimas reservas de petróleo que han derivado hasta ahora en un gran foco de corrupción). Sudán tiene la notoriedad de las guerras del Tercer Mundo, poco importa su lastrada economía social, sus abismales desigualdades, el imperio terrenal de Omar Al Bachir –pretendido por la Corte penal Inrternacional por sus crímenes-. Sabemos de Sudán, hasta este instante de su partición, sobre todo por Darfur, la famosa masacre de los negros en la primera década de este siglo. No sé por qué memoricé durante un tiempo el nombre del golpista Numeiry, que gobernó despóticamente sin poner fin a las guerras civiles que diezmaron la nación. La independencia pone fin a muchas cosas, y acaso inaugure otras: Sudán deja de ser el país más extenso de África (a partir de ahora será el tercero tras el Congo y Argelia) y el más peligroso; en su franja sur, este modesto y, sin embargo, petrolífero estado que irrumpe en el concierto de las naciones libres (el sur es animista y cristiano; el norte, musulmán) se convierte desde este momento en el país más pobre del planeta. Naciones Unidas tiene que dar de comer, físicamente, a la mitad de su población, unos 8 millones de habitantes, que se regirán por una constitución, camino de un régimen que algún día podrá ser homologado entre las democracias occidentales, pero aún es prematuro. El paisano que asiste en primera línea a la construcción de este estado en pañales es el único representante con que cuenta España, el diplomático palmero Moisés Morera, que me confiesa que esta es una oportunidad irrepetible en su vida de ver con sus propios ojos lo que estudió antes en los libros sobre la creación de las instituciones por las que ha de regirse un país. Ojalá la experiencia no le derrumbe el alma.

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LA POLÍTICA

 

Román Rodríguez reivindicó esta semana en el Parlamento “la política” como recurso inteligente para combatir la crisis y llevar a cabo el impulso económico que necesitan las islas. La política, cuyo estrepitoso descrédito social ya nadie pone en duda, es, sin embargo, la única vía plausible bajo el régimen de libertades democráticas que nos dimos desde finales de los 70, tras casi cuatro décadas de dictadura.

La política bebe, en efecto, en aguas de la corrupción en un porcentaje elevado, como detecta el último barómetro del CIS –que ratifica, además, la percepción ciudadana de la clase política como tercer problema del país-, y es deficitaria en términos de transparencia y eficacia –persiste en ella una indomable burocracia que entorpece su funcionamiento-. Pero, como señaló en la tribuna de oradores el portavoz de Nueva Canaria, durante el debate de investidura, cabe depositar en la política la única tabla de salvación al alcance del ciudadano.

Lo contrario, dar de lado a la política, pretender burlarla como un simple obstáculo, arguyendo, con un facilismo, su desprestigio y corrosión, no aboca tanto a las consabidas opciones autoritarias, como premia a los poderes y operadores fácticos de la economía en la sombra -menos fiables, que escapan a todo test-: la banca, las cúpulas patronales, los lobbies y los grupos de presión.

Falta, a todas luces, cultura política, para, entre otras cosas, acertar a ver que, siendo perfectible el ejercicio de la democracia, con sus virtudes y defectos, la política –método y procedimiento- es la única herramienta para ser libres. Libres para elegir y controlar a nuestros representantes, libres para vigilar y exigir responsabilidades a los autores de toda perversión del sistema: corrupción, prevaricación, tráfico de influencia… Libres para decidir.

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EL PAÍS

Decimos El País sin necesidad de aclarar que hablamos de un periódico. Cumple 35 años, ese enorme lapso entre la dictadura postrera y esta crisis: era el mascarón de proa (en el tajamar de una democracia imponderable). Si a la generación ‘indignada’ mueve un desencanto en son de paz, la nuestra combatía con girasoles la censura para que la luz nos diera en la cara. Dos tiempos opuestos, aquél con sus diarios y revistas haciendo un periodismo contracorriente por la trasera del régimen. Martín y yo veníamos de hacer la primera trilla como corresponsales en la revista Triunfo, a las órdenes de Ezcurra, como dos fisgones entre Haro Tecglen, Carandell o Vázquez Montalbán (‘Sixto Cámara’). Éramos osados y adolescentes. Con A. García Ramos, en La Tarde –en comandita con Zenaido-, habíamos telefoneado al exilio. Alberti estaba en Roma. Y en el ‘Diario de Barcelona’ –el decano de Europa- dejamos una impronta compulsiva de las islas. Vilanova y Lluís Bassets nos daban cuerda y no parábamos. Desde los 70 pisábamos fuerte en la prensa nacional haciendo la guerra por nuestra cuenta. A la caída del Boeing 727, en Los Rodeos, en abril de 1980 -146 muertos-, llamamos a El País. El redactor jefe, Daniel Gavela, nos publicó la crónica en primera, luego vino, nos sondeó y nos dio la bienvenida formal. Hicimos una larga corresponsalía estajanovista, tras los pasos de Diego Talavera y E. Rey Pitti. Al principio, costaba ‘vender’ los temas, pero pronto sucedió algo curioso: cuando había que rellenar, nos pedían “algo de Canarias” (por teléfono –las famosas chicas de cabina- o por el Télex de Correos, pues no había ordenador). Usábamos métodos rudimentarios. Nuestro padre fue a Miguel Yuste, en Madrid (sede de El País), con un carrete de fotos. Juan Cruz bromea con eso: dice que inventamos la mensajería. Ha sido una escuela (a Juan Manuel Pardellas le picó el mismo mosquito, y ahora a Pedro Murillo). Se nos conoce el cloquío a ‘los de El País’, por la rima, que diría Manuel Vicent, y por el Libro de Estilo, de Alex Grijelmo. Cebrián nos avisó: algunos políticos locales (los nombres me los reservo) lo presionaban para que nos dejara en la estacada. Hizo caso omiso. Ceberio nos dio portadas del EPS sobre los guanches y las Galápagos de Bacallado (las fotos de Roberto de Armas causaron sensación). Y Estefanía nos había tentado con una corresponsalía volante, que años más tarde ejercí en Perú (ya Javier Moreno de director), cuando me desdoblé entre El País y la SER (mi casa estos 32 años en Radio Club) para contar cómo tiembla la tierra.

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… Y ZAPATERO DIJO ADIÓS

 

Los debates de la nación suelen ser un ‘coñazo’ o (como me corrige una oyente) un ‘tostonazo’. Éste no lo ha sido menos en sus pasajes más previsibles: el toma y daca, el rifirrafe, el vituperio y la zancadilla. Pero ha tenido una deriva emotiva que, en su recta final, esta mañana, me resultó un debate de cercanía. Así que el debate se humanizó tras el descarrilamiento incorregible de los oficiantes (ser diputado a menudo me parece un sacerdocio lleno del mismo mimetismo ‘oscurantista’ de los curas de verdad y del manual de estilo al uso, con la Biblia del partido incluida, los tics de la liturgia de los plenos parlamentarios, en fin…, todo lo que hace de la política y de los debates una cosa muy aburrida, cuando no debiera serlo necesariamente). El último debate de la nación de la legislatura ha sido, en efecto, el debate de la despedida de Zapatero, que no será candidato. Ana Oramas le dijo que puede marcharse mirando al país a los ojos (sin agachar la cabeza) por las reformas que ha acometido en la segunda parte de su segundo mandato. Le acunó en sus palabras más tiernas, recordándole el tiempo que le ha robado a la familia y que ahora podrá devolver a sus hijas, y le dio una especie de abrazo lagunero, de alcaldesa a presidente, los dos cargos que, a su juicio, arruinan más la vida familiar de un político. Zapatero y CC han terminado bien, después de un período agrio, en que no se miraban a la cara. Hermoso, en su etapa, tampoco tragaba a Aznar. Y Paulino Rivero iba por el mismo camino, hasta que –a la vista está- terminó teniendo química –eso que dicen que existe o no existe en política y de ello depende todo lo demás-. Acaso la famosa Comisión del 11-M tuvo la culpa de ese escoramiento de los nacionalistas canarios hacia el PSOE antes que hacia el PP, con el que gobernaban en las islas cuando todo se fue al garete tras la foto. (La foto es la de Zapatero y Paulino Rivero en la Moncloa, ya se sabe). Ana Oramas ha sido una diputada portavoz meteórica. Esta mujer tiene madera para la política, cosa que creo que nadie duda a estas alturas, y lo hace bien en el estrado, cosa que le viene de roce a su grupo desde tiempos de Mauricio –ahora tan proscrito por conducir sin carnet, pero quién le borra los años de oratoria parlamentaria en que se conducía sin papeles). Así se hace política en España, con el bipartidismo que le repatea a Rosa Díez, y con los pequeños partidos nacionalistas, que quizá –la historia nos sacará de dudas- nos hayan salvado de acabar como Grecia, aprobando hace unas horas in extremis un plan de austeridad para evitar la quiebra, pero no la horca.

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COLÓN Y ARMSTRONG

 

Nos hemos caído del guindo, de la guerra de las galaxias (hoy empieza Fimucité) a nuestras guerritas terrícolas –la misma palabra lo dice-, como ésta de Afganistán, tan cara en víctimas, o a ciegas en Libia. “La violencia, aquiétala”, decía Cernuda. Pregunta de extraterrestre: ¿Somos gente de paz? Brian May, un respetable astrofísico exguitarrista de Queen, decía esta semana pasada (tocó y habló en el festival ‘Starmus’) que dejáramos la puerta del espacio entornada, para que el hombre no habite otros planetas con la misma codicia que éste. Hace meses me dijo el astrobiólogo Jesús Martínez Frías que todas las miradas están puestas en Marte (si la Luna continúa preterida por la Nasa), y los robots ya se probaron en Las Cañadas. Haya o no marcianos (Epicuro decía, “¿y si hay vida en esos planetas?”), merece la pena repensarse la idea de liberar en el cosmos el virus de una raza tan poco recomendable. Saramago, que era ateo, hizo esta concesión: Dios concentró al hombre en un solo planeta cuando vio que se le fue de las manos. La mesa redonda ‘108 minutos’ en el Roque de los Muchachos (astrofísicos, astronautas, premios Nobel en las tripas del Grantecan), homenaje a Gagarin, es una proeza en la Tierra. El astrofísico rockero Garik Israelian, el ‘gagarin’ de esta ‘misión’, trajo a rusos y americanos a confraternizar a la sombra de los observatorios, un lugar pacífico. Los héroes del espacio son como dioses de carne y hueso. Es imposible ver a pocos metros al cosmonauta Alexei Leonov –el primer paseante del espacio, madre mía- y no sentir un vértigo insuperable, o pasar de largo junto a Jim Lovell, el comandante que dijo: “Houston, tenemos un problema”. Cruzarse en la calle, en Tenerife o La Palma, con Neil Armstrong (mirarle los pies con los que pisó la Luna) es como tropezarse con Colón en La Gomera años después del descubrimiento de América. Ambos hitos se miran en el espejo: Stephen Hawking, al contrario que Brian May, anima a colonizar el espacio una vez depredado este mundo sin remedio. Colón y Armstrong han venido a parar al mismo archipiélago. (Tenemos gentilicios en América, y en la Luna un pico Teide y ‘Montes de Tenerife’ en el mare Imbrium, por seguir con esa misma afición onomástica). En un viaje a París en el Concorde, tenía sentado al lado a un científico gomero. Hablamos de la Luna. “Lástima”, le dije, “que no hubiera un gomero en esa misión”. Sonrió: “Sí lo hubo. Yo”. Félix Herrera, físico solar del programa Apolo, habría ido a estrecharles la mano a Aldrin y Armstrong al sur.

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AL VENT

 

Por lo visto, hay cierta inquietud en Europa por las dimensiones que va adquiriendo el movimiento del 15M. Una preocupación comprensible, ante el temor de que España se ‘grecialice’, pero, a la vez, una muestra de ‘señoritismo’ burgués por venir de quien viene, el comisario de Economía, Olli Rehn, que nos mira desdee la autosuficiencia de su nirvana finlandés originario.

A lo que iba. Europa se intranquiliza ante el riesgo de que los jóvenes que toman la calle, tomen, en la práctica, las riendas de una influencia popular (que nadie lea PP) en la sombra que derrote socialmente, por vía extraparlamentaria, las reformas que desgarran a Zapatero. Rubalcaba mantiene, por ello, un pulso con el presidente (al parecer, ambos se han distanciado en las últimas semanas) para adelantare las elecciones: el candidato tiene la palabra, pero el todavía inquilino de la Moncloa es el único que tiene el poder de convocarlas. La manifestación del 19J era contra el Pacto del Euro, que consagra la pérdida de derechos de los trabajadores (menos salarios, más impuestos, jubilación más tardía). Europa, por tanto, se da por aludida, y tuerce el gesto en señal de disgusto. No le agrada que la gente le reconvenga en la calle y cuestione las recetas de austeridad extrema que exige tanto la UE como el FMI y el BCE (Banco Central Europeo) para que el déficit no descarrile y los mercados (las famosas agencias de calificación  ya se encargan) no le pongan la cruz a determinados países (nos llaman los ‘pigs’, los cerdos, los estados del sur empobrecidos y arruinados, con grandes bolsas de paro). Los jóvenes airados y violentos de Barcelona, que ahora se las verán con la justicia bajo la losa de delitos penales que probablemente no midieron, no han logrado, por suerte, deslegitimar las demandas justas de los acampados en la Puerta del Sol.

Un movimiento contestatario de esta naturaleza esta abocado a organizarse y adoptar una estructura estable (todo lo rotatoria que se quiera), como no les quedó más remedio a los demócratas de los años 70, que acabaron aglutinándose en torno a lo que llamábamos la ‘Platajunta’, cuyas reuniones se celebraban en el despacho del abogado Antonio García Trevijano, en Madrid, un salón de muebles de metacrilato, como tuve oportunidad de comprobar. Ante España y ante Europa, el movimiento del 15M debe dar el siguiente paso, más allá de un voluntarismo asambleario que acabaría devorándose a sí mismo: debe vertebrarse y elegir voces convincentes, que ayuden a los demócratas elegidos el 22 de mayo y a los que lo sean en las próximas elecciones, a agitar la coctelera de las conquistas políticas y sociales de las últimas tres décadas, en aras de un sistema de libertades más fiable, ético y eficaz.

Este largo ‘mayodelsesentayocho’ promete tener continuidad en el tiempo. El Congreso se hace eco, indirectamente, de algunas de sus iniciativas para ventilar socialmente sus decisiones y abrir cauces de participación ciudadana más allá del formalismo estéril de leyes infructuosas, como la de iniciativa popular. Comienzan a surgir portavoces consensuados que aportan rigor y sensatez, ideas, en fin, para democratizar la democracia y transparentar la transparencia. Del ‘¡Indignáos!’ cabe transitar, como sugiere el propio padre del opúsculo que titula esta fiebre generacional, Stéphane Hessel, hacia el ‘¡Comprometéos!’ (Ediciones Destino, 80 páginas de conversación con el joven escritor y activista social Gilles Vanderpooten). El nonagenario resistente francés es un faro muy venerable y certero, cuyas revelaciones iluminan y guían esta protesta heterogénea en defensa de la libertad, la paz y la inteligencia de una civilización digna del siglo al que pertenece. En esta segunda parte de su panfleto contra los desafueros de los gobernantes tras la crisis, dedica una adenda para “los amigos de los pueblos de España”, que certifica la repercusión de sus seguidores en el país con más paro de Europa.

Repasé ayer, casi involuntariamente, las canciones de los 70 que nos motivaban contra el inmovilismo de la tardodictadura y el postfranquismo residual; canciones, que, al escucharlas en el ‘aire’ (durante una emisión radiofónica en diálogo con Remedios Sosa, vicepresidenta del Centro de la Cultura Popular Canaria), me resultaron inesperadamente vigentes como si acabaran de estrenarlas  ahora los cantantes de aquella hora tan diferente de este país. Sonó ‘Gracias a la vida’, en la versión de su mejor intérprete, Mercedes Sosa, y era fácil imaginar su nítida y potente voz deslizándose sobre las cabezas de las riadas humanas que piden mejores y más honestos dirigentes y gobiernos. Sonaron Labordeta, el Taller Canario, Añoranza, junto al reciente Luis Almeida (que musica aquellos versos que mi amigo Francisco Viñas nos recitaba sin descanso, “que no te construyan jaulas…”) y, por último, sonó, como un himno que te baña de arriba abajo el sentimiento, la mítica canción inolvidable de Raimon, ‘Al vent’. Y estuve todo el día cantando para mis adentros

                             ‘al vent,

                              la cara al vent,

                              el cor al vent,

                              les mans al vent,

                              al vent del món”,

yo que no tengo pajorera idea del catalán, y se me rayaron los ojos como hace treinta y tantos años. ¡Qué mejores canciones para esta nueva ocasión de encuentro a mares con la verdad de la calle! Como en las sucintas reflexiones  redactadas por un anciano que no se rinde, el movimiento 15M tiene ahí, en esas canciones de protesta históricas e irrepetibles su mejor fuente de inspiración, yendo de la mano viejos y nuevos cantautores.

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