Opinión

PROPAGANDA

 

En el imaginario político de una campaña electoral figura entre los partidos la obsesión de cargarse algún día al periodista. “Una campaña sin periodistas, ¡qué gozada!”, regurgita el secretario de organización. ¿Por qué caen tal mal los periodistas a los políticos (salvo afines), máxime en períodos de francachela electoral? Es una especie de síndrome ‘agro’ contra el intermediario para la venta directa del género al escuchimizado votante que vive de humo. Las historias de colegas perseguidos por políticos fuera de sí en las campañas (historias de perros y gatos), servirían de inspiración a la factoría Disney. El problema es que el periodista, por lo general (hay héroes y villanos), se mete en su papel de ‘míster’ ecuánime, destapa encuestas, revela algún chanchullo y elige los cortes del mitin. Por eso ahora se cuece el grueso de la información en el horno del partido, sin que el periodismo meta sus narices. Es que había un problema: la información estaba fuera de control, y no podía ser. Con ocasión de esta campaña, el formato de rueda de prensa sin preguntas es el último grito. El candidato convoca a la ‘canallesca’, monologa un rato y da media vuelta; sin dejarse afeitar a preguntas (“que se busquen otro sparring estos listillos”). En el partido de vuelta, Mourinho se cruzó de brazos y los periodistas deportivos –tantas veces pioneros de un concepto gremial consecuente- lo dejaron con el silencio en la boca. El titular ese día fue: “Mourinho calla, Karanka habla y la prensa se planta”. “Bocón y mudo”, dijera Vallejo. La arrogancia del candidato que emite su ‘bendición urbi et orbi’ sin preguntas (cuando hasta el Papa responde a ellas por Internet), ha terminado hartando a la prensa nacional (González Urbaneja a la cabeza desde Madrid para todas las Españas), y en las filas del oficio, tras el manifiesto de la FAPE (cúpula del periodismo español), en el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo), gana terreno en las redes sociales la consigna de no cubrir ruedas de prensa ‘sin’, o sea, de no jugar el partido ‘sin’ balón. Los políticos quisieran ser periodistas: lo dijo Aznar, lo dice Medvédev; y su latiguillo “hoy eso no toca” trajo estos lodos. La desafortunada reforma de la ley electoral –la que se cargó la precampaña- ‘condena’ a las televisiones públicas y privadas a difundir los ‘bloques electorales’, cosecha de los partidos. Muerta y sepultada la credibilidad, resucita la propaganda como en aquel Ministerio de los 60. “Buenas noches, soy el ministro de Información y Propaganda”, dijo Fraga el otro día, en un lapsus, durante un discurso. Ésas tenemos.

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EL MONÓLOGO POLÍTICO

 

No es de recibo el mandonismo de los partidos en esta campaña electoral recién inaugurada. La proliferación de ruedas de prensa ‘sin preguntas’, al estilo Mourinho víspera del clásico del Bernabéu, abochorna en una democracia que se dice consolidada. En los círculos periodísticos de Madrid –con González Urbaneja, presidente de la asociación de prensa de la capital de España, a la cabeza- se digiere mal esta cacicada política oscurantista, y determinados comunicadores –en un número que crece por momentos- alientan desde las redes sociales una suerte de periodismo pasivo, inédito en España –reflejo de lo excepcional del caso en campañas electorales-, consistente en levantarse y dar media vuelta si el candidato de turno osa convocar a los medios y se niega a someterse a la ronda de preguntas pertinente.

Dejar al político plantado es una medida extrema en una profesión que vive de la palabra, la declaración y el titular, pero la insolencia –diría también que la insolvencia democrática- de un dirigente público reacio a dar respuestas a las preguntas que el profesional considere oportunas, revela que el sistema de libertades que nos hemos dado está bajo mínimos. Cómo, si no, dar lecciones de libertad de expresión a regímenes de otras latitudes que con tanta facilidad reprendemos cada vez que trasciende alguna restricción periodística –caso de Hugo Chávez en Venezuela y similares-.

Tanto la APM como la FAPE (Federación de Asociaciones de Prensa de España), a través de un manifiesto específico, repelen este sistemático atropello con las ‘armas’ del oficio. La presidenta de la FAPE, Elsa González, demandó la unidad del gremio ante el dirigismo partidista, mediante la firme determinación de los medios de comunicación de no enviar periodistas a las ruedas de prensa sin preguntas, en lo que ya constituye una ‘revuelta’ de la prensa contra el monopolio de la palabra en el ámbito de los partidos.

El debate de fondo, que coincide con el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo), es la pluralidad informativa, de una parte –esencia misma de la democracia, vaya papelón el de los partidos en vísperas de las novenas elecciones locales-, y de otra, nada menos que el carácter informativo y no propagandístico de las opiniones electorales. Cierto que la propia ley –en particular, el artículo 66 de la norma vigente, una versión reformada de la regulación en materia de Régimen Electoral General- favorece el uso abusivo de la televisión por parte de los partidos, al autorizarlos a difundir en los canales tanto públicos como privados sus infumables bloques electorales, de acuerdo con la proporción de votos obtenida en las últimas elecciones. La ‘mercancía’ publicitaria sustituye así al antiguo contenido de la información electoral, que se regía por criterios periodísticos y no políticos. En esta escalada se arbitra un calendario incalificable de conexiones de los medios con los canales oficiales de los partidos.

La espiral del control partidario de la distribución de los mensajes políticos en España venía ganando terreno en sucesivas convocatorias electorales, mediante un empecinamiento infantiloide de los jefes de campaña en marcar los tiempos y epígrafes de los debates hasta rayar en el paroxismo y en el mayor de los ridículos. Las relaciones políticos-periodistas no han sido buenas nunca en campañas electorales, pues aquéllos han recelado siempre de éstos y ambicionaban someterlos a su égida obsesiva en los períodos de examen popular, cada cuatro años; ahora, al fin, consiguen, con ayuda de una ley diseñada a su medida, ‘vender’ toda la casquería contra el adversario y las loas al propio candidato como si de burda publicidad se tratara, a la vez que, animados por esa deriva, reducir al periodista a la condición de ‘chico de los recados’. Olvidan que de ese modo resucitan el viejo espíritu del Ministerio de Información y Propaganda, de los años 60, en mitad de la dictadura.

 Esta campaña al ‘dictado’ no hace sino abundar en el desencanto político, ya no sólo del ciudadano, sino, además, del periodista, llamado a ser el aliado natural de todo buen dirigente. Las ruedas de prensa sin preguntas -el monólogo político- son una aberración: dejan al ‘mensajero’ con la miel en los labios. El partido usurpa su papel y ejerce de juez y parte, no ya sólo en la justicia (como va quedando demostrado), sino, por último, en el periodismo, defenestrado como ‘cuarto poder’, que se le resistía con la daga de la libertad de expresión.

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LA ‘DUDA RAZONABLE’ ACERCA DE BIN LADEN

La superposición de las imágenes laterales en la foto central evidencia el montaje

La foto del cadáver no ha podido ser autentificada (parece una burda obra del photoshop) y recuerda a aquel retrato robot de Gaspar Llamazares difundido por el FBI en Internet como si fuera la del cerebro de Al Qaeda.

Diez años transcurrieron hasta dar con el paradero de Bin Laden vivo, y aun pocas horas después de su muerte, ahora se desconoce el destino de sus restos. Bin Laden fue arrojado al mar, aseguran sus captores, y añaden: con un tiro en la cabeza. Todo es lo suficientemente turbio como para dar pábulo a las inminentes teorías conspiranoicas, que pondrán en solfa desde su caza hasta su muerte, y especularán en las golosas redes de Internet sobre el lugar siniestro donde el mayor terrorista de la historia estará siendo salvajemente torturado hasta que desembuche todos los pormenores de su maquiavélica maquinaria de matar occidentales.

Nada podrá desmentir la montaña de dudas y sospechas que en torno al supuesto descabezamiento de Al Qaeda se levantará en adelante, salvo la difusión veraz (oficial, a no ser que interfiera de nuevo Assange, el otro ‘binladen’, con su Whikileaks, la otra ‘alqaeda’) de las imágenes fehacientes de la operación por sorpresa en el escondite del millonario saudí en la ciudad castrense de Abbottabad, a poca distancia de focos neurálgicos como Islamabad o Rawalpindi y no demasiado lejos de Penshawar, verdadero oasis del yihadismo internacional.

Confieso que la noticia (difundida por Obama en la medianoche del primero de mayo en EE.UU., el mismo día que hace 66 años se comunicó la muerte de Hitler, coincidencias de la vida o casualidades calculadamente  buscadas) me deja en un ‘mar’ de dudas, pensando en el cadáver y, a la vez, en el hombre de 54 años que tenía más secretos que nadie en su cabeza del máximo interés de sus perseguidores. ¿Fueron capaces de quedarse con la intriga para siempre descerrajando un tiro en esa cabeza que valía más, mucho más que 50 veces 50 millones de dólares de recompensa?

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SOY ATLÁNTICO

 

Plaza de Xemaa el Fna (Marrakech)

La plaza  de Xemaa el Fna, en Marraquech, donde estalló una bomba el jueves (“la plaza de los extintos y de los muertos”, la llamó J.A.Valente), que segó una quincena de vidas para tratar de truncar la ‘primavera’ reformista en el ‘regio’ régimen granítico de Marruecos, es patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, como nuestro silbo gomero, y símbolo de la Ciudad Roja. Esta mítica ágora de la palabra en vivo, el mayor ‘facebook’ físico del mundo, es el lugar favorito de Juan Goytisolo, que ahora truena contra el protervo terrorista que accionó a distancia el temporizador, y clama para que la plaza global siga siendo un regazo de convivencia y diversidad. La historia de esta explanada donde se cruzan las culturas me intrigó siempre leyendo al autor de ‘El mañana efímero’. Me inclino a soñar con un espacio así aquí, en Santa Cruz, acaso en la desusada Plaza de España, abierta al mar, al cielo y a la isla, en cuyo Añazo, hace más de 500 años, se fraguó la guerra terminal de la Conquista, con el desembarco de Lugo y la intrépida respuesta del mencey loco. Ahora es una plaza diseñada como para recibir a un papa (estuvo a punto de venir el ya beato Juan Pablo II), con jardines verticales y el lago de Herzog & De Meuron; antes, por estas fiestas de Mayo, se transformaba esta noche, como en las mesas de Xemaa el Fna, en el gran comedor del baile de magos. La imagino como un hábitat de cuentacuentos, danzas, recitales y aguadores. En la presentación, en el TEA, de la novela de la tinerfeña Edna López, ‘En busca del tesoro de Kola’ (debut de una autora perdurable, premio Edebé de Literatura infantil: en la sequía de una isla, el tesoro es el agua), coincidí con Benito Cabrera y le pedí que me pasara su comentado tema ‘Soy atlántico’. Lo escuché de inmediato y se cumplen los pronósticos: “Atlántico, yo soy atlántico…”, la melodía se nos cuela por los ónfalos, es como el océano que baña la plaza que invoco, una Plaza Atlántica, como el café del mismo nombre, donde quepan los jóvenes narradores ‘atlantes’ de la antología ‘generación 21’, de Ánghel Morales, los poetas nómadas, los volatineros, la farándula, la pareja Martín y Sicilia (‘Black Friday’), nuestros ‘Gilbert & George’… Xemaa el Fna aúna a ‘cuentistas’ y encantadores de serpientes. En la Plaza de España, a veces, paraba Mario ‘el Pintor’, del que estuve hablando con Paco Dorta, novelista de nuevo cuño. Y no cuesta imaginarse charlando en ella, como hacían en París, a Óscar Domínguez y Ernesto Sábato, que ha puesto rumbo, casi centenario, a la ‘petrificación del tiempo’.

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JANE GOODALL ABANDERA EL RESCATE DE LA CASA AMARILLA

En la casa Amarilla del Puerto de la Cruz, a principios del siglo XX, mientras Europa se disponía a enfrascarse en la Primera Guerra Mundial, investigadores alemanes trataban con gran discreción de averiguar el grado de inteligencia ‘humana’ de los chimpancés. Ahora, la primatóloga británica Jane Goodall, una de las científicas más célebres, ha defendido en Tenerife –durante una corta estancia para intervenir en un seminario sobre la protección del planeta en CajaCanarias- la necesidad de salvar el inmueble de su estado de semirruina, para que sirvió la primera Estación  de Antropoides de la historia, una vez restaurada, pueda ser reabierta como museo de hallazgos a la mirada del mundo.

La visita de la etóloga a la mítica casa, en la que retozaron los monos antropomorfos cuando adoptaban hábitos ingeniosos para alimentarse, ha sido una idea genial de la asociación que lleva el nombre del científico alemán que dirigió el centro, Wolfgang Köhler. Diario de Avisos ha actuado de testigo de excepción de ese encuentro entre la casa y su mayor fan. La foto de media página, en primera, en esa edición de este miércoles, 27 de abril, obra de Moisés Pérez (imagen que cabe calificar, sin duda, de histórica), inmortalizando el momento, merece mis felicitaciones al director del periódico, Juan Manuel Pardellas, y al profesional que la firma. En tiempos de La Gaceta de Canarias, ésa también habría sido con toda seguridad la portada del diario, y el citado periodista, acaso fiel a una escuela espontánea que se cimentó entre las cuatro paredes de la ‘fragata’ de Carlos Schwartz, me produjo una sacudida sentimental a la vista del fotón esa mañana. (El acierto de Moisés Pérez es estar en el lugar de una escena que podemos calificar de emotiva y captar con su cámara la mirada tierna de la científica, conste aquí mi reconocimiento). La  mujer que abandonó la vida confortable de secretaria en Londres para cumplir su sueño infantil en Kenia y Tanzania, mezclándose entre los chimpancés salvajes, averiguando sus habilidades y conviviendo de tú a tú, tocaba cariñosamente las paredes de la Casa Amarilla, se agachaba para ver a través de los huecos de la vieja morada y alzaba la voz para pedir su urgente rehabilitación.

El laboratorio del doctor Köhler, antecesor de los ensayos de Goodall a orillas del lago Tanganyka, es objeto de un plan de refundación turística que está por hacer con un evidente retraso histórico. Aquel innovador psicólogo alemán prolongó su estancia más tiempo del previsto en la isla, en lo que habría sido un destino rotatorio que inauguró en 1913 Eugene Teuber. La guerra lo obligó a permanecer en la base de la isla y llegó a ser acusado de espionaje por algunos de sus compatriotas. Nada impidió que llegara a conclusiones revolucionarias sobre el talento gestual de nuestros antepasados y la inteligencia comparable a la del hombre en un estadio de desarrollo inferior.

Cuando finalmente levantó la tienda y regresó a su país para publicar los resultados de los experimentos de Tenerife y dar conferencias que dejarían atónita a la comunidad científica europea, encargó al cuidador que enviara a los animales al zoológico de Berlín, pues la que había sido su casa quedó clausurada en 1920 hasta hoy. Los monos, seguramente presas de una conducta tan familiar a los humanos como la depresión, murieron al poco tiempo sin lograr superar el desarraigo de su hogar la isla. La casa también empezó a morir. Hasta ahora, en que esta embajadora de la Paz y Premio Príncipe de Asturias ha posado sus manos sobre los restos de la momia del edificio abandonado con el afán de resucitar su osamenta, un siglo después de aquellos años de pedagogía y pasatiempo secreto en el recreo de los pequeños simios que hacían ciencia jugando. El reportaje de Fran Domínguez y Moisés Pérez en Diario de Avisos, llamado a saltar algunas fronteras, es un tirón de orejas a la dejadez. La isla debe tener más respeto hacia su historia.

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SANTO FÚTBOL

En los jardines del Hotel Mencey, tras cubrir un día de estancia del jugador brasileño en Tenerife (Carmelo Rivero y Pelé en 1982)

Pocos países hay tan futboleros como éste. La futbolmanía de los ‘cuatro clásicos’ acude en nuestro socorro contra la depresión de la crisis, nos evade de ella, aunque sea para llorar de noche las derrotas del Tenerife, como se consolaba Albert Camus, que fue portero e hizo esta confesión: “Todo lo que he aprendido en la vida sobre la ética y el deber del hombre se lo debo al fútbol”. Mourinho y Troitiño han monopolizado la semana santa pasada por agua; esta Copa ‘atropellada’ pone al Madrid en un altar, y en el Barça la procesión va por dentro: son las pruebas de fe del fútbol. Vázquez Montalbán, que era culé, me pareció convencido, en el Mencey, de que el fútbol es “una religión en busca de Dios”. Y el mexicano Juan Villoro sentencia ‘Dios es redondo’: en su libro, la ‘mano de Dios’ es la de Maradona. En los 90, cuando la de España iba a ser la liga de las estrellas –con Messi todavía en el pesebre-, Martín y yo dimos a la luz desde Tenerife un libro que nos dio grandes satisfacciones: ‘Valdano. Sueños de Fútbol’. Una vez superado el listón de cien mil ejemplares vendidos, en ‘El País Aguilar’ se dio por fundado el ‘futbolibro’, donde periodistas, futbolistas y árbitros publicaban, ansiosos de contar y contarse. Había, en el fondo, un sentimiento de frustración en España, porque era un país sin un Mundial. Aquella saga de libros, que más tarde reanudó Javier Marías con ‘Salvajes y sentimentales’, anticipó este fenómeno de dioses con novias divinas de papel couché. Pelé me había descrito en la isla su teoría ‘libertina’ sobre la vida sexual del futbolista en la concentración, a mayor gloria de su juego. Beckham y Ronaldo son iconos del surtido ‘sex-symbol’. Pero el gol del portugués valió una Copa del Rey. “Fútbol e fútbol, e gol e gol”, decía Boskov en su torpe castellano apocopado. Y el cabezazo de Pepe al palo que se paseó por la puerta en blanco, o la muesca en el guante de Casillas que ‘besó’ la bala de Iniesta, eran un ‘vicegol’ (Wenceslao F. Flores). Hoy España ya tiene un Mundial y la ‘fiebre de las gradas’, la calle y el ‘Punto Pelota’ la explica Johan Huizinga (‘Homo Ludens’: es juego, cultura y guerra, siempre lo fue). A veces nos sale el hombre primitivo y un futbolista adolescente cae apuñalado en Murcia, o hay un hincha herido crítico en Valencia. Hubo una ‘guerra del fútbol’ real (narrada por Kapuscinski): tras una eliminatoria mundialista como excusa, Honduras y El Salvador llegaron a las armas (más de 4.000 muertos). Por suerte, los Barça-Madrid de la Champions sólo alcanzan para una ‘guerra de las ondas’.

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LA LECTURA ENLOQUECEDORA

 

Los libros siempre me trajeron por la calle de la amargura. Este mes de lecturas mil, despierta en la calle una curiosidad guardada celosamente por muchos lectores de puertas adentro. Recuerdo la escena de una amiga juvenil que me llevó a su casa, después de una tarde tonteando, y al entrar me condujo a la cocina donde, sobre un atril, tenía abierta una edición de tapas duras del Quijote, y el resto de la velada la dedicó a leerme en voz alta, en un ritual conmovedor, las peripecias imaginarias escritas por Cervantes. Tenemos un ‘sexo’ sentido al leer un libro que nos maravilla. Leo a todas horas siempre que puedo; de ahí lo de la calle de la amargura: a menudo faltan horas para leer, porque vivimos haciendo cosas, y la lectura no figura formalmente dentro de las obligaciones de esa labor. Cuando hice la mili, recalé –a sugerencia del comandante Pallero- en la biblioteca militar de la Rambla de Pulido. O sea, pasé dos tercios del servicio militar leyendo. Un día se cayó el techo de la biblioteca y ayudé a repararlo, de ahí que el teniente me llamó, al cabo de varios meses, para anunciarme que mi servicio a la patria concluía el día equis, cinco semanas antes de lo previsto, como compensación por las tareas de desescombro y techado del recinto. Me dio un disgusto y le pedí que olvidara la incidencia y pasara por alto la dispensa. Quería terminar de leer unos cuantos libros que tenía pendientes. Me fue concedida la prórroga. Por leer he robado horas al sueño. Si cuento que no ha sido por leer novela negra –a la que me aplico, por cierto, ahora con apetito-, sino por despacharme la poesía completa de Whitman o Juan Ramón Jiménez y a Borges o a Joyce, me darán por loco como ese lector yacente de periódicos de la Avenida de Anaga, que de noche y sin apenas luz de la farola, lee en voz alta las noticias y las comenta antes de dormir en la calle. Como si leer lo trajera, también a él, por la calle de la amargura.

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LA MUERTE DE LA IZQUIERDA

 

El ascenso de la ultraderecha en Finlandia confirma un síntoma que viene manifestándose, elecciones tras elecciones, en casi toda la geografía europea. Hemos pasado del escepticismo imprudente de los primeros brotes, más antiguos de lo que nos parece, y de aquella cierta incomodidad que finalmente produjeron Haider y Fortuyn, en Austria y Holanda –ambos ya fallecidos, por cierto, en circunstancias dispares: un accidente de tráfico y un atentado, respectivamente-, a una evidente zozobra estos días ante la sospecha contrastada en Helsinki de que el populismo fascista gana terreno en la libérrima Europa de los mercaderes cegados por la crisis.

Se da la circunstancia de que conceptualmente el populismo en América es de corte izquierdista y, con titubeos y dificultades, se sostiene en el poder en Venezuela, Bolivia, Ecuador o Nicaragua. Los recientes comicios en Perú revelaron un hartazgo del electorado, que, tras una década de los gobiernos democráticos tradicionales, con Alejandro Toledo y Alan García, ha girado hacia un doble populismo radical encarnado por el excomandante insurrecto Ollanta Humala (el lobo feroz de la izquierda peruana, que esta vez cambió arteramente de padrino abrazándose a Lula antes que a Hugo Chávez) e interclasista representado por la neófita Keiko Fujimori, la hija y discípula aventajada del exdictador condenado a 25 años de cárcel como autor intelectual de la matanza de opositores. A Mario Vargas Llosa, la mera hipótesis de que se diera este resultado en la primera vuelta, con la pareja de candidatos peor vista por el último Premio Nobel de Literatura copando las dos plazas, por ese orden, se le antojaba, ante la hora final de la segunda vuelta, una disyuntiva “entre elegir el cáncer o el Sida terminal”. La pesadilla del autor de ‘La fiesta del Chivo’ es la posible victoria en junio de Keiko, que indultaría a su padre bajo cualquier añagaza compasiva maquillada de legalidad, o sea, al político que defraudó a los peruanos dándose un autogolpe de Estado después de derrotar en las urnas al escritor de Arequipa.

En América, la izquierda, mal que bien, gobierna, desde la potente Brasil al ‘paisito’ Uruguay. Atrás quedaron los años de plomo de las célebres dictaduras de Pinochet (Chile), Videla (Argentina) o Stroessner (Paraguay). Incluso, en el norte del continente gestiona los destinos del imperio un demócrata negro, cuyo reto consiste en no traicionar el populismo progresista del que se revistió con éxito hasta llegar a la Casa Blanca.

Pero Europa es otra cosa. Europa viene alimentando el monstruo ultra sin errar el paso, legislatura tras legislatura. Invita a reflexión el soliloquio conservador y ultra de los dos primeros partidos de Finlandia, y el hecho de que el segundo país más feliz del mundo, según el Gallup World Poll, sea caldo de cultivo de una fuerza de extrema derecha, que, de llegar al Gobierno en coalición con el primer partido, pondría a la UE en aprietos para llevar a cabo los rescates pendientes en la eurozona (Portugal en lista de espera). Cuesta entender, a su vez, que otros estados igualmente tocados por ese índice ‘nirvana’ de la dicha colectiva pequen de lo mismo, de partidos fachas emergentes. Hablo de Holanda, por ejemplo.

La crisis está pulverizando a la izquierda en Europa, donde la mayoría de las naciones tienen gobiernos de signo conservador, a excepción del portugués en la cuerda floja, el griego con la credibilidad por los suelos, y el español de Zapatero de capa caída. Esa derecha rampante y sus extremidades ideológicas más infumables, como este partido sorpresa, ‘Verdaderos finlandeses’, liderado por el elocuente eurodiputado Tirno Soini, que ha multiplicado por 8 su representación parlamentaria, se adueña, por tanto, de un proyecto que se viene construyendo desde hace más de medio siglo bajo apremios de libertad y solidaridad irrenunciables: la Unión Europea (la que amenazó con sanciones a Austria por aceptar a ministros de Haider en el gobierno en el 2000). La culpa no se reduce a grupúsculos carcas, filonazis, xenófobos y demás hierbas que se reproducen de padres a hijos (los casos de Marine Le Pen y Keiko Fujimori), sino abarca, asimismo, a la errática izquierda de este siglo, que boquea como un boxeador noqueado, sin renovar ideas ni estéticas, hasta resultar burdas, incapaces y aprovechadas (mala imitación del estigma de enriquecimiento ilícito que persigue a la derecha, a esta España de finales de mandato me remito). La izquierda tendrá que pasar su purgatorio en las próximas décadas en una Europa que se proclama conservadora por la ineficacia o caducidad de las políticas engreídas de aquélla.

Si los partidos sobreviven como tales en los sobresaltos de la historia que nos aguardan a corto y medio plazo, la nueva izquierda será, en todo caso, otra cosa. La vieja ya ha muerto. Descanse en paz.

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MERKEL

 

La edafología nos consagra, aún más si cabe, turísticamente. Marisa Tejedor, Marianela Rodríguez y Concepción Jiménez publican en un libro un dato que intuían: Tenerife congrega todos los climas del planeta, gracias a los alisios y la altitud. Es una percha turística inédita. Canarias se reencarna continuamente gracias a la movilidad, el turismo de masas –los 12 millones de almas que esperamos en el paraíso este año-, nuestro pozo de petróleo, una industria de constantes culturales, que nos ha traído por buen camino. Lo que ha llovido en dos mil años desde la excursión pionera a las islas de aquel rey docto Juba II de Mauritania. Jacques Cousteau –lo comenté con Tejedor, que fue su anfitriona- me dijo en 1994, en una entrevista compartida con Juan Manuel Pardellas, que Santa Cruz, en medio de las luces de neón, es “una especie de Broadway” entre kilómetros de árboles. Canarias es famosa. Olvidamos que fuimos el fin del mundo –de ahí viene todo-, antes que caravasar de la ruta de Indias. El Teide fue siempre una atracción y al de fuera le picó la curiosidad venir. Colón era un turista. Cólogan, también. Carlos Cólogan, memorialista de este apellído irlandés en Tenerife, lamenta que la isla impidiera desembarcar a Darwin en Santa Cruz por falso cólera a bordo del Beagle. Venía ilusionado tras haber leído a Humboldt, que en seis días nos examinó de arriba abajo, incluido el aire. A este sanatorio y laboratorio ha venido mucha gente interesante, no sólo estrellas de cine, desde Olivia Stone a Saramago o Bertrand Russell, que en los años 30 participaba de la idea de hacer “en esta bella isla, un lugar de reposo para la inteligencia europea”, el sueño de los padres de Gaceta de Arte, cicerones de Breton y su rubia esposa Jacqueline Lamba, un escándalo en mini-short en la isla. ¿Qué intriga de Canarias a este flujo de espectadores? A. H. Piqué siguió la pista de los viajeros y naturalistas del siglo XVIII, que secundaron el ‘Islas Afortunadas’ de Plinio el Viejo. Esa curiosidad dura hasta hoy. H. M. Enzensberger fue con W. Wildpret al Teide. Aldecoa oía “cantar a los gallos”; Agatha Christie escribía aquí contra la depresión; Zamacois sentía “una emoción de lejanía” y decía que las celebridades de Europa y del “oro yanqui’ recalaban en Canarias al menos una vez en su vida. Como hizo Clinton y antes Churchill. Y ahora Angela Merkel, que retorna en Semana Santa a La Gomera, a mezclar el almogrote con zumo de naranja, como cuenta con gracia Juan Cruz en su aún inédita guía sentimental de las islas.

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LA DIGNIDAD HUMANA

 

Gallardón quiere que su partido lleve en su programa electoral una ley para retirar de las calles a la fuerza a los mendigos e indigentes, que malogran la postal de la ciudad. Una iniciativa que, en su caso, debería estar precedida, sostiene, de la dotación de recursos pertinentes (albergues, camas, comedores) para acoger a quienes se resisten a abandonar la calle en flagrante “uso privativo de un bien público: aceras y plazas. Este es el debate de Rudolph Giuliani en Nueva York; el alcalde del 11-S limpió en los 90 la ciudad de sin techos, prostitutas y grafiteros (su razia llevaba por título ‘Estrategia policíaca número 5’) fue contestado, primero, y felicitado después. Cuando paseé por la Gran Manzana, antes y después del atentado de las Torres Gemelas, el típico ‘homless’ se cuidaba de no hacer ostentación de su bohemia y procuraba gallofear a escondidas.

 En las calles de Europa, los alcohólicos errantes están mal vistos. En nuestras ciudades de las islas, otro tanto, porque dan mala imagen turística y se apropian de espacios comunitarios como parques y ramblas provocando un evidente rechazo social. Los alcaldes se callan lo que piensan, salvo ahora Gallardón, que verbaliza con esta propuesta a lo Giuliani una idea políticamente incorrecta. Este es un debate con trampa que se viste de solidario aunque supure un grado de intolerancia ‘intolerable’. Convengo, si acaso, con el alcalde de Madrid en que si a estas alturas de la democracia existen los medios de asistencia necesarios, es una ignominia consentir que vagabundeen como perros abandonados personas de ambos sexos derrotadas por los traspiés de la vida. Nos compadecemos de la biografías elegidas de actores, cantantes y famosos cualesquiera que acabaron durmiendo al raso junto a un tetrabrik de vino estragados por una depresión, un divorcio que les abrió las venas, una deuda que los enloqueció o el veneno de la droga.

Pero ignoramos o hacemos caso omiso de las otras historias individuales o familiares que expulsaron a las sentinas de la sociedad a los parias habituales de la calle: matemáticos, sin embargo, o periodistas, abogados, poetas, junto a marginales de toda la vida. La crisis ha reventado a personajes selectos y cuando la acompaña la locura, el resultado es un insumiso que se niega a que Gallardón lo lleve a la fuerza al albergue a comer y dormir. Mendigos que cayeron del cielo se confunden con los que estaban abajo. El submundo de la calle se rige por reglas paralelas de subsistencia. Muchos prefieren pasar la noche sobre un cartón en su cajero dormitorio a entrar por el aro del albergue, por temor a que le roben, le sacudan, le quiten de en medio. Durante años vi sin salir de mi asombro, noche tras noche, a una familia de buen aspecto dormir a la intemperie a pie de calle cerca de la Plaza de Weyler. Padres e hijos ambulantes, imponiéndose esa especie de castigo, sin ninguna lógica aparente. Hasta que un día normalizaron su situación y desaparecieron. He vuelto a ver al matrimonio paseando por la calle del Castillo, con el mismo estilo impecable de entonces.

Cada persona es un mundo. La doctrina Gallardón peca de señoritismo al que le ofende el mendigo que le afea el paisaje. La ley que deberían votar todos los partidos es la que resuelva el problema de la indigencia en todas sus vertientes: económica, psicológica y sanitaria. Sólo una norma que instaure un cuerpo profesional de asistencia especializada en casos extremos de pobreza y exclusión social, en aras de integrar a las víctimas –nunca de modo coercitivo, o volvemos a la ley de vagos y maleantes-, integrarlas de verdad, resucitarlas para el vivir digno, acertaría de pleno. Porque no otra cosa está en juego, sino la dignidad humana.

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