Mariano Rajoy: “En política hay que hacerse el loco muchas veces”

Por Carmelo Rivero y Domingo Negrín

Se siente libre para opinar sobre lo que le preocupa, le inquieta, le divierte, le conmueve y le afecta en lo cotidiano. Lo hace con cautela. Mariano Rajoy es un ciudadano normal, no cualquiera. Cuando se sienta a hablar con DIARIO DE AVISOS, tras cubrir dos horas de intervención en el Foro Premium del Atlántico, con el que reaparecía en un acto de esta naturaleza al año de su retirada tras perder la moción de censura de Sánchez, no da muestras de cansancio: “Es que esta mañana, lo primero que hice fue darme una caminata por la Rambla y eso relaja mucho”, comenta con satisfacción.

-¿Cómo ve España alguien que, como usted, ha estado siete años en el Gobierno? Ahora, desde otra perspectiva…
“Bueno, yo me he retirado de la política y, por tanto, del día a día, y me he retirado de algo tan importante como es el ejercicio de la política. Es decir, ya no tomo decisiones. Ahora estoy en una situación diferente. Pero el hecho de que me haya retirado de la política activa no significa que deje de importarme lo que pasa en mi país. Me importa y lo sigo. Si alguien me pregunta y puedo aportar algo, por supuesto que estoy siempre a disposición. La diferencia es muy sustancial. Antes tenía la capacidad y, sobre todo, la obligación de tomar decisiones. Yo creo que el país no es solo lo que haga o lo que sea el presidente del Gobierno o el ministro de turno. Es lo que seamos todos los españoles y cada uno, en el ámbito de su responsabilidad, puede aportar y tirar del carro”.

– ‘Gobierno de cooperación’. ¿Había escuchado alguna vez esa expresión tan de moda hoy?
“Francamente, no la había oído en mi vida. Pero, en fin, por lo que he podido entender, aunque no lo tengo muy claro, un Gobierno de cooperación no es un Gobierno de coalición, sino que es un Gobierno en el que podrían entrar algunas personas que, aunque no formen parte de un partido, podrían ser bien vistas por ese partido. Es una nueva aportación al mundo de la colaboración política y veremos si se traduce en algo y cómo funciona”.

-La estabilidad es muy importante, ¿no?
“¡Capital! Un Gobierno tiene que tomar decisiones y sobre asuntos muy importantes. Hablamos de sanidad, que es prioridad básica de cualquier vecino de cualquier municipio de las Islas Canarias y de cualquier otro lugar de España y del mundo. Lo mismo ocurre en educación. Tiene que tomar decisiones y la posibilidad de llevarlas adelante. Y, si un Gobierno está en minoría, eso es muy difícil. Un Gobierno estable, con un programa conocido, fija un horizonte de seguridad, de certidumbre y de tranquilidad que es fundamental para que todo el mundo se haga una composición de lugar. Para las empresas, la economía, la certidumbre es fundamental. Por eso, siempre he sido partidario de que quien se presente a la investidura vaya con un programa que no tiene que ser aquel con el que ganó las elecciones, pactar y salir de allí con el voto mayoritario de la Cámara y el compromiso de gobernar durante algún tiempo”.

-Una de las ideas que deslizó en el foro y que marcó una huella en la etapa final de su mandato fue la de la gran coalición. Pensaba que, como en otros países de Europa, era una solución para proporcionar estabilidad y seguridad a la ciudadanía. ¿Se acabará imponiendo su tesis o, dada su experiencia personal, la da por perdida?
“Es difícil responder a esta pregunta y saber qué es lo que puede ocurrir en el futuro. Es muy importante aquí la propia voluntad que tengan los dirigentes políticos. Yo lo planteé en 2015 y en 2016, porque pensaba que, tal y como era la composición del Congreso de los Diputados, era una fórmula de garantizarse cuatro años de estabilidad, de seguridad y de certidumbre. Además, teníamos precedentes. El más conocido probablemente sea el alemán. Pero había uno a nivel de las instituciones de la Unión Europea, donde socialistas y populares estaban gobernando conjuntamente. En esta situación concreta en España, a mí no me corresponde opinar sobre ese asunto. No debo hacerlo. Hay dirigentes políticos muy cualificados que son los que tienen que saber las iniciativas que han de tomar. Eso es algo que yo vi en aquellos tiempos. Ahora es otra situación”.

-¿Le ha quedado esa espinita clavada?
“Yo lo intenté”.

-Después de las elecciones europeas, no está claro lo que pasará… ¿Puede haber un bloqueo, un colapso?
“Siempre ha habido una suerte de coalición entre el Partido Popular y el Partido Socialista. También se ha integrado a los liberales en algunas responsabilidades. Pero es que ahora los socialistas y los populares no suman. Necesitan a los liberales y se está intentando incorporar a los verdes. Esto no es solo una cuestión del Parlamento, porque un número determinado de Gobiernos en el Consejo Europeo puede vetar cualquier decisión. Por lo que yo apostaría es por una coalición al menos de estos tres partidos, que afecte a la Comisión, al Parlamento y al Consejo Europeo. Eso serviría para construir y para afrontar el futuro con una cierta seguridad. No podemos descartar nada, ni siquiera una prórroga en el mandato de la Comisión”.

-¿Lo del brexit cómo va a acabar?
“Ya me gustaría a mí saberlo. Yo creo que todas las posibilidades están abiertas, porque el Reino Unido es un país que está muy dividido. ¿Quién iba a pensar hace nada que en las elecciones últimas ganara el señor [Nigel] Farage [el Partido del Brexit] y que el segundo iba a ser el Partido Liberal Demócrata? Y que los conservadores se iban a quedar en cuatro eurodiputados, cuando tenían diecinueve. Hay quien pide un referéndum para mantenerse en la Unión Europea y no son voces poco autorizadas. Hay quien quiere un brexit duro y hay quien está planteando fórmulas intermedias. Desde luego, para mí el peor de los escenarios sería un brexit a la brava y sería peor aún que el Reino Unido se quedara dentro pero se dedicara a vetar decisiones que hay que tomar por unanimidad para conseguir una buena negociación. Serían los peores escenarios y ojalá que no se produzcan de ninguna de las maneras”.

-Dentro de lo malo, ¿qué lecciones positivas cabría extraer de este proceso?
“Pues hemos aprendido algunas cosas. La primera, que los políticos, a la hora de tomar las decisiones, tienen que pensárselas bien, medir las consecuencias. La segunda, que no tiene ningún sentido hacer referéndums y endosar responsabilidades tan importantes a la gente. Un gobernante, un primer ministro, un diputado, es elegido para que resuelva los problemas, no para que se los traslade a la gente. La tercera, que los referéndums son muy divisivos. El 51% o el 49% divide de una forma total al país. Además, en un caso como el del brexit estamos hablando de sí o no, sin posiciones intermedias. Y la cuarta, que las grandes decisiones deben tomarse con el mayor consenso posible. Usted puede tomar por mayoría de un voto gastarse el dinero en hacer una carretera o un ferrocarril, subir el IRPF o bajarlo. No así, cómo será la configuración de un Estado. Eso requiere el 90% como mínimo”.

-En lo de Cataluña, ¿volvemos a Ortega y la conllevanza nos llevará a vivir toda la vida con el problema?
“Uno de los debates que volví a leer era uno que se produjo en las Cortes entre [el presidente del Consejo de Ministros, que lo sería de la república] Manuel Azaña y José Ortega y Gasset. Ahí fue cuando Ortega habló de lo de esa famosa conllevanza. La verdad, si vemos lo que ha sido la historia, este no es un buen momento, pero ha habido otros malos momentos. Habría que hacer un esfuerzo por parte de todos los que creemos, la mayoría, en que España es lo que es, el país más viejo de Europa, con una unidad conseguida antes que nadie, de integrar y de entendernos. Ese esfuerzo es absolutamente compatible con que se respeten las leyes y con que se tenga muy claro que España es lo que digan los españoles. Eso es el principio de soberanía nacional, que mantienen la práctica totalidad de los países del mundo salvo lo que ocurre en el Parlamento británico. Aquí, esa decisión de autorizar un referéndum, que hay quien todavía no se ha enterado, le corresponde al pueblo español, no al presidente del Gobierno ni a las Cortes. La propia Constitución dice que se puede reformar. Pero hay dos o tres cosas que se pueden reformar solo con un referéndum a nivel de toda España y una de ellas es esta. En España hemos reformado dos veces la Constitución y no se ha sometido a una consulta popular, ni cuando el Tratado de Maastricht [1992] ni cuando lo del gasto público en la Unión Europea [2011], porque eso lo pueden hacer las Cortes. La unidad nacional es algo que concierne a los españoles. A las Cortes, también; pero la última palabras, a los españoles”.

-Sorteando las distancias y las enormes diferencias, existe un cierto paralelismo con Canarias. El artículo 155 planeó sobre las Islas en 1989, por la negativa de Lorenzo Olarte a la supresión de aranceles que implicaba la adhesión a la Comunidad Económica Europea, y en 2014 se solicitó formalmente la convocatoria de un referéndum sobre las prospecciones petrolíferas, a las que se oponía el Ejecutivo de Paulino Rivero, y que se transformó en una consulta demoscópica… 
“En eso, pienso lo mismo independientemente de quién lo proponga. El referéndum se puede hacer, como el de la Constitución o en algunos lugares sobre el Estatuto de Autonomía. Después de lograr un gran consenso. Se puede hacer e incluso se debe cuando hablamos de las reglas del juego. No tiene sentido, por ejemplo, plantear una reforma de la Constitución con tres partidos a favor y tres en contra. Los dirigentes políticos tienen que darle a la gente las cosas preparadas. Para eso están. Lo contrario de esto, que es la democracia representativa, es la democracia asamblearia”.

-Tras una vida dilatada en la política, desde ser concejal en Pontevedra a ministro, vicepresidente y presidente del Gobierno, ¿qué queda en la persona que lo ha experimentado? 
“Si me preguntan por lo que más me ha quedado de la política, respondo que haber conocido a España y a mucha gente de toda condición. El conocimiento es el primer paso para el cariño. Y luego está la satisfacción de mejorar la vida de la gente. Cuando fui presidente de la Diputación me ha tocado hasta inaugurar la luz eléctrica en algunas aldeas… He estado en las siete islas canarias y muchas veces…”.

-Ahora son ocho…
“La Graciosa, efectivamente. Cuando fui presidente conocí a muchas personas. Voy a muchos sitios por España y es imposible ir a un lugar donde no conozca a gente. Eso te enriquece mucho como ser humano; te vas dando cuenta a medida que vas cumpliendo años de que aquí lo que cuenta son las familias y las personas. Lo demás está muy bien, pero…”.

-¿Y como estadista? 
“Sí, he conocido a muchos. He estado varias veces en la Casa Blanca y primeros ministros de países de menor relevancia, gente muy capaz, preparada y con mucho afán de construir. Evidentemente [la canciller] Angela Merkel es una de las grandes personalidades de esta etapa que estamos viviendo. Ha sido un pilar básico y un referente de las grandes decisiones. Intentaba ser justa y sabía ser generosa. Europa tiene un problema con la retirada de la política de la señora Merkel”.

-¿Lo de Irak fue un error?
“Bueno, ¡oiga! Las decisiones las tomas en el momento en que hay que tomarlas y con los datos que tienes encima de la mesa. Por eso digo que es muy difícil y que el que está en el sitio lo tiene mucho más difícil que quien opina o está en la oposición y critica e incluso propone. Ahí está la diferencia entre los dirigentes políticos. Los que saben lo que hay que hacer aciertan o no según las circunstancias. En cualquier faceta, las circunstancias también cuentan”.

-Los cuatro expresidentes vivos se han reunido para celebrar los cinco años de reinado de Felipe VI, que no es un gesto insignificante en medio de las escaramuzas contra la Corona…
“No he percibido ningún riesgo. En España, la mayor parte de la población valora la institución monárquica y su función de moderación. Es una institución consolidada. Pero en 2014 estábamos en un momento políticamente complejo. Se empezaba a atisbar la salida de la crisis, que generó un malestar, mucha preocupación, hubo muchas personas que perdieron su puesto de trabajo… Fue una etapa muy dura, surgieron movimientos políticos muy radicales y hubo quien hizo lo posible para generar mal ambiente. Y, sin embargo, los dos grandes partidos fuimos capaces de ponernos de acuerdo. No me cansaré de recordar el papel de [Alfredo Pérez] Rubalcaba. Esto [la abdicación de Juan Carlos I] se debatió en las Cortes, salió adelante muy bien, se hizo la proclamación, el 19 de junio de aquel año 2014, luego hubo un acto muy bonito, con mucha gente en el Palacio Real… Quedó clara una cosa, que en España funcionan las instituciones”.

-En el obituario definió a Rubalcaba como un rival admirable: inteligente, hábil negociador e implacable dialéctico, temible, brillante y afilado como un bisturí, pero sincero y leal. A los dos les tocó el fin de ETA…
“Fui ministro del Interior en momentos muy malos, porque ETA seguía asesinando, chantajeando, amenazando… Y, luego, como presidente del Gobierno, ya había anunciado su voluntad de dejar de matar, pero estaba con la historia de que había que llegar a un entendimiento. Lo que dije al llegar al Gobierno lo mantuve durante todo el periodo en que fui presidente. En marzo de 2018, ETA anunció su disolución como organización terrorista. Lo hizo a cambio de nada, porque yo no di nada, ni diálogo. Nada. Y creo que era lo que había que hacer”.

-Manuel Fraga, su maestro, era un personaje que vivió intensamente la última etapa de la dictadura y se incorporó a la democracia, en la que él creía, y aglutinó a mucha gente que venía del franquismo. Era muy amigo del comunista canario Fernando Sagaseta. Había química a pesar de las diferencias ideológicas. ¿Esos valores de tolerancia se han perdido?
“También en aquella época había debates muy duros. El pasado para lo que nos sirve es para extraer conclusiones cara al futuro. Lo que siempre he creído, que es el modelo europeo, es que se construye desde la sensatez y el diálogo, aunque haya posiciones discrepantes. El extremismo solo genera más extremismo y no sirve para hacer, sino para destruir. Lo que hay que pedir a la gente es simplemente que respete las leyes y, en lo demás, que cada uno defienda sus posiciones”.

La personalidad de Mariano Rajoy es irrepetible en la política española. Con su ausencia, hemos perdido una referencia obligada a la trayectoria del PP (antes Alianza Popular) en las décadas andadas de democracia. En la corta distancia, Rajoy, el icono eviterno, es también previsible, desprende la campechanía que se le adivina detrás del plasma. Es un rara avis del marketing político, en desacuerdo con todas las reglas del método al uso. Un político distante en apariencia y cercano en el trato personal. Su experiencia le autoriza a discurrir sobre hechos probados, pero evita pontificar cuando le piden alguna opinión. En la entrevista que concedió en exclusiva a DIARIO DE AVISOS, tras intervenir en el Foro Premium del Atlántico, de la Fundación de este periódico, desempolvó sus principales axiomas sobre el ejercicio del poder. Animado por una reaparición, sin duda muy esperada, al año de retirarse tras sufrir la moción de censura de Pedro Sánchez, Rajoy reflexionó desde Tenerife sobre la conveniencia de una gran coalición; su escepticismo sobre la utilidad de los referéndums (visto lo visto con el brexit); la paciencia y rigor que exige el conflicto catalán dentro del dogma territorial español; la lucha contra ETA cuando fue ministro del Interior; la guerra de Irak, y el mundo insular (buen conocedor de Canarias, vivió las horas previas al rojo vivo para la conformación del Pacto de Progreso).

En la primera entrega de esta entrevista, ayer, el expresidente recordó los momentos más críticos de su vida, tras sufrir un accidente de tráfico y otro en un helicóptero. Es un superviviente nato, que ganó las elecciones generales tras dos derrotas consecutivas ante Rodríguez Zapatero. Y es, en buena lógica con ello, uno de los políticos con mayor amplitud de cargos que ha habido en democracia en España: desde concejal de Pontevedra hasta presidente, pasando por varios ministerios y la vicepresidencia.

En esta segunda y última parte de su encuentro con DIARIO DE AVISOS sobresale la dimensión humana del personaje, al que su padre nunca aprobó que fuera político y que aquí comenta sus preocupaciones de progenitor en un mundo de profesiones imprevistas. Rajoy, previsible, admite que eso ahora mismo es lo que más le inquieta respecto a sus dos descendientes. Su estancia en la Moncloa había dejado de legado un collar de perlas. En esta entrevista, desafía los tópicos.

-¿El bipartidismo ha salido del coma?
“Le diagnostico una muy buena salud en los próximos tiempos. En las últimas elecciones ha ganado el PSOE y el PP ha sido el segundo. En un momento de tanta dificultad y con los acontecimientos que se están produciendo en Europa, ese es un dato positivo. Cuando los grandes partidos tienen problemas, lo que surgen son partidos de una sola persona o caudillos. En Venezuela había dos partidos clásicos: Acción Democrática [socialdemocracia] y Copei [democracia cristiana]. No creo que pueda decirse que ahora están mejor”.

-Tras 10 años, Gabriel Mato ha perdido la condición de eurodiputado. Canario ya solo queda Juan Fernando López Aguilar, del PSOE…
“Gabriel Mato ha sido un trabajador infatigable. Para Canarias es importante tener un eurodiputado. Conviene, porque a Canarias le incumben muchos asuntos que a los demás no les afectan, por su propia condición de región ultraperiférica”.

Mariano Rajoy, ex presidente del Gobierno. | FOTO: Fran Pallero

-¿Qué quiso aportar usted a la política?
“Yo me he tomado en serio la política. Mi principal preocupación era hacer bien las cosas, no salir en los periódicos. He intentado entender a los demás. No soy consciente de haberme comportado de manera sectaria ni de abusos de poder”.

-¿Que fue del Prestige?
“A mí me tocó llevar eso, en Galicia, y fue muy duro e injusto. Al final, el único condenado [por daño ambiental] fue el capitán [del buque petrolero], que era el culpable del derrame. De toda aquella polémica ha quedado el haber atendido a los afectados en tiempo récord, y algunas e importantes modificaciones legales para incrementar la seguridad en el transporte marítimo. Yo he vivido unas cuantas crisis de esas, las vacas locas, el ébola… ¡Es increíble! A veces se exagera, se montan espectáculos ¿para qué?”.

-¿España está mejor de lo que creemos?
“Absolutamente. Aquí vienen 82 millones de personas, no creo que les obligue alguien, y el primer país que eligen los chicos del Erasmus es España, estamos por delante en trasplante de órganos, la sanidad española está entre las mejores del mundo, un sistema público de pensiones estupendo… A veces nos castigamos inmisericordemente. España es un país con mucho nivel”.

-Aparte de las caminatas, es conocida su afición al deporte. En El partidazo de COPE ha dicho que el VAR tiene más aspectos positivos que negativos. En la política está el bar….
“El VAR del fútbol lo que hace es perseguir la justicia. El VAR de la política, con uve, es el voto de la gente. “Usted dijo que iba a hacer esto y no lo ha hecho”. Y aun así te pueden votar. Tampoco le piden que sea perfecto. Eso es la democracia, con todos sus defectos”.

-Su padre le marcó mucho…
“Sí, mi padre murió el año pasado con 97 años. Hasta los 91 venía solo a Canarias. Pasaba cuatro meses en el sur de la isla de Gran Canaria”.

-Era juez…
“Era magistrado, sí. Fue presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra”.

-¿Él veía bien que usted estuviera en política?
“No, porque mi abuelo se había dedicado a la política en la república y no lo trataron muy bien. Y eso que presidió la Unión Regional de Derechas. Con ese nombre, no es que fuera un gran progre. Pero, a pesar de ello, también fue represaliado después de la guerra”.

-Dos hijos…
“Uno va a cumplir 20 y el otro, 14”.

-¿Le preocupa el futuro de los chicos?
“Sí, porque no sabemos cuál es la evolución del mundo, qué profesiones habrá cuando estos accedan al mercado de trabajo. Hay una incertidumbre-oportunidades, entre comillas. Al final, llegas a la conclusión de que lo único que puedes hacer es darles los mayores conocimientos posibles, la mayor formación posible. Es importante manejarte en situaciones difíciles, saber tratar a las personas, cuándo tienes que callarte y cuándo no, tener mano izquierda, saber cuándo tienes que hacerte el loco…”.

-¿Hacerse el despistado es una estrategia política?
[Risa] “En política hay que hacerse el loco muchas veces”.

 

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La cena con Rajoy que precedió al pacto

La noche del miércoles en que todos los sables del pacto de las flores se estaban afilando antes de que llegara la hora de la ejecución al amanecer, Mariano Rajoy cenaba en el Hotel Mencey de Santa Cruz con empresarios y amigos, en una velada informal organizada por DIARIO DE AVISOS en la víspera de la madre de todas la batallas. El reloj -que será un elemento esencial en los acontecimientos que aquí se narran- inició una carrera de nervios. Quien primero lo advirtió, a 90 kilómetros de distancia, fue Ángel Víctor Torres. “Es una guerra psicológica”, me previno al otro lado del teléfono. En la mesa los comensales comentaron ese extremo. El secretario general de Coalición Canaria, José Miguel Barragán, convocaba por sorpresa una “reunión EXTRAORDINARIA Y URGENTE” de su comité permanente nacional a las 8 de la mañana, por videoconferencia, en las sedes del partido en las dos capitales canarias. CC contraprogramaba ante la cumbre de líderes del cambio concertada para ese mismo jueves, en Santa Cruz de Tenerife. Al cabo de semanas de histeria, psicosis y desasosiego, todo apuntaba a que había llegado la hora de la verdad. De esos instantes se da cuenta pormenorizada en esta edición de domingo una vez consumada la firma y escenificación del Pacto de Progreso, que pone tierra por medio a un cuarto de siglo político bajo la égida de CC y abre un nuevo ciclo histórico a cargo del PSOE y la confluencia de Nueva Canarias, Sí Podemos y ASG.

Rajoy estaba al corriente de incertidumbres y siglas. Preguntó por el margen de maniobra de Casimiro Curbelo. A su lado, Asier Antona palideció y abandonó la cena momentáneamente. Román Rodríguez puso, entonces, un tono solemne al coloquio. “La política se ha mediocrizado, no hay cabezas que lleven el rumbo de los partidos y las negociaciones con la consistencia debida. Canarias, en estos momentos, es un ejemplo de ese declive. Esta noche estamos al borde de cualquier cosa”, vino a decir en una amplia exposición que no resumo de modo literal. Rajoy escuchó sin entrometerse. Habló también Paulino Rivero de política de Estado y de política insular. No aventuró desenlaces. “Yo soy de Coalición Canaria”, recordó. Pero Asier tardaba en regresar a la mesa y algunos se miraban pensando: “¿Hay pacto?”. La palabra más citada, la que ha marcado más tendencia en el buscador del conversatorio canario de estos días ha sido, sin duda, pacto. Cuando Antona regresó todos peroraban acerca de esa cuestión. Para entonces se hablaba más con los gestos de un extremo a otro de la mesa. Y el WhatsApp se incendió en los móviles de los comensales. Comenzaron a rodar cabezas como si tal cosa, en mitad de la cena de atún y postres helados. La de Clavijo, metafóricamente representada en aquella portada del DIARIO del 9 de junio… Pero también, desde aquel momento, la del propio Asier Antona, habida cuenta que en los mentideros se aireaba la hipótesis del doble veto: el de Clavijo por Ciudadanos y el de Antona por CC. El primero era vox populi: las de Rivera (Vidina y Berástegui) le habían reiterado el viernes anterior, en el almuerzo del palacete, que no podía ser miembro del Gobierno por estar imputado en el caso Grúas, aquel que este periódico había destapado e investigado desde hacía tres años con gran escepticismo en el universo mediático local. De manera que el cambalache de los pactos había descendido a aquellas horas a un burdo navajeo en los callejones traseros de la política entre contenedores y montañas de inmundicia. De lo sórdido de la escena, en mitad de la sobremesa, daban cuenta los móviles y las caras de algunos comensales bien informados. Me levanté para atender una de tantas llamadas esa noche larga. Asier había vuelto a ausentarse de la cena. Cuando terminé de hablar, pude comentarle algo, porque en ese momento se reincoporaba. No soltó prenda, pero sí le anuncié: “El pacto va en dirección contraria a la guillotina de CC”. Fue una noche singular. Allí estaba Rajoy, presidiendo la cena más insólita de mi vida, a pocas horas de que el jueves se sentenciara el pacto de progreso en la quinta planta del Parlamento. Los inescrutables caminos del azar habían traído a la isla al hombre que un año antes acaparaba toda la atención y se refugiaba en un restaurante cercano a la Cámara Baja mientras Pedro Sánchez esgrimía la moción de censura que lo apeaba definitivamente del poder. “No pasa nada, recoges tus cosas y te vas a tu casa”, comentó esa noche en que todos teníamos en la mente la refriega que vivía la política canaria y que ponía a Clavijo y a CC en la misma tesitura que Rajoy y el PP aquel 31 de mayo de 2018.

Rajoy fue elegante y evitó inmiscuirse en la crisis canaria. Conocía, conoce a la perfección todos los entresijos y actores de nuestra jungla insular, de manera más precisa que muchos canarios. Habló bien de Asier, ajeno a que para entonces los de CC iban a sugerir que su partido lo inmolara para que Australia Navarro fuera presidenta delegada. Uno de tantos ajustes de cuentas condenado a caer en saco roto. La única cabeza sacrificada realmente para intentar conservar el poder era la de Fernando Clavijo (haciendo buena la profecía metafórica de este periódico). Visto el resultado que tuvo, lo que agrava semejante acto de humillación impropio de un partido serio es que, además, se produjo tarde y mal. Para entonces, la antropofagia de los partidos del bloque de centroderecha se había desbordado, y ya no bastaba con apartar a Clavijo, sino que había que hacerlo también con Antona. Un espectáculo de necrofilia y canibalismo que espantó a Casimiro Curbelo. En el derramamiento de sangre, si tenía dudas, se le resolvieron esa misma noche en que el toque a degüello era un secreto a voces.

Un expresidente del Gobierno de España, que había sufrido como pocos algunos estoques y aceros, estaba entre nosotros por azar para asistir al Foro Premium de este periódico a la mañana siguiente. La cena cordial llegó a su fin. Pero no el presentimiento de lo que estaba aún por suceder. Y sucedió.

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La voladura

Cuardo buena relación con todos los expresidentes canarios. Y estos días de zorrocloco político durante partos incesantes de pactos nonatos he intercambiado impresiones con algunos de ellos sobre la querencia atávica de nuestros dirigentes a tenderse trampas y zancadillas antes de acordar un Gobierno en serio entre un número de de opciones elevado al infinito. En 1995 iba a ser presidente Manuel Hermoso (CC) con Augusto Brito (PSOE) y, como no se fiaban el uno del otro, firmaron un precontrato en el Puerto de la Cruz, en vísperas de la constitución de los ayuntamientos, como ayer. Se puso a prueba la diciplina de voto de la famosa teoría de los pactos en cascada, que entraba en vigor. Era condición sine qua non. CC cuidó la coartada, a sabiendas de que el PSOE erraría en alguna parte del puzle, como así fue. Y el cromo socialista pasó a ocuparlo el PP. El Parlamento se perdió a un presidente que le habría dado lustre: Eligio Hernández Gutiérrez.

Estamos ante la inminente inmolación del líder para salvar los restos del imperio. Es la entrega metafórica de la cabeza en cuestión, en bandeja de plata, como en el mito de la princesa idumea. Pero en el caso de CC estamos hablando de un trofeo, del canon para formar Gobierno con el consentimiento del partido que veta a Fernando Clavijo por estar imputado: Ciudadanos. El foco se proyecta, por tanto, sobre Albert Rivera. Cs pone a prueba en Canarias su profesión de fe: regeneración o degeneración.

Esta semana salen todos los cañones a la calle. Es la rebambaramba, tras el ocaso de algunas ciudades, ayer, y el terror a perder el Gobierno mañana. Si las escenas que están todavía por vivirse, se producen fieles al guion, CC renunciará a su debido tiempo al líder homérico, Clavijo, para contentar el decálogo de Cs y sumar 36 con PP y ASG, en un cuatripartito derechón y continuista,sin carátula ni embozo, pacto de mercaderes, punto. Donde los de Rivera se enfangarían a riesgo de descalabrarse. Esa amenaza está latente desde ayer, con el aluvión de militantes críticos en Cs tras las presiones recibidas ayer por los concejales Matilde Zambudio y Juan Ramón Lazcano, por el aparato local de su partido, para que, inhibiéndose, impidieran que fuera alcaldesa la socialista Patricia Hernández, haciendo, de paso, posible que prosiguiera en el cargo José Manuel Bermúdez (CC). Les abrirán expediente en falso, o sea, les harán mártires no adscritos. Es la punta del iceberg de un partido que emergió con la bandera de la regeneración y sucumbe al glamour de los nacionalistas, blandiendo el veto a Clavijo con una mano, y con la otra, bajo la mesa, sirviendo a sus intereses, como si de una marca blanca de CC se tratara.

No menor ha sido la servidumbre del PP, opresivo y vocinglero con la cantaleta de que Alonso era el leviatán de los atascos, pero a la hora de la verdad, se delata como socio de ocasión del Matusalén del poder en Canarias, la inveterada CC, que ayer perdió dos capitales regias, Santa Cruz y La Laguna, y desde hoy conoce sus nuevos límites y limitaciones. Todavía esto no es el desastre: faltan cabildos y Gobierno. Lo primero ya lo han perdido en las primeras islas caídas, El Hierro, Fuerteventura y Lanzarote, a falta de lo que provean Tenerife y La Palma. Lo segundo, está aún por ver. Por ver… pues depende de Casimiro. Y de Cs.

El maldito Antona se ha puesto digno otra vez, se lastiman en CC tras el fiasco de la presidencia subrogada del hombre de paja. Querían seducirlo dándole el cargo de mayor relumbrón, pero en Ciudad Jardín tiró las cartas sobre la mesa y descubrió el farol. Asier Antona, reincidente en decente (en julio de 2017 ya dijo no a Clavijo pese a la imposición de Cospedal), abortó la jugada y los comensales se marcharon como el rosario de la aurora. Hemos regresado a la casilla cero. Al pacto de los señores de la guerra, que ahora han vuelto a barajar y a repartir las cartas. Ante la mesa volverán a ser los mismos, CC, PP, ASG y Cs. El presidente en funciones no se quiere ir, pero se irá. “Su palabra no vale un clavijo”, ya dijo Nicolás Jorge, el otrora concejal de Granadilla. Cuando, en la mano correspondiente, Clavijo se levante de la mesa y venga otro (u otra) a suplantarle, confían en que Cs vea satisfecha su premisa y puedan terminar la partida como cuatro campeones para cuatro años de reparto de cuotas de poder.

¿Con la complicidad de Ciudadanos?, ¿de Rivera?, ¿de Arrimadas?, ¿de Villegas?, ¿de Vidina? ¿Qué pensará Macron, que ya pregona que Cs se ha escorado a la ultraderecha y no tendrá sitio en el grupo centrista renovado de la UE? Macron, que se profesa más cercano a Sánchez que a su par español. Macron, que es el espejo en que se mira Cs sin reconocerse con el paso de los días. Esta probeta del ensayo canario de Cs con CC o con el PSOE es el test de la gran disyuntiva. ¿Quién gritará eureka? Si la confluencia constitucionalista se abre paso en España, Canarias será el laboratorio, como ya sucedió ayer en el pacto de Cartagena (PSOE, PP y Cs).

Querían en Antona un presidente bufón para asistir a las procesiones, sin la Hacienda del paisito. En la sobremesa del palacete presidencial se destapó el pastel. CC brindó la cabeza de Clavijo (la profecía de la portada de DIARIO DE AVISOS el pasado domin go) con antropofagia calculada para saciar a Cs, pero solo como presidente, no como vicepresidente plenipotenciario. Y ahí se rompió la baraja.

Cuando sonó el teléfono de Casimiro Curbelo y era Felipe González, la fiesta se había tornado un funeral. Ya no era el Dios de Txiki Benegas, sino Dios emérito. Y el pacto de progreso volvió a la superficie. Como ayer brotó en La Laguna como un verode en el borde del cielo del tejado de una casona señorial. Y como en la Casa de los Dragos de Santa Cruz.

Los pactos tienen su bosón de Higgs, la diminuta partícula que explica que unos cuantos partidos interactúen y materialicen un Gobierno entre las fracciones insulares que se dejan pensar como si fueran un todo en las sinapsis del archipiélago.

De estas cosas he hablado estos días con los expresidentes. De la proteica política canaria, de los duendes y cismas tras las elecciones, y hasta del adelanto de las hogueras de San Juan, que han quemado pactos prematuros antes de que el fuego se deslice como una serpiente hacia el bidón que desate la gran voladura.

 

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Esta semana todos los días son sábado

Antes de llegar a esta semana de infarto, a la que todos asisten sin más certidumbre que un juego de azar, hace cuatro años otros resultados pusieron la primera piedra de este pandemonio y dejaron que, mes a mes, año a año, unos y otros fueran alimentando las ganas de venganza y las de conservar a toda costa el poder. No son incompatibles las dos cosas, pues una vez acariciado el terciopelo de las moquetas se llega a la conclusión de que la política es una actividad vengativa y codiciosa; no existe el término medio, o irrumpe el monstruo y se adueña de la situación, o no estamos hablando de lo mismo.

El sábado saldremos de dudas. No antes, ni siquiera en la víspera. Los algoritmos que rigen la estadística del árbol de los pactos establecen que lo conveniente es llegar a los metros finales con varios triunfos en la mano, distintas opciones y múltiples faroles, a fin de asestar en el último instante -ese que, a la postre, define todo lo humanamente cierto- el golpe de gracia definitivo. Canarias inventó los pactos en España antes de que los demócratas más formales perdieran el pudor y se decidieran a hacer los tejemanejes sin escrúpulos que son imprescindibles para actuar unas vez contabilizados los votos salidos de las urnas. Somos doctos en la materia. Por eso, una vez consumada la tramoya del pacto de progreso anunciado a los cuatro vientos por Sebastián Franquis el viernes, no pasaron 48 horas y uno de los socios, Nueva Canarias, perdía la primera de una tanda de alcaldías irrenunciables: Telde. Los mismos negociadores se tiraban piedras sobre su tejado, por la sencilla razón, como decía, de que hasta el último minuto el pescado no puede estar vendido de ninguna de las maneras, tratándose de política y de Canarias.

Ha sido enternecedor recibir noticias de viejos enemigos irreconciliables sentándose a comer para limar asperezas. Ver a Asier Antona saliendo por su propio pie de la hondonada en que cayó el jueves por la infidencia de un pope del PP que se sinceró con EFE en Madrid sobre las cartas marcadas de su partido a la hora de negociar con los de Sánchez en Canarias. El sudoku emocionante de todos contra todos y contra sí mismos hasta que tome decisiones el azar. El único sabio en la materia. Si el azar piensa como pensamos que piensa, habrá gobiernos de cambio en todas las plantas del falansterio. Pero si los lobos se esparcen por todas las estancias, locos de rabia y zafiedad, habrá destrozos, jirones y desgarraduras, aunque solo sea por joder.

Al filo de lo que tenga que pasar esta semana, solo nos cabe continuar expectantes ante el espectáculo de los que vienen y de los que se van. Los veremos cruzarse en el camino, hacerse zancadillas, la cosa se pondrá fea hacia el miércoles o el jueves. Tal será la urdimbre de pactos que acabaremos hartos, como siempre, y diremos aquello tan recurrente de: “que hagan lo que les dé la gana”. Cuando amanezca el viernes, el silencio y la bulla se repartirán por barrios, hasta que al atardecer circulen los últimos rumores, tan sórdidos y pavorosos como los primeros, y nos sembrarán las últimas dudas, sin poder arrancarnos esa muela. El sábado saldrá el sol como de costumbre. Será un día sobrecogido y hastiado por la ansiedad de los últimos cuatro años y estos meses insufribles en que los perros no han parado de ladrar. Y después habrá orden y desconcierto.

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Casimiro, en su Camelot

Cuando en 2015 Casimiro Curbelo salió tormentosamente del PSOE, fui a verlo a La Gomera y accedió a confesarse, en términos premonitorios, acerca de sus planes de futuro fuera de la casa donde había habitado toda su vida política. Cogió un papel y dibujó su mapa de influencia en la isla, calculó su poder de convocatoria y simuló una suerte de escrutinio al que aspiraban las siglas con que se emancipó. Ahora el PSOE bebe los vientos por Casimiro, que, como su propio nombre indica, nunca dice todo lo que piensa o se propone, sino casi. Y en esa disyuntiva, hoy albergan esperanzas en el PSOE canario de que engrose las filas del cambio y no deserte a última hora. En casi todos los pactos históricos de cuantos han acontecido en esta larga travesía autonómica suele haber una asamblea o cónclave de última hora que incline la balanza a un lado u otro; no recuerdo por estos lares un pacto en su placenta alumbrado sin trompicones en posición cefálica, sino pactos podálicos que exigen cesárea. Si la pelota sigue en el tejado de aserejé (como apodan a la ASG de Curbelo), ese último soplo de suspense provendrá de la Isla Colombina, donde a los acuerdos como el que promueve el socialista Ángel Víctor Torres los llaman de colactación. Los líderes gomeros aborígenes sellaban sus convenios bebiendo leche del mismo gánigo, y lo depositaban bajo un túmulo. Si se rompía el compromiso, lo desenterraban para quebrarlo contra el suelo y hacer añicos lo pactado.

Cogí el ferry junto a Fran Pallero y fuimos a ver en 2015 al hombre que hoy tiene en vilo a toda la clase política canaria. Así conocí durante horas de zozobra, en que dudaba si firmar o no el documento de su baja en el grupo socialista del Cabildo, al Casimiro menos hermético que se dolía del desafecto de su partido por una conspiración a bordo. Había apoyado a Sánchez, y lo excusaba: “Mi caída no es obra de Madrid, sino de Canarias”. Miraba de reojo el papel de su renuncia y seguía hablando. No encuentro las notas en que cifró los alcaldes, consejeros de Cabildo, diputados y hasta el senador que esperaba ganar en las urnas con el nuevo partido. Pero se equivocó a su favor: puso en la casilla del Parlamento un dos, y entonces y ahora obtendría tres escaños. Era un hombre atribulado y huérfano de partido. En esas circunstancias lo vi reaccionar de cerca. Dijo que era como un viajero que recibe una noticia y deshace las maletas. Pensaba jubilarse y lo acuchillaron por la espalda. Cambió de planes y empezó de nuevo.
Curbelo, nacido en Vegaipala (San Sebastián), el menor de siete hermanos, que vio emigrar a casi toda la familia a Venezuela (menos él, que estudió Geografía e Historia), recordaba al padre agricultor regresando con ahorros para levantar la casa de El Calvario, donde alojaba a viajantes de todas partes, y en esa atmósfera de vecindad creció rodeado de gente. “Yo no soy un cacique”, me espetó cortante. Pero aquel día ya sumaban tres los muertos de la isla y papá Cabildo pagaría los entierros, como los de todo gomero fallecido en cualquier parte del mundo. ¿No es eso una política clientelar?, le pregunté. “No pido a nadie que me vote a cambio de una ayuda”, se defendió, sin firmar todavía su defunción socialista.

Ahora, en Canarias, están las fieras de los pactos desatadas. Y viene Rajoy el día 20, invitado por la Fundación DIARIO DE AVISOS, antes de que el Parlamento vote la investidura. España es un eterno calcetín al que unos y otros le dan la vuelta; otrora gobernaba Rajoy y su contraparte era Pedro Sánchez, que ningún oráculo adivinó hasta dónde sería capaz de llegar, una vez excomulgado como Curbelo. Las vueltas que da la vida. Ahora Sánchez, que hace migas con Casimiro, ejerce de Rajoy, en busca de la abstención de otro gran partido, y el estafermo original, como diría Pedro J., está viendo los toros desde la barrera, como él mientras le duró el exilio. España está en el mismo sitio. Y las Islas. Pero CC, un aliado condicional de aquel PP, está asistiendo a sus horas más críticas, y en la miniatura de la política de este volcán se produce una especie de desembarco de Normandía que las atalayas de Coalición no acertaron a ver venir. El telón aún no ha caído, y en tanto la izquierda cierra filas con Curbelo, CC y PP se exploran y cortejan a Cs, el referente moral, que exige la cabeza de Clavijo, el tótem imputado.

En aquella larga conversación con Casimiro en 2015, con la Torre del Conde a dos pasos, salió el nombre de Merkel, la fugaz senderista que recorría la isla. Rajoy tiene piel de cocodrilo, decía la canciller alemana, elogiando la paciencia beduina del exlíder del PP que arrostró la mayor crisis económica de la historia con la misma cachaza que el musulmán, que, sorprendido por una tormenta, se cobija bajo su manta y espera indolente hasta que amaine el viento. Sánchez, incombustible como Merkel y Rajoy, es un claro prototipo de resiliencia. Como Curbelo. Clavijo se dejó desbarrancar por el caso Grúas y ya su partido lo titubea. A la desesperada, CC hará ofertas, pero el sobrepeso y la pereza que da el poder prolongado atrofian los reflejos. No es como antes. Fritanga y ketchup, que diría Alberto Chicote de políticos obesos por la buena vida. Eso ocurre por confundir la curia de Teobaldo Power con la vitalicia del Vaticano, donde también cría cloacas. En La Laguna los coalicionólogos recuerdan el plan de secuestro de la concejal del PP Raquel Lucía Pérez Brito en 1999 para evitar una supuesta moción de censura del PSOE contra CC. “El día que va a votar no aparece y se ve en un cuarto oscuro…”, describió el padre de la idea a los encargados de llevarla a cabo a cambio de una licencia que nunca se cumplió y de ahí que todo se destapara. Sospechan de un tamayazo el sábado en la elección del alcalde de izquierda.
Cuando, en 2015, ya me despedía de Casimiro, cogió al fin el papel y lo firmó. Llamó a su secretaria y le pidió que diera curso a su dimisión como socialista, pasando a ser consejero no adscrito en la más absoluta soledad. Como fui testigo de su inmolación, sé que la falta de cariño era lo que mataba aquel día a este descendiente remoto de Hautacuperche en su Camelot insular.

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El pacto del guarapo

Las piezas del puzle político canario están a punto de encajar. Como saben, dos partidos casi gemelos en número de escaños, ASG y Ciudadanos, son determinantes, y desde ayer, el gomero cotiza alto. Ambos tienen una virtud similar: desactivan y engendran bombas antagónicas. Bastaba un paso atrás ayer de la ejecutiva nacional que preside Rivera, como así sucedió, para desbrozar el camino y ver más despejado el horizonte. Si, como parece, Ciudadanos descarta como socios a partidos nacionalistas y presidentes imputados, la ecuación resultante vacía de opciones un gobierno de CC con PP, ASG y Cs, que sumarían 36 diputados, la mayoría absoluta impoluta pero con un anacoluto: Ciudadanos se desmarca y no encaja en ese aquelarre que se antepone al cambio. Sin Cs, Coalición tiene que ir pensando en otra cosa.

En el maratón del hotel Iberia se vio a Ángel Víctor Torres con cierta cachaza. A unos les dio un plazo de 24 horas para confirmar el sí quiero, persuadido de que no le den un tranque en el altar; a otros les anunció que tiene una carta bajo la manga, advertido por los suyos que de esto saben sobre los tejemanejes de los pactos dobles y triples a expensas del mejor postor…. y no ocultó que desde el 26-M tiene a favor el siroco de Madrid. A la hora de pensar en canario le ayuda que Sánchez gobierne en España, pues su posición de partida ya no se limita a hacer valer a sus potenciales socios las ventajas de ser parte del Gobierno de Canarias, sino, a su vez, de contar con el viento de cola de la Moncloa. Y las dos cosas juntas son palabras mayores e inéditas desde Saavedra-González (1983-1987).

Sea esto o lo otro o lo de más allá lo que quiera que ha sembrado dudas en ASG, a nadie se le esconde que el previsible desmarque de Ciudadanos del conglomerado de fuerzas que necesita Clavijo para reengancharse hace que Curbelo deje de deshojar la margarita y se ponga a pensar seriamente en Ferraz, donde por un mal de amores Elena Valenciano lo excomulgó hace un lustro siendo senador por el incidente de la barra americana. Curbelo pidió las imágenes del acoso policial durante la detención de un hijo recién licenciado, pero la mandamás socialista le humilló públicamente y la herida quedó abierta hasta hoy. Si Torres la cierra, habida cuenta que los de Rivera no se arriman a CC, estamos en la cuenta atrás de un pacto del PSOE con Casimiro Curbelo.

En su post de este domingo, Paulino Rivero (que no se ha ido, que se sepa, de CC, pero ya es un verso suelto) elogia hasta el infinito al político gomero: “Increíble. Insólito. Asombroso. Fabuloso. Inconcebible. Sorprendente. Portentoso. Milagroso. Inverosímil”, le piropea en calidad de fenómeno político. Pero, al mismo tiempo, le avisa de que use a tiempo el llavín, pues, siendo la llave del futuro gobierno, puede quedarse fuera “si otros cierran otra puerta y echan la cerradura”. Paulino es perro viejo en trances como este, viene de la escuela de los contubernios a oscuras para no perder el machito.

Esta semana de trampantojo se irá definiendo en las próximas horas. Habrá gobierno, se huele el cambio. Y habrá revuelo, porque no será pacífico. Pero, una vez firmado, la luna de miel no será de abeja, será de palma, será guarapo.

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Cómo seremos en 2023

¿Cómo seremos en 2023? Para entonces estaremos (de continuar aquí, vivos y coleando) al término de la décima legislatura que ahora empieza a fraguarse en el yunque de los pactos. Esta película la hemos visto repetida muchas veces en los últimos decenios y conocemos algunas de sus constantes. Es un tiempo de mentiras y disfraces, en realidad este es el carnaval político de los pactos. Como el brexit fue una burda farsa y ahora se disponen a juzgar a Boris Johnson, el político bipolar del Partido Conservador que engañó a su pueblo para ganar el referéndum de la secesión de la UE afirmando que pertenecer a Europa costaba a los británicos 350 millones de libras semanales. Si los vientos de cambio traen la tramontana de los alisios buenos y limpian los corredores de las estancias oscuras del poder, en las Islas aflorarán los embustes y falacias que definen estos últimos coletazos de 26 años puestos en solfa el 26 de mayo.

Dentro de cuatro años, en 2023, acaso ya el transporte público sea en buena parte alado, los taxis voladores de Uber quizá sean realidad, y los atascos, historia. Unos cuantos miles de robots incrementarán el índice de paro en las Islas y emigraremos de nuevo o nos fingiremos máquinas antropomorfas para competir con los androides y disputarles las ofertas de trabajo. La sanidad será milagrosa, como ya con esos robots quirúrgicos Da Vinci de nuestros hospitales, y es posible que la vacuna de Barbacid contra el cáncer de páncreas y otras variantes mortales se dispense en las farmacias o esté a punto de hacerlo. Como dice José Carlos Francisco, gurú a extramuros de la CEOE en sus libros y vaticinios de economía, la población se habrá disparado (aquí se duplica cada medio siglo) y habrá nuevas necesidades perentorias. Me intriga saber si seguiremos siendo líderes en pobreza y listas de espera, en dependencia y déficit de viviendas… esas innobles tasas de vagón de cola en las estadísticas de la vergüenza de un ciclo político que el huracán del 26-M ha puesto contra la pared.

Hoy me he levantado preguntándome cómo seremos en 2023. Y el viernes, 31 de mayo, porque sabía que Walt Whitman cumplía ese día 200 años, leí al voleo versos de sus Hojas de hierba, y aquel sonoro ¡Oh, Capitán! ¡Mi Capitán!, que dice, como si me estuviera leyendo el pensamiento: “Nuestro azaroso viaje ha terminado;/el barco capeó los temporales, el premio que buscamos se ha ganado;/cerca está el puerto, ya oigo las campanas, todo el mundo se muestra alborozado,/la firme quilla siguen con sus ojos, el adusto velero tan audaz”. Whitman escribió ese poema pensando en su admirado Abraham Lincoln, que había sido asesinado, pero no su empresa, su país, la envergadura de su proyecto nacional. Yo, lo repasé en silencio pensando en los días que transitamos, y sobre cuyo cauce discurre la bella idea del cambio. El cambio político de esta tierra, que a veces me sorprende entre los versos del gran Whitman, como en aquel poemita Mi canario: “Ave enjaulada, sentir jubiloso gorjeo”.

En Bremen gobernaba el SPD desde hacía más de 70 años y acaba de perder el poder. Coalición Canaria no debe, por tanto, perder las esperanzas. Pero le basta con 26 años, un cuarto de siglo en números redondos, para pasar dignamente a la oposición. En los albores de los 80 se sentaron las bases de un partido canario que velaría por los intereses de las Islas sin ataduras con las grandes fuerzas del Estado. Era tal la urticaria que provocaba entonces el todavía reciente centralismo franquista, que la metamorfosis de UCD a CC (primero ATI, después FRAIC, AIC… antes de convertirse en un mantra la doble C) se vio jalonada con éxito de una implantación de enérgicas islas reivindicativas. Al cabo de esta rueca de un cuarto de siglo se ha ido tejiendo una fuerza política que, por último, padece una longevidad anacrónica. Le llegó la hora de los astilleros, donde reparar las viejas cuadernas y prepararse para una nueva singladura, como cantaría Whitman de vivir estos días entre nosotros. Alargar los días estériles no hace sino demorar la hora final y contraer síntomas de decrepitud. CC es un partido llamado a renovarse si tiene verdadera vocación de continuidad en el tiempo. Ahora le traicionan los instintos de realeza y casta, le ciega el deseo de aferrarse al poder. ¿Qué tanto teme perder con la pérdida del Gobierno que ha perdido en las urnas democráticamente? No es el primero ni el último de los partidos gobernantes que se resisten a dejar el poder. El otoño del patriarca es la etapa más ingrata y hostil en los regímenes que han superado los límites razonables de hegemonía.

Es verdad que Canarias inventó los pactos de perdedores y no sería la primera vez que CC se resucita y reinventa sobreponiéndose a la derrota. Pero, como todo efecto de magia repetido hasta la saciedad, acaba por descubrir su truco. Y ahora ha agotado el crédito para un nuevo pacto de carambola. Los resultados del 26-M acotan los márgenes de los días contados que le restan. La suma de CC, PP, Ciudadanos y ASG, lo que llaman en esas aguas el pacto natural, es tan #frágil con su limitada mayoría absoluta de 36 escaños de 70, que bastaría que cualquiera de los dos pequeños partidos se viera tentado sustancialmente por el vencedor, el PSOE, dueño de 25 plazas en un poblado Parlamento que el Gobierno cambiaría de signo con una simple moción de censura. Son fácilmente imaginables las ofertas que recibirían multiplicando con creces la cuota que entre cuatro partidos (los dos grandes, CC y PP, se repartirían el grueso de la tarta) les tocaría a los más modestos, Cs y ASG, candidatos a la deserción desde el primer día. No es mera cábala. Las ventanas abiertas traen este chorro de aire. Son vientos de cambio, más impetuosos que los viejos resortes del poder, siempre capaces de antiguos pactos de intereses. Esto es distinto. Esto va más allá de los cálculos de antaño. Esto es el futuro. Y entró como una exhalación.

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Pactos: la ceremonia de la confusión

La décima legislatura trae viento de cola: habrá cambio. Desde la noche más larga que se recuerda en una jornada electoral, este superdomingo portó en la mochila -pieza inevitable de la iconografía del último gobierno- la hipotenusa del cambio, que es el lado opuesto al ángulo desde el que se han proyectado los distintos gobiernos en los últimos 26 años. La puesta en escena de estos días de pactos será diferente a la de los dos meses de campaña que venimos de sufrir. Estos son los días de la ceremonia de la confusión. CC, curtida en maniobras disuasorias, hará toda clase de fintas, fingirá acuerdos fraudulentos y fungirá de mayorías consumadas para desanimar a Ángel Víctor Torres, que es el que tiene la sartén por el mango.

El cambio no es una entelequia. Como venimos narrando en las páginas de DIARIO DE AVISOS desde hace no menos de tres años, el cambio es una manifestación natural del grado de descomposición al que ha llegado la dinastía de CC. Es una consecuencia lógica e inevitable. La última gota del vaso fue el domingo 26 de mayo, y así quedará escrito para la crónica de esta legislatura, que se cimentará en una de las opciones depositadas sobre la mesa, pero los tiempos en que la argucia de perdedores se sacaba los gobiernos de la chistera han pasado a mejor vida. En las olas socialistas del 83 y 2007, Saavedra y Juan Fernando López Aguilar corrieron distinta suerte. El primero empezó gobernando en minoría, y con un pacto de progreso a mitad de mandato. López Aguilar chocó con la complicidad, cuando todavía eran confiables, de CC y PP. Pero las confianzas se han roto definitivamente entre coalicioneros y populares como entre socialistas y CC, que los expulsaron en diciembre de 2016. En las filas del Partido Popular han visto claramente las orejas al lobo: Coalición se apodera de los votos que se le fugan, y de ahí este repunte del domingo, que maquilla el fin de ciclo del cuarto de siglo de gobiernos coalicioneros. De otra parte, por más que Ana Oramas y Guadalupe González Taño se dejen ver en las cábalas de la investidura de Sánchez, la hipótesis clásica de ligar lo uno a lo otro, la patita en Madrid con el gobierno en Canarias, es una visión agotada de política vintage. Ya no cuelan chantajes de ese pelaje cuando PP y Ciudadanos, rebasado el atracón electoral, hablan de borrar líneas rojas y cordones sanitarios con el PSOE, y a poco que avancen los días -será en julio la coronación de Sánchez presidente- no me extrañaría una abstención holgada que libere de ataduras soberanistas al candidato del PSOE. Lo de Canarias es más sencillo, por más que reitero que nos adentramos en la ceremonia de la confusión de los pactos. Un partido ha ganado de calle y tiene el derecho a tomar la iniciativa y elegir con quién gobierna: si con la izquierda, sin con la derecha o si en minoría.

El PP se deja querer para el pacto de Mazo,porque se sabe necesario en el Cabildo de La Palma y en las principales instituciones de Tenerife. Y porque la suma da: 36. Pero el cambio prometido era de progreso, y de ahí que Torres no descarte la alianza con Román Rodríguez, Noemí Santana y Casimiro Curbelo. Que nadie deseche una fórmula a dos PSOE-Ciudadanos con Vidina Espino de vicepresidenta y apoyos externos de la izquierda. Ya dijo Rivera que Cs quiere reencontrarse con el centro, y para eso necesita pactar con el PSOE. Amén.

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El día ‘del revés’

El paso del Rubicón es hoy. Así que la suerte está echada. ¿Para qué sirven las elecciones, la democracia, los periódicos…? Veamos esto último. Políticamente, es un secreto a voces la importancia que en las Islas se le concede a una cabecera de periódico, y no es cuestión ahora de ponernos a discutir sobre el valor geoestratégico que -valga esta hipérbole- otorga el poder al control de los medios. En la eterna lucha de poderes, esta es una de las contiendas clásicas, y a menudo la prensa acaba sometiéndose al poder. Pero no siempre, y no toda la prensa. De ahí la pregunta, que encubre una consideración emancipatoria. Gobernar sin periódicos resulta, por lo visto, arriesgado, si no se profesa una fe arraigada en la democracia y sus valores y equilibrios. Y nos hemos olvidado de que la verdadera importancia de los periódicos sigue siendo la única que, en esencia, tienen y deberían tener: su importancia social.

Esta es una cuestión central que nos atañe a quienes trabajamos en periódicos, pero que en la crisis del oficio es un asunto que subyace en las conversaciones y contactos entre empresarios y políticos. Y es parte, no menor, de lo que se cuece hoy en esta especie de plebiscito. Si hay cambio político en Canarias este domingo no será mérito y obra de un periódico, de este ni de ningún otro. Y si no lo hay será responsabilidad exclusiva de los partidos y sus dirigentes. Y de nadie más. Cualquier observador imparcial de la necrofagia política insular intervendría en el debate con el diagnóstico empleado a menudo respecto a situaciones externas de descomposición y finamiento. Las apariencias no engañan. En Canarias el modelo está agotado. Y aquí entra a desempeñar su papel todo periodico que se precie en un momento crucial. Cabe mirar para otro lado o revelar los hechos tal cual son. Estamos donde siempre, en esa disyuntiva.

Una de tantas campañas solidarias de rebeldía ha propuesto el 24 de mayo ponerse “del revés” por un día -llevar una prenda así adrede o dar la vuelta a la foto de perfil en las redes sociales- para cambiar el mundo.

¿Qué ha de hacer un periódico en mitad de una transformación social? La información es el nervio; el motor del cambio es la ciudadanía que acude a votar. Los partidos son los protagonistas del hecho histórico de cada mutación del gobierno. En ocasiones, emergen las fuerzas de un cambio, de abajo arriba, y son periódicos, cada equis años y se producen en tiempo y forma cuando corresponde. ¿Es hoy la hora del cambio en Canarias? Solo lo saben las urnas, pero hoy se inicia sin duda un proceso que tiene que ver con un cambio histórico. Nada ya será igual, más allá de mañana. Habrá quienes cambien de barco y quienes resistan numantinamente, y quienes entren por primera vez en acción. Pero el cambio es irreversible, la sociedad se dispone a salir adelante sin pérdida de tiempo. ¿Quedarán extinguidos los hábitos políticos del auge del fulanismo heredado desde la Primera Restauración que ha hecho tanto daño al modelo de partidos integrales -e íntegros- primando las camarillas y nichos clientelares, lobos y lobbies que maniobran en la sombra y urden pactos al margen del interés general? Conviene al buen fin de todo cambio. Llegados a ciertos límites, lo siguiente si no se actúa con reflejos y generosidad es la cólera, los endriagos, el cisma social. Nada será de la noche a la mañana, pero será. Nunca antes hubo tales pulsaciones en la calle, ni tal consenso al respecto en los distintos debates celebrados en esta campaña electoral. Venimos de un ciclo largo de poder y vamos hacia un nuevo siglo con el poder de los votos y la confluencia de viejos y nuevos actores obligados a cruzar el mítico riachuelo en mitad de las aguas turbulentas.

El atasco metafórico de nuestras carreteras, puesto de relieve estos días, ilustra un estado de cosas que aboca al cambio. Como en el cuento de Cortázar La autopista del sur, sobre un embotellamiento crónico, la imagen de la Isla al cabo de decenios de desidia en carreteras y tráfico es esa, la de un colapso exasperante. Y esa sensación de colapso se proyecta de carreteras a hospitales y de listas de espera a las colas del paro. El colapso es neurálgico, paraliza todo el sistema social.

¿Para qué sirven los periódicos? Airear los problemas de la gente resulta revolucionario allí donde impera cierta capa de silencio. No es la letanía de un periódico revirado que mete el dedo en las llagas del poder. Todas las medallas que no cuelgan de la pechera de un Gobierno son los trofeos caídos de una mala gestión. Y no es el derecho, sino el deber de un periódico cabal airear los trapos sucios en la función de contrapoder que indaga en la etiología de los escándalos de corrupción. “En momentos de crisis política, los medios independientes tienen más autoridad moral para investigar”, afirma en las páginas siguientes Bob Woodward, que asoma hoy a DIARIO DE AVISOS porque hoy es hoy.

¿Para qué sirven los periódicos? Para informar sobre las deformidades del sistema público que provocan graves desigualdades y exigen rápidas medidas resolutivas o son caldo de cultivo de detonaciones sociales fuera de control. Las Islas no están a salvo de polvorines que cobraron cuerpo en España y Europa de la noche a la mañana, algunos muy recientes. El cambio es una cuestión preventiva de primera necesidad, habida cuentas los índices que afean la tarjeta de presentación de nuestra comunidad autónoma en los rankings del Estado.

Cubrimos la protesta de Añaza con éxito, y ahora hacemos lo mismo con los inquilinos de Visocan y los de las casas con aluminosis en Las Chumberas y otras urbanizaciones. Sirve, y tanto que sirve, un periódico para evitar desahucios de familias con menores de edad o para encender las alarmas de las saturaciones hospitalarias y presionar a las autoridades para que costeen los tratamientos de los niños con fibrosis quística que viven al borde de la asfixia. Los periódicos no pueden quedarse de brazos cruzados mientras se caen las piezas del puzle a su alrededor. El poder es un castillo de naipes.

Es cierto, como decía Borges, que hay un “olor del café y de los periodicos, el domingo y su tedio”. Tal día como hoy. ¿Para qué sirve la poesía?, le preguntaron al argentino y respondió: “¿Para qué sirve un amanecer? ¿Para qué sirven las caricias? ¿Para qué sirve el olor del café? La poesía sirve para el placer, para la emoción, para vivir”. ¿Para qué sirven los periódicos? Para contar las cosas que no funcionan y cambiarlas del revés.

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CC y el trono de hierro

Con la expectación del final de Juego de tronos iniciamos la cuenta atrás del superdomingo, en cuya madrugada -sucedía así en los estrenos de las entregas de HBO- desvelaremos el desenlace de la intriga. Tal como antecede todo en el entramado, en la trama y en el trauma de Clavijo al frente de los siete reinos de taifas -ahora ocho con La Graciosa en el nuevo Estatuto-, cuesta hacer especulaciones sobre cómo concluye la historia. Más de una encuesta, a modo de spoiler, ha tratado de adelantar los acontecimientos, pero, en verdad, estos trackings del 26-M no compiten con los del 28-A, que, en líneas generales, la clavaron. Dirán en CC: menos con Ana Oramas.

Y no les faltará razón. La dupla de CC la noche de marras es el milagro al que se aferran en Coalición, más algún rumboso sondeo, para disfrazar la desazón por un final adverso en este juego de tronos tras 26 años de monarquía absoluta. ¿Será extrapolable la varita mágica de Harry Potter de la noche del 28 de abril a esta otra noche del 26 de mayo donde se juegan el trono en Coalición? Ni va a ser tan fácil ni caben tales paralelismos. En las generales, a CC -abstraída de todo asomo de nacionalismo en aras de españolizar el discurso para sisarle los votos a la derecha- le convenía el hundimiento del PP. Cuanto peor le fuera a Casado, mejor le iría a Ana Oramas, que estaba KO en las encuestas: los votos que desistían de ir al PP eran candidatos, cual tavíos, de engrosar la buchaca de CC. Pero este domingo los cálculos interesados se alteran, tienen otra lógica, y hasta diría que es una lógica paradójica en el estrecho margen de un mes.

Pues para salvar alcaldías como la de Santa Cruz en Tenerife, CC necesita en este último domingo de mayo, como agua de ídem, que al PP no le vaya tan mal. Solo sumando los dos, CC podrá renovar en la capital, su feudo y termómetro, y otro tanto sucedería en el Cabildo. El factor que distorsiona los beneficios, en unas y otras elecciones, de la derechización de CC es de consumo doméstico, propio de comicios locales, donde los pactos son más importantes que las mayorías. No así en las Cortes -que hoy se constituyen por decimotercera vez- para los partidos periféricos, dado que a estos les basta con ganar el escaño y la soldada. Su éxito es conseguir butaca para la función, y en contadas ocasiones hacer presidente a un candidato lanzándole el salvavidas: Mardones, Quevedo…

Esa es la contradicción que embarga a CC en estas elecciones para salvar el trono: le conviene pescar en el caladero de Asier, pero haría mal negocio si se pasa de frenada y luego no dan las cuentas. Cité antes el factor que explica esta pescadilla que se muerde la cola. Pongámosle nombre.

A CC y PP les va tanto la vida en sumar, porque a Ciudadanos no le interesa embarcarse en ese pacto de derechas. Cs es un pasajero, no un polizón, dicen los naranjas sobre un hipotético viaje a bordo de las derechas canarias. Esto es Andalucía al revés, proclaman, porque el partido sempiterno es CC y la alternativa es el PSOE. A Cs lo que le interesa -arguyen- es alistarse con el cambio, coger la vicepresidencia y Turismo y dar un aviso a España y al PP. Cs tendría en las Islas el laboratorio de centro-izquierda con el PSOE que necesita para recobrar el espacio que perdió por culpa del síndrome de Vox. El domingo sabremos si, como en la saga, esta es la última temporada y el trono de hierro ya tiene inquilino.

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