El cuento del descuento dentro de seis meses

Bastaría con asomarse al mapa (el de verdad, no al recuadro debajo de Baleares) y comprobar la distancia entre las islas y la Península para evitar incidir en la herida, en la distancia. El descuento de residentes es un aval que Ábalos tira por tierra llevado de la tentación de culpar a los predecesores, ese acto reflejo. Es posible que Montoro, perro viejo y trapecista, ingeniara una añagaza para aplazar en el tiempo la bonificación: si no es hoy, es mañana, incluso pasado mañana. Pero habría enfrentado un clamor como el de ahora, que es la ira congénita de estas islas -que a menudo recuerdo-, por la que este pueblo salta hecho un basilisco cuando nos toman el pelo en Madrid. Montoro habría dictado un decreto ley o un descrédito ley en su contra. Rajoy no habría tenido otra alternativa. Y Soraya Sáenz de Santamaría, la eficaz interlocutora de Clavijo y Román, habría reconducido el conflicto en un abrir y cerrar de ojos. El 75% estaría en vigor de inmediato, tras la pertinente ida y venida a la Moncloa de Asier, y alguna que otra cita nocturna de Pedro Quevedo y el ministro de Hacienda, como las que tuvieron en los días más negros del voto 176. Pero esto, esto de ahora, nunca habría sucedido. Esto no. Ábalos mete la pata hasta el corvejón.

Cuando sonó el teléfono y me llamó el jueves el director de Comunicación del ministro de Fomento, José Luis Ábalos, para regañarme por el titular del DIARIO esa mañana (Fomento abre un conflicto entre Canarias y Madrid al retrasar a 2019 el descuento de residentes), supuse que era una broma. El agitado portavoz de prensa reprendía al periódico, al periodista y al director por la ingratitud de la portada (la foto del ministro junto al titular citado) y la crítica del medio, que en esa misma edición insertó un Jaque mate (sucinto editorial), a su vez titulado Un maltrato inmerecido a Canarias. Huelgan los detalles de mi reacción y la posterior enmienda del dircom de Fomento (pese a todo, buena gente) destensando el clima de su debut destemplado con esta casa tras perder los nervios con la primera de un modesto periódico de provincias (fundado en 1890) y hasta tal punto influyente para todo un Gobierno de la nación. “Durarán poco en el poder con esa capacidad de encaje”, ironicé a posta, y le sentó mal. El síndrome del Gobierno de Sánchez (que aquí asocié a Kennedy y, al parecer, se finge deudor de Obama) es acertar en los golpes de efecto y evitar en lo posible meteduras de pata. Esta ha sido una soberana metedura de pata y el ministro no ha hecho sino pagar las consecuencias de una novatada, que va en la nómina del cargo. A jinete novato, caballo sin vicios. Hijo de torero, Ábalos sabe de malas cornadas. Que nos eche un capote.

Lo que por estos lares repele (la genuina godada) es la falta de sensibilidad con los ítems de la geografía: el aislamiento, la insularidad, la distancia… Y el descuento de residentes (exceptuadas las lacras del hecho diferencial: tasa de pobreza y de paro, dependencia y salarios) equivale a un derecho de cercanía que nos asiste de siempre pero que hemos alcanzado ahora, en los años del trauma territorial español. Este periódico calificó, al día siguiente, de “jueves histórico” la confluencia en una misma jornada (29 de junio) de tres noticias de considerable calado para el presente y el porvenir de esta tierra: la lluvia de los Presupuestos Generales del Estado (2.100 millones consignados a las islas) y la vía libre en el Congreso de las dos leyes más importantes para Canarias, la reforma del Estatuto de Autonomía y el nuevo REF en sus respectivas ponencias. Leyes que restablecen derechos que se remontan a vísperas de la guerra civil y a los Reyes Católicos, y cuya moderna revisión permanecía guardada en la gaveta más de veinte años.

Otros medios pasaron por alto esta alineación de planetas. Lo cierto es que en ese contexto de fiesta presupuestaria para las islas (jamás gozaron de semejante trato en las cuentas del Estado, una vez desvinculado el REF de la financiación) y de celebración por el desbloqueo de las dos leyes capitales, se produjo la interpelación de la diputada Ana Oramas y el jarro de agua fría de un ministro sin rodaje.

Ministros desentendidos de Canarias que nos despachaban con desaire, siempre los hubo del PSOE y el PP. Pedro Solbes no se cortaba un pelo negándonos la mayor, la existencia de un REF propio. Otros, como Abel Caballero y Enrique Barón le discutieron a La Gomera el derecho a un aeropuerto. Solchaga no secundaba a Saavedra en sus desvelos sobre un modelo económico especial. Aznar daba largas cuando tuvo mayoría absoluta y Rajoy, que ha sido el presidente más informado sobre Canarias, no dudó en cargarse los convenios y el plan de empleo bajo las restricciones de la crisis. Zapatero nos ninguneó hasta que, necesitado de CC, infló el globo del Plan Canarias -que era un documento concienzudo- y luego lo pinchó. González ya narramos aquí que nos amenazó con el artículo 155 por un desacuerdo arancelario. Suárez nos contentó con miles de millones cuando Cubillo apremiaba y el Sáhara dejó de ser español, pero, en una godada memorable, un día desmereció las primeras inversiones en telescopios desviándolas a carreteras por razones de “utilidad”. Aquella vez un joven profesor de Física rompió el protocolo y afeó la conducta al presidente. En Suárez hizo efecto la invectiva de Francisco Sánchez cuando nuestros cielos no se habían ganado aún ni uno solo de los EMI de María Rozman. El dinero fue para los telescopios y no para las carreteras gracias a Sánchez.

Ahora nos está faltando el Sánchez que salga al rescate del acuerdo entre Román Rodríguez y Mariano Rajoy para que los canarios viajemos a la Península con el 75 por ciento de descuento. Un tributo de cercanía que es la mejor réplica histórica a aquel tributo de sangre instaurado en el siglo XVIII, mediante el cual la Corona obligaba a emigrar a América a cinco familias canarias por cada cien toneladas de mercancías de los barcos que hicieran escala en las islas. Y no para dentro de seis meses ni para tres, cuando un decreto ley lo solucionaría de inmediato. Ábalos no tiene la culpa del ardid de Montoro, pero sí de pretender hacernos comulgar con ruedas de molino. El Gobierno de Sánchez ahora tiene que gobernar, salir del estado de ilapso, y husmear la tufarada, por ejemplo, de este cabreo de pueblo. Es un problema de días, no de meses, para un Gobierno de gestos, en tiempo de descuento.

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Merkel, almogrote y jugo de naranja

La conversación de pasillo entre Merkel y Sánchez, en un aparte de la minicumbre europea de la inmigración, versó sobre La Gomera. Pocos recuerdan que cuando Canarias puso un pie en Europa, con aquella adhesión fifty-fifty de los años 80, la isla colombina pasaba por ser la más desasistida del archipiélago, y tenía razones objetivas para considerarse tautológicamente la más aislada. Recuerdo el caso de la niña Bárbara Paz Cabrera, una bebé de once meses, que murió de madrugada al estar suspendido el servicio del ferry, que era el método exclusivo de La Gomera de comunicarse con el mundo exterior. La única isla que no tenía aeropuerto tenía todas las cartas para que Europa se compadeciera y pusiera dinero. Aquella noche de marzo de 1983, la pequeña Bárbara aguardaba un helicóptero en una improvisada pista para ser evacuada a Tenerife. En el territorio vallado por el mar y sin aeródromo vivían 20.000 almas dejadas de la mano de Dios. Y Europa promovió uno de los primeros planes de desarrollo específico para un territorio alejado, cuando no existían las regiones ultraperiféricas que ahora se reúnen en Bruselas por los recortes del Posei.

Merkel y Sánchez se han saludado en la antesala de una rueda de prensa para dar cuenta de la crisis migratoria (que es la crisis de Europa y la crisis de nuestra sociedad globalizada y deshumanizada) y han hablado de La Gomera, como de una arcadia compartida. Los dos son fans del mismo peñasco.

En su Viaje a las Islas Canarias, Juan Cruz, que rendía homenaje al Cuaderno de godo de Ignacio Aldecoa. (se cumplen 60 años de su edición), recrea una escena genial de Merkel haciendo de goda, en el sentido coloquial de la palabra, pues a la canciller no se le ocurre otra cosa que mezclar almogrote con jugo de naranja en un alto en el camino. La política europea es un zumo de naranja con almogrote, donde los socios de la Unión no concuerdan ni hablan el mismo idioma, ni antes con la crisis económica, ni ahora con la crisis migratoria. Pero el idioma esta vez salva a España de un ridículo consuetudinario, cuando a nuestros presidentes se les atragantaba el inglés, unos por no saberlo, como Zapatero, y otros por chapurrearlo de mala manera como Aznar. Este Pedro Sánchez bilingüe está mereciendo por ello el elogio de la prensa, que no escatima palos ni zanahorias para el debutante, ya con aciertos y errores en tan corto espacio de tiempo. En inglés le dijo Merkel al verdugo de su amigo Rajoy lo que le entusiasma La Gomera, verdadero refugio de senderistas desde la década de los sesenta, en que fue una especie de Taylor Camp, el paraíso hawaiano de los hippies nudistas y porreros, y Elfidio Alonso escribió Con los dedos en la boca a propósito de las comunas libertarias que recalaban en los dominios ancestrales donde los barrancos inspiraron -hablando de lenguas- una jerga silbada propia de espías anacoretas celosos de su virginidad.

Merkel eligió su isla como hacen las celebridades donde evadirse y desconectar. Cuando tiene una crisis de Gobierno, busca La Gomera y se echa a andar. Así que pronto la volveremos a ver por aquí, con la que está lloviendo en su Gobierno de coalición por el problema migratorio desde que ese tal Salvini, ministro italiano de Interior, niega el pan y la sal a los barcos solidarios y les anima con estentórea xenofobia: “Llevaos a toda la carga humana a España”. La última vez que vino, Merkel se encontró un atasco en la autopista del sur y tuvieron que abrirle paso con las sirenas policiales. Quién sabe, si se cumplen los pronósticos y coge al piolet y al marido y se escapa a La Gomera, si va y la sorprende una oleada de cayucos.

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El mapa Saavedra

La baja cualificación intelectual de nuestros dirigentes es patológica en un oficio que premia la osadía, incluso la jeta, la piel dura y una naturaleza de piedra para proferir y encajar infamias. Jerónimo Saavedra ha vuelto a la vida normal, al mismo tiempo que Rajoy regresa a Santa Pola, pero se nos hace inconcebible la retirada del melómano con más oído político que ha tenido esta tierra en medio siglo. Como un actor principal, que en la última escena, cuando baja el telón, el teatro permanece a la espera de que reaparezca. Algunas muestras de esa incredulidad no han faltado tras cesar como diputado del común a la misma hora que Sánchez se hacía con el Gobierno en Madrid. ¿Por qué nos cuesta admitir que el soltero socialista que parió la autonomía en los primeros años 80 dice adiós a la edad de 82 y que ha caído el telón y han de apagarse las luces del teatro? Contra toda lógica me dijo el propio Saavedra que seguía haciendo planes de futuro. “Vivimos con ese sentido del humor”, así lo llamó.

Los más saavedristas velan armas, acatan la tregua y confían en que se den las circunstancias para su retorno. ¿Un líder octogenario en la política española? Canarias, como la República Dominicana, gobernada en tiempos por un nonagenario Joaquín Balaguer (que Vargas Llosa, nuestro huésped en La Palma, retrató en La fiesta del chivo), es una sociedad que envejece y que, de natural, se presta a tener gobernantes longevos que nunca tiran la toalla. Como era el caso de Giulio Andreotti en Italia, que “el poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene”. Saavedra, octogenario, da dos vueltas y media a cualquier pipiolo de su partido sin ninguna fatuidad por su parte, sin alardear de haber fundado las instituciones actuales o de haber sido presidente y ministro dos veces, y diputado constituyente y de haber negociado con Suárez el Estatuto de los Trabajadores. Todo ese equipaje de la memoria de Suresnes, el congreso del PSOE que eligió secretario general a Felipe González (Isidoro) en el 74 con Franco en las postrimerías y el acicate de la Revolución de los Claveles en Portugal. Saavedra nació con una flor; ese día el abogado tinerfeño José Arocena, del que he hablado otras veces y de su voz portentosa, propuso en alto a Saavedra secretario de la mesa y lo sentó junto a la plana mayor, como le vemos en la foto histórica girando la cabeza para mirar al orador, que es Francois Miterrand. Los tiempos en que el PSOE miraba con recelo al PCE de Carrillo, como ahora al Podemos de Iglesias…, con los postulados que ahora guarda bajo llave: republicano, marxista y partidario del derecho de autodeterminación de las nacionalidades históricas.

Con casi medio siglo de socialismo militante, Saavedra siempre ha estado por encima de la media en las islas. Traía una formación europea, de Colonia, Trieste y Florencia, y una deformación profesional: todo lo miraba bajo la óptica de un político paciente e imperecedero. Si fue encadenando puestos de alta responsabilidad se debió a una lógica tácita de meritocracia que estaba fuera de discusión. En la izquierda, se respetaban los galones de Saavedra, como los de José Carlos Mauricio y otros líderes menos visibles que ejercían una clara influencia en la disolución de la dictadura… Recuerdo, en los círculos más opacos, al abogado Carlos Suárez, el Látigo Negro.

Saavedra era el mascarón de proa del PSOE en las islas, cuando a ese partido no le faltaban figuras y cabezas bien amuebladas, como Juan Rodríguez Doreste. Ahora , por eso, lo suponen disponible por más que haya depuesto las armas y entregado sus dominios territoriales en el partido. Este patriarca del socialismo de las islas le hace buena falta a Pedro Sánchez, que ha hecho un gobierno de estrellas, pero no de generaciones y se ha olvidado de Canarias.

¿En qué estará pensando Jeronimo Saavedra, la cabeza que no ha hecho otra cosa en más de cuatro décadas? No tenemos que tirar de Churchill para buscarle los arrestos al de Vegueta. “Por Saavedra no pasa el tiempo”, decía el poeta y su asesor Manolo Padorno, que inventó un adverbio para el político más flemático y culto en la síntesis del aplatanamiento insular: jerónimamente. Jerónimo ha sido un buen tótem canario. Como lo fueron y son, cada uno en lo suyo, Cesar Manrique, Antonio González, Chirino o Millares, Blas Cabrera y Cristiano de Vera, Juan Marichal o Juan Negrín. Saavedra y Negrín habrían formado un tándem de mucho cuidado. Es completamente incierto que las islas no hayan dado talentos de exportación. Cuando aquí alguien ha querido se ha trasplantado en Madrid como esa pareja de dragos de Icod donados al Senado esta semana, ha fundado una ciudad en otro continente o, de un salto, se ha mudado a la corte del zar. Toda esa historia redicha pero mal digerida. Es una majadería eso del canario acomplejado que se quedó en la isla por timorato y miedo a triunfar como Kraus, o como hoy Celso Albelo. Saavedra era un Miterrand metido en la jaula, pero era mundano y solicitado en la Villa y Corte. Ya dije que ayudó a constituir este país, esta democracia, con sus coetáneos en las Cortes de Suárez, González, Fraga y Carrillo. Lo llamó Felipe y fue ministro de tacón, negociaba con Pujol y lo habría hecho ahora con Torra o el sursuncorda exiliado en Berlín. “Vengo a entrevistar al Miterrand canario”, me dijo una vez el corresponsal de Le Monde en el Mencey. Lo que mejor describe a este canario masón y desprejuiciado es su libertad de pensamiento, su criterio de demarcación, como diría Popper, su filósofo de cabecera. De ese modo fui testigo cuando refutó a Alfonso Guerra. Así ha envejecido bien, sin dar señales de acabamiento, pues ya decía Caballero Bonald que “envejecer alarga la vida”. Todos quisiéramos en Canarias imitar la indolencia y vejez de Saavedra, saber que el tren nos espera dos veces hasta vernos subir. Ser canario y saltar las alambradas si nos da la gana y no arrepentirnos de no hacerlo. Algunos intelectuales como Juan Manuel García Ramos parecen vacunados de ese dilema, hechos a sí mismos sin salir del laberinto. Otros fueron al encuentro de las culturas del mundo, saltaron el mar de los poetas (esa valla), gente como Juan Cruz o Juan Fernando López Aguilar. El canario que resume toda esta contemporaneidad y vaivén en las islas se llama Jerónimo Saavedra, faustiano, heterodoxo, pero no heterosexual, que es toda una isla propia en la política del archipiélago, una parte inexorable de ese mapa.

 

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La huella canaria de Trump

Cada la circunstancia del viaje de los reyes a Estados Unidos para ver a Trump en la Casa Blanca, se ha orquestado una inesperada reivindicación de los orígenes isleños de Luisiana y San Antonio de Texas, estos últimos de mayor calibre. La componenda histórica del tercer centenario de esos vínculos, una efeméride metida con calzador, no nos trae sin cuidado, puesto que nunca está de más poner al descubierto el pedigrí si conviene a los intereses comerciales y culturales de las dos orillas.

La coartada canaria del primer presidio franciscano de la capital de Bexar en Texas y su paralelo episodio de Nueva Orleans han permitido conformar un programa de actos consecuentes con el calado de tres siglos de hermanamiento hispano-americano. En estados Unidos no tienen memoria de España, ni saben dónde quedan las Islas Canarias, salvo excepciones como las de Kennedy, que, por lo visto, lo supo de niño jugando con un globo terráqueo sobre la mesa del despacho de su padre, o Barack Obama, que dio muestras de estar al corriente cuando lo entrevistó la paisana María Rozman. De resto, Trump debe de pensar que este es un archipiélago de las Antillas, unos islotes de Cuba, sobre lo cual tampoco le apetece entrar en detalles entre hamburguesas y cocacolas pegado a la tele y tuiteando sin parar. El caso es que Canarias se le ha metido a los yanquis por una rendija imprevista estos días de excursión de los reyes, solícitos con Clavijo y los descendientes de isleños mientras recorrían los vestigios de la presencia de aquellos emigrantes osados que en el siglo XVIII se jugaron el tipo en mitad del desierto para levantar los cimientos de futuras ciudades prósperas de la primera potencia del mundo que estaba aún por hacerse. Y este desescombro de las raíces de una decena de familias que fundaron San Antonio de Texas, canalizaron los ríos, construyeron viviendas, constituyeron su Cabildo y pusieron a un conejero al frente, ha supuesto una reconfortante defensa de la memoria de estas islas en aquel país que se olvidó de nosotros como del resto del mundo.

Coincide la celebración de la gesta de nuestros colonos, que zarparon de Santa Cruz en marzo de 1730 (y fundaron San Antonio un año después, lo que significa que faltaban unos años para redondear la efeméride) con un repunte de la inmigración por estas tierras, en medio del reciente cambio de Gobierno. La prensa nacional ha querido refrescar la memoria de los españoles aturdidos con la ola de emigrantes que puede regresar a nuestras costas, y un buen ejemplo fueron los barcos fantasmas de las islas hacia América. De esa diáspora somos deudores, tanto de Venezuela como de Cuba y de Argentina, Uruguay y otros destinos con los que guardamos parentesco en aquel continente. Uno recorre América y desempolva a cada paso un origen canario, un monolito con los nombres de los canarios que fundaron una ciudad, como vi en Montevideo, o una catedral como la de San Antonio de Texas, con la imagen de la Virgen de Candelaria, a la que accedes como si estuvieras en casa en compañía de don Emeterio Teobaldo Padrón, que consiguió antes de morir que pusieran a la plaza el nombre de la tierra de sus ancestros, islas Canarias.
Porque mucho antes de la emigración clandestina, hubo un éxodo fomentado desde la Corona, mediante un tributo en sangre, que suponía la obligación de poblar América con cinco familias canarias por cada cien toneladas de mercancía que llevaran los barcos que se hicieran escala aquí. Y, entre otras cosas, así nacieron los Estados Unidos, con la alícuota parte de estos peñascos. Pero eso a Trump le traerá sin cuidado.

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Sánchez luce maneras de Kennedy

Sánchez es el Kennedy español en la hora crucial de España, con Cataluña alzada como una Cuba mambisa y el Partido Socialista con la caña de pescar en los caladeros caudalosos, donde todo el cardumen es de centro, con ayuda de Marlaska y un tono de moderación general. Por eso se marcha Rajoy del todo, porque el gallego sabe que el PSOE de Sánchez es doblemente frankenstein: a babor es obvio el estribillo de proetarras y separatistas con que le afean el parto de los montes de un viernes 1 de junio; pero es que a estribor no le faltan reminiscencias del filón de centro-derecha con los perfiles de algunos ministros que parecieran submarinos de Rivera. Este Kennedy socialdemócrata devenido liberal ha dado la campanada y viene a por todas con sus argonautas y argonautos, a cobrarse toda la zalea del carnero. Rajoy se borra y deja a Rivera en pelota picada, que fue como empezó todo hace doce años para el catalán, con aquel cartel nudista que rompió moldes y hoy sería sexista si lo extrapola Inés Arrimadas. Este Kennedy español tampoco quiere parece católico como el demócrata que llegó a la Casa Blanca en los años 60, y se estrena en el cargo sin biblia ni crucifijo. Y parece atraído como aquel por la erótica de la carrera espacial, que es la erótica del poder del asalto a los cielos, una significativa venganza por el frustrado sorpasso de Podemos, el pariente rebelde de la izquierda común. Al astronauta argonauta Pedro Duque le corresponde, por tanto, ayudar a que este Gobierno parezca una nave espacial en órbita y venza la gravedad y las encuestas.

Hay una ucronía por hacer que convierte a Sánchez en un presidente transformista, con retazos de Suárez, de González, de Zapatero y hasta, llegado el caso, de Aznar, para ganar todas las elecciones en una el 26 de mayo de 2019, como en esos sorteos monumentales donde un único acertante se lleva todos los premios, el coche, el piso, el ajuar y las vacaciones pagadas. Los sanchólogos barajan la hipótesis de que convoque un popurrí de elecciones (generales, europeas, autonómicas y locales y aquí también insulares) dentro de once meses. Lo que tarde en vaciar el tanque; tirará con estos presupuestos y su prórroga hasta la traca electoral, que no es lo mismo tirarse a la piscina desde Ferraz que desde la Moncloa, oiga.

Sánchez tiene aquello de los Kennedy, el determinismo, y cuenta con la épica de su propia muerte y resurrección. Tiene batallas ganadas, siempre contra los suyos, en la bien entendida enseñanza de Churchill. El Kennedy original destacó en la Segunda Guerra Mundial como comandante de una lancha torpedera en el Pacífico Sur, cuando fue alcanzado de lleno por un destructor japonés y logró salvarse con su tripulación nadando hasta una isla providencial. La hazaña lo catapultó y llegó a presidente. Y luego vendrían Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles y el atentado y la gloria póstuma de los astros, como Marilyn Monroe. Sánchez tiene lo que dice su jefe de gabinete y gurú, Iván Redondo: una épica. Es Ben-Hur, con su destierro y su retorno de auriga, del galeote a la carrera de cuadrigas, de los infiernos al reino de los cielos tras la censura de un viernes triunfal. Ahora tiene que atarse los machos por debajo de la taleguilla, sin traicionar la querencia femenina de su gabinete. Hacerse un Rajoy sin que se note, en la indolencia de ganar tiempo, y confiar en que la sentencia del caso ERE andaluz no caiga, como se prevé, en marzo próximo, sino después de las elecciones. Esa sería su suerte. Y debe disfrazarse como Enrique V, en Shakespeare, mezclarse de noche en el campamento para saber qué chismorrean los suyos de él, antes de esa batalla, detectar a los traidores y cerrar filas con el discurso del día de san Crispín. No quemarse en las hogueras de San Juan de este ciclo político. El poder como el hábito hace al monje un líder. Sánchez le dio la vuelta a los sondeos y ha hecho presidenciable a Ángel Víctor Torres.

Entre tanto, está Cataluña, que es su Bahía de Cochinos, y, como Kennedy, no la piensa bombardear con otro 155. Clavijo se enfundó la guayabera y se plantó en la perla del Caribe a retomar el hilo de Cuba, que es la isla más canaria de América, pero hacía ocho años que ninguno presidente paisano la iba a ver.

La diacronía de los últimos sucesos en la vida pública española describe una refriega a machetazos que se inició en la Carrera de San Jerónimo. Algunas fotos son reveladoras de esta ráfaga de cabezas cortadas. Vimos la imagen sobre el césped del rey Felipe VI departiendo con un distendido Màxim Huerta, ante la mirada abstraída de Lopetegui, cuando uno era ministro de Cultura y Deporte y el otro aún seleccionador. El rey sigue siendo rey. Es una foto reciente que se quedó vieja en pocas horas. Que el rey se mire el aura y se limpie el karma con ajos para espantar la huella del diablo con ese tufo de gafes de los cesados de una tacada. El ministro que defraudó a Hacienda y a Sánchez pasó a la historia por su brevedad (ya nadie se acuerda de él este domingo en que lo menciono por deferencia). No era lo mejor de la huerta para el cargo, y ya resultaba premonitoria una de sus últimas novelas, La parte escondida del iceberg. Lopetegui, en cambio, pecó de español, con esa picaresca de querer estar en misa y repicando y de asegurarse el jornal por si, como parece, salía mal el Mundial y perdía el tren del Madrid. Lo de pájaro en mano antes que ciento volando. El oxímoron de las cosas incompatibles, del doble juego de todo buen español, que conquistó las Américas con la cruz en una mano y en la otra la espada. Y de ahí que estemos hablando de estas cosas, mientras Clavijo se pasea por las Antillas, por Nueva Orleans y San Antonio de Texas, donde los reyes ponen mar por medio mientras es encarcelado Urdangarin.

Habituados a estar del tingo al tango y a vivir en la continua anomalía de estos días locos, ya no sabríamos vivir de otro modo, y cuando el sobresalto deponga, Sánchez tendrá que inventarse algo, pues su peor enemigo es el tedio de lo previsible, la sombra de Rajoy.

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El Aquarius de las personas y la política de las palabras

El ofrecimiento de Sánchez al Aquarius, el barco humanitario que rescató en el Mediterráneo a más de 600 refugiados e inmigrantes, conmocionó ayer en la fría Unión Europea, que da la espalda al fenómeno social de este siglo espoleada por la irrupción y auge de movimientos xenófobos que han terminado por adueñarse de gobiernos influyentes del continente. El gesto del gabinete de crisis socialista español (producto de una emergencia política nacional), a tenor de los pronunciamientos de ministros como Borrell (Asuntos Exteriores), tiene una evidente simbología bajo ese estado de la cuestión. El barco socorrista no está en condiciones de cubrir la travesía de tres días hasta Valencia, como exige la mano tendida por España; de ahí que con toda probabilidad termine constituyendo más una señal de intenciones, que una política de hechos consumados. La política de la palabra. Pero el giro que adopta España en esta espinosa discusión permite concebir ciertas expectativas de debate en el próximo Consejo Europeo.

La voluntad solidaria de España, bajo el talante del nuevo Gobierno, inaugura una corriente de opinión en el seno de la UE, tras el ímpetu y descaro de las posiciones más conservadoras frente al éxodo humano de los países en conflicto que generan esta diáspora. Europa se había encerrado en sí misma, pecando de lo que ahora culpa a Trump. Y en ese solipsismo supremacista de tribu mayor del club de Bruselas, la política migratoria se ha reducido a la nada. En Alemania, la democristiana Angela Merkel nos resultó una dirigente progresista en su reciente campaña electoral. La canciller no secundó los dictados de las fuerzas ultras de su país y abogó por flexibilizar la recepción de foráneos, en línea con los esfuerzos de Obama frente al inmigrante y, más aún, respecto a los descendientes de familias latinas, los dreamers.

El espíritu de Merkel, que, en cierta forma, queda reflejado en la foto viral de la cumbre del G-7 (la de Trump sentado y de brazos cruzados con cara de niño enfadado ante la reprimenda gestual de la canciller, seria y de pie en actitud desafiante), se emparenta con este mensaje de Sánchez a sus socios comunitarios ante la próxima cumbre. Con los refugiados hay que hacer algo, o se es corresponsable de la suerte que corran miles de seres abandonados en las aguas turbias del destierro y la muerte.

No es un problema del Mediterráneo exclusivamente. Los españoles tuvieron conciencia de este grave contencioso demográfico a través de los flujos africanos que eligieron Canarias en la pasada década como puerto de entrada al Primer Mundo. España, entonces era la de Zapatero, ensayó, por primera vez, una política para África, y encargó al ministro de Trabajo y Asuntos Sociales Jesús Caldera la ejecución de planes de inserción en origen. Fueron los años en que Senegal explotó en la cara de Canarias como un volcán. Recuerdo hablar con el cantante y luego ministro Youssou N’Dour de la tragedia de los jóvenes de su país que perdían la vida cruzando el charco en cayucos entre su orilla y la nuestra. Él abanderó una campaña de mentalización de las madres senegalesas para poner fin al drama de toda una generación. Se prendió un fuego y se aprendió a apagarlo en los países emisores. Más tarde Senegal recuperó el pulso de su economía y llegó a subvencionar alguna iniciativa científica de Canarias, cuando la crisis golpeó duro a España por los cuatro costados. Amor con amor se paga, cantaba José Martí.

El Aquarius no podrá llegar a España, pero las palabras pueden detener una catástrofe humanitaria.

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Cuando Borrell vino a pacificar las islas

Todo este tiempo -casi 30 años-Borrell ha estado presente en el imaginario político colectivo de esta comunidad. Pues resultan inolvidables la escena, el conflicto y los personajes. Canarias tenía un consejero de Hacienda de Primera División, con templanza y currículum. Era una confluencia de estirpes de la política española: una suerte de Fraga y Fuentes Quintana y de Miguel Boyer, un carácter y una cabeza bien amueblada. José Miguel González era un hombre discreto y crucial en los años 80 y 90 de la autonomía canaria. Tenía un instinto español abstraído en aquel nacionalismo rentista que profesaban los hidalgos de UCD. González no era independentista ni incapaz de parecerlo llegado el caso, idéntico en eso a Olarte. Lo cierto es que ambos protagonizaron el enfrentamiento más directo contra Madrid que se recuerda. Actuaban casi escénicamente, en una impronta de teatro de gestos que era inédita en las islas neófitas de la autonomia. La dupla Olarte y González, a veces guardando secretos al resto de consejeros, declaró la guerra al Gobierno central, y se quedaron tan panchos. Felipe González los tomó en serio y envió entonces a Borrell a pacificar las islas.

El 15 de febrero de 1989 vi llegar por el aeropuerto a un sonriente secretario de Estado de Hacienda cuarentón y seguro de sí mismo. “¿Cómo son de duros Olarte y José Miguel González?”, nos preguntó risueño tomando tierra en el volcán. Olarte acababa de ser elegido presidente tras una conflagración en el pacto de Gobierno, y era hábil y afable si le caías bien; González era el coco del Gobierno. El cerebro y el hombre estricto. Borrell saldría airoso o con el rabo entre las piernas en virtud del grado de empatía que estableciera con González, un político de una pieza. Borrell me trató siempre bien, generoso en las entrevistas, era una fuente confiable durante aquella crisis del islote Perejil de los arbitrios. Fue, creo recordar, una visita de 48 horas in extremis para el Gobierno de España, pues se jugaba el prestigio ante Europa.

Felipe González había estrenado en enero la presidencia europea -en la que entonces se turnaban semestralmente los doce estados miembros- y se topó con el debut de nuestro Puigdemont isleño, Lorenzo Olarte, que invocaba para las islas la condición de Estado Libre Asociado, como Puerto Rico, para asustar a Madrid. Recién elegido presidente tras perder Fernando Fernández la embarazosa cuestión de confianza, desafió al Estado y a Europa negándose a bajar los impuestos de los Cabildos a la entrada de mercancías procedentes del continente, y con ello desató un contencioso bautizado con tintes bélicos: la guerra de los arbitrios, la guerra del desarme arancelario o la guerra del descreste. Era una guerra sin ejércitos, pero Felipe González tenía poca paciencia, como se sabe, y mandó una carta a Olarte, a través del ministro Virgilio Zapatero (secretario del Consejo) amenazándole con aplicar el artículo 155 de la Constitución. Nadie sabía -hoy, en cambio, es un lugar común- qué era eso del artículo 155. Y Olarte tradujo al román paladino el acápite del codicilo: “Nos quieren mandar los tanques de la Constitución”. Felipe González advirtió, como ahora sabemos, sobre el riesgo de suspender la autonomía hasta que se impusiera el recorte fiscal a los Cabildos y España cumpliera con los compromisos contraídos con Europa.

Las díscolas islas aún no estaban gobernadas por un partido nacionalista propiamente dicho, ni siquiera con ese señuelo, como sí después . Aquel era un gobierno de coalición de centro-derecha-regional presidido por el CDS e integrado, a su vez, por las Agrupaciones Independientes de Canarias (AIC), Alianza Popular y Agrupación Herreña Independiente (AHI). Pero el arte de Olarte fue fingir que sí tenía un ejército, un pueblo detrás, cosa muy poco probable, y aquella fanfarronada fue el germen de los futuros 25 años de hegemonía de Coalición Canaria, que no tardó en constituirse con las barreduras de UCD y las fuerzas colindantes como un partido frankenstein, término aplicado ahora a Sánchez. Nunca llegaron a salir los tanques y Madrid pusó unos miles de millones de pesetas, que compensaron las arcas de los Cabildos. En aquellas 48 horas de negociaciones a piñón se concertó una tregua, las partes se retiraron a sus cuarteles y acabaron firmando una declaración de paz que necesitó mil páginas del BOE, según las malas lenguas, con la tabla de la nueva nomenclatura tributaria para las mercancías que importaban las islas de Europa.

Y el secreto del armisticio fue la entente entre González (José Miguel) y Borrell (Josep). Cuando nos volvimos a ver, Borrell confirmó nuestro diagnóstico: José Miguel González era el coco, el cerebro y la auctoritas de un Gobierno regional que novelereaba con viento a favor en la disputa presumida y revoltosa de un archipiélago que, entre bromas y veras, se quería hacer respetar por Madrid tras decenios de centralismo tosco. “Madrid va a saber lo que vale un peine”, espoleaba respingón Olarte en los primeros ensayos de un nacionalismo en el belvedere insular, que, sin ser el bereber de Cubillo, bebía en sus fuentes rebeldes. Borrell serenó el enconamiento y creó las condiciones para que las islas -saliendo de un divorcio de modelos económicos- se integraran plenamente en Europa, pues estaban con un pie dentro y otro fuera y no salían las cuentas.

Hace casi tres décadas de aquella tarascada fiscal que trajo a las islas al actual ministro de Pedro Sánchez. Tiempo después, desayunamos en el Mencey; andaba libre y sin cargo, como un ángel caído en los infiernos del PSOE tras derrotar en primarias a Almunia y dimitir. Pero ha tenido muchas vidas más tarde en una singladura de resurrecciones borrellianas al frente del Parlamento Europeo o ahora del Ministerio de Asuntos Exteriores en medio de esta guerra del procés , que, como en el caso de Canarias, lo llevó a coger la sartén por el mango en los mítines de Cataluña. No me extraña su don de supervivencia; su antepasado Borrel II, hace más de diez siglos, era un tipo cordial como él, más diplomático que militar, que sabía nadar y guardar la ropa entre los poderosos vecinos francos y andalusís. Aquel hombre se metía en el bolsillo hasta al califa cordobés. Su descendiente es, prima facie, el único garante de que Sánchez no se echará al monte.

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“¡Qué alguien pare, coño!”

Las lágrimas de Rajoy, al emocionarse hablando de sí mismo y de su casa, el PP, tras 40 años, el día de la despedida, en que anunció un congreso extraordinario para buscar sustituto, es la escena que mejor retrata el momento que vive España. La mudanza. Uno llora cuando se va. Y Rajoy se marcha dejando atrás los hogares del poder y del partido, la Moncloa y Génova; se va con los enseres a otra parte, a la vida normal que está a años luz de la política, ese planeta de paso que a veces se habita demasiado tiempo, como en su caso. Ayer se recordó a sí mismo a las diez de la noche pegando carteles del partido en Sangenjo (Pontevedra), cuando hacía oposiciones. Ahora hace oposiciones a Sánchez, que es el recién llegado a la Moncloa. La mudanza de uno y otro describe un país que se cruza en el camino. Un cruce de ideologías y generaciones.

El adiós de Rajoy está precedido de la controversia por su negativa a dimitir el viernes en el debate de la censura, porque a ojos de un segmento de la sociedad era el mejor antídoto contra el llamado despectivamente Gobierno Frankenstein. Y como no se produjo, se le censuró doblemente: por la moción de Sánchez y por no irse.

No era para quedarse. El misterio del marianismo, la tendencia a no hacer nada como un estafermo, en el argot favorito de Pedro J. Ramírez, era moverse, al fin, el último día, por toda acción, y que el telón cayera definitivamente. De resto, es cierto que Rajoy ha tenido una querencia manifiesta por el inmovilismo más contumaz y desesperante. Quieto parado sorteó el rescate durante la crisis porque se le apareció Draghi (o Dios). Pero, tan inmutable como previsible, le cogió el toro de la corrupción, que le ha costado la carrera política, pecando de don Tancredo en el lance taurino: el astado -la sentencia del caso Gürtel- no pasó de largo, descreyendo de que la figura inmóvil fuera esta vez de mármol. Deja al país con los parados de 2008 y el testamento de los Presupuestos aprobados en el Congreso. Ahora su partido puede aceptar o devolver la herencia en el Senado. Canarias le agradecerá siempre las dos últimas cuentas estatales, sin olvidar los recortes de la crisis. Puede venir cuando quiera, que será bien recibido.

Para la posteridad, pesará en su debe la huella de Gürtel, lo que en González fue Filesa y el Gal, y en Aznar, la guerra de Irak. En el haber, la recuperación económica tras la peor crisis. La jubilación de Rajoy no dista mucho de la de otros dirigentes europeos. Chirac y Kohl se marcharon con las luces y las sombras de vidas políticamente dilatadas, con evidentes signos de desgaste por el lastre de una corrupción latente. La alemana Merkel, que sucedió al patriarca que reunificó el país, regaló a Rajoy, tras la crisis económica, el mejor piropo que aprecia un político: lo premió por su capacidad de resistencia diciéndole que tenía “la piel de elefante”.

Ayer, en la recta final del discurso a los incondicionales de su comité ejecutivo nacional, le traicionó la emoción y los acólitos acudieron con aplausos en su rescate. Rajoy trató de aplacar a la claque y, como no le hacían caso, se le escapó un “¡que alguien pare, coño!”, ya sin la piel de elefante, tras haber tirado la toalla.

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Iván el Terrible y Ben-Hur

También esta vez -la de la censura a Rajoy- ha habido un autor en la sombra, alguien que urdió la treta y coronó a Sánchez presidente en una jugada maestra de ajedrez. La historia ha trascendido como uno de esos secretos que justifican las mayores odiseas sin decepcionar a los amantes de la intriga, pues todas las jugarretas que se precian de cambiar los destinos suelen tener, si se escarba, un porqué, un quién y un cuándo. Se llama Iván Redondo el joven asesor que trazó en un café con Sánchez la maniobra insospechada que lo haría presidente en cuanto saliera la sentencia del caso Gürtel y Rajoy quedara tocado sobre el tablero a falta de quien lo empujara.

Este Iván el Terrible, con sus trebejos, concibe la política sin escrúpulos ideológicos, embarrando lo que haga falta y explotando el talón de Aquiles del rival. Rajoy era el sparring perfecto para exaltar la figura del aspirante socialista que renació de sus cenizas. Es la receta de los modernos consultores instruidos en el marketing yanqui, donde coexisten materiales de uso corriente de la dialéctica cotidiana antes llamada crispación y fórmulas prefabricadas de contienda, de campo de batalla, de soldaditos de plomo. Este Iván el Terrible, como el zar del sobrenombre que ganó a janatos y astracanes, la vio venir y admite que en la arena del circo romano del Congreso solo caben hazañas como las de Ben-Hur. Y Pedro Sánchez traía su épica bajo el brazo, su destierro al puerto de Tiro como galeote y su retorno de auriga para vencer en la carrera de cuadrigas de la censura del viernes.

Cuenta en El Mundo Javier Negre que Iván Redondo -al que conoce bien, casi tanto como un discípulo- atesora a sus 37 años algunos éxitos -ojo, al dato- trabajando para el PP: hizo alcalde a Albiol en Badalona y presidente en Extremadura a Monago -el de los amores viajeros con la canaria-, y que fue su frustración por no llevar la campaña de Rajoy en 2015 la que le arrojó en brazos de Sánchez, que estaba al loro del talento del gurú. En algún blog de Iván Redondo pronosticó por entonces que el socialista sería presidente de este modo y manera. Empezó a fabricar el producto justo cuando Sánchez era la víctima propiciatoria de Susana Díaz y en su partido lo consideraban un noísta recalcitrante condenado a sucumbir en la nadería de su rebelión contra los poderes fácticos del aparato. Y lo armó de argumentario para hacerse un relato, una épica y un trasunto de ave fénix predestinado a ser el Mesías.

En el curso de ese café mañanero en el que acuñaron el segundo cambio del PSOE desde el 82, Iván le propuso trabajar en la sombra, sin despacho en Ferraz cuando reconquistara el poder del partido, y así hasta el viernes, en que cruzaba los dedos en la tribuna de invitados como si estuviera rezando -y rezaba- a la espera de la suma de votos, tras superar el peor momento, el de la temida reaparición de Rajoy en el último instante para dimitir. “Lo dejamos escapar”, murmuraban con desagrado por los pasillos del Congreso algunos populares que estaban al corriente del fichaje secreto del asesor tránsfuga de Sánchez. En Génova no quisieron darle mando en plaza. Y hasta recibía elogios de Pablo Iglesias en la tuerka en tanto Urkullu -Iván es de San Sebastián- trató en vano de contratarlo. Claro que sabe lo que hace. Hace lo que sale por la tele, en House of Cards, Borgen y demás. De ahí su parto, el gobierno Frankenstein, digno de la nueva filmografía política. Su arma es el storytelling, contar historias que emocionen. Y su fuente de inspiración es Juana Mari, su madre.

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El hombre sin cabeza que siguió andando

Las ocho horas que Rajoy pasó atrincherado en un restaurante de Madrid, mientras la oposición lo ponía a caldo en el debate de la moción de censura, fueron decisivas; definieron el futuro político del ya indefectible expresidente, el de su partido y, en buena parte, el de España. En ese local de cierta alcurnia, próximo a la Puerta de Alcalá, donde sirven el mejor atún y carne de vaca rubia de la capital del Reino, el dirigente gallego decidió no dimitir. No cuesta trabajo suponer el sinfín de conversaciones telefónicas que en ese margen tan generoso de tiempo debió de mantener quien consumía las últimas horas de poder y de influencia, tras casi siete años de gobierno y media vida en la cocina de las grandes decisiones políticas de este país. Rajoy, recluido en su Führerbunker particular mientras era bombardeado en ausencia en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, tuvo necesariamente que hablar con el rey, y el monarca, espantado por la idea de que un cóctel letal de Podemos con los separatistas catalanes y exetarras estuviera a punto de erigirse en valedor de Sánchez en la Moncloa, a buen seguro invocó la inmolación de Rajoy por servicio al Estado y trató de convencerle de que solo su dimisión providencial evitaría un daño irreparable a España y a la Corona.

Cuarenta y ocho horas después de esa clausura poco monástica,todavía hoy sólo podemos especular sobre los extremos del epílogo secreto de una crisis política dirimida en las ocho horas en que Rajoy se borró del mapa. Cabe pensar que el último elefante del PP del poder se resistiera a dimitir por instinto de supervivencia. Habría salido del restaurante a capitular en el Congreso y, tras caer el telón, ya abortada la censura y con las urnas a la vista, el ciudadano Rajoy de a pie sería tan inofensivo como insignificante. Para quien no conoce mejor oficio que la política, que prefirió a la de registrador, el precio era demasiado alto. Ya Rajoy le había llevado la contraria al rey en 2016, cuando la célebre ronda de consultas en que declinó la investidura y Sánchez marró la ocasión. El socialista es la sombra que le persigue desde entonces, cuando se instaló en el “no es no”. Ahora, en cambio, habría sido Rajoy el negador obstinado. No al rey por segunda vez. No es no. Con esta premisa, que es una conjetura tan previsible como el personaje, solo cabe deducir que el animal político no se da por amortizado. ¿Cuales son, entonces, los planes de Rajoy al no dimitir? ¿Por qué seguir?

En el horizonte de los próximos meses, Sánchez enfrentará graves dificultades para gobernar. En este periódico hemos titulado que dirigirá el gobierno más difícil de la democracia. Cierto que, en alguna medida, Mr. Handsome – señor guapo, en español-, como lo ha bautizado la prensa internacional, recuerda al audaz y arriesgado Adolfo Suárez, que, cuarenta años atrás, fue capaz de rehabilitar un país democráticamente con partidos y líderes que no eran, ni por asomo, de su cuerda. El Carrillo de entonces, demonizado por la leyenda negra del régimen franquista, era más temido por la derecha que nuestro Pablo Iglesias actual, y el propio PSOE traía a cuestas el marxismo y el republicanismo como señas de identidad. Antes de que las fieras se amansaran y el pais cogiera el rumbo democrático que lo ha traído hasta aquí y hasta hoy, recuerdo bien que eran pocos los que apostaban por el también apuesto Suarez.

Pero todos sabemos a estas alturas que a Sánchez le aguardan días incómodos, si no terribles, en los próximos meses. El secesionismo catalán -cuyo gobierno tomó posesión ayer en paralelo con Sánchez como en una sincronía tan divina como diabólica, sin biblia ni crucifijo, pero con todos los ángeles de la guarda alrededor del presidente querubín- son palabras mayores. Nunca hubo tal grado de cisma territorial y las soluciones no son fáciles, por no decir que son inexistentes. La famosa conllevancia, que dijo Ortega y Gasset.

Podemos cohabitará con Sánchez hasta que sus prioridades electorales se lo permitan, y no podemos reprochárselo. El propio Sánchez ha ejecutado esta hábil maniobra parlamentaria -la más sagaz en décadas- por evidentes urgencias de carácter electoral. La censura era un disparo a la línea de flotación de Ciudadanos y Rivera, en la persona de Rajoy, cuya imagen, abatida por la sentencia del caso Gürtel, lo hacía presa fácil para dar un vuelco a las tendencias de las encuestas.

No abandonemos el relato figurado de los hechos de las ocho horas de sobremesa de un almuerzo opíparo de corte romano en el crepúsculo de Rajoy con la pluma de pavo real en la mano para vomitar o firmar la rendición. En ese restaurante, el todavía presidente consumió las horas finales de gobierno como si el Arahy fuera la Moncloa, mientras en el Congreso le volaban la cabeza los oradores más radicales. A buen seguro, habló con banqueros, con la patronal, con algún general de confianza, con el presidente del Banco de España saliente también a esas horas inventariales, con el rey de nuevo varias veces a lo largo de la tarde-noche, con algún expresidente, acaso, que no fuera Aznar, con sus ministros, con las fuerzas vivas y las menos vivas de su entorno… Fue una velada testamentaria regada con vino y salpicada de algún golpe de humor del presidente, que había estado sembrado esa mañana ante Sánchez en la tribuna de oradores. Y llamó a Elvira para cumplimentar las exigencias domésticas de una mudanza exprés, obligado por el giro de los acontecimientos tras conocer los votos del PNV. Tenía la decisión tomada. Resistir. Rajoy en versión original. “Yo y el tiempo contra todo”, decía Felipe II. Cuando Cela dejó dicho que el que espera tiene a su lado un buen compañero en el tiempo, que en España el que resiste, gana, majestad, citando a Diego de Saavedra Fajardo en sus Empresas políticas, estaba dirigiéndose, en la recepción del Premio Principe de Asturias en 1987 al rey Juan Carlos. No puedo, no debo dimitir, debió de contestarle el viernes el presidente del PP al hijo de aquel rey, el rey Felipe VI. Cospedal salió del restaurante y convocó una rueda de prensa con un lacónico mensaje: “Rajoy no piensa dimitir”. Cobrada la pieza e investido Sánchez, Rajoy confía en que el tiempo que resta de legislatura les reconcilie, y, ya de expresidente a presidente, cuando las adversidades del arduo ejercicio del poder, la necesidad de aprobar los presupuestos de 2019, el quebradero de cabeza catalán, las mutuas sentencias de los ERE y las secuelas judiciales de Gürtel, las obligaciones imponderables con Europa y el cronograma electoral más conveniente al bipartidismo les lleve a la misma conclusión, sea hora de sentarse a hablar. De España. Será entonces -ese pensamiento le emocionó tras departir y degustar los manjares del cocinero de Zalacaín- la hora estelar de Rajoy en esta poscrisis. Salvar a España y, de paso, al PP de una guerra civil por la sucesión si su marcha se hubiera consumado anteayer. Esas dos aspas sobrevolaban su cabeza en el restaurante de Arahy y cuando se levantó para marcharse ya era un hombre sin cabeza, pero Rajoy siguió andando como si tal cosa.

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