El oxímoron de Canarias: ricos de turismo y pobres de solemnidad

La pobreza es un problema planetario y estas serían las islas del planeta de los pobres. La respuesta del comisionado ad hoc en el Parlamento cuesta digerirla sin temor a arcadas, descartadas las carcajadas en un tema que exige un tono circunspecto. Hoy la Cámara podrá ponerle al Gobierno la cara colorada, como pedía Cáritas en nuestra edición del domingo, con acciones “contundentes”. Entre los pobres oficiales que jalonan las garitas excluyentes de la calle, figura mi amigo Andrés Expósito, doctorado en indigencia y otras ramificaciones, que daría una teórica al Ejecutivo sobre los métodos caseros para aliviar este drama sin necesidad de esperar al cambio de modelo productivo, que fue la añagaza del presidente antes de la boutade del comisionado.

Clavijo preside las RUP y reprende a Europa por sus limitaciones. “Europa tiene que reinventarse”, reconviene el político lagunero a los dirigentes de Bruselas como si lo hiciera Trump desde la Casa Blanca, con la petulancia de un perdonavidas . Pero cuando se es presidente de la comunidad campeona de España y sexta de Europa en pobreza y exclusión se pueden dar pocas lecciones. Nada impide -salvo un mínimo pudor- parapetarse tras un índice de felicidad inverosímil como en ocasiones aparenta nuestro Gobierno, al estilo de aquel rey de Bután. Dejar que la pobreza se arregle por sí sola como una plaga ecuménica, o como las microalgas, cual excrementos del cambio climático y así todo por el estilo: la violencia de género, ese infierno de los matrimonios mal avenidos, sin solución terrenal; los salarios bajos, como condena bíblica por vivir del turismo y carecer de industrias como el País Vasco, etc., etc. El presidente tira balones fuera, pero a veces se mete goles en su propia portería. Poco cuesta imaginar a Juncker y Macron escuchando su diatriba sobre el diseño de la UE en un mundo desigual, preguntándose quién es este presidente de islas tan sobrado, dando consejos de estadista por encima del bien y del mal. Semos ultraperiféricos, tengamos la fiesta en paz. La pobreza era uno de los objetivos del milenio y ahora es uno de los 17 objetivos de Naciones Unidas para 2030: erradicar la pobreza extrema. Los gobernantes canarios no se han enterado ni antes ni ahora, y a este paso las islas Canarias serán etiquetadas como el paradigma del problema que convoca a 193 países en el mundo. No estamos para sacar pecho, sino para tragar sapos, porque alguien debe responsabilizarse de este farolillo rojo, con el mayor presupuesto de la historia para 2018 (más de 8.000 millones) y los mayores récords turísticos alcanzados. Canarias, como oxímoron económico del siglo XXI -de un lado, batiendo récords de visitantes y del otro, liderando las estadísticas de la pobreza- es un insulto a la inteligencia, una caricatura de economía en la chepa del primer mundo. Si volvieran por estos lares -de regreso de sus tumbas en el día de difuntos- los filósofos cosmopolitas del siglo pasado, como Unamuno o Bertrand Russell, que llegaban a estos peñascos atraídos por su mitocracia, queriendo comprobar con sus propios ojos si Plinio y Hesiodo tenían razón sobre estas islas afortunadas…, no sabríamos dónde meternos.

Un día, el Gobierno desempolvará el paraíso. Pero en el ocaso de las estadísticas de la miseria, haría bien hoy el Parlamento en poner los puntos sobre las íes. Canarias salió mal parada hace tiempo, aunque la EPA nos diera una reciente palmadita, pues no hay peor parado que el que trabaja y no sale de pobre porque le pagan cuatro perras. Los peores son los pobres con empleo, porque son los pobres invisibles. Malimpriado, se dice en canario queriendo decir con lástima mal empleado. Cataluña habrá pinchado el globo de su economía con la estampida de las empresas. Pero Canarias hizo crack hace tiempo sin tomar conciencia hasta ahora y da penita cada vez que sale un informe y nos deja con las vergüenzas al aire.

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Cela y Antonio González en el cenáculo catalán

La figura de un canario indiscutible (hoy se contarían con los dedos de una mano los aspirantes a tal título para que no quedara desierto), que adornaba de una sencillez extrema todo alarde de su quehacer, nos resulta este domingo de resaca catalana una cita obligada. Nos obliga y urge buscar gente decente -dice Valdano-, sin dobleces, para recobrar la fe cívica en los valores que inspiraron la apenas cuarentona democracia de este país. Canarios que tuvieron visión de Estado entonces, en la Transición. ¿Y por qué me acuerdo, sin embargo, de un científico y no de un político al uso? Porque don Antonio González (anteayer se celebró el centenario de su nacimiento en Los Realejos) fue senador por designación real en las Cortes Constituyentes, y luego contaré la anécdota -la suya y la de otro coetáneo, que tampoco era político, sino escritor-, una de tantas de su biografía modesta en exceso. Con la urgencia del momento, embargados por los riesgos de este tobogán por el que se precipita la historia, lo más grave, con todo, lo sitúo en el deterioro de la calidad humana de nuestros líderes públicos, instalados en la política mendaz, esa herida del sistema que convierte la democracia en un coto de embusteros de caza mayor, transidos de odio y hambre de venganza contra el enemigo de dentro y el adversario de fuera de sus filas (Churchill dixit).

Antonio González era, con la perspectiva de estos efectos posteriores del sistema que él, entre otros, ayudó a parir, uno de los últimos hombres buenos que yo recuerdo. Era un científico beatificado por la Universidad y la ciencia allá por donde iba dejando su estela, su química. Un hombre que caía bien y trabajaba con los tubos de ensayo en la búsqueda de la quintaesencia del cáncer en las algas. Cuando yo lo conocí, imberbe y deslumbrado por su carisma -la química del químico canario-, recuerdo todas las cosas que me fue diciendo, contando, enseñando, pero guardo, como digo, el recuerdo mayor de su bonhomía. No sé por qué me reservo esa huella de entre todas las suyas, pero supongo que entonces y ahora sobresale como un hecho inaudito que alguien como aquel gigantón hecho para el básquet -que no sé si llegó a practicar-, tres veces candidato al Nobel, que se metió en el bolsillo un Príncipe de Asturias cuando aquí, en Canarias, nadie conseguía un premio de Cádiz para arriba salvo que hiciera el pino sin red en el aire como Pinito del Oro, fuera tan buena gente. Ahora me extraña aún más -como digo-, porque rebusco entre las élites cartesianas de los cerebros locales y me cuesta un esfuerzo extraordinario dar con un antoniogonzález. Los hay. Conozco a alguno. Basilio Valladares es de esa estirpe, y siempre he pensado -como hacía de don Antonio- que estaríamos más tranquilos en sus manos si, amén de científicos, esta saga de elegidos se hubiera dedicado, a su vez, a la política. José Luis Sampedro, el economista y escritor, le dijo a Évole, ya en la recta final de su vida, que los mejores políticos del futuro serían científicos. Ya ocurrió en el pasado. Pongo por caso a Negrín. Valladares, como González, tiene buena entrada en América y no menos en África. Echo en falta la tertulia de lo que hoy nos pasa en España, el cenáculo catalán donde solo opinen estos personajes solitarios, grandes pensadores que pasan horas muertas con bata blanca al microscopio ante las verdades diminutas de los graves problemas de la salud. Gente que sabría curarnos incluso las ideas enfermas. Seguiré rebuscando hasta tener unos cuantos y reunirlos con Sami Naïr mientras sea nuestro huésped en la Isla. Lástima que don Antonio ya no está. El gran ausente del momento estelar de la España que soñó siendo senador real constituyente (1977-79).

Acaso del mal catalán -con perdón del paisano Ángel Guimerá- nos sane, en efecto, los científcos más lúcidos, que griten ¡eureka! con la solución. Nos vendría bien un antoniogonzález para regir esta coyuntura -como hizo con la Universidad de La Laguna en los primeros años de soberanismo canario que desembocó en la UPC-, con Cataluña en el congelador. Los próceres de la política carecen de sentido común para sulfatar el procés y combatir la plaga que amenaza extenderse por los territorios más propensos de España, como lo fuera Canarias, que, en tiempos de Antonio González, libraba sus batallas con Madrid desde Argel.

Un antoniogonzález, que fue senador real cuando España era un laboratorio y tenía entre manos dar con la fórmula para saltar de los escombros de la dictadura con buen pie y fundar una democracia que cuadrara el círculo de la convivencia entre antagónicos franquistas y comunistas, monárquicos y republicanos. Ahora cuento la anécdota. Cuando el rey telefoneó a don Antonio para nombrarlo senador, el de Los Realejos creyó que era una broma y le siguió la corriente al presunto monarca como si hablara con un loco. Cuando salió a la calle, la noticia ya era de dominio público gracias a la radio y la tele, y don Antonio -me dijo sonrojado- sintió la mayor vergüenza de su vida por haber tratado a Juan Carlos a la ligera, convencido de que era un impostor. Don Antonio no era un desconfiado -o sí-, solo que en su caso la humildad más absoluta le hacía inconcebible que un rey de verdad pensara en él para fundar la democracia en la Cámara Alta. En aquel hemiciclo ilustre no todo, sin embargo, eran buenas palabras. Y ahora cuento la otra anécdota. El rey, en su nómina de senadores áulicos, se fijó también en Cela, que hoy habría soltado alguna patujada sobre el cipote de Cataluña en el Estado de Archidona. El Nobel gallego de tirantes como Fraga dejó célebres arrancadas desde el escaño. Cuando el presidente de una sesión lo sorprendió en brazos de Morfeo y le preguntó si estaba dormido, respondió que no, que estaba durmiendo, “pues no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”. (En uno de sus textos menores abordó el caso del cipote de Archidona, incidente jocoso del que este martes se cumplió un aniversario camino del medio siglo, en el que un joven semental de la provincia de Málaga resultó detenido por salpicar a los espectadores de un cine con una catarata de su viril champán mientras la novia lo masturbaba en la oscuridad de la proyección: “Honra y prez de la patria y espejo de patriotas”, escribió Cela). Lo que ha ocurrido este viernes 27-0 -centenario del nacimiento del químico paisano- es que se ha roto el invento y ahora hay que dar con otra fórmula química para conciliar las esteladas y las rojigualdas, la independencia de cinco horas y los cuarenta años de democracia. País de golpes y contragolpes que hacen de España, de nuevo, un corral de comedia, de pueblo atiborrado de calle y cava, de carnaval y fullería. Paren el reloj y den con la fórmula. Es la democracia la que está en el tubo de ensayo. Que vengan las urnas y los científicos, y don Antonio nos bendiga.

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‘Al vent’, ‘Ja sóc aquí’ y el ‘seny’ de las palabras

El 23 de octubre de 1977, Josep Tarradellas compuso un himno en un balcón, que cuarenta años después -por estos tiempos contravenidos- coloco al lado de la letra de una canción que muchos coreábamos sin saber catalán: Al vent, de Raimon. Por razones que son difíciles de explicarse a uno mismo -cuánto más a los jóvenes desinformados que asisten a esta involución política que nos estalla en la cara esta semana-, yo recuerdo con emoción oír aquel parlamento del venerable -y molt honorable- Tarradellas, con 78 años, y en particular las palabras que luego quedaron grabadas como ese estribillo al que me refiero: “Ciutadans de Catalunya! Ja sóc aquí!”.

Ni Tarradellas ni Raimon podrían sospechar jamás la deriva de odio y cicuta que envilece la política de España estos días, al límite de una hipótesis maldita: la ruptura territorial del Estado, como si Cataluña aspirara, en términos de deicidio europeo, a encarnar un brexit extemporáneo del Estado de las Autonomías. El escaso respeto que se presta a las palabras, como reconviene Javier Marías al espectro soberanista en un artículo de El País, conspira contra quienes perpetran ese atentado a la lengua, y de ello podremos tener debida cuenta estos días en Tenerife con la presencia de Darío Villanueva, director de la RAE, y una cumbre de académicos de las dos orillas. Tarradellas nos previno ya entonces de la perversión del lenguaje y las ideas, de los riesgos de subvertir la convivencia bajo argucias sentimentales de política de bajo vientre. Y los hechos han demostrado que el cauce se ha desbordado, que aquellas aguas revueltas sobre las que el anciano exconsejero de Companys llamó a la concordia a los ciudadanos de su país ahora son presa de una tormenta irrefrenable, donde tortura o golpe de Estado terminan por no significar nada en la deformación absoluta de su mal uso desproporcionado. Es la muerte de las palabras, no de cualesquiera, sino de estas que más duelen en la memoria de españoles, catalanes o canarios. Tarradellas nos tocó la fibra sensible desde un balcón y se metió en el bolsillo con el seny de unas cuantas hermosas palabras a los suyos y a los demás. Cataluña se irguió con el adalid que volvía del exilio en son de paz.

Pero hoy no está Tarradellas, ni hay un Tarradellas en leguas. No hay estatura -medía el doble que Pujol-, sino una mediocridad política que ha arrasado con el fuselaje económico e institucional de la que, sin duda, era la comunidad más avanzada, europea, culta y vanguardista de las Españas antes y después de la República. Y cantábamos “al vent,/la cara al vent,/el cor al vent,/les mans al vent,/els ulls al vent,/al vent del món” (al viento,/ la cara al viento,/ el corazón al viento,/ las manos al viento,/al viento del mundo). Siempre sentimos cerca esas palabras (las de Raimon y Tarradellas), como si hablaran de nosotros, de nuestras compulsiones de entonces, que era un tiempo de desmentidos, de una España que resultaba ilesa tras la dictadura -incluso, tras la guerra- en lo más íntimo de sus creencias: la libertad, la democracia, el autogobierno, la pluralidad, la convivencia. Lo que ahora nos sucede y desatina es que estamos sufriendo el síndrome postraumático de una generación que acogió todos aquellos conceptos como sustancias esenciales de un cóctel que llamamos Estado de las Autonomías y que ahora no vale un carajo.

Pues resulta que unas cuantas opiniones han dado la vuelta al calcetín, y miles de seguidores convienen en pensar que no tiene sentido la cohabitación entre Cataluña y el resto de España. Y esto es lo que no nos cabe en la cabeza, porque cantábamos al vent como cantábamos “quizás porque mi niñez/sigue jugando en tu playa/y escondido tras las cañas/duerme mi primer amor”, del Mediterráneo de Serrat. Y no aceptamos que Tarradellas haya dejado de ser el político que nos ganó para una causa que, de pronto, otros, menos sabios y seguramente honestos que él, han hecho trizas sin medir las consecuencias ni las inconsecuencias de sus actos.

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Luis del Olmo, con la piel de la radio

Luis del Olmo es leyenda viva de la radio, que si no estuviera manida sería una frase hecha a propósito. Leyendas de esa estirpe fueron también Bobby Deglané, Raúl Matas, Soler Serrano, Oliveras, Juana Ginzo, Matilde Conesa, José Luis Pécker, Matías Prats… y Gabilondo. Los dioses de la radio, que es como más me gusta llamarles (y entre ellos hay más de un canario, más de un Leocadio Machado), son personajes que trascienden la figura convencional del periodista y locutor, pues el tiempo los modela como héroes elevados al altar en lugares destacados de la casa. Estos dioses penates regían los destinos de las familias más y menos pudientes, su ámbito colegiado de influencia ha sido históricamente fenomenal, para envidia de los dirigentes políticos. En los tiempos bíblicos de mi infancia, el receptor físicamente ocupaba el sitio de honor; hasta que el televisor irrumpió en la intimidad de los hogares, la radio era la loca de la casa, como llamaba a la imaginación Santa Teresa de Jesús; era el centro de atención, una epifanía que colapsaba cualquier otra manifestación entre los miembros de la familia. El aparato, en todos sus múltiples diseños que Luis del Olmo colecciona con un rigor museístico, se depositada en lo alto como un tótem especial: en la cocina, en el comedor, en el cuarto del matrimonio y a menudo en el cuarto de baño. Era un objeto que era un hábito de vida y tenía el don de los oráculos: la gente vivía, leía y se relacionaba bajo la bulla básica de la radio, que era un sonido de subsistencia en un país que guardaba un recuerdo radiofónico de la guerra. Y hoy la radio sigue siendo un vehículo de paz en tiempos convulsos.

Luis del Olmo es uno de esos pilares sobre los que se yergue la radio en un mar de oyentes. En el almuerzo del Mencey, que no fue ajeno a la monografía catalana que domina la conversación de este país, le hice las confesiones de un fan agradecido de su magisterio. ¡Es que Luis del Olmo, como Iñaki, en RNE, en la Cadena SER, en la COPE o en Onda Cero tocaban el cielo en las ondas y tenían la piel de la radio! Yo sé bien a quién teníamos de huésped este jueves en la isla, entre los once galardonados con los Premios Taburiente de DIARIO DE AVISOS.

“Luis, eres leyenda de la radio”, le dijo Juan Cruz, también premiado, y el gran predicador en tiempos de paz se encogía de hombros a dos metros de altura. “Leyenda es una trampa de la edad”, se defendió con media sonrisa. Juan Cruz citó a Emilio Lledó, premio Leyenda de libreros. “Ves, otro sabio”. Cuando Luis del Olmo, minutos más tarde, descorchó el micrófono e hilvanó aquel discurso desde su olimpo sobre la libertad de expresión, cerré los ojos para escucharle como cuando era niño y lo hacía en el balcón de mi casa; era el mismo orador que me hablaba todos los días cuando yo no escuchaba sino devoraba la radio y mandaba poemas en mi ciudad para que los recitara Genovena del Castillo o para que los publicara la Ballena Alegre en sus cuadernillos de Madrid. En medio de una dictadura que cortó la libertad a matarrasa, Luis del Olmo nos educaba el oído antes de que ella llegara a la misma radio. Luego supimos que los terroristas de Eta lo quisieron matar ocho veces consecutivas y que no dejó que el miedo le robara el valor de la palabra, con todas las espinas de esa rosa. A Luis del Olmo lo salvó, por ejemplo, que un día viajara a Madrid a entrevistar a su amigo Baltasar Garzón, porque, en caso contrario, lo esperaban en Barcelona con un coche bomba. Ese hombre estaba allí, en el atril del Guimerá, enarbolando con 80 años recién cumplidos la bandera de su vida, la de este diario, la de los periodistas que no sucumben a las propagandas del poder. Dijo esa noche una vez más, “buenos días, España”, transido de Cataluña por los cuatro costados, que es su España imposible, donde habita y deshabita el sentimiento frustrado por la audiencia escindida. “Escucha hoy la radio después de la entrevista a Vicente del Bosque”, le dijo a Merche, su mujer, la mañana que se levantó con la decisión tomada. Y en el momento previsto se despidió de los oyentes: “Mi olfato me dice que hay que bajar el telón”. A Antonio Calderón, el padre de los efectos especiales (y de Javier González Ferrari y del cuadro de actores de Radio Madrid), lo apearon de la radio en contra de su voluntad. A Bobby Deglané se le saltaban las lágrimas en la Gran Vía añorando su estudio, su micrófono, su adicción. La radio mata a sus dioses de mala manera. A Luis del Olmo le salvó el olfato a los 77 años. Voz y luz, en lo alto, radio y faro: Luis del Olmo. Entré una vez a ver su voz en acción. Algo así como entrar en la cámara secreta del faraón. Logré meterme en RNE hasta el estudio donde Luis del Olmo fabricaba sus cuatro horas de Protagonistas y descubrí las entrañas del célebre programa con diez millones de oyentes; vi cómo lo hacía, por qué había en todo un aroma contagioso de belleza y elegancia. Vi a los guionistas corriendo por los pasillos y a él recibiendo con la mano extendida los guiones como partituras que interpretaba de un modo espontáneo en el aire. “Tiene usted acento gallego”, le objetaron en una prueba de radio, porque ser de Ponferrada es ser gallego en la frontera. Como ser de Canarias era una rémora en Madrid. En la sobremesa, Del Olmo no paró de citar a su competencia amiga, Iñaki Gabilondo. Si Díaz-Plaja los hubiera conocido, habría hallado la excepción del pecado capital español: la envidia. Dos dioses colosales, inasequibles a la rivalidad, ambos premios Taburiente de esta casa.

El problema de España era el País Vasco, la cuna aguerrida de Iñaki, y ahora es Cataluña, la tierra adoptiva de Luis del Olmo. España era una bicefalia radiofónica en boca de estos dos geniales portavoces. Ahora el país tiene la cabeza de Jano con las dos caras abriendo y cerrando los informativos al portazo limpio. Tras recibir el premio, Luis del Olmo miró con afecto entre los galardonados a José Antonio Pardellas. Ya había escuchado al editor de este diario, Lucas Fernández, y a Pedro J. Ramírez, Iñaki Gabilondo y Carlos Herrera, y no lo dudó, se despachó a gusto, habló del periodismo de DIARIO DE AVISOS, sacó la ballesta en defensa del “derecho de los ciudadanos a ser informados sin interferencias de los poderes públicos”, esgrimió el fuero del periodista y agradeció el Taburiente como un “acicate” para buscar el inconformismo en la verdad de las cosas, como “el oxígeno y el alimento de la libertad de expresión.

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La tía Carmita

Mi tía Carmita no era una mujer de letras; estaba casada con un librero, pero no leía libros. Había sido, como las hermanas, educada en las labores del hogar y el oficio de costurera, que me parece que tampoco fuera lo suyo. Saludaba a las plantas, aprehendida de olores en la azotea, y hacía encaje de bolillos para que les diera el sol adecuado, con el mimo de quien no trajo hijos al mundo. Poca mano culinaria, no acertaba con la dosis de sal en las sopas que almorzábamos sin rechistar con mi tío Paquito, que era el librero y se leía todos los libros que caían en sus manos.

Formaban una pareja de disímiles. Tan ajeno el uno al otro en gustos y preferencias, pasaron la vida juntos hasta que la muerte los acabó separando sin querer evitar que ninguno de los dos se quedara solo. Un matrimonio sin descendencia se deja llevar por la corriente, libre de ataduras domésticas, hasta que termina varado en la orilla con los achaques de salud y el implacable azote de la edad. Mi tía era fuerte y de hecho ha vivido 93 años. Sobrevivió al marido librero y desmintió los cánones: él, que se bebió una biblioteca entera, terminó padeciendo alzhéimer; ella, en cambio, si acaso lectora pasiva como las mujeres de maridos fumadores, no se dejó picar por ese aguijón y nunca se desmemorió. Con los ojos cerrados, exhausta y ciega, recordaba por la voz la identidad de su hermana menor y se adornaba con recuerdos precisos que dieran coherencia a sus palabras. Carmita había sido, como Paquito, jacarandosa y, por tanto, carnavalera. Mi tío tenía buen timbre de barítono del Tronco Verde; ella seguramente se enamoró de su voz, como tantos idilios de la época, contraídos gracias a la radio y las rondallas. Solamente se le reconocía -en las fotos del álbum familiar- una debilidad: lucir el talle sin medias tintas, vestir para que los hombres la miraran, y así ejercía una suerte políticamente incorrecta de feminismo machista, pues tenía carácter y no toleraba que nadie se le propasara.

En el ocaso de un matrimonio seguramente feliz, perdió los estribos de su vida. Ya sin el apoyo de mi tío enfermo, acogido por el padre Antonio en una fase terminal, Carmita saltaba a la calle, casi sin autonomía física, y obligaba a parientes y familiares a seguirle el rastro antes de que se hiciera de noche. Su casa era una fortaleza inexpugnable que con mis hermanos frecuentaba de niño aficionándome a los libros de mi tío Paquito y las sopas saladas de mi tía Carmita. En aquella casa se oía música clásica y se leía a los clásicos. Era un sitio culto. Mi tío nos decía: “¡Vayan al teatro aunque se duerman!”. Entre aquellas paredes se habían escrito dos libros de cierta relevancia: El antiguo Santa Cruz y Anales del Teatro en Tenerife, de Francisco Martínez Viera, el fundador de la librería La Prensa (Calle del Castillo esquina a Suárez Guerra), que heredó su hijo. Era un hombre bajo y enjuto que parecía firme y conciliador, a la vez. Fue alcalde de Santa Cruz y masón. Mi tía lo cuidó desde que se casó con el hijo; en la habitación de Viera había documentos importantes, libros singulares y manuscritos, o los recortes de sus críticas teatrales del Guimerá y sus crónicas santacruceras en La Tarde, el periódico que ayudó a promover con fines claramente políticos.

En ese ambiente de aislamiento progresista, que hacía de la casa de San Martín y la librería de la calle del Castillo dos refugios contestatarios, mi tía se desenvolvía con dominio de sí misma. Eran célebres sus prontos. La tía Carmita tenía siempre a mano un espantón. Ahora se nos ha ido como una de sus flores marchitas, tierna y apaisada, casi como una hoja de papel. El diácono apretó un botón y ascendió el ataúd, que me trajo recuerdos precedentes de mi madre. Uno se empeña en querer creer que los hermanos -Carmita, Zaida, Juanito- se han reunido. Y Olga dice quitándose presión que por ella que esperen. La familia.

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Las ‘guerras’ africanas de Canarias

Si algo da sentido a todo cuanto nos sucede es la posibilidad de superar el bostezo y que se nos agite la conciencia, como si todo lo que ocurre ahí afuera se acomodara en el cóctel interior de nuestras cabezas. Y así van pasando los días, entre altibajos, creyendo siempre que lo último es lo concluyente, pues nada nos impele tanto como un desenlace inminente. Esa sensación de vértigo que nos apasiona. Sin embargo -para algo están la historia modesta de unas islas y la historia no tan modesta en su conjunto- todo eso es una soberana mentira. Nada nunca es definitivo. Cataluña hoy, como Canarias ayer,está en esa tesitura y ya nadie -salvo unos pocos añosos- se acuerda. Pasamos temporadas como esta de auténtico frenesí y nos resulta cómoda la adaptación al rojo vivo entre todos los colores. Así que cuando llega el puente del Pilar y se suspende el tiempo -que es nuestra mayor falta de autonomía- sentimos mono de acción como los marines tras la guerra.

Cuando nada verdaderamente interesante nos pasa, nos pasa eso. En circunstancias de soñarrera y holganza echamos en falta, claro, un revulsivo. Santa Cruz, la eterna ciudad muerta que rebate semejante latiguillo con sus plenilunios y aquelarres comerciales, concilia misantropía y carnestolendas como las dos caras de su moneda de curso legal. Pero no es solo Santa Cruz, es Canarias en su doble vertiente, es Canarias a la chita callando y saltando por los aires como un caballo desbocado, que no había sino que verla cuando mataron a Bartolomé García Lorenzo y etcétera. En tiempos que yo viví en primera línea de fuego informativo, de esto, de Canarias, hablaban con esta ansiedad catalana los periódicos de España.

Todo ese clima histérico, histriónico, apenas histórico -pues todo ya se disipa en un santiamén- no impedirá que Barcelona siga siendo la que Lorca (y Vargas Llosa hace apenas una semana) describía como una ciudad divertida. Canarias, que rezuma Carnaval, también fue en su día una tierra amargada con Madrid. Como en los seres vivos, estas mutaciones se dan, son estados de ánimo. A Barcelona la ha mirado un tuerto. En la Transición nadie se habría imaginado a la ciudad más europea que tuteaba a París emparentándose con el Kurdistán. Era la suite de España cuando yo desempeñaba con Martín la corresponsalía del Diario de Barcelona, el periódico más antiguo de Europa, y Santiago Vilanova y Lluis Bassets nos demandaban desde el palco de la capital política más avanzada de las Españas ciertas crónicas africanas sobre los conflictos que se libraban aquí abajo entre saharauis y marroquíes, y, en apariencia, entre Canarias y España. La OUA envió una delegación a las islas para testar qué, además, de la calima se podía considerar aquí legítimamente africano. Aquellos años -va camino de medio siglo- en nada tenían que ver con la dulce modorra insular. Todo lo que nos pedían nuestros jefes del Diario de Barcelona -y de Triunfo- eran noticias de las confrontaciones magrebíes bajo el balcón de las islas y de nuestras vicisitudes con Madrid . De ahí que pronto cultivamos una adolescencia periodística en la rama insólita de corresponsales de guerra y no solo de corresponsales a secas. En Madrid y Barcelona se preguntaban todo el tiempo, durante años, cómo iban nuestras cuitas africanas con España y con Marruecos por tierra y por mar, con los petardos de Cubillo y nuestros rehenes del Polisario. En las calles de Las Palmas cubríamos secuestros de saharauis por la policía marroquí y a veces había secuencias de zulos con armas para una inminente invasión, todo ello amenizado con planes secretos de espías de África y Europa en una continua beligerancia insular. Eran guerras paralelas que se entrecruzaban: de una parte, los independentistas progresaban en alianzas con Gadafi, con Bumedián o con el propio Mohamed VI,como si en verdad fuera a ocurrir algo gordo, la invocada descolonización. Y de otra, Marruecos y el Polisario proseguían con sus diatribas, inconciliables, en una guerra con muertos de verdad y Canarias en medio de ese tablero. Eran historias de una guerra de nervios. Viajábamos a Tinduf porque formaba parte indisociable de la crónica africana de Canarias. Ahora todo parece en orden en este solar comparando con Cataluña, que entonces era el Nirvana de todos los sueños cultos de Europa, una tierra de alta alcurnia.

Cuando aún no habían sido depuestos del todo los viejos dioses penates de la dictadura española, ni habían llegado todavía los nuevos dioses de la democracia a hacer de esto un país decente, Canarias era, en efecto, un volcán. Y las miradas y los ministros de Madrid se posaban sobre las islas como ahora no quitan ojo de las Ramblas y aledaños. Cuando el 1-O la policía repartió estopa en Barcelona, le recordé al teléfono a Román Rodríguez, que era un estudiante de medicina, la trágica jornada en que un agente disparó a dar y mató a Javier Fernández Quesada, a las puertas de la Universidad de La Laguna, en su presencia. Román socorrió, entre otros, a la víctima bajo el fragor de una represión de balas de fuego. Nada de lo que hemos visto ahora nos coge de nuevo a quienes calzamos cierta edad. La idiosincrasia del canario, con su cachaza y sus prontos, desafió al Estado antes que Cataluña -sin ponernos a rivalizar en disgustos-. Cuando estas aguas parecían calmarse, a Olarte -que le afeaba la conducta al centralismo con frases como: “Madrid va a saber lo que vale un peine”- se le metió entre ceja y ceja que no bajaba los impuestos de los Cabildos si el Estado no compensaba, dijera lo que dijera Bruselas, y encerró en un laberinto impensable al Gobierno de Felipe González a poco de entrar en la Euorpa comunitaria. El episodio se lo recordé a Carlos Solchaga, que era el ministro de Economía y Hacienda, en su visita al Foro Premium. González era más impulsivo que el flemático Rajoy, y Solchaga tenía más poder que un ministro. Ambos amenazaron a Olarte con aplicarle a Canarias el artículo 155, que ahora acojona tanto en Cataluña. Nos habrían suspendido la autonomía. “Nos quieren mandar los tanques”, me dijo entonces Olarte para El País. Y si la sangre no llegó al río fue porque el secretario de Estado era José Borrell, y el consejero de Hacienda, José Miguel González. El mismo Borrell que vino a pacificarnos a los canarios y que, casi treinta años después, fue el domingo pasado a Barcelona a reconducir a los catalanes.
Las rabietas de Canarias con el Estado dejan chiquita a Cataluña. Pero las islas nunca se dieron importancia.

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Vargas Llosa, Borrell y Borja de Riquer, tres cabezas con dos dedos de frente

Cuando el nacionalismo catalán se desbarrancó por los despeñaderos del separatismo-dicen que ventajosamente durante la crisis económica que debilitó al Gobierno central y ofreció la cara antipática de Europa- sorprendió a España cogiendo lapas. Hoy, 10-O, es una fecha tan icónica en el labrantío de la independencia como aquel 1-O, de la consulta en urnas chinas que dio la vuelta al mundo como Chechenia en su día o Crimea por idénticos motivos. Los oradores del domingo en el contragolpe popular de Barcelona (un millón de almas según los promotores, 350.000, según la Guardia Urbana) hicieron algo que se echaba en falta: se subieron al tanque como Yeltsin hace un cuarto de siglo contra el golpe de Estado a Gorbachov a cargo de algunos de los más recalcitrantes comunistas de sus propios colaboradores, reacios a la perestroika y la glasnost.

Volví a escuchar al político Vargas Llosa que en 1990 arengaba a sus paisanos peruanos frente a la amenaza del Chino Alberto Fujimori, el candidato irrelevante que le arrebató la esperanza de ser presidente de su país y que no tardó en revelarase como un dictador. Vargas Llosa tiene la querencia política inyectada en vena como buena parte de la letras latinoamericanas. Este domingo, en su mitin en el colofón de la masiva respuesta española al procés, brilló el Nobel de las verdades verbales (él que escribió de La verdad de las mentiras) con cuyo léxico, como buen peruano, sabe ser estilete tan exacto, punzante y mordaz contra el adversario. En una cena tinerfeña, comentó que la La fiesta del chivo sobre Trujillo, el dictador dominicano, era la declaración novelada de su aversión a la tiranía. Con esa pauta entrelazó, como si improvisara unas palabras bien arraigadas en su memoria, el encendido alegato de Barcelona (la ciudad en la que vivió en los 70 y escribió Pantaleón y las visitadoras, mientras su amigo y vecino García Márquez se afanaba en parir El otoño del patriarca, tras concebir nada menos que Cien años de soledad). Confieso que, sin necesidad de comulgar con todo el credo político de Vargas Llosa, conmueve escucharle dirigiéndose a las masas como el último guardián -por edad y por méritos propios- de la defensa de la convivencia en un mundo que se quedó sin valores. ¿Por qué emociona en Vargas Llosa, verle con la cresta cana y juvenil de un voluntario miliciano de esa ideas seguramente tan tontas para muchos catalanes refractarios del 1-O: la democracia, el mestizaje, la solidaridad? Porque nadie le empujó a meterse en el fregado, sino un sentido del deber, que ya está, por cierto, pasado de moda. Habló con la añoranza de cuando Barcelona era París.

Tampoco soy devoto a pie juntillas de Borrell -el enfant terrible del PSOE de Felipe González-, pero sí un admirador de su contrafigura premonitoria de Pedro Sánchez -que ha vuelto a leer mal el partido de estos tiempos de España, arrimado al arcén del derrubio catalán-. En el mitin de Barcelona, Borrell -el pacificador de la guerra del descreste de Olarte, cuando el consejero de Hacienda era José Miguel González, y eso eran palabras mayores- parecía el líder socialista que se opondrá a Rajoy en las elecciones generales inevitables a la vuelta de la esquina. Lúcido y elocuente, habló con dominio y autoridad de dos países en uno que es una especie de estado bivitelino.

Antes de esta pareja de estadistas, habló en El Español el historiador Borja de Riquer, convertido al separatismo, para alertar de que si hoy Puigdemont declara la independencia comete un craso error. Hay políticos que leen y políticos ágrafos, hay dirigentes que se dejan aconsejar y dirigentes que se inmolan en sus piras funerarias. Vargas Llosa, Borrell y Borja de Riquer formarían una estupenda mesa de tres patas si alguien busca, ya no mediadores, sino tres cabezas con dos dedos de frente.

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El martes es el big bang

Lo que estamos viviendo, sin dar crédito a cuanto acontece desde el 1-O, es como un ejercicio de fabulación que se cuece en las cabezas de una brigada de guionistas de la realidad impuesta, todo un género ciertamente en auge. La historia -en la presunta maquinación- reúne los ingredientes del formato para provocar el impacto emocional que se requiere. Es una manera de guiar los nuevos acontecimientos que se está adueñando de nuestras sociedades en una suerte de literatura inverosímil y al mismo tiempo real. Con esa lógica, la independencia de Cataluña, como argumento y trama, está cosechando un indudable éxito que guarda parentesco con el brexit, Mr. Trump y la ola de populismo en Europa, bajo la sombra intrigante de los rusos como mecenas tutelares de toda esta desestabilización. Nos hemos vuelto paranoicos o nos estamos adaptando a una irracionalidad moderna que quisiéramos pasajera.
La atribulada Cataluña de estos días es una contribución al género. Trapero, Forcadell, la pareja de Jordis traviesos de ANC y Òmnium, Junqueras, Puigdemont, Anna Gabriel… son como avatares que alguien puso ahí a pulular para que desencadenaran este monumental lío, y ahora se fugan las empresas -que no participan de la posverdad del procés- y los guionistas llevan 72 horas viendo la manera de recomponer el puzle para que este imprevisto no traiga consigo la ruina de toda la narrativa, una vez colocada en el mercado, que es su mayor aliciente y precio.

¿Ahora qué? Estamos todos ansiosos por conocer los siguientes pasos de los actores en las nuevas escenas programadas. Sabemos -tanto como los supuestos guionistas- que el serial ha calado en la opinión pública y a estas alturas -gracias a las imágenes de la represión, con su efecto deseado- ya ha dado el salto al plano internacional y es objeto de consumo en todas las esquinas del mundo. Lo cual es una evidencia que desata pasiones y ahora el problema es cuánto le queda de vida a esta historia-producto. La tendencia conspiranoica que se ha apoderado de los resortes de los grandes asuntos que nos preocupan invita a mantenernos atentos a lo que pueda ocurrir en las próximas horas. Si los rusos y su maquinaria cibernética disponen a su antojo gran parte de la evolución de los hechos que vemos desfilar delante de nuestras narices -hoy Cataluña, ayer el referéndum de independencia del Kurdistán, mañana…-, mantengamos los ojos en estado de alerta. Cataluña era un caso de estudio en una probeta de ensayos, pero, como tantos otros virus en otras tantas historias, se escapó del laboratorio y ahora no lo controla ni Artur Mas, que anda predicando en sus desiertos contra los riesgos de una soberanía prematura.

En sí misma, esta revolución no es tal; lo dijimos aquí la semana pasada y lo ratifica Almudena Grandes a su paso por el sur de la isla, basada en el déficit de verdad que padece: no procede de abajo arriba, sino al revés, porque en su génesis cuenta con la semilla de un sentimiento remoto de pertenencia, pero en la eclosión de estos días el pueblo ha sido el instrumento. Los guionistas del docudrama le confieren el protagonismo del domingo, la algarada, pero se reservan la parte mollar de la ficción, la pasarela y el éxito en la pequeña pantalla jugando a jefe de Estado: el reyezuelo. Han llegado los bancos y las empresas estelares al punto de hartarse, y haciendo mutis por el foro dejan la historia en punto muerto y el escenario vacío de discursos y denuedos. El pueblo queda in albis, teme que estos líderes no tuvieran las cuentas hechas y ahora les puedan empobrecer. Los guionistas nunca lo tienen todo previsto. Ernesto Sabato contó una vez en La Laguna que un personaje al que le encomendó suicidarse decidió por su cuenta salvarse. Así que ahora Cataluña está en manos del azar, la obra se escribe a estas horas contra reloj en esa brigada de guionistas capitulares. Porque el martes puede pasar de todo o de nada en la comparecencia de Puigdemont: que Cataluña se declare independiente o que Puigdemont llame de nuevo a las urnas, pero no a las urnas chinas, sino a las de verdad. La experiencia del procés en directo es como aquella erupción submarina del volcán herreño que deslumbró a la ciencia, por ser testigo en vivo.

La aparición del rey Felipe VI en la pequeña pantalla la noche del martes, en un discurso cívico-militar, nos recordó, con evidente paralelismo, a la de su padre Juan Carlos hace 36 años, en aquella alocución nocturna contra el intento de golpe de Tejero. En el diario de los avisos de esta crisis hacemos un periódico que lee la gente como una novela por entregas, estamos tratando a personajes de la vida real disfrazados de personajes de Javier Cercas. La actuación policial del día del referéndum, que Max Weber habría abarcado en su paraguas de violencia legítima de Estado, fue, sin duda, el hallazgo más afortunado de los guionistas del separatismo, todo un momentazo que el previsible Rajoy no previó. Hemos retrocedido de golpe 500 años en la historia de la génesis de España. Los hechos vuelan en una regresión al futuro poblada de internautas. Y la letra y la música las ponen unos y otros, como en las manifestaciones de ayer y las que les precedieron. Lluís Llach, el irredento compositor e intérprete, llevó siempre la rebeldía en las venas, y vino en los años 70 a Tenerife para no poder cantar, prohibido por la autoridad, y dar sentido a su canción más conocida, L’estaca: “¿No ves la estaca a la que estamos todos atados? Si no conseguimos deshacernos de ella nunca podremos caminar”. De esa guisa transitaba por las Españas de Franco, de la Transición, del Estatut… hasta llegar a Puigdemont, en las barranqueras por donde se irán CaixaBank y Freixenet. No todos cantan lo mismo: al que pregunta a Serrat, otro gallo cantaría. Nuestra posición es privilegiada.

Nos levantamos cada mañana ansiosos de conocer el siguiente capítulo. Hoy escribirá sus párrafos, en las calles de Barcelona, Mario Vargas Llosa. No faltan autores subidos al carro de España por las Ramblas, como Eduardo Mendoza o Juan Marsé, que recrudecen las diatribas de los secesionistas hacia quienes españolean con el paño cambiado, como antes Espriu o Pla. ¿Es esto, entonces, un golpe de Estado? ¿Y la Bolsa ha hablado? ¿Y es por eso que los bancos y las empresas han dado el contragolpe, con las herramientas de la política de los mercados? En este punto estamos, a las puertas del desenlace inminente con el que titulamos en portada. Seguimos levantándonos con la avidez del lector enganchado a su historia de cabecera. Esperando a Rajoy…, como un personaje de Beckett. Atrapados a la acción y la inacción de unos y otros. Cataluña, nuestro bestseller, nuestro Código Da Vinci.

Alguien copuló con la historia y procrea otras historias a su antojo y se compara con dios a la hora de los discursos televisados como si moviera los hilos en la cúpula de su mundo, y el martes es el big bang .

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El mal sueño

Como en un mal sueño. Esta deconstrucción de España, a tenor de los espasmos de Cataluña, tiene toda la apariencia de una pesadilla. Y el incidente, sin duda excepcional en la previsible trama política de un país que no se ha inmutado en 500 años, precede a sobresaltos aún mayores, que no tardarán en suceder: es cuestión de días, acaso horas. Blas Piñar se estremece en la tumba, después de que la muerte le hurte este mal sueño. Se pasó toda la vida alentando la máxima España, una y no cincuenta y una, como si predicara en el desierto, pues ni las balas de ETA, ni las arengas en catalán de Tarradellas (ja sóc aquí), ni la pela es la pela de Pujol dejaban resquicio a sus temores. Y van ahora los inmoderados rufianes de la hornada secesionista del procés y montan una guerra de guerrillas, como le gustaba al Che, y sorprenden al decano Rajoy con un trampantojo perfecto de referéndum, que pone a España, por primera vez de verdad, al borde de la escisión.
El mal sueño es el argumento, por cierto, del premio Nobel de Medicina que ayer merecieron tres científicos estadounidenses. Esto va del ritmo circadiano. La Tierra ha dejado de girar a la velocidad que lo hacía antes, y de ahí -lanzo la teoría sin ánimo de recompensa de tal naturaleza- este descontrol de los últimos acontecimientos. Extraña casualidad la de tal cúmulo de erratas en la narrativa actual del mundo. Y ahora, España, con su Cataluña en pie de guerra (de guerrillas) y Puigdemont invocando desde su franja la mediación internacional como Arafat en los buenos tiempos. Y esa mirada atónita desde el País Vasco, sin dar crédito a la eficacia y rapidez del proceso catalán sin disparar un tiro y victimizado por los mamporros de la Policía y la Guardia Civil.
Tan deprisa se precipitan los acontecimientos que un día de estos (de esta semana) nos acostamos con Cataluña siendo española y nos despertamos con España sin Cataluña, lo cual tiene algo de aquel film de Spielberg, La terminal, en el que Viktor Navorski (Tom Hanks) se quedó sin patria mientras volaba a Estados Unidos, por un golpe de Estado, y permaneció bloqueado en el aeropuerto porque los yanquis no reconocían al nuevo país. Bloqueado aparenta estar Rajoy en una patria sin patria, como en un vivir sin vivir, “y de tal manera espero,/vida, no me seas molesta;/mira que solo te resta,/para ganarte, perderte”, como se dolía Teresa de Ávila.
Este es el peor sueño de España en los últimos 40 años de democracia si alargamos la vista hasta don Juan Carlos y doña Sofía, y en los últimos 500 años, si nos remontamos a los Reyes Católicos. El Suárez que todos queremos y que hizo frente al golpe de Estado de Tejero tiene parte de culpa de esta zozobra o mal sueño. No quedaron rematadas las junturas de las cuadernas de este Estado de las autonomías, y ahora hay que buscar los mejores calafateadores del reino para acertar en tiempo récord, con estopa y brea, en la reconstrucción de la nave que está a punto de quebrar por la borda catalana.
Y en esas están los sabios del PP y los del PSOE y los de Ciudadanos, cada uno con su receta, y el mistérico Rajoy guarda silencio, con su as bajo la manga, su 155 o sus buenos oficios ante los jueces y fiscales, que han hecho de gobernantes togados frente a la turba y los Mossos d’Esquadra. Pero algo flota en el ambiente como en las películas de Hitchcock, un suspense meticuloso que se aproxima inexorable a zanjar la cuestión. Y algo inquieta que no es menor: la gente en la calle ha empezado a decir que si en Cataluña el tricornio ni la nacional mandan un carajo, esto se va a convertir en un país sin ley.

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Cataluña, una china en el zapato de España

Si hoy es el 1-O, quiere decir que este es un domingo seudoescocés sirocado en la tramontana pirenaica y que Europa se la juega en el brexit de Cataluña que sueña con David Cameron y cree que la Moncloa es Downing Street. Pero Rajoy no es el premier que bajó a bañarse a Lanzarote cuando Europa y España eran una y no cincuenta y una, ni tampoco es Trump, que llamó tontos a Puigdemont y los soberanistas de la urna china. Rajoy es de hielo y congela las decisiones.

Los que están en todas partes, en Escocia, en el brexit, en el correo de Hillary Clinton y, obviamente, en Catalonia son los hackers rusos, que designan a la Guardia Civil como un cuerpo paramilitar y comparan la primavera catalana con la Península de Crimea. Según la maquinaria rusa de intoxicación, Puigdemont pedirá al día siguiente el reconocimiento de Abjasia y Osetia del Sur, que se independizaron de Georgia en los años noventa y permanecen como espectros sin embajadas oficiales en las grandes capitales, pues el mundo no se dio por enterado de su nuevo status de nación, que es la matraquilla española con más visitas, como ahora se dice de todo aquello que adquiere notoriedad en las redes sociales. El ejemplo que Cataluña prefiere es el de Kosovo, que es un estado con menos habitantes que Canarias en la península balcánica, surgido de las cenizas de una guerra y para salir del paso, cosa que España nunca apadrinó escaldada por sus kosovos domésticos, como viene al caso el kosovo catalán.
Cataluña se mira en el símil que más le conviene y por ese camino aspira a ser como las repúblicas exsoviéticas, una suerte de primera república exhispana, que es un modo de abrir el melón a la chita y la china callando. En Europa están en cola esperando que Cataluña rompa filas la Córcega, la Padania y hasta la Serenísima República de Venecia, con mil años de antigüedad que se dice pronto. Y los europeos no han calibrado el riesgo de las secesiones de a bordo, todo un caramelo envenenado en boca de eurófobos que no están tan vencidos como se nos quiere hacer creer. A los piratas informáticos de Putin lo que les importa hoy es pisarle todos los callos posibles a Europa y tumbarla cogiéndole por la corva como en la lucha canaria; no pudieron con Merkel, pero le colaron una ración de ultras en el Bundestag.

Cataluña anhela ser la Escocia de España con acento charnego. Pero una cosa es la Mona Lisa y otra la Mona Vanna al carboncillo; una está vestida y la otra desnuda. Este referéndum es chino y ruso, pero no es español ni es europeo, ni es referéndum, sin censo, papeletas y urnas de verdad que no parezcan papeleras de plástico con pinta de tupperware. Votar es algo más serio, como lo eran los procesos de independencia cuando se hacían de abajo arriba y no esta chapuza del 3% de élites fecundas que tienen pleitos pendientes por un tubo. Es un insulto a Maceo y Martí y a todos los románticos emancipadores que cambiaron los esquemas del mundo cuando aún no existían Internet, ni siquiera Europa era un destino común y España se recogía las faldas del barro de las colonias. Toda esa lectura tiene hoy otro relato y otro contexto, en la moderna modalidad de sociedades que hemos alcanzado en el progreso de derechos que eran desconocidos por entonces y que hoy nos unen de forma global. Queda el constructo y el ensueño de los mitos colectivos. Pero la pela es la pela, que dirían los catalanes, y ninguna utopía se merece que la malbaraten votando en las urnas de seis euros que han comprado a los chinos. En su limbo, Cataluña vendría a ser una especie de patria literaria en busca de autor, como Sinera lo fue para Espriu en la comarca del Maresme o Yoknapatawpha para Faulkner al noroeste de Misisipi. Este referéndum que avala la Iglesia se lo va a perder Vázquez Montalbán, que habría escrito la crónica de un polaco en la corte del rey Felipe VI, y acaso Pepe Carvalho hubiera dado con las táper-urnas antes de que las sacara del escondite el Govern.

“Parece una película de Berlanga”, sentenció Antonio Banderas dando en la diana. Toda la tramoya del show confirma la comparación. Pero si es cine y esto va de ocho apellidos catalanes, hay comedia para rato. Todo está en los memes y en las banderas rojigualdas de los balcones de la España resentida. Una vuelta a los orígenes del cinema verité patriótico sin Franco, porque esto es otra cosa, es la política con toga y la impostura de los mossos d´Esquadra simulando cumplir la ley como si tal cosa. Puro teatro y cine del docudrama. Si es que en lugar de tanto antisistema acudiendo al panal del procés como aquel cojo Manteca de los 80 rompiendo farolas en las revueltas de Madrid, hoy deberían arribar a las calles de Barcelona los directores de cine amateur a hacer pinitos en una guerra de mentiras como corresponde a una era de fakes, donde nada es lo que aparenta, ni un referéndum es un referéndum ni cosa por el estilo. Los 300 espartanos de la Guardia Civil van a esa guerra de Gila como fueron antes a Afganistán o al Sahel, porque nos hemos vuelto locos. Cataluña ahora es una franja como Gaza, gobernada por la Autoridad Nacional Catalana, que es parte del imaginario como si aquí montáramos una república en San Borondón o Javier Marías ejerciera de rey de la ficticia isla de Redonda.

Tal es el desvarío que hasta el Gobierno canario monta un gabinete de crisis por si pasa algo en Cataluña. Hace tiempo que la histriónica política insular se afilia a la cancaburrada. En la arcadia inexpugnable de Taganana (así como Tazacorte se independizó tres días en 1911), enarbolaban en mi niñez la segregación de Santa Cruz, y yo me recuerdo amotinado en las tesis ensimismadas de la escisión municipal, porque el barrio había tenido Ayuntamiento y alcalde, y añoraba su libertad. Los culés independentistas se suman a la ola por si Piqué acaba jugando con Neymar la liga franchute. Cuando Tenerife era la bestia negra del Madrid por el doblete de las ligas que palmó Ramón Mendoza en la calle San Sebastián, el chicharrero se fingió blaugrana, trabó lazos y ganó el Gamper y aquello tenía la pinta de una filial catalana por obra de la maldición de los títulos perdidos que cayeron en la Casa Blanca como dos misiles del coreano en el despacho oval. Cruyff tenía la misma flor que Zidane que ahora litiga con los gafes de la liga. Un día Javier Pérez se liberó de la tutela del Barcelona y volvió a las aguas neutrales como Austria del fútbol español. Y ahora nos jugamos la Copa con el Español.

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