Un Thomas Cook como un ‘tomahawk’

Dicen que los disgustos siempre vienen juntos. De manera que si albergábamos suspicacias sobre cuánto nos podría afectar en nuestras vidas el dichosobrexit de octubre, ahora podemos añadir a nuestros temores y reservas la sospecha de que el turismo cogerá cama una temporada.

Y si guardábamos cierto recelo ante la bravata de Ryanair, más allá del continuo happening de su histriónico ex consejero delegado Michael O’Leary, a raíz del anuncio-extorsión de que se van (cerrarán las bases de Tenerife, Lanzarote y Gran Canaria, les oímos decir incrédulos), ahora ya sabemos que todos los problemas de conectividad no se reducen al adiós de una low cost, sino, desde ayer, a la quiebra de un gigante mundial del sector.

Siempre todo es empeorable. Estamos experimentando en carne propia, desde este lunes negro las consecuencias de una de esas situaciones apocalípticas que engendran a menudo los peores sueños y distopías. Y si…. Pues sí, ha caído un turoperador planetario y nuestras carencias se han puesto al descubierto. No estábamos preparados para una amputación de esta envergadura y vamos a pagar caro el déficit del índice de prevención común (valga este otro IPC).

Llevamos toda la vida -más de medio siglo- confiando en Thomas Cook, nuestro hermano mayor (y nuestro Gran Hermano). El inventor de la cosa ha sido una especie de aliado incondicional. Hasta que el negocio turístico ha entrado en una nueva fase, en la que los clientes contratan por Internet o hacen rutas a discreción por miedo a volar. “Ustedes nos han robado los sueños”, les decía ayer la adolescente sueca Greta Thunberg a los líderes mundiales en la cumbre climática de Naciones Unidas. Esta es la nueva era a la que ya no pertenecía la centenaria empresa fundada por aquel emprendedor británico que dio nombre a su multinacional y a toda una época de la industria que mueve a millones de seres humanos por todos los rincones del mundo. El padre adorable de la aldea turística global antes de que llegara McLuhan.

A Canarias, y en particular a Tenerife -la más perjudicada de este colapso- le cogió con el paso cambiado el tránsito de una metodología a otra. Seguíamos funcionando con criterios tradicionalistas, con la mentalidad de la venta de barrio, comercializando los billetes como aquellos fiados llevados de la buena fe del vecino cumplidor. Esto tenía que ocurrirnos algún día para espabilar. Depositar el 20 por ciento del tinglado turístico en manos de una empresa extranjera bajo una mutua confianza secular era demasiado arriesgado. El paro y las pérdidas que esta imprevisión nos va a costar en los próximos meses y años -ya nadie oculta que ha sido el peor revés de la historia del turismo en Canarias- nos va a exigir cambiar drásticamente de modelo turístico.

¿En qué estaban pensando nuestros gobernantes? ¿Es que a nadie se le pasó por la cabeza esta bancarrota entre las apocalipsis de las estrategias de mercado? ¿Qué hemos tenido hasta ahora? ¿Un Gobierno de verdad o un gobierno de aficionados? Y esta regañina no va solo por Clavijo, sino por los gobiernos precedentes en plural que no vieron o no quisieron ver venir un Thomas Cook como un tomahawk.

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Con un espray en la mano

Cuando Adolfo Suárez arrostró la travesía del desierto al frente del Centro Democrático y Social (CDS), con las ruinas de UCD, en los interminables años 80 de la gran conmoción política del país que dejaba de ser el país que había sido para entrar en Europa y abrazar los vientos del mundo que se le abría de par en par, tras la dictadura y el aislamiento, comentó humildemente, asediado por las deudas de sus contiendas políticas: “Si no alcanzamos financiación suficiente, haremos campaña con un espray en la mano”. Esta es la tesitura de más de uno ante el 10-N, las cuartas elecciones generales en cuatro años, con las arcas vacías y los números rojos, sin fuerzas ni finanzas. Y es, a su vez, paralelo este momento a aquel, al menos para dos partidos que se han quedado sin combustible: Ciudadanos (Cs) y Coalición Canaria (CC), dos socios preferentes que han acabado a la greña y con las urnas atragantadas. En mala hora llaman a votar, maldicen.

Desde octubre del 82, cuando Felipe González inventó el primer cambio en democracia con la mítica mayoría absoluta que borró a Suárez de un plumazo (sacó dos escaños con el CDS), todos los grandes partidos han pretendido repetir aquella gesta. Estos días, González se mostraba reticente sobre unas nuevas elecciones, que, siendo aquello por lo que tanto se luchó en la dictadura, se ha llegado a decir que “las carga el diablo” (Pablo Casado, PP). Una campaña de mensajes se viralizó en los móviles desde el miércoles: “¡No en mi buzón!” Existen síntomas de hartazgo ante el abuso de proselitismo invasivo con propaganda electoral, lo que, unido a las deudas de los partidos, concede toda la vigencia al espray de Suárez. En Canarias se popularizó el recurso de la mortadela por parte de Coalición Canaria durante decenios de hechizo en multitudinarias verbenas lúdico-electoralistas con la tercera edad condimentadas con viandas para la ocasión. Votos y meriendolas. Mítines y ansinas. Un eficiente y proteico método de Imserso exprés que ya por último derivaba directamente en comilonas de ancianos regimentales a diario en naves de alquiler. En campaña operaban la comida de coco del buzón y las comidas de CC, que fueron perfeccionando con el tiempo todo un género de gerontología política muy rentable a la hora del escrutinio.

La nueva cita con las urnas coge a los partidos con deudas y estos pelos, sin margen de maniobra. Vuelve Suárez con el espray. Como quiera que esta campaña durará ocho días, acaso sobren buzones y vallas. Pero los que basaban su éxito en el buen yantar lo tienen peor si no tienen quien les fíe. La ingrata falta de memoria agrava estos trances, pues una vez en la oposición, no solo no hay comilonas, sino que tampoco hay conmilitones para peinar los buzones, ni pronto habrá buzones si se ponen en huelga viral. Y las huestes y prebendados ya están de mudanza, saltando a las faldas del cuatripartito, todo muy gatopardiano, no hay sino que verlos.

Suarez se quedó con lo puesto cuando UCD se desmoronó; perdió la influencia y las redes clientelares desde que dejó de morar en La Moncloa. Su leal secretario de organización en UCD Jose Ramón Caso se embarcó con él en el CDS y le acompañó como un fiel escudero en la secretaría general de un partido que, como Cs, amagó, pero cuando pactó con la derecha ya no levantó cabeza. La otra noche, en TVE, Caso, envejecido pero reconocible, me trasladó al entorno del 82 del tsunami González y el inicio del fracaso de un partido de centro en España. Han pasado casi 40 años. La historia no solo se repite sino que se recuerda a sí misma, y tropieza en la misma piedra. El final de UCD y el naufragio del CDS son precedentes para CC y Ciudadanos, dos partidos que se declararon el amor tras el 26-M y ahora se tiran los trastos a la cabeza en un impúdico regaño de edades impropio de políticos adultos.

¿Qué tienen que aprender ambos partidos y dirigentes de lo acontecido en estas cuatro décadas en España y en Canarias? Que el sol del poder abriga y conforta y el frío de la oposición hiela hasta los huesos en vísperas electorales. CC estrena una situación desconocida y es razonable el vértigo que experimenta. A Cs solo le falta la D interpuesta para recordarnos literalmente al CDS de Suárez. España y la historia son tozudas.

Caso mencionaba los contados feudos en que el CDS logró picotear la manzana del poder, y citó a Canarias, donde en el 87, en pleno auge felipista en España, se hizo nada menos que con la presidencia en un pacto de centro-derecha-nacionalista que contenía, en ciernes, la semilla de la futura Coalición Canaria. Aquel Gobierno lo presidió el self made man Fernando Fernández Martín, con 44 años, un todoterreno, corredor de coches, campeón del mundo de radioaficionados, médico, viajero, sindicalista, político y palmero. Era un presidente icónico del CDS que procedía de la orilla socialdemócrata del Partido de Acción Democrática de Fernández Ordóñez, y de ahí que Suárez volara a las Islas y yo lo fuera conociendo por entregas, hasta el punto de compartir alguna maldad sobre la lealtad que Kissinger (Olarte) sería capaz de guardar a Fernández desde la vicepresidencia. Suárez apostaba que se llevarían bien y el destino le dio la razón a medias: cuando Fernández presentó la cuestión de confianza, Olarte ocupó la vacante como un bólido, cuando el corredor en realidad era el dimisionario. Pero entre la segunda y la décima legislatura canaria, entre aquellos años novatos y estos con Sánchez en Madrid, hay una distancia sideral, que diría Olarte. Todo es distinto en todas partes. Miterrand era el prócer socialista de Europa, y González su émulo. Hoy Sánchez carece de remedos en Europa y ha de ingeniarse un rumbo, como tampoco hay rumbo en el mundo.

La famosa travesía del desierto de Suárez la empiezan ahora partidos que se las prometían felices hasta antes de ayer. Y hacen las maletas para un viaje que es un oximoron: una vuelta atrás, o una despedida. Rivera sabe a qué se enfrenta, a qué tobogán. Hay errores definitivos. El centro ya era caro en tiempos de Suárez, de Roca y después de Rosa Díez… Y en Canarias hemos visto a Cs repudiar a los suyos. Las vimos, a las lideresas, mandando a los infiernos a sus cargos electos y haciendo genuflexiones ante CC. Vimos aquellas escenas y ahora asistimos a estos insultos de noveles y viejos, de riveras y oramas, taxidermizados con apariencia de intactos, antes de que los jarrones caigan al suelo electoral y se rompan, con el destino ya marcado en sus deslices y dislates.

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El deporte de soñar a lo grande

Los españoles se miran en el espejo de sus deportistas, pero esto no es la Roma clásica, no es el opio del pueblo dopando el imaginario colectivo, el pan y fútbol, como aquel pan y toros del circo mediático para adormecer el sentido crítico del ciudadano de a pie. Se trata de frecuentar más los sueños y logros que depara la vida, porque la política se ha vuelto apática y tediosa, y la gente demanda la dosis deportiva de adrenalina con que alimentar las pasiones y un cupo mínimo de felicidad. Un estudio europeo de valores realizado este año por la Fundación BBVA revela que el español es un pueblo -el segundo de Europa- que más se siente idenfiticado con sus deportistas.

El resultado trasciende ahora, pero no cabe achacarle oportunismo, pues España se proclamó campeona del mundo de la canasta este mismo domingo, y Nadal ganó en heroica hazaña el Open de EE.UU. la semana pasada. La foto del sondeo se obtuvo entre abril y julio. Solo Italia supera a España por escaso margen su elevada simpatía hacia sus equipos y deportistas nacionales, que gozan de una credibilidad sustentada en una incesante cascada de victorias y conquistas, fruto de valores tan edificantes como el esfuerzo, el talento y la constancia.

La corona mundial en baloncesto en China restablece un sentimiento de orgullo y autoestima que ni la economía ni la política contribuyen a fomentar. Porque el deporte (o la ciencia, la literatura, el cine, la música y las artes) salva el estado de ánimo de todo un país cuando regresan las noticias de una crisis latente y los dirigentes se emplazan a nuevas elecciones por agotamiento (salvo que Rivera no vaya de farol en su volantazo de ayer y se abstenga antes de caer por el precipicio de las urnas).

Como en el último tercio del siglo pasado, cuando Francisco Sánchez se desgañitaba abogando por los cielos canarios y consiguió crear uno de los observatorios más importantes del mundo, ahora nos sorprende la escasa dotación de grandes soñadores en nuestra sociedad. TMT al margen, la ciencia y la cultura se han vuelto conformistas. Por estos lares no se prodiga ni un premio Planeta, y cuesta creer que sea por falta de escritores competentes; tiene, acaso, más que ver con la falta de costumbre, de marketing y promoción, de tramoyistas de la cosa que nos pongan en el cartel. Jorge Valdano tenía la proporción necesaria de encantador de serpientes y se encontró con otro ilusionista, Javier Pérez; juntos parieron algunas utopías futbolísticas que volcamos en un libro, Sueños de Fútbol, del que en breve se cumplen 25 años. No era por falta de visionarios y de algún modo entonces crearon la atmósfera y los sueños se prodigaban.

Hace tiempo que, salvo odiseas deportivas, no tenemos sueños que echarnos a la boca. Venimos de un etapa de pesimismo malencarado, de buenos profetas de malos augurios. Y nos vuelven a hacer falta líderes contagiosos. A su manera, Saavedra y Hermoso tenían la virtud de movilizar sueños, a veces antagónicos, pero eran motivadores natos. Retornamos la mirada al deporte, al oro del baloncesto, al tenista que gana sin endiosarse… Por alguna extraña razón, en Canarias y en España hemos dejado de soñar. No son óptimas las condiciones, los brexits y la recesión, el clima de deterioro y el deterioro del clima, y, en fin, el mal ambiente político nacional e internacional que anula los resortes del entusiasmo colectivo. Pero si uno mira hacia atrás, tampoco entonces era Jauja y sin embargo nos ilusionábamos a la primera de cambio y éramos, al menos, maestros en soñar a lo grande.

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A 48 horas de Franco y 19 días de las urnas

A 48 horas para la exhumación de Franco, nueve días para el brexit y 19 para las elecciones generales, Cataluña figura en la agenda como un orzuelo purulento en el párpado del ojo del Estado. Son días de desasosiego en un final de año trepidante y cortalote que trastoca todas las encuestas electorales. En la de EL ESPAÑOL-DIARIO DE AVISOS, Casado saca rédito del pandemónium catalán, Rivera halla un hilo de oxígeno y Sánchez muerde el polvo. Irremediablemente algunos partidos han dejado de temer al procés como un contratiempo para la convivencia -siendo en esencia eso- y han comenzado a verlo como una oportunidad -cuando se toca a rebato electoral, se pierden los principios-. Esta va a ser una deriva de la que no se libra nadie.

Es evidente que al partido en el Gobierno le quema en las manos el conflicto catalán que arde en los contenedores. No es caladero de votos para el que gobierna en España, no suma al que está en la Moncloa. Cataluña trituró a Rajoy, incluso al Rajoy del 155, y no solo fulminó a su partido en clave catalana borrándolo del mapa, sino que le persiguió como una pesadilla hasta perder el poder en la moción de censura por la condena de un caso de corrupción.

Lo que ahora da alas a Pablo Casado (que compite con la barba de Abascal) es la asociación de Cataluña y Franco, es el alegato de la mujer revelación del programa de Ana Rosa que hizo de Arrimadas, nuestra huésped mañana en la isla. La derecha se moviliza por las emociones de su flanco, de su Franco y de su Cataluña del alma reflejada en el anciano que defiende a España con un parabrisas y en quienes reparten flores entre los policías que se baten el cobre contra la lluvia de adoquines y bolas de plomo con CO2.

Las guerrillas nocturnas de la ciudad en llamas no premian al PSOE, son un incentivo patriótico del sentimiento acorralado que abona el terreno a los partidos conservadores, pues el debate radica, llegados a este punto, en quién aplicaría antes el 155, la ley de seguridad nacional y hasta el estado de excepción como Piñera ahora mismo en Chile. Esa carrera la disputan a sus anchas PP, Cs y Vox. El PSOE no se siente cómodo en ese terreno minado y en la minicampaña del 10-N se le notará el orzuelo catalán en el ojo. La exhumación de Franco le atará los votos de izquierda, pero no frente a ningún opositor, sino frente al fantasma de la abstención, su mayor enemigo.

Esta vez la incógnita es si el ciudadano medio que no reside en Cataluña votará con el hígado o con la cabeza. El voto patriota es de derechas, ni siquiera de centro, sin despreciar a quienes piensan como Alfonso Guerra respecto al terror independentista catalán.

Pero este no es un escenario electoral cerrado, cada día se mueven unas piezas u otras. La caída en picado de Rivera no tiene fácil sostén. El relincho del PP bebe en Cataluña y el Valle de los Caídos en disputa con Vox. A priori, este es un cóctel que favorece a la derecha en las urnas a tres semanas de las votaciones. De las tres, la última será la decisiva, pues en ella se celebrará la campaña propiamente dicha. -esta vez, solo ocho días- y no me arriesgo a predecir -con tanto margen, aunque parezca una ironía- de qué se hablará entonces con más pasión y ahínco, y si Cataluña y Franco habrán pasado a un segundo plano desplazados por cualquier otra novedad que irrumpa como un vendaval.

Y eso que todos estaban convencidos de que en esta ocasión de lo que se iba a hablar era de economía, de la recesión, del bolsillo de la gente. Y va y aparece ayer la estelada en el monumento a Franco en la avenida de Anaga resumiendo el pack electoral de moda no sé si efímera, a falta de cualquier ocurrencia, escándalo o affaire imprevisto o cocinado aposta.

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La lección del volcán

Estos días, las revueltas en Cataluña me traen ráfagas de memoria de los setenta, que fueron años convulsos en las islas y en Tenerife en particular. Cuesta poco rememorar aquellos años de insurgencia urbana por la muerte de Bartolomé García Lorenzo en la barriada de Somosierra-García Escámez y de Javier Fernández Quesada a las puertas de la Universidad de La Laguna. En el 76 y en el 77, respectivamente, a causa de tales crímenes a cargo de las fuerzas de seguridad del Estado salió la gente masivamente a la calle. Recuerdo la huelga general, los disturbios, las barricadas, la guerra de guerrillas, las cargas policiales y los detenidos por decenas. Con la muerte entonces reciente del dictador, cuyo cadáver será exhumado la próxima semana, esta isla era un polvorín. Los jóvenes universitarios de entonces tomaban vehementemente la calle y desataban batallas campales con los grises.

Una vez me contó Vázquez Montalbán que en tiempos del franquismo se desdoblaba, acudía de modo militante a la manifestación de marras y en un doblar de esquinas se escapaba a la redacción a escribir la crónica antes de reincorporarse a la protesta fiel a sus credenciales comunistas. Había periodistas activistas en Tenerife aquellos años clandestinos de la pretransición, que espoleaban desde partidos de izquierda antifranquistas dispuestos a quemar contenedores y hacer barricadas. En mi modesta alícuota parte ejercía esa doble vida de Montalbán. Me adentraba en los continuos maremotos de las calles de Santa Cruz (la ciudad cosmopolita era un campo de batalla irreconocible a menudo), corríamos, cruzábamos el parque García Sanabria, y en un descuido de los antidisturbios regresábamos a la redacción del Diario, en la calle Santa Rosalía, hacíamos la crónica de los incidentes y retornábamos como una bala al río de la calle con la gente, entre bandadas de jóvenes dispuestos a quemar las naves en aquella orgía de párvulos y pardillos demócratas convencidos contra las cadenas de Cristo Rey y una sórdida generación de policías carcas que practicaban la tortura con perfidia y crueldad, como quedó demostrado con el infausto comisario Matute.

Pero era una España saliendo de las cavernas de la dictadura y éramos púberes e intrépidos, soñábamos con la libertad como un trofeo de juventud. En Cataluña hay una explosión de sentimientos encontrados, una mezcla de la Canarias que conocí en la Transición ansiosa de convivir en paz y libertad, sin sectarismos, y de la que sobrevino poco después alentada por Cubillo desde Argel contra el centralismo colonial, que era como la rotura de una presa de noche mientras la sociedad dormía.

Hoy las calles de Barcelona son aquellas calles de Tenerife. Pero me atrevería a decir que los disturbios y el conflicto insular de entonces -finales de los 70 y principios de los 80- eran más graves -siendo menos multitudinarios- que los del procés, mayor la fumarola del volcán que la de la Generalitat, más alargada la sombra de Cubillo en Argel que la de Puigdemont en Waterloo. Pocos parecen recordar – es cierto que han pasado 40 años- que una entidad supraestatal del vecino continente, la Organización para la Unidad Africana (OUA, hoy UA), acordó en 1978 (como ya había sugerido hace 50 años, en 1968) declarar la africanidad de Canarias y reclamar su independencia. Y que tan serio fue el asunto que Suárez comisionó a su ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, para que convenciera con razones o con talones a los líderes de los estados africanos para que se retractaran. Es posible que pocos se acuerden-salvo José Arturo Navarro Riaño, que organizó el protocolo- que una delegación oficial de la OUA encabezada por su secretario general, el togolés Edem Kodjo, visitó las Islas Canarias en 1981 para contrastar la condición colonial y africana del Archipiélago.

En Cataluña todavía no han llegado las cosas a ese extremo, ni las cloacas del Estado han promovido atentado alguno contra algún líder soberanista como sucedió con Cubillo, al que, en abril del 78, el Estado español ordenó matar para abortar su cruzada radiofónica y callejera -las bombas de la propaganda armada del Mpaiac-. Cubillo se disponía esos días a volar a Nueva York para plantear la cuestión canaria en la ONU, donde desde los años 60, al calor de la ebullición de los procesos de independencia en Asia y África tras la segunda guerra mundial, había salido a relucir el nombre de Canarias entre los territorios a descolonizar. El lenguaje político de la época se adornaba de continuas referencias al anticolonialismo, antiimperialismo y Tercer Mundo, como tantas veces recuerda el historiador de la Universidad de La Laguna Domingo Garí. Cubillo fue atacado con un cuchillo de pesca en la puerta de su casa de Argel en vísperas de ese viaje a la ciudad de los rascacielos en compañía del camerunés Eteki, secretario general de la OUA en ese momento. Los sicarios huyeron antes de cortarle la cabeza para fingir un atentado árabe de consumo doméstico.

No, Cataluña no está en ese punto álgido todavía. Se trata de un contencioso delicado, pero no de un conflicto internacional de aquella naturaleza. En Canarias se recondujo el pandemónium de los años al rojo vivo, llegó la autonomía y el autogobierno y Suárez instauró la costumbre de mimar a las Islas, respetar sus fueros y consagrar sus singularidades -hasta constituir la única región ultraperiferica de España- para evitar males mayores. Con ser sensiblemente inferior el sentimiento nacionalista de los canarios con relación al pueblo catalán, la historia tiene registrado que aquí se llegó tan lejos que en España se pensó seriamente en la eventualidad de tener que enfrentar un expediente descolonizador alentado por las propias Naciones Unidas respecto a Canarias. Fue una historia de espías y asesinos a sueldo, de un agente alemán, Werner Mauss, de la Baja Sajonia, y de un confidente español de los bajos fondos como José Luis Espinosa Pardo, que se infiltró en el círculo íntimo de Cubillo y acabó condenado a 20 años de cárcel por organizar su intento de asesinato, del que resultó paralítico de por vida. España y Argelia libraban una guerra psicológica por el Sahara y por Canarias.

Cuando quiera que sea que se vaya Reino Unido de Europa y quede Irlanda del Norte como una especie de Canarias con régimen especial -el backstop- empezará la cuenta atrás de la pacificación definitiva del conflicto catalán. Porque Europa no puede permitirse dos brexits. Y alguien desempolvará los archivos de Estado para ver qué pasó en Canarias hace cuarenta años y cómo se encauzaron las aguas una vez desbordadas.

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Hasta que las urnas dicten sentencia

Hace dos años, España se convirtió en Canadá, y un Quebec europeo, encarnado en Cataluña, cobró cuerpo de inmediato, con Puigdemont exiliado en Waterloo, comprometiendo la imagen internacional de un país que emergía de una crisis pavorosa al borde del rescate y se enfrentaba a una fragilidad política creciente, sin Gobierno estable, con un Rajoy cogido con papel de fumar que pocos meses después iba a terminar en la orilla derrotado por la censura de Sánchez.

La sentencia del procés es el pistoletazo de salida de la campaña electoral del 10-N. Y a juzgar por las reacciones, por la algarada promovida por Tsunami Democràtic en el Prat, si a la España de Rajoy le sorprendió un Quebec en mitad de la zozobra y la inestabilidad, a la España de Sánchez le acaba de brotar un Hong Kong en vísperas electorales. La sentencia ha sido calificada de histórica y modélica por los expertos en la cuestión. Visto el asunto desde Canarias, donde el conflicto catalán tiene un impacto relativo, es motivo de satisfacción que al juez paisano Marchena, ponente del fallo ejemplar, se le ponga por las nubes. Otra cosa es que la sentencia ponga las cosas en orden y haga borrón y cuenta nueva. Todo apunta a que el contencioso se va a agriar y la campaña agitará las calles y las tribunas hasta que las urnas dicten -a su vez- sentencia.

El hecho previsible de que los nueve condenados a penas de entre 9 y 13 años de prisión podrán volver pronto a casa en virtud del reglamento penitenciario catalán que pone en manos de la Generalitat el santo grial de la cosa -el tercer grado-, no hace sino avivar el fantasma de que la legalidad ha sido subvertida por las buenas o por las malas. Y ni la política de paños calientes ni las bravatas de Vox van a pacificar nuestro Quebec o mejor -dada la metodología de asaltar aeropuertos- nuestro Hong Kong.

Así que España, como decía Ortega y Gasset, está condenada a conllevarse con el conflicto catalán, a mortificarse en sus callejones sin salida. Lo dijo el filósofo en 1932 y sigue siendo tan válido en 2019 con sentencia condenatoria y nueva eurorden de detención contra el inquilino de Waterloo, que es como un sucedáneo de Assange. No fue rebelión, pero la rebelión se cuece en el clima tenso que sucede a la sentencia, tachada de venganza en las aguas soberanistas, donde nadan mejor los anónimos insurrectos de Telegram que los políticos constitucionalistas de la España en campaña electoral.

Los mossos emplearon ayer proyectiles de viscoelástica -definida como espuma con memoria-, en las cargas contra los hongkoneses que en tiempos preferían llamarse polacos, como gustaba decir a Vázquez Montalbán.

Esta historia interminable tiene un fin, un propósito, como lo tienen otros conflictos del mundo que adquieren un punto de máxima ebullición. Se corresponde con la idea rampante de generar focos de fricción en países que acreditan cierta normalidad democrática y económica.

Cuando los partidos más sensatos, sin exclusión, en España alcancen a ver que Cataluña y otros brexits tienen en común la finalidad de desestabilizar Europa, entonces el problema catalán se internacionalizará de verdad, pero no por sus reminiscencias de Quebec o Hong Kong, sino porque en ella y otras protuberancias territoriales lo que está en juego no es España, sino Europa.

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La noche de las grandes verdades

Cada edición de los premios Taburiente de DIARIO DE AVISOS nos regala momentos imborrables. En tan solo cinco años ya se ha mitificado ese factor sobrecogedor que después recordaremos siempre. Esta vez, una de esas reliquias la urdió sobre el escenario el pintor Cristino de Vera, que, en un estado de fragilidad extrema, caminó con dificultad hasta el estrado, tras recibir el premio, y pronunció un discurso testamentario: “Me da mucha pena despedirme de ustedes, mi tierra, del mundo visible”. Y contó con la voz grave de Leonard Cohen cómo está viviendo su desvivir, cómo “una luz rodeada de silencio” le conduce al último tramo de su existencia con una “alegría espiritual”. El pintor de 88 años que se hizo célebre retratando el esqueleto de la muerte y que se hizo místico viajando a la India en su juventud, desnudó su alma en los Premios Taburiente. El Guimerá enmudeció escuchando sus palabras monacales que, en el fondo, eran un salmo onírico, un canto monocorde del gran anacoreta irónico que fue siempre Cristino, al que sus amigos de toda la vida recuerdan estimulado por la idea de sentirse un hombre finito detrás de una luz inagotable. Esta vez, con evidente franqueza en su confesión pública, Cristino estaba agradecido a su manera de vivir el sueño de un acto en el que todo sucedía como en sus cavilaciones más íntimas a orillas de esa luz.
Veía que el escenario se dejaba envolver por hombres sabios como un botánico que describía el futuro como parte del arte de vivir y que parecía feliz transmitiéndonos su amor por ese mañana de un mundo que a todos nos inquieta tanto. Wolfredo Wildpret fue el primero en abrir en el acto el campo de visión de la isla al planeta como se debate estos días. Cristino (“un halo interior nos da una fortaleza extraordinaria”, dijo) recordó las noticias del incendio de Gran Canaria como una reverberación desde Madrid sobre los terrores isleños que agitan la conciencia, incluso, de vivir sobre volcanes, donde el Teide guarda secretos instintos bajo la tierra. Federico Grillo, el portavoz de los héroes del incendio de agosto, recordaba los vínculos humanos que se tejieron esos días al calor del fuego. “Sí, el incendio me alarmó”, contó el pintor con un hilo de voz. Cristino, lúcido como un niño, está cascado por fuera, dolorido de las piernas y débil de salud (como toda la vida estuvo), pero por dentro no hay nadie más vigoroso que él, capaz de mirar a los ojos al límite eterno y sentirse un hombre del cosmos que va en buena dirección. “La espina pincha fuerte y duele, es la tenencia de la vejez, de la larga y penosa enfermedad, pero vivimos en la niebla, en el desconocimiento de las cosas profundas y tenemos que aceptarlo”. Recogieron el premio los rescatadores del niño Julen. El ingeniero de caminos narró la improvisación genial del mecanismo para sacar al niño del pozo de Totalán, porque “en España no dejamos a un niño en el interior de una montaña”. “Entramos 140 hombres y salimos 140 padres que habíamos ido a buscar a un hijo, y al final se lo pudimos entregar, no como hubiéramos querido, a sus padres”, añadió emocionado el responsable de los bomberos.
En el almuerzo, Cristino me deslizó un papel con una reflexión sobre “la emoción más hermosa y profunda que podemos experimentar.: la sensación de que lo que es impenetrable para nosotros existe realmente, manifestándose como la sabiduría más alta y la belleza más radiante”. Un pensamiento de Einstein que lleva en el bolsillo para no perderse en el camino que transita. Los Gofiones habían cantado su brindis y recordado su medio siglo de travesía folklórica desde que Totoyo Millares los convocara en el Jardín Canario a una cita para salvar al timple y sus adláteres. Paco Montesdeoca desplegó por todo el teatro su sonrisa telegénica que no le abandona como un niño feliz. A Luis Gutiérrez, el congresista de los latinos en los Estados Unidos de América, se le aguaron los ojos recordando a sus padres puertorriqueños tratados en Nueva York como criminales, enfermos tropicales y otras infamias. “Mentian y mienten hoy sobre los inmigrantes”, gritó desde Tenerife para que lo oyera Trump, ante la atenta mirada en primera fila de un hombre enjuto asido a su bastón, sin barbas blancas, pero con aire de Whitman. “El odio no es bueno. El hombre tiene que volver a la bondad”, proclamó después Cristino sobre el escenario antes de recibir una ovación.
“A ver cómo sale este potaje”, bromeaba Carlos Gamonal con la vis cómica de Paco Montesdeoca y después de Aarón Gómez. Y le salió a pedir de boca, porque la noche era pródiga en personas sabias, geniales y humildes como él. Las palabras que brotaban entre música y humor tenían un mismo hilo conductor que nadie pergeñó y un halo sapiencial que Cristino define así: “Sin darnos cuenta hay en nosotros un soplo de divinidad”. Divina y apoteósica, Cristina Ramos cantó como una diosa y habló como una niña que se recordaba en el conservatorio con una trompeta hasta que cantar se convirtió en lo mismo que respirar e, ironías de la isla, para triunfar tuvo que ir al continente. Amid Achi Fadul interpretó su galardón como un contrato con la vida: “Si me porto mal lo tendré que devolver; siempre supe que para ser buen empresario hay que ser humilde y buena persona”.
Había muchas personas presentes que estaban ya ausentes desde mucho antes, desde el 20 de agosto de 2008. Pilar Vera, la conservadora de la memoria de las 154 víctimas del vuelo JK5022 de Spanair, las recordó alzando el Taburiente al cielo y fue portada al día siguiente de nuestro periódico. Cristino miraba también al cosmos en su alegorizacion como un masoreta recitándonos su último manuscrito. “El cosmos es infinito como nuestro yo; descendemos como los místicos antiguos al templo interior de nosotros, donde está la verdad”, dijo calmo y sencillo, y extenso como un verso de Whitman.
Quizá por eso, porque las galas de los Taburiente son otra cosa, una ceremonia de la vida donde se dicen verdades a veces tan profundas, Lucas Fernández recordó que la verdad hace libres a los hombres y a los periodistas. Y disipó todas las dudas. DIARIO DE AVISOS, desde el 26 de mayo, no está subido a ningún pedestal, sigue estando en la calle, entre la gente. Juan Luis Cebrián (toda una generación de periodistas se siente encarnada en él y en El País) resumió, como hiciera Pedro J. en la gala de 2018, los tres sentimientos que se habían dado la mano esa noche: “El esfuerzo, la solidaridad y el futuro, que son obra de todos juntos”. ¿Y todo esto pasó de verdad, incluido Cristino de Vera? De veras.

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Cuando se abre paso la Gran Coalición

A este periódico le caben unos cuantos honores que comparte con sus lectores más asiduos. Es una excelente atalaya donde otear el horizonte. Existe cierta inercia que opera como una aliada, la condición temporal, la antigüedad de un diario longevo que refresca constantemente su memoria. Pronto se cumplirán 130 años de la fundación de este rotativo que ha sido como un paraguas, ahora que nuestros lectores han merecido tan simbólico regalo. Una acogedora sombrilla de decenios y decenios, de generaciones y generaciones, a caballo de tres siglos. Debe de ser eso. Y, por tanto, lo celebramos. Con el paso del tiempo se gana en aptitudes, en reflejos para interpretar las cuestiones generales y unir cabos; solo así cabe estar ojo avizor y prevenido, que no es lo mismo que estar a verlas venir. Quizá esa facultad, que acredita la ciencia, explica que el Diario leyera sin equivocarse este partido que se acaba de jugar en la política canaria. Ahora asoman nuevas señales en el belvedere. Y de nuevo hay que estar atentos (los primeros movimientos de algunos actores resultan inquietantes, los estamos estudiando).

Este último trimestre de 2019 abona la tesis de que ha sido -y será- el año del acabose, una suerte de fin de fiesta de esta segunda década del siglo XXI, con su consiguiente pirotecnia de clausura. Se ha escrito y teorizado mucho sobre esta parafernalia de incidencias, desórdenes y crisis de un periodo que se cae y amenaza con romperse la crisma. Son nuestras cabezas; una insensata manera de hacer las cosas se abre camino y 2020 ya está a la vuelta de la esquina. O sea, el cambio de década es inminente. Y no será cualquier década.

Para esas fechas se pronostican cambios y mutaciones insospechadas hasta hace poco, que se convertirán en moneda de uso corriente. ¿Comenzarán en verdad a volar los coches sobre nosotros sin que corramos en busca de refugio? ¿Nos abrirá la puerta de casa un robot que nos superará en conocimiento y habilidades? ¿Será tan desconocido como dicen el nuevo mercado laboral, los oficios mejor remunerados serán otros y la mano de obra cualificada también será otra cosa distinta a la actual? Visto lo visto conviene preguntarnos si en estas modestas Islas seguiremos viviendo del turismo o nos están reservadas también algunas sorpresas al respecto. Dado que el jueves se darán premios Nobel a pares, acaso en el futuro se conserve la costumbre de premiar simultaneamente al mejor y la mejor de los autores de turno. Hemos cogido velocidad de crucero y creo que al menos en materia de igualdad 2020 será un año pródigo.

Tenemos en cuenta a los oráculos que avisan de esa crisis económica que se aproxima. Guardo esperanzas de que las Islas reviertan las estadísticas de la vergüenza. Hago votos por que los locos dejen de gobernar el mundo, dado que el virus se ha extendido y se impone dar con los antídotos, con una generación de mejores líderes y mejores personas que esta pléyade de hienas que deseo próxima a su final como la década que despedimos.

Vienen estos meses cargados de pruebas y desafíos. El 31 veremos si los amigos ingleses se quedan o se van o posponen el adiós. Estamos siguiendo el culebrón del impeachment y la distopía de la guerra civil de Trump. La guerra de aranceles. Los rusos, los chinos y Hong Kong. No nos vamos a aburrir. Pues nada nos deja indiferentes y hasta lo más remoto nos concierne. ¿Lo hemos visto todo? Evidentemente, no. Al día siguiente del 10-N se abrirá paso en España la Gran Coalición y una vez que gobiernen juntos PSOE y PP…, quién, cómo y cuándo reescribe toda la historia reciente de purgas y defenestraciones de quienes se desposaron con el PSOE para hacer posible el cambio. Cuando nadie daba un duro por las homilías de este periódico y preferían oír misa en otros conventos.

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La fábula

En los corrillos del nuevo Gobierno se preguntaban con sorna “¿y ahora qué nuevas desgracias nos aguardan?”, tras la mala racha de estos primeros cien días. El incendio del Ateneo de La Laguna tiene una impronta conexa con los otros incendios de agosto en Gran Canaria, que pusieron en guardia a la opinión pública ante la gran devastación. Aquella fue una alarma muy didáctica, que puso el listón alto, movilizó efectivos locales y nacionales y suscitó la sensación de que grandes peligros siempre se ciernen sobre las Islas y que conviene cubrirse las espaldas, poner las barbas de remojo al ver las del vecino arder.

La indefensión es uno de los síndromes inequívocamente insulares. Cuando se quema el monte pedimos una base de hidroaviones con la prioridad del necesitado; después, la ansiedad decae y nos concentramos en otro caldero al fuego. Venimos de una memoria lejana de miedos atávicos a los enemigos de dentro y de fuera. Cuando las langostas, las tormentas, cuando no los piratas… hemos contraído la costumbre de vivir con el miedo en el cuerpo. Cuando los volcanes, los incendios… asoma la introspección de esos miedos intrainsulares y consuetudinarios que forman parte de nuestra manera de ser asustadiza y osada, según la circunstancia y el momento. Ahora mismo estamos acobardados por cierta confluencia de fatalidades. El fuego impresiona en toda su expresión, pero, al cabo, limpia y rasura las brozas existentes.

De un modo u otro, determinados contratiempos como los sufridos estos primeros meses no son completamente ajenos al cambio político y social que experimentamos al mismo tiempo. La llamada herencia, que hemos visto citada con motivo de cuestiones muy diversas (desde la fiscalidad hasta la crisis turística) no es baladí, pues la política rige nuestras vidas en todas sus facetas y cada vez que dejamos de prevenir los peligros con los debidos planes de contingencia allanamos el camino a las adversidades. Digamos que las catástrofes locales que estamos presenciando participan del ocaso de un tiempo y ponen al descubierto las llagas de viejas heridas.

El Ateneo es un buen prototipo de un estado de dejadez acumulado durante décadas, respecto a la preservación de uno de los mayores patrimonios culturales e históricos de esta tierra. Algunas voces se han alzado con rotundidad. En su cuenta de Twitter, el historiador Álvaro Santana, al que en este periódico hemos escuchado lanzar advertencias descarnadas bajo un escepticismo institucional que era marca de la casa, anotó esta vez a raíz del nuevo incendio: “Arde el Ateneo de La Laguna. Esto lo escribí hace más de diez años: Más del 80% de las casas del casco histórico carecen de las más elementales medidas anti-incendios. Sigue sin hacerse nada.”

En el Parlamento, el mismo viernes que se derrumbó parte de la techumbre de tea del Ateneo, al parecer por un soplete al colocar tela asfáltica, la consejera de Turismo Yaiza Castilla empleaba el mismo tono dirigiéndose a la oposición, esta vez capitaneada por los mismos que gobernaban hasta el otro día en La Laguna y en Canarias. “Pregunté por el plan de contingencia ante la crisis de Thomas Cook. ¿Y sabe lo que me encontré? Nada”.

En la hemeroteca era indiscutible la reincidencia de apagones en las últimas décadas cuando Tenerife el pasado domingo sufrió un cero energético que nos transportó de golpe a la prehistoria de los tiempos analógicos y rudimentales. Topamos con la bestia un vez más. Tenemos mala memoria y a cada sobresalto parece que nunca sufrimos semejante percance. Pero, de inmediato, recordamos los mismos síntomas, idénticas escenas de pasadas ediciones de sucesos similares que nos habían ocurrido antes. En La Laguna se quemaron la iglesia de San Agustin en el 64 y la sede del Obispado en 2006. El casco histórico de la ciudad -decía el citado investigador Álvaro Santana de una manera muy gráfica y restallante- es una caja de fósforos resecos de más de 500 años de antigüedad. Lo prodigioso es que, ante la gran negligencia de las autoridades durante décadas de omisión no hubieran ardido más casas. El profesor Santana-Acuña, historiador por la ULL y doctor en Sociología por la Universidad de Harvard , nos declaró en agosto de 2017 que el patrimonio lagunero estaba mal gestionado: “A la alcaldía le preocupa sobre todo que las fachadas de las casas del centro estén bonitas y pintadas para los turistas. Mientras los grandes monumentos, los palacios e iglesias reciben la mayor protección, las casas terreras y el pequeño patrimonio están desprotegidos completamente.” En Marrakech, en diciembre de 1999, el Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO, concedió a La Laguna el título de Patrimonio de la Humanidad, como tribuo al valor de sus 600 edificios de arquitectura mudéjar y la trascendencia, incluso filosófica, de su trazado original de 1500 que permite hacer de ella una lectura a la luz de las artes de navegación como en una carta marina, un mapa de constelaciones. Todo ese embrujo pende de un hilo 20 años después. Constantemente nos asombra el poder benefactor del azar, que preserva sin apenas nuestro concurso los mayores bienes naturales y patrimoniales que poseemos y nos resguarda de mayores desastres a los que estamos expuestos por nuestra propia desidia.

Es una suerte de pacto con las leyes de la buena suerte, que inspiraran a Álex Rovira y Fernando Trías. El trébol de cuatro hojas. Pero en aquella fábula se nos instruía sobre el factor determinante de nuestras aportaciones y actitudes para favorecer de manera proactiva, es decir creando las condiciones y poniendo empeño de nuestra parte, al objeto de que las buenas cosas sucedan y nos sonría la fortuna. Lo sorprendente es que no hayamos sufrido mayores desdichas en lo económico y patrimonial y en nuestras precarias infraestructuras durante largos periodos en que no hicimos nada (como decían estos días el historiador Álvaro Santana y la consejera de Turismo, Yaiza Castilla).

La pasividad del canario confiado es proverbial. Pero estos incendios, apagones y thomas cooks, estos avisos a navegante nos vienen a alertar de que salimos de Guatemala y podemos caer en Guatepeor si no hacemos justo lo contrario de lo que hemos venido haciendo: en lugar de tantas veces nada, todo cuanto sea necesario y antes de que sea tarde.

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Draghi, que Dios te lo pague

A mediados de 2012 España era un país al borde de un ataque de nervios. En la Moncloa, Rajoy se encastillaba contra quienes le pedían que accediera al rescate europeo de la economía nacional. Un pétreo Rajoy, al que Merkel piropearía después por su piel de cocodrilo, comparecía ante los medios de comunicación, sin derecho a preguntas, para reiterar el primer no es no de la reciente historia política española. Y parecía fiar toda su suerte a un acto de obstinación que le había dado buenos resultados en otras encrucijadas de su laberinto en el poder. Fue Draghi quien acudió en su rescate.

El 26 de julio, en Londres, hizo la declaración que marcaría su presidencia en el Banco Central Europeo: “El BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente.” Palabra de Dios. La prima de riesgo, que había superado la temeraria barrera psicológica de los 500 y después los 600 puntos básicos, perdió de inmediato más de 50 y se situó, como primera estación, en los 560. La reaccion fue en cadena, el bono a 10 años también remitió, y una brisa agradable recorrió España de extremo a extremo y saltó a estas islas, que soportaban una crisis enrabietada, con niveles de paro y exclusión social verdaderamente alarmantes. (Italia, también asfixiada por la prima de riesgo, mejoró de aspecto ipso facto, gracias a la misma ventilación asistida del banco emisor.) Draghi los tenía bien puestos. Y le cogimos simpatía, como a una suerte de Papa de los mercados, con sentencias casi bíblicas de efectos balsámicos y milagrosos. Era el único líder ecuménico en medio de un patriotismo político excitado que reducía Europa a una ciudadela malavenida.

No era cómodo ni fácil su papel de gladiador solitario en medio de la mayor crisis colectiva que conocía nuestra generación desde la Gran Depresión del 29. (Recibimos la mala noticia del Sida en el 81 y la crisis 30 años después.) Draghi tenía fieras resistencias a bordo. Recuerdo hacer el seguimiento del pulso (no eran Messi y Ronaldo, pero sí adversarios titánicos) entre Draghi y el alemán Jens Weidmann, el terco presidente del poderoso Bundesbank, que a los pocos días de aquella declaración providencial del italiano en defensa del euro amenazó con dimitir si Merkel apoyaba que el BCE comprara bonos de la deuda de los países periféricos, como España e Italia. Weidmann, que sigue en su línea inmisericorde, decía que la compra de deuda crearía “adiccion”. Merkel, sostén de Draghi, sufría presiones muy fuertes que hoy explican los temblores que padece en público.

En los pasillos del Hotel Mencey, hace unas pocas semanas, camino de la entrevista con este periódico tras intervenir en el Foro Premium del Atlantico tras un año de su retirada de la política, Rajoy, preocupado entonces por el futuro laboral de sus hijos, se sentía orgulloso de aquella temeridad contra el coro de voces que le empujaban a aceptar la intervención de los hombres de negro. Aquel día que Mario Draghi dejó claro que iba a salvar el euro -y por ende a España – a toda costa, Mariano Rajoy, casi tocayo del italiano, respiró aliviado como un padre de familia. Nos dijo que estaba orgulloso de lo que hizo. Ahora que Draghi se retira el 31 de octubre, ambos tienen una cita pendiente para celebrarlo. El exministro Luis de Guindos, que permanece de vicepresidente del BCE, junto a la sucesora, Christine Lagarde, nos confesaba en el Foro del DIARIO, en 2015, que impedir el rescate era una cuestión de honor, y se extendió en revelaciones sobre aquel episodio trascendental.

Draghi, que nada más llegar al cargo en 2011 enmendó la plana a su predecesor, Trichet, y bajó los tipos de interés, ha vuelto por suerte a las andadas, fiel a su guion. Siete años después de lanzar aquel salvavidas, acaba de anunciar, para alegría de su némesis Weidmann, una traca de medidas de estímulo monetario para reanimar la economía de la eurozona, que no crecerá este año más del 1,1% -una décima menos de lo previsto-,mediante los mecanismos que están en su mano (la famosa manguera): bajará los tipos de interés nuevemante a la banca que deposita sus fondos en Fráncfort, con lo que tendrán que pagar aún más de lo que hacían por tener a buen recaudo su exceso de liquidez. Como hizo hace siete años, Draghi volverá a la senda de su programa de compra de deuda pública, que había suspendido en diciembre, con lo que se espera que el BCE adquiera 20.000 millones de euros a partir de noviembre, ya sin él al frente, sino en plena era de la elegante Lagarde, la mujer del fular de seda.

Que Europa vaya a crecer el 1,1 por ciento dice a las claras que la desaceleración ya está aquí, y con ella se resucitan los miedos a una recesión, que no será Gran como en 2008, pero sí tendrá consecuencias domésticas, ya no solo macroeconómicas. Este trimestre todo apunta a que Alemania confirmará la mala noticia que la eurozona teme tanto: salvo sorpresa, entrará en recesión.

El recuerdo de las palabras bíblicas de Draghi, al que tanto tiene que agradecer Europa, lo sitúa en la galería de unos escasos líderes que contribuyeron a salvar nuestro mundo en el desorden de las grandes potencias. Durante la Gran Recesión, el ministro de Finanzas aleman Wolfgang Schäuble mantenía la línea intransigente de la Alemania austeritaria. Alentó la expulsión de Atenas, contra la ira de su compatriota Günter Grass, que escribió aquel poema, La vergüenza de Europa, en contra de semejante herejía contra la madre de la democracia: “Sin ese país te marchitarás, Europa, privada del espíritu que un día te concibió”. Ahora que son los alemanes los que le ven las orejas al lobo, ahora que la ultraderecha amenaza la alternancia entre socialdemócratas y democristianos. Ahora que Merkel se va. Ahora que se van los ingleses. Ahora que solo viene la crisis…..decimos adiós a Draghi, que un día nos salvó. Le debemos una. Adiós, amigo.

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