El Atentado que cambió la Historia

En 17 años han cambiado las cerraduras del mundo. Los ciudadanos que asisten estupefactos al cambio sideral de las tecnologías tienen razones para creer que siempre fue así. Pero el 11-S de 2001 éramos felices e indocumentados, como decía el autor de Cien años de soledad. Cuando las Torres Gemelas cedieron al ataque de los aviones de Bin Laden no éramos testigos directos por televisión de un atentado más. Era el Atentado que cambió la Historia. En las montañas de Afganistán, el hijo de Alia Ghanem (la madre que ayer contábamos en este periódico cómo se siente tras la barbarie concebida por su hijo hace 17 años) engendró un monstruo que no ha parado de matar. Y los episodios sórdidos de atropellos y apuñalamientos salvajes en las calles de las principales capitales de Europa (el desgarro de las Ramblas y Cambrils) ahora pertenecen a un obituario corriente en los nuevos mecanismos convencionales del terror. Se fundaron hábitos execrables hace 17 años en el derribo de las columnas de Hércules de Nueva York; no éramos conscientes del ocaso que representaba aquel día para la historia de la humanidad. Vimos aviones con pasajeros a bordo que atravesaban los edificios como rayos de fuego y asistimos sin aliento a la exageración de las consecuencias: los miles de muertos, los testimonios inauditos de los supervivientes de una guerra instantánea en el corazón de la capital del mundo y el eco que nunca nos iba a abandonar de aquellas imágenes dantescas.

O sea que hay ya una generación que ha nacido después del 11-S. Esa huella quedó atrás, pero no en la zona cero del siniestro. Hemos tratado de olvidar las escenas que vimos, pero la tragedia que sucedió a tales acontecimientos fundacionales del Nuevo Odio ha terminado por convencernos de que somos, quizá para siempre, víctimas -todos- del 11-S. Y que quienes vinieran después ya no llegarían al mismo mundo que nosotros. Esta es la era que nació aquel día. En mitad de todos los horrores no es posible que surjan buenas noticias. Estados Unidos no se ha repuesto todavía, sus gobernantes han incurrido en el pánico y la desolación y hoy presenciamos la caricatura del amo del mundo, qué aspecto es capaz de tener diecisiete año después de perder la noción de sí mismo.

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Sánchez, cien días y hasta que el cuerpo aguante

Los cien días que Sánchez celebra ahora al frente del Gobierno no han tenido las genuinas luces y sombras de la ceremonia al uso, pues ha sido un tiempo mediático políticamente inédito en la cuarentona democracia (el joven presidente es el primero en besar el santo sin ser diputado y mediante censura o cesárea); ha sido una pirueta, una cabriola en mitad del Gobierno adocenado de Rajoy, y desde el 1 de junio, bajo todos los focos, fundóse de manera abrupta la política acrobática más riesgosa que se recuerda, en el filo del alambre, y con un toque de escapismo, a lo Houdine y Copperfield, cuando nos maravillaban sus leyendas de genios en fuga esfumándose bajo una nube de misterio.

Sánchez el equilibrista recuerda tanto a Zapatero, que tenía más efectivos pero bailaba también en la cuerda floja en la Cámara de Representantes,y recuerda a las postrimerías de Obama, que estaba a merced de una oposición republicana desestabilizadora. No hay nada en el debe ni en el haber propiamente dicho, salvo la ventana reabierta a la sanidad universal, que es un latiguillo de izquierda contra la cabezonada clasista de la derecha, ambos fieles al manual. Este es un periodo de aplazamiento y procrastinación, donde el éxito radica en mantener viva la llama, enganchado el espectador, en el prime time de la audiencia. El talento político de Sánchez es el de un programador en la parrilla de la oferta temática de la caja tonta. Ha descubierto que se mueve con acierto en la escaleta del menú de asuntos con tirón.

Programar la exhumación de Franco en mitad del avieso Parlamento, por carecer de diputados suficientes para sacar una ley, es de un indudable ingenio mediático como programador de ilusiones, de efectos especiales, de gags atrapaseguidores. Sánchez es solvente y envolvente en el rating político, que era la asignatura pendiente de Rajoy, el hombre plano del plasma. Prodigándose poco en ruedas de prensa, ha pasado cien días aparentando un contacto permanente con los medios, fruto de su facilidad para generar asuntos polémicos que le consagran como un magnífico proveedor de telediarios. En Estados Unidos veían las noticias de Walter Cronkite en la tele antes de irse a la cama, y en la España de Sánchez el presidente suelta palomas todos los días, las noticias del PSOE vuelan fácilmente, y no nos acostamos sin averiguar qué hay de nuevo sobre el viejo cadáver o el impuesto al diésel.

Franco tiene gancho y en términos televisivos se dice de un hallazgo como ese que “el tema vende” y se programa y de ahí los picos de audiencia. Obama se pasó todo un mandato sin legislar como marca la ortodoxia, pues carecía de mayorías en el Congreso, y se las arregló con decretos, pues sabía lo que le esperaba, un varapalo tras otro, como anunció a la periodista María Rozman, que hoy se incorpora a las páginas de este periódico para contarnos, precisamente, los entresijos de la Casa Blanca, que hay que ver cómo está si leemos (pronto en español) Fear (Miedo) del inefable Bob Woodward, sobre las paranoias y egolatrías de Trump, maestro fétido de fakes caído en su propio trampantojo. Sánchez tiene resiliencia, Trump tiene resistencia a bordo, según una tribuna anónima de un alto cargo de la Casa Blanca en The New York Times, que revela ahora que un grupo de funcionarios “resisten” contra los impulsos del presidente descocado evitando males mayores por el bien de la patria. El dislate americano es una metáfora real del desmadre que en Europa llamamos corrupción generalizada. En Estados Unidos la lacra se apoderó del poder y, por tanto, la corrupción pasó a gobernar. España se sacude la porquería de unos polvos que trajeron estos lodos, y a Sánchez le toca revolverse en esa ciénaga y salir impoluto con esmoquin para la fiesta de primavera, que es cuando hoy auguramos en estas páginas que convocará elecciones. Si, entre sus planes inconfesables, figura juntar las urnas en mayo, el totum revolutum electoral, España arde de rojo; Sánchez sabe que hará presidentes a una tanda de socialistas por las autonomías de media España, entre ellas Canarias. Y de ahí los nervios en CC, que lleva mal las encuestas y el moquillo de esa racha en contra por los meses que quedan de este cuarto de siglo en la gloria. Es que no es para menos. Y este tsunami Sánchez, que no gobierna pero se finge una suma de Zapatero y Kennedy obamantado trae a mal vivir a los rapsodas del régimen, que a ver a quién le cantan las estrofas allá por mayo, a la vuelta de la esquina, si han vendido el alma al diablo y después si te he visto no me acuerdo.

Gobernar para Sánchez ha tenido en estos cien días mucho de telegenia. Cuando precisamente venimos de teorizar sobre el cambio horario, conviene reconocer que el tiempo es la clave del mandato exprés de este mago con sus conejos en la chistera. Marcar los tiempos es determinante para este gobierno de la inmensa minoría, como decía el poeta de Moguer. Si la Ley de Estabilidad no sale por la vía de urgencia, Sánchez duerme el partido y pide tiempo. Es un buen encantador de serpientes, se rodea de ministros que caen bien, de pedroduques y marlaskas y de Meritxell Batet, y otros más sequerones y esquinados. Pero evita columpiarse en el tropo de la fama, como solía Zapatero, que hoy nos atiende en el DIARIO sin los rigores del talante que no lo dejaban romper un plato con la ceja. Zapatero ha venido a Lanzarote, como de costumbre, como Sánchez suele hacer a Tenerife y Merkel a La Gomera, como hizo Colón, que trae a colación América, donde ZP es un verso suelto del PSOE tratando de amansar la fiera Venezuela en las verdes y las maduras. Algo de ese estilo hereda Sánchez, hereje de los convencionalismos, que se parece más a Zapatero que a González y ha creado un género propio de en río revuelto ganancia de pescadores.

 

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Pablo Iglesias e Irene Montero, padres

Un episodio político doméstico, el de una pareja de líderes felices hablando de sus hijos, se convertía ayer en la manifestación humana de la política más sobresaliente de los últimos años de confrontación ideológica en España. Algunos de los dogmas de Pablo Iglesias e Irene Montero no han cedido por una rendición de conversos, sino por algo tan elemental como el amor de padres. Iglesias y Montero han agradecido a los reyes su preocupación, durante el trance de estos dos meses , por el estado de salud de sus dos hijos mellizos. Son republicanos -han proclamado-, pero se sienten en deuda con la monarquía, en el oxímoron más tierno de la democracia. Son ateos, pero muestran gratitud hacia cuantos amigos, adversarios y simpatizantes han rezado por que sus vástagos prematuros salieran adelante. Iglesias lleva ahora el apellido con ese condicionante. Como dice Paul McCartney -que asegura haber visto a Dios en un colocón-, “hay una parte de ti que quiere creer”. El líder y la lideresa del partido morado vienen de dos meses de retiro practicando la terapia del canguro, piel con piel, con Leo y Manuel, que son la cantera de la democracia para cuando quizá ya no haya partidos sino fuerzas sociales de otro cuño, y donde acaso las ideologías destierren los dogamatismos, los centros, las izquierdas y las derechas, y recuerden para entonces que a sus padres los sorprendió el destino conviviendo en la paradoja iluminada de velar por sus vidas de la mano de Pablo Casado, el rival del PP, cuyo apoyo habrá sido decisivo, en tanto en cuanto fue antes que ellos padre de prematuro y tenía todos los argumentos extraparlamentarios para convencerles de que los niños iban a sobrevivir. “Vamos”, se repetían los padres primerizos alentando el despliegue de sus bebés. Y ahora vuelven. Vuelven siendo padres, sabiendo lo que es serlo. Traen dos meses eternos de experiencia acumulada. Regresan mejores de que como eran. Siempre sucede.

La política es rabiosamente combativa. Esta tregua de dos meses en la guerra del Congreso ha concedido a la pareja de Podemos todas las verdades que la política -atravesada por una ira de hipocresía y doblez- les niega a los dirigentes. La sanidad pública funciona. Iglesias y Montero admiten sentirse orgullosos de la sanidad española y de los profesionales sanitarios que han salvado a sus hijos. La contractura de sus palabras reside en que solo tras salir de ese túnel de padres prematuros y ver la luz caben tales confesiones impensables en las batallas parlamentarias fratricidas, donde el credo tiene límites establecidos en cada partido so pena de excomunión.

La política tiene un déficit de humanidad clamoroso, que la ha endurecido hasta extremos insospechados. Hubo un tiempo en que los adversarios políticos se iban tomar el cortado juntos y luego se ponían de nuevo el mono de faena y tenían sus agarradas consuetudinarias. Últimamente, la crispación ha levantado muros insalvables entre los enemigos políticos. Se ha confundido la discusión ideológica y partidaria con el odio visceral. La escena de Carolina Bescansa, amamantando a su bebé en el escaño y pasándose al retoño en brazos hasta llegar a los dominios del más aniñado de todos, Íñigo Errejón, formó parte de la estética de Podemos en su irrupción en las Cortes, cuando el asalto al cielo era la consigna. Bescansa y Errejón hoy están en las cunetas del partido, pero Pablo Iglesias e Irene Montero han escrito esto al volver: “Algunos de los abrazos más sinceros, algunas de las palabras más hermosas y algunos de los consejos más provechosos” los recibieron de sus adversarios políticos. “Somos republicanos pero recordaremos que un rey y una reina llamaron para preguntar por nuestros hijos y que todos nuestros rivales políticos preguntaron con frecuencia cómo estaban”. O sea, la Transición quizá aún esté dando sus frutos.

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La hora de Franco

Septiembre no es un mes negro, pero se nos quedó grabada la muletilla de los años que se revelaron feroces en los conflictos más encarnizados desde que Septiembre negro secuestrara y asesinara a once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich, si bien quién nos iba a decir en los 70 que el de los palestinos era un terrorismo parvulario para lo que estaba por venir. Ahora es septiembre negro por otras razones aun no tan desalmadas, las de las terribles calendas de Cataluña, donde Pablo Casado previene para “no pasar de los lazos amarillos a los negros”. Instalados en esa tesitura, con la guerra psicológica y el fuego cruzado de los símbolos, ha vuelto a asomar la cabeza el artículo 155, como la de Franco, la de José Antonio y toda la tropa que estaba bajo tierra.

Dos coetáneos, Franco y Hitler, ya momificados en el curso de la Historia, rivalizan, sin embargo, en un inconsciente colectivo -que es un concepto con cien años de antigüedad-cada vez más consciente, antes de que se pierda la costumbre de regresar al pasado como método infalible para expiar las culpas y detonaciones de la democracia que amenazan con hacerla saltar por los aires. En Chemntiz, en la extremoriental Sajonia, las movilizaciones de la ultraderecha sonrojan y alarman a Merkel, pues ya en Alemania esa orilla de aguas negras, la AfD, se equipara en votos a la histórica socialdemocria (SPD). En España, Vox todavía no, pero ya crece.

En ese escenario de los lazos amarillos, que es el color prohibido de la mala suerte en el arte de Talía, y de la canarinha, y con esas cruces y sogas en la marquesina contra el rey se está tiñendo de sensacionalismo -de amarillismo y treta- la confrontación de los dos bandos, que es un estigma muy español aunque se vista de seda -amarilla, por supuesto-, mona se queda. Ahora España resucita el guerracivilismo como estridencia y recargamiento ornamental, género más del barroco que del rococó, pues las batallitas lucen mejor en los frisos apelmazados. La guerra es una recurrencia, el mito y el arcano. Hay una querencia y desafecto hacia la guerra civil, que agita las pasiones y desentierra hachas ya oxidadas. Remontarse al 36 sin haberse mamado la guerra y la dictadura convierte la nostalgia en divertimento, que es ahora mismo el riesgo de este revival o revirón.

España no es Alemania, pero allí saltan chispas con las pavesas del nazismo que guarda las reminiscencias en cajitas de Pandora. Vox sube en la militancia ultra y gana en porciones entre los fans del caudillo yacente. España se puede bifurcar, que es lo suyo, abrirse en canal y a la desbandada, pero no se radicalizará como en Alemania o en Italia, donde han vuelto de sus cenizas los viejos endriagos. España es de veces. Y Sánchez interpreta su papel. Esto me lo dijo un ex dirigente popular que voló alto y conoció el colmillo de la bestia en las tripas del Estado: Sánchez no debe legislar, ni tan siquiera gobernar, sino correr, ganar metros, hacer tracking, como los ejecutivos americanos persiguiendo a los animales para mejorar el olfato en los negocios, o trekking, prolongar las caminatas agrestes,subir y bajar montañas, dar largas a Torra, seguir atravesando las veredas y llegar, al fin, al Valle de de los Caídos, visitar la tumba del dictador, regresar al pasado sin condescendencia, que resuciten los fantasmas y vuelva el falansterio de las momias… Franco puso a España en hora con Berlín, para agradar al Führer y ahora Sánchez podría quitarle la razón y devolverla a Greenwich, que es la hora canaria, o sea, la que marcaba el reloj del comandante militar cuando salió de las islas para dar el golpe.

El joven presidente sigue el manual al pie de la letra. El abecedario político español no va de la A a la Z por este orden, sino empieza en la F y acaba, con el desorden, en la D, es un carrusel de Franco a la Dictadura, el viejo monólogo recurrente español. No se entendería Francia -que no tiene nada que ver con Franco- sin la pereza del cuento de Napoleón deportado en la isla de Santa Elena y los hitos de mayo y la revolución francesa; todo lo que Macron es viene de ahí. Y los alemanes reniegan de Hitler, como es su deber, pero lo sacan a pasear constantemente como nosotros a Franco ahora. Tiene su lógica, su aquello, se saca a los Santos y a los monstruos, o no hay Historia que se precie.

Franco viene como anillo al dedo, Franco providencial, caído del cielo para esta hora de bárbaros en las puertas de la ciudad como en la novela de Coetzee. Es el coco para la ocasión. El dictador resultaba esperpéntico en su modelado en miniatura. Los que le trataron asentían con la cabeza mecánicamente como si le siguieran el hilo, porque era inaudible. A otros les daba la risa, como a don Leoncio Afonso, que me contó la escena a los cien años con las sondas de la bomba de oxígeno prendidas de la nariz. Franco aguardaba empequeñecido con la edad en su despacho de El Pardo y el ujier avisaba una y otra vez que no tropezaran con la alfombra para evitar escenas. Afonso tenía ataques de risa y le dio uno delante del faraón.

Dice la profesora María Elvira Roca (Imperiofobia y leyenda negra) que está dispuesta a apostar que no exhumarán nunca a Franco, porque se acabaría el discurso y el recurso y de qué hablamos entonces cuando suba el pan. La memoria histórica fue una excelente idea de Zapatero. Felipe González desempolvó el Azor y dio una vuelta en el yate de Franco para regodearse en los tabúes de la derecha. ZP fue más lejos, amagó con levantar las cunetas y poner patas arriba el callejero. Sánchez regresa al recetario con lo del cadáver, que es como meter el dedo en el ojo al que se sienta aludido, y allá cada cual. Pero a Franco ya no lo venera nadie, ni tiene quien le defienda. Franco está enterrado en la desmemoria histórica. Para el fascismo que venga, Franco es de izquierda, eso es lo malo. Hay algunos que son más franquistas que Franco, como siempre hubo más papistas que el Papa. Pero en esencia está muerto, el hombre y su tiempo, el franquismo y el noventayochismo de la derrota de los coloniajes. Los dos síntomas han vuelto como la cizaña, de tallo ramoso, hojas estrechas y espigas anchas y planas cuyos granos contienen un principio tóxico: crece espontáneamente en los sembrados y es muy difícil de extirpar.

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Franco ha vuelto, quién lo iba a decir

Basta un vistazo superficial a los nuevos ejes sobre los que giran las preocupaciones más latentes de la gente y los políticos de este país para percatarse del salto que se ha dado sin darnos cuenta en eso que llamamos estado de opinión. Porque ahora España es eso, un estado de opinión, que dura lo que un café en la barra de un bar. Un demócrata curtido en la Transición se siente como aquel soldado japonés que fue hallado tras permanecer escondido tres décadas al término de la Segunda Guerra Mundial: desorientado, sin dar crédito a lo que veían sus ojos y con indudable inquietud por salvar su pellejo.

El ciudadano prototipo de este país en este tiempo es alguien profundamente desconfiado, que improvisa su lugar en el caos y se adapta a la moda del cambio de criterio por sistema, es un adicto a la constante contradicción, lo cual quiere decir que verá por encima del hombro al que venga con nostalgias, reclamando orden y concierto y un poco de coherencia. Decía Zavalita, en la mítica pregunta de Conversación en la Catedral, “¿en qué momento se jodió el Perú?”. La pregunta tiene su correlato español. Pero España no se jodió todavía, se está jodiendo, y será un proceso indefectible si no lo paran los dirigentes y cuantos tengan capacidad de influencia en la opinión pública -en el sentir general-, que era obra en otro tiempo del Ortega y Gasset de turno, pero ahora los filósofos ya no furulan, o no al nivel de sus mejores fastos. Si el españolito medio, como parece, asiste con cierta naturalidad al nuevo estado catastrófico de las cosas, donde se pregona sin medias tintas las ganas de Cataluña de “atacar” a España, y, de paso, el vivir para pisar las cabezas de los reyes, por mucho Shakespeare que se ponga a la marquesina en la boca del metro, algo inevitablemente patológico ha sucedido de golpe en este país, y del trauma no se ha salido bien.

A nadie se le esconde esta alteración de la mentalidad, producto de un frenesí del lenguaje y del dislate continuo de las declaraciones públicas de gobernantes en pie de guerra. Los descarrilamientos son permanentes. Es comprensible el equilibrismo en que se mueve el Gobierno, consciente de una minoría extremada que depende del exabrupto de Torra o los desafíos de Puigdemont como un pequeño Trump hibridado con Kim Jong-un, cuando no de las enfiladas de ese tal Salvini, ministro italiano del Interior, a propósito de quién es más facha expeliendo inmigrantes por la frontera. Es que están patas arriba España, Europa y los restantes confines del manicomio global. ¿Está mejor América, de norte a sur, de Trump a Maduro? Están todos como una chola, o los chalados somos los demás.

Viene esto a cuento del debate del estado de la nación: Franco. Tuvimos del franquismo una noción nación que se dejaba morir en el tiempo, como hemos vivido del ensueño de Europa hasta que ha estallado la realidad y esto es lo que queda, el cadáver de la musa de los padres fundadores de Europa, Adenauer, Monnet, Schuman, De Gasperi… A Sánchez le cabe hacer de la necesidad virtud y desenterrar unos muertos para enterrar otros muertos vivos. Le ha tocado al joven presidente interino lidiar con el muerto de Cataluña, que es un muerto que goza de buena salud y puede acabar con él si no destierra, como dice Luisa Castro, a Franco. La alcaldesa de Güímar se ha subido a esa parra porque en el pandemónium nacional se han roto todos los diques. Ni la Transición fue tan buen invento, a ojo del nuevo dogma que se abre paso, ni la independencia de Cataluña es una parida a poco que se le deje en vuelo libre un rato más. Franco era un tema tabú, cuando el euro enterró a la peseta. Ahora es una moneda de cambio, una fuga más del sistema, que hace aguas por todas partes.

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Un andar solitario entre la gente

Los caminantes de raza eligen campo o ciudad. Román Morales ha recorrido buena parte de América y de África a pie, optando por las montañas y los ríos, las llanuras y los barrancos, las selvas y los desiertos. Y leer su libro épico de nómada y fedatario, su estela de huellas libres sobre el techo del cinturón de fuego del Pacífico, Buscando el Sur, es una gozada de los sentidos, del olfato y los ecos, del deleite de mirar hacia abajo tocando las nubes y de acartonar la piel, mudar los rasgos del rostro en contacto con otro aire, otra luz y distintos modos de anochecer a la intemperie. Otro es César Sar, que da vueltas al mundo como un predestinado; vendió la casa y se echó a andar entre 7.000 millones de semejantes en busca de la identidad del hombre global de este siglo que se esparce por islas y continentes y mares y cielos cada vez más espaciales. Es nuestro Rodrigo de Triana , nuestro vigía avistando nuevos mundos. Cada viajero es un centinela del pequeño cantón del que procede, porque la isla va a todas partes con nosotros (“siempre soñé que me había ido de la isla, pobre de mí, jamás se va uno de la isla”, escribió Samuel Becket, que se fue a París agobiado de Dublín, y nunca paraba de caminar, a menudo en compañía de su amigo Giacometti). Nuestro César vive subido a su globo, a la usanza de los mitos de Julio Verne, que compartía la afición con Edgar Alan Poe. Viajar y caminar son indisociables, pero la manía de conocer los sitios de una manera peatonal y obsesiva, personal e intimista, es muy propio de oteadores genuinos, como estos que cito y valoro.

El arte de andar las ciudades requiere parsimonia, ser indagador y tener capacidad de auscultación. Antonio Muñoz Molina tiene estas facultades adiestradas; las puso a prueba en Ventanas de Manhattan y en continuas incursiones literarias o periodísticas que le llevaron a deambular, tomar notas y escribir, desde que lo conozco, en aquel debut como El Robinson urbano, hace más de treinta años, cuando compiló unos artículos muy detallistas y vagabundos en el Diario de Granada. Ahora ha vuelto a ejercer ese papel de torrero y paseante con una vocación de excursionista estimulada por escritores célebres que hicieron camino al andar. Molina salió del Mencey a dar una vuelta y abrazó los árboles del parque García Sanabria; fruto de ello, escribió un emocionado artículo en El País Semanal como si hubiera conocido a los mejores vecinos de la ciudad. Como dice Carlos Schwartz, se agradece la sombra de lo árboles en las aceras donde calienta el sol, como en la malhadada Méndez Núñez, que vuelve a estar de cesárea. Cousteau, al irrumpir en Santa Cruz por la Rambla (antes de que se le exhumara el nombre de Franco), nos contó que era como una miscelánea de Broadway y otras ciudades con vegetación que había conocido. Neruda tomó tierra en el muelle de Santa Cruz y se sentó con sus anfitriones en Los Paragüitas; no prestó atención a ningún detalle visual de los que se mostraban ante sus ojos, ni las montañas de Anaga, ni los jardines de la Alameda del Duque de Santa Elena, que habrían atraído la mirada de Molina a buen seguro, sino se fijó en el acento que escuchaban sus oídos: “Fíjate, Valdés, hablan como nosotros”. En América me han dicho que tenemos el mismo cloquío chileno, o sea que el poeta creyó estar en su tierra. No hay nada como viajar, andar, conocer, oír de primera mano cómo suenan y son los distintos sitios.

Muñoz Molina se echa a la calle a captar sonidos, imágenes, palabras sueltas, escenas a priori irrelevantes, que le han servido de argumento para escribir ahora casi 500 páginas, hasta llegar a pie a la casa de paredes pintadas de blanco en el Bronx, donde vivió Poe. Ha vuelto a su rol de Robinson urbano, cuando lo descubrí en un libro casi de bolsillo con sus crónicas libérrimas, ingenuas y periodísticas, antes de seguirlo durante más de decenios literarios de obras promisorias que lo han ido consagrando hasta la antesala del mismísimo Nobel, donde aguarda con opciones a la doble entrega de 2019, porque nunca se sabe. Ha sido fácil afiliarse a la prosa de Molina, hacer su mismo viaje narrativo y periodístico, leer su Jinete polaco con la misma voluntad de sosiego que sugieren sus artículos de prensa y cada audacia literaria de su cosecha como la inclasificable Sefarad o Un andar solitario entre la gente, que es la obra que ahora tengo entre las manos recién salida del horno de este Proust español. Molina y Elvira Lindo forman la pareja literaria más confortable de las letras de este país. Pocos autores compensan tanto a sus seguidores como este jienense que conoce tan bien Canarias. Fue el primer lector de nuestro Canto de las Afortunadas y hasta de nuestros Sueños de fútbol, y siempre fue generoso y motivador. Tengo a gala haber leído todo lo que ha escrito Antonio Muñoz Molina, ser un libador dichoso de una literatura escanciada lentamente, con trabajosa precisión y talento.

Aquí cuenta que De Quincey vagaba por las ciudades a impulso de fiados, y que olvidaba a menudo que tenía mujer e hijos, alquilaba habitaciones que atiborraba de papeles, de ciudad en ciudad, escribía de día y caminaba de noche, dejando sus impresiones de Londres o Edimburgo o Liverpool o Glasgow plasmadas a contrapelo en diarios compulsivos, con los que huía sin pagar. Algunos poetas amaron sus ciudades cosmopolitas como si les perteneciera por entero como el reducido espacio de su propia casa. Es difícil imaginar Lisboa sin los desasosiegos de Fernando Pessoa, que callejeaba su musa y ciudad al mediodía, cuando tenía dos horas libres en el trabajo para almorzar a solas. Otros escribieron sin siquiera sentarse, como Baudelaire, que componía versos caminando y era lector y traductor de Poe, cuyo fantasma seguramente habitaba su casa del Bronx, último tramo de este libro, que más que escrito ha sido caminado como la Alcarria de Cela o el Cuaderno de godo de Ignacio Aldecoa. Cuando últimamente viajo en guagua compruebo que el pasaje va ensimismado con los cascos oyendo música y sin ojos para otra cosa que no sea el móvil. Debo de parecerles un bicho raro, cuando reparo que soy el único a bordo que va leyendo un libro. La guagua dejó de ser un lugar de encuentro. Ahora es un mero conducto con asientos que nos transporta. Me bajo en la parada y ando. El caminante es un ser solitario entre la gente.

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Los pósits de verano

En la solapa de este verano hay varios pines como pósits a modo de recordatorio pegados en la puerta de la nevera. Uno de ellos -genuinamente canario- es la probabilidad de microalgas o cianobacterias. Casi como un estribillo, coreamos que el aumento de la temperatura del agua, la calma del mar, la ausencia de alisios y el polvo en suspensión o calima son el cóctel perfecto para que irrumpan las trichodesmium erythraeum, que el verano pasado cobraron fama en las páginas de DIARIO DE AVISOS y desataron un debate científico-político enfebrecido como pocos. De modo que en la cornucopia de escándalos mediáticos de más o menos reciente memoria por estas islas, mencionaríamos de corrido las manifestaciones universitarias de los años 80; la protesta contra el tendido eléctrico en Vilaflor de 2002; la crisis de los volcanes de 2004; la polémica del puerto de Granadilla a finales de la pasada década; la guerra del petróleo (2012); la erupción submarina de El Hierro (2015), y la controversia sobre las microalgas y el absentismo del Gobierno en el verano de 2017. Tan presente está aquella estampa de los mares defecando y el tufo de la porquería, que el inconsciente colectivo teme ahora a la par, cuando llega agosto, los incendios forestales y la mierda en las playas. Eso lo tenemos clavado con un pin en la frente. La gente está todavía con la mosca detrás de la oreja jurando en arameo por la inmundicia que se arroja a la costa cada día en Tenerife con los 57 millones de litros de agua sin depurar al mar. Tal cosa, sin embargo,sucede sin que se pongan coloradas las autoridades. Nuestra infinita paciencia acaba de ser elogiada irónicamente por la presidenta del Defensor del Paciente, Carmen Flores López: si a ella le dieran cita para el médico para 2021 dice que se iría directa a los juzgados. No somos estoicos, sino estólidos. Y gobernarnos es un chollo: ponemos siempre la otra mejilla.

Si las fuertes temperaturas no se esmeran esta vez, acaso cerremos el verano con mejores estadísticas en golpes de calor, que son el azote de una población envejecida como la nuestra. Y a propósito del abuelo, con un poco de suerte -o quizá necesitemos mucha- este año se le cae cara de vergüenza a la prole y no abandona a los progenitores en hospitales y gasolineras, según la leyenda urbana -y no tan leyenda- de semejante método familiar de soltar lastre de la vejentud para salir de vacaciones.

El verano es displicente y cruel. Si no estás bronceado, eres un paria. Y el moreno albañil delata al currante. Ahora dice la policía que se ha disparado la criminalidad por estos lares (violaciones y homicidios), lo cual describe todo un laboratorio sobre las raíces del odio humano y la psicopatología. Se nos ha acidulado el carácter de un tiempo a esta parte, somos más cascarrabias e irritables; a la primera saltamos, del volante a degüello como ilustran continuas entregas de vídeos que descubren nuestra faceta bronquista.

No cité en el baremo de verano de los debates más sonados en las islas la crisis migratoria de 2006. No fue una polémica, sino un drama humanitario. Y es cierto que en este verano, con el buen tiempo y la vista gorda marroquí, las pateras y cayucos han vuelto a la primera página de este periódico, como antesala de la noticia. Pues fue el ministro Marlaska el primero en poner la venda antes que la herida desde Mauritania: si cierran las rutas del Mediterráneo, las mafias volverán a abrir la del Atlántico. Canarias un día -hace doce años- trenía un cementerio en el mar. Todo viene y va por ahí, aunque aquí vivamos con la mente abducida por la tele, creyendo vivir en un continente.

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Quince años a sangre y fuego

Cada época contiene rasgos de coherencia y así pasamos de un periodo a otro. Y hay que tomar distancia, como en una foto aérea, para ver las coordenadas de cada ciclo. Así, un día sabremos qué caracterizó la presente etapa que estamos transitando o desandando. Este baremo de verano invita a desempolvar ciertos hechos, personajes y tramas que tienen una estética propia y una literatura y dramaturgia por hacer de género negro. Recuerdo que el novelista Jordi Sierra i Fabra escribió una ficción política de las islas, En Canarias se ha puesto el sol (1979, Premio Ateneo de Sevilla), donde nos metía, sin conocernos, en el elenco de su narración. Cuando, al fin, nos encontramos contó que la historia la había armado con ayuda de nuestra corresponsalía en la prensa nacional. Y el retablo de aquel momento -los aguerridos años 70- era, en efecto, una novela de acción y terrorismo, de atentados y revueltas callejeras. Éramos canarios alzados. ¿Qué mosca nos había picado? Fabra interpretó esa secuencia temporal, en verdad atravesada por una misma ráfaga de agitación, que hizo de las islas, por esa vez, un volcán. Volcán nos decía Eliseo Bayo en la revista Interviú, donde se asomaba con frecuencia Antonio Cubillo arengando desde Argelia con más énfasis y humor que Puigdemont desde Waterloo (estos dos exilios merecerían un tratamiento aparte). Cubillo tenía, además de audacia, un don innegable para magnificar el potencial de sus efectivos. Engañó a Gadafi, a Hassan II y a Adolfo Suárez, pero no a Bumedien, y sí a todos los poderes fácticos españoles, incluido el Ejército, que se tragaban los anzuelos que lanzaba desde la radio. Cuando supieron que pensaba viajar a Nueva York a plantarse en la ONU, tomaron la decisión de matarle en Argel. Sobrevivió a los sicarios y solía mostrarnos con sorna la cicatriz abdominal de su cesárea de guerra postrado en una silla de ruedas con el espinazo roto.

Esto sucedía en aquellos años setenta que, como digo, eran de sangre y fuego, cuando este pueblo contrajo la rabia. Lo que se despachaba en las islas entonces eran noticias de crónica negra, como el secuestro y asesinato del tabaquero franquista Eufemiano Fuentes, que casi me cuesta un disgusto personal. No se me ocurrió otra cosa que comentar con testigos mi hipótesis del caso que nadie lograba resolver: El Rubio debió de contar con algún cómplice en el chalet de Las Meleguinas, incluso sugerí una persona sospechosa. Pronto se especuló que el industrial simuló un rapto para desaparecer, asegurar la póliza del seguro y evitarse cualquier ajuste de cuenta si la democracia tomaba represalias contra elementos como él, exintegrante de las brigadas del amanecer de la guerra civil. La policía, que estaba ciega, quería verme y yo los rehuía en madrigueras distintas cada noche -cometí esa idiotez-, hasta que me quedé sin guarida y concerté una cita con testigo, me creyeron y me dejaron marchar. Sin embargo, cuando años más tarde, fui a Hoya de San Juan (Arucas) a entrevistarme con la hermana del mítico Ángel Cabrera Batista, El Rubio, preso en Salto del Negro, mi curiosidad se vio agrandada. Ya antes, el abogado Limiñana me había deslizado algunas suspicacias sobre el delincuente más buscado de las islas, que tras huir más de una década entre continentes, mientras la leyenda urbana suponía a Eufemiano vivo y coleando en América, se entregó a la policía y fue condenado sin abrir la boca.

Aquellos años tenían una lógica visceral. Fue la racha en que la policía, buscando a El Rubio, acribilló a balazos en Somosierra al joven Bartolomé García Lorenzo, y un guardia civil acabó en La Laguna con la vida del estudiante Javier Fernández Quesada en la puerta de la universidad.

Muchas veces me he preguntado por qué se desató aquel aquelarre en la segunda mitad de los años 70 (en el 76 cayeron Eufemiano y Bartolomé; en el 77, Quesada, y en el 78, Cubillo casi la palma). Quizá porque eran años de Transición y Sahara y brotó la Canarias profunda.

No fueron cinco, ni diez, sino quince años de polvareda (del 76 al 91). Tardó en hacerse la calma. Y, de pronto, venían a solazarse magnates y atracadores, cuando no líderes famosos de sectas. Tengo esos años documentados. Nada ocurre sin la lógica interna que sugería al principio. ¿O fue por casualidad que John Palmer, el joyero inglés, dejara su piso en Bristol y se fugara con la familia al sur de Tenerife, antes de que la policía lo detuviera como cerebro del robo del siglo? Palmer se acordaba de mí, años más tarde, no olvidaba cómo lo descubrí de incógnito en un hotel y nos dio la exclusiva para España en El País. “Tú sigues siendo periodista y yo ahora soy un gran empresario”, me embromó en su despacho, poco antes de ser condenado, encarcelado y asesinado en el jardín de su casa. ¿Por la misma regla de tres, vino por azar el artista vienés Otto Muehl a la finca de El Cabrito, en La Gomera, con su famosa comuna hedonista y su atelier de Van Gogh desde Centroeuropa a estas tierras meridionales, en la que abusaba de niñas quinceañeras y organizaba happenings para invitados y autoridades, hasta que fue condenado en su país a siete años de prisión por pederastia y murió en Portugal ya octogenario? ¿Qué extraño imán atraía a las islas a personajes célebres predestinados a un trágico desenlace?: Robert Maxwell, el magnate de la prensa británica, adornado de un halo de espionaje por sus vínculos secretos con el Mossad,vino en su yate Lady Ghislaine a morir a estas aguas. Cenó en el Mencey -olvidó la chaqueta y el sommelier se la acercó a la puerta-, era un hombre corpulento, perturbado: lo vieron discutir acaloradamente por un Motorola y cuando su cuerpo apareció flotando boca abajo en el mar, con una oreja herida, nadie se creyó la versión oficial de la muerte por infarto. ¿Fue una sarta de coincidencias (Palmer vino en el 85; Mühl, en el 87, y Maxwell, en el 91) que el hampa y el crimen nos visitaran? Acababa de estallarnos el turismo en la cara, y no estábamos acostumbrados a la explosión del dinero.

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El avión que lleva el problema a bordo

El 20 de agosto de 2008 se estrelló un avión en Barajas al intentar despegar con destino a Canarias con numerosos paisanos a bordo. El accidente se haría inmediatamente famoso y el vuelo JK5022 de Spanair pasó a ser una muletilla en boca de periodistas, políticos y víctimas, como tantos numerónimos que se nos quedan grabados como la huella de un recuerdo funesto en nuestra mala memoria. A Pilar Vera, la mujer que reclutó Adolfo Suárez en los años turbulentos de la Transición, no le arredran los desafíos. El otro día se enfrentó a la exministra de Fomento Magdalena Álvarez y le espetó en la cara, a la salida de la comisión de investigación: “Usted nunca debió ser ministra”.

Cuando uno se adentra en las anomalías de aquel vuelo del MD-82 que segó la vida de 154 personas, comprende que hemos topado con la Iglesia de los aviones. Es un aparato de la McDonnell Douglas, o sea de Boeing. Esa clase de imperios maneja contratos siderales en el país que es amo del mundo y despachan tanto aviones civiles como militares. No hay manera de que den el brazo a torcer y admitan errores de fábrica, que acepten por qué diablos en sus naves no se despliegan siempre de manera convencional los flaps y los slats, y por qué no sonó la alarma TOWS para advertir de ese fallo determinante que explica la pérdida mortal del avión aquel 20 de agosto del que ahora se cumplen diez años sin que se haya esclarecido el cómo y por qué de la mayor tragedia aérea en España en los últimos 25 años. En esta isla, donde del ránking de decesos por este medio mejor ni hablar, escuece el silencio y hasta el ninguneo sistemático de las autoridades nacionales ante un caso que les distrae de los bombos y platillos.

El JK5022 es esa piedra en el zapato del gobierno de turno, como lo fue el accidente del Yak-42, que se cobró las vidas de más de 60 militares españoles que nunca regresaron de una misión en Afganistán y Kirguistán. La torpeza del gobernante es dejar correr el tiempo con la esperanza de que las familias de las víctimas terminen desistiendo, porque el desánimo es el arma disuasoria del dirigente opaco. Todos conocemos casos que mueren en el camino pese a los muertos de carne y hueso que no merecían el olvido ni la desidia burocrática de la Administración. Pero las huestes de Pilar Vera se han revelado insensibles al desánimo. Con la contumacia de esta mujer no contaban los ministros, ni la Boeing, ni las compañías de seguro, ni los abogados de aluvión que han tratado de trocear y mercantilizar la causa común de›los damnificados de esta tragedia. Hay sitio para la poesía y las canciones y las flores y los monumentos y los discursos y los brindis al sol. Que no le den más vueltas. Este caso que investiga el Congreso, tras diez años de abulia y desinterés político, no cesará hasta que se haga la luz en los últimos recovecos del fuselaje de la verdad.

No vale tirar balones fuera, despejar lejos el meollo de este accidente con el recurso de manual del famoso error humano. Aquí hay pastel. Los expertos admiten en privado los defectos de fabricación de estas clase de aparatos, que ya ha dado otros sustos en otros aeropuertos con resultado similar (muertes masivas) o desenlaces milagrosos tocados por la vara de la suerte. En Lanzarote se registró una de estas cabriolas que ahora poine la piel de gallina. Pero lo grave no se reduce a los siniestros acecidos y debidamente documentados, sino que se acrecienta el temor de que la desgracia se pueda repetir en cualquier momento.

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Hay ángeles anónimos no solo en Nueva York

Luis Rojas Marcos bautizó como ángeles anónimos a los redentores espontáneos que se aparecieron el 11 de septiembre de 2001 tras los atentados terroristas que derribaron las Torres Gemelas. Al final de su artículo en El País, Ángeles anónimos en Nueva York, escrito bajo un velo de miedo que cubre al instante a todo superviviente de una catástrofe (y le acompaña de modo latente toda la vida), el psiquiatra que dirigía el Sistema de Sanidad y Hospitales Públicos de la ciudad de los rascacielos menciona a Ana Frank, la adolescente que a las puertas de una muerte segura en el campo nazi de concentración de Bergen-Belsen, en marzo de 1945, no tuvo inconveniente en escribir estas palabras: “A pesar de todo, creo que la gente es realmente buena en su corazón”. Sobre la bondad y sus detractores hay sobrados argumentos en una época pródiga en malvados como esta. Pero Rojas Marcos nos trató de convencer, y así lo hizo cuando lo entrevisté años más tarde sobre su experiencia bajo la nube de polvo de los escombros del World Trade Center, acerca de una caridad hereditaria con los genes del bien común en el ADN de los seres humanos. Por circunstancias bien distintas, el economista austriaco Christian Felber, fundador de la Economía del Bien Común (en octubre se cumplen diez años de su origen), también me cubrió de razones para abogar por una suerte de capitalismo bueno.

Todo es opinable hasta que un fatídico suceso tira por tierra nuestros cánones de confort y nos sorprende la percepción real de la muerte. En los escenarios extremos es donde tienen sentido los ángeles anónimos de Rojas Marcos en su lúcido texto sobre unos hechos de los que el próximo mes se cumplirán 17 años. Cuando se derrumbó la primera Torre y el psiquiatra quedó atrapado con un grupo de personas en la ratonera de polvo sin luz, bajo una “confusión angustiante”, se les apareció un individuo desconocido con voz serena y decidida que los guio con una linterna providencial dejando atrás los cuerpos sin vida que encontraron a su paso.
Al día siguiente del incendio de la Residencia de la Candelaria, alguien pegó en la pared una hoja cuadriculada que daba las gracias a los profesionales sanitarios por la evacuación de la víspera. En la web y las redes de DIARIO DE AVISOS se multiplicaron enseguida las muestras de reconocimiento para quienes socorrieron a los enfermos. En el compendio de los testimonios que reprodujo este periódico, se alude a un despliegue de “superángeles anónimos”, de “héroes anónimos sin capa”. Esa noche quiso el azar que estuviera de guardia un médico especializado en emergencia. Las escenas que relatan los testigos y las fotos que vimos al día siguiente permiten la licencia de pensar en milagros y ángeles anónimos. Hubo entre ellos un paciente enloquecido, que estaba inmovilizado, y que con las manos libres tras saltar las alarmas se empleó a fondo en las tareas de socorrer a los enfermos encamados o impedidos en sillas de rueda. Fuera cierta parcial o totalmente esa historia, merecería serlo, porque ilustra la locura filantrópica que aparca el instinto de supervivencia para ayudar a personas desconocidas como a seres queridos.

Así son los ángeles anónimos que describe Rojas Marcos en el infierno de Nueva York, bajo una especie de neurosis que empuja en tal sentido a los benefactores de incógnito, como sucedió en las Ramblas de Barcelona el 17-A, hace un año. Una de las enfermeras de La Candelaria relata que cuando el fuego se adueñó de la zona de urgencias pediátricas, una densa nube de humo negro impedía ver, así encendieran las luces de los móviles. Hubo exceso de asistencia sanitaria en las horas posteriores en mitad de la calle, a donde fueron desplazados los enfermos, y pronto se improvisó un hospital de campaña en la vía publica. El common good, el famoso bien común que desmiente el codazo y la animadversión rutinaria, se manifestó la noche del lunes en Tenerife, y no tuve más remedio que regresar al buen criterio kantiano de Rojas Marcos sobre la bondad ontológica, genética, innata de este Homo cruentus una vez dentro de la zona cero del drama.

Hubo superávit de médicos en La Candelaria por el número de voluntarios que se ofrecieron a echar una mano. Las ONG como Cruz Roja son auténticos ejércitos de esos ángeles custodios, y las muestras de generosidad no cesaron en toda la noche. Hace diez años (mañana se cumplen) llegué a un aeropuerto, de regreso de América, donde acababa de estrellarse un avión, con el resultado de 150 y tantos muertos. Era el vuelo 5022 de Spanair, un McDonnell Douglas, que no logró despegar con éxito de Barajas con destino a mi tierra. Los familiares de las víctimas permanecen unidos por eslabones inseparables de recuerdos comunes que vencen el olvido, y no hay gobiernos ni desidias institucionales que rompan esa cadena. Exigen justicia y memoria sin paliativos. En Perú, un mes de agosto como este de 2007, me sorprendió la vivencia cercana del altruismo tras un terremoto, con centenares de muertos y viviendas destruidas. No se cree si no se ve, pero el ser humano se transforma, entre lo propio y lo extraño, y se rebela con ira ante el mínimo sabotaje en mitad de la confusión.

En las horas aciagas que vivieron los herreños durante la erupción submarina de octubre de 2011 (pronto serán siete años de aquel volcán escondido), se sucedieron demostraciones de solidaridad entre los vecinos de La Restinga. Todos guardamos imágenes de héroes anónimos en incendios y catástrofes. Y en la isla, en Estados Unidos o en el fin del mundo los ángeles más carismáticos son los bomberos, como Jonay, el primero que llegó a La Candelaria, donde buscaron a un niño debajo de las camas. Veo fotos de bomberos cargando equipajes de vecinos durante la evacuación de los edificios bajo el puente de Morandi, que colapsó el martes en Génova. Un día antes, en La Candelaria, nos hicieron olvidar aquella acción de protesta, en diciembre de 2005, cuando irrumpieron en el vestíbulo del Cabildo con bengalas y extintores. Son los héroes favoritos de los niños, y acudieron a sofocar el fuego en las urgencias pediátricas para mayor gloria del cuerpo capaz de las mayores hazañas.

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