La ínsula y la península de Saramago

La pluma de José Saramago irradiaba frases lapidarias. “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”. Tenía la vena de un prosista sentencioso. Cada novela suya era una parábola que escrutaba el alma del mundo, de los seres vivos y de los muertos, hablaba y escribía como si no estuviera en paz. “En Lanzarote”, me dijo, “está por todas partes el fantasma de César Manrique”. En su casa de Tías, donde me recibió al poco de instalarse en la isla de Manrique, abordó el tema, su condición de exégeta del hombre, de pensador apesadumbrado y, en fin, de poeta amargado por la fealdad de su tiempo. “Me dicen los amigos que parezco un gurú más que un escritor al uso”, comentó como un efecto antes que un defecto. Tenía todas las obras cortadas por la misma tijera, lo que decía el mensaje de esas páginas, no era agradable. Saramago era un anacoreta. En la isla escribió La caverna, Todos los nombres, El hombre duplicado o El viaje del elefante y todas sus demás novelas últimas. Pero escribió sobre todo una, Ensayo sobre la ceguera, que describe el espanto de una sombra colectiva, una sombra blanca: “ciegos que, viendo, no ven”. “No es que sea pesimista, es que el mundo es pésimo”, se defendía, y apostillaba: “Los únicos interesados en cambiar el mundo somos los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”.

La proeza y la pobreza de su vida eran, en verdad, prodigiosas, pues Saramago (el apellido que le adscribió el funcionario del registro civil a partir del apodo familiar de la planta silvestre Jaramago; eso que llaman un lapsus calami, un error de pluma) provenía de una humilde familia campesina que apenas tuvo recursos para darle unos estudios técnicos incompletos, y sus trabajos solo pudieron ser literarios y periodísticos tras pasar por una herrería y una plaza de administrativo. Era un trabajador. Después lo fue de las letras. Aquellas palabras sobre el hombre más sabio estaban referidas a su abuelo materno Jerónimo, el analfabeto del que aprendió a contar historias cuando dormían al raso bajo una higuera en su pueblo natal, Azinhaga, en la provincia del Ribatejo (Portugal). Era un heredero agradecido de esa sabiduría autodidacta. Nos contó aquella tarde en su casa que sus raíces estaban depositadas allí, en los árboles que su abuelo abrazó un día llorando para despedirse cuando previno que la muerte venía a por él. Saramago era hombre de pueblo; había arado la tierra, pastoreado y cortado leña para la lumbre del hogar. Y las palabras citadas las dijo al principio del discurso de recepción del Nobel de Literatura que le concedieron hace ahora 20 años, un 8 de octubre; el primer escritor en portugués y único hasta ahora con ese alto honor; un novelista tardío que desertó de la poesía (Pedro Guerra lo desempolvó en un disco y le dio una alegría) formalmente, pero no en esencia, pues la suya era una prosa poética. Él había soñado con una isla-nación, con España y Portugal desgajándose de Europa, en La balsa de piedra. Y el destino lo llevó a vivir los últimos 17 años a una isla, hace ahora 25. De ahí la ínsula y la península de Saramago, que se resumen en su casa museo de Tías, obra personal y pasional de su mujer y traductora, Pilar del Río (los relojes de la colección siguen detenidos a las cuatro de la tarde, la hora en que se conocieron), donde acaban de homenajearle en el aniversario del día en que ocupó el trono de las letras. Mañana se cumplen 20 años.

“Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía”, me dijo cuando surgían celos en Portugal y cuando aquí a alguien le incomodaba su defensa incondicional del inmigrante. Saramago era un hijo adoptivo de Lanzarote que no queríamos que se fuera nunca. El suyo era un Nobel portugués y canario, a partes iguales. El Premio Canarias Internacional 2001 fue una ratificación de ese gentilicio y dualidad. En la velada de su casa de Tías hablamos de los lazos históricos de Lanzarote y Portugal, y de los portuguesismos de Canarias. Nos acostumbramos tanto a él, que seguimos echándolo de menos. “La historia ha acabado, no habrá más que contar”, escribió al final de Caín, su novela postrera. pero mañana se edita su diario póstumo del 98, El cuaderno del año del Nobel, descubierto por azar en su ordenador, como si siguiera escribiendo después de muerto.

Saramago era un utópico que no caía bien a todo el mundo. Por comunista ya tenía una parte de la grada en contra, pero cuando le quitó el saludo a Fidel por la deriva de su régimen, se lo quisieron apropiar casi todos indiscriminadamente. Y no se dejaba patrimonializar; ponía cara de escritor y no lo superaba ni Pérez-Reverte. Pero, en el fondo, Saramago era un pedazo de pan. “Ateo, pero buena persona”, se definía. Era un buen hombre que procedía de abajo y había llegado al cielo, aunque esa no fuera su intención. Personalmente, lo recuerdo con afecto. Lo conocí y frecuenté varias veces, a menudo en compañía de Juan Cruz, el editor que lo apadrinó en España y lo fomentó hasta la Academia Sueca. Conservo de él un recuerdo entrañable.

Se perdió estos años de frustraciones desde 2010. No se perdió nada. Muchas veces me he preguntado qué habría pensado Saramago de esto y aquello. Habría visto a Podemos con simpatías preventivas. Se habría congratulado de ver al socialista António Costa gobernando en Portugal. Envidio no escuchar su estupor sobre Trump en La Casa Blanca. Y adivino su complicidad con Pedro Sánchez; le habría devuelto la visita en la Moncloa.

Abrió la puerta y nos recibió un domingo solo en casa, con Pilar de viaje. Le hice la entrevista (inédita en papel que hoy rescatamos en el DIARIO). Quería a Lanzarote como una tabla de salvación, desde que se mudó por despecho hacia el gobierno de su país que le vetó El Evangelio según Jesucristo para el premio Europeo de Literatura porque “ofende a los católicos”. Luego lo iban a ver compatriotas relevantes como si Lanzarote fuera un territorio neutral. Saramago era el finalista eterno que tenía la aureola del Nobel desde mucho antes de que una azafata le diera la noticia en el aeropuerto de Fráncfort. “Me pasé todo el rato a solas imaginando lo que me iba a caer encima a partir de ese instante”. Y después de volar a todas las capitales por exigencias del Nobel, pudo regresar al volcán. Y escribir hasta el último día.

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El otoño del patriarca

Se esmera otoño en ser el mes. Los viejos rockeros siguen en forma, y desde que han vuelto a cantar las glorias retiradas siguiendo la estela de los Rolling, la especie ha mejorado lo bastante, pues no se evoluciona por obra del Espíritu Santo, sino de la edad, del tiempo y de la experiencia, que son los valores que habíamos desprestigado en el umbral de la llamada regeneración. Este fenómeno tuvo su minuto de éxito, puso en peligro todo el background y el derecho de memoria -que no es baladí-; de haberse consagrado definitivamente como dogma, estaríamos lamiéndonos las heridas con la piel endeble de la juvenalia como canon y manía. Resulta que algunos puretas han regresado, como Borrell, y a la política se le ha ido quitando esa majadería de rejuvenecer hasta al bedel ministerial.

Julio Iglesias cumplió el domingo 75 años. Cuando lo entrevisté en este periódico me dijo que “cumplir años sobre un escenario -y lleva medio siglo- es un privilegio”, y al escucharle en el muelle de Santa Cruz comprobé que con el paso del tiempo el intérprete de Gwendolyne canta mejor, como se baila mejor tras la danza de los años. Esta semana cumplirá 70 Juan Cruz, que era una edad provecta antes de que nos hiciéramos longevos sin darnos cuenta y entráramos, como dice el profesor Manuel Maynar, en el cuarto espacio, el ámbito de los centenarios, donde la vida cobra su mayor esplendor y sentido justamente en ese último tercio, que es el de la sabiduría, y en periodismo está, como Juan, Soledad Gallego- Díaz, recién nombrada directora de El País, con 60 largos, como Larry King triunfaba en la CNN con 77, o Walter Cronkite, sesentón, era “el hombre más fiable de los Estados Unidos” presentando telediarios nocturnos en la CBS. Iñaki Gabilondo, con 75, sigue dando guerra. Pero resulta que estamos en medio de un ajuste de tuercas (y de cuentas) con el tiempo y con las normas legales. Los médicos siguen jubilándose a los 65, que es cuando empiezan a ser sabios y eficaces en todo su apogeo. No debemos coger el rábano por las hojas. Si se acaba de retirar a los 54 años, el mítico Jack Ma, uno de los fundadores del gigante electrónico Alibaba, y el hombre más rico de China, no es por obsolescencia o caducidad. Es verdad que dijo aquello de dar paso a la juventud, pero no tardó en confesar su ardid: el millonario no tiene ganas de perder el tiempo sin dedicarse de lleno a su mayo hobby, la educación. Si en nuestra parca economía doméstica podemos permitirnos el lujo de trabajar en lo que más nos gusta, somos como Jack Ma, y no hay edad que nos tumbe. Cierto que ahora nos gobierna y oposita la generación X, la última que jugó en la calle y la primera que flirteó con los juegos electrónicos, y pronto asaltarán el poder los millennials, la generación propiamente digital, que tienen fama de éticos y buenazos y emprendedores y amantes tanto de lo hípster y vintage como de lo más convencional del mundo, lo mainstream, toda esa terminología que terminamos consumiendo y repiqueteando, como aquí. Vengan los modernos y los carrozas y firmen el pacto de los montes, pues aquí, como en la fábula del parto, nadie se come el mundo, todo es más simple: la experiencia, la vieja amiga que da sentido a la historia y a la evolución de la humanidad. Ella, la indestronable.

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Las musas que tientan a Felipe y Aznar

Va a ser una semana políticamente interesante. El jueves se sube el telón del Hotel Mencey y entra en escena el político canario que más expectación suscita en estos momentos. La reaparición de José Manuel Soria en el Foro Premium del Atlántico, de la Fundación DIARIO DE AVISOS, coincide en los días en que hemos vuelto a hablar de las aptitudes de los políticos. Los regresos son tan tentadores como riesgosos, en política; a unos les ha ido históricamente muy bien y a otros, segundas partes nunca fueron buenas. En cualquier caso, el revival de Felipe González y José María Aznar invita a salir de dudas sobre el percal del dirigente. Soria tenía auctoritas.

¿Qué entendemos en realidad por un político de pura cepa? La gran carencia de buenos ejemplares son una de esas sequías de verano (al que hoy decimos adiós) que llega a parecer irreversible; esto que nos sucede como una mala plaga esta siendo un cataclismo en todas las latitudes, como si un cambio climático a lo bestia arrasara con la flora y fauna de la política como problema de una especie de pésima calidad. Cuando un producto escasea se cotiza. Ahora mismo constituye un hallazgo, un hito excepcional, dar con un político de fuste, una promesa para una cantera que está por los suelos. Y la respuesta a la pregunta de partida no es fácil. ¿Se necesita un físico determinado, un semblante atractivo o una cara vulgar, alguna dosis de lo uno y lo otro; un tono de voz; una sonrisa; una capacidad para mentir, incluso descaradamente como el coronel Capadose de Henry James? ¿O el político apto ha de ser natural, sincero y hasta en cierta medida despistado como el común de los mortales, a fin de ser comprendido aun en la derrota electoral? ¿Se trata acaso de un ser superior, que levita cuando gobierna y finja poseer un conocimiento omnímodo de las cosas, un sujeto que tiene respuesta para todo, y resulta envidiable y genial?¿O el cliché del oficio en cuestión se ha ido magnificando y, de ahí, que el pequeño hombre y la pequeña mujer que pise la moqueta del poder tenga al instante la tentación de creerse Dios, un dios que miente? En Master and Commander, Juan Luis Cebrián (El País del pasado lunes), da un repaso al político que plagia y se reafirma en el embuste como norma de estilo.

No existe fórmula alguna que nos permita diseñar líderes como excelentes frankensteins. Cada persona es un caso aparte, cada político un derivado de una matriz para ejercer el poder. Pero hay ejemplos vivos de que algunos políticos llevan la política en la sangre, y quizá esa sea una pauta que establezca distinciones plausibles entre buenos y mediocres líderes. La joven Arrimadas catalana es un animal político, dicho de un modo políticamente incorrecto, como ya dijera Hollywood de Ava Gardner. La figura de esta Juana de Arco frente a las fieras del procés se nos agranda por la singular contienda que se vive en su tierra. Es posible que nos invada un admiración protectora, y algo machista, de esta mujer sola ante el peligro desafiando la calle, los insultos y la amenaza literal de la violencia que se cierne sobre su estampa de mujer.

Pero el idilio de la política con los políticos es sinuoso y desigual. La política y Aznar conservan cierto romance. Su comparecencia en el Congreso, catorce años después de colgar las botas, puso de manifiesto que en ciertos casos les basta con saltar al campo y tocarla una vez para recordar la teórica y la práctica del juego sucio que define a la política. Estos rifirrafes que hemos presenciado del expresidente con Rufián y Pablo Iglesias compensan, devuelven la entrada del partido como en los grandes duelos. Aznar, resecón y mesetario, conserva la impronta purulenta, y su estilo congenia con los fusileros de ERC y Podemos. Le va la marcha y le traicionan las ganas de volver fingiendo un distanciamiento que no es sino la ocultación de un deseo latente. Hoy Pablo Casado tiene un delfín en Aznar, que fue su progenitor. Aznar, que está en forma, acaricia el retorno a lo De Gaulle, ahora que Cataluña invoca el voto patriótico que había desaparecido del imaginario político nacional. ¿Qué es lo que no ha perdido Aznar? Auctoritas, sensación de seguir mandando (legitimación, autoridad moral, diría el Derecho romano), de estar a la espera de volver a mandar agazapado en la reserva, y de creerse necesario y redentor, pues todo político que se precie no deja de ser un iluminado. Los dardos de Rufián e Iglesias alcanzaron de lleno a un hombre cubierto por las sombras del caso Gürtel, que acabaron con Rajoy y no con él, pero Aznar sobrevuela los propios restos de su cadáver político y resucita a conveniencia.

Como Felipe González. Ambos acaban de celebrar la ceremonia póstuma del consenso más importante de la cuestionada generación del 78. Convocados a un debate inédito por El País y la Ser en el 40 aniversario de la Constitución, la moderadora, Soledad Gallego-Díaz, directora de la cabecera de la Transición, ofició en el Colegio de Arquitectos de Madrid una de esas liturgias imprescindibles e infrecuentes, en las que se dan la mano las dos orillas, como si de cuando en cuando nos conviniera a todos que la política fuera de carne y hueso. Dos hombres se sientan a hablar sin acritud al cabo de los años, tras haber protagonizado batallas feroces que parecían hacerles irreconciliables. La historia política de este país se hizo con ayuda de los polos opuestos. Decía, en este tète a tète, Aznar que González era inamovible en la Moncloa. “Váyase, señor González”, le coreaba el del PP con su bancada al presidente que todavía hoy el PSOE no consigue hacernos olvidar pese a que han llovido años. O sea que González y Aznar poseen la auctoritas que exige el ejercicio de la política. Tanto el conservador como el socialista fueron amortajados cuando pasaron a mejor vida y, sin embargo, resucitan por encima del Gürtel y el Gal, de Irak y la beautiful people.

Resulta comprensible el incienso que les dieron en su día y las veces que los han enterrado después. Pero este tándem nos dice mucho sobre el asunto inicial. Son dos animales políticos con la nostalgia del poder, alentados por el combustible de los hechos, pues seguimos galopando sobre caballos locos: Cataluña, Europa y la Constitución. Y esas musas no los dejan en paz.

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El aforismo de Sánchez: desterrar, desenterrar

En mitad de la hojarasca y de la leña del árbol caído por la tesis y los másteres, acaba de brotar el segundo retoño incendiario de la legislatura exprés de Sánchez. Desenterrar a Franco y desterrar los aforamientos, de una sentada. En la fiesta de los cien días de Gobierno, el presidente se vino arriba en la Casa de América, arropado por la crème de la crème, los del Ibex 35 y la ceja (la Cultura, el espectáculo, en cierta manera, la Ciencia, obsecuente), y proclamó su órdago para amortizar la polémica de la tesis doctoral cuestionada por Rivera (Cs). La trama contra los aforados (que todos aplaudiremos a una) era una tesis del propio Rivera, que la repetía como un sonsonete en el pacto del abrazo con Sánchez (la investidura abortada) y en el acuerdo posterior que hizo presidente a Rajoy. Desaforar, lo que se dice desaforar, es más posible que nunca en este país, de por sí desaforado. La ruleta rusa de la política guarda una bala en la recámara, y uno tiene la impresión de que los líderes están tentando la suerte, hasta que el día menos pensado cualquiera se pega un tiro de verdad. Los partidos tienen a los jefes con una mecha junto al bidón de gasolina de los grandes conflictos de Estado (Cataluña está a la espera de un accidente para explotar a lo grande). El primero, el presidente, que se acuesta con los socios más incómodos del Congreso, obligado a seducirlos y desencantarlos como si tejiera de día el sudario para deshacerlo de noche como Penélope, con tal de alargar la espera, antes de adelantar las elecciones. Reformar la Constitución en un pispás, como hizo Zapatero con el PP para cambiar el artículo 155 con el fin de asegurar la prevalencia del pago de la deuda sobre cualquier otro gasto presupuestario, es una cabriola, un salto de obstáculos típicamente sanchista. Y una pisada de callos para Albert Rivera, el otrora compi y ahora acidulado opositor, pues, sintiéndose padre de la idea, ya anunciaba para hoy en el Congreso una moción a fin de urgir al Gobierno a acometer, precisamente, la reforma constitucional que en tres meses erradicara el aforamiento de diputados, senadores y miembros del Gobierno. Me temo que ni Franco ni los aforados van a tapar las vergüenzas de los títulos en cuestión. Este es el aforismo. Ya Rosa Díez (que precedió a de Rivera como UPyD a Cs) y el exministro Gallardón lo intentaron. Y renunciaron al llegar a la orilla. En la orilla están cinco mil y pico jueces, otros dos mil cuatrocientos fiscales, siete mil seiscientos jueces de paz, y está el rey, oiga. ¡Vade retro, Satanás!

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La jodienda política nacional

Sería esta la semana horribilis para el Gobierno cuando todo prometía que habría un momento de respiro para celebrar el centenar de días en el poder. Gobernar es ir contra viento y marea, morder el polvo y resistir a los escándalos. “En España el que resiste, gana”, era la máxima favorita de Camilo José Cela, uno de sus plagios, este venial cuando recogía el Premio Príncipe de Asturias dirigiéndose al rey padre (pues se trata de una cita latina, de Persio, “qui resistit, vincit”; también la usaba el Alto Estado Mayor francés en la Gran Guerra y tantos otros). El Nobel gallego tenía fama de contratar negros bajo el síndrome de Shakespeare, y fue acusado de otro plagio de más enjundia (los cincuenta millones de pesetas que se embolsó por el Premio Planeta), con la novela La cruz de San Andrés, por una autora coruñesa que, aunque cargada de razones, no lo estaba, por lo visto, de influencias suficientes para hacer valer el fraude y llevarse la gloria que le robó el Nobel gallego. En aquella época no existía turnitin, el software de moda para desenmascarar al tramposo.

Venimos de la semana del Santo Grial y el vellocino de oro, de escudriñar en la titularidad de los estudios curriculares de los dirigentes públicos, a la búsqueda de originales enterrados en lugares ignotos como tesoros, y en ese estupidiario a lo Indiana Jones llegó a sobrevolar la Moncloa la hipótesis de un adelanto electoral por tormenta de la tesis del presidente. La crisis de los estudios adicionales en un país de pícaros con aires de grandeza se ha apoderado del guion político nacional, desbancando, incluso, al tiberio de Cataluña.

La convulsión es tal que los días transcurren a un ritmo depredador, sustituyendo un escándalo a otro sin pausa y convirtiendo la política nacional en una sucesión de ejecuciones públicas. Cuando trasladé la semana pasada a Rodriguez Zapatero, en la entrevista que ustedes pudieron leer en este periódico, la posibilidad de acortar la legislatura, aconsejó a Sánchez aguantar, como decia Cela, sin ceder al tacticismo de las encuestas. Pero el tiempo político en que gobernó Zapatero se parece a este como un huevo a una castaña. Veamos. El lunes se retiró Soraya Sáenz de Santamaría, y esa noticia por sí sola se tenía ganado un margen de vigencia razonable para sopesar la significación de la despedida de una mujer que atesoró un poder extraordinario de 2011 a 2018 en el Palacio de la Moncloa. Pero la noticia murió al instante, con una caducidad meteórica, porque ese día ya se colaba el máster de la ministra Montón, pidiendo su turno para pasar por las horcas caudinas. Lo que parecía un malentendido de un cuarto de hora, un entremés, un aviso amarillo, pasó a categoría de huracán y se armó el revuelo. De inmediato, la dimisión de la ministra explotó en medio de la verbena y fue como un cohete de pueblo que saltó a unos matorrales y recordó el primer conato de incendio del primer ministro de Cultura de Sánchez que tuvo que renunciar por un descuadre con Hacienda.

Dimitir un martes bajo sospechas de plagio fue una mala faena para el Gobierno. Pero Sánchez no tuvo tiempo de pedirle a Casado que tomara recortes de Montón. La política que se hace ahora, sin normas de cortesía, vampiriza el tiempo, como decía, a la velocidad de un rayo, y el miércoles, a media mañana, la exministra de Sanidad y el máster de su caída ya eran historia, nada, absoluto olvido, salvo el vago recuerdo anecdótico de la reincidencia tras el precedente de Maxim Huerta. Pues el avispero del Congreso practica las emociones fuertes desde la censura a Rajoy y -digámoslo también- a este país siempre le encandiló la política yanqui y últimamente se imita el pandemónium de Trump, eso que el periodista Bob Woodward (lean hoy a María Rozman) llama en su libro el mamicomio de la Casa Blanca. En Washington los secretarios-ministros y personal de confianza caminan sobre minas y van saltando por los aires cuando menos se lo esperan, a capricho del jefe, que está loco. En Madrid se ha instalado una cacería desenfrenada y todos los días sus señorías -y también los medios de comunicacion, en la espiral de ver quien cobra más cabezas- salen, escopeta en ristre, a volarle los sesos al primero que tranquen con master o tesis de dudosa reputación. De ahí que el miércoles, tan solo dos días después de borrarse del mapa la exvicepresidenta todopoderosa y a tan solo 24 horas de la dimisión de la ministra de la sanidad universal, explotó otra bomba, pero esta ya era una bomba saudí. Rivera se sacó una pregunta de la chistera, burlando el procedimiento de la sesión de control, y va y reta a Sanchez a hacer pública su tesis doctoral, como quien le menta la bicha. El resto de la semana ha sido un lodazal, en la acepción del presidente, que ha terminado adoptando los tics de Trump contra la prensa adversa, y por momentos la política canaria, tantas veces vituperada por su bajo nivel, podía presumir de altura parlamentaria discutiendo sobre la introducción de los e-sports en las aulas.

España discute de la tesis del presidente, como antes del máster de Cifuentes y de Montón o Casado, que puede ser el primer candidato imputado a la presidencia del Gobierno, pues, de su entrevista en Tenerife con el DIARIO no se desprende que en tal caso piense dimitir. En adelante, debemos acostumbrarnos a estos filetes. La carniceria emprendida no tiene pinta de ser pasajera. Veremos a Sánchez tratando de limpiar su honor y a Casado echando balones fuera. La legislatura ya será corta o no será. Y se buscan candidatos sin master para las listas de mayo. ¡Ojalá todos fueran Corcuera, que era un obrero ministro del Interior en el Gobierno de Felipe González! (el electricista de la patada en la puerta). Ahora lo que cotiza es ser un tarugo, libre de toda sospecha de plagio, sin máster, sin títulos, sin tesis doctoral. Cela habría querido vivir esto, pues no es lo mismo ser un doctorando que haberlo sido, como ahora le echa en cara la Universidad de Barcelona a Albert Rivera. Como no es lo mismo -dijo Cela también, sorprendido sobando en el escaño del Senado- “estar dormido que estar durmiendo, o estar jodido que estar jodiendo”. Pues eso y no otra cosa es lo que nos pasa ahora mismo. La jodienda.

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El Atentado que cambió la Historia

En 17 años han cambiado las cerraduras del mundo. Los ciudadanos que asisten estupefactos al cambio sideral de las tecnologías tienen razones para creer que siempre fue así. Pero el 11-S de 2001 éramos felices e indocumentados, como decía el autor de Cien años de soledad. Cuando las Torres Gemelas cedieron al ataque de los aviones de Bin Laden no éramos testigos directos por televisión de un atentado más. Era el Atentado que cambió la Historia. En las montañas de Afganistán, el hijo de Alia Ghanem (la madre que ayer contábamos en este periódico cómo se siente tras la barbarie concebida por su hijo hace 17 años) engendró un monstruo que no ha parado de matar. Y los episodios sórdidos de atropellos y apuñalamientos salvajes en las calles de las principales capitales de Europa (el desgarro de las Ramblas y Cambrils) ahora pertenecen a un obituario corriente en los nuevos mecanismos convencionales del terror. Se fundaron hábitos execrables hace 17 años en el derribo de las columnas de Hércules de Nueva York; no éramos conscientes del ocaso que representaba aquel día para la historia de la humanidad. Vimos aviones con pasajeros a bordo que atravesaban los edificios como rayos de fuego y asistimos sin aliento a la exageración de las consecuencias: los miles de muertos, los testimonios inauditos de los supervivientes de una guerra instantánea en el corazón de la capital del mundo y el eco que nunca nos iba a abandonar de aquellas imágenes dantescas.

O sea que hay ya una generación que ha nacido después del 11-S. Esa huella quedó atrás, pero no en la zona cero del siniestro. Hemos tratado de olvidar las escenas que vimos, pero la tragedia que sucedió a tales acontecimientos fundacionales del Nuevo Odio ha terminado por convencernos de que somos, quizá para siempre, víctimas -todos- del 11-S. Y que quienes vinieran después ya no llegarían al mismo mundo que nosotros. Esta es la era que nació aquel día. En mitad de todos los horrores no es posible que surjan buenas noticias. Estados Unidos no se ha repuesto todavía, sus gobernantes han incurrido en el pánico y la desolación y hoy presenciamos la caricatura del amo del mundo, qué aspecto es capaz de tener diecisiete año después de perder la noción de sí mismo.

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Sánchez, cien días y hasta que el cuerpo aguante

Los cien días que Sánchez celebra ahora al frente del Gobierno no han tenido las genuinas luces y sombras de la ceremonia al uso, pues ha sido un tiempo mediático políticamente inédito en la cuarentona democracia (el joven presidente es el primero en besar el santo sin ser diputado y mediante censura o cesárea); ha sido una pirueta, una cabriola en mitad del Gobierno adocenado de Rajoy, y desde el 1 de junio, bajo todos los focos, fundóse de manera abrupta la política acrobática más riesgosa que se recuerda, en el filo del alambre, y con un toque de escapismo, a lo Houdine y Copperfield, cuando nos maravillaban sus leyendas de genios en fuga esfumándose bajo una nube de misterio.

Sánchez el equilibrista recuerda tanto a Zapatero, que tenía más efectivos pero bailaba también en la cuerda floja en la Cámara de Representantes,y recuerda a las postrimerías de Obama, que estaba a merced de una oposición republicana desestabilizadora. No hay nada en el debe ni en el haber propiamente dicho, salvo la ventana reabierta a la sanidad universal, que es un latiguillo de izquierda contra la cabezonada clasista de la derecha, ambos fieles al manual. Este es un periodo de aplazamiento y procrastinación, donde el éxito radica en mantener viva la llama, enganchado el espectador, en el prime time de la audiencia. El talento político de Sánchez es el de un programador en la parrilla de la oferta temática de la caja tonta. Ha descubierto que se mueve con acierto en la escaleta del menú de asuntos con tirón.

Programar la exhumación de Franco en mitad del avieso Parlamento, por carecer de diputados suficientes para sacar una ley, es de un indudable ingenio mediático como programador de ilusiones, de efectos especiales, de gags atrapaseguidores. Sánchez es solvente y envolvente en el rating político, que era la asignatura pendiente de Rajoy, el hombre plano del plasma. Prodigándose poco en ruedas de prensa, ha pasado cien días aparentando un contacto permanente con los medios, fruto de su facilidad para generar asuntos polémicos que le consagran como un magnífico proveedor de telediarios. En Estados Unidos veían las noticias de Walter Cronkite en la tele antes de irse a la cama, y en la España de Sánchez el presidente suelta palomas todos los días, las noticias del PSOE vuelan fácilmente, y no nos acostamos sin averiguar qué hay de nuevo sobre el viejo cadáver o el impuesto al diésel.

Franco tiene gancho y en términos televisivos se dice de un hallazgo como ese que “el tema vende” y se programa y de ahí los picos de audiencia. Obama se pasó todo un mandato sin legislar como marca la ortodoxia, pues carecía de mayorías en el Congreso, y se las arregló con decretos, pues sabía lo que le esperaba, un varapalo tras otro, como anunció a la periodista María Rozman, que hoy se incorpora a las páginas de este periódico para contarnos, precisamente, los entresijos de la Casa Blanca, que hay que ver cómo está si leemos (pronto en español) Fear (Miedo) del inefable Bob Woodward, sobre las paranoias y egolatrías de Trump, maestro fétido de fakes caído en su propio trampantojo. Sánchez tiene resiliencia, Trump tiene resistencia a bordo, según una tribuna anónima de un alto cargo de la Casa Blanca en The New York Times, que revela ahora que un grupo de funcionarios “resisten” contra los impulsos del presidente descocado evitando males mayores por el bien de la patria. El dislate americano es una metáfora real del desmadre que en Europa llamamos corrupción generalizada. En Estados Unidos la lacra se apoderó del poder y, por tanto, la corrupción pasó a gobernar. España se sacude la porquería de unos polvos que trajeron estos lodos, y a Sánchez le toca revolverse en esa ciénaga y salir impoluto con esmoquin para la fiesta de primavera, que es cuando hoy auguramos en estas páginas que convocará elecciones. Si, entre sus planes inconfesables, figura juntar las urnas en mayo, el totum revolutum electoral, España arde de rojo; Sánchez sabe que hará presidentes a una tanda de socialistas por las autonomías de media España, entre ellas Canarias. Y de ahí los nervios en CC, que lleva mal las encuestas y el moquillo de esa racha en contra por los meses que quedan de este cuarto de siglo en la gloria. Es que no es para menos. Y este tsunami Sánchez, que no gobierna pero se finge una suma de Zapatero y Kennedy obamantado trae a mal vivir a los rapsodas del régimen, que a ver a quién le cantan las estrofas allá por mayo, a la vuelta de la esquina, si han vendido el alma al diablo y después si te he visto no me acuerdo.

Gobernar para Sánchez ha tenido en estos cien días mucho de telegenia. Cuando precisamente venimos de teorizar sobre el cambio horario, conviene reconocer que el tiempo es la clave del mandato exprés de este mago con sus conejos en la chistera. Marcar los tiempos es determinante para este gobierno de la inmensa minoría, como decía el poeta de Moguer. Si la Ley de Estabilidad no sale por la vía de urgencia, Sánchez duerme el partido y pide tiempo. Es un buen encantador de serpientes, se rodea de ministros que caen bien, de pedroduques y marlaskas y de Meritxell Batet, y otros más sequerones y esquinados. Pero evita columpiarse en el tropo de la fama, como solía Zapatero, que hoy nos atiende en el DIARIO sin los rigores del talante que no lo dejaban romper un plato con la ceja. Zapatero ha venido a Lanzarote, como de costumbre, como Sánchez suele hacer a Tenerife y Merkel a La Gomera, como hizo Colón, que trae a colación América, donde ZP es un verso suelto del PSOE tratando de amansar la fiera Venezuela en las verdes y las maduras. Algo de ese estilo hereda Sánchez, hereje de los convencionalismos, que se parece más a Zapatero que a González y ha creado un género propio de en río revuelto ganancia de pescadores.

 

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Pablo Iglesias e Irene Montero, padres

Un episodio político doméstico, el de una pareja de líderes felices hablando de sus hijos, se convertía ayer en la manifestación humana de la política más sobresaliente de los últimos años de confrontación ideológica en España. Algunos de los dogmas de Pablo Iglesias e Irene Montero no han cedido por una rendición de conversos, sino por algo tan elemental como el amor de padres. Iglesias y Montero han agradecido a los reyes su preocupación, durante el trance de estos dos meses , por el estado de salud de sus dos hijos mellizos. Son republicanos -han proclamado-, pero se sienten en deuda con la monarquía, en el oxímoron más tierno de la democracia. Son ateos, pero muestran gratitud hacia cuantos amigos, adversarios y simpatizantes han rezado por que sus vástagos prematuros salieran adelante. Iglesias lleva ahora el apellido con ese condicionante. Como dice Paul McCartney -que asegura haber visto a Dios en un colocón-, “hay una parte de ti que quiere creer”. El líder y la lideresa del partido morado vienen de dos meses de retiro practicando la terapia del canguro, piel con piel, con Leo y Manuel, que son la cantera de la democracia para cuando quizá ya no haya partidos sino fuerzas sociales de otro cuño, y donde acaso las ideologías destierren los dogamatismos, los centros, las izquierdas y las derechas, y recuerden para entonces que a sus padres los sorprendió el destino conviviendo en la paradoja iluminada de velar por sus vidas de la mano de Pablo Casado, el rival del PP, cuyo apoyo habrá sido decisivo, en tanto en cuanto fue antes que ellos padre de prematuro y tenía todos los argumentos extraparlamentarios para convencerles de que los niños iban a sobrevivir. “Vamos”, se repetían los padres primerizos alentando el despliegue de sus bebés. Y ahora vuelven. Vuelven siendo padres, sabiendo lo que es serlo. Traen dos meses eternos de experiencia acumulada. Regresan mejores de que como eran. Siempre sucede.

La política es rabiosamente combativa. Esta tregua de dos meses en la guerra del Congreso ha concedido a la pareja de Podemos todas las verdades que la política -atravesada por una ira de hipocresía y doblez- les niega a los dirigentes. La sanidad pública funciona. Iglesias y Montero admiten sentirse orgullosos de la sanidad española y de los profesionales sanitarios que han salvado a sus hijos. La contractura de sus palabras reside en que solo tras salir de ese túnel de padres prematuros y ver la luz caben tales confesiones impensables en las batallas parlamentarias fratricidas, donde el credo tiene límites establecidos en cada partido so pena de excomunión.

La política tiene un déficit de humanidad clamoroso, que la ha endurecido hasta extremos insospechados. Hubo un tiempo en que los adversarios políticos se iban tomar el cortado juntos y luego se ponían de nuevo el mono de faena y tenían sus agarradas consuetudinarias. Últimamente, la crispación ha levantado muros insalvables entre los enemigos políticos. Se ha confundido la discusión ideológica y partidaria con el odio visceral. La escena de Carolina Bescansa, amamantando a su bebé en el escaño y pasándose al retoño en brazos hasta llegar a los dominios del más aniñado de todos, Íñigo Errejón, formó parte de la estética de Podemos en su irrupción en las Cortes, cuando el asalto al cielo era la consigna. Bescansa y Errejón hoy están en las cunetas del partido, pero Pablo Iglesias e Irene Montero han escrito esto al volver: “Algunos de los abrazos más sinceros, algunas de las palabras más hermosas y algunos de los consejos más provechosos” los recibieron de sus adversarios políticos. “Somos republicanos pero recordaremos que un rey y una reina llamaron para preguntar por nuestros hijos y que todos nuestros rivales políticos preguntaron con frecuencia cómo estaban”. O sea, la Transición quizá aún esté dando sus frutos.

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La hora de Franco

Septiembre no es un mes negro, pero se nos quedó grabada la muletilla de los años que se revelaron feroces en los conflictos más encarnizados desde que Septiembre negro secuestrara y asesinara a once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich, si bien quién nos iba a decir en los 70 que el de los palestinos era un terrorismo parvulario para lo que estaba por venir. Ahora es septiembre negro por otras razones aun no tan desalmadas, las de las terribles calendas de Cataluña, donde Pablo Casado previene para “no pasar de los lazos amarillos a los negros”. Instalados en esa tesitura, con la guerra psicológica y el fuego cruzado de los símbolos, ha vuelto a asomar la cabeza el artículo 155, como la de Franco, la de José Antonio y toda la tropa que estaba bajo tierra.

Dos coetáneos, Franco y Hitler, ya momificados en el curso de la Historia, rivalizan, sin embargo, en un inconsciente colectivo -que es un concepto con cien años de antigüedad-cada vez más consciente, antes de que se pierda la costumbre de regresar al pasado como método infalible para expiar las culpas y detonaciones de la democracia que amenazan con hacerla saltar por los aires. En Chemntiz, en la extremoriental Sajonia, las movilizaciones de la ultraderecha sonrojan y alarman a Merkel, pues ya en Alemania esa orilla de aguas negras, la AfD, se equipara en votos a la histórica socialdemocria (SPD). En España, Vox todavía no, pero ya crece.

En ese escenario de los lazos amarillos, que es el color prohibido de la mala suerte en el arte de Talía, y de la canarinha, y con esas cruces y sogas en la marquesina contra el rey se está tiñendo de sensacionalismo -de amarillismo y treta- la confrontación de los dos bandos, que es un estigma muy español aunque se vista de seda -amarilla, por supuesto-, mona se queda. Ahora España resucita el guerracivilismo como estridencia y recargamiento ornamental, género más del barroco que del rococó, pues las batallitas lucen mejor en los frisos apelmazados. La guerra es una recurrencia, el mito y el arcano. Hay una querencia y desafecto hacia la guerra civil, que agita las pasiones y desentierra hachas ya oxidadas. Remontarse al 36 sin haberse mamado la guerra y la dictadura convierte la nostalgia en divertimento, que es ahora mismo el riesgo de este revival o revirón.

España no es Alemania, pero allí saltan chispas con las pavesas del nazismo que guarda las reminiscencias en cajitas de Pandora. Vox sube en la militancia ultra y gana en porciones entre los fans del caudillo yacente. España se puede bifurcar, que es lo suyo, abrirse en canal y a la desbandada, pero no se radicalizará como en Alemania o en Italia, donde han vuelto de sus cenizas los viejos endriagos. España es de veces. Y Sánchez interpreta su papel. Esto me lo dijo un ex dirigente popular que voló alto y conoció el colmillo de la bestia en las tripas del Estado: Sánchez no debe legislar, ni tan siquiera gobernar, sino correr, ganar metros, hacer tracking, como los ejecutivos americanos persiguiendo a los animales para mejorar el olfato en los negocios, o trekking, prolongar las caminatas agrestes,subir y bajar montañas, dar largas a Torra, seguir atravesando las veredas y llegar, al fin, al Valle de de los Caídos, visitar la tumba del dictador, regresar al pasado sin condescendencia, que resuciten los fantasmas y vuelva el falansterio de las momias… Franco puso a España en hora con Berlín, para agradar al Führer y ahora Sánchez podría quitarle la razón y devolverla a Greenwich, que es la hora canaria, o sea, la que marcaba el reloj del comandante militar cuando salió de las islas para dar el golpe.

El joven presidente sigue el manual al pie de la letra. El abecedario político español no va de la A a la Z por este orden, sino empieza en la F y acaba, con el desorden, en la D, es un carrusel de Franco a la Dictadura, el viejo monólogo recurrente español. No se entendería Francia -que no tiene nada que ver con Franco- sin la pereza del cuento de Napoleón deportado en la isla de Santa Elena y los hitos de mayo y la revolución francesa; todo lo que Macron es viene de ahí. Y los alemanes reniegan de Hitler, como es su deber, pero lo sacan a pasear constantemente como nosotros a Franco ahora. Tiene su lógica, su aquello, se saca a los Santos y a los monstruos, o no hay Historia que se precie.

Franco viene como anillo al dedo, Franco providencial, caído del cielo para esta hora de bárbaros en las puertas de la ciudad como en la novela de Coetzee. Es el coco para la ocasión. El dictador resultaba esperpéntico en su modelado en miniatura. Los que le trataron asentían con la cabeza mecánicamente como si le siguieran el hilo, porque era inaudible. A otros les daba la risa, como a don Leoncio Afonso, que me contó la escena a los cien años con las sondas de la bomba de oxígeno prendidas de la nariz. Franco aguardaba empequeñecido con la edad en su despacho de El Pardo y el ujier avisaba una y otra vez que no tropezaran con la alfombra para evitar escenas. Afonso tenía ataques de risa y le dio uno delante del faraón.

Dice la profesora María Elvira Roca (Imperiofobia y leyenda negra) que está dispuesta a apostar que no exhumarán nunca a Franco, porque se acabaría el discurso y el recurso y de qué hablamos entonces cuando suba el pan. La memoria histórica fue una excelente idea de Zapatero. Felipe González desempolvó el Azor y dio una vuelta en el yate de Franco para regodearse en los tabúes de la derecha. ZP fue más lejos, amagó con levantar las cunetas y poner patas arriba el callejero. Sánchez regresa al recetario con lo del cadáver, que es como meter el dedo en el ojo al que se sienta aludido, y allá cada cual. Pero a Franco ya no lo venera nadie, ni tiene quien le defienda. Franco está enterrado en la desmemoria histórica. Para el fascismo que venga, Franco es de izquierda, eso es lo malo. Hay algunos que son más franquistas que Franco, como siempre hubo más papistas que el Papa. Pero en esencia está muerto, el hombre y su tiempo, el franquismo y el noventayochismo de la derrota de los coloniajes. Los dos síntomas han vuelto como la cizaña, de tallo ramoso, hojas estrechas y espigas anchas y planas cuyos granos contienen un principio tóxico: crece espontáneamente en los sembrados y es muy difícil de extirpar.

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Franco ha vuelto, quién lo iba a decir

Basta un vistazo superficial a los nuevos ejes sobre los que giran las preocupaciones más latentes de la gente y los políticos de este país para percatarse del salto que se ha dado sin darnos cuenta en eso que llamamos estado de opinión. Porque ahora España es eso, un estado de opinión, que dura lo que un café en la barra de un bar. Un demócrata curtido en la Transición se siente como aquel soldado japonés que fue hallado tras permanecer escondido tres décadas al término de la Segunda Guerra Mundial: desorientado, sin dar crédito a lo que veían sus ojos y con indudable inquietud por salvar su pellejo.

El ciudadano prototipo de este país en este tiempo es alguien profundamente desconfiado, que improvisa su lugar en el caos y se adapta a la moda del cambio de criterio por sistema, es un adicto a la constante contradicción, lo cual quiere decir que verá por encima del hombro al que venga con nostalgias, reclamando orden y concierto y un poco de coherencia. Decía Zavalita, en la mítica pregunta de Conversación en la Catedral, “¿en qué momento se jodió el Perú?”. La pregunta tiene su correlato español. Pero España no se jodió todavía, se está jodiendo, y será un proceso indefectible si no lo paran los dirigentes y cuantos tengan capacidad de influencia en la opinión pública -en el sentir general-, que era obra en otro tiempo del Ortega y Gasset de turno, pero ahora los filósofos ya no furulan, o no al nivel de sus mejores fastos. Si el españolito medio, como parece, asiste con cierta naturalidad al nuevo estado catastrófico de las cosas, donde se pregona sin medias tintas las ganas de Cataluña de “atacar” a España, y, de paso, el vivir para pisar las cabezas de los reyes, por mucho Shakespeare que se ponga a la marquesina en la boca del metro, algo inevitablemente patológico ha sucedido de golpe en este país, y del trauma no se ha salido bien.

A nadie se le esconde esta alteración de la mentalidad, producto de un frenesí del lenguaje y del dislate continuo de las declaraciones públicas de gobernantes en pie de guerra. Los descarrilamientos son permanentes. Es comprensible el equilibrismo en que se mueve el Gobierno, consciente de una minoría extremada que depende del exabrupto de Torra o los desafíos de Puigdemont como un pequeño Trump hibridado con Kim Jong-un, cuando no de las enfiladas de ese tal Salvini, ministro italiano del Interior, a propósito de quién es más facha expeliendo inmigrantes por la frontera. Es que están patas arriba España, Europa y los restantes confines del manicomio global. ¿Está mejor América, de norte a sur, de Trump a Maduro? Están todos como una chola, o los chalados somos los demás.

Viene esto a cuento del debate del estado de la nación: Franco. Tuvimos del franquismo una noción nación que se dejaba morir en el tiempo, como hemos vivido del ensueño de Europa hasta que ha estallado la realidad y esto es lo que queda, el cadáver de la musa de los padres fundadores de Europa, Adenauer, Monnet, Schuman, De Gasperi… A Sánchez le cabe hacer de la necesidad virtud y desenterrar unos muertos para enterrar otros muertos vivos. Le ha tocado al joven presidente interino lidiar con el muerto de Cataluña, que es un muerto que goza de buena salud y puede acabar con él si no destierra, como dice Luisa Castro, a Franco. La alcaldesa de Güímar se ha subido a esa parra porque en el pandemónium nacional se han roto todos los diques. Ni la Transición fue tan buen invento, a ojo del nuevo dogma que se abre paso, ni la independencia de Cataluña es una parida a poco que se le deje en vuelo libre un rato más. Franco era un tema tabú, cuando el euro enterró a la peseta. Ahora es una moneda de cambio, una fuga más del sistema, que hace aguas por todas partes.

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