Por qué hablamos de los guanches

En medio de aquella plenitud fastuosa de 1992, cuando todo se volvía célebre y conmemorativo, pues era el año del 500 aniversario de la audacia de Colón y el año olímpico, o sea, entre tanto acontecimiento… saltó la liebre y se armó la rebambaramba entre historiadores, arqueólogos, antropólogos, filólogos, intelectuales y políticos, entre la ciencia y la falta de ignorancia de la tranquila pero antropófaga sociedad tinerfeña. La piedra Zanata fue un hallazgo que traía consigo un misil. La noticia de un vestigio con forma de pez, que contenía inscripciones al modo de los mensajes secretos, en escritura tifinag, conmocionó el mundo erudito sobre los arcanos del aborigen y provocó un terremoto político, acaso porque el nacionalismo buscaba credenciales para ganar posiciones. Era una piedra de veinte centímetros apenas que llegó a manos del director del Museo Arqueológico Rafael González Antón, una autoridad en la materia. Presidía el Cabildo Adán Martín, cuyo olfato le decía que aquel minúsculo residuo de la memoria aborigen contenía un valor intrínseco de alto calibre. Y la piedra fue presentada en sociedad, en una solemne conferencia de presa, en el Palacio insular dentro de su vitrina y bajo paño de lana, como el eslabón perdido en términos transicionales. Era nuestra piedra de Rosetta del hombre primitivo de las Islas, el guanche, para quienes la abrazaron como una seña inequívoca, el “carnet de identidad” de aquellos viajeros intrépidos del continente, gente bereber, que vendió cara la derrota en cien extensos años de guerras y guerrillas en barrancos y montañas.
¿Por qué hablamos hoy de los guanches? Porque se ha vuelto a sacar a colación la piedra Zanata, más de un cuarto de siglo después, para ser auscultada con tecnologías punteras que permitan desentrañar todos sus misterios. Los científicos americanos que vendrán en marzo a escudriñarla con termografía infrarroja desempolvan un asunto que costó disgustos, exilios y desencuentros entre expertos, sospechas y demandas, informes y averiguaciones…, toda esa leyenda negra que rodea a la dichosa piedra en cuestión. Si viviera Umberto Eco, le tentaría novelarla, como una travesura demonizada en la arcadia insular, siempre dispuesta a cortarse las venas. Murió el arabista Rafael Muñoz. La piedra le costó la vida, quién sabe, la maldición de la roca con forma de pez descubierta en medio del ringorrango del 92, de la desmesura de un año excesivo. Fue el pandemónium de la arqueología, el infierno de la política y el caos de la inteligencia. Saavedra, que presidía el Gobierno y no era sospechoso de guanchista, admiró el hallazgo con expectación como “un hecho cultural de primera magnitud que contribuye a clarificar las raíces étnicas de nuestros ancestros”. Pero la polémica se salió del tiesto, pronto hubo una guerra civil de sentimientos y conocimientos contrapuestos, y el arabista Rafael Muñoz que descifró las tres letras enigmáticas de la inscripción (Z,N,T) como el remite de una carta dijo que eran los zanatas, un pueblo bereber, y que podía significar la primera muestra fehaciente del gentilicio ignoto de los guanches. Le llovieron críticas que sus espaldas, al parecer, no resistieron, es posible que la muerte le sobrevino a causa del malestar y el disgusto que lo aturdió tanto, pero, sin duda, fue el suceso que determinó el desenlace de una querella que había ido demasiado lejos. Y que ahora resucita como si, a la vuelta de los años, conviniera cerrar heridas y encender de nuevo la luz de la curiosidad.
Desde entonces hasta hoy, la piedra -que se exhibe cautelosamente en el Museo de Naturaleza y Arqueología, MUNA- ha estado cubierta por un velo de olvido y superstición. González Antón se retiró de la vida pública, en la que le recuerdo divulgando sus cerámicas y etnohistorias, dando conferencias y fomentando las nuevas generaciones de arqueólogos, con la pasión mediática en lo suyo que un Francisco Sánchez ponía en la Astrofísica, por ejemplo. Pero se apeó del escaparate de la ciencia en un acto de autodefensa y guardó silencio. Quedan muchos cabos sueltos que aclarar de aquella polémica inconclusa. Nos sigue faltando el detective imaginario tras las huellas del enigma. Necesitamos de la ficción para dar con la historia.
¿Por qué hablamos de los guanches? Porque la montaña majorera de Tindaya desiste del monumento de Chillida, como la hawaiana de Mauna Kea repudia al TMT. ¿Por qué los guanches? Porque las cuevas de Risco Caído, en Artenara, acaban de ser declaradas por la Unesco Patrimonio Mundial, sin que falte la consiguiente disputa entre partidarios y detractores sobre el rango y significado de los espacios sagrados de la roca del cantil del barranco, donde los rayos solares iluminan los triángulos púbicos de un posible templo de la fertilidad en el insólito almogarén abovedado. Hablamos de los guanches porque Gran Canaria y La Palma le dedican parques arqueológicos sin que Tenerife ni siquiera se lo haya propuesto en las décadas poderosas donde la política tuvo la oportunidad y el deber. Ahí está esperando la cueva de Bencomo, que este periódico se ha desgañitado reivindicando. Ni al alcalde de La Matanza le han secundado a la hora de hacer el parque temático de la famosa batalla de 1494, cuando solo Tenerife permanecía libre y los venablos y las piedras vencieron a las picas, alabardas y ballesteros. Hablamos de los guanches con los antecedentes en la memoria: también en el 92, con motivo del I Congreso Internacional sobre Momias, en Tenerife, recuerdo que se solicitó la declaración del guanche y lo que su cultura entraña como Patrimonio Mundial. Pero allí quedó, sin que se sepa qué hay de nuevo de aquella cándida iniciativa. El proyecto Cronos, por entonces, aisló el ácido desoxirribonucleico (ADN) de los aborígenes, capital para emparentarlo con los bereberes y cerrar el círculo que dejó abierto en el aire la cizaña que malquistó la ciencia, la política y hasta las relaciones humanas entre quienes tocaron una vez con sus manos o con sus afiladas críticas la pequeña roca sobrecogedora. No es una historia descabellada, sino acaso descarnada. La piedra Zanata trajo a vivos y muertos por la calle de la amargura, pero vive y ahora revive mítica, feroz y entrañable.

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Nuestros amigos los ingleses

La flema inglesa ya es historia. Este paquidermo que tienen de primer ministro ha tirado por tierra siglos de estereotipo y filiación. El nuevo matonismo inglés, más cercano al hooligan vandálico de la Premier League, rompe definitivamente con el gentleman victoriano. Y la centenaria reina tiene movimientos de títere de pueblo que nos tienta a buscar dónde se ocultan los hilos que mueven la marioneta. En definitiva, permanecemos en estado de shock, al menos en Canarias, que debe de ser el lugar más anglófilo de todo el Estado. Aquí tenemos la calle de Horacio Nelson y allí aún nos nombran en el Canary Wharf, que es la city de los rascacielos sobre el antiguo puerto de los canarios desde el siglo XVI. No nos puede la nostalgia; es el corazón el que se rebela, es el Greenwich de nuestra misma hora del Meridiano; son los recuerdos y las cosas de comer. Porque si se nos van los ingleses, la cuenta de resultados se va a resentir. No solo importaremos semillas de papas danesas y tiraremos los tomates por los barrancos ante el cierre de la libertad comercial con nuestra hermana isleña del Canal de la Mancha. Es que los turistas darán media vuelta, y será como darnos la espalda tras doscientos años de familiaridad. No entenderemos qué nos pasa, pero no nos sentiremos bien. El good bye de Boris Johnson tiene un impacto en la idiosincrasia y el talante de nuestros respectivos pueblos. Ni el inglés será el mismo sin nosoros, ni los canarios vamos a permanecer impasibles ante el brexit salvaje que abandera este populismo más del señor Hyde que del doctor Jekyll, como si toda esa legión de antieuropeos embravecidos se hubieran tomado la pócima diabólica y estuviésemos ante un trastorno colectivo de personalidad. No cabe hallarle otra explicación al desatino de los políticos británicos conservadores. Por si hubiera dudas, el premier dice que preferiría estar muerto en una cuneta que pedirle a Bruselas una nueva prórroga para la desconexión.

En los años 60, cuando tres beatles, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, vinieron a Los Realejos, a la casa de un amigo alemán, y se mojaron los pies en el muelle, como dice su biógrafo Nicolás González Lemus, y frecuentaban el desaparecido Flamingo, tomaban café en el Bar Dinámico y no les dejaron tocar en el Lido San Telmo para maldición de quien los vetó en el colmo de la ignorancia, no estaban de vacaciones en ningun lugar exótico del planeta. Se sentían en casa, porque éramos parte de su universo cotidiano. Los ingleses, desde niños, conocían las islas de ahí al lado, adonde tenían que ir una y mil veces en sus vidas. Lemus ha historiado esa vinculación comercial, turística y sentimental. Somos un destino de ocio de primer nivel gracias a ellos, que nos pusieron en el mapa del turismo. Primero fueron los viajeros tísicos que buscaban curarse en un clima seco, poco húmedo y aireado por los alisios, y dejaron de ir a Funchal para establecerse en el valle de La Orotava, en el Puerto de la Cruz. Paul McCartney casi se ahoga en el charco de la Soga, en la Playa Martiánez, y lo cuenta en sus memorias de aquel viaje. Fue una temeridad que estuvo a punto en efecto de abortar el fenómeno Beatles justo antes de que estallara a su regreso bajo el enorme éxito del primer disco del grupo, Please Please Me , editado en 1963 poco antes de evadise hacia Canarias, prolongación natural de la Inglaterra que nos tenía en la palma de la mano. Aquí sanaban sus enfermos de turberculosis, aquí comerciaron los ingleses y aquí descubrieron el solárium que anhelaban en invierno. Ellos, los inventores reales del turismo, los que crearon el hábito de viajar, tenían el mejor concepto de nosotros. Iban y venían como lo más natural del mundo. ¿Qué iba a hacer Agatha Christie cuando se separa y entra en depresión en 1927, sino venir con su hija y su secretaria a Tenerife, al Puerto de la Cruz, y después salta a Las Palmas, y escribe relatos inspirados en estas islas, y evita bañarse en las aguas rebeldes donde casi la palma McCartney, prefiere tumbarse en la orilla y dejarse acariciar por el sol.

Hemos sido compinches. Cuesta creer esta castración. A Nelson no lo dejamos entrar, pero ahora nos sabe mal que los ingleses quieran irse; nos atañe de una manera compleja su divorcio con Europa. Es posible que en ninguna otra parte de España y acaso del propio continente se perciba este instante traumático con la amarga sensación que produce en Canarias. Churchill, que paseó por los santuarios ingleses del Puerto hace ahora 60 años, haciendo la uve de victoria con los dedos de la mano a la salida del Lido enfundado en un abrigo con sombrero y puro, pasajero del yate de Onassis, tiene ese axioma demoledor con que aleccionó a un neófito parlamentario de su partido: “Nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”. Boris Johnson no gana para desertores, incluido su propio hermano. Mañana la reina Isabel II firmará la ley recién aprobada que arruina la pretensión del premier de causar baja en la UE por las buenas o por las malas el 31 de octubre, y también mañana el espasmódico tory se propone invocar /convocar elecciones anticipadas antes de esa fecha. No está el horno para bollos después de tildar al laborista Jeremy Corbyn de “nenaza” y “gallina” como para recabar su apoyo ante una nueva cita con las urnas. Muerto en la cuneta y con el Parlamento, en breve, clausurado, el sucesor de Theresa May comienza a moverse como un fantasma, en minoría y abocado a dimitir.

Los viajeros y naturalistas que precedieron al boom turístico, y en gran parte lo propiciaron, se sintieron fascinados con nuestro paisaje, que al principio se resumía en el Teide, cuando era considerado el mayor volcán del mundo. Luego la postal del valle de La Orotava conformó un habitat entrañable para nuestros huéspedes británicos. El filósofo Bertrand Russell, Nobel inglés, se sentó a hablar con los responsables de Gaceta de Arte en una visita a la isla en el 35, en la ciudad turística del norte. Y de ese encuentro Pérez Minik -de cuya muerte se cumplen ahora 30 años- se fijó en “las aristas de su cara” y “su ojos de acero, siempre alertas”. Russell y todos aquellos polímatas ingleses idolatrados en nuestro pequeño mundo insular, a las puertas de una gran guerra, eran entonces tolerantes y subversivos. Ahora se les ha metido el enemigo en casa, como decía Churchill. Se van nuestros amigos los ingleses. Y nos sentimos raramente más solos sin su compañía congénere. Nosotros, ingleses y canarios, isleños de Europa.

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La economía desafina por los cantamañas

Como quiera que el telón se alza hoy en el Parlamento para hablar del agujero de Clavijo y de economía, de nada vale mirar para otro lado, hacer como que no va con nosotros. Son demasiadas voces a coro alertando. Felipe González, en El País, sostiene que la sociedad no consiente una nueva crisis, no la soportaría. El Banco de España se declara prosélito de Draghi en el BCE y secunda sus medidas de estímulo ante la recesión que se avecina como un Dorian económico. En Estados Unidos le ven las orejas al lobo y ya hablan de una irremediable recesión a la vuelta de la esquina. En la eurozona nade se llama a engaño: la recesión alemana, la italiana, la contracción en casi todo el club predicen que al cambio climático se le suma esta tormenta perfecta en la locomotora y sus vagones. Pero, entonces, ¿qué hacemos en España flirteando con las urnas como si no estuviera cayendo ceniza de ese volcán sobre nuestras cabezas?

Después de 2008 somos de otra pasta. Cuando la Gran Recesión nos mostró las encías de la economía mundial y le vimos las muelas picadas y la pus de su dientes podridos, sentimos qué era eso de meterse en la boca del lobo. Y el shock nos cambió para siempre, nos dejó en estado de alerta en una distopía interminable. No hemos vuelto a ser confiados y manirrotos. En cierta forma, resurgió en nuestro inconsciente el tic menesteroso, la retranca tacaña de todo paria y volvimos al hábito de la abuela: ahorrar en tiempo de vacas gordas para cuando toquen vacas flacas. Esta es la ocasión, en que estando mejor la cosa, sabemos que se va a poner fea.

España crece más que el resto de países europeos, pero la caída de matriculaciones de vehículos, la pérdida de turistas recién constatada y los malos vientos que anuncian un brexit de perros a finales del próximo mes, invitan a tomar precauciones. El Pib nacional creció en 2015 un 3,6%; en 2016, un 3,2%; en 2017, un 3%; en 2018, un 2,6%, y este año lo hará un 2,3%. Pero ya tenemos herramientas para predecir que en 2020 crecerá un 2% raso y en 2021, un 1,8%. Los expertos recuerdan que la desaceleración es inherente a las economías capitalistas. Esta burda verdad la solemos ignorar, como si el hecho de que el PSOE gane las elecciones convirtiera al país en socialista. Tras un ciclo de bonanza viene una desaceleración por narices. Y en esas estamos.

 En la sesión de hoy en Teobaldo Power, que supone el pistoletazo de salida de la legislatura del Pacto de Progreso, se pondrán boca arriba las cartas del estado de cuentas de Canarias. Sabremos cómo, cuándo, cuánto y por qué la comunidad entró en déficit excesivo para este primer semestre e incumplió la draconiana regla de gasto. Este periplo se ha iniciado con sobresaltos. Europa (y de inmediato el resto del mundo a la sombra del pulso comercial Washington-Pekín) entra en estrés económico y Canarias pagará su parte de la factura: turismo, brexit, alquileres, exportaciones, paro… El estribillo no suena bien. Si el 10-N despeja el horizonte y hay gobierno, vendrán las transferencias a cuenta, habrá presupuestos del Estado y de Canarias y con nuestros más y nuestros menos buscaremos camino. No creo que esto que viene sea un déjá vu de 2008. Habrá que gestionar los baches. Pero las Islas no van a quedarse en la cuneta otra vez. Sí creo que la política va a reciclarse, en Madrid y en Canarias. Y se quedarán fuera de la foto los cantamañas, los que desafinan. Por pura selección de la especie.
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La rebelión de los niños

La rebelión de los niños que cumplió en agosto un año podemos considerarla ya como la única revolución de verdad en lo que va de este siglo.
El profesor Wildpret me resumió esta protesta escolar con una escena que suele presenciar en Radazul, fiel al rito de sus baños cotidianos: los niños instan a los padres a recoger las botellas de plástico y llevarlas a los depósitos de reciclaje. Aquí los hemos bautizado como los hijos apostólicos de Cousteau, el comandante del Calypso que hacía proselitismo en televisión a favor de los fondos oceánicos y que hace 25 años envió a la ONU en La Laguna su Carta de los Derechos de las Generaciones Futuras. La misma terminología que le escucho ahora en sus discursos a la niña del clima, Greta Thunberg, que el viernes fue la referencia del presidente Ángel Víctor Torres al presentar la declaración de emergencia climática de Canarias. Los niños dibujan un mundo que se parece a una hermosa utopía. El botánico y naturalista Wolfredo Wildpret me decía el mismo viernes por la noche que las utopías, tarde o temprano, se hacen realidad. Y convengo con él en que en las utopías y los cambios políticos -estamos asistiendo al cambio de un régimen político en nuestras propias islas- basta en ocasiones con la convicción de unas pocas voces para dinamizar un estado de opinión que subvierta el orden establecido. Así se hicieron revoluciones a lo largo de la historia, hasta esta sequía en que solo se merecen tal nombre los viernes al sol de los niños. La obstinación de la infancia, la única que conozco capaz de salirse con la suya, se revela como la peor adversaria de los intereses globales que se reían de los partidos ecologistas y las cumbres climáticas; la última, el Acuerdo de París (2015). Cuando niños, éramos invencibles, porque creíamos en los héroes.
Esta niña se inspira en la afroamericana Rosa Parks, la dama de los derechos civiles, y se reconoce introvertida, pero contumaz. Lo que nos debilita de antemano es ser realistas en exceso al cabo de ciertas edades. En un velero de cero emisiones y un príncipe de capitán, la niña sueca acaba de llegar a Nueva York como una mesías. Pasó cerca de estas aguas, en su travesía-travesura, indómita,rumbo a la conferencia del clima de Naciones Unidas como hubiera anhelado Cousteau y como si llevara en su barco autosuficiente la carta del oceanógrafo en su camarote infantil. La pequeña -hija de una cantante de ópera y de un actor- siente vergüenza a volar porque los aviones contaminan, y tiene, como digo, ráfagas de Cousteau en su visión consternada del planeta. Lloró en el Parlamento Europeo, y en Davos reprendió a los adultos más poderosos del mundo. Thunberg es la horma del zapato de Trump: que escuche a la ciencia, le dice. El 27 de este mes que empieza hoy se hará una huelga mundial por el clima.
Ese mundo contrahecho puede ser inhabitable en breve, acaso en 2030, cuando ella tenga 26 años y la Tierra no tenga remedio. Hace un año, un 20 de agosto, viernes, faltó a clase y se manifestó a solas delante del Parlamento unicameral de su país (Riksdag, en Estocolmo), bajo una ola de calor y una cadena de incendios nórdicos que arrasaron 20.000 hectáreas. Como si una niña canaria hubiera hecho lo mismo en la calle Teobaldo Power tras el fuego en Gran Canaria. “Nuestra casa está en llamas”, denunció Thunberg, que siguió fugándose los viernes del colegio con el mismo fin hasta engendrar un movimiento contra el calentamiento global en centenares de ciudades y miles de niños que imitan su gesto. Este último año, millones de jóvenes han salido a la calle en todo el mundo, pero no fueron tantos al principio. En DIARIO DE AVISOS hemos cubierto esas marchas testimoniales y las hemos llevado a Primera, como este sábado la emergencia climática acordada por el Gobierno precisamente un viernes siguiendo los pasos de La Laguna el 17 de julio. Es un asunto medular en nuestro diario ideario. Inspiró antes un festival de cine ecológico en el Puerto de la Cruz en los años 80, y a colectivos como el MEVO, ASCAN, ATAN o Ben Magec, y las campañas de Radio Club contra los enterramientos radiactivos en nuestras fosas marítimas. El mismo que alentó la guerra del petróleo en junio de 2014, o contra las torretas de Vilaflor en noviembre de 2002… Es lo que Al Gore llamó una verdad incómoda.
Ahora nos incitan los incendios forestales este verano. Los incendios son producto del calentamiento global, no por la intuición de una niña con asperger, sino por los informes del panel intergubernamental sobre el cambio climático, IPCC. Canarias declara esta emergencia climática, entre otras razones, por las pruebas indiciarias de los últimos incendios. Venimos de la mitología y los halagos de los viajeros, de los jardines de las Hespérides y de Humboldt, del aprecio de los clásicos y de nuestros propios profetas en su tierra, aquellos y estos, de Manrique a Wolfredo Wildpret. El viernes, Wildpret nos recordaba cuando 20 años atrás pidió una ayuda al Gobierno para instalar una placa solar en su casa y ducharse con agua caliente de energía limpia. La crisis climatica es la mayor crisis a la que se ha enfrentado la humanidad -dice la niña sueca-, y tiene fácil solución, pues bastaría con evitar las emisiones de gases de efecto invernadero, si no fuera porque nuestro mundo basa su desarrollo en la destrucción del planeta mediante la quema de combustibles fósiles. Es la pescadilla que se muerde la cola. Bolsonaro quiere pavimentar el Amazonas y las queimadas le vienen al dedillo. Los lobbies son los lobos de este cuento de Caperucita Roja que protagoniza nuestra ecoheroína con trenzas.
¿Estamos a tiempo? Por suerte el cambio climático también es un negocio, admite Wildpret de la Torre. Poblar las azoteas de paneles solares; fomentar la producción mundial de coches -y pronto aviones- eléctricos; limpiar océanos y atmósferas con futuros inventos a gran escala; adaptar la industria turística a las exigencias ecológicas del nuevo usuario… son un colosal negocio. ¿Quién dice que los niños no ganen felizmente esta batalla de la sociedad civil, y un viernes cualquiera canten victoria estos geniales Pokémon que no se dejaron capturar?

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Lo que arde detrás de las llamas

A la vuelta de apenas días, semanas, nos veremos atrapados por episodios de enorme impacto, que sin duda imprimirán cambios en nuestras vidas o nos harán modificar la hoja de ruta.

No es moco de pavo lo que trama el paquidermo de tupé pajizo que dirige a su país como si pilotara en sueños, dando bandazos, la isla de San Borondón fingiéndose un monje irlandés a bordo de la Non Trubada, una patria imposible sobre una ballena, que de un sobresalto hiciera saltar por los aires al pueblo inglés, hechizado por las promesas de su profeta sin tener los pies sobre la tierra, sino a lomos del rorcual. Esa fábula y ese fantasma.

Ni Boris Johnson ni Trump encuentran sitio a su empanada mental. Gemelos como dos clones se han idiotizado en Biarritz mirándose a los ojos en la cumbre del G7 como dos enamorados en mitad del despropósito de sus locos ideales. Johnson mintió cuando animó al brexit a su pueblo, dijo aquello de que su país se ahorraría una fortuna diaria desligándose de Europa. Es cierto que las islas son un lujo del continente al que pertenecen (¿fue un ingles, Bertrand Russell, el que lo dijo?), pero los británicos no se pueden quejar. Su estatus en la UE ha sido una excepcionalidad continua y consentida, con moneda propia y trato de favor. Del mismo modo que los canarios logramos un traje a la medida cuando entramos en el club para defender nuestros fueros y pruritos ultraperiféricos. Este régimen singular es el que tendría Irlanda del Norte (la llamada salvaguarda irlandesa) si el gorila rubiales no se empecina en abortarlo. Ahora bien, que estos se van es un hecho. Que Boris Johnson no es Theresa May y tiene más de bestia parda que de Churchill o Tony Blair, nadie lo discute. En la boca del lobo se desenvuelve en su medio natural, la selva, este muere matando, se le ve en los modales de mamut, por más que imite al noble Quasimodo.

Así que el 31 de octubre los ingleses se mandan a mudar. Y ese movimiento traerá consecuencias en nuestro ecosistema económico. Perderemos turistas y exportaciones hortofruticolas, y los paisanos que viven allí serán de la noche a la mañana unos cuasi refugiados, expuestos a que el premier imite al original que ordena redadas desde La Casa Blanca y amenaza con detener sine die a los hijos de los latinos encarcelados por no tener documentación. Los canarios sin papeles de Johnson se las van a ver y desear. Y estoy seguro de que Nelson no tiene nada que ver con esta venganza histórica.

Nos toca despedir agosto con sofocos preventivos. Porque vienen calenturas mayores. La improbable investidura de Sánchez y el déjà vu de otra campaña electoral que nos remonta a 2016 con Rajoy fumando y leyendo el porvenir en las volutas de humo. En el horizonte hay otras señales de humo, que asomarán allá por septiembre. La desaceleración o la dichosa crisis, que nos resistimos a llamar por su nombre con tan solo recordar aquel 2008 que nos jodió vivos. Y dicen los peores agoreros que Macron, además de Merkel y la plana mayor de la UE, está de retirada tarde o temprano. Si lo que viene es esta tropa de energúmenos, acudamos al inefable Pepe Monagas, cuando sentenció: “Si son islas nos salvemos, pero si son cagarrutas de moscas, Dios nos coja confesados”. Amén.

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La tempestad del fuego

El incendio de Gran Canaria ha sido la prueba de fuego de Ángel Víctor Torres. Un incendio revelador. Hemos examinado la conducta de los gobernantes y descubierto talentos como Federico Grillo, que ha sido un hallazgo consensuado de alguien que nos tranquiliza saber que está ahí en las situaciones complejas para sacarnos de apuros, y que no es ningún arquetipo de Instagram.

Torres sorteó el morlaco y se mostró cercano, era su deber informar, o así lo entendió desde el primer sofocón del 10 de agosto que provocó involuntariamente un soldador y que ya avisaba de que esta vez este mes iba en serio. No rebasó el cortafuego del vedetismo al que tientan las cámaras, no se gustó, fue conciso y convincente, fue al grano. (Cuando hacía televisión y ese era mi trabajo, me disuadía continuamente del pernicioso estrellato.) Un político que se descuida apareciendo a diario en la caja tonta acaba estrellado. Ni el presidente Torres ni Grillo abusaron del medio, de la golosa exhibición, que enseguida asoma su rictus en la cara del que se sabe rodeado de fans. Y ambos ya los tienen, uno por razón del cargo y otro por mor del azar de caer bien (la telegenia). Borges sueña en un cuento a un ser que resulta incólume a los fuegos, y cuando él mismo se adentra entre las llamas y sale ileso comprende que también es fruto de otro sueño. Es fácil quemarse en la popularidad, que es una ficción contagiosa. De ahí que Torres y Grillo hayan salido indemnes, al parecer, como en el sueño del cuento de Borges, pues no parece que se les haya subido la fama a la cabeza en ese templo circular.

En la tragedia de las Torres Gemelas, Luis Rojas Marcos bendijo la labor de los ángeles anónimos, que en la oscuridad de los escombros tras el atentado guiaron a los supervivientes hasta la salida salvando vidas. En esta ocasión lo ha hecho Arturo Pérez-Reverte en un tuit: “…y ellos siguen ahí, impasibles como estatuas de bronce”. Grillo era un niño que vivió los incendios de su pueblo y ahora es un orgullo de La Guancha convertido en una autoridad en la materia, como me decía el periodista Salvador Pérez. Es una suerte de tímido sabihondo del pandemónium forestal, una eminencia tinerfeña de brillante currículum curtido en las hogueras hogareñas de su monte infantil, que todos los veranos crepitaba como un rito de piromancia que exasperaba a su padre, el alcalde, José Grillo.

Pedro Sánchez saludaba el otro día a los miembros del operativo de extinción y se detuvo en el director de Emergencia del Cabildo. “Yo te conozco, tú eres Grillo”, le dijo, y departieron sobre los secretos del incendio que había visto toda España y arrasado 10.000 hectáreas de la isla. Esa inevitable popularidad del jefe de los ángeles anónimos del incendio de Gran Canaria es una de las mejores noticias de este ferragosto que amenaza achicharrarnos a todos ola tras ola de calor (y calima, como ayer).

Cuando hace más de cien años Unamuno recorrió esas mismas cumbres de Gran Canaria, dijo haber visitado el infierno de Dante e imaginado el colérico combate entre Vulcano y Neptuno. El vasco había salido abucheado como mantenedor de unos juegos florales, en la capital, donde echó un jarro de agua fría sobre las demandas orientales de escindirse de la entonces provincia única con capital en Santa Cruz de Tenerife. Y acaso para congraciarse con la sociedad que lo recibió de uñas, quiso conocer la isla en las entrañas de sus pueblos, los mismos que ahora han sido pasto de las llamas (Valleseco, Artenara, Tejeda…), y dejó constancia de ello en Por tierras de Portugal y España. Pasó un mes en Gran Canaria (1910) y la relectura de sus páginas se vuelve crónica premonitoria de este incendio: “No otra cosa pueden ser las calderas del Infierno”, escribe. “Es una tremenda conmoción de las entrañas de la tierra, parece todo ello una tempestad petrificada, pero una tempestad de fuego…”.

Los incendios de sexta generación, a cuya familia se asocia este, anuncian un mundo de cataclismos, donde la menor catástrofe convoca un apocalipsis. El mundo de 2020 -que es mañana mismo- trae el cambio climático en el DNI y las tormentas serán tropicales y los incendios de sexta generación. Así que tendremos a Federico Grillo de médico de cabecera en lo sucesivo para explicarnos la lluvia de cenizas y la nube de pavesas, el milagro de Inagua y la zona de hombre muerto, las columnas de humo, el fuego dormido en los pinos o el nivel fuera de capacidad de extinción… Impresionaron algunas de sus frases lapidarias: “El ser humano no es capaz de enfrentar tormentas de fuego como esta”, que fue portada de DIARIO DE AVISOS el día 19.

En Tenerife tenemos el Delta en la memoria infausta desde 2005, y cuantos lo vivimos bajo el caos y la desolación acarreamos la pesadilla latente de aquellos días de viento. Estos días de fuego obran el mismo efecto en la imagen pavorosa de las cumbres de Tamarán. Cada isla tiene su toponimia y su mitología, y Tenerife pasaba por ser el infierno, y en el Teide (Echeyde) moraba el diablo, Guayota. Pero a estas alturas de la película, cuando no es el volcán submarino de El Hierro, es el incendio en cualquier isla, es el cambio climático en cualquier peñasco del planeta, mientras ahora mismo cruza el Atlántico de Plymouth a Nueva York, a bordo de un velero de cero emisiones, una niña sueca que se niega a volar. La guerra de Greta Thunberg contra la contaminación es parte de esta era de jóvenes activistas frente a la desidia de los mayores acomodados en su confort desarrollista, de gobernantes adultos como Jair Bolsonaro que miente puerilmente denostando a las ONG mientras las llamas devoran la Amazonia y al presidente le crece la nariz como a Pinocho. Thunberg es una de las hijas apostólicas del comandante Cousteau, que hace 25 años elevó a Naciones Unidas desde La Laguna su Carta de los Derechos de las Generaciones Futuras. Una suerte de epístola de Thunberg y todos los niños del mundo dirigida a sus papás.

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Memoria del fuego

La prueba que la naturaleza nos pone ahora en Gran Canaria, en Canarias, no es nueva, pero sí mayor que otras veces. En 2007 la misma isla se quemaba sin remedio y son las mismas montañas, laderas y paredes de la geografía que ahora se confiesa fuera de toda capacidad de extinción.

Los incendios que se salen de control son monstruos que buscan camino, devoran todo a su paso y expulsan a las poblaciones, que huyen del demonio. Es la antigua, cíclica batalla humana contra los elementos naturales adversos: las olas de fuego que ascienden hasta el cielo y las que del mar inundan con vastos tsunamis las costas más expuestas a sus embates; las lluvias torrenciales, las infaustas tormentas, el viento indomable que abate los árboles y torretas, como vimos aquel año espectral de 2005 bajo la furia del Delta; las sequías cada vez más contumaces, el abrasivo calor, las oleadas de calimas del desierto, y en lo hondo, la suma de siglos de nuestras calderas candentes, el urente sigilo del volcán…

Estamos hechos de esta condensación de miedos atávicos, tenemos desde que nacemos la herencia de los peligros naturales congénitos de la isla, somos parte de esta predisposición telúrica que la geografía conoce bien en su memoria geológica; de ella es producto. Esta tierra se ha caído y se ha vuelto a levantar entre catástrofes y leviatanes, tal es nuestra génesis común. Pero se nos tuerce el gesto, nos incomoda y araña el alma ver los montes de Gran Canaria ardiendo en llama viva. No estamos acostumbrados, así pasen milenios, a un ataque masivo de incendios en una misma semana.

“El ser humano no es capaz de enfrentarse a tormentas de fuego como esta”. El director técnico de Emergencias del Cabildo de Gran Canaria, Federico Grillo, resumió así en la noche del domingo las condiciones desiguales de este duelo desproporcionado entre los medios humanos y las garras de Vulcano. Y estas circunstancias no desmoralizan, muestran la única manera de afrontar las desgracias descomunales: la resistencia de ánimo, el valor de la espera de Penélope, viendo que la noche nos desteje lo que habíamos tejido de día. Hasta que la tierra arregle sus desavenencias y nos devuelva el saludo. Entre tanto, sobrevuelan el cielo los aviones de refresco, se adentran en el bosque los ángeles ignífugos, y el demonio se resigna a perder otra batalla. ¡Cuántas veces las Islas le han visto el rostro al infierno y no han bajado la mirada hasta el último minuto triunfal! Nos ha vuelto a suceder, y es parte del destino de los héroes que regresan a la cita con el fuego una vez más.

Tenemos memoria del fuego, como el célebre título de Eduardo Galeano. Son las llamas del recuerdo. Pero a veces el monte se suicida de este modo, o la mano del hombre le arranca las entrañas y arde hasta hartarse de quemar todo cuanto muerde a su paso. Somos en esencia una buena muestra cuando el auge de la ira de los cuatro elementos naturales se manifiesta en toda su magnitud. Somos aire, tierra, agua y fuego. Y un incendio tan devastador nos devuelve la humildad, estamos en inferioridad de condiciones, en manos del dragón que ha abierto la boca y nos abrasa. Es por ello tan admirable y extraodinaria la labor de esos ángeles forestales que hemos visto en vídeos, que son capaces de ir al encuentro del dragón, cara a cara, y desafiarle. Les debemos una enorme gratitud por jugarse la vida en nuestro nombre.

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La chica del yate entre dos cadáveres: Maxwell y Epstein

Ghislaine, la hija de Maxwell, el magnate de la comunicación que falleció misteriosamente en aguas canarias en noviembre de 1991, ha vivido estos últimos 28 años huyendo de las sombras que envolvieron muy pronto la figura de su todopoderoso padre tras ser hallado flotando y enganchado en el aire con un arnés al suroeste de Gran Canaria. Ghislaine es una mujer entre dos cadáveres, el de su padre y ahora el del millonario norteamericano Jeffrey Epstein, que apareció el sábado muerto con el cuello roto en su celda de Manhattan. Estaba unida sentimental o empresarialmente a él, o en todo caso, esa es la sombra que ahora le persigue a ella.

Robert Maxwell viajó aquella vez a Tenerife en su lujoso yate Lady Ghislaine, bautizado así en honor de su hija preferida, la menor, que contaba 29 años cuando voló a la isla con parte de su familia a hacerse cargo de los trámites de la defunción. A Maxwell no se le atribuyeron indicios de pederastia como a Epstein, pero sí tienen en común los dos cadáveres, amén de la impronta de sus fortunas y lazos con el poder, el hecho de que se especule con el suicidio de ambos o, incluso, con el asesinato.

El forense Carlos López de Lamela, con el que mantuve un estrecho contacto en aquellos días en que Tenerife era centro de atención por la muerte mediática del último ciudadano Kane del siglo XX, deslizó, en una ocasión en que le pregunté por las sospechas de asesinato, que Maxwell pudo sufrir una inyección letal e imperceptible incluso en una autopsia y posteriormente padecer un infarto. En sus vísceras quedaban restos de un último alimento: un plátano que pidió antes de morir. Y entre las incógnitas del estudio forense permanecerían dos o tres porqués, ya que entraba en lo posible que una vez fallecido hubiera sido arrojado al mar. La versión oficial se decantó por la peor noticia para su familia, que aspiraba a cobrar una suculenta póliza de seguro, es decir, la muerte natural (tenía un solo pulmón y estaba siendo tratado de un edema).

En cuanto a Epstein, ya es historia y todas las miradas se centran en Ghislaine Maxwell, la dama de la casa, la madame, la gerente de un imperio de nidos suntuarios del amor en Florida, Nueva York y Arizona, mansiones dedicadas al flirteo, las fiestas y el fomento de una turbia red de esclavas sexuales (de tales ocupaciones la responsabiliza la prensa amarilla, que era el género que reinventó su padre). En este caso como en el del magnate de la comunicación sobrevuela la hipótesis, como digo, del crimen, que eleva el enigma a su máxima potencia.

A Trump le ha faltado tiempo para señalar infundiosamente a Clinton a la hora de alimentar la idea de que alguien en la cima ha podido decidir sobre la vida del mujeriego cabecilla de una trama criminal de abusos sexuales bien vista en los círculos del poder. Trump y Clinton han sido citados desde el minuto uno en que Epstein fue detenido, por una supuesta relación de amistad en el pasado. En cuanto la cosa se puso fea, el presidente se quitó de en medio, aludió a un hipotético desencuentro con el reo y posteriormente alentó la tesis de la conspiración para embarrar al marido de su adversaria demócrata en las elecciones de 2016.

GHISLAINE EN SANTA CRUZ

La joven que vimos en el puerto de Santa Cruz leyéndonos un comunicado de agradecimiento familiar al trato recibido en la isla es ahora una mujer de 57 años, agazapada y temerosa de pagar los platos rotos de su exnovio y amigo eterno, sabedora de que ese es el propósito de un juez de Manhattan que le sigue el rastro. En aquellos días tristes de noviembre del 91, la madre, Elizabeth, ella y su hermano Philip nos parecieron una familia corriente llorando a un muerto entrañable sin poder evitar los signos de opulencia a su alrededor. Ghislaine se desenvolvía en el majestuoso yate como una princesa. En una de sus decisiones más controvertidas, recuerdo que amontonó todos los documentos que había dejado su padre en el camarote y ordenó destruirlos. Cuando la jueza de Granadilla Isabel Oliva pidió que le reunieran el valioso material de las últimas horas del finado, solo encontraron unos telegramas de condolencia. Tampoco olvido los esfuerzos por eludir las preguntas de los periodistas del abogado tinerfeño de la familia Maxwell, Julio Hernández Claverie, a quien bombardeé para que me revelara si los herederos sospechaban de alguien de a bordo, pues sabía que investigaban por su cuenta a los once tripulantes.

UNA NIÑA MIMADA Y BIEN PAGADA

La accidentada biografía de su padre y la no menos tormentosa de Epstein, los dos cadáveres que han marcado su vida, confluyen en un mismo afán suntuario de apogeo y bienestar. Ghislaine huyó de Londres tras regresar de Tenerife y enterrar a su padre en el Monte de los Olivos, en Jerusalén, con honores de jefe de Estado. Había tenido un trato exquisito al frente de una empresa de regalos del holding de papá y hasta cobraba un suculento sueldo del semanario The European, que apenas pisaba alguna vez. Pero todo ese boato se acabó en la madrugada del 5 de noviembre de 1991, cuando Robert Maxwell murió en aguas canarias tras su última cena en el restaurante del Hotel Mencey, donde días más tarde nos reunimos con Alberto Vázquez Figueroa para reconstruir la escena que dio alas a su novela Ciudadano Max.

La benjamina se exilió, entonces, en Nueva York y conoció y al parecer se enamoró de Jeffrey Epstein, que era un financiero con fortuna, mansiones y avión privado como Robert Maxwell, pero sin contactos en la jet set. Ella, sí. Su padre tenía amigos vips en la clase alta de medio mundo y se codeaba con la Casa Blanca y el número 10 de Downing Street. Ghislaine era la perfecta socialité, amiga personal de príncipes y gente glamourosa. Una de las presuntas esclavas sexuales denunció que el príncipe Andrés, tercer hijo de la Reina Isabel II, fue uno de los amantes con los que se vio obligada a acostarse en la red de Epstein y Ghislaine.

“La vida es dura”, le dijo a Robert Maxwell un cliente que lo reconoció en el Mencey en noviembre del 91, la noche de la víspera de su muerte con 69 años. Cuenta el periodista Juan Cruz que el magnate de 1.90 metros y 140 kilos se abrochó con dificultad la chaqueta y solo sonrió. Esa noche se había ido del yate cabreado porque el cocinero no tenía langosta para cenar. Las deudas y los escándalos le cercaban, pero no perdía el apetito. En un libro aparecido dos semanas antes, La operación Sansón, el periodista del New York Times Seymour Hersh lo acusaba de ser un espía a sueldo del Mossad. Venía caminando el final de su imperio, había estafado a sus trabajadores metiendo la mano en sus fondos de pensiones, y, por si fuera poco, luego se supo que en esas fechas le intimidaba una posible acusación por crímenes de guerra. Salió disparado del yate, pidió un taxi, y se plantó en el restaurante del Mencey. Cenó merluza con setas y almejas, se tomó tres cervezas y no paró de llamar infructuosamente por su radioteléfono. De pronto, se sintió agobiado o el catarro que arrastraba lo exasperó, y pagó sin tomar postre ni café. Dejó una considerable propina y se fue como alma que lleva el diablo. El maitre salió detrás de él y le devolvió la chaqueta que dejaba olvidada. El resto fue una extraña orden de navegar arbitrariamente. El yate con el nombre de su hija surcó las aguas canarias llevando a bordo a uno de los hombres más poderosos del mundo y mejor relacionado que se enfrentaba solo y contrariado a su destino. Nadie sabrá nunca qué pensaba o había decidido hacer con su vida y sus negocios aquel hombre surgido desde abajo, que había nacido 69 años atrás en una aldea de los Cárpatos, en la entonces Checoslovaquia, cuya madre había muerto en Auschwitz. Fue el único de la familia que escapó con vida a Hitler. Se llamaba en realidad Ján Ludvick Hoch, pero, una vez alistado en el ejército británico, adoptó el nombre de un soldado muerto en Normandía. Fue ascendido, condecorado e indemnizado con cien libras, que fueron su primera inversión: compró una revista científica para divulgar informes censurados, hasta hacerse con el Daily Mirror y todo su mítico grupo. De aquella época militar en la II Guerra Mundial heredó el apodo de Capitán Bob. Al parecer, consintió la muerte de civiles alemanes desarmados, y le iban a acusar de ello cuando viajaba por última vez a bordo del yate que dedicó a su hija Ghislaine.

Pidió dirigirse a Los Cristianos, pero por alguna extraña razón la nave se desvió hacia Gran Canaria antes de llegar a su destino, ya sin él a bordo. Había desaparecido en el transcurso de esa última travesía y el cadáver flotando boca arriba que izó un helicóptero del SAR apenas tenía agua en su solitario pulmón. Una muerte que nunca iba a quedar definitivamente esclarecida entre los archivos secretos de Scotland Yard. Y tras la que solo resta el apellido, pues el imperio de Maxwell se desvaneció y hoy la niña de sus ojos vive su calvario particular. Marca de la casa.

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Repitamos todos: es la economía, estúpidos

Trump quiere comprar Groenlandia. Como cuando alguien en el pasado preguntara cuánto vale La Graciosa. O El Hierro, o esos islotes chinijos. Trump es un peligro exterior. Que no pregunte por nosotros, que no hemos calculado el precio. Y no está el horno para bollos. No va esto de Trump, no al menos específicamente. Sino de los miedos y del temor por antonomasia ahora mismo, que es la economía.

Todos los miedos son malos, pero el canario es verdad que tiene miedo atávico a las amenazas de fuera. Y esa pulsión ancestral, que acaso se remonte a la llegada de los primeros forasteros con ánimo de apropiación y a la posterior guerra de cien años -en sus plazos literales de principio a fin- de la célebre Conquista, se reprodujo más tarde en las invasiones de langostas, riadas y Deltas, hasta hoy en que asoman enemigos, ya no solo de rango máximo como el cambio climático, sino también de índole, como digo, económica. Tememos a un mal viento de la economía, bajo el flagelo de traumas recientes y dolorosos como la Gran Recesión. Cuando Merkel tiembla, tiembla Alemania, tiembla Europa y nuestra economía doméstica en Fuerteventura, Gran Canaria y, por extensión, en todas las islas. Hasta los incendios reincidentes de la última semana y ayer son malos augurios. Porque está la cosa que arde.

No conseguiremos hacernos con un margen de tranquilidad. El déficit del último Gobierno de Clavijo ya puso hierro a la mística del cambio, y al nuevo Gobierno no le quedó otra que empezar el relato por la palabra austeridad. Son esos prefacios que preceden al canon. La rigorista Alemania ha confirmado las sospechas: su economía se contrajo después de un largo decenio de salud encomiable de la locomotora de Europa.

¿Entonces, vienen curvas? Ya decíamos ayer en estas páginas que la confianza del empresario canario retrocede ante la incertidumbre económica (según los test de oráculos como la Cámara de Comercio). Es curiosa la distinta expresión de la cara de cada isla. Tenerife y El Hierro muestran la sonrisa cauta de los escarmentados. La cosa puede ir bien, pero si ves las barbas de tu vecino arder (nunca mejor dicho), pon las tuyas a remojar. El tono general del Archipiélago es de preocupación. Esta palabra fue la primera que mencionó el presidente, Ángel Víctor Torres, en la Basílica de Candelaria cuando el periodista Juan Carlos Mateu le colocó en el escenario de las dos amenazas externas que desafían ahora mismo las prioridades de su Gobierno para revertir la desigualdad y exclusión social en las Islas que se apellidan Afortunadas. Preocupación por Alemania y el brexit.

Decía Michael O’Leary en Israel que los europeos “están hartos de Canarias” y cuando midió la repercusión de su metedura de pata envió una carta a Clavijo pidiéndole perdón de un modo encubierto con el recurso de donde dije digo, digo diego. “Como otras muchas personas, mi familia y yo visitamos repetidamente Canarias y pensamos seguir haciéndolo”, sollozó, desdiciéndose tras lanzar el barreno en Tel Aviv. ¿Por qué ahora Ryanair ha vuelto a agitar el fantasma del desmantelamiento de sus bases en Canarias, como hace cada vez que se resiente su cuenta de resultados y pasa el cepillo en el ofertorio? Cierto que Turquía y Egipto remontan la crisis de sus destinos indómitos, y que las primaveras árabes que nos prestaron dos millones de turistas reclaman lo suyo y el león de low cost corre raudo a la caza de su presa. Si Canarias no quiere seguir temiendo a los peligros que provienen de fuera, al chantaje lapidario de las aerolíneas que desplazan en masa a los turistas según su tasa y conveniencia, no va a tener otra que mojarse y arriesgar. Si quieres tener el control de la situación, crea tus propias compañías de transporte aéreo, usa y potencia las que ya existen y dobla el brazo a Michael O’Leary, que hace méritos de cómico de cine y se ahorca en sus propias pantomimas.

Porque si viene una crisis, será turística. Al contrario de la Gran Recesión, que fue de todos los sectores, menos de la vaca que da la leche de esta economía. Y estamos en el único país de Europa que crece de verdad, pese a la inestabilidad política de líderes que se fingen jugadores de casino. España no es Alemania ni Reino Unido ni Italia, donde el zascandil de Salvini se ha echado al monte, ciego de ansias de poder y de inmisericordia con los náufragos del tercer mundo.

La suerte de España es que avanza, mientras Europa encalla con la desaceleración germana y el desacreditado brexit. La crisis pegó duro en la España de Rajoy, que era una suerte de Grecia mayor a ojos de aquel ministro de Finanzas alemán en silla de ruedas, Wolfgang Schäuble, la mano de hierro de Merkel en los años de fuego de la crisis, cuando salías a la calle y no había un euro en circulación. Y no fue hace cien años. Fue ayer. Ahora, tras el austericidio de aquel decenio que nos dejó en los huesos, viene este nuevo enemigo exterior: la crisis internacional. Se han alineado algunos planetas. La guerra comercial de chinos y americanos crea las condiciones, la tramoya y el trampantojo de lo que tanto agrada ahora a los líderes de las potencias en su litigio de armas nucleares y bombas fétidas de economía atómica de aranceles por la espalda. Es posible que todo quede en amagos y fuegos de artificio, como los cohetes del ninot norcoreano, pero las Bolsas se tiñeron de rojo el miércoles y en Canarias repasamos el arcón de las señales de 2008. Nuestros propios gurús locales dudan de elogios y moderan el lenguaje para no asustar. Si hay brexit sin acuerdo dentro de poco más de dos meses (la fecha es el 31 de octubre), ya sabemos que vendrán menos ingleses y tendremos problemas con algunas exportaciones agrícolas. Si Alemania reincide en crecimiento negativo este tercer trimestre,seguirá viajando en menor medida uno de nuestros mejores clientes. Si Italia se muerde la cola como la pescadilla y abunda en su recesión, algo nos va a salpicar en la piel de cocodrilo. Haya o no elecciones, haya o no Gobierno, haya o no por enésima vez dirigentes en este país sin atisbo de rencor, conviene pensar en voz alta que es la economía, estúpidos.

 

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Votos para una nueva década

Antes de que termine el año habrá, supongo, nuevos motivos de alarma: la sentencia del procés, el brexit salvaje del ogro Johnson… Se ha vuelto un hábito vivir sobre el polvorín, se acabaron los años de estabilidad y tregua que tanto dieron de sí y tanta buena prensa tuvieron en los mercados y la economía. Ahora, en cambio, se estila una dinámica voluble y frágil, donde los momentos de calma son efímeros y cobran realce las salidas de tono y de pata de banco, las boutades de Rufián cuando era rufián, que ahora es tachado por los suyos de botifler (traidor) una vez domesticado de portavoz. El clima político es arisco y faltón. Rivera atribuye a Sánchez estar al frente de una “banda” y ser el señor del “botín”. Así que el vituperio avisa del ambiente preelectoral de rigor. Porque se denosta cuando vienen urnas, como un tic que va en el manual de campaña. Y es cierto que los nubarrones avisan de la meteorología política.

Las delegaciones territoriales del INE ya han comenzado a pedir a los ayuntamientos los datos censales y el listado de locales electorales, para tener, como pidió Sánchez a Santos Cerdán, la maquinaria lista para el 10-N. El 20-N se cumplirán 44 años de la muerte de Franco, cuyos restos serán exhumados como demolido -a lo que parece- el monumento que le honra en la Avenida de Anaga de Santa Cruz. O sea que diez días antes de ese aniversario palindrómico, seríamos convocados a desbloquear España mediante unas nuevas elecciones. No está mal. Votar, ¿qué hay mejor? Pero está también el hartazgo tras la sobredosis de urnas reciente. Votar nunca es una maldición Pero sí parece tal cosa que a Rajoy y a Sánchez les haya sucedido lo mismo con idéntica tropa (123 diputados). Al del PP, en 2015, el bloqueo de la investidura lo llevó a enfrentar una nueva batalla electoral y le resultó rentable, ganó adeptos y escaños y mereció la abstención del PSOE.

El déjà vu de Sánchez (Domingo Negrín los puso ante el espejo en el DIARIO en una viñeta de Suja y resulta que hubo una foto real de la escena) es una suerte de reencarnación de Rajoy, que en el Foro Premium de esta casa hizo revelaciones de aquellos días tan parecidos a estos de Sánchez en funciones y convino en que la estabilidad se alcanza tarde o temprano. Pero la política es inestable por definición. Italia, la movediza democracia de los gobiernos fugaces, nos parecía un caso extremo. Ahora cada vez somos más Italia, y, si las piezas encajan, iremos a elecciones en paralelo. Salvini censura a Conte para ir a votar por esas mismas fechas de otoño.

El contador electoral ya empezó a funcionar, ante la sospecha -más que razonable- de que el 23 de septiembre, la fecha límite, pueda no haber investidura y haya, por consiguiente, que disolver las cámaras y abrir las urnas el 10-N, camino de fin de año y de una década. En los cálculos de Sánchez, Iván Redondo y Tezanos salen unos 150 escaños para el PSOE, un batacazo de Cs, la leve remontada del PP, cierto descaecimiento de Podemos, retroceso de Vox y múltiples sorpresas en provincias: catalanes, valencianos, vascos, canarios… Si es cierto que Clavijo se resiste a salir fuera del foco en CC, lejano y solo en el Senado, quién se atreve a descartar que se abra el melón de la candidatura con la mismísima Oramas. Y Melisa hace cábalas con temores fundados sobre su continuidad. Pero nada esta escrito y es política, ese vaivén. Habrá entonces investidura y nos montaremos en 2020. Comienza una nueva década. Ahora uno piensa que todo encaja y tenía que suceder tal cual sucedió.

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