Elon Musk y Florentino Pérez

Y ese tal Elon Musk quién es? El periodista Fernando Jáuregui, acaso con la sorna de sabio pero no de sabido, hizo la pregunta en medio de la conferencia de prensa del hotel Contemporáneo, donde presentaba la encuesta de su programa Educa 2020, junto al presidente de la Fundación AXA, y de su compañera Lourdes Carmona, directora del invento. Jáuregui reveló, en su relato de los planes que conciben los estudiantes canarios para el día de mañana, que su ídolo es ese tal Elon Musk. Una respuesta insólita en el conjunto del sondeo nacional. En ninguna otra comunidad del Estado, los jóvenes de 16 a 19 años depositan su ideal de éxito en la figura de Musk. Al veterano periodista que compatibiliza las tertulias de la Cope y de 24 horas de TVE con este peregrinaje sociológico por la España que adolece (de adolescente, para el caso), le resultaba sintomática la elección. ¿Qué tienen estos canarios en su arcadia que no tiene el españolito continental?

Alguien comenta que Elon Musk, cofundador de PayPal, es un referente en unas islas que tienen dificultad para comprar por Internet. El caso es que, a lo largo de la jornada, sondeé en mi entorno sobre el personaje y pude confirmar la veracidad del escrutinio de los jóvenes de Jáuregui. Elon Musk es toda una celebridad subterránea entre afines y fans que comparten sus afanes: Internet, las energías renovables y el espacio, los “tres problemas importantes” enunciados por el inversor e inventor sudafricano que este mes cumple 46 años y posee una fortuna de 14 mil millones de dólares. O sea que. No es casualidad que Musk, uno de los padres de Tesla Motors y Space X, deslumbre a los jóvenes canarios.

Por estos lares siempre tuvimos debilidad por los visionarios. Musk parece tener entre sus proyectos de vida ayudar a colonizar Marte para evitar la extinción de la especie humana. Y sería feliz en una isla como El Hierro, que acaba de batir su récord de autogeneración de energía limpia. Sus coches eléctricos ya causan furor en el mundo. En fin, Jáuregui mostró adrede una perplejidad bien informada. “Por algo ustedes -me dijo- son los más emprendedores de España”. Y los únicos devotos, por lo visto, de Elon Musk, que ya era un geniecillo en la infancia, a quien los pibes locales parecen querer imitar. Yo creo que en Canarias hay un vivero potencial de Elon Musk. Canarias es un laboratorio de cerebritos sin Silicon Valley, pero con mucha sordina. Ya saben, otros con mucho ruido, pocas nueces. No siento ningún complejo mirando a Trump de lejos. Mi prole es más inteligente y capaz. Vivo donde ya quisieran muchos para dejar volar la imaginación. En fin…

Una vez agotado el tema Elon Musk, le pregunté a Jáuregui, cuando pasamos al café, lo que cualquiera ante un periodista que está de vuelta: ¿Y cómo ves el oficio? con j de Jáuregui, me dijo. Así que hablamos de prensa en un abrir y cerrar de ojos y periódicos. Y hablamos de entrada y salida de periodistas. De Cuartango, al que apeó Florentino Pérez de la dirección de El Mundo, según las malas lenguas de buena tinta, por querer meter el ojo donde nadie le llamó: en Ronaldo y las islas Vírgenes. De tal modo que, como ven, termino hablando de fútbol como mis convecinos. Claro que fútbol, periodismo y política han ido confluyendo hasta tal punto, que Rajoy no se perdió la final de Cardiff que ganó el Madrid con la flor de Florentino, que es el dueño de todo el jardín y dicen que quita y pone periodistas y a este paso imitará a Berlusconi, que saltó del Milán al Gobierno y aspiraba al Quirinal.

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Aires, aguas y lugares

No siempre las cosas han sido iguales ni han significado lo mismo. Medio ambiente (que sigo prefiriendo al medioambiente que recomienda la RAE) era una consigna de izquierdas, demonizada por la derecha. Y el ecologista era el terror de los partidos tradicionales. Un grupo de activistas afines -al estilo incordiante de Podemos- podía constituirse en un temible grupo de presión, con tan solo alzar la voz en contra de alguna actividad o espejismo que a su juicio pudiera alterar el medio ambiente. La defensa de las especies y la vida natural se erigió en la segunda mitad del siglo XX -de la que provengo- en una de las grandes olas de contestación social y política. Sin embargo, los ecologistas alcanzaban poca relevancia en las urnas. Cuando en Alemania vimos irrumpir a aquel ministro verde, Joschka Fischer, que cohabitó con Gerhard Schroeder, no dejó de admirarnos el éxito de una alternativa condenada a chocar contra las barreras electorales. Dice Antonio Machado (el nuestro) que un ecólogo es respecto a un ecologista lo que un sociólogo a un socialista. Faltaban ecólogos que sustanciaran las proclamas ecologistas impulsivas de mediados y finales de siglo, pues muchas de aquellas campañas feroces contra el sistema decaían con el paso del tiempo como una fiebre pasajera.

El ecologista más sincero y querido que ha tenido esta tierra fue indiscutiblemente César Manrique. Cuando inauguró su jardín de cactus, en Guatiza -sitio natal de mi padre-, que iba a ser su testamento espacial en la isla-factoría de sus obras, se le veía moverse como un guardián proselitista de las plantas temeroso de la mano del hombre. Porque César –que era un adelantado del cambio climático antropogénico- quería que sus vecinos usaran el ambiente de mutuo acuerdo, con la cordialidad de los campesinos, y, en cambio, se enfurecía cuando a alguien con dinero y poder se le iba la mano y atentaba contra el territorio que amaba. Mirar con el arte de querer. La miró con buenos ojos, dice la gente de campo. Al jardinero de cactus de César le acaba de entregar Luciano Benetton el premio Carlo Scarpa, porque en ese lugar perfecto se percibe la “belleza con otros ojos”.

La palabra sostenibilidad no existía por entonces. Y todo lo que él hacía y decía, con la verdad convincente de la palabra y la obra, iba en esa dirección. Lanzarote era la isla del día del medio ambiente (mañana, 5 de junio). Han pasado a toda prisa los años sin César, que era nuestro guía perfecto -como han pasado ya seis años de la muerte de Gilberto Alemán, que fundó Atan-, y ahora nos debatimos entre escépticos y profetas del calentamiento global. Ya nadie ponía en tela de juicio la defensa del medio ambiente a secas, todos nos habíamos convencido y convertido en ecologistas; las grandes empresas, incluso las más contaminantes, promueven acciones de ese cariz en sus fundaciones desgravatorias y plausibles ante la sociedad. Nada malo habría en ello, en construir tras destruir y descontaminar tras contaminar, si no fuera porque estamos llegando tarde a reparar los daños de la mala influencia del hombre en la casa que habita: el planeta se calienta con el deshielo de las montañas y regiones polares, y sin el reflejo de los casquetes, disminuye el albedo de la superficie terrestre -su capacidad de repeler la radiación solar- y nuestro mundo se vuelve un infierno insoportable. De manera que el ecologismo ha dejado de ser de izquierdas para ser un asunto de supervivencia. Pero cuando todos habíamos abrazado su ideario, corre riesgo de ser una batalla perdida. Pese al Nobel de la Paz al famoso panel intergubernamental del ingeniero indio Rajendra K. Pachauri y al exvicepresidente norteamericano Al Gore, la lucha contra el calentamiento global inicia su travesía del desierto. Los escépticos del cambio climático comparten la apología pasiva del feedback natural del medio con sus mecanismos de moderación del CO2. Como el creacionismo en sus escuelas frente a la evolución de Darwin, en los Estados Unidos se abre paso el negacionismo -por omisión- del cambio climático con Donald Trump, recién llegado como elefante en cacharrería, que esta semana aplicaba la pena de muerte al Acuerdo de París, apartando a la primera potencia del mundo del foro de pensamiento que alienta la necesidad de salvar al planeta reduciendo los niveles de gases de efecto invernadero.

Estas islas -como todas las islas- son sensibles a los riesgos que amenazan al medio ambiente. Porque somos una tierra de solana y umbría y estamos dotados de una biodiversidad providencial que nos fue otorgada en el origen de los tiempos. De tal modo que es inherente al isleño canario cuidar de su naturaleza con mimo hipocrático: aires, aguas y lugares. Alisios y maresías, lavas y barrancos. Nos perturban fenómenos como el Delta, porque nos va en ello la subsistencia sobre territorios frágiles y fácilmente inundables. Aprendimos de la geografía lecciones dantescas, como los derrubios y deslizamientos que crearon formidables depresiones naturales: el Golfo herreño y tantos otros. Ahora –con ayuda de divulgadores contumaces como Nemesio Pérez en seminarios y colegios- vamos perdiendo el miedo a hablar del volcán que nos agasaja. Hacer confortable nuestro entorno para nosotros y nuestros hijos y las generaciones futuras -como aquella maravillosa carta que nos trajo a La Laguna Jacques Cousteau- es ahora más imperioso que nunca, cuando gobierna una élite que disiente de las verdades que anuncia el deshielo de las banquisas árticas y corremos peligro de caer en el escepticismo ignorante como ideología de un siglo descabezado que se automatiza y prescinde de la inteligencia. Con dirigentes como Trump, lo tiene fácil El Roto: es un siglo sin rostro, un sujeto que anda decapitado. Hoy y mañana, nuestro deber es vencer la tendencia de todas las falacias. Y he aquí una, quizá la más importante y peligrosa.

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El espíritu de Zuckerberg

Si algo tenemos claro es que nada ya es evidente. Acaso el signo del nuevo tiempo -sin ponernos demasiado teóricos- es que todo lo que dábamos por sentado en realidad está patas arriba. Y esta inestabilidad crónica es lo que define esa provisionalidad de un estilo de vida que se ha ido abriendo paso, y yo diría que ya se ha impuesto. Muestras recurrentes de lo que digo son, desde luego, los referéndums y elecciones -incluidas, las primarias del PSOE- más recientes. Pero, fuera del estadio político, se juega con la misma impronta en todos los órdenes de la sociedad. A tal punto se ha vuelto un síntoma constante, que damos crédito sin querer y otorgamos de antemano un éxito potencial a todo aquel que rompa con lo establecido y ponga sobre la mesa una idea atrevida, una empresa, un partido nuevos. Macron es el último ejemplo del panel. Lo viejo y preestablecido cansa, como si en efecto nuestras neuronas sociológicamente se hubieran colapsado, y lo nuevo y disruptivo encendiera la imaginación y nos fascinara.

Todo este fenómeno social preceptivo comenzó con Internet, hace unas pocas décadas. Es algo nuevo que ya empieza a hacerse viejo. El ritmo de caducidad de nuestra cibercultura contemporánea es vertiginoso. Mientras medito sobre esto, me digo que algunos cimientos del antiguo régimen -la quizá vetusta, pero sólida cultura de la antigüedad de nuestra infancia- resurjan cualquier día con fuerza reclamando la consistencia de sus fundamentos. Pero lo que hoy consumimos -a la velocidad de un clic- es esto: una cultura evanescente, que se dilata y estira como un chicle con infinitas propiedades. Una manera de ser y pensar que no es la de nuestros padres o abuelos; que es algo ni siquiera de ayer -de hace cuarenta años, como solíamos medir las cosas-, sino de ahora mismo.

Hoy, ayer y mañana se han juntado en un solo instante. Y esta es la nueva disposición de las cosas, nos guste o no. Los continuos sobresaltos de los gobiernos, líderes, inventos, empresas, partidos, ideas, conceptos, nombres…, fijan una norma de estilo, que para unos (Zygmunt Bauman) se caracteriza por la liquidez, o acaso vamos viendo que se corresponde más con la idea del aire, de lo más intangible y efímero. Todo a todas horas salta por los aires. Eso me parece que va a cobrar cuerpo tarde o temprano, el aire como el estado físico de algo que no es nada. Leo con mucho interés todo lo que piensa y dice ese joven intrépido de la nueva cultura a la que me refiero, Mark Zuckerberg, y lo que, con él, vienen sosteniendo otros profetas de este novedoso mundo que se nos cayó encima de improviso. Y lo último que comentan es, precisamente, el papel del aire.

El espacio como tablet. Y la muerte del móvil a la vuelta de la esquina, sustituido, probablemente, por unas gafas o unas lentes de contacto y la voz. Y, una vez desaparecido el aparato formalmente -el smartphone- nos quedaríamos con el sueño de Hawking hecho realidad: la mente dirigiendo el teclado virtual sin necesidad de mover un dedo. Estas fantasmagorías vienen caminando a pasos agigantados. Hablan de cinco o, a lo sumo, diez años para que desaparezca el teléfono móvil, que nos parecía un fetiche duradero -el invento del siglo XXI-, y ya nos anuncian un nuevo salto en el vacío, con la llegada de un mundo espectral de hologramas tomando café y conversando en lugares remotos sin moverte de tu casa o de tu oficina. Veremos en qué queda todo esto. Pero antes tenemos que decidir qué hacer con nuestro día a día, mientras todo está patas arriba -como decíamos- y, de pronto, es como si todos los calderos estuvieran al fuego. Desde que no vivimos en un mundo como Dios manda, sino en un pandemónium donde mandan las sombras -nunca tan cierta la idea de que todo parece estar a punto de estallar-, estos seres chiquititos y enormes que somos
-insignificantes por separado, pero ingentes y veloces en nuestra particular nave de internet recorriendo los ciberespacios a golpe de tuit como el hombre más poderoso ya se encarga de demostrar agazapado en las estancias de su casa blanca-, nos desayunamos cada día con la certeza de que no sabemos nada, a dónde vamos, que nos pasa y qué va a ser de nosotros y nuestras familias.

¿Ha estado la sociedad alguna vez tan desamparada y desprovista? Los que tenemos hijos saludamos el progreso y le tememos. Entre las reflexiones que Zuckerberg deslizó en Harvard esta semana sobre el hombre moderno, se preguntó qué falla en el modelo de sociedad que nos hemos dado para que alguien como él se haga multimillonario en diez años y a otros jóvenes con talento nadie les abra la puerta. Que debemos repensar la democracia y los métodos de igualdad de oportunidades es un hecho incuestionable; que esa democracia será cada vez más participativa y fértil, toda vez que la tecnología nos hará más autogobernables, resulta cada vez más cierto y deseable. Pero me pregunto si las comunidades que el rey de Facebook trata de fomentar para que la sociedad avance harán de un paisito insular un lugar más abierto y amable.

Nuestro mal endémico es la soledad que nos demoniza, porque no hemos acertado a gestionarla con espíritu solidario: estamos lejos y mal avenidos. Si el formato de sociedad que viene hace posible que un canario -mi hijo- se sienta en verdad ciudadano del mundo y no tenga que rendirle cuentas al tiranozuelo de turno que se adueñe de su tribu, sino que transite y viaje riéndose del mediocre gobernante ocasional, pues su destino y razón de ser está en su mente creativa y en el espacio que recorre con la técnica que le asiste, es posible que las generaciones venideras serán más felices y libres.

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Todo el peso del Estado sobre los hombros de Quevedo

Con el regreso de Sánchez se esclarecen los hechos y nada escapa al viejo maniqueísmo político de todo hemiciclo. A un lado la izquierda y al otro la derecha. En cuestión de horas, el domingo, separó la paja del trigo. El PSOE con S de Sánchez es un partido que gira a la izquierda, y en esa orilla confluyen rabiosamente Podemos y el ala ríspida del soberanismo. No es inquietante el reagrupamiento de esas filas, que, por su propia naturaleza, bebe en aguas agitadas o no existe. Al igual que Pablo Iglesias inventa cada mañana qué desayunar con el periódico, si una moción de censura o un tramabús, ahora a Pedro Sánchez le compete otro tanto, montar el departamento de estrategias virales que dé visibilidad a la “regeneración” del partido en su senectud. Regenerar el PSOE a lo Sánchez implica, ya en la tumba de los socialismos europeos del siglo XX, diseñar un partido de nuevo cuño, tan antagónico como sea posible del de González, como el de González quiso serlo del de Llopis. Y esta metamorfosis conduce a pocos centímetros de Podemos, que ya era un PSOE incrustado en esos aledaños. O sea que.

Todo empieza a estar -digo- más claro que ayer. Rajoy es ahora perfectamente consciente de que depende de un médico canario, a cuya receta ha de fiar toda la salud que le queda de presidente en lo que la legislatura dure de por sí. A las 7 de esta tarde, ese médico insular que nunca pone mala cara, volverá a sentarse junto a Soraya Sáenz de Santamaría y Cristóbal Montoro para hablar de Presupuestos. Pero estarán hablando, implícitamente -habida cuenta lo que pasó el domingo-, del Gobierno. Rajoy queda en manos de Quevedo, poderoso caballero. En lo que la política de Estado, a menudo, nos reserva, no cabía, hace tan solo unas fechas, presagiar semejante escenario ni tan abusiva carga sobre los hombros del solitario diputado de NC. Un caballero todo lo poderoso que se quiera, pero, a fin de cuentas, humano. Por si se nos había olvidado, Quevedo, que era un escaño discreto en la cámara de los horrores, se ha visto envuelto, de la noche a la mañana, en los mayores líos del reino.

Estar en boca de todo el mundo le ocurre a pocas gentes pocas veces. Quevedo no es que esté en todas las canciones, es que es la rima y la métrica. Y hasta en su ausencia hablan de él, le llaman, le invocan y le piden que presida la comisión más envenenada de la legislatura, para que haga de árbitro cuando se tiren las piedras sobre los trapos sucios del PP. Quién sabe si a este paso lo proponen para una investidura in extremis allá por los meses finales de año, cuando la olla esté a punto de explotar y las bancadas de la oposición sumen, pero no logren consensuar el candidato que desempate, y la misma bola caiga en su casillero como todas las bolas del azar político majadero del país hasta hoy. O sea que. Digamos que un hombre de izquierda, que anhelaba un bloque bastante para desalojar a Rajoy, se encuentra en la tesitura de sostenerle en la mano como un trompo.

Rajoy queda en manos de Quevedo por arte de birlibirloque, y solo sabremos cuánto tiempo a partir de esta tarde y otras tardes por venir en que se irá hablando de cosas serias, las de yantar y las de legislar. A juzgar por el desiderátum de Román Rodríguez, lo que ese voto solitario de su partido persigue es atraer inversiones y una reforma electoral que redibuje el mapa político de Canarias en 2019. Por el camino se ha colado esta cuestión banal de la gobernabilidad del Estado en un momento cualquiera del irredentismo catalán, que coloca España ante la hipótesis pueril de un brexit de tacón. Y es todo eso, nada más y nada menos que eso, empezando por unas cuentas del Estado para seis meses, siguiendo por la ruptura de los puentes del PP con el PSOE y desembocando en el riesgo de secesión de Cataluña, lo que depende -si se mira bien- del pobre galeno canario que a veces usa quevedos.

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Centralismo, dictadura y división provincial

Y qué celebramos este Día de Canarias? Desde vencer los miedos que ya no tienen sentido, como aquel pleito insular que resultaba hasta jocoso carnavaleando y era una piedra de molienda para la jodienda de esta tierra mal avenida, hasta la continua supuración de la misma llaga de siempre -la envidia intravenosa que nos corroe-, hay muchas cosas que convendría aflorar bajo el axioma de los psiquiatras que aconsejan limpiar la sentina expulsando el veneno, verbalizando los odios. Así, el cainismo -nuestro sentimiento autodestructivo más poderoso- o el adanismo -la tentación de fundarlo todo a cada nuevo mandamás, tirando por tierra lo que hicieron otros antes, etcétera-, o tantos ismos o istmos que padecemos en la desesperación de estirar las islas hasta algún continente que nos adopte y apadrine.

Entonces, ¿qué celebramos este 30 de mayo, Día de Canarias? Como tantas otras efemérides que se han ido desnaturalizando en la inercia o el afán comercial -de los que no escapa ni el Día de la Madre-, nos abocamos al día de la patria chica con el desinterés del Primero de Mayo sin la vitalidad sindical de otros tiempos. Y uno cobra conciencia del naufragio de las bodas de la autonomía entre dos islas mayores, dos provincias, dos Canarias conceptualmente distintas, a la luz de este aniversario sombrío del día que se constituyó el Parlamento. La indiferencia en cada nueva ocasión como ahora nos interroga acerca de qué hemos hecho mal para merecernos esta apatía sobre nuestra identidad elemental. Es un tema que le trae sin cuidado al grueso de nuestra sociedad. ¿El Día de Canarias? ¿Y qué?
Hubo un tiempo en que estas cosas se despachaban jerónimamente -como acuñara el poeta Manolo Padorno-, porque había una asociación de ideas entre la Autonomía y su mentor, Jerónimo Saavedra, que invocaba aquella máxima, Canarias es posible. Los años felices de Adán Martín -que se retiraba de la política hace diez años- dejaron a sus paisanos una tarea para la posteridad: el más famoso legado que guardan los archivos históricos de la Autonomía entre sus asignaturas pendientes, o sea, el Eje Transinsular -pensó también llamarlo Transcanarias-, que todo el mundo dice qué genial pero nadie mueve un dedo para hacer posible, como plantea, la unidad de los canarios por tierra, mar y aire.

Quiérese decir que seguimos en pañales en la cuna del Estado de las Autonomías mientras otras ya alcanzaron la mayoría de edad. Hubo, es cierto, temores que abortaron que esta fuera una autonomía histórica, mediante su referéndum correspondiente -se presentía una alta abstención que habría dado alas a los independentistas que la alentaban-. Y no es menos verdad que, si bien el pleito decayó por la propia pereza que el autogobierno suscita en sí mismo, no hemos dejado de autoflagelarnos el poco ego que nos iba quedando, de cuando, al menos, nos mirábamos el ombligo. Ya, ni eso. ¿Qué hemos hecho de nosotros en estos casi 35 años de autogobierno? Cuando la Autonomía era una ensoñación que movilizaba a los más osados en las estancias del Colegio Mayor San Fernando y de la Universidad de La Laguna, uno ignoraba que el hastío político existía y que llegaría un día de mayo en que estaríamos diciéndonos qué hacer este Día de Canarias, ahora que la Autonomía es un hecho y un derecho de una generación entera de canarios que nacieron en los años 80 y desconocen que no siempre fue así, que antes hubo centralismo, dictadura y división provincial.

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Orson Welles, Fausto y Dios

Ante la necesidad de buscar una explicación a la guerra de los mundos -que es la continua matraquilla de todas las épocas- habíamos deslizado aquí la semana pasada la posibilidad de que nos sorprendiera cualquier día un gran apagón en Internet. Máxime tras el ensayo a gran escala de aquella desconexión global del servicio de wasap que sufrimos días antes. Lo sucedido el viernes en decenas de países, con el ciberataque masivo de piratas de la red a empresas e instituciones para pedir rescates en bitcoins -moneda virtual en cuentas irrastreables- por la información secuestrada, no es lo mismo exactamente que imaginé aquí el domingo pasado. Pero se aproxima al pandemónium sugerido en esta columna como la guerra previsible que nos declararán, llegado el momento, enemigos potenciales que de momento se arman hasta los dientes de herramientas certeras, algunas de las cuales usurpan a organismos de inteligencia, como ahora parece haber ocurrido con la norteamericana NSA (agencia de seguridad nacional). Nos ha entrado ese pánico este viernes a la invasión de los alienígenas imaginarios de Orson Welles, encarnados esta vez por un virus malicioso que se multiplicó como una plaga por los ordenadores de medio mundo. Cuando supimos, a media tarde, en la Redacción que el ciberataque se cobraba sus primeras víctimas en Telefónica y que, parcialmente, afectaba a los terminales de las Islas, recordé como un relámpago los 59 minutos de Welles en la CBS en aquella broma apocalíptica y apologética de octubre del 38 en que enfrentó a sus oyentes norteamericanos –por entonces conturbados por las secuelas de la Gran Depresión, tras casi diez años del estallido económico, como ahora nosotros tras un decenio de la pandemia financiera de 2007- a sus fantasmas todavía angelicales comparados con los de hoy.

En La Guerra de los Mundos del que iba a ser uno de los cineastas más colosales de la historia, Orson Welles dramatizó hasta los tuétanos la novela de H. G.Wells, e hizo creer a una audiencia en estado de shock que los extraterrestres habían aterrizado masivamente en los Estados Unidos de América, y que, por tanto, la suerte estaba echada. Solo quienes siguieron el docudrama desde el principio supieron que se trataba de la representación radiofónica de una novela; el resto, en sus coches y oficinas o sintonizando en sus casas distraídamente a mitad de la transmisión sufrieron el canguelo de sus vidas, miraron por las ventanas, cerraron las puertas o se quedaron paralizados asistiendo a una impresión que los superaba, para la que no estaban preparados psicológicamente.

Fue una psicosis inédita, que –de ahí la celebridad de esos 59 minutos- nos ha perseguido a las generaciones siguientes. Porque después han sobrevenido episodios de ese jaez referidos, ya no a visitantes de otros planetas, sino a peligrosos agentes internos, de a bordo de nuestro propio mundo, que ha perdido el control de la naturaleza de sus riesgos inmanentes en manos de sus habitantes. Vimos las Torres Gemelas caer a plomo con sus centenares de muertos tras el ataque de unos aviones que parecían proceder del infierno. Presenciamos las múltiples variantes de terrorismo asesino y suicida distribuidas por distintas capitales del globo. Soportamos los hachazos de la crisis que destruyó millones de empleos y causó también inmolaciones. Con lo cual hemos llegado al punto de partida de La Guerra de los Mundos de Orson Welles, de la Gran Depresión a la Gran Recesión, separados por 80 años, en los que al mundo no lo conoce ni la madre que lo parió.

Cuando hacíamos las inocentadas del 28 de diciembre en Radio Club, a instancias de Paco Padrón, todos teníamos en mente en Suárez Guerra la hazaña de Orson Welles, que había sido capaz de entretener atemorizadamente a una audiencia gigantesca con el recurso de lo que ahora llamamos la posverdad. Lo que dista entre aquella puesta en escena en las ondas del inimitable autor de Ciudadano Kane y los epígonos transversales de su pieza radiofónica como Jordi Évole en la recreación contrahecha del golpe del 23F, es una cosa invisible que llamamos genialidad y que se tiene o no se tiene. Nos encontramos delante del espejo de la realidad travestida de nuestra era, viéndonos reflejados en la imagen inversa que asegura que el lunar ha cambiado de sitio y ahora está en la mejilla derecha. Welles convendría con nosotros que este tiempo irreal de enemigos virtuales bebe de la misma esencia de su guerra de las ondas hace 80 años. No es una inocentada, sino la nueva guerra de los mundos, en las andanadas de internet. El viernes nos invadieron los marcianos, pero no sobre las ciudades, sino sobre los ordenadores, que son el nuevo teatro de operaciones en que se libran las batallas de nuevo cuño.

El ciberataque expansivo no solo robó información e hizo pagar por ello 270 euros por cabeza a sus rehenes, sino que paralizó el sistema de salud público de Reino Unido. Es un aviso a navegantes. De inmediato, las autoridades –Theresa May acotó los daños y Putin lamió sus heridas como quien se quitaba culpas- se congratularon de que el bombardeo no hubiera afectado –esta vez, salvo la sanidad británica, desde luego- a infraestructuras críticas. Lo que equivale a decirnos que lo peor no ha sucedido todavía, pues si llamamos a esto caos, ¿qué no llamaremos a lo que acontezca cuando los ciberterroristas ataquen a las torres de control de los aeropuertos, a los trenes y hospitales –ya no solo del Reino Unido-, a los bancos y redes eléctricas …, a nuestro modo de vida ya dependiente tan estrechamente de internet, como si hubiéramos vendido nuestra alma al diablo en un rapto fáustico de megalomanía para superar los límites –todos- y compararnos, al fin, con Dios?

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Macron, el relojero de Europa

Si Francia hubiera tenido hoy de presidenta a Marine Le Pen, el juicio que haría todo el mundo -y aquí significa todo el mundo- tendría más que ver con el inconsciente colectivo de un psiquiátrico que con el de lo que conocemos como opinión pública -que nadie sabe lo que es, pues las opiniones son privadas-. Hace tiempo que los pensadores se tomaron unas vacaciones. Y la causa de esa deserción es posible que radique en un estado estéril de la cosa, una sequía temporal, porque los filósofos sufren alteraciones cíclicas de un cambio climático de las ideas cuando vienen mal dadas las agujas del reloj de la historia. Hace tiempo que el tiempo se salta sus leyes a la torera y se retrasa o adelanta a capricho sin ninguna explicación. ¿Por qué temíamos razonablemente hasta el otro día que pudiera ganar Le Pen? Porque asistimos a este despropósito de la ucronía, que avisa y convierte en real lo esperpéntico de otras épocas remotas. Le Pen, la hija del viejo Le Pen, era -y sigue siéndolo con su derrota humillante este domingo en el cenit de la grandeur del parisidio familiar- una amenaza seria a la integridad física de la Unión Europea.

Europa venía siendo una postura quebradiza. El brexit rompió los planes de la ceremonia; llegó el 60º aniversario de los tratados de Roma y nos quedamos lamentando la amputación del miembro cuando tocaba celebrar la consistencia de una declaración de paz tras la última gran guerra innoble que destruyó vidas y sueños de toda una generación.

Sin embargo, el recuerdo de Europa en ruinas no ha logrado disuadir ahora a quienes anteponen el discurso de la fobia al otro frente a la panacea de la paz de todos. Y entonces llegó Macron, cuya irrupción napoleoniza a su modo a una Francia que estaba al borde del abismo y reafirma su porvenir en el seno de Europa y no al margen de ella. O sea que Macron ha venido a salvar a Francia y a Europa de una tacada. El alivio de los líderes europeos -incluido el de Rajoy en Canarias- refleja una circunstancia inédita en estos 60 años de historia del club. Jamás como ahora Europa en peso se ha alegrado tanto de que un político de la ideología que fuera ganara unas elecciones en Francia. Porque Europa era hasta el domingo un pimpampum tramposo de países disputándose el pan y la sal del refectorio bajo el imperio del egoísmo y la zancadilla a traición. España ha sufrido en períodos ese abanico déspota con que Merkel se quitaba el agosto en cualquier sendero con vanidad germánica. Ahora, la canciller es otra. Le han sentado las caminatas gomeras, el descanso de la guerrera a la sombra del Garajonay, y de un tiempo a esta parte se ha humanizado, casi ha regresado a sus orígenes izquierdistas en el pulso con los ultras de su país a cuenta de los refugiados. Pero, sobre todo, se ha erigido en una dama de seda europea, camino del cuarto mandato si el efecto Macron calma las aguas de Alemania cuando en septiembre le toque votar.

Lo de Macron no es coña. Cuando ganó Obama, hubo un salto de alegría en distintos países al unísono, como si le hicieran la ola a aquel desconocido joven valeroso que rompía tabúes de razas y credos en un país tan poco transgresor como Estados Unidos. La victoria de Macron opera en Europa un fenómeno parecido, como si, de pronto, los peores fantasmas se hubieran replegado y la gente recuperase el tino del citado reloj de la historia. Como si Macron fuera ese relojero que arregló la avería de un tiempo que parecía fuera de toda lógica temporal, y, de la noche a la mañana, volviera a salir el sol en Europa otra vez. Y luciera un día normal. Un día como todos los días. Macron ha puesto ese reloj en hora.

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El gran apagón del wasap

Algunas costumbres van desapareciendo, como la tertulia y la correspondencia, reducidas al wasap. Las postales han quedado relegadas a fetiches de coleccionistas; conservan su fama de pausa en el tiempo, congelan instantes, paisajes y recuerdos que quedaron plasmados en su reverso. Pero no hemos perdido el gusto por contarnos lo que hacemos y a dónde vamos. Es falso que hayamos retrocedido en el hábito epistolar y su estela de nostalgia. La gente ha seguido enviándose emails. Lo que pasa es que la carta se ha tornado telegráfica como hubiera deseado Augusto Monterroso en su escalada de brevedad, y se prefiere el wasap, que es una pista donde todos corretean y se agrupan en foros multitudinarios, hasta constituirse en cauces mediáticos paralelos a la prensa y a la alternativa digital.

Todo apunta, de pronto, a que hubo, en efecto, un big bang de la información y se han formado muchos universos mediáticos paralelos. Uno de ellos es el wasap; otro Twitter. Otro Google. Y está Facebook, con su dios querubín de camiseta gris. ¿Habrá otros universos por descubrir en el entramado de esta cosmovisión, desde que el hombre penetró en Internet y dejó atrás el planeta Gutemberg, como si hubiera salido de la Tierra? Se trata de una aventura sin límites que abarca mitos y miedos que nos acompañan desde el primer día. La odisea espacial de internet se nutre de un estímulo primigenio: el afán del hombre por desvelar y conquistar mundos distintos. Nada comparable a internet había venido en cinco siglos a avivarnos ese instinto. Y eso que internet -esta ilusión encerrada en una caja de sueños que alguien, de cuando en cuando, destapa- apenas cumplirá 50 años en 2019, y lleva poco más de dos décadas como fenómeno mundial.

A veces he tenido la tentación de responder a un teléfono imaginario que cuelga de la pared cuando me suena el móvil. Eran objetos toscos y pesados, con la levedad de la manera de conversar de entonces que era cosa de funámbulos, donde todos estábamos al otro lado del hilo telefónico. El teléfono móvil que uso hoy es todos los mundos (de la comunicación) en uno. La radio está irreconocible; los niños del siglo pasado la escuchaban mirando a grandes receptores situados en un lugar preferente de la casa. Y aunque permanece físicamente el televisor frente al sofá, en una lucha de roles casi extemporánea entre la máquina y el espectador, lo cierto es que la televisión donde está es en el bolsillo.

Los nuevos soportes del siglo leen y visualizan, escuchan y escriben y, por último, compran y venden en el gran supermercado del comercio digital. En menos de treinta años, nos han reseteado y ya somos este ciborg, mitad hombre mitad teléfono móvil, conectado a internet.

Un joven periodista me comenta que su único medio de comunicación es el wasap, donde centenares de usuarios chatean en grupo y bombardean con noticias a su comunidad, sin darle tiempo ni ganas a consultar siquiera una página web. El estilo de vida de las tribus modernas observa normas de nuevo cuño que secundan poblaciones enteras de acólitos encantados de conocerse. La vida, entonces, gira alrededor del móvil como tótem del nuevo hábitat cultural. Atrás quedaron nuestras simpatías paternales por la entrañable mascota del Tamagotchi de los años 90. El móvil gobierna nuestras vidas y el mundo,y todo empezó antes de ayer con el Motorola, famoso porque Txiki Benegas dijo por él que Felipe González era dios.

Detrás de cada aplicación hay una militancia ingente de ejércitos de nativos correligionarios interrelacionándose. Mi interlocutor es un claro exponente del nuevo homo sapiens sapiens digital, la generación treintañera que nació en el apogeo de las nuevas tecnologías y jugaba en la cuna con móviles y tablets. Nosotros, los llamados inmigrantes digitales, de la segunda mitad del siglo pasado, no podemos quejarnos de haber estado en el palco viendo el espectáculo hasta acabar siendo actores del mismo.

Medito en voz alta los sobresaltos electorales y nuevos signos de cambio cultural. Es quitarnos el velo de la web de los ojos para ver claro que no ha sido la crisis la única espoleta de este espasmo. A un pensamiento analógico obsoleto ha sucedido en apenas treinta años un concepto digital nuevo de vida. No existe un cuerpo electoral con una mente común ordenada en diferencias meramente ideológicas. Nadie sabe lo que nadie piensa a votar; son gente que se informa por sí misma en el círculo cerrado de su grupo de wasap. Y el monstruo sufre ciberataques, con sus propias armas. Tratemos de entender humildemente a ese monstruo en su ciencia ficción, que va siendo la más real de todas.

El Big Data no ignora el poder de clonación de este conversador instantáneo, que conforma plataformas de intereses y cotilleos, cuales grupos de presión, al estilo de aquellas pandillas de la adolescencia, que se regulaban por el instinto de verse, salir y tomar copas. El modelo ha elegido sus líderes y fans, y estas micro y macro civilizaciones celulares tienen sus códigos de comportamiento. El miércoles, cuando el servicio de wasap sufrió una caída ecuménica de un par de horas interminables, supimos que hay un abismo cerca, y fuimos conscientes de la fuerte dependencia que hemos contraído con el móvil y el wasap, partes funcionales de una identidad civilizatoria. El invento que dé el siguiente salto de la comunicación traerá resuelto este Talón de Aquiles, la fragilidad casi humana del sistema que se nos reveló este miércoles al apagarse. El día que Internet se caiga y deje de operar bajo los efectos de un virus universal, la gente saldrá a la calle enloquecida y ¿cuántos volverán a su sano juicio?

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La corona de acebuche

Entre los ciudadanos habita comúnmente un prototipo de ser creativo o despreocupado, que se levanta todas las mañanas, bien con la idea activa de hacer cosas, incluso, completamente nuevas, o de tumbarse a la bartola y vegetar como buenamente pueda pasando desapercibido. La vocación natural de trascender y asomar la cabeza, dar que hablar, eso que abordó Juan Cruz en su libro sobre la fama, no es un rasgo baladí en la sociedad contemporánea. Este factor rige cada vez más nuestro modelo de convivencia en red, cuyo leitmotiv estriba en la trascendencia y promoción.

Tenerife es una isla dominada por ese instinto. Forma parte del ADN local despertar la curiosidad ajena hacia nosotros. Esa es la semilla del turismo, del que no podemos abjurar. Ahora mismo, la isla se sacude la timidez y da otro salto de estrellato con un título cestista de carácter europeo. Nos encanta -sin pudor- enarbolar éxitos de ese ámbito geográfico, justo en dirección contraria a la que han tomado nuestros amigos los ingleses. Yo recuerdo que en mitad del aislamiento español que rebotaba en los Pirineos, los canarios nos decíamos con cierta vanagloria que tocábamos en la puerta de Europa, antes que España, y nos abría. Teníamos presente el Canary Wharf y la dimensión europea de Agustín de Betancourt, el ingeniero embajador que desbrozaba esos caminos en el siglo XIX.

Ahora, ya con el traje de Europa puesto, hacemos constantes esfuerzos por lograr proezas deportivas de ese calado. Las semifinales tinerfeñas de la UEFA con Heynckes y el trono europeo del Marichal en voleibol son los dos antecedentes más reputados desde este domingo, en que el Iberostar o CB Canarias se alzó con el trofeo continental de la Basketball Champions League. En otras modalidades deportivas también se han conquistado copas de ese rango, con una clara propensión europeísta de Tenerife en lo deportivo.

Otra cosa es la lectura del éxito si se toma ese libro por la página equivocada. Isla de gestas indigestas. Tenemos también una deliberada imantación fatalista por el drama de nuestras consecuciones. Solemos añadir a las veladas felices un depresivo presentimiento, porque siempre tememos lo peor, que a la buena estrella suceda la mala pata. Si nos curáramos la hipocondría insular seríamos más felices, como sostenían los clásicos. No propongo que nos idioticemos ahora en el éxtasis de nuestros éxitos colectivos, sino que disfrutemos de ellos sin ser aguafiestas.

Cuando estallaron las redes sociales como una nueva conducta -la exposición inexorable al sol de la barbarie pública- tuve la tentación de pensar que la notoriedad degrada la importancia de las gentes y las cosas, y que, por el contrario, pasar desapercibido era la opción más inteligente. Si pensamos en los poetas, en su esquina íntima, debiéndolo todo -la inspiración- a la soledad y el destierro, no es nada descabellada la fórmula del desconocido. Pero Rilke o Whitman, que ejemplifican lo que digo, no son en absoluto dos personajes discretos, sino dos poetas célebres. De manera que no se trataría tanto de pasar inadvertidos como de ser austeros en el éxito y artesanos en la gloria -laboriosa- que somos capaces de cosechar en la vida.

Tenerife es una isla de éxito. Como los griegos en sus olimpiadas, cuyas hazañas deportivas contribuían a fomentar la amistad entre los pueblos y ciudades, convengamos que esta querencia nuestra por las gestas deportivas es una de las grandes virtudes innatas de nuestro pueblo, capaz de ceñirse su corona de acebuche para que otros pueblos vengan a vernos y a querernos en armonía.

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La amenaza y el porvenir

En estos setenta años de paz en Europa que hemos interiorizado sin darle importancia, porque era un hecho habitual, ha habido guerras comerciales, incluso bloques antagónicos y conflictos aislados, sin que la sangre llegara al río entre grandes naciones, pero ahora que las reglas de juego se alteran en una era de líderes instalados en la verborrea de la tensión, a algunos en muchas partes nos empieza a preocupar la escalada de violencia que no cesa. La amenaza latente de guerra, incluso nuclear, que subyace bajo los avisos del gran fanfarrón al niño malo de Corea del Norte, parece la historieta de una novela gráfica de matones de barrio al borde de una reyerta de estiladeras, como las pandillas de mi época enfrentadas en el Barranco de Santos. Son ganas. Y esta deriva hacia el caos, en manos de quienes estamos, contempla esa herética tentadora de cruzar la raya y apretar el botón. Crecimos espantados por las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki lanzadas por Truman como antidiós de los cielos sobre Japón hace casi 72 años, en la gran ignominia de la Segunda Guerra Mundial. Era el peor siglo de la historia, nos parecía, porque no conocíamos todavía cómo se las gasta el futuro, que es esto que ahora somos.

John Lennon y Yoko Ono hicieron sus encamadas por la paz contra la guerra de Vietnam cuando se casaron tumultuariamente -incapaces de una vida de iconos desapercibidos-: daban conferencias de prensa entre sábanas en las suites de los hoteles, cantaban himnos a la paz y convertían aquel happening entre ocurrente y simplón en un adelanto de los hábitos de protesta posteriores. A los Beatles les debemos las canciones y las salidas de pata de banco que crearon escuela cuando era impensable el frankenstein de Internet fuera de control en las tranquilas ciudades, en busca de las alegres galas del verano. Ya están los rusos, los chinos y los americanos librando los votos cibernéticos en las urnas virtuales de unos países contra otros. De ahí que Trump, uno de los hijos megalómanos de este nuevo orden mundial contrahecho, elija al enemigo fácil en un gordito norcoreano temible con cara de bebé que juega a explotar misiles, para una guerra nuclear bilateral sin más dilación, al cumplir cien días tediosos en la Casa Blanca. Estamos asistiendo, sin dar crédito, a los prolegómenos de una barbaridad que habíamos anatematizado, incluso ante el terror fundamentalista (la innombrable guerra nuclear), con los anuncios del presidente de los EE.UU. de que algo malo va a suceder si China no evita “el caos y la muerte”. Lo grave es que esta vez se puede liar, porque no estamos ante líderes que obran con nuestra lógica de comprensión, ni con la de quienes dirigieron el mundo hasta Obama el otro día. Trump se aburre; lo ha dicho en el balance de estos tres tristes meses de rehén del despacho oval firmando decretos inútiles, y le está cogiendo el gusto a hacer y “ganar” guerras, desde que bombardeó Siria mientras saboreaba una tarta de chocolate.

Todos temen que anhele ese bautizo de guerra con que estampar su nombre de caligrafía hirsuta en el libro de firmas del siglo XXI, que finalmente no era un siglo de paz. Una vez apretado el botón, el mundo entraría en un estado de shock. ¿Se cumplió el ciclo de la paz de Europa con la Gran Recesión? ¿Fue ese el final de una era que nos prometimos felices, un mundo de canciones y paseos por el jardín? ¿Y ahora qué? La crisis duró casi matemáticamente diez años, lo bastante para que no volviera a crecer la hierba en una larga temporada. Sobre este suelo devastado no han surgido las mejores señales, sino las peores. Ni las mejores ideas, sino las peores. Ni los mejores líderes, sino los peores con las peores intenciones. No es, desde luego, el mejor escenario para hacer planes de futuro. Pero es la época que nos toca vivir, y con estos bueyes debemos arar. Vivimos sobre un volcán, o sea que las islas son un pequeño esbozo de lo que es en realidad el mundo ahora mismo. Ha habido períodos anteriores también inestables con olor a pólvora a causa de dirigentes demenciados que exhibían su fuerza bruta. Está en la memoria de todos lo que sucedió. ¿Qué pasa ahora? Lo terrible es que nuestra civilización ha perdido los sueños que movían la psique del mundo y estimulaba toda una filosofía de poetas y pensadores, gente necesaria para sembrar ideales.

El drama presente es que ha cesado ese élan vital, el impulso creador. Es el crepúsculo de las ideologías, los partidos y los países. Cayó la bomba económica en 2007 y no paró de hacer estragos hasta este 2017, y al marcharse sus efectos -lo están haciendo, casi los vemos irse ya de espalda-, hemos girado la cabeza y vemos las ruinas del mundo que habíamos concebido. O sea que ahora todo va a ser nuevo. Europa va a ser distinta y otra, tras haber impuesto aquella austeridad extrema que destruyó empleo y confianza en ella misma. Todo esto se veía venir, pero los dirigentes no lo impidieron, y a trancas y barrancas ahora hay que salir como sea del escenario de apocalipsis que quedó extendido como un manto de secuelas de esa plaga. Es posible que este sea un corto período de entre caos y algo haga que renazcan los destellos de un mundo mejor con mejores líderes y profetas, y que estemos asistiendo a la mayor y mejor transformación de una sociedad que saque los mejores avances tecnológicos de sí misma.

Pienso en esta generación de Zuckerberg y su algoritmo contra las falacias, y en la agenda social de Europa y en los nuevos ideales juveniles que promueven hazañas solidarias inéditas, y en la inmersión de la mujer en todas las facetas donde se labra el futuro que antes se hizo sin ella. Quizá, quizá…, necesito querer, creer que será así.

 

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