¿Elecciones anticipadas? ¡Que viene el coco!

Las quinielas para este domingo incluyen desde ayer (ver DIARIO DE AVISOS, que en portada adelantó la noticia) la posibilidad en absoluto remota de un adelanto electoral en España tras el gatillazo del referéndum catalán. Ahora, algunas cosas comienzan a tener sentido. Desde que la carta que guarda bajo la manga Rajoy saltó el lunes a la luz casi como una confidencia, el ejército de exégetas que presume de conocer las claves del Estado en el momento más crítico desde la Transición, ha arruinado todo su crédito. Pero si Rajoy, como parece, piensa anticipar los comicios tras el 1-0 para hacerlos coincidir con las elecciones catalanas consiguientes, el seísmo está servido. Y hasta en los pasillos del Gobierno de Canarias se preguntan, sin disimular la contrariedad: ¿Ahora, qué?

¿Ahora, qué? Ahora a ponerse a rezar. Todos tenían la mente puesta en 2019 y se las prometían más o menos felices, confiando en tener las piezas colocadas en el puzle hasta más ver. Pero si hay elecciones en España antes de lo previsto, el que más y el que menos tiene qué perder y qué ganar en esa ruleta. De ahí que ahora cobre sentido el margen de infidencia concedido por Rajoy a sus tropas insulares en el -¿recuerdan?- grave desencuentro en Icod. Si ya tenía previsto saltarse los plazos y mover ficha convocando a las urnas antes de tiempo, se entiende que dijera a los suyos, “¡adelante!”, en la toma de la alcaldía de la Ciudad de los Dragos cuando la censura de la oposición al nuevo director general de Patrimonio y Contratación (nombrado ayer antes de comenzar a cobrar el paro). Quizá en diciembre, o poco antes, o poco después, las huestes de Antona tengan manos libres para hacer ruindades a la carta, pues quién sabe si para entonces el equilibrio actual salte por los aires, se disuelvan las Cortes y todos se echen al monte a ganarse el pan con papeletas.

Era un secreto a voces. Cuando la alcaldía de Icod de los Vinos estuvo en almoneda como asunto de Estado y las presiones ejercidas desde CC, vía Cospedal, no surtían efecto, más de uno intuyó que en Génova se mascaba algo. No era normal. El referéndum catalán, que ahora justificaría unas elecciones exprés, era todavía una amenaza navajera, cosa que ya es una colisión de horas, un choque de trenes inminente, y Trapero recuerda al maquinista del Alvia. En efecto, Génova (por Rajoy) ya mascullaba este sopetón electoral, que el fin de semana pasado en Palma de Mallorca -en una cumbre de presidentes provinciales del partido- el jefe admitió entre dientes a los más allegados.

Pero en aquel entonces, en tiempos de la censura de Icod, lo más que alcanzaba a prever el estoico líder de piel de elefante era una prórroga del presupuesto de 2018 para no interferir en 2019, que sería año electoral en municipios, autonomías y Parlamento Europeo. Colegía Rajoy con lógica galaica que ningún partido se aprestaría a apoyarle las cuentas en mitad de esa contienda. De ahí que cobrara cuerpo en los mentideros la maldad de que Rajoy haría en diciembre esa llamada tan temida en Canarias en los círculos del poder, para decir a los suyos, “¡adelante!”, libre de corsés. Sin necesidad de los nacionalistas ni de Cs, el PP tendría libertad de voto para censurar, quitar y poner a quienes tuviera a bien o a mal. Ahora se precipitan los acontecimientos. El PNV encarece su apoyo a Montoro con demandas innegociables para la Moncloa a estas alturas de la patria (prisiones, haciendas y otras competencias intransferibles). Y si el domingo se pone fea la cosa y el Gobierno saca el artículo 155 a pasear, nos vamos a elecciones. O sea a negro.

 

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Microalgas, vertidos…¡Que venga César y lo vea!

Cuánta vehemencia habría puesto César Manrique, en pie de guerra, frente a la costa plagada de microalgas si hubiera vivido para verlo, con el ardor guerrero del que solo él era capaz, irredento y justiciero ante cualquier barbaridad o desafuero que se le cruzaran en el camino? ¿Cuánta? ¿Cuál habría sido su discurso, su desplante, su alegato inflamado, su soflama, megáfono en ristre, ante la arrogancia de quienes retaran la insoportable verdad desde sus poltronas con reproches y mentiras contra la gente cabreada y el altavoz de unos pocos medios haciéndonos eco de las denuncias del pueblo? Habría puesto el grito en el cielo, a buen seguro, sin consentir que autoridad alguna le llevara la contraria con adornos florales para tapar las vergüenzas de las aguas fecales con nenúfares titulando la prensa amiga. César Manrique es alguien a quien echamos en falta, cuya muerte hace 25 años (mañana se cumplen) nos dejó huérfanos del líder natural de las trincheras ecologistas de las islas. Él no habría dado crédito a lo que sus ojos hubieran visto, pero mucho menos a lo que sus oídos habrían escuchado en el Parlamento de Teobaldo Power y en los parlamentos de las ondas oficialistas por boca de cargos públicos y mensajeros adocenados con cara de cemento. Se ponía como una fiera, lo llamaban basilisco, pero era dueño de sus instintos y domaba a las autoridades con argumentos incontestables. Alguien tenía que hablar alto y claro sin miedo a perder la canonjía. Alguien con aquella autoridad moral, artística, urbanística, social y política, que hacía de él un referente de la voluntad popular.

Cuando las autoridades le tomaban el pelo desafiando su lógica animal de profeta insurrecto en tierra de fuego soltaba chispas. Y entonces le hacían caso. De aquella manera de ser nació una suerte de cacicato espontáneo comúnmente asumido, que fue otorgándole galones y empoderando al conjunto de los canarios excluidos de los círculos de la Administración, como si César Manrique fuera el jefe de una tribu. Así que lo recordamos envuelto en ese misticismo de hombre bueno y colérico cuando las causas eran justas. Le temían desde el poder y él tenía el poder de hacerse respetar por los poderosos. Por eso hoy nos preguntamos qué piensa César de todo esto, en qué términos habría explotado viendo a otros lavando la imagen, borrando la caca de las algas para dar lustre a las nalgas del Gobierno. ¡Qué líderes tenemos, que no ven ni la mierda delante de sus narices! “A veces los líderes son el cementerio de la democracia”. La sentencia es lapidaria. Y de Sami Naïr, que la usó el jueves en Tenerife para abogar por los proyectos ciudadanos al margen de los nefastos dirigentes individuales, como si intuyera o supiera bien qué terreno pisaba nada más llegar para acompañarnos todo un trimestre, gracias a la feliz iniciativa de la Universidad de La Laguna, pues nos vienen en buena hora visitas como la suya para hacernos pensar.

He imaginado estos meses a César endemoniado con los vertidos y las playas inhóspitas en un verano fecal, entrando por este periódico como Pedro por su casa. Tenía hambre de causas para hacer frente a la modorra de las instituciones, y cuando se le cruzaban los cables cortaba por lo sano, armaba la de San Quintín a pie de obra, a pie de calle, a pie de playa, en pie de guerra. Lo fabuloso de aquel conejero de armas tomar es que tenía la fuerza épica de un ejército entero y ganaba las batallas poniendo el dedo en la llaga. Al pan, pan y al vino, vino. Habría sido unos de los cincomil del día 9 manifestándose por Santa Cruz en defensa de un mar limpio. Habría leído el manifiesto hasta desgañitarse y habría puesto a caer de un burro al desgobierno fanfarrón que niega los hechos. Por eso más de uno lamentamos su ausencia por fuerza mayor, era una voz necesaria. Cuando el artista más popular y consensuado de este archipiélago se bajaba del andamio y cogía el megáfono, era evidente el respaldo con que hablaba, el voto colectivo que le autorizaba a erigirse en la voz cantante de cualquier conflicto social hasta las últimas consecuencias. Tenemos las islas más hermosas del planeta -decía-, y nos las vamos a cargar nosotros mismos. Esta semana, Juan Luis Arsuaga, el paleontólogo de Atapuerca, nos ha dedicado un piropo con la rotundidad de los elogios de César: “El Teide es el lugar más bello de la Tierra”. Muchos visitantes, a veces, hablan como si lo hicieran poseídos por el espíritu de César, que se les cuela por la garganta con su dogmatismo sin complejos. Así que acaso hoy se haya convertido en nuestro fantasma imprescindible en esta movilización que acaba de iniciarse contra lo que más odiaba aquel guardián de las islas: los vertidos. César no toleraba que se tiraran papeles a la calle ni aguas sucias al mar. Nos subleva la contaminación marina porque entraña el mayor desacato de un isleño hacia su isla. Es expresión de la falta de higiene en toda isla que se debe al mar. Y no cabe aplazar más la indignación, por cuanto los vertidos son como aquellas verdades incómodas de Al Gore, que no admiten excusas. De ahí esta defensa sin atajos del medio ambiente que empezó como una fiebre de verano y se ha convertido en un malestar crónico. Arsuaga comentó también la trascendencia del concepto de sostenibilidad como una de las irrupciones de los retos humanos más recientes. Arsuaga me recordaba a César, que adelantó ideas como esa y se propuso llevarlas a cabo, bajar de la nube a la tierra y hacerse hombre y pasear con los pies descalzos, bajo el mono azul , por las orillas transparentes. ¡Cuánto le habría dolido toparse con los excrementos del mar como si tal cosa una tarde de verano de 2017 con 98 años de edad! Tenemos que limpiarnos los bajos fondos antes de que llegue César a celebrar su centenario. Canarios sin cesar, pero sin César no somos los mismos. Estábamos mal acostumbrados a su compañía preceptiva. Cuando murió, la multitud arrojaba flores en la carretera al paso de su féretro. No ha sido posible olvidarle. Este verano, la crisis de las microalgas resucitaron a César en nuestra conciencia. Y quién sabe si en verdad resucitó y nos vendrá a visitar un día de estos bajo cualquier otra apariencia.

¿Qué le habría contestado a la carta de Ashotel dirigida a este periódico para quejarse por la portada de las microalgas y los vertidos, bajo la maldición de que seríamos, en última instancia, responsables de ahuyentar al turismo? Intuyo que César les habría mandado este recado: hagan sus deberes y, en lugar de reconvenir al periodista, que cumple con su oficio, dirijan sus dardos al Gobierno para que ponga remedio al muladar en que se han convertido nuestros litorales. O, de lo contrario, sí que dejarán de venir los turistas. ¡Que venga César y lo vea!

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Merkel y el ‘land’ catalán

El 24-S alemán es una fecha que deslumbra esta semana en Europa. Si Merkel -como pronostican todos los sondeos tras el reasfaltado electoral de Austria, Holanda y Francia en lo que va de año- vence con holgada mayoría al socialista Martin Schulz y se sube al andamio del Bundeskabinett por cuarta vez consecutiva, su trono empezará a competir con el de Isabel II y será, sin duda, la monarca de Europa. Merkel trae avales para serlo. No se arrugó cuando el tsunami de los refugiados reavivó la llama nazi y euroescéptica en su país y el continente, y ha tenido lo que le envidió a Rajoy, piel de elefante, para soportar el desgaste y doblar el brazo al enemigo. Así que Angela Merkel, nuestra senderista del Garajonay, endereza el rumbo de Europa por la senda de siempre cuando todo parecía amenazar esa hoja de ruta (la muletilla manida que ya nadie utiliza, pero que viene como anillo al dedo).

Esa es la fecha faro esta semana para el Viejo Mundo que, tras una temporada con la cabeza gacha temiendo el apocalipsis a raíz del brexit y el fenómeno Le Pen, recompone la figura y lanza un discurso plenario sobre el Estado de la Unión, por boca del Juncker más eufórico que se recuerda y, por lo que se ve, con los problemas de salud superados. Cuando cayó Londres y ganó el no a Europa en el referéndum que estimula al secesionismo catalán, Juncker tenía la mala leche del animal herido y le espetó a Farage -eurodiputado separatista- cuando se lo tropezó en el Parlamento europeo: “¿Por qué está usted aquí?” Ahora le augura lo mismo a los catalanes. Si se van, se van, dice.

A Merkel y a Juncker no les hace ninguna gracia que, en medio de la buena racha de las urnas y las encuestas, justo cuando ya es historia la crisis que engendró toda aquella jerga que nos aprendimos de memoria (de las primas de riesgo a la austeridad) y Europa crece con brío, que precisamente el motor de esa recuperación, España, se vea intimidado por el referéndum de Cataluña, dentro de nada, el 1 de octubre.

Europa vive una primavera que nadie podía sospechar en 2012 cuando Rajoy decía no al rescate (otra de las palabras que estaban entonces de moda). ¡Europa mía, cuánto ha llovido! Éramos el vertedero de los improperios y los oprobios de aquella Europa ufana -Merkel incluida- que designaba a España como la mayor deformación de las economías de su entorno. Al unísono, Francia, Alemania y todo el coro nórdico narcisista del euroclub componían una imagen de España, humillada y preterida, que hacía albergar toda suerte de infortunios para su gobierno y habitantes. De tal manera que se ha probado una vez más la máxima de Cela, “en España quien resiste gana”, que el Nobel gallego extrajo de la sentencia latina del poeta Aulo Persio Flaco que no podía ver en pinta a Nerón: “Vincit qui patitur”, “vence el que persevera”.

Es por ello, dado el giro de los acontecimientos, que a Merkel, a Macron, a Juncker, a la Europa que sale del túnel y ve la luz le tiene sin vivir lo que pueda pasar en Cataluña dentro de doce días, el primer domingo de octubre. El pequeño brexit catalán no tambalea ninguna estructura del complejo comunitario, pero jode. Es un precedente sismíco que desata el pánico a las réplicas. No están los estados europeos, en su megalítica concepción, para este tipo de bromas. Ya tuvo bastante Italia con lo suyo, La Padania de Umberto Bossi, que no hace tanto, en 2014, se plantó un tanque de fabricación casera en la plaza de San Marcos para reivindicar la independencia de la región del Véneto, la Serenísima República de Venecia, que existió hace mil años. Así que ni de coña.

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El follón de Zebenzuí

¡Y se armó la de Zebenzuí! Con la que estaba cayendo –misiles y microalgas-, este nuevo episodio es todo un filón, que inspira a Buenafuente –“en Canarias hay un cerebro menos”- y al guionista anónimo de la red –“no es lo mismo montar un follón que follar un montón”-. La pregunta ahora mismo en España es quién no se ha enterado del wasap de Zebenzuí. De Rajoy a Puigdemont y de Sánchez a Pablo Iglesias, todos hablan del espécimen y le dan cuero al estafermo, pero de puertas adentro hacen chascarrillos en los corrillos y echan lastre de la tensión por el proceso catalán.

Zebenzuí ha alterado los planes de los letristas de murgas, que ya andaban entre musas haciendo sus canciones. Y ha sido, sin duda, el gran estilete del inicio de curso, el Casanova deslenguado que farda de aventuras sin pudor por exhibir tales mañas con subordinadas. Una especie de Torbe del wasap, que habría dado mucho juego a Cela o Berlanga. Y que inevitablemente trae al recuerdo el pasaje inolvidable de la garrapata de Trump, fardando en la guagua con el presentador de televisión de que “me lancé a por ella como a una perra…, cuando eres una celebridad te dejan hacer lo que quieras…, agarrarlas por el coño, puedes hacer de todo”, ante de ser elegido presidente. Así que Zebenzuí –en la natural desolación por el renuncio de su vida- tiene ese referente y otros, y quién sabe lo que le depare el futuro.

Cuando corresponda –a la vuelta de la esquina ya restará el último trimestre- hablaremos de 2017 como cada año que pasa. De sus virtudes y defectos, de sus héroes y villanos. Sabremos si la escalada bélico-verbal del coreano hizo calentar definitivamente a los americanos, o si, por el contrario, se impuso la cordura, que es un néctar que rara vez liban estos insectos. Estamos haciendo este año de malos presagios y el cuerpo nos pide averiguar, desentrañar el desenlace que van a tener determinados fenómenos, pero a nadie se le oculta que es un mero deseo de supervivencia. No está el horno para bollos, ya abrieron la caja de Pándora, nos miró un tuerto… En los libros de autoayuda se refugia toda esa clientela a la que vapulean jefes de Estado, líderes de hordas maquiavélicas, portavoces del desastre y toda una ralea de la misma laya que está dándole a este ejercicio fama de año funesto. Están los poetas en retirada. John Ashbery, la voz de 90 años que acaba de irse siguiendo los pasos de Whitman, que era su abuelo literario, dejó versos como este, “pasa un halcón volando./Haced que todo el mundo regrese a la ciudad”, que parece escrito este jueves, cuando cruzó el cielo de Japón otro misil tocapelotas de Kim Jong-un. Por estos derroteros vamos leyendo recetas de autoestima y versos de poetas muertos. Están los cines y teatros como recurso y hacemos gala de un furiosa esperanza contra los males que nos aquejan. Vamos en fila al búnker a la ver la película o la comedia, a abstraernos del círculo vicioso y la penosa realidad. En este clima de desasosiego estamos ante un mundo que es más caldo de cultivo para Pessoa que para vates contentos. Es la tormenta perfecta que estimula al periodismo, que siempre fue un oficio de malas noticias. Si el trimestre que arranca en breve no lo arregla, prefiero no imaginarme el inventario de este año cuando toque. Ahora, bien, aquí solo se aburre el que quiere. Estamos viendo cine de verdad, historias cruzadas que están sucediendo…, como en un documental al estilo de Human, de Yan Arthus-Bertrand, que contó dos mil historias que van de la guerra al amor.

Ahora mismo, nos atrapa en la isla esta historia local de mensajes de wasap, que es como un arma que carga el diablo, y de ese hilo están tirando los cómicos nacionales y los tirios y troyanos del Congreso. La frase tórrida de Zebenzuí Hernández, “yo a follar con empleadas que enchufo en el Ayuntamiento”, ha sido como una válvula de escape, una salida de tono suficientemente insultante y políticamente incorrecta como para encender todas las alarmas y hacer del autor un híbrido explosivo entre Torrente y Arturo Pérez Reverte, amén de diana inmejorable para el desahogo de las redes y, ojo, como tema y anatema para una clase política nacional ensoberbecida, ensopada y ensimismada en el referéndum catalán.

A Zebenzuí González le va a costar la carrera municipal, sin duda, con las consecuencias colaterales de todos conocidas si se incorpora en su lugar una edil censurante, como parece, que es a estas horas la mayor preocupación del alcalde y su partido. Pero el mismo autor del proverbio sicalíptico que ha sobrevolado el país desde esta isla como si de un misil dirigido a Ferraz se tratara, tiene –si quiere- futuro en cualquiera de las tertulias mañaneras y vespertinas de la telerrealidad española especializada en levantar las faldas y los bajos fondos y airear los trapos sucios sin remilgos por la catadura moral de quienes forman su farándaula mediática. Zebenzuí puede convertirse en un influencer después de la que ha armado en vísperas del congreso regional del su partido. La sordidez del caso nos ha permitido asistir a una rocambolesca floración de las microalgas de ese pacto que nadie entiende ni se explica en La Laguna, del que ahora se está hablando con estupor en los cuarteles de Pedro Sánchez y –supongo- que en los de Ángel Víctor Torres. Incapaces de entender las claves que justifican este descenso a los infiernos en las grandes capitales del mundo, qué duda cabe de que ya todos han empezado a hacer preguntas –discretas e indiscretas- sobre la caverna de La Laguna.

Justo ahora que los coristas del espectáculo –y diputados y diputadas- en claro retroceso, alarmados por las informaciones de este periódico sobre las cianobacterias, acudían a Göebbels, removiendo tumbas que se les vuelven en contra, qué mejor oportunidad que esta –la del petardazo del axioma de Zebenzuí en el seno del pacto entre CC y PSOE en La Laguna- para devolverles el tópico a los admiradores del ingenio del jefe de campaña de Adolf Hitler, con una leve variante alusiva a lo incongruente de esta alianza política tan poco sanchista: “una mentira repetida mil veces no se convierte en una verdad”.

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Por qué no me callo. La encuesta de las vergüenzas

Todo apunta a que este curso parlamentario, que hoy arranca con el pleno de las vergüenzas, estará marcado por el signo de lo políticamente tóxico. La naturaleza de los asuntos -las cianobacterias no resultaron un episodio tan pasajero y han enlazado con el período de sesiones- es inequívocamente ese; la asignatura medioambiental vuelve a estar bajo los focos y es un axioma de sobra contrastado que la ciudadanía salta como un resorte cuando le tocan los telenguendengues con esta materia. La gente se volvió insensible a otras podredumbres; llegó a transigir con el corrupto indecente que le daba pan. Gemía como un desalmado en las barras de los bares con la prepotencia con que habla de fútbol o comenta de política internacional sin venir a cuento, pero después se le pasaba el cabreo y si tenía el estómago contento votaba al candidato inmoral por costumbre o por el facineroso que muchos llevan dentro con disimulo. Ahora los sondeos son demoledores (lean el de hoy). Las microalgas ya se cobran víctimas políticas en un tiempo récord, una especie de castigo exprés, y es solo el síntoma de lo que digo. El curso comienza marcado por esta deriva, como un barco que se hace a la mar y ya sabe que no tiene otro rumbo posible que el que le viene dado por la tormenta.

En este interín veraniego sin sesiones parlamentarias irrumpieron en la vía (y en la vida) pública voces procedentes de las redes sociales que agitaban la marea con su impronta de noticias clandestinas. Ahora que los plenos vuelven al hemiciclo, se produce una cosa curiosa: la calle y el Parlamento, que rara vez estaban de acuerdo, ponen los relojes en hora y tratan de entablar una sintonía para los meses de fricción que prometen ser entretenidos.

La legislatura va a tener este karma. Verán correr a las administraciones licitando obras de infraestructura para el llamado ciclo integral del agua, como nunca antes. Son esas inversiones desagradecidas que no se ven, de conducciones bajo tierra y depósitos recónditos, que a los políticos les entusiasmó siempre bien poco, convencidos de que no dan votos y en su caso va en el hábito lo clientelar, la farola y los bancos de la plaza con fondos del Fdcan. En esta redefinición del pulso político entra, por tanto, en escena la calle. Que hacía tiempo que estaba en reposo; quizá la última vez que se dio por enterada fue cuando el pandemónium del petróleo. Y que ahora encuentra el pretexto en la orilla, en la cianobacteria descompuesta, que es el excremento de la política que hiede. Lean la encuesta.

Solo el empecinamiento de las autoridades, que reclutan científicos afines (no se pierdan los artículos de Carlos Elías, catedrático de la Carlos III, sobre el bloom de la ciencia de parte y la agnotología, o producción de ignorancia con informes apesebrados), logra exacerbar los ánimos de las redes. Incluso, la sobreactuación de adeptos y escribas leales a los cargos institucionales de la isla provoca una repugnancia lógica en la sociedad descreída, que esta vez se ha visto implicada en los hechos, pues la autoridad ha optado por culpar directamente a los ciudadanos (y a los pocos medios receptivos al problema: nos llaman sensacionalistas algunos y algunas teóricos del Gobierno) de mentir. Este espasmo es un fenómeno político inédito: la reacción institucional en la crisis de las microalgas y los vertidos no ha ahorrado en desatinos. Primero, escondió la cabeza como el avestruz. Después, en vista de que la inmundicia crecía como una bola de nieve, optó por sacar pecho y devolver el golpe a la calle: ustedes son los que mienten, le dijo a la grada enfurecida. El político local se ha enredado de tal modo en un bucle endemoniado. Y en esas llegó la encuesta.

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Sentimientos que mueren como el dolor

Tenemos presente al amigo cuando se va. Pero tememos que un día la muerte de Juan José Delgado, que es el ejemplo más próximo, sea parte de una rutina de indolencia, y el dolor se disipe al instante. Nuestro temor es razonable, pues trabajamos con denuedo el modo de aliviar el dolor de la muerte, de tanta muerte interiorizada como conducta de seres precarios como nunca antes. El cáncer, esa bomba atómica silenciosa, no acapara todos nuestros miedos, sin embargo. Aquí hablo de esto, de aquello, de todo lo que nos golpea el alma a diario y nos convierte en supervivientes, nómadas huyendo de la muerte cargados de recuerdos de víctimas queridas. El hombre resultante se esfuerza en inhibirse de todo sufrimiento posible, matando el dolor y quizá lográndolo. Me asusta esto último.

Esta es una crónica negra que escribo a mi pesar, pero cómo escapar de este bucle sin hacernos preguntas sobre el cóctel de amenazas que se ciernen sobre nuestras vidas (de la salud al terror) haciendo de cada uno de nosotros verdaderos artistas del miedo, como aquel artista del hambre de Kafka, que alardeaba de ayuno tras las rejas de la jaula. ¿Los millones de evacuados a estas horas en Florida, tras tapiar las ventanas de sus casas, dejarán un día de estremecernos? Obligados a resetearnos, ya somos definitivamente otros. Gentes curadas de espanto, dicen. Lo siguiente es la represión de los sentimientos. En una etapa hiperacelerada como esta, el dolor -del que hablo- tiende a durar menos y a desaparecer. Me sorprende la frialdad y vértigo con que pasamos página tras un drama cualquiera en la gran pantalla del mundo -somos la primera generación que accede a ella en tiempo real-, con una habilidad contraída que fecho en el 11-S, aquel shock en televisión -mañana cumple su efemérides números 16-. Un escudo protector ante el miedo. Lo comprendo. Vimos gentes arrojándose al vacío. Fue horrible, nos superó. De ahí que sostenga que somos desde entonces unos supervivientes armándose de valor (a riesgo de un brote de insensibilidad colectiva). Lo hemos aprendido: ya no es necesario ir a la guerra para jugarse la vida; los ciudadanos sabe que corren peligro desde que salen de sus casas. Tanto como nuestras familias, amigos y conocidos, el círculo que nos conforma e identifica.

La inseguridad actual es una anomalía reciente provocada por la anomia de una sociedad a la deriva; por suerte, hemos generado un mecanismo de normalidad ante ese común denominador. Si fuéramos una tropa civil, como somos, movilizada las 24 horas ante una amenaza cierta, seríamos un ejército a lo Benny Hill avanzando entre bolardos y maceteros, que se distrae trayendo hijos al mundo, trabajando en quehaceres cotidianos y asistiendo a espectáculos de masas, donde, precisamente, nos alertan de que nos acecha el enemigo. Y cruzamos las grandes avenidas con nuestros seres queridos desafiando la idea de un atropello indiscriminado de lobos con cimitarras. En nuestro Matrix particular la vida discurre ahora así, suspendidos en una verdad ficcional.

El horror llegó y no se ha ido. Las últimas noticias le auguran cierto porvenir: no hay sino que repasar la fauna política que nos gobierna. No hay esperanzas a corto, ni medio plazo. Convivamos con el mal infinito como si tal cosa. Fue el Papa uno de los primeros en acertar a ver: vivimos una guerra solapada en numerosos escenarios a la vez. Es cierto que en París, Londres, Berlín o Bruselas el peligro en la calle es más latente. Pero la calle ya es todas las calles en la terrible lógica bélica.

Y hemos adquirido una evidente cultura del riesgo y los desastres. Ahí están las catástrofes naturales ayudando a entender el dolor en Florida y México. Los dos trabajadores que encontraron la muerte el jueves en la TF-1 junto a los túneles de Güímar, arrollados por un tráiler que no hacía la yihab, son parte de ese guion.

El desorden y exceso de realidad nos conduce a este mundo imaginario de soluciones patafísicas. En nuestro marco mental aumentado cabe todo horror potencial. Pero siempre retornamos a los círculos endógenos de felicidad abstrayéndonos del contexto y el conflicto, en nuestro nido con nuestras crías, cada cual haciendo acopio de hierbas y plumas para albergarnos. ¿Perderemos la noción de perplejidad, el sentido del dolor algún día? Junto a lo dantesco, se yergue una indiferencia instintiva de superviviente que nos vacuna frente a la tragedia y la tristeza, colindantes con la muerte. Mi hijo me habla de esta última con menos de siete años y propone soluciones providenciales que provienen de héroes que salvan el mundo, como en sus videojuegos más cándidos. Sospecho que este tema que hoy abordo será pronto irrelevante para él y un día verá el peligro humano con tedio y hartazgo.

¿Cómo es que la amenaza de una guerra nuclear no me haya quitado el sueño? ¿Y que los atentados de Barcelona y Cambrils me resulten ya lejanos? Decía Jean Baudrillard, filósofo y sociólogo francés sustantivamente provocador, que ya no hay realidad que valga, sino simulacros de realidad. Cuando la primera guerra del Golfo, de Bush padre, en 1991, él sostenía que las bombas eran un espectáculo televisivo. En nuestro modelo Matrix paseamos a riesgo de morir arrollados porque no aceptamos que el peligro sea completamente verídico. La vida se ha vuelto demasiado fugaz para tomarla en serio. Durkheim hablaba de “amar a la sociedad”. El joven español Ignacio Echeverría halló la muerte enfrentándose en Londres a los terroristas. Pero admitamos que la mayoría evite meterse en problemas. Cuando los griegos hablaban de esto lo llamaban cobardía, y Aristóteles – indulgente- elogiaba la prudencia de quienes eligen el término medio entre la huida del cobarde y la temeridad. El miedo y la felicidad se disputan las ventas en ese mercado. O compras lo uno o la otra. Todos queremos desde niños poseer el placer. Y no hay vuelta de hoja. Somos, siempre seremos niños.

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La borrachera de éxito y de alcohol

El turista que vino a morir al paraíso subido al tobogán de una borrachera maratoniana estuvo a punto de dejar por el camino una legión de víctimas inocentes, al estilo imperante de las atrocidades en la vía pública. El escocés Kevin D., al que este periódico siguió la pista de su historia de tiovivo y de su histeria mortal como hemos visto, no sienta ningún nuevo paradigma.

Siempre hubo una rama de este negocio -el turismo- consagrada al segmento de la droga y la dispsomanía, consciente de que es un cliente sin límites, que arriba a la isla decidido a tirar la casa por la ventana y a tirarse detrás él mismo a la piscina. En esas condiciones hemos ido multiplicando exponencialmente el número de llegadas, y el motor ha seguido tirando de la economía.

Pero el viaje a Tenerife no puede ser un viaje a la muerte. O no hay peor publicidad para este destino que vive de cubrirse las vergüenzas por el qué dirán. Esta no es una noticia más de la crónica de sucesos. La foto del sujeto que puso en jaque el tráfico, provocó el caos en la autopista, asaltó vehículos y secuestró a ocupantes indefensos, hasta caer herido de muerte por un edema pulmonar producto de una ingesta desmedida de alcohol, ha circulado masivamente en las redes sociales y es la estampa de un hombre sonriente delante de una caña de cerveza que halló la muerte en Tenerife y santas pascuas. El destino se resiente con imágenes de ese tipo. Cuando en otras latitudes, como la Cataluña que hierve a estas horas en la olla a presión de su procés, algunos arremeten contra el huésped masivo en una fiebre de turismofobia altamente peligrosa para los intereses del conjunto del Estado, Canarias incluida, todo asomo de argumento refractario hacia el viajero incómodo ha de ser una señal de alarma. Esta lo es.

Hubo aquella controversia reiterativa sobre la cantidad o calidad del turismo que nos convenía. Y no nos pusimos de acuerdo. Porque era la pescadilla que se mordía la cola. Canarias aceptaba el desafío de batir cada año su propio récord como una odisea olímpica que no estaba mal. Pero bien que nos preocupa el descrédito de la microalga como el acné al adolescente que le aflora en pleno rostro. Y nos reprochamos airear la caca de la costa como si el turista no tuviera ojos en la cara ni wasap para exponernos al escarnio general. Somos tan tiquismiquis cuando queremos y tan negados a la evidencia cuando nos explota en las narices la verdad sin paliativos.

Este borracho inglés que puso en riesgo la vida de muchos antes de caer muerto en una rotonda de la isla es el prototipo de turista que nos urge someter a revisión. Canarias es un destino borracho de éxito, y, si conjura la asignatura pendiente de sus vertidos de aguas negras y dedica los fondos necesarios a corregir ese problema, tendrá turismo para rato. Sin embargo, no puede autocomplacerse en la estadística, y mirarse el ombligo sin la autocrítica de un empresario serio que invierte en futuro. La polémica tasa turística, que en destinos similares como Baleares cumple su rol sin efectos secundarios, invita a que los dirigentes del entramado hotelero y extrahotelero local y las fuerzas políticas debatan sin prejuicios sobre su idoneidad en Canarias. El turismo nos ha dado muchas alegrías y algún que otro disgusto que debemos digerir sin aspavientos, poniéndonos la venda antes que la herida. Podemos darnos con un canto en el pecho por no ser un infierno de mafias condenado a sufrir bajo el yugo de un índice elevado de criminalidad, como tantos otros destinos que se dejaron cegar por la llegada del dinero fácil. ¿Pero quién ha dicho que estamos a salvo?

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La pell de brau

Hace 40 años, España enfrentó un problema soberanista más grave que el catalán, que esta semana entrante estallará como si fuera una bomba de relojería cuya cuenta regresiva es inexorable y obligará al Estado a adoptar posiciones de firmeza que ha tratado de evitar sin disimulo como si temiera un choque de trenes. En La pell de brau (La piel de toro), un poeta federalista como Salvador Espriú le dice a Sepharad (España para los judíos): “A veces es necesario y forzoso/que un hombre muera por un pueblo,/pero jamás ha de morir todo un pueblo/por un hombre solo:/recuerda siempre esto, Sepharad”.

El problema catalán ya descarriló parece que de modo definitivo, si bien no de acuerdo con todos sus epónimos literarios y políticos. Tarradellas era un estadista catalán sin Estado que integraba su visión de país en las dimensiones plurinacionales de una España democrática entera, con dos almas que la hacen irrepetible. “Vivíamos puerta con puerta y era un señor educado que no se tiraba a una piscina sin agua”, me dijo Domingo Hernández Peña, nuestro paisano trotamundos. Tarradellas habría desconcertado hoy a muchos conmilitones por no rizar el rizo ni llevar el floripondio de la CUP, pero quién sabe si habría sido el hombre capaz de imponerse a la boutade de este debate o de esta debacle que esta semana ya no tendrá vuelta atrás. Desde la muerte de Franco, el Estado no se había visto en otra semejante, ni con ETA. Pero insisto en que hace 40 años ya le vio las orejas al lobo, y lo explicaré.

Ahora hay lío, pero no hay líderes. El caso catalán era un asunto serio (la autonomía que olía a Europa cuando el resto a estepa) y se ha vuelto una ópera bufa, con sus mitos efímeros como Artur Mas o el beatle Puigdemont. Abatido Pujol, ese tótem sagrado caído en la ciénaga ya fétida de un imperio decadente, a Cataluña le faltan unos héroes de verdad para hacer su épica y su tragedia y salvar la honrilla como el humo presto. En esta fase no ha muerto aún ningún mártir por la causa, si seguimos al pie de la letra a Espriú, ni parece que esta cohorte esté dispuesta a empeñar siquiera sus bienes en la emancipación. De manera que es una guerra sin ejército, una reyerta de brazos caídos. Un farol. Toda la fuerza se les va por la boca a estos líderes de partidos de nuevo cuño, que retan a Rajoy tentándose el bolsillo no vayan a perder la pela. En la democracia española que ahora inventa qué hacer -tres consejos de ministros anuncia el Gobierno para esta semana de rayos y truenos si el Parlament aprueba las leyes de desconexión-, todo el mundo ha oído hablar de Companys, que no era Pujol ni Artur Mas ni sucedáneos, sino alguien que dio la vida -tal cual Espriu- y fue de madrugada a despedirse de la plaza de Sant Jaume y la Generalitat cuando Negrín le dio aviso de evacuar Barcelona porque los nacionales le pisaban los talones. A Companys lo detuvo la Gestapo en París (Urraca se llamaba el sanguinario de vida novelada que lo capturó) y se lo entregó a Franco como un mirlo envuelto en papel de celofán. Companys se negó a que le vendaran los ojos y gritó cuando lo iban a fusilar, “Per Catalunya”.

Estos que se dicen herederos de su memoria aceleran el paso por si se les cae el chiringuito y van a la cárcel por robar; no solo buscan el indulto consiguiente, sino consignarse una prórroga cuando ya eran árboles caídos politicamente bajo las ruinas del desgobierno y la corrupción. En Cataluña hay numerosos ciudadanos afines a la independencia. Mi amigo Emilio Machado me dijo días atrás: “Me vine voluntariamente a vivir a Barcelona y encuentro que se ha vuelto un infierno”. En el mercado La Boquería que viene de ser escenario de la atrocidad de los párvulos yihadistas, uno escucha las conversaciones de los comensales de paso, y el taxista se despacha a gusto antes de la Diada como si ya viviera en un estado de derecho en su prehistórico Ampurdán. Aquel gran prosista ampurdanés nada sospechoso -de separatista- llamado Josep Pla elevó el discurso de la cosa en un catalán impecable que orillaba el Nobel como Espriu -cada cual en su butaca-, pero la independencia no entraba en sus cálculos. Era una de las mejores cabezas periodísticas de Cataluña, de España y Europa, cuya próstata política era ciega: se acostaba con una espía de Franco y solo amaba viajar de corresponsal por el mundo. ¡Cataluña se le quedaba corta! El idioma, no. A salvo de su origen pueblerino, era cosmopolita gracias a Cambó, un mecenas catalanista y de derechas que se pasaba la vida en un yate en el Adriático. Pla entró en Barcelona en las tropas franquistas acompañando al abuelo de José María Aznar, al punto de que fue durante unos meses subdirector de La Vanguardia, que dirigía Manuel Aznar Zubigaray. Ni Pla, ni Dalí, otro ampurdanés, habrían abrazado el despeñamiento catalán actual. Ni que decir Espriú, a lo sumo en su mítico territorio independiente de Sinera, “quina petita pàtria,/encercla el cementiri!/Aquesta mar, Sinera…”. Era un poeta excelso de fines de semana que trabajó de abogado en una notaría y se pasó la vida metido en su mundo societario y mercantil, durmiendo en camas de parientes muertos; era antifranquista y federalista.

¿Y ahora qué? Salvo que un historiador como Oriol Junqueras ponga orden in extremis en el pandemónium -como nos confesaban en Tenerife el exministro de Exteriores García-Margallo y la presidenta del Congreso, Ana Pastor-, nos aguarda uno de los tramos más peligrosos de esta autopista del Estado de las Autonomías y del Estado en sí, días de cólera y cimitarra, ajenos a la genuina yihad. Desconocemos si el Estado enviará los tanques de la Constitución y saltarán las urnas por los aires.

En 1978 -hace casi 40 años, como decía-, en la puerta de su casa, dos sicarios acuchillaron a Antonio Cubillo en Argel. Se disponía a viajar a Nueva York con el secretario general de la OUA para reclamar ante la ONU la descolonización de Canarias antes de 2010. Fue un atentado de Estado. Quedó parapléjico y cobró la indemnización. El presidente del PNC, Juan Manuel García Ramos, me recordó que a otro canario, Secundino Delgado, el Estado lo indemnizó económicamente como víctima de represión. El presidente del PNV, Andoni Ortuzar, mostró en Tenerife, en febrero, cierta envidia por no contar con los argumentos históricos y geográficos de Canarias. A Cataluña le pasa otro tanto. Consta en la historia que Cubillo fue el que llevó el desafío más lejos: hasta la ONU y estuvo a punto de hacer ciertos los versos de Espriú ( “a veces es necesario y forzoso/que un hombre muera por un pueblo”). Quedan algunas lecciones de aquello. El Estado nunca está legitimado para extralimitarse en el uso de la fuerza. Y Cataluña haría bien bajando de la nube. Como habría hecho el propio Tarradellas, que trajo la quimera del exilio, “Ciutadans de Catalunya: Ja soc aquí”, para que todos los ciudadanos que allí residían, y no solo los catalanes de origen, pudieran vivir libres dentro de ella.

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Las microalgas, el gato y el ratón

Tan intenso está siendo en su mayor parte este verano informativamente hablando que, antes de que comience a disminuir esta semana su efecto narcotizante, las microalgas, el barco de nitrato de amonio y los vertidos se conjuran en un cóctel endiablado contra la rentrée del Gobierno. Desde ayer puede decirse que las vacaciones políticas que se negaron a interrumpir se han terminado para su desgracia y les espera un chaparrón de realidad. De hecho, en Madrid, Rajoy y compañía se han puesto el mono de faena y cada uno retoma el guion por donde le interesa. En la prolongación continental de este Estado, el referéndum catalán es el bloom de microalgas con el que tiene que lidiar el Gobierno del PP. Rajoy, a diferencia de Clavijo, toma el desafío soberanista como Fraga en Meyba en aquellas aguas de Almería, cuando hace medio siglo se metió en la playa para demostrar que el accidente nuclear de Palomares era inocuo contra todo repelús radiactivo. Clavijo opta por la evasiva como estrategia, cuanto menos se le asocie con la kk de la mancha marrón, mejor, pero en las redes y en Las Vistas el vulgo pide que Clavijo se moje en el tema, que se bañe en compañía de las microalgas y tome un trago para desmentir la toxicidad de la marea. La rueda de prensa de ayer en Las Palmas ha traído a la memoria algunos tics surrealistas de la vieja política que habíamos dejado caer en desuso. Esa táctica infalible de dejar que hablen los técnicos y los cargos de tercer nivel para no mancharse las manos los responsables políticos. Ya contamos aquí que en los demás conflictos que precedieron a estas cianobacterias el debate se hizo público desde el primer instante y compartieron refriega la política y la ciencia hasta que se agotaban las fuerzas y las aguas volvían a su cauce. Esconder la cabeza bajo tierra como el avestruz podrá responder a un instinto primario de conservación -pues consiste en huir de los focos cuando la cosa está que arde-, pero eso antes de Internet, ahora no; toda lógica aconseja coger el toro por los cuernos y dar la cara, aunque te la partan, antes de que te la viralicen de mala manera.

El recurso al ratón del taxónomo Soler ha sido una ocurrencia de manual facilona, pues todo pasa siempre antes por el roedor, cobaya donde los haya. Sin embargo, querer deshacer un feo con un ratón no diluye las sospechas de que aquí hay gato encerrado. Echemos, por tanto, a pelear al gato y al ratón. En el documento que ha saltado a la luz y que el Gobierno guardó en junio en una gaveta, los expertos del Banco Español de Algas se refieren sin ningún lugar a dudas, a “humanos”, dicho lo cual advierten de algo que a todos ha sorprendido. Pues temíamos que la microalga nos pudiera ronchar y vienen y nos avisan de un cáncer hepático. ¿A alguien se le ha ido la olla o es que alguien se ha ido de la lengua? El tema de fondo es el debate científico, que al político de turno le trae sin cuidado. Prefiere eslóganes melifluos que tranquilicen a la llamada opinión pública. “Es más peligroso el Gobierno que las microalgas”, decía ayer en este periódico el diputado del PSOE Gustavo Matos. Pues no hay mejor método de infundir sospechas y psicosis que desinformar y ocultar información.

Seguiremos culturizándonos. Como cuando nos doctoramos en 2004 en volcanología y diez años después en combustibles fósiles. De esta egresamos todos expertos en biología y cianobacterias. No hay mal que por bien no venga. Pero hay una lección que la clase política no acaba de aprender por retorcida que sea su manera de cortarse las uñas, y es que si mete la pata una vez y no corrige el paso, acabará metiéndola hasta el corvejón.

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La orina del periodismo

La crónica es la novela de la realidad. El autor de la frase, periodista y novelista, clava el anzuelo en el cielo de la boca de este oficio. Periodismo es ver nacer y morir todos los días y desayunar las tripas de lo que pasa al descubierto al día siguiente. Las redacciones, cubiles de ambiente espeso cuando se fumaba y eran como el sótano de un casino de pueblo clandestino, donde todos quemaban las horas en alcohol, hoy en día son lugares aseados de un orden casi indignante que comparten con las iglesias el silencio sepulcral y la falta de caos. Pero el periodismo sigue pareciéndose al boxeo –este no sin KO-, como decía García Márquez, que es el autor de la frase inicial, y aquí no se permite tirar la toalla. Un periodista es ese que salta al ring y a menudo acaba noqueado, queriendo ser Foreman o Alí, ya que nunca podrá ser Norman Mailer, el periodista que, en realidad, todos quisieran ser (autor de El combate sobre la célebre pelea, un libro de cabecera del buen reportero).

Esto nos incumbe a los dos -al lector y al que suscribe-. En medio de esta especie de calima de noticias, estas líneas vienen a corresponder al cumplido hablando de periodismo en un estación que se revela propicia por anomalía. Las redacciones de los periódicos ya no son lo que eran, cuánta verdad, lo cual no está nada mal. Una redacción es un búnker o una panadería soterrada. Tiene miga la cosa. Pero el lector guarda las distancias. Háganlo, no me digan cómo ni dónde. Umberto Eco se inventó una redacción y escribió Número cero sobre el fango en el falansterio del oficio. Hay algo de supermanes y oficinistas, como decía Manuel Vázquez Montalbán, en la cocina de esta cosa. Una suerte de Umbral y Pessoa es una buena mezcla de periodista salvaje y retraído. Y hay mucha vergüenza ajena por la deriva moral de la profesión (aquello de “no le digas a mi madre que soy periodista, ella cree que soy pianista en un burdel”). Entras en un edificio, subes unas plantas y en una vivienda corriente te encuentras una redacción moderna,como un piso franco en un inmueble inesperado de Madrid. En Miguel Yuste, donde milité, el edificio completo era El País; ahora basta con ponerle un pisito a la canallesca. Pero el viejo desaliño deja paso a un periodista finolis: era oficio de abajo arriba y ahora se mete en la cloaca el niño bien; pues ídem, mejoramos en la escala social. Que nadie piense que se curó el periodismo: conserva la neurastenia, su lado oscuro no le abandona.

Todavía las redacciones conservan un leve tufo a profesión escachada. Las malas noches y los derrubios familiares no se borran así como así. Y estamos en la boca del lobo, con los días contados, nosotros, que acabamos de sacar la edición número 44.444, tras 127 años de existencia. Nos condenan por no reírle las gracias al poder. “Dejemos que se llamen periodistas, que desahoguen sus vanidades”, sentenció Julio Camba, no sin cierta razón respecto a lo segundo. ¿Por qué es tan rebelde el periodista y cuesta tanto ahormar cuando lo hace bien? ¿Qué futuro nos queda? Parecernos a un semanario, sugería Eco, hablar de lo que podría suceder mañana, con tribunas, reportajes, investigación. No es mal porvenir el de profeta. La redacción conserva el carisma de un Parlamento y de un taxi, ese híbrido de bar y manicomio juntos, de comuna y reality show.

Un periódico es una casa de citas donde la gente se desnuda, se deja entrevistar por otro. El periodismo es un sacerdocio sin secreto de confesión. A esta gente que escribe en los periódicos le gusta ver y oír y, si puede y le dejan, tocar incluso. José María García dijo algo incontestable: “La indiferencia es el encefalograma plano del periodismo”. Somos unos curiosos desafiando los límites de la inviolable privacidad. ¿Por qué hacemos y leemos periódicos? Porque nos incomoda la realidad que nos atraviesa con su lanza, a sabiendas de que tenemos todas las de ganar: siempre nos levantamos de la mesa dejando el periódico abandonado.

Este verano el mundo nos cayó encima a plomo. Sientas al periodista a arreglar el mundo desde un escritorio, dijo alguien, y por ahí viene Trump, sabes qué vomitó Maduro esta mañana, que hay del último misil de Kim Jong-un, cuántos murieron en Barcelona, qué pasaría si un barco con nitrato de amonio explota en las aguas frente a tu casa, donde todo el verano te visitó una plaga de microalgas… El periodista se ha vuelto un Principito a salto de mata en un universo de webs. Los periodistas en el pasado tenían acotada la escena del crimen, y su pericia consistía en acudir los primeros y contarlo antes. Eran capaces de vender su alma al diablo por una buena historia, que es la madre del cordero. Gay Talese dio con la suya y se la guardó una eternidad; su caso altera el paradigma de la exclusiva, y, sin embargo, es un hallazgo fenomenal, como si el periodista se convirtiera en faraón y arqueólogo de su tumba a la vez. Enterró la historia y la exhumó mucho más tarde en un libro que burló el destino, El motel del voyeur. Ahora, vete y haz un reportaje como Talese y escóndelo si el ego te lo consiente.

Quien dijo que periodismo es literatura con prisa dijo una verdad como un templo, porque todos querrían -lo explicó como nadie Tom Wolfe- escribir el crimen de su vida como una novela, como Truman Capote en A sangre fría. Y les digo que esta isla es el infierno perfecto para tales hazañas literarias. La clave es escribir bien, nos diría Luis Álvarez Cruz. En Cien años de un periodista (Tauro Ediciones, 2004), se recoge su tête à tête con César González-Ruano, que escribía en Café Gijón o Café Teide. Álvarez Cruz le hizo la pregunta ontológica (defina la isla) al famoso periodista en el Puerto de la Cruz, con la mar brava contra los cantiles costeros: “La isla es un paraíso rodeado por una especie de infierno, lo más hermoso y dramático que he visto en mi vida”. En una foto del libro, Álvarez Cruz está junto a Hemingway en Tenerife en 1953. La isla dio siempre grandes periodistas que eran buenos todo el año. Terminaban la noche en los bares como Oscar Wilde, a quien Pío Baraja encontró en París y tenía “los bolsillos llenos de periódicos”. Oficio de cargaceras. La redacción era un antro con escupideras y el tecleteo de las máquinas de escribir. “Si no huele a orina no es una redacción”, nos dijo don Elfidio Alonso Rodríguez, que dirigió el ABC. ¿Qué queda de esos vestigios? ¿Nada? Quedan los periodistas. Talese guardó durante décadas la historia de su voyeur del motel que espiaba los encuentros sexuales de sus clientes y hasta un crimen pasional tras un falso techo. El libro le ha costado reproches y elogios al venerado periodista que consagró el significado de la primera frase de este artículo. La crónica es la novela de la realidad. Talese me recuerda a Chela y a Paco Pimentel y a Andrés Chaves, capaces de ir al infierno y volver a la redacción con los ojos inyectados en sangre a contarlo.

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