Letra y música en la Cámara

Cuando el mobiliario del Parlamento en Teobaldo Power eran tablones de madera y no había despachos, ni váteres para mujeres, ni salas de reuniones, sino todo era precario y en aquel sitio lóbrego nacía la autonomía con una mano delante y otra detrás, sobresalía el humor de Pedro Guerra (padre, vale decir, porque el hijo se hizo más tarde un célebre cantautor). Guerra Cabrera tenía la edad del actual presidente de la Cámara, Gustavo Matos, frisando los 45, y acuñó modos y maneras de sus señorías, era un oficio inédito, creó el manual de estilo del cargo y se quedaba con todo. En aquella primera legislatura de 1983 tenía las islas en los ojos, como su balada en labores de poeta, y anotaba en una libreta la picaresca de una saga irrepetible de diputados, con lo que escribió un libro de la jerga política, ¡Jablen ansina, cristianos. Era un socialista campechano que traía a Santa Cruz las fablas del sur, de donde había sido alcalde en su Güímar proamericana. Fue el primer presidente del Parlamento canario, y solo eso le concedía un lugar en la historia de una autonomía impredecible en una tierra discontinua de islas y cabildos que recibía con desconfianza instituciones suprainsulares de ámbito regional. Por eso, para entonces, surgirían propuestas como la de crear una tele autonómica con sede en un barco. Pedro Guerra sacó un disco en el Parlamento y pidió disculpas por incluir a su hijo, que bebía en la fuente de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, acaso predeterminando una carrera de éxito que era impensable en un mundo sin notoriedad como el nuestro.

La casa de las leyes de los canarios, en su estado precario, era reveladora: una autonomía en obras. El antiguo teatro de Santa Cecilia en Teobaldo Power, una reliquia neoclásica de Manuel de Oraá, estaba llamado a desempeñar su actual cometido, pues había funcionado como diputación provincial antes de la división de Canarias por Primo de Rivera, y su otra faceta, la de exconservatorio, invitaba a que los diputados legislaran sin desafinar. El destino -y no el desatino- quiso que el primer presidente canario fuera un melómano de butaca permanente en Salzburgo. Todo encajaba. Pedro Guerra Cabrera tocaba la guitarra y cantaba, era poeta y novelista, apologeta de los guanches antes de que el nacionalismo campara entre aquellas cuatro paredes con tapices polémicos sobre conquistadores y niños aborígenes, y Saavedra era un mozartiano que en ese recinto se movía como pez en el agua. De aquel tándem de socialistas autonomistas convencidos, frente a los más férreos cabildistas, somos discípulos todos los canarios hasta el día de hoy. Como la casa estaba casi en ruinas, no tardó en dotarse de fortaleza, y fue como una consigna. Había que inventar la autonomía como fuera y poner las islas en hora, porque veníamos del atraso de la dictadura y la falta de todo. Luis Balbuena hizo la revolución educativa, construyó colegios y puso las primeras barricadas contra el fracaso escolar: veníamos de las tasas altas de analfabetismo. Aún hoy somos deficitarios en cuestiones elementales porque ni en casi cuarenta años hemos podido ponernos al día en todo.

¿Por qué recuerdo con nostalgia feliz aquellos años bebés de la autonomía canaria? Porque éramos unos privilegiados pudiendo tener a mano a personajes imprescindibles. Por allí aparecía de vez en cuando César Manrique, con la gracia confianzuda y desvergonzada de una mente implacable con los políticos. Y yo me quedaba absorto ante el espectáculo de alguien que no había sido elegido en ninguna circunscripción y mangoneaba a todo el mundo. Saavedra, que entonces era Saavedra, o sea dios, lo sabía llevar, eran amigos. La autonomía y el credo de lo que somos no habrían sido iguales sin ellos, dos pilares humanos de una dimensión superior a la media. El Parlamento vivió intrépidamente el debate europeo, pero no fue fácil encontrar un encaje insular singular dentro de la entonces CEE, hoy UE, y Saavedra dimitió y reapareció con el primer pacto de progreso. El nivel parlamentario era exquisito, a veces florido y churriguresco, pero con personajes épicos y cómicos como el burlesco marqués de la Oliva. Pedro Guerra copiaba literalmente algunas de las parrafadas de aquellos ínclitos autodidactas con mando en plaza en su isla de marras, que no se acobardaban como tribunos dándole patadas al diccionario mientras el presidente de la Cámara contenía la risa y tomaba apuntes en su minarete. Pululaban por los pasillos conseguidores y comisionistas, recaudadores y correveidiles. La política se pobló enseguida de adláteres muy influyentes. El Legionario era el hombre del maletín, y fue un aventajado del lobby unipersonal.

Un día, los diputados divisaron a una mujer que se exhibía en pelotas desde su ventana y la bautizaron como la Chicciolina. Yo la entrevisté, gozó de una efímera popularidad que aprovechó para ganar alguna clientela. De todos los parlamentarios, el que más poder y leyenda personal llego a tener fue, sin duda, Dimas Martín, que hoy entra y sale de la cárcel, pero tiene una historia a cuestas como pocos. Gorbachov se vacilaba de los piques de Dimas con el delegado del Gobierno central en la isla Agustín Torres. Dimas competía en ascendencia popular con César, tenía celos de su autoridad moral. Los diputados Honorio García Bravo y Antonio Cabrera se fugaron a Madrid para no votar la censura de Hermoso a Saavedra en el 93, y cuentan que Paredes, el famoso Legionario, los mandó traer custodiados por matones. De héroes y villanos, navajeos y complots está escrita la historia de este Parlamento… ¡Si las paredes hablaran! En mitad de tanto género masculino, Loli Palliser, la socialista intempestiva y entrañable que fue consejera de Transportes, obligó a abrir un baño para mujeres.

De aquellos plenos, estos lodos. Había expertos en echar leña al fuego, pero la flema de Saavedra no logró pacificar la ley de aguas, en cuyo debate Wladimiro Rodríguez Brito recibió un paraguazo a la entrada. No siempre llegaban a las manos. Pero lo cierto es que cuando Fernando Fernández presentó la cuestión de confianza ante el cisma universitario y Olarte fue investido presidente, Tomás Padrón le obsequió un naife para que se defendiera de las puñaladas traperas.

Estas y otras desventuras flotan en el ambiente enrarecido de la Cámara, cuyas paredes no son de cristal, como quisiera Gustavo Matos. Hasta este viernes, en que un niño de cuatro años gritó “¡Papiiii!” en el preciso instante en que era elegido Ángel Víctor Torres nuevo presidente, y sonó consensuada una carcajada general. La de Miguel, el hijo del socialista que gobernará esta legislatura, será la primera generación en un cuarto de siglo que conozca a un presidente que no sea de Coalición. Si Pedro Guerra Cabrera levantara la cabeza, cantaría la ranchera que inmortalizó Vicente Fernández, Volver, volver, “anda todo alborotado, por volver…”

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Argonautas sin vellocino de oro

Como quiera que el 10% de los más pobres del mundo necesitarían trabajar tres siglos para ganar lo mismo que el 10% más rico en un año, la cosa de la desigualdad no tiene fácil arreglo, y las crisis seguirán ahogando a los parias y engordando la cifra de millonarios. En un rapto de sinceridad, la concejal capitalina de Asuntos Sociales, Marta Arocha, mostraba ayer en la portada de este periódico su sorpresa (su estupor) ante “la pobreza tan grande que hay en Santa Cruz”. La radiografía social a cargo de la clase política no solía llegar a estratos tan profundos de la economía más menesterosa. Admitir que un destino turístico de primer orden mundial alberga bolsas de miseria hasta ese punto de la niña que se desmayó en un comedor escolar porque solo hacía una comida al día era hasta ahora políticamente incorrecto. Los discursos de investidura no solían poner el foco en las tasas de pobreza, sino en inversiones y tecnologías, que visten mejor y tapaba las vergüenzas.

Este jueves es posible que el candidato socialista entre al trapo, pues ha dicho que su Gobierno hará una prioridad del 40,2% de riesgo de exclusión social en Canarias (el 20,6% en todo el Estado). Mencionar la tasa Arope, establecida por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social, como ha venido haciendo este periódico, era mentar la bicha al gobernante del edén. Recapitulemos. Estar en situación Arope, como está Canarias, supone que el porcentaje de afectados de su población está en riesgo de pobreza (vive con una renta inferior al umbral de la misma, es decir, por debajo del 60% de la renta nacional), está en privación material severa (no puede permitirse cuatro de nueve ítems de consumo básico definidos a nivel europeo) y sufre baja intensidad de trabajo (calculada según los meses que acumula en el paro).

Cuando vienen curvas (palabras, como ahora, desaceleración no invitan a pensar en otra cosa), esas capas deprimidas descienden a los infiernos, si ya no lo habían hecho antes. Las Islas tienen a menudo motivos para sacar pecho. Ahora mismo, Risco Caído es una medalla en la guirindola del archipiélago, otro Patrimonio Mundial para la buchaca. Pero lo cortés no quita lo valiente. Si el nuevo Gobierno quiere echar a andar con buen pie debe llamar a las cosas por su nombre y poner el ojo en lo preferente. Ningún turista va a dejar de venir porque lea en la prensa noticias de los niños de Dickens en nuestros comedores escolares de verano junto a las playas que el sol calienta. No es que el cambio político venga a aguarnos la fiesta, es que o cogemos la estadística por los cuernos o nos embiste la realidad.

Este viernes de investidura cae un telón y se abre otro con el nuevo ciclo. Es la última semana de CC en el poder después de 26 años, y los argonautas que tendrán que remar a partir de ahora no pretenderán ir en busca del vellocino de oro, sino van a tener que dar la vuelta al calcetín y acabar con los atascos, las listas de espera y el caos hospitalario, los sin hogar y los pobres de solemnidad que los anteriores regidores no vieron o no quisieron ver. A los viejos los juzgaron ya las urnas; a los nuevos gobernantes los empiezan ahora a examinar las mismas manos que mañana pondrán la papeleta y a cada uno en su sitio.

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Si Tamayo levantara la cabeza

Acabamos de asistir a un tamayazo, pero no al que lleva el nombre del diputado socialista de la Comunidad de Madrid que impidió en 2003, junto a María Teresa Sáez, la elección como presidente de su compañero Rafael Simancas. Sino a un tamayazo en honor al rey de la farándula de la segunda mitad del siglo pasado, nuestro admirado José Tamayo (murió el año del tamayazo, precisaente), que hizo grande el Carnaval de Santa Cruz. La gran carnavalada de Ciudadanos, que condena a este imberbe partido al ridículo más espantoso, tuvo este sábado en el Ayuntamiento de Santa Cruz el mejor corral de comedias que podíamos imaginarnos. El espectáculo, el bochorno de las declaraciones de Vidina Espino contra sus dos concejales, acusándoles de tamayazo, no tiene precedentes. Jamás un partido nació con vocación tan efímera en las Islas. Llamado a ser un chorro de aire fresco, el ariete de la regeneración, los/las dirigenes de la sucursal de Rivera se han revelado leales títeres de Coalición Canaria. Esta figura del monigote y la marioneta en política ha cobrado cierto auge en las últimas fechas. El propio Clavijo tuvo la genial idea de ofrecerle la presidencia a Asier Antona e calidad de pelele. Pero el popular se negó a hacer de bufón y el invento duró 24 horas. Ahora andan mareando esa perdiz, dándole vueltas a la misma parodia. El tamayazo de Ciudadanos, devorando a sus propios hijos con infundios de veleta, forma parte del histrionismo que preside la política regional desde el 26-M. Y todavía no ha terminado la función. Hasta que el telón caiga veremos a los titiriteros en plena acción agitando en el aire sus guiñoles de pacotilla. ¿Quién será presidente: Ángel Víctor Torres o Fernando Clavijo? ¿El que ganó las elecciones o el que las perdió? Canarias, antes que nadie, acuñó en su día el pacto de perdedores como una jugada maestra.

Hoy ya lo hacen todos en las autonomías peninsulares, porque han perdido la vergüenza. Luego, innovamos con las alcaldías time sharing: dos años tú, dos años yo. Y eso también es ya moneda de uso corriete. Será una de las fórmulas que se maneje para presidir el gobierno de las componendas, un pacto derechón de perdedores unidos por lazos inconfesables desde Valle Gran Rey hasta el Teide. Pero sería un gobierno frágil, con la espada de Damocles de la censura sobre la cabeza. Lo visto en Santa Cruz de Tenerife es mucho más que un aldabonazo en la conciencia de 40 años de poder absoluto de UCD-ATI-CC. Es el chicharro y Aguere juntos, dos consistorios como dos redaños. Y esa es la ley de la gravedad. Caerán a su debido tiempo, antes o después. Cuando el cambio coge carrerilla no hay quien lo detenga. Ni el apuntador. Ciudadanos está en llamas por culpa de su desorganización interna que era un secreto a voces. Y si no lo remedia Rivera, CC se quedará con la franquicia, pues ya se runruneaba que era una marca blanca de los nacionalistas. La regeneración y toda la cantinela de la campaña electoral se redujeron a un desayuno el mismo sábado para gallofear los dos votos a espaldas de Matilde Zambudio y Juan Ramón Lazcano. Como se negaron al enjuague les ponen a caer de un burro. No es como empierza, sino como acaba esta película. Y nos vamos a divertir. Si Tamayo (el direector de escena) levantara la cabeza, ya tendría otra zarzuela antológica.

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Se acabó la siesta

Después de que el tal Egea desembarcara en Canarias remozando la figura del godo y se alojara en un hotel de lujo de Guía de Isora en compañía de Maroto, su guardia de corps, las aguas han vuelto a su cauce. Han sido reveladoras las confesiones de Casimiro Curbelo sobre aquellos días y horas en que en la política canaria parecía que todo el mundo se había vuelto loco. El ciezano Egea -hace diez años, campeón del mundo de lanzamiento de huesos de aceituna mollar- protagonizó entonces uno de los episodios estelares del trampantojo de los pactos en las Islas tras el 26-M. Doctor en ingeniería industrial y tamborilero, desconoce los ajijides de Valentina y los pitos de los bailarines herreños, o sea, la peculiaridad innata por estos pastos y pactos. De haberse informado antes de coger el avión rumbo a lo desconocido, habría podido husmear en la abundante hemeroteca de pactos fantasiosos e inverosímiles escenificados con equilibrismos imposibles. Canarias inventó los pactos de todos los colores y los pactos de farol.

Si Egea se creyó que era pan comido, se atragantó con la pipa de la aceituna. El sonoro desliz del murciano lo ilustró Curbelo el jueves en TVE en Canarias con el numerito del móvil. Le mandó un wasap: “Soy Egea”, y luego alardeó de tener hilo directo con la llave del pacto. Egea va diciendo por ahí que habla a diario con el político gomero y que en otoño las flores se marchitan. “A la mar fui por naranjas,/ cosa que la mar no tiene”, solían recitar nuestros dirigentes en los discursos adornándose de cita; aquellos versos neopopulares son los más manidos de la política canaria desde que otro gomero, Pedro García Cabrera, los adoptara como una declaración de principios. Ya lo sabe Egea: no había cítricos ni olivas. A Curbelo no le salían las cuentas: ni el PP votaría unido, ni Rivera daba su conformidad, ni Egea se wasapea y parlotea con Curbelo como presume. La dicotomía entre Asier Antona y Australia Navarro (la cabeza de Jano del PP) es una de las peripecias que los exégetas del Pacto de Progreso estudiarán en su día como una de tantas meteduras de pata que dieron al traste con el badulaque de centroderecha. Esa, y las idas y venidas de Clavijo y Barragán a Madrid, no tanto a visitar al prosélito Egea hasta coalicionalizarlo como por embrujo, sino para intentar ver a Rivera, que ha sido el óbice del contubernio. Egea es un personaje encorbatado con ringorrango que ya se asocia a este burlesque político detrás de su príncipe negro. Incluso, ahora que ha pasado la tormenta y la gente está menos sirocada, sigue saliendo a colación el olivar Egea, con sus órdenes castellanas a sus virreyes locales para que arropen a Alonso -no el Adelantado- en el Cabildo de Tenerife, pese a que una censura a paso lento se aproxime como un déjà vu de aquel fiasco con las dos cabezas en la bandeja de Barragán entrando en la sede del PP en Santa Catalina (las de Clavijo y Antona). Sigue sumando batallas contra los suyos, como en La Palma, donde insta a Zapata a rendirse en el Cabildo a CC y renunciar al trono, fiel a sus tratados de preferencia.

Hace unos 25 años, los que llevaba CC en el poder regional, el comandante Cousteau visitó Tenerife, como ahora celebra el Campus América, con su carta de los derechos de las generaciones futuras, que se aprobó en La Laguna al abrigo de la Unesco. El Pacto de Progreso es fruto de una generación futura si nos situamos en 1994 con Hermoso recién fundada Coalición Canaria tras la censura a Saavedra y Cousteau llegando a la Isla a poner las bases de un mundo mejor. Gustavo Matos, entonces veinteañero, hoy preside el Parlamento con su estampa pop y pelo Pantene. El 30 de mayo del 83 fui testigo del descorche de la primera legislatura de nuestra Autonomía en el antiguo conservatorio de Teobaldo Power a cargo de Pedro Guerra, el padre del cantante; Matos contaba tan solo diez años y era como uno de los niños de Cousteau que engrosaban las generaciones futuras. Venimos de la gresca y los pactos diabólicos, y hemos entrado en la fase de los discursos y los dicasterios, cuando se nombre el Gobierno. Matos evocó a Bob Dylan y a Saramago, que decía que el viaje no acaba nunca, solo acaban los viajeros. El jueves escucharemos el discurso del próximo presidente del Gobierno, Ángel Víctor Torres, que tiene la oportunidad de desempolvar a otro poeta, de los años tristes y esperanzados de los setenta, origen del primero de los cambios: Agustin Millares Sall. Su Yo poeta declaro era nuestro Al vent; nos decía que escribir poesía “es decir el estado verdadero del hombre, es cantar la verdad, es llamar por su nombre al demonio que ejerce la maldad noche y día.” La definición nos sirve para explicar también qué hace un modesto periódico de provincias cuando tañe “la campaña que toca la canción de la hora” y es la hora del cambio. El cambio, todo cambio, en toda circunstancia, siempre se hizo canción, como Libertad sin ira, de Jarcha, en la Transición o A cántaros, de Pablo Guerrero, que en los 70 decía que “la siesta se acaba y una lluvia fuerte sin bioenzimas” limpiaría la casa, antes de repetir el estribillo “que tiene que llover a cántaros”. A este cambio de 2019 en Canarias habrá que buscarle, por tanto, una canción.

Los años acabados en 9 suelen traer consigo cambios, como hace cien años, en 1919, en Versalles, cuyo tratado puso fin a la Primera Guerra Mundial. Si se repasa la historia, se descubren esos paralelismos y aniversarios. El nuestro emplaza a un desafío que no admite demora. Si los próximos gobernantes son competentes y merecedores de pilotar este cambio han de saber y para ello han de escuchar a la gente. Yo no dormiría tranquilo una sola noche, ostentando el poder, tras escuchar el testimonio de un monitor de nuestros comedores escolares que, a modo de recibimiento a las nuevas autoridades, desveló el otro día el caso de una niña que acudía a los talleres con sus hermanos para poder desayunar, porque esa era su única comida durante toda la jornada, y un día se desmayó. Torres y sus consejeros deberían ir en caravana por todas las islas a ver qué pasa, qué está sucediendo en la Canarias profunda, bajo la primera capa de realidad, la segunda y la tercera, donde se oculta, como decía el poeta, la verdad, la verdad oprobiosa que solo cuentan las estadísticas, que son el VAR de los gobiernos.

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El Látigo Negro

Latigo Negro era una leyenda en los cenáculos políticos de Las Palmas. Tenía la aureola de un líder clandestino cuando todo el tiempo era mayo francés en los lejanos años 70 de unas Islas en estado de erupción. Yo tenía una ligera referencia de aquel abogado laboralista contemporáneo de Antonio Cubillo, que había ejercido la defensa de los aparceros, guagüeros y portuarios dejando una estela de andanzas y desventuras que guardaban similitudes con algunos personajes míticos y reales de nuestros capuletos y montescos de la dictadura. Carlos Suárez había sido actor y era un galán que se rifaban las juanas de Arco de la rebeldía local en aquellos años de osados y trabucaires. Se hablaba en Tenerife del Látigo Negro con admiración sincera, como había devotos de Sagaseta o Mauricio, epónimos de la lucha antifranquista. Pero de él, del Látigo Negro se hacían cuentos que pertenecían a la mítica de la clandestinidad. Yo quería conocerlo personalmente.

Había sido condenado y perseguido, y permaneció escondido como el Corredera, que fue ejecutado a mediados de siglo, después de una vida de fugitivo marcada por el rechazo a Franco, o sea, a lo que representaba el dictador, que fue el aglutinante de jóvenes universitarios y campesinos antes de que nosotros presenciáramos el traspaso de poderes que llamos Transición. Carlos Suárez, Látigo Negro, no era Juan García Suárez, El Corredera, pero había cultivado su propia leyenda. Era mitinero, buen orador y bien parecido, como dije de su halo de tenorio del rojerío grancanario que preludió las primeras elecciones y el alcalde Bermejo en Las Palmas y el diputado Sagaseta en Madrid y el retorno de Cubillo en jet-foil al puerto de Santa Cruz.

Murió el jueves a los ochenta y pocos en la más estricta discreción. Ahora me flagelo por no haber persistido en la entrevista del hombre que no quería hablar. Hace poco pregunté por él y no obtuve respuesta. Estaba encerrado en su casa de Santa Brígida escuchando música clásica y fumando en el balcón. Cuando se presentó un par de veces y no obtuvo el acta de nada se retiró sin rechistar. Había sido un buen agitador de movimientos sociales, un abogado de trabajadores alzados en La Isleta que pagaban la iguala para defenderse del patrón con un abogado insobornable. En esa pelea era temido en los juzgados, de ahí el apodo que le hizo célebre. Pero nunca tuvo éxito electoral. Sin embargo, escribió sus memorias con la esperanza puesta en el futuro: mañana siempre será mejor.

En aquellos años setenta yo estaba de isla en isla haciendo periodismo militante, mezclado entre unos y otros, con la antena puesta. Así los fui conociendo a todos, sin excepción. Y un día, finalmente, vi en persona a Carlos Suárez. Eran las vísperas de unas elecciones, pasó como un holograma, atravesó el corrillo en que me encontraba, dijo algo en voz baja, apenas se detuvo un instante y desapareció. Era todo un mito, tenía un esplendor particular, una estrella, un status, todo eso que conforma una leyenda. Y, ante tanta biografia autoinflamada, la suya era un extraño eco proverbial.

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Para qué cambian los gobiernos

El lunes arranca el segundo semestre del año en curso, que no es cualquier año, sino el último de una década con mimbres mágicos y prodigiosos que pone distancia con el mundo convencional del que aún procedemos millones de personas. En Canarias somos a fecha de hoy 2.207.225 habitantes, según el INE, y hay un alto porcentaje de vejestorios, entre los que me incluyo, que nacimos antes de la era digital. Comparo mi mundo con el de mi hijo de ocho años, que quiere ser paleontólogo y es coetáneo del primer WhatsApp, e imagino aquellos neandertales de hace 40.000 años que convivieron en Europa con el Homo sapiens contraponiendo sus toscos modales y robustez ósea con la anatomía refinada del hombre cromañón autor de las primeras pinturas rupestres. Y adquiere todo su significado la sentencia de Bertolt Brecht: “La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer”. Esa crisis la ha padecido mi generación como si tal cosa. Fue el instante cronológico en que vimos, presenciamos y sufrimos los estertores de nuestra cultura analógica y nuestra concepción clásica de la vida y el progreso, y comprendimos que otro mundo acababa de aplastar el nuestro imponiendo sus reglas y su lenguaje extraterrestre. Otro mundo con sus dioses, como en aquella máxima, de mis favoritas, obra de Flaubert, que sintetiza otro impulso de la historia: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre”. El hombre hecho dios.

La segunda década de este siglo que acaba dentro de seis meses nos ha puesto en su órbita, y en nuestra galaxia insular los avances son de tal calibre que pronto -dentro de un escaso margen de tiempo- daremos saltos vertiginosos con toda naturalidad. Aunque el Tenerife siga estando en Segunda, este mundo ya no es de este mundo. Aquí no voy a hablar del grafeno, de los drones y el 5G, que son temas apasionantes, como hemos visto en la cumbre del G20 donde Estados Unidos levantó el veto a Huawei. Sino del cambio de rumbo de nuestro mundo. Historias de andar por casa. Las pautas de los últimos meses se empeñaban en avisarnos de este tsunami. Como los enjambres símicos que, una vez desentrañados, advierten de una erupción volcánica. El cambio de rumbo ha venido precedido de una crisis económica devastadora, que no podía sino traer estas consecuencias. Sánchez por Rajoy y otras sucesiones en gobiernos de distintas latitudes. Es como esa voz tenue de una niña de Suecia que está transformando tantas conciencias juntas a la vez en todo el mundo sobre el calentamiento global. Comienza como una mariposa, que en su leve aleteo emite una tímida señal y las ondas expansivas se encargan del resto. Ya nada es físicamente recóndito, ni lo que ocurra en una isla es un hecho aislado. Cualquier gesto, por mínimo que sea, que exprese un sentimiento generalizado que permanecía bajo cuerda se erigirá en un himno o una revolución. Ahora hay que estar muy atentos a estos fenómenos sociales, que obedecen a estados de opinión universales. De tal manera que Greta Thumberg no es una niña que tiene Asperger, sino una multitud que no cesa el asperger de una idea nítida de planeta sostenible. Es la vieja cruzada de Cousteau desde La Laguna, que ahora cumple 25 años, la de la carta de los derechos de las generaciones futuras, de la que fui testigo, que, al fin, será revitalizada con nuevas aportaciones en el Campus América estos días en Tenerife. Con esa impronta, nuestras playas son escenario de continuas campañas de recolecta de plásticos que amenazan la vida de las especies marinas y la salud humana. Estamos asistiendo, en esta recta final de la segunda década del siglo XXI, a una opinión pública que hubiera gustado conocer a César Manrique y viceversa. Se habrían entendido, porque César -que este año de su centenario está tan vigente y vivo- predicaba entonces en el desierto y se desgañitaba con un megáfono. Ahora César habría sido un ídolo de masas no ya en el marco constreñido de una isla, sino, como decía, en esta cosmogonía mundial de nuevos líderes ecologistas. Greta Thumberg y César Manrique cogidos de la mano por la orilla de la playa de Famara, “con sus ocho kilómetros de arena fina y limpia”, dejando sus huellas a las generaciones presentes y futuras.

Por qué cambian los gobiernos ya lo sabemos. Cambian cuando se agotan las ideas y la última palabra la tienen fenómenos, tendencias, cabriolas evolutivas. Los últimos años de gobierno en las Islas eran calamitosos, la arrogancia se adornaba de políticos anodinos al frente de grandes responsabilidades con un exceso de prepotencia vacía rayana en la idiotez. El principal causante del cambio político en Canarias fue la mediocridad de los anteriores gobernantes. Para qué cambian los gobiernos. Esta si es la pregunta que nos interesa formularnos. Es de tal grado la urgencia del cúmulo de retos y desafíos a que se enfrenta esta tierra no a largo, ni mediano, sino a corto plazo, que lo prioritario es un conjunto tal de problemas que, en realidad, se ha vuelto un todo imperioso a la vez. La pobreza, la dependencia, la sanidad, la educación, el empleo, la vivienda….y el ecosistema, el calentamiento global, el cambio climático, el medio ambiente. O sea, los desasosiegos de Cesar Manrique. Publicaba días atrás Juan Carlos Mateu una de las nuevas amenazas al sector del que vivimos, el turismo: la vergüenza a volar, flygskam, que también procede de Suecia. Cierta corriente de opinión cada día mayor a eludir el uso de aviones para viajar a los destinos de ocio por su poder contaminante en emisiones de CO2. Una reacción cívica del mismo género que la que arraiga en jóvenes detractores del plástico y de todos los agentes que provocan su huella de carbono.

Dos palabras juntas, energías renovables, levantaban no hace mucho un muro entre dos ideologías, se era de derechas o de izquierdas a cada lado de ese paramento. Hoy ya no existe semejante división en los ámbitos políticos y económicos de cualquier país de nuestro entorno, sin contar las extravagancias de líderes muy influyentes y muy efímeros. La década que acaba dentro de un semestre nos lleva en volandas sobre una alfombra mágica como en el mito de Las mil y una noches. Y nos sentimos como niños, quizá esperanzados de que los nuevos avances y gestores de nuestros destinos no nos defrauden.

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El pacto de Medinaceli

El Pacto de Medinaceli engendró esta autonomía bicéfala que hizo una excepción con el Parlamento y lo ubicó en Tenerife. El reparto de los parlamentarios que a principios de los 80 convinieron esto aquí y esto otro allí no fue un acto cívicamente pacífico, sino una bronca en toda regla. Antes de la cumbre del restaurante del mismo nombre en la calle Duque de Medinaceli de Madrid -a la que se debe que el Parlamento esté en esta isla-, los representantes de UCD dilataron sus diferencias durante no menos de un año desde que el texto salió de Canrias a finales de 1980 hasta que el Estatuto llegó a la ponencia del Congreso a comienzos del 82, tras un intento de golpe de Estado de por medio. La mera idea de un estatuto de autonomía en las Islas estaba gafada desde los tiempos de Gil Roldán, cuya iniciativa se quedó en las gavetas del Congreso por una cuestión de horas, ya que Franco abortó la República y provocó una guerra civil. Medinaceli fue, como dicen en La Gomera, un pacto de colactación. Creo que eran tres los cabecillas del cónclave: Saavedra, Bravo de Laguna y José Luis Mederos. Y a Bravo de Laguna se atribuye la tesis de que era más importante para Gran Canaria tener la Delegación del Gobierno que el Parlamento. Genial decisión que en Las Palmas nunca perdonaron al brillante abogado del Estado (fue el número dos de su promoción, precedido de Mario Conde). Bravo de Laguna se defiende del desliz, invocando las ventajas estratégicas y políticas de ser la pata del Estado en Canarias, pues los delegados concentran en sus manos todas las piezas del Presupuesto y de la intendencia de Madrid con respecto a Canarias. En una cabeza que ambiciona manejar esos hilos, tiene su lógica; en otra que contempla el organigrama del poder en clave canaria, es un patinazo en toda regla. La sede iba a estar en La Laguna, para sortear el pleito entre las dos capitales, pero se impuso el centralismo de la intraísla y Santa Cruz adaptó el Conservatorio de Música y Declamación como hemiciclo de la oratoria autonómica. Y ahí se han escuchado los gallos y cloquíos de sus señorías. Tenerife no se ha quejado, aunque Teobaldo Power no sea Capitanía, donde Hermoso quiso poner, por cierto, el Gobierno. A falta de ese palacio de jardines y escalinatas para la postal, aquel pacto de Medinaceli dio mucho de sí. Se habló de bicapitalidad y se discutió mucho de lo humano y lo divino de la proeza de hacer posible la ortopedia de una islas, separadas por definición, dentro de un mismo arquetipo. Nuestra autonomía no tenía modelos, lo inventamos. Y los parlamentarios temieron someter el invento a referéndum , porque para entonces -años 80, repito- en la Organización para la Unidad Africana (OUA) habrían intepretado el hecho de que la abstención se impusiera como un respaldo a la independencia. Estaba bueno el ministro de Exteriores Marcelino Oreja para correr semejante riesgo. Y de ahí que el Estatuto se aprobara de rondón, sin el plebiscito de la calle. Hoy arranca la décima legislatura en el Parlamento que parieron los padres de la patria en una cafetería restaurante de Madrid. Casi 40 años después, se han vencido los miedos de la sede de la casa de las leyes, pero no la de la capital. No me mente esa bicha.

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Las intrigas de un pacto hasta que comenzaron a rodar cabezas

El pacto de progreso le gana la carrera al de centro-derecha. | FOTO: Fran Pallero

Manuel Hermoso asestó una verdad lapidaria que ocupó la portada del DIARIO de este sábado con la solemnidad que merecía la ocasión. Era lo propio. Su valoración tras consumarse el Pacto de Progreso, y tras ver caer los ayuntamientos que más le afligían, el de La Laguna y, en particular, el de Santa Cruz, desde el que pilotó hace casi 40 años el concepto de un partido emancipativo, condensa el sentimiento, casi patriarcal, de un hombre que nunca dejó de ser honesto consigo mismo. “Esto es democracia; ha habido cansancio de la gente tras 26 años de CC”, declaró estoicamente a Moisés Grillo, al filo de la noche, cuando en toda Canarias ya era vox populi que había prevalecido el cambio entre cuatro partidos de izquierdas. Era viernes, “completamente viernes”, como el poema de García Montero, y Hermoso fue sincero una vez más, dolorosamente franco. Él llegó a la política desde el rechazo a la dictadura y esa noche nos dijo sin disimular la consternación por la debacle de su partido, que siempre había sido un demócrata a pies juntillas y ya no podía ser otra cosa, aunque las urnas y la aritmética hubieran pulverizado lo que él fundara en 1993 con una sagacidad innegable, y con tanta perspicacia.

La noche anterior, Saavedra estaba exultante y desvelado. Saavedra, que junto a Hermoso, participara (él de forma pasiva) de los orígenes de Coalición Canaria, calificó de “terremoto” la pérdida del poder por parte de su eterno adversario, CC. Criticó el clientelismo que generan los gobiernos prolongados de un mismo partido, y no ocultó su contribución a este desenlace.

La política canaria se ha cocinado estos días a plena llamarada, no ha sido a fuego lento. Antes de que en una habitación de tan solo 2 x 2 metros cuadrados, en la quinta planta del Parlamento (la menesterosa sede de Nueva Canarias), Ángel Víctor Torres, Román Rodríguez, Noemí Santana y Casimiro Curbelo se juramentaran el jueves para sacar adelante el Pacto de Progreso, el cielo de Santa Cruz vio burros volando, como decía Olarte, y hubo cabezas cortadas en mitad de un campo de batalla fratricida cuando ya era tarde e innecesario. Lo que decantó a Casimiro Curbelo fueron las dudas de Ciudadanos (Rivera obturaba el frenesí de Villegas, que por último parecía ablandarse ante las imploraciones de CC) y, no en menor medida, las divisiones internas del PP en cuanto cobró cuerpo la tesis inverosímil de que, al igual que Clavijo, debía ser apartado el líder popular, Asier Antona.

Saavedra había seguido de cerca los titubeos de Curbelo. Son amigos de toda la vida y el PSOE pidió al padre de la autonomía y del primer Pacto de Progreso (1985) que intercediera ante el político gomero. No fue hasta que saltó a la luz el nombre de la popular Australia Navarro como candidata prosélita de Coalición a presidir el Gobierno sin Clavijo ni Asier, que Casimiro lo vio claro: de los 11 diputados del PP, los acólitos de Antona no votarían nunca ese Gobierno cainita. Luego, como nos dijo a este periódico, el mismo día que se supo esa operación, “no es un pacto estable”. Curbelo tenía que firmar a las cuatro de la tarde del jueves en Tenerife un supuesto pacto de centroderecha listo para salir del horno. Estaba todo ultimado en la galaxia de CC y PP, tras arduas negociaciones de Clavijo y Barragán ante Génova, de espaldas a los medianeros. Barragán cogió los folios del documento convenido presumiblemente por las partes (CC, PP, Cs y ASG) y se plantó en la sede popular del Parque Santa Catalina con las dos cabezas en bandeja de plata: la de Fernando Clavijo y la de Asier Antona. Era una escenificación premeditada. A las ocho de la mañana de ese día (Barragán, el hombre que fue jueves, como en la novela de Chesterton), la permanente de CC había acordado, en efecto, decapitar simbólicamente a su líder, Clavijo, cumpliendo la premisa del decálogo de Ciudadanos sobre los políticos imputados, y brindar una vez más la presidencia al PP, con la condición de sacrificar a Antona en favor de Australia Navarro, la secretaria general del partido. Habían volado de Madrid a Las Palmas dos peces gordos de Génova, Teodoro García Egea, el número dos de Pablo Casado, y Javier Maroto, vicesecretario de Organización. Ambos estaban en el ajo: era una noticia precocinada y obedecía al trampeo inconfesable de los dos partidos: Coalición hacía el trabajo sucio de defenestrar a Antona y el PP fingiría no tener más remedio que acatar su exigencia con la coartada de no poner en riesgo el pacto. ¿Qué hizo que la componenda se viniera al traste? Cuando Barragán entró en la sede del PP con los dos bultos bajo el brazo ya era conocida la voluntad de Curbelo de pactar con la izquierda, donde vio más seguras las cabezas de sus líderes. Y eso que Nueva Canarias había sembrado dudas hasta que el PSOE reconsideró el asedio a sus alcaldías de Telde y Santa Lucía y al Cabildo de Gran Canaria. Y aun a pesar de que un alcalde socialista réprobo le sustrajo a Curbelo la tentadora alcaldía de Valle Gran Rey. El socialista Ángel Víctor Torres presidirá un Gobierno tras 26 años del último socialista. Su arma ha sido la paciencia.

Los buenos oficios de Saavedra (luego se sumó Sánchez a la ronda de agasajos telefónicos), auténtico martillo pilón, surtieron efecto. Con 83 años (que cumple el próximo 3 de julio) se implicó como en los juveniles años preautonómicos en la máxima del cambio. Llamaba religiosamente a su amigo colombino cada dos por tres, y tuvo paciencia con él hasta tomar juntos del gánigo este pacto de colactación. “Eres de los nuestros. Le dije, no puedes tirar por la ventana toda lo que has sido en tu vida”. Ahora se inician los ritos de la reconciliación de Curbelo con el PSOE. De decano a decano, de amigo a amigo, de socialista a socialista. Saavedra lo ganó. Dos conmilitones. Pero fue la grieta del PP, la proscripción de Antona, y el veto de Rivera, reacio a fotografiarse con Clavijo pese a los intentos de Ana Oramas, lo que inclinó la balanza. Curbelo quiere ser llave de un Gobierno durante cuatro años, no durante cuatro días. Y temió que no lo iba a ser ni uno solo siquiera, pues no sumaban 36. Y el pacto de progreso, sí, incluso 37. A Curbelo no le gustaron las malas formas. Dio su palabra el jueves y fue a decirle adiós a su amigo Clavijo en la Casa de la Piedra.

El efecto dominó comenzó el sábado 15 de junio. La caída de La Laguna nadie la discutía. En el feudo de los escándalos del caso Grúas, el caso Reparos y Las Chumberas se estrenaba el cambio con el pacto de progreso matemáticamente surgido de las urnas. En Santa Cruz, se cumplieron los pronósticos, y fue elegida alcaldesa la socialista Patricia Hernández, pero los dos concejales de Ciudadanos debieron sortear una artimaña. Dirigentes de su partido tramaron horas antes de la votación dejar tirada a Patricia y facilitar la reeleción de Bermúdez. Si en el PP se ha abierto una crisis pavorosa tras la injerencia de CC contra su líder y ya se alimentan dos bandos, los de Antona y los de María del Carmen Hernández Bento, que asoma entre sombras a raíz del viaje de cinco estrellas de Egea y Maroto, en Ciudadanos, a su vez, la errática negociación de estos pactos aboca a un proceso de ceses en cascada. Cs ya controla buena parte del poder económico de Santa Cruz y frente a ello la dirección nacional anuncia una escabechina en las Islas, donde los gestores no lo han podido hacer peor. Matilde Zambudio y Juan Ramón Lazcano se han erigido en los dos activos principales de este partido en Tenerife, por no prestarse a los enjuagues que ahora son investigados a bordo del partido naranja.

Este nuevo ciclo, al que no es ajena la inminente censura en el Cabildo de Tenerife, se abre paso entre los escombros de una gran batalla, que ha dejado graves secuelas en tres formaciones: CC, PP y Cs. Fue un viernes de tantos viernes como ha habido durante este mes de sobresaltos, tras el 26-M, cuando Clavijo tuvo en sus manos una última oportunidad de llevarse al huerto a Curbelo. Tomó la palabra en el almuerzo del palacete de Ciudad Jardín y se negó a dimitir del todo, a no figurar en el próximo Gobierno, como exigía Cs desde Madrid. Curbelo le había dedicado palabras de amistad. Y Antona, que iba camino de la presidencia subrogada, pidió garantías de que no sería un presidente pelele. Clavijo le cortó las alas y se negó a retirarse: “Si no estoy yo, no votarán todos, no lo harán mis leales”, dijo. Curbelo supo entonces que tanto CC como PP no eran grupos de fiar , pues si uno u otro perdía a su líder, también perdía la unidad. Y se fue de vuelta a La Gomera con esa matraquilla.

En mitad de esta rocambolesca conurbación de partidos y líderes entrometidos, visitó la Isla Marino Rajoy. Cenó con amigos y políticos arropado por esta casa y preguntó qué estaba pasando, por qué había tanto ruido desde que había pisado el volcán. El veterano político intervino en el Foro Premium de DIARIO DE AVISOS y dejó, al marcharse, la estela de quien, como dijera Hermoso, aceptó que en democracia un día has de irte a casa.

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Mariano Rajoy: “En política hay que hacerse el loco muchas veces”

Por Carmelo Rivero y Domingo Negrín

Se siente libre para opinar sobre lo que le preocupa, le inquieta, le divierte, le conmueve y le afecta en lo cotidiano. Lo hace con cautela. Mariano Rajoy es un ciudadano normal, no cualquiera. Cuando se sienta a hablar con DIARIO DE AVISOS, tras cubrir dos horas de intervención en el Foro Premium del Atlántico, con el que reaparecía en un acto de esta naturaleza al año de su retirada tras perder la moción de censura de Sánchez, no da muestras de cansancio: “Es que esta mañana, lo primero que hice fue darme una caminata por la Rambla y eso relaja mucho”, comenta con satisfacción.

-¿Cómo ve España alguien que, como usted, ha estado siete años en el Gobierno? Ahora, desde otra perspectiva…
“Bueno, yo me he retirado de la política y, por tanto, del día a día, y me he retirado de algo tan importante como es el ejercicio de la política. Es decir, ya no tomo decisiones. Ahora estoy en una situación diferente. Pero el hecho de que me haya retirado de la política activa no significa que deje de importarme lo que pasa en mi país. Me importa y lo sigo. Si alguien me pregunta y puedo aportar algo, por supuesto que estoy siempre a disposición. La diferencia es muy sustancial. Antes tenía la capacidad y, sobre todo, la obligación de tomar decisiones. Yo creo que el país no es solo lo que haga o lo que sea el presidente del Gobierno o el ministro de turno. Es lo que seamos todos los españoles y cada uno, en el ámbito de su responsabilidad, puede aportar y tirar del carro”.

– ‘Gobierno de cooperación’. ¿Había escuchado alguna vez esa expresión tan de moda hoy?
“Francamente, no la había oído en mi vida. Pero, en fin, por lo que he podido entender, aunque no lo tengo muy claro, un Gobierno de cooperación no es un Gobierno de coalición, sino que es un Gobierno en el que podrían entrar algunas personas que, aunque no formen parte de un partido, podrían ser bien vistas por ese partido. Es una nueva aportación al mundo de la colaboración política y veremos si se traduce en algo y cómo funciona”.

-La estabilidad es muy importante, ¿no?
“¡Capital! Un Gobierno tiene que tomar decisiones y sobre asuntos muy importantes. Hablamos de sanidad, que es prioridad básica de cualquier vecino de cualquier municipio de las Islas Canarias y de cualquier otro lugar de España y del mundo. Lo mismo ocurre en educación. Tiene que tomar decisiones y la posibilidad de llevarlas adelante. Y, si un Gobierno está en minoría, eso es muy difícil. Un Gobierno estable, con un programa conocido, fija un horizonte de seguridad, de certidumbre y de tranquilidad que es fundamental para que todo el mundo se haga una composición de lugar. Para las empresas, la economía, la certidumbre es fundamental. Por eso, siempre he sido partidario de que quien se presente a la investidura vaya con un programa que no tiene que ser aquel con el que ganó las elecciones, pactar y salir de allí con el voto mayoritario de la Cámara y el compromiso de gobernar durante algún tiempo”.

-Una de las ideas que deslizó en el foro y que marcó una huella en la etapa final de su mandato fue la de la gran coalición. Pensaba que, como en otros países de Europa, era una solución para proporcionar estabilidad y seguridad a la ciudadanía. ¿Se acabará imponiendo su tesis o, dada su experiencia personal, la da por perdida?
“Es difícil responder a esta pregunta y saber qué es lo que puede ocurrir en el futuro. Es muy importante aquí la propia voluntad que tengan los dirigentes políticos. Yo lo planteé en 2015 y en 2016, porque pensaba que, tal y como era la composición del Congreso de los Diputados, era una fórmula de garantizarse cuatro años de estabilidad, de seguridad y de certidumbre. Además, teníamos precedentes. El más conocido probablemente sea el alemán. Pero había uno a nivel de las instituciones de la Unión Europea, donde socialistas y populares estaban gobernando conjuntamente. En esta situación concreta en España, a mí no me corresponde opinar sobre ese asunto. No debo hacerlo. Hay dirigentes políticos muy cualificados que son los que tienen que saber las iniciativas que han de tomar. Eso es algo que yo vi en aquellos tiempos. Ahora es otra situación”.

-¿Le ha quedado esa espinita clavada?
“Yo lo intenté”.

-Después de las elecciones europeas, no está claro lo que pasará… ¿Puede haber un bloqueo, un colapso?
“Siempre ha habido una suerte de coalición entre el Partido Popular y el Partido Socialista. También se ha integrado a los liberales en algunas responsabilidades. Pero es que ahora los socialistas y los populares no suman. Necesitan a los liberales y se está intentando incorporar a los verdes. Esto no es solo una cuestión del Parlamento, porque un número determinado de Gobiernos en el Consejo Europeo puede vetar cualquier decisión. Por lo que yo apostaría es por una coalición al menos de estos tres partidos, que afecte a la Comisión, al Parlamento y al Consejo Europeo. Eso serviría para construir y para afrontar el futuro con una cierta seguridad. No podemos descartar nada, ni siquiera una prórroga en el mandato de la Comisión”.

-¿Lo del brexit cómo va a acabar?
“Ya me gustaría a mí saberlo. Yo creo que todas las posibilidades están abiertas, porque el Reino Unido es un país que está muy dividido. ¿Quién iba a pensar hace nada que en las elecciones últimas ganara el señor [Nigel] Farage [el Partido del Brexit] y que el segundo iba a ser el Partido Liberal Demócrata? Y que los conservadores se iban a quedar en cuatro eurodiputados, cuando tenían diecinueve. Hay quien pide un referéndum para mantenerse en la Unión Europea y no son voces poco autorizadas. Hay quien quiere un brexit duro y hay quien está planteando fórmulas intermedias. Desde luego, para mí el peor de los escenarios sería un brexit a la brava y sería peor aún que el Reino Unido se quedara dentro pero se dedicara a vetar decisiones que hay que tomar por unanimidad para conseguir una buena negociación. Serían los peores escenarios y ojalá que no se produzcan de ninguna de las maneras”.

-Dentro de lo malo, ¿qué lecciones positivas cabría extraer de este proceso?
“Pues hemos aprendido algunas cosas. La primera, que los políticos, a la hora de tomar las decisiones, tienen que pensárselas bien, medir las consecuencias. La segunda, que no tiene ningún sentido hacer referéndums y endosar responsabilidades tan importantes a la gente. Un gobernante, un primer ministro, un diputado, es elegido para que resuelva los problemas, no para que se los traslade a la gente. La tercera, que los referéndums son muy divisivos. El 51% o el 49% divide de una forma total al país. Además, en un caso como el del brexit estamos hablando de sí o no, sin posiciones intermedias. Y la cuarta, que las grandes decisiones deben tomarse con el mayor consenso posible. Usted puede tomar por mayoría de un voto gastarse el dinero en hacer una carretera o un ferrocarril, subir el IRPF o bajarlo. No así, cómo será la configuración de un Estado. Eso requiere el 90% como mínimo”.

-En lo de Cataluña, ¿volvemos a Ortega y la conllevanza nos llevará a vivir toda la vida con el problema?
“Uno de los debates que volví a leer era uno que se produjo en las Cortes entre [el presidente del Consejo de Ministros, que lo sería de la república] Manuel Azaña y José Ortega y Gasset. Ahí fue cuando Ortega habló de lo de esa famosa conllevanza. La verdad, si vemos lo que ha sido la historia, este no es un buen momento, pero ha habido otros malos momentos. Habría que hacer un esfuerzo por parte de todos los que creemos, la mayoría, en que España es lo que es, el país más viejo de Europa, con una unidad conseguida antes que nadie, de integrar y de entendernos. Ese esfuerzo es absolutamente compatible con que se respeten las leyes y con que se tenga muy claro que España es lo que digan los españoles. Eso es el principio de soberanía nacional, que mantienen la práctica totalidad de los países del mundo salvo lo que ocurre en el Parlamento británico. Aquí, esa decisión de autorizar un referéndum, que hay quien todavía no se ha enterado, le corresponde al pueblo español, no al presidente del Gobierno ni a las Cortes. La propia Constitución dice que se puede reformar. Pero hay dos o tres cosas que se pueden reformar solo con un referéndum a nivel de toda España y una de ellas es esta. En España hemos reformado dos veces la Constitución y no se ha sometido a una consulta popular, ni cuando el Tratado de Maastricht [1992] ni cuando lo del gasto público en la Unión Europea [2011], porque eso lo pueden hacer las Cortes. La unidad nacional es algo que concierne a los españoles. A las Cortes, también; pero la última palabras, a los españoles”.

-Sorteando las distancias y las enormes diferencias, existe un cierto paralelismo con Canarias. El artículo 155 planeó sobre las Islas en 1989, por la negativa de Lorenzo Olarte a la supresión de aranceles que implicaba la adhesión a la Comunidad Económica Europea, y en 2014 se solicitó formalmente la convocatoria de un referéndum sobre las prospecciones petrolíferas, a las que se oponía el Ejecutivo de Paulino Rivero, y que se transformó en una consulta demoscópica… 
“En eso, pienso lo mismo independientemente de quién lo proponga. El referéndum se puede hacer, como el de la Constitución o en algunos lugares sobre el Estatuto de Autonomía. Después de lograr un gran consenso. Se puede hacer e incluso se debe cuando hablamos de las reglas del juego. No tiene sentido, por ejemplo, plantear una reforma de la Constitución con tres partidos a favor y tres en contra. Los dirigentes políticos tienen que darle a la gente las cosas preparadas. Para eso están. Lo contrario de esto, que es la democracia representativa, es la democracia asamblearia”.

-Tras una vida dilatada en la política, desde ser concejal en Pontevedra a ministro, vicepresidente y presidente del Gobierno, ¿qué queda en la persona que lo ha experimentado? 
“Si me preguntan por lo que más me ha quedado de la política, respondo que haber conocido a España y a mucha gente de toda condición. El conocimiento es el primer paso para el cariño. Y luego está la satisfacción de mejorar la vida de la gente. Cuando fui presidente de la Diputación me ha tocado hasta inaugurar la luz eléctrica en algunas aldeas… He estado en las siete islas canarias y muchas veces…”.

-Ahora son ocho…
“La Graciosa, efectivamente. Cuando fui presidente conocí a muchas personas. Voy a muchos sitios por España y es imposible ir a un lugar donde no conozca a gente. Eso te enriquece mucho como ser humano; te vas dando cuenta a medida que vas cumpliendo años de que aquí lo que cuenta son las familias y las personas. Lo demás está muy bien, pero…”.

-¿Y como estadista? 
“Sí, he conocido a muchos. He estado varias veces en la Casa Blanca y primeros ministros de países de menor relevancia, gente muy capaz, preparada y con mucho afán de construir. Evidentemente [la canciller] Angela Merkel es una de las grandes personalidades de esta etapa que estamos viviendo. Ha sido un pilar básico y un referente de las grandes decisiones. Intentaba ser justa y sabía ser generosa. Europa tiene un problema con la retirada de la política de la señora Merkel”.

-¿Lo de Irak fue un error?
“Bueno, ¡oiga! Las decisiones las tomas en el momento en que hay que tomarlas y con los datos que tienes encima de la mesa. Por eso digo que es muy difícil y que el que está en el sitio lo tiene mucho más difícil que quien opina o está en la oposición y critica e incluso propone. Ahí está la diferencia entre los dirigentes políticos. Los que saben lo que hay que hacer aciertan o no según las circunstancias. En cualquier faceta, las circunstancias también cuentan”.

-Los cuatro expresidentes vivos se han reunido para celebrar los cinco años de reinado de Felipe VI, que no es un gesto insignificante en medio de las escaramuzas contra la Corona…
“No he percibido ningún riesgo. En España, la mayor parte de la población valora la institución monárquica y su función de moderación. Es una institución consolidada. Pero en 2014 estábamos en un momento políticamente complejo. Se empezaba a atisbar la salida de la crisis, que generó un malestar, mucha preocupación, hubo muchas personas que perdieron su puesto de trabajo… Fue una etapa muy dura, surgieron movimientos políticos muy radicales y hubo quien hizo lo posible para generar mal ambiente. Y, sin embargo, los dos grandes partidos fuimos capaces de ponernos de acuerdo. No me cansaré de recordar el papel de [Alfredo Pérez] Rubalcaba. Esto [la abdicación de Juan Carlos I] se debatió en las Cortes, salió adelante muy bien, se hizo la proclamación, el 19 de junio de aquel año 2014, luego hubo un acto muy bonito, con mucha gente en el Palacio Real… Quedó clara una cosa, que en España funcionan las instituciones”.

-En el obituario definió a Rubalcaba como un rival admirable: inteligente, hábil negociador e implacable dialéctico, temible, brillante y afilado como un bisturí, pero sincero y leal. A los dos les tocó el fin de ETA…
“Fui ministro del Interior en momentos muy malos, porque ETA seguía asesinando, chantajeando, amenazando… Y, luego, como presidente del Gobierno, ya había anunciado su voluntad de dejar de matar, pero estaba con la historia de que había que llegar a un entendimiento. Lo que dije al llegar al Gobierno lo mantuve durante todo el periodo en que fui presidente. En marzo de 2018, ETA anunció su disolución como organización terrorista. Lo hizo a cambio de nada, porque yo no di nada, ni diálogo. Nada. Y creo que era lo que había que hacer”.

-Manuel Fraga, su maestro, era un personaje que vivió intensamente la última etapa de la dictadura y se incorporó a la democracia, en la que él creía, y aglutinó a mucha gente que venía del franquismo. Era muy amigo del comunista canario Fernando Sagaseta. Había química a pesar de las diferencias ideológicas. ¿Esos valores de tolerancia se han perdido?
“También en aquella época había debates muy duros. El pasado para lo que nos sirve es para extraer conclusiones cara al futuro. Lo que siempre he creído, que es el modelo europeo, es que se construye desde la sensatez y el diálogo, aunque haya posiciones discrepantes. El extremismo solo genera más extremismo y no sirve para hacer, sino para destruir. Lo que hay que pedir a la gente es simplemente que respete las leyes y, en lo demás, que cada uno defienda sus posiciones”.

La personalidad de Mariano Rajoy es irrepetible en la política española. Con su ausencia, hemos perdido una referencia obligada a la trayectoria del PP (antes Alianza Popular) en las décadas andadas de democracia. En la corta distancia, Rajoy, el icono eviterno, es también previsible, desprende la campechanía que se le adivina detrás del plasma. Es un rara avis del marketing político, en desacuerdo con todas las reglas del método al uso. Un político distante en apariencia y cercano en el trato personal. Su experiencia le autoriza a discurrir sobre hechos probados, pero evita pontificar cuando le piden alguna opinión. En la entrevista que concedió en exclusiva a DIARIO DE AVISOS, tras intervenir en el Foro Premium del Atlántico, de la Fundación de este periódico, desempolvó sus principales axiomas sobre el ejercicio del poder. Animado por una reaparición, sin duda muy esperada, al año de retirarse tras sufrir la moción de censura de Pedro Sánchez, Rajoy reflexionó desde Tenerife sobre la conveniencia de una gran coalición; su escepticismo sobre la utilidad de los referéndums (visto lo visto con el brexit); la paciencia y rigor que exige el conflicto catalán dentro del dogma territorial español; la lucha contra ETA cuando fue ministro del Interior; la guerra de Irak, y el mundo insular (buen conocedor de Canarias, vivió las horas previas al rojo vivo para la conformación del Pacto de Progreso).

En la primera entrega de esta entrevista, ayer, el expresidente recordó los momentos más críticos de su vida, tras sufrir un accidente de tráfico y otro en un helicóptero. Es un superviviente nato, que ganó las elecciones generales tras dos derrotas consecutivas ante Rodríguez Zapatero. Y es, en buena lógica con ello, uno de los políticos con mayor amplitud de cargos que ha habido en democracia en España: desde concejal de Pontevedra hasta presidente, pasando por varios ministerios y la vicepresidencia.

En esta segunda y última parte de su encuentro con DIARIO DE AVISOS sobresale la dimensión humana del personaje, al que su padre nunca aprobó que fuera político y que aquí comenta sus preocupaciones de progenitor en un mundo de profesiones imprevistas. Rajoy, previsible, admite que eso ahora mismo es lo que más le inquieta respecto a sus dos descendientes. Su estancia en la Moncloa había dejado de legado un collar de perlas. En esta entrevista, desafía los tópicos.

-¿El bipartidismo ha salido del coma?
“Le diagnostico una muy buena salud en los próximos tiempos. En las últimas elecciones ha ganado el PSOE y el PP ha sido el segundo. En un momento de tanta dificultad y con los acontecimientos que se están produciendo en Europa, ese es un dato positivo. Cuando los grandes partidos tienen problemas, lo que surgen son partidos de una sola persona o caudillos. En Venezuela había dos partidos clásicos: Acción Democrática [socialdemocracia] y Copei [democracia cristiana]. No creo que pueda decirse que ahora están mejor”.

-Tras 10 años, Gabriel Mato ha perdido la condición de eurodiputado. Canario ya solo queda Juan Fernando López Aguilar, del PSOE…
“Gabriel Mato ha sido un trabajador infatigable. Para Canarias es importante tener un eurodiputado. Conviene, porque a Canarias le incumben muchos asuntos que a los demás no les afectan, por su propia condición de región ultraperiférica”.

Mariano Rajoy, ex presidente del Gobierno. | FOTO: Fran Pallero

-¿Qué quiso aportar usted a la política?
“Yo me he tomado en serio la política. Mi principal preocupación era hacer bien las cosas, no salir en los periódicos. He intentado entender a los demás. No soy consciente de haberme comportado de manera sectaria ni de abusos de poder”.

-¿Que fue del Prestige?
“A mí me tocó llevar eso, en Galicia, y fue muy duro e injusto. Al final, el único condenado [por daño ambiental] fue el capitán [del buque petrolero], que era el culpable del derrame. De toda aquella polémica ha quedado el haber atendido a los afectados en tiempo récord, y algunas e importantes modificaciones legales para incrementar la seguridad en el transporte marítimo. Yo he vivido unas cuantas crisis de esas, las vacas locas, el ébola… ¡Es increíble! A veces se exagera, se montan espectáculos ¿para qué?”.

-¿España está mejor de lo que creemos?
“Absolutamente. Aquí vienen 82 millones de personas, no creo que les obligue alguien, y el primer país que eligen los chicos del Erasmus es España, estamos por delante en trasplante de órganos, la sanidad española está entre las mejores del mundo, un sistema público de pensiones estupendo… A veces nos castigamos inmisericordemente. España es un país con mucho nivel”.

-Aparte de las caminatas, es conocida su afición al deporte. En El partidazo de COPE ha dicho que el VAR tiene más aspectos positivos que negativos. En la política está el bar….
“El VAR del fútbol lo que hace es perseguir la justicia. El VAR de la política, con uve, es el voto de la gente. “Usted dijo que iba a hacer esto y no lo ha hecho”. Y aun así te pueden votar. Tampoco le piden que sea perfecto. Eso es la democracia, con todos sus defectos”.

-Su padre le marcó mucho…
“Sí, mi padre murió el año pasado con 97 años. Hasta los 91 venía solo a Canarias. Pasaba cuatro meses en el sur de la isla de Gran Canaria”.

-Era juez…
“Era magistrado, sí. Fue presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra”.

-¿Él veía bien que usted estuviera en política?
“No, porque mi abuelo se había dedicado a la política en la república y no lo trataron muy bien. Y eso que presidió la Unión Regional de Derechas. Con ese nombre, no es que fuera un gran progre. Pero, a pesar de ello, también fue represaliado después de la guerra”.

-Dos hijos…
“Uno va a cumplir 20 y el otro, 14”.

-¿Le preocupa el futuro de los chicos?
“Sí, porque no sabemos cuál es la evolución del mundo, qué profesiones habrá cuando estos accedan al mercado de trabajo. Hay una incertidumbre-oportunidades, entre comillas. Al final, llegas a la conclusión de que lo único que puedes hacer es darles los mayores conocimientos posibles, la mayor formación posible. Es importante manejarte en situaciones difíciles, saber tratar a las personas, cuándo tienes que callarte y cuándo no, tener mano izquierda, saber cuándo tienes que hacerte el loco…”.

-¿Hacerse el despistado es una estrategia política?
[Risa] “En política hay que hacerse el loco muchas veces”.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

La cena con Rajoy que precedió al pacto

La noche del miércoles en que todos los sables del pacto de las flores se estaban afilando antes de que llegara la hora de la ejecución al amanecer, Mariano Rajoy cenaba en el Hotel Mencey de Santa Cruz con empresarios y amigos, en una velada informal organizada por DIARIO DE AVISOS en la víspera de la madre de todas la batallas. El reloj -que será un elemento esencial en los acontecimientos que aquí se narran- inició una carrera de nervios. Quien primero lo advirtió, a 90 kilómetros de distancia, fue Ángel Víctor Torres. “Es una guerra psicológica”, me previno al otro lado del teléfono. En la mesa los comensales comentaron ese extremo. El secretario general de Coalición Canaria, José Miguel Barragán, convocaba por sorpresa una “reunión EXTRAORDINARIA Y URGENTE” de su comité permanente nacional a las 8 de la mañana, por videoconferencia, en las sedes del partido en las dos capitales canarias. CC contraprogramaba ante la cumbre de líderes del cambio concertada para ese mismo jueves, en Santa Cruz de Tenerife. Al cabo de semanas de histeria, psicosis y desasosiego, todo apuntaba a que había llegado la hora de la verdad. De esos instantes se da cuenta pormenorizada en esta edición de domingo una vez consumada la firma y escenificación del Pacto de Progreso, que pone tierra por medio a un cuarto de siglo político bajo la égida de CC y abre un nuevo ciclo histórico a cargo del PSOE y la confluencia de Nueva Canarias, Sí Podemos y ASG.

Rajoy estaba al corriente de incertidumbres y siglas. Preguntó por el margen de maniobra de Casimiro Curbelo. A su lado, Asier Antona palideció y abandonó la cena momentáneamente. Román Rodríguez puso, entonces, un tono solemne al coloquio. “La política se ha mediocrizado, no hay cabezas que lleven el rumbo de los partidos y las negociaciones con la consistencia debida. Canarias, en estos momentos, es un ejemplo de ese declive. Esta noche estamos al borde de cualquier cosa”, vino a decir en una amplia exposición que no resumo de modo literal. Rajoy escuchó sin entrometerse. Habló también Paulino Rivero de política de Estado y de política insular. No aventuró desenlaces. “Yo soy de Coalición Canaria”, recordó. Pero Asier tardaba en regresar a la mesa y algunos se miraban pensando: “¿Hay pacto?”. La palabra más citada, la que ha marcado más tendencia en el buscador del conversatorio canario de estos días ha sido, sin duda, pacto. Cuando Antona regresó todos peroraban acerca de esa cuestión. Para entonces se hablaba más con los gestos de un extremo a otro de la mesa. Y el WhatsApp se incendió en los móviles de los comensales. Comenzaron a rodar cabezas como si tal cosa, en mitad de la cena de atún y postres helados. La de Clavijo, metafóricamente representada en aquella portada del DIARIO del 9 de junio… Pero también, desde aquel momento, la del propio Asier Antona, habida cuenta que en los mentideros se aireaba la hipótesis del doble veto: el de Clavijo por Ciudadanos y el de Antona por CC. El primero era vox populi: las de Rivera (Vidina y Berástegui) le habían reiterado el viernes anterior, en el almuerzo del palacete, que no podía ser miembro del Gobierno por estar imputado en el caso Grúas, aquel que este periódico había destapado e investigado desde hacía tres años con gran escepticismo en el universo mediático local. De manera que el cambalache de los pactos había descendido a aquellas horas a un burdo navajeo en los callejones traseros de la política entre contenedores y montañas de inmundicia. De lo sórdido de la escena, en mitad de la sobremesa, daban cuenta los móviles y las caras de algunos comensales bien informados. Me levanté para atender una de tantas llamadas esa noche larga. Asier había vuelto a ausentarse de la cena. Cuando terminé de hablar, pude comentarle algo, porque en ese momento se reincoporaba. No soltó prenda, pero sí le anuncié: “El pacto va en dirección contraria a la guillotina de CC”. Fue una noche singular. Allí estaba Rajoy, presidiendo la cena más insólita de mi vida, a pocas horas de que el jueves se sentenciara el pacto de progreso en la quinta planta del Parlamento. Los inescrutables caminos del azar habían traído a la isla al hombre que un año antes acaparaba toda la atención y se refugiaba en un restaurante cercano a la Cámara Baja mientras Pedro Sánchez esgrimía la moción de censura que lo apeaba definitivamente del poder. “No pasa nada, recoges tus cosas y te vas a tu casa”, comentó esa noche en que todos teníamos en la mente la refriega que vivía la política canaria y que ponía a Clavijo y a CC en la misma tesitura que Rajoy y el PP aquel 31 de mayo de 2018.

Rajoy fue elegante y evitó inmiscuirse en la crisis canaria. Conocía, conoce a la perfección todos los entresijos y actores de nuestra jungla insular, de manera más precisa que muchos canarios. Habló bien de Asier, ajeno a que para entonces los de CC iban a sugerir que su partido lo inmolara para que Australia Navarro fuera presidenta delegada. Uno de tantos ajustes de cuentas condenado a caer en saco roto. La única cabeza sacrificada realmente para intentar conservar el poder era la de Fernando Clavijo (haciendo buena la profecía metafórica de este periódico). Visto el resultado que tuvo, lo que agrava semejante acto de humillación impropio de un partido serio es que, además, se produjo tarde y mal. Para entonces, la antropofagia de los partidos del bloque de centroderecha se había desbordado, y ya no bastaba con apartar a Clavijo, sino que había que hacerlo también con Antona. Un espectáculo de necrofilia y canibalismo que espantó a Casimiro Curbelo. En el derramamiento de sangre, si tenía dudas, se le resolvieron esa misma noche en que el toque a degüello era un secreto a voces.

Un expresidente del Gobierno de España, que había sufrido como pocos algunos estoques y aceros, estaba entre nosotros por azar para asistir al Foro Premium de este periódico a la mañana siguiente. La cena cordial llegó a su fin. Pero no el presentimiento de lo que estaba aún por suceder. Y sucedió.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?