El discurso de Chávez en Tenerife

Juan Guaidó ya es un nombre célebre, con apenas diez días de viralidad en la nomenclatura de líderes mundiales. Ha sido un ascenso meteórico. Desde ayer Venezuela transita un camino cuya incertidumbre ya no es el nombre, ni el hombre, sino el porvenir que aguarda a Maduro y la generación de gobernantes del fogonazo que supuso la llegada de Chávez. El general de división que se alineó junto al presidente interino, abriendo la espita de la disidencia programada, y las manifestaciones multitudinarias, que han hecho de Venezuela una causa común de carácter mundial, revelan a las claras los indicios de un seísmo político. Los acontecimientos se precipitan y hay una alineación de planetas, incluso de diversa ideología, que -en la era de menor consenso entre Europa y Estados Unidos- señala una sola desembocadura. La incógnita es España, llamada a ser, respecto a Venezuela, la avanzadilla, la proa de Europa. Con esta asignatura, la transición venezolana, se ha de fajar el Gobierno también transitorio de Sánchez, que ha de saber jugar sus bazas -las que le entrega en las manos la historia- para hacerse respetar por Estados Unidos y por Europa. España es más América Latina, más Venezuela, que los propios norteamericanos y el resto de los europeos, y tiene ahora el deber de ejercer un papel activo, bajo la experiencia de nuestra propia Transición del 78, de nuestro mestizaje de ida y vuelta, de nuestra cultura y de nuestra lengua. Este es un proceso, en términos idiomáticos y políticos, genuinamente hispánico, al que las Islas Canarias no son ajenas, por insignificante que sea en la actualidad -no siempre fue así- nuestra aportación americanista a la política exterior española. Es quizá el momento de reconducir la historia en sus justos términos. Y Pedro Sánchez no debe ignorar que España también se juega en el envite posicionarse en el país más afín para los retos futuros de América. En esta tarea la figura del canario Héctor Gómez, secretario de Relaciones Internacionales del PSOE, constituye toda una oportunidad.

La situación es inédita. España -como Francia, Alemania y Reino Unido- reconocerá a partir de mañana a Juan Guaidó como presidente legítimo interino de Venezuela llamado a convocar elecciones, y se adentrará en un territorio desconocido. Las multitudinarias manifestaciones desde que el ingeniero treintañero se autoproclamó presidente encargado no han remitido – como comprobamos ayer- y a nadie se le escapa que el cambio obedece a un plan en absoluto espontáneo, donde la mano del Tío Sam no se adivina, se palpa. Era un secreto, a voces. El 15 de octubre de 2018, el periodista venezolano más perseguido por Maduro, Miguel Henrique Otero, propietario y director de El Nacional, dio una primicia preventiva a Juan Carlos Mateu en DIARIO DE AVISOS, cuando se disponía a recibir el Premio Taburiente de este rotativo: “Antes de diciembre publicaremos el titular Venezuela vuelve a la democracia. Guaidó dio el chupinazo el 23 de enero. Otero erró el disparo -respecto al epicentro del seísmo- en apenas un mes.

En esta ocasión la política intervencionista de Washington en su patio trasero cuenta con la cooperación necesaria de Europa. La UE, pese a la cautela de Mrs. Pesc, Federica Mogherini, se decanta por Guaidó tras ser reconocido el jueves por el Parlamento Europeo. Trump previno, en la víspera, a Sánchez de su jugada de ajedrez: Guaidó juraría el cargo en una plaza de Chacao y se acabarían los grupos de diálogo con Maduro, las reuniones en terceros países, Zapatero y su alianza de civilizaciones. Cuando le pregunté a Zapatero en septiembre por su papel de llanero solitario de la entente con Maduro, me respondió: “Mi opinión es que una parte de la comunidad internacional tiene un análisis equivocado sobre el conflicto que vive Venezuela”. Trump, el primer presidente de Estados Unidos que considera a Europa su enemiga,ha conseguido acompasar los pasos de baile con sus contrapartes de Europa para aislar a Maduro, aun pecando de carcelero con la impertinencia de su asesor de seguridad John Bolton, el del mostacho blanco (el mismo que anotó en la libreta: “5.000 militares a Colombia”): “Le deseo [a Maduro] un largo y tranquilo retiro en una bonita playa lejos de Venezuela en lugar de Guantánamo”.

Quizá dando un salto atrás entendamos lo que sucede. En febrero del 2000, Hugo Chávez preguntó a su anfitrión en Tenerife, “¿qué harías tú, Román, con un 80% de pobreza?”, dirigiéndose al entonces presidente canario Román Rodríguez. Veinte años después de chavismo -se cumplían ayer, día 2- su colapso radica en el fracaso de los paradigmas contenidos en el discurso que Chávez pronunció en el Parlamento canario aquel 22 de febrero de hace 19 años, a poco de que las Islas se volcaran en ayudas por unas inundaciones catastróficas. Su sola relectura explica lo de Guaidó y Leopoldo López, a quien este periódico incluyó en la nómina de los Taburiente en 2017.Chávez, un militar campechano dotado de la mejor oratoria de su continente, venía de desayunar con el rey Juan Carlos, que siete años después, en Chile, le dio un espantón en una cumbre iberoamericana que dio la vuelta al mundo: “¿Por qué no te callas?”. Ese fue el dicterio que le marcó. Canarias le trajo recuerdos de su infancia en estado Barinas, de unos vecinos fervientes de la Virgen de las Nieves, de La Palma. Todavía en caliente, sin tiempo para quemarse en las brasas del poder, con tan solo un año en el Gobierno, descorchó sus propósitos que hoy son los despropósitos que llevan a Maduro a este desbarrancamiento. Habló del “fin de un modelo político social y económico”. Úslar Pietri, en Caracas, me explicó su teoría de que Venezuela no había “sembrado el petróleo”: reinvertir sus beneficios. Chávez lo llamaba corrupción, pero el pez muere por la boca. En su arenga tinerfeña, dio las razones de su revolución. “Hermanos canarios”, enfatizó, “el peso que ha recibido mi generación es el de un 80% de pobres, una mortalidad infantil disparada, un sistema productivo deshecho, una juventud sin oportunidades para formarse.” Y habló de “barrer unas instituciones caducas y pervertidas”, y de conquistar la confianza de los empresarios. Chávez estaba exultante, todavía lejos de este fracaso, al que no iba a sobrevivir. Su discurso de Tenerife vale hoy contra Maduro, que ha logrado poner de acuerdo a Europa y a Trump, el aceite y el vinagre aguados en la persona de Guaidó.

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Papá, aquella vez en Guatiza

Hay personas con una resistencia numantina a las enfermedades que las hace invulnerables. Mi padre tenía una carga genética heredada de un linaje de gente longeva. Cuando le diagnosticaron párkinson, la doctora comprobó que era duro de ánimo. También le pronosticaron una EPOC irremediable por la huella que había dejado el tabaco en sus pulmones. Más tarde, ya en plena senectud, los médicos le auguraron un alzhéimer en camino a la vista de las pruebas neurológicas. Mucho antes había perdido la visión en un ojo, en un accidente infantil jugando con los hermanos en Guatiza, donde su padre era el cacique. Él siempre decía que tenía mala estrella. Y la tenía. Pero, a cambio, gozaba de una salud de hierro, que le alargó la vida hasta los 92 años, con el solo pero de que no logró rebasar la marca de su padre, Francisco, que murió a los 93. Hicimos un viaje de despedida a su Guatiza natal cuando mi madre, Zaida, en su inocencia, presintió que los primeros achaques iban en serio y nos pidió a mi hermano y a mí que lo lleváramos a su pueblo. Nos recibieron detrás de las ventanas, entre visillos. Mi padre entró en el pueblo como de puntillas y fue recordando las casas de sus viejos amigos y les fuimos tocando en la puerta uno a uno. Nos recibían con asombro y desconfianza. En la casa verde, que hoy es el centro cultural de Guatiza, mi padre tuvo un déjà vu que le dejó traspuesto. Recordó a su madre, a su padre y a sus numerosos hermanos como en una escena cotidiana. Porque aquella había sido su casa. La casa del cacique. Y muy cerca de allí quedó tuerto. Al caer la tarde, una nube de gente fue a despedirnos hasta la entrada del pueblo. Entramos con las ventanas cerradas y salimos con las puertas abiertas. No había ninguna deuda pendiente. Mi padre solo quería ver su tierra natal por última vez. Era un conejero trasterrado que todavía viviría muchos años, pero nunca más iba a volver al lugar donde estaban sus raíces. Viajó por el mundo de joven, con la resignación de no haber sido marino por imposición paterna, su vocación frustrada. Hizo negocios en el cambullón y emigró como buen canario a Venezuela. En la calle de San Sebastián nos trajo al mundo a los cuatro hermanos, fruto de un romance de posguerra con mi madre que les deparó una vida atormentada y con la buena suerte de la salud y la mala pata de unas cuantas desgracias. Siempre caía de pie en todos los sitios. En su último hogar, la residencia Virgen de Begoña, se sentía seguro y confortable. Lo llevé un día a un célebre oculista catalán formado en Estados Unidos para que se operara de su único ojo apto. Y me dijo a la salida, caminando de noche por la Barcelona acogedora de entonces, que prefería hacerlo en Tenerife, sin exquisiteces. Todo salió bien. Todo le salía bien en su vida gris de hombre anónimo y callado. Con esa inercia conoció a la mejor persona que se tropezó en la vida, mi madre, y al mejor amigo, don Manuel García Padrón, el abogado, su último jefe. Mi padre, Carmelo como yo, murió el domingo. Descanse en paz.

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Y Guaidó afloró en Chacao

Si Venezuela ya no es la octava isla, desplazada por el descubrimiento de La Graciosa, que ha emergido en el octógono como aquel islote fantasma del monje irlandés, pongamos que sea la novena, en plena sinfonía de Guaidó, que ha cambiado la letra y la música de los derroteros del país. De pronto, el obélix Maduro se ha miniaturizado. Bastó la irrupción este miércoles en una plaza de Chacao de este joven ingeniero trajeado de gris marengo y camisa blanca, mano en alto juramentándose presidente paralelo, para dar una vuelta de tuerca a 20 años de chavismo. Venezuela está en la UVI de América porque el régimen llevó al pueblo a la indigencia. Ha entrado en barrena la revolución, ha salido al revés, tras llegar a destiempo. Extrapoló los aldabonazos de Fidel en Cuba y de los sandinistas en Nicaragua, pero esas eran revoluciones de otra madera, de los años 60 y 70, y Hugo Chávez, que era la consecuencia de una democracia corrupta, llegó al poder a un año del 2000. Los dos decenios de chavismo se funden con sesenta años de castrismo y cuarenta del sandinismo. Una tríada de efemérides en cadena que se conmemoran ahora, en estos dos primeros meses de 2019. La historia lo ha querido así, con esa pirueta conviniendo aniversarios que invitan a hacer balance y quizá borrón y cuenta nueva. Cuba, Nicaragua y Venezuela, por este orden, no han respondido a las expectativas y la fanfarria con que fueron recibidos sus líderes desde el primer día, hace ahora 60, 40 y 20 años redondos, respectivamente. Ni Hugo Chávez ni Fidel están presentes para rendir cuentas. A Chávez lo acogieron con júbilo como un Mesías que predicaba en Aló Presidente; a Fidel lo agasajaron en La Habana todos los sonidos de la ciudad, las sirenas de los barcos, las bocinas de los coches y las campanas de las iglesias mientras saludaba a la multitud subido a un tanque con la gente en los balcones. Las imágenes no han resistido bien el paso del tiempo. Y todo aquello ya es historia, en el sentido aplastante de la palabra.

No son buenas noticias, en la actualidad, las de estos trenes que han colisionado con su destino: Cuba y Venezuela, La Habana y Caracas, las dos capitales que más aman los canarios allende los mares, casi como propias. “Pase usted, que estuvo en La Habana”, se decía en las Islas cediendo el paso en la acera.
Nuestra gente iba y venía de Caracas o La Habana como si estuvieran aquí al lado. Ahora, el juramento de Guaidó en Chacao se escuchó en las Islas más cercano que las pitas de los taxis de Madrid o Barcelona. Estamos conectados con América desde hace siglos y eso no cambia. En cierta visita de Suárez, le pusimos los cascos de Radio Club y mantuvo un dúplex en plena calle con Luis Herrera Campíns, que era presidente de Venezuela. Los dos coincidieron ese día en Santa Cruz. Era lo más normal del mundo: los jefes de Estado venezolanos entraban en Canarias como Pedro por su casa. Y a Suárez no le extrañó, consciente de la hermandad, aquella charla en el aire. En Caracas -alguna vez lo he contado- los guardaespaldas no me dejaban llegar a Carlos Andrés Pérez. Grité: “¡Presidente, soy un periodista canario!”, y CAP ordenó que me dejaran pasar.

Nada es más intrigamte que algunas sincronías de la historia. Fidel entró en La Habana el 8 de enero de 1959, Chávez lo hizo en el Palacio de Miraflores el 2 de febrero de 1999, y Juan Guaidó se proclamó presidente interino este 23 de enero de 2019. A Venezuela, la novena isla, la sigue y la persigue el dichoso dígito, el 9. Y las efemérides, ahora, se nos ofrecen enlazadas por el mismo hilo conductor. Con cuarenta años de diferencia, Venezuela se inspiró en la solución cubana contra Batista y sin ser una isla se aisló en America Latina, el subcontinente que parió más dictadores que políticos liberales. Cuba y Venezuela han creado sus mitos a conveniencia de entre sus libertadores: Martí, que era hijo de canaria, y Bolívar, al que hemos buscado hasta orígenes guanches, sin que ello impidiera su famoso decreto de “españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes…, americanos, contad con la vida, aun cuando seais cualpables”. Yo llevé con mis propias manos a La Habana el busto en bronce de Fernando Garciarramos a Leonor Pérez, la madre tinerfeña de José Martí, y allí luce, en el ICAP, desde los tiempos de René Rodríguez. Fidel era hijo de Lina Ruz, descendiente de canarios. Y acaba de fallecer Gallego Fernández, nonagenario, nuestro mejor interlocutor con el Gobierno, uno de los últimos héroes de la revolución sin ser barbudo.

Ahora entra en escena Juan Guaidó -esa incógnita-, que también guarda raíces isleñas. Llegamos a tener tal grado de afinidad con Venezuela que los gobiernos de España concluyeron que lo mejor era nombrar embajadores canarios en Caracas. De ahí que Felipe González designara a Alberto de Armas. Ahora mismo, en las islas hay tal explosión de venezolanía que se palpó en la calle este miércoles en apoyo de Guaidó. Y como solo cabe esperar en un lugar como este, que es lo más parecido a América que hay en Europa, aquí, en la Plaza de España, se presentó el padre del hombre que acababa de proclamarse presidente interino. No era un miércoles cualquiera. De ahí la exclusiva de Moisés Grillo, que le grabó para DIARIO DE AVISOS el mensaje ya inscrito en los anales para ese día de un padre a un hijo que se jugaba el bigote en el centro de la sacudida. Como si la historia, en efecto, se estuviera escribiendo al revés, Guaidó ha tenido una arrancada a lo Fidel, que asaltó el Moncada como un suicida y arribó a su isla en un yate para vencer a un ejército regular como si llevara la batalla de las Termópilas en la sangre. Si este Guaidó es el hombre tendremos que revisar la historia y reordenar las revoluciones de América en sentido inverso. A tal extremo está llegando Nicaragua con los desmanes de Ortega, el más descarrilado entre los epígonos de Castro. Y así una a una las sucesivas revoluciones fallidas, que en su defecto alumbran líderes como este Juan Guaidó, con los arrestos en reverso de Hugo Chávez o Fidel, ya en la desmemoria de los iconos abatidos.

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La Graciosa se la juega

Me alegro de la notoriedad que adquiere ahora La Graciosa, como si los canarios acabáramos de descubrirla y la tuviéramos en cuenta, a riesgo de pecar de godos de nosotros mismos. Cuidado con no c…, con no estropearla. La rehabilitación política de La Graciosa, con su DNI oficial de isla en el nuevo Estatuto de Autonomía, no es una cuestión menor. La octava isla -cuyo numeral usurpaba Venezuela- asume -no sé si lo sabe- un desafío determinante. Algo de contrasentido hay en esta nueva nomenclatura, pues resulta evidente que isla es y su pertenencia a nuestro archipiélago está fuera de toda duda. Lo que ha ocurrido con La Graciosa, acaso subestimada por el paternalismo de las islas hacia sus islotes, es que la hemos tenido guardada entre algodones, con aureola de paraíso, de sitio místico y secreto, y ahora la vamos a empadronar en la Fitur, y tendremos acaso en breve los hoteles con los que soñaba Fraga en tiempos de ministro de Información y Turismo. Se acabó el convento y se abrieron las puertas al maremágnum. Otra cosa es que hagamos las cosas bien con La Graciosa y pongamos coto a las tentaciones, pues a partir de ahora se desatarán las pasiones de los comerciales del turisqueo. No hay sino que mirar para Lobos, donde ya es tal la presión humana que el Cabildo de Fuerteventura ha puesto coto para que no accedan al islote más de 200 turistas diarios a partir de este mes. El arquitecto Fernando Menis escudriñó La Graciosa en sus limitados márgenes de edén anexo a la turbamulta turística del resto de Canarias, y abogó por un tratamiento prudente que evite perturbar el último ecosistema virgen de un territorio poblado en nuestra tierra. Ya están desatados los nervios y todo el mundo quiere contentar a La Graciosa haciéndole el peor favor, poniéndola en almoneda sin querer. Serán ocho peñas, en lugar de siete, cambiaremos el himno y se hará justicia. Pero ojo que no se haga, de paso, negocio con la fama del único paraíso de verdad que nos quedaba. A La Graciosa iba Olarte y empezaron a ir los políticos en romería. Recuerdo que hasta allí fui a buscar a Rosa Conde cuando era portavoz del Gobierno. Y en otra ocasión caminé por Caleta de Sebo simplemente por placer, como Ignacio Aldecoa, que hace cincuenta años, escribió Parte de una historia, una novela del gran cuentista inspirada y desarrollada íntegramente en La Graciosa, que era el santo grial de los amantes del silencio. Una novela que habla de aislamientos y pescadores y niños que pulpeaban con máscaras de buceo, mientras “por las sucias haldas del agua” se confundían gallinas y pájaros de la mar “en sociedad apacible”. La elegante narración fue un hallazgo en la literatura española del siglo XX, y el autor, Ignacio Aldecoa, que también nos retrató a los canarios al ritmo de nuestra lejana soledad en Cuaderno de Godo, se había recluido en La Graciosa para curarse la depresión cosmopolita de Madrid -aunque a la vuelta de un par de años la muerte ya le aguardaba con tan solo 44 años-. Esa introversión, que es intrínseca a toda isla y que hemos ido perdiendo, ya solo nos resta atenuada en El Hierro y La Gomera y nos quedaba -cada vez menos intacta- en La Graciosa, que ahora se la juega.

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La declaración de La Laguna

Confieso que nunca pensé que compartiría un encuentro a puerta cerrada grabado para televisión, y que permanece inédito, con el comandante Cousteau y Mario Soares, que presidía Portugal. Una especie de sesión restringida de un think tank de lujo con la presencia, también, nada menos que de Federico Mayor Zaragoza -el otro español de mayor relieve internacional junto a Javier Solana- y la entonces rectora de la Universidad de La Laguna, Marisa Tejedor. El petit comité se enmarcaba en los días en que el Capitán Planeta logró plasmar en Tenerife su odisea de la Carta de los Derechos Humanos de las Generaciones Futuras -tras un naufragio de más de dos décadas opositando en los pasillos de las grandes instituciones-. Era una misiva premonitoria sobre los peligros que acechaban a los seres humanos antes de que se diera el ultimátum del cambio climático. Cousteau era un visionario. Llegó a la isla y cuando lo entrevisté -los ojos salientes de un filamento, era un hombre flaco y ágil- habló de los árboles que lo recibieron por las ramblas de la ciudad. Amante de la naturaleza como César Manrique, que era un Cousteau de los volcanes, cito a ambos ahora aquí de la mano de sus respectivos aniversarios.

La Declaración de La Laguna, como iba a ser conocida internacionalmente la cumbre de expertos de una veintena de nacionalidades, fue un proyecto que abrazó la Unesco, gracias al empeño de su director general, Mayor Zaragoza (investido esos días, junto a Fernando Lázaro Carreter, José Carlos Alberto y María Rosa Alonso, doctor honoris causa en la Universidad de La Laguna), que nos hacía esos regalos espléndidos y afectuosos a La Laguna y Tenerife, y que tenía una estupenda relación con Tejedor y con nuestro diplomático de cabecera, Francisco Aznar. Hemos ido para atrás en el plano internacional, porque hablo de una época dorada en que la Universidad de La Laguna contaba con el Instituto Tricontinental de la Democracia Parlamentaria y los Derechos Humanos, que fue, bajo el paraguas de la Unesco, sede y laboratorio de la declaración y de una conferencia internacional sobre la libertad de los comicios electorales.

¿De qué hablamos en aquella secreta velada? Transcurrió en una sala cerrada del Hotel Mencey como si en un convento de clausura grandes santones nos instaran a orar por el futuro de la humanidad. Recuerdo la franqueza con que Soares y Zaragoza coincideron en que todos los pueblos del Tercer Mundo no estaban preparados para abrazar el sistema democrático y que había que ir con tiento para no provocar un efecto contrario. Cousteau hablaba como un profeta del futuro que no habitaríamos los que estábamos allí y que teníamos el deber de preservar para nuestros descendientes. Yo no era padre aún, pero después de serlo me he acordado mucho de los consejos de Cousteau. Como Manrique, entonaba una canción que ahora nos suena a todos: el desarrollo sostenible, los ecosistemas, el medio ambiente… Pero entonces no conocíamos todavía ese estribillo. Cousteau, con ayuda de mujeres y niños, había detenido en los años 60 un tren con residuos radiactivos que iban a ser arrojados al mar, y se enfrentó a De Gaulle. Recuerdo que yo me sentía por dentro satisfecho de nuestra modesta campaña de lluvia de flores en el muelle a través de Radio Club.

Con los años que han pasado desde aquella estancia en La Laguna del navegante universal, hoy deberíamos decir que no nos hemos olvidado de unos hechos que protagonizamos para bien, en el concierto de las grandes causas, y de los que fui testigo. Se cumplen 25 años: la declaración se aprobó en La Laguna el 26 de febrero de 1994.

En La Laguna reside aquel sueño de Cousteau, como remitente de su epístola destinada a la Onu, a cuyo borrador -obra de tres profesores de Columbia, uno de ellos filósofo-, hasta entonces nadie había dado carta de naturaleza. Era un canto a la vida de los futuros habitantes de un planeta en riesgo. Y La Laguna puede sentirse orgullosa un cuarto de siglo después y celebrarlo en su justa medida, como viene predicando Unid@s se puede no sé si en el desierto.

En el conciliábulo del Mencey -una cita paralela a las sesiones de la Universidad de La Laguna- le pregunté al comandante por los peligros que afrontábamos en la superficie del mundo y en los océanos que él había popularizado a bordo de su célebre buque Calypso venciedo las críticas de divulgacionismo. Amaba la Tierra, con su suelo, su mar y -como le propuso Francisco Sánchez- su cielo, y quería que quedaran a salvo.

¿Por qué recuerdo, a su vez, a Manrique, a las puertas de su centenario? Porque en el vértice de aquel estado de opinión estaba Lanzarote y estaba César, el gran ausente: había muerto dos años antes. La isla que anhelaba reinventarse bajo los códigos nuevos de la ecología. Soares visitó más tarde Lanzarote para reencontrarse con Saramago, que sí habría podido participar en el cónclave lagunero, pues justo un año antes se había mudado a Tías y, también, de haber sido así, habría podido estar con nosotros en aquella tertulia de sabios que yo viví intensamente como una ocasión privilegiada. Cousteau era el apóstol de los mares, del continente azul, de un mundo en silencio. Le precupaba la extinción de las especies y del propio ser humano, como años después, en su libro póstumo (Breves respuestas a las grandes preguntas), otro personaje extraordinario, Stephen Hawking, explorador del Universo -como su contraparte-, expresaba con la esperanza de que estuviéramos aún a tiempo. Ahora pienso que las islas los atrajo a todos ellos, aunque no los reuniera el mismo día en el mismo sitio, pues decían y pensaban casi lo mismo. Cousteau, inventor de la escafandra autónoma y la turbovela, tiene una isla mexicana con su nombre y aquí deberíamos nombrar como isla manriqueña a esa que emerge en medio, la del volcán y la falla, con leves terremotos que nos sacan de nuestras casillas. El acuario del mundo es un lugar paradisíaco y Cousteau queria conservarlo para siempre, donde él descubrió pecios y las sirenas le contaron insondables misterios. De aquel contubernio en el hotel han muerto algunos. Acirón, Soares y Cousteau, que fue despedido en Notre Dame por una multitud, como a César Manrique le lanzaban flores al coche fúnebre cuando pasaba por las carreteras diciendo adiós.

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Juan Cueto, en su papel

La muerte de Cueto es un asunto catódico, de mentalidad y mortalidad dispuestas para celebrar los límites de todo y la extensión infinita de los seres con amplitud de miras. Ha muerto Juan Cueto, que trajo a este país las primeras noticias de Internet que se sepa, las de una manera cívica de aceptar el progreso y las contraindicaciones de lo nuevo y tecnológico. “Pero, ¿sabes una cosa?”, me dijo aquella vez sentados delante de un micrófono en Santa Cruz, “yo prefiero leerlo en un papel”.

Cueto era un transgresor libertario que pregonaba y profanaba al mismo tiempo los avances del invento del siglo de Bill Gates y compañía. Pero lo tenía muy claro: Internet es para ver; para leer, el papel. Aquella confesión, sin maquillarla (“yo tengo en casa siempre a mano la impresora, porque no soporto la pantalla cuando se trata de leer de verdad”, insistió), me demostraba la magnitud de la franqueza de un pensador modernísimo como él, que podía estar a la última, crear Canal + y todos los pluses de las nuevas tecnologías, y, sin embargo, ser, al mismo tiempo, un tradicionalista de pelo largo con la impresora bajo el brazo como Rufián.

Ha muerto a los 76 años sin poder averiguar el destino de estos cambios que han revuelto todo bajo un estado de hipnosis que mantiene en vilo a niños y adultos, atados al hilo invisible de Ariadna en un laberinto ignoto donde se desarrolla la nueva comunicación. Cueto, en todo el sentido de la palabra, era un sabio, como digo, de una vanguardia convencional, pues su generación -quizá él solo instalado en su Villa Ketty de Gijón, como lo evoca Juan Cruz- traía la buena nueva y a su vez la vieja resaca ciclópea del pergamino y la cultura plasmada en los libros que el hombre ha escrito de un modo definitivo, como si nunca se fuera a dejar de publicar volúmenes con páginas de verdad.

La misma respuesta de Cueto me la dio más tarde Hans Magnus Enzensberger, el poeta y ensayista alemán. “¿El final de los periódicos? ¿Cómo voy a desayunar sin poder tocar con los dedos las noticias de la mañana”, nos decía firme en su convicción. Ahora Cueto deja una obra que hay que releer, compilaciones de artículos y textos de obligada recuperación, como Pasión catódica, para entender qué está sucediendo en la comunicación audiovisual, qué ha sido, qué será de la televisión, de la que era uno de los pocos filósofos con sentido empírico que ha tenido este medio en España.

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La política Netflix

Hemos dado una vuelta de tuerca y esto ya es la telerrealidad propiamente dicha. Que nada acontezca fuera de los focos. Y cada cual en su papel va tirando en el plató donde la política se cuece como producto telegénico y fílmico por excelencia. Se buscan rostros agraciados y todo se rige por el guion. Vox es la última incorporación al elenco del gran espectáculo. Ahora, todo intento por volver a la rutina y lo común, por bajar del escenario, resulta baldío para este género de la moderna política actoral, que ya no es solo mediática, sino cinematográfica. Lo que podríamos llamar la política Netflix en streaming, y de ahí series como House of cards. Vox, Trump, los chalecos amarillos y otras estrellas se adueñan de la pantalla. Incluso, Podemos, que fue la rabieta prodigiosa del 15M, nos resulta ya una pieza demasiado familiar en toda esta trama, se nos ha vuelto un argumento previsible al entrar en la normalidad cuando lo suyo era la provocación y Rufián les ha robado esa cartera. Como si el serial necesitara renovarse (¿recuerdan al productor de El show de Truman improvisando coartadas en la ciudad de Seahaven?), y la política ahora se cotizara según qué cambios. Vox irrumpe y la audiencia lo agradece. Esto lo vieron los italianos antes y empezaron a enterrar partidos y distraer con siglas nuevas. En el futuro, las formaciones políticas acaso se reciclen como las marcas y cambien de nombre como Sinead O’Connor o antes el ecléctico Prince. Vamos tan deprisa que todo se vuelve convencional al cabo de unos pocos años. Así que Vox, recién llegado, es la comidilla y los guionistas están encantados. Tiene trazas de Trump, la política del trampantojo tan de moda, y de Bolsonaro, que era objeto de mofa en la tele y hoy es presidente de Brasil porque o eres un payaso o no llegas lejos en la farsa de la política, necesitada urgentemente de un proceso de gentrificación.

Todo esto se refleja muy bien en la ola de películas que se están haciendo de los personajes ficccionados de la vida pública real como Silvio o Dick Cheney e, incluso, sobre el brexit, que se vota este martes en Westminster. En el filme televisivo Brexit: The Uncivil War, los actores encarnan los papeles histriónicos de los esperpénticos líderes ingleses que trampearon con el referéndum prometiendo que la desconexión de la UE reportaría a la sanidad sustanciosos millones de libras semanales. En el colmo de la desfachatez, el ultra Nigel Farage, líder caído de UKIP, ha admitido que era una trola en toda regla. El cine está contando unas cuantas verdades sobre los manejos de la adictiva política, como en el caso de Cheney, que fue vicepresidente con Bush hijo, aquel que se inventó las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein en Irak. En el bien entendido de que aquel infeliz beodo que se atragantó con la galleta del 11S ahora nos parece una precuela de este elefante en cacharrería con tupé de Tintín que está creando escuela. La famosa posverdad y los hechos alternativos son un producto inequívoco de este período desconcertante de política sucia y mendaz que inaugura el zascandil del imperio, como un virus informático inextinguible que ha infectado toda la política mundial. Maduro toma posesión para un nuevo mandato de seis años ante el plantón de los jefes de Estado extranjeros, pero no dista mucho su pucherazo electoral del que cometió con ayuda rusa el actual inquilino de la Casa Blanca. Y nos cebamos con el nuevo presidente congoleño fraudulento.

Nadie sabe si alguna vez se restablecerá el respeto a la verdad o hemos enterrado este constructo para siempre y está próximo el dies irae de lo que hemos conocido por modelo de convivencia. No hay sino que ver los gobiernos de Bulgaria, Austria, Polonia, Hungría, Italia y otros partos para comprender que el virus informático se ha extendido y el colapso es general cuando tantos fondean en esos pantanales.

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El ‘sino’ de la OTAN

Resulta que el referéndum de la OTAN ha vuelto a la palestra, y no por analogía con el del brexit de nuestras cuitas. Fue Casado, el Pablo del PP, el que desempolvó al fantasma en un mitin en Las Palmas para dar la alternativa a Asier Antona en la carrera electoral. Ahora bien, Casado quiso hacer lo contrario de lo que ha conseguido. Su plan era avivar el orgullo aplatanado, hacer de las Islas una sede promisoria de la OTAN para África, contando con que la Alianza Atlántica tiene ahora mejor cartel -con el yihadismo y todo eso- que en el 86, cuando Felipe González dobló el pulso a las encuestas y ganó el referéndum contra todo pronóstico. Pero la OTAN -y cualquier otro tema altisonante que se tercie- no escapa a la sed de argucias y argumentarios preelectorales con que alimentar Twitter y Facebook, que son insaciables por definición. Así que Casado, ingenuamente, echó leña al fuego y Coalición Canaria -que se disputa el mismo caladero que el PP, y siendo colegas se dan codazos por el voto- ha salido, treinta y tantos años después, capitalizando el no de Canarias a la OTAN, más allá de no querer cuentas con Trump, que ha encarecido los servicios.

Vamos, el referéndum es una pieza arqueológica de la España democrática. Corresponde al auge de las victorias absolutas del PSOE del rey Midas González y como tema da pie a recordar los aquelarres que parieron este modo de país y democracia disjunta, ahora en plena crisis de identidad. En aquellos siglos, había como hoy tirios y troyanos, pero Fraga (Alianza Popular) no estaba en vena (de hecho, tuvo la genialidad de abstenerse y nunca se lo perdonó la derecha) y González era un tótem demasiado poderoso, cosa que ahora ninguno.

Una de las preguntas que se me ocurrió, el otro día, en la entrevista a Javier Solana era relativa al mito de que Canarias estuvo en un tris de quedar fuera del paraguas de la OTAN. Algo así como las Malvinas, donde los ingleses no pudieron invocar a la Alianza cuando los argentinos se lanzaron a la reconquista. Y tampoco, que recuerde, están a ese recaudo Ceuta y Melilla, donde a España no queda otra que confiar en la buena fe del parisino Mohamed VI -y, pronto, de su hijo-. Solana se quitó la pregunta de encima. González ganó el sí a la OTAN, desmintiendo su “OTAN, de entrada no”, cuando el no era un clamor nacional, pero González vencía a las encuestas y por eso era el dios de la motorola. Y es verdad que Canarias votó en contra. Un no, para ser justos, de Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote y El Hierro -donde Tomás Padrón era un dios bimbache y no se la colaban-. Pero en Tenerife ganó el sí, lo cual desautorizaría este antimilitarismo repentino de CC, que entonces era ATI y quizá después de mayo lo vuelva a ser.
El debate de la historia es un género adictivo. Porque si uno tira del hilo salen culebras por todas partes. Carter (EE.UU.) hizo saber a Suárez que si España no entraba en la OTAN, Cubillo recibiría apoyo y Washington independizaría a Canarias. España entró en la OTAN y a Cubillo casi lo matan. Y por último, llamemos a las cosas por su nombre. Africom es el Mando de Estados Unidos para África. Está en Stuttgart y se especula con su traslado a Rota, la base. Peor me lo pones. Si hay algo que irrita la pituitaria del inconsciente pacifista insular de los ochenta es que le hablen de montar una base yanqui en el terruño. De entrada, ni hablar.

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50 años sin paz

En este 2019, impar y preludio de grandes aniversarios de esta casa, celebro 50 años de periodismo. Sospecho cierta predeterminación en ello, pues tenía tan solo 12 años cuando don Víctor Zurita me apadrinó en el periódico La Tarde y desde aquel bautizo de fuego ha sido una práctica diaria como la de comer o dormir. No sé qué arquetipo de periodista admirar más, si Indro Montanelli o Gay Talese, pero me he pasado medio siglo queriendo dar con la esencia inoxidable de este oficio, con su extraño poder de seducción. En los años de la censura, Alfonso García Ramos o Ernesto Salcedo eran directores cortados por la misma tijera, con una premonición de la libertad de prensa que un día imperaría en este país. Una vez no contrasté la noticia, me denunciaron, y Salcedo me dijo: “Ahora vas y te defiendes”. Pero nunca te dejaba tirado. Eran generosos con los novatos y la importancia social de los directores de periódicos no tenía parangón con la de ahora, encarnada en el editor. En aquellas islas sucursales, bajo el férreo centralismo de los 60 y 70, se contraponían al gobernador de turno, eran un poder fáctico, la contraparte y, en ocasiones, su copartícipe. Es curioso que, medio siglo después, se me ocurra este símil, pues yo creo que los directores tenían más poder o tanto que los presidentes de cabildos eran una suerte de sultanes insulares en la feroz división provincial. Dos Canarias que se odiaban tribalmente a través de la prensa, alimento de la bicha del pleito. El veneno de la dictadura prendía de esa forma en nuestra génesis de pueblo revirado sin alma, corazón ni cabeza, sino dos, como Jano con las ideas contrariadas; solo islas a la greña, hasta que llegó la autonomía y tuvimos alma y corazón, pero no pudimos evitar la bicefalia, y los periódicos ahora tienen que repensarse o desaparecen si ceden la voz crítica al poder y su fragancia, que les sufraga. Hace cincuenta años, los diarios -los había también vespertinos, como La Tarde- eran las hojas de ruta sin las que no se podía dar un paso.

Por eso me sorprende aún que nos admitieran como tropas auxiliares en sus filas, sin mayores obstáculos. Lograr un puesto en los templos sagrados de la prensa era como tocar la luna, donde el hombre era un recién llegado -ese año empecé, 1969-. No recuerdo otros infantes ejerciendo por entonces, pese a las nulas objeciones por la poca edad ni más reticencias. Fueron muy amables con nosotros, niños al fin y al cabo metiendo las narices en un asunto de tanta repercusión social. A Juan Cruz le escuché contar cosas parecidas cuando debutó con crónicas deportivas en el semanario Aire Libre. La impagable hospitalidad de los periodistas consagrados respecto a unos intrusos con pantalones cortos. Yo era el ser más feliz de la tierra cuando entraba en un periódico.

Una de las cosas que más me impresionó fue la vez que García Ramos nos puso en mitad de la redacción a Martín, a Zenaido y a mí y dijo delante de Eliseo Izquierdo y toda la plana mayor de La Tarde que había que prohijarnos, procurarnos cobijo para que siguiéramos siendo periodistas el día de mañana. Salcedo fue otro valedor de prosélitos precoces. En las páginas de El Día, cuando teníamos sentido de la ubicuidad, hacíamos el cierre hasta la madrugada y de día impartíamos ciclos de cultura por los pueblos con Pascual Arroyo en la Caja de Ahorros, al abrigo de jefes de mente abierta, como Juan Ravina y Juan Cas. Cuando organizamos la huelga de la banca, en pleno franquismo, ellos dos y el más conservador, Ernesto Lecuona, descartaron despedirnos. Era gente que no tenía malicia, unos más liberales que otros, pero tocados por una misma bonhomía. (Cuento esto y no me explico cómo íbamos a clases nocturnas y hacíamos el cierre en El Día, pero ocurrió así). Ejercer el periodismo era una poligamia altruista. Casi todos tenían un segundo oficio para cuadrar el mes. Me hice grumete de este barco una tarde en La Tarde. Mi tío Paco Martínez del Rosario y yo llegamos, después de almorzar, a la esquina de la calle del Castillo con Suarez Guerra. Él, como de costumbre, abrió la librería -La Prensa- y le dije que iba a La Tardea entregar unas cosas. Me dejó ir. Subí las escaleras con mi colaboración en la mano y toqué con los nudillos la puerta del director. A don Víctor le pareció bien y guardó el artículo y el soneto en una caja de zapatos, donde pensé que caerían en el olvido. Pero salieron en La Tarde de inmediato, y no hay alegría mayor que la de verse publicado en un periódico de papel. Mi primer director me ofreció colaborar cuantas veces quisiera. Hace cincuenta años que lo tomé por la palabra; recuerdo ese instante definitivo de mi niñez que decidió todo lo que iba a sucederme después. El hobby se comió a las demás habilidades, que se fueron atrofiando. Cuando me atreví a pasar el Rubicón llevaba tiempo de rodaje en las páginas de La ballena alegre, de Madrid, y algún periódico escolar. Después, frecuenté La Isla de los Niños, la página de Ricardo García Luis. Dominaba los géneros, la entrevista, la crónica, el reportaje, apuntaciones y notas, como decía Larra. Más tarde hice también caricaturas y conocí a Paco Martínez, que geometrizaba la figura humana y con un collagede recortes y lazos de botellas de Terry ganó el Salón mundial de Montreal con una versión de Brigitte Bardot, y se convirtió en una leyenda. Mi infancia no son recuerdos de un patio, sino de La Tarde y La Hoja del Lunes, y después vine a este Diario de Avisos recién llegado de La Palma, de la mano del profuso Gilberto Alemán. Santiago Vilanova nos fichó a mi hermano y a mí para el Diario de Barcelona, el decano de Europa. Ezcurra nos abrió las puertas de Triunfo, donde reinaban Haro Tecglen y Vázquez Montalbán. Daniel Gavela nos aceptó en El País por una crónica del accidente de Los Rodeos en 1980 (146 muertos) y estuvimos quince años de corresponsales en Canarias con Cebrián, Estefania y Ceberio de directores por este orden. Cincuenta años de prensa (y radio con Pardellas y el prolífico Paco Padrón, y televisión). No siendo Larry King, mi mejor trabajo me llegó al final, a una edad provecta, como al entrevistador de la CNN que desenterró Ted Turner. Mi exhumación la hizo Lucas Fernández, poniéndome al volante del decano, un periódico histórico como lo era el Washington Post cuando Jeff Bezos lo reflotó. No sé qué explica que este hecho haya acontecido, pero sí que representa mi mejor colofón.

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El año de la intriga

Es la intriga lo que rodea al año que viene. El suspense por lo que pueda suceder ante las eventualidades y encrucijadas. Estamos viviendo en el vórtice de un huracán, ante peligros que no son menores. “Me preocupa Trump, me inquieta, no me gusta nada”, dijo a este periódico la semana pasada Javier Solana, de una parte, y de la otra: “No estamos cerca de una guerra nuclear, pero sí en una etapa de gran tensión conceptual”. Están esos miedos por el equilibrio mental de algunos líderes y las tentaciones que rondan sus cabezas narcisistas. Pero no solo nos intrigan las decisiones que puedan tomar en 2019 con sus armas de fuego, sino las pequeñas y medianas medidas que adopten en los próximos meses. Porque nada está en orden, por primera vez. Conviene hacer una lectura acertada de nuestro tiempo.

Venimos de una época no tan lejana que preconizaba la idea de integración. Se reunificaron las dos Alemanias, se ampliaba la Unión Europea, se fomentaba la globalización. Pero, de un tiempo a esta parte, y sobre todo en 2018, ha ganado terreno la disruptiva idea de atomizar y romper lazos por sistema. Hemos pasado de una cultura centrípeta a otra centrífuga. En este sentido valga decir que los canarios hemos experimentado un curioso avance, que yo sepa, no debidamente reconocido. Padecimos nuestra crisis escisionista tras la división provincial, traumática, y levantamos un telón en mitad de una autonomía precaria, propensa al divorcio. Llegó un momento en que el pleito insular nos balcanizó y corrimos riesgos de rompernos en una fatídica doble autonomía. Pero esa fiebre pasó y dejamos atrás los polvos del conflicto universitario, de las sedes, de los puertos y del derbi, y de ahí que hoy no hablemos de “estos lodos”. Ahora, por un falso penalti no nos cortamos las venas como Honduras y El Salvador en La guerra del fútbol, de Ryszard Kapuscinski. Esa lección de convivencia que nos hemos ganado los canarios contrasta con los nuevos vientos que asuelan España por Cataluña y Europa por el brexit. Canarias, diríase, es un caso chiquitito de multilateralismo y coexistencia, que nada a contracorriente. Frente al nuevo auge de la división territorial, nosotros hemos enterrado el hacha del pleito y nos acabamos de dotar de Estatuto con mar -algo impensable hasta el otro día- y con reforma electoral -igualmente insólita en nuestra tradición cainita-. Sin ánimo vanidoso, creo que somos un buen ejemplo para ingleses y catalanes, que están todavía en la fase primaria de ese instinto disgregador, tan provinciano. El solipsismo. Por esa etapa pasamos los canarios en los años 80 y precedentes, y hoy somos uno de los pueblos con mayor autogobierno de nuestro entorno, con ventajosas relaciones con el conjunto del Estado y de Europa, bajo un paraguas de seguridad formidable, y por primera vez con puentes tendidos con Africa, que era nuestra gran asignatura pendiente. Lastima algunos de nuestros principales gobernantes. Si mejoramos en este aspecto y contamos con líderes adecuados, estoy seguro de que saldremos de los últimos escalafones de las estadísticas de la vergüenza dentro del Estado y seremos, a nuestra escala, una potencia en sectores pujantes. 2019 nos depara una oportunidad de creer más en nosotros, a propósito del centenario de quien mejor nos conocía y promocionaba en el exterior: Cesar Manrique, que no se habría mordido la lengua de haber sido catalán o inglés. Como no se la mordió siendo canario sin perder la cabeza.

Ah, este año ha sido una novela negra, con sus víctimas y victimarios, y, por suerte, ha habido una cierta marea de gente buena, como decía ayer en Almería nuestra Premio Taburiente a la Concordia Partricia Ramírez, la madre del niño Gabriel. Es la intriga, la que nos embarga por conocer los capítulos que están por suceder en esta tierra, en este país, en este mundo patas arriba, como decía Eduardo Galeano. Borges se fijaba en los símbolos de las cosas antes que en los hechos. Falta saber si son tan solo metáforas, o nada menos que ellas, nuestros miedos, para tratar de adivinar cuánto hay de dolor o de insignificancia, no ya en lo vivido, sino en lo por vivir.

En estas horas previas nos urge y compete desenmascarar los hechos, asentar verdades y recuperar el sentido confiable de nuestra existencia. Para recobrar el rumbo de una mayoría decente que intenta el rescate de cuanto se está hundiendo, como formula el suplemento que el DIARIO publica hoy con The New York Times y El Español. Nunca antes despedimos un año tan solos y huérfanos, sin dioses penates, y nos invade, por tanto, una emergencia de raciocinio, de autoafirmación de principios desacreditados, de reconocernos y acertar, por una vez, en el camino.

Queremos saber cómo va a continuar esta novela. Qué será de ese señor con su tupé amarillo y sus malos gestos, capaz siempre de una locura mayor que la anterior. Nos aturden los signos con que despedimos el año que ya expira. Saber si Europa resistirá esta prueba de fuerza, bajo la tónica del barco a la deriva, expuesta al contagio del primer desatraque.

Comenzamos refiriendo el riesgo de ruptura que sufrió esta tierra, por suerte ya superado. Fue un riesgo serio. Ahora toca preguntar. ¿Se va a romper España? La política española ignora todavía los peligros que le acechan en los próximos episodios que ya no corresponderán a este año. Si la ultraderecha es la que ha llegado o la que está por llegar. Si el problema catalán devendrá en problema vasco… Y, con la misma intriga, nos miramos hacia dentro, a través de las portadas que hoy recopilamos. Son cuantiosos los problemas sociales que aquejan a estas islas, como de ahí se desprende. No hemos parado de dolernos, pese a vivir los años dorados del turismo, lo cual es un síntoma y un símbolo, como diría Borges, de lo que nos espera si un mal viento empeora el contexto turístico, sin alternativas. Nos intrigan las elecciones y el nuevo escenario político que nos aguarda en mayo, qué clase de gobierno y gobernantes tendremos, qué partidos crecerán y qué otros caerán en desgracia, qué manos finalmente timoneen esta flota. Nos intriga todo acerca de todos nosotros.De ahí el desasosiego y la esperanza.

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