Por qué no me callo. Tomás Padrón, desde el bar Los Reyes

De Tomás Padrón parte toda una legendaria defensa de las islas que llamábamos menores y luego periféricas y que, por último, él mismo las ha acuñado en broma como islas minifalda. La mitología política canaria, que aglutina tanto a personajes inolvidables como a nefastos, cuenta, entre los primeros, con Tomás Padrón, el hijo de doña Rosa, que se quedó sola con cuatro hijos a la muerte de su marido, el primer Tomás de la saga, y que los sacó adelante a todos con la planta eléctrica, el molino de gofio y la carpintería. Tomás, piñero, me contó una vez que el motor del molino hacía una explosión cada media hora que se le quedó grabada para siempre. El hombre del que hablo llevó la luz eléctrica a su isla. Algo de eso tuvo que ver, quizá de un modo determinante, en el hecho de que, más tarde, cuando de Unelco saltó al Cabildo para combatir los radares de Malpaso, siguió creyendo que su deber era como el de un farero que abre camino al barco solitario y olvidado que amenaza perder el rumbo y desaparecer en noche cerrada. La séptima isla, que decía José Padrón Machín, se sintió siempre como ese bergantín imaginario, cada vez con menos tripulantes, expuesto al naufragio.

Hace medio siglo, Tomás Padrón apagó la planta de su casa que daba luz al pueblo entero hasta la media noche, porque ya se podía dar electricidad las 24 horas, y él personalmente fue el encargado de patearse toda la isla buscando postes y emplazamientos para las estaciones transformadores que traían el futuro. Ese peregrinaje como ingeniero técnico industrial fue el que le marcó la vida definitivamente, porque cuando se convocaron las primeras elecciones democráticas locales, alguien mencionó su nombre y le propuso en alto: “¿Te animas, Tomás?”. En el bar Los Reyes de Valverde nació de modo espontáneo la Agrupación Herreña Independiente (AHI), que iba a darle una vuelta a la isla como a un calcetín. Los campesinos se vestían de domingo y entraban por el juzgado con su DNI para avalar las siglas del partido, como marcaba la ley. Entraban, se quitaban el sombrero y firmaban. Hicieron de AHI una causa personal, como si fuera patrimonio de todos. Aún los insularismos no habían anidado en Canarias, y El Hierro patentaba un modelo de reivindicación basado en un formato sentimental que fuera del perímetro de una isla despoblada, condenada a emigrar a América, y envejecida, podía degenerar -como en ocasiones degeneró- en encono y pleito. “¿Ganamos o no?”, preguntó alguien al salir de votar en Tiñor, en Valverde. Y otro le contestó: “¡Cómo no vamos a ganar! ¿No viste que la cacharra -la urna- estaba llena?”. Muchos de aquellos vecinos sin hábito electoral daban por descontado que el único partido propiamente de la isla era AHI.

Una noche -como recuerda fielmente el propio Tomás- sacamos al ministro de Sanidad de la cama y le pusimos al teléfono al presidente del Cabildo de El Hierro, y a la semana siguiente del dúplex en Radio Club, firmaron el convenio del hospital de la isla en Madrid. Tomás gobernaba con la ira de un virrey, pero era tan indomable ante los poderes fácticos de Canarias o Madrid como receptivo y simpático con quienes le tendíamos la mano para acercarle un micrófono o darle un apretón. Se hacía querer y nos contagiaba su patriotismo numantino de rey insular. Todos hemos adoptado periodísticamente a la isla de El Hierro a lo largo de nuestras diversas trayectorias, y ha sido, sin duda, por la convicción y bonhomía de este líder de proezas incontestables como Gorona del Viento, que quiso recuperar el Meridiano Cero arrebatado por Greenwich, con la inspiración de un personaje de Umberto Eco en La isla del día de antes, y, al menos, consiguió el respaldo testimonial del Senado. No sé si Tomás ha hecho ahora la Bajada tocando el tambor que le fabricaba uno de sus hermanos, pero sé que le sigue pidiendo a la Virgen de los Reyes que le eche una mano a la islita, que siempre lo necesita. Lo echamos de menos.

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Los espacios de felicidad

De cada cual dependerá la habilidad para dotarse de un espacio acogedor donde desenvolverse y generar las condiciones favorables que den sentido a su vida. El profesor Emilio Lledó ejerce una militancia fiel a Kant y sostiene, cada vez que se le pregunta, que el hombre es intrínsecamente bueno. Pero los hechos no hacen sino llevarle la contraria al bueno de Lledó, que es un filósofo honesto y bienpensante como lo es Adela Cortina cuando administra sus creencias insobornables sobre la ética humana. A uno y otro no cesamos de recurrir para despertar de esta pesadilla y recobrar el sentido común en la ilusa pretensión de que el arisco mundo plagado de horrores es, en realidad, un sueño, y basta con sentir que soñamos y pellizcarnos en la lectura de estos sabios para saltar a la realidad. “Estamos próximos a despertar cuando soñamos que soñamos”, decía Novalis.

Pero nada de nuestra buena voluntad sobre la bondad hereditaria parece llamada a confirmarse, dados los avatares y designios de los nuevos tiempos. Entonces, convenimos con humilde consternación en la única alternativa que nos resta: crear espacios de felicidad. El propósito es bien simple y viable. Consiste en regresar a la esencia de uno mismo, a los peldaños más inmediatos de la escalera del día a día. Andar con cuatro verdades en los bolsillos y agarrarse a ellas como cuatro salvavidas.

Los espacios de felicidad son como las pastillas solidarias que se venden en las farmacias de la filantropía. Uno va y decide que le gustaría levantarse con buen pie y ejecutar los pequeños deseos que le hagan soportable la existencia en la jungla, y, más aun, que se la hagan confortable. Cosas simples que pasan preferentemente, me dijo ayer mi hijo con estas palabras, que asegura haber oído en alguna parte, consciente de qué significan a los seis años. Él practica sin saberlo, como a menudo hacen los niños, esta majadería mía de los espacios de felicidad. Se levanta, va al colegio, juega con los amigos, tontea con el spinner entre los dedos, corre, disfruta con lo que ve y toca, cuida insectos que rescata en los jardines, dibuja porque le parece lo más natural del mundo delante de un papel… Yo escribía a esa edad mis primeros versos. O sea que medio siglo después que mi hijo vuelvo a los orígenes, a las cosas sencillas de andar por casa, para hacer llevadera la rutina consuetudinaria. ¿Te gusta leer? Lee ese libro sin pérdida de tiempo. Toma el café a tu hora favorita con deleite, colecciona momentos de remanso: pasea, llama al amigo y conversa, viaja al destino que eliges porque te va la vida en ello si no lo haces sin más dilación… Los espacios de felicidad son de consumo privado o colectivo, pero su éxito depende de que satisfaga deseos puntuales de tu baúl particular de querencias.

Mi padre, alojado en Santa Cruz en su residencia entre mayores con los que apenas interactúa porque nunca fue su fuerte, considera un acto sublime de placer compartir un rato con sus seres queridos, degustar un pastel como un niño y sonreír con las cabriolas del nieto. Pregunta cosas que corrresponden a la actualidad o al pasado más remoto, sin orden ni concierto, o las inventa, pero no se plantea ningún interrogante de imposible respuesta. A los 90 años todo le importa un bledo, y le agrada la irreverencia de sus pensamientos. Es feliz con lo menos. Pasaron los años en que deseaba siempre más. Lo recuerdo cuando era niño enfrascado en el conflicto con su mala estrella. Era incapaz de ser feliz con lo que más tenía: la salud. Y la familia.

La felicidad es una quimera si se aborda con demasiada ambición. Pero es perfectamente factible si se convierte como un niño o un anciano en la sencilla ceremonia habitual de un acto vulgar y corriente.

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El tambor y la hojalata

Si fuéramos capaces de librarnos de toda esta obsesión compulsiva por el vellocino del éxito, tendríamos acaso la ventaja de reconocer otros logros recónditos condenados al olvido de la masa. Lo que antes se llamaba pueblo con aquella sana demagogia, ahora son followers, seguidores, internautas… en busca de éxito a la carta. Sin embargo, quizá esto dé un giro copernicano y un buen día se prestigie todo ese quehacer de bajo perfil y tenga su auge descubrir talentos de creadores discretos que sobrevivieron al diluvio de Internet.

La idolatría dejó de ser una inclinación selectiva; ahora es un modo de cultura dominante. Se adora al tótem a lo bestia. Algo que no es nuevo se ha multiplicado con la explosión de las redes sociales, que han elevado los quince minutos de gloria de Warhol a un hábito de vida cotidiana de mitomanía y narcisismo pandémicos.

La fama y el poder, que juntas constituyen una plaga, tienen métodos y medios confortables. Al éxito político le afecta sobremanera la repercusión en los medios de papel, como si tuviera amortizado el efecto tóxico de las redes, donde el daño se contrarresta porque las noticias se devoran unas a otras velozmente. El papel queda, sin interferencias, y repercute. Se discute menos si el medio es el mensaje (McLuhan), para debatir más sobre el impacto de según que soporte.

Por las razones que fuere, como tenemos dicho hasta aquí, necesitamos hitos y divos que satisfagan nuestra sed de ego. En el fondo, cabe sospechar que hay una manifestación impúdica de vanidad reprimida en todo culto a la personalidad ajena que es el karma común en la sociedad contemporánea. El deporte suele ser un buen laboratorio de los fenómenos humanos. En la masa que acude a los estadios existe esa necesidad de idolatría contagiosa que no es otra cosa que el deseo enfermizo de sentirse copartícipes del éxito de quien sobresale. Vencer esa tendencia es ir contra corriente. Se requiere una férrea dosis de modestia y estoicismo para ser fan de un club y de un deportista con la celebridad justita del barrio que pisamos sin compartir amores con ídolos y equipos nacionales, así actúen a miles de kilómetros de nuestro hogar. El éxito, ecuménico, se parece a una religión.

Y está el perdón del hincha, su indulgencia ilimitada hacia los pecados de su club y su fetiche. Así sucedió con Messi y ahora con las revelaciones sobre las trampas fiscales de Ronaldo. La sociedad hace suyos los éxitos y desgracias de sus héroes en la aldea global, pues el resto que queda es la triste monotonía de una vida prosaica de estrecheces en la mayoría de los casos. Esa tragedia de la moral ad hoc y los valores trastocados no es sino una manera de sobrevivir al fracaso personal predominante. De ahí que en las urnas no penalice la corrupción, por ejemplo. Pues el deporte y la política es un juego de triunfos y derrotas, y cada cual milita en un bando. Somos siete mil millones y pico –y pronto, mil millones más- de seres, en su mayor parte, tirando de un carro. Hasta tanto no se modifique la escala de valores –no lo ha hecho en siglos-, el éxito autoritario seguirá su curso. Pero necesitamos líderes sociales capaces de alterar la fórmula, capaces de tener éxito sin alardes de maldad, de aspirar al éxito sin cometer tropelías. Lo que en política se llama abuso de poder.

La literatura aplica de un modo no literal este mismo fenómeno. Cuando Günter Grass -ahora homenajeado en Puntallana, el pueblo palmero donde encontraba la tranquilidad guardada en secreto- confesó en Pelando la cebolla que en la adolescencia se había alistado en las SS hitlerianas, los lectores devotos del Nobel alemán sintieron el golpe bajo y gestionaron el disgusto como pudieron con el tiempo, pero el autor de El tambor de hojalata, el hombre que había guiado moralmente a generaciones de europeos, tuvo que refugiarse en Faro, en la costa portuguesa -y en La Palma-, asediado por sus detractores, que no desaprovecharon el efecto de la sombra del holocausto que cayó sobre él. Günter Grass no era Ronaldo, aunque Ronaldo tampoco haya sido un nazi confeso. Claro que los matices, que han sido abolidos, tenían la respuesta: el autor tampoco era un nazi convicto a los 17 años.

Mario Conde fue descabalgado socialmente tras sufrir la condena por sus delitos financieros. Pero durante mucho tiempo era el modelo idealizado de una era de pelotazos que fascinaba al prójimo y en los jóvenes alimentaba su ambición. Nada hay de malo en que las personas, a título individual o colectivo, se identifiquen con sus dioses penates y se reivindiquen en ellos, porque, como ya queda dicho, hay una transferencia de emociones en esta cultura del ídolo de masas en el deporte, las letras, la economía…y la política. Solo que hay otra clase de gente anónima interesante por descubrir, que parece estar fuera del cuadro.

En la nueva iconografía, la democracia y las artes se tornan más escénicas y mediáticas que nunca, más efectistas. El que no está no existe, es de hojalata. El político moderno acuña una suerte de carrera hacia el éxito que desemboca en el poder. Con las reglas actuales, la gloria puede ser efímera o prolongada. Depende del manejo de los medios y de su control. Singularmente, tiene mayor importancia la prensa de papel, depositaria de un mayor grado de credibilidad que las redes sociales,un imperio de falacias. Una de las claves para perpetuar la imagen pública es lograr por todos los medios que el medio –impreso- difunda una versión favorable. Amancio Ortega, una de las mayores fortunas del planeta, nada ha podido hacer contra quienes le afean su filantropía en papeles y tablets. En cambio, en el tutelaje de los medios escritos, el poder político se desenvuelve con habilidad, habiendo establecido una relación de dependencia por razones económicas que permite al dirigente de turno gozar de impunidad mediática.

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Chirino, 92 años siendo Chirino

Puede alardear Canarias de la fortuna de tener hijos como Chirino, que es un superviviente excepcional de sus mejores efectivos en las artes y la cultura. Lo de Chirino es harina de otro costal, alguien que rompe todas las reglas, no solo de la subsistencia y el arte, sino de algo tan difícil como el arte de llevarse bien con la gente. Son pocos los canarios que conviven como si todo el mundo fuera jauja. ¿Enemigos de Chirino? Los habrá, no lo niego, pero es como decir que nadie está en paz consigo mismo. El mayor enemigo de este vulcano que no desiste de la fragua con 92 años, ni cien que tuviera, es el tiempo. Ahora quiere pensar en marzo -del 2018- y hacer realidad la gran exposición que está construyendo para el día de su cumpleaños. “Si llego”, le dijo a Karen Estévez. Lleva llegando toda la vida y siempre hizo gala de saber guiarse por los caminos más tortuosos.

Cuando a mediados del siglo pasado se marchó a Madrid-era el desasosiego de los artistas de posguerra encerrados en la jaula de la isla-, Martín Chirino tenía la impronta, pero no la certeza de alcanzar el éxito. Por entonces, unos cuantos canarios procedentes de distintos peñascos salieron volando a sus madriles y nuevayorks alentados por el miedo a ser devorados por la censura y el poco caso que les hacían los críticos de arte del Régimen. Eran artistas, gente peligrosa. Manolo Millares, César Manrique… Martín Chirino. En esta página de su historia, ha confesado que Tenerife es el sitio donde siempre se sintió feliz. Y es cierto, porque ya lo decía entre amigos cuando el pleito insular estragaba lo suyo a políticos, empresarios y los dos equipos de fútbol. Chirino, en cierta forma, siempre fue una especie de papa de las artes de Canarias, alguien de voz ecuménica capaz de hablar en nombre de todos los paisanos sin que sonara a pose o circunstancia.

La noche que lo conocí en Madrid,en la tertulia de un pub sobre un disco de Taburiente, dijo, con ese don pontífice y natural en él, que Canarias, toda, era una tierra de gente muy dada al arte, muy apta para ello y en nada inferior a cualquier gran capital. Ahora, cuarenta años después de aquel acto celebrado en la Transición, declara en DIARIO DE AVISOS que “Canarias es también el centro del mundo”. Piensa en el instantáneo Internet. Uno de los debates que han acompañado al escultor más importante de este país es si era o no nacionalista. Una voz sin herrumbre, que ha dicho toda la vida lo que piensa, como un herrero de espirales que nos llevan siempre lejos. No lo sé, creo que Chirino no es nacionalista en el sentido político de la palabra; acaso sí en el sentido artístico, cuya etimología es diferente, y donde la obra desborda todos los clichés y sambenitos.

Fue África la que le abrió los ojos. Por eso dispuso un enorme casco negro en el patio de CajaCanarias. Chirino abogaba por África cuando por aquí estaba mal visto, por los estigmas del momento en plena efervescencia argelina de Cubillo. Pero él hablaba de África con aquella misma autoridad moral que lo hacía de Canarias sin tribalismos. Y ahora lo sigue haciendo, sigue hablando de África y de Canarias como alguien que está y no está y puede decir lo que piensa porque mañana saltará del nido y las miserias del lugar no lograrán aprehenderlo. Es la manera que ha tenido de vivir apareciendo y desapareciendo como un canario que nos resume a todos y que nos hace creer lo que tanto nos ha dicho sobre la canariedad sin complejos y el talento genético del insular. Conoció a David Rockefeller porque hablaba inglés en Madrid y el magnate le invitó a Nueva York. Chirino se ha pasado la vida entre orillas, Canarias y la Península, España y América. Y no para como un chiquillo en su espiral…

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Saramago y siete años de naufragio

La vida sin Saramago estos siete últimos años está siendo un camino hacia ninguna parte, donde no sabemos si nos aguarda el paraíso del infierno o el infierno del paraíso. Sí estamos persuadidos de que será un salto en el vacío, un cambio radical, porque ya no existen las transiciones. Los relojes se saltan las horas; los almanaques, las hojas, y no es tiempo, sino otra cosa, lo que amenaza con acabar con todo y con todos nosotros. Algunos sucesos acaecidos en este septenio se los escuchamos o leímos barruntar al escritor portugués afincado en Lanzarote, que era o habían hecho de él –como me dijo en su casa de Tías cuando lo entrevisté al publicar Ensayo sobre la ceguera- una especie de gurú sin querer.

Saramago era extrovertido dentro de una apariencia tímida y tenía el sentido del humor reseco de aquel catalán Eugenio. Loly Palliser –amiga y confidente de él y Pilar del Río- cuenta escenas domésticas del Nobel portugués que rebaten su fama de hosco y contrariado. En una cafetería de Madrid, se incorporó, ya de noche, a la tertulia que manteníamos con Juan Cruz antes de irnos a acostar, y traía cara de ironía. Le asomaba a menudo y se salía con ella de la celebridad, como le asomaban la niñez de Azinhaga y cierto pasotismo que me recordaba a aquel otro falso taciturno que era José Luis Sampedro, dos coetáneos lúcidos con una misma querencia insular por Canarias. Pero cuando hablaba del mundo, del quehacer y qué hacer del mundo, y del hombre, del hombre que se deshacía a pedazos, Saramago se ponía serio y circunspecto. Y muchos pensaban que exageraba.

Después -en tan solo siete años- hemos visto que se quedaba corto, y que lo que estaba por ocurrirnos superaba sus peores vaticinios con creces. Saramago no asistió a las masacres urbanas de estos camioneros demenciales, a los lobos solitarios, ni a los vídeos virales de cabezas cortadas… No le dio tiempo de ver las plagas de este apocalipsis y se perdió algunas cosas que han desbordado sus profecías. Una vez amagó con irse de Lanzarote si Canarias daba la espalda a los inmigrantes; pocos años después Europa cerraría el paso a millones de refugiados que huían de las guerras y hambrunas de Oriente Medio y África. De haber vivido estos siete años de descomposición, ¿qué no hubiera dicho y escrito? En los Cuadernos de Lanzarote trazó algunas secuencias inevitables del declive moral cívico y político que se adivinaba. A finales de aquel año 2010 en que murió llegó a nuestras manos el librito ¡Indignaos! de Stéphane Hessel, que participaba de la ética de Saramago sobre el hombre y este siglo. El siglo XX, propiamente el suyo –en el que le dieron el premio universal de las letras-, no se parecía en nada al siglo XXI. Era el siglo de la destrucción que había terminado bien, como un centauro arrepentido, mitad bélico y mitad pacifico, y con medio cuerpo de paz nos había hecho creer a miles de millones de seres humanos que el siglo XXI iba a nacer con la lección aprendida, con democracias mejores, con mayor respeto hacia los derechos humanos -cuya declaración elaboró, entre otros, el propio Hessel- , con el planeta más protegido, y que los países entablarían relaciones más cordiales. Estamos a las puertas de una guerra nuclear –según nos previenen el Papa y los exégetas de Trump y Kim Jong-un-, a las puertas del incivismo climático y del incivismo generalizado que ya se propaga por las calles de Londres y París. Vivimos en una novela de denuncia real de Saramago. Y le echo en falta. Sé que no era santo de la devoción de muchos de mis amigos, que lo consideraban pesimista y ufano. Pero yo lo admiraba con sincero asentimiento. Leía sus novelas desde la sospecha de que influirían en mi vida y me harían mejor persona.

En aquella visita a Tías, Saramago nos abrió la puerta de su casa, y nos dijo que estaba solo –Pilar viajaba-, entre libros propios y ajenos, como un volumen de fotos de Sebastiao Salgado, para el que escribía un texto; entre las paredes de su casa y las paredes de la isla. Saramago se había mimetizado con el paisaje, era parte del volcán. Y Carlos Fuentes –que lo visitó más tarde- se asombraba de la simbiosis del escritor y la isla negra, sin poder evitar él mismo contagiarse en Los años con Laura Díaz. Aunque el destino no quiso que Saramago y César Manrique se conocieran, me dio a entender que él creía que el fantasma de César sí lo había conocido, porque no se había marchado de Lanzarote, y se habían hecho amigos. Ahora que son dos fantasmas absortos pululando por la isla. Sin ninguno de los dos es más difícil comprender muchas cosas presentes. Saramago contó en Estocolmo, cuando obtuvo el Nobel, que su abuelo se despidió de los árboles de su huerto, abrazándolos uno a uno y llorando, cuando presintió que se iba a morir. César y Saramago –y su abuelo materno- amaban al hombre y la naturaleza. Ahora estamos tan decepcionados del hombre que volvemos la mirada a los árboles y los animales para que nos den sus respuestas y su ejemplo.

Ya existía Internet cuando Saramago murió un día como hoy hace siete años en Tías, pero aún no era tal el pandemónium de las redes sociales en nuestras indefensas vidas. Por ahí vino todo quizá y todo empezó de nuevo con esta desagradable reversión a un mundo salvaje. Han sido siete años vertiginosos y brutales. Ya dije que no parece obra de un tiempo corriente, sino de otra cosa que se rige por otras reglas. Y me he prometido releer al respetable escritor portugués que vivió en Lanzarote hasta su muerte. Acaso, como aquel enigmático Leonardo da Vinci, José Saramago haya dejado en sus páginas flotando algunas verdades providenciales en clave que nos salven del naufragio.

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Macron, Suárez y el dígito mágico

El ascenso meteórico de Emmanuel Macron recuerda a Adolfo Suárez como una fotocopia defectuosa entre dos épocas tan dispares de la historia de Europa. Francia con España ha tenido siempre poco que ver políticamente, y en la innegable autosuficiencia gala no era nada previsible que el decurso de los años y la historia nos trajera a esta desembocadura de un mismo laberinto. No ha estado nunca Europa tan desnortada, carente de iconos e ideas como ahora. Y no ha estado España, tampoco, tan expuesta a los malos vientos que cruzan de océano a océano, con todos los riesgos al descubierto.

O sea que Macron trae a la palestra el reflujo de Suárez, el centrismo de UCD redivivo en La República en Marcha, como una reedición clonificada del apresuramiento feliz de aquella generación de posfranquistas herederos y réprobos del Régimen. Suárez venía de ser ministro-secretario general del Movimiento, y Macron, de ser ministro estrella de Hollande, su gendarme de la Economía. Así que el hundimiento del socialismo como entonces el del franquismo han tenido en común al delfín.

El éxito deslumbrante del filósofo que hizo la tesis sobre Hegel antes de casarse con la Banca y con una mujer 18 años mayor que él, ha sido tan espectacular como el del abogado que gustaba a las mujeres y acabó gustándole al rey. No tienen Macron y Suárez por qué parecerse en todo. Es cierto que ambos trasudan para la historia una misma ambición desmedida y no desmentida por los hechos. Se propusieron las metas más elevadas y las alcanzaron practicando una similar timidez, como si los ególatras más fructíferos fueran aquellos que disfrazaran mejor su vanidad con seda y guante blanco.

Desde el mismísimo día que Hollande lo encumbró al ministerio de las cifras públicas y Macron no disimuló que le iba el poder, hubo alguien que lo miró de reojo y supo que iba a ser su mayor rival: el español Manuel Valls. Macron es de esas figuras sibilinas que repta por paredes verticales y alcanza la cima como si tal cosa. Ahora que es Napoleón y la segunda vuelta de las elecciones legislativas, del próximo domingo, le auguran más poder que nadie jamás en la República francesa, asistimos a la consagración de un estilo que, sin embargo, no es nuevo. Lo inventó Suárez, que hace cuarenta años, improvisó un partido de centro y lo vistió con retales, como ha hecho Macron con semejante resultado, e, incluso, mejorando la fórmula.

Les separan tan solo tres días para que este paralelismo fuera exacto cuarenta años después. El miércoles se celebra la efeméride del triunfo de Suárez en las primeras elecciones, y el domingo Macron -el Suárez francés- resucitará la Transición española en las urnas de un país que asiste a su mayor metamorfosis y decadencia política de las últimas décadas. Si Macron cita a Suárez no tendría nada de extraño. Si Albert Rivera se abraza a ese árbol y se deja ver con Aznar -que añoraba tanto a Suárez cuando el centro se empezó a poner de moda- no hace sino seguir el guion que más le conviene.

La incógnita de Europa ya no reside en el viejo debate de la izquierda y la derecha, sino en el nuevo debate del populismo y el centrismo. Aquel parecía imponerse en las encuestas europeas y en la Casa Blanca. Macron no le suelta la mano a Trump -en la secuencia que recrea El Español- porque sabe que se juega lo que Suárez el 23 F. Europa ahora es un vivero de tejeros, gentes de ultraderecha, xenófobas y cainitas, cuyo demonio es Macron. Del 1 al 10, Macron es el 5, el dígito mágico.

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Aquella hermosa democracia envejeció tan pronto

Si toda una generación -camino de dos- no conoció la dictadura de Franco, sería razonable que estos 40 años de democracia, que ahora despachamos en un pispás cediendo con pudor a la pulsión nostálgica de la efeméride, mereciera un extenso pie de página aclaratorio. Líbreme Dios. De entonces a esta parte, a España no la conoce ni la madre que la parió, parafraseando a Alfonso Guerra. Era un país tildado de caverna. Aquella anomalía europea que había sobrevivido a las autocracias correligionarias de Hitler, Stalin o Mussolini, se jactaba de vivir en completo aislamiento bajo la barrera física y psicológica de los Pirineos, y los más intrépidos cruzaban la frontera en autocares para ver en Perpignan El último tango en París –en el mítico Cinéma Castillet-, cuya escena más caliente, donde Marlon Brando sodomiza a Maria Schneider en la cópula de la mantequilla, era un reclamo de salidos bajo el yugo del militar que visionaba Cabaret a solas en su cine reservado del Pardo.

Cuando Interviú inicio el destape en sus portadas y, poco antes, Juan Tomás de Salas levantaba las faldas de la política nacional en Cambio 16, supimos que el país cambiaba como de la noche a la mañana. Pero faltaban las elecciones. La prensa fue trayendo la democracia con pinzas hasta que se convirtió en un torrente que lo inundó todo. La venida de El País fue la señal definitiva. El periódico era como el tajamar de esa democracia que se había resistido cuarenta años, tras el golpe de Estado del 18 de julio del 36, que fue sábado. Porque hubo un tiempo –que ahora parece inconcebible- en el que las dictaduras se perpetuaban durante décadas y décadas.

Yo recuerdo crecer viviendo, huyendo y leyendo de dictaduras como si fuera lo más natural del mundo. Cuando éramos pibes y escribíamos Martín y yo en la revista Triunfo –la osadía iconoclasta de José Ángel Ezcurra- nos empapábamos de la realidad latinoamericana, que era como un tornado de dictaduras a la española. Stroessner, en Paraguay, era un personaje totémico que marcaba estilo. Toda América transpiraba tiranías militares, como si fuera terreno de mala hierba y aunque plantaras democracias no pegaran. Aquel mapa militar absoluto era una foto del desaliento democrático hispanoamericano, como un calco, una prolongación de España, la decana de dictaduras que se miraban en el espejo desde la otra orilla.

Chile y Pinochet, como Nicaragua y Somoza, eran parte de una corriente continua. “Pinochet será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, bromeaba el general Vernon Walters, número dos de la CIA, un halcón de Jimmy Carter, pues a Estados Unidos le convenían sátrapas en el patio trasero.
Europa, en cambio, ya había elegido otro rumbo, y España era una errata. Cogí el avión y me fui a Madrid a entrevistar a los popes de la Platajunta, que aglutinaba a la oposición clandestina, muerto Franco e inevitables ya unas Cortes Constituyentes. Entré en unos salones de metacrilato y me recibió el hombre que estaba en la sombra moviendo los hilos de la ruptura democrática, con intenciones inconfesables de erigirse en presidente de la República. “¿Tú quieres ser de los míos en Canarias?, ahora mismo te nombro”. Y me evadí con rubor temiendo por la entrevista. El abogado Antonio García-Trevijano era un pollo de mucho cuidado en ese momento crepuscular del franquismo, cuando todavía no había llegado el Mesías –que procedía de las tinieblas del Régimen e iba a ser Adolfo Suárez-. Trevijano era un político avispado que conspiraba de anfitrión en la cúpula de las oscuras sesiones clandestinas en su suntuoso despacho cuando el dilema era si convenía una reforma o una ruptura. Venció la primera y las elecciones democráticas del 15 de junio de 1977 (miércoles) las ganó Suárez con la UCD.

Rafael Calvo Serer, el escritor liberal y donjuanista, me transmitió el desánimo que guardaba durante una entrevista camuflada atravesando en taxi la Capital del Reino. Antes de exiliarse había presidido el diario Madrid, que había sido un referente de aperturismo hasta que Franco lo cerró. Nazario Aguado me esperaba con un periódico bajo el brazo en la puerta de un bar como habíamos convenido y lo entrevisté paseando sin mirarnos a la cara, como dos transeúntes desconocidos que caminaban juntos. Era líder del PTE, el famoso y temible Partido de los Trabajadores de España a ojos del sistema que se caía a pedazos.

“¿A qué viniste a Madrid?”, me preguntó mi tía Carmenza, que era amiga personal de Arias Navarro y vivía en una calle noble de la ciudad. “A nada importante”, le mentí, porque era una mujer de derechas a la que apreciaba y me alojaba en su casa; le ahorré el disgusto. Una parte de España era como ella. Yo me parecía a la otra parte, que era muy joven todavía, con la bisoñez de los pecados recién debutados, sin poder arrancarnos la culpa de los padres y creyendo que teníamos toda la verdad de nuestra parte.

Así sucedió. Vimos nacer la democracia, la libertad, como si fuera un parto con nuestras propias manos. Han transcurrido 40 años y ahora somos los restos de esta nave en el dique del olvido. Dicen que la llamarán de otro modo, que viene otra forma de convivencia y de gobierno aproximándose. Que las urnas las carga el diablo… Que se ha vuelto irreconocible aquella hermosa democracia que envejeció tan deprisa en tan solo 40 años. Y no sabemos qué va a ser de ella. Ni de nosotros mismos.

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Elon Musk y Florentino Pérez

Y ese tal Elon Musk quién es? El periodista Fernando Jáuregui, acaso con la sorna de sabio pero no de sabido, hizo la pregunta en medio de la conferencia de prensa del hotel Contemporáneo, donde presentaba la encuesta de su programa Educa 2020, junto al presidente de la Fundación AXA, y de su compañera Lourdes Carmona, directora del invento. Jáuregui reveló, en su relato de los planes que conciben los estudiantes canarios para el día de mañana, que su ídolo es ese tal Elon Musk. Una respuesta insólita en el conjunto del sondeo nacional. En ninguna otra comunidad del Estado, los jóvenes de 16 a 19 años depositan su ideal de éxito en la figura de Musk. Al veterano periodista que compatibiliza las tertulias de la Cope y de 24 horas de TVE con este peregrinaje sociológico por la España que adolece (de adolescente, para el caso), le resultaba sintomática la elección. ¿Qué tienen estos canarios en su arcadia que no tiene el españolito continental?

Alguien comenta que Elon Musk, cofundador de PayPal, es un referente en unas islas que tienen dificultad para comprar por Internet. El caso es que, a lo largo de la jornada, sondeé en mi entorno sobre el personaje y pude confirmar la veracidad del escrutinio de los jóvenes de Jáuregui. Elon Musk es toda una celebridad subterránea entre afines y fans que comparten sus afanes: Internet, las energías renovables y el espacio, los “tres problemas importantes” enunciados por el inversor e inventor sudafricano que este mes cumple 46 años y posee una fortuna de 14 mil millones de dólares. O sea que. No es casualidad que Musk, uno de los padres de Tesla Motors y Space X, deslumbre a los jóvenes canarios.

Por estos lares siempre tuvimos debilidad por los visionarios. Musk parece tener entre sus proyectos de vida ayudar a colonizar Marte para evitar la extinción de la especie humana. Y sería feliz en una isla como El Hierro, que acaba de batir su récord de autogeneración de energía limpia. Sus coches eléctricos ya causan furor en el mundo. En fin, Jáuregui mostró adrede una perplejidad bien informada. “Por algo ustedes -me dijo- son los más emprendedores de España”. Y los únicos devotos, por lo visto, de Elon Musk, que ya era un geniecillo en la infancia, a quien los pibes locales parecen querer imitar. Yo creo que en Canarias hay un vivero potencial de Elon Musk. Canarias es un laboratorio de cerebritos sin Silicon Valley, pero con mucha sordina. Ya saben, otros con mucho ruido, pocas nueces. No siento ningún complejo mirando a Trump de lejos. Mi prole es más inteligente y capaz. Vivo donde ya quisieran muchos para dejar volar la imaginación. En fin…

Una vez agotado el tema Elon Musk, le pregunté a Jáuregui, cuando pasamos al café, lo que cualquiera ante un periodista que está de vuelta: ¿Y cómo ves el oficio? con j de Jáuregui, me dijo. Así que hablamos de prensa en un abrir y cerrar de ojos y periódicos. Y hablamos de entrada y salida de periodistas. De Cuartango, al que apeó Florentino Pérez de la dirección de El Mundo, según las malas lenguas de buena tinta, por querer meter el ojo donde nadie le llamó: en Ronaldo y las islas Vírgenes. De tal modo que, como ven, termino hablando de fútbol como mis convecinos. Claro que fútbol, periodismo y política han ido confluyendo hasta tal punto, que Rajoy no se perdió la final de Cardiff que ganó el Madrid con la flor de Florentino, que es el dueño de todo el jardín y dicen que quita y pone periodistas y a este paso imitará a Berlusconi, que saltó del Milán al Gobierno y aspiraba al Quirinal.

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Aires, aguas y lugares

No siempre las cosas han sido iguales ni han significado lo mismo. Medio ambiente (que sigo prefiriendo al medioambiente que recomienda la RAE) era una consigna de izquierdas, demonizada por la derecha. Y el ecologista era el terror de los partidos tradicionales. Un grupo de activistas afines -al estilo incordiante de Podemos- podía constituirse en un temible grupo de presión, con tan solo alzar la voz en contra de alguna actividad o espejismo que a su juicio pudiera alterar el medio ambiente. La defensa de las especies y la vida natural se erigió en la segunda mitad del siglo XX -de la que provengo- en una de las grandes olas de contestación social y política. Sin embargo, los ecologistas alcanzaban poca relevancia en las urnas. Cuando en Alemania vimos irrumpir a aquel ministro verde, Joschka Fischer, que cohabitó con Gerhard Schroeder, no dejó de admirarnos el éxito de una alternativa condenada a chocar contra las barreras electorales. Dice Antonio Machado (el nuestro) que un ecólogo es respecto a un ecologista lo que un sociólogo a un socialista. Faltaban ecólogos que sustanciaran las proclamas ecologistas impulsivas de mediados y finales de siglo, pues muchas de aquellas campañas feroces contra el sistema decaían con el paso del tiempo como una fiebre pasajera.

El ecologista más sincero y querido que ha tenido esta tierra fue indiscutiblemente César Manrique. Cuando inauguró su jardín de cactus, en Guatiza -sitio natal de mi padre-, que iba a ser su testamento espacial en la isla-factoría de sus obras, se le veía moverse como un guardián proselitista de las plantas temeroso de la mano del hombre. Porque César –que era un adelantado del cambio climático antropogénico- quería que sus vecinos usaran el ambiente de mutuo acuerdo, con la cordialidad de los campesinos, y, en cambio, se enfurecía cuando a alguien con dinero y poder se le iba la mano y atentaba contra el territorio que amaba. Mirar con el arte de querer. La miró con buenos ojos, dice la gente de campo. Al jardinero de cactus de César le acaba de entregar Luciano Benetton el premio Carlo Scarpa, porque en ese lugar perfecto se percibe la “belleza con otros ojos”.

La palabra sostenibilidad no existía por entonces. Y todo lo que él hacía y decía, con la verdad convincente de la palabra y la obra, iba en esa dirección. Lanzarote era la isla del día del medio ambiente (mañana, 5 de junio). Han pasado a toda prisa los años sin César, que era nuestro guía perfecto -como han pasado ya seis años de la muerte de Gilberto Alemán, que fundó Atan-, y ahora nos debatimos entre escépticos y profetas del calentamiento global. Ya nadie ponía en tela de juicio la defensa del medio ambiente a secas, todos nos habíamos convencido y convertido en ecologistas; las grandes empresas, incluso las más contaminantes, promueven acciones de ese cariz en sus fundaciones desgravatorias y plausibles ante la sociedad. Nada malo habría en ello, en construir tras destruir y descontaminar tras contaminar, si no fuera porque estamos llegando tarde a reparar los daños de la mala influencia del hombre en la casa que habita: el planeta se calienta con el deshielo de las montañas y regiones polares, y sin el reflejo de los casquetes, disminuye el albedo de la superficie terrestre -su capacidad de repeler la radiación solar- y nuestro mundo se vuelve un infierno insoportable. De manera que el ecologismo ha dejado de ser de izquierdas para ser un asunto de supervivencia. Pero cuando todos habíamos abrazado su ideario, corre riesgo de ser una batalla perdida. Pese al Nobel de la Paz al famoso panel intergubernamental del ingeniero indio Rajendra K. Pachauri y al exvicepresidente norteamericano Al Gore, la lucha contra el calentamiento global inicia su travesía del desierto. Los escépticos del cambio climático comparten la apología pasiva del feedback natural del medio con sus mecanismos de moderación del CO2. Como el creacionismo en sus escuelas frente a la evolución de Darwin, en los Estados Unidos se abre paso el negacionismo -por omisión- del cambio climático con Donald Trump, recién llegado como elefante en cacharrería, que esta semana aplicaba la pena de muerte al Acuerdo de París, apartando a la primera potencia del mundo del foro de pensamiento que alienta la necesidad de salvar al planeta reduciendo los niveles de gases de efecto invernadero.

Estas islas -como todas las islas- son sensibles a los riesgos que amenazan al medio ambiente. Porque somos una tierra de solana y umbría y estamos dotados de una biodiversidad providencial que nos fue otorgada en el origen de los tiempos. De tal modo que es inherente al isleño canario cuidar de su naturaleza con mimo hipocrático: aires, aguas y lugares. Alisios y maresías, lavas y barrancos. Nos perturban fenómenos como el Delta, porque nos va en ello la subsistencia sobre territorios frágiles y fácilmente inundables. Aprendimos de la geografía lecciones dantescas, como los derrubios y deslizamientos que crearon formidables depresiones naturales: el Golfo herreño y tantos otros. Ahora –con ayuda de divulgadores contumaces como Nemesio Pérez en seminarios y colegios- vamos perdiendo el miedo a hablar del volcán que nos agasaja. Hacer confortable nuestro entorno para nosotros y nuestros hijos y las generaciones futuras -como aquella maravillosa carta que nos trajo a La Laguna Jacques Cousteau- es ahora más imperioso que nunca, cuando gobierna una élite que disiente de las verdades que anuncia el deshielo de las banquisas árticas y corremos peligro de caer en el escepticismo ignorante como ideología de un siglo descabezado que se automatiza y prescinde de la inteligencia. Con dirigentes como Trump, lo tiene fácil El Roto: es un siglo sin rostro, un sujeto que anda decapitado. Hoy y mañana, nuestro deber es vencer la tendencia de todas las falacias. Y he aquí una, quizá la más importante y peligrosa.

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El espíritu de Zuckerberg

Si algo tenemos claro es que nada ya es evidente. Acaso el signo del nuevo tiempo -sin ponernos demasiado teóricos- es que todo lo que dábamos por sentado en realidad está patas arriba. Y esta inestabilidad crónica es lo que define esa provisionalidad de un estilo de vida que se ha ido abriendo paso, y yo diría que ya se ha impuesto. Muestras recurrentes de lo que digo son, desde luego, los referéndums y elecciones -incluidas, las primarias del PSOE- más recientes. Pero, fuera del estadio político, se juega con la misma impronta en todos los órdenes de la sociedad. A tal punto se ha vuelto un síntoma constante, que damos crédito sin querer y otorgamos de antemano un éxito potencial a todo aquel que rompa con lo establecido y ponga sobre la mesa una idea atrevida, una empresa, un partido nuevos. Macron es el último ejemplo del panel. Lo viejo y preestablecido cansa, como si en efecto nuestras neuronas sociológicamente se hubieran colapsado, y lo nuevo y disruptivo encendiera la imaginación y nos fascinara.

Todo este fenómeno social preceptivo comenzó con Internet, hace unas pocas décadas. Es algo nuevo que ya empieza a hacerse viejo. El ritmo de caducidad de nuestra cibercultura contemporánea es vertiginoso. Mientras medito sobre esto, me digo que algunos cimientos del antiguo régimen -la quizá vetusta, pero sólida cultura de la antigüedad de nuestra infancia- resurjan cualquier día con fuerza reclamando la consistencia de sus fundamentos. Pero lo que hoy consumimos -a la velocidad de un clic- es esto: una cultura evanescente, que se dilata y estira como un chicle con infinitas propiedades. Una manera de ser y pensar que no es la de nuestros padres o abuelos; que es algo ni siquiera de ayer -de hace cuarenta años, como solíamos medir las cosas-, sino de ahora mismo.

Hoy, ayer y mañana se han juntado en un solo instante. Y esta es la nueva disposición de las cosas, nos guste o no. Los continuos sobresaltos de los gobiernos, líderes, inventos, empresas, partidos, ideas, conceptos, nombres…, fijan una norma de estilo, que para unos (Zygmunt Bauman) se caracteriza por la liquidez, o acaso vamos viendo que se corresponde más con la idea del aire, de lo más intangible y efímero. Todo a todas horas salta por los aires. Eso me parece que va a cobrar cuerpo tarde o temprano, el aire como el estado físico de algo que no es nada. Leo con mucho interés todo lo que piensa y dice ese joven intrépido de la nueva cultura a la que me refiero, Mark Zuckerberg, y lo que, con él, vienen sosteniendo otros profetas de este novedoso mundo que se nos cayó encima de improviso. Y lo último que comentan es, precisamente, el papel del aire.

El espacio como tablet. Y la muerte del móvil a la vuelta de la esquina, sustituido, probablemente, por unas gafas o unas lentes de contacto y la voz. Y, una vez desaparecido el aparato formalmente -el smartphone- nos quedaríamos con el sueño de Hawking hecho realidad: la mente dirigiendo el teclado virtual sin necesidad de mover un dedo. Estas fantasmagorías vienen caminando a pasos agigantados. Hablan de cinco o, a lo sumo, diez años para que desaparezca el teléfono móvil, que nos parecía un fetiche duradero -el invento del siglo XXI-, y ya nos anuncian un nuevo salto en el vacío, con la llegada de un mundo espectral de hologramas tomando café y conversando en lugares remotos sin moverte de tu casa o de tu oficina. Veremos en qué queda todo esto. Pero antes tenemos que decidir qué hacer con nuestro día a día, mientras todo está patas arriba -como decíamos- y, de pronto, es como si todos los calderos estuvieran al fuego. Desde que no vivimos en un mundo como Dios manda, sino en un pandemónium donde mandan las sombras -nunca tan cierta la idea de que todo parece estar a punto de estallar-, estos seres chiquititos y enormes que somos
-insignificantes por separado, pero ingentes y veloces en nuestra particular nave de internet recorriendo los ciberespacios a golpe de tuit como el hombre más poderoso ya se encarga de demostrar agazapado en las estancias de su casa blanca-, nos desayunamos cada día con la certeza de que no sabemos nada, a dónde vamos, que nos pasa y qué va a ser de nosotros y nuestras familias.

¿Ha estado la sociedad alguna vez tan desamparada y desprovista? Los que tenemos hijos saludamos el progreso y le tememos. Entre las reflexiones que Zuckerberg deslizó en Harvard esta semana sobre el hombre moderno, se preguntó qué falla en el modelo de sociedad que nos hemos dado para que alguien como él se haga multimillonario en diez años y a otros jóvenes con talento nadie les abra la puerta. Que debemos repensar la democracia y los métodos de igualdad de oportunidades es un hecho incuestionable; que esa democracia será cada vez más participativa y fértil, toda vez que la tecnología nos hará más autogobernables, resulta cada vez más cierto y deseable. Pero me pregunto si las comunidades que el rey de Facebook trata de fomentar para que la sociedad avance harán de un paisito insular un lugar más abierto y amable.

Nuestro mal endémico es la soledad que nos demoniza, porque no hemos acertado a gestionarla con espíritu solidario: estamos lejos y mal avenidos. Si el formato de sociedad que viene hace posible que un canario -mi hijo- se sienta en verdad ciudadano del mundo y no tenga que rendirle cuentas al tiranozuelo de turno que se adueñe de su tribu, sino que transite y viaje riéndose del mediocre gobernante ocasional, pues su destino y razón de ser está en su mente creativa y en el espacio que recorre con la técnica que le asiste, es posible que las generaciones venideras serán más felices y libres.

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