Canarias, con tres frentes en el exterior

Tres frentes polarizan el desasosiego de las Islas ante los desafíos del exterior. La deriva del contencioso del brexit, que ha encallado y permanece en un callejón sin salida, valga el oxímoron, preocupa en Canarias a estas horas en que cualquier desenlace es posible. La crisis del Reino Unido, el caos que el referéndum de junio de 2016 ha terminado por generar en una economía clave provoca el inevitable contagio en el seno de la UE, que no ha vivido un trance similar a este. A Canarias nos pone en un brete. Estamos a expensas de decisiones de cuya orientación desconocemos todo. Es tal el guirigay político inglés que de este laberinto caben solo soluciones traumáticas, salvo que se imponga in extremis la cordura y se repita la consulta, que ahora ganarían los europeístas, dado el descrédito de los euroescépticos tras las falacias con que excitaron las pasiones históricamente renuentes a la integración comunitaria.

Es nuestra maldición nelsoniana de amor y odio con una cultura que adoramos, pero que o bien nos embiste o bien nos abandona. En estos días de abril el reloj corre contra la desidia británica, y en efecto la agricultura de exportación, el turismo prevalente y la presencia de paisanos en un país en el limbo están en juego.

Venezuela es otro de los escenarios internacionales que nos indigesta en la actualidad. La confrontación y el precipicio en que ha caído su economía, arrastrando al hambre y la enfermedad a la población, tras lustros de chavismo en la picota, desencandena una alerta que se extiende por Europa y América, y que en particular hace mella en nuestra tierra, uncida al destino de Venezuela por lazos de sobra conocidos. La crisis política y humanitaria venezolana, a la que venimos prestando puntual atención en el DIARIO, nos tiene en estado de shock. Hay miles de paisanos sufriendo el infierno de la desolación de un país providencial para los canarios, que fue tierra de promisión de generaciones de emigrantes isleños. Canarias está conectada sentimental y humanamente a Venezuela y permanecemos en vilo, a la espera de una solución, que ponga fin a la agonía, a este punto muerto.

Y está el Sahel. Del que nada se dice en nuestra conversación cotidiana, pero quienes tienen fuentes de información respecto al conflicto político y social de esa región vecina de África hablan de una auténtica bomba demográfica. Nuestro futuro depende de factores externos como los descritos. Es un hecho consustanial a la condición de isleños; esa dependencia del exterior nos ha aportado momentos de bienestar y desazón, ambos resultantes se explican en relación con lo que sucede en territorios, más próximos o más lejanos, con los que guardamos alguna equidistancia. Somos un pueblo que ha desarrollado un ecosistema de influencias exteriores, obligado a vivir pendiente de acontecimientos internacionales que nos afectan de modo directo.

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Cuarenta años de que saliera el sol

Cuarenta años son algo -multipliquemos el bolero por dos-. Canarias ha pasado del atraso a las mieles del éxito en apartados de primer orden como la Astrofísica o el estrellato turístico, y, ya lanzados, se permite cierto paroxismo -y parodia- electoralista con la cantaleta de los barcos voladores que se ha sacado de la chistera este Gobierno para escarnio general. Con aquel sambenito de la jaula de destierro que tanto daño nos hizo, un día nos enfundamos el uniforme de las democracias occidentales y votamos. Hace 40 años, al mes del sufragio de diputados y Gobierno, fuimos a elegir los ayuntamientos y cabildos más contentos que un chiquillo con zapatos nuevos. Ahora ese alborozo ha caído en desuso, se vota con rutina y desaliento, temiendo que sirva para bien poco. Pero cuarenta años atrás, estaban todos los sentidos a flor de piel. Se palpaba, se olía, se paladeaba la Libertad, y era una gozada de manumisos salir de casa para ir al colegio electoral a ejercer el derecho de elegir a los gobernantes. ¡Con qué orgullo y empaque!

La democracia, sin embargo, ahora está manida. Como quiera que algunos partidos y dirigentes se echaron a perder como manzanas podridas, el efecto ha sido el previsto por el síndrome de Blancanieves, y el cesto se ha llenado de frutas putrefactas. La corrompida democracia está aquí, cuarenta años después, girando la cabeza para evitar la mirada de frente de ciudadanos escarmentados que dudan entre el voto avieso, la abstención o taparse la nariz. El resultado de esta travesía, de Suárez a Sánchez -la S, la sonrisa del destino decía Pablo Iglesias- es, por tanto, un estado de desánimo, que constituye en sí mismo otro síndrome: el del viajero perplejo que no ha ido a ninguna parte. Lo que más entusiasmo producía entonces era, precisamente, cierta aventura en un viaje prometedor de una dictadura a una democracia, con la esperanza de quien emprende el camino hacia un paraíso hipotético. En su búsqueda de la Ciudad Inmortal, Borges se tropezó con una tribu de trogloditas. Y en cierta manera hemos ido hacia atrás. Si no es una impresión engañosa, yo juraría que la generación de dirigentes tardofranquistas -cuando el régimen estaba penetrado de buenas cabezas de mente abierta, ya lejos de las miserias de la guerra civil- contaba con más gente culta y tolerante que estos líderes de vuelo corto, pretenciosos y malcriados. Aquellos se permitían redimir sus orígenes sumándose al aquelarre del progreso y hacían una apuesta de futuro. Hoy todo es presentismo de poca monta. Pero lejos de sucumbir a la nostalgia de los sueños rotos, sí conviene mantener vivo el espíritu que tanta motivación género en aquellos años imberbes.

Al calor de las primeras municipales, hubo hallazgos y las consiguientes decepciones. Como veníamos de una clase política anquilosada, recuerdo a algunos tecnócratas que se ofrecían de buena fe a los partidos, para echar una mano en lo que estaba por llegar. En los estertores del franquismo, aun bajo la clandestinidad, la democracia era un secreto a voces. Y concitaba un destello de voluntarios. Describo una escena: un día llegó un dúo de ingenieros y nos saludaron contando que venían de hablar con el PSOE y UCD y esperaban entrar en política a las primeras de cambio. Eran flacos, uno de mentón pronunciado y el otro de barba recortada. Hermoso y Adán Martín se hicieron con el Ayuntamiento de Santa Cruz en aquellas primeras elecciones municipales del 3 de abril de 1979, hace 40 años. Y mi buen amigo Gilberto Alemán, el réprobo retornado del exilio venezolano tras sufrir persecución por independentista, logró seis concejales y se hizo fuerte tras los muros del Parque Cultural Viera y Clavijo, sin duda su proyecto más mimado.

La UPC (Unión del Pueblo Canario) fue la semilla, el caldo de cultivo y el vivero de los votos y los vientos nacionalistas que Cubillo no podía regentar desde su basílica de Argel, y así se eligieron los primeros upeceros, que no solo arribaron a Santa Cruz en bandada, sino que gobernaron en Las Palmas de Gran Canaria -los dieciséis meses de Bermejo- y tuvieron diputado en Madrid -Sagaseta, puño en alto-. Eran los herederos del Viva Canarias Libre, de mediados de siglo, que había lanzado panfletos en el Insular durante un partido de la UD Las Palmas. Carlos Suárez, el Látigo Negro, abogado laboralista, tutelaba en la sombra a los cachorros demócratas que asaltaban el cielo en las dobles urnas de marzo y abril, antecedente de estas de abril y mayo, que son como la réplica y la dúplica de aquel debut. Suárez como Sánchez convocó elecciones generales un mes y municipales al siguiente, y por lo que se ve marcó tendencia. Años después, Hermoso, rotundo, refundó ATI y echó a rodar el insularismo como una bola de nieve ladera abajo, presintiendo que había terreno abonado para aquella osadía frente a los grandes partidos estatales. Y el golpe de intuición ha durado cuarenta años. El insularismo devenido nacionalismo, con sus más y sus menos incoherencias, acampó y gobernó hasta hoy. Esa es la verdad. En distintas versiones puede afirmarse que la idiosincrasia y la misma nomenclatura de lo que conocemos por Coalición Canaria, ya de un nacionalismo desleído -interprétese como se quiera- en algunas instituciones claves como el Ayuntamiento de Santa Cruz, lleva en el poder realmente cuarenta años, y más de treinta en el Gobierno de la comunidad -desde el primer pacto ipso facto de centro, derecha y nacionalista con Fernando Fernández en el 87- y otros tantos en el Cabildo tinerfeño, etc., etc. Claro que la distancia no se mide en este caso solo en años, sino en la catadura y categoría de los propios dirigentes y gobernantes, habida cuenta que aquellos que he nombrado tenían un don y estos lo que tienen es que dan, y en base al reparto reciben la cuota de poder con iteración. ¿A esto se reduce la historia de cuarenta años de democracia en las islas?, ¿a un toma y daca? Sería un triste epílogo para una de las propuestas políticas que se reveló tan sagaz, con una filosofía primaria de cuño propio que se arrogaba sacar a esta tierra del atraso y hasta se permitía ayudar a gobernar España, si cuarenta años después todo se resume en el declive de una burda política de trueque.

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40 años y dos veces en la misma piedra

Aquel físico palmero Guillermo Rodríguez pronosticaba terremotos y catástrofes varias. En su base teórica ponía el acento en los fenómenos cíclicos. Sostenía a pie juntillas que los grandes eventos geológicos se repetían cada equis años, obedeciendo a una lógica ilógica de cataclismos históricos en efemérides redondas. Incluso, mi buen amigo Guillermo Rodríguez -que era garafiano y simpático en sus vaticinios dramáticos- me llegaba a asegurar que era capaz de adivinar accidentes de aviación, tragedias descomunales y desastres de cualquier naturaleza. Porque Guillermo creía en las calimas esotéricas que inducían a reacciones humanas colectivas, como una suerte de psicosis que determinaba hechos desgraciados con la puntualidad de los ritmos circadianos del diablo y los infiernos. O algo así. Estoy hablando de memoria, recordando sus teoremas transgresores, su heterodoxia científica, su locura. Lo llamaban “loco”, pero se mantuvo en sus trece.

Gracias al garafiano, colijo que asistimos a la repetición de un ciclo electoral que parece diseñado por azares de otro mundo. Y en medio de la histriónica farándula política del momento, no está mal que frivolicemos con las casualidades de las urnas. Resulta que hace 40 años -se cumplen mañana- en España se celebraron las primeras elecciones municipales en democracia. Fue un 3 de abril de 1979. Y un mes antes, el 1 de marzo, tuvieron lugar los segundos comicios generales. Era el fragor, en el sentido caluroso y entrañable, de la Transición, en que despuntaba Adolfo Suárez como el Mesías de la libertad tras la dictadura de Franco. Cuarenta años después, hoy, vuelven a encadenarse elecciones generales y locales en dos meses consecutivos. Guillermo Rodríguez, que era contumaz en sus peregrinas convicciones, habría dicho hoy que los famosos ciclos explican que Sánchez remedara a Suárez e hiciera exactamente los mismo: convocar las elecciones generales y las locales en dos meses seguidos.

Tanto se confunden unas y otras, que en realidad pareciera que estamos en el temido superdomingo, pues este mes de abril ya se han abierto las compuertas de una doble campanada de un campaña doble, que representa una carambola: por primera vez en cuarenta años votaremos, como en el 79, al Congreso pensando en los ayuntamientos, y, como quiera que hoy tenemos autonomía -cosas que entonces aún no-, también lo haremos con el Parlamento in mente.

El superdomingo retardado se evidencia en la cascada de líderes nacionales que vendrán estos días a pescar en el caladero de las Islas. Uno de los efectos colaterales de esta avalancha de Sánchez, Casado, Rivera…, es que los partidos de ámbito insular, como Coalición Canaria y Nueva Canarias, compiten con desventaja. Las cadenas nacionales de televisión les penalizan con la vorágine de información que capitalizan esos líderes, que actúan como apisonadoras en los territorios de la periferia sobre siglas locales que se juegan la vida por un escaño. Ana Oramas y Pedro Quevedo compiten en esa liga. Dice SocioMétrica en la encuesta para EL ESPAÑOL-DIARIO DE AVISOS que Oramas tiene 0-1 escaño, o sea está y no está entre las previsiones del 28-A. y Quevedo, según sondeos que se filtran, está a un paso de estar en el Congreso. ¡Ay, Guillermo Rodríguez, qué falta nos haces para resolver este galimatías!

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El destino sin los dioses

Acuérdate de abril. Ha terminado el triste trimestre de un año paréntesis. El primer cuarto antes de la carambola electoral. Es la frontera, el fin. El Parlamento (canario) baja el telón de la última legislatura de una década en barbecho y emite señales de fin de época. Se cierra un ciclo de autonomía en un bajel y entramos en aguas nuevas, no menos procelosas, con aumento de tripulación a la espera de llegar a buen puerto.

No es un detalle menor que la Cámara gane diez escaños. Diez bocas más que alimentar con cargo al erario público y todas las probabilidades de naufragios y motines a bordo. La política en cualquier latitud se ha agriado y el horizonte no es algo que está lejos, está aquí mismo amenazando con enlodarlo todo a la vuelta de abril y mayo, la dupla electoral nunca vista, que asoma como un leviatán. Todo lo acaecido es historia y no podemos desligarnos de una sensación de mudanza y reacomodo, pues las nuevas piezas, los nuevos diputados y partidos traerán consigo una nueva lógica aritmética y política. Partidos otrora mayoritarios ahora deberán conformarse con menos presencia, porque los espacios se han fraccionado como nunca. Son las huestes de un pandemónium condenado a regirse por pactos inéditos, donde habrá parejas contra natura y hasta pentapartidos. Si en el pasado los gobiernos se conformaban por afinidades ideológicas, a partir de ahora -hablo de Canarias, de España y de lo que suceda en un entorno europeo demudado- se perderán los pudores. No es pudor, es poder. Por tanto, fin de un tiempo. Comienza otra función. Ya hoy mismo cambió la hora.

Hoy, dos millones y pico de isleños permanecen en vilo. Entre los augurios de desaceleración y la incertidumbre electoral. Un veterano político español me comentaba estos días con rubor que podrá pasar lo que sea una vez se cierren las urnas, pero, definitivamente, la política ya es una mentira. Y aceptarlo nos avejenta, pues solo creer en una justa democracia rejuvenece. Mucho tiempo atrás, cuando la forma de vida y de Gobierno que llamamos autonomía rompía la cáscara de huevo de los pleitos cainitas y el centralismo, nos las prometíamos felices. Este ya es otro cantar. España se enfanga en una suerte de dirigentes decepcionados, que perdieron los ideales y lo confiesan abrumados en voz baja. Pero en esta epidemia de heces, de valores fecales, de sueños rotos de una democracia enferma, no podemos ceder. Han brotado los excrementos del pasado. Son los mismos perros con distinto collar. Si el fascismo y los ismos nefandos que masacraron Europa en el siglo pasado ahora irrumpen con fuerza y ya hunden sus raíces en España, conviene parar el reloj y hacer la catarsis cuanto antes. No se deja que un barco se hunda sin hacer nada al respecto cuando se está a bordo. Y eso es lo que hace falta. Hay que hacer algo.

Tengo las nostalgias de los grandes faros de mi juventud, cuando se era rojo o no se era joven, entre un dictador vetusto y la euforia de los pensadores, y leíamos a Marcuse, a Althusser…; ahora los pibes deberían leer a Chomsky, que tiene 90 años y es el último mohicano de esa añoranza anticapitalista, pero no lo hacen ni lo conocen. Tampoco está el horno para bollos, pues siendo verdad que avanzan en tropel los populismos, lo que se dicen voces críticas, intelectuales comprometidos y guías para llevar la contraria a la decadencia no se prodigan en este momento. Y ha sido la voz de un filósofo liberal la que ha dado un paso al frente para contrarrestar el deceso irremediable de Europa como destino y unidad. La impronta de Bernard-Henry Lévy, controvertido y mediático escritor y periodista de guerra en los años 70 (un discípulo de Derrida y Althusser), es honrosa. La travesía teatral con su monólogo Looking for Europe (Buscando a Europa) es la de alguien que agita a sus coetáneos a reaccionar frente al caos de todos los sueños: el final de Europa y de la libertad, dado el auge del euroescepticismo, que copará el 30 por ciento de la Eurocámara tras el 26-M, y la proliferación de opciones políticas de extrema derecha. Corresponde a gente de bien hacer algo, en todos los rincones del falansterio europeo para salvar del ocaso lo que tanto costó levantar de los escombros de guerras e incivismos. Como esa niña sueca que se fuga los viernes de clase para protestar a las puertas del Parlamento (el Riksdag) contra el calentamiento global, con un cartel que ha sido una espoleta: Skolstrejk för klimatet (huelga escolar por el clima). Nunca antes las mentes más lúcidas-intelectuales, pensadores, líderes, filósofos, escritores, artistas, activistas..- consentían como ahora que se desmoronaran los ideales como una fatalidad. Lo que yo recuerdo que me daba respaldo y conciencia en aquella pulsión que nos movilizaba en unos sitios contra las dictaduras -como España y América- y en otros contra cualesquiera abusos o discriminaciones, era eso: las referencias, las lecturas de los grandes teóricos, la teología de una revolución que tenía padres y sentido. Recurríamos y secundábamos a líderes universales, de Estados Unidos a Asia, y devorábamos las obras de los filósofos y exégetas de aquella movilización colectiva. Como unos enanos utópicos nos imáginábamos militando en una causa mundial: la libertad, la igualdad y, finalmente, la democracia. Nos conmovía la sensación de estar labrando un futuro entre todos. Así debe sentirse la pequeña ecologista nórdica con asperger, Greta Thumberg, con 16 años, que sacó a la calle a millones de escolares semanas atrás, y BHL, con 70 años, que ha desenterrado el hacha irredenta, en nombre de Europa, en tiempos pasivos. Estamos desarmados ideológicamente ante las nuevas elecciones que afrontamos de modo inminente.

Ser isleño es una dicha. Una oportunidad y un palco en el teatro de los acontecimientos. Como fareros, ponemos el foco en los problemas del mundo. La isla es la morada de los dioses. No han llegado aún los líderes, los nuevos dioses, que pedía Flaubert (“Hubo un momento único en que el hombre estuvo solo”). Serán unas elecciones burdas, las de peor calidad democrática en decenios, las del estigma mendaz, pues -me decía el veterano exdirigente- la política ahora es una gran falacia. Fareros en la isla, pero en medio de un apagón. Como Venezuela…. ¡Qué tragedia! Como los ciegos de Saramago. Acuérdate de abril, recuerda la limpia palidez de sus mañanas, no sea que el invierno vuelva y el frío te desgarre el alma. La eterna canción de Amaury Pérez.

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Cebrián, Aznar y otro cantar

Cebrián y Aznar protagonizaron en tiempos turbulentos de Prisa y el PP a la greña cierto incidente histórico que estuvo a punto de costar la cárcel al periodista y al editor Jesús Polanco. Ahora, las circunstancias -el caprichoso azar- ha traído a la portada de DIARIO DE AVISOS a Juan Luis Cebrián y a José María Aznar, por separado, y ambos han expresado opiniones que han dado la vuelta a España, en mitad de la carajera preelectoral. Las reflexiones del periodista y del político establecen las coordenadas del desafío en las urnas que está a punto de producirse -dentro de un mes-. Cebrián sostiene -así titulamos en Primera- que conviene a España un acuerdo del PSOE y Ciudadanos (Cs), al que denomina como “derecha moderada”. Aznar, en cambio, prorrumpe en un grito de auxilio: “Temo por el futuro de España”. El expresidente del Gobierno y del PP barrunta que si Sánchez reedita el pacto con los separatistas, se rompe el régimen constitucional, y se acabó lo que se daba. De manera que en una misma semana hemos puesto el foco en dos faros de opinión que han puesto a pensar al resto de los españoles, y a los líderes de los grandes partidos envueltos en la nube de los lazos amarillos y las pistolas de Abascal. Quizá porque en Canarias el tempo es sugerente y calmo como un sinuoso manto de mar, Cebrián expresó una idea conciliadora y sensata de centrismo entre felipista y suarista, que son las madres nutricias de toda una concepción democrática, ahora mismo ante su mayor prueba de fuego, necesitada de voces convincentes que espanten los demonios y los fantasmas en vías de exhumación.

El prudente Ábalos -el ministro y secretario socialista de Organización- abrazó, de inmediato, el pacto del PSOE y Cs, de Sánchez y Rivera, en una entrevista en EL ESPAÑOL, que parecía coger el guante de Cebrián en la portada de nuestro DIARIO. La portavoz parlamentaria del PSOE, Adriana Lastra, y la expresidenta andaluza Susana Díaz realimentaban ayer el mismo mantra en sus intervenciones públicas. Por ahí parece que va a ir la cosa, si las encuestas no mienten y gana el PSOE y necesita a Cs para no caer en la hoguera del procés.

Como quiera que Aznar inyecta sangre a la idea de un pacto a la derecha, incluso a la ultraderecha con tal de que el socialista no se vea tentado de repetir el trampantojo del diálogo fruto de la censura a Rajoy, habrá que pensar que las urnas van a decidir si España se gobierna a la italiana o a la española, que es como siempre fue después de la Transición, con partidos moderados de izquierda y derecha, hasta que Sánchez experimentó un triple salto mortal que lo ha dejado flotando en el aire, a la espera del escrutinio del 28-A. ¿Será Rivera el colchón providencial que salve al PSOE de una amarga victoria, como diría Alfonso Guerra? Casado (PP) ya sabe, en clave Aznar, que no puede fiarse de Cs, salvo que las tres derechas sumen para gobernar.

¿Y en Canarias? ¿Quién hará de centro ante un muy probable triunfo holgado del PSOE, a tenor del arrastre de las encuestas nacionales -todas- en esa dirección? ¿Qué piensa hacer, en su caso, Torres? ¿Pactar con CC, como antaño, reavivando las cenizas de la censura de Hermoso a Saavedra, o buscarse cobijo en Cs y otros curbelos de viaje? Canarias es un caso aparte, pues si la izquierda suma, entonces, ese será otro cantar.

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Cebrián

Cuarenta años de democracia. Cuarenta años de país y de El País. Se dice pronto. Juan Luis Cebrián es un periodista convertido en icono de la Transición. Todo discurrió sorprendentemente. El miércoles, en el Foro Premium de DIARIO DE AVISOS,el propio Cebrián revivía los orígenes del acontecimiento y contó que el periódico comenzó a ser rentable a las pocas semanas de salir a la calle. Había hambre de un diario así, cuando urgía engendrar la democracia como fuera. Nos tocó celebrar, dar la bienvenida al parto de un periódico nacido para describir y, en ocasiones, apuntalar el cambio político español como una revelación. Se da la circunstancia de que nuestro más que centenario DIARIO DE AVISOS llegó a concertar con Prisa, editora de El País, la edición conjunta de los dos periódicos en 1976, tras mudarnos de La Palma a Tenerife, y el matrimonio no se consumó por poco, pero los lazos permanecieron indemnes. “Yo lo que quiero es ser director de DIARIO DE AVISOS y vivir en La Palma”, le decía a Cebrián su maestro, el periodista Jesús de la Serna, a quien estreché la mano reverencialmente cuando era defensor del lector de El País. Cebrián, que es académico de la lengua, sabe apreciar la importancia que tiene ser uno de los diarios más antiguos en español de España y el mundo. El País viene de brindar por el 40º aniversario y nuestro DIARIO se dispone a conmemorar, en 2020, la friolera de 130 años pasando de mano en mano de generaciones de canarios.

Hemos refrescado, junto a Cebrián, en calidad de anfitriones, la historia y la memoria de un cuarto de hora en mitad de dos siglos. Todo ha sido trepidante, pero a España no la reconoce ni la madre que la parió, y no hace falta mencionar al autor de esta cita. En vísperas de la refriega electoral, el periodista alerta: asistimos a un crisis mundial de la democracia. Y no serán los líderes -de que carecemos-, sino la fortaleza de las instituciones, lo que nos ampare.

Inevitablemente, la mirada del director fundador de la cabecera talismán en 1976 se posa ahora sobre la doble cita críptica con las urnas y ya titulamos la primera del jueves con su idea concéntrica: “Convendría a España un Gobierno del PSOE y Ciudadanos”, al que llamó “la derecha moderada”. Un pacto de puentes rotos. Otra cosa es que Sánchez y Rivera tengan para entonces la misma idea en la cabeza, pues ahora la tienen caliente; lo razonable es que sea la aritmética postelectoral la que dicte los abrazos pertinentes. Cebrián viene de reportar otra España, la de Felipe González y las extremidades del Gal. Una España todavía rancia que se resarcía de cuarenta años de dictadura y se encontraba, al fin, en brazos de Europa como una democracia doncella, que también ahora es otra Europa como España no es la misma, sin ETA pero con el cisma del cataclismo catalán. Y lo que procede, a su juicio, es decirles la verdad:”No van a ser independientes”. Pero ni las urnas nos sacarán de este galimatías con el lazo amarillo al cuello, por los menos, según Cebrián, durante quince o veinte años más.

El Foro Premium del DIARIO asistió, de la mano del escribano ilustre del proceso transitorio de aquellos felices años setenta, a una especie de reencuentro con el milagro español. Fue la gesta de la generación de Cebrián, la de Suárez y el rey y El País. Con la desmemoria que estrecha tanto los cauces de la lucidez intelectual de los profetas de hoy, ningún ejercicio más necesario a estas alturas -sobre el abismo de unas elecciones antes de saltar con paracaídas o tirarse de cabeza- que revisar lo acontecido desde el año uno en que salieron a la calle El País en Miguel Yuste, en Madrid, y el DIARIO DE AVISOS en la calle Santa Rosalía de Santa Cruz de Tenerife tras una pechada de 86 años consecutivos en la Isla Bonita donde quería vivir Jesús de la Serna. La historia de lo que somos está en estas dos manchetas como en un correlato, que fluyera en paralelo, en el centro y la periferia, hasta que los dos periódicos se la jugaron con sendos editoriales en defensa de la democracia y la Constitución el día que Tejero intentó abortar la peripecia de los años libres con un intento de golpe de estado de pacotilla. Ahora nos asaltan otros enemigos con otras armas, como el sigiloso Steve Bannon, exégeta y mentor de Trump. Vox es la exhumación de Franco, el franquismo sociológico, dijo Cebrián, hijo del director de Arriba.

Con todo, El País se registra en el censo de los diarios que superaron el golpe fallido y la tramontana de la crisis, y nuestro ancestral diario suma a esos roles dos guerras mundiales y la independencia de Cuba. Sale el tema de Fidel en la conversación , porque Cebrián entrevistó al Comandante -y cita a Tad Szulc, el biógrafo que me aficionó al personaje como un periodista poseso hasta que lo conocí y, a su vez, entrevisté- y aquel diálogo fue muy controvertido en 1985 (América Latina está en una situación explosiva) porque contrarió al padre de una revolución mitificada por toda la izquierda española. No empaña aquel contratiempo su ranking de mejores entrevistados: Fidel Castro y Margaret Thatcher. Y el estadista español de finales de siglo fue Felipe González, para quien mejor ha conocido a dios en el poder y después de bajar a la tierra.

¿Tanto ha cambiado, entonces, el mundo, Europa, España, incluso Canarias? Cuando Cebrián vino por primera vez a la Isla lo llevaron a Taganana, que es el pueblo-barrio de Santa Cruz de mi infancia. Y esta semana me contó que le mostraron el bucólico edén de Anaga como paradigma del atraso de la Isla. Todos estos mundos locales y universales han cambiado para mejor, no sufren la rémora y precariedad de antaño. O sea hemos dado un salto digital, que es la hazaña de este siglo que Cebrián vislumbró en los 90 cuando escribió La red. Pero, con todo, padecemos la esclerosis de una sociedad que cuesta más trabajo adivinar por donde va. García Márquez, buen amigo de Cebrián, decía de los desencuentros familiares que la única receta válida era no quedarse anclado en los problemas, sino seguir adelante con ellos a rastras hasta deshacernos de su nociva compañía como de un lastre.

Pronto leeremos la segunda entrega de sus memorias. Y de las nuestras.

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Brotes verdes sobre el césped

Este va a ser, está siendo, un año para optimistas. La patología económica es sumirse en la depresión. 2019, fin de ejercicio, final de una década que estuvo dominada por el canguelo de la tristemente famosa recesión de 2007, que duró diez años. Y cuando ahora ya nombrábamos los primeros brotes verdes, con el consumo privado y la caída del precio del barril de petróleo, resulta que los augures -antes era el oráculo, ahora son las agencias de raiting y los analistas de bancos y patronal- copan las páginas salmón y no tan salmón con la profecía autocumplida de una nueva crisis. ¿Por qué digo profecía autocumplida? Porque en economía los pronósticos no son nunca inocentes desde que descubrimos que ciertos patriarcas del sistema habían decidido estallar la burbuja antes de abrir una nueva etapa a su conveniencia. Las crisis se han vuelto más conspiranoicas que nunca. Y nosotros. De manera que esta que nos endosan ahora como una secuela de la anterior es más de lo mismo. Pero nada podemos hacer contra los designios de los amos del mundo los enanos mortales que dependemos del pie con el que se levante Mr. X en Manhattan o en Pekín. Optimismo, por tanto, es la receta para afrontar el rigor mortis de los vaticinios de la nueva crisis, que ya está aquí, como decía Leopoldo Abadía en el último Foro Premium de DIARIO DE AVISOS.

Aseguraban la patronal -la CEOE de Tenerife- y otras fuentes bien informadas que Canarias no tendrá ni un solo dato positivo para salvar el año con buena nota. Que vamos a ir mal, regular o peor en turismo, consumo, matriculaciones, comercio, brexit, Europa y urnas. No hay sino que repasar la crónica de aproximación que firmó ayer en este periódico María Fresno -creceremos escasamente el 1,2% y por primera vez en diez años el turismo se comporta peor que el resto de la economía- para tomar conciencia del bulo o la incómoda verdad de la desaceleración de 2019. Italia y Alemania están de capa caída y nos salpican. Como para gustos se hicieron los colores, los economistas del BBVA Research le dieron ayer al presidente Clavijo la buena noticia preelectoral en tiempos de zozobra. Prevén un crecimiento de las islas este año del 2,4% y del 1,8 en 2020, sin negar la ralentización de la economía general. Es verdad -dice el banco- que el brexit boicotea ese optimismo; que la guerra comercial EE.UU.-China no es un invento; que la desaceleración viene a galope; que hay un estancamiento de la inversión; que el sector turístico canario se ralentiza a tenor del bache que atraviesan las economías emisoras y el repunte de las turquías y los egiptos; que la “incertidumbre” política es de cajón y bla, bla, bla. Pero se agradece el voto de confianza en vísperas de elecciones.

Es cierto que las encuestas cocinadas del CIS de Tezanos crean tendencia y en el resto de sondeos el PSOE da bien, como en una profecía autocumplida, que decíamos. Si la política, y más la economía, es un estado de ánimo, ayudan estas predicciones felices. Sánchez va lanzado en las encuestas gracias a Tezanos y a Vox -uno crea el paraíso y el otro abre una zanja que deja al PSOE en el centro y al resto en la derecha-. Pues que Canarias se lo crea, como en el fútbol, y salga a ganar, oiga.

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El canario transversal

Cuando Juan Hidalgo murió en Ayacata el año pasado con 90 años, Martín Chirino tenía 93 y atendió mi llamada para recordar la figura del artista transgresor que había militado en la música contemporánea a bordo de Zaj, su grupo de los 60, con Barce y Marchetti, y se había ido tras recibir una ráfaga de premios de última hora que le llegaron a causar hastío en su pueblo de Gran Canaria. Yo guardaba anécdotas personales de Hidalgo, los penes gigantes en una de sus fotografías más corrosivas, los conciertos experimentales contra toda idea convencional de audición y su leyenda, su malditismo entre las vanguardias mas severas de este país. Entonces, telefoneé, como digo, a mi admirado Martín Chirino, receptivo y cordial, que era tan benevolente que nunca te frustraba la crónica. Quería que me hablara de un coetáneo recién fallecido, Premio Nacional de las Artes Plásticas como él, pero lo que me retraía era la edad de Chirino,en tiempo de descuento.

Como recordaré aquí, hubo tres conversaciones últimas en las que me conmovió su entusiasmo solitario, o, dicho de otra manera, su optimismo de hierro. Chirino no era mentalmente un hombre nonagenario y la voz nunca le traicionó al teléfono; así que se soltó a revisar la obra y vida de Hidalgo, con su iconoclastia. “Tenía su sitio”, me dijo. Ahora que Martín Chirino ha seguido los pasos de Juan Hidalgo, apenas un año después, recapitulo aquella conversación. Y otra posterior, a propósito de su defensa del arte en el Valle de los Caídos, donde había realizado los frisos del desembarco de los legionarios en Almería. “Que no estropeen lo que hicimos en unos años difíciles”, demandaba sin esconderse en plena euforia de exhumación de los restos de Franco.

El escultor que acaba de fallecer era un tipo inigualable, extraordinario. Un canario transversal. Tenía a Tenerife en la punta de la lengua, no como un canarión hablando con cortesía, sino como un chicharrero. La llamaba la “isla referente, mi isla querida”. Le traía los mejores recuerdos de la generación de Gaceta de Arte, de Westerdahl y Minik -aquellos dioses que conocí en la adolescencia y me parece mentira-, pero también de los artistas y amigos posteriores. Tenía una capacidad inagotable de hacer amigos acólitos para siempre. Yo me considero un martinómano. Nadie te elevaba tan alto para hablar de las cosas terrenales sin decir majaderías. Era una de las cimas de las artes de Europa, de España y de Canarias. La escultura se escribía en España con el dígrafo Ch y se decía que estaban Chirino y Chillida, solo ellos dos. Era un canario de muchos quilates. ¿Nos lo merecíamos? Esta pregunta nos la hicimos en DIARIO DE AVISOS hace justo un año; luego contaré la respuesta que nos dimos. Quizá Chirino fue el primero y único de los canarios que había perdido la vergüenza respecto a África desde que surcó su costa occidental en los barcos tutelados por su padre, jefe de talleres en el Puerto de La Luz, que le amistó para siempre con el metal de los astilleros. Porque hubo un tiempo que ahora resulta sonrojante en que Canarias daba adrede la espalda a África. Si alguien preguntaba por qué se cambiaba de tema con la renuencia antimestiza de medio pelo. El 5 de septiembre de 1976 Chirino firmó con otros artistas e intelectuales el airado Manifiesto de El Hierro, donde decían que “la pintadera y la grafía canarias son símbolos representativos de nuestra identidad” y “Canarias está a cien kilómetros de África”. Por entonces, Europa no tenía la ascendencia de hoy, donde han remitido aquellos sentimientos indigenistas, y en las promociones turísticas se eludía lo contiguo africano.

En los 70, tras presentar el Nuevo Cauce de Taburiente en una discoteca de Madrid, aquel canario célebre de los aeróvoros, afrocanes y espirales nos invitó a seguir la velada en su casa. Oírle sin rencor ni pleito le situaba en la ingravidez, por encima del bien y del mal; hablaba de Tenerife como mi abuelo el grancanario, cacique de Teguise, que se pasó media vida en el chicharro sin nostalgia del terruño natal. Chirino decía que Tenerife le reconfortaba. Nos dejó espirales en las calles y plazas, en la estrechura de Teobaldo Power en el Parlamento, en la Plaza Europa y junto a la Rambla, en el COAC. En la terraza de CajaCanarias, frente al Parque Bulevar, colocó una cabeza africana de grandes dimensiones. Grabamos horas y horas hablando de esto y lo otro. Como Juan Hidalgo, Chirino se había ganado “su sitio”, incluso en Estados Unidos, adonde viajaba con frecuencia gracias a David Rockefeller. “Se me abrieron todas las puertas”, me dijo recordando la tarjeta de recomendación del multimillonario dinástico de la primera potencia del mundo. Tenía la grandeza de la sencillez. “Menos es más”, decía, añadiendo: “Para mí la espiral es Canarias”. Y, como remate: “Yo solo soy un herrero”, orgulloso del dominio de la forja y la soldadura autógena.

La última llamada fue para darle la noticia del Premio Taburiente de DIARIO DE AVISOS. Era nuestra respuesta sobre lo que significaba Chirino para nosotros. El periódico más antiguo distinguía al gran escultor de Canarias -en cierta forma, esculpió también nuestra identidad-, ya en la frontera del centenario. Me dijo lo feliz que se sentía con la noticia. Habló del DIARIO, de la longevidad de ambos, de las raíces, de la historia, del arte, de las alas de las islas cuando se despliegan, de lo cercano y lo remoto en su ancha existencia. Le dije que el periódico le tenía en gran estima porque encarnaba los valores del canario de la rosa de los vientos, que era nuestro héroe en el mundo de las artes plásticas y un símbolo para las generaciones futuras, pues su nombre levanta la moral en una tierra apocada; la suya había sido toda una proeza…. Cuando le pregunté qué hacía, dónde estaba, me dijo, “estoy en un hospital. Luego supimos que ya entonces Chirino se estaba muriendo, pero su fortaleza de ánimo (con la misma que el 1 de marzo pidió que llenaran la casa de flores y celebró una fiesta de despedida, no sin antes terminar -enamorado de Mahler- su última pieza, un violonchelo de hierro) era tal, que lo dijo quitándole importancia. Bienvenida la pasión de Chirino, que se acaba de ir a dar una vuelta.

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La última espiral de Chirino

La muerte de Chirino nos sobrecoge en mitad de las tormentas cotidianas, que son más políticas que culturales, más prosaicas que artísticas, y menos dignas que la monumental necrológica de uno de los más geniales creadores canarios de obras inmortales de las artes universales de todos los tiempos. Chirino. Martin, sin acento, como le gustaba que le llamaran acólitos y feligreses. Una vez le nombré de ese modo, casi sin darme cuenta, y me dijo: “Ves, así me llaman los amigos”. Martin Chirino nació en Las Palmas y era un canario transversal. Le encantaba Tenerife, estaba enamorado de la Isla, y cuando le mutilaron
-por una negligencia burocrática- su escultura El sueño de los continentes, rebajó la tensión de sus fans, evitó hacer del desaguisado un casus belli, y solo pidió que una vez restaurada fuera instalada íntegramente

-sin aquel espantoso muñón- en la plaza de Europa, que era su casa, su lugar. Chirino tenía en alta estima su Lady Tenerife en otra plaza, la del Colegio de Arquitectos santacrucera, la espiral roja recostada y femenina de la célebre Exposición de Escultura en la Calle. Sus ladies eran homenajes inspirados en los poemas agónicos de Sylvia Plath, la poeta casada turbulentamente con el poeta Ted Hughes, a la que el canario conoció en Yale en las postrimerías de su vida. Sería fácil e insuficiente a la vez hablar de Chirino sin límite de espacio. Porque en él estaban todas las bifurcaciones de este laberinto que define al canario como un ser detenido en la pausa del tiempo que es la isla, de la que nunca se sale, como decía Beckett. Era una delicia conversar con el hombre de hierro que se abrió paso en la vida como un navegante nacido en una playa -Las Canteras- hace 94 años este mismo mes, undécimo de doce hermanos, cuyo padre lo llevaba a los talleres de los astilleros del Puerto de la Luz, sin adivinar que el niño se iba a mimetizar con los metales para siempre. Chirino fue coetáneo de los otros argonautas que en la dictadura zarparon hacia Madrid huyendo del mundo asfixiante de Canarias, con los Manolos, Millares y Padorno, y con Elvireta Escobio. Enseguida tuvo la estrella que lo guio por donde quiera que iba. Fundó El Paso con la vanguardia española de mediados de siglo y pronto tuvo que volar con alas propias a Estados Unidos, donde pudo quedarse para siempre, porque Chirino se americanizó como si el arte lo llevara al arte y a ninguna otra parte. Siempre vuelven los canarios, pero él no perdió la costumbre de viajar. Aquella vez que Rockefeller le dio una tarjeta de visita para que le buscara en Nueva York se le abrieron las puertas del mundo. Le pregunté: Martin, ¿cómo conquistaste al gran mecenas yanqui? Y me dio una respuesta muy canaria: “Me encargaron del Gobierno que atendiera a aquel millonario americano porque yo era de los pocos que hablaban inglés. Lo recibí en casa y a él y a su mujer les preparé unos huevos fritos. Y eso nos hizo amigos para siempre”. Pero no quiero que me quede por decir una cosa, la más importante de este hombre de elegantes maneras y manos generosas curtidas en la fragua. Era inmensamente sencillo. Lo llamamos para darle el Premio Taburiente de DIARIO DE AVISOS y nos ocultó que, en realidad, hacía un tiempo que se estaba muriendo. Dijo gracias sin precisar desde dónde hablaba, en una de sus constantes estancias en un hospital. Martin, adiós, querido amigo, al fin en la cresta del viento de tu última espiral.

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Las bombas de los trenes y las urnas

Hace quince años, cuando despuntaba el día y estallaron las bombas de los trenes de Madrid, estábamos a las puertas de unas elecciones generales que, según todos los pronósticos, iban a prorrogar la hegemonía del PP, tras ocho años de aznarismo rampante fraguado con la sémola de Bush, el hachazo del 11-S y la infausta guerra de Irak. Nunca España estuvo tan alto en el escalafón de la influencia internacional y tan al borde del abismo. No éramos ajenos aquel 11 de marzo de 2004 al mapa de las represalias de los yihadistas por haber participado, con uñas y dientes, en la respuesta de Estados Unidos como cooperantes necesarios junto a Tony Blair y el primer ministro de Portugal Durao Barroso. O sea, la famosa foto de las Azores, toda aquella estridente escenificación. La crisis desatada había desembocado en la invasión de los dominios de Sadam Husein, el 20 de marzo de 2003, cuando aquella mañana del 11 de marzo de 2004,hace quince años -se cumplen este lunes-, España se despertó con los sentimientos encontrados.

Ahora que venimos de las masivas movilizaciones del 8-M con una mezcla de rabia y algarabia, reparamos en que por entonces en España estaban recientes las imágenes de la que fue considerada como la primera gran movilización global de la historia contra un conflicto. En aquellas circunstancias nadie se mostraba desinteresado en lo que pasaba y el ambiente se iba caldeando de manera frenética. Creo que pocas veces hubo tal grado de conciencia en un asunto de política internacional (no esta indiferencia ante el brexit o la ola de sucedáneos de Trump). Los canarios, predispuestos y casi predestinados a salir en defensa del medio ambiente, no dudaron en ponerse el mono de calle cuando se formó una ola de protesta que fue definida como una potencia mundial de la opinión pública frente a la otra potencia, Estados Unidos. Irak era casi un asunto doméstico en Canarias, donde gobernaba Adán Martín en los tiempos felices en que no se sospechaba el diluvio del terror y la crisis ni la vida giraba en torno a las falaces redes sociales. Discutíamos en los bares y en los medios de comunicación sobre las célebres armas de destrucción masiva del dictador iraquí y Europa tenía dos miradas antagónicas sobre la polémica. Fue tal el impacto del 11-S televisado que adquirimos brutalmente un nuevo sentido para encajar las emociones más duras, aquellas y las que estaban por llegar.

Ni Alemania ni Francia ni otros muchos estados se tragaron el anzuelo de Bush y su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld sobre el supuesto arsenal químico del sátrapa de Bagdad. “Hay certezas conocidas y certezas desconocidas. Luego hay cosas que no sabemos que no sabemos y cosas que no sabemos que sabemos. Es decir, cosas que creías que sabías, pero que luego resultó que no podías saber”, fue la respuesta laberíntica de quien mandaba en el Pentágono y decía fiarse de su imaginación en la oscuridad de los desatinos de las informaciones secretas cuando el periodista Errol Morris (autor del documental Certezas desconocidas) le preguntó en 2002 qué pruebas tenía de las armas de Husein. La arrogancia y tiranía de este lo convertía en un chivo expiatorio perfecto para saciar la sed de venganza de los americanos, heridos en su amor propio por los ataques de Bin Laden a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Las armas destructivas en un cuento, un fake. Esa fue la historia que marcó nuestras vidas con el arranque de este siglo -aún no somos conscientes plenamente de ello- y que ahora, en vísperas del aniversario de las bombas que mataron a 193 personas en los trenes de Madrid, nos retrata y retrotrae a los pasajes más siniestros de nuestra memoria colectiva de país, antes de caer en esta hondonada del problema catalán. Venimos de allí. Fue el segundo mayor atentado de Europa y el más sangriento de España, que traía en el maletero los años de los daños irreparables de Eta. Este era un pueblo curtido en movilizaciones contra el terrorismo, y entonces se echó a la calle contra una guerra disfrazada de antiterrorista.

Nadie ignoraba que los Bush tenían cuentas pendientes con Sadam desde la guerra del Golfo (la madre de todas las batallas), que fue una victoria incompleta, pues Husein siguió con vida. Era vox populi que los Estados Unidos -cuyo botín era el petróleo iraquí- contaban con dictadores acólitos en las áreas de influencia, y uno de ellos era Sadam, que, como decía de Pinochet un expresidente norteamericano, “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Sadam era un buen recurso para desviar la atención; Clinton lo bombardeaba cuando le llovían críticas por su romance con la becaria Monica Lewinsky. Por eso, cuando los alumnos del canario Iván Chirivella -instructor de aviación en Florida- secuestraron los aviones que empotraron contra las Torres Gemelas, Bush hijo tiró de manual y sedujo al presidente español con dádivas de aliado preferencial, pusieron los pies sobre la mesa en aquella otra imagen displicente de la crisis y se repitió la historia: como en febrero de 1898, cuando la explosión y hundimiento del acorazado norteamericano Maine en el puerto de La Habana dejó un reguero de muertos y una coartada perfecta para que Estados Unidos acusara a España y le declarara la guerra en mitad de la insurrección independentista. Al Qaeda era una añagaza tan útil como el navío dinamitado en La Habana. Pero no coló, como tampoco la pretensión de Aznar de atribuir, hace quince años, el 11-M a Eta cuando ya era más que evidentes las huellas del yihadismo en el escenario del crimen. Se jugaba la elección de Rajoy, que perdió en favor de Zapatero.

En aquellos días salí al escenario del Auditorio para presentar a Cesaria Évora, y la tensión se podía cortar con un cuchillo. La morna de la cantante caboverdiana, un trasunto de blues y lamento angoleño, expresa la saudade de un pueblo condenado a emigrar queriendo quedarse en su tierra. Nunca me sentí mas incómodo delante del público, bajo una nube de miedo por el nuevo rostro de terror y crispación entre dos polos opuestos de la política en España. Entonces el odio de los partidos apenas se cebaba en dos con opciones de poder. Ahora el odio político se multiplica por diez. Aquellas bombas son historia. Estas, no.

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