La guerra del petróleo en Canarias : una investigación hispano-iraní

La llamada guerra del petróleo, que no fue tal, enfrentó a dos bandos, que no tenían en realidad tamaña consideración, y tuvo víctimas y victimarios, eso sí, como en toda contienda. Pero la sangre, o sea el petróleo, no llegó nunca al río. Repsol, en una capitulación inesperada, anunció en enero de 2015, lacónicamente, que abandonaba el campo de batalla y se retiraba a sus cuarteles de invierno. A los yacimientos de Alaska o sitios por el estilo (en realidad, enviaron a Angola a su famoso Rowan Renaissance, antes del gran hallazgo en la mina yanqui). No corrían tiempos de bonanza, pues estamos hablando de los años terminales de la crisis (la gran manifestación de las ocho islas, Canarias, una sola voz, fue en junio de 2014), y existe la impresión de que en la multinacional española pesaron razones económicas, como luego contaré, que aconsejaban tener la fiesta en paz.

¿Quién ganó aquella guerra: el Gobierno de Paulino Rivero (Coalición Canaria) o el Gobierno de Brufau (Repsol) en vísperas electorales? Esta pregunta me la formularon ayer dos estudiantes, iraní y española, que realizan una investigación sobre el modus operandi de las multinacionales cuando acuden a cualquier territorio a explotar sus recursos mineros. Canarias
-según todas sus pesquisas- constituye una excepción, pues aquí la multinacional levantó vuelo sin consumar sus propósitos (apenas encontró trazas de gas sin valor, alegó con escasa convicción). Antonio Brufau, el todopoderoso jeque de la petrolera española, había jugado a político en la crisis energética canaria, cuando el verdadero político de Repsol es su CEO, Josu Jon Imaz, antiguo líder emergente del PNV que iba camino de lendakari y cambió el combustible del nacionalismo por el combustile fósil.

Brufau y Paulino Rivero eran dos gallos de pelea, y ninguno de los dos daba el brazo a torcer. Pero Brufau tenía todas las de perder, porque -como expliqué a Roya Derakhshan y Beatriz Fernández Martínez- vino a librar aquel pulso a una tierra que siente un gran aprecio por su naturaleza y cuenta entre sus mayores referentes al mejor portavoz de esa conciencia colectiva: César Manrique. Para más inri, el foco de la intifada del petróleo era la dupla insular de Lanzarote y Fuerteventura, lo que venía a significar una provocación contra la memoria del ecologista que mejor interpretó las bondades de la tierra, el mar y el cielo de estas islas. Brufau llamó, el año pasado, “tercermundistas” a los canarios por no haberle facilitado la labor cuando irrumpió con armas y bagajes -y campañas publicitarias y dádivas para ganar las voluntades de la jerarquía local- en unas islas turísticas, que se revolvieron en la calle por temor a una marea negra.

Las alumnas, que ultiman sus estudios de Ingeniería Química y Project Management en Madrid y Milán, quisieron saber todas las claves de aquella confrontación. Hay dos, a mi juicio, que resultaron determinantes en el desenlace que tuvieron los acontecimientos. Antes de enumerarlas, creo conveniente recordar que el presidente canario no contaba con el respaldo de toda la cúpula de su organización, y que justamente en el curso de ese fuego amigo se curtió la alternacia que lo apartó de la siguiente carrera electoral. Pero Repsol se marchó de las Islas sin su petróleo por el derrumbe del precio del barril de crudo Brent (que bajó de 50 a menos de 30 dólares y desató un pánico mundial en el sector) que aconsejó las desinversiones propias de un crash, y porque Brufau -declarado en 2017 persona non grata por el Parlamento canario- generó con su torpeza un problema político en Canarias: levantó la ira de las Islas contra una multinacional, el mejor caldo de cultivo de todo nacionalismo, cuando se empecinó en meter a los canarios las prospecciones por los ojos repartiendo a los periodistas queso majorero y vino conejero como si fueran indios.

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Cuba, sin Castro, y que sea lo que Díaz quiera

Es un poco seriotón, dicen en La Habana del nuevo presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, el primer civil en tomar las riendas del país y el primero que no lleva el apellido Castro en casi seis décadas. Pero Cuba será, de momento, una simbiosis de Castro y Díaz-Canel, una transición de barbudos y rasurados, de las dos generaciones extremas dentro de un recinto alargado de pequeño territorio insular donde tuvo lugar una revolución que eclipsó al mundo y ha ido cumpliendo años hasta morir. Cuando los Estados Unidos le vieron las barbas al vecino en 1959, Eisenhower se disponía a dejar paso a un fulgurante demócrata que en menos de tres años se volvería célebre, que no célibe, convertido en un Casanova en el cénit del poder que tuvo la suerte o la desgracia de coincidir con la diva dorada de Hollywood y el star-system del imperio más poderoso del planeta. Sin embargo, la estrella de Fidel tenía un halo, o un algo, que la hacía brillar de una manera inusitada hasta entonces en la América apocada que no se atrevía a levantar la voz al Tío Sam. En su atrevimiento, Fidel -locuaz en los discursos maratonianos- iba a dar que hablar durante decenios, iba a sobrevivir a todos los jefes de Estado de su época y no tenía nada que envidiar al flanco libertino de Kennedy, promiscuo en amores prohibidos pero deslumbrado por Marilyn Monroe, que en el año en que entraron en La Habana los rebeldes de Sierra Maestra ya triunfaba en Some Like Hot de la mano de Billy Wilder.

La Habana, y Cuba por extensión,no era concebible en el siglo XX sin el glamour inseparable de sus múltiples encantos para los sentidos. Fidel se coló por esos pasadizos secretos de lo seductor superlativo, como Hemingway -acodado en la barra de El Floridita-, y se despachó a gusto en los ríos de tinta mediática que todavía no conocían Internet. Igual que la Monroe contrajera matrimonio con Arthur Miller y posara leyendo a autores de culto, la élite de la jet norteamericana y europea se desvivía por llegar hasta Fidel y hacerse una foto a su lado. Al Comandante le gustaba ser famoso – “yo tenía ese karma desde el colegio”, me dijo- y, en cierta medida, se decía de él que era un gran actor. García Márquez decía, incluso, que era un gran escritor. Una vez fui expresamente a La Habana a recoger el prólogo que nos había escrito para la biografía de Paco González Casanova, su amigo en Tenerife desde el germen de la Revolución. Fue cuando nos desveló de puño y letra: “Me olvidé mencionarte que por parte de mi madre llevo con honor un porcentaje de sangre isleña”.
Ahora se baja el telón de ese tiempo mítico y culminante y se inaugura la Cuba sobria del día después. Pero hasta 2021, Raúl Castro va a seguir en el puente de mando. En Cuba, el primer secretario del Partido Comunista es el verdadero timonel en la sombra, y el último de los Castro, ya octogenario, permanecerá en el cargo hereditario de epónimo titiritero durante los próximos tres años para tutelar el aterrizaje del desconocido Díaz-Canel, el sucesor favorito del general.

Raúl -del que Fidel bromeaba en privado recordando la foto escolar en brazos del dictador Batista- nunca fue propiamente barbudo, era el más lampiño de los hermanos, y las hebras de la chiva que no se afeitaba le daban un aire mandarín; la del Che, tampoco la más poblada, se convirtió en una barba universal y símbolo de la progresía, gracias al impacto de la célebre foto de Alberto Díaz, Korda. En cambio, Díaz-Canel -el ingeniero nacido al año siguiente de la Revolución- es un rostro imberbe en una figura enfundada en blancas guayaberas o en serenos trajes de tono gris que contrasta con aquella estética barbada y guerrillera de verde olivo. Cuando Fidel hizo escala en Tenerife, en el 96, y subimos al Teide con él, paseaba ese uniforme con gorra de soldado como si fuera consciente de que era el icono de la marca de un país reconocible en su barba y en su atuendo, como una bandera, una postal o un pin. Y cuando ya se despedía a los pies de la escalerilla del avión, en el Reina Sofía, se le acercaron los guardias civiles para hacerse la foto de familia que inmortaliza aquella estancia, de vuelta de Estambul a las Antillas, en la tierra de sus antepasados. ¿Cuando vendrá Diaz-Canel a dar continuidad a aquellos lazos que nuestros propios gobernantes locales han ido dejando disolverse en el olvido? Asistir como canario al descuido imperdonable de unas relaciones entre Canarias y Cuba que se remontan al siglo XVI, es constatar la desidia hacia América de unas autoridades cegadas por el éxito turístico y la desmemoria ufana de los tiempos difíciles de la emigración, que ojalá nunca vuelvan, pero que no debieran avergonzarnos, pues son parte esencial de lo que son los canarios. Somos ese son. Solo se salva La Palma, la más sonera de las islas, de la amnesia cubana, y la etapa de gobierno de Manuel Hermoso, que fue el presidente canario que más cultivó las relaciones con Cuba, con la colaboración providencial de Francisco Aznar, trasunto de ministro doméstico de asuntos atlánticos cuando todavía no habíamos enfermado del palurdismo de darle la espalda a América. Me consta -y por eso lo digo- que Díaz-Canel tiene buenas amistades canarias y no costaría mucho esfuerzo restablecer el puente que durante siglos habíamos construido y que en pocos años hemos dejado caer en pedazos, como tantas otros hallazgos y hazañas que forman parte de lo mejor de nuestra historia.

Ahora que somos ricos y pobres a la vez y que podemos alardear de ambas cosas, llegan estas y otras noticias de América que no nos son indiferentes. Llegan muchos canarios con la diáspora despavorida de Venezuela, sumida en la derrota y el fracaso del chavismo. Y llega esta semana el cambio de tercio de Cuba. Fue un jueves, el 19 de este mes, que pone fin al castrismo formalmente concebido, como si se descolgara una foto de la pared, y alumbra un nuevo tiempo, que no será de ruptura, pero tiene toda la pinta de una transición. Por el camino cayeron todos los delfines, los Carlos Lage, Robayna y Pérez Roca. Raúl Castro ha gobernado diez años de posfidelismo, con el estigma castrense de duro del régimen en contra, pero firmó el deshielo con Obama. Ahora, Díaz Canel debe firmar el desbloqueo con Trump, que es una misión imposible. Como han sido todos los desafíos históricos de Cuba desde la crisis de los misiles o la visita del Papa Juan Pablo II -Y Dios entró en La Habana, tituló aquella gira Manuel Vázquez Montalbán-. Cuba cambia a su manera. Como dice el humorista cubano Luis Silva, “que sea lo que Díaz quiera”. Y que los canarios lo veamos paseando por La Habana, añado.

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Elsa López y que baje el Quijote y lo vea

Lo de Elsa López, su ascenso literario y mediático en la escena pública de las Islas, no se debe a su activismo feminista, que sin duda la ha colocado en una nomenclatura de desagravio y justicia, desde el momento en que aquel concejal Antonio Érmetes dijo en Santa Cruz de La Palma que en la ciudad no había mujeres que merecieran el nombre de una calle. “Os aseguro que alguien se acordará de nosotras en el futuro”, ya dijo la poeta Safo.

Elsa ha cobrado un auge de mujer que data de mucho antes del MeeToo (cuando vino el 8M dijo, enérgica, “nos temen”, prevenida de Trump y machistas más domésticos), igualándose al eje masculino de las letras, en una relación de tú a tú, que le recuerdo junto a Gala o José Hierro. Es una mujer que escribe, piensa y dice verdades como puños en una sociedad donde empuñan más los hombres que las mujeres, como si ellas no pudieran liderar y liberarse. Así que estamos de acuerdo en que Elsa López es mujer y ejerce. Pero su relincho literario, las coces que dé a diestro y siniestro, defraudada por los derroteros del comunismo que siempre secundó desde una afección a Izquierda Unida que era más una afección a Julio Anguita que otra cosa, es decir, su papel en la literatura y en la cultura y en las tribunas es el de una autora con personalidad propia y coraje. Y tiene la costumbre de dar entrevistas que despejan las zonas oscuras que asoman cuando nos perdemos en el laberinto. Ahora ha dado una a este periódico, y le sigo dando vueltas a las cuatro verdades de esa doble página con Elsa, metidos como estamos en un gran bucle, buscando respuestas al caos, a este ocaso.

En la entrevista del domingo con la periodista Gabriela Gulesserian, en DIARIO DE AVISOS, evocó a tres mujeres de letras de América, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou, tres poetas como ella, que viene de una parte de África convecina de las Islas donde ser mujer tenía consecuencias. A Elsa no le perdonaron en Guinea Ecuatorial, donde nació, que bailara con un negro en su poblado y de ahí proviene su distanciamiento prolongado del continente que es suyo y nuestro, demostrando una vez más que todo desencuentro suele ser fruto de un malentendido que puede durar toda la vida. Durante siglos Canarias vivió de espaldas a África y, pese al recomienzo de una difícil convivencia que nos apremia, seguimos queriendo intentarlo en vano, y todo continúa envuelto en sombras a la espera de que sean disipadas (no las poéticas de la negritud de Sédar Senghor, sino las de comer y compartir): son las suspicacias sobre el Sahara, Argelia, Guinea… y más recientemente sobre Senegal o Mauritania. Todas las sombras de África se proyectan sobre nuestras cabezas y no somos capaces de librarnos de ellas, ni podemos eludir nuestro sentido geográfico. Vivimos puerta con puerta, pero hemos estado a años luz. Digo que Elsa López, poeta y novelista y filósofa y antropóloga, tiene una isla para salirse del mapa cada vez que quiera, que es La Palma, donde los enredos del mundo se ven desde otro cielo.

Esta mujer, de vuelta de las estancias en Madrid, Lausanne o Córdoba, es una canaria de Fernando Poo y de La Palma que se ha hecho un nombre y un sitio en todas partes. Una mujer con criterio y caminos elegidos. Cuando dio un portazo y disintió de su amigo Antonio Gala, tras conducirle la fundación de jóvenes creadores, recompuso esa manera de ser que la ha llevado de norte a sur y de este a oeste, como una autora de letras libres, alguien que tiene los idilios adiestrados. Dice en la entrevista: “Tiene que aparecer algún Quijote o un Cervantes que venga a decir todo lo que está pasando”. Lo que está pasando en el mundo, en España, en las islas…, es tan insólito como sensato. Nos estamos yendo por el sumidero. Y que baje el Quijote y lo vea.

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La Junta de Canarias, hace 40 años, nació disjunta

La preautonomía, hace hoy 40 años, fue un parto de los montes. Los padres del contrato eran jefes de banderías irreconciliables entre Tenerife y Gran Canaria (Las Palmas, como siempre se dijo erróneamente) y entre ideologías de nuevo cuño no necesariamente provinciales. En aquel falansterio de partidos nuevos y viejos que acababan de saltar al ruedo a ganarse el voto -las primeras elecciones habían sido en junio del 77-, la Unión de Centro Democrático (UCD), el buque insignia de Suárez, llevaba apenas unos meses en el poder en la recién estrenada democracia en el filo de la navaja. Las Islas miraban de lejos aquel proceso de cambios vertiginosos. Venían de ser las cenicientas de una dictadura hipercentralista, en unos años demográficos desbocados (la población ascendía al millón y medio de personas), porque las familias traían más hijos al mundo -el baby boom de los hospitales, donde era más seguro dar a luz que en el hogar- y era mayor la esperanza de vida (75 años las mujeres, 70 los hombres) y, de una manera natural, los niños y adolescentes ayudábamos económicamente en casa mediante trabajos remunerados bajo cierta informalidad. Había carencia de muchas cosas; faltaban colegios y la tasa de analfabetismo era considerable. Cuando España se quitó los complejos y se puso a votar tras una corta transición de año y medio que dejó atrás la era de Franco, muerto en noviembre de 1975, al Archipiélago llegaron los nuevos aires de autonomía y libertad, y no hubo mayores contratiempos, salvo el consabido remanente de rivalidades tribales entre las dos islas mayores, en pleno apogeo tras todo un siglo XIX de hegemonía tinerfeña (más bien, santacrucera), apenas atemperado por la división provincial de Primo de Rivera en 1927. Somos hijos de esa escisión traumática en dos mitades forzadas e inexactas y de siglos enteros de solipsismo de cada isla encerrada en sí misma desde los tiempos de la Conquista.

Alfonso Soriano  Benítez de Lugo, diputado tinerfeño en las Cortes constituyentes, jurista y exalto funcionario ministerial, se levantó la mañana del 14 de abril de 1978, hace hoy 40 años, como si se dirigiera a un embarcadero en misión clandestina. Los diputados, senadores y presidentes de cabildos se habían citado en la parte más solitaria de Tenerife, el Parador de Las Cañadas del Teide, tras haber descartado hacerlo a bordo de un barco cuando lucubraban soluciones imaginativas para no herir ninguna susceptibilidad entre las dos islas mayores. Iba al encuentro de los demás políticos llegados de las distintas islas a fundar la autonomía de que hoy gozamos, pero no solo a eso. Iba a una guerra de nervios entre islas e ideologías ofuscadas cuando aún la pluralidad democrática era novedosa e inexperta. Y así fue. Lo elegirían a él presidente de la llamada Junta de Canarias (preautonómica) y pasaría a la historia como el primer mencey regional, pero el acontecimiento no dejaba de celebrarse en el lugar telúrico que adoptó el surrealismo tras la visita al Teide de André Breton cuatro décadas antes que el cónclave preautonómico. Fue una convocatoria, en efecto, explosiva y hasta cierto punto surrealista en un castillo estrellado, como tituló su memorial de la visita a la isla el escritor francés amigo de Óscar Domínguez.

Los próceres neófitos de la autonomía se emplazaron en el Teide para, teóricamente, cerrar filas, pero hicieron todo lo contrario: rompieron la baraja. No era un simulacro de división, era una ruptura en toda regla de la idea de unidad que tardó en arraigar, o que lo hizo a contrapelo, con desganas y cadáveres por el camino. Los liberales y los socialdemócratas de UCD eran como el aceite y el vinagre, no se fiaban los unos de los otros (como los canarios), cuando todavía Suárez no sabía que su saturno lo iba a devorar a él mismo. A la hora de votar la composición de la Junta de Canarias lo hicieron físicamente sobre un volcán que explotó por los aires. Fernando Bergasa, un ingeniero grancanario socialdemócrata de UCD, que no cejaría hasta encaramarse más tarde a la poltrona de la institución nodriza, le hizo la vida imposible a Soriano con la complicidad de Madrid en un pulso premonitorio del marchamo de una tierra condenada a sacudirse de encima la maldita pulsión fratricida.

Soriano subió al Teide prevenido por su jefe de filas, Antonio Garrigues Walker -el Kennedy español-, de que Suárez había apostado por Bergasa y lo conveniente era quitarse de en medio. Pero no desistió, porque la prensa de Tenerife lo habría crujido -según propia confesión- y contó con la alianza encubierta de Jerónimo Saavedra, en un matrimonio sibilino de liberales y socialistas y no de chicharreros contra canariones en sentido estricto. Olarte, en las entretelas de la urdimbre de Las Cañadas, tutelaba desde la Moncloa al susodicho Bergasa. Soriano era un outsider liberal, lo que a Franco sonaba a masón, que había suscrito antes un manifiesto de 500 firmantes postulando la apertura democrática, y el dictador lo puso en la lista negra.

El 14 de abril de hace 40 años era una fecha republicana, ya sin Franco, y con rey: el rey Juan Carlos. Y era cuestión de hacer historia sobre los restos del régimen sepultado. Las crónicas cuentan la rebelión de Rubens Henríquez, el famoso arquitecto, del propio Bergasa, de José Miguel Bravo de Laguna y José Carlos Mauricio, entre otros en el aquelarre contra Soriano. Una de las maldades de aquel teatrillo de odios provincianos fue que el grupo derrotado se malquistó con el senador real Antonio González y trató de que el químico candidato al Nobel se apeara de la Junta. Había, por suerte, otras voces que evitaron que nadie fuera lanzado por la borda, como Galván Bello, Alberto de Armas o María Dolores Pelayo. El profesor González no se fue y la Junta nació como pudo, a tenor del volcán. Canarias, sin las espaldas ya en el Sahara mal descolonizado y todavía sin que hubiera llegado Europa, descorchó la preautonomía con sus ángeles y demonios en el infierno aborigen de nuestros mitos ancestrales. A la vuelta de 40 años, es evidente que, salvo conatos esporádicos, el pleito insular permanece dormido como el Teide.

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Tan sencillo como saber escuchar

Nos conviene escuchar lo que tienen que decir algunas voces de cuando en cuando, ya que no siempre se tiene ese hábito, que pertenece a culturas ancestrales. Ahora cualquiera con un cargo de medio pelo se cree en propiedad de la verdad y desconoce o desoye la opinión de los otros. En nuestro Parlamento, o en todos, se dicen y hacen demasiadas tonterías, como prueban recientes plenos que parecían sketchs.

En una rara coincidencia, ayer en las páginas de DIARIO DE AVISOS, convenían en su alegato Juan-Manuel García Ramos, diputado y presidente del PNC, y el alcalde de Adeje que preside el PSOE, José Miguel Rodríguez Fraga (segunda entrega del TERCER GRADO). El autor de El guanche en Venecia sentenció al periodista Tinerfe Fumero en su serie de Líderes: “En Canarias son demasiadas las personas sin un bienestar mínimo”. Tres páginas más adelante, continuaba el hilo de este axioma un Fraga más desinhibido que de costumbre: “Si el turismo no sirve para mejorar la vida de nuestra gente, entonces ¿para qué lo queremos?”. Sin ponerse de acuerdo, ambos enjaretaron la misma filípica a un modelo de éxito -el turismo, la locomotora de la economía canaria bla, bla, bla- que se revela incapaz de sacar de la pobreza a una amplia franja social de canarios. García Ramos difiere de las bondades del esplendor hotelero que prospera al abrigo del REF, pero malemplea a “camareras de piso y jardineros, mayoritariamente canarios”. Son la nueva clase social de trabajadores pobres, producto de una crisis que deformó el mercado laboral. Es la Canarias a dos velocidades, que bate récords de turistas y excluidos sociales. “Ser de aquí no es un perfil laboral”, avisa Fraga, que en el Parlamento puso el otro día a caer de un burro al Gobierno porque gestiona el turismo con métodos del siglo pasado. A su juicio, si las Islas no se espabilan, iremos proa al marisco en cuanto se alineen estos planetas: el brexit, la merma del turismo alemán -que ya es un hecho, aunque Merkel haya vuelto- y la recuperación de los destinos competidores del Mediterráneo.

Mientras, aquí seguimos sin hablar inglés, ya no digo italiano, que es la colonia predominante en el Sur. Si la pérdida de visitantes estimulara una oferta con mayor calidad donde menos ingresen más, bienvenida sea la desaceleración turística que se avecina. Fraga decía ayer en estas páginas que más de 15 millones de viajeros en un año “es para pensárselo dos veces”. Habría que medir el índice de carga humana de las Islas, su mayor presión demográfica, para, en su caso, moderar la hospitalidad, que no es caer en la turismofobia.

Estos días, también, fue cuando una representante de Unicef, Sandra Astete, especialista en políticas de infancia, deslizó en el ciclo de diálogos parlamentarios sobre sostenibilidad, la cifra que nadie quería oír: 150.000 menores en riesgo de pobreza y exclusión social hay en Canarias. El dato-retrato ha estremecido a algunos portavoces en la Cámara, como en el caso de Román Rodríguez (Nueva Canarias), que urge una renta básica de integración, a la que García Ramos se adhiere con aquella media docena de palabras: “demasiadas personas sin un bienestar mínimo”. Tenemos demasiadas cifras que nos dan vergüenza, y el negacionismo de los índices de paro y marginación es una ideología perversa de canario burgués que chirría. Y debemos limpiarnos los oídos y escuchar opiniones ajenas. Esta sociedad necesita hablar y oírse más. ¡Cuántos gobernantes han pisado un comedor social? Unos, con el estómago vacío, y otros, con los bolsillos llenos. ¿Quién de los dos tiene más motivos para agradecer la visita al turista?

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Puigdemont, Ríos Montt y Ruiz-Mateos, ¡qué tres!

Ríos Montt y Puigdemont tienen en común la rima. Y cierta capacidad irónica de treta para burlar la acción de la justicia. El primero, fallecido hace una semana a los 91 años, fue un conocido dictador guatemalteco que detuvo a una canaria y casi la fusila y que, con múltiples delitos a sus espaldas, entabló con éxito un pulso ante los tribunales de su país hasta lograr revertir una amplia condena de cárcel y morir de infarto en la paz de su casa. Todo un manual para casos como Lula y tantos otros en el cavernario de la América profunda. Ríos Montt no tuvo necesidad de huir en el continente en que todos lo hacen cuando la justicia les aprieta. Tales mañas no son ajenas a Europa, donde ya fue célebre en los 90 el exilio tunecino del socialista italiano Bettino Craxi, acusado de corrupción en el proceso de Manos Limpias, antes de que ahora Puigdemont y varios conmilitones tomaran las de Villadiego. Así hemos asistido a una americanización del prófugo en la soberana y prepotente Europa, que no deja de ser una cómica versión cutre del sálvese quien pueda. Exonerado de rebelión por un juez alemán, Puigdemont inaugura una nueva etapa de la evasión secesionista y alienta, quién sabe, otras posibles cataluñas en las bavieras y padanias de Europa. Pero no es el primer pícaro español en esta zarzuela.

Ya en tiempos uso el procedimiento de la huida mediática José María Ruiz-Mateos, que era una especie de Puigdemont de Rumasa, y fue a dar con sus huesos, como este, en una cárcel de Alemania. A Puigdemont se le está poniendo cara de Ruiz-Mateos. No cuesta nada imaginárselo con capa de héroe americano como el ya desaparecido magnate de la abeja. Hace 35 años, en la todavía bisoña democracia, gobernaba Felipe González, y el ministro de Economía y Hacienda, Miguel Boyer, le expropió el imperio comercial al famoso empresario que era marqués de Olivara. Fue como aplicarle el articulo 155 a Rumasa para intervenir el holding en una operación que resultó muy polémica y que dividió al país entre admiradores y detractores de aquel personaje histriónico. En su escapada, se instaló en Estados Unidos y, como el catalán, se animó a viajar, hasta que unos policías le pidieron que les acompañara en el aeropuerto de Fráncfort cuando portaba un pasaporte de diplomático panameño y un revólver en el maletín. Tardó año y medio en ser extraditado y ya para siempre fue una especie de caricato que se veía obligado a hacer payasadas para llamar la atención. Los desencuentros entre Ruiz-Mateos y Boyer fueron la comidilla política de los años 80 y 90. Estando en busca y captura, el empresario jerezano hacía apariciones fugaces y teatrales para mofarse de la justicia y del ministro. En una ocasión lo abordó por sorpresa y le tiró las gafas bajo el grito de “yo te pego, leche”, que se convirtió en un latiguillo burlón en un país de corrala y dimes y diretes. Otras veces se plantaba delante de los tribunales disfrazado impecablemente de Superman. Llevaba figurantes a lugares públicos con caretas de Boyer e Isabel Preysler, y rodó algún sketch en el que simulaba flirtear con una doble de la ex de Julio Iglesias que estaba casada con el ministro, a la que por poco alcanza de lleno una tarta arrojada por una de las hijas de Ruiz-Mateos, enfebrecida por su padre. Aquel culebrón duró más de una década y fue el hazmerreír nacional. Ninguno de los dos protagonistas ya vive, y aunque nunca hicieron las paces, la tormenta se acabó diluyendo y al final de sus días el empresario dijo lamentar sinceramente la muerte “en lo efímero terreno” de Boyer, su viejo enemigo, que fue el primero en fallecer de los dos. Lo de Puigdemont es una resaca retardada de un esperpento nacional: del patriarca de aquella amenaza financiera a este fauno del procés, de la amenaza soberanista. Rumasa era un gigante plagado de deudas que no se dejaba auditar,y González aprovechó para debutar en el Gobierno sacando los tanques de Hacienda. Ruiz-Mateos, como ahora Puigdemont, tenía sus fans, que creían abusiva la medida. Si Puigdemont opta por ejercer el personaje en que se ha convertido, en la hemeroteca tiene material suficiente de inspiración sobre las correrías de aquel cachondo mental, guasón y chirigotero que se enfrentó en solitario al Gobierno que lo expropió disfrazado de superhéroe y repartiendo collejas como dice el castizo o cogotazos como decimos en Canarias. El antecitado general Efraín Ríos Montt sobresale en el bestiario de dictadores, no solo por la incontinencia de sus graves delitos, sino, además, por su indiscutible pericia para escabullirse de la ley sin moverse del sitio. Una suerte de Puigdemont estático, en lo que atañe al estilo. Pocos mandatarios cogidos por la entrepierna lograron desafiar a los jueces y zafarse de la cárcel impertérritos sin hacer las maletas. Que aprendan sus discípulos. Se da la circunstancia de que hace 35 años, de Ríos Montt se habló mucho en Canarias porque detuvo y casi liquida a una paisana sobrina del general Ramón Ascanio Togores, todo un peso pesado del Ejército español (jefe del Estado Mayor de Tierra). Ríos Montt había tomado el poder tras un golpe de Estado de jóvenes oficiales, a comienzos de los 80, casi en paralelo con la llegada de González y el citado episodio con Ruiz Mateos. Gozaba de prestigio progresista hasta que un día se transformó en un peligro público. Era jefe de la Iglesia Pentecostal de la Palabra, de corte evangelista, y en poco más de un año (del 82 al 83) se lanzó a degüello contra la llamada izquierda subversiva. Creó patrullas paramilitares, declaró el estado de sitio y emprendió la batalla final. Era un papanatas. Mientras afeaba los pecados al pueblo por radio y televisión con su muletilla mojigata “usted papá, usted mamá”, en los discursos dominicales, nombraba tribunales anónimos para ejecutar a los detenidos. El mismo año que detuvo a la canaria, 1983, ignoró las peticiones de clemencia del propio papa Juan Pablo II. Cuando Wojtila llegó al país, las ejecuciones de un grupo de insurrectos las había celebrado en la víspera. Y papá yanqui encargó a su ministro de Defensa que le diera un golpe de Estado. Sanseacabó.

María Magdalena Monteverde Ascanio, de 27 años, la tinerfeña sobrina del militar canario, había viajado a Guatemala como turista junto a un amigo norteamericano, Michael Glenn Ernest, de 26 (hijo del presidente de una petrolera), para pasar unas vacaciones a orillas del río Atitlán, y por poco los fusilan; fueron confundidos con unos guerrilleros en pleno estado de sitio de Ríos Montt: se les acusaba de haber incendiado una finca y asesinado al capataz. Conozco este caso al detalle porque lo cubrimos desde Radio Club Tenerife durante casi un mes, desde el 11 de enero de 1983, en que fueron apresados en San Lucas Tulimán, hasta el 8 de febrero en que fueron puestos en libertad por “falta de pruebas” (era reos muy influyentes). Ríos Montt era un artista evitando la cárcel sin levantar vuelo. Se trataba del segundo presidente más longevo de Guatemala (detrás de Flores Avendaño, que murió a los 98). Cuando hace unos tres años fue condenado a 80 de cárcel, ni se inmutó. A los pocos días, la sentencia fue revocada por la máxima instancia judicial y él se sumergió en una demencia irreversible que le hizo impune hasta el pasado domingo, cuando se despidió de toda su familia en el lecho de muerte. Requiescat in pace o c`est fini.

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Guaza y Los Sauces: el duelo de Holcomb

Las tragedias no dejan espacio habitable para la razón, son incomprensibles e incompatibles con ella y nos conducen a las profundidades del dilema sobre la vida y la muerte. Nadie regresa nunca del fondo de esas aguas con una respuesta.

La foto que ilustra la portada de DIARIO DE AVISOS en esta edición contiene elementos que arañan la sensibilidad: tres féretros desfilan a hombros de amigos, vecinos y parientes de las víctimas que portan en su interior. Son los miembros de una familia cuyo fatal desenlace en una finca de Arona ocupó la misma página primera de este periódico, hace diez días, en el conocido como triple crimen de Guaza.

Un autor estadounidense emparentado indirectamente con esta isla, Truman Streckfus Persons (Truman Capote), narró en A sangre fría el asesinato de los Clutter, una familia de agricultores acomodados de Holcomb, Kansas, hace 60 años. Los hechos no son exactamente equivalentes, pero guardan un innegable paralelismo, al menos en mi memoria lectora, pues la novela rezuma la atmósfera de la tragedia en un pueblo tranquilo y rural como Guaza, y, dado que coinciden en última instancia en la desolación de un hogar que se queda vacío, sin un alma en pie, con el asesinato de todas las personas que lo habitaban, Capote habría encontrado en esta historia de sus parientes palmeros circunstancias que complementan su asombro y desengaño ante un crimen demoledor.
Como en el suceso real que inspiró al novelista en una de sus obras cumbres (una novela de periodista, un reportaje de narrador, un texto definitivo), este triple crimen de Guaza, y el entierro ayer en la tierra natal de los protagonistas, San Andrés y Sauces, deja en el aire la conciencia de que cualquiera, incluso en mitad de una vida confortable y plácida, puede morir en cualquier instante en manos del destino del modo más caprichoso e incomprensible. En Guaza, el asesino es el hijo adoptivo, lo que agrava el desamparo de las víctimas. Antes de concluir, añadiré otro caso que abunda en esa volátil idea de la vida, cuyo suspense nos perturba por la inevitable fragilidad humana.

En la escena mortuoria de La Palma, todo un pueblo sale al encuentro de los restos de la familia asesinada y lo hace bajo un silencio impenetrable, que no revela, como dice David Sanz, sino la suma de pesar, rabia y estupor, en el trayecto del templo al camposanto. En la novela, el palmero adoptivo Truman Capote (si, como parece, su padrastro, Joe García Capote, procede de El Paso) afronta el relato del espantoso crimen de los Clutter y sus dos hijos adolescentes -una familia de misa y generosa que disfrutaba de una cómoda situación económica en su granja y finca en la década de los 50- desde la perplejidad ante el asalto de dos jóvenes desalmados que buscaban en la casa una caja fuerte inexistente y solo se llevaron cincuenta dólares. ¿Por qué, pese a todo, no dejaron a nadie con vida? Capote siguió el rastro de los asesinos, los trató personalmente, puso todo de su parte, incluso puso toda la condescendencia de que fue capaz, pero terminó exhausto ante el horror y la indefensión que se dieron cita en aquella casa y en aquel pueblo rural que desprendía paz y sosiego hasta entonces. Como ahora me pregunto sobre Guaza, en Holcomb los vecinos se quedaron petrificados bajo la conmoción de los crímenes. En Guaza, dos perros -únicos supervivientes- tenían la mirada humana de la tristeza en las fotos de Andrés Gutiérrez para este periódico, como testigos de la desgracia, huérfanos en un segundo plano, mientras retiraban los cuerpos. En San Andrés y Sauces, el silencio y las miradas eran ayer de esa misma naturaleza. La que embargó, a su vez, a los padres del niño irlandés atropellado mortalmente el jueves en la calle Dublín -qué trágica ironía- de Adeje. Habían viajado de Newtownabbey, cerca de Belfast, a la isla para pasar unas felices vacaciones, frustradas por las zarpas de un coche rojo.

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El sueño de alcanzar la paz en un mundo de espías

Estoy leyendo Berta Isla, la novela reciente de Javier Marías, donde el coprotagonista es un interesante joven español de doble vida, que transita entre su hogar nativo junto a su mujer e hijo y una ignota militancia en los servicios de inteligencia británicos, el MI5 (de seguridad interna) y el MI6 (de seguridad exterior). Marías es un narrador desinhibido en lo estilístico y argumental que ya en Tu rostro mañana se acomodó de su propio cuño sin rubor en el territorio del espionaje, donde a la vecindad legítima de Graham Greene o Le Carré se le sumaba así un escritor de culto que reinventa los géneros y establece una prosa imprevista. Pero no es esta una crítica literaria sobre el autor que nunca defrauda a los lectores que siempre le esperan. En la crisis de los espías que enfrenta ahora mismo a Rusia y Occidente -aquí les contaré hasta qué punto se reaviva la Guerra Fría y hay augures que sufren con los vaticinios innegables del riesgo de una guerra nuclear-, está Marías reivindicado por la realidad que aspira a novelarse. En la ficción, Tomás Nevinson pone en peligro a su familia por colaborar con espías de verdad, y Berta Isla, su esposa, le reprocha que han estado a punto de quemar vivo al bebé de ambos para acojonar a su padre. Les cuento, no sin asombro, que hay un temor real por esta crisis de los espías. Los que manejan información de primera mano le han visto las orejas al lobo de la guerra nuclear, mientras volcábamos todos los esfuerzos contra los atentados yihadistas y los llamados lobos solitarios. Esto va en serio, nos dicen. Y, a la vista de los hechos, uno vuelve a Marías a refugiarse en la novela, a sabiendas de que esta no acabará en desgracias que nos afecten, pues aquellos, en cambio, quién sabe, quién sabe. No sabemos nada. Y de esto se habla poco. Quizá convenga ignorar lo que no está en nuestras manos impedir. Voy a los hechos.

El pasado 4 de marzo se desató la ira de Reino Unido contra Rusia, y contó de inmediato con el respaldo de Europa, cuando un médico y una enfermera que pasaban por allí descubren a dos personas, hombre y mujer, semiinconscientes en un banco de un parque de Salisbury, en el centro de Inglaterra. El exespía ruso Sergei Skripal y su hija Yulia, recién llegada de Moscú para visitarle, fueron hallados en estado catatónico, y pronto se supo que habían sido envenenados con un gas nervioso de origen soviético, denominado Novichok. Los ingleses entraron en cólera y abrieron la espita de las expulsiones masivas de diplomáticos rusos, una firme decisión de la triste y gris primera ministra Theresa May, que fue secundada por numerosos países europeos y, de modo especial, por Estados Unidos, cuyo Gobierno huye de la sospecha de connivencia con Moscú desde hace un año. Trump con Putin y contra Putin, en el desfiladero del Rusiangate y ahora de la Guerra Fría. Un lavado de imagen de amigo y enemigo del Kremlin, pues últimamente se conjugan en política los antagónicos, contigo y sin ti, hasta hacer de la política cínicamente un oxímoron.

Rusia, bajo la férula del exdirector del sucedáneo del KGB recién reelegido en plena euforia cibernética, aplicó el quid pro quo y dio rienda suelta a otra suelta de palomas expulsando el mismo número de funcionarios que el bando contrario. Skripal y su hija siguen graves en el hospital, acaso ya con la suerte echada, como aquel otro cadáver en el armario de Putin, el también exagente ruso Litvinenko, que murió hace doce años tras ser envenenado, asimismo, en Londres, por tomar en un hotel con unos antiguos colegas una taza de té con polonio. Imposible olvidar las imágenes de su lenta agonía y deterioro físico en la cama del hospital, el rostro macilento y la pérdida acelerada del cabello, mirando a la cámara con aire desvalido. Skripal delató a 300 espías rusos cuando fue reclutado en Madrid por el MI6 en los años 90, durante su destino español en tiempos de Boris Yeltsin, que pagaba mal a los espías y los exponía a la deserción. Una vez descubierto, Skripal cayó en prisión en su país y tuvo que ser rescatado por los ingleses en un canje de espías.

Es la foto del mundo que va cambiando sin darnos tiempo a ubicar a los personajes. Los malos, de pronto, simulan ser buenos, y los buenos se fingen malos, en un intercambio continuo de papeles y cataduras. Hasta resucitan los muertos y se cuelan en la foto que contemplamos ya sin dar crédito a nada ni a nadie. Gadafi ha reaparecido junto a Sarkozy, como si el libio continuara vivo bajo la túnica suntuosa y el gorro sobre la melena de esparto y las bembas de bótox con su planta estrafalaria. Y es que al francés lo han imputado, ya que al parecer Gadafi financió su campaña para llegar al Elíseo, cuando el libio repartía donativos mientras se paseaba en sus jaimas por las plazas de Europa rodeado de su harén. La corrupción es un dogma de las nuevas democracias inestables, cuando el paradigma tras la Segunda Guerra Mundial era estabilizar la paz. Esta crisis de espías aviva los demonios de la Guerra Fría, como ha dicho el secretario general de la ONU, Antonio Guterres. Indagué un poco más, averigüé lo que dijo uno de los cinco miembros del comité del Premio Nobel de la Paz, Asle Taje, el martes pasado, durante una conferencia en la Universidad del País Vasco titulada El sueño de alcanzar la paz en el mundo. Según el analista noruego, de proseguir la escalada de tensión entre Rusia y la OTAN, “habrá guerra”. “Es mi peor pesadilla: una guerra nuclear”, dijo antes de añadir: “Si comenzamos a disparar, no estoy seguro de si vamos a poder detenernos antes de usar armas nucleares. Esto es algo que me mantiene despierto por las noches”.

Acaso este quilombo explica por qué las dos Coreas se han dado la mano y el tirano bajito y orondo que celebraba con rechiflas de matón sus ensayos balísticos y amenazaba al Tío Sam con un ataque atómico, va y se reúne con el amo chino y se vuelve un santo en la semana del mismo nombre, y hasta hace las pases con el del tupé. La foto del mundo ha sustituido, de la noche a la mañana, a Kim Jong-un por Putin (los dos borran disidentes con productos químicos), que ahora es el que alardea de tenerla más grande –la bomba-: un misil “invencible” que podría alcanzar EE.UU. en unos pocos minutos y que ya es calificado como “la cabeza nuclear más potente y mortal del planeta”.

Hay muchas maneras de decirlo. La más simple es que están haciendo el ridículo más colosal. La señora Merkel, que viajó a La Gomera a dejar la bulla de locos atrás, es quizá de las pocas cabezas que le quedan a Europa sobre los hombros, que no sobre los hombres. Es una mujer que ahora representa la cordura, en las despensas de la derecha, porque en las de la izquierda no se encuentra ningún mirlo blanco. Algunas veces asoman casos pequeños que dan ejemplos mayúsculos. En Alicante, un alcalde sin ambiciones que considera haber cumplido su programa un año antes de acabar el mandato, renuncia, cede la poltrona a otro y se marcha a su casa.

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Historia vivida: 25 años de Canarias

Las dos figuras estelares del equinoccio político canario, hace un cuarto de siglo, eran Jerónimo Saavedra y Manuel Hermoso. Cuando ambos comparten mesa y mantel y cogobiernan Canarias en los primeros años 90, todavía está la autonomía naciendo y seguirá así hasta finales de la centuria, pues no se ponían de acuerdo tan fácilmente los reinos de taifas de este archipiélago cainita que se construyó como pueblo bajo una regla de oro: el recelo.

Los pilares del edificio de la autonomía los puso Saavedra, que era un visionario que luego fue ministro de Administraciones Públicas y lidió con vascos y catalanes, y llevó la impronta insular al epicentro de la política de España como contraparte de una visión meramente continental. Saavedra, aun hoy, sigue sosteniendo que en Madrid no se enteran de lo que es Canarias, es una asignatura que no la estudian ni los de derechas ni los de izquierdas: “Nos ven como una cosa pintoresca, para visitarnos: qué bien, ahí están, qué simpáticos, el mojo, el gofio…”. Literal. Me lo dijo en abril de 2015 en una entrevista en este periódico. De reflexiones de esa naturaleza yo he concluido que Saavedra, sin serlo ni quererlo, ha sido uno de los presidentes más nacionalistas que ha tenido Canarias.

Pero en marzo de 1993 -hace 25 años-Hermoso lideraba las antiguas AIC, las Agrupaciones Independientes de Canarias, un ramillete de siglas que daba de lleno en la línea de flotación de las fuerzas estatales y regionales. Y en la censura que promovió con la aritmética escurridiza de un jugador de azar (hasta el mismo día de la votación los tuvo de corbata para que no se le fugara ningún voto ni Antonio Castro se rajara), Hermoso, que era vicepresidente con Saavedra, demostró tener la vista de un lince. De aquel golpe de mano provienen estos 25 años ininterrumpidos de Coalición Canaria. No fue una alternancia de cromos que se agotara en sí misma, sino una operación fundacional de un régimen político duradero, que el propio Saavedra admite no haber valorado en su justa dimensión.

Esta es la historia de un cuarto de siglo que abarca, de orilla a orilla, el siglo XX y el XXI en la cocina política local, con las nuevas instituciones al fuego. Hermoso parió un producto que demandaba el mercado. Tras la declinación de Suárez, la política española se la repartían socialistas y populares (antes que PP, AP, Alianza Popular). Hermoso se había desgajado de la UCD y buscaba un horizonte genuinamente isleño que lo empujaba a inventar un espacio, un partido y hasta un constructo propio de Canarias. Saavedra era el tótem autonomista, y Hermoso, el icono del insularismo emergente. Así estuvieron, toma y daca, mientras se ponían los fundamentos de algo que era completamente desconocido en aquella sociedad posfranquista: el autogobierno. Buceaban en aguas revueltas sin escafandra, a pleno pulmón, se hizo todo muy deprisa, pero de la necesidad hicieron virtud. Tenemos autonomía y cada vez menos pleito gracias a ello y a ellos, junto a otros, que sellaron un pacto de hormigón -como se llamó- y nada volvió a ser igual, ni siquiera tras la censura que quebrantó aquella cohabitación del PSOE y AIC que parecía la cuadratura del círculo.

Eran como las dos almas de la autonomía con sus contrariedades internas. Y esas dos inercias, la de Saavedra y Hermoso, han perdurado en el tiempo y definen lo que somos. Ahora hay nuevos partidos, otras sensibilidades que redibujan el diseño de convivencia. Pero 25 años después, Canarias sigue siendo posible, como predicaba el eslogan de Saavedra, y las islas -los cabildos, los inevitables cantones del microcosmos local- se han acomodado en la foto, ninguna se quedó fuera del fotomatón de una tierra dividida por designio geográfico. Acaso los sucesos a que me remito, que provocaron estragos y enfrentamientos, han quedado superados en la memoria y, sin duda, en la relación personal de sus dos protagonistas -hoy ya alejados de la primera línea de fuego-. Una cosa es la historia y otra haberla vivido.

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La coma, la coima y el colmo de Odebrecht

El desmantelamiento exponencial al que asistimos de las redes de esa multinacional de la corrupción llamada Odebrecht, la poderosa constructora brasileña en América, es toda una purga depurativa de las cloacas de la democracia, a las que Europa y estas islas, por desgracia, no son ajenas, hecha la salvedad de que aquí nadie dimite y allí, en cambio, sí. En Perú acaba de caer un presidente, el economista Pedro Pablo Kuczynski (PPK), por los millones que se supone percibió a través de una consultora de su propiedad de manos de la empresa dirigida por Marcelo Odebrecht, a cambio de licitaciones públicas, en el periodo en que fue ministro de Economía del Gobierno de Alejandro Toledo. Este último, a su vez, se vio envuelto en la misma maraña y anda huido, como hacen en España algunos próceres del procés catalán.

En América, rara vez, los apresan a pares, marido y mujer, como les sucedió a Ollanta Humala y Nadine Heredia, que llevan ocho meses de prisión provisional por la marea negra de Odebrecht. Me encontraba en Perú cuando Ollanta debutó, hace siete años, en la presidencia, y en los viajes sucesivos siempre me pareció un político potable, atrapado entre un padre iluminado, don Isaac Humala (que se reivindica profeta de una mezcla desparramada de marxismo, racismo y ultranacionalismo) y la injerencia de la primera dama. “Cuando quebraban los gerentes, se suicidaban”, desbarró el otro día el padre para el caso de que lo condenen, dictando esa agria sentencia de honor contra el hijo que se zafó de su tutelaje. Humala, exmilitar sesentón con aureola chavista en sus inicios radicales, que gobernó con relativo acierto (mejoró la economía y redujo la pobreza), se vio arrastrado por las anotaciones contables de su esposa en una agenda que le usurpó una empleada del hogar amiga de un excongresista que traicionó al presidente. En estos papeles de Nadine (como aquellos papeles de Bárcenas) figuraban tres millones de dólares de la campaña electoral que aupó a su marido al poder, y la oposición no dudó en buscarle paternidad a la criatura: Odebrecht. “La verdad, es mi letra”, admitió Nadine por tuit a la periodista Rosa María Palacios, una voz respetada en la televisión. Luego dijo que le quitaran la coma (la coma de la coima), porque quiso decir “La verdad es mi letra”, como si Monterroso mudara el mismo signo de puntuación en su cuento más breve (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), cambiándole el sentido. La tufarada de los tentáculos de Odebrecht se extiende por toda América. En el Ecuador de Correa fue defenestrado un vicepresidente, en Panamá arrambló con el círculo del expresidente Martinelli y en Brasil tiene colgado de la soga a Lula, cuya ascendencia en las urnas lo haría de nuevo presidente este año si no fuera por las revelaciones de Marcelo Odebrecht que pueden costarle nueve años de cárcel. Al director general de las trituradora de presidentes lo condenaron primero a 20 años de prisión -y entró-, después se lo rebajaron a a diez y, finalmente, cumple arresto domiciliario, gracias al pacto de cantar en lo que se conoce como la delación del fin del mundo.

El último episodio por el momento, el del presidente peruano de esta semana, destapó la olla de la corrupción en la región de las dictaduras perennes. Bajo el sombrajo de Kuczynski yacen los excrementos del mito Fujimori, que en diciembre recobró la libertad en las horas más bajas de PPK, cuando se enfrentaba a la amenaza de la vacancia, la destitución por el Congreso a causa de los sobornos de Odebrecht. El hijo menor del exdictador, Kenji Fujimori, le ofreció el puñado de votos que necesitaba para salvar ese round a cambio del indulto de su padre (que cumplía en el cuartel policial de Lima 25 años de reclusión por corrupción y crímenes de Estado), y Kuczinsky cedió bajo una ola de protestas.

En Perú el pez muere por la boca y todo el mundo se entera por la afición politica a filmar los tratos sucios en video. Desde los tiempos de Vladimiro Montesinos, el Rasputín peruano -también reo con la misma pena que su jefe, Fujimori, en una base naval-, que grabó cómo corrompía con fajos de billetes a políticos, artistas y empresarios, en su famosa provisión de vladivídeos, ya nadie se asombra de este método. De ahí que extrañe poco que Keiko Fujimori, la hasta ahora hija predilecta del patriarca japonés que gobernó el país una década, haya dado a la luz los vídeos de su hermano comprando pocos meses atrás votos del Congreso para liberar a su padre. Keiko, que llegó a ser primera dama con 19 años cuando Fujimori se divorció, boicoteaba el indulto del Chino -el nombrete de su origen nipón- por temor a perder protagonismo en el guion: toda su razón de ser era ser un día presidenta y exonerar a su padre.

Kuczynski dimitió el miércoles antes de que el Congreso lo enviara al sumidero por guiñapo de Fujimori y pelele de Odebrecht. La tradición de los presidentes corruptos se perpetúa en la cuna del inca Atahualpa, que ya intentó comprar su libertad en tiempos de la conquista del imperio ofreciendo a Pizarro llenar dos veces de plata y una de oro la habitación donde lo retenía. Esa estancia de Cajamarca es ahora un reclamo turístico (el Cuarto del Rescate). La corrupción se los ha ido llevando a todos por delante. A Alan García -populista de verbo fácil al frente de un partido con cierto abolengo fundado por su madre, el APRA- lo trincaron y huyó en su día como Puigdemont hasta que prescribieron los delitos, y volvió al Palacio del Gobierno en la Plaza Mayor de Lima. Ahora le persigue, como a todos, el reguero de la nómina del diablo. Odebrecht es una metáfora del siglo XXI.

Cuando America se desbarranca por la corrupción no es señal de que viene un alma limpia a desinfectar el país. No, es más probable que regrese al tiberio un dictador con promesas de mano dura y menos cantos de sirena. Están dadas las condiciones para que Alberto Fujimori, que derrotó en el 90 a Vargas Llosa en las urnas, ponga un títere. Hay una franja de nación asqueada por las malas copias de mesías salvadores de la patria. Ese es su caldo de cultivo: Fujimori acabó con el terrorismo, reclaman los apologetas de aquel candidato desconocido que ganó al futuro Nobel.
Los requiebros políticos de la otra orilla nos son familiares, porque hasta allí emigraron nuestros parientes y se convirtió en nuestra segunda casa. Y porque son tan comunes los manejos de los grupos de intereses con el poder establecido, aquí y allá, que el pandemónium de Odebrecht es el pan nuestro de cada día.

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