Fernando Jáuregui: “Con el ‘procés’ habrá condena y después indulto, y nuestro hombre, aunque suene a barbaridad, es Junqueras”

 

 

 

-El libro que coordina abarca todos los ángulos de la foto de un país de hace 40 años. Cuenta Pedro J. Ramírez en él que Suárez le dijo: “Todavía no he empezado a mandar. ¡Ya verán de lo que es capaz este de Cebreros!”. Conmueven algunos testimonios de una generación de periodistas que casi encarnan la historia que cuentan. ¿Y a usted, qué sabor de boca le dejó?
“Todos los que estamos ahí hemos nacido entre el 38 y el 58, somos gente que hemos vivido mucho. Todos tenemos la sensación de que luchábamos por otra cosa, por algo más que por el interés de nuestro medio; en el libro se nota que la información era un arma política; estábamos saliendo de lo que salíamos y empezando la andadura de la Transición. Y lo que estoy notando es que ahora esos mismos que protagonizamos este libro hemos perdido el sagrado fuego y estamos ya más en abuelo cebolleta, sin darnos cuenta de que nos encontramos frente a una segunda Transición. Desgraciadamente, ahora no tenemos a Suárez que dé la vuelta al Estado como a un calcetín en 11 meses, pero estamos ante una segunda Transición tan importante como la primera y tenemos que recuperar el concepto del periodismo como un sacerdocio laico. Ese ha sido un poco el sabor agridulce que me ha dejado este libro coral hasta cierto punto extenuante.”

-Da gusto, no obstante, leer de una tacada cómo vieron nacer la democracia 150 periodistas y fotoperiodistas, tantos ojos a la vez… 
“No son todos los que están, pero están desde Cebrián hasta Pedro J., lo cual ponerlos en el mismo libro no deja de tener mérito. Desde Anson hasta Fernando Ónega o Miguel Ángel Aguilar… Yo que sé… Nativel Preciado, Pilar Urbano… Pero repito que hemos perdido todos, yo el primero, la capacidad de indignarnos ante los motivos que dan nuestros representantes públicos todos los días. Eso lo hemos perdido. Aprecio por ello que ustedes en DIARIO DE AVISOS estén haciendo un periodismo crítico, que cuestiona los hechos. Eso me encanta.”

-¿El destino ha querido que estas elecciones de abril nos aboquen al déjà vu de 2016?
“Es el peor pasado que se nos puede repetir. Ya hemos superado los riesgos de ruina, de quiebra o de golpismo militar; en cambio, ahora estamos en una involución social muy seria derivada, sobre todo, de Cataluña, que ha desencadenado una insolidaridad absoluta entre los jefes de los partidos; es decir, han perdido todo deseo de ser estadistas. Yo no sé qué va a ocurrir. Ha ocurrido lo que nadie podía haber imaginado y todavía puede ocurrir lo que nadie puede imaginar. Y lo peor sería tener que repetir elecciones en septiembre o en octubre. Como en 2016…”.

-¿Cómo juzga a Sánchez?
“Cuando oigo a Pablo Casado hablar de Sánchez como si fuese uno más de los golpistas que quieren romper España me parece excesivo. Pero Sánchez no se ha comportado como un estadista, sino como un egoísta. A él lo que le importa es seguir en la Moncloa, eso es verdad. Presentar la censura y ganarla con quien fuese era legítimo. Pero mientras no entregue España… Ahora contraviene las reglas de la democracia, que no las de la legalidad, con los decretazos. Hombre, usted está en funciones y no puede querer cambiar el país en 15 días. Ha tenido ocho meses para hacerlo. Y estas cosas, por estética política, hay que consensuarlas.”


-¿Cedió a los separatistas?

“No, de hecho ahí está la ruptura, ese no ha sido su pecado. El pecado de Sánchez ha sido con el resto de los españoles, que no nos ha cuidado, no nos ha hecho ni puñetero caso”.

-¿A qué se refiere?
“A cómo ha estado omitiendo llegar a pactos y consensos con los demás, incluso con la sociedad civil. Él sabía perfectamente que la nueva ley de educación que preparaba la señora Celaá no iba a salir, me consta. Ha sido un postureo. Si tú vas a cambiar el sistema de los motores diésel y vas a hacer una revolución, tienes que pactarlo, eso no puedes hacerlo porque se te ocurre a ti. Sánchez ha vivido de ocurrencias. Ese ha sido el problema”.

-¿Como líder tiene recorrido político?
“Yo creo que los milagros duran el tiempo que duran y los gatos tienen siete vidas nada más. ¡Quién sabe! Lo de Sánchez es todo un puro milagro: su resurrección dentro del partido, ganó las primarias, y luego hizo una carambola y fue presidente… ¿Cuántos milagros le quedan en la recámara? ¿Puede repetir este Gobierno Frankenstein que le ha llevado a la Moncloa? Creo que ahora nadie le creería. De aquí solo salimos con un Gobierno de coalición de centro-derecha o de centro- izquierda, pero con el centro, es decir, el señor Rivera será vicepresidente de un Gobierno o de otro. O presidente, según los resultados electorales”.

-¿La hora de Rivera?
“Y no lo digo por las encuestas, que de las encuestas no me fío. Lo digo por la pura lógica. Yo no me creo eso de Rivera de no pactaré jamás con el PSOE, porque ya lo dijo de Rajoy y Sánchez, y pactó. Es el que tiene más posibilidades de salir bien librado”.

-¿Más que Casado?
“Pablo Casado es un señor muy respetable, con muchas cualidades, muchísimas. Desde Adolfo Suárez no había visto a nadie con tantas cualidades políticas como él; por ejemplo, la cercanía, la simpatía, el valor. Conocí mucho a Suárez y esa empatía con la gente la tiene él y no la tienen los demás. La tiene hasta un grado altísimo. Los demás, no”.

-Ese sello de Suárez se ha convertido casi en método…
“Era un tipo que te escuchaba o parecía que te escuchaba, te miraba atentamente a la cara… Jugaba al mus contigo y no te dejaba ganar, era lo único que le faltaba, yo jugué mucho al mus con él y siempre me ganó, pero aquel tipo te miraba de aquella manera. Lo acompañé en alguna campaña electoral para El País, y le vi hacer lo que nunca había visto a un político: un grupo de jóvenes le estaba abucheando a unos 300 metros y él fue a su encuentro con la mano extendida y les dio la mano a todos. Y luego yo me quedé hablando con ellos. Puedo asegurar y aseguro, como diría él, que esos chicos, por lo menos en esa convocatoria electoral, le votaron, estoy seguro. Y Casado tiene eso. Pero su propia gente está un poco escandalizada de hasta dónde está llegando. Casado no puede salir en el Parlamento a decir que el jefe del Gobierno es golpista o dedicarle los 19 epítetos que le dedicó. No puede estar jugando con Cataluña como una baza electoral más, porque la situación es gravísima. Si todo lo reducimos al 155 sí o 155 no, la vamos a joder”.

-¿Vox de quién es un hijo putativo?
“Del conflicto catalán, de la misma manera que Podemos lo es de un conflicto social muy serio que teníamos los españoles. En Andalucía votaron a Vox 400.000 personas y en el resto de España lo van a hacer ahora tres millones, puede sacar unos 30 diputados. Nada de cordón sanitario. A mí Vox me da más miedo que un nublado, a los periodistas nos odian, hasta el punto de que Abascal, en un rifirrafe, me dijo que él estaba encantado con la política de Trump con los medios de comunicación. Pero hay que respetar la voluntad de los electores”.

-¿Y hay un pulso en la derecha por ver quién es más Vox que Vox?
“Yo creo que Pablo Casado comete un error, porque todavía en España, como en los tiempos de Suárez y como siempre, se vota centro. Y quién sabe si el gato Sánchez puede tener una octava vida, que sería hacia el centro, porque Podemos se le está hundiendo”.

-¿Qué le pasa a Podemos?
“Podemos no tiene solución si no se marchan Pablo Iglesias y su señora, que no tiene talla para esto. Pablo tiene el mérito de haber conseguido cinco millones de votos, así, de la noche a la mañana, hay que reconocérselo. Pero a Pablo Iglesias le traicionó Pablo Iglesias. ¿Sabes donde murió Pablo Iglesias? Murió exactamente el 22 de enero de 2016, después de ver al rey, que se planta ante los medios de comunicación y dice: “Me conformo con ser vicepresidente del Gobierno, jefe del Servicio Secreto, jefe de Televisión Española, el Ministerio de Hacienda y le dejo a Pedro Sánchez como una sonrisa del destino (textual) la posibilidad de ser presidente”.

-¿Qué opina de Rajoy?
“Tiene muchas culpas. Ahora, al testificar ante el juzgado de los golpistas del proceso, se evadió y nos debe la historia, nos tiene que contar qué pasó de verdad en aquellos días y en todo el tiempo transcurrido entonces. Él y Soraya Sáenz de Santamaría tienen que contar muchas cosas. Rajoy fue más lo que no hizo y debió hacer que lo que hizo, fue un hombre que se confió, pero tuvimos suerte de que actuase de una manera moderada, porque imagínate si hubiese actuado como ahora quieren hacerlo Rivera y Casado o Vox”.

-¿Rajoy pecó por omisión más que por acción? 
“Claro, y por eso la historia le juzgará para bien o para mal. Pero la omisión no se la quita nadie. Yo le vi despachar con Artur Mas 23 peticiones que se podían haber atendido y no le hizo puñetero caso”.

-¿Se siente vetado en TVE?

“Sé que me han borrado porque no me han vuelto a llamar, que no es lo mismo que decírtelo mirandote a la cara, que sería lo lógico. No creo en las purgas porque nos hayan quitado a unos cuantos carrozas. Ya en tiempos de Zapatero, decidió que por las razones que fuesen yo no podia seguir en Onda Cero como tertuliano, y lo consiguió”.

-¿Cataluña tiene solución?
“Al final se impone la cordura. Bismarck decía que España era el país mas fuerte del mundo porque los españoles llevaban siglos intentando destruirse y no lo habían conseguido. La conllevanza con Cataluña la consiguió un señor que se llamaba Adolfo Suárez, que se entrevistó con un señor que se llamaba Tarradellas, que venía del exilio en circunstancias muchos más dificiles que estas, y consiguieron una tregua que duró 30 años. Ahora tienen que desaparecer Torra y su mentor, y hay una cosa esperanzadora, que es la división ya irremediable e irreversible entre las fuerzas separatistas. Oriol Junqueras, que es una barbaridad decirlo y hay que entender por qué se dice, es nuestro hombre, el único con el que se puede dialogar. Lo que pasa es que tenemos que recuperar a Oriol Junqueras después de meterlo en la carcel, porque ahora, y sé que es muy polémico decirlo, a Junqueras lo pintas de negro y sale Mandela de cara al exterior”.

-Deduzco que sostiene que no se debió meter al procés en prisión… 
“Ha sido una locura. Yo creo que son culpables de un golpe de Estado y que hay que pagarlo, pero en su momento. No puede ser que estos señores se vayan a tirar mas tiempo en la cárcel que Tejero. La instrucción de Llarena ha sido demasido severa, porque estos señores ni son asesinos ni violadores ni ladrones, son lo que son, golpistas. Ahora viendo el juicio, les escuchas y parece que lo único que querian era hacer obras de caridad”.

-¿Habrá condena y después indulto?
“Tengo la absoluta seguridad. Siendo Marchena el que está presidiendo el tribunal, que lo está haciendo muy bien, va a haber condena seria, si no por rebelión, sí por sedición, malversación, y esté el Gobierno que esté, va a haber un indulto”.

-¿Y el desenlace será que un día Junqueras sea presidente de Cataluña?
“Lo doy por hecho”.

-¿Qué supone la llegada de Arrimadas a Madrid?
“Es una persona con un tirón electoral brutal, que yo he comprobado personalmente. Es crítica, hace unos diagnósticos estupendos. Pero no me vaya usted a Waterloo con un cartel como si fuese la ministra de Exteriores de Tabarnia, deje eso para Boadella. A veces me da miedo el radicalismo excesivo de Ciudadanos.”

-¿Si usted fuera Rivera, qué haría?
“Me pongo en su mente. Yo la intentaria convertir en la presidenta del Congreso”.

¿Como ha quedado la figura del rey?
“Muy tocada. Creo que es el mejor rey de toda la historia de España. Y aún le espera otro calvario como el de 2016. Tendrá que llamar a Esquerra en la ronda de la investidura; imagínate que vaya Rufián, que se vería obligado a hacer el papel de Rufián y montar un pollo”.

-¿Y cómo cotiza la imagen del padre, el rey emérito?
“Ha quedado tocado para la historia; no está procesado por ser quien es, lo ha dicho el fiscal. Fue la gran figura de una época, pero después, y bien que lo siento, porque es parte de nuestra historia, se echó a perder”.


-¿Qué ha supuesto la propuesta de exhumar a Franco?

“Un error monumental, yo quiero que Franco se largue de allí cuanto antes y dejar de glorificar al dictador, pero eso tienes que estudiarlo. Yo quiero que en España lo que hagamos es un Arlington español, joder, un cementerio de todas las víctimas. Ahora que has ido a ver a Machado y a Azaña, tráetelos para acá, coño, aprovecha, en vez de estar haciendo decretazos a troche y moche, para que Macron que te los devuelva”.

-¿Le inquieta esta interinidad del Gobierno?
“Sí. Yo confío en que algunas cosas se reconduzcan, como el brexit, que tendrán que repetir el referdum y lo edulcorarán, como hicimos nosotros con el de la OTAN. Es que lo que no conviene, no conviene. Pero a mí lo que me preocupa ahora es que nos hemos quedado sin Ministerio de Exteriores. El mundo está cambiando, pero estamos con el ministro pensando en si va a ser vicepresidente de la Comisión Europea. Me da pavor un periodo en funciones superlargo”.

-El martes se para todo.
“Se paran todas las Administraciones. ¿Cuánto tiempo podemos permitirnos estar asi? Es que yo no quiero ser Italia, ni quiero a Salvini aquí, no quiero ese golfeo…”.

-¿Ha ido últimamente a Venezuela?
“He ido mucho y ahora temo que acabe en una guerra. Yo tengo un buen amigo que se llama Fernando Jáuregui, como yo, periodista, en Venezuela, y solamente digo que su hija, que es una chica estupenda, pasó la Navidad en mi casa porque se ha tenido que ir de allí. Porque no es cierto que se coma tres veces al día, lo siento señor Errejón; se han ido cinco millones de venezolanos huyendo, más que de la represión política, del hambre. No sé si Guaidó es el hombre, pero es lo que hay. Me da mucha pena que un señor como Leopoldo López siga en la carcel de su casa. Su propia mujer, Lilian Tintori, es otra figura carismática. Guaidó será mejor presidente que Maduro y más demócrata a pesar de estar puesto por el dedo de Trump, que es lo peor que te puede pasar”.

-¿Lo detendrán mañana cuando regrese?
“No sé si se atreverán, es que Trump es capaz de hacer buenas sus amenazas, es decir, que es capaz de intervenir militarmente, es que Trump es un bestia. Y de hecho. España, eso me consta porque me lo ha dicho Borrell, está con una aprensión terrible ante esa posibilidad”.

 

HAY SABIOS INCLUSO PERIODISTAS, O NO HABLARÍAMOS DE JÁUREGUI

Jáuregui, por fin, es un freelance sesentón al que picó la avispa del periodismo para siempre. Cuando dejó el diario digital que dirigía y financiaba empezó la vida que había anhelado mucho tiempo atrás. Jáuregui lo ha vivido todo en el periodismo español y ha escrito libros de memorias propias y ajenas. Es una de las plumas y voces más reconocibles de la prensa de este país, al que no hay mejor testigo que pueda dar testimonio más fehaciente de las historias y los protagonistas del último medio siglo. Acaba de coordinar con un equipo selecto de colaboradores un libro monumental de casi 500 páginas sobre la etapa más deslumbrante de España: la que nos atañe directamente desde la Transición hasta hoy. Es un mosaico de fedatarios de la evolución política de una dictadura que devino democracia y a mucha honra. Pero que ahora es sometida al escrutinio de los herederos de la generación que hizo el cambio sin derramamiento de sangre. En esta entrevista realizada en Santa Cruz de Tenerife el pasado jueves el periodista se desahoga.

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La primavera canaria

Cuídate de los idus de marzo!”, estampó Shakespeare en su Julio César, legándonos un recurso siempre a mano para políticos y amanuenses cuando llega este mes de las primaveras y, últimamente, de los primaveras, pues ahora abundan estos últimos, en la cornucopia desbordada de bisoñez y regeneración. Siempre oportunista, la política se nutre ahora más que nunca de atrevidos que anidan en las siglas donde hallan un hueco para sus novatas posaderas. En el carnaval de primarias ha salido de las profundidades del mar toda suerte de neófitos llenos de entusiasmo, animados por el auge de la mediocridad en los escaparates políticos de medio mundo. Todos buscan su momento Trump, que es el ídolo de los ignorantes, el tótem de los torpes en el ciberpucherazo, convencidos de que los ciudadanos pasan por una crisis de fe, descreídos y cabreados, lo cual es terreno abonado para instintos incultos y atorrantes.

Estamos en un marzo carnavalero y electorero, en plena feria de disfraces. En tiempos estas fiestas eran las ideales para que el pueblo relegara los problemas de índole político. Pan y circo, y de ahí las suspicacias sobre la imputación de Clavijo en vísperas de las portadas de la gala y todo ese frenesí de lentejuelas. Julio César se tropezó aquel día a su vidente, camino del Senado, donde le aguardaban sus verdugos, y le dijo sardónico: “Los idus de marzo ya han llegado”. Pero el brujo echó leña al fuego con estas palabras lapidarias: “Sí, pero aún no han acabado”. El periodista Fernando Jáuregui, de vuelta de todas las guerras de las Galias, me cuenta en el Mencey, delante del libro que han engendrado con las voces de 150 periodistas de la Transición, que este país es un pandemónium con líderes apocados, donde restalla Vox por descaro y desvergüenza. Muestra pesadumbre en lo que dice y como lo dice, quizá porque se teme lo peor, un país bloqueado tras las elecciones de abril, y guarda gratos recuerdos de Suárez, del hombre que daba la mano a los manifestantes que le increpaban pero que no quería perder ni al mus. Ahora aprecia atisbos del Suárez campechano en el afable Casado, pero cree que el duelo se libra, en realidad, entre la timidez catalana de Rivera y los decretazos prosélitos de Sánchez, que no guarda las reglas del juego, pero es el hombre de los milagros.

Canarias es una historia aparte, convengo con Jáuregui, que viene de entrevistar al presidente imputado. “Le quitó importancia”, comenta animando a un periodismo que se cuestiona las verdades oficiales, como -me dice- “advierto en las páginas del DIARIO”. Canarias es otra cosa, en la periferia del problema nacional. Pero no estamos tan lejos de la realidad. No deberíamos buscarnos enemigos congéneres, isleños como nosotros, en Baleares; todos balamos lastimeramente cuando no queda otra, así que mejor hacerlo juntos que divididos ante Madrid, que se frota las manos contemplando la celotipia política de las migajas que reparte entre sus islas mal avenidas del Mediterráneo y el Atlántico. No ha estado fino el nacionalismo canario oficial embistiendo al pariente lejano balear, como antes tampoco ensayando el fuego amigo contra Cataluña por las perras del REF. Olarte se refería a Madrid va a saber lo que vale un peine, no dijo Cataluña ni a Baleares, ni otras tierras semejantes. Tan bajo hemos caído en el discurso del agravio, que buscamos pelea con los aliados. Si Ángel Guimerá levantara la cabeza, ahora que su sobrino nieto acaba de dejarnos como quien se va y ahí les queda eso. Eso es esto, una tierra enfrascada a veces en contiendas sin sentido. Que el bueno de Ángel Isidro descanse en paz y también esta impronta cainita impropia de nosotros.

Ana Pastor dio cerrojazo a la legislatura que expira pasado mañana, y dijo con Marc Anthony: “Valió la pena”. Quizá quiso decir simplemente adiós. No sabemos lo que nos está reservado tras el 28 de abril, si este país será gobernable o arduamente conllevable, como teme Jáuregui, con los presos transidos de largas condenas indultables. Ante la nueva encrucijada, la política canaria tiene que aprender de sus errores para salvar las distancias, que en nuestro caso siempre son mayores que las de cualquier otro español. ¿Por qué en Madrid tenemos fama de políticos sensatos con sentido de Estado y de consenso y nos mandan a presidir las comisiones de investigación, pero, una vez aquí, de puertas adentro somos una jaula de grillos, un quilombo, un pandemónium? Será porque hemos ido demasiado lejos, nosotros mismos, en la insolución de nuestros problemas más serios, y hemos acabado echando la culpa a esos nuevos chivos expiatorios catalanes, baleares… Buenos son los carnavales, pero no defraudemos al sentido del humor. Estas no son bromas. Pongámonos alguna vez serios, incluso en marzo, bajo la máscara, porque la procesión va por dentro.

Cuando salgamos de esta sobredosis de urnas estaremos casi en el ecuador del año y al pasar el Rubicón -de nuevo viene a colación Julio César-, desconoceremos qué terreno nos aguarda, qué país, qué Europa, qué constelación política nos deparará el segundo semestre de este año impar con que acaba la segunda década del siglo XXI. En junio, cuando se establezcan las alianzas improbables en el mundo atomizado de los nuevos parlamentos,se nos habrá esfumado la mitad de este año borroso, que nada hacía presagiar que fuera siquiera memorable, tras los hechos pletóricos de 2018, con el numerónimo catalán del 1-O de 2017 y los apresamientos del procés, con la fuga a lo Roldán de Puigdemont, la censura de Sánchez a Rajoy, el diálogo, el relator y la Plaza de Colón. Creo que no nos hemos dado cuenta aún de que el segundo decenio se termina y los calendarios son las pautas que rigen nuestras vidas. Estos son días de inventario y de saldos. Y los nuevos gobernantes serán los albaceas de una década que se apaga. Toda esta sensación de pleonasmo histórico de las grandes fechas señaladas no es baladí. Es que estamos a las puertas de una nueva era, otra década y ciclo, quizá menos estéril, vulgar e intrascendente. Quien sabe si al otro lado Canarias se pone en hora y España salta la valla de Cataluña y el Valle de los Caídos y las aguas recobran su cauce. Albergamos los mejores deseos. Pero los idus de marzo, si bien ya han llegado, aún no se han marchado.

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La liga de las estrellas

Los famosos indicadores sociales nos sacan los colores un día sí y otro también. No hay manera de ascender posiciones en esa liga de los índices del bienestar: la pobreza, las listas de espera, la dependencia, los salarios, la vivienda… Y nos hemos hecho a la idea de que estamos indefensos ante una condena bíblica.

En un encuentro con periodistas, el presidente Clavijo ironizó con el castigo divino de los malos datos de Canarias en el vagón de cola de cada ranking social. “No crean ustedes que los políticos canarios somos unos tarugos”. Lo atribuyó a la falta atávica de financiación que padecen las Islas, abocadas a los puestos de farolillo rojo en las estadísticas de la vida común.
Dicho esto, saquemos pecho. No todas las materias son asignaturas pendientes en Canarias. El director del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), Rafael Rebolo, es un exponente de lo que digo, como lo era antes Francisco Sánchez, desde el día en que puso el grito en el cielo y, como tantas veces he recordado, le cantó las cuarenta a Adolfo Suárez para que no desviara dinero de los telescopios a carreteras.

Sánchez rompió el protocolo y soltó el speech al presidente del Gobierno, y el líder de la Transición fue receptivo y encajó el golpe: las perras fueron a parar a los observatorios y Canarias comenzó un idilio con la Astrofísica que cuarenta años después nos erige y elige como catapulta de la ciencia de vanguardia de España en Europa y en el mundo.

Es una aventura que conozco de primera mano porque estuve allí. Conocí a Sánchez en ese momento del umbral del IAC en nuestra tierra (hablo de mediados de los 70), viví el instante en que el complejo de lentes de nacionalidades diversas como una Babel de la ciencia del cielo arrancó en el 79 (de ahí el aniversario) y asistí a la puesta de largo de los observatorios con reyes y reinas y jefes de Estado y ministros de una decena de países en Tenerife y La Palma, en el mes de junio de 1985. Hasta hoy, en que tener el IAC equivale a tener una mina de oro en las faldas del Teide y del Roque de los Muchachos.

Rebolo recibió la semana pasada el Premio Nacional de Investigación, que le entregaron los reyes (Felipe VI es astrofísico de honor del IAC desde cuando era príncipe y su padre lo traía a mirar las estrellas como dicta la tradición de los reyes que eran sabios), y cuando lo llamé para felicitarlo, la conversación despedía noticias de primer orden, inversiones internacionales de extraordinaria rentabilidad social y económica… Me habló del centro tecnológico (Iatec) que abrirá sus puertas mañana en La Laguna y de la inminente creación del Edificio Hawking en un anexo del propio IAC. No somos unos tarugos. Podemos demostrarlo.

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El centenario de César

La especulación y, por consiguiente, la masificación del espacio, o el escaso interés que se presta en mi tierra a la educación y la cultura hacen de las Islas un territorio hostil para quienes, como en mi caso, la actividad mental y artística es algo irrenunciable”. Esta fue la última declaración que anoté al entrevistar a César Manrique un año antes de su muerte. La releo a menudo. Especulación, desinterés por la educación y la cultura, territorio hostil… Si hoy viviera, sería una suerte de presidente paralelo, como Guaidó en Venezuela. Murió el 25 de septiembre de 1992. Y había nacido el 24 de abril de 1919. Lanzarote, su feudo, y Canarias toda se disponen a celebrar, exactamente dentro de dos meses, como hoy recuerda en el DIARIO el periodista Juan Carlos Mateu, el centenario del más deslumbrante y explosivo de nuestros paisanos más célebres. En los albores de Facebook promoví una encuesta sobre el canario más representativo de toda su historia. Y el escrutinio fue inexorable: César. César Manrique. No estaría de más comprobarlo por métodos más rigurosos. Pero de lo que no me cabe la menor duda es de que se trata del canario más querido.

En cierta ocasión, de camino a la radio con Gilberto Alemán, nos tropezamos al final de la calle San José a César Manrique y Pepe Dámaso. César, como siempre con el depósito lleno de pasión, se invitó: “¡Pues vamos!” Entraron en el estudio de Radio Club y esa vez los dos hicieron El Club de la tarde. Era un pope que se bajaba del púlpito y te trataba con afecto. Cuesta trabajo acordarse de César sin soltar una lágrima. Mi padre, conejero de Guatiza, lo había conocido de niño. Y nosotros, sus hijos, frecuentábamos al artista como si fuera un vecino de toda la vida. Ya entonces periodistas, explotábamos la mina: es que informativamente César era un filón, y humanamente, tenía un poder de atracción máximo que lo convertía en el centro de atención. Aquel hombre era un extraterrestre caído del cielo como el ángel rubio de Saint-Exupery, como cuando se evadía por las galaxias de su imaginación o pintaba las banderas del cosmos para los observatorios del IAC, que hicieron que su amigo el rey Juan Carlos le pidiera una insignia para su yate.

César tenía una cosa que le perdía. No se callaba nada, con la sinceridad y los egos infantiles desatados de las musas que le acompañaron hasta la muerte. “Aquí se metían con las putas y los maricones y nosotros dábamos la cara contra aquella persecución tiránica”, nos soltó una noche en El Almacén, de Arrecife, mostrándonos las fotos de los viajes por medio mundo. No fue siempre bien acogido en la isla, hasta que se ganó el respeto, a la vuelta de Nueva York, con la connivencia de su amigo Pepín Ramírez, que presidía el Cabildo y le dio rienda suelta a los dibujos de sus servilletas. No está todo hecho ni dicho sobre César: queda pendiente el monumento a la paz, el de los misiles, que Gorbachov se ofreció a inaugurar. Cuando César cobró la aureola de mito divino en vida (el dios Baco de Lanzarote, como llamó Luis Alemany a nuestro héroe en el reinado de Manrique-Turandot) su autoridad moral era aplastante: “Recoge el papel del suelo, que no se entere César”, reprendió una madre a su hijo en mi presencia. Hoy aquel ecologista endiablado habría invitado a su centenario en la isla a esa adolescente sueca, Greta Thunberg, que se fuga de clase todos los viernes para protestar ante el Parlamento contra la crisis climática, algo tan manriquiano e indómito.

Olarte lo llamó para comunicarle la concesión del Premio Canarias en el 89 (tenía 70 años), y explotó: “He sentido vergüenza. Me siento mal”, declaró al periodista Antonio G. González. Ese año era candidato al Príncipe de Asturias y acumulaba el Europa Nostra, el Mundial de Ecología y la Medalla de Bellas Artes. No perdonaba la pereza en reconocerle como profeta en su tierra. Era un artista más prestigiado fuera que en casa. El Ministerio de Cultura de la República Federal de Alemania (RFA) le pedía consejo sobre las mejoras del metro de Múnich, cuando no lo llamaba Hussein a Jordania para que se inspirara en su país y le diseñara una casa en La Mareta. Nada de eso le sorprendía, pero sí que Lufthansa se negara a cobrarle por trasladar 90 obras de arte a la RFA. “Es que usted lleva cultura a nuestro país”, le explicaron.

César tenía prontos, o no era César. Le envenenaba comprobar “la envidia, la ignorancia y la mala idea”. Lo sacaban de quicio, por ese orden. Y la desidia de los políticos. “Lanzarote se está muriendo”, les arengaba. “¡Socorro!”, clamó en un manifiesto, que fue secundado por su amigo el arquitecto alemán Frei Otto (que participó en el documental de Miguel G.Morales Taro: el eco de Manrique, sobre el ecologista y activista conejero que predicaba la sostenibilidad en el desierto).

¡Qué personaje más inmenso y pletórico! Acaso sea un canario irrepetible. Nos inunda la nostalgia, se hizo demasiado grande para aceptar su ausencia. ¡Cuánta falta nos hace César!, nos lamentamos cotidianamente. Cuando cogía el megáfono, la gente lo seguía. Era carismático y convincente. Lástima que no se conocieran César y Saramago, que llegó a Lanzarote en 1993, un año después de su accidente mortal. El Nobel hablaba del fantasma de César, que estaría por Lanzarote “dando tirones de orejas a los políticos, a los empresarios y a los ciudadanos que están dejando que la isla se pierda”, me dijo el portugués en cierta ocasión.
Una vez le pregunté por sus amigos vanguardistas neoyorquinos, porque venía de reencontrarse con Warhol en 1984 en la ciudad de los rascacielos, donde César vivió en los 60, tras la depresión (como sostiene Carmensa de la Hoz) por la muerte de su mujer, Pepi Gómez, compañera y promotora de sus años abstractos en Madrid. En Nueva York lo fichó Catherine Viviano, la primera galerista que introdujo a Miró en Estados Unidos. Andy Warhol y Manrique recordaron, entonces, los viejos tiempos, dos décadas después. ¿Por qué se hizo pintor y no arquitecto, como quería su padre? “Porque odiaba las matemáticas”. Sin embargo, Christopher Alexander, teórico norteamericano sobre arquitectura, dijo que el Mirador del Río, en el Risco de Famara, era una de las cuatro obras arquitectónicas más significativas que conocía. Con todo, sus detractores lo tachaban de simple jardinero. César decía con Monet: “Mi mejor obra es mi jardín”.

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La termita electoral

El terror de los políticos es que se cuele en el debate un asunto imprevisto, unas termitas, unos microplásticos en las playas de un territorio que idolatra el turismo como el maná. En temporada electoral, la obsesión de los partidos es cerrar el programa, acotar los compromisos, exagerar de una manera calculada los eslóganes y mantras que los candidatos repetirán como loros. Y en ese campo hay una serie de clásicos, de temas socorridos en los que los políticos se manejan con soltura. Son latiguillos sobados, la sanidad, la pobreza, la dependencia, la vivienda, los desahucios, los alquileres vacacionales y no tan vacacionales, los vocacionales temas de turno. De todo esto se sabe poco y se larga mucho por el pico. Pocos políticos estudian tales temas y temarios, pero a fuerza de repetir tópicos y zambullirse en debates estériles que acaban resultando cansinos -la pescadilla que se muerde la cola-, adquieren tal destreza para hablar de lo que sea sin necesidad de hacer un máster -ya desacreditado por completo- que, llegado el turno electoral, lo que menos gracia les hace es que les cambien el guion. La termita, el microplástico… Estos días se han colado ambos, en mitad de las listas de espera, las Chumberas o Guaidó, y no les ha quedado otra que preguntar al asesor de campaña, hacer averiguaciones de urgencia, tener la chuleta a mano para salir del paso. ¿Y esto de esas termitas que amenazan con dejarnos sin viñas ni artesonado, de qué va? ¿Es cierto que la isla se enfrenta a la peor especie invasora que se recuerda?, ¿que la erradicación de la plaga costará cinco millones y va para largo?, ¿que las susodichas termitas americanas han venido para quedarse y echarnos a la patada devorando maderas y especies vegetales, por no decir todo cuanto se les cruza en el camino, en una de esas pesadillas de Lovecraft? ¿Qué diantres son esas Reticulitermes flavipes que pisaron la isla hace diez años y no han parado de comernos por los pies como una amenaza nuclear? Esto y el microplástico, otra historia para no dormir. Son las nuevas materias que tocan este curso, sobre todo en el examen del 26M, que tiene un perfil más local y donde no queda otra que mojarse en estos temas sobrevenidos, a riesgo de pifiarse, dado lo inédito de cada asignatura. De estas cosas no se tiene rodaje, nadie habla en un debate de la nacionalidad de las termitas de Tacoronte, Arona y Valle Guerra. Pocos se atreven con el Orkambi, que ya es osadía lidiar ese toro, hablar sin trastabillarse, mínimo dos minutos, de la fibrosis quística con la mutación F508D y el correspondiente fármaco que devuelve a los niños afectados el derecho a respirar. Estos son los problemas inauditos, las nuevas preocupaciones sociales, blandidas por plataformas espontáneas y movilizaciones contumaces en las plazas de la capital. Pero el político rezonga como un mastín acorralado, pidiendo árnica a los guionistas del partido para ver qué coño dice ahora que se la juega en las urnas y no tiene ni p… idea de estas demandas que están saliendo a la luz a traición. Termitas, microplásticos, Orkambi… A estudiar.

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El mundo corriente de Leopoldo Abadía

Si Sánchez hubiera hablado antes con Leopoldo Abadía no habría desdoblado las urnas entre abril y mayo, dado el coste de cada convocatoria y las reminiscencias de la austeridad que aprendimos con Merkel en la crisis de 2008. Este doblete ya es inevitable, y estamos en pleno zafarrancho, sentando precedentes en Europa, que nos tiene en el punto de mira por nuestro catexit, nuestro comisario Villarejo, nuestros chalecos amarillos en Colón y nuestros lepenistas de Vox. Hasta Franco libra su batalla póstuma en este país de entierros, y es probable que Sánchez se quede sin tiempo de abrir el sarcófago con los restos del dictador. Bien vista, España está que se supera. Siempre fue un país de vodevil o de opereta chusca. Y ahora se reproducen y multiplican los pendencieros y endriagos. Torra es un esperpento del género echadopalante y en la entrevista con Carlos Alsina en Onda Cero se cubrió de gloria: “La democracia está por encima de la ley”. Hay veces que se habla igual que se escupe, sin pensar lo que se dice, y el oyente se lleva las manos a la cabeza. Ahora Sánchez cree que zafándose de Torra y dejando a los jueces que expurguen los demonios en el Supremo se desdramatiza el procés, pero el cuplé es el cuplé, y en el siglo XIX cobró notoriedad el cuplé político, que hasta hubo uno titulado, precisamente, Los presupuestos de Villapierde.

El 28A y el 26M. Alea iacta est. La suerte está echada. Lanzó Sánchez el dado y ya no hay marcha atrás. Para una sociedad, que fue tan cainita, como la canaria, celebrar elecciones a tutiplén no es ninguna desgracia, nos aúna. Siempre que la España peninsular toca a rebato y llama a votar, nosotros sabemos que tenemos una papeleta y una urna más: la de los cabildos. Y ahora se suma otra, la urna regional. Así que, pueblo de carnaval, no nos matan las fiestas. Y esta vez, doble. ¿No quieres caldo…¡Pues toma dos tazas! Leopoldo Abadía tuvo un golpe esta semana en el Mencey. Contó que había recibido una carta de un amigo, en la que le preguntaba si habría una crisis dentro de cinco o diez años peor que la anterior, y el conferenciante convirtió su intervención en el Foro Premiun de la fundación DIARIO DE AVISOS en una respuesta epistolar al amigo preocupado: “No hay peligro de una próxima crisis. Porque la crisis ya está aquí”. Era el día en que Sánchez haría las maletas y convocaría elecciones Al cabo de dos horas escuchando las enseñanzas del chamán de la crisis de 2008, el hombre sensato que contó las verdades del barquero, a uno le sobresaltó con pena cobrar concencia de que Abadía no es la clase de personas que se presentan a las elecciones. Es más, ahora mismo nos gobiernan los insensatos, como si se hubiera extinguido la cordura. La esperanza de este país, en vísperas electorales, es que siga dando motivos para que The Economist lo sitúe entre las únicas 20 democracias plenas del mundo, un registro de solvencia del que se ha caído, por cierto, Estados Unidos. Me reconfortaba Abadía cuando, ante los nubarrones, proclamaba: “¡Aquí nada se hunde! Todo siempre sale adelante”. Y tiene 85 años este optimista empedernido. Con 12 hijos, 50 nietos y una bisnieta, todo ya le trae al pairo, llueva o truene.

Si Leopoldo Abadía gobernara el mundo sería un presidente juicioso y divertido, con la edad octogenaria de un pibe, que haría presupuestos con la cabeza, evitaría disparar los intereses de la deuda, repartiría trabajo y riqueza “por decencia” y llamaría a las cosas por su nombre, sería ocurrente, inteligente e inteligible, sin la jerga incomprensible del prospecto del político, que este usa cuando quiere que la gente no le entienda. Pero Abadía no manda en el mundo, que es una familia muchísimo más numerosa que su hogar. Desde hace diez años este gurú del sentido común predica la prudencia, como Batasar Gracián, para las cosas de comer, como un Krugman amateur de la economía doméstica. Abadía es Larry King viviendo el momento estelar de su vida, ya jubilado, con la cabeza intacta como una profética bola de cristal. Cuando le llegó el éxito tenía 75 años; nos dijo que una tarde de domingo de enero de 2008 escribió una palabra en su correo electrónico: crisis. Y le salieron seis folios. Y el texto se disparó más allá del círculo restringido de sus compañeros de trabajo, a los que obsequiaba con una especie de diccionario de andar por casa. Hasta que un directivo de banco tuvo la osadía de fírmarlo como de su propia cosecha. Era un caso claro de viralidad, y su hijo Gonzalo le orientó: abrió un blog y escribió el bestseller de su vida, La crisis ninja. Hace diez años de la Gran Recesión y del boom Abadía. El jueves entró por el Mencey este abad ninja de apariencia ciertamente monacal embutido en su impecable traje oscuro profesoral de conferenciante pop, como un Leonard Cohen a darnos un recital de economía de la vida. Un hombre convincente y asertivo. Aquí no se hunde nada. Que no cunda el pánico. Echó un vistazo alrededor: brexit, deuda global, el pique comercial USA-China, Venezuela, corrupción…esas cosas. Y, por tanto, crisis. Pone ejemplos domésticos. En mi casa hay de todo, explica, hijos y nietos emprendedores y una mujer que refinanciaba los agujeros económicos del sobrecoste familiar. Los hijos nunca se amortizan, pero cuando su mujer enfermó de cáncer acudieron en batallón los 70 miembros de la familia a prestar ayuda, y eso no tiene precio. Por tanto, piensa que debería ser obligado tener 12 hijos .”¡Dios, qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos?”, exclamó una mujer en una de sus conferencias. Y otra respondió: “No, qué hijos vamos a dejar a este mundo”. El mundo es maravillo, dice Abadía. La clave es formar hijos honrados y nobles para poblarlo debidamente. Formarlos con reciedumbre.

Antes de que recogiera sus bártulos, le pregunté por la libreta de notas y la tableta que usaba, por esas dos latitudes, y entonces el autor de El bitcoin y otros misterios del mundo actual recordó la sociedad de la que venía: aquellos años 30 no conocían el móvil, ni siquiera el coche. Pero no era un mundo bucólico, había olores distintos y sabores diferentes. Nunca ha habido un mundo bucólico, dijo afable y la función se terminó. Nunca se presentarán candidatos como Abadía a las elecciones. Y es una lástima.

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Supersánchez en superdomingo

La semana viene dada como una mascletá. Esta es la madre de todas las batallas. De mañana no pasa. Los augures del Gobierno filtran fechas hipotéticas para las elecciones anticipadas. Pero una vez tirada la piedra -la agencia Efe difundió ayer la probable cita del 14 de abril-, en la Moncloa esconden la mano. No hay fecha aún, todo está por decidir, según fuentes de palacio. El presidente, que es el único que guarda el secreto, digiere el mal trago del 10F, el domingo de la plaza de Colón, y se parapeta en el debate a la totalidad de los Presupuestos, que es como saltar la valla de Ceuta y Melilla sin concertinas. Si el Gobierno pasa al otro lado de la frontera tiene dos opciones: o tira con los Presupuestos a ver si el viento sopla a favor, o llama a las urnas con las cuentas en el haber, como si ese triunfo en la mano fuera su mejor campaña electoral. Nada se sabe de lo que se cuece en las calderas de la Moncloa. Son una tumba. El viernes, el Consejo de Ministros piensa decretar la exhumación de Franco, y de paso, cabe suponer, que saldrá a la luz la fecha del adelanto electoral. Todos los secretos, como los muertos, deben su condición a que permanecen ocultos, hasta que alguien levanta la losa. Este es un momento de silencios oficiales y velatorios. Todos dan la legislatura por finiquitada, y se avecina una tormenta perfecta. Desde hoy, la foto de España es el Tribunal Supremo. El juicio del siglo al procés va para rato y no se hablará de otra cosa. La política es de rachas, y esta es una oportunidad inigualable: el juicio al separatismo cae en precampaña, y no se conoce otra alineación astral de tal calado. Un debate de togas sobre la unidad de España en vísperas de elecciones, juzgar a los enemigos de la patria por los magistrados del alto tribunal no tiene precio para los partidos de derechas. Es como hacerle gratis la campaña al PP y Vox. Tanto el PSOE como Ciudadanos tienen en común la misma urticaria al contacto con el partido de Santiago Abascal. El PP lo lleva mejor, es un hijo pródigo que anda emancipado por ahora, y la confluencia de sus márgenes es cuestión de tiempo. En cambio, socialistas y Ciudadanos anhelan hacerse con el espacio de centro. Mañana sabremos si Sánchez inicia ese viaje a la demarcación que los expertos bautizan como el 5, el dígito zonal de los consensos moderados. Si los Presupuestos decaen con la mayoría de las enmiendas a la totalidad, el Gobierno convocará elecciones anticipadas, guardará la indumentaria radical y lucirá las mejores galas para esta fiesta en el centro de todas las miradas. Al Gobierno le queda una bala en la recámara, en mitad del fuego cruzado por el juicio, los Presupuestos y las manifestaciones habidas y por haber en Madrid, Barcelona y demás capitales. Sánchez no puede errar ese último disparo y ha decidir qué hace: si convoca en abril u otoño o monta un superdomingo el 26M uniendo todas las elecciones en una urna multitudinaria. Al adanista Sánchez le gusta inventar. Por eso temen los barones del PSOE que rompa todas las convenciones una vez más. Pero, a fecha de hoy, la fecha de mañana está en el aire.

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El relator que alteró la historia

A Sánchez los allegados lo describen como un político impertérrito, que es capaz de gestionar el día al día sin que le superen los acontecimientos. En cambio, Borrell, el ministro de Exteriores, por poner otro ejemplo, siendo un viejo lobo estepario de la política española socialista, llegaba conturbado a las reuniones dando vueltas al monotema de su multa por vender acciones de Abengoa. Sánchez sobrenada con desparpajo ajeno a las suspicacias sobre su tesis; publica un libro sobre su acceso al poder sin esperar a jubilarse según una de esasnormas no escritas; se desconecta de la derrota andaluza y hace oídos sordos a quienes le señalan; hace entretanto giras internacionales por Europa, África y América, y da un ultimátum a Maduro sin ningún cargo de conciencia por su propia interinidad. Lo único que le ha ocupado a Sánchez es mantenerse en el Gobierno, es cortejar a sus consortes de la huraña Cataluña para conservar la Moncloa el mayor tiempo posible, pues en esencia no hay político que renuncie a permanecer en el poder. Podemos cuestionar a Sánchez por no tener quién le escriba y buscar un relator o mediador (con tan poca fortuna, siendo una vieja figura encarnada por Urkullu, entre otros, en tiempos de Rajoy). Pero no que haga ímprobos esfuerzos por no dejar caer la corona, el trono y hasta los jaeces de su caballería. En este debate con uñas y dientes, Casado y Rivera usan las mismas armas que Sánchez pero en sentido inverso; ambos quieren lo que él ya tiene, y de ahí que se ponga reluctante. En España quien resiste gana, decía Cela. Luis, resiste, dijo Rajoy. Sánchez, el resistente, ha descrito su propio mito en un libro, Manual de resistencia, narrado con ayuda de su leal Irene Lozano. “A diferencia de otros, este libro lo he escrito yo”, fue lo primero que dijo, a propósito, Alfonso Guerra el miércoles en el Congreso al presentar su ensayo La España en la que creo.

No es la pose, sino son los hechos. La fama de ave fénix le viene del destierro y resurrección en Ferraz. Y abona esa suerte de mitología de la que siempre alardeó el PSOE de sus líderes: de ahí el caso de Felipe González, dios, el primero de los dioses socialistas desde la Transición.

La oposición toma hoy la calle en la Plaza de Colón, en Madrid, donde antes pastoreó contra la ley del matrimonio homosexual de Zapatero, y lo hace con un tic venezolano que estos días está en boga. Salir al ruedo para lancear al Toro de la Vega con el símil inconsciente de hacer de Sánchez nuestro Maduro, mientras sus rivales se disputan quién de ellos es Guaidó. Los patriarcas tienen su otoño y sus retoños, y en el mejor de los casos terminan sus días en exilios y retiros, pero ni esto es Venezuela ni Sánchez es Maduro. Habíamos quedado en 1994 con “váyase, señor González”, y ahora el hijo de Aznar -que acuñó aquel eslogan- se lo profiere a Sánchez. La historia se repite 25 años después en boca de Pablo Casado. Mucho antes, en 1980, Felipe González censuró a Suárez, y fue cuando Alfonso Guerra le dio caña al presidente de UCD hasta en el carnet de identidad. Si Suárez hoy se reencarnara, lo haría en Albert Rivera, quien 40 años después sacude a Sánchez sin tregua como si vengara la memoria del centrismo vituperado por los socialistas cuando Guerra llamaba al padre de la Transición tahúr del Misisipi. Si bien la censura de González fracasó, la de Sánchez salió adelante. En este juego de espejos, los personajes se reemplazan por acólitos e imitadores. La política española es un tiovivo, los mismos caballos y casi los mismos jinetes dando vueltas con el rostro cambiado. Faltaba Blas Piñar y ya llegó Vox.

A lo que se reduce el gravísimo momento político que atraviesa este país esta semana -tras el 15M de la derecha en la Plaza de Colón-, con el juicio del procés desde el martes día 12 -la guinda tras Gurtel, Bárcenas y tarjetas black- y la votación el miércoles en el Congreso de las enmiendas a la totalidad de los primeros Presupuestos del PSOE, es a la inveterada lucha por el poder, tanto para conquistarlo por las malas como para no soltarlo por las buenas. ¿Qué pinta aquí un relator? , se preguntaba Guerra, al presentar su libro sobre España. ¿Acaso esto es Yemen?, ironizó sobre el traumático mediador codiciado por Torra para moldear lo catalán de conflicto internacional. Es cierto que Sánchez mandó parar el viernes a la vista de la rebelión a bordo por el relator -Page, Lambán, Soraya, Vara, Rodríguez Ibarra, Guerra y González- y de la venezolanización del centroderecha para pedir elecciones en la calle ya. Sánchez, el sicofante, que decía Gustavo Bueno, sufrió los insultos de Casado -“traidor”, “felón”- y logró que una legión de fuerzas -incluida CC- totalizaran la mayoría para devolverle los Presupuestos. A las puertas de las urnas, por tanto, ordenó a Carmen Calvo poner tierra de por medio con los separatistas y cambiar el relato. De manera que en las factorías del PSOE han de reescribir la biografía de Sánchez a toda pastilla. ¿Cabe una reconversión del presidente más a la izquierda hacia el centro, la gran parcela que todos quisieran urbanizar? Está el superviviente que llegó a la Moncloa, su periplo retorcido y zigzagueante. Casado y Rivera no han pasado aún ese Rubicón. Este renacido vuelve de sus doce trabajos hercúleos con la sombra de Felipe González alargada pero estéril en cuanto a él.

Jamás había prosperado una moción de censura en España ni había sido elegido presidente un no diputado, ni las primarias del PSOE las había ganado alguien procedente del infierno sin ser devorado por el aparato, ni nadie había gobernado con la alianza de los bárbaros. El instinto nos dice como a Rivera que el partido se juega en el centro del campo. En esa demarcación. La del ave fenix de la zona cero donde están cayendo las bombas del sanchismo y el antisanchismo como un rapto maniqueo del chavismo y el antichavismo. Sánchez vuelve a regresar de las tinieblas, fiel al guion. Un viaje al centro no es moco de pavo si se ha estado de donde él viene. Pero ese vellocino de oro lo anhelan muchos, tantos…

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Venezuela,otro 58

La puerta de salida ya está abierta. Otra cosa es que Maduro la franquee. Con el reconocimiento explícito de Juan Guaidó por parte de España y una veintena de estados europeos influyentes, la crisis política venezolana, inédita en su concepción y desarrollo, se globaliza como nunca antes otro conflicto semejante. En América las revoluciones socialistas no han acreditado sus bondades entre el pueblo y Estados Unidos se aprovecha de ello y se siente con ánimo para destronarlas, pues tiene el viento a favor en Brasil y Colombia tras los recientes cambios de gobierno. Todos somos conscientes del papel que desempeña el Tío Sam, de las fichas que mueve Trump dentro de un cronograma congénito de injerencia para cambiar un régimen por otro. En la Casa Blanca esto mismo lo hicieron en ocasiones anteriores, pero el método era menos alambicado, provocaban un golpe de Estado o invadían un país. En esta ocasión, el manazas de Trump cuenta con el concurso de democracias consolidadas como la española, la francesa, la alemana y la británica, amén de otros estados europeos que también se han sumado al respaldo internacional del joven ingeniero Juan Guaidó o que lo harán previsiblemente en las próximas horas. De manera que lo que hace singular el caso venezolano es esta alineación de astros no etimológicamente imperialistas. Diríase que Maduro se lo tiene merecido y sus estertores en Miraflores recuerdan a un pez boqueando en la superficie de un acuario con falta de oxígeno. Desde el 23 de enero, en que se proclamó presidente encargado, Guaidó es fácticamente un poder paralelo en constante ebullición,mientras el aparato chavista contempla el reloj de arena sin capacidad de respuesta. Las embajadas de Maduro en los paises que se adhieren a Guaidó pasan a representar a su país en un limbo y, salvo entrevistas y arengas selectivas en regimientos afines megáfono en mano, el presidente chavista es un hombre acorralado que agota sus días en una residencia blindada, asediado por los manifestantes que lo azuzan tras las rejas del aeropuerto de La Carlota, por donde Pérez Jiménez huyó con familia y botín en enero del 58 a bordo de su Skymaster, a las 3 de la madrugada. La historia parece decidida a repetirse. Hace 60 años las movilizaciones echaron al dictador y hubo elecciones tras una Junta de Gobierno que promovió la transición bajo el pacto de Punto Fijo, y el primer presidente del cambio fue el hijo de canario Rómulo Betancourt. Las democracias que se conjuran contra Maduro presienten que el desenlace será próximo y constitucional, al amparo del resquicio de la ley que avala al presidente de la Asamblea Nacional ante la pretendida perpetuación del régimen, que da la espalda al poder legislativo y amaña el resultado en las urnas. A Pérez Jiménez no le funcionó la treta, cuando forzó su continuidad contra el aliento de la calle, y huyó. Ahora Maduro le dice a Jordi Évole que sus seguidores están armados y puede haber una guerra civil, pero ni los bulos le ayudan, pues cuentan que Rusia anda sacando toneladas de oro de Venezuela por aire ante un inminente golpe de Estado promovido por el Pentágono, que esta vez tiene coartada europea, democrática y hasta humanitaria.

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El discurso de Chávez en Tenerife

Juan Guaidó ya es un nombre célebre, con apenas diez días de viralidad en la nomenclatura de líderes mundiales. Ha sido un ascenso meteórico. Desde ayer Venezuela transita un camino cuya incertidumbre ya no es el nombre, ni el hombre, sino el porvenir que aguarda a Maduro y la generación de gobernantes del fogonazo que supuso la llegada de Chávez. El general de división que se alineó junto al presidente interino, abriendo la espita de la disidencia programada, y las manifestaciones multitudinarias, que han hecho de Venezuela una causa común de carácter mundial, revelan a las claras los indicios de un seísmo político. Los acontecimientos se precipitan y hay una alineación de planetas, incluso de diversa ideología, que -en la era de menor consenso entre Europa y Estados Unidos- señala una sola desembocadura. La incógnita es España, llamada a ser, respecto a Venezuela, la avanzadilla, la proa de Europa. Con esta asignatura, la transición venezolana, se ha de fajar el Gobierno también transitorio de Sánchez, que ha de saber jugar sus bazas -las que le entrega en las manos la historia- para hacerse respetar por Estados Unidos y por Europa. España es más América Latina, más Venezuela, que los propios norteamericanos y el resto de los europeos, y tiene ahora el deber de ejercer un papel activo, bajo la experiencia de nuestra propia Transición del 78, de nuestro mestizaje de ida y vuelta, de nuestra cultura y de nuestra lengua. Este es un proceso, en términos idiomáticos y políticos, genuinamente hispánico, al que las Islas Canarias no son ajenas, por insignificante que sea en la actualidad -no siempre fue así- nuestra aportación americanista a la política exterior española. Es quizá el momento de reconducir la historia en sus justos términos. Y Pedro Sánchez no debe ignorar que España también se juega en el envite posicionarse en el país más afín para los retos futuros de América. En esta tarea la figura del canario Héctor Gómez, secretario de Relaciones Internacionales del PSOE, constituye toda una oportunidad.

La situación es inédita. España -como Francia, Alemania y Reino Unido- reconocerá a partir de mañana a Juan Guaidó como presidente legítimo interino de Venezuela llamado a convocar elecciones, y se adentrará en un territorio desconocido. Las multitudinarias manifestaciones desde que el ingeniero treintañero se autoproclamó presidente encargado no han remitido – como comprobamos ayer- y a nadie se le escapa que el cambio obedece a un plan en absoluto espontáneo, donde la mano del Tío Sam no se adivina, se palpa. Era un secreto, a voces. El 15 de octubre de 2018, el periodista venezolano más perseguido por Maduro, Miguel Henrique Otero, propietario y director de El Nacional, dio una primicia preventiva a Juan Carlos Mateu en DIARIO DE AVISOS, cuando se disponía a recibir el Premio Taburiente de este rotativo: “Antes de diciembre publicaremos el titular Venezuela vuelve a la democracia. Guaidó dio el chupinazo el 23 de enero. Otero erró el disparo -respecto al epicentro del seísmo- en apenas un mes.

En esta ocasión la política intervencionista de Washington en su patio trasero cuenta con la cooperación necesaria de Europa. La UE, pese a la cautela de Mrs. Pesc, Federica Mogherini, se decanta por Guaidó tras ser reconocido el jueves por el Parlamento Europeo. Trump previno, en la víspera, a Sánchez de su jugada de ajedrez: Guaidó juraría el cargo en una plaza de Chacao y se acabarían los grupos de diálogo con Maduro, las reuniones en terceros países, Zapatero y su alianza de civilizaciones. Cuando le pregunté a Zapatero en septiembre por su papel de llanero solitario de la entente con Maduro, me respondió: “Mi opinión es que una parte de la comunidad internacional tiene un análisis equivocado sobre el conflicto que vive Venezuela”. Trump, el primer presidente de Estados Unidos que considera a Europa su enemiga,ha conseguido acompasar los pasos de baile con sus contrapartes de Europa para aislar a Maduro, aun pecando de carcelero con la impertinencia de su asesor de seguridad John Bolton, el del mostacho blanco (el mismo que anotó en la libreta: “5.000 militares a Colombia”): “Le deseo [a Maduro] un largo y tranquilo retiro en una bonita playa lejos de Venezuela en lugar de Guantánamo”.

Quizá dando un salto atrás entendamos lo que sucede. En febrero del 2000, Hugo Chávez preguntó a su anfitrión en Tenerife, “¿qué harías tú, Román, con un 80% de pobreza?”, dirigiéndose al entonces presidente canario Román Rodríguez. Veinte años después de chavismo -se cumplían ayer, día 2- su colapso radica en el fracaso de los paradigmas contenidos en el discurso que Chávez pronunció en el Parlamento canario aquel 22 de febrero de hace 19 años, a poco de que las Islas se volcaran en ayudas por unas inundaciones catastróficas. Su sola relectura explica lo de Guaidó y Leopoldo López, a quien este periódico incluyó en la nómina de los Taburiente en 2017.Chávez, un militar campechano dotado de la mejor oratoria de su continente, venía de desayunar con el rey Juan Carlos, que siete años después, en Chile, le dio un espantón en una cumbre iberoamericana que dio la vuelta al mundo: “¿Por qué no te callas?”. Ese fue el dicterio que le marcó. Canarias le trajo recuerdos de su infancia en estado Barinas, de unos vecinos fervientes de la Virgen de las Nieves, de La Palma. Todavía en caliente, sin tiempo para quemarse en las brasas del poder, con tan solo un año en el Gobierno, descorchó sus propósitos que hoy son los despropósitos que llevan a Maduro a este desbarrancamiento. Habló del “fin de un modelo político social y económico”. Úslar Pietri, en Caracas, me explicó su teoría de que Venezuela no había “sembrado el petróleo”: reinvertir sus beneficios. Chávez lo llamaba corrupción, pero el pez muere por la boca. En su arenga tinerfeña, dio las razones de su revolución. “Hermanos canarios”, enfatizó, “el peso que ha recibido mi generación es el de un 80% de pobres, una mortalidad infantil disparada, un sistema productivo deshecho, una juventud sin oportunidades para formarse.” Y habló de “barrer unas instituciones caducas y pervertidas”, y de conquistar la confianza de los empresarios. Chávez estaba exultante, todavía lejos de este fracaso, al que no iba a sobrevivir. Su discurso de Tenerife vale hoy contra Maduro, que ha logrado poner de acuerdo a Europa y a Trump, el aceite y el vinagre aguados en la persona de Guaidó.

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