El voto, El Hierro, el volcán

Aquí, a tres semanas de que el volcán entre en erupción y, o bien todo salte por los aires o se produzca una explosión controlada, incluso, sin efectos visibles, como el famoso Tagoro recóndito de El Hierro, la realidad es que crece la expectación, la incertidumbre aumenta y domina la inquietud. Las elecciones del domingo 26-M ya tienen los seísmos en la antesala tocando a la puerta antes de que el escrutinio impacte de un modo definitivo e irreversible. Tras el enjambre de ayer entre Tenerie y Gran Canaria hubo un terremoto sentido de 3,7 grados en la escala de Richter, precisamente, en las tripas de El Hierro, la isla laboratorio de las energías renovables, de Gorona del Viento, del volcán submarino y de Tomás Padrón, que en su día era una cosa y la otra, la cara del talante de la biodiversidad pionera de Europa y de la rebeldía volcánica de una isla indócil e inconformista.

Las paradojas de la política han hecho que mientras el volcán se desataba, los nuevos líderes y cargos públicos de la Agrupación Herreña Independiente (AHI) se amansaban, acólitos disciplinados de la hegemónica CC, y ahora hay movimientos telúricos en la indómita AHI, que recuerda con nostalgia los redaños de Tomás Padrón pero sin Tomás Padrón, ya retirado del campo de batalla y olvidado con la alevosía edípica de matar al padre, que hace estragos en política desde Sófocles y Freud.

En las calles de El Hierro se debate de política en la antesala electoral en un sentido metáforico como si fueran las calles de Canarias. Hay un rechazo hacia el dirigente acomodado en El Hierro y en Canarias, porque si algo incomoda al votante común es que le tomen el pelo regalándole los oídos -como en esta precampaña de vendemotos con tufo a taumaturgia de baja estofa- para coger el poder y si te vi no te conocí hasta la próxima componenda electoral. Es la primera gran sacudida a bordo de CC. Los presidentes de los comités locales de AHI le piden a la presidenta Belén Alllende que dé un paso al costado por el bien del partido y renuncie a la doble candidatura cabildo-parlamentaria. En DIARIO DE AVISOS hemos sido premonitorios con aquella portada que recordaba el acuerdo asambleario incumplido por el aparato de AHI de revisar el contrato con CC. Se hizo caso omiso, se hicieron las listas y se hizo el vacío el 28-A, perdiendo, después de 30 años, el senador vitalicio.

Las calderas están al rojo vivo. Los días que restan para las elecciones acrecientan el malestar consecuente de la calle. Y el 26 será el plebiscito de un partido clave en la evolución del nacionalismo canario en los últimos cuarenta años. La grandeza del pequeño partido bimbache de Tomás Padrón radicaba en la eficacia del mito manido de David contra Goliat, donde el gigante filisteo unas veces se llamaba Estado y otras veces centralismo chicharrero-canarión.

Los tiempos cambian, y cada fenómeno tiene su propia simbología profética. No es casual que en la renuente ordalía herreña del 26-M esté en juego, a la vez, la continuidad o declinación de la marca matriz, la propia CC, en lo que ya constituye, sin lugar a dudas, la gran prueba del volcán que llevamos dentro cada canario, también cuando llega la hora de votar.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Maduro en una botella de escorpiones

Venezuela es uno de los países más ricos del mundo. En su haber están los recursos naturales, las minas, el oro inagotable, el petróleo, los diamantes, el ya mítico coltán, la tierra fértil y la prodigiosa belleza de sus paisajes. Pero es la antropofagia política la que la empobrece y arruina, y la que esquilma sus tesoros con una querencia por el despilfarro y la rapiña que contagia a partidos y líderes de derecha y de izquierda en la gran cornucopia de la corrupción. Con eso no contaba Humboldt, que tras la escala en Tenerife, desembarca en Cumaná y queda eclipsado como un beato ante la aparición fulminante de la selva tropical. Cuando Hugo Chávez se hizo con las riendas del país en 1999, hace ahora veinte años, espoleado por estos antecedentes de miseria incomprensible en la abundancia y de corrupción endógena casi inextirpable, confesaba en petit comité que no podría domesticar ese caballo desbocado, el unto sistémico, la mordida en las entrañas del poder desde tiempos ancestrales. La democracia y la dictadura, en Venezuela, han tenido ese mismo endriago metido dentro.

Conocí a Carlos Andrés Pérez -por qué lo nombro es una obviedad- poco antes de su reelección en el 89 y me citó en la Torre de Las Delicias en la Avenida Libertador, donde tenía su comando de campaña. Me cacheaban hasta llegar a la planta noble donde CAP me iba a recibir, me sirvieron un guayoyo y me hicieron esperar. Pérez asomó la cabeza confidencialmente y me hizo una seña para que no desesperara, hasta que, al fin, salieron de su despacho una cuadrilla de prebostes con cara de negociantes cargados de papeles y maletones. Tenían la pinta de una panda de cuatreros comisionistas. Venezuela en estado puro. Carlos Andrés era popular o populista, inteligente o avispado, autodidacta, autosuficiente, ladino y vivaracho. “Si no me presenta mi partido, me presento solo”, me dijo, en mitad de una de las tantas borrascas de Acción Democrática, un partido casi octogenario que se repartía el bipartidismo con Copei, de la izquierda a la derecha. Lo presentaron y ganó. Era un adeco multimillonario, una de las grandes fortunas de América. Podía haber acabado sus días en la cárcel o en Santo Domingo en un exilio de lujo, y fue lo segundo a caballo de Miami, con Chávez ya en el poder. Ni el caracazo, ni antes aquel barco del diablo (el caso Sierra Nevada) que compró fraudulentamente, ni tantos otros turbios manejos en el Gobierno lo tumbaron. Todavía no había llegado el escándalo de Odebrecht, ni Alan García se había pegado un tiro en la cabeza para no ser detenido. Venezuela parecía hecha a imagen y semejanza de CAP. “Él roba y deja robar”, decía el pueblo con hábito de trampeo y tejemaneje:

sobornaba para evitar una multa porque la policía era perfectamente venable, según la opinión general. De manera que ese poso sigue intacto. Hay un caldo de cultivo para la astucia y el enriquecimiento ilícitos. Cuando la DEA dice que el presidente de la Asamblea Nacional Constituyente Diosdado Cabello es un narcotraficante (como lo fuera Noriega, al que la CIA organizó la invasión de Panamá hace 30 años) pocas voces lo discuten. José Vicente Rangel salvó al Gocho Carlos Andrés Pérez de la condena por el barco en el Congreso: su voto lo exoneró. Y después, ya de ministro y mano derecha de Hugo Chávez, no se decían cosas halagüeñas de su moral y ética. Va en la sangre y el sistema nervioso de una república petrolera que en los años 70 era conocida como la Venezuela Saudí, porque los petrodólares le salían por las orejas, y de ahí la corrupción que la minó hasta hoy.

Una de aquellas noches que aterricé en Caracas para cubrir un proceso electoral, me comentó Teodoro Petkoff, exguerrillero, periodista y socialista, que Venezuela no tenía remedio si no le arrancaban ese tumor. Murió sin verlo. Ninguno de aquellos presidentes que conocí, Campins, Lusinchi…me pareció que fuera un dirigente razonablemente íntegro. Todos exhalaban un vaho putrefacto inequívocamente corrupto. Excepción hecha del más querido en Canarias de todos, Rafael Caldera, el amigo de los políticos tinerfeños, un copeiano que presidió su país como un papa, con equidistancia y bonhomía, en cuya quinta se firmó el Pacto de Puntofijo de la democracia cuando cayó Pérez Jiménez, y que hasta perdonó la cárcel a Hugo Chávez. Caldera era confiable, y hasta un perjudicado Jovito Villalba (la tercera pata de aquel juramento de la libertad con Rómulo Betancourt) parecía alguien entrañable cuando mi amigo Antonio Camacho y yo lo frecuentamos, ya en retirada bajo los efectos del alcohol.

Aló Venezuela fue un programa que inventó Paco Padrón cuando Radio Club era Radio Club. Me mandó para allá, cogí el avión y me planté con un micrófono y una grabadora en mitad de la plaza Bolívar. A todo el que pasaba le preguntaba si era de origen canario, y de la encuesta me salió un alto porcentaje afirmativo cuyos testimonios engrosaron mis crónicas de la emigración. Fui con ellas a ver a Arturo Uslar Pietri, en una casa llena de libros. Me habló del canario y del venezolano, era un hombre encallado en el desencanto. “Venezuela no ha sabido sembrar el petróleo”, decía. Parecía el último apóstol de una nación desaparecida. Pero sus pronósticos no erraron. Hoy Venezuela es la consecuencia de la autodestrucción que sufría en carne propia Uslar Pietri contemplado el desmoronamiento de su querido país.

Yo he sentido viendo a Guaidó y Leopoldo López -cuyos padres tienden lazos con Canarias- como si el mundo estuviera al revés, y la derecha fuera Maduro y la izquierda insurrecta fueran ellos dos. Son activistas contra las revoluciones fallidas de América, capaces de empuñar el arma de la palabra, como si Fidel y el Che retornaran en un reverso del tiempo. Las cosas han cambiado tanto, que ya no hay izquierdas ni derechas, sino derechos y desechos humanos. Y para mi sorpresa, siento cierta simpatía por esta pareja de conmilitones que van a cambiar la historia de su país. Y para mi contrariedad, lo van a hacer con ayuda del viejo imperialismo y del peor presidente de esa cuña que se recuerda. “Maduro está en una botella de escorpiones”, sentenció esta semana John Bolton, el asesor de Seguridad nacional de Trump. Y la clavó. Maduro desfila con sus propios traidores hacia el exilio dorado de los patriarcas o tendrá mal final. La fiesta nunca es completa. Si ganan – como espero- Guaidó y López, brindaré con la nariz tapada.

 

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Podemos, plata en el podium, alerta a CC

Ahora están todas las cartas boca arriba. El día después del 28-A es el inicio de la madre de todas las batallas. A nadie se le escapa que en las elecciones generales se daba, además, el pistoletazo de salida de la campaña de las autonómicas, locales e insulares, amén de europeas, donde se cuece el poder en román paladino. Y el duelo en la cumbre entre el PSOE y Coalición Canaria será una justa medieval cuerpo a cuerpo en el barro. La gran ordalía se reserva sorpresas. Están sobre el tapete muchos años, muchas bocas y estómagos agradecidos, muchos intereses en juego, muchas prebendas, muchas canonjías, mucho entramado, mucha cornucopia, mucho pesebrismo y mucho del léxico afilado del viperino García: lametraserillos, chupópteros, chiquilicuatres y correveidiles. La fauna en estos casos siempre es la misma.

Cuando el franquismo tocó a rebato viendo la cosa negra pulularon todos estos especímenes alimentados a la sombra del régimen. Eran gente de baja y alta alcurnia entremezcladas, personajillos y personajetes, conjurándose para defenderse como gatos panza arriba. Y es comprensible, lo era entonces, cuando uno los distinguía entre la gente corriente haciendo filigranas o haciendo el ridículo para salvar el echadero y la posadera. En Canarias estamos hablando de miles de damnificados si se produce, como parece, el tsunami socialista de las generales y hay cambio de tercio, de presidente, de partido y, por ende, debacle en la red clientelar. El clientelismo, como el enchufismo y la sinecura son consustanciales a la hegemonío en el poder. Se cría a su vera, es un afluente del statu quo.

Ahora hemos asistido al partido de las elecciones generales. Y la ola del PSOE marca tendencia. El zaherido José Félix Tezanos se salió con la suya. Hay quien sostiene que el avezado sociólogo preconcibió una profecía autocumplida, que generó un estado de opinión generalizada de modo infalible. Fuera o no fuera cierta la superchería del mago de la demoscopia, la ola de Sánchez está servida, el sanchismo como fenómeno social y político ha alcanzado su máximo objetivo, y entra en los anales junto al felipismo y el zapaterismo irradiando todo su poder hipnótico sobre el conjunto de las autonomías y de los mortales que votarán el 26-M con la precuela del 28-A. Como sio conocieran de antemano el final de la película.

España este domingo se tiñó de rojo y el profesor José Adrián García Rojas ya anticipaba ayer en el DIARIO su pronóstico para las locales y autonómicas: “La ola de Sánchez llevará al PSOE a la victoria en Canarias”. Se ha puesto a temblar el ecosistema de intereses que da sentido a toda perpetuación en el poder.

Llega a este duelo con el PSOE el 26-M una CC que acaba de resurgir de sus cenizas sobre los escombros del PP. Ha sido un alarde de malabarismo, quizá el único gran pinchazo de las encuestas, que acertaron en casi todo pero erraron dando por amortiazada a Oramas, cuando era el PP el que entraba en la UVI y se dejaba los huesos y los pulmones dando oxígeno a su congénere nacionalista. Pero lo que escuece en la familia coalicionera es la medalla de plata de Podemos en el podium de Canarias. Barrunta giro a la izquierda. Ojo avizor.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

El lado oculto del voto

Más vale la vida que los regalos de pascua”. Con su frase aguerrida, el pequeño Jonas superviviente de seis años de la tragedia de Adeje, con la impronta de David -arrojó una piedra al padre asesino antes de huir de la cueva mortal-, ilustra por qué evitó que la masacre acabara con él junto a su madre y hermano. En su relato revela que este, de diez años, le conminó a huir cuando la madre yacía indefensa y le tocaba enfrentarse a su progenitor. Martes negro, semana de cierre de la campaña electoral. Un niño se erige en un angelical profeta contra los cantos de sirena y las falsas promesas. Es una lección de vida, útil en todos los contextos. Y, en particular, la frase nos impacta, nos importa y emociona como un aldabonazo en nuestras conciencias, es una verdad simple y llana que nos rescata de la hipnosis general.

El símil de los regalos de pascua encaja, por tanto, en una campaña de ofertas y carantoñas a los oídos de un electorado en estado de shock. La falta de agudeza mental, que es propio de la edad pero no de una democracia aún tan tierna, ha empobrecido un catálogo de propuestas recurrente y copión, entre los dos bloques: unos, obstinados en competir por ser el más patriota y anticatalán, y los otros, espoleados por el azote de la ultraderecha, avivan el fantasma del franquismo dando pábulo a las ideas ya muertas de los años de la caverna, precisamente.

El error de esta campaña ha residido, en uno y otro caso, en ignorar al grueso de una sociedad que tiene los problemas que tiene y la sensación de que nadie le entiende ni remedia sus cuitas, que son de orden doméstico y rara vez de índole politica. ¿Tienen los partidos detectado este problema de comprensión, que tanto se parece al de la compresión lectora que nos restriega el informe PISA? Un ejemplo lo aclara: hemos contado en DIARIO DE AVISOS, mientras progresaba la campaña electoral, que los vecinos de las viviendas de Añaza se sienten traicionados por el Gobierno canario tras adquirir sus casas a un banco y ponerlas en manos de Visocan, pues desde entonces prosiguen los lanzamientos de los desahucios en curso y no han hecho sino subirles el precio del alquiler. ¿El votante de Añaza, afectado por este problema que es el genérico déficit de viviendas sociales y el ingente problema de la desigualdad de salarios y empleo, creen ustedes que se siente estimulado a elegir opciones que apenas mencionan estos modestos asuntos concretos -pero vaya si tienen calado y se extienden a una multitud de ciudadanos de todo el país- o puede sentirse tentado a tener una arrancada electoral, como decimos en Canarias? De esto se trata cuando se advierte en las encuestas -y no menos en esta ocasión- de una abultada bolsa de indecisos.
Otro tanto cabe decir de los problemas de los hospitales y sus servicios de urgencia; de la carencia de camas sociosanitarias para una población anciana que da sus últimas caladas a la vida, y un etcétera de demandas cotidianas de amplia repercusión que los lectores de este periódico se saben de carretilla como un estribillo: la dependencia, la pobreza, los atascos en las carreteras en la ruta de casa al trabajo… El pan nuestro de cada día.

Cuando llegan los campañas (y las campanadas) electorales, los partidos pecan de una misma pulsión, casi en términos freudianos, por aferrarse a los grandes mantras reiterativos. Y olvidan poner énfasis y esmero en los problemas reales consuetudinarios, que decantan, en la intimidad de la gente de a pie, el voto real, auténtico y definitivo. Ese que los encuestadores no logran arrancar del arcano profundo de cada elector. Diríase que el ciudadano ha ido perfeccionando sus habilidades para ocultar el voto con artes de distracción, a fin de preservarse, por tanto, el mayor placer que constituye votar: su secreta ideología. Por llamarlo con un nombre convencional, aun a sabiendas de que no estamos hablando de un problema de izquierdas o derechas, sino de otra cosa, de otra concepción, de otro mecanismo mental a la hora de tomar decisiones políticas por parte de quien no está en condiciones de hacer lucubraciones teóricas, filosóficas, históricas ni económicas, sino esencialmente emocionales, personales e interesadas. Hay un justo y razonable egoísmo en cada elector que acude a las urnas preguntando por lo suyo. Hará lo que más le convenga. A él. No a una colectividad abstracta, que se expande en el amplio espectro de las redes sociales, y ahí está bien climatizada en toda su expresión, pero, fuera de ese álbum social, el sujeto no se siente corresponsable, sino miembro solitario de su diáfana verdad: su voto para otros oculto. El destino es uno, el propio, y el entorno que todo lo induce y condiciona es el familiar, no otro, no hay más verdad que esa entraña, ni siquiera el interés general del país. No hay más país que el individuo exhausto de apechugar con su realidad indivisible.

La sociedad queda lejos del ámbito de decisión del individuo que vota. Así es en nuestro momento histórico actual. El poder de las masas no es comparable con el de cada ciudadano por sí solo. Hay nuevas armas sociales en las manos de la gente, nueva metodología de comunicación que escapa al modelo de las ideologías clásicas. Se vota con lo puesto, con la carga de cada mochila personal, recelando de todo lo demás, del estado de bienestar prometido, pues la tasa de paro, la falta de viviendas y las listas de espera en el sistema público de salud imponen algo parecido a la ley de la selva.

Es por todo esto que las encuestas no son últimamente fiables. Las campañas electorales se han vuelto un periodo de exhibición, una modalidad más de espectáculo en la alta política. El día que comprendamos que la ciudadanía, una vez que abandona el gran coliseo de la campaña electoral y pisa la calle regresa al hogar interior de sus inquietudes y vota según le va en la vida, los partidos saldrán del encantamiento fabricado por estrategas áulicos y volverán a la realidad más prosaica como fuente de inspiración.

Es probable que hoy las encuestas acierten con el ganador, pero habrá sorpresas. Y no perdamos de vista la excepción de esta convocatoria, que no se extingue en sí misma, pues la lectura de los resultados de esta noche será predictiva del escenario que nos reserva el 26-M. El escrutinio de las próximas horas formará parte de una campaña sin solución de continuidad que enlaza unas urnas con otras.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Las dos verdades de esta semana

El voto oculto y la caja tonta protagonizan la semana que empieza como nunca antes en una campaña electoral. Para decirlo claro: algunos partidos están tentándose la ropa ante el giro que pueda esconderse en la masa de indecisos que no han querido revelar el voto a los encuestadores (por prejuicios, pudor, temor al qué dirán). Estoy refiriéndome, en concreto, al llamado bloque de derecha, el que integran por imperativo del guion PP, Ciudadanos (Cs) y Vox.

Hasta este lunes en que se podían difundir encuestas, en virtud de la ley, había un simulacro de empate a 164 entre la izquierda y la diestra, ambos lejos del voto 176 que consagra la mayoría absoluta y que se hizo famoso entre nosotros, los canarios, durante el último Gobierno de Rajoy porque ese escaño lo encarnaba el diputado de Nueva Canarias Pedro Quevedo. Tradicionalmente, era un voto reservado a Coalición Canaria y que tantos réditos le aportó; entre otros, el secuestro de facto de los diputados regionales del PP, que de modo obsecuente prestaban auxilio a los gobiernos de CC. Ocurrió lo que ocurrió y esa norma no escrita del apoyo tácito popular a Coalición quebró cuando Asier Antona, tras la expulsión de los socialistas por Clavijo, dijo no a la petición de mano del presidente y recibió una descarga eléctrica en modo de asedio mediático de medios afines al novio plantado en el altar.

Ahora se escribe otra historia. O, para ser exactos, se está escribiendo esta semana como en un partido televisado que no se decidirá hasta el último minuto, con VAR incluido. Dados los antecedentes, es para ponerse a temblar si estuviéramos en el pellejo de las fuerzas conservadoras que aspiran a ser alternativa. ¿Es Vox el voto oculto?

La pregunta recorre las sedes de esas fuerzas coaligadas de antemano frente a la amenaza de la victoria socialista consensuada por la multitud de sondeos que ha marcado el paso a esta campaña desde que Tezanos lanzó en el CIS hábilmente lo que ya se conoce en los círculos demoscópicos como la profecía autoincumplida del sanchazo del 28-A. Porque si las encuestas fracasan, como ha ocurrido tantas veces en recientes comicios y referéndums en Europa y América (del brexit a Trump) y gana en su espectro Vox, la derecha tendría un problema: ¿Populares y ciudadanos le darían la presidencia a Abascal, en caso de sumar como en Andalucía?

A tales efectos, las consecuencias podrían ser múltiples, pero nada hace descartar que, en ese caso, Cs se aviniera a una entente con los socialistas e, incluso, el P, buscara reacomodarse en las instituciones locales. Lo cierto es que esa sospecha ya ronda las cabezas de los jefes de campaña y nadie es ajeno a las incógnitas que se ciernen sobre esta semana definitiva para las elecciones generales.

Dos cosas no han sido tan verdad nunca como ahora: que los debates televisivos tendrán influencia y que la bolsa de indecisos podrá tener la última palabra. En convocatorias precedentes no se les tenía semejante preveción a una y a otra. Ahora sí, por cuanto los líderes se han sentado frente a frente por primera vez a mantener una conversación que nos debían y las encuestas se lo han perdido. O sea que, esta vez sí, la tele va a influir. Y nunca antes los indecisos fueron tan decisivos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Julio Hernández y los popes claustrales

Esta semana se abrieron lo cielos y cayó fuego sobre la tierra. Un viento flamígero quemó Notre Dame. Otro, en América, nubló la mente altanera del mandatario peruano aprista Alan García, y el Caballo loco se pegó un tiro en la cabeza antes de ser detenido por el caso de corrupción Odebrecht, que hace estragos en todo el continente. La mala racha se llevó consigo al mítico crítico de cine Diego Galán, que conocí en la revista Triunfo junto a Cesar Santos Fontenla, y al columnista de culto que ya leíamos de niño, Manuel Alcántara, con 17.000 artículos hasta bajar del ring. Pero, aún no satisfecha, la parca nos arrebató también a mi amigo Julio Hernández, que llevaba América inscrita en el frontispicio de una memoria de elefante y era fan de García Márquez: habría insertado la muerte de Alan García en la tradición del realismo mágico.

Todo esto aconteció en mitad de Semana Santa. La catedral parisina en llamas parecia una imagen premonitoria de las elecciones europeas de mayo. En su aislada magnitud, las gárgolas lloraban sobre el Sena. Notre Dame impresiona, penetras en ella como si te fuera a raptar en buena hora, todo envuelve e hipnotiza, y este aspecto de cadáver de pie encarna el estado crítico de Europa, la caverna y la catedral entablando un pulso que no es ajeno a la historia, si es que esta no se ha detenido por casualidad.

El profesor Julio Hernández era un historiador que entendía de las claves de bóveda de la historia y ayudaba a descifrar esta clase de acontecimientos. Su precipitada muerte el pasado día 13 le hurtó el suicidio peruano en su amada América y la hoguera de Paris, cuya mera mención asociaba al canario Nicolás Estévanez, que acabó sus días preterido en el exilio francés añorando el terruño y La Habana. Hernandez, como yo, había visitado en la acera del Louvre de la capital cubana la placa en honor del militar canario que rompió su espada en señal de protesta por el fusilamiento de los estudiantes de medicina a cargo del ejército español en el siglo XIX. Julio Hernández adoraba Cuba, lo había leído todo sobre Fidel. Era un americanista innovador perseguido por la huraña rivalidad académica, que rompía moldes y desbrozaba el camino de las investigaciones futuras. Cuando lo conocí, en la Plaza de La Paz, iniciamos una larga conversación que duró más de cuarenta años, donde fui descubriendo a un canario lúcido y documentado en una tierra a menudo ingrata con sus hijos más brillantes.

Julio fumaba puros y yo tampoco. Así, a la manera daliniana, solíamos departir de lo humano y lo divino. Con su capacidad de aforo en cuanto a aforismos, era el centro de atención; recitaba versos de Martí y páginas enteras de Cien años de soledad con voz radiofónica. Hablar con Julio invitaba a tomar apuntes. Me decía, lee tal capítulo de Hugh Thomas sobre las jóvenes prostitutas canarias en el puerto de La Habana… Tenía el prestigio de haber definido psicológicamente el karma de America en el canario, que estaba llamado a ser europeo de un modo político, pero no sentimental, y dejó textos irrefutables de ese condominio canarioamericano. Yo le contaba cómo habían sido los encuentros que mantuve con Uslar Pietri en Caracas o con don Juan Bosh, el estadista y novelista dominicano, y el célebre periodista venezolano Hector Mujica, que eludió acompañar a Ava Gardner a su suite, tras una entrevista en el hall del hotel, por miedo escénico Y Julio disfrutaba contando la vida del Che Guevara o Sofía Loren… Cuando chapoteaba en las lagunas de la depresion empezó a escribir de Pepe Monagas, el personaje de Pancho Guerra, con la nostalgia de los barrios populosos de Las Palmas como San Juan, su esquina natal. Escribía a caballo de Umbral y Alcántara. Una vez hicimos una excursión por Las Palmas, con motivo de la presentación de un libro de Alfonso Oshanahan, y elegimos de posada el hotel Madrid, esperando tropezarnos con el fantasma de Franco, que pasó allí la noche de la víspera del golpe de Estado.
Terminé haciéndome también fumador de habanos tentado por el hobby nocivo de mi amigo. Cuando traje de Cuba una caja de cohibas legítimos y nos repartimos el botín, a los dos nos tumbó el aliento del diablo del tabaco más famoso del mundo. Julio era el historiador de la emigración canaria a América, que le valió el premio Viera y Clavijo en los años 70, y el mejor divulgador que he conocido sobre pasajes de nuestra idiosincrasia insular. Dejó una tetralogía inédita sobre el sueño americano, indianos, godos e isleños brutos, que se convirtió en una incursión sobre el humor canario. Cuando descubrí ‘Una historia cultural del humor”, de Jacques Le Goff, el gran historiador medievalista, y otros autores, y le entregué un ejemplar, Julio se sintió redimido. Era heterodoxo y polemista y se enfrentó a los popes claustrales. Tenía dos debilidades, la revolución cubana y la peligrosa canariedad, que le costaron caras en su carrera, pese a una fama prematura cuando despuntó con la convicción de Lucien Febvre de que “ser historiador no es un oficio, es una misión”. El capitán general González del Yerro le negó los archivos militares, pero el indómito no se adocenó. Una vez apeado del aula, destacó como orador en su círculo de amigos, ora en la Plaza de la Paz, ora en La Aurora o el Imperial, cuando no en su feudo favorito, el barco invertido del Quiosco Numancia, en tertulias inovidables. Durante años se borró de la vida social y se refugió en la intimidad confortable de su familia, junto a esposa, la profesora Elvira Toledo, y sus hijos, Julio, Francisco y Elvira. Fue un padre ilustrado que les legó no solo un caudal de libros, sino el bagaje de lo que hizo y dijo mientras era y quiso ser quien fue.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Arde en París lo que somos

El incendio de Notre Dame conmueve y socava las raíces y los cimientos del mundo que conocíamos como nuestro, porque hemos nacido con las paredes de Europa en pie y se nos desmorona su concepción viendo la imagen de la aguja central de la catedral cediendo al calor de las llamas, como si algo determinante se cayera de un modo definitivo dejando en el aire un mal presentimiento. A pocas fechas de que las urnas digan qué clase de Europa nos aguarda, arde París, y esta vez no se trata de la liberación de Europa, como la noveleran Larry Collins y Dominique Lapierre, sino de una tragedia inusitada. Porque si los monumentos, los grandes edificios culturales y los símbolos arquitectónicos hablaran un lenguaje de signos, este del incendio de Notre Dame es un anuncio dantesco de la Europa que se quema en la vasta hoguera de las ideologías y los valores fundacionales que la alzaron tras los años de guerra. Aquí estamos, a las puertas de la cascada electoral de abril y mayo, expectantes y sonrojados por la deliberada putridez de los comicios que se avecinan. Y no olvidamos que de esta saldrán tres parlamentos de una tacada: en España, en Canarias y en Europa. Pero desconocemos qué democracia resultará de estas elecciones, qué líderes regirán nuestros destinos y si los augurios de París nos están previniendo sobre la fragilidad de todo el entramado político conocido hasta ahora. Notre Dame era, y acaso aun es, uno de los mayores símbolos culturales de Europa. Hoy, martes, la imagen es el incendio de Europa. Y con eso queda todo dicho.

Antes de que a las seis de la tarde de este lunes se nos encogiera el corazón con las primeras noticias del drama parisino, estas líneas abordaban cómo nos cambia la vida la Semana Santa. En el caos de un tiempo que se define por la sucesión atropellada de acontecimientos, esta especie de pausa en el torbellino tiene su incidencia en los ritmos circadianos del ciudadano de a pie. O debería de tenerlo, salvo que el eclipse coincida con una o dos campañas electorales, como quien no quiere la cosa, y los ánimos estén exaltados con “mentiras por hora e insultos por minuto”, como decía Pedro Sánchez en Las Palmas . Casado culpó ayer a Zapatero de la crisis de los cayucos, para empezar. En llamando a urnas vale todo, incluido el martirologio y la cacería descarnada del rival. Ni la Semana Santa pone coto a la crucifixión de los mesías. El usuario combina la paz interior con el infierno electoral y, habituado a la visceralidad de las redes sociales, convive con la sensación apocalíptica de la política.
No hay santos en los partidos, que rinden escaso culto a sus progenitores y, en cambio, sucumben al adanismo de querer refundar las siglas y escribir su propia historia. Pero es verdad que esta doble campaña está siendo un vía crucis. A ese 40 por ciento de indecisos le han echado tantas novias, que las encuestas -como ocurriera desde Estados Unidos a Andalucía- hacen aguas de antemano. Los sondeos y trackings son jaculatorias, invocaciones y rogativas para ese 40 por ciento mudo que se ha tomado a rajatabla lo de que el voto es secreto y no suelta prenda a los encuestadores porque no le da la gana. De tal modo, que tanto el 28-A como el 26-M puede salir un gobierno frankenstein o un gobierno alienígena o un gobierno de pigmeos o un gobierno de indocumentados, y he ahí los porqués de este cerote electoral.
Notre Dame es toda una metáfora de que arde Europa en carne viva, y está llamada a regenerarse urgentemente con ayuda detodos los quasimodos de corazón íntegro que estén dispuestos a abrasarse en aras de salvar los ideales que ahora están por los suelos.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Javier Muguerza, pontífice máximo

El célebre profesor. En la Universidad de La Laguna había en los setenta un profesor de Filosofía que gozaba de la devoción de alumnos y colegas, como un semidesterrado con reminiscencias de Unamuno en la isla majorera en los años 20, según la descripción de su discípulo Pablo Ródenas en el in memóriam por su muerte esta semana en Madrid. Javier Muguerza no era grato al régimen, que descaecía lentamente, pero supo ser, ejercer y envejecer librepensador y dueño de una autoridad moral con que nos arropaba a todos, alumnos y profesores, haciendo proselitismo sin querer. El encanto personal de Muguerza y su sabiduría eran tales que a nadie resultaba indiferente, y ahora que se ha ido es inevitable ceder a su mitificación. Algunos acólitos comparan la veneración de los alumnos por Muguerza con la que profesaba Hannah Arendt por su adorado Heidegger, el mago de Messkirch. No se prodigan seres humanos de su estatura afectuosa e intelectual.

Fue el gran filósofo español de la ética del siglo XX, al que unos canarios afortunados tuvimos el privilegio de conocer y amistar en la trastienda lagunera de un país constreñido por el dictador. Muguerza era un contrapeso de un periodo aplastante, llenaba el espacio de un ámbito afable como si fuera invencible. Su carisma generaba un clima de buen rollo contestatario atrincherado en la universidad como un valladar frente a los grises si osaban cruzar la frontera y tomar el campus por las armas. La policía sabía que había una soberanía universitaria implícita que cubría como un velo el recinto libre de la ULL. Pero un día del 76 no se respetó ese axioma y el rector, Enrique Fernández Caldas, nos convocó para anunciar que dimitía tras ser prohibido y expulsado Lluis Llach del Paraninfo y de la isla por el aeropuerto de Los Rodeos. Muguerza era un iceberg contra el que chocaban los fantasmas del franquismo agonizante de mediados de los setenta. Su paso por nuestra universidad duró cinco años (1972-1977), pero a nosotros nos pareció toda una época.

Yo me acuerdo de Muguerza, cuarenta años después, como si fuera ahora mismo, arrellanado en su asiento del aula mientras fumaba la pipa de la paz y nos daba clases de Lógica. Un día tras otro fuimos conociendo las bondades de Kant. ¿Éramos conscientes de la importancia de aquel joven profesor? Al principio, no. Nosotros, alumnos y ya periodistas, nos pegábamos a Muguerza con verdadera adicción. En verdad, no pueden imaginarse los jóvenes que lean esto la trascendencia de haber sido alumno de Muguerza. Muguerza no era un profesor, era un territorio.

Fueron cinco años muguerzamente excitantes, en el borde de un abismo que imponía todo su riesgo y emoción entre el final de la dictadura y el comienzo de un nuevo olimpo con dioses distintos. Y entonces, que yo recuerde, la Universidad de La Laguna era nuestro falansterio, el sitio libre y autogestionario que nos hizo utópicos. España era triste y cavernaria. Y en mitad de esa deriva conocimos al célebre profesor Muguerza, como quien se arrima a un árbol, a su acogedora sombra.

Muguerza reivindicaba el derecho al disenso, porque era un mediador persuadido de los egos. Para acordar las cosas había que saber discutirlas, sin soberbias ni fatuas hegemonías. Nos enseñó a disentir sin cerrarnos en banda. Lo cual hace tan útil y vigente a Muguerza -su don plátonico del diálogo con los antagónicos- en este tiempo de intolerancia. En aquella Universidad de La Laguna nos pastoreaban unos profesores fenomenales, que, en el caso de Muguerza, eran oradores elocuentes, dotados de una voz radiofónica y amable, con gusto por la disertación. En aquel ágora se estaba pariendo una polis en el país de una dictadura decadente. Era fácil hacerse fan de Muguerza, un profesor pop de estilo juvenil dando un recital de filosofía. Mi hermano Martín y yo hacíamos crónicas diarias en La Tarde de Alfonso García Ramos como si todo aquello que sucedía entre las cuatro paredes de la universidad y que preconizaba la inminente democracia fuera un happening relevante informativamente. En cierta forma, vivíamos en un idealismo que se hizo realidad. Hasta tal extremo podíamos resultar confianzudos con los filósofos que ahora que escribo estas líneas recuerdo ir paseando por Santa Cruz con José Luis López Aranguren y su discípulo Muguerza como unos incondicionales.

Dejó unas obras imprescindibles, algunas como La razón sin esperanza escritas durante su estancia en Tenerife. Fue profesor y profeta de una etica atrofiada durante cuarenta años (el filósofo de Iberoamérica, como lo llama Adela Cortina) que arribó a una ciudad americanista como La Laguna para reemplazar nada menos que a Emilio Lledó, otro héroe epónimo que marcó una etapa y encandiló a los alumnos como su sucesor.

Tenido como un santón en un altar, Muguerza era campechano y generoso. Ahora bien, tenía la sartén por el mango, sabía mucho, lo había leído todo y era un seductor de seguidores. No le gustaba ser doctor honoris causa, pero no pudo negarse cuando así lo dispuso la universidad de sus amores, La Laguna, ni evitar que le crearan una cátedra cultural con su nombre, y acabó donándole sus fondos documentales. La última vez que lo vi se despidió porque acudía a una manifestación en la Isla. Teoría y praxis, esa era la doble hélice de su ADN. Y en su DNI ocultaba que nació el mes y año de la guerra; ponía el 39, cuando aquella había finalizado. También tenía una doble idea de España, como Saramago, la de una confederación ibérica con Portugal.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Canarias, con tres frentes en el exterior

Tres frentes polarizan el desasosiego de las Islas ante los desafíos del exterior. La deriva del contencioso del brexit, que ha encallado y permanece en un callejón sin salida, valga el oxímoron, preocupa en Canarias a estas horas en que cualquier desenlace es posible. La crisis del Reino Unido, el caos que el referéndum de junio de 2016 ha terminado por generar en una economía clave provoca el inevitable contagio en el seno de la UE, que no ha vivido un trance similar a este. A Canarias nos pone en un brete. Estamos a expensas de decisiones de cuya orientación desconocemos todo. Es tal el guirigay político inglés que de este laberinto caben solo soluciones traumáticas, salvo que se imponga in extremis la cordura y se repita la consulta, que ahora ganarían los europeístas, dado el descrédito de los euroescépticos tras las falacias con que excitaron las pasiones históricamente renuentes a la integración comunitaria.

Es nuestra maldición nelsoniana de amor y odio con una cultura que adoramos, pero que o bien nos embiste o bien nos abandona. En estos días de abril el reloj corre contra la desidia británica, y en efecto la agricultura de exportación, el turismo prevalente y la presencia de paisanos en un país en el limbo están en juego.

Venezuela es otro de los escenarios internacionales que nos indigesta en la actualidad. La confrontación y el precipicio en que ha caído su economía, arrastrando al hambre y la enfermedad a la población, tras lustros de chavismo en la picota, desencandena una alerta que se extiende por Europa y América, y que en particular hace mella en nuestra tierra, uncida al destino de Venezuela por lazos de sobra conocidos. La crisis política y humanitaria venezolana, a la que venimos prestando puntual atención en el DIARIO, nos tiene en estado de shock. Hay miles de paisanos sufriendo el infierno de la desolación de un país providencial para los canarios, que fue tierra de promisión de generaciones de emigrantes isleños. Canarias está conectada sentimental y humanamente a Venezuela y permanecemos en vilo, a la espera de una solución, que ponga fin a la agonía, a este punto muerto.

Y está el Sahel. Del que nada se dice en nuestra conversación cotidiana, pero quienes tienen fuentes de información respecto al conflicto político y social de esa región vecina de África hablan de una auténtica bomba demográfica. Nuestro futuro depende de factores externos como los descritos. Es un hecho consustanial a la condición de isleños; esa dependencia del exterior nos ha aportado momentos de bienestar y desazón, ambos resultantes se explican en relación con lo que sucede en territorios, más próximos o más lejanos, con los que guardamos alguna equidistancia. Somos un pueblo que ha desarrollado un ecosistema de influencias exteriores, obligado a vivir pendiente de acontecimientos internacionales que nos afectan de modo directo.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?

Cuarenta años de que saliera el sol

Cuarenta años son algo -multipliquemos el bolero por dos-. Canarias ha pasado del atraso a las mieles del éxito en apartados de primer orden como la Astrofísica o el estrellato turístico, y, ya lanzados, se permite cierto paroxismo -y parodia- electoralista con la cantaleta de los barcos voladores que se ha sacado de la chistera este Gobierno para escarnio general. Con aquel sambenito de la jaula de destierro que tanto daño nos hizo, un día nos enfundamos el uniforme de las democracias occidentales y votamos. Hace 40 años, al mes del sufragio de diputados y Gobierno, fuimos a elegir los ayuntamientos y cabildos más contentos que un chiquillo con zapatos nuevos. Ahora ese alborozo ha caído en desuso, se vota con rutina y desaliento, temiendo que sirva para bien poco. Pero cuarenta años atrás, estaban todos los sentidos a flor de piel. Se palpaba, se olía, se paladeaba la Libertad, y era una gozada de manumisos salir de casa para ir al colegio electoral a ejercer el derecho de elegir a los gobernantes. ¡Con qué orgullo y empaque!

La democracia, sin embargo, ahora está manida. Como quiera que algunos partidos y dirigentes se echaron a perder como manzanas podridas, el efecto ha sido el previsto por el síndrome de Blancanieves, y el cesto se ha llenado de frutas putrefactas. La corrompida democracia está aquí, cuarenta años después, girando la cabeza para evitar la mirada de frente de ciudadanos escarmentados que dudan entre el voto avieso, la abstención o taparse la nariz. El resultado de esta travesía, de Suárez a Sánchez -la S, la sonrisa del destino decía Pablo Iglesias- es, por tanto, un estado de desánimo, que constituye en sí mismo otro síndrome: el del viajero perplejo que no ha ido a ninguna parte. Lo que más entusiasmo producía entonces era, precisamente, cierta aventura en un viaje prometedor de una dictadura a una democracia, con la esperanza de quien emprende el camino hacia un paraíso hipotético. En su búsqueda de la Ciudad Inmortal, Borges se tropezó con una tribu de trogloditas. Y en cierta manera hemos ido hacia atrás. Si no es una impresión engañosa, yo juraría que la generación de dirigentes tardofranquistas -cuando el régimen estaba penetrado de buenas cabezas de mente abierta, ya lejos de las miserias de la guerra civil- contaba con más gente culta y tolerante que estos líderes de vuelo corto, pretenciosos y malcriados. Aquellos se permitían redimir sus orígenes sumándose al aquelarre del progreso y hacían una apuesta de futuro. Hoy todo es presentismo de poca monta. Pero lejos de sucumbir a la nostalgia de los sueños rotos, sí conviene mantener vivo el espíritu que tanta motivación género en aquellos años imberbes.

Al calor de las primeras municipales, hubo hallazgos y las consiguientes decepciones. Como veníamos de una clase política anquilosada, recuerdo a algunos tecnócratas que se ofrecían de buena fe a los partidos, para echar una mano en lo que estaba por llegar. En los estertores del franquismo, aun bajo la clandestinidad, la democracia era un secreto a voces. Y concitaba un destello de voluntarios. Describo una escena: un día llegó un dúo de ingenieros y nos saludaron contando que venían de hablar con el PSOE y UCD y esperaban entrar en política a las primeras de cambio. Eran flacos, uno de mentón pronunciado y el otro de barba recortada. Hermoso y Adán Martín se hicieron con el Ayuntamiento de Santa Cruz en aquellas primeras elecciones municipales del 3 de abril de 1979, hace 40 años. Y mi buen amigo Gilberto Alemán, el réprobo retornado del exilio venezolano tras sufrir persecución por independentista, logró seis concejales y se hizo fuerte tras los muros del Parque Cultural Viera y Clavijo, sin duda su proyecto más mimado.

La UPC (Unión del Pueblo Canario) fue la semilla, el caldo de cultivo y el vivero de los votos y los vientos nacionalistas que Cubillo no podía regentar desde su basílica de Argel, y así se eligieron los primeros upeceros, que no solo arribaron a Santa Cruz en bandada, sino que gobernaron en Las Palmas de Gran Canaria -los dieciséis meses de Bermejo- y tuvieron diputado en Madrid -Sagaseta, puño en alto-. Eran los herederos del Viva Canarias Libre, de mediados de siglo, que había lanzado panfletos en el Insular durante un partido de la UD Las Palmas. Carlos Suárez, el Látigo Negro, abogado laboralista, tutelaba en la sombra a los cachorros demócratas que asaltaban el cielo en las dobles urnas de marzo y abril, antecedente de estas de abril y mayo, que son como la réplica y la dúplica de aquel debut. Suárez como Sánchez convocó elecciones generales un mes y municipales al siguiente, y por lo que se ve marcó tendencia. Años después, Hermoso, rotundo, refundó ATI y echó a rodar el insularismo como una bola de nieve ladera abajo, presintiendo que había terreno abonado para aquella osadía frente a los grandes partidos estatales. Y el golpe de intuición ha durado cuarenta años. El insularismo devenido nacionalismo, con sus más y sus menos incoherencias, acampó y gobernó hasta hoy. Esa es la verdad. En distintas versiones puede afirmarse que la idiosincrasia y la misma nomenclatura de lo que conocemos por Coalición Canaria, ya de un nacionalismo desleído -interprétese como se quiera- en algunas instituciones claves como el Ayuntamiento de Santa Cruz, lleva en el poder realmente cuarenta años, y más de treinta en el Gobierno de la comunidad -desde el primer pacto ipso facto de centro, derecha y nacionalista con Fernando Fernández en el 87- y otros tantos en el Cabildo tinerfeño, etc., etc. Claro que la distancia no se mide en este caso solo en años, sino en la catadura y categoría de los propios dirigentes y gobernantes, habida cuenta que aquellos que he nombrado tenían un don y estos lo que tienen es que dan, y en base al reparto reciben la cuota de poder con iteración. ¿A esto se reduce la historia de cuarenta años de democracia en las islas?, ¿a un toma y daca? Sería un triste epílogo para una de las propuestas políticas que se reveló tan sagaz, con una filosofía primaria de cuño propio que se arrogaba sacar a esta tierra del atraso y hasta se permitía ayudar a gobernar España, si cuarenta años después todo se resume en el declive de una burda política de trueque.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?