El hombre sin cabeza que siguió andando

Las ocho horas que Rajoy pasó atrincherado en un restaurante de Madrid, mientras la oposición lo ponía a caldo en el debate de la moción de censura, fueron decisivas; definieron el futuro político del ya indefectible expresidente, el de su partido y, en buena parte, el de España. En ese local de cierta alcurnia, próximo a la Puerta de Alcalá, donde sirven el mejor atún y carne de vaca rubia de la capital del Reino, el dirigente gallego decidió no dimitir. No cuesta trabajo suponer el sinfín de conversaciones telefónicas que en ese margen tan generoso de tiempo debió de mantener quien consumía las últimas horas de poder y de influencia, tras casi siete años de gobierno y media vida en la cocina de las grandes decisiones políticas de este país. Rajoy, recluido en su Führerbunker particular mientras era bombardeado en ausencia en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, tuvo necesariamente que hablar con el rey, y el monarca, espantado por la idea de que un cóctel letal de Podemos con los separatistas catalanes y exetarras estuviera a punto de erigirse en valedor de Sánchez en la Moncloa, a buen seguro invocó la inmolación de Rajoy por servicio al Estado y trató de convencerle de que solo su dimisión providencial evitaría un daño irreparable a España y a la Corona.

Cuarenta y ocho horas después de esa clausura poco monástica,todavía hoy sólo podemos especular sobre los extremos del epílogo secreto de una crisis política dirimida en las ocho horas en que Rajoy se borró del mapa. Cabe pensar que el último elefante del PP del poder se resistiera a dimitir por instinto de supervivencia. Habría salido del restaurante a capitular en el Congreso y, tras caer el telón, ya abortada la censura y con las urnas a la vista, el ciudadano Rajoy de a pie sería tan inofensivo como insignificante. Para quien no conoce mejor oficio que la política, que prefirió a la de registrador, el precio era demasiado alto. Ya Rajoy le había llevado la contraria al rey en 2016, cuando la célebre ronda de consultas en que declinó la investidura y Sánchez marró la ocasión. El socialista es la sombra que le persigue desde entonces, cuando se instaló en el “no es no”. Ahora, en cambio, habría sido Rajoy el negador obstinado. No al rey por segunda vez. No es no. Con esta premisa, que es una conjetura tan previsible como el personaje, solo cabe deducir que el animal político no se da por amortizado. ¿Cuales son, entonces, los planes de Rajoy al no dimitir? ¿Por qué seguir?

En el horizonte de los próximos meses, Sánchez enfrentará graves dificultades para gobernar. En este periódico hemos titulado que dirigirá el gobierno más difícil de la democracia. Cierto que, en alguna medida, Mr. Handsome – señor guapo, en español-, como lo ha bautizado la prensa internacional, recuerda al audaz y arriesgado Adolfo Suárez, que, cuarenta años atrás, fue capaz de rehabilitar un país democráticamente con partidos y líderes que no eran, ni por asomo, de su cuerda. El Carrillo de entonces, demonizado por la leyenda negra del régimen franquista, era más temido por la derecha que nuestro Pablo Iglesias actual, y el propio PSOE traía a cuestas el marxismo y el republicanismo como señas de identidad. Antes de que las fieras se amansaran y el pais cogiera el rumbo democrático que lo ha traído hasta aquí y hasta hoy, recuerdo bien que eran pocos los que apostaban por el también apuesto Suarez.

Pero todos sabemos a estas alturas que a Sánchez le aguardan días incómodos, si no terribles, en los próximos meses. El secesionismo catalán -cuyo gobierno tomó posesión ayer en paralelo con Sánchez como en una sincronía tan divina como diabólica, sin biblia ni crucifijo, pero con todos los ángeles de la guarda alrededor del presidente querubín- son palabras mayores. Nunca hubo tal grado de cisma territorial y las soluciones no son fáciles, por no decir que son inexistentes. La famosa conllevancia, que dijo Ortega y Gasset.

Podemos cohabitará con Sánchez hasta que sus prioridades electorales se lo permitan, y no podemos reprochárselo. El propio Sánchez ha ejecutado esta hábil maniobra parlamentaria -la más sagaz en décadas- por evidentes urgencias de carácter electoral. La censura era un disparo a la línea de flotación de Ciudadanos y Rivera, en la persona de Rajoy, cuya imagen, abatida por la sentencia del caso Gürtel, lo hacía presa fácil para dar un vuelco a las tendencias de las encuestas.

No abandonemos el relato figurado de los hechos de las ocho horas de sobremesa de un almuerzo opíparo de corte romano en el crepúsculo de Rajoy con la pluma de pavo real en la mano para vomitar o firmar la rendición. En ese restaurante, el todavía presidente consumió las horas finales de gobierno como si el Arahy fuera la Moncloa, mientras en el Congreso le volaban la cabeza los oradores más radicales. A buen seguro, habló con banqueros, con la patronal, con algún general de confianza, con el presidente del Banco de España saliente también a esas horas inventariales, con el rey de nuevo varias veces a lo largo de la tarde-noche, con algún expresidente, acaso, que no fuera Aznar, con sus ministros, con las fuerzas vivas y las menos vivas de su entorno… Fue una velada testamentaria regada con vino y salpicada de algún golpe de humor del presidente, que había estado sembrado esa mañana ante Sánchez en la tribuna de oradores. Y llamó a Elvira para cumplimentar las exigencias domésticas de una mudanza exprés, obligado por el giro de los acontecimientos tras conocer los votos del PNV. Tenía la decisión tomada. Resistir. Rajoy en versión original. “Yo y el tiempo contra todo”, decía Felipe II. Cuando Cela dejó dicho que el que espera tiene a su lado un buen compañero en el tiempo, que en España el que resiste, gana, majestad, citando a Diego de Saavedra Fajardo en sus Empresas políticas, estaba dirigiéndose, en la recepción del Premio Principe de Asturias en 1987 al rey Juan Carlos. No puedo, no debo dimitir, debió de contestarle el viernes el presidente del PP al hijo de aquel rey, el rey Felipe VI. Cospedal salió del restaurante y convocó una rueda de prensa con un lacónico mensaje: “Rajoy no piensa dimitir”. Cobrada la pieza e investido Sánchez, Rajoy confía en que el tiempo que resta de legislatura les reconcilie, y, ya de expresidente a presidente, cuando las adversidades del arduo ejercicio del poder, la necesidad de aprobar los presupuestos de 2019, el quebradero de cabeza catalán, las mutuas sentencias de los ERE y las secuelas judiciales de Gürtel, las obligaciones imponderables con Europa y el cronograma electoral más conveniente al bipartidismo les lleve a la misma conclusión, sea hora de sentarse a hablar. De España. Será entonces -ese pensamiento le emocionó tras departir y degustar los manjares del cocinero de Zalacaín- la hora estelar de Rajoy en esta poscrisis. Salvar a España y, de paso, al PP de una guerra civil por la sucesión si su marcha se hubiera consumado anteayer. Esas dos aspas sobrevolaban su cabeza en el restaurante de Arahy y cuando se levantó para marcharse ya era un hombre sin cabeza, pero Rajoy siguió andando como si tal cosa.

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La cima del riesgo

La hemos tocado, estamos, al fin, en lo más alto de la gravedad, y en todo el sentido de la expresión, nos la jugamos: los partidos, España, los ciudadanos, Canarias, los parias… Toda la actual explosión de declaraciones por la censura -incluso más que por la sentencia- constituye un desahogo de tensiones contenidas en la corta legislatura -por lo visto, última- de Rajoy. La encuesta de EL ESPAÑOL-DIARIO DE AVISOS, publicada ayer, dibuja un panorama de vértigo. Estamos en la cima del riesgo. De la que se cae estrepitosamente o se permanece milagrosamente en el poder. Las fuerzas políticas, y, por ende, las económicas y sociales asisten al momento más crítico de un país en el que las instituciones se encuentran en estado de shock y los dirigentes muestran síntomas de colapso, miedo y debilidad. Italia, que es un país de nuestro entorno, está desfondada políticamente, y en el Quirinal entran y salen tecnócratas que no han pasado por las urnas, y el presidente Mattarella se resiste ante el gobierno que los populistas más extremados le quieren imponer; los mismos que se proponen sacar al país del euro y la Unión Europea como si Rusia les hubiera inoculado el veneno del brexit.

España parecía inmune a esas esporas que engendran inestabilidad en el ambiente y siembran alergia a la democracia. Hemos tocado cima en las hipótesis de riesgos. Es razonable el deseo insatisfecho de Sánchez, que hace dos años sufrió en sus carnes una investidura fallida porque Podemos no lo secundó. Ahora, parece que será Ciudadanos quien no quiera matrimonio y eso le condena al PSOE a entenderse con los separatistas catalanes y casi todo el arco parlamentario de la oposición. Un segundo portazo de la Cámara no sé si le reportaría beneficios o quebrantos. Sánchez se remonta a los años 80, pero Felipe González podía permitirse el lujo, con auxilio de andalucistas, comunistas y diputados del grupo mixto, porque el adversario a batir era Suárez, que venía de fundar la democracia y todo ensayo era plausible. Sin embargo, a Hernández Mancha (Alianza Popular), hace 30 años, no le perdonaron perder una censura contra González, que había fracasado exitosamente en ese pulso con Suárez apenas unos años antes. Como a Pablo Iglesias no le arrendaron las ganancias por atravesar el mismo arco del Triunfo y añadir otra frustración a la historia de las censuras de este país. Así que Sánchez va a ser el cuarto aspirante a la misma novia. La censura se hace querer, pero es una especie de viuda negra. Ninguna censura ha prosperado en 40 años de democracia en España. Llegados a la cima del riesgo solo cabe jugársela: Sánchez, Rajoy, Canarias, que se las prometía muy felices con los Presupuestos, el Estatuto y el REF colgando del árbol de las manzanas de oro. Como en vísperas de la Guerra Civil, cuando el Estatuto de Gil Roldán quedó en papel mojado porque entró en las Cortes horas antes de la contienda, ahora se repite la historia por culpa de la censura.

Rivera invoca las elecciones porque le favorecen las encuestas y aquí nadie entiende otro lenguaje que la manera de llegar a la Moncloa. Y me pregunto cómo reaccionará la política canaria si en Madrid se rompe la baraja y con ella la baraka de CC con el PP. Si entra otro gobierno o se convocan elecciones, saltarían por los aires los acuerdos establecidos con tanta fortuna aritmética a lo largo de estos tres últimos años. De Valverde de El Hierro hasta la casa de la piedra se extendería el temor a las arrancadas de Asier Antona. A 48 horas de la censura, se tambalea el edificio de la política canaria, con Sánchez en el umbral de la puerta y en la arquería falta la clave de bóveda.

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La censura y el puchero de Adrià

Todas las miradas están depositadas ahora en Pedro Sánchez, de nuevo bajo el foco, como hace dos años, como en un déjà vu que nos remite al bucle retrospectivo que más se repite en las etapas recientes de Rajoy contra los molinos: “Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.” Rajoy, más solo que la una, esta vez combate los fantasmas propios y ajenos, la corrupción y Sánchez, pues Rivera -que es el enemigo común de ambos y la causa real de esta censura táctica-, ocupa un papel de espectador confiado en ganar la batalla final, que aguarda a todos en las urnas.

A este ingenioso hidalgo gallego barbado y pacientísimo se le han aparecido todos los demonios imaginables en un concierto de desgracias que habría dejado KO a cualquier otro presidente menos inasequible al desaliento. Hablo del calvario de la crisis que heredó de Zapatero y de los escándalos de corrupción que, en parte, heredó de Aznar. Es infinita no solo la paciencia, sino también la resistencia camilojoseceliana del presidente del Gobierno y del PP de la Gürtel, que es como la maldición de González, lastrado hace 30 años por la financiación irregular del PSOE en el famoso caso que recitábamos de memoria: Filesa, Malesa y Time-Export. Rajoy, Felipe y Kohl comparten la proeza de carreras largas de obstáculos y el mismo lodo en la meta, dado que al poder se llega por la puerta grande y se sale a menudo por la puerta de atrás de un juzgado.

Sánchez es ahora el aspirante y el mejor sparring que ha tenido Rajoy en la defensa del título. El socialista hizo ya su particular travesía del desierto, perdió la investidura y se quemó en la fragua de Ferraz en aquel comité del partido al rojo vivo, entre jayanes fieles y el adulterio andaluz, cuando en la calle lo vitoreaba, al parecer con mofa, un desconocido Quim Torra, hoy presidente de la Generalitat. La sentencia de la Gürtel ha dado un vuelco a todo y hoy Sánchez debería hablar con Torra y desdecirse del 155 si no reconduce el órdago y lo consensúa con Ciudadanos.
Sánchez es un candidato que replica su destino y regresa de los infiernos para ser presidente como sea y con quien sea. No va a tener muchas más oportunidades. Estos días se va a saber quién lee mejor el partido, quién es el líder para esta ocasión. De eso se trata y no es fácil. Rajoy no es un árbol caído. Aquí tenemos dragos huecos, taladrados por los peores insectos, que resisten en pie. Es lícito querer asaltar los cielos, como se autoexigía Pablo Iglesias con reminiscencias revolucionarias francesas. Lo que pasa es que, ante la decadencia de liderazgos, esa ambición legítima se ha convertido en España en una odisea sin homeros, en una épica menor de tahúres que no le llegan a la suela de los zapatos al tahúr del Mississippi, que era Suárez con su chaleco y su reloj, como decía Alfonso Guerra. De cuando los dirigentes se ganaban una dosis de gloria, y de cuando esta aridez de cabecillas lleva a conseguir no una plaza en la historia sino entre sus erratas. Negociar la censura que entró por el registro del Congreso es hacerlo con armas de doble filo. O Sánchez y Rivera acuerdan elecciones anticipadas una vez se vote y prospere, o el candidato socialista -carecer de escaño no le impide serlo, como Hernández Mancha por AP en el 87, de triste recuerdo, frente a González- se las tendrá que ver con gente con las manos manchadas por el 3% catalán. Y no parecería ni ético ni estético censurar a Rajoy por la corrupción con ayuda de Puigdemont y la losa del Odebrecht catalán que destapara en su día Maragall antes de caer en el olvido.

Todo lo que está pasando acontece. Zaplana entró en la cárcel. Cifuentes fue expulsada del cielo de Madrid. Cataluña se descarriló y España son los vagones siguientes. No esperemos milagros, la razón también se exilió del país y permanecen los cómicos, incluido el tabarnés Boadella, lo que dure la representación. Ahora mismo, el caso, el caos español comienza a parecerse a la anormalidad esquizoide europea. Lo que resultaba inaudito era tanta racionalidad en España mientras los populismos hacían su agosto en el resto del continente. España acaba de entrar por segunda vez en Europa, en la turbia Europa inestable y se parece más a Italia y copia la debacle de los partidos franceses que acabó desembocando en Macron. Los hechos cobran, por tanto, una lógica sociopolítica demencial, algo más coherente.

Todo el mundo sabe que Sánchez censura en Rajoy, en realidad, a Rivera. Teme tanto un adelanto electoral como temía en tiempos el sorpasso de Pablo Iglesias, pero esta vez al que teme es a Ciudadanos, que se ha disparado en las encuestas. Por eso registró la moción a primera hora del viernes, antes siquiera de reunir a su ejecutiva la misma mañana. Para no dar tiempo a Rivera a pedir -y forzar- elecciones anticipadas. Si de nuevo el partido se susaniza y sanchiza, esta película ya la hemos visto. Pronto vienen elecciones andaluzas, y en junio, la tromba de autonómicas, locales y europeas. Por un rato de legislatura Sánchez presidente puede hacerse un hombre o hacer de Rivera el hombre que salve a España. Ha dado el paso y ahora cabe hacer apuestas, con permiso de los vascos, que tienen una de las llaves. Recuerda a Montilla, que cruzó la raya y gobernó con ERC cuando todavía no era como morder la manzana. La tragedia de la izquierda española es que necesite del separatismo catalán para alcanzar el poder. No es el abrazo del oso, como en Alemania, sino la poción de cicuta que acabó con Sócrates. El brindis envenenado de la Moncloa, el Fedón de la democracia que parieron los dioses de la Transición, cuyos nietos son los padres de esta censura. Rajoy es el que siempre espera, y tira de manual. El tiempo dirá. El jeroglífico político español es ahora como una de esas conjeturas matemáticas no resueltas. Las urnas son inminentes y de ahí todo este aquelarre y contorsionismo. La sentencia del caso Gürtel condena al PP a la hoguera por el pecado de la corrupción, que es el mismo que asola al PSOE en Andalucía y Valencia. Sánchez salta sobre las sombras de su partido. Si le sale el órdago y reina unos días, que le quiten lo bailado. Pablo Iglesias ya probó la censura en vano el año pasado y regresó a sus chalés de invierno. Y Pedro no ha hecho sino lo propio, negar, como el apóstol tocayo, a Rajoy, presidente gracias a la abstención del PSOE entre la muerte y la resurrección de Sánchez.

Es el puchero de Ferran Adrià. El de los presupuestos, está en peligro la agenda canaria. La censura es la papa caliente de una democracia que se finge digna, pero está hecha unos zorros por la corrupción.

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Las ‘kellys’ se van de ferias

Una de esas piruetas sindicales que consigue conectar con la opinión pública es, sin duda, el fenómeno de las kellys. Un grupo de mujeres echadaspalante, con problemas comunes, horarios estajanovistas y enfermedades específicas, deciden ponerse manos a la obra y plantan cara al conglomerado turístico patronal. No están montando una película, aunque tienen su documental, su Hotel Explotación, dirigido por la periodista Georgina Cisquella, de vuelta de corresponsalías y de informes semanales en TVE. Las kellys tienen su marea verde de camisetas que las distinguen a lo lejos como un gremio con personalidad propia, y a veces lucen de marea blanca y parecen distendidas y hasta divertidas en su protesta sindical con viento fresco, pero son mujeres que saben de dolores del túnel carpiano, la lesión corporativa por excelencia, que da idea de lo que se traen entre manos.

Ayer trascendió que, al fin, les reconocen el catálogo de enfermedades profesionales, que es un lenguaje paliativo para no llamar a las cosas por su nombre, como ocurre con las otras afecciones célebres, como la disnea del minero o las cefalalgias del obrero de mar. Estas mujeres vanguardistas de la limpieza en acción no van a cejar, con todos sus síndromes a cuestas. Están listas para la batalla de sus derechos en el año de las mujeres, el año del 8M y del Me Too, de la igualdad y los géneros paritarios y la anacrónica brecha salarial. No paran. Van del tingo al tango con tal de hacerse visibles y pioneras de un sindicalismo de línea recta. Capaces son. Tienen narrativa para rato. Limpiar habitaciones de hoteles instruye mucho acerca del ser humano, son las madres de la civilización turística y cuelgan limpias las toallas, que es un rito materno ancestral.

En DIARIO DE AVISOS las recibimos como se merecen, vienen de hablar con Rajoy en la Moncloa y de ser escuchadas con desgana por el presidente Clavijo, que les despachó un “no puedo hacer nada” tan poco político como incierto. Puede perseguir las contrataciones irregulares y aplicar las sanciones pertinentes y puede contribuir a la dignificación de las limpiadoras de habitaciones en una tierra que vive de alojar turistas en hoteles -que del alquiler vacacional ya se ocupan otros y están que trinan desde ayer por el decreto de marras-. Las kellys empezaron a hacerse oír allá por 2014 y fueron primero las kellys canarias, las de Lanzarote, las más aguerridas y conflagrativas. No las detuvo nada ni nadie, ni los recelos de los sindicatos tradicionales porque iban por libre. Se habían quedado en terreno de nadie cuando los hoteles comenzaron a desprenderse de sus camareras de piso para externalizarlas. Piden que se aplique lo que llaman la ley kelly, como le dijeron a Rajoy en abril, para que cambie un artículo del Estatuto de los Trabajadores y se ponga coto a la subcontratación en el sector.

Según la teoría, una camarera de piso se curra veinte habitaciones por día, por dos perras, y trabaja como el médico del seguro, a veinte minutos por habitación, lo cual es una plusmarca que nadie consigue cumplir en la realidad. En la visita a este periódico y en el reportaje de María Fresno dejaron un aviso a navegantes. Si las autoridades canarias y sus prebendados hoteleros no secundan las peticiones básicas de contratación de más camareras de piso para verano y fin de año, no lo van a dudar: con armas y bagajes acudirán a las ferias turísticas internacionales a hacer ruido para hacerse oír. En noviembre las veremos en Londres, en la World Travel Market. Las kellys no son las Spice Girls, pero anuncian gira

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La condición política de canario

Si Cortázar levantara la cabeza, vería con sorna que en Tenerife representamos a diario, en las autopistas del norte y del sur, su famoso cuento sobre un atasco en París. “Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo…” Así comienza el argentino el relato de un embotellamiento monumental que se eterniza noche y día, en cuyo transcurso angustioso hay víctimas mortales, miradas libidinosas de un volante a otro en la cola pasiva que se mueve a ritmo de tortuga, y hay clanes e incursiones por los poblados cercanos en busca infructuosa de alimentos para sobrevivir… En fin, un automovilista deserta abandonando su coche al límite de la desesperación, y unas monjas rezan y unos campesinos resisten con viandas providenciales. Es toda una alegoría del caos circulatorio de las grandes urbes, en la que, si releemos a Cortázar, no cuesta nada incorporar en la trama a nuestros próceres locales en plena embestida por el siroco de las carreteras, Domínguez, Alonso, personajes para un cuento de Melini, salvo que cualquier cortaziano desempolve La autopista del sur -título del texto parisino- y lo extrapole a la isla, gran amante del caos.

El caos se nos ha vuelto consustancial por donde quiera que se mire en nuestro entorno. Lo caótico se suple con lo inimaginable y diríase que, a golpe de caos, llevamos en la sangre la condición humana del insular. Un ciudadano peninsular y europeo se cortaría las venas si no pasa por un período de adaptación antes de habituarse a los atascos circulatorios de nuestras principales autovías o a la claustrofobia por la carestía del avión, que desencadena en gente de continente un caos existencial dentro de una isla. Ese es el leitmotiv de una cruzada en Change.org del paisano Fernando Cabrera, el actor que dobla a Sheldon Cooper (The Big Bang Theory), para que canarios, baleares, ceutíes y melillenses con domicilio en la Península merecieran el descuento de residentes, pues al empadronarse donde viven pierden un derecho inextinguible, el de ser hijos de su tierra, a la que poder volver, cuando menos, por Navidad, sorteando el atraco de Iberia o Air Europa. Una vez dijo la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, tras ser víctima de un caos aeroportuario en Canarias, que había entendido el significado de la insularidad. Ahora, que Román Rodríguez y Pedro Quevedo, han rematado la faena de los descuentos, ya no solo entre islas sino con el continente, la demanda del Sheldon canario se multiplica por dos, pues el billete costará la mitad a los residentes, lo que para él pasará a significar el doble por culpa de esa disidencia que arrastra el canario trasterrado en Madrid. ¿Cuál es la condición política de canario? He aquí un buen ejemplo. El peaje de la distancia. La ecotasa de la gaviota en Madrid. Rajoy se trasladó el viernes a Canarias para firmar ayer en Las Palmas el pacto de los presupuestos con Román, un acuerdo que traerá una dosis de caos positivo a los aeropuertos, pues -como ya auguró el director de AENA en sede parlamentaria-, es de prever un repunte considerable en el tráfico aéreo entre las islas y la Península y viceversa, tal como ya se produjo desde el año pasado, al calor de la bonificación interinsular. Desde que Rajoy y Román estamparon su firmas, hace 24 horas, en la Delegación del Gobierno en Las Palmas, somos un 25% menos ultraperiféricos, toda vez que el descuento pasa del 50% al 75%. Un cuarto de lejanía, que es como un cuarto de hora menos en la hora menos ya de por sí en Canarias.

Y si vamos a negro el 1 de julio, el caos genuino del comportamiento local cobrará su máxima expresión. El caos de la Televisión Canaria -aquí es inevitable un trasvase de Cortázar a García Márquez, pues se trata de la crónica de una muerte anunciada- es literariamente una tentación para Alexis Ravelo, o para Bryce Echenique -que vivió una temporada en Las Palmas- o para Luis Alemany, o para Víctor Ramírez, autor de Nos dejaron el muerto. Eso. El Gobierno canario ha movido en la sombra los hilos del ente. Ha puesto a sus comisarios políticos a tejer y destejer el caos, como Penélope, día y noche, en tres años que se han cargado casi veinte de tele autonómica, tantos como esperó la fiel esposa a que volviera de la Guerra de Troya Ulises, un rey, por cierto, insular. Si la tele canaria, que dirigiera Negrín, se va a negro -deja de emitir- el 1 de julio, el desenlace adquiere una lógica onomástica aplastante.

Pero la teoría del caos -padre de los odios africanos que nos rivalizan en el pleito y demás endriagos de pueblo chico en el culo del mundo- en Canarias no es nueva, ni se agota en los episodios de las autopistas y la tele, que tienen en común casualmente que son dos medios de comunicación. El caos proviene del origen volcánico, es obvio, y nos preside y desmiente la soñarrera presumible del canario. Aplatanados, acaso por fuera, porque, en el fondo, nos va la marcha. Canarias es casus belli. Bien mirada, somos una región desbaratada, donde el desorden permanente pondría de los nervios a un gobernante perfeccionista marcado por el rigor. De ahí, Clavijo, cuyo mérito es moverse como pez en el agua en un caos sobre el alambre que amenaza con que todo se vaya al traste, como los gobiernos italianos inestables que encadenaban años de provisionalidad. Clavijo no es la inmensa minoría juanramoniana, sino la caótica minoría superviviente. Claro que, de vivir en el caos, se acaba gobernando caóticamente, y eso, tarde o temprano, pasa factura. Las encuestas son el termómetro del caos. El caos nunca sale rentable. Alguien sale retratado al final cuando se ha malgastado hasta la suerte. Y eso es lo que tenemos, más de lo mismo. Caos, caos y caos. No es la tele, es Canarias la que se va a negro. Cuando venga un remanso de orden, que vendrá (tras la tempestad, la calma), ya sabemos que será pasajero, pues ha habido períodos de cierta racionalidad en la política, la sociedad y la economía de Canarias. Engañosos períodos de sensatez, que, de pronto, saltaban por los aires, hechos añicos. Ahora mismo, se está cociendo un caos de los nuestros a bordo de algunos partidos. Nada que no conozcamos. Tribus contra tribus. Cizaña endógena. Caotización sistémica. Clínicamente, caos. Nuestro caldo de cultivo natural. Caos del bueno, donde a río revuelto, ganancia de pescadores. Y se está fraguando casi sin sigilo, caos pópuli. El de la tele, la TF-1 y la TF-5 están a la vista, son caos manifiestos. Este se ve venir. Es el caos político, que es más zorruno y conviene con aquel otro rasgo esencial de la condición de canario, el de carácter volcánico, de efectos explosivos, como nuestro primo hermano el Kilauea. Y tiene para rato. Pero se dejará sentir con toda su virulencia allá por junio de 2019. Los sondeos son de pronóstico reservado. Estos caos traerán esos lodos.

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El país de la encuesta

Si la encuesta de Metroscopia para el diario El País, que equivale a darle la vuelta al calcetín de los comicios en España en vigor desde 1982, va a misa, estamos ante un tsunami electoral. Un terremoto por encima de 8 grados en la escala de Richter. La historia reciente de la política española conoció un antes y un después en las elecciones catalanas del pasado 21 de diciembre. En menos de cinco meses se ha borrado el reparto de escaños de las últimas elecciones generales (en junio hará dos años) y los dos partidos llamados emergentes (Ciudadanos y Podemos) ya se sitúan por delante del PP y el PSOE, que son la quintaesencia del régimen democrático fundado tras la Transición, hace cuarenta años. A Rivera se le pone cara de Macron y la política española adquiere un aire afrancesado, por la influencia directa del exprimer ministro galo Manuel Valls, transmutado a la arena de las justas medievales en Catalonha, como estrella invitada por ahora y próximamente -si el idilio se consolida- como candidato de Cs en carne y hueso a la silla de Colau.

Esa dichosa encuesta de El País trae a mal vivir a los cerebritos de Génova y Ferraz. El vuelco que anuncia el sondeo de Metroscopia levanta los pies del piso. Ciudadanos le saca al segundo más de nueve puntos y hay un triple empate de Podemos, PP y PSOE por este orden, con dígitos de en torno al 19%. El segundo partido más votado sería el de Pablo Iglesias, a distancia de Cs, y populares y socialistas estarían disputándose la tercera y cuarta plaza, como dos partidos recién creados que irrumpieran gozosos en escena y no de capa caída con los trienios y las canas por los suelos.

Cuentan los expertos que una cosa son las encuestas y otra la encuesta -el día que se vota-, y no es una argucia para escurrir el bulto. Cs tiene fama de dar bien en las encuestas y perder fuelle en las urnas. Pero esta vez ha cogido tal impulso que los analistas auguran todo lo contrario, un despegue continuo que humillaría a los partidos tradicionales en caída libre.

Quizá el error histórico de Rajoy fue no convocar -como aquí sugerimos en un editorial en su debido momento- elecciones catalanas y generales aquel mes de diciembre en que Ciudadanos venció a los soberanistas y deslumbró en el resto de España como la alternativa más clara al PP. Desde entonces, la bonanza catalana de Arrimadas ha sido como una espoleta imparable que propulsa al joven líder centrista como un cohete. Rajoy lo llamó “aprovechategui”, el miércoles, en el Congreso, y Rivera le dijo, “hasta aquí hemos llegado”. La campaña electoral se inició ya sin marcha atrás, y a Rajoy no le queda otra que gobernar con la mosca de Rivera tras la oreja. Ciudadanos tiene el viento y la ola a favor. Las encuestas marcan la tendencia, que le lleva en volandas sin gastar un gramo de energías soportando el peso del poder, pues el éxito de Rivera es crecer sin gobernar. Un privilegio que tiene los días contados. Si en junio no confirma su buena estrella en las locales y europeas, es posible que las encuestas lo acusen y el último año antes de las elecciones generales los pronósticos sean otros. Tanto populares como socialistas son elefantes dormidos.

Pero los hechos son como son. En las encuestas, hoy por hoy, arrasa Cs, y Podemos consuma su famoso sorpasso al PSOE e, incluso, al PP. Si Rajoy hubiera hecho la doble convocatoria en diciembre, quién sabe de qué estaríamos hablando, con más de tres años aún de mandato por delante. Pero esas encuestas -y esta de El País, en particular- no solo hacen trastabillar a los partidos tradicionales de ámbito estatal. Las primeras extrapolaciones descartan diputados nacionalistas de Canarias en el Congreso. Viene un huracán, y ventanas y puertas no están aseguradas.

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La unicidad del nacionalismo

Si hay un año políticamente estresante -en que el estrés, siendo consustancial a la política, se recrudece- ese es, sin duda, este, el año de las vísperas tectónicas de unas elecciones lo más parecido a una erupción precedida de un enjambre de seísmos, en que todos se aprestan al gran aquelarre y dirigen las mismas preguntas al gran oráculo demoscópico, cuya verdad, si es amarga, permanece embargada bajo llave, pues las encuestas no se hacen públicas salvo que sonrían al que las encarga, so pena de desmovilizar a la tropa y provocar una gran frustración. En esta cuenta atrás de los comicios de junio de 2019 (municipales, insulares, autonómicos y europeos), 2018 es un año pericial, de pesquisas y cacheos que crispan los nervios de la clase política. Con esta lógica, desde el poder, en Madrid y en Canarias, ha comenzado el fuego a discreción contra Ciudadanos (Cs), favorito en los sondeos, a la par que se hacen planes de estrategia militar para escarnecer al enemigo común: Rivera. Este apellido me suena. Pero no tengo nada que ver. El fenómeno Macron sobrevuela la política española, que coge recortes de la metamorfosis del descalabro galo de los partidos tradicionales e, incluso, ficha al exprimer ministro francés, Manuel Valls, de contendiente a la alcaldía de Barcelona en las filas de Cs. Este paso puede llevarnos lejos en el mercado de las estrellas políticas. Escasa España de líderes, los partidos, si se animan, tienen dónde elegir: Obama, Sarkozy, José Mújica el uruguayo… están en paro. Alguno nos vendría bien, incluso en las islas, para combatir la sequía de dirigentes.

En la campaña frenética de nueve meses (lo que le queda de intensidad a la legislatura) asoman ya todas las migrañas del poder. Son dolores de cabeza que no lo son, pues duelen en realidad los bolsillos, las arcas y los cargos. En Canarias comienza a hablarse de unidad nacionalista a partir no de la fuerza de las ideas, sino de la debilidad de las cuentas. El partido revelación, Cs, obliga a hacer cábalas sobre escrutinios tras la reforma electoral y a prepararse para el diluvio. Pero nada es tan genuino en política como las endogamias y los personalismos. Y Fernando Clavijo no se apartará para que retorne Román Rodríguez, pues sentaría un precedente en la política española, y a quienes están tardando en proponerlo, les acaba de requerir la aclamación como a José Alberto Díaz, Bermúdez y Carlos Alonso: “Si me lo piden, diré que sí”. O sea, que nadie se llame a engaños. En política no se inmola nadie por el bien del partido. De tal manera que las invocaciones de Alonso para reclutar a Nueva Canarias (NC), incluyendo en la cazuela a Bravo de Laguna (reputado nacionalista) y a Casimiro Curbelo (gomeronacional), conduce a la melancolía. La única certidumbre es que, con la reforma electoral que aprobará el Congreso, CC iniciará en solitario una travesía del desierto que no se remedia con una leva apresurada de partidos no estatales. En todo caso, no sería un concilio nacionalista, sino un rebaño descarriado.

La alerta naranja impone estas urgencias, porque el tiempo corre y a los votos pareciera que los atrae un imán. El temor a que ese imán pueda ser Cs inquieta a CC y al PP, y no deja indiferente al PSOE. Porque el partido se juega en el centro del campo, en el justo medio aristotélico, que en ciencia política está representado por el número 5 en una escala de 0 a 10. Una vez desatadas este miércoles en el Congreso las iras entre Rajoy y Rivera -del “aprovechategui” al “hasta aquí hemos llegado”-, los actores se han quitado la careta y ha comenzado la campaña electoral. Rajoy y Rivera han dado el pistoletazo de salida, y ya se nos mira como el siguiente laboratorio en Europa de los experimentos políticos con gaseosa, como diría don Eugenio D’Ors. Están cambiando las tramoyas del continente y España (y Canarias) no iba a ser menos. Francia, la sólida trinchera de la política tradicional -la de De Gaulle y Miterrand- cedió, como una barricada de cartón piedra, al oleaje de Macron el 7 de mayo de 2017, como Italia, ya sin referencias convencionales, se debate en un abrazo de populistas euroescépticos que escenifica la política bufonesca como un remedo del Teatro Farnese en la patria de los grandes cómicos.

Asistimos a los nuevos fenómenos que regresan al centro, al consenso de la buena fe kantiana, tras la diáspora de las ideologías. El centro fue el escenario de grandes transformaciones a finales del siglo pasado, entre ellas la Transición española, y ahora, de nuevo, es la madre de todas las batallas. El centro en las islas lo han ocupado Coalición Canaria y el PP, cada vez menos diáfanas las diferencias, como en España lo disputaron en otro tiempo la UCD de Suárez y el PSOE de González. A Rajoy lo ha secundado Clavijo en la diatriba contra Ciudadanos, al calor de las encuestas y la hoguera de Cataluña. De ahí la fiebre.

Las islas, el vergel de Coalición, están que arden. De los viejos rescoldos del pleito tenemos por ahora anecdóticos rebrotes como el de Alonso-Morales, que suelen tirarse los trastos a la cabeza y refutarse las consignas, como la de la unidad o unicidad nacionalista. El boom de Ciudadanos amenaza los equilibrios imposibles tejidos en Tenerife y en Canarias durante décadas por Coalición, campeona de la minoría, cuyo centrismo de origen posfranquista migró a un nacionalismo de centro hasta deformarse en centro-derecha a secas, que es lo que le pone en un brete en el cuerpo a cuerpo con Ciudadanos y le excita las prisas por sumar los versos sueltos aunque dé más grima que rima. Cuando los cargos y prebendados de un partido claman unidad de efectivos para hacer frente al tsunami de las urnas, mala cosa. Al Parlamento canario en 2019 no lo va a conocer ni la madre que lo parió, que diría Alfonso Guerra, cuando entre la turbamulta en ese falansterio y CC vea peligrar la mayoría. No son elecciones, son oposiciones. En Fuerteventura, La Palma, y extramuros en El Hierro y Tenerife se habla de esto. De qué hacer. Algunas voces (no se oculta el PNC) promueven la reunificación nacionalista con sincera convicción, pero los que abogan por ella como una huida hacia delante para sustanciar una veintena -y pico- de escaños que autoricen a soñar con no caer del caballo, no están dispuestos a apearse por su propia voluntad. Y por eso no reciben de buen grado los consejos en este periódico de Manuel Hermoso, de Tomás Padrón y, hoy, de Mario Cabrera.

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Una tierra sin ‘sucesión’ de continuidad

La verdadera tragedia de nuestro cosmos político insular es no haber consumado con éxito la sucesión de los lideres. Instalados en las cúpulas de los partidos, los nuevos rostros pugnan por dar la talla con la referencia del listón que alcanzaron quienes les precedieron. Nadie dijo que fuera fácil, pero en fuerzas bien implantadas durante décadas como el PSOE o Coalición Canaria, y en pequeñas organizaciones como AHI, que ha sido crucial en el árbol político de las islas para que fructificara la autonomía, el vacío de liderazgo clama al cielo.

La reciente reaparición en estas páginas de Tomás Padrón – sin duda, el político más ingenioso y efectivo que han dado las periferias minoritarias del Archipiélago- se suma a la de Manuel Hermoso, ambas dirigidas al epicentro del aparatik de sus partidos, que monopolizan las nuevas jerarquías formadas por dirigentes de paso sin arraigo en sus electores y ajenos a la idiosincrasia que les aupó durante más de un cuarto de siglo. No son casos felices de regeneración, como sí lo fuera, en la memoria de todos, la irrupción de Felipe González -Isidoro- como el recambio de Rodolfo Llopis en el socialismo histórico. En los contravientos políticos de las islas hubo baluartes que determinaron etapas completas de la historia reciente. En ese sentido, tampoco el PSOE acertó con la tecla y nunca consiguió dar con el sucesor natural de Jerónimo Saavedra. En los mentideros del lugar ya se especula a propósito de esto con el horizonte electoral más inmediato apuntado a mediados de 2019. En las filas nacionalistas -Hermoso y Padrón lanzan el SOS en busca de prosélitos- se discute del futuro con cierto y razonable pesimismo. Tanto las encuestas que dan impulso a Ciudadanos como la precariedad de medios -de lideres sustitutos y de ideas en la mochila para entusiasmar al electorado – están aconsejando en CC a explorar todas las salidas. Una de ellas es reconciliarse con NC, lo que implica en esta otra orilla del nacionalismo consensuar un nuevo candidato y un nuevo programa.

En pocas palabras, la fusión se torna inimaginable en NC sin Román Rodríguez de cartel y sin un giro progresista. CC, victimizada por la falta de liderazgo y el desgaste del famoso cuarto de siglo en el poder, vaga sin rumbo fijo expuesta a ese sándwich que ha descrito Paulino Rivero en su blog: presa entre Ciudadanos y Podemos a diestra y siniestra. Padrón se abona a la misma profesía en su exhumación en DIARIO DE AVISOS. Tanto él como Hermoso han sido momificados por sus herederos sin el más mínimo escrúpulo. Ellos pusieron los huevos -en ambos sentidos- y alumbraron un nacionalismo que se curtió en el poder, yendo de menos a más. Pero los discípulos y discípulas no han parado de ir de más a menos y ahora corren el riesgo de caer en la nadería de un Parlamento con nuevos inquilinos que vienen a quitarles los votos y la posición de hegemonía. Si tanto en CC como en el PSOE hay una crisis de liderazgo y de guion, y en el PP tampoco vienen bien dadas -en su caso, súmenle al cambio del candidato las facturas y fracturas de Cifuentes, Bárcenas, Cataluña y el epílogo de Rajoy-, estamos ante un escenario de supervivencia. Los pactos futuros están en el aire y de ahí que Tomas Padrón proponga a su gente activar la cláusula de desconexión de CC ya acordada en asamblea y ganar autonomía de movimiento acudiendo en solitario a las urnas dentro de un año. Ante la división nacionalista se impondrá el sálvese quien pueda.

 

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Cincuenta años de la agitación

Con la masa del tiempo se pueden hacer toda suerte de cábalas y figuraciones sobre cómo nos habría ido, cómo nos fue y nos está yendo aún hoy, en que las cenizas de muchos fenómenos históricos que marcaron nuestra juventud siguen removiendo los pilares del pequeño mundo insular en que nos movemos y de nuestros continentes circundantes -valga la inmodestia-. Tres o cuatro grandes acontecimientos que cumplen estos días medio siglo nos ponen contra el espejo. Se trata del meollo de nuestras vidas, para quienes venimos de tan lejos. Era un mundo tan joven y este, que envejece, necesita rejuvenecerse. Entre las muchas lecciones definitivas de la historia de este entretiempo, descuellan unas cuantas verdades, pero me temo que hoy ya no provocan siquiera estupor. Como el final de ETA, que empezó a matar hace 50 años. Asombra la indiferencia informativa y social sobre la causa de más de 800 muertos -nueve de ellos canarios-. Hay escenas estremecedoras como la del policía con la niña en brazos, ambos bañados en sangre, tras el atentado de Hipercor. Aquel infierno fue el nuestro. Como había infiernos de los otros: las Brigadas Rojas en Italia, los ataúdes del Vietnam… En las fotos están los gritos congelados de los múltiples horrores del medio siglo. La historia se repite si no se atiende lo suficiente a lo que nos dicen esas imágenes. Yo tengo la frase grabada que me dijo uno de los fundadores de ETA, Julen Madariaga: “Ese era nuestro lenguaje, nuestra manera de hablar”. Me quedé mudo; lo decía alguien que se había doctorado en Derecho en Cambridge. No un bruto asesino, en apariencia. Se teorizaba mucho en los 60 sobre la cultura del terror.

El simpático mayo francés de hace también medio siglo no era lo mismo, aun siendo coetáneos. Depositas la mirada sobre aquellos hechos subversivos -revoluciones, revueltas, una incontinente agitación social dispersa por distantes ciudades de numerosos países- y confirmas tus sospechas: estos dos últimos siglos se parecen como un huevo y una castaña. ¿Y por qué fluye en esa rememoración cincuentenaria una misma corriente de desencanto, de castración de la historia y de inconformismo? El recuerdo no nos deja en paz.

Los años 60 en que todo discurría como una insurreción natural de jóvenes airados es ahora la cara opuesta del mundo que está delante de nuestros ojos, desapacible y nada pacífico, pero sin nervio, sin utopía, hosco sin duda, desganado para cambios. En este momento, con estos mimbres no habríamos hecho la Transición, que no fue mayo, pero sí era primavera.

La sociedad europea avanza hacia modelos de gobiernos conservadores, disfrazados de centro o, incluso, de izquierda, porque la edad media del continente es mayor que la de entonces, y esta es una era de ideas que vienen de vuelta, no son de ida, pues las apariencias engañan. Hace 50 años, la calle era el escenario de los debates; de ahí las manifestaciones, los mayos y las huelgas, que eran tan comunes como ahora exóticas. Recuerdo qué clase de alboroto era, más aldeano si se quiere, sin los tentáculos de nuestras redes digitales, pero sensible a los fenómenos foráneos que difundía la televisión en blanco y negro. Mayo del 68 fue un estallido, que ni Dani el rojo -apostó varias cajas de champán a favor de Macron- sabría descifrar ideológicamente. La algarada constituía la expresión proteica de orgullo de una izquierda inclasificable -comunista, maoísta, trotskista…, todo lo que luego se llamó socialdemocracia y en parte hoy es neoliberal- que tenía en común que despreciaba el poder. No querían mandar, sino mandarlo todo a hacer puñetas. Cierto que bullía en el coraje de los niños de París el no a la guerra de Vietnam de los yanquis callejeros que admiraban, de reojo, a los barbudos de Fidel.

La exhibición de fuerza de Martin Luther King, alentando a los negros y los blancos afines a tomar la calle contra la segregación racial, la pobreza y los derechos civiles (su famosa Marcha sobre Washington por el Tratado y la Libertad que coronara con el célebre “I have a dream”, “Yo tengo un sueño”) concluyó, como un jarro de agua fría sobre cada ciudadano alzado, con su asesinato el mismo año mántrico de1968, el 4 de abril. Una de las ignominias es la amnesia colectiva. Nos olvidamos selectivamente de todo aquello que no conviene recordar por si se despiertan los fantasmas de ayer y se reabren viejas heridas. Pero yo no podría ignorar que hace cincuenta años fue acribillado en Memphis el Nobel de la Paz más justo de la historia por un lunático segregacionista blanco en el balcón de un motel, después de su discurso profético en una iglesia, la víspera, en que desafió a la bala que ya estaba en la recámara de un rifle esperándole a la vuelta de unas pocas horas de vida que le restaban para clavarse en su garganta: “Estoy muy feliz esta noche. No tengo ningún temor. No tengo miedo de ningún hombre”. La imagen de esa escena es escalofriante. El carismático orador -acaso el mejor de todos los tiempos- improvisó sus palabras como si le salieran del alma, sudaba mientras hablaba al auditorio del templo, era un hombre sufriendo el fatal presentimientos con 39 años que deseaba subir la montaña -decía- y mirar la tierra prometida. Pero esa noche tuvo la corazonada certera de que no iba a subir la cima (“puede que yo no vaya allí con vosotros”), confesó que lo querían matar y que él ya no era una persona, sino un pueblo. Al día siguiente, a las seis de la tarde, una mano apretó el gatillo (quizá el chivo expiatorio de una conjura) y acabó con Luther King en una terraza interior del Lorraine Motel antes de ir a cenar con unos amigos.

Al mes siguiente, estalló el Mayo francés hasta los recientes epígonos del 15M español en mitad del desastre de la Gran Recesión. Mayo fue largo y frustrante, como la Primavera de Praga (también hace 50 años) que abortaron los tanques soviéticos. Porque todo lo que fue medio siglo atrás hoy tiene una misma contraseña. Nos miramos los de entonces a la cara y nos reconocemos bajo la alopecia o las canas, en ese cierto silencio que no es tristeza, sino nostalgia. Cincuenta años no se han ido a la basura, pese al desmoronamiento y la desmovilización. Sorprende la vitalidad de Noam Chomsky, superviviente, a punto de cumplir 90 años, lector deudor de los anarquistas españoles, que escribió un primer ensayo infantil de la caída de Barcelona y los fascismos de Europa. Esta gente se nos va a apagando con las últimas bocanadas de la historia que nos ha tocado vivir y nos dejan huérfanos, sin sustitutos a la vista, pues el desierto es tal que los pensadores se jubilan sin herederos solventes.

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Toda la humildad junta de Rommel era su éxito

Los apellidos de Rommel se prestaban al timo que ideó el seleccionador panameño para enrolarlo en la expedición de su país que viajó a Tenerife en el 86 a jugar el Mundialito de la Emigración. Llamándose Fernández y Gutiérrez no levantaría sospechas, y de ese modo aquel delantero espigado con cara de niño bueno se metió a la isla en el bolsillo y se quedó a vivir el sueño de todo futbolista latinoamericano: jugar en Europa. Morir prematuramente habrá contribuido a idealizar el mito, pero yo soy testigo, como tantos, de que el Panzer ya era una leyenda en vida, una celebridad que trascendió en seguida más allá de nuestras fronteras y que tenía todo los números de la suerte para triunfar, como así sucedió, con un inconveniente: los ídolos muchas veces llevan escrito el destino en el canto de una moneda, a cara o cruz, y se decide en la propia urgencia de su éxito. Actores, escritores, futbolistas…, que despuntaron como rayos y se comieron el mundo, espoleados por una incitación que les hizo precoces y extraordinarios. Son los Marilyn, Rimbaud, Basquiat… Rommel no era hombre de letras, ni de lienzos, pero vivió bajo el foco desde que pisó Tenerife y paseó su estrella por toda España y se hizo un ariete carismático, que tenía impregnada en el rostro la humildad de los niños de El Chorrillo, el barrio pobre de Panamá donde había nacido, y desprendía el brillo de los astros. En cierta forma, era un artista, pues el fútbol se hizo siempre de estrellas y peones, de musas y huestes. Sobre el campo, cuando militaba en el Tenerife y se convirtió en una máquina goleadora, Rommel tenía una proyección social que era algo nuevo por aquí. La isla estaba llamada a hacer ciertas cosas sonadas, como la UEFA o las dos finales de liga frente al Madrid, estaba predestinada a tutear a las dos monarquías futbolísticas españolas -cuando esto último no se cuestionaba en Cataluña- y era, por tanto, un territorio que esperaba su oportunidad para darse a conocer y respetar. De alguna manera, Rommel inauguró esa era -la gloria chiquita de un club que se pensaba modesto- y no tardó en asociarse a él la otra figura que iba a pilotar el cambio de rumbo al que me refiero: Javier Pérez.

¿Por qué lo vendes al Valencia?, le pregunté a Pérez una noche en la puerta del Tasca Tosca. Y me dio la primera lección de un dirigente ambicioso: las figuras se ponen en el mercado cuando están en lo más alto, antes no, y después, tampoco. Rommel encontró la muerte a los 27 años en ese éxodo de su islita, cedido al Albacete, a primera hora de la tarde (eran las 15.30), el jueves 6 de mayo de 1993, en un accidente de tráfico, cuando circulaba con el Toyota Celica con el que había ganado un Mundial Carlos Sáinz; iba escuchando salsa con su primo Rolando Rojo en una larga recta de una carretera estrecha, tras una paellada con miembros de la plantilla de su equipo, y se salió de la calzada. Autor de innumerables goles de cabeza, chocó mortalmente contra un árbol, y todos los años, los aficionados, que le quisieron como se le quería aquí, le rinden homenaje ante ese árbol de Tinajeros, de la localidad manchega. Como las flores que lo acompañan en la cerámica en su honor del estadio Rodríguez López. Y como ahora lo harán varias peñas este sábado en Santa Cruz. Se puede ser afortunado en amores, pero Rommel lo era de un modo masivo allá por donde iba y se dejaba ver con su metro ochenta y seis centímetros de estatura. El estadio Revolución de Panamá fue rebautizado con su nombre, dejó el legado de su juego aéreo y un recuerdo afectuoso de su personalidad entrañable. Resulta inevitable frotarse los ojos leyendo la transcripción de su dúplex en Radio Club con su madre doña Mélida en la otra orilla la tarde que ascendió con el Tenerife a Primera en el Villamarín, tras marcar una veintena de goles de los pies a la cabeza en la temporada 1988-1989: “Mamá, ya subimos. ¿Cómo estás? ¿Cómo están mis hermanos? Mamá, te quiero”.

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