La Gran Mojiganga

En tan solo un puñado de años han cambiado los parámetros de nuestras vidas, y esa clase de saltos radicales suelen darse de manera estrepitosa y, no obstante, pasarnos desapercibidos los hechos, ritos y personajes, como máscaras. Ejemplos. En Europa los grandes partidos se han ido al garete. El socialismo es una fuerza testimonial en un país determinante como Francia. Macron, el Suárez francés de la vieja democracia gala y europea, encarna una suerte de híbrido de Napoleón, De Gaulle y Miterrand, pilares de toda su historia política de los dos últimos siglos. Con la imagen de la grandeur francesa crecimos toda una generación, parapetados en un país que se resistía a romper con el pasado y subirse al tren de Europa. Francia era el vagón que nos precedía, y era un vagón primordial.

Con ese vecino al lado se hizo la Transición. Y Kohl, el tótem venerable del eje alemán, era como el ídolo bondadoso de la derecha europea que profesaba un canon humanístico de reconciliación entre sus dos Alemanias y acabó tirando abajo el muro de Berlín, que era nuestra representación mítica del demonio de los dos bloques tras la Segunda Guerra Mundial. Teníamos la sensación teatral de haber venido al mundo tras lo peor y de ser parte de un nuevo mundo, por suerte, mejorado, con las deudas saldadas como tras una fiesta de grandes valores invocados por hombres de bien.

Los actores que se han ido subiendo al escenario tienen en común con aquellos, que pretenden el poder, como en un círculo artúrico vicioso en pos del Santo Grial. Pero son actores sin guion improvisando sus papeles.

Las islas son el espejo del alma de ese mundo que deambula en mitad de la noche, con las hogueras extinguidas, tras la última velada de una historia que parecía un cuento de hadas y acabó mal. Hoy, cada día que pasa, vamos teniendo una percepción mejor de lo que nos pasa, pero apenas acertamos a prever lo que nos aguarda. El pozo nos mira sin agua, con sus sombras. ¿Era imaginable que el presidente de la primera potencia quedara aislado en una cumbre del G-20 por sus predicamentos proteccionistas y toda su vesania contra al cambio climático? ¿Era de suponer que el Reino Unido se batiría en retirada y una nueva ideología euroescéptica propagara en el continente la autodestrucción de Europa para sembrar de fronteras la amalgama de países ?

En un mal sueño de Allan Poe cabría una historia así. Pero en uno de nuestros autores más precoces reconozco los ingredientes del cuento que nos compete en las páginas de El don de Vorace, sobre la Gran Mojiganga. A mediados de invierno, el pueblo sacaba los disfraces de animales del arcón; la hija del alcalde cumplió con la tradición de arrojar una flecha color zafiro de agua al fondo del pozo de la plaza y una máscara de macho cabrío para invitar al demonio de turno de entre los vecinos a participar del carnaval. El dardo, sin embargo, no tocó fondo, no se escuchó su impacto bajo el brocal y el pueblo se asustó, pero no suspendió la fiesta. El macho cabrío salió del pozo, era un diablo de buena planta (solía ser el alcalde, pero estaba demasiado gordo). Sonaron violines y chirimías y tambores de piel de lobo, y todos bailaron. Al caer la noche, se encendieron las hogueras, la hija del alcalde estaba exhausta y el diablo clavaba sus ojos en cada máscara. La última escena que describe Félix Francisco Casanova nos deja con la mosca detrás de la oreja: un viento triste atraviesa la plaza, unas sombras desdibujadas se cuelan por el agujero del pozo, se apagan los fuegos y… “amanecía el pueblo sembrado de disfraces vacíos, fue la última gran ceremonia, la auténtica Mojiganga”.

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Un golpe de calma

Como en aquel exilio escocés, en el que Cernuda evocaba, “tan lejos como vaya mi recuerdo”, su Sevilla natal, y dejaba volar la imaginación y nostalgia hacia España, donde estaban su infancia y naturaleza suspendidas en ausencia del poeta, en el nuevo tiempo a menudo vivimos como exiliados en nuestras propias ciudades e islas. Cuando Cernuda escribe Ocnos y rememora esas raíces, la vida tenía otras coordenadas, la gente vivía en los sitios con plena conciencia. Ahora vivimos atropelladamente (tempus fugit), sin los pies sobre la tierra. En la nube. Es otra poesía que está por hacerse sobre la desesperación tan inmaterial de lo que somos y quizá estemos aún a tiempo de ser. Escribo esto cuando acaba de llegar a casa el verano como un intruso repentino que nos saca de este estado de enajenación.

La llegada del verano –y con él de palabras, viejas conocidas, como la alerta por riesgo de incendios de antes de ayer- tiene el encanto de que es un modo de esperar. Solo en verano se detienen los relojes y el tiempo se convierte en una cosa inservible, pues nada urge que obligue a estar pendientes de él como en las otras estaciones apremiantes. Esta no es una sensación que afecte exclusivamente a quienes disfrutan de sus vacaciones y se olvidan de la hora que es. Se trata de un hecho verificable. En verano hay tiempo de sobra donde antes no lo había. Quedamos con los amigos, vamos a cualquier parte y todo tiene acomodo. Las cosas suceden de un modo natural y pausado y depositamos la mirada en aspectos que nos pasaban desapercibidos sobre nuestra propia ciudad, que es un paisaje interiorizado. La miramos con otros ojos, con el ritmo circadiano cambiado, que los griegos decían que era el medio ambiente imponiendo su rutina a los seres vivos en una fantástica cronobiología. Aun cuando cada cual lleva su vitalidad o parsimonia a cuestas, sospecho –sin base científica alguna- que el verano nos apacigua, pero no rendimos menos, acaso más que el resto del año. Hay un verano en mi memoria de una tranquila intensidad inagotable.

La luz y la temperatura son claros condicionantes. Los cineastas nos halagan por las horas de sol. Y los astrónomos se felicitan de esa misma circunstancia. Los turistas que provienen de países nórdicos y taciturnos descubren este manantial de luz y flipan, como decían antes los pibes –ahora está de moda petar, que significa agradar-. De ahí que un día nos preguntamos en este periódico si no deberíamos ir dando pábulo a un concepto nada peregrino que nos asiste como parte de nuestra idiosincrasia, basada en la climatología, algo que podría denominarse índice de felicidad ambiental.
La pregunta que conviene hacerse –de puertas adentro- es si los canarios somos felices gracias a los factores benéficos que nos depara la naturaleza, entre ellos la luz y las generosas temperaturas, amén del paisaje y los contrastes. La búsqueda de un sitio donde estirar el tiempo tras la jubilación nos hace ser el destino favorito de europeos cansados del frío y la triste grisura de sus países que vienen a dejarse vivir los años de saldo como un varadero donde carenar la embarcación de vuelta del mundo.

Así que nos reiteramos en estas reflexiones. Mientras otros vienen de fuera y nos eligen para gozar de los alicientes como si tuviéramos en un tarro las esencias de ese elixir, no estoy tan seguro de que el canario de a bordo se sienta beneficiario directo de su tierra como el huésped que la elige como morada definitiva. Es, entonces, cuando entra el verano en escena, en que reparamos que hay un sitio en el que estamos, que acogió a nuestros antepasados, y que resulta que no está nada mal, incluso es un magnífico lugar habitable, donde conviven culturas diferentes y muchos de los atractivos que el hombre anhela están a la mano como frutos del árbol sagrado que nos deparó la naturaleza. Si esas circunstancias definen el ideal de un ser vivo sobre la tierra, los canarios tenemos un problema. Antiguamente, cuando existían el reposo, el sosiego, la serenidad, todas aquellas nociones extinguidas y el ritmo de vida era, sí, aplatanado, la gente se hacía un hueco para contemplar los elementos que le rodeaban, incluso, con dejadez. ¿Por qué el verano nos despierta del letargo debiendo ser al revés y sumirnos en la modorra bicorne del bochorno y la quietud? ¿Por qué este golpe de calma nos hace recapacitar y nos reactiva?

Todo tiempo futuro será mejor si recobramos las buenas costumbres, que no son necesariamente lastre del pasado del que desprenderse. La sabiduría de la gente mayor radica en su conciencia de haber estado, existido, padecido y disfrutado mientras el tiempo transcurría hasta “perderse en la vastedad del no ser”, decía Cernuda en aquellas prosas líricas de su retiro forzoso lejos de España. Lo que hoy constituye un claro peligro del nuevo estilo de vida al galope está relacionado con esta defensa que hago, a modo vintage de coleccionista de sensaciones, de un uso del tiempo a nuestro favor, donde no lleguemos a viejos sintiendo que no hemos hecho más que huir y huir con la cabeza agachada persiguiendo nuestro propio rastro. La tendencia de la nueva cultura que acuñamos pisando el acelerador, sin tiempo para leer, para pasear para conversar, para vivir conduce a un ser que se desconoce monstruosamente condenado a no existir en sentido estricto.

Siempre el visitante nos abrió los ojos y nos espabiló. El huésped es el habitante perfecto de los sitios. A Canarias le gusta recibir gente de fuera, entre otras razones, porque suelen prestarle más atención que los propios naturales de las ciudades; en el campo este conflicto no se da, el lugareño tiene las cosas más claras respecto a su lugar en el mundo. Ahora que estamos inmersos en una vorágine que devora todo, tiempo, trabajo, amigos, familia y hasta el propósito de los sueños, no es mala práctica apearnos de ese trajín, en la pausa del verano, y abandonarnos al disfrute de mirar cuanto nos rodea: allí un barco, aquí un árbol, lejos unas montañas… Yo estoy esperándome siempre donde dejé la niñez en Anaga.

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Vargas Llosa/García Márquez, la trompada

Santiago Toste fue el primero en la redacción en caer en la cuenta. Se cumplían 50 años de la edición y sacudida sísmica que produjo en el ámbito literario Cien años de soledad. Y entonces hilvanó la amplia reseña que publicó este periódico, allá por abril, sobre el alumbramiento de la mejor novela latinoamericana hasta hoy. El hallazgo inolvidable de ese libro total y la amistad paralela con su autor han sido objeto estos días en El Escorial de un homenaje inesperado en primera persona de Mario Vargas Llosa a la memoria del escritor colombiano fallecido, con el que no se habló durante 40 años tras haber sido uña y carne. García Márquez fue una especie de dios literario terrenal para el autor peruano y, a su vez, la encarnación de un mito caído por los suelos de un puñetazo que él mismo le pegó.

En el hall de un teatro, en México, antes del pase privado de una película con guion de Vargas Llosa, Sobrevivientes de los Andes, García Márquez fue al encuentro del amigo con los brazos abiertos, y Vargas Llosa lo recibió con el puño cerrado en pleno rostro y un reproche lacónico que puso fin a la amistad entre ambos para siempre. La escritora mexicana Elena Poniatowska me relató el incidente con todo detalle, durante una cena en Santa Cruz. “Le apliqué un bistec en la cara para que no se le hinchara y lo consolé como pude, pero era evidente que los dos sabían el porqué de aquella escena.” Sin embargo, durante las cuatro décadas siguientes ninguno reveló la causa. Y sus biógrafos mejor informados apenas acertaron a repetir la primera impresión del cronista de la agencia Efe aquel 12 de febrero de 1976, tras el suceso: “El móvil de la pelea no podía ser para menos: las faldas”.

A Vargas Llosa le incomodó siempre que le tocaran el tema, y a García Márquez tampoco nadie le sacó una palabra sobre el incidente. Uno y otro parecían haber convenido enterrar el filete de su disputa en un pacto de silencio hasta la tumba. Poniatowska suponía, como Dasso Saldívar –autor de El viaje de la semilla sobre el máximo exponente del realismo mágico- que la solitaria de los celos desató la ira de Vargas Llosa y aquella trompada -como decimos en Canarias- era la respuesta sin paliativos.Han pasado muchos años y el único que vive de los dos sigue sin soltar prenda, pero le recuerda con cariño. “Era locuaz y divertido”, lo describió esta semana el peruano en su entrevista pública con el ensayista colombiano Carlos Granés, en el curso de la Complutense sobre las bodas de oro de Cien años de soledad, en Madrid, y cuando asomó el desastre de aquella ruptura tajante en México, Vargas Llosa retomó su rol en ese secreto: “Estamos entrando en terrenos peligrosos, creo que es el momento de poner fin a esta conversación”, anunció entre risas.

A Carlos Fuentes se lo llevó la muerte poco antes que a García Márquez sin lograr el objetivo que se había trazado: reconciliar a los dos amigos de una especie de divorcio universal, del que todo el mundo hablaba por tratarse de dos genios de las letras capaces de una amistad desenfrenada como un amor de verdad, cuyo destino maldito fuera el de un jarrón de soissons. Fuentes, que venía a Tenerife invitado por Jesús de Polanco, y era parte del triunvirato que lideraba el boom latinoamericano, quería en verdad restablecer aquella mesa de tres patas que se había roto. En la foto en blanco y negro en que están Vargas Llosa, él y García Márquez, además de José Donoso, eran jóvenes y célebres, y les aguardaba toda una vida de éxito entre musas y mujeres. Escritores mujeriegos y prodigiosos pariendo libros tocados por una inspiración proverbial. Cuenta ahora Vargas Llosa, al romper su silencio, a su modo, sobre el amigo imposible, que García Márquez tenía un don intuitivo para remangarse con los adjetivos y los adverbios, y que, sin embargo, no sabía conceptualizar la naturaleza poderosa de su magia al escribir. Cuando se conocieron en el aeropuerto de Maiquetía, en Caracas, en 1967 (el 1 de agosto hará medio siglo), de noche, llevaban tiempo escribiéndose cartas en una suerte de idilio literario. Vargas Llosa, que iba a escribir el mejor estudio sobre el colombiano, Historia de un deicidio, con el que se doctoró en Filosofía y Letras, leyó, recién salida de la imprenta, la novela que lo deslumbró: Cien años de soledad. Fue ese año, 1967, el de la novela y la amistad legendaria de ambos. Hace ahora, por tanto, 50 años que Varguitas y Gabo -dos hipocorísticos que nos resultan tan familiares- se conocieron hasta tocar fondo; se mudaron a vivir a la Barcelona de la Gauche Divine con esposas e hijos, escribían y estaban todo el tiempo juntos como dos chiquillos.

En una travesía de vuelta a Lima, Vargas Llosa se enamora de una azafata sueca y se va a vivir una aventura con ella en Estocolmo. Cuando vuelve con su prima Patricia -su mujer-, ella no le acoge sin antes devolverle el golpe bajo con una confesión envenenada. Si la versión más extendida es la cierta, García Márquez se le insinuó o cruzó la raya cuando Patricia acudió a refugiarse con los amigos de Barcelona para pasar el maltrago de la infidelidad conyugal. “¡Esto es por lo que le hiciste a Patricia!”. Elena Poniatowska no supo precisarme si, en realidad, Vargas le dijo hiciste o dijiste en aquella violenta velada del Palacio de Bellas Artes de México que acabó como el rosario de la aurora con el ojo izquierdo del colombiano a la virulé. Plinio Apuleyo (el autor de El olor de la guayaba, tan recomendable), que perduró en la amistad con el colombiano hasta su muerte, sostiene que el día que este llevó a Patricia al aeropuerto en Barcelona para regresar a Perú, ella perdió el avión.

Durante una cena en el sur de Tenerife, donde recibió el premio Son Latinos, Vargas Llosa y Patricia nos parecían una pareja indestructible, que había sorteado baches del calado de la amante del barco y quizá del amigo desleal. Nada hacía presagiar que, pocos años después, Vargas Llosa haría pública su relación con Isabel Preysler y rompería los lazos con Patricia definitivamente en 2016. Ni estaba sobre la mesa la guadaña que segaría las vidas de García Márquez y Carlos Fuentes, testigos ausentes de esa nueva vuelta rocambolesca de tuerca en la agitada vida sentimental del autor de La fiesta del chivo. Ni Vargas Llosa había recibido aún el Nobel, para que un ajuste de cuentas del destino cancelara todas las deudas entre él y García Márquez, y la reconciliación fuera póstuma para uno de los dos.

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Sampedro en Santa Cruz

Las vivencias de José Luis Sampedro en Santa Cruz fueron las de un escritor sobresaltado por la tragedia del mundo en busca de una orilla de esperanza. El mar chicharrero le consolaba. Lo que buscaba el hombre de letras y números en una ciudad insular como Santa Cruz era, en cierta manera, la inspiración optimista para descifrar el caos de las torres que se caían a su alrededor, con el peso de los años que hacían mella en su salud, siendo él mismo de una estatura desgarbada en una sociedad muy española y retaca, con la que otear ese horizonte. El hallazgo del autor y la isla, de Sampedro y Santa Cruz, era un mutuo descubrimiento, y se fueron frecuentando a lo largo de la vida. Santa Cruz guarda el recuerdo de aquel hombre vivaz como Lanzarote el de Saramago o Puntallana el de Günter Grass. Gilberto Alemán me contaba que un día se tropezó con Sampedro bajando por la calle del Castillo; iba al trote, campechano y silbando, mucho más joven que cuando yo lo conocí. Silbar públicamente es una antigua costumbre que remite; antes era más corriente cruzarse con alguien que silbaba una melodía ensimismado en sus cavilaciones, con esa manera mecánica de darse ánimos y espantar las monotonías.

Una vez en Madrid, Sampedro impartía una charla en una sala abarrotada, parecía en su salsa, hablando a un público de fans universitarios –en eso era como Emilio Lledó- como un político de las finanzas del género humano. Y como mi presencia era completamente casual, asistí a la liturgia como alguien que entra en una iglesia inopinadamente y le da vergüenza marcharse justo cuando el cura comienza a oficiar misa. Muchos años después, Sampedro prologó en España el libro que dio un rapapolvo a las arrugas del sistema capitalista y al sistema político neoliberal, ¡Indignaos!, de un coetáneo combativo, Stéphane Hessel. Sampedro entraba a saco cuando quería contra los cimientos de una metodología del poder con la que estábamos condenados a sucumbir bajo nuestra propia fortificación, en medio del aparente auge tecnológico. Cabe leer sus diatribas en Los mongoles en Bagdad, que le presentaron en Santa Cruz Juan Cruz y Loly Palliser, o en El mercado y la globalización. Le dio tiempo en su dilatada vida de asistir a la demolición del World Trade Center de Nueva York. Y con esos indicios, rubricó una y otra vez su rechazo a la invasión de Irak. De haber sobrevivido a su muerte en abril de 2013 habría visto confirmados hoy, con cien años de edad, sus peores augurios en las postrimerías de una vida de gallo de pelea reluctante al imperio insolidario de la ley.

Tachaban sus detractores a Sampedro de provenir del régimen bancario y corporativo que cuestionaba con ardor en sus escritos y conferencias. Muchos desconocen quién era y desde cuando pensaba como pensaba. Era fácil retomar su pasado profesional en el sistema financiero, pero la evolución de sus creencias y credenciales se dio antes y después de Franco. Cuando había que dar un portazo por los colegas represaliados, lo daba. Sampedro silbaba y era feliz y jovial, pero tenía retranca y dolor por la injusticia humana que le duró hasta su último aliento.

Como las huellas de este país han vuelto a ponerse al descubierto estos días con la celebración de los cuarenta años de democracia, conviene redimir los pecados, ya no de los que hicieron la Transición con indulgencia, sino de quienes obraron entonces y ahora creyéndose en posesión de la verdad. A tal punto, Sampedro no se concedía ese don inverosímil, que tiró por tierra cánones y dogmas de su generación sobre el mundo y el hombre y se alineó con los jóvenes que reclamaban otra vuelta de tuerca en la Puerta del Sol aquel año fronterizo de 2011 –antevíspera de su muerte- en que se soltaron las cuadernas del barco y todo hacía presagiar este naufragio. No era un advenedizo que hizo el 15-M como un perroflauta. Teníamos delante de nosotros al mejor profesor de Estructura Económica del país, que se había enrolado en la docencia tras ser un alumno pionero de las primeras facultades de la materia que él siempre consideró una rama política, o sea, una ciencia social. Por eso no era de extrañar que Sampedro, a la vuelta de los años, le viera las orejas al lobo y no ahorrara en admoniciones contra el despertar de los monstruos venideros. Aún no había llegado Trump cuando falleció, pero diríase que lo tenía en mente como un personaje de ficción antes de que fuera real.

Sampedro, fascinado por la visión keynesiana del mundo, había hablado y escrito sobre el hombre y sobre el hambre desde los años 60, con la misma pasión con que había escrito la Sonrisa etrusca, Octubre, octubre o La senda del drago, con el Teide mitológico al fondo estimulando en su destino insular a un desencantado Martín Vega, en el que el autor nos nombraba a todos, incluido él. No, no acababa de sufrir ninguna revelación cuando estalló la guerra de Irak o la Primavera Árabe, no era un espontáneo podemita y transgresor antes de que el mismo Pablo Iglesias entrara por el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo… Algunas veces –pocas para mi gusto, que apreciaba mucho escucharle- conversé con él en Madrid o Canarias. Recuerdo algunos encuentros: en la desaparecida librería Foro Literario de San Clemente, en un plató de televisión, en un estudio de radio y en la calle. Le gustaba pasar inviernos y quedarse a vivir temporadas largas en Santa Cruz, como han puesto de manifiesto ahora amigos y familiares en CajaCanarias en el homenaje por su centenario. Le agradaban la Rambla, la Plaza Weyler, el Parque García Sanabria, la Plaza de los Patos…, Taganana, La Laguna, el Puerto de la Cruz, el mar, algunas cafeterías… En 2005, hojeando su entrañable sonrisa etrusca, compruebo que la novela cumple veinte años y se lo transmito al editor, con el gozo de un lector que pide honores merecidos para esa obra. La reedición con la solapa conmemorativa hizo justicia poco después.

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Por qué no me callo. Tomás Padrón, desde el bar Los Reyes

De Tomás Padrón parte toda una legendaria defensa de las islas que llamábamos menores y luego periféricas y que, por último, él mismo las ha acuñado en broma como islas minifalda. La mitología política canaria, que aglutina tanto a personajes inolvidables como a nefastos, cuenta, entre los primeros, con Tomás Padrón, el hijo de doña Rosa, que se quedó sola con cuatro hijos a la muerte de su marido, el primer Tomás de la saga, y que los sacó adelante a todos con la planta eléctrica, el molino de gofio y la carpintería. Tomás, piñero, me contó una vez que el motor del molino hacía una explosión cada media hora que se le quedó grabada para siempre. El hombre del que hablo llevó la luz eléctrica a su isla. Algo de eso tuvo que ver, quizá de un modo determinante, en el hecho de que, más tarde, cuando de Unelco saltó al Cabildo para combatir los radares de Malpaso, siguió creyendo que su deber era como el de un farero que abre camino al barco solitario y olvidado que amenaza perder el rumbo y desaparecer en noche cerrada. La séptima isla, que decía José Padrón Machín, se sintió siempre como ese bergantín imaginario, cada vez con menos tripulantes, expuesto al naufragio.

Hace medio siglo, Tomás Padrón apagó la planta de su casa que daba luz al pueblo entero hasta la media noche, porque ya se podía dar electricidad las 24 horas, y él personalmente fue el encargado de patearse toda la isla buscando postes y emplazamientos para las estaciones transformadores que traían el futuro. Ese peregrinaje como ingeniero técnico industrial fue el que le marcó la vida definitivamente, porque cuando se convocaron las primeras elecciones democráticas locales, alguien mencionó su nombre y le propuso en alto: “¿Te animas, Tomás?”. En el bar Los Reyes de Valverde nació de modo espontáneo la Agrupación Herreña Independiente (AHI), que iba a darle una vuelta a la isla como a un calcetín. Los campesinos se vestían de domingo y entraban por el juzgado con su DNI para avalar las siglas del partido, como marcaba la ley. Entraban, se quitaban el sombrero y firmaban. Hicieron de AHI una causa personal, como si fuera patrimonio de todos. Aún los insularismos no habían anidado en Canarias, y El Hierro patentaba un modelo de reivindicación basado en un formato sentimental que fuera del perímetro de una isla despoblada, condenada a emigrar a América, y envejecida, podía degenerar -como en ocasiones degeneró- en encono y pleito. “¿Ganamos o no?”, preguntó alguien al salir de votar en Tiñor, en Valverde. Y otro le contestó: “¡Cómo no vamos a ganar! ¿No viste que la cacharra -la urna- estaba llena?”. Muchos de aquellos vecinos sin hábito electoral daban por descontado que el único partido propiamente de la isla era AHI.

Una noche -como recuerda fielmente el propio Tomás- sacamos al ministro de Sanidad de la cama y le pusimos al teléfono al presidente del Cabildo de El Hierro, y a la semana siguiente del dúplex en Radio Club, firmaron el convenio del hospital de la isla en Madrid. Tomás gobernaba con la ira de un virrey, pero era tan indomable ante los poderes fácticos de Canarias o Madrid como receptivo y simpático con quienes le tendíamos la mano para acercarle un micrófono o darle un apretón. Se hacía querer y nos contagiaba su patriotismo numantino de rey insular. Todos hemos adoptado periodísticamente a la isla de El Hierro a lo largo de nuestras diversas trayectorias, y ha sido, sin duda, por la convicción y bonhomía de este líder de proezas incontestables como Gorona del Viento, que quiso recuperar el Meridiano Cero arrebatado por Greenwich, con la inspiración de un personaje de Umberto Eco en La isla del día de antes, y, al menos, consiguió el respaldo testimonial del Senado. No sé si Tomás ha hecho ahora la Bajada tocando el tambor que le fabricaba uno de sus hermanos, pero sé que le sigue pidiendo a la Virgen de los Reyes que le eche una mano a la islita, que siempre lo necesita. Lo echamos de menos.

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Los espacios de felicidad

De cada cual dependerá la habilidad para dotarse de un espacio acogedor donde desenvolverse y generar las condiciones favorables que den sentido a su vida. El profesor Emilio Lledó ejerce una militancia fiel a Kant y sostiene, cada vez que se le pregunta, que el hombre es intrínsecamente bueno. Pero los hechos no hacen sino llevarle la contraria al bueno de Lledó, que es un filósofo honesto y bienpensante como lo es Adela Cortina cuando administra sus creencias insobornables sobre la ética humana. A uno y otro no cesamos de recurrir para despertar de esta pesadilla y recobrar el sentido común en la ilusa pretensión de que el arisco mundo plagado de horrores es, en realidad, un sueño, y basta con sentir que soñamos y pellizcarnos en la lectura de estos sabios para saltar a la realidad. “Estamos próximos a despertar cuando soñamos que soñamos”, decía Novalis.

Pero nada de nuestra buena voluntad sobre la bondad hereditaria parece llamada a confirmarse, dados los avatares y designios de los nuevos tiempos. Entonces, convenimos con humilde consternación en la única alternativa que nos resta: crear espacios de felicidad. El propósito es bien simple y viable. Consiste en regresar a la esencia de uno mismo, a los peldaños más inmediatos de la escalera del día a día. Andar con cuatro verdades en los bolsillos y agarrarse a ellas como cuatro salvavidas.

Los espacios de felicidad son como las pastillas solidarias que se venden en las farmacias de la filantropía. Uno va y decide que le gustaría levantarse con buen pie y ejecutar los pequeños deseos que le hagan soportable la existencia en la jungla, y, más aun, que se la hagan confortable. Cosas simples que pasan preferentemente, me dijo ayer mi hijo con estas palabras, que asegura haber oído en alguna parte, consciente de qué significan a los seis años. Él practica sin saberlo, como a menudo hacen los niños, esta majadería mía de los espacios de felicidad. Se levanta, va al colegio, juega con los amigos, tontea con el spinner entre los dedos, corre, disfruta con lo que ve y toca, cuida insectos que rescata en los jardines, dibuja porque le parece lo más natural del mundo delante de un papel… Yo escribía a esa edad mis primeros versos. O sea que medio siglo después que mi hijo vuelvo a los orígenes, a las cosas sencillas de andar por casa, para hacer llevadera la rutina consuetudinaria. ¿Te gusta leer? Lee ese libro sin pérdida de tiempo. Toma el café a tu hora favorita con deleite, colecciona momentos de remanso: pasea, llama al amigo y conversa, viaja al destino que eliges porque te va la vida en ello si no lo haces sin más dilación… Los espacios de felicidad son de consumo privado o colectivo, pero su éxito depende de que satisfaga deseos puntuales de tu baúl particular de querencias.

Mi padre, alojado en Santa Cruz en su residencia entre mayores con los que apenas interactúa porque nunca fue su fuerte, considera un acto sublime de placer compartir un rato con sus seres queridos, degustar un pastel como un niño y sonreír con las cabriolas del nieto. Pregunta cosas que corrresponden a la actualidad o al pasado más remoto, sin orden ni concierto, o las inventa, pero no se plantea ningún interrogante de imposible respuesta. A los 90 años todo le importa un bledo, y le agrada la irreverencia de sus pensamientos. Es feliz con lo menos. Pasaron los años en que deseaba siempre más. Lo recuerdo cuando era niño enfrascado en el conflicto con su mala estrella. Era incapaz de ser feliz con lo que más tenía: la salud. Y la familia.

La felicidad es una quimera si se aborda con demasiada ambición. Pero es perfectamente factible si se convierte como un niño o un anciano en la sencilla ceremonia habitual de un acto vulgar y corriente.

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El tambor y la hojalata

Si fuéramos capaces de librarnos de toda esta obsesión compulsiva por el vellocino del éxito, tendríamos acaso la ventaja de reconocer otros logros recónditos condenados al olvido de la masa. Lo que antes se llamaba pueblo con aquella sana demagogia, ahora son followers, seguidores, internautas… en busca de éxito a la carta. Sin embargo, quizá esto dé un giro copernicano y un buen día se prestigie todo ese quehacer de bajo perfil y tenga su auge descubrir talentos de creadores discretos que sobrevivieron al diluvio de Internet.

La idolatría dejó de ser una inclinación selectiva; ahora es un modo de cultura dominante. Se adora al tótem a lo bestia. Algo que no es nuevo se ha multiplicado con la explosión de las redes sociales, que han elevado los quince minutos de gloria de Warhol a un hábito de vida cotidiana de mitomanía y narcisismo pandémicos.

La fama y el poder, que juntas constituyen una plaga, tienen métodos y medios confortables. Al éxito político le afecta sobremanera la repercusión en los medios de papel, como si tuviera amortizado el efecto tóxico de las redes, donde el daño se contrarresta porque las noticias se devoran unas a otras velozmente. El papel queda, sin interferencias, y repercute. Se discute menos si el medio es el mensaje (McLuhan), para debatir más sobre el impacto de según que soporte.

Por las razones que fuere, como tenemos dicho hasta aquí, necesitamos hitos y divos que satisfagan nuestra sed de ego. En el fondo, cabe sospechar que hay una manifestación impúdica de vanidad reprimida en todo culto a la personalidad ajena que es el karma común en la sociedad contemporánea. El deporte suele ser un buen laboratorio de los fenómenos humanos. En la masa que acude a los estadios existe esa necesidad de idolatría contagiosa que no es otra cosa que el deseo enfermizo de sentirse copartícipes del éxito de quien sobresale. Vencer esa tendencia es ir contra corriente. Se requiere una férrea dosis de modestia y estoicismo para ser fan de un club y de un deportista con la celebridad justita del barrio que pisamos sin compartir amores con ídolos y equipos nacionales, así actúen a miles de kilómetros de nuestro hogar. El éxito, ecuménico, se parece a una religión.

Y está el perdón del hincha, su indulgencia ilimitada hacia los pecados de su club y su fetiche. Así sucedió con Messi y ahora con las revelaciones sobre las trampas fiscales de Ronaldo. La sociedad hace suyos los éxitos y desgracias de sus héroes en la aldea global, pues el resto que queda es la triste monotonía de una vida prosaica de estrecheces en la mayoría de los casos. Esa tragedia de la moral ad hoc y los valores trastocados no es sino una manera de sobrevivir al fracaso personal predominante. De ahí que en las urnas no penalice la corrupción, por ejemplo. Pues el deporte y la política es un juego de triunfos y derrotas, y cada cual milita en un bando. Somos siete mil millones y pico –y pronto, mil millones más- de seres, en su mayor parte, tirando de un carro. Hasta tanto no se modifique la escala de valores –no lo ha hecho en siglos-, el éxito autoritario seguirá su curso. Pero necesitamos líderes sociales capaces de alterar la fórmula, capaces de tener éxito sin alardes de maldad, de aspirar al éxito sin cometer tropelías. Lo que en política se llama abuso de poder.

La literatura aplica de un modo no literal este mismo fenómeno. Cuando Günter Grass -ahora homenajeado en Puntallana, el pueblo palmero donde encontraba la tranquilidad guardada en secreto- confesó en Pelando la cebolla que en la adolescencia se había alistado en las SS hitlerianas, los lectores devotos del Nobel alemán sintieron el golpe bajo y gestionaron el disgusto como pudieron con el tiempo, pero el autor de El tambor de hojalata, el hombre que había guiado moralmente a generaciones de europeos, tuvo que refugiarse en Faro, en la costa portuguesa -y en La Palma-, asediado por sus detractores, que no desaprovecharon el efecto de la sombra del holocausto que cayó sobre él. Günter Grass no era Ronaldo, aunque Ronaldo tampoco haya sido un nazi confeso. Claro que los matices, que han sido abolidos, tenían la respuesta: el autor tampoco era un nazi convicto a los 17 años.

Mario Conde fue descabalgado socialmente tras sufrir la condena por sus delitos financieros. Pero durante mucho tiempo era el modelo idealizado de una era de pelotazos que fascinaba al prójimo y en los jóvenes alimentaba su ambición. Nada hay de malo en que las personas, a título individual o colectivo, se identifiquen con sus dioses penates y se reivindiquen en ellos, porque, como ya queda dicho, hay una transferencia de emociones en esta cultura del ídolo de masas en el deporte, las letras, la economía…y la política. Solo que hay otra clase de gente anónima interesante por descubrir, que parece estar fuera del cuadro.

En la nueva iconografía, la democracia y las artes se tornan más escénicas y mediáticas que nunca, más efectistas. El que no está no existe, es de hojalata. El político moderno acuña una suerte de carrera hacia el éxito que desemboca en el poder. Con las reglas actuales, la gloria puede ser efímera o prolongada. Depende del manejo de los medios y de su control. Singularmente, tiene mayor importancia la prensa de papel, depositaria de un mayor grado de credibilidad que las redes sociales,un imperio de falacias. Una de las claves para perpetuar la imagen pública es lograr por todos los medios que el medio –impreso- difunda una versión favorable. Amancio Ortega, una de las mayores fortunas del planeta, nada ha podido hacer contra quienes le afean su filantropía en papeles y tablets. En cambio, en el tutelaje de los medios escritos, el poder político se desenvuelve con habilidad, habiendo establecido una relación de dependencia por razones económicas que permite al dirigente de turno gozar de impunidad mediática.

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Chirino, 92 años siendo Chirino

Puede alardear Canarias de la fortuna de tener hijos como Chirino, que es un superviviente excepcional de sus mejores efectivos en las artes y la cultura. Lo de Chirino es harina de otro costal, alguien que rompe todas las reglas, no solo de la subsistencia y el arte, sino de algo tan difícil como el arte de llevarse bien con la gente. Son pocos los canarios que conviven como si todo el mundo fuera jauja. ¿Enemigos de Chirino? Los habrá, no lo niego, pero es como decir que nadie está en paz consigo mismo. El mayor enemigo de este vulcano que no desiste de la fragua con 92 años, ni cien que tuviera, es el tiempo. Ahora quiere pensar en marzo -del 2018- y hacer realidad la gran exposición que está construyendo para el día de su cumpleaños. “Si llego”, le dijo a Karen Estévez. Lleva llegando toda la vida y siempre hizo gala de saber guiarse por los caminos más tortuosos.

Cuando a mediados del siglo pasado se marchó a Madrid-era el desasosiego de los artistas de posguerra encerrados en la jaula de la isla-, Martín Chirino tenía la impronta, pero no la certeza de alcanzar el éxito. Por entonces, unos cuantos canarios procedentes de distintos peñascos salieron volando a sus madriles y nuevayorks alentados por el miedo a ser devorados por la censura y el poco caso que les hacían los críticos de arte del Régimen. Eran artistas, gente peligrosa. Manolo Millares, César Manrique… Martín Chirino. En esta página de su historia, ha confesado que Tenerife es el sitio donde siempre se sintió feliz. Y es cierto, porque ya lo decía entre amigos cuando el pleito insular estragaba lo suyo a políticos, empresarios y los dos equipos de fútbol. Chirino, en cierta forma, siempre fue una especie de papa de las artes de Canarias, alguien de voz ecuménica capaz de hablar en nombre de todos los paisanos sin que sonara a pose o circunstancia.

La noche que lo conocí en Madrid,en la tertulia de un pub sobre un disco de Taburiente, dijo, con ese don pontífice y natural en él, que Canarias, toda, era una tierra de gente muy dada al arte, muy apta para ello y en nada inferior a cualquier gran capital. Ahora, cuarenta años después de aquel acto celebrado en la Transición, declara en DIARIO DE AVISOS que “Canarias es también el centro del mundo”. Piensa en el instantáneo Internet. Uno de los debates que han acompañado al escultor más importante de este país es si era o no nacionalista. Una voz sin herrumbre, que ha dicho toda la vida lo que piensa, como un herrero de espirales que nos llevan siempre lejos. No lo sé, creo que Chirino no es nacionalista en el sentido político de la palabra; acaso sí en el sentido artístico, cuya etimología es diferente, y donde la obra desborda todos los clichés y sambenitos.

Fue África la que le abrió los ojos. Por eso dispuso un enorme casco negro en el patio de CajaCanarias. Chirino abogaba por África cuando por aquí estaba mal visto, por los estigmas del momento en plena efervescencia argelina de Cubillo. Pero él hablaba de África con aquella misma autoridad moral que lo hacía de Canarias sin tribalismos. Y ahora lo sigue haciendo, sigue hablando de África y de Canarias como alguien que está y no está y puede decir lo que piensa porque mañana saltará del nido y las miserias del lugar no lograrán aprehenderlo. Es la manera que ha tenido de vivir apareciendo y desapareciendo como un canario que nos resume a todos y que nos hace creer lo que tanto nos ha dicho sobre la canariedad sin complejos y el talento genético del insular. Conoció a David Rockefeller porque hablaba inglés en Madrid y el magnate le invitó a Nueva York. Chirino se ha pasado la vida entre orillas, Canarias y la Península, España y América. Y no para como un chiquillo en su espiral…

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Saramago y siete años de naufragio

La vida sin Saramago estos siete últimos años está siendo un camino hacia ninguna parte, donde no sabemos si nos aguarda el paraíso del infierno o el infierno del paraíso. Sí estamos persuadidos de que será un salto en el vacío, un cambio radical, porque ya no existen las transiciones. Los relojes se saltan las horas; los almanaques, las hojas, y no es tiempo, sino otra cosa, lo que amenaza con acabar con todo y con todos nosotros. Algunos sucesos acaecidos en este septenio se los escuchamos o leímos barruntar al escritor portugués afincado en Lanzarote, que era o habían hecho de él –como me dijo en su casa de Tías cuando lo entrevisté al publicar Ensayo sobre la ceguera- una especie de gurú sin querer.

Saramago era extrovertido dentro de una apariencia tímida y tenía el sentido del humor reseco de aquel catalán Eugenio. Loly Palliser –amiga y confidente de él y Pilar del Río- cuenta escenas domésticas del Nobel portugués que rebaten su fama de hosco y contrariado. En una cafetería de Madrid, se incorporó, ya de noche, a la tertulia que manteníamos con Juan Cruz antes de irnos a acostar, y traía cara de ironía. Le asomaba a menudo y se salía con ella de la celebridad, como le asomaban la niñez de Azinhaga y cierto pasotismo que me recordaba a aquel otro falso taciturno que era José Luis Sampedro, dos coetáneos lúcidos con una misma querencia insular por Canarias. Pero cuando hablaba del mundo, del quehacer y qué hacer del mundo, y del hombre, del hombre que se deshacía a pedazos, Saramago se ponía serio y circunspecto. Y muchos pensaban que exageraba.

Después -en tan solo siete años- hemos visto que se quedaba corto, y que lo que estaba por ocurrirnos superaba sus peores vaticinios con creces. Saramago no asistió a las masacres urbanas de estos camioneros demenciales, a los lobos solitarios, ni a los vídeos virales de cabezas cortadas… No le dio tiempo de ver las plagas de este apocalipsis y se perdió algunas cosas que han desbordado sus profecías. Una vez amagó con irse de Lanzarote si Canarias daba la espalda a los inmigrantes; pocos años después Europa cerraría el paso a millones de refugiados que huían de las guerras y hambrunas de Oriente Medio y África. De haber vivido estos siete años de descomposición, ¿qué no hubiera dicho y escrito? En los Cuadernos de Lanzarote trazó algunas secuencias inevitables del declive moral cívico y político que se adivinaba. A finales de aquel año 2010 en que murió llegó a nuestras manos el librito ¡Indignaos! de Stéphane Hessel, que participaba de la ética de Saramago sobre el hombre y este siglo. El siglo XX, propiamente el suyo –en el que le dieron el premio universal de las letras-, no se parecía en nada al siglo XXI. Era el siglo de la destrucción que había terminado bien, como un centauro arrepentido, mitad bélico y mitad pacifico, y con medio cuerpo de paz nos había hecho creer a miles de millones de seres humanos que el siglo XXI iba a nacer con la lección aprendida, con democracias mejores, con mayor respeto hacia los derechos humanos -cuya declaración elaboró, entre otros, el propio Hessel- , con el planeta más protegido, y que los países entablarían relaciones más cordiales. Estamos a las puertas de una guerra nuclear –según nos previenen el Papa y los exégetas de Trump y Kim Jong-un-, a las puertas del incivismo climático y del incivismo generalizado que ya se propaga por las calles de Londres y París. Vivimos en una novela de denuncia real de Saramago. Y le echo en falta. Sé que no era santo de la devoción de muchos de mis amigos, que lo consideraban pesimista y ufano. Pero yo lo admiraba con sincero asentimiento. Leía sus novelas desde la sospecha de que influirían en mi vida y me harían mejor persona.

En aquella visita a Tías, Saramago nos abrió la puerta de su casa, y nos dijo que estaba solo –Pilar viajaba-, entre libros propios y ajenos, como un volumen de fotos de Sebastiao Salgado, para el que escribía un texto; entre las paredes de su casa y las paredes de la isla. Saramago se había mimetizado con el paisaje, era parte del volcán. Y Carlos Fuentes –que lo visitó más tarde- se asombraba de la simbiosis del escritor y la isla negra, sin poder evitar él mismo contagiarse en Los años con Laura Díaz. Aunque el destino no quiso que Saramago y César Manrique se conocieran, me dio a entender que él creía que el fantasma de César sí lo había conocido, porque no se había marchado de Lanzarote, y se habían hecho amigos. Ahora que son dos fantasmas absortos pululando por la isla. Sin ninguno de los dos es más difícil comprender muchas cosas presentes. Saramago contó en Estocolmo, cuando obtuvo el Nobel, que su abuelo se despidió de los árboles de su huerto, abrazándolos uno a uno y llorando, cuando presintió que se iba a morir. César y Saramago –y su abuelo materno- amaban al hombre y la naturaleza. Ahora estamos tan decepcionados del hombre que volvemos la mirada a los árboles y los animales para que nos den sus respuestas y su ejemplo.

Ya existía Internet cuando Saramago murió un día como hoy hace siete años en Tías, pero aún no era tal el pandemónium de las redes sociales en nuestras indefensas vidas. Por ahí vino todo quizá y todo empezó de nuevo con esta desagradable reversión a un mundo salvaje. Han sido siete años vertiginosos y brutales. Ya dije que no parece obra de un tiempo corriente, sino de otra cosa que se rige por otras reglas. Y me he prometido releer al respetable escritor portugués que vivió en Lanzarote hasta su muerte. Acaso, como aquel enigmático Leonardo da Vinci, José Saramago haya dejado en sus páginas flotando algunas verdades providenciales en clave que nos salven del naufragio.

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Macron, Suárez y el dígito mágico

El ascenso meteórico de Emmanuel Macron recuerda a Adolfo Suárez como una fotocopia defectuosa entre dos épocas tan dispares de la historia de Europa. Francia con España ha tenido siempre poco que ver políticamente, y en la innegable autosuficiencia gala no era nada previsible que el decurso de los años y la historia nos trajera a esta desembocadura de un mismo laberinto. No ha estado nunca Europa tan desnortada, carente de iconos e ideas como ahora. Y no ha estado España, tampoco, tan expuesta a los malos vientos que cruzan de océano a océano, con todos los riesgos al descubierto.

O sea que Macron trae a la palestra el reflujo de Suárez, el centrismo de UCD redivivo en La República en Marcha, como una reedición clonificada del apresuramiento feliz de aquella generación de posfranquistas herederos y réprobos del Régimen. Suárez venía de ser ministro-secretario general del Movimiento, y Macron, de ser ministro estrella de Hollande, su gendarme de la Economía. Así que el hundimiento del socialismo como entonces el del franquismo han tenido en común al delfín.

El éxito deslumbrante del filósofo que hizo la tesis sobre Hegel antes de casarse con la Banca y con una mujer 18 años mayor que él, ha sido tan espectacular como el del abogado que gustaba a las mujeres y acabó gustándole al rey. No tienen Macron y Suárez por qué parecerse en todo. Es cierto que ambos trasudan para la historia una misma ambición desmedida y no desmentida por los hechos. Se propusieron las metas más elevadas y las alcanzaron practicando una similar timidez, como si los ególatras más fructíferos fueran aquellos que disfrazaran mejor su vanidad con seda y guante blanco.

Desde el mismísimo día que Hollande lo encumbró al ministerio de las cifras públicas y Macron no disimuló que le iba el poder, hubo alguien que lo miró de reojo y supo que iba a ser su mayor rival: el español Manuel Valls. Macron es de esas figuras sibilinas que repta por paredes verticales y alcanza la cima como si tal cosa. Ahora que es Napoleón y la segunda vuelta de las elecciones legislativas, del próximo domingo, le auguran más poder que nadie jamás en la República francesa, asistimos a la consagración de un estilo que, sin embargo, no es nuevo. Lo inventó Suárez, que hace cuarenta años, improvisó un partido de centro y lo vistió con retales, como ha hecho Macron con semejante resultado, e, incluso, mejorando la fórmula.

Les separan tan solo tres días para que este paralelismo fuera exacto cuarenta años después. El miércoles se celebra la efeméride del triunfo de Suárez en las primeras elecciones, y el domingo Macron -el Suárez francés- resucitará la Transición española en las urnas de un país que asiste a su mayor metamorfosis y decadencia política de las últimas décadas. Si Macron cita a Suárez no tendría nada de extraño. Si Albert Rivera se abraza a ese árbol y se deja ver con Aznar -que añoraba tanto a Suárez cuando el centro se empezó a poner de moda- no hace sino seguir el guion que más le conviene.

La incógnita de Europa ya no reside en el viejo debate de la izquierda y la derecha, sino en el nuevo debate del populismo y el centrismo. Aquel parecía imponerse en las encuestas europeas y en la Casa Blanca. Macron no le suelta la mano a Trump -en la secuencia que recrea El Español- porque sabe que se juega lo que Suárez el 23 F. Europa ahora es un vivero de tejeros, gentes de ultraderecha, xenófobas y cainitas, cuyo demonio es Macron. Del 1 al 10, Macron es el 5, el dígito mágico.

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