La amenaza y el porvenir

En estos setenta años de paz en Europa que hemos interiorizado sin darle importancia, porque era un hecho habitual, ha habido guerras comerciales, incluso bloques antagónicos y conflictos aislados, sin que la sangre llegara al río entre grandes naciones, pero ahora que las reglas de juego se alteran en una era de líderes instalados en la verborrea de la tensión, a algunos en muchas partes nos empieza a preocupar la escalada de violencia que no cesa. La amenaza latente de guerra, incluso nuclear, que subyace bajo los avisos del gran fanfarrón al niño malo de Corea del Norte, parece la historieta de una novela gráfica de matones de barrio al borde de una reyerta de estiladeras, como las pandillas de mi época enfrentadas en el Barranco de Santos. Son ganas. Y esta deriva hacia el caos, en manos de quienes estamos, contempla esa herética tentadora de cruzar la raya y apretar el botón. Crecimos espantados por las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki lanzadas por Truman como antidiós de los cielos sobre Japón hace casi 72 años, en la gran ignominia de la Segunda Guerra Mundial. Era el peor siglo de la historia, nos parecía, porque no conocíamos todavía cómo se las gasta el futuro, que es esto que ahora somos.

John Lennon y Yoko Ono hicieron sus encamadas por la paz contra la guerra de Vietnam cuando se casaron tumultuariamente -incapaces de una vida de iconos desapercibidos-: daban conferencias de prensa entre sábanas en las suites de los hoteles, cantaban himnos a la paz y convertían aquel happening entre ocurrente y simplón en un adelanto de los hábitos de protesta posteriores. A los Beatles les debemos las canciones y las salidas de pata de banco que crearon escuela cuando era impensable el frankenstein de Internet fuera de control en las tranquilas ciudades, en busca de las alegres galas del verano. Ya están los rusos, los chinos y los americanos librando los votos cibernéticos en las urnas virtuales de unos países contra otros. De ahí que Trump, uno de los hijos megalómanos de este nuevo orden mundial contrahecho, elija al enemigo fácil en un gordito norcoreano temible con cara de bebé que juega a explotar misiles, para una guerra nuclear bilateral sin más dilación, al cumplir cien días tediosos en la Casa Blanca. Estamos asistiendo, sin dar crédito, a los prolegómenos de una barbaridad que habíamos anatematizado, incluso ante el terror fundamentalista (la innombrable guerra nuclear), con los anuncios del presidente de los EE.UU. de que algo malo va a suceder si China no evita “el caos y la muerte”. Lo grave es que esta vez se puede liar, porque no estamos ante líderes que obran con nuestra lógica de comprensión, ni con la de quienes dirigieron el mundo hasta Obama el otro día. Trump se aburre; lo ha dicho en el balance de estos tres tristes meses de rehén del despacho oval firmando decretos inútiles, y le está cogiendo el gusto a hacer y “ganar” guerras, desde que bombardeó Siria mientras saboreaba una tarta de chocolate.

Todos temen que anhele ese bautizo de guerra con que estampar su nombre de caligrafía hirsuta en el libro de firmas del siglo XXI, que finalmente no era un siglo de paz. Una vez apretado el botón, el mundo entraría en un estado de shock. ¿Se cumplió el ciclo de la paz de Europa con la Gran Recesión? ¿Fue ese el final de una era que nos prometimos felices, un mundo de canciones y paseos por el jardín? ¿Y ahora qué? La crisis duró casi matemáticamente diez años, lo bastante para que no volviera a crecer la hierba en una larga temporada. Sobre este suelo devastado no han surgido las mejores señales, sino las peores. Ni las mejores ideas, sino las peores. Ni los mejores líderes, sino los peores con las peores intenciones. No es, desde luego, el mejor escenario para hacer planes de futuro. Pero es la época que nos toca vivir, y con estos bueyes debemos arar. Vivimos sobre un volcán, o sea que las islas son un pequeño esbozo de lo que es en realidad el mundo ahora mismo. Ha habido períodos anteriores también inestables con olor a pólvora a causa de dirigentes demenciados que exhibían su fuerza bruta. Está en la memoria de todos lo que sucedió. ¿Qué pasa ahora? Lo terrible es que nuestra civilización ha perdido los sueños que movían la psique del mundo y estimulaba toda una filosofía de poetas y pensadores, gente necesaria para sembrar ideales.

El drama presente es que ha cesado ese élan vital, el impulso creador. Es el crepúsculo de las ideologías, los partidos y los países. Cayó la bomba económica en 2007 y no paró de hacer estragos hasta este 2017, y al marcharse sus efectos -lo están haciendo, casi los vemos irse ya de espalda-, hemos girado la cabeza y vemos las ruinas del mundo que habíamos concebido. O sea que ahora todo va a ser nuevo. Europa va a ser distinta y otra, tras haber impuesto aquella austeridad extrema que destruyó empleo y confianza en ella misma. Todo esto se veía venir, pero los dirigentes no lo impidieron, y a trancas y barrancas ahora hay que salir como sea del escenario de apocalipsis que quedó extendido como un manto de secuelas de esa plaga. Es posible que este sea un corto período de entre caos y algo haga que renazcan los destellos de un mundo mejor con mejores líderes y profetas, y que estemos asistiendo a la mayor y mejor transformación de una sociedad que saque los mejores avances tecnológicos de sí misma.

Pienso en esta generación de Zuckerberg y su algoritmo contra las falacias, y en la agenda social de Europa y en los nuevos ideales juveniles que promueven hazañas solidarias inéditas, y en la inmersión de la mujer en todas las facetas donde se labra el futuro que antes se hizo sin ella. Quizá, quizá…, necesito querer, creer que será así.

 

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El rey no es chauvinista ni nacionalista

Hay dos o tres perfiles de Canarias, que dignifican su imagen exterior y la hacen perfectamente exportable como laboratorio y lugar con capacidad de iniciativa. Este es un rasgo que siempre me ha parecido nuestra mejor seña de identidad. ¿Canarias? Un pueblo con iniciativa. Las legiones de emigrantes, desde siglos atrás, son un claro ejemplo de ello. Y la audacia científica sin fronteras que transmiten los investigadores del cielo, de las enfermedades tropicales o de la plataforma oceánica de Taliarte comparten ese instinto que forma parte de nuestro ADN.

Han venido los reyes de visita y prestamos atención a sus palabras. Suelen traer los reyes una mirada global que nos despeja las calimas del interior mustio y contrariado del isleño, que es un personaje antagónico, un tanto bipolar, cuyo estado de ánimo oscila entre el solipsismo de un náufrago ermitaño que nos habita desde el origen de los tiempos y esa vocación nómada y cosmopolita que nos da alas como el ave de nuestro mismo gentilicio.

Dice Don Felipe que el canario es un pueblo que se caracteriza por sus afanes de desarrollo y progreso, “una sociedad vinculada a la ciencia, a la investigación, a las ideas, a la innovación y al conocimiento, capaz de explicar y de transformar el mundo.” El rey no es nacionalista, no milita en el PNC, CC o Nueva Canarias, porque los reyes no militan en ningún partido, pero si eso lo dice un canario lo llaman chauvinista, que era lo más amable que le decían a los paisanos -últimamente, menos, también es verdad- cuando sacaban pecho y hacían alguna exaltación de las virtudes del paisito. Ese género de sospechas tuvo mucho predicamento en su día, era un bisbiseo muy común cuando alguien tomaba la palabra en público y alardeaba de canario, como hizo una vez Galdós en Madrid o hacía a menudo Nicolás Estévanez, hasta incomodar a Unamuno con su sombra del almendro.

Ya digo que el rey no es nacionalista, y por ello su discurso en esta primera visita oficial tiene la lectura de un ciudadano viajado que se manifiesta sin los viejos complejos insulares, que nos condenaban a la autocensura provinciana de negarnos todo merecimiento que denoten ínfulas de destacar. Sin embargo, entre esos perfiles de las islas de que hablaba al principio, es innegable la aportación canaria a la literatura en nuestra lengua, ya tanto por la obra de Silvestre de Balboa (Espejo de Paciencia, el célebre poema escrito en el siglo XVII, que inauguró las letras cubanas), que un día le traje de La Habana a Lázaro Santana, como por el citado Galdós, Guimerá, Viera y Clavijo, Iriarte…, hasta nuestro mítico Rimbaud, mi admirado coetáneo Félix Francisco Casanova, del que hoy anunciamos que se publican ahora en Madrid en 700 páginas sus obras completas en Demipage. Pero esta clase de medallas solo nos las puede poner un rey astrofísico, que, de paso, elogie el IAC y sus enormes telescopios que los árboles no nos dejan ver.

La visita real, que hoy prosigue en Tenerife, dejó, para mi gusto, otra sugerente observación de Don Felipe, cuando, ajeno por completo al debate que sostenemos sobre los cuadros de la Conquista del Parlamento y el genocidio guanche, no tuvo reparos en arropar la inteligencia natural de los aborígenes en sus cuevas de Risco Caído, donde la luz revela sus conocimientos en astronomías y calendarios de entonces, más de cinco siglos atrás. Aquel pueblo dejó en sus montañas sagradas de Artenara todo un legado de su cultura avanzada y aislada ajena al metal. Que el rey apadrinara la candidatura del yacimiento como Patrimonio de la Humanidad, de la Unesco, lo hace aún más sospechoso, por dejarse tentar en las honduras resbaladizas de la historia en unas islas que no se acaban de querer.

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La corrupción, Francia y el nativismo

La lucha contra la corrupción debería ser la premisa que aliente todos los programas y hasta los hologramas políticos, como ha puesto de moda en Francia el insumiso Mélechon. Pero, desgraciadamente, la corrupción se ha cronificado en la patología de la vida pública y privada, con sus vasos comunicantes que lo contaminan todo como tal lacra, y la evidencia establece un nuevo discurso a espuertas sobre inmigración, globalización y nuevas fronteras proteccionistas. Un miedo nacional, en fin. Hablo de Europa, que hoy arriba a la segunda estación de su inmolación colectiva (todo empezó con el austericidio) en las elecciones abracadabrantes de Francia. Si habláramos de Canarias, tampoco cabría extrañarse del apagón informativo acerca de la corrupción sistémica y de los telares que entretejen tupidos intereses político-mediático-empresariales en las islas. Si alguien pone el dedo en esa llaga, se activa automáticamente un campo magnético de conmiseración que trivializa el episodio y lo reduce a una rabieta aislada de los pocos apéndices que el sistema no controla.

Lo cierto es que en España ahora mismo sí se habla sin atajos de corrupción político-empresarial, gracias a una corriente de jueces y fiscales con manos libres que demuestran entereza e independencia -las dos cosas hay que tenerlas al entrar en ciertas leproserías autonómicas del país-. ¿Está Canarias a resguardo de esos síntomas pútridos de las cloacas políticas y económicas de la Comunidad Valenciana o Madrid? El tiempo y los jueces lo dirán, pero tirar la primera piedra en la autopsia del mal estado ético de las autonomías no se torna en absoluto fácil, cuando la tangentópolis avanza sin receso y los próximos meses serán la prueba de fuego de una sociedad que disimula su picaresca, pero sabe que un tsunami baja de la Península ibérica con nombres y apellidos de dirigentes y empresarios entrando en las prisiones del país, abriendo las venas del continente hasta sus islas.

En Francia, donde han tenido en el pasado reciente sus ignaciogonzález y gürteles –como en casi todos los estados de la UE- ahora –decía- el gran conflicto no es ya la corrupción –con haber ocupado por un tiempo las portadas de la campaña electoral-, envuelta en la burbuja de problemas emocionales más candentes como los refugiados, los inmigrantes y el paro que desató la crisis en su gangrena doméstico-laboral. Las deudas pendientes ante la Justicia de Fillon y Marine Le Pen por sus empleos ficticios a asesores y familiares no les impide disputar a día de hoy, ante sus oponentes más directos, la primera vuelta de las elecciones presidenciales de un país que es un auténtico volcán a punto de explotar en el corazón de Europa.

La deriva que tome este nuevo test al estado de salud de la sesentona y achacosa Europa no solo pone irónicamente a prueba la grandeur de la France, sino a toda la UE, con pronóstico reservado ante posibles estallidos por desencadenarse. En las flaquezas intelectuales que muestra una Europa escuálida y aterrorizada, a nadie sorprende la apropiación apresurada de algunas de las ideas de pensadores de un pasado sin duda más lúcido, como hace la propia Le Pen citando a Albert Camus en el New York Times, con tal de vestir su patriotismo con plumas ajenas de las Cartas a un amigo alemán escritas por el autor de El extranjero en las hogueras de la posguerra tras la ocupación nazi.

Europa ahora ya no piensa, sino actúa por mediación de líderes ágrafos y oportunistas que incendian con la leña de los árboles caídos de la vieja política todo asomo de convivencia con las culturas de llegada. El lema y el limo de este fango es el rechazo al otro. Una idea fuerza que transita demoledoramente de Europa a América, ida y vuelta. Con los consejos de Trump, Marine Le Pen sueña una Francia libre de las ataduras de Europa, de toda pertenencia a mundo alguno, salvo al propio monstruo interior que devora dogmas demonizados, como apertura, coexistencia y vida en común. Es una de las dos opciones favoritas para pasar a la segunda vuelta. Lo que llama la atención frente al nativismo visceral de la hija del patriarca descarriado del Frente Nacional es que sus rivales –el culto y extrostkista Mélechon, también- la imitan hasta donde pueden, evitando parecer delante del espejo demasiado europeos y cosmopolitas, las dos grandes conquistas del ciudadano de la segunda mitad del siglo XX.

Una vuelta a las cavernas con el brexit y quién sabe si el frexit tras los comicios galos, nos devuelve a todos, en realidad, al hombre primitivo anterior a la informática. Una sociedad intramuros como pregonan Trump, Theresa May y Marine Le Pen –y otros candidatos franceses, salvedad hecha del liberal Emmanuel Macron, un economista y exbanquero que procede de la filosofía y Hegel- no congenia con la vida en redes que hemos abrazado a través de las ventanas de Internet. De este bucle saldremos, a buen seguro, una vez superemos la patología posdemocrática que atraviesan poderosas naciones como Estados Unidos, Reino Unido o ahora Francia. Y cuando las aguas turbias por las ideas más infelices que han logrado imponerse acaben aclarándose, tendremos que volver, una y otra vez, al problema central, la corrupción, que es el agente patógeno de la metástasis al que sucumbe nuestro pequeño mundo insular y europeo. Origen del mal que, finalmente, enloquece al conjunto de la sociedad, por lo que se ve.

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La guerra, total

El patio -este mundo- está en ascuas, o patas arriba, decía Galeano, a la espera de acontecimientos funestos por supuesto, porque las pocas luces del liderazgo que campa marcan tendencia y acaban entronizando un pesimismo de Murphy a lo bestia con una fastuosidad fatídica que asusta: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Siempre es posible que, incluso, empeore la cosa, no nos hagamos ilusiones en vano, predicen todos los agoreros refocilándose en la desgracia oficial vigente.

¿Qué hemos hecho de nosotros hasta sucumbir en un fatalismo tan perseverante en todas las latitudes del globo a la vez, con tal psicosis del desastre que se defiende a sí misma de un modo tan eufórico frente al éxito eventual del sí oponiendo su tajante éxito del no a la paz en las precisas circunstancias en que estamos al borde de un conflicto nuclear? ¿Eh? El brexit y el referéndum de la paz en Colombia cumplieron con esa maldición, que se guionizó sobre la marcha con visos de nuevo dogma imperante; luego sobrevino el triunfo inexplicable de Trump, y ahora suenan, como digo, tambores de guerra nuclear como si tal cosa, y no sabemos qué hacer: si pensar en modo pacifista como antiguamente, que era una suerte de línea editorial de los grandes estadistas tras la Segunda Guerra Mundial, o en la clave bélica moderna que se impone en la sonrosada dialéctica de unos y la barriguda obcecación de otros, como en una nueva línea de ropa de todo discurso populista que se precie en la actualidad.

No hay pronóstico que valga estos días si no es traumático y, a poder que sea, apocalíptico. Es lo que se cotiza alto. En la hoja de ruta -que fue la penúltima expresión manida antes de que llegara la posverdad a embobarnos a todos- de los grandes dirigentes estaba, hasta el otro día, la paz como monotema. Y ahora es el anatema de las agendas dictatoriales de los demócratas que se perpetúan en las urnas, como Erdogan o cualesquiera otros. Ya las dictaduras -y las disfrazadas de democracias son las peores- no se reducen al monopolio de las repúblicas de América Latina, cuyas secuelas son esos madurazos de ahora. Trump, al norte, es y será un legítimo dictador durante los ocho años que marcan los relojes de la Casa Blanca, el tiempo medio de sus poderosos inquilinos. Putin, asimismo, es un dictador irremediable que lo lleva en la sangre (a los opositores los detiene o hace desaparecer, cuando no aparecen como ayer en Tenerife), con los ciberataques que haga falta.

De manera que la paz pasó de moda como latiguillo programático y ya solo el papa la usa de estrambote cuando alza la mano y bendice a los apóstatas de la guerra alternativa. ¿Atacará Trump a Kim Jong-un, o viceversa, que es de lo que se trata a estas alturas del guión? ¿Estamos a las puertas de la primera guerra nuclear no unilateral de la historia? ¿Qué se cuece, en realidad, bajo la respuesta del magnate contra el gas sarín de Siria mientras daba cuenta de un postre de chocolate con Xi Jinping? ¿Y detrás de la bomba más potente de su arsenal convencional contra las cuevas islamistas de Afganistán? ¿Y en esa maniobra de alta tensión del portaaviones tocahuevos Carl Vinson y todo ese grupo naval en las mismas narices del norcoreano?
¿Que se está mascando? Si quieres guerra nuclear, tendrás guerra total, respondieron a Trump desde Pyongyang, antes de lanzar el sábado un misil que por lo visto se les pifió en el aire. Pero todo esto huele mal. Y un tercio de los rusos cree posible una guerra con Estados Unidos. La guerra, total.

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La entrañable librería de mi tío

El modesto librero llevaba una vida rutinaria, iba todos los días –ida y vuelta- de la calle San Martín a la del Castillo esquina con Suárez Guerra. Algo de templos tienen las librerías. Había un púlpito, un altar imaginario para las grandes novedades editoriales, una apariencia general de retablo de libros, y el techo alto simulaba la cúpula de un baldaquino. Yo entraba de niño en La Prensa, la entrañable librería de mi tío Paco, como si lo hiciera sigiloso en una catedral o apenas una ermita, y había un recogimiento de oración literaria bajo el ábside del tierno recinto que competía con la joyería de al lado ofertando, a su modo, materiales preciosos. Ahí fue donde me hice beato de libros. Mi tío era ateo. Barítono, nadaba y guardaba la ropa, de izquierdas, hijo único de alcalde masón, Francisco Martínez Viera.

En la Librería La Prensa descubrí los libros clandestinos de Ruedo Ibérico que él escondía debajo de la caja registradora para clientes confidenciales. Y las primeras novelas del boom latinoamericano, cuando García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, Rulfo, Donoso (o el más veterano, Carpentier, y lo real maravilloso) eran nombres emergentes que asomaban con obras prometedoras. Tenían en común que mostraban orgullo de sus temas, sus calles, su jerga, sus incas y mayas.

Cuando cruzó el charco y vino a la isla tras los pasos del hermano Pedro, Miguel Ángel Asturias, el Nobel guatemalteco, no me era desconocido, pero mi lectura apresurada de aquel aluvión de autores tan interesantes me impidió, por ejemplo, conversar acerca del guanche con el hombre de maíz que traía al maya en el equipaje de despedida, camino de la muerte en Madrid. El guanche como asunto y trasunto literario de la novela contemporánea acaso empieza y acaba en Juan Manuel García Ramos, que lo acompañó en su destierro de Venecia y lo ha puesto ahora en el centro punzante de una polémica que disgusta, el museo de la colonización, porque hemos acomodado nuestro estatus hispánico y europeo a la desidia de sepultar esos malos recuerdos y, reacios a la historia, vivir en un confortable olvido. Como Asturias respecto a su indígena centroamericano, conviene reivindicar la mitología y la antropología del nuestro, a riesgo de abrir una polémica de salón sobre los paños de la Conquista y la entrega de la princesa que adornan el Parlamento.

Ahora el libro como estrella ocupa su plató de abril y el estand callejero de la venta rápida, como en los autobares de food trucks de Las Teresitas, confronta con el concepto de librería de mi tío, de toda la vida, donde las viejas parroquias se cierran, como La Isla de la calle del Castillo -que resiste en Imeldo Serís-. Pero la fiesta del chibolo -así llaman a los chiquillos en Perú-, del autor novel que nos trae su ración precoz y se empadrona en la nueva literatura canaria con la profusión de la generación 21, por ejemplo, impulsa, de rebote, a la librería tradicional como el día de la madre al comercio, y son las pymes del libro las viejas ventas de barrio, donde no había mejores bocadillos de carne de ave que los de don Eliseo en Duggi con Álvarez de Lugo, ni libros candentes que acunar con las manos como los de mi tío en La Prensa.Así supe un día que había nacido un boom de narrativa canaria en los 70, de la mano de los Juan Cruz Ruiz (Crónica de la nada hecha pedazos), Juan Manuel García Ramos, Fernando Delgado, Víctor Ramírez, Luis León Barreto, Luis Alemany, J. J. Armas Marcelo, Alberto Omar y Juan Pedro Castañeda. En la acera honorable de la calle del Castillo, donde mi tío Paco Martínez del Rosario apilaba las novedades editoriales que despuntaban, aquellos autores locales medían sus fuerzas con el boom de América y Miguel Delibes, con algún anglosajón y Cela o Ignacio Aldecoa, que apenas vivió 44 años y murió cuando los jóvenes cachorros de las islas aparecían en escena. Él mismo los habría acompañado en su condición de autor peninsular de Cuaderno de godo –su periplo canario- o de ermitaño insular de La Graciosa, donde firmó su despedida, Parte de una historia. Esa obra reclamaba al escritor canario, en plena disputa entre locus y universalis, que prestara más atención a sus localizaciones interiores y mitos vecinales, ese “autodescubrimiento”, como dice Daniel María.

Una de aquellas tardes ceremoniales en que acompañaba a mi tío a la librería tras el almuerzo familiar en la casa de flores de San Martín, lo vi sacar de una caja un libro nuevo que exhibía con jactancia en la repisa de la puerta superior. Era Mararía, la novela que iba a dar mayor gloria a Rafael Arozarena, el autor elegido para el día de las letras canarias en esta edición de 2017. Acababa de quedar finalista del Premio Noguer en Barcelona, que era entonces una anomalía inaudita para un autor periférico por antonomasia como el canario. Pronto asistimos a cierto totum revolutum de fetasianos conviviendo con el chorro fresco de los setenta y, de regreso, aun siendo jóvenes, con novelistas-periodistas como Alfonso García Ramos, Emilio Sánchez Ortiz, Elfidio Alonso… Años de destellos. Hasta la reciente saga de los 21. Yo rebuscaba a los autores canarios que se desinhibían entre las montañas de libros nacionales que depositaba mi tío sobre el mostrador abarrotado. Mataba el gusanillo que contraje a su lado. Ahora, cuando me cruzo por la calle con Ánghel Morales, que anudó a sus 21 autores en ediciones Idea y Aguere, pienso en aquel hombre discreto y culto, mi tío, cuando abríamos las puertas de la librería y él sacaba las novedades de la cantera para presumir en el escaparate.
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ETA que no has de conocer

Pienso en mi hijo y en todos los hijos, que nacieron con todos los modos nuevos de cada cosa, también del terrorismo. Y que, por suerte, no conocerán a ETA por sus hechos, sino por sus desechos y su desarme. La desaparición de ETA era una demanda que generaba ansiedad en la España de los 80 y 90, convicta de democracia, que veía a la banda como la herencia onerosa que se rechaza porque la sucesión patrimonial te sale un ojo de la cara. Era el tiro en la nuca, el legado malo de los falsos mosqueteros de la libertad. Porque ETA se había prestigiado lo suyo con el atentado a Carrero Blanco, y de ahí el malentendido de cierta vitola progre y clandestina que contagió a parte de la izquierda y de la Iglesia (vasca) en pleno zafarrancho de la dictadura.

Cuando Tejero, más tarde, se envalentonó con su asonada de tricornio de poca monta, era un clamor que los militares no aguantaban el goteo de atentados de los gudaris. Y aquel país que trasteaba en democracia con la bisoñez del aprendiz, antes siquiera de cumplir un lustro en las urnas, era todavía la España acojonada por la sombra alargada de Franco, que parecía muerto pero estaba vivo y coleando en los escombros del régimen. La tuitera que se burló del atentado de Carrero Blanco -en la Rambla de Santa Cruz están colgados esos escrotos de la exposición de esculturas en la calle que fueron bautizados sottovoce con alusiones groseras a las partes íntimas del difunto presidente del general- no vivió, por razones de edad, los estertores del franquismo en aquella voladura del sistema y del coche oficial de una víctima estratégica para la CIA y para ETA.

En España, como en América Latina, no se movía una piedra en una dictadura sin que se enterara el Kissinger de turno y la agencia de inteligencia hiciera lo consiguiente. España era una azotea donde cayó un Dodge volando con los restos del régimen, y en el trono estaba un rey que quería legalizar la libertad con el Partido Comunista dentro del rediseño de democracia homologable a la europea. El sarcasmo de los demócratas españoles de nuevo cuño es que pronto empezaron a poner a parir a Suárez -el único civil con dos redaños en un régimen militar por supuesto que había monopolizado la autoridad absoluta- y ahora El País titula su encuesta con la nostalgia popular por tener un presidente como aquel político educado y dialogante que caía bien a las doñas y se metió en el bolsillo al rey. Por eso, el final de ETA, si acaba consumándose con su disolución definitiva, no es un episodio irrelevante bajo el abertzalismo islamista, de Estocolmo al Cairo y Alejandría.

Entregar las armas, o parte de ellas, en los zulos de Bayona es que ETA dobla la cerviz, tras ochocientos muertos y trescientos por resolver, y es una noticia que nos reconforta por toda esa reminiscencia de cabos sueltos. Era la errata etarra de la Transición; nada se había podido hacer para empezar la página en blanco en el 77 sin que la serpiente siguiera asesinando a nuestros pies. El fantasma se incorpora y arroja las pistolas al suelo. Ahora, en España hay un Gobierno y una oposición y sigue muriendo gente, pero ya no hay manos blancas en la calle contra la locura de ETA.

Esta semana ha empezado mal, con la muerte descabellada de Carme Chacón, que era una de las musas del país que se iba desprendiendo de ETA en el canon de Zapatero. Chacón iba a poder seguir viviendo en un país con una deuda menos con el pasado, y habría aportado su mirada inteligente a los ejércitos en guerra de su partido en el Congreso de junio. No va a poder ser. Tan cruel como paradójica la flor en el desagüe. ETA se va, al fin, escurriendo por el sumidero, un buen día de abril, y la flor, en cambio, se nos marchita en primavera.
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El escalofrío

Ha sido un gran escalofrío. Lo de Idlib, los niños gemelos de ese buen hombre que posa con ellos en sus brazos sin vida, y la historia del hombre que perdió a 25 miembros de su familia… En el ataque químico de Idlib, el miércoles pasado, el homo videns que somos, según el desaparecido estos días Giovanni Sartori, sufrió un escalofrío delante de las imágenes. Porque lo irrefutable de la barbarie de esa lluvia deletérea de gas sarín, o del gas que sea, que cayó de madrugada sobre las viviendas y entró por las ventanas en las habitaciones y camas donde dormían vecinos inocentes de una de las guerras infaustas de este siglo, es que existen fotos, filmaciones e imágenes de las consecuencias del horror. Lo que condena esta vez delante de las cámaras del mundo a Bashar al-Asad, autor de la matanza según todos los indicios, es el rastro evidente de las víctimas palpables en el regazo de sus padres o regadas por el suelo como ángeles caídos muertos o moribundos. De ahí la tromba de condenas y el diluvio de vituperios contra la ignominia de este médico tímido, carniseco como un estafermo que sucedió hace diecisiete años a su padre, y que lleva más de un lustro sin dejar un día de matar por miedo a que lo maten.

Cuando simplificaba sus opiniones sobre la política y la democracia, Sartori soltaba ideas que podían parecer extravagantes, pero, como quiera que su autor era el gran pensador de la democracia, convenía escucharle para saber si eran fruto de la experiencia o chocheaba a sus noventa y tantos años de edad. Decía, por ejemplo, que estos líderes protervos de la hornada inmunda que revuelven el patio –hablaba de Erdogan, de Trump, de ese taxón de tiranuelos, supongo que sin mencionarlo también lo hacía de al-Asad, Putin y tantos por el estilo- eran unos homos cretinus, que estaban de moda, porque se multiplicaban por los distintos estados y continentes, pero que serían una fiebre pasajera, no podían durar demasiado. Uno quisiera darle la razón a Sartori, que nos dejó esta semana con el deber de releerle, como corresponde hacer siempre que un sabio de estos se va. Pero la deriva del holocausto que va progresando por los múltiples escenarios del horror vigente no invita a tanto optimismo. ¿Efímeros? Son líderes que emergen con una virulencia despiadada, y, en efecto, como dice el papa Francisco -y también sostenía Sartori- estamos en guerra. La masacre química de Idlib lo confirma. Al Qaeda, la hidra de mil cabezas que inventó Bin Laden y nos parecía la crueldad insuperable cuando derribó las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001 y vimos a la gente tirarse por las ventanas de los rascacielos en aquel espantoso salto mortal que era el reflejo de nuestra impotencia colectiva, hoy resulta un episodio asimilable, que se acomoda y encuentra sitio en nuestra nueva concepción de la humanidad amenazada, porque ya no entendemos la vida sin el miedo inherente a morir arrollados por un camión en una avenida comercial de cualquier ciudad mientras paseamos. No tenemos escondites seguros para vivir sin esa clase de riesgos y otras. Todo es un gran parque de atracciones donde los monstruos son de verdad.

Los viernes, como este de Estocolmo, a veces son negros en efecto, y hasta cierto punto, el Black Friday, como reclamo comercial que surge de una noción de calles abarrotadas de gente, abunda en esta nueva forma de convivir con el terror públicamente cerca. El fantasma del camión asesino, ese coloso calle abajo a toda velocidad como salido de un videojuego de civilización frustrada, ilustra el hecho incontrovertible de que estamos en guerra. En boca de Hollande, en su momento, tras el atentado de París, producía rechazo. ¿Cómo vamos a estar en guerra y atacar por toda respuesta desatando una espiral de violencia sin fin? Pero en boca del papa, ya es otra cosa. Y en la de Sartori es una corroboración. ¿Guerra con quién, contra quién? ¿Es la misma guerra la de estos camioneros posesos que atraviesan multitudes embistiendo y aplastando cuerpos humanos como si fueran maniquíes, que la de al-Asad gaseando a hombres, niños y mujeres mientras duermen?

El hombre inventó la guerra para tener con qué matar el tiempo, llenarse los bolsillos con las armas que vende a otros hombres y llenarse de poder vendiendo su alma al diablo. En ese instante rompe el hilo rojo de la libertad. Provoca un gran sarcasmo en los tiempos de disforia que vivimos cómo mientras unos matan como nunca, otros como Eta se desarmen al fin. Pero nadie mide los tiempos de la paz y la guerra. Sumidos en esta gran confusión ignorando todo lo que está por suceder –por sucedernos-, se nos ha caído el sistema democrático como una enorme central eléctrica produciendo un aparatoso apagón (como en Venezuela, Estados Unidos, Rusia y quién sabe en qué otras partes de Europa en estos meses venideros), como denunciaba Sartori, que ideó in extremis un sistema electoral perfecto para evitar un perfecto desastre del sistema.

Camisa blanca, corbata roja y traje oscuro. Es Trump. Y lo vemos con sus asesores delante de una pantalla siguiendo el ataque televisado de la primera potencia del mundo sobre la base siria de la que partieron presumiblemente los aviones que bombardearon con gas a los niñitos de Idlib. Y nos parece bien, nos sentimos acólitos del homo cretinus delante del televisor, del homo videns incapaz de creer otra cosa que lo que sus ojos ven. ¿Entonces, vemos por los ojos de Trump? Y sentimos de nuevo un escalofrío.

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¡Abril de 2017!

Necesitamos una computadora que verifique el tiempo real, el que transcurre en el cálculo acelerado de las nuevas cuentas del tiempo, que es un inventario inédito comparado con el letargo de los días pretecnológicos de anteayer -cuando todavía era el siglo XX-, un tiempo vertiginoso en una sociedad frenética que llega atropelladamente al mes de abril, ahora mismo, sin respiro. ¡Abril de 2017! ¡Pero si este año era un recién nacido!

La imagen de un reloj siempre desató un sentimiento de miedo oculto en mi subconsciente. El tiempo (“porque sin él lo que llamamos vida sería de piedra”, escribió el mexicano José Emilio Pacheco, poeta del tiempo) nos conturba, es la losa que lo aplasta todo, y nos queda el resorte de saltar sobre él en los sueños, que son atemporales y ficticios y muy útiles para vencer los límites del tiempo. De pequeños, el tiempo era grande -como todas las cosas parecían a las edades tempranas-; de mayor se nos achica y escapa entre las manos, casi convertido en arenilla. El tiempo es una playa que se deja tentar por el horizonte, sin moverse del sitio, como si fuera eterna.

Hay un tiempo para cada cosa. Dividimos la jornada en fracciones de tiempo, asignando una función a cada margen del mismo, convencidos de que troceamos el discurrir de los acontecimientos y somos dueños, de ese modo, de la duración de las cosas. Pero es inútil comerciar con la resuelta marcha de las agujas del reloj. A veces se nos pasa el tiempo volando, se acaba en nada una legislatura, por ejemplo. Y en ocasiones se nos hace interminable. O pasa con la jornada laboral, como sucedía en la escuela cuando se nos hacían insoportables las clases más antipáticas y los profesores más tediosos; las largas misas de los curas apáticos en la infancia, y el tiempo de sobremesa cuando los mayores disertaban de temas aburridos y nos robaban el tiempo de ocio en la esquina del barrio con los amigos…

Ahora todo se ha complicado mucho más. El tiempo ya no es el que era. Porque ahora corre más deprisa, sin lugar a dudas. Este es un tiempo desbocado, que se precipita sobre nosotros y nos arrastra con él alocadamente. Ahora no tenemos tiempo para nada. Para leer. Para pasear. Para conversar. Para pensar. Para nada. El tiempo es una dictadura. Somos esclavos del tiempo.

Breve historia del tiempo, escribió Stephen Hawking, cuya presencia me impactó durante las jornadas que seguí sus pasos. En la imagen del hombre postrado en la silla de ruedas, simbólicamente estático, sin apenas movimiento de sus facciones, se depositaba la esencia de la espera de un tiempo cósmicamente infinito, que en su caso se encierra en 50 años que ha sobrevivido al instante de su muerte pronosticada por los médicos que diagnosticaron su esclerosis lateral amiotrófica. Hawking es el perfecto gendarme del tiempo, aquel que le dio captura y logró transformarlo en dosis más largas de un modo conmovedor. El tiempo es su esclavo, él lo detenta.

En cambio, nosotros, víctimas de una vida sin pausa, no tendremos jamás esa opción, porque nuestro mayor imponderable es querer atrapar el tiempo entre nuestras manos; de ahí la apresurada existencia que imprimimos a nuestro quehacer diario. Como en la huida desesperante de algunos sueños, descubrimos en nuestra impotente carrera contra el tiempo que, a la postre, permanecemos rehén de él, como el jarrón chino de T.S.Eliot, que “quietamente se mueve perpetuamente en su quietud”. Así sucede, acaso felizmente, atrapados para siempre en una isla.

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Los sabios que frecuentamos

Todo anciano es una biblioteca. Contamos con eso y damos cuenta de ello, de la pérdida irreparable de información cuando mueren. Estos días han sido devastadores, con la marcha de Lothar Siemens, Leoncio Afonso y Antonio Bèthencourt Massieu. Se nos están vaciando los estantes de sabios, y es tan cierto que su ausencia nos debilita como que se tarda generaciones en sustituirles, ya no en una sociedad determinada como Canarias -con sus peculiares cainismos que trasgreden y agreden el sentido común desde la Universidad a los círculos intelectuales-, sino en todas las latitudes, continentes o islas.

Cuando expiran, de pronto, nuestros sabios favoritos en cualquier faceta es como encajar un golpe definitivo. Ahí queda la pequeña o la gran lesión, con su pequeña y gran lección de por vida. Se van. De esto iba la cosa. Venimos y vamos. Y el malestar permanece en nosotros, testigos de la deriva indefectible, pero testigos resignados y conscientes, a sabiendas de que sabemos que perdemos para siempre pozos de sabiduría. De lo poco o mucho que podamos legar, deberíamos hacer acopio sin dilación, dejar la huella sobre la arena. Mañana siempre es tarde. Pero tengamos la fiesta en paz. Nadie debe oponer resistencia a la sucesión natural de las cosas, que otra cosa no somos sino cosas, cuerpos que se extinguen tarde o temprano. La sabiduría es otra cosa, la inteligencia es otra cosa, el alma de los seres humanos es otra cosa, el software de sus vidas. Bèthencourt Massieu, concebido como parte de una larga nomenclatura de personalidades selectas, como Agustín Millares Carló, María Rosa Alonso… era en la universidad que regía un habitante de mucho cuidado. Lo recuerdo en su fragilidad de pequeña estatura… Eran gente de trato afable, sonriente, como chorro de una fuente en la que uno se inclinaba a beber y es incesante. Tenían en el trato esa generosidad de donar lo que sabían. La de artículos y reportajes que yo escribía con tan solo preguntarles, abusando de su sabiduría cuando no había Internet. Eran bibliotecas ambulantes. Bèthencourt Massieu, Leoncio Afonso, Telesforo Bravo, María Rosa Alonso, Antonio González, Guimerá Peraza, Cioranescu…

Cioranescu me asombró un día. Todos eran asequibles. Y el historiador rumano era una de mis fuentes preferidas. Quedé en su casa de Méndez Núñez aquella tarde que me dedicó entera. Y el bueno de don Alejandro me reveló su verdadero hobby intelectual: escribir novelas policíacas.

Muy al contrario de lo que muchos decían de aquellos popes altivos, a mí y a mi hermano nos parecieron siempre una gente formidable. Domingo Pérez Minik y Eduardo Westerdahl lo eran. Nosotros cruzábamos la puerta de sus casas con una familiaridad ingenua de intrusos en el Buckingham de aquellos dioses penates. Nunca nos pusieron mala cara. Minik era -acomodado en su sillón de General Goded con un güisqui en la mano- un personaje transitable y cariñoso que nos deleitaba contándonos historias que alimentaban nuestra curiosidad adolescente. Después lo escribíamos todo en el periódico y así nos íbamos haciendo mayores. Westerdahl y Maud procuraban hacernos un hueco en su tiempo, se alegraban de que fuéramos a visitarles, a preguntar, a saber, a descubrirlos… en su castillo. Minik nos habló de Bertrand Russell en el Puerto de la Cruz y de la rubia esposa de Breton. Un día les íbamos a echar de menos para siempre a los dos.
Como a Alfonso García Ramos, de cuya evasión tan temprana nos quedan dos novelas y miles de artículos, pero a mí me sigue matando a solas el recuerdo de haberle tenido de director en La Tarde, todo lo que aprendí con él, que nos mandaba (con Martín y Zenaido) a entrevistar a Alberti o a Severo Ochoa donde quiera que estuvieran viviendo en sus exilios, en Roma o Nueva York. De él heredé una visión del mundo que trasciende la isla y lo envuelve todo.

Contar, siempre contar. Los sabios no son perecederos con tal de que no olvidemos contar lo que hicieron, fueron y dijeron. Es lo que hago aquí, mencionarles con emoción y nostalgia. Historiadores, artistas, científicos y poetas. Había poetas entrañables como Agustín Millares Sall. Irrepetible. ¡Cómo me acuerdo de Pedro García Cabrera!, aquel viaje en barco a su islita, para inaugurar su busto en Vallehermoso (“navegar, navegar, navegar,/ enhebrar en los ojos/ todos los horizontes de la mar”); lo que me contó en la travesía de su fuga de Villa Cisneros a Dakar y la amistad que entabló con el gran Leopold Sedar Senghor, el poeta de la negritud. Aún escucho su voz solemne y lo veo moviéndose por el barco con Matilde Marchal, la enfermera que había conocido en un hospital de Jaén cuando sobrevivió a un accidente de carretera en la guerra. Y no olvido a Pedro Lezcano, la historia de un hombre íntegro, al final de sus días, cuando más lo frecuenté. Los sabios tienen su manera de ser y marcharse. Estas semanas han sido tremendas… Van quedando muy pocos dragos en pie. Por suerte, asistimos a los sabios retoños de unas islas que cultivan el conocimiento y la fantasía con una vocación que se reproduce. Es cierto que así somos, unos seres creativos desinquietos habitando nuestro mundo insular, con mucha rivalidad y celos por serlo y por ser los mejores en nuestros recónditos reinos de taifas. ¡Qué se va a hacer! Con nuestras luces y sombras, así somos y seremos por los siglos de los siglos…

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LEONCIO AFONSO, 100 AÑOS BIENHUMORADOS

Que la entrevista más generosa, tierna y profunda de la serie dominical que hice para este periódico antes de embarcarme en la dirección. Era un día de entre semana y parecía domingo, en la calle desierta y silenciosa de su casa en Herradores, de La Laguna. Don Leoncio Afonso me esperaba en la segunda planta, sentado en su silla de ruedas, con las sondas nasales conectadas al maletín de aire por la disnea de viejo fumador de puros. Acababa de cumplir cien años y me dio una receta infalible según él para resistir las majaderías del tiempo: quitarle importancia a las cosas y no perder nunca el humor. Tenía una manera de expresarse ingeniosa y divertida. Me contó que la primera vez que fue a visitar a Franco en El Pardo le traicionó la risa fácil cuando el ujier les previno de que no tropezaran la alfombra en presencia del caudillo, que era un “pequeñajo”, según lo retrató el bueno de don Leoncio con esa pirueta de media sonrisa que ponía en la memoria.

¡Cuánto había vivido! Mucho, decía queriendo vivir otro tanto, ver coches volando, interrogándose sobre el destino de las generaciones futuras y lamentando el deceso continuado del ser humano, hasta convertirse en lo que llamó un “cadáver social”: alguien sin amigos, sin parientes, sin colegas, porque todos ya se habían muerto. Le quedaba doña Evelia, la esposa también secular. Habitaba un mundo al que le tenía aprecio, escribía, leía y nada le hacía perder el ánimo. Era un palmero ilustrado que no quiso ser campesino en una familia rural. Como digo, fue el diálogo de los diálogos, el testimonio prolongado de un superviviente, un fumador fundador de cosas, que había creado la Escuela Oficial de Turismo y había impartido en la Universidad de La Laguna la primera clase de Geografía. Era -él mismo lo decía casi con resignación- el sabio oficial de la Geografía de Canarias.

La cita la había concertado mi amigo Carlos Silva, y en la hora y media que compartimos en su despacho, con la tarde entrando por la ventana para oír la conversación, don Leoncio me habló de sus hazañas dentro y fuera del aula, dentro y fuera del Régimen, dentro y fuera de la isla, y dentro y fuera de su casa cuartel que había comprado a mediados del siglo pasado por 250.000 pesetas, y era un santuario risueño como el dueño de libros con olor a papel viejo. Me dijo cosas que no me esperaba; algunas de ellas tan sorprendentes en una personalidad políticamente marcada por la dictadura como el elogio que hizo del líder de Podemos: “Ese chico -Pablo Iglesias- llegará a presidente”. No perdía la ruindad contagiosa como la risa en sus comentarios políticos sobre los héroes y villanos de aquel 2016 en blanco que padecimos: “En cien años no había visto tantos tontos juntos en política”. Fue su declaración más contundente, que tituló la entrevista. Pero tenía el recuerdo grabado en la punta de la lengua de sus coetáneos más célebres -que no tenían un pelo de tontos-.

De ellos me habló con simpatía y nostalgia-. De Alejandro Cioranescu y Telesforo Bravo. De su maestro Juan Álvarez Delgado y María Roisa Alonso. De cuando fue a la guerra con Marcos Guimerá Peraza y Diego García Cabrera. Y los llamaba por sus nombretes como si estuvieran aún vivos entre nosotros, riéndose de verles la cara que ponían: “A Carmelo García Cabrera lo llamábamos Carmelito, tomatito, cachimbita”. Cuando ya se había bebido el siglo entero, le pregunté cómo se sentía. Y habló, por primera vez, con satisfacción del momento político, porque esta vez, al menos,según dijo, estaba seguro de que, pese a la falta de Gobierno, no iba a haber otra guerra en España. Cuando me iba le pregunté cómo se las había arreglado para esquivar la muerte. “Disimulo”, me dijo. Nunca se había aburrido de vivir. Cien años acompañado vivió don Leoncio, que amaba esta tierra con la descripción sentimental de un geógrafo. ¿Cuál es el problema de Canarias?, le solté. “Los canarios”, respondió. Pero admito que no quise ahondar en la pregunta. Habría estropeado su providencial optimismo.

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