SANTO FÚTBOL

En los jardines del Hotel Mencey, tras cubrir un día de estancia del jugador brasileño en Tenerife (Carmelo Rivero y Pelé en 1982)

Pocos países hay tan futboleros como éste. La futbolmanía de los ‘cuatro clásicos’ acude en nuestro socorro contra la depresión de la crisis, nos evade de ella, aunque sea para llorar de noche las derrotas del Tenerife, como se consolaba Albert Camus, que fue portero e hizo esta confesión: “Todo lo que he aprendido en la vida sobre la ética y el deber del hombre se lo debo al fútbol”. Mourinho y Troitiño han monopolizado la semana santa pasada por agua; esta Copa ‘atropellada’ pone al Madrid en un altar, y en el Barça la procesión va por dentro: son las pruebas de fe del fútbol. Vázquez Montalbán, que era culé, me pareció convencido, en el Mencey, de que el fútbol es “una religión en busca de Dios”. Y el mexicano Juan Villoro sentencia ‘Dios es redondo’: en su libro, la ‘mano de Dios’ es la de Maradona. En los 90, cuando la de España iba a ser la liga de las estrellas –con Messi todavía en el pesebre-, Martín y yo dimos a la luz desde Tenerife un libro que nos dio grandes satisfacciones: ‘Valdano. Sueños de Fútbol’. Una vez superado el listón de cien mil ejemplares vendidos, en ‘El País Aguilar’ se dio por fundado el ‘futbolibro’, donde periodistas, futbolistas y árbitros publicaban, ansiosos de contar y contarse. Había, en el fondo, un sentimiento de frustración en España, porque era un país sin un Mundial. Aquella saga de libros, que más tarde reanudó Javier Marías con ‘Salvajes y sentimentales’, anticipó este fenómeno de dioses con novias divinas de papel couché. Pelé me había descrito en la isla su teoría ‘libertina’ sobre la vida sexual del futbolista en la concentración, a mayor gloria de su juego. Beckham y Ronaldo son iconos del surtido ‘sex-symbol’. Pero el gol del portugués valió una Copa del Rey. “Fútbol e fútbol, e gol e gol”, decía Boskov en su torpe castellano apocopado. Y el cabezazo de Pepe al palo que se paseó por la puerta en blanco, o la muesca en el guante de Casillas que ‘besó’ la bala de Iniesta, eran un ‘vicegol’ (Wenceslao F. Flores). Hoy España ya tiene un Mundial y la ‘fiebre de las gradas’, la calle y el ‘Punto Pelota’ la explica Johan Huizinga (‘Homo Ludens’: es juego, cultura y guerra, siempre lo fue). A veces nos sale el hombre primitivo y un futbolista adolescente cae apuñalado en Murcia, o hay un hincha herido crítico en Valencia. Hubo una ‘guerra del fútbol’ real (narrada por Kapuscinski): tras una eliminatoria mundialista como excusa, Honduras y El Salvador llegaron a las armas (más de 4.000 muertos). Por suerte, los Barça-Madrid de la Champions sólo alcanzan para una ‘guerra de las ondas’.

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LA LECTURA ENLOQUECEDORA

 

Los libros siempre me trajeron por la calle de la amargura. Este mes de lecturas mil, despierta en la calle una curiosidad guardada celosamente por muchos lectores de puertas adentro. Recuerdo la escena de una amiga juvenil que me llevó a su casa, después de una tarde tonteando, y al entrar me condujo a la cocina donde, sobre un atril, tenía abierta una edición de tapas duras del Quijote, y el resto de la velada la dedicó a leerme en voz alta, en un ritual conmovedor, las peripecias imaginarias escritas por Cervantes. Tenemos un ‘sexo’ sentido al leer un libro que nos maravilla. Leo a todas horas siempre que puedo; de ahí lo de la calle de la amargura: a menudo faltan horas para leer, porque vivimos haciendo cosas, y la lectura no figura formalmente dentro de las obligaciones de esa labor. Cuando hice la mili, recalé –a sugerencia del comandante Pallero- en la biblioteca militar de la Rambla de Pulido. O sea, pasé dos tercios del servicio militar leyendo. Un día se cayó el techo de la biblioteca y ayudé a repararlo, de ahí que el teniente me llamó, al cabo de varios meses, para anunciarme que mi servicio a la patria concluía el día equis, cinco semanas antes de lo previsto, como compensación por las tareas de desescombro y techado del recinto. Me dio un disgusto y le pedí que olvidara la incidencia y pasara por alto la dispensa. Quería terminar de leer unos cuantos libros que tenía pendientes. Me fue concedida la prórroga. Por leer he robado horas al sueño. Si cuento que no ha sido por leer novela negra –a la que me aplico, por cierto, ahora con apetito-, sino por despacharme la poesía completa de Whitman o Juan Ramón Jiménez y a Borges o a Joyce, me darán por loco como ese lector yacente de periódicos de la Avenida de Anaga, que de noche y sin apenas luz de la farola, lee en voz alta las noticias y las comenta antes de dormir en la calle. Como si leer lo trajera, también a él, por la calle de la amargura.

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LA MUERTE DE LA IZQUIERDA

 

El ascenso de la ultraderecha en Finlandia confirma un síntoma que viene manifestándose, elecciones tras elecciones, en casi toda la geografía europea. Hemos pasado del escepticismo imprudente de los primeros brotes, más antiguos de lo que nos parece, y de aquella cierta incomodidad que finalmente produjeron Haider y Fortuyn, en Austria y Holanda –ambos ya fallecidos, por cierto, en circunstancias dispares: un accidente de tráfico y un atentado, respectivamente-, a una evidente zozobra estos días ante la sospecha contrastada en Helsinki de que el populismo fascista gana terreno en la libérrima Europa de los mercaderes cegados por la crisis.

Se da la circunstancia de que conceptualmente el populismo en América es de corte izquierdista y, con titubeos y dificultades, se sostiene en el poder en Venezuela, Bolivia, Ecuador o Nicaragua. Los recientes comicios en Perú revelaron un hartazgo del electorado, que, tras una década de los gobiernos democráticos tradicionales, con Alejandro Toledo y Alan García, ha girado hacia un doble populismo radical encarnado por el excomandante insurrecto Ollanta Humala (el lobo feroz de la izquierda peruana, que esta vez cambió arteramente de padrino abrazándose a Lula antes que a Hugo Chávez) e interclasista representado por la neófita Keiko Fujimori, la hija y discípula aventajada del exdictador condenado a 25 años de cárcel como autor intelectual de la matanza de opositores. A Mario Vargas Llosa, la mera hipótesis de que se diera este resultado en la primera vuelta, con la pareja de candidatos peor vista por el último Premio Nobel de Literatura copando las dos plazas, por ese orden, se le antojaba, ante la hora final de la segunda vuelta, una disyuntiva “entre elegir el cáncer o el Sida terminal”. La pesadilla del autor de ‘La fiesta del Chivo’ es la posible victoria en junio de Keiko, que indultaría a su padre bajo cualquier añagaza compasiva maquillada de legalidad, o sea, al político que defraudó a los peruanos dándose un autogolpe de Estado después de derrotar en las urnas al escritor de Arequipa.

En América, la izquierda, mal que bien, gobierna, desde la potente Brasil al ‘paisito’ Uruguay. Atrás quedaron los años de plomo de las célebres dictaduras de Pinochet (Chile), Videla (Argentina) o Stroessner (Paraguay). Incluso, en el norte del continente gestiona los destinos del imperio un demócrata negro, cuyo reto consiste en no traicionar el populismo progresista del que se revistió con éxito hasta llegar a la Casa Blanca.

Pero Europa es otra cosa. Europa viene alimentando el monstruo ultra sin errar el paso, legislatura tras legislatura. Invita a reflexión el soliloquio conservador y ultra de los dos primeros partidos de Finlandia, y el hecho de que el segundo país más feliz del mundo, según el Gallup World Poll, sea caldo de cultivo de una fuerza de extrema derecha, que, de llegar al Gobierno en coalición con el primer partido, pondría a la UE en aprietos para llevar a cabo los rescates pendientes en la eurozona (Portugal en lista de espera). Cuesta entender, a su vez, que otros estados igualmente tocados por ese índice ‘nirvana’ de la dicha colectiva pequen de lo mismo, de partidos fachas emergentes. Hablo de Holanda, por ejemplo.

La crisis está pulverizando a la izquierda en Europa, donde la mayoría de las naciones tienen gobiernos de signo conservador, a excepción del portugués en la cuerda floja, el griego con la credibilidad por los suelos, y el español de Zapatero de capa caída. Esa derecha rampante y sus extremidades ideológicas más infumables, como este partido sorpresa, ‘Verdaderos finlandeses’, liderado por el elocuente eurodiputado Tirno Soini, que ha multiplicado por 8 su representación parlamentaria, se adueña, por tanto, de un proyecto que se viene construyendo desde hace más de medio siglo bajo apremios de libertad y solidaridad irrenunciables: la Unión Europea (la que amenazó con sanciones a Austria por aceptar a ministros de Haider en el gobierno en el 2000). La culpa no se reduce a grupúsculos carcas, filonazis, xenófobos y demás hierbas que se reproducen de padres a hijos (los casos de Marine Le Pen y Keiko Fujimori), sino abarca, asimismo, a la errática izquierda de este siglo, que boquea como un boxeador noqueado, sin renovar ideas ni estéticas, hasta resultar burdas, incapaces y aprovechadas (mala imitación del estigma de enriquecimiento ilícito que persigue a la derecha, a esta España de finales de mandato me remito). La izquierda tendrá que pasar su purgatorio en las próximas décadas en una Europa que se proclama conservadora por la ineficacia o caducidad de las políticas engreídas de aquélla.

Si los partidos sobreviven como tales en los sobresaltos de la historia que nos aguardan a corto y medio plazo, la nueva izquierda será, en todo caso, otra cosa. La vieja ya ha muerto. Descanse en paz.

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MERKEL

 

La edafología nos consagra, aún más si cabe, turísticamente. Marisa Tejedor, Marianela Rodríguez y Concepción Jiménez publican en un libro un dato que intuían: Tenerife congrega todos los climas del planeta, gracias a los alisios y la altitud. Es una percha turística inédita. Canarias se reencarna continuamente gracias a la movilidad, el turismo de masas –los 12 millones de almas que esperamos en el paraíso este año-, nuestro pozo de petróleo, una industria de constantes culturales, que nos ha traído por buen camino. Lo que ha llovido en dos mil años desde la excursión pionera a las islas de aquel rey docto Juba II de Mauritania. Jacques Cousteau –lo comenté con Tejedor, que fue su anfitriona- me dijo en 1994, en una entrevista compartida con Juan Manuel Pardellas, que Santa Cruz, en medio de las luces de neón, es “una especie de Broadway” entre kilómetros de árboles. Canarias es famosa. Olvidamos que fuimos el fin del mundo –de ahí viene todo-, antes que caravasar de la ruta de Indias. El Teide fue siempre una atracción y al de fuera le picó la curiosidad venir. Colón era un turista. Cólogan, también. Carlos Cólogan, memorialista de este apellído irlandés en Tenerife, lamenta que la isla impidiera desembarcar a Darwin en Santa Cruz por falso cólera a bordo del Beagle. Venía ilusionado tras haber leído a Humboldt, que en seis días nos examinó de arriba abajo, incluido el aire. A este sanatorio y laboratorio ha venido mucha gente interesante, no sólo estrellas de cine, desde Olivia Stone a Saramago o Bertrand Russell, que en los años 30 participaba de la idea de hacer “en esta bella isla, un lugar de reposo para la inteligencia europea”, el sueño de los padres de Gaceta de Arte, cicerones de Breton y su rubia esposa Jacqueline Lamba, un escándalo en mini-short en la isla. ¿Qué intriga de Canarias a este flujo de espectadores? A. H. Piqué siguió la pista de los viajeros y naturalistas del siglo XVIII, que secundaron el ‘Islas Afortunadas’ de Plinio el Viejo. Esa curiosidad dura hasta hoy. H. M. Enzensberger fue con W. Wildpret al Teide. Aldecoa oía “cantar a los gallos”; Agatha Christie escribía aquí contra la depresión; Zamacois sentía “una emoción de lejanía” y decía que las celebridades de Europa y del “oro yanqui’ recalaban en Canarias al menos una vez en su vida. Como hizo Clinton y antes Churchill. Y ahora Angela Merkel, que retorna en Semana Santa a La Gomera, a mezclar el almogrote con zumo de naranja, como cuenta con gracia Juan Cruz en su aún inédita guía sentimental de las islas.

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LA DIGNIDAD HUMANA

 

Gallardón quiere que su partido lleve en su programa electoral una ley para retirar de las calles a la fuerza a los mendigos e indigentes, que malogran la postal de la ciudad. Una iniciativa que, en su caso, debería estar precedida, sostiene, de la dotación de recursos pertinentes (albergues, camas, comedores) para acoger a quienes se resisten a abandonar la calle en flagrante “uso privativo de un bien público: aceras y plazas. Este es el debate de Rudolph Giuliani en Nueva York; el alcalde del 11-S limpió en los 90 la ciudad de sin techos, prostitutas y grafiteros (su razia llevaba por título ‘Estrategia policíaca número 5’) fue contestado, primero, y felicitado después. Cuando paseé por la Gran Manzana, antes y después del atentado de las Torres Gemelas, el típico ‘homless’ se cuidaba de no hacer ostentación de su bohemia y procuraba gallofear a escondidas.

 En las calles de Europa, los alcohólicos errantes están mal vistos. En nuestras ciudades de las islas, otro tanto, porque dan mala imagen turística y se apropian de espacios comunitarios como parques y ramblas provocando un evidente rechazo social. Los alcaldes se callan lo que piensan, salvo ahora Gallardón, que verbaliza con esta propuesta a lo Giuliani una idea políticamente incorrecta. Este es un debate con trampa que se viste de solidario aunque supure un grado de intolerancia ‘intolerable’. Convengo, si acaso, con el alcalde de Madrid en que si a estas alturas de la democracia existen los medios de asistencia necesarios, es una ignominia consentir que vagabundeen como perros abandonados personas de ambos sexos derrotadas por los traspiés de la vida. Nos compadecemos de la biografías elegidas de actores, cantantes y famosos cualesquiera que acabaron durmiendo al raso junto a un tetrabrik de vino estragados por una depresión, un divorcio que les abrió las venas, una deuda que los enloqueció o el veneno de la droga.

Pero ignoramos o hacemos caso omiso de las otras historias individuales o familiares que expulsaron a las sentinas de la sociedad a los parias habituales de la calle: matemáticos, sin embargo, o periodistas, abogados, poetas, junto a marginales de toda la vida. La crisis ha reventado a personajes selectos y cuando la acompaña la locura, el resultado es un insumiso que se niega a que Gallardón lo lleve a la fuerza al albergue a comer y dormir. Mendigos que cayeron del cielo se confunden con los que estaban abajo. El submundo de la calle se rige por reglas paralelas de subsistencia. Muchos prefieren pasar la noche sobre un cartón en su cajero dormitorio a entrar por el aro del albergue, por temor a que le roben, le sacudan, le quiten de en medio. Durante años vi sin salir de mi asombro, noche tras noche, a una familia de buen aspecto dormir a la intemperie a pie de calle cerca de la Plaza de Weyler. Padres e hijos ambulantes, imponiéndose esa especie de castigo, sin ninguna lógica aparente. Hasta que un día normalizaron su situación y desaparecieron. He vuelto a ver al matrimonio paseando por la calle del Castillo, con el mismo estilo impecable de entonces.

Cada persona es un mundo. La doctrina Gallardón peca de señoritismo al que le ofende el mendigo que le afea el paisaje. La ley que deberían votar todos los partidos es la que resuelva el problema de la indigencia en todas sus vertientes: económica, psicológica y sanitaria. Sólo una norma que instaure un cuerpo profesional de asistencia especializada en casos extremos de pobreza y exclusión social, en aras de integrar a las víctimas –nunca de modo coercitivo, o volvemos a la ley de vagos y maleantes-, integrarlas de verdad, resucitarlas para el vivir digno, acertaría de pleno. Porque no otra cosa está en juego, sino la dignidad humana.

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GORBACHOV

 

Lo conocí antes de que llegaran los misiles a la isla. Un episodio que no es de ficción. Mijaíl Gorbachov (cumple 80 años) seguía viviendo una historia de amor con Raisa, que murió de leucemia. César Manrique y Vázquez Figueroa idearon un monumento a la paz nonato con dos misiles desactivados, que el artista plasmó en un dibujo delante del consejero de Turismo Miguel Zerolo. Las objeciones del Cabildo desataron la ‘crisis de los misiles’ en Teguise, que siguen muertos de risa en un almacén municipal. Estamos en Lanzarote en 1992. A Guacimeta acaba de arribar el célebre matrimonio ruso. Gorbachov, recién dimitido, era el líder más popular del planeta. El hombre de la mancha que cambió el mundo, al que coreaban con el hipocorístico ‘Gorbi’. El País y la SER me enviaron a seguirle los pasos. Y en la misma terminal le entregué en mano una tarjeta con un mensaje escrito en ruso pidiéndole una entrevista durante su estancia en la isla. Me miró y guardó la tarjeta en el bolsillo de su chaqueta. Me hospedé cerca y comprobé que el último presidente de la Unión Soviética salía siempre temprano con su esposa a dar una caminata por la costa de Teguise. Así que me sumé a la marcha entre los escoltas. ‘Adelante’, era su latiguillo español. En la ‘dacha’ que mandó construir Hussein montaba guardia un retén de enviados especiales que se disputaban la veracidad del bulo de una exclusiva ya concedida. Supuse que entonces yo sobraba allí. Mi compañero, el fotógrafo Rafa Avero, simpatizó en seguida con la pareja. Raisa le requería para hacerse fotos, era muy natural y conectaron. Lucas Fernández me había contado la historia de los misiles que venían en camino, las carcasas de un Scud ruso y un Lancet norteamericano. Manrique no vivió para verlos  llegar. Un día se cruzó con Gorbachov de espaldas, seguramente sin verse y sin que nadie los presentara, cuando ya llevaba el destino marcado: antes de un mes, sufrió el accidente de tráfico. El misil ruso posó en la Puerta de Brandenburgo y en los Campos Elíseos junto a Chirac; el yanqui vino por mar discretamente. Eran dos enamorados. Él, en mangas de camisa y pantalones cortos, la miraba todo el rato; y ella, coqueta, con ‘leggins’, luchaba para que el viento no le volara el sombrero de paja. Me hice amigo del intérprete, Vladimir Persov. Fueron días de una extraña convivencia periodística que he echado de menos. Recuerdo a Teresa Cárdenes, a Vicente Llorca …, aquel grupo de colegas que terminábamos de noche jugando un billar. El padre de la ‘perestroika’ bromeaba a veces conmigo durante 8 kilómetros a marcha ligera. Con las mismas manos que desmanteló la URSS totalitaria y estableció la democracia, tocaba la guitarra en veladas nocturnas. Por fin, un día, tras la excursión, se dirigió a mí: “Mañana le espero a las 6 de la tarde”. No se hable más. Convoqué a Martín, a Lucas y a Rafa Avero. La nube de periodistas nos abrió paso, el coche avanzó por la rampa, se abrieron las puertas de La Mareta y pasamos una hora a solas con el hombre que había cambiado el eje político del planeta (depaso, nos propuso inaugurar el monumento con Bush padre). En una ocasión me abrazó delante de todos y pensé que eso había sido lo más parecido a darle un abrazo a la historia.

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DOS CAJAS CON BANDERAS Y ROPA DEL CENTENARIO DE NELSON

 

En los sótanos del Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife han sido localizadas dos cajas con valioso material etnográfico, de gran interés para reconstruir la historia de Tenerife. Un grupo de expertos civiles y militares desempolvó los recipientes, los abrió con expectación y descubrió en su interior algunas sorpresas.

En una caja había ropas y zapatos tradicionales de Tenerife guardados tras su exhibición en los actos conmemorativos del primer centenario del ataque de Nelson, en 1897. Un acopio de prendas, según los entendidos (el amigo J.M.Ledesma me cita el nombre de Juan de la Cruz entre los ojeadores del vestuario del XIX conservado en uno de los depósitos), de evidente atractivo para los estudiosos. 

En la otra caja se alojaba un auténtico “tesoro”, a juicio de los testigos que al mediodía del viernes se trasladaron en comitiva a las dependencias del museo sin saber qué se iban a encontrar. Allí estaban, apilados cuidadosamente desde hace más de un siglo, los estandartes de todos los municipios de la isla que participaron en el centenario de la gesta. Una colección de banderas calificadas de ‘joyas’ en términos vexilológicos, que abre el campo a ulteriores investigaciones. Junto a estas dos cajas había, además, un balcón típico canario conservado en piezas, que podría servir en reconstrucciones arquitectónicas de la época. 

Lo inesperado del material descubierto lo hace más sugerente. Estaba almacenado junto al legado del marqués de Villasegura, Arturo López de Vergara, que para su exhibición debió ser rescatado de las dependencias del museo donde era almacenado (pinturas del siglo XVI al XX). Ahora toca desentrañar las pistas que ofrecen estos fondos congelados en el tiempo durante más de cien años.

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PATARROYO

 

El estigma de Manuel Elkin Patarroyo no fue renunciar a la neoyorquina Universidad Rockefeller, el camino más llano hacia el Nobel, por su Colombia natal, con la premonición guevariana de descubrir la vacuna contra la malaria desde el Tercer Mundo. En 30 años no ha dejado de cosechar enemigos poderosos. El artículo que firmó la semana pasada -con Adriana Bermúdez y su hijo Manuel Alfonso Patarroyo- en ‘Chemical Reviews’, la ‘biblia’ de la química en EE.UU., lo rehabilita. Los adversarios lo daban por muerto ‘químicamente’. ¡Tanto tiempo sin noticias de Patarroyo! Encerrado con sus micos en la selva y sus moléculas en Bogotá, perfeccionó la fórmula contra el paludismo y, de paso, dio con la vacuna de las vacunas: el método estándar para combatir más de 500 enfermedades infecciosas que contagian a dos terceras partes de la humanidad. Este científico idealista de sonrisa tierna, el mayor de once hermanos, ha sido siempre un Robin Hood de la ciencia; de ahí que le persigan las conjeturas. Una vez me recitó la máxima de su padre: “Se dispara al que está arriba”. Hijo de padre soñador y madre pragmática, cayó de niño en sus manos un tebeo sobre Pasteur y quiso hacer vacunas. Debería inventar la vacuna contra los anofeles de la envidia y mandarnos unas dosis a Tenerife. Hoy en Colombia los niños quieren ser Patarroyo, científicos. Ya no narcos. Así que sale del silencio mediático, como un padre Boff redimido; arruinado y enfermo, hasta besó en pesadillas la muerte. La OMS le hizo en los 90 aquel desaire: desestimó su primera vacuna contra la malaria que donó a la humanidad (cuando casi se ahoga ebrio de euforia en el Amazonas y ganó el Príncipe de Asturias). Como en el jardinero fiel de John Le Carré, las sospechas recaen sobre el oso farmacéutico. En una conferencia en CajaSiete confirmó que estaba “vivo”. “No me falles”, me dijo. Acudí y me estaba esperando en la puerta. Guardo de recuerdo su sentencia de cabecera: “Soñar como un dios y pensar como un mendigo” (Hölderlin). El padre de las vacunas sintéticas contra los microbios invisibles cocina “el pastel del siglo”. Sus amigos Basilio Valladares y Enrique Martínez lo traen en junio al 10º aniversario del I. de Enfermedades Tropicales y el martes dio las gracias a la reina y a Ana Oramas por la ayuda. Cuando le embargaron el laboratorio se le fue el alma por una tubería. Se hace querer por lo que hace. Vacunas a precio de ganga para salvar millones de vidas. Se dirá que hará falta la vacuna contra el hambre. Y contra el hombre que la consiente.

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EL INFORME ‘TRANSFORMAESPAÑA’, EL 7 A LAS 7 EN CAJASIETE

 

La salida de la crisis no es el único problema. Hay otro inexcusable: la salida del propio modelo de país en estado de catalepsia democrática, que impone, tras una prolongada pasividad, un compromiso de cambio de la sociedad civil y, en particular, de los jóvenes, dado su papel tractor en toda revolución. La ya segura retirada de Zapatero, a lo sumo en 2012, acelera este proceso de activismo social inaplazable en la actual coyuntura del mundo.

De ahí que el informe de la fundación Everis, ‘TransformaEspaña’ (cuya presentación en Tenerife será este jueves 7, a las 7 –de la tarde-, en CajaSiete), que conceptúa de “mediocre” el índice de calidad de los actuales líderes españoles (“los políticos no dan la talla”, sentencia con severidad), invita a reflexionar o quizá moviliza –lo sabremos pronto- a los ciudadanos a vencer el escepticismo, para obrar un cambio sistémico y profundo entre todos en todos los pilares del Estado, desde un macroedificio autonómico en cuestión hasta la educación, y desde una justicia mal vista hasta el sistema electoral.

Eduardo Serra, que pisó la arena de la política con una cierta heterodoxia ideológica y preside esta fundación constituida hace diez años para promover las tecnologías de la información en la empresa y la formación y reciclaje profesional, trae a Santa Cruz un informe sin medias tintas que incomodó al Gobierno de Zapatero y que conoció de primera mano el Rey antes que el propio presidente. El diagnóstico de las 120 páginas del ‘TransformaEspaña’ elaborado por un centenar de economistas y empresarios, es demoledor: el país no funciona; la democracia sufre un grave deterioro; la separación de poderes es una falacia; la justicia, un desastre; la Administración padece una macrocefalia enojosa por exceso de duplicidad, y falta lo más importante en una sociedad desarrollada, el consenso de las grandes ‘fuerzas’ en las grandes ‘cuestiones-fuerza’ que definen el futuro (educación, ciencia y energía). El consenso se da por impracticable hasta ahora entre nosotros, toda una prueba de primitivismo político que condena al fracaso de la sociedad.

La España posZapatero

La situación de la España que deja Zapatero, tras anunciar en las últimas horas que no se presentará a la reelección, es, a juicio del informe de Everis, “peligrosa y preocupante”. Este informe responde al nuevo escenario del mundo, de Europa y de España tras la crisis de 2007 y, específicamente, aborda un panorama que comenzó a ser desalentador para el país con los rescates de Grecia e Irlanda, antes de que se consumara la reciente caída del gobierno portugués y su inminente intervención por parte del fondo de auxilio de la UE-FMI.

El acto de CajaSiete contará con la participación, junto a Serra, de Ángel Ferrera (presidente de la Fundación Bravo Murillo), Dulce Xerach (diputada del Parlamento autonómico y miembro activo de la sociedad civil de las islas, tras haber dirigido la política cultural del Cabildo de Tenerife y del Gobierno de Canarias) y Marc Alba (patrono de la fundación y coordinador de la iniciativa). Esta no es una mera puesta en escena del polémico informe; a poco que se perciben las ramificaciones de un acto como éste, en vísperas de las elecciones del 22 de mayo, todo apunta a un eventual informe ‘TransformaCanarias’, con la presencia de líderes, analistas y empresarios locales y nacionales (el informe nacional contó con una nutrida contribución de estos últimos equivalente al 90% del Ibex). El momento político e histórico que vive Canarias, respecto a su economía, sus desafíos en África, su vulnerabilidad energética y su horizonte educativo y científico, anima a este tipo de evaluaciones con la mirada puesta en 2020. Dentro de un estado que se replantea, no sin ligereza, algunas conjeturas del modelo autonómico, así como en el seno de una Europa expuesta a nuevos interrogantes, Canarias, como una Región Ultraperiférica llena de incertidumbre a partir de 2013, está obligada a replantearse con anticipación los aspectos esenciales de su modelo que han podido caducar en los últimos treinta años, con la perspectiva del día después de la crisis económica. Mirar a otra parte y esconder la cabeza bajo el ala, dejando que transcurra el tiempo, mientras se degradan unos partidos políticos convertidos en maquinarias electorales sin más, sería, es, una irresponsabilidad que no se merecen las generaciones futuras.

‘Valor-país’

El informe ‘TransformaEspaña’ es demoledor sobre la evolución del indicador ‘valor-país’ del Estado (competitividad, sostenibilidad, influencia, bienestar, calidad del Gobierno y la economía): llega a la conclusión de que, tras diez años de logros y prestigio, España ha entrado, a partir de 2007 (origen de la crisis), en un descalabro progresivo como marca y potencia, que tira por tierra toda una década de desarrollo. Traído a Canarias este periscopio, tendremos que darnos respuestas a muchas preguntas sobre nuestro marco conceptual como autonomía superadora de una fragmentación geográfica irreversible, y sobre los grandes soportales de nuestro modelo: el turismo y el REF, básicamente.

El informe revela que, pese a unos líderes limitados, la sociedad española se comporta de manera “sumisa” ante la demagogia indocumentada de algunos de sus peores políticos. Esta es la razón de la llamada a la participación ciudadana de los agentes más comprometidos, desde la sociedad civil, para dar un giro copernicano a una ‘crisis’ de sociedad y no sólo de sistema económico. Acaso, dos de las observaciones del informe pequen de centralizadoras y requieran de otras ópticas periféricas y, particularmente, insulares: la que invoca una ley electoral que reduzca la voz de las minorías nacionalistas y la que califica de “inmanejable” un Estado con 17 autonomías.

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PATARROYO LLENARÁ EL MUNDO DE VACUNAS BARATAS

 

 

Acabo de hablar con un hombre feliz. Manuel Elkin Patarroyo. Venía de sufrir uno de los frecuentes atascos de tráfico de Bogotá estos meses y me atendió amablemente por teléfono, no sin antes querer explicarme tales motivos del retraso. “Es que tenemos un alcalde”, dijo sin perder el humor que le caracteriza, “que se ha empeñado en levantar todas las calles a las vez y no ha terminado aún ninguna de las obras. Perdón por la demora”.

Tuve el atrevimiento de pretender que el científico más solicitado del mundo desde el lunes me concediera sobre la marcha una entrevista en Radio Club y, como siempre, hizo un hueco en el fenomenal ‘colapso’ de su agenda. “¡Marta!”, llamó a su secretaria sin tapar el auricular del teléfono en la Fundación del Instituto de Inmunología que dirige en la capital de Colombia, “¡qué tal tengo el día!” Puso la hora, y cuando el embotellamiento se lo permitió, empezamos a hablar. Le puse, en dúplex, a su buen amigo Basilio Valladares, de visita en Madrid, y a Enrique Martínez, en los estudios de la emisora en la Avenida de Anaga. A los tres los conocí juntos hace unos doce años, cuando hice la primera de una decena de entrevistas a lo largo de estos años al padre de la vacuna contra la malaria.

Este ha sido un lapso de tiempo tumultuoso en la vida de Patarroyo. Le han pasado muchas cosas, suficientes para acabar con la capacidad de aguante de un común mortal y hacerle desistir. Hoy estaba feliz, como digo, porque treintaitantos años después de sus primeros escarceos en la ciencia de las enfermedades infecciosas, había revelado, por fin, en la revista norteamericana de química más importante del mundo, ‘Chemical Reviews’, el resultado de sus deslumbrantes descubrimientos: nada menos que el método para obtener vacunas sintéticas contra más de medio millar de enfermedades infecciosas (malaria, desde luego, y un listado interminable: tuberculosis, papiloma humano, hepatitis C, neumonías, meningitis producidas por bacterias, sífilis, dengue, cólera, herpes…., hasta llegar al terrible Sida), que afectan a dos terceras partes de la humanidad y ocasionan 17 millones de muertes al año. Un trabajo “fuera de serie”, según la prestigiosa publicación que sale a la luz esta misma semana.

Patarroyo –lo saben muy bien sus amigos y colaboradores más cercanos, lo sabía su sabio padre cuando le decía, “no temas, hijo, se dispara al que está arriba”- viene de sufrir un infierno que ha durado un cuarto de siglo, desde el momento en que alumbró su primera vacuna sintética contra la malaria y la donó a la humanidad entregándola ingenuamente a la OMS (la todopoderosa Organización Mundial de la Salud), que la metió en una gaveta, la comprobó de mala gana en África para desecharla de antemano y dar tiempo a los laboratorios farmacéuticos a conseguir otra vacuna alternativa, que fuera puesta a la venta y opacara a la gratuita del ‘samaritano’ investigador colombiano. Desconocían sus enemigos los pilares humanísticos de este hombre de sonrisa fácil, las promesas teologales al padre desde el primer brindis a la salud de los pobres, y la indomable voluntad de hierro con que le dotó la naturaleza desde que de niño se sentía un pequeño Sansón. Esta es la culminación de sus indagaciones sobre los múltiples paraderos de los parásitos, de las que hizo, años atrás, un avance en el Salón de Actos de Caja 7 en Santa Cruz de Tenerife. Aquella tarde no la puedo olvidar, porque el científico se excedió en consideraciones hacia mi persona. Me dijo, al término de una entrevista previa: “Te espero para que oigas la conferencia. No te la puedes perder”.  Cuando llegué con cierto retraso, no podía imaginarme que el propio Patarroyo me esperaba –literalmente, como dijo- en la puerta para dar comienzo, con la sala llena de público, que no entendía el porqué de la demora estando el conferenciante presente.

No quiero extenderme en este artículo sobre Patarroyo, que acaba de ser algo así como rehabilitado dentro de la comunidad científica internacional con esta sorprendente difusión de un número casi monográfico dedicado a él y su equipo (lo acompañan en la coautoría Adriana Bermúdez y su hijo, Manuel Alfonso Patarroyo), porque del hombre que nos ocupa estaría hablando por escrito todo el día sin agotar las peripecias de su vida y obra. Cuando casi se ahoga en el Amazonas ebrio de felicidad tras descubrir su vacuna primigenia. Cuando estuvo a punto de perecer en las arenas movedizas de la selva. Cuando un banco español le embargó el laboratorio por las deudas ajenas de la institución que lo había acogido, y cómo consiguió salvar sus moléculas sagradas y guardarlas a buen recaudo hasta recuperar el aliento y la financiación. Años de parálisis e indigencia científica, mientras los grandes lobbies farmacéuticos (y algún que otro ‘magnate’ como Bill Gates) tiraban el dinero patrocinando experimentos abocados al fracaso. El apoyo de la Reina Sofía en España en medio de aquella travesía del desierto. Las noches en vela y las pesadillas en que soñaba con la muerte, que combatió con el ‘vodka a vodka’  como Poe con absenta, o su admirado Hölderlin con cerveza para escribir poemas de la locura. Patarroyo ha sobrevivido, por ùltimo, nuevamente a la muerte, víctima de una enfermedad real que parecería una paradoja: el detective que persigue los virus para exterminarlos casi la palma a causa de una feroz infección hospitalaria.

Esta vez se va a salir con la suya, va a llenar el mundo de vacunas baratas; aprendió la lección de las burlas de la OMS, y mediante consorcios estatales pondrá su hallazgo a salvo de la codicia de la industria farmacéutica de un modo inteligente y tajante. Cuando parió en el 86 la vacuna sintética contra la malaria, le ofrecieron más de 70 millones de dólares por la patente y los rechazó en un acto irrepetible de generosidad desmedida que Cervantes habría atribuido al personaje de su famosa novela: donó la vacuna a la humanidad, como queda dicho. Ganó el Premio Príncipe de Asturias y ahora va camino del Nobel, su destino irrevocable.

El catedrático de Parasitología de la Universidad de La Laguna, Basilio Valladares –cuyo corazón parece gemelo del de su amigo Patarroyo- anunció en este diálogo entre los tres que el científico colombiano dará una conferencia el 6 de junio en Tenerife, en la universidad de la que es doctor honoris-causa, dentro de un homenaje por el décimo aniversario del Instituto de Enfermedades Tropicales, que él inspiró en los días que los conocí tramando algo grande (en Navarra, paralelamente, le concederán el Premio Príncipe de Viana de la Solidaridad 2011). Ambos, en esta ocasión, pusieron por las nubes a Ana Oramas. Cuando era alcaldesa de la ciudad Patrimonio de la Humanidad, lo invitó a dar una conferencia dialogada, y me cupo el honor de ser el periodista encargado de encauzar aquella disertación. Ahora, Patarroyo le agradece cierta intermediación ante las autoridades españolas en defensa de su labor. Enrique Martínez, el decano de Farmacia de La Laguna, añadió que en este reencuentro con la isla podrá sentirse orgulloso de sus fans canarios, porque han levantado, en efecto, el centro que apadrinó hace diez años y porque acaban de fundar una plataforma de investigación  de enfermedades tropicales, el Campus Atlántico Tricontinental, que es ‘patarroyo cien por cien”.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?