12-S

En una sola década, como de una tacada, nuestra civilización ha asistido a dos sobresaltos colosales que infligieron un daño irreversible a nuestras vidas: el 11-S y la crisis económica de 2008, esta  aún lejos de remitir. Nadie podrá decir que el siglo XXI le aburra. Como torres más grandes se han caído (estas son ‘torres orgullosas’, como decía Neruda), el mismo miedo al terrorismo se traslada a la economía y los mismos fantasmas –de las sombras del desierto a las sombras de los mercados y los acreedores- nos amenazan severamente de nuevo. Estamos a la espera de ver caer los torreones de Europa y la madre que la parió, Grecia, con su siglo de Pericles periclitado por Yorgos Papandreu, camino de enterrar el país bajo sus propias ruinas. La querencia por la maldición –el anatema favorito de milenaristas militantes que aquí urdieron inmolarse en el Teide y ocurrencias por el estilo- ha ido engendrando un siglo deforme, monstruoso, muy del estilo de Francis Bacon y sus ‘perros que gruñen’, y tan desesperado como el joven andrógino del ‘grito’ de Munch, ese cuadro premonitorio de finales del XIX. Las imágenes espectrales de las torres por los suelos (una obra de arte, dijo el infame Damien Hirst), con gentes rodeadas de una nube de polvo ceniciento que parecía cubrir todo Nueva York, el 11-S de 2001, aún nos estremecen. Pero enseguida volvimos a volar con el miedo cosido al cuerpo, y empezaron a pasar cosas dignas de Satanás cuando se desató un aquelarre de calamidades: el SOS del cambio climático (que no es ninguna broma), el timo de la gripe A y luego esta crisis sospechosa (¿quién está detrás hinchándose a costa de nuestro pánico?). Todo empezó en Atenas y en Atenas todo parece acabar: Europa es una gran ‘zona cero’. Es lo que llamo el 12-S. Dejemos a los muertos en paz, a Bin Laden, a sus víctimas y a los soldados sepultados en las dos estúpidas guerras. El domingo, un amigo se quejaba de la maldad. Si este va a ser el siglo del infierno, bajo cuyo hálito fáustico prosperan los que pactan con el diablo, con su pan se lo coman en la política, la economía o los medios de comunicación. Muñoz Molina escuchaba jazz tras el 11-S en las ‘Ventanas de Manhattan’. Ahora los mefistofélicos mercados, los ‘binladen’ de la crisis, lanzan sus aviones bomba contra las torres bursátiles y siembran de países cadáveres medio mundo. El próximo presidente yanqui, dentro de un año, será un tipo ultra (del ‘tea party’) si Obama no resucita tras el atentado de  Standard & Poors. ¿Y ahora qué? Díganmelo a mí. “Por tu luz soy más grande que todo lo que veo”, dijo Juan Ramón. A seguir en medio de la noche, hasta que se haga de día.

 

 

 

 

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OASIS PERÚ, ¡ASU MARE!

                       

Cuando hace cuatro años -era agosto- salí de Perú, dejé un país noqueado por los bandazos de la tierra en uno de los peores seísmos de su historia. Los peruanos tienen una muletilla, ¡’asu mare’!, para expresar perplejidad o admiración. Ahora, como entonces, ese mantra popular da en el clavo, y no a causa del nuevo terremoto ‘inofensivo’ que azotó la selva el pasado 24 de agosto. Esta vez encuentro un Perú que, si bien se reconstruye a paso lento, me deja con la boca abierta por su vitalidad económica.

Un economista con vocación didáctica, Jorge González Izquierdo, reseña un diagnóstico que deja a Perú fuera de peligro del terremoto bursátil (lo dijo con estas palabras: “El crack de las bolsas ni cosquillas nos hace”) y apenas le augura un leve carraspeo de su fuerte crecimiento. Perú se desentiende de la crisis, vive en otro mundo, como un oasis. ¡’Asu mare’!

Ayer, paseando por las galerías de la gran superficie de Ica, Plaza del Sol, me trastabillaba con la gente. Pedí mi café expreso habitual (4 soles, 1.2 euros) en ‘La Croissantería’ (donde el día del partido de vuelta dela Supercopalos goles de Messi en la gran pantalla de plasma sabían a sus mullidas magdalenas ‘Muffin’ recién salidas del horno) y no conseguí mesa. Los locales de ‘Claro’, la empresa de telefonía, las franquicias de comida rápida, el parque infantil con cochitos locos, el supermercado ‘Tottus’, la tienda de ropa ‘Topitop’, o ‘Sodimac’ (un ‘home center’ de enormes dimensiones) estaban igualmente abarrotados. En la librería, el amante del escándalo Jaime Bayly ajusta cuentas con sus enemigos particulares y publica ‘Morirás mañana’, que aquí consigues en versión pirata a diez soles, cuatro veces más barato que la edición original de Alfaguara. Bayly, autoexiliado, ‘está muerto’ en Perú por cinco años, porque  apoyó a Keiko Fujimori frente a Ollanta Humala, el nuevo presidente.

Perú es un país superseguro si se habla de economía, pero infraseguro en la calle. Y este último es el problema. La casa de la exesposa del presidente saliente, Alan García, en  un barrio exclusivo de Lima, fue asaltada por ladrones, que treparon la pared y se llevaron algunos regalos recibidos de jefes de Estado durante el último mandato (lo que delata a Alan por llevárselos a casa). En la última semana, secuestraron a un adolescente, hijo de un empresario coreano; pedían de rescate cinco millones de soles. Entre tanto, una joven estudiante es objeto de la ira de un sector sobresaltado de los peruanos, que la acusan arrojándole piedras  de haber asesinado a su novio durante una excursión. Y dos niñas heridas en sendos atentados protagonizan una cruzada nacional contra la delincuencia. El seísmo inocuo de Pucallpa (200.000 habitantes), sin muertos, pasó, por tanto, inadvertido en medio de este volcán.

El hecho es que el gobierno del nacionalista Ollanta Humala tiene más dinero que ningún otro en la historia del país, y el ministro de Economía y Finanzas, Luis Miguel Castilla, un hombre que sonríe, tan distinto a sus colegas sombríos de Europa, “levanta los candados” de la inversión pública y el gasto social. Esa desinhibición contable es lo primero que me impacta. En cambio, las noticias de Canarias que me llegan, el mismo cuento de España, Europa y Estados Unidos, nos emplazan a nuevos ajustes, como si el décimo aniversario del 11-S sólo encajara en medio de una hecatombe mundial.

Tengo la sensación, en este viaje del ocaso al cénit, de estar en medio de una broma larga de cinco semanas de estancia en un estado de incredulidad. Cuando volé de Madrid a Lima, atrás quedaba, bajo una catalepsia económica, una España abocada a adelantar las elecciones, y al poco de aterrizar en el Jorge Chávez, se tambaleó la primera potencia del mundo y después Francia. Palabras mayores.  De ahí que esto sea estar en la otra cara de la luna, y me sorprendo admirando con envidia empalagosa el río de familias comprando, como digo, en la boca del lobo.

El peruano disfruta celebrando un pasado inca opulento, el mito de país rico que le otorgó el conquistador Pizarro, que confiaba encontrar un Perú bañado en oro. En su escudo nacional exhibe una cornucopia, símbolo de abundancia. El mito ahora es real, salvo para el hondo Perú inhóspito que nada en la nada. No es embeleco. Y apena pensar que este sueño reverso pueda tener los días contados, como tantos estados emergentes que acabaron en estado de emergencia.

La China de América

El huésped, que carga con la quiebra en el maletín inconsciente, ante un gatuperio consumista sin descanso, haya o no ‘cierra puertas’ (rebajas), se ve tentado a ir de uno en uno contándoles su caso –la morgue económica de Europa, las alegrías que su país pagó caro- para que moderen el gasto y, como dicen por aquí, “guarden pan para mayo”. Perú crece al 9%, esla Chinade América, y guarda en la caja de reservas internacionales el descaro de 47.000 millones de dólares. Un colchón de ricachón.

¿Es oro todo lo que reluce en este país donde el metal más cotizado (que invocan los chiringuitos amarillos de las calles de Santa Cruz) les sale debajo de las piedras, según la opinión popular? No es para tanto, pero la fiebre del oro en Perú, país que lo exporta (quinto productor del mundo), recuerda a las historias de nuestras galerías de agua narradas en ‘Guad’. Como en la novela de Alfonso García Ramos, la mera sospecha de una veta en medio de una explotación agraria, se convierte en un acto de fe. Unos se arruinan y otros se hacen de oro.

 

Pero Perú tiene el oro mal repartido. ‘El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro’, dice una famosa sentencia anónima. Un tercio de la población, disgregada en la sierra y la selva, es pobre de solemnidad, y en los inviernos polares de Puno mueren decenas de niños indefectiblemente. Humala promete llevar los dígitos de PIB que le salen por las orejas a Perú hasta la puerta de los pobres dela Amazonía. LaLima intelectual, la agraria Ica y la blanca Arequipa culta del novelista Jorge Eduardo Benavides, que de la isla saltó a Madrid, son un Perú pata negra, pero Huancavelica, Puno, Cuzco, buena parte de la selva sacudida ahora por el temblor, Ayacucho y la cordillera sur suman un Perú profundo que vive a dos velas. Las comunicaciones terrestres por tortuosas carreteras, a falta de más aeropuertos, estigmatizan a los cerros más apartados. Es el hambre andina. Que desmiente el milagro económico nacional.

En la selva central que sintió el ‘remezón’, de Lima aLa Merced,  tardamos nueve horas por paisajes de ensueño.La Mercedes Tenerife con río, el río Chanchamayo, que nace y se mece casi interminable, como si lo describiera Claudio Magris buscando su origen perdido en algún remoto  chorro entre rocas, hasta convertirse en río Perené, afluente del Amazonas. Es la selva en su apogeo. Los rostros de las mujeres ancianas son acartonados y oscuros, de una vejez inconfesable. Sentada en la estación, una de esas campesinas carga en su manta a la espalda coca para ‘chaccharla’ (masticarla en quechua) y comida para el camino. Su estampa es singular, lleva calado un sombrero blanco, duro y alto, de yeso, como calamina para paliar el sol. Son viejitas muy ágiles las de por aquí. Una sube al bus cargada de un saco de choclos y queso, y se mueve como una ardilla; da las gracias y bendice a los clientes y salta del autocar de dos pisos para subirse al siguiente como una chicuela. Son pequeñas de estatura, se las ve por el arcén acarreando toda clase de cargas a pie como si el cansancio no fuera con ellas. Llegados a Tarma, la ciudad de las flores, el ómnibus para frente a una empresa de ‘combis’ y autocares que lleva este nombre: ‘Los canarios’. Poco antes, Ticlio alcanza una altura de vértigo,4.818 metros(el punto más elevado de toda la cordillera central), con lo que el ‘soroche’ (mal de altura) merodea como un hechizo a los pasajeros, entre los cuales me encuentro, y más de uno lo suelta por la boca. Me ‘choca’, como dicen aquí, y paso el maltrago. ¡9 horas de carretera, una pesadilla! Hace dos semanas se derrumbó un cerro que sepultó la carretera central, paso obligado de las montañas a Lima. Cada uno cogió su equipaje para hacer kilómetros a pie, salvo Rosana Gaby, que se plantó en medio de una vía estrecha y obligó al primer ‘carro’ que pasó a evacuar a su familia por las buenas o por las malas.

En los tramos más secos (la región está en verano y Perú en invierno) sólo crece el ichu, alimento de las llamas en estas zonas recónditas. Pero no faltan recursos naturales. El secreto de Perú: exporta desde harina de pescado, espárragos o alcachofas hasta oro, plata, cobre, plomo y zinc, pasando por café, petróleo y  gas, sin olvidarnos del guano –excremento de las aves de los islotes- con el que pagó una vez su deuda externa. Humala, que con ayuda de Lula venció a Keiko y a la maldición de caer en la segunda vuelta tachado de secundar a Chávez, juró por sus hijos que con este bagaje combatirá la exclusión social que se hacina en la trastienda del país.

El seísmo de Pucallpa

Pobreza y delincuencia, un cóctel perfecto para cercenar el desarrollo. Los sambenitos difaman a un Perú boyante. Incluso, el de narcopaís, inmerso en campañas oficiales para erradicar el cultivo ilícito de la hoja de coca. Y, naturalmente, el de país sísmico, como ha vuelto a recordar ahora el terremoto de 7 grados en la escala de Richter que sembró el pánico en Pucallpa y la selva central, fiel a su cita con los países que atraviesan el cinturón de fuego del Pacífico. Pero ‘viveza’, como admiten los propios peruanos (mitad astucia, mitad talento) les sobra. Me llama la atención su cultura de reciclaje  (todo se aprovecha y reutiliza) y de compraventa que lleva en las venas (la misma cosa se vende y revende incluso en el seno de las familias). Pero debo decir que en uno de los numerosos kiosquitos de esquina, el vendedor me devolvió la moneda: le había dado por error cinco soles en lugar de uno por una bolsa de camotes (batata).

Pese a la desaceleración de EE.UU. y Europa, Perú seguirá siendo un país privilegiado: crecerá más de un 6%  (tres puntos menos por la bajada de los precios de los metales y de la demanda exterior). El semanario ‘The Economist’ lo conceptúa como sexto país con mayor crecimiento económico del mundo. ¿Ese vals económico peruano en un extenso territorio (el tercero de América del Sur y vigésimo más grande dela Tierra) habitado por 30 millones de personas, está a salvo de perder el compás? El ministro de Economía admite “cautela” en 2012. Pero enseguida saca pecho: si el mundo decae, el país se levanta: el dinero norteamericano, a cero de interés hasta 2013 en su país, buscaría refugio en Perú.

Me veo explicando el proceso ‘kafkiano’ de España del superávit al déficit como un sonámbulo haciendo proselitismo. Les dibujo el mismo monólogo a la sanguina,  ‘que viene el coco’, les digo goyescamente, sin mucho poder de convicción ante el escepticismo retratado en su rostros. Y, al tiempo, veo desfilar una bandada de jóvenes ofreciendo insistentemente en los centros comerciales tarjetas de crédito gratuitas. ¿A qué me recuerda? ¿Acertará Perú a recoger velas a tiempo? “El mar pliega las alas al atardecer”, escribió la poeta limeña Blanca Varela.

¿Emigrarán los españoles -en paro epidémico- a Perú, como hasta antesdeayer hicieran los peruanos a España, en tiempos de vacas gordas, movidos por el cambio ventajoso de las remesas en euros (casi a cuatro soles)? Cabe tal posibilidad, para sonrojo de la embajada española en Lima, que ha negado el visado abusivamente a todo peruano que pretendiera visitar España. Pero la fama de vellocino de oro de América desde que el inca Atahualpa le regaló inútilmente al conquistador un cuarto lleno del preciado metal como rescate a cambio de su libertad, sin conseguirla, atrae ya a canarios y españoles, inversores y profesionales. La paisana presentadora de televisión Verónica Homs, que suelo ver en ‘América TV’ en el programa ‘Lima limón’, es un buen ejemplo de ello. Siempre se dijo ‘vale un Perú’  a lo que tenía mucho valor. Las palabras vuelven ahora sobre sus pasos.

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SI TE DICEN QUE YA NO ESTOY EN RADIO CLUB

 

 

 

En los últimos 32 años he vivido en Radio Club. Mañana, tarde y noche en un caravasar. El lunes día 5 le di un abrazo por última vez a la puerta principal de la emisora enla Avenidade Anaga –como en un ‘planking’ puesto en pie-, por si, en efecto, no vuelvo a franquearla nunca más después de la noticia, que ha sido la más amarga de las noticias que me han contado en los últimos tiempos y que hablaba de un señor de 54 años, casado y con un hijo de diez meses, al que despedían después de más de tres décadas de trabajo en una empresa que no cotizó por él ala SeguridadSocial, aunque parezca inverosímil. El sujeto de la noticia era el mismo al que se la daban. O sea, yo.

La soledad del despedido sólo la sabe el que la padece. Es lo más parecido a un cero eléctrico emocional. Un apagón. En mi caso, me apagaron por dentro. Pero, por más que reclamé, no me ‘pagaron’ por fuera un céntimo de indemnización por los servicios prestados. Eso no. En esta crisis, han sido despedidos centenares de compañeros de profesión, que engrosaban las listas del paro. Mi caso es tan relevante o irrelevante como cada uno de ellos, ni más ni menos; sólo el grado de conocimiento de mi persona es lo que abulta la noticia. Buena parte de los periodistas parados, por suerte, quedaron con las espaldas cubiertas temporalmente bajo una prestación por desempleo. En mi caso, no tengo derecho a ese ‘privilegio’ universal y, por mucho que a algunos les cueste creerlo, tendré que ‘malvenderme’ para vivir mes a mes, multiplicando a partir de ahora las posibles colaboraciones por las horas que no tiene el día. O mi familia sufrirá con carácter inmediato  los efectos de un despropósito camino de los tribunales. No tengo las reservas que se me suponen tras una larga vida profesional, y quienes con la mala fe que les caracteriza (saltando de alegría al verme en la calle) me alinean con el poder -esa añagaza que difunden de siempre cuatro trileros-troleros de este oficio para desprestigiarme-, siento defraudarles: no soy de su ralea y por eso nunca me enriquecí. La mayoría de los compañeros parados, como digo, fueron indemnizados antes de perder el puesto de trabajo. A mí me han señalado el camino de la puerta con la frialdad de una flecha pintada en la pared. Y me he ido, a la espera de lo que diga un juez.

Conté los escalones, pensé en 32 años mientras los bajaba por última vez hacia mi ‘Yoknapatawpha’ del alma, que quienes me conocen saben que esla Avenidade Anaga, el condado de ‘Da Gigi’. Y no me traicionaron las lágrimas del desgarro casi visceral que representaba para mí tan sólo pensar que no volvería a subir esos peldaños para hablar por la radio con la gente como cada uno de los días de los últimos 32 años vividos delante de un micrófono. He hablado más por la radio entre esas cuatro paredes que fuera de ellas en todo este tiempo. Me dije que me despedían porque habría durado demasiado una imposible historia de amor.

Yo he querido a Radio Club con la pasión de un amor sin fin, que superó todos los estragos y traiciones. Me la presentó formalmente Paco Padrón en 1979, y un poco antes, estando de paso con mi hermano Martín, lo hizo Juan Rolo, sin saber que de niño ya había pisado aquellos estudios de Suárez Guerra de la mano de una diosa de la radio: Genoveva del Castillo, que me recitó en antena unos versos de mi propia inspiración. Después, el idilio cogió un rumbo fatídico: parecía que era para toda la vida. Y eso es fatal si un día se rompe traumáticamente. El lunes se rompió de un modo unilateral. ¿Se acabó el amor de Radio Club hacia mí? Sin duda. Bajé las escaleras metabolizando ese desengaño horrible. No entiendes que te dejen de querer. Ni siquiera las paredes, las mesas, los micrófonos. Y, por supuesto, las personas que tienen la última palabra. Creo que hay un puñado de compañeros y compañeras, que allí quedan o ya se han marchado, que me guardan de verdad el afecto que yo les profeso. Pero es inevitable sufrir el duelo del adiós. Mi propio pésame.

Le dije a quien me transmitió la decisión que cometían “un crimen” conmigo. Porque eso es lo que sentí. Un disparo en la frente. Me fui a casa desangrándome por dentro. Con el Premio Canarias haciéndose pedazos por el camino, creyendo oír las burlas de más de uno detrás de mí. Hablo en serio. Acaso es la profesión la que me expulsa. Siempre fui un inadaptado. Tuve miedo a parecer petulante por el misántropo que me acompaña como un heterónimo de Pessoa. Y me mantuve demasiado solo, sin formar camarillas, clanes, sectas puntocom. En lugar de ‘padrino’ de nada ni de nadie, sí me sentí muchas veces estos años ‘padre’ (y a veces padre frustrado) de muchos buenos periodistas que iba viendo nacer y prosperar en las élites ejecutivas de este oficio de artesanos tristes, como dice Alfonso González Jerez. Solo. He estado siempre más tiempo solo que rodeado. Mis amigos son los de antes, durante y después, o sea los mismos, una media docena escasa, a quienes veo de San Juan a Corpus (fíjense, cuanto conspiramos, por cierto). Y ahora me apena dar este disgusto a quienes eran mis amigos en la sombra. Que los oyentes me perdonen por que les deje de hablar. Echaré de menos los ‘comentarios’ y ‘los desayunos del Mencey’. Echaré de menos a ‘Multiópticas Rodríguez’, que no me quitó el patrocinio ni en los peores trances de la crisis. Guardo un recuerdo de Gilberto Alemán inventando oficios cuando se quedó si el oficio de toda su vida. Éste del que me echan.

El lunes día5, ala una, la directora de Radio Club Tenerife, Lourdes Santana, fue la persona designada para darme la mala noticia dela SER.“No vas a seguir en Radio Club”. Sin indemnización, sin derecho a paro. En la calle. A sabiendas de que es falso, me despiden como un ‘colaborador’ ocasional (32 años de pasantía). Esa idea no cabe en ninguna cabeza, y decenas de miles de oyentes son testigos de las horas en que me prodigué cada día ante el micrófono de Radio Club, como una fratría donde trabajar era para mí vivir. La mentira apoteósica que nadie se cree, ni los crédulos interesados, o estaríamos todos locos.

Cuando Polanco vivía yo creía ingenuamente que viviría cien años. Polanco era un hombre poderoso cargado de sencillez. Una vez me dijo en la puerta de su despacho de Santillana, en Madrid, con desconsuelo. “¿Y ahora te vas para Tenerife? ¡Qué suerte! Yo tengo que esperar hasta el viernes por desgracia”. Adoraba a la isla, al sol de la isla, donde tenía una emisora en la que yo trabajaba de sol a sol. Una noche, en el despacho de Xuáncar, nos anunció con los ojos humedecidos que estaba dispuesto a ir a la cárcel antes de pagar la fianza por el ‘caso Canal Plus’, la indecente persecución contra él y Cebrián. Uno de aquellos veranos en que se mudaba a Tenerife para olvidarse del mundo, tardó en recibirnos a mi hermano y a mí –algo tan impropio en él que era para extrañarse-. Tardó mucho. Y al cabo de un largo rato, irrumpió en el vestíbulo del Jardín Tropical –‘su hotel general’ antes del Abama- y nos contó que había estado vomitando toda la tarde. Fue la primera vez que caí en la cuenta de que Polanco era humano y un día se iba a morir.

Pero yo nunca reparé en que jugaba con fuego trabajando en un sitio sin estar en plantilla, llevado de eso que ya no se usa ni ahora, ni antes de la crisis: la buena fe. Yo cumplí todo este tiempo con mis obligaciones y pequé de confiado. A decir verdad, nunca pensé que viviría muchos años. Hace diez meses, cuando mi hijo Ángel Benza nació, me prometí regularizar mi situación laboral en la radio. Por él. Lo primero que hice, ante el cambio de dirección (Lourdes Santana por Xuáncar, camino dela COPE), fue hacérselo saber a la empresa, pero no fue posible alcanzar acuerdo alguno y ahora los tribunales tendrán que decidir: si soy un colaborador ‘machaca’ esporádico o, formalmente, un trabajador por cuenta ajena con todos los derechos, que tenía que estar en nómina desde hace 32 años. Yo siempre supe que no podía enfermarme para no dejar de trabajar. Ahora sé que no podré jubilarme dignamente nunca. ¿Quién me devuelve 32 años sin cotización?

Polanco, en efecto, murió. Yla Ser, a mi juicio, empezó a dar bandazos como un muñeco de trapo, sin alma. Ya no está Daniel Gavela. Ni Antonio García Ferrera. Ni Carlos Llamas. Ni los González, Castaño y Lama, ni… No queda nadie de entonces, con quienes conviví meses en Radio Madrid mientras hacía con mi hermano Martín la biografía de Iñaki Gabilondo, que tampoco ya está ante los micrófonos dela SER. Incluso, en sus días de mayor gloria, con más de tres millones de oyentes, el genio de la radio en España me preguntó en el comedor de su casa: “¿Qué dicen de mí los jefes? ¿Crees que me quieren?” Su mayor temor era que un día le dijeran en la cara, como al histórico Antonio Calderón: “No vas a seguir enla SER”.

Me acordé el lunes de Iñaki.

En Buenos Aires, antes de que cayera la tarde y nos acribillara a balazos el frío, me cité en una taberna con Carlos Carnicero. Cuando llegué, estaba escribiendo en el ordenador, en una de las mesas, feliz como un niño con barba postiza de adulto glotón en su arcadia. “Sí, aquí la verdad es que soy muy feliz”, nos dijo a mi esposa y a mí como si presintiera que no podía ser duradera una dicha tan grande. Cuando nos despedimos, se me grabó su mirada melancólica de español a gusto en América, que le llevaba la contraria a Cernuda triste y trasterrado. Carnicero no tenía nostalgia de España, ni mucho menos, le aburrían los monotemas de sus compatriotas y agradecía tomar distancia y vivir allá lejos, cuando no en Cuba. Pero me dijo adiós con un presentimiento en los ojos infantiles temiendo que le quitaran el juguete de Argentina de las manos. Y, por si acaso, cerró el ordenador, que también dijo adiós.

Cuando el otro día lo despidieron recordé aquella escena,. Son esas premoniciones que vamos acumulando en la vida. Cuánto dicen, incautas, las miradas. Cuánto callan las palabras para no desmentirse. En otra arcadia mesetaria dela Españapeninsular, imagino a Carlos Blanco, ya autodespedido dela SER, en una placentera ‘prejubilación’ que ya quisiera para mí poder disfrutar algún día. Me temo, Ángel, que no va a ser posible, salvo trabajar toda la vida que me reste.

Pasé las últimas vacaciones en Perú. Busqué hasta el último día un mamey por encargo de mi amigo José Antonio Pardellas, se lo conseguí. De vuelta al ferragosto de Santa Cruz, se lo entregué en mano. Y los dos ya sabíamos que no íbamos a volver a estar en la tertulia de ‘Tajaraste’. ¡Qué se va a hacer!

Cuando Martín y yo escribíamos en ‘Triunfo’ o ‘El País’; cuando yo le di a los 12 años aquel soneto a don Víctor Zurita, que lo publicó en ‘La Tarde’; cuando nuestro tío Paco el librero nos leía de noche los artículos que escribía a lápiz sobre ópera; cuando Manuel García Padrón me contrató en su despacho de abogado de la calle Castillo con la condición de estudiar a todas horas si no tocaban la puerta o sonaba el teléfono, me dictaron lecciones de humanidad que nunca olvidaré. Por eso este lunes, una vez despedido, me acordé de todos ellos. ¿Por qué nos habremos deshumanizado tanto? Ni siquiera en ‘Up in the Air’ funcionan los despidos telemáticos, y el que ha visto la película sabe que Ryan Bingham (George Clooney) acaba imponiéndose a la máquina y es rehabilitado para despedir en persona a los trabajadores que caen en desgracia, una vez fracasada la videoconferencia. El guión de mi historia es aún más macabro: te despiden cara a cara sin la paga del mes y, al irte, ese sitio ya es tu cenotafio.

Me levanté el lunes, me duché y me afeité para ir a mi propio funeral en Radio Club. Ahora que estoy muerto en la radio puedo decir qué se siente. Ganas de volver a empezar. De cero.

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SIETE CLAVES

 

‘Canarias: Siete claves políticas’ se publicó hace 20 años. Era un libro coral de coautores, que escribí junto a Martín, y regresa a mis manos, cuando retornan los socios al Gobierno, como si una resaca dispusiera qué historias se repiten. Apareció en la colección ‘La quinta columna’ de Ediciones Idea y el Centro dela CulturaPopularCanaria. Nos tomábamos muy en serio aquel bisoño autogobierno cuando a todos quitaba el sueño el siglo XXI. Un retrato para conocernos en una tierra de desconocidos. Eran días febriles, a finales del siglo pasado, con la división universitaria en la calle. La cohesión vino después. Los gobiernos –los pactos- se rompían sistemáticamente; la estabilidad (el volcán dormido) también es algo nuevo. El trasunto del tándem Saavedra-Hermoso (1991) es la entente entre Paulino Rivero y José Miguel Pérez (2011), que regresan al escenario del ‘crimen’ en la máquina del tiempo a evitar el derramamiento de sangre. Era un libro dialogado para echar por tierra la acrimonia del momento. El ‘pacto de hormigón’ y ‘aluminosis’ (copyright de Tomás Padrón) duró la mitad; la censura de Hermoso va durando 18 años. Padorno inventó el adverbio ‘jerónimamente’ para definir el ‘estilo Saavedra’ (‘el Miterrand canario’, me dijo un corresponsal francés), que nos confesó sus dos deseos: embajador ante el Vaticano y ministro de Cultura. Un libro introspectivo para escuchar la respiración política de las islas, su apnea al borde del infarto. Fernando Fernández apodaba ‘Kissinger’ a Olarte, a quien sólo cabía hacer una entrevista policíaca: le mataron al secretario, decía que el MPAIAC le quiso matar a él, y declaró la ‘guerra del descreste’. Hermoso se metió a Las Palmas en el bolsillo, precedido de una fama fricativa de político anticanarión. Y nos reveló que un ministro catalán de Felipe González, le dijo: “Declararos independientes de una vez” (sé quién fue ese ministro). A Oswaldo Brito había que verle en cada envión desde la tribuna de oradores: ¡qué buen parlamentario era! Mauricio tomaba café con leche sin parar para hablarnos de la maldición que le impedía llegar a puerto: a alcalde o a secretario general del PCE. Una desidia a vómitos (ese cólico miserere insular) lo condena al olvido, de no ser por conducir sin carnet. Y Cubillo volvía de sufrir un atentado, gracias a la intercesión del socialista Alberto de Armas (hablando de olvidos). Eligio Hernández tiene los detalles. En el prólogo, Juan Cruz, cita a Scalfari, de ‘La Reppublica’: “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. ¡Cuántas cosas nos pasaban (por la cabeza) en 1991!

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SOROCHE

Volver a casa tras ponerle los cuernos al verano isleño con el invierno peruano, sorteando las olas de calor y las serpientes informativas (por ofidios de la pachamama, cóndor y puma), hace del regreso una vieja liturgia que practico cada vez con más convicción y regodeo. Me sienta bien el viaje y todo cobra otro sentido -reivindicativo- en el avión de vuelta. No traigo jet lag, acaso resaca del soroche de las alturas andinas. Era invierno duro en América del Sur, un invierno austral peruano que se disfrazaba taimadamente con un sol estival a mediodía, para rearmarse al caer la tarde y atacarte a traición en mangas de camisa. El clima inequívoco del desierto, que ya me engañó una vez en Tinduf. Este otro desierto urbano lleva a las casas de noche el frío orgulloso del Pacífico, así cierres bien las ventanas. Lima -Lima, la horrible, tituló Sebastián Salazar Bondy un polémico ensayo- escribe el mismo guión cuando garúa bajo la panza de burro. Así que vengo del frío de Bryce Echenique, de J.E. Benavides y de Vargas Llosa. Con los libros que elegí de compañía, con los que tomaba café en La Croissantería de Plaza del Sol. Un café expreso con magdalenas recién salidas del horno, y estas sí que eran de Proust: la nostalgia de la arcadia era parte del paladar. Volar al Hemisferio Sur es llevarle la contraria al tiempo y al espacio, todo sucede al revés (hasta un fuerte seísmo en la sierra perdonó): las sombras giran de día en sentido contrario a las agujas del reloj, y las espirales de las conchas de las caracolas, en sentido inverso al hemisferio norte. Como si ese mismo fenómeno mágico (efecto Coriolis) hiciera de Perú el reverso del mundo: crece económicamente por minuto, mientras EE.UU. y Europa viven horas aciagas. Plaza del Sol -un hervidero humano en el centro comercial- era una microciudad perfecta: compraba El Comercio y La República, podía almorzar a placer, leía a Jaime Bayly matando en Morirás mañana, salía a pasear, compraba en la esquina una bolsa de camotes, y los soles (más de tres por un euro) engordaban la ficción de contramundo, como esas sombras levógiras, liberándome del trauma de la crisis. Ahora, de vuelta de Ica a Ítaca, tras el breve autoexilio de un mes, me traigo, entre los libros, los apotegmas de Monterroso, uno de los cuales dice: “Al amigo que se aleja/ ábrele pronto la puerta”.

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EL SEÍSMO DE PUCALLPA: PERÚ VIVE UN ‘INOFENSIVO’ TERREMOTO DE 7 GRADOS

 

 

El seísmo registrado este miércoles en la selva central de Perú (de 7 grados en la escala de Richter), con epicentro cerca de la agropecuaria Pucallpa, a más de 500 kilómetros de Lima, y sin víctimas mortales (una veintena de heridos) ni daños materiales de consideración, se sintió en casi todo el país, así como en Bolivia, Brasil y Ecuador. La profundidad del epicentro (146 kilómetros) es la causa de que el radio de acción de la sacudida tuviera tal amplitud y que, a su vez, resultara inocuo.

Pese a las primeras noticias tranquilizadoras de la policía de Contamama, cuya comisaría está situada cerca de donde se desató el evento, se temió –con el recuerdo vivo del terremoto de Ica de 2007- un balance desolador en las áreas pobladas más inaccesibles. Pero, siendo Perú un país de alto riesgo sísmico, por estar en el anillo del Pacífico,  sabe que sus ‘remezones’ son superficiales y, por tanto, muy lesivos en la costa, moderadamente devastadores en las zonas andinas intermedias y, por suerte, profundos y poco preocupantes en la Amazonía, como en este caso.

Los heridos, todos ellos leves, se concentraron en el departamento de Junín. A un matrimonio de Perené se le derrumbó la casa de precarios materiales, y dieciocho escolares de Huancayo y Jauja se cayeron en la evacuación. Una mujer que murió de un infarto, en Pisco, distante del epicentro, dio pábulo a la controversia de si fue una muerte casual o desencadenada por las secuelas psicológicas del terremoto que padeció esta ciudad turística de mar hace cuatro años (el de Ica), que prácticamente la borró del mapa. El nuevo presidente, Ollanta Humala, debutó días atrás en el cargo visitando, precisamente, Pisco, dado del alto valor simbólico de esta ciudad castigada por aquel terremoto traumático.

El seísmo de Pullpa (al que siguió una réplica de 5.2 grados), ocasionado por un desplazamiento de la placa de Nazca, coincide, en efecto, con el cuarto aniversario del que sufriera el departamento de Ica (que por peso económico ya es el segundo en importancia del país), con una magnitud de 7.9 grados y costó la vida a más de medio millar de personas.

En esta ocasión, en que el epicentro se localizó en una zona poco poblada y con escasas construcciones, de una accidentada orografía, hubo igualmente una reacción de pánico de los vecinos, que se echaron a la calle y quedaron incomunicados telefónicamente. Algunos cerros se desprendieron. Pero, de inmediato, se observó que el susto no era comparable al de cuatro años atrás. La falta de noticias fue la noticia. Lo que se propagó al instante fue un silencio informativo desesperante, dada la lejanía y el colapso telefónico.

La ventaja de este temblor, respecto al del 15 de agosto de 2007, es que se vivió con Perú de día, a las 12:46, lo que le restó dramatismo inmediato a un suceso por otra parte frecuente en este país y cuantos atraviesan el cinturón de fuego del Pacífico. El terremoto se sintió en la  capital, Lima, donde oscilaron levemente algunos edificios y afectó también momentáneamente a las comunicaciones telefónicas, así como en la citada Ica (aún sensible a cualquier movimiento telúrico por el trágico recuerdo a flor de piel de su terrible antecedente) y, de modo desigual, en buena parte de la geografía de este extenso país andino. A su vez, tuvo resonancia en los países fronterizos, como Brasil (el epicentro casi invadió su territorio), Bolivia y Ecuador.

Desde que se supo que Estados Unidos, en la víspera, había sido pasto de un seísmo de 5.8 grados en la escala de Richter, Perú y toda la costa del Pacífico pusieron las barbas a remojar.

Pucallpa (‘Tierra Colorada’ en quechua), al noreste de Lima, capital del departamento de Ucayali, en el llano amazónico, vive del comercio, la pesca, la agricultura, la ganadería, la industria maderera y el turismo ecológico. Está poblada por unas 200.000 personas.

Ha sido revelador descubrir que este país tiene una escala particular de preferencias informativas. La prioridad corresponde por entero a cuanto sucede en la costa, toda la vertiente oeste del extenso país. Era evidente, pese a la dimensión del caso, la inhibición de las emisoras de radio, que apenas se tomaban la molestia de informar al respecto. En particular, la RPP, emisora referente durante el grave terremoto de 2007, le dio de lado a la noticia durante las primeras horas.

El hecho de que el corazón del seísmo esta vez no radicara en las grandes urbes que dan al mar, sino en la intrincada selva central y nororiental, explica ese desinterés. El mismo que percibo entre el Perú desarrollado, que muestra un índice estratosférico de crecimiento (por encima del 9%) y el Perú profundo que languidece en medio de la pobreza en la sierra y la selva, donde ahora le ha tocado este terremoto inofensivo en la ruleta sísmica de un subcontinente habituado a rehacerse tras cada nuevo episodio destructivo de la naturaleza.

Por un instante, el seísmo pudo desviar la mirada de este país, pero no lo consiguió por su discreta incidencia. A Perú le obsesiona ahora la inseguridad callejera, verdadera ‘papa caliente’ en el país que parió el tubérculo hace 8.000 años. Los robos, asaltos y secuestros desafían al gobierno del nacionalista Humala, que ha creado un consejo nacional de seguridad ciudadana bajo su dirección personal para limpiar las calles de una criminalidad que es el principal Talón de Aquiles de Perú, la ‘China’ de América por su alto crecimiento.

 

 

 

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GALDÓS, MANRIQUE

A la pregunta ‘¿qué canari@ es el más importante de la historia de las islas?’, centenares de internautas vienen opinando, desde hace semanas, en facebook, ayudándome a dar con la respuesta. En absoluto consensuable, acertar con la figura representativa del orbe canario resulta una ardua polémica. Cuando se me ocurrió formular esta pregunta en la red no podía imaginarlo. Elegir entre Bencomo y Pedrito, el guanche doblegado y el campeón del mundo que nació de pie, no es un trivial cualquiera, sino pasar 600 años por el cedazo de un sondeo como si buscáramos una aguja en un pajar. Tras Galdós y Manrique, que encabezan el rankin, los internautas añadieron cuarenta nombres más, incluidos el guanche y el futbolista (Secundino, Betancourt, Kraus, Negrín, Viera, Sabandeños, Pedro Guerra, M.R.Alonso, Domínguez, Blahnik, Power, Estévanez, Minik, Antonio González, Cubillo, Josefina Pla…). El escritor que acarició el Nobel y el artista que mejor sintonizó con los canarios de su tiempo van empatados en reñida competencia. No deberíamos inhibirnos de hacer estas preguntas para contribuir a definir una suerte de identidad colectiva que cese de tirar barro a la pared. En el último debate de la nacionalidad, planeó un acertijo envenenado sobre unos escaños ociosos hasta ahora en historia cultural de Canarias; fue en aquella inesperada disquisición entre Paulino Rivero y Soria sobre la vitola de canariedad de Galdós o Nicolás Estévanez. En ese charco me he metido con esta provocación nada demoscópica. Uno de los votantes cuestiona insistentemente la importancia para Canarias del autor de los ‘Episodios nacionales’ por haberse ido a vivir a Madrid. Reticencia esta que va y viene, pese a los esfuerzos de Pérez Vidal por acreditar la huella canaria en la obra del novelista. Galdós deberá pagar siempre esa odiosa gabela por haberse sacudido el polvo de las islas en Cádiz, según la leyenda que le persigue como sus deudas hasta la muerte. A Manrique se le postula como celebrity con mayor benevolencia, es cierto, pero, al final, le sobarían a cuenta de su heterodoxia ecologista por sus intervenciones paisajísticas, que son lo mejor de su arte. En sus manos lo dejo.

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LA NOCHE Y LA ALBORADA

 

A estas alturas del año que parecía llamado a bajar el telón de la crisis, nos preguntamos entre bastidores: ¿Cómo está el mundo? Hecho unos zorros y  fuera de sí, cuyos líderes, orates del gran manicomio mundial, no dan pie con bola. Aquí, en Perú, donde retomo el hilo, descubro a economistas, como Jorge González Izquierdo, que cuentan cómo está el mundo por televisión con la pedagogía de un niño. Lehman Brothers (septiembre de 2008) clausuró un imperio financiero, víctima de los préstamos subprime (todos nos hemos vuelto a la fuerza economistas exprés), y fue la mayor quiebra de la historia, a falta de saber ahora qué va a pasar con EE.UU., ese coloso que restituye ‘El hundimiento del Titanic’, de Hans Magnus Enzensberger, a una nueva vigencia con ojos de Perú mirando la deriva del norte. Me encuentro en el arca peruana de Noé que crece al 9%, como si navegara cargada de oro en medio de la tempestad de los mares de la crisis del mundo (a los peruanos les pongo de ejemplo la España ‘superávit’ para que no cometan los mismos errores) y, en un acto reflejo, releo al autor que tradujo a César Vallejo al alemán. Si el mundo se hunde (es metáfora), entonces esto no es 2011, sino 2001, y las profecías milenaristas se retrasaron diez años en el reloj de la historia. Así que las librerías, invadidas de una actualidad novelada,  deberían colocar en los expositores el ‘Apocalipsis’ del Nuevo Testamento, esa obra insular (escrita en la isla de Patmos por un desterrado discípulo de Jesucristo), para ver pasar los cataclismos sin perder la esperanza en la salvación. Bajo las noticias apocalípticas con que España espera al Papa, sabemos que estamos cayendo, aún no a dónde. Es la caída de un modelo político –la democracia desgastada-, económico –el capitalismo con pecado concebido-, hegemónico –China viene, EE.UU. se va yendo cayendo-, ideológico –a izquierda y derecha, una sequía -, ético – la corrupción desbordó el vaso-, de partidos, sindicatos…, amén. La crisis que importamos de EEUU en agosto de 2007 y esta nueva recesión que viene asomando afectarán a nuestros bolsillos y a nuestras cabezas y ya no seremos los mismos seres humanos cuando esto acabe el día menos pensado de 2016 o 2017, y entonces, como una teofanía celestial, cante el gallo del nuevo mundo.

 

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OLLANTA SE PROCLAMA PRESIDENTE DE LOS POBRES EN PERÚ

 

La llegada al poder en Perú del nacionalista Ollanta Humala, que tomó posesión ayer, el mismo día que su país conmemoraba 190 años de la independencia de España, con el Príncipe de Asturias entre los invitados, parecía algo imposible hasta la víspera de las elecciones celebradas en junio. Como en una astracanada, Alan García no se presentó en el Congreso para transferir la banda presidencial a su sucesor, apelando a los nefastos recuerdos de 1990, cuando fue abroncado en la misma ceremonia por dejar el país en la ruina.

 

La bestia negra de la burguesía peruana moderó su discurso en la última campaña electoral  y cambio de caballo, Lula en lugar de Hugo Chávez, para vencer y convencer a sus paisanos de que no pensaba darle la vuelta al país como a un calcetín. “No vengo en son de guerra, sino en son de paz, sin venganza ni rencor”, enfatizó ayer en la recta final de un mensaje ante el Congreso, que, no obstante, levantó ronchas en la bancada fujimorista (la gran derrotada en la segunda vuelta), cuando el nuevo presidente, al jurar el cargo, invocó la Constitución de 1979 en contra de la de 1993, aprobada por Fujimori tras un autogolpe.

esde que llegué al país, hace una semana, me encontré un Perú exultante por la racha de buenas noticias económicas, culturales y hasta deportivas que le sonríen con viento a favor. Lo primero que sorprende es hallarse en un país latinoamericano que no habla nuestro mismo idioma: aquí no se menciona para nada la palabra austeridad, ni se conjuga el verbo recortar, como si uno estuviera en otro mundo, ése que añora no sólo la Europa estragada por una larga crisis, sino –ironía de la historia- el gigante del norte, EE.UU., al borde de una suspensión de pagos que resulta esperpéntica. Lo primero que se dijo ayer, tras acceder al poder Humala, es que dispondrá de más dinero que ningún gobierno en la historia de Perú. El de Alan García ha sido eficiente en materia económica (deja unas reservas de 47.000 millones de dólares y se había encontrado con 15.000 millones), si bien demostró una completa ineptitud para afrontar con éxito la exclusión social en uno de los países que más crece en todo el continente. La misma impericia que exhibió en la reconstrucción de Pisco (en Ica) tras el seísmo de agosto de 2007.

Humala (que accede al poder con un descenso de popularidad causado por un extraño viaje de negocios de un hermano suyo a Rusia) se erigió en su mensaje en adalid de los pobres. Citó a Mandela y a Mariátegui (sociólogo y fundador del socialismo peruano), y con tales alforjas (y la de su propio padre, Isaac Humala, el rígido patriarca de una saga de hijos políticos contestatarios, que lo escuchaba con rostro severo entre los invitados en la cámara), juró gobernar para todos, corrigiendo la desigualdad, sin sufrir del soroche (mal de altura) de otros gobiernos, que no se adentraron en la Amazonía, para alumbrar lo que denominó “una patria inclusiva”. En su gobierno figura unamujer que conocen bien los canarios: la cantante e investigadora afroperuana Susana Baca.

La pregunta que todos se hacen es qué Perú (el ‘modelo peruano’, al que ayer aludió) tiene en la cabeza Humala, cuyo nombre incaico significa “el guerrero que desde su atalaya todo lo ve”. Miraba repetidas veces al palco donde estaban su esposa y tres hijos de corta edad y juró por ellos acabar con la pobreza. Su triunfo, a priori, ratifica la deriva hacia la izquierda de los últimos comicios de la región, pese a lo cual gozó del respaldo de Vargas Llosa ante el riesgo de recaer en las redes de Fujimori. Consciente de todas las sospechas que lo marcan, se cuidó de no hacer un discurso radical. Abrazó la economía de mercado (“abierta al mundo”) y los tratados de libre comercio (los ‘telecés’) con los que se ha comprometido su país, y puso el acento en lo que más sintoniza con la gente: subirá el salario mínimo de 600 a 750 soles (el euro se cambiaba ayer por 3,71 soles), adecuará el gas de consumo interno, prevendrá la obesidad, dará desayuno y almuerzo en todas las escuelas, mejorará el sueldo a policías y militares, perseguirá sin contemplaciones a violadores, maltratadores, narcotraficantes y corruptos, y dirigirá personalmente un consejo nacional de seguridad ciudadana. Quizá la única concesión a su genética política fue la defensa que hizo de la integración de Perú en un panamericanismo propio de Bolívar y San Martín (el emancipador del país). Lanzó una idea que permite toda clase de conjeturas: asignar “trabajos físicos” a los penados por graves delitos. Fujimori cumple 25 años de prisión por crímenes de Estado. Pero su hermano Antauro, también, por asaltar la comisaría de Andahuaylas.

Todos los analistas daban por seguro que el exmilitar tildado de extremista (él mismo y Antauro se sublevaron contra Fujimori, en los estertores del régimen, en el 2000, cuando el artero asesor presidencial Montesinos huía en un velero) jamás se sentaría en el despacho presidencial del Palacio de Gobierno y se estrellaría, una y otra vez, contra la muralla de líderes centristas, ante el temor de la mayoría de los peruanos de que con él se instalara en Lima el chavismo en estado puro. Pero la predestinación al fracaso del látigo del fujimorismo experimentó un giro de 180 grados cuando la pléyade de favoritos moderados (desde Alejandro Toledo a PPK, el gallo tapado, iniciales de Pedro Pablo Kuczynski) cayó víctima de una división suicida que dispersó el voto, y en la segunda vuelta quedaron, cara a cara, nada menos que la hija de Fujimori, la envolvente Keiko, y el ‘coco’ Humala. El 5 de junio, el peruano eligió al militar para que pusiera orden en una nación boyante económicamente, pero castigada por una miseria andina lacerante en la selva y la sierra y por una inseguridad ciudadana que ha transformado en pillaje la violencia terrorista heredada de los años 80 y 90. Humala, al revés que su pasado, se convierte así en la esperanza de 30 millones de peruanos (sin descontar los tres millones de emigrantes), a los que ofreció crear una compañía aérea de bandera y más aeropuertos.

Perú, un país en estado de gracia, que marca goles en la Copa América, recibe el Nobel de Literatura y celebra cien años del hallazgo del Machu Pichu, salta ahora sobre sus propios fantasmas y, como a Lula, le da la oportunidad al político que el sistema no quería.

 

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LINDO PERÚ


Visto desde América, donde me encuentro, el mundo (ya lo dijo Eduardo Galeano) está patas arriba. La foto aérea de la crisis, si coloreáramos el planeta, es la de una pandemia de Grecia a EEUU. En este contexto sin ‘norte’, surge la apatía de gobernar; de ahí la fuga madrugadora de Zapatero hacia su León adoptivo, inapetente a un escaño en la bancada de Rubalcaba y veremos si a las canonjías también, con el recuerdo de  Tony Blair, que, con el esperma de la política aún en la frente, agarró la suya al vuelo. Es dramático. Hay una ‘generación perdida’ de líderes de izquierda, Obama inclusive, por efectos de esta lacra sistémica, y otra de derechas –Rajoy se mece en esa cuna- encantada de conocerse. En América Latina, en cambio, la izquierda arrasa, como ahora mismo Ollanta Humala en Perú.  Aquí -lindo Perú de moda-, estoy en las antípodas, en zona no contaminada. El gobierno de Ollanta nada insultantemente en la abundancia presupuestaria y epicúreos spots  de televisión, como el de Gianmarco de la cerveza Cristal. Sonrisas y lágrimas de emoción, como las de la cantante afroperuana Susana Baca, amiga de Canarias, al asumir el Ministerio de Cultura. Ese plus de sentimentalismo extinguido en Europa que humaniza al representante público frente a la distopía política que nos espera. Perú es un caso aparte (crece como China) y el propio Ollanta lo es: rara metamorfosis de espécimen forjado por un padre seco y espartano,  don Isaac. Hay cierta ingenuidad ilustrada (que bebe en Mariátegui, el socialista faro de los peruanos) en este gobierno nacionalista de los pobres temido por la burguesía, por si de la tutela de Lula regresa a la de Chávez; tiene un instinto ´quinceeme’ refundador de la democracia: más transparencia y azote de la corrupción. Eran las fiestas patrias, la gente viviendo la calle y la tele repitiendo los goles de Guerrero en la Copa América. Claro que Perú no se libra de la crispación (la investidura fue una tangana entre fujimoristas y humalistas, ‘casa de cuervos’, que escribió la poeta Blanca Varela, ante la cara de susto del Príncipe), pero el ciudadano retiene la pasión por la política que nosotros ya quisiéramos para el 20-N. Si bien en Lima o Ica ésta sea una pasión compartida con la del período de ‘cierra puertas’ (las rebajas).

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