GILBERTO ALEMÁN, QUE ESTÁS EN SAN BORONDÓN

 

Si Gilberto Alemán hubiera sabido que se iba a morir el Día de Canarias, habría sonreído de satisfacción. Le gustaban las fechas redondas, el 14 de abril por la República, y supongo que el 30 de mayo le habría parecido una estupenda ironía de la historia, tratándose de un nacionalista que no tenía pleito en el pico. En su última escala en el hospital, le quedaba apenas un hilo de voz`. “¿Sabes?, estoy a punto de cumplir los 80”. Y los celebró poco después como un drago con vocación centenaria. Ahora sospecho que le hacía ilusión llevarse esa edad consigo, como siempre quiso pasar del centenar de libros publicados. El último, sobre sus elfos de Anaga, lo presentamos juntos en CajaCanarias como cuando hacíamos periodismo los tres, Martín, él y yo, en la revista ‘Archipiélago canario’, o en su agencia de prensa independiente SID, o en las postrimerías de ‘La Tarde’, cuando se propuso reflotar el viejo catamarán donde yo había empezado a colaborar a los 12 años a las órdenes de don Víctor Zurita.

Claro que éramos, somos, seremos una panda de nostálgicos sin remedio. Con decir que Gilberto me brindó durante años las mejores horas confidenciales que he pasado con un amigo. Me sentaba a su mesa del Montecarlo al mediodía, tras la tertulia en ‘Tajaraste’, en Radio Club, y me hablaba de lo humano y lo divino: recordaba mucho a su padre Ventura, detenido y torturado con aceite de ricino, del día que lo vio tomando café con uno de sus delatores y aprendió una lección casi imposible de tolerancia. De su madre Luisa arrullándolo con un pie en la cuna y leyendo a “un tal Unamuno”. Del callejón de Briones, en La Laguna, donde Manolo y Pisaflores, dos barrenderos “moros”, le limpiaban las boñigas al ganado. De su amigo Manuel Hermoso, que le dio la alternativa en la política municipal, siendo él independentista, y el alcalde, de UCD. Me hablaba de Iris, su mujer, la concertista, hija de Álvaro Fariña y sobrina de Óscar Domínguez, familia artística y versada como su saga de los ‘Alemanes’. De sus hijas y de sus nietos, no saben ellos cómo los quería. De cuando fundó ATAN con Wolfredo Wildpret hace cuarenta años, y de cuando puso nombre a un volcán, el Teneguía, porque nadie sabía cómo llamarlo.

Era maestro y lo mandaron a enseñar a la escuela de El Tablado. Siete horas de camino pedregoso, un arriero y los libros a lomos del mulo. La Palma era un mundo. Cuando llegó, fue a la venta de Marcelino. Estaba llena y se sentó en el chaplón. De pronto, un hombre se abalanzó sobre otro con un cuchillo. “¡Te voy a matar!”. Gilberto se quedó blanco como la pared y todos se echaron a reír en su cara. Habían conseguido asustar al maestrito recién llegado.

Durante años mirábamos al mar desde allí, con sus ojos de Morgan Freeman, en su escaño del café Montecarlo, en la Avenida de Anaga, delante de un güisqui, que él llamaba ‘manzanilla’, y con el cigarrillo en la mano que por poco lo mata antes de tiempo. Hubo una época en que frecuentábamos de noche la casa que tenía en la calle Sabino Berthelot, y luego supimos que estaba vigilada por la policía. Corrían los años más turbulentos de la política canaria, cuando la transición daba paso a la democracia y Cubillo desde Árgel inflamaba las islas con su guerra orsonwelliana de las ondas. A Gilberto lo acorralaron hasta el punto que se exilió. Cuando regresó, partió de cero, y yo le vi las orejas al lobo de este oficio desagradecido, le daban la espalda, era un ‘apestado’ oficial, lo habían expulsado del paraíso. Porque Gilberto fue el enfant terrible por excelencia del periodismo canario en los 60 y 70, un Gay Talese que iba por libre, un raro, un gallo de pelea, cuya fatuidad lo traicionaba al filo de una timidez ególatra que imitaba a la soberbia. Se ganó la vida, entonces, reproduciendo en carpetas fotos antiguas en blanco y negro. Y algunas puertas se le abrían: Paco Padrón lo acogió en Radio Club (donde se despidió con el Teide de Oro en la era de Xuáncar) y volvió a ser Gilberto Alemán, un periodista de mucho cuidado, aquel que yo había conocido en El Día escribiendo como una metralleta las crónicas de la muerte y las revueltas por Javier Fernández Quesada y Bartolomé García Lorenzo, y el que fue llamado a dirigir este periódico, Diario de Avisos, que pasaría a manos de su amigo Leopoldo Fernández. Recuerdo nítidamente esos días. Cuando le dieron el Premio Canarias se le saltaron las lágrimas de la punta de los dedos cansados de aporrear la Olivetti entre mesas con olor a orín, que es a lo que huelen las buenas redacciones de periódicos, como decía Elfidio Alonso Rodríguez. Tenía premios para parar un tren, pero nunca tuvo dinero suficiente.

La FAPE le rindió el homenaje al periodista insurrecto que fue testigo de su tiempo a solas como un D.J.Salinger entre el centeno. Yo lo quise fraternalmente, filialmente, o éramos un par de conmilitones coetáneos por casualidad a los que la vida, siendo de generaciones diferentes, nos había puesto en el mismo camino, contra los mismos molinos. Me consta que tuvo lealtades y desafectos. Paco Pomares le dio alas cuando le concedió una columna diaria y editó sus obras de bolsillo. Miguel Zerolo lo nombró cronista oficial de Santa Cruz. Se ha ido uno de los últimos polemistas (que le pregunten a José Antonio Pardellas, dos discutidores bienavenidos). Se ha ido un poeta, un actor con tablas, que habría podido quedarse en Madrid, donde fregó vasos y platos para estudiar periodismo; se ha ido con viento fresco a ese sitio que los dos buscábamos con la mirada puesta en el muelle desde la cafetería, ese destino soñado para el que redactó, incluso, una Constitución, por si sonaba la flauta y salía a flote. Y, donde ustedes lo ven, resulta que el ‘puñetero’ islote salió y allí es donde él está como un cónsul.

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MARÍA ROSA ALONSO


De la pasta que estaba hecha María Rosa Alonso (la mejor musa para hoy, Día de Canarias) va quedando poca gente, una vida durada, con aquella inagotable curiosidad que la llevaba a perseguir los pasos perdidos de un guanche en Venecia. “Todo me interesa”. En la casa de su sobrino Elfidio, en La Laguna, cuando retornó, pasó unos años que le parecían postreros -a los 91-, y creía, por pura lógica cartesiana, que se iba a morir. “Para lo que me queda, vivo”. Se ha muerto a los 101, cuando ya no le cabían más años en el frasco de su vida. Pero entonces, sin la cifosis de la vejez haciéndole mella, se prometía reconstruir la historia de la literatura canaria. Una noche la vi aparecer enfundada en una bufanda. “Tengo fiebre”. Y se puso a hilvanar un discurso como si la gripe le trajera sin cuidado. Era vehemente y tenía prontos de “fosforito”, como decía ella misma: “esa ira ósea mía”. Pero sobre todo, era la curiosidad personificada. Me lo dijo el psiquiatra Carlos Castilla del Pino, ya octogenario: se vive lo que la curiosidad dura. En esa casa, Calero (mi amigo Juan Luis Calero, cómplices literarios) compartía largas veladas con la autora de ‘La luz llega del Este’, su mejor libro (donde narra el ‘obsequio’ del mencey a la ciudad de la laguna pantanosa). Hablaban de la muerte o de la calma, de lo que se ofreciera. Javier Marías añoraba sus carcajadas en la casa de sus padres. Aquella mujer estaba enamorada de la cultura, un amor con escenas de celo: quería viajarlo todo. Como no era televidente, como Emilio Lledó, leía y hacía excursiones. A Jesús de Polanco, Tenerife le recordaba a María Rosa Alonso en Madrid. La progenie de ese amor, los libros, los llevaba escondidos por la calle para ir a clase, porque estaba mal visto que una niña estudiara. Venía de un siglo de papel, de desayunar con periódicos para estar al día (el ‘aggiornamento’ que admiraba de Pablo VI), de aprender a querer las palabras con Ortega y Gasset (“¡hablaba como escribía!”) y a no errarlas con Américo Castro, que casi la mata por una falta ortográfica. Cuando le dieron el Premio Canarias, la noticia saltó a Venezuela, donde vivió y trabajó cuando aquí la querían poco. Y hablamos de América con esa familiaridad que ponemos en el tema, de Caracas como si fuera Santa Cruz, del hermoso país que computamos como si fuera una isla nuestra. Y era inevitable en su presencia terminar hablando de Viera y Clavijo, Viana o Cairasco. Esa nómina a la que ahora se suma ella, cuando sus cenizas se esparcen por la Punta del Hidalgo, un día como hoy, que nos nombra a todos.

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EL PODER

Pactar es lo convenido y lo conveniente en Canarias. No es nuevo, ni será prescindible a lo largo de mucho tiempo en el horizonte, toda vez que las mayorías absolutas en el Parlamento (31 de 60 diputados) no parecen estar, ni de lejos, al alcance de los actuales partidos. Se ha demonizado con mucha ligereza el sistema electoral canario, que, siendo perfectible, ha respondido a lo que querían de él los grandes partidos garantes de la autonomía: que consolidara fuerzas archipielágicas consistentes y evitara la atomización de la cámara, algo que en los albores del autogobierno generó no pocos sobresaltos rayanos en la ingobernabilidad (el socorrido voto 31, amén de las agrupaciones insularistas predispuestas a bloquear los presupuestos bajo la añagaza de que lesionaban los intereses de un solo territorio, etc.). Hoy tenemos una autonomía reglamentada, cuyas barreras electorales, con ser altas, no han impedido la entrada en el hemiciclo de Nueva Canarias (3 escaños), un chorro de aire fresco y pluralidad al debate. Y una autonomía que ha de mejorar sensiblemente (en su mecánica legislativa, en su apertura a la sociedad, en su trato a las iniciativas populares, en su eficacia y rendimiento y en su austeridad y recorte de privilegios). Vengo deslizando la idea de que se han hecho necesarias escuelas de democracia. No es ninguna tontería. Los cachorros del 15-M piden rápidos retoques al sistema para que sea más participativo, transparente y útil. Añado que para que la democracia funcione ha de estar pilotada por políticos con la debida cualificación; cada día chirrían más los dirigentes indocumentados, que se rodean de un excesivo aparato de asesores para cubrir sus deficiencias personales. A quienes restan mérito al resultado del domingo exfoliando las culpas del PSOE en virtud de la crisis e ignorando la apisonadora del PP, cabe recomendarles una relectura de episodios similares en otros países de Europa. Rajoy está, desde este 22 de mayo, revestido de toda la autoridad moral para requerir (como hizo este lunes ante su comité ejcutivo) un adelanto electoral, que, debidamente convocado sin estridencias, debe enmarcarse en lo que llamamos normalidad y que los mercados esperan de un estado inestable ‘per se’como el español. No hacerlo, acaso alimente sospechas e incertidumbres, que desestabilicen la economía aún más (como sucede con las restantes economías de los países ‘pigs’). Respecto a Canarias, los diques nacionalistas han resistido el tsunami popular, y ese empate a 21 escaños (pese a la diferencia de votos a favor del PP) avala los dos estilos antagónicos dentro de la política canaria que encarnan Paulino Rivero (CC) y José Manuel Soria (PP). Un pacto virtual entre CC y PSOE para cogobernar la comunidad autónoma y numerosas instituciones sin mayoría absoluta, formaría parte también de la normalidad. Al PSOE de José Miguel Pérez, herido de muerte por los estragos de sus familias escindidas y la pérdida de marca por la crisis, ese pacto le viene bien para maquillar la severa derrota, y a los nacionalistas les resuelve por el camino más asequible tanto el gobierno como las corporaciones con mayoría simple (algunas tan sensibles como su feudo Santa Cruz de Tenerife, La Laguna y el Cabildo de la misma isla). Nada impide, sin embargo, que se imponga cierta incoherencia en los pactos en uno y otro nivel y asistamos a mayorías PP-PSOE en algunas instituciones, si bien parece inevitable el reencuentro de nacionalistas y socialistas, que gobernaron juntos por última vez en los primeros años de la década de los 90. De ese modo, el PSOE volvería a tocar poder 18 años después, como si su estadía en la oposición acabara de cumplir exactamente la mayoría de edad.

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EL TUIT

 

Bob Dylan cumplirá mañana 70 años y no desentonaría entre los cachorros de la Puerta del Sol o la Plaza de la Candelaria: genéticamente, tipifica la protesta de los 60. Contra Franco cantábamos ‘Al vent’ a coro con Raimon, hicimos una sentada cuando prohibieron a Lluis Llach en Santa Cruz, y Fernández Caldas fue un rector digno que dimitió al invadir la policía el campus universitario para silenciar al cantautor de ‘L´Estaca’. Es mayo, un mayo a la francesa hispanizado, el escándalo de Dominique-Strauss Khan y nuestra resaca electoral son la comidilla de la prensa extranjera. La resonancia mediática de este movimiento que nos ‘emplaza’ y su impacto en las redes sociales obligan de oficio a sus promotores –sean quienes fueren- a adoptar algunas formalidades. Los lunes al sol, titulaba Fernando León su cinta sobre el paro. Indignarse por las fallas de la democracia y el marchamo de la crisis (Stéphane Hessel en el bolsillo) exige ser trabucaire todos los días. El éxito de esta ‘primavera española’, si quiere cuajar, radica en tener las ideas claras (el que dijo, “vale, pero a mí me jode un huevo que me graben”, de rechazo a la prensa, contravende tolerancia). En la Plaza de Tahrir, referente lúdico sin paralelismos con España, el objetivo era el dictador; deuda aquí saldada por defunción del nuestro hace treinta y muchos años; el fin es otro: remozar un sistema prematuramente achacoso y ‘desbancar’ a la democracia, desbancarizarla. Hay una montaña de razones para exhortar a una ‘democraciarealya’. Partidos y sindicatos, concientemente obsoletos, se temían esto y aguardaban a que la tormenta tocara a la puerta de sus casas como en el cuento de Buzzatti. Ahora me veo en los 70 frente a frente con García Trevijano, en un suntuario despacho madrileño amueblado con metacrilato, junto a la sala de reuniones donde conspiraba la Platajunta -los cabecillas tensos de la ‘spanishtransition’-, y oigo al abogado ansioso de poder arengándome sus ruptura frente a la reforma de Suárez y proponerme, “¿tú te sumarías en tu isla?”, en medio de la entrevista. Madrid políticamente estaba al rojo vivo, bajo el miedo a la secreta. Conversé con Calvo Serer en un taxi; con Nazario Aguado a pie, con carlistas y comunistas (reportajes en la hemeroteca de este periódico): eran demócratas viscerales y posibilistas ‘juntos pero revueltos’, y se pusieron de acuerdo. Este es el reto del 15-M. “La juventud promete y ella cumple”, dijo Aleixandre. Falta concreción. Más ‘tuit’ y menos suite. La izquierda se desangra en Europa. ¿Abrirán escuelas de democracia algún día?

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LA PUERTA CERRADA DEL SOL

 

La movilización del 15-M en el último tercio de la campaña electoral ha sido un acicate para ésta, un revulsivo, y confieso mis simpatías por esta irrupción contestataria, que ahonda en las raíces de un problema –el problema- de la crisis: los partidos, las organizaciones todas, por lo general, no funcionan en la buena dirección. Sería un error –y una exageración- equiparar las concentraciones de Puerta del Sol y las del resto de ciudades, incluidas las canarias-, con la Plaza de Tahrir, en El Cairo, corazón de la revuelta que acabó con Mubarak. No creo que haya muchos demócratas –desde luego, no cuenten conmigo- que transijan con esa clase de comparaciones a la ligera. La democracia –la española no es una excepción- es un modelo perfectible, pero su continuidad es innegociable. Los partidos, sindicatos y todos lo demás estamentos que han ido perdiendo músculo participativo, reducidos, por la inercia y el dirigismo, a máquinas de poder, han de cambiar, y lo saben. Esta indignación juvenil inspirada en el panfleto certero del nonagenario Stéphane Hessel, tiene la virtud de aclamar esa regeneración en la plaza pública, como una demanda social, a sabiendas de que sólo así los aparatos políticos se sentirán urgidos. La Puerta del Sol, en este sentido, ejerce la fuerza mediática de los desencantados de las redes sociales, cuyo ‘papel’ correspondía hasta ahora a la prensa: los políticos suelen reaccionar a golpe de titulares. Y las prohibidas concentraciones de Madrid y resto del Estado –la Junta Electoral se ha cubierto de gloria con semejante ‘des-medida’- han conseguido el eco periodístico que los partidos –despreciando a los periodistas con ruedas de prensa sin preguntas y bloques electorales infumables televisados por imperativo legal- no obtuvieron en los medios de comunicación por derecho propio. Para huir del oportunismo novelero de un mero happening electoralista, los cuadros mejor preparados de esta corriente de opinión habrán de constituirse en grupos de trabajo para los meses venideros, o podrán morir de un éxito efímero.

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LOS FANTASMAS DEJAN DE SOBREVOLAR EL ACCIDENTE DE BARAJAS

Las nuevas revelaciones sobre el accidente aéreo de Barajas, hace casi tres años, ponen al descubierto las chapuzas de Spanair y permiten al juez sobreponerse definitivamente a una suerte de pacto de silencio entre los implicados (o bloqueo más o menos azaroso), por el que hasta el otro día, el juicio parecía irse al traste. En un momento determinado, la justicia se vio entre la espada y la pared, sin poder disponer de informes neutrales sobre las circunstancias del suceso, y la asociación de afectados pudo temer que se echara tierra sobre el asunto, lo que hubiera supuesto enterrar dos veces a los muertos.

El caso ha dado un salto hacia delante con los dictámenes que han salido a la luz: el de los ocho expertos designados por el juez y el de un perito sumamente acreditado, como Jacques Iztueta, que investigó en su día el espinoso accidente del Concorde (aquel prodigio de la aviación que probé personalmente, en los 80, en un vuelo directo Tenerife-París, sentado al lado del recordado físico gomero Félix Herrera, que me contó en el trayecto cómo había participado dentro de la NASA en el seguimiento del viaje del hombre a la Luna). Ambos tachan a Spanair de una especie de compañía chafalmeja, donde el manual de equipamiento induce a errores tales como despachar un avión sin haber arreglado antes una avería. “Pésimo” es el calificativo que merece en uno de estos tests el nivel del servicio de mantenimiento de la compañía. Pésimos, asimismo, sus denodados esfuerzos por burlar los sustanciosos seguros e indemnizaciones a que tendrían derechos supervivientes y familiares de los fallecidos.

Una vez que estos informes han pintado la cara de rojo a los ejecutivos de Spanair (recuerdan con bochorno que los mecánicos imputados enfriaron con hielo el calefactor recalentado de la sonda de temperatura)., sólo parecen discrepar en el papel de los pilotos, para unos excelente y para otros dejó mucho que desear en la configuración del aparato. Un informe previo del Sepla había señalado con el dedo a la casa fabricante, Boeing, para reprocharle (y, de paso, salpicarla penalmente) que no hubiera duplicado las alarmas que detectan la caída del sistema de seguridad de la nave, con lo que se hubiera evitado el intento fallido de despegue, que fue el que, a la postre, destrozó las 154 vidas –la mayoría de Canarias-, balance del siniestro. Se fundamenta esta demanda en el antecedente de un accidente similar de un MD-82 en Detroit, veinte años antes, que obligó a Boeing a reforzar el mecanismo de alarma en algunos aparatos, pero en otros –como el de Barajas- no lo hizo.

Pese al despliegue de bufetes de abogados norteamericanos con experiencia en macroprocesos de esta naturaleza, que adornaron los primeros compases del culebrón judicial de una parafernalia cuasi cinematográfica (el cine de juicios se consolidó como uno de los subgéneros más rentables de Hollywood), lo cierto es que hasta ahora estábamos detenidos en el mismo sitio de aquel mes de agosto de 2008, paralizados por una inexplicable ¿confabulación corporativista?, que impedía avanzar en el esclarecimiento del suceso. Viene a coincidir esta reactivación del sumario del vuelo JK 5022 con las primeras filtraciones de las cajas negras del vuelo Río-París de Air France (un Airbus A330), que diez meses más tarde del de Spanair en Barajas, se precipitó con 228 personas a bordo al fondo del océano Atlántico, poco después de despegar, y que, según ha trascendido, se habría debido a un error humano de los pilotos. Comienza la cuenta atrás para poner los ojos en la ‘vista’ del caso de Barajas, sin más fantasmas.

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DECAPITACIÓN

Vivimos en vilo, sin más demoscopia desde hoy, las elecciones del domingo, y el rol de islas ‘pichichis’ del turismo nacional. El culto a la imagen del candidato es como ese pudor narcisista al qué dirán los potenciales visitantes tras la decapitación de Los Cristianos en la turística Arona. Es un laberinto de paranoias. El turismo en nuestra maltrecha economía y los partidos en nuestra maltrecha democracia ansían sus récords centímetro a centímetro como la plusmarquista Isinbayeva, o temen caerse de la pértiga un día. En el manicomio de la campaña, hasta el terremoto de Murcia tiene lectura electoral (y, por ende, el descenso del Tenerife). Lo mismo pasa con esta crónica negra a efectos de huéspedes. El degüello pone la piel de gallina, más propio de la yihad de Bin Laden, recién ejecutado también él. La atrocidad del joven indigente búlgaro perturbado Deyan Valentinov (28 años) cortando arbitrariamente la cabeza de Jennifer Mills, una jubilada británica, en un comercio chino, fue grabada por las cámaras de seguridad. ¿Veremos colgado el vídeo en youtube, como en los rehenes talados de Iraq, o habrá respeto a la familia? El suceso es carnaza para los tabloides ingleses, prestos a la guerra sucia a este destino, pues la víctima es de donde es –ya se dijo- y halló la muerte en Tenerife, segundo hogar. Una espeluznante secuencia de cine de terror: el perturbado entra ofuscado en el bazar, agarra el cuchillo de cortar jamón y apuñala y saja la cabeza de una mujer al azar; luego se la lleva en la mano, un motorista le arroja el casco a la cabeza suya a su vez, y sobre el pavimento quedan la cara desencajada de la víctima y la del agresor reducido por los testigos. Tarantino. Una de esas decisiones desgraciadas (entrar en el sitio equivocado donde dejarás de existir) lo determina todo. El otro ángulo de la noticia es que parece invocar al alcalde de Madrid. Gallardón pidió una ley para retirar a los indigentes de la calle: he aquí un ejemplo pintiparado. (Como el crimen que cubrí en el 92 para El País, en el que un desharrapado -exlegionario- se llevó por delante a dos tripulantes a bordo del ferry Tenerife-Cádiz y desapareció.) En la víspera, el escritor exguardia civil Eloy Cuadra Pedrini me dijo, tras los cinco sintechos sin vida en un mes, que, con la ley en la mano, las autoridades pueden intervenir. Ahora, con la psicosis, tenemos debate: cada cual hará su lista negra de locos indigentes peligrosos que andan sueltos. Y si son búlgaros, con más razón. Ya decía hasta Voltaire, en ‘Candido’, que “los búlgaros y ávaros degüellan todo lo que se les pone por delante”. Y tampoco es eso.

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EL TERREMOTO ELECTORAL

 

Los terremotos de Canarias –y se registran numerosos casi a diario- suelen ser irrelevantes, y sólo una minoría de ellos resulta perceptible para la población. Dormimos tranquilos confiados en el oráculo de los geólogos y volcanólogos que nos han dictado conferencias, sumamente documentadas, sobre el escaso riesgo sísmico del archipiélago, por las dimensiones de la falla entre Tenerife y Gran Canaria.

Éste de Murcia (un terremoto clónico del de Santa Cruz de Tenerife el 9 de mayo de 1989, sin víctimas) es un aldabonazo en una España sísmicamente peligrosa hacia el sureste peninsular, que se había olvidado por completo de sus movimientos telúricos históricos. Ese tipo de olvidos imperdonables que asesta un cascote de alguna cornisa sobre la cabeza de alguien que pasaba por allí, el día que la tierra tembló apenas 5.1 grados en la escala de Richter, y lo deja en el sitio. Estos muertos evitables dan rabia, porque esa región meridional es propensa desde hace siglos a graves terremotos, con centenares de muertos sobre sus espaldas. Ignorarlo es de juzgado de guardia, amén de una vergüenza criminal.

Con motivo de este ‘japonazo’ en la urbe de Lorca, muchos se desayunan con el recuento de esos seísmos devastadores de los años 20 y 80 del siglo XIX. Oirán hablar de miles de edificios destruidos por el remezón y sus réplicas, y se preguntarán por qué en todo este tiempo no se han adoptado las medidas de prevención y seguridad en los inmuebles levantados sobre semejante bomba de relojería. La zona oceánica frente al cabo de San Vicente, al suroeste de Portugal, es una de las más sísmicas del mundo, con su ‘Punto Triple’, en que se produce el encontronazo de las placas euroasiática, africana y atlántica. Literatura hay para rato sobre el terremoto de Lisboa, por ejemplo, que sacudió Andalucía y media Europa en 1969. Pues el sureste español es, como el Pacífico latinoamericano y asiático, un hervidero de puntos negros donde en cualquier momento se despierta el monstruo. España no estaba a salvo. Salvo de la dudosa buena memoria de sus gobiernos y alternativas, que han sentido la sacudida en medio de una campaña electoral anodina, cuya única noticia impactante ha sido ésta. El terremoto.

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PROPAGANDA

 

En el imaginario político de una campaña electoral figura entre los partidos la obsesión de cargarse algún día al periodista. “Una campaña sin periodistas, ¡qué gozada!”, regurgita el secretario de organización. ¿Por qué caen tal mal los periodistas a los políticos (salvo afines), máxime en períodos de francachela electoral? Es una especie de síndrome ‘agro’ contra el intermediario para la venta directa del género al escuchimizado votante que vive de humo. Las historias de colegas perseguidos por políticos fuera de sí en las campañas (historias de perros y gatos), servirían de inspiración a la factoría Disney. El problema es que el periodista, por lo general (hay héroes y villanos), se mete en su papel de ‘míster’ ecuánime, destapa encuestas, revela algún chanchullo y elige los cortes del mitin. Por eso ahora se cuece el grueso de la información en el horno del partido, sin que el periodismo meta sus narices. Es que había un problema: la información estaba fuera de control, y no podía ser. Con ocasión de esta campaña, el formato de rueda de prensa sin preguntas es el último grito. El candidato convoca a la ‘canallesca’, monologa un rato y da media vuelta; sin dejarse afeitar a preguntas (“que se busquen otro sparring estos listillos”). En el partido de vuelta, Mourinho se cruzó de brazos y los periodistas deportivos –tantas veces pioneros de un concepto gremial consecuente- lo dejaron con el silencio en la boca. El titular ese día fue: “Mourinho calla, Karanka habla y la prensa se planta”. “Bocón y mudo”, dijera Vallejo. La arrogancia del candidato que emite su ‘bendición urbi et orbi’ sin preguntas (cuando hasta el Papa responde a ellas por Internet), ha terminado hartando a la prensa nacional (González Urbaneja a la cabeza desde Madrid para todas las Españas), y en las filas del oficio, tras el manifiesto de la FAPE (cúpula del periodismo español), en el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo), gana terreno en las redes sociales la consigna de no cubrir ruedas de prensa ‘sin’, o sea, de no jugar el partido ‘sin’ balón. Los políticos quisieran ser periodistas: lo dijo Aznar, lo dice Medvédev; y su latiguillo “hoy eso no toca” trajo estos lodos. La desafortunada reforma de la ley electoral –la que se cargó la precampaña- ‘condena’ a las televisiones públicas y privadas a difundir los ‘bloques electorales’, cosecha de los partidos. Muerta y sepultada la credibilidad, resucita la propaganda como en aquel Ministerio de los 60. “Buenas noches, soy el ministro de Información y Propaganda”, dijo Fraga el otro día, en un lapsus, durante un discurso. Ésas tenemos.

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EL MONÓLOGO POLÍTICO

 

No es de recibo el mandonismo de los partidos en esta campaña electoral recién inaugurada. La proliferación de ruedas de prensa ‘sin preguntas’, al estilo Mourinho víspera del clásico del Bernabéu, abochorna en una democracia que se dice consolidada. En los círculos periodísticos de Madrid –con González Urbaneja, presidente de la asociación de prensa de la capital de España, a la cabeza- se digiere mal esta cacicada política oscurantista, y determinados comunicadores –en un número que crece por momentos- alientan desde las redes sociales una suerte de periodismo pasivo, inédito en España –reflejo de lo excepcional del caso en campañas electorales-, consistente en levantarse y dar media vuelta si el candidato de turno osa convocar a los medios y se niega a someterse a la ronda de preguntas pertinente.

Dejar al político plantado es una medida extrema en una profesión que vive de la palabra, la declaración y el titular, pero la insolencia –diría también que la insolvencia democrática- de un dirigente público reacio a dar respuestas a las preguntas que el profesional considere oportunas, revela que el sistema de libertades que nos hemos dado está bajo mínimos. Cómo, si no, dar lecciones de libertad de expresión a regímenes de otras latitudes que con tanta facilidad reprendemos cada vez que trasciende alguna restricción periodística –caso de Hugo Chávez en Venezuela y similares-.

Tanto la APM como la FAPE (Federación de Asociaciones de Prensa de España), a través de un manifiesto específico, repelen este sistemático atropello con las ‘armas’ del oficio. La presidenta de la FAPE, Elsa González, demandó la unidad del gremio ante el dirigismo partidista, mediante la firme determinación de los medios de comunicación de no enviar periodistas a las ruedas de prensa sin preguntas, en lo que ya constituye una ‘revuelta’ de la prensa contra el monopolio de la palabra en el ámbito de los partidos.

El debate de fondo, que coincide con el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo), es la pluralidad informativa, de una parte –esencia misma de la democracia, vaya papelón el de los partidos en vísperas de las novenas elecciones locales-, y de otra, nada menos que el carácter informativo y no propagandístico de las opiniones electorales. Cierto que la propia ley –en particular, el artículo 66 de la norma vigente, una versión reformada de la regulación en materia de Régimen Electoral General- favorece el uso abusivo de la televisión por parte de los partidos, al autorizarlos a difundir en los canales tanto públicos como privados sus infumables bloques electorales, de acuerdo con la proporción de votos obtenida en las últimas elecciones. La ‘mercancía’ publicitaria sustituye así al antiguo contenido de la información electoral, que se regía por criterios periodísticos y no políticos. En esta escalada se arbitra un calendario incalificable de conexiones de los medios con los canales oficiales de los partidos.

La espiral del control partidario de la distribución de los mensajes políticos en España venía ganando terreno en sucesivas convocatorias electorales, mediante un empecinamiento infantiloide de los jefes de campaña en marcar los tiempos y epígrafes de los debates hasta rayar en el paroxismo y en el mayor de los ridículos. Las relaciones políticos-periodistas no han sido buenas nunca en campañas electorales, pues aquéllos han recelado siempre de éstos y ambicionaban someterlos a su égida obsesiva en los períodos de examen popular, cada cuatro años; ahora, al fin, consiguen, con ayuda de una ley diseñada a su medida, ‘vender’ toda la casquería contra el adversario y las loas al propio candidato como si de burda publicidad se tratara, a la vez que, animados por esa deriva, reducir al periodista a la condición de ‘chico de los recados’. Olvidan que de ese modo resucitan el viejo espíritu del Ministerio de Información y Propaganda, de los años 60, en mitad de la dictadura.

 Esta campaña al ‘dictado’ no hace sino abundar en el desencanto político, ya no sólo del ciudadano, sino, además, del periodista, llamado a ser el aliado natural de todo buen dirigente. Las ruedas de prensa sin preguntas -el monólogo político- son una aberración: dejan al ‘mensajero’ con la miel en los labios. El partido usurpa su papel y ejerce de juez y parte, no ya sólo en la justicia (como va quedando demostrado), sino, por último, en el periodismo, defenestrado como ‘cuarto poder’, que se le resistía con la daga de la libertad de expresión.

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