DOS CAJAS CON BANDERAS Y ROPA DEL CENTENARIO DE NELSON

 

En los sótanos del Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife han sido localizadas dos cajas con valioso material etnográfico, de gran interés para reconstruir la historia de Tenerife. Un grupo de expertos civiles y militares desempolvó los recipientes, los abrió con expectación y descubrió en su interior algunas sorpresas.

En una caja había ropas y zapatos tradicionales de Tenerife guardados tras su exhibición en los actos conmemorativos del primer centenario del ataque de Nelson, en 1897. Un acopio de prendas, según los entendidos (el amigo J.M.Ledesma me cita el nombre de Juan de la Cruz entre los ojeadores del vestuario del XIX conservado en uno de los depósitos), de evidente atractivo para los estudiosos. 

En la otra caja se alojaba un auténtico “tesoro”, a juicio de los testigos que al mediodía del viernes se trasladaron en comitiva a las dependencias del museo sin saber qué se iban a encontrar. Allí estaban, apilados cuidadosamente desde hace más de un siglo, los estandartes de todos los municipios de la isla que participaron en el centenario de la gesta. Una colección de banderas calificadas de ‘joyas’ en términos vexilológicos, que abre el campo a ulteriores investigaciones. Junto a estas dos cajas había, además, un balcón típico canario conservado en piezas, que podría servir en reconstrucciones arquitectónicas de la época. 

Lo inesperado del material descubierto lo hace más sugerente. Estaba almacenado junto al legado del marqués de Villasegura, Arturo López de Vergara, que para su exhibición debió ser rescatado de las dependencias del museo donde era almacenado (pinturas del siglo XVI al XX). Ahora toca desentrañar las pistas que ofrecen estos fondos congelados en el tiempo durante más de cien años.

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PATARROYO

 

El estigma de Manuel Elkin Patarroyo no fue renunciar a la neoyorquina Universidad Rockefeller, el camino más llano hacia el Nobel, por su Colombia natal, con la premonición guevariana de descubrir la vacuna contra la malaria desde el Tercer Mundo. En 30 años no ha dejado de cosechar enemigos poderosos. El artículo que firmó la semana pasada -con Adriana Bermúdez y su hijo Manuel Alfonso Patarroyo- en ‘Chemical Reviews’, la ‘biblia’ de la química en EE.UU., lo rehabilita. Los adversarios lo daban por muerto ‘químicamente’. ¡Tanto tiempo sin noticias de Patarroyo! Encerrado con sus micos en la selva y sus moléculas en Bogotá, perfeccionó la fórmula contra el paludismo y, de paso, dio con la vacuna de las vacunas: el método estándar para combatir más de 500 enfermedades infecciosas que contagian a dos terceras partes de la humanidad. Este científico idealista de sonrisa tierna, el mayor de once hermanos, ha sido siempre un Robin Hood de la ciencia; de ahí que le persigan las conjeturas. Una vez me recitó la máxima de su padre: “Se dispara al que está arriba”. Hijo de padre soñador y madre pragmática, cayó de niño en sus manos un tebeo sobre Pasteur y quiso hacer vacunas. Debería inventar la vacuna contra los anofeles de la envidia y mandarnos unas dosis a Tenerife. Hoy en Colombia los niños quieren ser Patarroyo, científicos. Ya no narcos. Así que sale del silencio mediático, como un padre Boff redimido; arruinado y enfermo, hasta besó en pesadillas la muerte. La OMS le hizo en los 90 aquel desaire: desestimó su primera vacuna contra la malaria que donó a la humanidad (cuando casi se ahoga ebrio de euforia en el Amazonas y ganó el Príncipe de Asturias). Como en el jardinero fiel de John Le Carré, las sospechas recaen sobre el oso farmacéutico. En una conferencia en CajaSiete confirmó que estaba “vivo”. “No me falles”, me dijo. Acudí y me estaba esperando en la puerta. Guardo de recuerdo su sentencia de cabecera: “Soñar como un dios y pensar como un mendigo” (Hölderlin). El padre de las vacunas sintéticas contra los microbios invisibles cocina “el pastel del siglo”. Sus amigos Basilio Valladares y Enrique Martínez lo traen en junio al 10º aniversario del I. de Enfermedades Tropicales y el martes dio las gracias a la reina y a Ana Oramas por la ayuda. Cuando le embargaron el laboratorio se le fue el alma por una tubería. Se hace querer por lo que hace. Vacunas a precio de ganga para salvar millones de vidas. Se dirá que hará falta la vacuna contra el hambre. Y contra el hombre que la consiente.

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EL INFORME ‘TRANSFORMAESPAÑA’, EL 7 A LAS 7 EN CAJASIETE

 

La salida de la crisis no es el único problema. Hay otro inexcusable: la salida del propio modelo de país en estado de catalepsia democrática, que impone, tras una prolongada pasividad, un compromiso de cambio de la sociedad civil y, en particular, de los jóvenes, dado su papel tractor en toda revolución. La ya segura retirada de Zapatero, a lo sumo en 2012, acelera este proceso de activismo social inaplazable en la actual coyuntura del mundo.

De ahí que el informe de la fundación Everis, ‘TransformaEspaña’ (cuya presentación en Tenerife será este jueves 7, a las 7 –de la tarde-, en CajaSiete), que conceptúa de “mediocre” el índice de calidad de los actuales líderes españoles (“los políticos no dan la talla”, sentencia con severidad), invita a reflexionar o quizá moviliza –lo sabremos pronto- a los ciudadanos a vencer el escepticismo, para obrar un cambio sistémico y profundo entre todos en todos los pilares del Estado, desde un macroedificio autonómico en cuestión hasta la educación, y desde una justicia mal vista hasta el sistema electoral.

Eduardo Serra, que pisó la arena de la política con una cierta heterodoxia ideológica y preside esta fundación constituida hace diez años para promover las tecnologías de la información en la empresa y la formación y reciclaje profesional, trae a Santa Cruz un informe sin medias tintas que incomodó al Gobierno de Zapatero y que conoció de primera mano el Rey antes que el propio presidente. El diagnóstico de las 120 páginas del ‘TransformaEspaña’ elaborado por un centenar de economistas y empresarios, es demoledor: el país no funciona; la democracia sufre un grave deterioro; la separación de poderes es una falacia; la justicia, un desastre; la Administración padece una macrocefalia enojosa por exceso de duplicidad, y falta lo más importante en una sociedad desarrollada, el consenso de las grandes ‘fuerzas’ en las grandes ‘cuestiones-fuerza’ que definen el futuro (educación, ciencia y energía). El consenso se da por impracticable hasta ahora entre nosotros, toda una prueba de primitivismo político que condena al fracaso de la sociedad.

La España posZapatero

La situación de la España que deja Zapatero, tras anunciar en las últimas horas que no se presentará a la reelección, es, a juicio del informe de Everis, “peligrosa y preocupante”. Este informe responde al nuevo escenario del mundo, de Europa y de España tras la crisis de 2007 y, específicamente, aborda un panorama que comenzó a ser desalentador para el país con los rescates de Grecia e Irlanda, antes de que se consumara la reciente caída del gobierno portugués y su inminente intervención por parte del fondo de auxilio de la UE-FMI.

El acto de CajaSiete contará con la participación, junto a Serra, de Ángel Ferrera (presidente de la Fundación Bravo Murillo), Dulce Xerach (diputada del Parlamento autonómico y miembro activo de la sociedad civil de las islas, tras haber dirigido la política cultural del Cabildo de Tenerife y del Gobierno de Canarias) y Marc Alba (patrono de la fundación y coordinador de la iniciativa). Esta no es una mera puesta en escena del polémico informe; a poco que se perciben las ramificaciones de un acto como éste, en vísperas de las elecciones del 22 de mayo, todo apunta a un eventual informe ‘TransformaCanarias’, con la presencia de líderes, analistas y empresarios locales y nacionales (el informe nacional contó con una nutrida contribución de estos últimos equivalente al 90% del Ibex). El momento político e histórico que vive Canarias, respecto a su economía, sus desafíos en África, su vulnerabilidad energética y su horizonte educativo y científico, anima a este tipo de evaluaciones con la mirada puesta en 2020. Dentro de un estado que se replantea, no sin ligereza, algunas conjeturas del modelo autonómico, así como en el seno de una Europa expuesta a nuevos interrogantes, Canarias, como una Región Ultraperiférica llena de incertidumbre a partir de 2013, está obligada a replantearse con anticipación los aspectos esenciales de su modelo que han podido caducar en los últimos treinta años, con la perspectiva del día después de la crisis económica. Mirar a otra parte y esconder la cabeza bajo el ala, dejando que transcurra el tiempo, mientras se degradan unos partidos políticos convertidos en maquinarias electorales sin más, sería, es, una irresponsabilidad que no se merecen las generaciones futuras.

‘Valor-país’

El informe ‘TransformaEspaña’ es demoledor sobre la evolución del indicador ‘valor-país’ del Estado (competitividad, sostenibilidad, influencia, bienestar, calidad del Gobierno y la economía): llega a la conclusión de que, tras diez años de logros y prestigio, España ha entrado, a partir de 2007 (origen de la crisis), en un descalabro progresivo como marca y potencia, que tira por tierra toda una década de desarrollo. Traído a Canarias este periscopio, tendremos que darnos respuestas a muchas preguntas sobre nuestro marco conceptual como autonomía superadora de una fragmentación geográfica irreversible, y sobre los grandes soportales de nuestro modelo: el turismo y el REF, básicamente.

El informe revela que, pese a unos líderes limitados, la sociedad española se comporta de manera “sumisa” ante la demagogia indocumentada de algunos de sus peores políticos. Esta es la razón de la llamada a la participación ciudadana de los agentes más comprometidos, desde la sociedad civil, para dar un giro copernicano a una ‘crisis’ de sociedad y no sólo de sistema económico. Acaso, dos de las observaciones del informe pequen de centralizadoras y requieran de otras ópticas periféricas y, particularmente, insulares: la que invoca una ley electoral que reduzca la voz de las minorías nacionalistas y la que califica de “inmanejable” un Estado con 17 autonomías.

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PATARROYO LLENARÁ EL MUNDO DE VACUNAS BARATAS

 

 

Acabo de hablar con un hombre feliz. Manuel Elkin Patarroyo. Venía de sufrir uno de los frecuentes atascos de tráfico de Bogotá estos meses y me atendió amablemente por teléfono, no sin antes querer explicarme tales motivos del retraso. “Es que tenemos un alcalde”, dijo sin perder el humor que le caracteriza, “que se ha empeñado en levantar todas las calles a las vez y no ha terminado aún ninguna de las obras. Perdón por la demora”.

Tuve el atrevimiento de pretender que el científico más solicitado del mundo desde el lunes me concediera sobre la marcha una entrevista en Radio Club y, como siempre, hizo un hueco en el fenomenal ‘colapso’ de su agenda. “¡Marta!”, llamó a su secretaria sin tapar el auricular del teléfono en la Fundación del Instituto de Inmunología que dirige en la capital de Colombia, “¡qué tal tengo el día!” Puso la hora, y cuando el embotellamiento se lo permitió, empezamos a hablar. Le puse, en dúplex, a su buen amigo Basilio Valladares, de visita en Madrid, y a Enrique Martínez, en los estudios de la emisora en la Avenida de Anaga. A los tres los conocí juntos hace unos doce años, cuando hice la primera de una decena de entrevistas a lo largo de estos años al padre de la vacuna contra la malaria.

Este ha sido un lapso de tiempo tumultuoso en la vida de Patarroyo. Le han pasado muchas cosas, suficientes para acabar con la capacidad de aguante de un común mortal y hacerle desistir. Hoy estaba feliz, como digo, porque treintaitantos años después de sus primeros escarceos en la ciencia de las enfermedades infecciosas, había revelado, por fin, en la revista norteamericana de química más importante del mundo, ‘Chemical Reviews’, el resultado de sus deslumbrantes descubrimientos: nada menos que el método para obtener vacunas sintéticas contra más de medio millar de enfermedades infecciosas (malaria, desde luego, y un listado interminable: tuberculosis, papiloma humano, hepatitis C, neumonías, meningitis producidas por bacterias, sífilis, dengue, cólera, herpes…., hasta llegar al terrible Sida), que afectan a dos terceras partes de la humanidad y ocasionan 17 millones de muertes al año. Un trabajo “fuera de serie”, según la prestigiosa publicación que sale a la luz esta misma semana.

Patarroyo –lo saben muy bien sus amigos y colaboradores más cercanos, lo sabía su sabio padre cuando le decía, “no temas, hijo, se dispara al que está arriba”- viene de sufrir un infierno que ha durado un cuarto de siglo, desde el momento en que alumbró su primera vacuna sintética contra la malaria y la donó a la humanidad entregándola ingenuamente a la OMS (la todopoderosa Organización Mundial de la Salud), que la metió en una gaveta, la comprobó de mala gana en África para desecharla de antemano y dar tiempo a los laboratorios farmacéuticos a conseguir otra vacuna alternativa, que fuera puesta a la venta y opacara a la gratuita del ‘samaritano’ investigador colombiano. Desconocían sus enemigos los pilares humanísticos de este hombre de sonrisa fácil, las promesas teologales al padre desde el primer brindis a la salud de los pobres, y la indomable voluntad de hierro con que le dotó la naturaleza desde que de niño se sentía un pequeño Sansón. Esta es la culminación de sus indagaciones sobre los múltiples paraderos de los parásitos, de las que hizo, años atrás, un avance en el Salón de Actos de Caja 7 en Santa Cruz de Tenerife. Aquella tarde no la puedo olvidar, porque el científico se excedió en consideraciones hacia mi persona. Me dijo, al término de una entrevista previa: “Te espero para que oigas la conferencia. No te la puedes perder”.  Cuando llegué con cierto retraso, no podía imaginarme que el propio Patarroyo me esperaba –literalmente, como dijo- en la puerta para dar comienzo, con la sala llena de público, que no entendía el porqué de la demora estando el conferenciante presente.

No quiero extenderme en este artículo sobre Patarroyo, que acaba de ser algo así como rehabilitado dentro de la comunidad científica internacional con esta sorprendente difusión de un número casi monográfico dedicado a él y su equipo (lo acompañan en la coautoría Adriana Bermúdez y su hijo, Manuel Alfonso Patarroyo), porque del hombre que nos ocupa estaría hablando por escrito todo el día sin agotar las peripecias de su vida y obra. Cuando casi se ahoga en el Amazonas ebrio de felicidad tras descubrir su vacuna primigenia. Cuando estuvo a punto de perecer en las arenas movedizas de la selva. Cuando un banco español le embargó el laboratorio por las deudas ajenas de la institución que lo había acogido, y cómo consiguió salvar sus moléculas sagradas y guardarlas a buen recaudo hasta recuperar el aliento y la financiación. Años de parálisis e indigencia científica, mientras los grandes lobbies farmacéuticos (y algún que otro ‘magnate’ como Bill Gates) tiraban el dinero patrocinando experimentos abocados al fracaso. El apoyo de la Reina Sofía en España en medio de aquella travesía del desierto. Las noches en vela y las pesadillas en que soñaba con la muerte, que combatió con el ‘vodka a vodka’  como Poe con absenta, o su admirado Hölderlin con cerveza para escribir poemas de la locura. Patarroyo ha sobrevivido, por ùltimo, nuevamente a la muerte, víctima de una enfermedad real que parecería una paradoja: el detective que persigue los virus para exterminarlos casi la palma a causa de una feroz infección hospitalaria.

Esta vez se va a salir con la suya, va a llenar el mundo de vacunas baratas; aprendió la lección de las burlas de la OMS, y mediante consorcios estatales pondrá su hallazgo a salvo de la codicia de la industria farmacéutica de un modo inteligente y tajante. Cuando parió en el 86 la vacuna sintética contra la malaria, le ofrecieron más de 70 millones de dólares por la patente y los rechazó en un acto irrepetible de generosidad desmedida que Cervantes habría atribuido al personaje de su famosa novela: donó la vacuna a la humanidad, como queda dicho. Ganó el Premio Príncipe de Asturias y ahora va camino del Nobel, su destino irrevocable.

El catedrático de Parasitología de la Universidad de La Laguna, Basilio Valladares –cuyo corazón parece gemelo del de su amigo Patarroyo- anunció en este diálogo entre los tres que el científico colombiano dará una conferencia el 6 de junio en Tenerife, en la universidad de la que es doctor honoris-causa, dentro de un homenaje por el décimo aniversario del Instituto de Enfermedades Tropicales, que él inspiró en los días que los conocí tramando algo grande (en Navarra, paralelamente, le concederán el Premio Príncipe de Viana de la Solidaridad 2011). Ambos, en esta ocasión, pusieron por las nubes a Ana Oramas. Cuando era alcaldesa de la ciudad Patrimonio de la Humanidad, lo invitó a dar una conferencia dialogada, y me cupo el honor de ser el periodista encargado de encauzar aquella disertación. Ahora, Patarroyo le agradece cierta intermediación ante las autoridades españolas en defensa de su labor. Enrique Martínez, el decano de Farmacia de La Laguna, añadió que en este reencuentro con la isla podrá sentirse orgulloso de sus fans canarios, porque han levantado, en efecto, el centro que apadrinó hace diez años y porque acaban de fundar una plataforma de investigación  de enfermedades tropicales, el Campus Atlántico Tricontinental, que es ‘patarroyo cien por cien”.

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LA FARÁNDULA

 

Venimos del conjuro de la farándula y la etnia de los poetas. El pasado 21, Día Mundial de estos últimos, recordé al poeta secreto Luis Feria, cliente habitual del ‘Montecarlo’, en la Avenida de Anaga (mi Macondo). El camarero nos preguntó quién era y un día lo saludó: “Muy buenas, don Luis Feria”. Él lo miró secamente y negó ser ese poeta. El camarero le siguió la corriente y no lo volvió a llamar por su nombre. En la próxima edición de la efeméride, sugiero divulgar el poemilla de Whitman, que descubrí entre sus ‘arenas en setentena’, titulado ‘Mi canario’. El poeta norteamericano compara el gorjeo del pájaro ‘paisano’ (en “vacía estancia, larga mañana”) con toda la sabiduría que le habían reportado los libros. Ayer, en el Día Mundial del Teatro, retomé los apellidos familiares de Viera y Clavijo, al margen del padre de la Historia de Canarias: Francisco Martínez Viera (alcalde masón de la capital tinerfeña y autor de ‘Anales del Teatro en Tenerife’) y José Clavijo y Fajardo, el ‘pensador’ rompecorazones ilustrado de Lanzarote, que conoció en París a Voltaire y Montesquieu, y en el Madrid de la segunda mitad del siglo XVIII alcanzó notoriedad al no casarse con la hermana menor del autor francés Beaumarchais, que lo desafió a duelo por el honor de la dama despechada. El episodio saltó a la ficción, de obra en obra, hasta que lo cogió en sus manos el mismísimo Goethe (el hombre más culto de su tiempo, que supo de Canarias antes que el propio Humboldt) y convirtió al ‘ilustre’ galán isleño en protagonista del drama prerromántico ‘Clavijo’. Lope de Vega (otro mujeriego llevado al cine) escribió una obra sobre los guanches de Tenerife y una segunda (que rescató María Rosa Alonso) sobre Nuestra Señora de Candelaria, inspiradas en Viana. Conmemorar el día del teatro, aquí, es saldar deudas con la adolescencia: el actor Pascual Arroyo, que se abrazó a la pintura a tiempo completo; Chela, que cayó como fulminado por un rayo en la calle del Pilar, a las 12:55 (este jueves hará tres años); Pilar y Antonio Abdo, que conocen el oficio como ‘La Palma’ de la mano; Gilberto Alemán, nuevamente hospitalizado; Luis Alemany, que está de buen leer; Pérez Minik, que Miguel G. Morales exporta a Madrid en su documental; Francis del Rosario, el último ausente;  los hermanos Camacho, Cervino, Paco A.Galván, De la Barreda, G. Talavera, Elfidio Alonso, Marisol Marín, Maite Acarreta, Teresa Alfonso, H. Guzmán, los Omar, Tito Galván… y Cipriano Lorenzo, que ahora espera le respondan los amigos aunque los relojes hayan cambiado de hora.

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“THE END”

                              

Sócrates escribió su fin, dimitió en Portugal tras el voto ‘veto’ de la oposición a su plan de ajuste (como habría hecho Zapatero en octubre, de no haber sido por CC y PNV). Los países aliados contra Libia, en lo que parecía el fin de Gadafi, hacen el ridículo divididos sobre si dar el mando de la operación a la OTAN tras la fuga de Estados Unidos. Japón, huyendo a un trágico final, afronta un desafío radiactivo que afecta a la cadena alimenticia. Y el cine escribe con diamantes ‘the end’: muere Liz Taylor, que fue en tiempos, si no me equivoco, huésped de Tenerife junto a Richard Burton. Todo un cúmulo de noticias ‘bombardean’ (ahora que el término se pone de moda) a un ciudadano abocado a la incontinencia política de la campaña electoral y, últimamente, a los terremotos: de Haití a Chile y ahora a Japón. España es un país de vodevil, con personajes públicos actuando en escena: Zapatero, Rubalcaba, Rajoy, cada cual en su papel, sembrando la duda de que fingen sus roles públicos en el corral de comedias y por detrás se desternillan de las boutades que sueltan por la boca. Ahora mismo no hay que leer novelas negras. El país es un patio de vecinas donde todos sacan el cuero a todos (así en gran medida también sucedió en nuestro Parlamento autonómico, como ayer reconocían sus señorías en la última sesión de la legislatura), y todos miran a todos detrás de la ventana como aquel personaje de ‘El grito de la lechuza’, de Patricia Highsmith. Un país de mirones, de cotillas, de chismosos más o menos impúdicos y sanguinarios. El Supremo no legaliza a Sortu y ese es un temazo nacional, páginas y páginas, ríos de tinta, horas de radio tediosa; es uno de esos monotemas maníaco obsesivos del periodismo español, clavado delante de la ventana de ETA, viendo cruzar sombras tras los visillos. La política se come la escena a base de actores malos, que devoran el libreto bajo el foco, y en la representación teatral no hay sitio para otra cosa. Cuando lo más desinflante del día ha sido la muerte de Liz Taylor, la mujer de los ojos violetas, la coleccionista de joyas y maridos, la amiga de Michael Jackson que va a su encuentro en el viaje final. Ambos tienen en común para un isleño fisgón que estuvieron, creo, en Tenerife por separado: ella en los años de idilio con Richard Burton; él en los días más duros de su vida, cuando saltó el escándalo de su presunta pedofilia y tenía contrato para cantar en el muelle de Santa Cruz. Pero estas historias carecen ya de interés para el ‘señor’ lector, que diría Superlópez Arriortúa. Manda la esterilizante información de la crisis (económica y de partidos). Un desenlace que se hace esperar.

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CHAPUZA EN LIBIA

Siento verdadera vergüenza por la falacia de los ataques ‘humanitarios’ a Libia. Estoy convencido de que causarán bajas civiles y se encogerán de hombros los señores Obama, Cameron y Sarkozy. Me apena el papel segundón y servil de España, obligada, quién lo niega, a poner los aviones y naves y militares al servicio de una causa de dudosa legitimidad moral, llevada de la inercia de títere occidental. Es una pura coartada formalista marcar distancias con la invasión de Iraq en 2003 en base al permiso que la ONU ha dado esta vez y entonces negó a priori y otorgó cobardicamente a toro pasado.

La ONU es una institución perfectamente prescindible y desprestiada, una entelequia cuyas resoluciones se cumplen a capricho. Ahí permanecen muriéndose de asco las relativas al Sáhara Occidental sin ir más lejos. La ONU de Kofi Annan guardaba la formas, le quedaban residuos de moralidad e independencia, que en su actual versión a las órdenes del anodino Ban Ki-moon ha tocado fondo: no pinta un carajo en el concierto internacional.

La resolución 1973 de Naciones Unidas autoriza a establecer una zona de exclusión aérea, da luz verde a bombardeos contra las defensas aéreas libias, pero no transige con una posible ocupación terrestre, de la que se habían dado garantías al principio. Es una misión fallida de antemano. Da la impresión de que, una vez lanzada con la iniciativa furibunda de Francia, han empezado a pelearse unos y otros sobre la cadena de mando y la coordinación, como si les hubieran entrado dudas respecto a la verdadera idiosincrasia de los rebeldes y estos hubieran dejado de ser de fiar. Si es cierto, como he oído decir, que España (obsecuente y previsible) se ha metido de narices en la boca del lobo sin medir las consecuencias (ningún otro país aliado parece haberlas medido tampoco, quizá temerosos todos por último de estar allanando el camino a un futuro gobierno islamista hoy agazapado entre la amalgama de rebeldes).

Estados Unidos se raja de esta ofensiva ‘Amanecer de la Odisea’ (esa es otra, tampoco han sido capaces de consensuar un único nombre para este despliegue), que timoneó desde el primer día su mando Africom con sede en Sttutgart, y que ahora prefiere que dirija en exclusiva la OTAN. Se quita el muerto. No se ponen de acuerdo sobre la jerarquía de los ataques y el embargo de armas. Es un triste espectáculo de desavenencias entre estados sobre la intervención de la Alianza Atlántica. Francia tiene su criterio y Alemania el suyo; los primeros le tienen ganas a Gadafi (a saber…) y los segundos se inhiben en esta ofensiva (sus razones tendrán).

Gadafi se frota las manos. Ni siquiera, la licencia de la ONU (para matar) incluye acabar con el coronel. Esto puede acabar en empate, sugiere un militar norteamericano. Para que Obama de un paso atrás y anuncie que entrega el testigo a los aliados europeos, algo huele a podrido en este conflicto, cuya única baza es el petróleo. Que no me vengan con pamplinas sobre el éxito de haber evitado a tiempo una masacre en Bengasi. ¿Y en Bahréin, donde el gobierno está aniquilando físicamente a la oposición en la calle? ¿Y en Yemen, al borde de una guerra civil? Obama acaba de visitar Chile y no ha pedido perdón por haber patrocinado su país el golpe de Estado de Pinochet. ¿O estamos ante el mismo perro con distinto collar?

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MAÑANA EN LA PRIMAVERA

 

Mañana. El último pleno del Parlamento de esta legislatura (mañana y pasado) será el último de diputados y diputadas (los que no lo saben aún, pendientes de los descartes de las listas de sus partidos, lo sospechan), que no concurrirán a las elecciones del 22 de mayo, y de quien voluntariamente se retira de la política, como anuncia Dulce Xerach Pérez en su blog. La democracia, esa bandera generacional agitada en los 70, como ahora en los jóvenes rebeldes de la ribera meridional del Mediterráneo, se ha ido decolorando en una España de entresiglos desencantada que tilda a los políticos de tercer problema del país y se cruza de brazos entre bostezos. El reciente aniversario del 23-F, que fue un palo en la rueda de la democracia, apenas suscitó guiños de estupenda efeméride anecdótica, cuando fue el intento de tirar por la borda toda una obra de ingeniería concebida para que la libertad levantara vuelo; el tiempo borra las sombras a toda prisa. Cien años de Celaya refrescan la memoria de dónde veníamos antes de llegar aquí. Pero se olvida. Ha ido conformándose (o confirmándose) la figura del demócrata taciturno. Hay síntomas de un agotamiento democrático prematuro, como demuestra la abstención, que es como una triste apostasía a ojos de un joven del continente vecino que ahora mismo se juega la vida por el derecho a votar algún día por fin. Esta querida democracia nuestra defectuosa bajo capas cebolleras de corrupción, partitocracia y gresca, está de quirófano, desde luego, pero ¿quién llama al cirujano? En su lugar, campa la decepción más distraída. Ha acabado instalándose en una opinión pública pasiva y ‘desdemocratizada’ un concepto pésimo de la clase política, a la que desacreditar como deporte, sin más catarsis. Hemos descendido al desprecio de los parlamentos. Con quienes esta semana abandonan el escaño y vuelven a la condición de ciudadanos de a pie tras años de ‘politikos’, una sociedad democráticamente adulta daría valor en correspondencia al servicio público prestado, pero la imagen actual de sus señorías, merecida o no, arruina ese consenso del adiós para una digna despedida. En esta caída por el tobogán de la generalización, pagan justos por pecadores. El pim pam pum sistemático al político contemporáneo hace del elogio del parlamentario-a algo grotesco y políticamente incorrecto. Mientras, la juventud norafricana (ahora en especial digamos la libia), se abre las carnes por amor a la democracia en flor mañana en la primavera.

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LAS IDEAS DEL PROFESOR DORESTE

 

Japón vive su destino bajo un síndrome nuclear que se remonta a los días apocalípticos de agosto del 45 en que cayeron sobre su cabeza las bombas de Truman en Hiroshima y Nagasaki. Y ahora, en esta crisis de la central de Fukushima que resucita el fantasma de Chernobil (1986), los japoneses reeditan el miedo histórico de sus abuelos y reaccionan con el estoicismo y disciplina de un habitante sísmico responsable, pero también con el fatalismo de un pueblo marcado por la amenaza atómica.

Japón era estos días el tubo de ensayo de un experimento, si evitaba la nube radiactiva, habrían salido reforzados los defensores de la energía nuclear, pero si, como parece, las vasijas de los reactores quedaban como un colador y dejaban escapar las partículas camino de Tokio, el debate lo ganaban los ecologistas. La autoenmienda de Merkel imponiendo una moratoria de tres meses en Alemania, la doctrina de la UE de revisar todas las centrales, la declaración de Zapatero a favor de cerrar las más antiguas, todo apunta a que los detractores han encontrado el argumento para recuperar terreno, si bien ha de darse por descontado que la energía nuclear seguirá conviviendo con las demás (petróleo, carbón, gas y renovables).

El temor a una crisis energética al que ya se enfrentaba el mundo con el conflicto libio (el petróleo se encareció), ahora se ve agravado por las consecuencias de la debacle económica de la tercera potencia a causa, no ya sólo de los daños del terremoto y el tsunami, sino de esta catástrofe nuclear, como refleja el hundimiento del índice Nikkei. Llueven los interrogantes sobre lo que nos espera.

A estas horas es una evidente incógnita hasta dónde llegará el impacto del caos japonés en la economía occidental que va camino de un lustro de crisis profunda. Ya se sabe, en lo que respecta a la energía nuclear, que algunos países –Japón entre ellos- habían descuidado las condiciones de seguridad de sus plantas, diseñadas, en efecto, para resistir eventos telúricos, pero ya en un terremoto anterior (2007), de menor intensidad, salieron a relucir las precariedades de los reactores. Y esta vez ha fallado el sistema de refrigeración, como consecuencia de los embates del maremato más que del fortísimo movimiento sísmico de 9 grados en la escala de Richter. Metafóricamente, las nevadas y bajas temperaturas de que hemos disfrutado estos días en esta parte del globo, contrastan con el recalentamiento de los reactores japoneses, que han tenido que ser bañados con ráfagas de agua por aire a la desesperada al fallar todos los sistemas de refrigeración.

En las islas, donde según el catedrático de ingeniería nuclear de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Lorenzo Doreste, no cabe pensar ni remotamente en la construcción de pequeñas centrales nucleares (como sí propone otro experto, Benicio Alonso), no debemos responder con indiferencia ante esta polémica internacional sobre el futuro de dicha energía. La posible creación de una planta nuclear en Marruecos, que ya originó hace unos años cierta controversia entre nosotros, plantea las mismas reservas que ahora en Japón: ¿con qué crédito, con qué garantías de seguridad?

Las ideas del profesor Doreste invitan a hacer las cosas bajo cierta racionalidad. En lugar de abrir centrales nucleares en el archipiélago, abrir laboratorios de control del índice de radiactividad de los alimentos, empezando por la leche que consumen los niños. Y en los relojes de la vía pública, además de marcar la hora y la temperatura, informar del estado de la radiactividad ambiental, que se mide en milieseverts. Y si en verdad nos preocupa el tema, añade otras sugerencias: prevenir la nocividad a su juicio irrefutable de las ondas electromagnéticas generadas por la telefonía móvil, evitando un uso abusivo de ésta y la exposición a las mismas de la población infantil. El profesor Doreste pone el dedo en la llaga, al espetarnos a la cara que solemos eludir la responsabilidad colectiva. Y nos señala con el dedo: “Si usted no hace algo por evitarlo, es culpable también,” en referencia a los campos electromagnéticos y sus letales consecuencias en la salud de los seres humanos y los animales.

Doreste, nieto del legendario periodista ‘Fray Lesco’, sabe bien hacia dónde dirigir las palabras para que duelan y surtan efecto. Insiste. Insta a cada ciudadano a luchar contra la contaminación electromagnética, so pena de incurrir en una “responsabilidad criminal”. Éste es su último dardo: “Si usted tiene niños y bebés, su responsabilidad es infinitamente mayor”. Japón no es todo el problema; parte del problema estaba, por tanto, más cerca. Está aquí mismo. Las recetas del profesor Doreste me parecen de un aplastante sentido común y, como no podía ser de otro modo, estoy convencido de que, como todas las opiniones cargadas de razón, serán tiradas a la papelera por quien corresponda.

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EL ‘PACÍFICO’

 

A la mañana siguiente de un terremoto devastador, hay gente confusa deambulando por las calles en busca de parientes vivos o muertos, hay una impronta solidaria y personas velando las ruinas, que legitiman su propiedad frente a los intrusos. Después, con la ayuda internacional, llega la picaresca, entre réplicas. Haití, Chile, Japón…, Perú. Este dantesco seísmo japonés de repercusión nuclear (8,9º en la escala de Richter) me retrotrae al de Perú (7,9º, el 15-08-07), que mi suegra, Emilia Cárdenas Verde, lectora de García Márquez, describió, con un pie en el realismo mágico, como “un caballo loco que no paraba de saltar”. No se sabe lo que es un terremoto hasta que se vive. A pocos metros de nosotros, en la carretera del balneario de Huacachina al centro de Ica, unos jóvenes apocalípticos gritaban al cielo, mientras la tierra se movía como una cama de agua: “¡Es el fin del mundo!”.

Las imágenes del tsunami nipón son escalofriantes: la crecida arrastra los barcos tierra adentro y acarrea coches y casas que flotan como juguetes; de algunas ventanas asoman manos que enarbolan sábanas pidiendo socorro quizá inútilmente. En el terremoto de Ica (Perú), en el mismo océano que el tsunami japonés al que Magallanes paradójicamente halló en calma en el siglo XVI y lo denominó Pacífico, las víctimas, que se contaron por centenares, vivían, al contrario que las de Tokio, en casas de adobe (una mezcla funcional de barro y quincha, paja seca), desmenuzadas por el temblor. En el Hotel Paracas, una turista sevillana vio venir hacia ella el mar mientras se columpiaba, y todos corrieron por la arena huyendo del maretazo que les pisaba los talones. El periodista Javier Cabrera vio en la Plaza de Armas de Pisco los cadáveres alineados envueltos en un olor dulzón. Durante días soportamos las taquicardias de la tierra. Se viven escenas dramáticas que traumatizan. A mis sobrinos peruanos les entra pánico cada vez que sienten algún remezón en un país sísmico por naturaleza. El viernes, el susto se extendió de Canadá a Chile, esperando el tren de olas del noreste de Japón. Asia está próxima a Perú y se imitan los eventos telúricos. Aquella tarde, el taxi en que íbamos Lucía, Javier, Joaquín y yo hacía zigzag, el cielo se iluminó de color violeta y se fue la luz. En medio del apagón mucha gente quedó atrapada entre escombros: en la Iglesia de San Clemente, durante la misa, doscientos feligreses perecieron sepultados y sólo se salvaron el cura y un bebé. El pueblo dijo “¡milagro!” Cuando volví al año siguiente, el cura se había ido.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión 2 comentarios