LA VENDA EN LOS OJOS ANTES QUE EN LA HERIDA

 

La fiebre de ocurrencias del monopol de moda para ahorrar energía revela, una vez más, la capacidad de fabulación del Gobierno de Zapatero. Algunas de las recetas que más da que hablar en los mentideros, como la ‘adormecedora’ reducción de velocidad a 110, contrasta con la decisión de otros gobiernos europeos de hacer todo lo contrario, con tal de aumentar la productividad. Esta es la clásica bola de nieve, que empieza sustituyendo bombillas convencionales y ópticas de semáforos por diodos emisores de luz de bajo consumo (LED) y acaba cambiando neumáticos, cerrando la oficina a la luz del día, restringiendo circular en días pares o impares y llevándose el Ministerio al extrarradio para oxigenar el tráfico en la ciudad.

El carnaval de disposiciones, en manos del Consejo de Ministros, se asemeja al repertorio más jocoso de una murga cualquiera, cuando más chocante sea la cancaburrada más impacta en la opinión pública, y el vulgo se entretiene con la serpiente de turno y no piensa en la verdadera acritud del asunto. Que no es otra que lo grave, alarmante y chiripitifláutico (en blanco y negro y ‘mala sombra’) de una posible crisis energética en puertas.

De estallar ésta, las islas Canarias se enfrentarían a una alerta roja económica, como pocas veces, con escasas reservas petrolíferas, si acaso, para un par de meses, dada nuestra extravagante importación de crudo procedente del exterior, y sin gas por la tozudez de unos pocos opositores sin alternativa y por la dejadez de unas corporaciones serviles. La dependencia energética es, siempre se nos advirtió (desde los famosos seminarios cívico-militares de Capitanía), nuestro talón de Aquiles. Somos, sin duda, el territorio de todo el Estado más vulnerable ante una eventualidad de esa naturaleza.

Y a juzgar por los movimientos de piezas en toda Europa, con el incremento del precio del barril de brent (que anuncia una inminente subida de los tipos de interés por parte del Banco central Europeo) y el descontrol de los pozos en Libia bajo un clima bélico de duración indefinida, no esta el horno para bollos, para bombillas y recauchutados. Sino para hacer cuanto antes la tarea: dotar al archipiélago de la capacidad energética que requiere (ante una crisis incierta), con el fin de desterrar el fantasma de un desabastecimiento de consecuencias desastrosas. Confió en que, al margen de la simpática chismografía sobre la variedad de tiritas disponibles para en caso de rasguños eléctricos, alguien esté comprando vendas de verdad por si se produce la herida que nadie desea. Prevenir antes que curar.

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EZEQUIEL

 

                          

Uno puede hacer como que no le afecta que se vayan antes de tiempo personas que precisa. Y es mentira. Ezequiel Pérez Plasencia era un escritor sin fama, pero se trataba ya de un autor preceptivo que tenía un lugar asegurado en la historia desde hacía tiempo, con lo justo, una obra lacónica y conmovedora.

Nos deja el inventario de esos pocos libros vitales que hablan por él como en Pavese, de los solitarios célebres, escritos con desolación, en el epicentro de su ‘tartamundo’. Era un lector fluido que, en efecto, se atrabancaba al hablar, alguien sensible, futbolero y enamoradizo. Conocía la química de las palabras. Sus narraciones, un receso en La Habana, las columnas periodísticas, los microrrelatos como Monterroso, la novela ‘El orden del día’…, ese reguero de pólvora que conduce a la hoguera de un hombre que se dejó la piel en la literatura nos explica quién fue. Un hijo de Camus y Cortázar en el raro paritorio de las letras de la isla. Vivió enrabietado con la soledad como Poe, al filo del infierno, y fue valiente consigo mismo, digno perdedor (‘la ilusión de los vencidos’), puso mar de por medio para replantearse en Cartagena (Murcia), donde el destino le tenía reservada una cita con amigos en la que iba a atragantarse mortalmente mientras comía.

Nadie elige el lugar donde morir, mucho menos donde la vida le ha sido devuelta. En su último artículo como bloguero, ‘Palabras’, del día dieciséis de este mes, dice que “el silencio es una cobardía; la palabra, una queja o defensa”. El suyo, un “silencio observador” (y coraza), seguía siendo el dos de mayo, en otra entrega, su “mejor arma”, hasta esa declaración final contra el aliado de la timidez. El mismo día deslizó un guiño a los “adioses definitivos” y sugirió la tesis de los placeres cotidianos (donde no faltara el aroma del café) antes de “unirte para siempre con el universo”. Su muerte resucita el compromiso político de nuestra generación, me acordé estos días de su hermano Nicolás, el concejal comunista. La tarde en que me invitó con Juan Cruz a presentarle en el Foro Literario (otra librería dimisionaria) ‘El regreso de Calvert Casey’, el autor de ‘Egos revueltos’ lo emparentó con Borges, y Ezequiel me tocó nervioso con el pie bajo la mesa, feliz. Me sopló que soñaba con el Alfaguara, pero el éxito de su vida fue ganar el Juan Rulfo de cuentos, en 1999, con ‘Decena de un cronopio’, entre más de 5.000 autores de todo el mundo. Benchomo y La Isla lo publicaron. Sus textos inéditos son ahora su ‘textamento’.

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EN LA RADIO, COMO DE COSTUMBRE

       

Estaba en la radio, en Radio Club, me disponía a ‘enlatar’ una entrevista. Entonces vivía prácticamente en la radio, con lo cual no es de extrañar que me cogiera con los bártulos del oficio, delante de un micrófono, con un invitado, en el estudio de grabación. De pronto, se oyó un bullicio en el pasillo y salí disparado al control central. En esa época, con Paco Padrón de director, dábamos ‘flashes informativos’ cada vez que había una noticia de impacto. Aquella era una bomba en Madrid y nos quedamos enganchados a la ‘cadena’ (la Cadena SER) durante la transmisión estremecedora en directo de la votación de investidura de Calvo Sotelo, y, tras la intromisión de Tejero, la narración que siguió en voz baja y entrecortada. En cuanto pudimos, empezamos a informar desde aquí, recuerdo bien, con el valiente testimonio antigolpista que nos hizo aquella noche Vicente Álvarez Pedreira, un presidente de la Junta Preautonómica que tenía aspecto tímido y precavido y, sin embargo, dio muestras de arrojo y convicción constitucional. Paco llamó a Capitanía, que, al menos, formalmente, se puso al lado del Rey, y todos continuamos en la radio, expectantes, hasta la intervención televisada de Don Juan Carlos, confirmando que ordenaba la retirada de los tanques de Miláns del Bosch. Años después, Iñaki Gabilondo me contó cómo se fraguó clandestinamente, siendo él jefe de Informativos de la televisión pública, la grabación providencial del Rey bajo el secuestro de TVE por parte de los golpistas. (El Rey se olía lo que se estaba cociendo, de ahí la demisión previa de Suárez, y una de las tesis más extendidas es que tanto él como algunas fuerzas democráticas estaban en la onda de aceptar una ‘solución De Gaulle’, si la situación se seguía deteriorando en el seno del Ejército, consistente en dar paso a un gobierno de concentración de todo el arco político con un militar de prestigio al frente. Pero Alfonso Armada, autonominado para ese papel, defraudó al Rey, del que había sido preceptor.) Aquella noche en vela fue, nunca lo olvidaré, la ‘noche de los transistores’, con ‘el Butanito’ (José María García) describiendo en directo los pormenores del ‘tejerazo’ desde el exterior del Congreso. Claro que pensé que todos iríamos al trullo, todos los que teníamos un rejo izquierdista, o que nos meterían en ‘cintura’ como habíamos visto en el Chile de Pinochet. Como quiera que mi hermano y yo promovíamos entonces el Movimiento de la Nueva Canción Popular Canaria, estábamos muy familiarizados con los sucesos del Estadio Nacional chileno y el aniquilamiento visceral de Víctor Jara. Curiosamente, junto a las de Taburiente, Caco Senante o Los Sabandeños, cantábamos de memoria la canción de Raimon ‘Al vent’. Había mucho compromiso y renuencia a todo golpe, habríamos salido a la calle como en los 70: ya en las manifestaciones por la muerte de Javier Fernández Quesada o Bartolomé García Lorenzo se vio que, a las primeras de cambio, la gente montaba en cólera.

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LETRAS Y MOSCAS

                    

Ustedes se preguntarán dónde está la Librería La Prensa en Santa Cruz. No está, pero existió. Entre sus paredes hacinadas de libros, yo me sentía de niño como Daniel Sempere en ‘La sombra del viento’: vocacionalmente escritor. Mi tío, el librero, vendía bajo cuerda ejemplares de ‘La prisión de Fyffes’, de J.A.Rial, y títulos de Ruedo Ibérico escondidos bajo el mostrador. Los libros prohibidos. A las horas vacías, entraban clientes fugaces que pagaban y desaparecían. Había una venta subrepticia de obras malditas cuando las letras no eran libres.

Te enterabas de historias orales y escritas, oyendo y leyendo en la esquina ilustrada de Castillo con Suárez Guerra (hoy, la tienda ‘Stradivarius’ pone música a la letra del local). A viva voz, el abogado José Arozena celebraba el hallazgo de ‘Cien años de soledad’, cuando el debut de García Márquez era noticia. Luis Alemany entraba sin pelos en la lengua. Había a menudo periodistas de paso hacia ‘La Tarde’, que estaba cerca. De ahí que en este Día de las Letras Canarias, dedicado al poeta Tomás Morales (90 años de su muerte), deba decir que están cayendo compañeros en paro como moscas. 2011, o el año de la riada de periodistas despedidos. El periodismo en la ‘calle’, cruel ironía del oficio.

Cuando estalló la polémica con los parlamentarios sobre Blas Cabrera para la próxima edición, salió a relucir el nombre opcional del periodista Pancho Guerra, autor ‘material’ de Pepe Monagas. Y me acordé de los escritores clandestinos, de Otaduy, los presos de ‘las musas cautivas’, o mi amigo Julio Hernández, que redactó miles de folios inéditos poseído del síndrome Monagas. Y de los escritores muertos. En la librería leí la edición príncipe de ‘Mararía’, de R.Arozarena, un libro misterioso, a la medida de la fábula de Zafón. Un día vi pasar de largo a F. F. Casanova (el Rimbaud canario), competimos por el Julio Tovar, quedamos finalistas, y él ganó con su fascinante ‘invernadero’. Armas Marcelo desenvaina ahora, como Unamuno, contra “la dejadez, el aplatanamiento…, el llanto del aislacionismo” de sus paisanos escritores. La primavera de las letras canarias fue en los 70. El premio ‘Pérez Armas’ de la Caja era el faro. Escribir en ‘La isla de los niños’, de R.G.Luis, y tropezarse en la calle con un autor, era una pasada. Me escapé a La Habana a comprar libros, con un encargo de Lázaro Santana: le traje el ‘Espejo de Paciencia’, de Silvestre de Balboa. Primer texto literario de Cuba. Autor: un canario del siglo XVII. Cuando nos comíamos el mundo sin cáscara, como, años más tarde, Galdós.

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EL DÍA DE LAS LETRAS Y EL DIA DE LAS CIENCIAS

 

Con el desliz de los parlamentarios, trocando ciencia por letras, habiendo errado en la elección del físico Blas Cabrera como eje de la fiesta literaria de 2012  en Canarias, se corre el riesgo, de no reemplazarlo, con mejor criterio, por un escritor propiamente dicho, de acabar infligiendo al científico conejero un trato injusto con su memoria.

Si se le sustituye con acierto, cabe a continuación restituirle eso que llamamos el honor, el derecho de imagen, etcétera, con la celebración del Día de las Ciencias Canarias, empezando por él y continuando con los que están en la mente de todos (Agustín de Bethencourt, Antonio González…). Alguna vez habrá que desempolvar a Blas Cabrera y Felipe como se ha hecho de modo consensuado con el ingeniero afincado en Rusia. Hágasele el homenaje acorde a su categoría aprovechando el desaguisado.

La personalidad del sabio conejero, uno de los mejores físicos y científicos de su época, no puede quedar arrumbada sin mayor enmienda una vez se restablezca la lógica con la designación que corresponda en su lugar para el próximo Día de las Letras Canarias. Lo que empezó siendo una metedura de pata no puede quedar resuelto con desconsideración pasando página.

Estamos ante uno de los grandes sabios canarios y europeos de la historia: parió leyes científicas, corrigió otras y logró la consagración de la mano de Einstein y Marie Curie. Era un gran físico experimental que centró sus esfuerzos en un área de enorme incidencia en múltiples campos: las propiedades magnéticas de la materia. Y sobresalió también como divulgador, con más de un centenar de trabajos fundamentales de su especialidad, lo que no lo convertía necesariamente en narrador de ambiciones literarias (no era ésa tampoco, seguramente, su pretensión). No olvidemos que ocupó en la Real Academia Española el sillón de su maestro Ramón y Cajal.

¿Cuál ha sido el desafuero? Confundir, precisamente, a un científico con un escritor y ubicarlo en un contexto equivocado, el de las letras, nítidamente destinado a poetas, novelistas, ensayistas o historiadores, según la voluntad parlamentaria en su origen. Claro que según el canon de María Moliner cabría conceptuar ciencia y literatura en el mismo universo del conocimiento, y sería deseable tal cosa pero sin atajos; la propuesta primera del Parlamento, repito, al crear el Día de las Letras Canarias no se prestaba a confusión alguna.

El caso de Tomás Morales es paradigmático de un poeta modernista de factura suficiente para merecer mejor trato de la crítica española, que, con excepciones, peca de distracción imperdonable a la hora insertarlo en el sitio que se ha ganado por derecho propio. (A los poetas canarios, por lo general, con las raras excepciones de Manolo Padorno y, por último, de José María Millares Sall y el jovencísimo Félix Francisco Casanova, se les omite editorialmente e ignora por parte de la crítica peninsular, por más que Armas Marcelo haya convocado ahora a los escritores locales, en el Foro Literario 2016 de Las Palmas, a dejar de llorar –“el llanto del aislacionismo”- y abandonar “la dejadez, el aplatanamiento”, para trascender más afuera –mar afuera-, donde no se les oye.)

A los paisanos de Morales (Moya, 1884, Las Palmas de Gran Canaria, 1921) nos cabe autoinculparnos de atenderlo con cierta pereza, salvo en esta ocasión, coincidiendo con el 90º aniversario de su muerte.

El fiasco del físico conejero (1878-1945) fallecido en México a la edad de 67 años, un exilio obligado por la depuración franquista de los catedráticos desafectos al régimen, merece un resarcimiento con reflejos, hecho desde la generosidad, sin incurrir en obstinación. 

Pésima imagen en la intraisla que aún abochorna más de puertas afuera. Valga este desvarío de la política respecto de la cultura (con la que suelen venirle mal dadas, por una negligente desinformación de bulto, a los hechos me remito) para reclamar en el debate del Estado de la nacionalidad, que está a la vuelta de la esquina, una digna aproximación al panorama de las letras, las ciencias y las artes (cultura, creación e industria)  en las islas, más allá de la cansina cantinela de reproches gratuitos y previsibles contra la política cultural del gobierno de turno desde la oposición y las respuestas a la defensiva desde el poder, si se quiere avanzar en este campo de una vez por todas. Tras decenios de indiferencia, la ausencia desde la política de interés por  la cultura (botón de muestra es el patinazo del Día de las Letras) ya no es de recibo.

Conmemoremos la fiesta literaria como corresponde en torno a la figura del poeta de ‘Las Rosas de Hércules’, que en Cuba admiraba Nicolás Guillén, nuestro malogrado médico y político Tomás Morales, que empezó muy pronto a escribir, con la urgencia de una vida que iba a ser corta, y que antes de decir adiós a los 37 años pudo conocer a Rubén Darío y Gómez de la Serna en Madrid. Y abrir paso a las letras de su tierra levantando los diques que suelen estancarla.

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LA TUMBA DEL FARAÓN

 

En poco más de veinte años, hemos asistido a sendos vuelcos de la historia: en Europa del este y ahora en el mundo árabe. La caída del faraón (en lo que parece el otoño de la fisiología política y humana de una saga de patriarcas medulares, ya anacrónicos) confirma la ola (gigantesca, el tsunami) de una marea virtual de cien millones de jóvenes que amenaza a los regímenes apergaminados del mundo árabe desde el Atlántico al Golfo Pérsico.

En las islas decimos que hace tiempo que África emigra poco. La crisis nos devaluó. Seguimos con suma atención el curso de los acontecimientos (qué torpe visita a Obiang de José Bono y los diputados españoles). Falta saber la hoja de ruta de esta ola, sus próximas escalas y el grado de pasividad o influencia de Europa y Estados Unidos si se adentra en Marruecos. En los 70, los canarios perdimos la retaguardia del Sáhara, y ahora nos llegan los turistas desviados del Magreb: la prioridad es blindar nuestra seguridad. Cierto que los enamorados (como hoy nuestro San Valentín) acuden a la Plaza de la Liberación, celebran bodas, ella con hiyab blanco, él en vaqueros, los ancianos con galabeya y turbante. ¿’Haz el amor, no hagas la guerra’ (la consigna del mayo del 68 francés), prenderá en esta ocasión hasta el final? Sí, África viene menos, sus jóvenes se quedan allí. Las redes sociales les abren los ojos. Una patera, sin embargo, llegó en enero a Fuerteventura, con inmigrantes políticos, que huían de la represión marroquí tras el desalojo del campamento de Gdeim Izik. Miles de tunecinos invaden ahora la isla italiana de Lampedusa, en estado de emergencia humanitaria.

En tan corto período de entresiglos, las placas tectónicas de la historia se reacomodan. Facebook y Twitter han ayudado a derrocar dos dictadores en menos de un mes. Esta revolución exprés bate récords. Llama la atención el perfil de mártires y líderes: el joven vendedor ambulante inmolado en Túnez y el ejecutivo de Google, héroe de la plaza de Tahrir: Mohamed Bouazizi y Wael Ghoneim. Definitivamente, 2011 no tiene nada que ver con los dos mil diez años precedentes de historia de las revoluciones del mundo, camino de los libros de texto. ¿Quién mueve los hilos de la revuelta inalámbrica? ¿Quién está detrás de los jazmines y las piedras? El premio por haber puesto en fuga a Ben Ali y Mubarak, dos pillastres que dejaron de dar miedo, debe ser la democracia y no el fundamentalismo islámico (Teherán, 1979). Era por el precio de los alimentos, pero también por el precio de la libertad.

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LA TUMBA DEL FARAÓN

 

Ha caído Mubarak. En Tahrir, la Plaza de la Liberación, cuyo nombre hoy cobra todo su significado, los jóvenes que se lanzaron a la calle han logrado derrocar al dictador. En 2011 hemos empezado por descubrir que eran posibles todavía las revoluciones. Incluso, que éstas en tan sólo unos días lograrían sus objetivos. Las revoluciones de antes duraban más, la de Cuba en Sierra Maestra, la rusa de 1917, la de la Nicaragua de Somoza por los sandinistas, guerras de guerrillas, luchas en la calle, asaltos a cuarteles y un reguero de sangre inevitable antes del triunfo. ¡Patria o muerte!, coreaban Fidel y el Che.

Esta revuelta de las redes sociales ha resultado, por lo general, pacífica, salvo los muertos de la represión y los inmolados a lo bonzo. La revolución de los jazmines, la tunecina, la del vendedor de verduras ambulante, la de alza de los precio, la del precio de la libertad. En medio de este océano de crisis de las ‘suprime’, de los hipotecados del mundo, de la banca sin escrúpulos y la pirámide de Madoff, llegan estos disturbios de Facebook y Twitter en el Magreb.

Nace la libertad en la región dilapidada durante decenios por sus dictadores disfrazados de reyes, electos y líderes espirituales. Es la gripe de los manumisos, el virus de la democracia, y no tenemos una OMS para medir las dimensiones del contagio de esta pandemia norteafricana, que nos lleva a mirar a Yemen, Jordania, Libia, Argelia y….. ¡Marruecos!

Las primeras manifestaciones han comenzado a fraguarse en Rabat. Se anuncian movimientos callejeros para el 20. España, Europa tienen que mirar para Marruecos, y esta vez los derechos humanos exigen mayor sensibilidad que tras el desalojo del campamento de El Aaiún y las persecuciones a los saharauis, algunos huidos en pateras a Fuerteventura. O se exigen cambios al rey Mohamed VI, transparencia y democracia o se monta un Túnez, un Egipto aquí al lado. Y Mohamed se convertirá en Mubarak.

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EL INVENTO TINERFEÑO DE LA RECEPCION ON-LINE

 

El invento de Manuel Luque está llamado a revolucionar el sistema tradicional de recepción de hoteles implantado en todo el mundo. Este ingeniero en Informática de Sistemas por la Universidad Autónoma de Barcelona, que acaba de presentarme el consultor José Ramón Sanz, lanza ahora desde Tenerife un nuevo sistema de recepción hotelera on-line a través de Internet, cuya patente mundial para los próximos veinte años le ha supuesto una inversión de 60.000 euros.

El descubridor demuestra así la fe que deposita en su método, para el que no sólo ha invertido tres años de investigación en un producto inédito de I+D+i+d, con la colaboración de la Universidad de La Laguna, sino que, encima, como acabo de decir, ha puesto de su bolsillo una cifra suculenta de dinero que lo obliga a endeudarse con un banco confiando en que la idea resulte, tarde o temprano, rentable. Quién sabe si Manuel Luque se hará millonario un día con este sistema de ‘checking’ de hotel, extrapolable a hospitales, urbanizaciones, grandes empresas, universidades y toda suerte de complejos compartimentados en departamentos y habitaciones que requieren control de alojamiento y máxima seguridad.

Consiste en sustituir la vetusta recepción (creando nuevos puestos de trabajo especializado sin duda y extinguiendo otros obsoletos, también) y así sortear la servidumbre de hacer cola, sustituyéndolo por una recepción virtual, en la que el cliente y usuario podrá confirmar su reserva desde casa a través del ordenador o móvil y recibir (por email o sms) el código numérico o de barras de su habitación. Se introduce, asimismo, la opción de la huella dactilar. Con esa llave virtual entrará en el hotel sin identificarse ni avisar a nadie y cuando abandone la habitación el sistema alertará que queda libre. (La puerta será modificada con el artilugio digital pertinente.) Podrá abonar por el mismo procedimiento todos los gastos de minibar, televisión de pago, ‘room service’,etc. Evitará mostrar (y, en su caso, olvidar enojosamente) la documentación personal. Garantiza el anonimato y confidencialidad sobre sus movimientos, sea cual fuere su intencionalidad como huésped (aquí caben todas las conjeturas ‘berlusconianas’ al respecto). La gestión, me asegura, finalmente, su creador, “será ágil, cómoda y eficaz”. Y, sobre todo, me digo a su vez, acorde a los nuevos tiempos (hablando con este emprendedor de 40 años, tímido y afable, a uno le empieza a parecer, de pronto, que el régimen hotelero vigente es una antigualla, algo en lo que no habíamos caído).

Luque ha tenido una idea sabia, ha sabido dar en el clavo con una aportación que, de forma casi insólita en un mundo donde casi todo está inventado, resulta que quedaba esto por hacer. Bien visto ahora a toro pasado, cuando ya hemos conocido los pormenores del invento de este ingeniero informático, licenciado en derecho y diplomado en Ciencias Empresariales en paro, llama la atención que, con tanto genio que anda suelto por ahí, nadie hubiera caído en la cuenta de que en la sociedad de las nuevas tecnologías algo había quedado caduco en uno de los sectores económicos que mueven el mundo: la vieja y arcaica (y entrañable) recepción de hotel (escuela de generaciones de profesionales del sector, que, por otra parte, estoy seguro que sobrevivirá con otro formato y otras funciones, dada la importancia del trato personal).

Ahora sólo falta que una cadena hotelera española, o europea, o americana lea esto y compre el sistema a su diseñador. Tenga la completa seguridad Manuel Luque que no le haré pasar por caja.

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‘ESPIRAL’ DE ‘YERROS’

 

Martín Chirino, ‘Martin’ (palabra llana, dice el artista), no se merecía este incidente de la ciudad que le consideraba su escultor favorito. A Santa Cruz le gusta Chirino y a Chirino le gusta Santa Cruz, como prueban la espiral del Parlamento, la cabeza africana de CajaCanarias y la ‘Lady Tenerife’, recostada junto al Colegio de Arquitectos,  como la novia del guerrero yacente de Goslar. ¿Cómo iban la ciudad y el escultor a malquistarse?

Hace un par de años, con motivo de unos Carnavales y una tormenta, el Ayuntamiento retiró el brazo de hierro de la espiral, y dejó en la Plaza de Europa un muñón desganado que recuerda someramente a la ‘Femme Bouteille’, de Miró, recluida en el Viera y Clavijo. La escultura malograda se titula ‘El sueño de los continentes’, homenaje a la unidad de Europa (seccionada como ahora ya sugiere el profético sajazo) y de las dos Alemanias, sin que el agravio llegara a oídos de Merkel. El propio autor, pendiente por último de una indemnización judicial, tiene otras obras en paradero desconocido y su caso abunda en un vandalismo que se ceba en el arte, mediante graffiteros incívicos, desatinos municipales, o ladrones como los que usurparon en Bélgica hace poco una figura de Dalí (‘La mujer de los cajones’, léase bien). Uno siempre le echa un ojo al guerrero tumbado de Henry Moore por si han ‘arramblado’ con él. El día que faltó estaba en el TEA.

Chirino es un canario extranjerizado, un isleño con sed de continente (parafraseando a María Rosa Alonso), que descubrió África antes de esta revolución árabe de los jazmines a la pedrada limpia en la plaza de Tahrir, y creó sus ‘afrocanes’. Lo conocí una noche de hace más de treinta años, en una discoteca de Madrid, donde Martín (Rivero) y yo presentamos el disco ‘Ach-Guañac’, de Taburiente, editado por Ariola. Hablamos de identidad y de sus espirales de hierro hasta la madrugada. Trasterrado en Madrid, como Millares y Padorno, la imputación-amputación de ‘canario que se fue’ era un estigma lacerante.

El escultor de los aeróvoros y espirales ama a Santa Cruz y Nueva York, donde Westerdahl (empleado de banca) y Rockefeller (banquero) le abrieron las puertas. El Rey pidió tener un ‘chirino’ en los jardines de la Zarzuela para verlo desde el despacho, como en su último mensaje navideño. Las ‘ladies’ de Chirino a Sylvia Plath,  que conoció a través de Ted Hughes, honran a la poeta del amor trágico que se quitó la vida. Esta semana toca decidir. El Ayuntamiento no debe caer en una ‘espiral’ de ‘yerros’ con uno de sus mejores embajadores.

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LA ‘ESPIRAL’ DE UN DESAGUISADO MUNICIPAL

 

Martín Chirino, ‘Martin’ (con acento en la ‘a’), como a él le gusta que le llamen los amigos, ha saltado a la actualidad por una de sus obras en Santa Cruz, ciudad de la que siempre me habló con afecto como una vieja amiga. A Santa Cruz le gusta Chirino y a Chirino le gusta Santa Cruz, como prueban su espiral del Parlamento, su cabeza africana del patio de CajaCanarias y su ‘Lady Tenerife’,  en la plaza del Colegio de Arquitectos. ¿Cómo iban la ciudad y el escultor a pelearse?

Pues hace un par de años, en vísperas de los Carnavales, el Ayuntamiento mutiló insensatamente la escultura del artista en la Plaza de Europa, titulada ‘El sueño de los continentes’, que compuso en homenaje a la unidad de Europa y de las dos Alemanias, cosa (la amputación municipal carnavalera) que a la Merkel le haría maldita gracia si algún asesor lee esto y se lo cuenta. El guillotinazo de la escultura con el pretexto de evitar que se hicieran daño las máscaras al tropezar con la espiral de hierro que gira en el aire cerca del suelo, resurge como noticia tras recurrir el escultor a los tribunales en demanda de una reparación económica y artística. El propio Chirino tiene otras obras en paradero desconocido y este caso abunda en la leyenda negra de los escultores vandalizados por los graffiteros menos respetuosos con el arte o los ladrones profesionales, como los que se llevaron en agosto una figura de Dalí (‘La mujer de los cajones’, leer bien) de una muestra en Bélgica.

He contado alguna vez que, como pateó a menudo la Rambla (de Santa Cruz, su nuevo nombre), continuamente le echo un ojo en su emplazamiento frente al edificio singular de Emilio Machado, por si un día no está. Y sucedió tal cosa. Pero era una ausencia justificada, por mudanza temporal al TEA para una exposición. Es que nunca se sabe.

Chirino es un escultor lúcido de su tiempo, que descubrió África antes de esta moda, y creó sus ‘afrocanes’ legendarios. Lo conocí una noche, hace unos treinta años, en una discoteca de Madrid, donde Martín y yo presentamos un disco de Taburiente editado por Ariola. Levantó la mano y preguntó sobre los guanches en el coloquio. Luego, seguimos toda la noche hablando de las islas, del continente de al lado y, finalmente, de la espiral, su leit motiv. Chirino arrastraba aún por entonces el estigma más impertinente de Canarias en aquellos años  posfranquistas, la condición de desterrado, por haberse ido a Madrid en los 50 con los dos manolos (Millares y Padorno). Esa imputación de ‘canario que se fue’ se deshizo en poco tiempo.

He hablado mucho todos estos años con el escultor de los aeróboros que aprendió a forjar el hierro en los astilleros del puerto de La Luz, al calor de su padre. Que viajó a Nueva York con la intrepidez de una tierra que emigró a América sin medir la distancia, y se ganó la amistad de David Rockefeller, que le abrió las puertas de la ciudad. Don Juan Carlos pidió tener un ‘chirino’ en el jardín de la Zarzuela, donde él pudiera verlo desde la puerta acristalada del despacho, y en el último mensaje navideño vi por la tele la escultura que su autor me había comentado. De Chirino podemos estar hablando hasta mañana: de sus ‘ladies’ para Sylvia Plath, la poeta que se quitó la vida, y que el artista conociera a través del poeta Ted Hughes, una pareja que vivió un amor desgraciado. Y de su ‘Lady Tenerife’, la dama recostada a la que saludaba todos los días durante los meses que viví cerca de ella. Y acabaríamos sacando los trapos malditos de la historia intrainsular, el manifiesto de El Hierro sobre la identidad africana de las islas. Y el Caam. Pero sólo quería decir que el Ayuntamiento está obligado a reparar cuanto antes ese flagrante desatino cometido con la obra de uno de sus mejores embajadores en el mundo. Me consta.

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