EL GOCHO PALMÓ

Las iniciales CAP en Venezuela tenían una resonancia casi mítica. Carlos Andrés Pérez, el estadista autodidacta, se desenvolvía en Caracas como el amo del país, estuviera en el poder o en espera de volver a estarlo; te convocaba en su sede privada en la tumultuosa capital, un edificio enteramente suyo protegido por guardaespaldas en todas las plantas, y sentías que allí estaba, seguía estando, el verdadero poder de Venezuela, en aquella personalidad enigmática e hiperactiva que le mandaba recuerdos conmigo a Felipe González pensando que el presidente en España me era tan asequible como él.

La noticia de su muerte no se presta a engaños, como otras en América, pensadas para que los dejen en paz. A CAP le temía y le odiaba Hugo Chávez, que anhelaba arrancarlo de Miami y extraditarlo a Venezuela; una vieja enemistad recíproca que se desató en febrero de 1992, cuando el entonces teniente coronel de paracaidistas le dio un golpe de Estado fallido al Gocho, que era un presidente con fama de invencible.

Se le paró la máquina en medio de una conversación, a tenor del comentario familiar; se despertó animado y poco a poco se le fue acabando el aire, una muerte natural tras una vida de caballo. Pero Carlos Andrés Pérez parecía inmortal después de haber sorteado todos los obstáculos de la política y la vida, incluida la cárcel y el exilio. A los pocos días de su reelección, en el umbral del 89, las medidas severas de austeridad –¿a qué nos recuerda, por cierto, estos días en este otro mundo bajo otra crisis?- que aplicó contra la sangría económica del país a sugerencia del FMI y el Banco Mundial –‘el paquetazo’- le costaron una revuelta popular que muchos recordarán –imágenes de la turba rompiendo escaparates y robando en los  supermercados- porque dio la vuelta al mundo bajo el nombre de ‘caracazo’, término que se empezó a utilizar para denominar situaciones parecidas.

Aquellas elecciones las cubrí para la SER porque Paco Padrón lo propuso en Madrid, y trabé una estrecha relación con el candidato ‘adeco’ más célebre de la historia de la democracia venezolana desde la misma madrugada en que llegué al país, alquilé un taxi y llegué volando a la sede de Radio Caracas Televisión, temiendo quedarme sin entrevista, a pocos minutos del cierre de la campaña y del veto oficial a cualquier declaración a la prensa a partir de ese momento.

Carlos Andrés venía en medio de una nube de cabezas del fondo de un pasillo y estaba a punto de desaparecer camino del parking del edificio tras su último mensaje en televisión. Los escoltas me cerraron el paso y yo le grité con fuerza, elevando el magnetofón, que era “un periodista canario”. El ‘hombre que camina’, como lo habían bautizado quince años antes en su primera campaña electoral, se paró en seco, agitó las manos en el aire y me señaló: “¿Canario, de verdad?” Le hice la entrevista, la última de la campaña, y me prometió concederme la primera de su reelección. Pocas horas después, cuando se supo oficialmente que había ganado al copeiano Eduardo Fernández, ‘el Tigre’, emití en Hora 25 la exclusiva internacional, sus primeras declaraciones a un periodista tras volver al poder venciendo la resistencia de su propio partido, Acción Democrática, que no lo quería a sabiendas de que se lo tendría que tragar por la presión de la gente, que, por esas razones misteriosas del carisma, veía en él a su caudillo.

Desde ese instante, lo vi repetidas veces. Me hablaba de Felipe González – “mi amigo”-, de España y de unos ascendientes canarios remotos por vía paterna. De Rómulo Betancourt, su mentor, el padre de la democracia venezolana, de origen tinerfeño, con lazos familiares en El Farrobo, de La Orotava. Del busto de la broma de la pipa del expresidente, que solía ‘esfumarse’.

Se le paró el corazón este fin de semana. Fin de trayecto del político ‘locomotora’, que era el penúltimo de doce hermanos, y tuvo en sus manos un país inmensamente rico en el 74, cuando Venezuela nadaba en petrodólares y Arturo Uslar Pietri la llamó ‘Venezuela Saudí’. En su casa, al norte de Caracas, el autor de ‘Oficio de difuntos’      me recibió rodeado de libros, en su famosa biblioteca que cubría las paredes, pesaroso por el rumbo de la patria desde aquella abundancia mal aprovechada en su día. CAP no supo gestionar el país la primera vez, se empachó de tanto oro negro y dejó en la calle un refrán que me repetían los caraqueños con cierta complicidad: “Carlos Andrés robaba y dejaba robar”. Él sabía que, aunque su compañero de partido Jaime Lusinchi –“el gobierno del borracho y la barragana”, su secretaria Blanca Ibáñez, se ha dicho y repetido tantas veces en un país que habla sin papas en la boca- había sido un desastre y parecía tocarle el turno al democristiano Copei, el pueblo no le iba a fallar. ¿Acaso porque esperaba que les dejara robar haciendo bueno el chisme?

Estaba metido en algunas faenas inconfesables y, en ese despacho que digo pertrechado de personal armado de su cuartel general, me citó un día para ofrecerme una exclusiva. Cuando llegué, desalojaron el despacho varios gerifaltes de su partido –los conocía bien porque en Venezuela cada edecán en los años de aquella democracia podrida no sólo ejercía su cuota de influencia, sino que alardeaba públicamente de mover los hilos-, y CAP me propuso quedarme unos días en el país, “para una entrevista sonada con alguien importante”. La entrevista se demoraba porque el personaje no acababa de llegar a Venezuela, hasta que no pude esperar más y regresé a Canarias. Habría tenido que seguir allí meses, porque el personaje en cuestión siempre sospeché que había sido Edén Pastora, el Comandante Cero, el famoso sandinista que tomó el Palacio Nacional de Managua en el 78, y que un día apareció por Venezuela convertido en desertor y apadrinado por CAP. A Carlos Andrés Pérez lo acabaron destituyendo del cargo de presidente por malversación de fondos reservados para patrocinar a Violeta Chamorro, la presidenta nicaragüense que acabó con el sandinismo. A veces, cobraban fuerza los rumores de que el Gocho era de la CIA.

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EL MISMO AÑO CON DISTINTO COLLAR

Algunas cosas son previsibles y se van a dar inexorablemente. Subirá el recibo de la luz para disgusto del consumidor que no está para cargar más gastos en su contabilidad doméstica (en este país en que todos ya somos a la fuerza ‘economistas camuflados’ de la mano de Tim Harford). Hablo de enero.

Entrará en vigor la ley Antitabaco que dudo que se aplique a rajatabla y temo criminalice al fumador como pasa con la droga, prohibida inútilmente para beneficio de nuevos sórdidos intereses donde el control sanitario carece de toda legislación, y que avanza en dirección contraria, hacia la legalización pura y dura, he ahí una suculenta paradoja.

El nuevo Código Penal le dará la vuelta al calcetín de lo que entendemos por delito. Salen de la cárcel unos cuantos centenares de ‘muleros’, o ‘camellos’ de poca monta, y, entre otras novedades que obligan a jueces y abogados a ponerse a estudiar como en los tiempos de Aranzadi en mano cuando no había Internet, nos enteramos de cosas jocosas, como que las víctimas pueden quedarse con el coche del infractor en concepto de pago por las lesiones.

La Ley Sinde saldrá por narices, con el nuevo apoyo holgado con que contará ZP, que ya, una vez cumplimentadas las genuflexiones correspondientes de los ‘montillas’ para facilitar la investidura de Artur Mas, ha zanjado los rumores en su entorno, garantizando que agotará la legislatura hasta 2012. Así que Sinde sacará su ley contra las descargas ilegales y en las islas sabremos si CC sigue ‘mandando’ lo mismo en Madrid con la incorporación de CiU al pacto de estabilidad, o empezarán a decaer algunas de las promesas que le hizo el PSOE por su apoyo a los presupuestos cuando tenía la soga al cuello, dado que ya los ‘canarios’ dejarían de ser imprescindibles y “bastante tienen con sus aguas” (dirán).

Veremos manifestaciones en la calle y en la red contra las reformas (y la Ley Sinde, consiguientemente), ese doble campo de batalla al que asistimos con los ciberactivistas atacando la web de la SGAE y el Ministerio de Cultura como si arremetieran contra los enemigos de Wikileaks, y con CC.OO y UGT planeando una nueva huelga general convencional, a pie de calle, como viejos rockeros románticos oxidados en la foto sepia de la historia. (Seguimos en ‘estado de alarma’, por cierto, que ya hasta se nos olvida).

Miramos a Garzón y a Videla. Y nos dan lástima los dos lo mismo que Mourinho, por razones distintas de sinrazón.

Ahí está al llegar. El mismo año con distinto collar, con ‘la vara del opresor’, las ‘botas resonantes’ y la ‘túnica empapada de sangre’, que dijera el Papa en la bendición ‘Urbi et Orbe’, como si tomara el testigo a Obama, que se nos diluye como un azucarillo en el café, si no acaba antes con el tea party, que es el partido del te.

Y una última cosa que también ya se sabe, qué va, que no va a ocurrir: ni el Rey ni Zapatero dimiten. Lo dijeron casi al unísono.

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TEIDES DE ORO EN TIEMPOS DE CRISIS

 

En la misma sala de cámara del Auditorio, con la emotividad de la fecha, coincidieron el futbolista canario más relevante de la historia, Pedro Rodríguez Ledesma –‘Pedrito’-, la sociedad ‘locomotora’ insular –‘Turismo de Tenerife’- y la memoria del político que nos dejó este año –Adán Martín-. Los teides de oro de Radio Club han vuelto a concitar la resonancia social de unos premios que nacieron hace 27 años y han descrito un viaje por los sabios y las instituciones de la ciencia, la cultura, la economía, el deporte y la política de las islas. Entre el público, los allegados del trío de galardonados y una concurrida afluencia fiel a la cita, que integra el masivo club de fans de esta convocatoria casi inexcusable del año.

Me conmovieron las palabras de la viuda. “Creía que el deber estaba por encima del querer”, dijo Pilar Parejo de Adán Martín en su retrato inconsolable del marido poliédrico que era “un cabezota, un trabajador incansable que le ganó tantas batallas al cáncer y contagiaba a todos con su ilusión”. Aquel hombre tenía una fe en la supervivencia desmedida, capaz de hacer proyectos de futuro con la soga al cuello convencido de que la muerte no iba con él. Pilar (ese fue también su papel en lo que ambos llamaban “nuestra enfermedad”) leyó con voz entrecortada unos folios personales sobre las cualidades humanas del político que perseguía una idea hasta el final contra viento y marea, como prueba el edificio desde el que hablaba.

De hecho, los tres distinguidos mantenían entre sí lazos que daban a la velada una coherencia imperceptible, pero evidente a medida que fueron tomando la palabra. La entidad mixta Turismo de Tenerife, que alberga el Cabildo desde el 92, es una de las herramientas diseñadas por el ‘ingeniero’ Adán Martín –pionero por instinto- para promocionar la isla en el exterior. José Manuel Bermúdez, uno de sus discípulos, recogió el premio como si Adán recibiera esa noche Teide y medio.

Y tocó el turno a Pedrito, la mejor metáfora del elogio recurrente a la generación canaria del talento, esa que los dirigentes –y Adán el primero- suelen invocar en  la isla para explicar cuánto de cierto hay en que esta tierra ha sido, es y será capaz de salir de cualquier crisis por sus propios medios. Frágil como un bailarín –con esa vocación de ballet que tiene el fútbol de su equipo-, Pedrito dirigió unas palabras al público sintiéndose parte de la sinfonía de la noche: el amor a la patria chica, que versificara Nicolás Estévanez; el valor del esfuerzo y el afán de superación que resaltó en su discurso el presidente Paulino Rivero, y la condición de estandarte de la mejor imagen del éxito de la marca insular.

El presentador, Santiago Negrín, y la anfitriona Lourdes Santana, directora del medio, invitaron a las sucesivas ediciones. Si 27 años se han pasado volando, otros 27 están por llegar. Cuando hace tanto, Paco Padrón nos reunió en su despacho para deliberar sobre los primeros acreedores al teide individual (Antonio González González) y al colectivo (Los Sabnandeños), era insospechado el prestigio y duración que iba a alcanzar este emblema del ‘orgullo’ de una tierra por sus mejores exponentes. Una historia de rigor y arraigo acredita los Teides de Oro de Radio Club Tenerife, capaces, como digo, de resistir otro arreón temporal como éste.

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EL AÑO MALO DE BUENA SUERTE

El gordo de la lotería era un mito en Canarias, máxime en Tenerife, la isla negada ante la suerte de Navidad, que el día que el primer premio le tocó, los décimos habían sido devueltos, porque era un número feo, y nos pareció que ese ‘feo’ a la suerte aumentaba el desencuentro. En cambio, este 79.250, que ha caído en ocho provincias como un bombardeo selectivo de millones, eligió, al fin, Tenerife, y estoy seguro que el Teide, en la astrología de la suerte, algo influyó. Me explico.

La víspera, la sombra del volcán apuntó en la atmósfera al apareamiento de astros del eclipse de madrugada, que me hizo recordar el paso del Halley por la isla en el 86, cuando nos concentraron en las Teresitas y alguien hizo circular aquella noche en la playa la leyenda de que el avistamiento traería suerte, mala o buena, ya se vería, para el que mirara al cometa. Este eclipse ha traído buena suerte, que diría Alex Rovira.

A la lotería de Navidad suele acompañarle otra superstición, dentro de cierta nigromancia fatalista que también rodea a la suerte, según la cual toca donde se haya cebado la desgracia. Ha sido un año malo para Canarias. Una año nefasto como todos los de la crisis que padecemos. La autonomía con más paro se merecía el gordo, aunque sea un cacho. Garachico, un puerto pujante, era la puerta de entrada de las fortunas de la isla hasta el siglo XVIII de la erupción del volcán en que la colada de lava sepultó su hegemonía. Ahora, la diosa fortuna ha vuelto sobre sus pasos y le ha compensado con 3 millones de euros en décimos del gordo de la lotería de 2010, que no son los 450 millones de Barcelona, pero se agradecen.

A La Palma, vapuleada a borrascas, desplatanada (que sería el término réplica a aplatanada, en relación con los reveses de su monocultivo central), a menudo aislada por aire, malherida por el turismo y en trance de reconversión general obligatoria, toma parte en la fiesta y no se puede quejar. Un estudiante de San Andrés y Sauces en Granada y la venta por Internet le ha deparado un puñado considerable de millones, que sólo en broma cabría atribuir al parentesco del número, el 00147, uno de los más pequeños de la historia, con su danza de los enanos. Al mapa local de la suerte se suma, por último, Fuerteventura con un décimo de un quinto por 5.000 euros que alguien compró en un bazar, y ya tiene para un apuro.

La suerte no se equivoca cuando premia a quien se la merece porque la busca sin desmayo, a veces, durante toda la vida. La suerte del Nobel Vargas Llosa, cuando nadie lo esperaba. La de las aguas canarias, que es la ley nacional más importante de la historia de la autonomía después del Estatuto, fruto de la perseverancia de quienes no cedieron un ápice a una política tabú. Si Las Palmas de Gran Canaria logra hacerse con el título de capital cultural de Europa en 2016, a Jerónimo Saavedra le tendrán que hacer un monumento. Es cuestión de fe y de currárselo. Pero la lotería no toca siempre al más necesitado, al paria que sueña con ella quitándose 20 euros del dinero para comer.

Dicen que esta vez ha sido repartido. Que vuelve el eslogan de ‘Islas afortunadas’. Que ayuda a la promoción turística, porque sales en todos sitios, como en una champions league de la buena suerte. Que es como decir que da suerte venir a Canarias. Aquello de qué suerte viajar a las islas. Y yo quiero creer en esas cosas. Porque ya hemos tocado fondo. Y alguna vez tenemos que salir a flote. Pienso en los más de 250.000 parados, en los 15.000 requeteparados sin los 426 euros. En el año que nos espera. “¡Viva, San Roquito!” Hasta los cabildos lo corean, con el aguinaldo de la moratoria de la deuda al menos por un año tras el anuncio del presidente en el Parlamento el día que cayó el gordo por quinta vez en un año malo, malo de solemnidad. El Teide tuvo algo que ver. Seguro.

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LOS ‘SINDE’

 

Méndez Núñez y Teobaldo Power distan pocos metros. Casi se diría (no lo he comprobado) que se puede divisar el drago del consistorio alongando la cabeza desde Viera y Clavijo (o Pérez Galdós, que siempre me lío con esta calle que cambia de nombre según qué tramo). A la misma hora, en ambos sitios de la ciudad, se celebraban plenos contestados en la calle: el de los Presupuestos 2011 en el Parlamento y el del PGO en el Ayuntamiento.

Hasta aquí todo muy convencional, como en los viejos tiempos: las protestas se dilucidaban sobre el asfalto y los eslóganes (algunos para criminólogos prometían otro día incendiar el Parlamento con sus señorías dentro, como si mencionaran la palabra bomba dentro de un avión: para temblar) eran proferidos por gargantas humanas. Nada de realidad virtual, puro atavismo que nos congraciaba con algunas frases hechas como aquella de ‘tomar el pulso de la calle’. Aquí, en estado puro la expresión.

Los abucheos y pitos se podían oír de extremo a extremo entre las dos vías de Santa Cruz, las cabezas de los manifestantes contra el Plan General se mecían como una ola, mientras en la calle del compositor de los Cantos Canarios los concentrados de la Intersindical se parapetaban tras las vallas, vigilados de cerca por la policía como fans de un concierto rock; su rugido se escuchaba nítidamente en el hemiciclo donde el fantasma de una tijera gigante recortaba las cuentas públicas para el año llamado a ser el principio del fin de la crisis. Por algún año se empieza.

Se calcula que unos 15.000 paisanos se quedarán a dos velas a partir de febrero, sin la paga de 426 euros. ¿Qué harán? Casimiro Curbelo amenaza con fletar un barco con 5.000 gomeros dentro para plantarlos frente a la fachada de la ‘casa de la piedra’, en Cabo Llanos, sede de la Presidencia, si el Gobierno no le abona los 6 millones que le adeuda. ¿Lo hará? (Casimiro, el Gobierno, tanto monta…). El ‘yo acuso’ de la calle en estos plenos decisorios de Santa Cruz y en el que a la misma hora, en Madrid, celebraba el Congreso para sacar los presupuestos 2011 del Estado con los votos del ‘tripartito español’  PSOE-PNV-CC, la Antitabaco y, hela aquí, la ‘ley Sinde’ contra las webs piratas, parece ser una señal.

Esta última ley se quedó ‘sin de…cidir’, por falta de apoyos del Gobierno, derrotado no sólo desde la calle, donde los convocados por Twitter abroncaban a la ministra González Sinde, de Cultura, que, según los impúdicos papeles de Wikileaks, se venía reuniendo a la sordina en la embajada de Estados Unidos para que el yanqui presionara al PP a favor de la ley antidescargas. Bochorno tras bochorno.

Por torpes, los partidos se están quedando con el trasero (por qué no llamarlo culo) al aire, destapadas sus vergüenzas por la red de Assange, o invadidas de internautas ‘anonimus’ sus páginas webs cada vez que se lo proponen los nuevos amos de la opinión pública: los hadckers, organizados en plataformas que desafían a las siglas del Gobierno y la oposición.

Pronto las ‘manifas’ (cuánto odio este término) en la calle pasarán de moda y perderán sentido, en favor de los avatares en masa movilizados en la red y los ataques de denegación de servicio (DDoS), como los sufridos por el Ministerio de Cultura y la SGAE en este pulso de la ‘ley Sinde’ contra el ciberactivismo pujante. Esto va tan deprisa…, y no ha hecho sino empezar. Hasta quedarnos ‘sin…de…mocracia’ por culpa de unas organizaciones obsoletas, unos diputados encerrados en su cubículo de hormigón mientras en la calle truena y se les bloquea el ordenador. O espabilan o los ‘sinde’ (los sin derecho a 426 euros, a un puesto de trabajo, a un techo y un plato de comida) se los comen por los pies el día menos pensado.

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PROHIBIR

 

A los gobiernos les entusiasma la idea de prohibir, como una manera drástica de sentir que ejercen el poder. No se entiende gobernar sin prohibir algo. Busque algo que prohibir y mande, dicta el oráculo del poder a todo poderoso que se precie en la tierra. Y esto vale para dictaduras y democracias, ambas rehenes de un mismo tic. Prohibir. En la España finisecular se prohibía mucho, como si el cambio de siglo y milenio impusiera dejar las cosas claras y el chocolate espeso, antes de afrontar una nueva era, que ‘era’ un misterio. Pero si en los años 60 nos prometíamos un mundo libérrimo, sin guerras y con mucho sexo, y no fue así ni John Lennon vivió para contarlo, esta primera década del siglo XXI ha sido desalentadora. Ni este mundo sin polos aparentemente ya tan opuestos, ni la caída del muro de Berlín, ni la llegada de un presidente negro a la Casa Blanca son síntomas de cambio. La crisis nos arrancó de ese sueño. Y toca, de nuevo, prohibir.

A Europa le ha entrado una fiebre prohibicionista en lo económico que causa espanto. 2011 va a ser un año harakiri. Hemos aprobado los presupuestos más austeros de la historia como quien se dispone a una dieta de adelgazamiento más severa que una huelga de hambre. Y a la vuelta de unos días, tendremos un mundo anoréxico, mal de la cabeza. Tengo la sospecha (no ser economista es una suerte para poder decirlo) de que nos hemos hecho el harakiri y no tardaremos mucho en darnos cuenta.

Prohibir. Prohibir la inversión, como máxima expresión de ese culto a la austeridad. A una ‘velocidad’ de vértigo hemos pasado de circular a 200 kilómetros por hora a hacerlo a 20, y a paso de tortuga tiramos por tierra todos los dogmas. Lo que hasta ayer mismo eran axiomas intocables del Estado de bienestar, ahora se vuelven principios fundamentales de un nuevo mundo ascético, a pan y agua, que nos irá devolviendo paulatinamente a la cueva de la que venimos.

La gran paradoja es que los señores (amos del mundo, uníos) que se han cargado todo esto, los de las hedge funds y demás productos volátiles que fingieron ser la nueva economía de un nuevo mundo, son ahora más ricos que antes de que saltara todo por los aires. Y los miles de millones restantes (es decir, la gran mayoría, exceptuada esa élite de ladrones) estamos, estaremos pagando los platos rotos seguramente el resto de nuestras vidas. Nos jodieron bien jodidos. Y no tenemos una fórmula de recambio. Salvo prohibirnos a nosotros mismos todos los derechos que habíamos conquistado.

Ya puestos, a algunos gobiernos (el español es un ejemplo muy gráfico) les ha faltado tiempo para prohibir fumar a trancas y barrancas, haciendo primero una ley y luego otra, y cuando llegue el PP otra, a su vez. Prohibir fumar a machamartillo puede llegar a ser tan incauto como legalizar las drogas sin la debida campaña de educación previa. Y en ésas estamos, precisamente hoy.

¿Alguien ha medido las consecuencias ‘sanitarias’ (las mentales cuentan) de machacar más allá de lo tolerable a ese prototipo de hombre-mujer de la crisis profunda, parado, condenado a jubilarse después de muerto, al que se suprimen los 426 euros y encima se le quita el pitillo de la boca delante de la gente? País.

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EL AVE QUE NO ANIDA EN CANARIAS

  

La ola de frío y nieve que adorna Europa de una estampa navideña tan bucólica como ingrata, cotiza al alza el destino turístico de este solar que acepta de buen grado hacer de balneario oportunista de alemanes, ingleses y de cuantos anhelen pasar unas pascuas junto al mar bajo temperaturas decentes con la trilogía de Stieg Larsson en versión e-book bajo el brazo.

Tenemos que seguir vendiéndonos con aquel eslogan de pega que no fallaba nunca, el de ‘eterna primavera’, cuyas resonancias mitológicas de paraíso homérico a salvo del frío y la nieve y de jardín de doradas manzanas de la inmortalidad nos conviene airear, doce siglos después, para despertar la curiosidad ajena en la Europa polar que tiene posibles para hacerse la cirugía plástica y, cómo no, si se la ahorra tomando un avión y escapando del crudo clima a las ‘Islas Afortunadas’, membrete que debemos al amigo Plinio, el padre de la ‘marca canaria’.

Si las islas consiguen en verdad un millón más de turistas en 2011, vía Rynair, nada cabe objetar si tenemos un mínimo de cordura, lejos de aquellos reproches de los años 80-90 hacia el turismo de aluvión (pendenciero en las Verónicas o San Bartolomé de Tirajana, que todavía no practicaba el ‘balconing’, pero ya arrojaba el mobiliario por el balcón del hotel bajo el ‘pedo’ y alucinación de turno) en favor de un hipotético cliente con calidad y poder adquisitivo que nunca vimos crecer de forma convincente pese a la media docena de hoteles de lujo que se alzaron al calor de la buena intención de los teóricos del sector. Ese debate estaba bien para los años de estómago contento, y se cae por su propio peso cuando la economía se estanca y su único motor es, de nuevo, el turismo de masas, con el cuentavisitantes en cada aeropuerto sumando sin parar como si fueran amigos en Facebook.

Por desgracia, a Canarias sólo llegan las aves (y metafóricamente las de fuselajes, los aviones) y no los ‘Aves’, cuya profusión en la España peninsular hasta resulta insultante para un isleño del mismo Estado, excluido de antemano de todo disfrute de una porción de esa alta velocidad harto costosa, que es un atractivo turístico al que no podemos aspirar y por el que no se nos compensa como debiera para competir en igualdad de condiciones, por ejemplo, con el Levante español, ahora que el Ave Madrid-Valencia ha sido inaugurado por la flor y nata de la política española, salvo Rubalcaba, que volvió a hacer de avatar de Zapatero en Afganistan.

Ave María Purísma, recemos. De ésta se sale rezando, si no fuera por la cantidad de incrédulos que hay.

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CENTENARIO LEZAMA

 

Lezama, como Borges, un autor poco premiado y, sin embargo, fundamental, hace que éste sea un domingo lujoso de poeta grande, grandullón y asmático como Proust, que era también terco escribiendo contra toda inspiración.

Hoy es el centenario del nacimiento de José Lezama Lima (19 de diciembre de 1910 – 9 de agosto de 1976), el poeta y prosista cubano que alteró el curso de las letras del siglo XX, con su ‘Paradiso’, su ‘Muerte de Narciso’ y su ‘Enemigo rumor’. El escritor ‘aislado’, que le habría venido al dedillo al cineasta Miguel G. Morales, un poeta de “soledad suficiente, digna y necesaria’, escribe Raúl Rivero.

En la Habana, la ciudad se visita y deletrea con ayuda de la prosa de Alejo Carpentier, pero el ‘universo’ de Lezama es también la urbe barroca de su ‘paraíso’ insular. Cuesta a veces la poesía de Lezama, hermética por definición, pero se cuela a raudales, como una tromba verbal y se parece al deleite de leer el ‘Ulises’ de Joyce, te queda la música y, revolcándose en ella, las palabras significan lo que el usuario disponga.

Poesía agorofóbica, cocinada en el hogar, a fuego lento, copiosa y fulgurante. Alianza Literaria la editó completa en un volumen de unas 600 páginas. Es “una fiesta innombrable”, usando una fracción de verso del poeta fumador, sumergirse en el océano Lezama, habida cuenta de que el autor que nació hace hoy cien años decía que la poesía es “un caracol nocturno en un rectángulo de agua”.

En Tenerife, Andrés Sánchez Robayna y Alejandro Kravietz dialogan, de isla a isla, con la obra de Lezama Lima, hijo del coronel José María Lezama y de Rosa Lima, a la que dedicó “toda” su poesía, y de Platón y Góngora, a los que dedicó toda la atención. Isleño hasta la parálisis, apenas viajó fuera de Cuba, el poeta y narrador construyó una obra oscura, llena de luces interiores que han ido encendiéndose con el paso del tiempo hasta atraer la mirada de la crítica internacional, y hoy, un siglo después, se presta a ser desenredada como una madeja.

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LA PATERA Y LA METEDURA DE PATA

 

Entre 2006 y 2009 fallecieron en la travesía de África a Europa, con destino preferentemente a Canarias, unos 84.500 inmigrantes. El dato escalofriante ha sido revelado ahora en un estudio de la Oficina Municipal de Inmigración de Nuadibú, la Universidad Rey Juan Carlos y otras instituciones. Durante ese período eran frecuentes los naufragios en las costas canarias (algunos tan dramáticos como el de los Cocoteros, la patera que encalló en 2009 en unas rocas a 20 metros de la orilla lanzaroteña, con más de dos decenas de muertos, muchos de ellos niños).

Las víctimas recientes de la patera hundida en la isla de Christmas, en aguas australianas del Índico, que se cuentan por decenas, nos retrotraen a aquellos años no lejanos, antes de la crisis, en que entre la costa occidental de África y Canarias se desató un colapso de cayucos y demás embarcaciones de madera, con esquelas anónimas en prensa de víctimas que iban quedando por el camino en el cementerio de la travesía. Miles de adultos y, finalmente, menores de edad lograron arribar a las islas, y, en un número considerable, conseguían sortear las expulsiones y continuaban viaje clandestino a la Península, rumbo a una Europa de doble rasero (la metedura de pata de Europa) que necesitaba y necesita mano de obra inmigrante a toda costa y, no obstante, practicaba y continúa practicando una política inmisericorde y seudoxenófoba, que ha terminado por calar en las decisiones de las instituciones europeas, rayando una segregación racial sistemática.

Pese a la adversidad económica, que es la causa principal del descenso instantáneo de ese tráfico de personas indocumentadas, episodios como el de la bebé nacida cerca de la isla de Alborán en una patera que salió de Marruecos con dirección a Almería (la llamaron ‘Happiness’, ‘Felicidad’), confirma que hay aún una lista de espera de inmigrantes potenciales aguardando en los países vecinos su oportunidad para dar el salto. En Mauritania se estima que montan guardia actualmente unas 4.000 personas para venir. Muchas de ellas, a buen seguro, son mujeres embarazadas, como la madre nigeriana de la bebé que nació en alta mar, a quienes las mafias y redes captan bajo engaño, pues les hacen creer que, si nace en España, su hijo obtendría la nacionalidad por razón del territorio (iure soli), cuando en realidad le corresponde la de sus padres (iure sanguini). En el naufragio del parto viajaban en la patera, por este motivo, siete mujeres gestantes, convencidas de un privilegio que, al tomar tierra, forma parte de todas las falacias con que se dejan embaucar antes de jugarse la vida.

Desde Marruecos ha comenzado, todavía tímidamente es cierto, a reactivarse un flujo intimidatorio de pateras hacia España. Tiene que ver, naturalmente, con el enfriamiento de las relaciones entre los dos países, a raíz del desalojo a la fuerza del campamento saharaui de Gdaim Izik en El Aaiún, por cuya causa la imagen del reino alauí entre los españoles ha empeorado sensiblemente, según el barómetro del Real Instituto Elcano, conocido ayer (Marruecos merece de nota un 3,9 y sólo aventaja en percepción a Irán). Ni la reanudación de las negociaciones entre marroquíes y polisarios en Manhasset, en las afueras de Nueva York, disipa la sospecha de que Rabat viola los derechos humanos y no ahorra en métodos de chantaje para conseguir sus fines. En ese sentido, el fomento de la inmigración clandestina hacia Canarias y sur de España forma parte del guión.

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ÁRBOLES DE CAPA CAÍDA

 

Permítanme aparcar los asuntos políticos y económicos de la actualidad, y dirigir la mirada al Jardín Botánico del Puerto de la Cruz, el histórico Jardín de Aclimatación de La Orotava creado en el siglo XVIII por el VI Marqués de Villanueva del Prado, una joya de la botánica a la que, por cierto, no acabamos de tratar como icono único de la biografía natural de la isla.

Los efectos catastróficos del último temporal en algunas de sus especies más valiosas (el árbol del pan, la araucaria más antigua o el nogal candil) obligan a este templo de la botánica tropical y subtropical a cerrar temporalmente. La noticia, contada en portada por Diario de Avisos, altera el orden convencional de prelación periodística marcado por la política y la economía; raramente se destaca un episodio de esta ‘naturaleza’, nunca mejor dicho.

Este mismo rotativo elegía en su primera página una frase del naturalista Humboldt, el genio alemán: “Tenerife es célebre… Casi todos los viajeros alrededor del mundo la evocan”. Los daños del Jardín Botánico conmueven a cualquier espíritu sensible con el medio ambiente, son días de luto de nuestro palacio portuense de los árboles del mundo.

En los días del Nobel Vargas Llosa en Estocolmo, nos viene a la memoria el discurso de Saramago ante la Academia sueca, el día que recibió el mismo galardón. Habló de su abuelo Jerónimo Melrinho, el pastor de Azinagha, “que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver”.

Publicado el por Carmelo Rivero en Opinión ¿Qué opinas?