LAS IDEAS DEL PROFESOR DORESTE

 

Japón vive su destino bajo un síndrome nuclear que se remonta a los días apocalípticos de agosto del 45 en que cayeron sobre su cabeza las bombas de Truman en Hiroshima y Nagasaki. Y ahora, en esta crisis de la central de Fukushima que resucita el fantasma de Chernobil (1986), los japoneses reeditan el miedo histórico de sus abuelos y reaccionan con el estoicismo y disciplina de un habitante sísmico responsable, pero también con el fatalismo de un pueblo marcado por la amenaza atómica.

Japón era estos días el tubo de ensayo de un experimento, si evitaba la nube radiactiva, habrían salido reforzados los defensores de la energía nuclear, pero si, como parece, las vasijas de los reactores quedaban como un colador y dejaban escapar las partículas camino de Tokio, el debate lo ganaban los ecologistas. La autoenmienda de Merkel imponiendo una moratoria de tres meses en Alemania, la doctrina de la UE de revisar todas las centrales, la declaración de Zapatero a favor de cerrar las más antiguas, todo apunta a que los detractores han encontrado el argumento para recuperar terreno, si bien ha de darse por descontado que la energía nuclear seguirá conviviendo con las demás (petróleo, carbón, gas y renovables).

El temor a una crisis energética al que ya se enfrentaba el mundo con el conflicto libio (el petróleo se encareció), ahora se ve agravado por las consecuencias de la debacle económica de la tercera potencia a causa, no ya sólo de los daños del terremoto y el tsunami, sino de esta catástrofe nuclear, como refleja el hundimiento del índice Nikkei. Llueven los interrogantes sobre lo que nos espera.

A estas horas es una evidente incógnita hasta dónde llegará el impacto del caos japonés en la economía occidental que va camino de un lustro de crisis profunda. Ya se sabe, en lo que respecta a la energía nuclear, que algunos países –Japón entre ellos- habían descuidado las condiciones de seguridad de sus plantas, diseñadas, en efecto, para resistir eventos telúricos, pero ya en un terremoto anterior (2007), de menor intensidad, salieron a relucir las precariedades de los reactores. Y esta vez ha fallado el sistema de refrigeración, como consecuencia de los embates del maremato más que del fortísimo movimiento sísmico de 9 grados en la escala de Richter. Metafóricamente, las nevadas y bajas temperaturas de que hemos disfrutado estos días en esta parte del globo, contrastan con el recalentamiento de los reactores japoneses, que han tenido que ser bañados con ráfagas de agua por aire a la desesperada al fallar todos los sistemas de refrigeración.

En las islas, donde según el catedrático de ingeniería nuclear de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Lorenzo Doreste, no cabe pensar ni remotamente en la construcción de pequeñas centrales nucleares (como sí propone otro experto, Benicio Alonso), no debemos responder con indiferencia ante esta polémica internacional sobre el futuro de dicha energía. La posible creación de una planta nuclear en Marruecos, que ya originó hace unos años cierta controversia entre nosotros, plantea las mismas reservas que ahora en Japón: ¿con qué crédito, con qué garantías de seguridad?

Las ideas del profesor Doreste invitan a hacer las cosas bajo cierta racionalidad. En lugar de abrir centrales nucleares en el archipiélago, abrir laboratorios de control del índice de radiactividad de los alimentos, empezando por la leche que consumen los niños. Y en los relojes de la vía pública, además de marcar la hora y la temperatura, informar del estado de la radiactividad ambiental, que se mide en milieseverts. Y si en verdad nos preocupa el tema, añade otras sugerencias: prevenir la nocividad a su juicio irrefutable de las ondas electromagnéticas generadas por la telefonía móvil, evitando un uso abusivo de ésta y la exposición a las mismas de la población infantil. El profesor Doreste pone el dedo en la llaga, al espetarnos a la cara que solemos eludir la responsabilidad colectiva. Y nos señala con el dedo: “Si usted no hace algo por evitarlo, es culpable también,” en referencia a los campos electromagnéticos y sus letales consecuencias en la salud de los seres humanos y los animales.

Doreste, nieto del legendario periodista ‘Fray Lesco’, sabe bien hacia dónde dirigir las palabras para que duelan y surtan efecto. Insiste. Insta a cada ciudadano a luchar contra la contaminación electromagnética, so pena de incurrir en una “responsabilidad criminal”. Éste es su último dardo: “Si usted tiene niños y bebés, su responsabilidad es infinitamente mayor”. Japón no es todo el problema; parte del problema estaba, por tanto, más cerca. Está aquí mismo. Las recetas del profesor Doreste me parecen de un aplastante sentido común y, como no podía ser de otro modo, estoy convencido de que, como todas las opiniones cargadas de razón, serán tiradas a la papelera por quien corresponda.

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EL ‘PACÍFICO’

 

A la mañana siguiente de un terremoto devastador, hay gente confusa deambulando por las calles en busca de parientes vivos o muertos, hay una impronta solidaria y personas velando las ruinas, que legitiman su propiedad frente a los intrusos. Después, con la ayuda internacional, llega la picaresca, entre réplicas. Haití, Chile, Japón…, Perú. Este dantesco seísmo japonés de repercusión nuclear (8,9º en la escala de Richter) me retrotrae al de Perú (7,9º, el 15-08-07), que mi suegra, Emilia Cárdenas Verde, lectora de García Márquez, describió, con un pie en el realismo mágico, como “un caballo loco que no paraba de saltar”. No se sabe lo que es un terremoto hasta que se vive. A pocos metros de nosotros, en la carretera del balneario de Huacachina al centro de Ica, unos jóvenes apocalípticos gritaban al cielo, mientras la tierra se movía como una cama de agua: “¡Es el fin del mundo!”.

Las imágenes del tsunami nipón son escalofriantes: la crecida arrastra los barcos tierra adentro y acarrea coches y casas que flotan como juguetes; de algunas ventanas asoman manos que enarbolan sábanas pidiendo socorro quizá inútilmente. En el terremoto de Ica (Perú), en el mismo océano que el tsunami japonés al que Magallanes paradójicamente halló en calma en el siglo XVI y lo denominó Pacífico, las víctimas, que se contaron por centenares, vivían, al contrario que las de Tokio, en casas de adobe (una mezcla funcional de barro y quincha, paja seca), desmenuzadas por el temblor. En el Hotel Paracas, una turista sevillana vio venir hacia ella el mar mientras se columpiaba, y todos corrieron por la arena huyendo del maretazo que les pisaba los talones. El periodista Javier Cabrera vio en la Plaza de Armas de Pisco los cadáveres alineados envueltos en un olor dulzón. Durante días soportamos las taquicardias de la tierra. Se viven escenas dramáticas que traumatizan. A mis sobrinos peruanos les entra pánico cada vez que sienten algún remezón en un país sísmico por naturaleza. El viernes, el susto se extendió de Canadá a Chile, esperando el tren de olas del noreste de Japón. Asia está próxima a Perú y se imitan los eventos telúricos. Aquella tarde, el taxi en que íbamos Lucía, Javier, Joaquín y yo hacía zigzag, el cielo se iluminó de color violeta y se fue la luz. En medio del apagón mucha gente quedó atrapada entre escombros: en la Iglesia de San Clemente, durante la misa, doscientos feligreses perecieron sepultados y sólo se salvaron el cura y un bebé. El pueblo dijo “¡milagro!” Cuando volví al año siguiente, el cura se había ido.

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LAS SECUELAS DEL 11-M

 

El terrorismo se asentó como el temor de la gente a lo largo de buena parte de la primera década de este siglo, a raíz del 11-S de 2001 en Nueva York, y en Europa se instaló en el inconciente colectivo cuando estallaron los trenes de Madrid el 11-M de 2004, hace hoy siete años, sin que todavía sepamos, pese a la celebración del juicio, la autoría intelectual de la masacre. El olvido es tal que la UE, que en esta jornada reúne una cumbre extraordinaria clave para alcanzar un pacto de competitividad, dedica la fecha al Día Europeo de las Víctimas de Terrorismo.

Pero el mundo transita a tal velocidad que aquellos temores (fundados) ante futuras acciones del islamismo radical representado en Al Qaeda y en la figura de su líder, Bin Laden, han pasado a un segundo plano, desplazados por otro miedo: el miedo a la crisis económica cambiante como una ameba, al paro que devora a familias enteras como una epidemia y a una inminente crisis energética, derivada de la guerra civil libia. De hecho, el Consejo Europeo debate hoy, en su sesión matutina, qué hacer con el régimen de Gadafi: después de haber acordado la aplicación de sanciones, se apodera de los dirigentes occidentales cierto desaliento por la remontada del dictador, que está contraatacando con eficacia a las posiciones rebeldes.

Este es el coco actual de EE.UU. y Europa, y algunos países han dado la espalda a Gadafi, como Francia, que ha sido el primero en reconocer oficialmente a los insurgentes, y cuenta con el apoyo de Reino Unido, mientras Washington cierra su embajada en Trípoli. Al tiempo que el mundo se estremece ante el conflicto libio y las potencias estudian seriamente, tanto en la UE como en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, posibles medidas de fuerza, desde una controvertida invasión del país hasta la más viable declaración de una zona de exclusión aérea que aborte los ataques de la aviación del coronel, es cierto que en el Capitolio estadounidense se aborda el papel del mundo musulmán en una sociedad que lo sigue estigmatizando diez años después del 11-S. Ha decaído la psicosis, pero no la sospecha del peligro fundamentalista, ni ciertos brotes xenófobos que han llegado a salpicar al propio presidente Obama, partidario del proyecto de una mezquita en la zona cero.

En España, al cabo de estos pocos años desde aquel 11-M, vísperas de las elecciones generales que ganó, contra todo pronóstico, Zapatero, apenas ocupa ya espacio mediático la preocupación sobre el enemigo yihadista, a pesar de que sigue siendo un país bajo la amenaza de nuevos atentados. Otras guerras en el teatro de operaciones económico, como los ataques al euro, las ofensivas de los mercados contra el déficit y la deuda, y por último el fantasma de la inflación, acaparan todo el orbe de tensiones sociales, desde las altas instancias del Gobierno a las células familiares más reducidas. Preocupa el índice de miseria, que sitúa a Canarias en penúltimo lugar en España, tras Andalucía, y el 83,9% de los españoles, el porcentaje más alto registrado hasta ahora, considera el paro como el problema número uno en la última encuesta del CIS.

Entre el 11-M de 2004 y hoy, 11-M de 2011, hay todo un mundo entre dos mundos, y hasta tal punto ha quedado relegada aquella prevención casi instintiva de guardia permanente respecto al terrorismo islamista, que en la opinión pública cobran mayor incidencia cuestiones como la posibilidad de una catastrófica huelga del personal de Aena en pleno repunte turístico, u otras que entonces podían resultar baladíes, como la persecución a los fumadores, bajo una estricta ley antitabaco, lo que explica que constituya todo un acto de provocación ver a la modelo Kate Moss desfilando en París con un cigarrillo en la mano. Hace siete años perdimos la virginidad; hoy ya somos irreconocibles.

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HUELGA DECIR QUÉ DESASTRE

 

¿Es legítima la ‘putada’ de ir pisando callos por ahí a diestro y siniestro? ¿Afinar la puntería por la calle para aplastar con el pie propio el ajeno allí donde más duele, en algún vendaje del dedo gordo de turno escachurrado sin querer con la pata de la mesa a plomo, en alguna uña enterrada a la intemperie, en los cinco ‘ñames’ a la vez en sandalia descapotable haciéndose el despistado en la marabunta de la calle del Castillo un lunes de Carnaval?

Los señores currantes de Aena no han tenido otra ocurrencia que jugarle una faena de esa laya al par de millones de canarios, infligiendo colectivamente un zapatazo corporativo sobre 260.000 pares de parados pies magullados sobremanera por la demoledora crisis. El derecho de huelga no da derecho a lapidar los derechos de tanta gente al mismo tiempo, no sólo porque la lapidación sea una cosa cruel y deplorable, sino porque, además, quién recoge después todas esas piedras amontonadas y sanguinolentas, cuando no quede nada ni nadie sobre la faz de las islas, o bien porque todos han emigrado a buscarse la vida en otra parte, o porque se han arrojado al mar huyendo de la barbarie, o porque han dejado sus huesos una vez ‘dilapidados’ todos los recursos para subsistir. Hay huelgas de pobres y de ricos, y huelgas insolidarias. Esta no es una huelga salvaje, pero, intrínsecamente, es una salvajada.

¿En qué cabeza sindical cabe que, bajo una descomunal crisis económica apenas tímidamente aliviada por el sector turístico, como quien se aferra a un clavo ardiendo, puede llegar a ser una buena idea convocar no un día, ni dos, ya puestos, 22 jornadas de huelga, del 20 de abril al 31 de agosto, pasando por Semana Santa, el puente de mayo y el verano, sin que la opinión pública se les vuelva en contra, emulando aquella elefantiásica pérdida de imagen de los controladores en el puente de la Constitución?

La feria de Berlín (la ITB) es un foro que ahora mismo concita toda la atención turística de Europa. El gobierno y la patronal de Canarias celebran desde este miércoles, en la inauguración de la muestra y del pabellón de las islas, un incremento del 22 por ciento de viajeros en febrero. ¿De dónde venimos? De tocar fondo y de empezar a levantar la cabeza. En estos momentos, tenemos todos los huevos en la misma cesta del turismo, porque no tenemos otro remedio y nos va literalmente la vida en que no se nos rompan los dichosos huevos. Una huelga tocatelendengues como ésta consagra el descarrilamiento sindical al que asistimos.

Bastó la mera convocatoria de este paro maratoniano insensato para herir irremediablemente al sector, a la economía en su conjunto, a los canarios en su totalidad. La prensa británica no tardó en llevar la noticia a sus portadas y las cancelaciones de reservas no se hicieron esperar, empezando por Lanzarote. La demanda de Paulino Rivero al Gobierno central para aplicar, en su caso, en las islas servicios mínimos del 100%, entra dentro de la lógica, pues Canarias no goza de los privilegios de un territorio continuo y carece de alternativa a los aeropuertos: ni trenes ni coches con los que suplirlos por carretera. Si hay huelga, nos la tenemos que envainar, el canario se queda atrapado y el turista menos previsor se queda tirado como un desgraciado y no vuelve más.

Es una postal digna de encomio, que contagia el optimismo de una sociedad derrumbada por la hecatombe de la crisis. Una huelga que piensa en los intereses exclusivos de un colectivo intranquilo por los planes de privatización parcial de Aena y que torpedea los intereses de las 120.000 familias que viven del turismo en Tenerife, por poner un ejemplo, y en los parados de todas las islas y, como antes dije, en la población de un archipiélago atónita ante tamaño desatino. Luego resulta que no es para tanto, los trabajadores de Aena por sí solos no son capaces de paralizar ningún aeropuerto, no son los controladores aéreos (que, por cierto, permanecen ajenos a este conflicto), y sus efectos se limitan a bomberos, señaleros y otros servicios complementarios, salvo que, llevados del ardor guerrero de su protesta, organicen sabotajes, apaguen los paneles de información y otras bellaquerías que descarto. Porque tengo la máxima consideración hacia el colectivo profesional de Aena y creo que han errado el tiro en la defensa de unos derechos que ni siquiera están en cuestión. Por suerte, el despropósito es reconducible si se corrige el desaguisado a tiempo, tanto por parte de los sindicatos como del Ministerio de Fomento. Pero me temo que, en buena parte, el daño ya está hecho.

No podemos seguir tirando piedras sobre nuestro tejado, que es una forma de autolapidación, retomando el segundo párrafo de nuestro alegato descorazonado, que no descreído, desde un sindicalismo todavía creyente. Quiero pensar que las siglas e ideas de las centrales que han contribuido a hacer de este un país menos injusto y, en la medida de lo posible, democrático, enderecen el rumbo antes de que sea tarde.

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DAGUERROTIPO DE OLARTE

 

Olarte no es la sombra chinesca de una máscara de Carnaval de ultratumba, aunque exista el Olarte de Calero, que sí es de pega, y al original le traicione su alter ego bienhumorado, con sus ‘golpes’ y el histrionismo provocador de un transformista en la era de Lady Gaga. Pancho Guerra habría disfrutado con el ingenio y léxico de Olarte el personaje. Ahora, el veterano colombófilo regresa con el PP, como si se reencarnara en el mito de los 70, de Richard Bach, ‘Juan Salvador Gaviota’, sobre una marea azul sin las siete estrellas verdes de Taburiente. Si nada se tuerce, Soria acomete la segunda resurrección de una vaca sagrada, tras invocar el espíritu de Bravo de Laguna. La de Olarte es una exhumación doble, él mismo desentierra las siglas de Unión Canaria (fundada en el 77), para ‘jubilarse’ (sic) en el PP de dos o de tres al Parlamento por Gran Canaria, fiel a la leyenda de político pragmático. Rajoy avisa de pactos: el PP adopta a un nacionalista que preconizó para Canarias un Estado libre asociado.

Olarte es una biografía. Sus memorias en la tramoya de medio siglo son las de un hombre que se funde en el paisaje de un país que resurge de sus cenizas. Lo captó Matías Vega y son célebres sus travesías del desierto ‘a la busca del poder perdido’ con que apadrinó a Román Rodríguez. Suárez me dijo en Los Rodeos, delante de Fernando Fernández, que Olarte le sería leal de vicepresidente. Lo fue hasta que Fernández pidió la confianza del Parlamento; entonces, ´Kissinger’ (como él lo apodaba) salió disparado al pasillo y, al encararnos, me dijo: “Esta es mi oportunidad”. Una vez en la presidencia, le declaró la guerra ‘arancelaria’ a Felipe González. “Madrid va a saber lo que vale un peine” (copyright de Lorenzo Olarte). De frágil salud de hierro (combate su diabetes por último con los consejos de una nutricionista coreana de Las Palmas) está ‘todo el día’ viajando a China como un albatros. La voz de Olarte es inconfundible. El cloquío lo pilló J. M. Bermúdez, y Calero clavó la simulación. María Lecuona, la lagunera con la que se casó, lo confundía con Calero oyéndolo en casa. Reuní a Olarte y Cubillo en televisión: el primero acusó al segundo de haber querido atentar contra él, y los dos abogados se fueron una vez reconciliados. Una vida sobre un alambre. El caso ‘Puerto Marena’: el misterioso voto 31. El asesinato de su secretario: la cornada al excrítico taurino. El animal político vuelve a la carretera a mil por hora. ¿Quién dijo a 110?

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CUADERNO DE BITÁCORA DE OLARTE RUMBO AL PP

 

Lorenzo Olarte, el veterano dirigente canario que lo ha sido todo en la vida pública de las islas y aun en la nacional jugó un papel clave e influyente en tiempos de UCD y Suárez, se resiste a permanecer en el ostracismo, y regresa a la política en las filas del PP. Olarte pondrá distancia de sus postulados nacionalistas para enrolarse en un partido de ámbito estatal, desenterrando las siglas de Unión Canaria, que fundara en el 77, para tender un puente sobre el vacío con la organización de Soria y Rajoy.

Su fichaje cuenta con la bendición del aparato nacional del PP y con el respaldo personal de Soria, que de este modo continúa reforzándose ante la cita electoral del 22 de mayo con la repesca de peces gordos (o pesos pesados) de la política canaria, como el expresidente del Parlamento José Miguel Bravo de Laguna, y ahora el expresidentes del Gobierno canario Lorenzo Olarte, que sería así el segundo activo procedente de la esfera nacionalista, tras la incorporación pública, desde la semana pasada, del exalcalde de Valle Gran Rey y exdiputado autonómico Esteban Bethencourt.

La llegada de Olarte al PP me ha sido confirmada en una fuente segura. Concurriría en la lista popular al Parlamento por Gran Canaria de número 2 ó 3, en caso de que la segunda plaza recayera, por criterios de igualdad, en una mujer. Tiene ganas de volver al terreno polìtico, aun a costa de hacerlo a la sombra de otro líder, habiendo sido toda la vida un ariete hiperactivo con vocación de ganador. Su frágil salud de hierro (es diabético y ha dado por último con un tratamiento eficaz de una nutricionista coreana en Las Palmas, que le permite perder kilos y paliar los efectos de una enfermedad crónica) no le ha impedido, durante estos años en la retaguardia, viajar una veintena de veces a China, país con el que guarda lazos muy estrechos en calidad de asesor y promotor del Puerto de la Luz y de Las Palmas como base de los intereses de Pekín en África. Como avanzadilla de China no ha logrado el respaldo económico que esperaba en las islas y en su entorno se le describe decepcionado con ese desinterés y abocado a aplazar una importante cita de empresarios de dicha nacionalidad que debía organizar este mismo año. Ha ‘mendigado’ financiación para la cumbre y le han dado la espalda.

Olarte fue asesor áulico de Suárez en la Transición, con despacho en la Moncloa al lado del ‘jefe’, y timoneó en las islas el CDS tras la desaparición de UCD. Personalmente, recuerdo haber cubierto el congreso exprés de aquel partido milimétricamente calculado por el propio Olarte, cuyos acólitos entraron por una puerta convencidos de pertenecer a una fuerza de centro nacional y salieron por otra transformados en nacionalistas cofundadores de una futura Coalición Canaria que iba a gobernar las islas cuatro legislaturas seguidas. El carisma de este veterano ‘Andreotti’ canario, paradigma del político incombustible, le ha granjeado siempre  simpatías aisladas (rara vez fidelidades duraderas) a lo largo de su carrera, que explican por sí mismas los continuos sobresaltos que ha dado como líder. Olarte es, en sí mismo, un partido constituido por él. Este llanero solitario se ha curtido en mil batallas (guerra de guerrillas) con la tropa de un solo hombre disfrazado de mil maneras hasta dar la sensación de ser una multitud. Su soledad es célebre, como su don natural para el efectismo político. Consiguió ser presidente en las filas de un partido minoritario en el seno de una alianza de centro-derecha y nacionalista cuando Fernando Fernández perdió el cargo al solicitar la confianza de la cámara. Fernández lo llamaba ‘Kissinger’, cuando Olarte era su vicepresidente.

EL AVAL (O VALS) DE SUAREZ

Al bajarse del avión, Suárez me dijo una vez, en Los Rodeos, delante de Fernández, que Olarte le iba a ser fiel en el Gobierno, y, aunque era más el aval de un amigo que el de un político, Olarte bailó ese vals y cumplió el vaticinio, eso sí con una carta bajo la manga: a la primera de cambio, en cuanto Fernández dudó, consumó la jugada que había estado pensando todo el tiempo. No bien había terminado Fernández de decir en el estrado que presentaba la cuestión de confianza, y Olarte salió enfilado al pasillo y me dijo estas palabras: “Ésta es la mía”. Cuando fue investido, Tomás Padrón (que ahora emprende el viaje contrario tras el anuncio de su retirada) le obsequió un naife, el cuchillo artesanal canario, con esta coletilla en mi presencia: “Para que te protejas de las puñaladas por la espalda”.

Fue un presidente enérgico y reivindicativo, que plantó cara a Madrid y a Bruselas, negándose a aplicar el descreste arancelario a que obligaba Europa a Canarias entre tanto no se compensara a los cabildos por la pérdida de ingresos que iban a sufrir, y así protagonizó un episodio histórico que dio alas al incipiente nacionalismo insular, al obligar al entonces Secretario de Estado de Hacienda, José Borrell, a viajar a Canarias y finalmente ceder, pese a las amenazas del ministro Solchaga de sacar los ‘tanques’ de la Constitución a la calle para doblegar la rebelión fiscal de las islas. Acudí al aeropuerto a entrevistar a Borrell, que pisó la isla con la arrogancia de Mourinho y la abandonó después de que aquí le bajaran los humos entre Olarte y José Miguel González, que era el consejero de Hacienda. Me hice amigo de Borrell y aquella vez recibió una lección.

Suyas (copyrigt de Olarte) son algunas célebres sentencias o greguerías del léxico político insular, en clave nacionalista, como ‘Madrid va a saber lo que vale un peine’, o ‘Entre Canarias y la Zarzuela hay una corta distancia, y entre canarias y la Moncloa una distancia sideral’. Olarte, abogado en ocasiones de causas perdidas, suele decir, también, que en los juzgados se dictan sentencias inverosímiles: “He visto burros volando”.

EL OLARTE DE CALERO

Calero (el humorista) imita a la perfección la voz de Olarte; de hecho los llevé a los dos a ‘Hora 23’, en la TVC, y era como si hablara el mismo personaje clonificado. Me consta que se inspiró, a su vez, en José Manuel Bermúdez, que estiraba las coletillas del político grancanario con una gran similitud fonética. Es un político con reconocimientos insospechados como jurista o colombófilo, la faceta que siempre empleó para hacer el cuento garciamarquiano de las cartas de amor que sus progenitores se remitían con ayuda de palomas mensajeras. Siempre estuvo convencido de que Cubillo, en un acto desproporcionado, planeó matarlo. Y un día los reuní a ambos en ‘La Caverna’, el programa que hacía en televisión, y se lo pregunté a bocajarro  al abogado independentista delante de Olarte, la presunta víctima. Olarte se fijó en las cejas de Cubillo, dice que se le empinaron, y el fundador del Mpaiac trató de desmentir la acusación. Quedaron como amigos, Olarte aceptó las disculpas y contó que había comprado billetes con dragos para recaudar fondos con que financiar el regreso de Cubillo de Argel.

En la biografía de Olarte asomó el turbio asunto de Puerto Marena, a finales de los 80, cuando Antonio González Viéitez (ICU) lo asoció con una operación inmobiliaria en Fuerteventura asegurando que había participado en la petición colegiada de un crédito de más de mil millones de pesetas a la Caja Insular de Ahorros, incurriendo así en tráfico de influencia, al estar la entidad sometida al control del gobierno del que formaba parte. La denuncia quedó archivada y la comisión parlamentaria de investigación lo absolvió gracias a su propio voto en una famosa treta política con la cooperación de, al menos, un diputado que nunca fue identificado más allá de la rumorología.

Le tocó dar luz verde a la creación de la Universidad de Las Palmas, y siempre bromeaba cuando le tildaban de ‘canarión’ recordando que le había ‘robado’ a Tenerife una lagunera, su esposa María Lecuona. Y fue el padrino político de Román Rodríguez cuando en el seno de CC le cerraron el paso a su candidatura a la presidencia, portazo que nunca perdonó.

Si hubiera que ilustrar con un ejemplo al político que no se fía ni de su sombra, ése es Olarte; si hubiera que buscar el prototipo de político solo, sin edecanes, ni equipo, ni corte de adulones, ése también es Olarte, y si hubiera que explicar con un caso gráfico cómo se las arregla un político camaleónico para sobrevivir a todas las travesías del desierto, ése, sin duda, es el caso de Lorenzo Olarte Cullen, hijo de jurista represaliado, que empezó joven al frente del Cabildo de Gran Canaria y puede que culmine medio siglo de vida política como diputado autonómico y después senador (si no nos reserva ninguna sorpresa más).

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LA VENDA EN LOS OJOS ANTES QUE EN LA HERIDA

 

La fiebre de ocurrencias del monopol de moda para ahorrar energía revela, una vez más, la capacidad de fabulación del Gobierno de Zapatero. Algunas de las recetas que más da que hablar en los mentideros, como la ‘adormecedora’ reducción de velocidad a 110, contrasta con la decisión de otros gobiernos europeos de hacer todo lo contrario, con tal de aumentar la productividad. Esta es la clásica bola de nieve, que empieza sustituyendo bombillas convencionales y ópticas de semáforos por diodos emisores de luz de bajo consumo (LED) y acaba cambiando neumáticos, cerrando la oficina a la luz del día, restringiendo circular en días pares o impares y llevándose el Ministerio al extrarradio para oxigenar el tráfico en la ciudad.

El carnaval de disposiciones, en manos del Consejo de Ministros, se asemeja al repertorio más jocoso de una murga cualquiera, cuando más chocante sea la cancaburrada más impacta en la opinión pública, y el vulgo se entretiene con la serpiente de turno y no piensa en la verdadera acritud del asunto. Que no es otra que lo grave, alarmante y chiripitifláutico (en blanco y negro y ‘mala sombra’) de una posible crisis energética en puertas.

De estallar ésta, las islas Canarias se enfrentarían a una alerta roja económica, como pocas veces, con escasas reservas petrolíferas, si acaso, para un par de meses, dada nuestra extravagante importación de crudo procedente del exterior, y sin gas por la tozudez de unos pocos opositores sin alternativa y por la dejadez de unas corporaciones serviles. La dependencia energética es, siempre se nos advirtió (desde los famosos seminarios cívico-militares de Capitanía), nuestro talón de Aquiles. Somos, sin duda, el territorio de todo el Estado más vulnerable ante una eventualidad de esa naturaleza.

Y a juzgar por los movimientos de piezas en toda Europa, con el incremento del precio del barril de brent (que anuncia una inminente subida de los tipos de interés por parte del Banco central Europeo) y el descontrol de los pozos en Libia bajo un clima bélico de duración indefinida, no esta el horno para bollos, para bombillas y recauchutados. Sino para hacer cuanto antes la tarea: dotar al archipiélago de la capacidad energética que requiere (ante una crisis incierta), con el fin de desterrar el fantasma de un desabastecimiento de consecuencias desastrosas. Confió en que, al margen de la simpática chismografía sobre la variedad de tiritas disponibles para en caso de rasguños eléctricos, alguien esté comprando vendas de verdad por si se produce la herida que nadie desea. Prevenir antes que curar.

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EZEQUIEL

 

                          

Uno puede hacer como que no le afecta que se vayan antes de tiempo personas que precisa. Y es mentira. Ezequiel Pérez Plasencia era un escritor sin fama, pero se trataba ya de un autor preceptivo que tenía un lugar asegurado en la historia desde hacía tiempo, con lo justo, una obra lacónica y conmovedora.

Nos deja el inventario de esos pocos libros vitales que hablan por él como en Pavese, de los solitarios célebres, escritos con desolación, en el epicentro de su ‘tartamundo’. Era un lector fluido que, en efecto, se atrabancaba al hablar, alguien sensible, futbolero y enamoradizo. Conocía la química de las palabras. Sus narraciones, un receso en La Habana, las columnas periodísticas, los microrrelatos como Monterroso, la novela ‘El orden del día’…, ese reguero de pólvora que conduce a la hoguera de un hombre que se dejó la piel en la literatura nos explica quién fue. Un hijo de Camus y Cortázar en el raro paritorio de las letras de la isla. Vivió enrabietado con la soledad como Poe, al filo del infierno, y fue valiente consigo mismo, digno perdedor (‘la ilusión de los vencidos’), puso mar de por medio para replantearse en Cartagena (Murcia), donde el destino le tenía reservada una cita con amigos en la que iba a atragantarse mortalmente mientras comía.

Nadie elige el lugar donde morir, mucho menos donde la vida le ha sido devuelta. En su último artículo como bloguero, ‘Palabras’, del día dieciséis de este mes, dice que “el silencio es una cobardía; la palabra, una queja o defensa”. El suyo, un “silencio observador” (y coraza), seguía siendo el dos de mayo, en otra entrega, su “mejor arma”, hasta esa declaración final contra el aliado de la timidez. El mismo día deslizó un guiño a los “adioses definitivos” y sugirió la tesis de los placeres cotidianos (donde no faltara el aroma del café) antes de “unirte para siempre con el universo”. Su muerte resucita el compromiso político de nuestra generación, me acordé estos días de su hermano Nicolás, el concejal comunista. La tarde en que me invitó con Juan Cruz a presentarle en el Foro Literario (otra librería dimisionaria) ‘El regreso de Calvert Casey’, el autor de ‘Egos revueltos’ lo emparentó con Borges, y Ezequiel me tocó nervioso con el pie bajo la mesa, feliz. Me sopló que soñaba con el Alfaguara, pero el éxito de su vida fue ganar el Juan Rulfo de cuentos, en 1999, con ‘Decena de un cronopio’, entre más de 5.000 autores de todo el mundo. Benchomo y La Isla lo publicaron. Sus textos inéditos son ahora su ‘textamento’.

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EN LA RADIO, COMO DE COSTUMBRE

       

Estaba en la radio, en Radio Club, me disponía a ‘enlatar’ una entrevista. Entonces vivía prácticamente en la radio, con lo cual no es de extrañar que me cogiera con los bártulos del oficio, delante de un micrófono, con un invitado, en el estudio de grabación. De pronto, se oyó un bullicio en el pasillo y salí disparado al control central. En esa época, con Paco Padrón de director, dábamos ‘flashes informativos’ cada vez que había una noticia de impacto. Aquella era una bomba en Madrid y nos quedamos enganchados a la ‘cadena’ (la Cadena SER) durante la transmisión estremecedora en directo de la votación de investidura de Calvo Sotelo, y, tras la intromisión de Tejero, la narración que siguió en voz baja y entrecortada. En cuanto pudimos, empezamos a informar desde aquí, recuerdo bien, con el valiente testimonio antigolpista que nos hizo aquella noche Vicente Álvarez Pedreira, un presidente de la Junta Preautonómica que tenía aspecto tímido y precavido y, sin embargo, dio muestras de arrojo y convicción constitucional. Paco llamó a Capitanía, que, al menos, formalmente, se puso al lado del Rey, y todos continuamos en la radio, expectantes, hasta la intervención televisada de Don Juan Carlos, confirmando que ordenaba la retirada de los tanques de Miláns del Bosch. Años después, Iñaki Gabilondo me contó cómo se fraguó clandestinamente, siendo él jefe de Informativos de la televisión pública, la grabación providencial del Rey bajo el secuestro de TVE por parte de los golpistas. (El Rey se olía lo que se estaba cociendo, de ahí la demisión previa de Suárez, y una de las tesis más extendidas es que tanto él como algunas fuerzas democráticas estaban en la onda de aceptar una ‘solución De Gaulle’, si la situación se seguía deteriorando en el seno del Ejército, consistente en dar paso a un gobierno de concentración de todo el arco político con un militar de prestigio al frente. Pero Alfonso Armada, autonominado para ese papel, defraudó al Rey, del que había sido preceptor.) Aquella noche en vela fue, nunca lo olvidaré, la ‘noche de los transistores’, con ‘el Butanito’ (José María García) describiendo en directo los pormenores del ‘tejerazo’ desde el exterior del Congreso. Claro que pensé que todos iríamos al trullo, todos los que teníamos un rejo izquierdista, o que nos meterían en ‘cintura’ como habíamos visto en el Chile de Pinochet. Como quiera que mi hermano y yo promovíamos entonces el Movimiento de la Nueva Canción Popular Canaria, estábamos muy familiarizados con los sucesos del Estadio Nacional chileno y el aniquilamiento visceral de Víctor Jara. Curiosamente, junto a las de Taburiente, Caco Senante o Los Sabandeños, cantábamos de memoria la canción de Raimon ‘Al vent’. Había mucho compromiso y renuencia a todo golpe, habríamos salido a la calle como en los 70: ya en las manifestaciones por la muerte de Javier Fernández Quesada o Bartolomé García Lorenzo se vio que, a las primeras de cambio, la gente montaba en cólera.

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LETRAS Y MOSCAS

                    

Ustedes se preguntarán dónde está la Librería La Prensa en Santa Cruz. No está, pero existió. Entre sus paredes hacinadas de libros, yo me sentía de niño como Daniel Sempere en ‘La sombra del viento’: vocacionalmente escritor. Mi tío, el librero, vendía bajo cuerda ejemplares de ‘La prisión de Fyffes’, de J.A.Rial, y títulos de Ruedo Ibérico escondidos bajo el mostrador. Los libros prohibidos. A las horas vacías, entraban clientes fugaces que pagaban y desaparecían. Había una venta subrepticia de obras malditas cuando las letras no eran libres.

Te enterabas de historias orales y escritas, oyendo y leyendo en la esquina ilustrada de Castillo con Suárez Guerra (hoy, la tienda ‘Stradivarius’ pone música a la letra del local). A viva voz, el abogado José Arozena celebraba el hallazgo de ‘Cien años de soledad’, cuando el debut de García Márquez era noticia. Luis Alemany entraba sin pelos en la lengua. Había a menudo periodistas de paso hacia ‘La Tarde’, que estaba cerca. De ahí que en este Día de las Letras Canarias, dedicado al poeta Tomás Morales (90 años de su muerte), deba decir que están cayendo compañeros en paro como moscas. 2011, o el año de la riada de periodistas despedidos. El periodismo en la ‘calle’, cruel ironía del oficio.

Cuando estalló la polémica con los parlamentarios sobre Blas Cabrera para la próxima edición, salió a relucir el nombre opcional del periodista Pancho Guerra, autor ‘material’ de Pepe Monagas. Y me acordé de los escritores clandestinos, de Otaduy, los presos de ‘las musas cautivas’, o mi amigo Julio Hernández, que redactó miles de folios inéditos poseído del síndrome Monagas. Y de los escritores muertos. En la librería leí la edición príncipe de ‘Mararía’, de R.Arozarena, un libro misterioso, a la medida de la fábula de Zafón. Un día vi pasar de largo a F. F. Casanova (el Rimbaud canario), competimos por el Julio Tovar, quedamos finalistas, y él ganó con su fascinante ‘invernadero’. Armas Marcelo desenvaina ahora, como Unamuno, contra “la dejadez, el aplatanamiento…, el llanto del aislacionismo” de sus paisanos escritores. La primavera de las letras canarias fue en los 70. El premio ‘Pérez Armas’ de la Caja era el faro. Escribir en ‘La isla de los niños’, de R.G.Luis, y tropezarse en la calle con un autor, era una pasada. Me escapé a La Habana a comprar libros, con un encargo de Lázaro Santana: le traje el ‘Espejo de Paciencia’, de Silvestre de Balboa. Primer texto literario de Cuba. Autor: un canario del siglo XVII. Cuando nos comíamos el mundo sin cáscara, como, años más tarde, Galdós.

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