El café leído

De Juan el del Arkaba hace tiempo que nadie habla, pero era un personaje insustituible en una ciudad que se fraguaba, sobre todo, en los dominios de la Avenida de Anaga y del puerto, delante de los barcos y las montañas traseras y de espaldas a los resuellos de la urbe que trepaba desde allí hasta sus confines. En esa cafetería quedó flotando el recuerdo de una época de artistas, políticos, periodistas y escritores, ya borrosa, donde era evidente su carisma de barman y maestro de ceremonias, hasta que lo sorprendió temprano la muerte.

Algunos de estos bares, cafeterías y restaurantes gozan de una fama legendaria y a veces de una legendaria mala fama consecuente con su confluencia de vicios y amistades peligrosas. El Arkaba tenía un traje para cada ocasión, era exquisito y familiar de día y permisivo de noche con la fauna bohemia de una clientela fiel. Se era del Arkaba como de un club de fútbol o de una murga del Carnaval. Juan era de Güimar y culé, un futbolero educado que templaba las cuerdas de la feligresía dividida del bar. Las letras le daban menos disgustos. Allí quemaban la noche los periodistas noctívagos y siempre paraba a hablar con él el inefable Arroz, que recorría la avenida pasando el cepillo y arrastrando los pies. Hay personajes que son paisaje.

De igual modo, en La Habana yo siempre acudía a El Floridita como una rutina para ver la estatua de Hemingway acodada en un extremo de la barra, porque era célebre su apadrinamiento del lugar donde acuñó el daiquiri, como en nuestro caso un cliente anónimo instituyó el barraquito en el bar Imperial. Uno colecciona bares sentimentales, atrapado en las majaderías de los libros y los periódicos, donde tomar café y leer y escribir. Mi tío Paco Martínez del Rosario hizo de La Prensa una especie de barra de tasca de libros. Su librería, en la esquina del Castillo y Suárez Guerra, convocaba a parroquianos de Gaceta de Arte, a su primo el actor Francis del Rosario, a toda la peña del Círculo de Bellas Artes y a una insurgencia de jóvenes autores que venían rompiendo los diques, como el más aventajado, Luis Alemany, que luego siguió frecuentando otras fondas, fiel a su estilo. Fue allí, en La Prensa, donde el abogado José Arocena vociferó en una ocasión el nombre de un escritor colombiano que, a su juicio, daría que hablar: Gabriel García Márquez. Su voz atronadora llegaba a oídos de niños que nos quedábamos con todo. En efecto, Arocena, lector compulsivo, había dado en el clavo, pero lo supe años después. Cuando los bares se confunden con librerías o pinacotecas y tienes la suerte de conocerlos muy pronto, descubres un filón para siempre. Hoy los periódicos que no se venden en los quioscos se leen en las cafeterías. En una foto en blanco y negro, conversan apretujados en torno a una mesa pequeña de bar con platos y vasos ya vacíos Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes junto a otros dos amigos de su corte. La imagen de los años 60 se titula La mafia en La Ópera, que es un antro mítico de México en cuyo techo se conserva la bala que disparó Pancho Villa en tiempos de la revolución. Fuentes en el sur de Tenerife solía recalar en la cafetería del Hotel Jardín Tropical de su amigo Jesús de Polanco. Leer y escribir en los bares y cafeterías le apetecía en México o en Tenerife, y yo le acompañé una vez en que tenía entre manos La silla del águila, sobre los meandros del poder que era su monomanía bajo la piel de diplomático hijo de diplomático. Fue cuando me dijo que había escrito primeras novelas muy malas a varias manos saltando con los amigos de bar en bar.

En el Arkaba, Juan, camarero y copropietario, repartía juego en las mesas sin perder el control de la bandeja. Era excepcional como relaciones públicas, cobijaba a ecologistas de alguna plataforma alternativa, a peñas de poetas desheredados y a pintores desconocidos que acabarían colgando sus lienzos en las paredes cuando ideó una minigalería de arte amateur que enseguida tuvo gran repercusión entre artistas menesterosos. Fue allí donde anidaron los fetasianos de Rafael Arozarena e Isaac de Vega. De esa fusión trasnochadora de bohemia y periodismo en los bares literarios con el aura de Montparnasse en Santa Cruz va quedando escasa huella. Era común en el sector ver crecer narradores y artistas, como el Grupo Nuestro Arte de la llamada generación del bache, donde Pedro González, Miguel Tarquis, Enrique Lite, María Belén Morales y Antonio Vizcaya Carpenter eran para nosotros los popes de un altar mayor.

La famosa tertulia nace en esos páramos sin tecnología. González-Ruano se llevaba la suya de café en café, hasta la última, en Cafe Teide, donde escribía como si fuera su domicilio. Cuando llegó el móvil, la gente dejó de hablar y frecuentar el café literario, y la conversación de estas catedrales se replegó transformada en soliloquio trabucaire de las redes. Pero yo me permito la nostalgia de navegar en mi iPad en cafés convencionales. Con lo que digo, estoy poniendo un pie en cada orilla; me apena que desaparezcan esos refugios nucleares donde apetecía leer, escribir y conversar. Se fumaba mucho y ahora no. Se dejó de fumar y de hablar. Admirábamos de oídas las tertulias de Café Gijón, donde Pérez Galdós se codeaba con la crème de la crème literaria de Madrid, porque las islas quedaban muy lejos y no teníamos esa clase de santuarios. En cuanto pude visité los paraísos idealizados en la distancia. Luego, me convencieron de que en bares y cafeterías nadaban los periodistas, con lo que aprendí, como pez en el agua. Cerraban el periódico a las tantas y empataban la noche con el día en su tugurio favorito.

Cuando quedé con el periodista Carlos Carnicero en Buenos Aires me citó en una cafetería, donde me recibió como en el vestíbulo de su casa. Se había instalado con el ordenador en una de las mesas, y allí comía y trabajaba. Me recordó en la Da Gigi, donde yo tenía mi lugar de acampada entre el Arkaba y el Montecarlo. En cada local había camareros y propietarios que crearon estilo. Cierto que Da Gigi era político-empresarial y el Arkaba, literario. Allí, en Buenos Aires, cada garito tiene sus intelectuales adoptivos, que saltan a la vista, como en La Biela, en el barrio de La Recoleta, donde nos saludan sentados a su mesa Borges y Bioy Casares.

Siempre he tenido debilidad por las cafeterías acogedoras y entrañables que parecen protegerte en su fanal, donde leí y escribí, en deuda con su capacidad de influencia.

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Celia, en la corte suprema del arte

La insubordinación de Celia Cruz le venía de su etapa cubana, cuando los inicios de su carrera fueron tortuosos por ser mujer. Lo primero que sintió fue el rechazo. Debutó en la radio con la Sonora Matancera -la orquesta con la que se iba a catapultar- y en la emisora se recibieron cartas pidiendo que fuera sustituida. A Celia nada en la vida le fue fácil. Cuba le negó volver y no pudo asistir a los funerales de sus padres. Pero tenía tal obstinación que acabó conquistando a todo el mundo, hasta convertirse en la estrella de la música latina con más seguidores en los cuatro continentes.

Yo la vi llegar aquel mes de febrero de 1987 -cuando 31 años después parece que fue ayer-, predestinada a tener una cita con la historia. Cantó en la isla su Bemba colorá como si no quisiera dejar de hacerlo -la estiraba como un chicle porque disfrutaba del éxtasis de cada uno de aquellos temas envolventes de su repertorio acezante- y nos regaló de colofón el pasodoble Islas Canarias a capela. Muchos años después, su marido, Pedro Knight, que había sido el segundo trompetista de la Sonora y fue su representante de por vida, me contó que Santa Cruz no era solo una ciudad, ni Tenerife una isla cualquiera para su mujer, que ya había fallecido en 2003 -en julio se cumplen quince años-. A tal punto existió una estrecha simbiosis entre ella y nosotros, que cerraba los ojos y se imaginaba en La Habana, cantando físicamente en su Cuba natal, que un día le cerró las puertas. En los Carnavales del 87, Celia ya era un mito. La vida es un Carnaval, cantaba la reina de la salsa. Pisó la isla y se sintió en casa, poseída por el embrujo de un Caribe traspapelado en la confluencia de los ritmos de un extremo a otro, de nuestro pasodoble a su bolero, su guaracha y su guaguancó.

Estaba todo dispuesto para el martes de Carnaval. Estaban convocadas las partes a un desafío en la Plaza de España. Celia y Billo Frómeta eran dos grandes personalidades de la música latina. Billo Frómeta se contagió de Tenerife desde que desembarcó en la isla por Carnavales de la mano de Radio Club. Paco Padrón convirtió los bailes de la Billo’s en una cita obligada del remeneo popular. La noche de marras -hace 31 años- no fue en el mes de febrero, sino el 3 de marzo. Celia Cruz y la Sonora compartieron escenario y un hito histórico con la Billo’s Caracas Boys y las orquestas tinerfeñas Maracaibo y Guayaba. El acta de aquel récord cifró en 240.000 personas las que bailaron con las canciones del elenco de estrellas. Desde el balcón del Casino, adonde subí para recrearme en la marea humana, el espectáculo superaba todas las previsiones. La foto aérea que inmortalizó el baile más concurrido jamás celebrado no deja lugar a dudas. Se sabía de antemano, aun antes de que lo certificara un notario, que era una espectáculo excepcional. Nuestro Carnaval, que alardea con la vanidad propia del caso, de ser el mejor del mundo, aquella noche lo fue. Hace 31 años éramos ajenos al ocaso de todo que trae consigo el paso del tiempo y desafiábamos la vida con la petulancia de la juventud. Este apunte que hago hoy del récord Guinness de Celia en Tenerife me arrulla nostalgias de una etapa feliz. Hoy todo aquello es una efeméride, una reconciliación con los legajos de la historia, porque Celia y Frómeta ya no son de este mundo y nosotros ya no somos los mismos.

Ella era una gran persona, además de una artista irrepetible, que se curtió en las canciones de cuna y pasó a cantar coros yorubas y ritmos de batá y a cantar y bailar en las corralas habaneras. Javier Zerolo, quien mejor la conoció por aquí, podría escribir un libro de retazos de aquella inusitada relación de Celia con Santa Cruz -la embajadora- como si de La Habana se tratara. ¡Que viva el misterio y la vivencia! ¡Celia, en la corte suprema del arte!

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La política es un Carnaval

Celia Cruz decía que la vida es un Carnaval. Y, aplicado a la política, el precepto encaja como anillo al dedo. Es hilarante y triste a la vez. Puigdemont encarna la figura agachada y deponente del caganer catalán, y se ha vuelto un ninot de falla en el trono de hielo de su exilio-escondite en Waterloo. La política -la española, canaria, catalana, americana, inglesa, italiana … y la del Kurdistán- se ha vuelto una astracanada frustrante como un carnaval en un funeral, y es el signo de este siglo de sombras, que es la contraparte del Siglo de las Luces, cuando se tomaba en serio el conocimiento de las cosas para combatir la ignorancia del pueblo y había filósofos que merecían ese nombre como John Locke, Voltaire o Rousseau y toda aquella camarilla. Ahora, en plena huelga de pensadores, teóricos y apologetas, estamos en un periodo más estéril de la cuenta, con los parlamentos ocupados por una suerte de caraduras y oportunistas. Y ya no cuela que se trata de la regeneración, sino de la gran mascarada intelectualmente bajo mínimos. En el planeta del trending topic no prospera el político al uso. Estaba aquel Viejo Profesor que vestía los trajes que le hacía el mismo sastre de toda la vida y era venerado y simpático y difundía bandos municipales en la alcaldía posfranquista para amar Madrid (muévete en transporte público, utiliza las papeleras y los contenedores, no hagas topless en las calles…) y en Carnavales invitaba a divertir la voluntad sin darse a roces, tientos, tocamientos y sobos. Era el alcalde enrollado de la Movida que le decía a la basca, ¡rockeros!, quien esté colocado…, ¡que se coloque!¡Y al loro! Pero Tierno Galván es un señor que recordamos ahora en lontananza y con nostalgia, porque este jueves se cumplió su centenario y lo sacamos a la luz como quien exhibe una pieza de museo a sabiendas de que no cuela en estos tiempos. Hay más vestigios de entonces paseando en vida como fantasmas entre los iconos del mainstream político en boga. ¿Acaso es reconocible la vetusta democracia en este baile de disfraces?
Mi amigo Gilberto Alemán soñaba con habitar y hasta gobernar en los dominios ultraterrenales de la isla encantada de San Borondón, y se sentaba a tomar un güisqui a media mañana en el Montecarlo de la Avenida de Anaga para imaginarse, ante el paisaje marítimo, huésped y desterrado en su fortunata quimérica. Y se autodesignaba embajador del islote inexistente, incluso redactó una Constitución para unos cuantos acólitos, entre los que nos encontrábamos Pepe Dámaso y yo. Gilberto repartía cargos y canonjías en su reinado fantástico y una vez se exilió de verdad a Venezuela, que es otra ficción por el estilo a la que Ernesto Salcedo bautizó certeramente como la octava isla. A la vista de los territorios imaginarios de la nueva política española, San Borondón no es menos real que esa Tabarnia que preside otro cómico, Albert Boadella, o esa Cataluña volante que encarna Puigdemont como el monje de San Brandán. El día que el expresident descubra que no pisaba tierra firme sino el lomo de una ballena ilusoria, entrará en depresión y unirá su destino a Artur Mas en el parnaso de los duendes sin paraíso.
Los parlamentos hoy en día son los modernos coliseos del teatro a la italiana, con su forma de herradura y sus diálogos de besugos en la gran comedia de la farsa actoral. En el Capitolio de los Estados Unidos, este miércoles tomó la palabra una señora septuagenaria y encadenó un discurso de más de ocho horas que batió el récord del género en su país, holgadamente, pues la marca anterior fue de unas cinco horas un siglo atrás. No obstante, el monólogo kilométrico de Nancy Pelosi, líder demócrata en la sufrida era de Trump, tenía un fin romántico más propio de los héroes de la Ilustración que de este basurero orgiástico de un siglo de tramposos. Pelosi, que con siete años contestaba con acierto el teléfono de su casa cuando no estaba su padre, congresista como hoy lo es ella, salió esta semana en defensa de los centenares de miles de jóvenes inmigrantes soñadores (dreamers) a los que el presidente quiere expulsar en marzo. Sobre zapatos con tacones de diez centímetros y apenas unos sorbos de agua mantuvo el tipo, a sus 77 años, desde las tres de la tarde hasta las once de la noche, sin éxito. Pelosi es una errata en la farándula política de la última perversión del sistema. No es una vieja política, sino el exponente de una forma consecuente de resolver las cosas que nunca será viral salvo que hable ocho horas y se dé el gusto de la gloria de las redes.
Los estilos han mutado a toda velocidad, y lo que antes resultaba un crimen hoy, en ciertos países, constituye un alarde de pragmatismo -no pierdan de vista esta palabra si aspiran a interpretar lo que nos sucede políticamente en nuestro entorno-. Hay sitios donde llevan esa praxis a su extremo, como Duterte en Filipinas, que ya atesora miles de ejecuciones, a menudo en plena calle, de sus escuadrones de la muerte “contra el crimen y la droga” (sic) y se pasa por el arco del triunfo los tres timbres de avisos del Tribunal Penal Internacional. Es el mismo que llamó “hijo de puta” a Obama. Un filón del aquelarre de esta feria, cuyo discurso más largo son cuatro insultos con cara de borracho y consignas muy lúcidas a la policía de “matar a los idiotas que se resistan”. Hemos convertido el infierno en nuestro hogar: “Si conoces a algún drogadicto, mátalo tú mismo”, arenga el lunático que lleva menos de dos años en el poder y no cesa de dar rienda suelta a su carnaval de exterminio.
Hoy es una auténtica hazaña buscar en el mapa un lugar con principios, con dirigentes no perturbados y honestos, con cuatro ideas razonables y ciertas condiciones de seguridad. No. No nos miremos el ombligo que nos partimos de risa el occipital. Aquel Bucaram de Ecuador fue un adelantado. Apenas presidió el país seis meses y fue destituido en el Congreso por “incapacidad mental para gobernar”. Bucaram se reunió con Leopoldo Cólogan, llegó a acuerdos sobre la banana y cuando el canario se bajó del avión en la isla lo habían depuesto por loco.
Acaso la política fue siempre un carnaval y no nos habíamos enterado. Ves a las dos Coreas de la mano en los Juegos Olímpicos de invierno y sospechas que te toman el pelo fingiendo una escalada bélica donde hay una ensalada mental. Dice el jefe de campaña de Puigdemont que gobernar Cataluña desde Bruselas no es diferente que hacerlo con Canarias desde Madrid, incluso están más cerca. Clavijo tiene que ir a Waterloo a ver a su homólogo nacionalista y contarle lo de San Borondón al caganer.

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Los almuerzos con Rajoy

Los almuerzos de Rajoy sustituyen a las veladas de la bodeguita de la Moncloa y los maitines de Aznar. Dice el CIS que el PP se mantiene en la cresta, pero cae ligeramente sin perder su hegemonía en el podio, y que el PSOE, con los mismos síntomas de decaimiento en la encuesta, resiste en la medalla de plata. El vendaval de Ciudadanos, que para el CIS es una nevada de algo más de tres puntos, incomoda en las dos grandes fuerzas. Rivera se macroniza, donde antes los populares se suarizaban tratando de heredar el éxito de UCD tras la dictadura. El PSOE de Sánchez tiene cuentas pendientes con Iglesias, que lo dejó en la estacada cuando tenía a Rajoy contra las cuerdas en aquel interregno del “no es no”. Pero es Rivera más que Iglesias, ahora mismo, el vórtice del huracán. Si la tormenta catalana se prolonga en la vida política española, Rivera, un chico majo, el majo desnudo de Goya, acapara toda la atención mediática vicariamente gracias a Inés Arrimadas, que es la Venus vestida de Velázquez, y una dama bien puesta que ha puesto en su sitio a los neonacionalistas de la república barataria de Puigdemont.

En la trastienda de estas encuestas está el lío de los populismos que no acabaron de llegar a España, como sí a Francia y Alemania, donde Macron y Merkel salvaron los muebles y Europa se los agradeció. Rajoy bate récords en las olimpiadas del poder y sobrenada contra el desgaste, sobreviviente al chapapote gallego, a los trenes de Atocha, a los bárcenas -los sms- y la Gran Recesión cuando disentía de todos contra el rescate como ahora con los nuevos delitos de la prisión revisable permanente tras la muerte de Diana Quer. De este está hecha la política española últimamente, de celadas (“en España el que resiste, gana”) y almuerzos con Rajoy.

El presidente ya no invita tanto -o nada- a Rivera a compartir mesa y mantel. Lo declaró no hace mucho enemigo directo y en el PP se encierran en hoteles -como Antona en Santa Cruz- para ver qué hacen contra Melisa Rodríguez -nuestra Arrimadas- y contra el Macron español. En esos almuerzos de la Moncloa los más recientes invitados son discretos políticos insulares, cuyos votos valen un Gobierno, que es de lo que se trata. Mientras Puigdemont va a la guerra en su cuartel-mansión de Bruselas, los canarios van a la Moncloa a almorzar con Rajoy para traerse su parte del botín. Porque a España le vacían los bolsillos contenciosos como el catalán, y si los canarios no se ponen las pilas, el nuevo sistema de financiación autonómica se lo guisan y se lo comen el PP y el PSOE para calmar las barricadas de las Ramblas de Barcelona y hacer fuerte a la Tabarnia si fallan todos los planes, incluido el plan B que pasa por Junqueras presidente.

Clavijo y Román Rodríguez han sido los comensales de Rajoy en estos ágapes de la Moncloa donde se cuece la política en estado puro, como diría Ana Oramas, que pasa su exilio de Madrid y de CC moviendo los hilos para continuar en el Congreso, donde la premian para mayor desdoro entre los suyos, que no la llevan a almorzar con Rajoy y la quieren prejubilar de la política nacional. Clavijo ha ido a preguntar “por lo mío”, los presupuestos para canarias, el REF y, ya sabe, la agenda canaria. Los políticos canarios no paran de agendar las susodichas muletillas para las islas, lo cual llegar a resultar cargante. Román, que parece ir al grano -el 75% de bonificación lo prueba- comenta que, muy bien, CC y NC van juntas en Madrid porque está en juego Canarias. Pero la reforma electoral no se negocia o se rompe la baraja.

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El político que dimitió por llegar dos minutos tarde

Un lord británico dimitió este miércoles avergonzado por llegar dos minutos tarde al Parlamento. Se llama Michael Bates. Como aquí no dimite ni Dios, encarna desde ahora una versión idealista de lo que debería ser políticamente correcto, si bien, para ser sinceros, escalando en grado superlativo los cánones de la ética. No cundirá el ejemplo, que, de lo contrario, expulsaría de la política al 99,99% de cuantos la ejercen. El desenlace de la historia que aquí se contará no la empaña, pero sí la relativiza. Me quedo con la parábola. Es un rapapolvo para cuantos se perpetúan en el cargo como si el dogma sagrado de El Príncipe de Maquiavelo fuera ese y solo ese. Sobresale tanto este episodio, de entre la turbia política nacional y local, del Gürtel al caso Grúas con declaración y amenaza de bomba, que no dudo en traerlo hasta aquí. En la política española y canaria suceden cosas que merecen su novela. Esa foto de Fran Pallero en la portada del DIARIO de un testigo clave del caso Grúas, saliendo regañado del juzgado de la Laguna bajo la lluvia tras el falso aviso del petardo que abortó su testifical,está pidiendo a gritos una resma de Alexis Ravelo a cargo de su vitriólico Eladio Monroy.

Pero lo del inglés, un gentleman en toda regla, es de novela de salón. Por increíble, esperpéntica y por higiénica. Estamos hablando de uno de los parlamentos más antiguos de Europa, en la que se reclama madre de las democracias, donde es cierto que algunas normas atávicas de protocolo regían hasta que empezaron a quitarse las pesadas pelucas albas, las capas de armiño y las calzas y zapatillas de bailarín, porque el speaker decía que se sentía como el sapo lacayo de Alicia en el país de las maravillas.

Llámenlo puntilloso o perfeccionista de psiquiatra, pero este lord ha roto los esquemas. Una vez visionado el vídeo de su inmolación, no es un primer plano de Marlon Brando, pero la escena es de cine y política contra el cinismo político que impera. El gesto -inédito, inesperado- del veterano servidor público ruboriza toda horma vigente. Su reacción fue espontánea y emotiva, y apenas duró sesenta segundos. Este lord es un ministro conservador de larga trayectoria, que empezó liderando a los jóvenes tories y que a sus 56 años suele emprender caminatas solidarias, como la que hizo de Buenos Aires a Río de Janeiro como embajador por la paz. Tiene mimbres este galgo de pinta afable que acaba de aleccionar al común de los diputados con una salida de pata de banco que lo dignifica a él pero indigna a sus colegas a los que produce urticaria oír la palabra dimisión. Hubo risas y noes.

Tenían que verlo. Bates llegó al estrado dos minutos fuera de plazo y se dirigió a la baronesa Ruth Lister que había dejado plantada a las tres de la tarde, por cuyo motivo su jefe de filas salió del paso por él y respondió sobre la brecha salarial del país: “Quiero ofrecer mi sincera disculpa por mi descortesía al no haber estado en mi lugar para responder a su pregunta en un tema tan importante”. El hombre no fingía, estaba consternado como si hubiera cometido alguna canallada y no una negligible falta de puntualidad. Bastaba, sin embargo, a su juicio, para acabar con su carrera política de un cuarto de siglo. Se le ve en la imagen abatido, el rostro descompuesto hasta el mentón, con cara de boxeador noqueado. Da pena.

Lord Bates es un hombre elegante, un barón de principios, que llegó tarde a su trabajo y lo consideró imperdonable. Se había confiado porque los muy honorables lores espirituales y temporales de la Cámara londinense suelen darle al bistec y es habitual la pérdida de tiempo en el turno de preguntas y respuestas. Pero esta vez, la sesión discurrió con agilidad y el reloj -el imponente Big Ben- le pilló sorteando los andamios que dificultan el paso por las obras de rehabilitación del viejo inmueble neogótico a orillas del río Támesis. La flema británica es como el aplatanamiento que nos estigmatiza o ennoblece -según se mire- a los canarios, y encierra un cierto sentido del humor; ahora bien, Bates será flemático, pero no estaba para bromas, se sentía al borde de lo indecente, como diría la portavoz socialista de Igualdad en el Congreso español, Ángeles Álvarez, que en relación al caso lagunero de Zebenzuí sentenció: ”A veces hay que saber renunciar en política a algunas cosas para no estar avalando lo que es una indecencia”. El grupo opositor XTF-NC presentaba este viernes una moción, al más puro estilo del lord inglés que nos ocupa, para que el voto del edil que se resiste a dimitir sea irrelevante mediante otro voto del grupo de gobierno que anule su efecto.

Bates es como una némesis odiosa para sus colegas incapaces de dejar la poltrona. Cuando el desolado lord anunció su dimisión y se marchó con los papeles bajo el brazo, estalló un clamoroso “¡noooo!” y alguna que otra risa cobardona. El hombre, en efecto, se cortaba las venas por llegar tarde dos minutos a una sesión parlamentaria y, en cambio, una legión de políticos corruptos no se van ni con agua caliente en las democracias occidentales. No, no era una parodia, pero ahí tiene Aarón Gómez un sketch.

“Durante los cinco años en que tuve el privilegio de responder preguntas desde este lugar en nombre del Gobierno, siempre creí que debíamos ascender a los más altos estándares posibles de cortesía,”siguió flagelándose. Es verdad que en Alemania se dimite por plagiar una tesis. Y que en el Reino Unido está el otro caso de aquel ministro de Energía que presentó su dimisión al descubrirse que había mentido sobre una multa de tráfico: le pidió a su mujer que lo suplantara por exceso de velocidad. “Estoy completamente avergonzado -concluyó- de no haber estado en mi lugar, por lo que ofreceré mi renuncia a la primera ministra con efecto inmediato. Lo siento.” Luego me he enterado de que la diputada causante del suicidio político de Bates confesó a The Guardian que trató de convencerle para que reconsiderara su decisión: “De todos los ministros que quisiera hacer que renuncien, él sería el último”. Debo añadir que, escuetamente, Downing Street comunicó que la dimisión, por “innecesaria”, no fue aceptada por la primera ministra. Pero no por ello deja de ser una buena historia.

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El show de Truman

La vida política -a menudo poblada de canonjías y enchufes varios- ha corrido la misma suerte que la farándula y el teatro en todas sus acepciones. Se abre la temporada con cualquier espectáculo y a lo largo del curso sus señorías protagonizan múltiples altercados, a sabiendas de que la taquilla depende del ruido que se haga en los medios y de los zascas que se prodiguen en las redes. Este año dará mucho que hablar por eso, por su carácter preelectoral. Ayer, el Parlamento canario decidió suspender las clases -el pleno extraordinario- por las cuatro gotas y el granizo. La imagen de los escolares cruzando el paso de peatones a cubierto de los adultos que enarbolaban paraguas cargados de mochilas como porteadores, contrastaba con el absentismo parlamentario. En mitad del debate sobre el coste del escaño, el de ayer era un día para dar ejemplo, y, visto lo visto, se volvió en contra de la buena imagen que demanda esa institución, siempre expuesta a cabildeos y comentarios interesados que deforman su utilidad social. Porque la democracia no es ninguna broma, y nuestro deber es velar por ella como velamos por nuestra salud acudiendo a médicos y terapeutas. Hará bien el Parlamento en hacer acto de contrición y propósito de enmienda, para cuando venga la próxima tormenta, o la tormenta se le volverá una vez más en contra, pues ya tiene bastante con la tormenta política, que es parte del guion.

Hay países que viven cómodamente instalados en la tormenta política. Venezuela es un ejemplo de manual. Maduro es un presidente en el vórtice del huracán que gobierna como si el barco nunca se fuera a hundir bajo los embates del ciclón. Esa modalidad de ciclogénesis política suele salirle rentable a más de un caradura investido de líder político bajo el vendaval de turno. Hoy mismo, Cataluña es el teatro mediático del paradigma escénico en que se transformó la política. Lo que este culebrón está dando de sí anticipa una dramaturgia que el propio Boadella apadrina desde el instante en que salió en público a proclamarse presidente de Tabarnia en el exilio de los dominios del procés.

Los parlamentos están sometidos a tormentas sin precedentes. Da igual el clima, todo es política. Y el clima político de España es de continua perturbación. No hay cámara sin trifulca ni meneo. El género ha derivado hacia las reglas del plató y el diputado se comporta como un tertuliano, a sabiendas de que el mensaje es la salida de tono, la boutade.

La investidura online podría haber sido un chiste, pero hoy ya es una opción encarnada en la figura de Puigdemont, que la sostuvo hasta última hora como un empecinado. Mañana, una vez abierta la espita, cualquier diputado puede ingeniárselas y hacer un Puigdemont con la primera ocurrencia. Está abierta la veda para que cada cual haga el numerito que le plazca. Una vez desacreditada la política como espejo de buena conducta cívica y erigida en caricatura de sí misma y declinación friki, lo más probable es que nos vayamos encontrando en lo sucesivo con continuas escenas y expresiones que alimenten la sospecha de que, a base de tanto reality en las venas, nos hemos trasmutado en personajes de un gran show. En aquella película de la era traumática del Gran Hermano, El show de Truman, el personaje de Jim Carrey luchaba para salir de Seahaven, pero el productor ejecutivo del programa de televisión, en el que vivía ajeno al fake el protagonista, movía todos los hilos para evitarlo, hasta el punto de maquinar la muerte de su padre en una tormenta. Aquí cabría preguntarse si la tormenta no haya sido una coartada de quienes querían aplazar el pleno y ganar tiempo, precisamente, para evitar cierta indisciplina de voto contra las vocales de la televisión.

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La Parra inmortal de la poesía

Hablar de los poetas es hablar de un viejo oficio en peligro de extinción. Nicanor Parra se reivindicaba antipoeta. Poetas y periodistas -a menudo las dos cosas- venimos de la artesanía pura y dura de las palabras, somos el mismo oficio roedor y en ocasiones pendenciero, un asunto de colosos como me recuerda en la puerta del DIARIO la linotipia legendaria que saluda con un gesto acorazado. Elfidio Alonso no se define antiperiodista, pero nos devuelve la mirada, después de todos los años vividos en el oficio, como si lo fuera a la vista de hoy. Alonso y Parra no entran en escena aquí este domingo por la mera actualidad. De fondo, nos canta Violeta Parra, la hermana del antipoeta chileno, la malograda cantautora de la que el 5 de febrero se cumplirán 50 años de su suicidio, con tan solo 49 de edad, decepcionada por la indiferencia de sus compatriotas y los infortunios amorosos. Sobre ese adiós traumático para la música latinoamericana habrá que volver, sin olvidar de quién se trata, en este año de las barricadas femeninas, pues la autora de Gracias a la vida era también una artesana prodigiosa, que esculpía, componía, cantaba y se desdoblada del bordado a la cestería. ¡Santo cielo, cuánto cabía en aquella mujer sufrida y diagnosticada artista, de origen humilde como su hermano Nicanor, de la que Elfidio siempre nos hablaba afectado!

De esto va este artículo, que empezó a decirse solo. Va de viejos (y jóvenes) artesanos, de artistas longevos y precoces, de poetas eternos y de periodistas. Va también, como verán, de la cantera, porque el género, o se renueva o muere. Cuando tenía 12 años subí las escaleras de La Tarde y le entregué un poema a don Víctor Zurita, que me publicó al día siguiente, y por eso soy periodista aún casi medio siglo después. Un rivero para ese vivero. Y aprecio desde siempre a los artesanos, consciente del poder de las modernas tecnologías, porque sin ellos no habría poesía, que es la envoltura de todo. Yo la mamé en un cerco de montañas, oyendo a las poetisas analfabetas de Taganana, que llenaban las tardes de romances imposibles sobre encuentros con amantes resucitados. Siempre procuro estar cerca de un libro, si es de versos mejor. Así me llevó Roberto Bolaño hasta Nicanor Parra, como Elfidio Alonso nos llevó a Violeta Parra cuando éramos unos pibes y escribíamos la página de Música Popular. Bolaño, el autor de Los detectives salvajes. Alonso, el autor de El giro real. Todo queda entre letras.

No sé si Nicanor Parra, que murió el martes a los 103 años, pisó alguna vez estas islas. Si lo hubiera hecho, Gilberto Alemán lo habría entrevistado y yo hoy les contaría que eran dos personajes cortados por la misma tijera, incluso con las greñas a salvo de la podadera. Alemán también era antipoeta, amén de periodista a la contra. Parra, como Alemán, había sido siempre un rebelde. Su mayor insubordinación fue contra la influencia magmática del gran Pablo Neruda (“hablan como nosotros”, se alegró este al pisar Santa Cruz), pero el Nobel lo indultó: “Creí que usted no era un poeta y me equivoqué”, le concedió, aunque Parra renegara de su retórica. Parra era un poeta admirable como Whitman. Harold Bloom (el capo di tutti capi de los críticos literarios), nada deferente con lo que no sea inglés, abrazaba a los dos por igual: “Si el poeta más poderoso que hasta ahora ha dado el Nuevo Mundo sigue siendo Walt Whitman, Parra se le une como un poeta esencial de las Tierras del Crepúsculo”. Los poetas chilenos tienen algo especial. ¿Por qué me afilié a Gonzalo Rojas, por ejemplo? Poeta erotómano (“te besara en la punta de las pestañas y en los pezones”, y toda una obra subida de tono), tenía que asomar aquí el hocico. Ya está. Pero Parra era austero en la forma, prefería escribir de sillas y mesas, de ataúdes y útiles de escritorio. Era un artesano, como digo. Poesía desnuda hasta quedar en pelotas. Bolaño lo quería sin pecado concebido. Parra había acudido con poetas a tomar un té en la Casa Blanca con Pat Nixon, la esposa del presidente, mientras los Estados Unidos invadían Vietnam. La mala pata. Y nunca se lo perdonaron, entre otros el jurado del Nobel. “Yo no soy derechista ni izquierdista./Yo simplemente rompo con todo”, se defendió. Bolaño murió joven, con 50 años. No dejen de leerlo. Él decía que Parra escribía como si lo fueran a electrocutar al día siguiente. Parra se desternillaba con sus artefactos: “USA/donde la libertad/es una estatua”. Metía en una caja centenares de tarjetas postales con eslóganes, chistes y grafitis y se reía del mundo entero constituido en vanguardia y transformista. “No será poesía, pero es cierto”, decía. Le dieron el premio Cervantes, al fin redimido de las hogueras, y le oí decir aquella noche desde Chile, ya nonagenario en abundancia, pero cuando le restaba todavía media docena de años de vida, que era un viejo lobo solitario que se levantaba como todos los días a vivir, a leer, a escribir y a hacer lo que le daba la gana en la casa cuyo jardín ahora es su propio cementerio. Pero no se llamen a engaño; por muy histriónico que pareciera, con su cabeza deshilachada de cosmólogo oxfordiano “y una nariz de boxeador mulato”, como escribió en su epitafio, no era un personaje de carnaval, sino un respetable profesor de matemáticas y física con posgrado en Estados Unidos, donde se impregnó de Whitman hasta los huesos. Admiremos del artesano su vocación indómita, su desafío a la moda de sustitución. Cuando don Virgilio, en Hermigua, nos mostraba su museo organológico, en los años de María Castaña, hacía una defensa casi numantina de una manera de hacer memoria perentoria, contra el descrédito de lo viejo por el prestigio de lo nuevo. Leías a Elfidio Alonso en los fascículos de Tierra canaria y aprendías la lección para siempre. De ahí que esta semana la ULL le distinguiera (en nombre de Los Sabandeños) junto al admirado Antonio Tejera por contribuir a la construcción de eso que por aquí nunca obtuvo consenso: la canariedad. Quizá por razones parecidas, además de las del oficio, la Asociación de la Prensa de Tenerife le hiciera entrega del Patricio Estévanez en un doblete el mismo día.

En la puerta del DIARIO, decíamos, nos espera siempre la vieja linotipia. Toda una cultura minuciosa y artesana de hacer periódicos se acabó en los años 70, cuando dejó de fabricarse la célebre Linotype. Las letras se formaban con moldes y matrices y el ensamblado se fundía en una pieza de metal caliente. Sin esa faceta, yo no habría conocido a Juan Pedro Ascanio El Chato, que era comunista, linotipista y formidable persona. Entonces yo ya llevaba versos míos escondidos en los bolsillos, sin que supiera el origen del oficio de esa afición que dura cien años si llegas al siglo como Parra. Ayer, tras el desayuno, mi hijo de siete años abrió un cuaderno y leyó lo que había escrito: “El pato fue a la Virgen,/la Virgen fue al pato,/el búho se lame la cara,/la sirena se lame la cola”. “Es mi primer poema”, anunció muy serio, como un ritual de artesano que mueve las manos sin saber qué moldea, porque eso tiene un origen inmemorial.

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Pedro Molina y los arqueros de Gevic

Somos migas de un pan que es el tiempo. Pero Pedro Molina no era una porción como los demás, ni siquiera medio pan. Era el pan entero. Con 58 años parecía haberlo vivido todo. Era un tipo grande, fornido, agrario, agradable, nunca agrio. En una de esas escapadas que uno añora como si antes el tiempo nos lo comiéramos más despacio, más a cámara lenta, en sobremesas tiernas de diletantes, Pedro Molina dominaba la conversación tras un almuerzo sustancioso que todos abordamos entre pecho y espalda. Estaba el debate de la Vega lagunera sobre la mesa, y nos había convocado Santiago Pérez, en medio de una batalla política a la que Molina no le hacía ascos. Nos llevó después a visitar a sus vacas, a comprobar la calidad de vida del animal que le comprendía mejor que los hombres. Existe gente como Pedro Molina, amigo de enemistados, amable y beligerante. Esa suerte de personas por encima del bien y del mal son escasas, habas contadas, y se marchan rápido, porque este mundo es de víboras, no encajan.

Cuesta aceptar que el mago sabio haya dejado el aula para siempre. “Hay que enseñar a aprender”, citaba ayer en estas páginas Juan Carlos Mateu de entre los axiomas que despachaba como greguerías ramonianas. De esa despensa salieron frases geniales que nos alimentarán durante mucho tiempo y que alguien debería recopilar. En cada razonamiento, Molina postulaba un respeto por el hombre de campo, y desmontaba los tópicos que ningunean a aquel como si no fuera integrante del género humano. Arar es más complejo que entendérselas con un ordenador, replicaba al anónimo autor de aquella máxima despectiva: “¿Tú crees que yo vengo de arar?” Pedro Molina
-“somos lo más parecido que hay a las personas”- no solo deshacía con humor y vehemencia las afrentas al mago, sino que exigía un trato deferente al nivel de la profundidad de sus opiniones.

Tenía una reflexión irrefutable sobre las importaciones cárnicas de Sudamérica. A los políticos que le echaban en cara que el pollo de fuera era más barato, les decía que también lo eran los senadores, alcaldes y presidentes de Gobierno, y que él se los traería para bajar el coste de la vida por la misma regla de tres.

Había un extraño paralelismo entre el perfil de Pedro Molina y el de César Manrique, dos líderes naturales, cada uno en lo suyo, con autoridad moral incontestable entre los poderes públicos. Dos genios en sus facetas colindantes que tenían en común la querencia por la tierra, el ecologismo rural en las venas y una convicción ideológica inclasificable, de la derecha a la izquierda, que los hacía iconos de cualesquiera inclinación política. ¡Qué impronta la suya! ¿Acaso, Pedro Molina no era el perfecto hombre de Estado que toda sociedad anhela? Nos margina el sentimiento, nos arrincona y condena a la resignación. Pedro Molina no estará para contarlo, se fue con las alforjas llenas a los 58 años como si no debiera vivir más porque lo hubiera visto todo y ya estaba bien para un solo hombre. Demasiado contenido en su cabeza y corpulencia. Como se decía de los viejos leídos de antes, se nos ha ido una biblioteca entera de enseñanzas y experiencias de vida intensa y sólida y solidaria. Pedro Hernández se compadecía de que sus dos buenos amigos, los dos Pedros (Pedro Molina y Pedro Félix González) hubieran enfermado como si de una maldición se tratara para los profetas de la Gran Enciclopedia Virtual de las Islas Canarias (Gevic). Ahora todo será más fácil para estos arqueros. Pedro, estoy seguro, no los ha dejado solos.

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Los Realejos, en la hora de la verdad

Somos una tierra con nuestras vergüenzas y nuestros oropeles, y algunos tesoros en las entrañas. Pero si Stevenson levantara la cabeza haría, negro sobre blanco, otra clase de prosa aventurera de estos lares, donde el secreto de todo es la semilla del mal. Esta llama ha tentado más de una vez a Arturo-Pérez Reverte, según propia confesión, pero al escriba local no se le pasa por alto nuestra querencia por la tragedia en mitad de los clarines del turismo y el Carnaval inminente. Nuestros dramas viscerales nos acompañan, nuestros cadáveres en el armario, nuestra rutina de maldición en maldición. Ahora mismo, en toda España se habla de nosotros, del crimen de Los Realejos; los líderes nacionales dirigen sus pésames a la familia de la víctima y condenan el primer deceso machista del año. Somos carisma y somos infierno en un totum revolutum. Islas y ruinas, decía María Zambrano. Nos hemos curtido en la crónica negra: los crímenes del Olympo y de los alemanes en Santa Cruz, cuando nos dio por ser la tierra abonada de A sangre fría, de Truman Capote, palmero sobrevenido desde que adoptó el apellido del padrastro, cuya figura idolatra Hollywood, que es un capítulo aparte para concluir este breve memorial de la violencia de género.

Somos fuegos artificiales, también, porque el Saturno que nos habita y devora nos impele, a su vez, a las saturnales paganas del Carnaval. Lo llevamos en la sangre y se manifiesta en las verbenas de pueblo, que yo presenciaba espantado en un festín de trompadas y vasos de vino del bar a la plaza, y se exterioriza en la gran farándula de Fitur, como ahora mismo, que es la bacanal de los malavenidos. Y hacemos ese doble juego de almas enfrentadas sin dejar de convivir, de ser pueblo e infierno.

En la España profunda del crimen de Puerto Hurraco en una pedanía extremeña se hizo ascos de ese pueblo envilecido de rencillas familiares. Yo me decía de niño, mi pueblo es así, y no lo consideraba una afrenta, sino una constatación. Sobre infiernos e islas se ha escrito mucho y nada nuevo hay que añadir a lo dicho. El hecho es que ha tocado otra vez la desgracia a la puerta. Pero Los Realejos no son un caso aparte, nuestra memoria lo acredita, aunque a veces pasa tiempo y se nos olvida que el volcán está dormido, pero no extinguido. Sí, de ese dramón congénito de los pueblos rurales y endogámicos hemos sido un gran vivero. Cantera de odios siempre hubo. Los años en que frecuenté por dentro las venas montañosas de Anaga conocí historias de ajustes de cuentas que creaban una atmósfera al límite de la tragedia, como si todas las condiciones estuvieran dadas para que corriera la sangre en el momento menos pensado.

Dámaso El Brujo es de esa progenie, hijo del mismo trauma del Batán que nos atraviesa el rostro como una herida mal cerrada. La serpiente ronda nuestras cavernas y asoma de cuando en cuando, a veces en medio de un oasis de calma como este viernes en Los Realejos, un episodio descarnado que ahora será abierto en canal porque las tripas de la tragedia siempre acaban saliendo a la luz, con los argumentos de cada parte sobre los hechos consumados.

La violencia de género es todo un subgénero de la crónica negra, y tiene en las islas un caldo de cultivo que estremece, por lo dicho. El asesino que roció con gasolina a su novia y la quemó en La Palma abunda en esa siniestralidad de nuestra idiosincrasia a veces monstruosa. Nos desgarran estas noticias de la peor calaña, pero son parte de lo que somos, trasunto de la introversión isleña. El asesino se esconde en ciudadanos de buen comportamiento y aflora como una bestia que no fuera real, uno más de los engendros que preferimos alejar de la realidad entre las bestias de Alan Poe. Esas cosas y esas coces del hombre camaleopardo. O cualquiera de tantas historias macabras de Lovecraft. Pero son nuestros tristes tigres, no busquemos mitos fantásticos ni pretextos en los libros. El crimen de Los Realejos es real, se compone de los elementos de otros tantos, numerosos, crímenes anteriores que tiñeron de sangre esta sociedad que asocia la tierra, la casa y el hondón de la especie con la idea primitiva de la muerte, causa que cubre de luto el mundo entero a estas alturas de la historia.

Es cierto que ese lado oscuro se toma períodos -por suerte, largos- de descanso y la vida se vuelve en apariencia pacífica y distendida. No estamos en las islas matándonos continuamente. Somos una mezcla de Dioniso y arcadia bucólica, pero nos asaltan nuestro démones interiores y sacan lo peor de cada lugar.

Ahora, en toda España, se habla de nosotros, como dije, por este caso de violencia machista que inaugura la lista oficial de mujeres muertas a manos de hombres. Un foco lamentable que hace daño y exige decisiones de gran calado, nunca más parches. No es un estigma exclusivo de estas islas, donde es cierto que se multiplican las denuncias de este cariz, y ese no es baldón, sino una prueba de la respuesta debida a las campañas que invitan a visibilizar este problema, a ponerlo en conocimiento de las autoridades y a colocar la venda, si se tercia, antes que la herida. El golpetazo, sin embargo, es tal que despertamos a la cruda realidad, a las lacras soterradas que son parte de un destino.

Es un momento álgido de movilización de la mujer en defensa de sus derechos. El mundo despidió el año bajo el fuego cruzado de las mujeres de Hollywood contra los endriagos de Weinstein, hartas de ocultar un estado opresivo de una industria que las divinizaba y destruía como personas bajo un mismo silencio cómplice del statu quo. En tanto se ha extendido ese estado de opinión, han ido proliferando los gestos y las plataformas de mujeres consagradas por el éxito del cine o la televisión, que se han conjurado para abrir las ventanas del infierno de par en par y nombrar a las sombras por su nombre. MeToo, Time’s Up o El tiempo ha terminado prometen airear los escándalos cuyas víctimas no son siempre glamurosas actrices sometidas por productores depravados, sino trabajadoras, inmigrantes, lesbianas, bisexuales, transexuales… Es un camino recién inaugurado por el que desfilarán novedosas fórmulas legales y de orden cultural y social que adivino acabarán poniendo fin a una situación insostenible de desigualdades impropias del siglo XXI. ¿Vendrán los robots antes de que la mujer se libere? Resulta inconcebible.

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‘Sembrar’ el turismo

Hace poco más de medio siglo, esta todavía era una tierra de emigrantes, necesitada de salir para que entraran las remesas que paliaran el hambre. No nos basta con toda la evidencia histórica del medio siglo pasado y de los siglos anteriores en que zarpaban familias hacia América como un tributo en sangre, para cobrar conciencia de ello. Más reciente, la crisis económica obra un efecto semejante. Al cabo de poco menos de diez años, ha vuelto a circular el dinero, se crea empleo, nacen nuevas empresas y hasta la construcción, herida de muerte por la burbuja inmobiliaria, resurge de sus cenizas. Quiero decir que ahora mismo, casi nadie recuerda -o prefiere no hacerlo- aquellos tristes años descaecidos en que estábamos sedientos de euros. Los años de la seca, como el título de la novela herreña de Víctor Álamo. Pues la misma desmemoria impide alcanzar a ver que hace tan pocas décadas por estos lares no había indicios de que el turismo se convertiría en nuestro motor económico. Nuestro pan, nuestra panacea.

En un mundo curioso y aprehensible de amplias dimensiones cercanas gracias a la expansión de las comunicaciones aéreas, queda abolida toda noción de distancia y caemos seducidos por la tentación de viajar. Viajar se ha vuelto lo más natural del mundo. Viajar es lo que hicieron el año pasado más de 1.300 millones de personas en un planeta que cada vez se conoce más de extremo a extremo. Recuerdo la vez que viajamos un grupo de periodistas a las islas de Java y Bali, en la remota Indonesia, justo en nuestras antípodas del globo, y el viaje fue un brindis a las leyes del espacio y el tiempo. Sin apenas escalas, nos pusimos en las tierras de Suharto como está mandado y disfrutamos de Yakarta y las calles musulmanas cuando todavía no había terrorismo yihadista, y yo me iba andando a la mezquita y me descalzaba respetuosamente atraído por la invocación del muecín que llegaba hasta el hotel por la megafonía desde su minarete. El instinto de viajar, de culoinquieto, tan canario, le lleva a uno a sitios remotos y es lo que, a la postre, nos queda de la visión del mundo cuando soltamos la mente y la dejamos que vuele a los lugares que en ella quedaron grabados de los múltiples vaivenes de nuestra vida.
España ya es el segundo país más visitado del mundo, detrás de Francia y por delante de Estados Unidos, según informó ayer la Organización Mundial del Turismo. De suerte que no es ninguna fanfarronada añadir que Canarias es la segunda comunidad con más turistas de todo el Estado, detrás de Cataluña (inmersa en su debate de la turismofobia) y por delante de Baleares. Dicho en vísperas de Fitur es como ir segundos en la Champions al Mundial. Pero, como se dijo al principio, esto es una conquista de poco para acá, en términos de grandes periodos de la historia reciente.

En las fotos de ayer y de hoy caben, por tanto, dos imágenes de Canarias: la de los barcos atestados de inmigrantes que se disponen a cruzar el Atlántico y la de los flujos de turistas que arriban en modernos aviones procedentes de distintas capitales del mundo. Canarias se lo empezó a creer cuando lo vio reflejado en el PIB. Por esa razón los hoteleros eran siempre foráneos, y esta industria le debe su razón de ser a una serie de aventureros, que por una ilógica fiebre emprendedora concibieron ciudades cosmopolitas en los eriales del sur que daban pena en los años 60 y 70. Manrique inventó Lanzarote y Santiago Puig, Playa de las Américas. Nos hemos emborrachado de éxito turístico y quizá nos hemos olvidado de sembrar el turismo, como diría Uslar Pietri, que reprendía a sus compatriotas por no sembrar el petróleo.

Con 16 millones de almas al año viniendo al paraíso como intuyó la mitología, ha llegado la hora de hacer recuento de la carga y el espacio. O llegará el día que no lo contaremos.

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