Leonardo Padura, en DIARIO DE AVISOS

Nos encontramos el otro día en la Redacción de DIARIO DE AVISOS con Leonardo Padura, el novelista cubano que ganó el Premio Princesa de Asturias siendo el autor de novela negra más reconocido del momento. Pero la novela pasó a un segundo plano en la conversación narrativa del periodismo que entablamos nada más sentarse y ponerse a pensar de lejos en Cuba, recién llegado de La Habana que alimenta las andanzas de Mario Conde. El periodismo. Esto -dijo, tocando el papel del DIARIO de esa mañana como un pan recién salido del horno- pronto no nos dará de comer. Con toda la razón del mundo, Padura relató a Santiago Toste, que le hizo la entrevista del viernes, y a quienes le escuchábamos, que el formato de este oficio tiene los días contados en favor de la expansión de Internet, que ha invadido los espacios de la información y se ha hecho dueña absoluta de la verdad, esa cosa ya inexistente.

Al autor de Las cuatro estaciones no le trae sin cuidado la deriva del periodismo de papel camino de su Santa Lastenia particular. Repuse el argumento del periódico local bien avenido con los gustos todavía inextinguidos del lector medio que quiere tocar la lectura de las noticias como si tuvieran carnalidad para su creencia. Quién sabe, quizá -concedió para mi consuelo-. ¿Por qué escribir en el aire donde nada la posverdad? En las aguas de tinta y celulosa, la mentira se hunde, lo que flota en el tiempo es lo cierto. Pero en ese éter burlón del bulo y el bullicio, ya sabemos lo que pasa: las redes se infectan de fakes y no hay manera de desmentir nada, porque todo aspira a parecer mentira. Y lo que no lo es, no vende; se trafica en esa clave, y el juego funciona como en un envite de faroles. Pero antes no se jugaba con la información, y la palabra veracidad -adscrita a todo un reglamento de etiquetas, junto a conceptos sacrosantos como la credibilidad- marcó a generaciones de periodistas, instalados en su cuarto poder como notarios de la actualidad que convenían a ciudadanos y gobernantes en la esperanza de un mundo justo y verificable. Todo eso se ha ido a hacer puñetas, en el puro vuelillo de un encaje de falacias virales.

Padura volvió a tomar entre sus manos uno de los ejemplares del DIARIO depositados sobre la mesa. Hay un nuevo canon, donde el redactor y el director son la misma persona ubicua, que se abstiene de contrastar dato alguno y publica lo primero que le viene en gana, sin ninguna clase de control ni deontología. Bueno, y entonces hablamos de novela. Porque la realidad es lo bastante amarga como para no ahogarnos en ella y quedarnos con mal sabor de boca. La ficción nace en las calles de La Habana, que yo he transitado tantas veces como si estuviera en casa. Padura habla de Alejo Carpentier, que llevaba los adjetivos en los bolsillos por esas calles cuyas columnas describió como nadie fue capaz de hacer. Y Padura habló de sus maestros americanos de novela negra. Pero entonces trajo a colación el nombre de Manuel Vázquez Montalbán, su maestro. Y la memoria se me disparó. Montalbán me dijo aquello de que Carvalho no podía aspirar a capturar a Bin Laden, porque era “un investigador peatonal”. Todavía quedaba flotando en el ambiente la palabra periodismo de apertura de este diálogo. Estábamos entre periodistas. Padura se definió como un periodista que escribe novelas -o cuentos y guiones de cine-. Montalbán me dijo algo por el estilo, pero añadió fútbol, gastronomía y poesía. Periodista es aquel que no sabe hacer otra cosa que escribir. En la novela del periodismo, donde vasculaban Tom Wolfe o Gay Talese, militó aquella “máquina de primicias”, Jimmy Berlin, que acaba de morir. Había sido un periodista de calle que arañaba cada mañana el velo que cubre la ciudad de Nueva York y metía las manos hasta sacarlas llenas de sangre. Así, entrevistó al sepulturero de Kennedy y dejó en 88 años de vida medio siglo de columnismo del periodista que contrajo la rabia. Mantenía la boca cerrada y los ojos abiertos, y no dejaba de moverse. Esa era la fórmula de su género iracundo.

En la tertulia con el escritor cubano que ha roto los esquemas de la novela negra urbana nos permitimos pausas de aliento para rebatir a la tecnología su poder de captación. ¿Habrá periodistas sobre la tierra cuando haya extraterrestres y no sean noticia? Estas cosas me las guardé, y me dije que acaso seamos supervivientes contra viento y marea, contra el espacio y las redes, con tal de seguir contando las cosas comunes que pasan a nuestro alrededor. El periodista Gilberto Alemán era Jimmy Berlin en Santa Cruz. Ernesto Salcedo subía las escaleras de Radio Club con un papel doblado en el bolsillo que leería delante del micrófono sin perder nunca el tono de voz. Ese tono de voz me lo recordó el otro día un taxista, porque los taxistas se quedan con los tonos de voz de la gente que habla por la radio. Me hizo la exégesis de Salcedo, como si lo hubiera conocido toda la vida. El gremio tiene sus miserias -cómo no-, pero ha tenido tantos buenos periodistas, que siendo un oficio de tinieblas, con más pobladores fantasmas que periodistas de carne y hueso -porque los buenos son pocos-, sostengo la certidumbre de que hay cuerda para rato. Es como un oficio interminable que se refleja en La eternidad de un día, el libro del mejor periodismo literario centroeuropeo de entreguerras. Caben todas las elucubraciones sobre la caducidad del papel, pero hubo un período en que este escaseaba, antes del siglo XV, y estaba muy lejos aún de llegar el invento de Internet, y, sin embargo, las noticias se difundían. Nació el que inventó la imprenta, y la prensa echó a volar. Así que volvemos al principio, a una etapa incierta, donde las tiradas de papel declinan. Y ya existe Internet. Vendrá otro Gutenberg a prestarnos las alas.

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Por qué no me callo. La eterna primavera

Yo siempre me pregunté por qué nos decían que éramos hijos de la eterna primavera. Me llamaba la atención ese lujo de sambenito que heredamos de las almas que moraban estas islas en el imaginario mitológico donde el Bosco habría instalado su Jardín de las Delicias, con nuestras Hespérides y nuestras islas Afortunadas. La primavera me incumbe desde que nací en ella, en su equinoccio fundamental, donde los hábitos cambian y paseamos a la intemperie al encuentro de la ciudad en flor. La primavera isleña no es un mito, sino un signo de identidad cuando quiere; hay primaveras y primaveras. Y más de uno es un primavera.

Sentimos rubor por ser las islas de la eterna primavera y hemos ido jubilando el eslogan como tantas cosas, queriendo quitarnos importancia, haciendo mutis por el foro. En cambio, si Noruega es tan feliz como dicen, y ya supera a Dinamarca, que era el edén del relax y, por consiguiente, de la filosofía hygge,vengo a reivindicar nuestra parsimonia y, por ende, el valor retributivo de la paz primaveral que nos caracterizó toda la vida. Fue Bután el reino que midió la felicidad nacional bruta. ¿Por qué no cuantificar, bajo el índice que corresponda, la importancia de ser un territorio dotado de eterna primavera, de los beneficios que ello reporta en términos emocionales y económicos. Dar la medida exacta de nuestra impronta turística como paisaje e idiosincrasia y definir, de paso, el perfil insular del habitante que se dora al sol y vive de PIB de esa estrella que genera tal poder de captación de masas en nuestras costas… La musa del canario es la primavera, su don natural. Los espacios protegidos que proliferan en nuestro cosmos particular descienden de la madre primavera, que urdió su plan en esta posición indiscutible de una encrucijada de mundos y climas que nos proveen. Así que estamos a la espera de los economistas que pongan la ecuación al asunto y acierten en el cálculo de la providencia que nos distinguió primaveralmente eternos. Los hermosos latiguillos del lenguaje abundan en la psique de los pueblos. El nuestro reúne las características de lo ignoto antiguo que pertenece a las quimeras de los primeros narradores cuando confluían la historia y la ficción.

Vendrán tiempos mejores y acaso peores. Pero abogamos continuamente porque vengan turistas. Es cuestión de pelas. El correligionario insular es alguien que vino al mundo con el estigma de la distancia, y se hizo a la mar para alcanzar con la mano orillas lejanas que ni siquiera alcanzaba a ver, como si lo hiciera por instinto. Han pasado los primeros siglos de esa dispersión del canario y ahora se debate entre reanudar el viaje o quedarse, impelido primero por la crisis y después por el temor a que ella vuelva. Pero los turistas siguen volando a este nido, aunque nos turbe y prefiramos llamarnos ultraperiféricos como una conquista de los derechos y el lenguaje. De acuerdo, pactemos la simbología y hagamos las paces con la primavera, con el paraíso y hasta con San Borondón. Entre esos que se designan isleños y mundanos y, por tanto, soñamos con viajes interminables en la eterna primavera, me cuento, iluso de mí. Un primavera.

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El tiempo, los días de Taganana

Nos traen a este convento, pero nadie nos enseña a vivir. A hacerlo con nuestros defectos y virtudes y -ahora más que nunca- a defendernos de las habladurías. Cuando tienes la edad temprana de los zagales y pastoreas con los adultos en las montañas, como yo hacía en los veranos de Taganana, y te aclimatas al tiempo en suspensión de esas cumbres, donde todo transcurre en una parada y eres parte del mannequin challenge de una distensión natural del entorno, desconoces que esa suma de momentos será recordada el resto de tu vida como la secuencia irrepetible de una etapa feliz. Nadie nos avisa de que eso pasa, de que una vez sucedido desaparece para siempre y que una de las cosas más difíciles es aprehender los instantes para regresar a ellos en la edad de la memoria. De manera que a todos nos ha tocado vivir la frustración de disfrutar sin conciencia de la hermosa vaguedad usual del tiempo. Cuando pasas por el trance efímero de la juventud reniegas de esas vivencias pausadas que te retienen en lugares paradisíacos como si fueran tributos de ocios que a veces pagamos a gusto y otras a disgusto, cuando la sangre nos altera. En esas travesías de la edad, suele urgirnos el deseo de estar siempre en otra parte, descontentos con el regalo de un silencio estático, una soledad completa y buenos alimentos de la tierra. No le damos valor al espacio en blanco de un día campestre, por esa ansiedad de quemar energías continuamente.

Cuando Proust rebuscaba en los pasajes de la infancia el beso nocturno de la madre en la cama, obraba con los hechos literarios como tropos y no como potro desbocado en los trechos de esa edad indómita. Yo, que tenía la viruela de la poesía con pantalones cortos, me recuerdo debatiéndome entre la cizalla de abrirme paso en los riscos de Taganana con las cabras revoltosas y el cuaderno donde anotaba las opiniones de las musas. Me las arreglaba conviviendo con las unas y las otras. Una cabra se desriscó y casi me mata, y había musas que me traían de cabeza. Enfermé de las palabras. Es un modo de locura que existe en la realidad, aunque pertenece al mundo de la patogenia de la mente. Y en las palabras estaba esa disyuntiva del sentido de la vida. Yo leía las infancias de los autores contagiosos de la librería de mi tío, La Prensa, y descubrí que había una vorágine del tiempo que se echa de menos en la edad provecta. En la adolescencia, se puede ser culto y agreste, caminar por desfiladeros y escribir con el pensamiento en las nubes, tener los pies en la tierra y soñar todo el tiempo… ¿Se es feliz más allá de entonces? Ahí quedaron mis días mejores, sin duda, entre esas crestas y laderas. Los vecinos de Anaga tenían -y ojalá sigan teniendo- un ritmo circadiano peculiar, basado en sus hábitos cotidianos de horas preferidas de madrugar, en el estilo de estrenar el día campo a través, de sortear los precipicios como si tal cosa, de echarse la tarde, acabar en la plaza y jugar al dominó con los vasos de vino escuchando la conversación…, el secreto de dejar que la noche cierre la función y los animales nos despierten. Vivir en la trastienda rural de Anaga largas temporadas vacacionales y compartir los fines de semana la doble nacionalidad santacrucera, me hizo distinto a los demás pibes del barrio. Cuando alcanzo, por fin, la edad para añorar los recuerdos bucólicos de Taganana, comprendo que aprender a vivir no es ninguna broma, que a esa enseñanza habría que dedicarle una disciplina entera, porque corremos el riesgo de acabar nuestros días sin haber hecho la tarea de un modo adecuado.

En las cartas de Rilke a un joven poeta alaba la tristeza como una conquista que, una vez pasa de largo, produce nostalgia. El poeta de Praga me sugiere emociones guardadas de un ámbito de montañas y rudos hogares cordiales en los que fui feliz. Rilke le aconseja a Franz Xaver Kappus -el joven poeta que recabó sus consejos- que se deleite en la soledad y melancolía que padece, para cuando no las tenga ni necesite. En la infancia intimista que saboreé en Taganana nadie me puso en contacto con Rilke, y lo hubiera agradecido. La infancia es un paisaje u otro, una mismidad que nos acompaña a donde vamos. Los niños que aprenden solos a vivir llegan antes a su destino, y el resto es pura nostalgia. O sea que viví intensamente en mis adentros cuando tenía pocos años y este que soy es un analfabeto funcional de la vida de sesentón. Ahora leo a Whitman , y cuando agoto sus hojas de hierba, leo sus cartas de corresponsal y enfermero voluntario de la guerra civil. Pero el mundo da vueltas, y apenas reparamos en que somos tripulantes de una nave que circula alrededor del sol cada año. Ahora mismo he escrito esto, porque he vuelto al origen del viaje, a los días primeros, en la vecina y remota añoranza de las montañas de Anaga, donde seguramente fui un ángel de Rilke feliz y distendido, ajeno a los males del mundo, e ignorante de lo que me esperaba detrás de aquella muralla de silencios escarpados. Uno de los lugareños ermitaños de Taganana era Ambrosio, un personaje fenomenal, envuelto en el halo de su rostro deformado por el síndrome de Crouzon. Lo recuerdo con bastón y movimientos ancianos a una edad joven, tocando el timple y dejándose ver. Los turistas le daban unas monedas y le hacían fotografías. Él era la noticia en un pueblo apartado. El reclamo. Los niños andábamos por allí sin darle mayor importancia. Formaba parte del tiempo suspendido… Y todo encajaba bien.

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Por qué no me callo. Las pequeñas cosas cotidianas

Como quiera que todo se ha vuelto patas arriba, por tendencia o declinación, uno acaba extrañándose de las cosas que funcionan como siempre lo hicieron, de todo aquello que conserva sentido, que es como fue toda la vida, antes de que fuera disruptivo, y que resulta que guarda coherencia y es útil. Siento vergüenza cuando por esta razón parezco un carroza, pero a muchos les pasa lo que a mí, que terminan agradeciendo el previsible funcionamiento de las cosas consuetudinarias. ¿Por qué me agrada tanto llegar a un comercio, una pastelería, un supermercado y que te atiendan por orden de llegada y no en virtud del número que señala la pantalla? La vieja costumbre contenía la figura del que se cuela y la consiguiente discusión en la cola. De esa controversia nacieron parejas, familias, amistades, cuando la sangre no llegaba al río.

El guagüero tiende la mano y le abonas el viaje, mientras otros pasajeros más modernos emiten el importe con el móvil haciendo gestos en el aire. En esa clase de escenas cotidianas uno pasa apuros, porque existe el pudor a no resultar anticuado. Leer. Esta es otra de las prácticas que nos ponen a prueba. Existe todo un debate sobre el método de lectura opcional, entre quienes defienden el recurso procedimental apegado a la yema de los demás, por los siglos de los siglos, de tomar un libro entre las manos sin más rodeos, y aquellos que se reivindican a la última exhibiendo un activismo digital con el ebook en ristre como si de una espada se tratara. Yo aquí tengo una postura ambivalente, gasto de los dos soportes y me quedo tan pancho, pero, a solas -cuando nadie me ve y aflora el lado íntimo que a uno le queda bajo la piel- me digo que nada suple con éxito el encanto de tocar las páginas mientras se leen las palabras escritas en ellas como ancestros. A Hans Magnus Enzensberger esa razón le parecía suficiente para darme esperanzas sobre mi oficio: “Nada sustituye al periódico si puedes tocar las noticias en el desayuno”, me dijo. La nostalgia de los usos cotidianos que la tecnología ha ido jubilando de nuestras vidas adquiere una dimensión nueva que trasciende el mero valor museístico de lo vintage. Seré un clásico, como lo fueron y son Leonard Cohen y Gay Talese, dos monstruos intemporales. Me apasionan los inventos esquizoides, y perdono la mentira del azar que nos descubre verdades aplastantes detrás de su burla. Pero cuando me vuelvo, a menudo, rutinario y dieciochesco, cultivo una impronta de hábitos que rebusca en la antropología de todo sujeto y prefiero una taza de café bien servida en la barra de un bar.

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Por qué no me callo. Cuando vivamos con otros seres

Entre los temas coloquiales se ha colado el robot, que es compatible en nuestra sugestión con el hechizo por el extraterrestre. Esta ha sido la semana del marciano que nos ganó en la niñez, el E.T. de Spielberg a la vuelta de 35 años. Y, a su vez, nos incumbe ahora mismo el mundo de Yo, robot, con Will Smith, y del más reciente y simpático Chappie, ese androide íntegro que ya quisiéramos de congénere. Así que hemos dejado atrás el pudor y hablamos abiertamente de un tema que es un anatema de herejes, como si la ciencia hubiera perdido la vergüenza y posara desnuda con todos sus pecados. De ahí que la ONU y la NASA tengan listo el protocolo para dar la noticia de otros habitantes que fueron expediente X y que el BBVA nos prepare para una convivencia atónita con acólitos robóticos. Ya se escriben libros a propósito. Me confieso mentalizado de antemano. El alienígena me resultó siempre un vecino plausible, e inexcusable cuando veía a Paco Padrón Hernández -que hoy asoma a nuestras páginas con la lógica de las últimas noticias-. En cierta ocasión, escribí un relato donde el sujeto exógeno convocaba una rueda de prensa que el periodista debía cubrir. Ahora, Rebolo le cuenta a Iñaki Gabilondo en Cuando ya no esté hipótesis sobre la vida intergaláctica que redimen al crédulo de misterios en que me reconozco. Ha bastado esta última semana, tras el ditirambo de los exoplanetas, para convertir el tabú ufológico en moneda informativa de uso corriente. El selenita se intercala en las tertulias como antes Monedero e Iglesias con los satélites y mareas de Podemos.

Conviene leer El próximo paso: La vida exponencial con la mente despejada. El robot deberá pagar impuestos, sugiere Bill Gates. Yo supongo que tendrá sus costumbres y amigos, tendrá su ocio y sus arranques de mal humor. Y, por si acaso, tendremos a mano el botón de desconexión, si no lo descubre y estamos perdidos. Tendrá programado el sueño y el despertador para que nos prepare el desayuno y nos diseñe la ruta y los hábitos consuetudinarios. Todo esto, en realidad, ya es. Hay un famoso robot recepcionista en un banco japonés y un hotel con plantilla de androides. El automatismo echó raíces al término de la Segunda Guerra Mundial. Ahora estamos a las puertas de la cuarta revolución industrial, tras la máquina de vapor, la electricidad y la electrónica. Y la cuestión es que la mano de obra metálica del futuro -el futuro es ayer- va a generar mucho paro humano y conviene saberlo con tiempo. El señor robot será un contribuyente más, con sus derechos y deberes, y un día intentará pensar con más información almacenada que nosotros y un arma infalible en su haber: el Big Data, que procesa la ingente memoria con ayuda de un buen supercomputador. De manera que nuestros hijos y nietos deberán congeniar con esos ciudadanos paralelos, vertiginosos e inteligentes, que sabrán más y decidirán más rápido. Sin embargo, tenemos algo a nuestro favor: la creatividad, el mayor yacimiento de empleo de la próxima era, la cuarta ola, como diría Alvin Toffler. Y los sistemas educativos de mañana deberían preparar la mente de obra para la imaginación, como en un gran Montessori. Es verdad que el robot que hoy colegimos será un personaje con prejuicios, cuya lógica emanará en cada uno de sus actos. Y esa es nuestra oportunidad. Si el porvenir nos invita -y conmina- a ser seres creativos o no ser, no estaría mal que diéramos un volantazo y devolviéramos del exilio a los estudios humanísticos. Siendo comprensible todo acto de conciliación entre los títulos universitarios y la demanda de oficios real de las empresas, sepamos que mañana es tarde, el robot ya está aquí.

En un almuerzo de trabajo, el directivo de una empresa energética puso sobre la mesa los servicios prestados por el robot de su compañía en la detección de los fraudes del cliente. El robot no falla, dijo, y todos le preguntamos detalles de ese prodigio que no está en las páginas de Asimov, sino en la sede de Endesa. Recordé lo leído en el libro de Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio, sobre la intuición, otro de mis temas favoritos. Ese golpe de efecto milagroso que en la abundancia de variables concentra su lucidez en un instante del pensamiento. Si el robot -que ya nos gana al ajedrez y al póker- nos desafía con su intuición, estamos perdidos, pues su banco de datos también nos supera.

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El aire de Campisábalos

El aire de Campisábalos es el más limpio de España. Por el viento que corre. Tiene ese alimento de la naturaleza que nutre su lenta geografía de campo, como nosotros tenemos el alisio, pero con la población desatada en decenas de miles de habitantes, y ese pueblito de Guadalajara apenas tiene 68 vecinos, que en invierno se reducen a 20, ganaderos y agricultores. Por eso gozan del aire de los dioses, que es cuando respirar nos reconcilia con este agente secreto que se enmascara en su carnaval de transparencias, y todo se vuelve una confabulación de los sentidos, donde la calma rural y el bello aliento son los alicientes de una vida de placer. Como me pasaba en Taganana.

La polución es el excremento del aire, viciado por el progreso. Y por eso el cambio climático es la consumación de nuestras ínfulas de desarrollo. Esos siete planetas que orbitan en el sistema solar recién descubierto plantean la hipótesis de la vida con el permiso de la atmósfera. La química de todo es el oxígeno. Pero solo en Anaga me daba cuenta de esa menudencia que sostiene a toda la humanidad. El aire tiene las espaldas de Hércules. ¿Por qué el campesino es tan sabio? Porque es parte de la verdad. Vive con lo esencial. Habla del aire como algo suyo y predice los climas con sus cabañuelas. En la ciudad se vuelve uno intrascendente y presumido. La conversación omite a la naturaleza. Y el aire se hace impostura rural de una poesía aferrada al asfalto.Yo no he vuelto a respirar mejor en ninguna otra parte que allí, donde existía la delicia de oler el aroma a la bosta de vaca, y había un caminar entre nubes, con los abismos abajo, consciente del peligro de resbalar y caer mortalmente, que no era un riesgo meramente teórico, si lo sabré bien. En los pueblos hay curanderos con los métodos revueltos y te apañan con remedios que curan a todos los animales por igual. La mítica buena salud de la gente de campo tiene que ver con la dieta y el aire. El aire que se respira y se ve. En los paisajes impolutos de la cordillera de Anaga el aire, con apenas veladuras, era parte de la estampa con su brillo, su tersura y su piel de cristal. El “ondear del aire”, decía Juan Ramón Jiménez.

Respirar era como comer por los ojos; lo hacías con placidez, y te quedabas a gusto. Se entiende lo que digo si pensamos en la evidente repulsa con que uno respira bajo el sofoco de la calima. No he vuelto a respirar sano desde entonces. Te mueves en las urbes, donde vives, trabajas y paseas, y te olvidas de cómo te sentías cuando ibas del Lomo a Asano oliendo el estiércol, las múltiples fragancias de las flores del camino, sorteando los precipicios diáfanos como el agua del mar límpida y transparente como el aire.

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El gen del Carnaval

Por qué este pueblo tiene el histrionismo inyectado en vena y botellas de reserva de humor en las bodegas que descorcha cada año, sin excepción, venga una crisis, un delta o cualquier desastre que toque en la racha de días funestos de un tiempo a esta parte? Valle-Inclán tenía el esperpento y Rabelais su Pantagruel y su Gargantúa. Cada autor y pueblo tienen su sátira y su cómico ambulante y, en ocasiones que conocí de primera mano en la niñez de Anaga, lo deforme humano se vuelve icono circense infaustamente popular que nos confronta con los límites del derecho a la intimidad y el respeto frente a la burla. Pero el Carnaval lo tiene Santa Cruz como una introyección, metido hasta el alma, en una clara rivalidad con la propensa envidia que demoniza las relaciones humanas y con el codo fácil que se abre paso a empujones, dejando el estigma de un pueblo atravesado, como me dice una buena amiga foránea que nos conoce bien: detrás del cartel de bienvenida, están unos sujetos malencarados que suelen ejercer rara vez la hospitalidad, pese al eslogan.

La alegría no es poca cosa, y ahora que abunda no cabe darle una importancia trivial. Los profetas del carpe diem tienen en esta isla un carnaval que es un buen laboratorio, como las saturnales romanas coincidían en el mismo plató que las bacanales en honor del dios Pan. El optimismo se vende caro en una sociedad esquinada que se malquista con el vecino a las primeras de cambio -en la política, sonreír hace milagros, y un chiste inteligente, una frase ingeniosa desatasca las plúmbeas cañerías de un debate; ¡cómo recuerdo a Olarte en su personaje de Calero!-; de ahí lo excepcional de este pandemónium de calles etílicamente alegres, que nos convierte en parodia y paradoja de un mundo cabizbajo que habla de guerra nuclear. Esa es la cuestión que vengo a plantearme, el porqué de esta orgía de santos inocentes que se asienta en Santa Cruz en los días que corren -un “período pasional intenso” lo llamaba Julio Caro Baroja- como si esta fuera una casa de locos de toda la vida. Si un turista desinformado arribara a las islas mañana mismo y comenzara la gira por Santa Cruz de La Palma ante una batalla de polvos talco bajo la figura totémica de la negra Tomasa y el cachondeo consiguiente de los indianos, se formaría una opinión equivocada acerca de nosotros -de nuestra salud mental-, pero pronto caería en las redes del manicomio teatral como el juicioso se mimetiza entre los orates y pasa a ser uno más.

Esta conversión caribeña -ya no sólo de Santa Cruz de La Palma, sino también este año de Santa Cruz de Tenerife- tiene su antecedente histórico, qué duda cabe, pero, a ojos de Trump, producto inequívocamente carnavalero en la morgue electoral de ese país que deviene en parodia y paranoia, somos unos sospechosos de m…La alegría del pueblo santacrucero es eso que llaman en la Unesco un patrimonio inmaterial. La alegría es cultura, y procede de unos vestigios, que son por los que aquí pregunto. Falta el explorador de esta catarsis concreta de locos medievales, de la cornucopia chicharrera de la broma, porque ya conocemos el diagnóstico de otras latitudes, a falta de alguna razón poderosa que justifique la impostura de un pueblo tan soso y seco el resto del año, que, como en el sueño del oso, sale de la guarida cuando despierta del letargo invernal a ver si llegó la primavera. Este trance es el que, por lo visto, da origen a las máscaras fustigadoras, como los carneros herreños y los buches de Arrecife. Un exégeta que nos explique de dónde nos viene este rol que no es de por aquí, salvo de África. El profesor Ramón Trujillo hizo en su día acopio del silbo gomero y lo cosificó lo justo para llevarlo en la maleta del coche en las grabaciones que obtuvo con artilugios que le costaron un ojo de la cara. Años después, el silbo subió a los altares de la Unesco como patrimonio inmaterial mundial y no se lo agradecieron. Si el Carnaval chicharrero tuviera su Ramón Trujillo, alguien dispuesto a escudriñar en la fiesta a riesgo de ser criticado por su altruismo académico, sabríamos si ese gen -ya que la careta, de puro vintage, perdió su hegemonía con la indumentaria churrigueresca que imita las galas de la reina entre la marea humana-, el dislate, es propio o importado. O espontáneo.

 

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Por qué no me callo. Tragedia en las generaciones no tan futuras

Puestos a pensar en voz alta, me he quedado hablando solo ante la opereta de líderes y lideresas de la repugnante precampaña gala, la circense pugna en Podemos tras el caos de la bicefalia Iglesias-Errejón, y toda la epidemiología que ataca a los partidos con sarnosos rumores de espadas; vale para el PSOE y el PP; incluso, hasta para el reprimido centricismo de diseño que Rivera importa de las Cortes de Cádiz con la misma rubeola con que hasta hace poco la derecha fabricaba suplantando el copyright de Suárez. Si uno se detiene a consumir la casquería que nos venden los partidos en este chafarrinón de rebajas de las desideología, cogemos una depresión profunda sin margen de error.¿Han oído ustedes a Marine Le Pen (dicen que la sobrina, Marion, es aún peor, un calco del abuelo ultrainfumable) diciendo en el arranque hacia el Eliseo que protegerá a Francia de los yihadistas, los extranjeros y la UE? Si esa señora llega a hacerse con el trono del VIII Distrito de París y hay un Frexit como ya invoca, la Unión Europea entraría en barrena, con España arrinconada como una antigualla europeísta gagá, y esa floración leprosa seguirá campando por las Holandas y Finlandias y el sursum corda, inclusive la Alemania, con su mea culpa, se vería de nuevo en el fango nazi. O sea que. Hace casi un cuarto de siglo hubo una conferencia internacional en La Laguna con Cousteau y Mario Soares, entre otros invitados, para debatir y aprobar una carta de los derechos humanos de las generaciones futuras. Recuerdo el foro y entonces todo el temor consistía en proteger el planeta como casa habitable de unos infelices que vendrían al mundo el día de mañana. Ese día ya es hoy, pues un cuarto de siglo es un período suficiente para haber recibido a un par de generaciones a este instante estúpido de la historia del hombre y la mujer, al que ya no pertenecen físicamente ni el portugués ni el oceanógrafo. “Como a ras de unos gladios un vuelo de libélulas” (Rimbaud, en Los sentados: “costrosos…, con la mollera llena de rencores difusos”). No hallan solo los detritus del ecosistema, sino, sobre todo, se dan de bruces contra la peor fauna política, probablemente, de la historia de la humanidad, incluidos los hunos y los otros con sus atilas. Hagan el ranking de los líderes de este tiempo indeseable y se llevarán un disgusto. Los mayores zoquetes son estos y están aquí, delante de nuestras narices, diciendo las mayores burradas, con el encefalograma plano producen su éxito, y cobran una pasta gansa en escaños y cargos. Mandatarios de poca monta. Ignorantes y peligrosos. A cual más tronco y lanzado. Proteger a Francia de la UE, venga ya.

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Gilberto Alemán, en San Borondón

Era un niño descalzo que estudió Magisterio y se hizo periodista en Madrid. En un bar cerca de La Moncloa, fregó vasos y platos para poder estudiar, se hizo dramaturgo y fue actor con María Fernanda de Ocón en el Teatro Lara.

Al cabo de un centenar de libros y diez mil artículos, la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) le rindió un homenaje. Gilberto Alemán se pasó la una vida metido en la Isla y dedicado a la prensa, a caballo del mito de un náufrago inglés y un hábil arquero de los bosques; era un contestatario (y un contestón). No salió de la Isla, tras volver de Madrid, porque no le dio la gana (su expresión favorita), aunque hiciera breves escapadas europeas, como el día que acudió al concierto de Año Nuevo en Viena.

Periodista de raza, una especie en peligro de extinción, este cronista oficial de Santa Cruz y Premio Canarias de Comunicación tenía las alforjas llenas de horas de calle y de vuelo, de notas breves y columnas de periodismo quirográfico, antes del uso holgazán del magnetofón en un oficio que había sido, como él lo conoció, de amanuenses. También tenía horas de rodaje radiofónico y vocación sinhilista como un Ramón Gómez de la Serna, al que se parecía, por cierto, en la afición por la greguería. Con todo aquel bagaje sentimental de prensa y radio sin florituras no le fue fácil salir del shock del nuevo periodismo digital que le esperaba ya en la cuneta.

Gilberto nació a la prensa en una era de popes de puño y letra, en el combate contra el franquismo. La suya fue una militancia de periodista socialista de El Día, y en la Transición cubría las huelgas y manifestaciones por Javier Fernández Quesada o Bartolomé García Lorenzo. Pero lo peor estaba por llegar, y le cayó encima después; y en cómo se rehizo radicó su mayor mérito: la persecución por nacionalista durante la caza de brujas que duró hasta el climaterio del fervor cubillista, el silencio de los petardos y la desgana de la OUA. De pronto, el ídolo progresista del gremio, el enfant terrible que todos cotizaban entre los primeros espadas de la profesión, cayó en desgracia, lo buscó la policía y se lanzó a un exilio caraqueño como un apestado que duró unos años. Con la calma de la Constitución, regresó a la Isla, pero era un periodista marcado. Sin embargo, se repuso, creó una agencia de prensa y un género de venta ambulante de mucho éxito: carpetas de fotos antiguas en blanco y negro.

El pasado, esa fue su mina particular, y el futuro académico canario de la lengua volvió a levantar cabeza con aquella mirada de Morgan Freeman, reinventándose una y otra vez. No encuentro otro ejemplo mejor para definir lo que significa empezar de cero. Gilberto fundó, en efecto, la primera agencia informativa independiente de las Islas (la agencia SID); dirigió revistas ocasionales y gabinetes de prensa; volvió al micrófono en Radio Club y se enroló en La Tarde, a remar contra corriente en el viejo vespertino; publicó sin descanso libros de la guerra civil y las historias locales, y todo ello le sacó del apuro de parado de lujo de un oficio que cada día tenía menos que ver con el fulgor del nuevo periodismo de Norman Mailer de su juventud, tras la llegada de Internet, esa intrusa de la casa.

Gilberto dirigió, en la sombra, el DIARIO DE AVISOS, antes de su refundación en Tenerife en los años 70. Tanto esta casa como La Opinión de Tenerife rehabilitaron la firma del periodista, con sección fija, y Ediciones Idea difundió al escritor con tiradas populares de sus obras de bolsillo.

Era terco e íntegro. Que lo llamaran abuelo en lugar de maestro, le jodía, y al cáncer lo miraba de frente con el hábito mortal de un pitillo en la boca, creyéndose Humphrey Bogart. Gilberto, Adrián, Ventura…, los Alemán han sido artistas, periodistas y escritores que heredan y enredan las musas de padres a hijos, son ácratas e irascibles, tiernos, pródigos y geniales. Como Ernesto Salcedo o Alfonso García Ramos o Francisco Pimentel, Gilberto enseñaba el espolón de polemista.

Tenía memoria de drago. Hijas y esposa. Iris Fariña, la mujer que mejor le conoció, contaba que en la dictadura, los artículos de Gilberto y sus posiciones públicas y publicadas les costaban insultos telefónicos anónimos y amenazas. Gilberto tenía una arrogancia irónica y una vena transgresora en el filo de una timidez ególatra que imitaba la soberbia fielmente. Con el paso de los años, comprendí la naturaleza de su vanidad de niño.

El hijo de Luisa y Ventura quería ser un robinson en San Borondón y un robinhood en su bosque, más al estilo del subcomandante Marcos que del asaltador de caminos, por el hecho de tener que vivir teniendo siempre una causa a mano. En el café Montecarlo de la Avenida de Anaga, viéndole el hocico al Atlántico, había redactado la Constitución de ese islote sentimental con sede consular en la calle de Puerto Escondido.

Ecologista y fundador de ATAN, bautizó un volcán. No sabían qué nombre ponerle y a él se le ocurrió Teneguía. Era un fan de los molinos de agua y de viento, del movimiento de sus aspas y del aroma del gofio de la molienda. Y vivía como un rajá en su casa de Tacoronte, donde nadie lo molestaba. Narró mil veces su historia favorita: que Shakespeare había elogiado los malvasías con Falstataff. ¿Dónde está ahora? En San Borondón.

La APT pidió su nombre para la sala de prensa del Parlamento de Canarias

La Asociación de la Prensa de Santa Cruz de Tenerife (APT) solicitó al Parlamento de Canarias que la sala de prensa de su sede llevara el nombre del periodista Gilberto Alemán de Armas (La Laguna, 1931-Santa Cruz, 2011), en reconocimiento a su dilatada trayectoria de más de 40 años de ejercicio profesional. Premio Canarias de Comunicación 1995, consagró la mayor parte de su vida a la labor periodística, contribuyendo a la recuperación de las libertades y la democracia en nuestro país. A su trabajo como reportero, redactor, comentarista y director de publicaciones, Gilberto Alemán unió sus incursiones en la radio, la televisión y el teatro. Incansable cronista de las costumbres y tradiciones isleñas, con un sinfín de artículos, muchos de ellos recopilados en libros, su ejecutoria estuvo marcada por el talento y un conocimiento profundo de Canarias y de sus gentes. En mayo de 2008, durante el homenaje que la FAPE (Federación de Asociaciones de Periodistas de España) rindió a Alemán de Armas, el entonces presidente del Parlamento de Canarias, Antonio Castro Cordobez, anunció que la sala de prensa de la Cámara pasaría a llamarse Sala Gilberto Alemán.

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Por qué no me callo. De los padres de la patria

Para hacernos una idea del extraño contubernio en que suele decaer la política en Canarias, tendríamos que guardar siempre memoria de ayer, algo que se tiene por un hábito obsoleto. Me siguen sorprendiendo esos tics recurrentes de una amnesia patológica del pedante adanismo del político de turno que se siente en la obligación de fundar el mundo a su llegada al poder, sin recuento de predecesores. Cuando entró en la política regional Manuel Hermoso -estamos hablando en términos históricos, pues hace de ello más de un cuarto de siglo-, el pionero había sido Jerónimo Saavedra, que instauró la autonomía y sentó las bases del autogobierno. Se olvidan pronto las lecciones y los autores de los actos. En Hermoso había una agitación primeriza que le llevaba con fuerza al cenáculo de los padres de la patria. Tenía trazas de alcalde populista -como entonces ya se decía con ninguneo en términos de tribuno convencional- y era fácil discutirle la vocación autonomista, todo lo más era, a ojos de la política reglamentaria, un insularista recóndito que no veía más allá de su chicharrerismo nasal. Y después resultó un ingenioso arquetipo de político a la contra, que procesaba los continuos desafíos del racimo de peñascos con la estética naif de un cesarmanriquismo apóstata, irreverente y audaz. Aquel responso ante el Rey. La gira europea para vender el estatus isleño en volandas del avión que le prestó un empresario local y que fue el germen de nuestra ultraperificidad militante. O las cosas que dijo sin darle más vueltas, como la broma que nos hizo pensar a todos: la república helvética canaria, con un presidente por isla cada año para acabar con la impertinente capitalidad y el estigma -que ahora persigue a Antona- que cuestiona que los presidentes puedan ser de las islas menores. Saavedra y Hermoso eran como el aceite y el vinagre, el yin y el yang de la política canaria. El uno tenía avales de autonomista y el otro de cabildista. Pero lo que entonces parecieron dos antagonistas sin remedio, salidos de la olla del infierno de nuestros cainismos tribales, pusieron su letra y su música, y con esas dos partituras resulta que hemos estado bailando durante un cuarto de siglo. Entre la isla y la región. No era, en manos de ambos, posible hacer tabla rasa y empezar de cero una y otra vez. Cuando las dos almas de aquella Canarias que estaba políticamente haciéndose, la que se hacía jerónimamente, como acuñó Manolo Padorno, y la que se hacía manuelmente -que, en efecto, parecía hecha de un modo manual, sin artificios, sino desde abajo, desde la isla- dieron en encontrarse y gobernaron juntas, nos pareció lo más natural a todos. Nadie creyó una herejía que Hermoso y Saavedra se coaligaran y, después, cuando el pacto terminó de aquella manera traumática y se produjo un abismo entre los unos y los otros, entre Coalición Canaria recién creada y el PSOE, que era el decano de los partidos y las autonomías, el molde no se rompió, Canarias estaba hecha.Ahora tenemos esa sensación extraña que apuntaba al principio. Todos los gobiernos han seguido como un hilo de continuidad. Fernando Fernández y Olarte se repartieron una legislatura que, con todo el ruido -que ahora ha vuelto a mencionarse- de la gresca universitaria y la cuestión de confianza, contribuyó a levantar el edificio, a hacer las paces académicas, que era un pleito que nos desgarraba y tenía que ver más con el hígado insular que con el Gaudeamus universal, y a decirle a Madrid lo que vale un peine cuando se discutieron los arbitrios de los cabildos. No es mal ejercicio este de mirar hacia atrás para ver lo que hicieron otros antes. Lo que hizo Adán Martín, que dejó en los estantes su enciclopedia del eje transinsular, para que esto sea una tierra única alguna vez. Lo que hizo Román Rodríguez cuando abrió el melón de las directrices turísticas que ahora quieren tumbar con la Ley del Suelo. Lo que hizo Paulino Rivero a propósito del petróleo o las aguas malditas, que si son o no son canarias, que si patatín, que si patatán. Por tantas razones, toca a Fernando Clavijo reconciliarse con el pasado, pues todo comienzo tiene un antecedente.

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