… Y ZAPATERO DIJO ADIÓS

 

Los debates de la nación suelen ser un ‘coñazo’ o (como me corrige una oyente) un ‘tostonazo’. Éste no lo ha sido menos en sus pasajes más previsibles: el toma y daca, el rifirrafe, el vituperio y la zancadilla. Pero ha tenido una deriva emotiva que, en su recta final, esta mañana, me resultó un debate de cercanía. Así que el debate se humanizó tras el descarrilamiento incorregible de los oficiantes (ser diputado a menudo me parece un sacerdocio lleno del mismo mimetismo ‘oscurantista’ de los curas de verdad y del manual de estilo al uso, con la Biblia del partido incluida, los tics de la liturgia de los plenos parlamentarios, en fin…, todo lo que hace de la política y de los debates una cosa muy aburrida, cuando no debiera serlo necesariamente). El último debate de la nación de la legislatura ha sido, en efecto, el debate de la despedida de Zapatero, que no será candidato. Ana Oramas le dijo que puede marcharse mirando al país a los ojos (sin agachar la cabeza) por las reformas que ha acometido en la segunda parte de su segundo mandato. Le acunó en sus palabras más tiernas, recordándole el tiempo que le ha robado a la familia y que ahora podrá devolver a sus hijas, y le dio una especie de abrazo lagunero, de alcaldesa a presidente, los dos cargos que, a su juicio, arruinan más la vida familiar de un político. Zapatero y CC han terminado bien, después de un período agrio, en que no se miraban a la cara. Hermoso, en su etapa, tampoco tragaba a Aznar. Y Paulino Rivero iba por el mismo camino, hasta que –a la vista está- terminó teniendo química –eso que dicen que existe o no existe en política y de ello depende todo lo demás-. Acaso la famosa Comisión del 11-M tuvo la culpa de ese escoramiento de los nacionalistas canarios hacia el PSOE antes que hacia el PP, con el que gobernaban en las islas cuando todo se fue al garete tras la foto. (La foto es la de Zapatero y Paulino Rivero en la Moncloa, ya se sabe). Ana Oramas ha sido una diputada portavoz meteórica. Esta mujer tiene madera para la política, cosa que creo que nadie duda a estas alturas, y lo hace bien en el estrado, cosa que le viene de roce a su grupo desde tiempos de Mauricio –ahora tan proscrito por conducir sin carnet, pero quién le borra los años de oratoria parlamentaria en que se conducía sin papeles). Así se hace política en España, con el bipartidismo que le repatea a Rosa Díez, y con los pequeños partidos nacionalistas, que quizá –la historia nos sacará de dudas- nos hayan salvado de acabar como Grecia, aprobando hace unas horas in extremis un plan de austeridad para evitar la quiebra, pero no la horca.

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COLÓN Y ARMSTRONG

 

Nos hemos caído del guindo, de la guerra de las galaxias (hoy empieza Fimucité) a nuestras guerritas terrícolas –la misma palabra lo dice-, como ésta de Afganistán, tan cara en víctimas, o a ciegas en Libia. “La violencia, aquiétala”, decía Cernuda. Pregunta de extraterrestre: ¿Somos gente de paz? Brian May, un respetable astrofísico exguitarrista de Queen, decía esta semana pasada (tocó y habló en el festival ‘Starmus’) que dejáramos la puerta del espacio entornada, para que el hombre no habite otros planetas con la misma codicia que éste. Hace meses me dijo el astrobiólogo Jesús Martínez Frías que todas las miradas están puestas en Marte (si la Luna continúa preterida por la Nasa), y los robots ya se probaron en Las Cañadas. Haya o no marcianos (Epicuro decía, “¿y si hay vida en esos planetas?”), merece la pena repensarse la idea de liberar en el cosmos el virus de una raza tan poco recomendable. Saramago, que era ateo, hizo esta concesión: Dios concentró al hombre en un solo planeta cuando vio que se le fue de las manos. La mesa redonda ‘108 minutos’ en el Roque de los Muchachos (astrofísicos, astronautas, premios Nobel en las tripas del Grantecan), homenaje a Gagarin, es una proeza en la Tierra. El astrofísico rockero Garik Israelian, el ‘gagarin’ de esta ‘misión’, trajo a rusos y americanos a confraternizar a la sombra de los observatorios, un lugar pacífico. Los héroes del espacio son como dioses de carne y hueso. Es imposible ver a pocos metros al cosmonauta Alexei Leonov –el primer paseante del espacio, madre mía- y no sentir un vértigo insuperable, o pasar de largo junto a Jim Lovell, el comandante que dijo: “Houston, tenemos un problema”. Cruzarse en la calle, en Tenerife o La Palma, con Neil Armstrong (mirarle los pies con los que pisó la Luna) es como tropezarse con Colón en La Gomera años después del descubrimiento de América. Ambos hitos se miran en el espejo: Stephen Hawking, al contrario que Brian May, anima a colonizar el espacio una vez depredado este mundo sin remedio. Colón y Armstrong han venido a parar al mismo archipiélago. (Tenemos gentilicios en América, y en la Luna un pico Teide y ‘Montes de Tenerife’ en el mare Imbrium, por seguir con esa misma afición onomástica). En un viaje a París en el Concorde, tenía sentado al lado a un científico gomero. Hablamos de la Luna. “Lástima”, le dije, “que no hubiera un gomero en esa misión”. Sonrió: “Sí lo hubo. Yo”. Félix Herrera, físico solar del programa Apolo, habría ido a estrecharles la mano a Aldrin y Armstrong al sur.

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AL VENT

 

Por lo visto, hay cierta inquietud en Europa por las dimensiones que va adquiriendo el movimiento del 15M. Una preocupación comprensible, ante el temor de que España se ‘grecialice’, pero, a la vez, una muestra de ‘señoritismo’ burgués por venir de quien viene, el comisario de Economía, Olli Rehn, que nos mira desdee la autosuficiencia de su nirvana finlandés originario.

A lo que iba. Europa se intranquiliza ante el riesgo de que los jóvenes que toman la calle, tomen, en la práctica, las riendas de una influencia popular (que nadie lea PP) en la sombra que derrote socialmente, por vía extraparlamentaria, las reformas que desgarran a Zapatero. Rubalcaba mantiene, por ello, un pulso con el presidente (al parecer, ambos se han distanciado en las últimas semanas) para adelantare las elecciones: el candidato tiene la palabra, pero el todavía inquilino de la Moncloa es el único que tiene el poder de convocarlas. La manifestación del 19J era contra el Pacto del Euro, que consagra la pérdida de derechos de los trabajadores (menos salarios, más impuestos, jubilación más tardía). Europa, por tanto, se da por aludida, y tuerce el gesto en señal de disgusto. No le agrada que la gente le reconvenga en la calle y cuestione las recetas de austeridad extrema que exige tanto la UE como el FMI y el BCE (Banco Central Europeo) para que el déficit no descarrile y los mercados (las famosas agencias de calificación  ya se encargan) no le pongan la cruz a determinados países (nos llaman los ‘pigs’, los cerdos, los estados del sur empobrecidos y arruinados, con grandes bolsas de paro). Los jóvenes airados y violentos de Barcelona, que ahora se las verán con la justicia bajo la losa de delitos penales que probablemente no midieron, no han logrado, por suerte, deslegitimar las demandas justas de los acampados en la Puerta del Sol.

Un movimiento contestatario de esta naturaleza esta abocado a organizarse y adoptar una estructura estable (todo lo rotatoria que se quiera), como no les quedó más remedio a los demócratas de los años 70, que acabaron aglutinándose en torno a lo que llamábamos la ‘Platajunta’, cuyas reuniones se celebraban en el despacho del abogado Antonio García Trevijano, en Madrid, un salón de muebles de metacrilato, como tuve oportunidad de comprobar. Ante España y ante Europa, el movimiento del 15M debe dar el siguiente paso, más allá de un voluntarismo asambleario que acabaría devorándose a sí mismo: debe vertebrarse y elegir voces convincentes, que ayuden a los demócratas elegidos el 22 de mayo y a los que lo sean en las próximas elecciones, a agitar la coctelera de las conquistas políticas y sociales de las últimas tres décadas, en aras de un sistema de libertades más fiable, ético y eficaz.

Este largo ‘mayodelsesentayocho’ promete tener continuidad en el tiempo. El Congreso se hace eco, indirectamente, de algunas de sus iniciativas para ventilar socialmente sus decisiones y abrir cauces de participación ciudadana más allá del formalismo estéril de leyes infructuosas, como la de iniciativa popular. Comienzan a surgir portavoces consensuados que aportan rigor y sensatez, ideas, en fin, para democratizar la democracia y transparentar la transparencia. Del ‘¡Indignáos!’ cabe transitar, como sugiere el propio padre del opúsculo que titula esta fiebre generacional, Stéphane Hessel, hacia el ‘¡Comprometéos!’ (Ediciones Destino, 80 páginas de conversación con el joven escritor y activista social Gilles Vanderpooten). El nonagenario resistente francés es un faro muy venerable y certero, cuyas revelaciones iluminan y guían esta protesta heterogénea en defensa de la libertad, la paz y la inteligencia de una civilización digna del siglo al que pertenece. En esta segunda parte de su panfleto contra los desafueros de los gobernantes tras la crisis, dedica una adenda para “los amigos de los pueblos de España”, que certifica la repercusión de sus seguidores en el país con más paro de Europa.

Repasé ayer, casi involuntariamente, las canciones de los 70 que nos motivaban contra el inmovilismo de la tardodictadura y el postfranquismo residual; canciones, que, al escucharlas en el ‘aire’ (durante una emisión radiofónica en diálogo con Remedios Sosa, vicepresidenta del Centro de la Cultura Popular Canaria), me resultaron inesperadamente vigentes como si acabaran de estrenarlas  ahora los cantantes de aquella hora tan diferente de este país. Sonó ‘Gracias a la vida’, en la versión de su mejor intérprete, Mercedes Sosa, y era fácil imaginar su nítida y potente voz deslizándose sobre las cabezas de las riadas humanas que piden mejores y más honestos dirigentes y gobiernos. Sonaron Labordeta, el Taller Canario, Añoranza, junto al reciente Luis Almeida (que musica aquellos versos que mi amigo Francisco Viñas nos recitaba sin descanso, “que no te construyan jaulas…”) y, por último, sonó, como un himno que te baña de arriba abajo el sentimiento, la mítica canción inolvidable de Raimon, ‘Al vent’. Y estuve todo el día cantando para mis adentros

                             ‘al vent,

                              la cara al vent,

                              el cor al vent,

                              les mans al vent,

                              al vent del món”,

yo que no tengo pajorera idea del catalán, y se me rayaron los ojos como hace treinta y tantos años. ¡Qué mejores canciones para esta nueva ocasión de encuentro a mares con la verdad de la calle! Como en las sucintas reflexiones  redactadas por un anciano que no se rinde, el movimiento 15M tiene ahí, en esas canciones de protesta históricas e irrepetibles su mejor fuente de inspiración, yendo de la mano viejos y nuevos cantautores.

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EL PACTO

 

La palabra ‘pacto’, la más socorrida en las islas en el ‘ranking’ mensual, no figura entre las favoritas del español en la última edición del día ‘e’ del Instituto Cervantes. Los internautas (ese oráculo omnisciente que encumbramos con beatería entre todos) eligió el sábado el nombre de un estado mexicano, ‘Querétaro’ (“isla de las salamandras azules” es la más afortunada de sus múltiples definiciones). ‘Pacto’ no es comparable a ‘sueño’, nominada por el psiquiatra L. R. Marcos, o, incluso, ‘libertad’, defendida con ahínco literario y político por el Nobel Vargas Llosa, que fue a promocionarla a Pekín, como un jardinero a ver si florece. Pero en nuestro léxico político local, resulta que ‘pacto’, como digo (un pacto para dos millones de canarios), es la palabra de moda y hoy mismo se aloja en un hotel de Santa Cruz en el acto formal de la firma de ese auténtico armisticio entre nacionalistas y socialistas, tras 18 años de escaramuzas, como las interminables guerras feudales. No es palabra que goce de mucho prestigio (aunque éste se fraguó en La Moncloa, su hábitat natural), porque reinterpreta el veredicto de las urnas, pero nadie discutirá que, ‘gracias’ (otra de las palabras más votadas en la ciberencuesta) a los fluctuantes pactos, ha sido posible conciliar estas islas, con su antropofagia incorregible. Uno de los ‘ingenieros’ (técnico-industriales) más fogueados en pactos en Canarias acaba de bajarse del caballo. Yo le vi, en el 88, regalar a Olarte, tras la investidura, un ‘naife’ (o cuchillo canario) de madera para responder a las puñaladas por la espalda, como en las historias de malevos de Borges en los arrabales. La palabra ‘pacto’ tiene resonancias pendencieras. (La Palma es ‘casus belli’ para API, que sufrió su 11-J.) A José Saramago le encantaban los canarismos de origen portugués (desde millo, fechillo o gaveta hasta ‘¡fo!’, para decir ¡qué asco!). En el aniversario de la muerte del Nobel de Azinhaga (Portugal), sus cenizas han sido cubiertas con tierra conejera bajo un olivo junto al río Tajo. Lo recuerdo, en una entrevista con Juan Cruz, reivindicando las palabras desacreditadas (robadas, diría Eduardo Galeano), como amor, amistad, beso… En cierta ocasión, me dijo que se consideraba amigo de un fantasma, el de Manrique, que ya había muerto cuando él llegó a Lanzarote a vivir en 1993, aquel año en que los nacionalistas rompieron el jarrón con los socialistas y se pelearon hasta hoy (¿por qué pacto me lleva a jarrón?). Ahora, los dos fantasmas se citan con los jóvenes indignados del 15M por las calles de arriba abajo.

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DEL 15-M AL 15-J: EL PRIMER MES, LAS PRIMERAS GRIETAS

Al mes de surgir el movimiento 15-M, los perroflautas se apoderaron de la estética de las sentadas, y el mal olor obligó a levantar la carpa en algunos espacios públicos. La primera grieta del despliegue juvenil e intergeneracional en la Puerta del Sol y otras plazas del Estado fue la falta de higiene. La segunda ha sido la violencia verbal y, en ocasiones, física, a las puertas de consistorios y parlamentos. Las escenas de Barcelona, donde se prodigan el insulto y el desprecio a la labor de los parlamentarios elegidos en las urnas, así como la bulla déspota contra los concejales de Santa Cruz de Tenerife el día de la toma de posesión, y la cacerolada nocturna en Madrid a las puertas de la casa del alcalde -“por joder”- contra la decisión municipal de suspender la música en Chueca, resquebrajan la imagen pacífica de los primeros portavoces del movimiento, que se legitimaban de ser la voz de la conciencia de un sistema –una vez acogido el hashtag ‘democraciarealya’- mejorable y perfectible. El peligro de esta revuelta silenciosa era el ruido y el Cojo Manteca de turno. La democracia tiene mecanismos expeditivos para ponerse a salvo de atentados a la libertad del ejercicio público de la política, y, en ese caso, el 15-M quedaría reducido, por una barraganada, a una simple mancha del sistema, aislada en el cordón sanitario que de inmediato se repetiría en todo el país. Es cierto que los jóvenes de Puerta del Sol, que por lo que se ve no han perdido la cabeza, censuraron los incidentes. Indignados contra las malas prácticas de la democracia, ahora toca –en un paréntesis obligado de urgencia- pasar a estar también indignados contra los infiltrados antisistema. O el movimiento irá languideciendo, triturado por quienes lo desprestigian con la ira del nuevo facha ‘okupa’ de la calle sin ley.

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FIEBRE DEL SÁBADO

 

La rebelión kamikaze del PSOE palmero, cuyo abrazo municipal al PP atiza la hoguera del pacto autonómico con CC, y los otros cadáveres del sábado con cargo a nacionalistas y populares, no hacen sino desenmascarar el rostro oculto de la política canaria: su indomesticable insularismo. Denostado a la sazón (no sin razón) cuando era privativo del nacionalismo retraído e isloteñista de los 80, penetra ahora como esas bacterias de moda en la granítica estructura regional del PSOE, y progresa como método de hacer política en Canarias sin injerencias bajo los muros de la isla. El insularismo, en esencia, es terco, como la idea temperamental de que el mundo acaba y empieza en la orilla de la isla de uno. Está ahí, infranqueable, a menudo agitando la olla del pleito –hace tiempo que no-, y sale al descubierto cuando se quitan todas las capas de la cebolla y lo que queda es ese rescoldo silvestre de una Canarias profunda que luego desaparece. Aquí no se salva ningún partido. El arrebato del PSOE palmero, que montó esta vez su batalla de las Termópilas frente a Zapatero y Rubalcaba si se ponían delante, ya ha costado el carnet a ocho concejales guillotinados ipso facto por desobedecer el burofax del partido. El incidente no arruina el crédito regionalista del socialismo canario, que bebe en el espíritu Carballo Cotanda, el ‘Canarias es posible’ del saavedrismo que Manolo Padorno adverbializó con aquel ‘jerónimamente’, y todos los galones que lo adornan como un ente disciplinado hasta el martirio si hace falta. En su descargo, cuenta que el partido que ha sido referente de unidad vive días de mudanza, y, tras el varapalo electoral  (el PP atesora este lunes el mayor poder municipal de la democracia en España) y la pausa de liderazgo, surge el sálvese quien pueda y otras mezquindades de náufrago, mito de la isla. La crisis de la economía es también la de los partidos, como claman los jóvenes a las puertas de los ayuntamientos bajo una represión de polis al porrazo limpio como la Grecia de los coroneles que denunciaron Costa Gavras y Semprún. Los pactos en cascada CC-PSOE han sido la penúltima falacia en el reino de taifas. Salvo la capital y el cabildo de Tenerife, parecen un trabalenguas. Soria ‘vasconiza’ La Palma con el duopolio PP-PSOE para torpedear el ‘pacto de La Moncloa’. Paulino Rivero y José Miguel Pérez han de hacer encaje de bolillos para seducir al ‘castrismo’ benahorita borrado del mapa, sin olvidar, a sensu contrario, qué penitencia imponer a la alcaldesa de La Oliva por prescindir de sí misma.

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FIEBRE DE SÁBADO: PACTOS AL ESCABECHE

La rebelión kamikaze del PSOE palmero, cuyo abrazo al oso PP en los pactos municipales de este sábado, atiza la hoguera del pacto autonómico con CC, es un episodio que desenmascara la verdadera realidad política canaria. El insularismo, denostado con razón cuando era marca exclusiva y excluyente del nacionalismo retrógrado de los años 80, penetra como por aluminosis en la hasta ahora monolítica estructura regional del PSOE, y pone de manifiesto que el método tiene éxito bajo cualquier sigla como expresión de un divisionismo inconfesable que caracteriza a la política -una vez quitadas las capas de la cebolla-, en la Canarias profunda. Esta, haberla hayla en la polícroma paleta política local.

No deja de ser una triste ironía que cuando el nacionalismo comienza a curarse su perverso insularismo ancestral, queriendo lábilmente homologarse entre los llamados partidos autonomistas, haya saltado la bacteria de una soja a otra contagiando a la fuerza históricamente vertebrada bajo una sola voz. Es un punto de inflexión en la acreditada vocación regionalista del socialismo canario, que guarda en su haber el espíritu Carballo Cotanda, el ‘Canarias es posible’ del saavedrismo que Manolo Padorno adverbializó con aquel ‘jerónimamente’, y todos los galones que han prestigiado a este partido de numantinamente disciplinado. Tampoco constituye la quiebra definitiva de una cultura de regionalismo y conmilitancia en el partido que ha sido hasta hoy referente de la unidad; es, eso sí, una prueba más de los tiempos que corren, bajo la losa de un estado ‘crítico’ generalizado, que descalabra la economía y los partidos y todos los proyectos de carácter colectivo. El ‘sálvese quien pueda’ y el individualismo más feroz encuentra así el terreno abonado, máxime en este período de interinidad que vive el PSOE en España y que en los militantes y cargos públicos, por lo que se ve, anima a transgredir una de las reglas de oro del partido: la disciplina.

El insularismo y el municipalismo, desde este sábado, entierran esos principios que vacunaban las viejas tentaciones, de los que hacían gala socialistas y nacionalistas (y ya se verá, llegado el caso, si también los populares), antes de cerrar un pretendido pacto para Canarias ‘en cascada’, la penúltima falacia en años de intentonas fallidas en tal sentido. No es un fracaso de la democracia, ni de la política canaria en particular, que están por encima de la disidencias puntuales (alimentadas, por último, en los casos municipales de Fuerteventura y la Gomera, de esta legislatura, en que la indisciplina no fue abortada y ahora sirve de inspiración al socialismo palmero); es un test de estrés a la madurez real del PSOE y CC, cuyos tribalismos locales e insulares más encendidos les han jugado una mala pasada en el trabalenguas de este archipiélago fracturado por definición, que pese a ello no duda en reclamarse como una auténtica autonomía. Los Llanos de Aridane y la Aldea (y otros ayuntamientos donde los concejales han hecho oídos sordos a las directrices regionales y federales de cada partido; ahí está el caso kafkiano de La Oliva, donde no sólo el PP contravino al aparato, sino que la propia Claudina Morales se vale del apoyo de los populares y de NC para asegurarse la alcaldía, mientras la fuerza nacionalista que ella misma preside aboga oficialmente por pactar con el PSOE) no emborronan la historia (de unidad interna) de ninguno de los partidos. Es reflejo de la lucha de poder y del oportunismo en corto, que relega a un segundo plano la gobernabilidad de Canarias. En el seno del PSOE reproduce, tras el mal resultado del 22-M, las heridas de la pugna por la secretaría general (de ahí los expedientes a la ejecutiva insular y la agrupación de la capital en La Palma, de dudoso recorrido al estar implicados diputados por esa circunscripción que son clave en el Parlamento). Y en CC, algunas picarescas de este sábado evidencian tiranteces similares y personalismos.

La escabechina de los ediles rebeldes del PSOE en Santa Cruz de La Palma y Los Llanos de Aridane, expulsados ipso facto por la dirección federal del partido, contribuyen a enmendar una anomalía que podría tener consecuencias en las próximas horas en el pacto autonómico CC-PSOE, contribuyendo a allanar “graves” deslealtades, según las calificó el portavoz nacionalista, José Miguel Barragán. El expediente de los dos concejales nacionalistas en La Aldea, otro tanto. Las espadas en alto en El Hierro, donde prevaleció la lista más votada en cada municipio a expensas de pactos por sellar, evita el colofón de esta ‘cascada’ de indisciplinas.

La compleja sociología política de estas islas explica mal los esfuerzos por hacer viable un gobierno de dos socios que se juran estabilidad saltando por encima de sus propias infidencias históricas. Si el PSOE peca de insularismo en las islas occidentales y se presta a un pacto a la vasca con el PP para desalojar a los nacionalistas en La Palma, El Hierro y varios municipios de Tenerife, sin menoscabo de esa alianza a que aspira con los nacionalistas en el Gobierno, ni que decir tiene que CC abunda en un doble lenguaje similar, cerrando filas con los populares en las islas orientales y, sin embargo, dando por sentado su objetivo de gobernar con el PSOE la comunidad autónoma durante los próximos cuatro años (lo que podemos denominar ‘Pacto de la Moncloa’, habida cuenta un precedente tan ostensible, como consagraron las vallas del PP durante la campaña). La doble vida (y vía) parece aclimatarse en todos los partidos, convertida en manual de pactos en el presente y futuro, donde todos jueguen con todos al doble juego sin ningún rubor.

La misma realidad que tozudamente ha vuelto a desbaratar la idea de acuerdos en cascada, exige, tras este sábado, los máximos esfuerzos de sensatez para no hacer añicos el concepto mismo de autonomía, con que despedimos el siglo XX,  en una tierra que acaba de retroceder ochenta años, hasta el mismísimo espíritu de la división provincial, de las dos Canarias, con dos modelos ideológicos distintos, dos tipos de sensibilidades políticas opuestas, y dos clases adversativas de puñalada entre políticos locales que reniegan de una recomendable rivalidad de dirigentes, para fundar el principio más visceral de la enemistad a muerte entre siglas y líderes (sin que se aprecie síntoma alguno del efecto 15M en la actual clase política de las islas por el momento).

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PATARROYO, OTADUY …

 

Se hacen personajes de la columna; un día aparecieron aquí entrometidos en escena y uno les sigue los pasos como si en verdad formaran parte de una trama sin querer. Estoy hablando, a propósito, de Patarroyo, Otaduy, Chirino, o Vargas Llosa, pendiente ayer en vilo del Perú que, según él, elegía dramáticamente “entre el cáncer y el SIDA”, entre Ollanta Humala y Keiko Fujimori. Mi admirado Manuel Elkin Patarroyo, que vuelve hoy, por fin, a la isla, invitado por Basilio Valladares a dar la esperada conferencia de su guerra sin cuartel contra la feroz malaria (décimo aniversario del I. U. de Enfermedades Tropicales, 18:30 h., Facultad de Farmacia), debería considerar entre las infecciones a vacunar el mal demoníaco de las democracias (de América, pero también de Europa) tentadas por una recurrente ‘nostalgia de dictadura’, que vendría a ser el nombre del patógeno resistente. De paso, en esta psicosis colectiva del ‘E.coli’, habría que meter en cuarentena (quise decir en cintura) a la facción ultra de académicos de la historia, cuya diarrea mental de diccionario bacterializa a Negrín (con un enanismo cuasi xenófobo) y condesciende con Franco. Como si dieran alas, a lo mossos D`Squadra, al descaecido 15M (que nadie dé por muerto), trasnochan de la caverna de la historia para esta ‘boutade’. Son una epidemia. El sábado, presentando en la Feria del Libro del Parque la novela de Luis Otaduy, ‘Tenerife y las palabras. Cuadernos de Canarias’, el autor se recordó corriendo delante de los grises en la plaza roja de Atocha y, poco después, convertido en alférez en Tenerife, donde antes del golpe celebró una reunión en Las Raíces el dictador (salvo mejor opinión de los sabios con sable). Manuel Medina retrató a Otaduy como un joven refractario al régimen que insufló ánimo al grupo lagunero de izquierda. (La pandemia grado 5 de la izquierda en Europa es otro bacilo para echarle de comer aparte). El escritor ha vuelto a la isla 55 años después de hacer las milicias universitarias cuando aquí, con los puertos ‘francos’, se vivía mejor que en Madrid. Pero estábamos a dos días y medio de barco de Cádiz, y ahora llegan a Las Palmas, en dos horas y media de avión, los jueces de la capitalidad europea de la cultura 2016, a pasear por Triana como una calle de África en Europa entre las esculturas ‘afro’ de Chirino. Otaduy nos ve como Madagascar, con los pies aquí y la cabeza en otra parte: en América o Europa. Ya en su día, el propio guanche llegó hasta Venecia, como novela Juan Manuel García Ramos, dándole la razón.

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GILBERTO ALEMÁN, QUE ESTÁS EN SAN BORONDÓN

 

Si Gilberto Alemán hubiera sabido que se iba a morir el Día de Canarias, habría sonreído de satisfacción. Le gustaban las fechas redondas, el 14 de abril por la República, y supongo que el 30 de mayo le habría parecido una estupenda ironía de la historia, tratándose de un nacionalista que no tenía pleito en el pico. En su última escala en el hospital, le quedaba apenas un hilo de voz`. “¿Sabes?, estoy a punto de cumplir los 80”. Y los celebró poco después como un drago con vocación centenaria. Ahora sospecho que le hacía ilusión llevarse esa edad consigo, como siempre quiso pasar del centenar de libros publicados. El último, sobre sus elfos de Anaga, lo presentamos juntos en CajaCanarias como cuando hacíamos periodismo los tres, Martín, él y yo, en la revista ‘Archipiélago canario’, o en su agencia de prensa independiente SID, o en las postrimerías de ‘La Tarde’, cuando se propuso reflotar el viejo catamarán donde yo había empezado a colaborar a los 12 años a las órdenes de don Víctor Zurita.

Claro que éramos, somos, seremos una panda de nostálgicos sin remedio. Con decir que Gilberto me brindó durante años las mejores horas confidenciales que he pasado con un amigo. Me sentaba a su mesa del Montecarlo al mediodía, tras la tertulia en ‘Tajaraste’, en Radio Club, y me hablaba de lo humano y lo divino: recordaba mucho a su padre Ventura, detenido y torturado con aceite de ricino, del día que lo vio tomando café con uno de sus delatores y aprendió una lección casi imposible de tolerancia. De su madre Luisa arrullándolo con un pie en la cuna y leyendo a “un tal Unamuno”. Del callejón de Briones, en La Laguna, donde Manolo y Pisaflores, dos barrenderos “moros”, le limpiaban las boñigas al ganado. De su amigo Manuel Hermoso, que le dio la alternativa en la política municipal, siendo él independentista, y el alcalde, de UCD. Me hablaba de Iris, su mujer, la concertista, hija de Álvaro Fariña y sobrina de Óscar Domínguez, familia artística y versada como su saga de los ‘Alemanes’. De sus hijas y de sus nietos, no saben ellos cómo los quería. De cuando fundó ATAN con Wolfredo Wildpret hace cuarenta años, y de cuando puso nombre a un volcán, el Teneguía, porque nadie sabía cómo llamarlo.

Era maestro y lo mandaron a enseñar a la escuela de El Tablado. Siete horas de camino pedregoso, un arriero y los libros a lomos del mulo. La Palma era un mundo. Cuando llegó, fue a la venta de Marcelino. Estaba llena y se sentó en el chaplón. De pronto, un hombre se abalanzó sobre otro con un cuchillo. “¡Te voy a matar!”. Gilberto se quedó blanco como la pared y todos se echaron a reír en su cara. Habían conseguido asustar al maestrito recién llegado.

Durante años mirábamos al mar desde allí, con sus ojos de Morgan Freeman, en su escaño del café Montecarlo, en la Avenida de Anaga, delante de un güisqui, que él llamaba ‘manzanilla’, y con el cigarrillo en la mano que por poco lo mata antes de tiempo. Hubo una época en que frecuentábamos de noche la casa que tenía en la calle Sabino Berthelot, y luego supimos que estaba vigilada por la policía. Corrían los años más turbulentos de la política canaria, cuando la transición daba paso a la democracia y Cubillo desde Árgel inflamaba las islas con su guerra orsonwelliana de las ondas. A Gilberto lo acorralaron hasta el punto que se exilió. Cuando regresó, partió de cero, y yo le vi las orejas al lobo de este oficio desagradecido, le daban la espalda, era un ‘apestado’ oficial, lo habían expulsado del paraíso. Porque Gilberto fue el enfant terrible por excelencia del periodismo canario en los 60 y 70, un Gay Talese que iba por libre, un raro, un gallo de pelea, cuya fatuidad lo traicionaba al filo de una timidez ególatra que imitaba a la soberbia. Se ganó la vida, entonces, reproduciendo en carpetas fotos antiguas en blanco y negro. Y algunas puertas se le abrían: Paco Padrón lo acogió en Radio Club (donde se despidió con el Teide de Oro en la era de Xuáncar) y volvió a ser Gilberto Alemán, un periodista de mucho cuidado, aquel que yo había conocido en El Día escribiendo como una metralleta las crónicas de la muerte y las revueltas por Javier Fernández Quesada y Bartolomé García Lorenzo, y el que fue llamado a dirigir este periódico, Diario de Avisos, que pasaría a manos de su amigo Leopoldo Fernández. Recuerdo nítidamente esos días. Cuando le dieron el Premio Canarias se le saltaron las lágrimas de la punta de los dedos cansados de aporrear la Olivetti entre mesas con olor a orín, que es a lo que huelen las buenas redacciones de periódicos, como decía Elfidio Alonso Rodríguez. Tenía premios para parar un tren, pero nunca tuvo dinero suficiente.

La FAPE le rindió el homenaje al periodista insurrecto que fue testigo de su tiempo a solas como un D.J.Salinger entre el centeno. Yo lo quise fraternalmente, filialmente, o éramos un par de conmilitones coetáneos por casualidad a los que la vida, siendo de generaciones diferentes, nos había puesto en el mismo camino, contra los mismos molinos. Me consta que tuvo lealtades y desafectos. Paco Pomares le dio alas cuando le concedió una columna diaria y editó sus obras de bolsillo. Miguel Zerolo lo nombró cronista oficial de Santa Cruz. Se ha ido uno de los últimos polemistas (que le pregunten a José Antonio Pardellas, dos discutidores bienavenidos). Se ha ido un poeta, un actor con tablas, que habría podido quedarse en Madrid, donde fregó vasos y platos para estudiar periodismo; se ha ido con viento fresco a ese sitio que los dos buscábamos con la mirada puesta en el muelle desde la cafetería, ese destino soñado para el que redactó, incluso, una Constitución, por si sonaba la flauta y salía a flote. Y, donde ustedes lo ven, resulta que el ‘puñetero’ islote salió y allí es donde él está como un cónsul.

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MARÍA ROSA ALONSO


De la pasta que estaba hecha María Rosa Alonso (la mejor musa para hoy, Día de Canarias) va quedando poca gente, una vida durada, con aquella inagotable curiosidad que la llevaba a perseguir los pasos perdidos de un guanche en Venecia. “Todo me interesa”. En la casa de su sobrino Elfidio, en La Laguna, cuando retornó, pasó unos años que le parecían postreros -a los 91-, y creía, por pura lógica cartesiana, que se iba a morir. “Para lo que me queda, vivo”. Se ha muerto a los 101, cuando ya no le cabían más años en el frasco de su vida. Pero entonces, sin la cifosis de la vejez haciéndole mella, se prometía reconstruir la historia de la literatura canaria. Una noche la vi aparecer enfundada en una bufanda. “Tengo fiebre”. Y se puso a hilvanar un discurso como si la gripe le trajera sin cuidado. Era vehemente y tenía prontos de “fosforito”, como decía ella misma: “esa ira ósea mía”. Pero sobre todo, era la curiosidad personificada. Me lo dijo el psiquiatra Carlos Castilla del Pino, ya octogenario: se vive lo que la curiosidad dura. En esa casa, Calero (mi amigo Juan Luis Calero, cómplices literarios) compartía largas veladas con la autora de ‘La luz llega del Este’, su mejor libro (donde narra el ‘obsequio’ del mencey a la ciudad de la laguna pantanosa). Hablaban de la muerte o de la calma, de lo que se ofreciera. Javier Marías añoraba sus carcajadas en la casa de sus padres. Aquella mujer estaba enamorada de la cultura, un amor con escenas de celo: quería viajarlo todo. Como no era televidente, como Emilio Lledó, leía y hacía excursiones. A Jesús de Polanco, Tenerife le recordaba a María Rosa Alonso en Madrid. La progenie de ese amor, los libros, los llevaba escondidos por la calle para ir a clase, porque estaba mal visto que una niña estudiara. Venía de un siglo de papel, de desayunar con periódicos para estar al día (el ‘aggiornamento’ que admiraba de Pablo VI), de aprender a querer las palabras con Ortega y Gasset (“¡hablaba como escribía!”) y a no errarlas con Américo Castro, que casi la mata por una falta ortográfica. Cuando le dieron el Premio Canarias, la noticia saltó a Venezuela, donde vivió y trabajó cuando aquí la querían poco. Y hablamos de América con esa familiaridad que ponemos en el tema, de Caracas como si fuera Santa Cruz, del hermoso país que computamos como si fuera una isla nuestra. Y era inevitable en su presencia terminar hablando de Viera y Clavijo, Viana o Cairasco. Esa nómina a la que ahora se suma ella, cuando sus cenizas se esparcen por la Punta del Hidalgo, un día como hoy, que nos nombra a todos.

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