La epifanía ultra

Si Bolsonaro prefiere un hijo gay muerto antes que vivo y se permite competir con Trump a ver quién dice la mayor cancaburrada en materias sensibles de violencia y desigualdad de género, allá él y Brasil si lo elige, como parece, presidente cavernario dentro de doce días. Esto del populismo de ultraderecha se ha puesto de moda como una plaga de ultratumba que va y viene y nos deja con los estragos cuando se repliega como una marea negra. Tras una crisis devastadora como la de 2008, cuyos efectos aún perduran como las secuelas postraumáticas de un trágico accidente, los politólogos siempre nos previenen de la ola inevitable de fascismos disfrazados de terapias de choque para salvarnos de los errores/horrores de las democracias tolerantes, que de otro modo no serían merecedoras de tal nombre. Nicaragua, por ejemplo, ni es tolerante ni es democracia, a la vista de los niveles de represión a los que ha sucumbido.

Lo que sucede es que las ideologías se extreman cuando el caldo de cultivo está en su punto. En Alemania, los neonazis no han levantado la voz hasta que Merkel cumple trienios y es fácil jugar a la contra, sacar los colores al desgastado gobierno, y prometer el paraíso al votante hipnotizado con los discursos que dicen lo que quiere oír. Las reacciones más sectarias que devienen xenófobas tienen todo el terreno abonado cuando se dan los tres o cuatro factores de manual que más excitan el patriotismo y el cierre de fronteras, un novísimo talante proteccionista que regala los oídos y los instintos de los votantes y que para rebatir la globalización entra en estos países como un elefante en cacharrería.

La inmigración es uno de ellos, pues el parado autóctono suele echarle la culpa al de fuera de su desgracia, sin reparar en que es, precisamete, la aportación al PIB de su país de la mano de obra foránea una de las causas que permitirá, a la postre, levantar la economía y crear empleo. La corrupción es otra, pero en América -que es el ejemplo paradigmático por la onda expansiva del caso Odebrecht- nada es más falaz que atribuirla en exclusiva a los gobiernos demócratas y exonerar a las dictaduras -las blandas, las duras y las caraduras que se tiñen de parlamentarias y manipulan las urnas-. Lo que sucede ahora mismo en Nicaragua, como decía de la mano del sandinista (sic) Daniel Ortega, que hizo la revolución contra Somoza para transfomarse, al cabo de casi cuarenta años, en una burda imitación del Anastasio original, destiempla al más escéptico de los demócratas.

Es la epifanía de Trump. Los planetas se alinean, en esta farsa de apocalipsis de las ideologías, como en un aquelarre para invocar los demonios más denigrantes del siglo XX. Pasará, como todas las tormentas, y las aguas volverán a su cauce. Pero, entre tanto, quién nos iba a decir que echaríamos de menos a Berlusconi y otros bocazas por el estilo, comparados con estos próceres mesiánicos de poca monta, que se refocilan en el barro de las democracias corrompidas y la deriva crepuscular de líderes inaptos/ineptos para defender los derechos conquistados, a lo largo de la historia, por generaciones de demócratas de verdad, que ahora demandan sucesores más dignos.

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“Acuérdense siempre de que hoy estuvieron aquí”

Hemos dejado de hablar de bondad durante demasiado tiempo conscientemente porque algunos sentimientos padecen cierto descrédito en momentos que se precian de aguerridos a riesgo de caer en sensiblerías, y porque vivimos cohibidos por la inercia de los dramas más infames que se multiplican ante nosotros, y es verdad que el clima social no invita a semejante tema de conversación. De tal modo que nos hemos olvidado de la inmensa mayoría silenciosa, la que no rompe un plato, ni arruina la vida de nadie por codicia, insania o maldad. ¿Entonces, la bondad censurada subsiste, como una suerte de verdad a escondidas, que casi nos da vergüenza admitir? Cuando Patricia Ramírez, esa madre coraje de la inhostilidad, toma la palabra -como hizo el jueves en los Premios Taburiente- para decir que las buenas gentes ganan por aplastante mayoría a los verdugos y asesinos, solo que estos son más estridentes, entonces la convicción de esta mujer bloquea el instinto de acabar con el mismísimo demonio. Por ser madre de quien es, del niño Gabriel, el Pescaíto, símbolo de todas las victimas indefensas frente a la desalmada Ana Julia, que segó su vida -digamos presuntamente por exigencias del guion-, comprenderán que el teatro se pusiera en pie, exorcizado por el conjuro de sus palabras contra la maldad dichas cálidamente desde las entrañas del fuego.

Acaso la del jueves en el Guimerá fuera una cura de humildad para todos. Por sí misma, la gala de los Premios Taburiente 2018 de la Fundación DIARIO DE AVISOS se dotó de un leitmotiv que el jurado adivinó al hacer la nómina de galardonados, pero que estos convirtieron en rito y celebración. Sin duda, Patricia fue el hilo conductor, una voz autorizada salida de esa zona cero de los feroces días que vivimos. Algunas de sus palabras robustas y palpitantes quedarán para siempre en nuestra retina y memoria de la gala: “El mundo está lleno de mujeres y hombres buenos; los malos son pocos, pero hacen mucho ruido; intento mirar la vida con los ojos de mi hijo, cuando los míos se agotan y no puedo abrirlos”. Hablaba en nombre de padres que se toparon con la maldad.

Fue con motivo de unos versos casi epigramáticos de William Butler Yeats, de su Segunda venida, que el periodista Pedro J. Ramírez llevó la contraria al poeta irlandés tras recibir el premio y escuchar a Patricia. Pertenecen a un poema que describe un mundo con los ojos crueles del sol oculto en las arenas del desierto: “Los mejores carecen de toda convicción,/ mientras que los peores/ están llenos de brío apasionado”. El periodista rebatió a Yeats: en la pugna de la historia, los mejores son más.

No recuerdo un teatro sumergido en una atmósfera tal de fiesta y concilio durante una entrega de premios, que, sin renunciar a su condición de espectáculo, ascendiera tan alto hacia cimas del saber y el sentir, de lo humanamente excelso y trascendente. Un combinado de Kant con el Hallelujah de Cohen y las espirales de Chirino rizando el rizo, haciendo piña los músicos y los deportistas, los intelectuales y los emprendedores, los periodistas y la madre musa Patricia en el centro de la invocación. No recuerdo en una gala de galardonados al auditorio aplaudiendo un mitin de filosofía como el de Adela Cortina, la discípula de Jürgen Habermas, hablando de la ética cordial. Cortina se metió al público en el bolsillo con su metáfora de la noche, la aporofobia, y proclamó que solo habrá un mundo sensatamente mejor si perdemos el miedo, el rechazo, el odio al pobre. La RAE homologó el año pasado esa palabra de origen griego inventada por esta mujer, aporofobia, que define esa triple aversión que una vez se cronifica se vuelve odio al inmigrante, pues nada se espera de quien nada tiene, ignorando el PIB que atesora en sus manos de obra. “Hoy en día la gente conoce el precio de todo, pero el valor de nada”, dijo con Oscar Wilde y el público la ovacionó como si hubiera cantado un aria de ópera. Cortina, como otras mujeres y hombres distinguidos junto a ella en esta cuarta edición de los Taburiente, añadió así al eslogan de la gala, que iba hasta entonces de solidaridad, el factor ineludible de la ética. La poeta Elsa López y la periodista María Rozman abundaron en esa doble faceta, su testimonio cargó el acto de razones.

Al día siguiente titulamos que había sido la gala de los valores extraordinarios. Había ejemplos perdurables excepcionales de gran vitalidad creativa, como Martín Chirino y María Mérida, cuyas edades prohibitivas elevaron el listón y la moral del público. “Sin pasión no hay vida”, proclamó una vez más el escultor de los aeróboros, hoy nonagenario. Mérida, de su misma quinta (ambos nacieron en 1925), cantó como hacía Chavela Vargas, con la lógica biológica de los cantantes eternos. Miguel Henrique Otero, el editor y director de El Nacional, que encarna la diáspora y el exilio de Venezuela, añadió el concepto de la libertad a la cornucopia de valores que se exaltaban esa noche inolvidable del jueves. ¡Qué brillante luce en el escenario Michelle Alonso, la Sirenita, virtuosa y espléndida en su podio luciendo la medalla de la superación, con la sonrisa y la lágrima fáciles. Todos tenían hazañas humanas y reales que contarnos desde el corazón. Helena Bianco y Los Mismos, cincuenta años de música y de Tenerife tiene seguro de sol. El éxito del esfuerzo los coaligaba a todos. El empresario Fernando López Arvelo ofreció su receta de cómo un niño agricultor pudo levantar un imperio familiar vendiendo higos de puerta en puerta con el coraje de los sueños. Toda la noche fue un compendio de enseñanzas imborrables. Lucas Fernández, presidente del Grupo Plató del Atlántico y DIARIO DE AVISOS, había dejado dos frases flotando en el ambiente: “No hay cambio sin inteligencia emocional” y “no hay nada más apasionante que desafiar la lógica”. No era ajeno el periodista Pedro J. Ramírez a la importancia de la ocasión, y por eso nos recomendó a todos, como Enrique V en el discurso de San Crispín: “Acuérdense siempre de que hoy estuvieron aquí”.

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El café de Sánchez con Clavijo

Felipe González, que gobernó del 82 al 96, y de ese modo batió un récord de permanencia en el poder en democracia prácticamente insuperable (al precio que está la estadía de los presidentes), se empeñó en no recibir en la Moncloa a Fernando Fernández y eternizó la espera hasta que quiso. Tampoco fue muy diligente en dar audiencia a Lorenzo Olarte, que acuñó una de sus máximas: “La distancia entre las islas y la Corona es muy corta, pero entre Canarias y la Moncloa es sideral”. Repasar los documentos de la era de González colgados en la web de su fundación es un deleite para la memoria. González anotaba con resignación sus temores hacia el PNC (“están bien preparados y bien financiados”, escribía), y, llegado el momento, debió de verle las orejas al lobo: “Oleada de nacionalismo canario”, enfatizó en sus cuadernos en el 92. ¿Qué sucedió aquel 21 de febrero para llegar a ese punto? No lo sé, pero sí recuerdo que González recibió una llamada de Gabón nada más ganar por mayoría absoluta en el 82. El jefe de Estado de ese país presidía la OUA (la ONU africana) y había pactado con el Gobierno de Suárez cierta retribución, según las malas lenguas, por anular a Cubillo. UCD le pagó la mitad y reclamaba el otro 50%. De ahí que González sabía bien que el nacionalismo canario podía salirle caro.

Pero, salvo Hermoso, que le dio el voto de Mardones para la investidura del 89, clave para España en Europa, los políticos canarios se las veían y se las deseaban para tener una cita con el histórico Mitterrand español. En sus diarios manuscritos, González tiene a Canarias presente en sus oraciones: “Arreglar el problema de las carreteras”, anota de puño y letra, y volverá sobre el tema canario una y otra vez cuando coleaba el referéndum de la OTAN o cuando la moción de censura a Saavedra, al que rescató con dos carteras ministeriales. Sí, ya entonces el conflicto de las carreteras estaba plantado en ese jardín. Y 25 años después, continúa dando sombra a las relaciones de los dos gobiernos.

Tradicionalmente, los presidentes del PP tuvieron una mayor querencia canaria. Aznar y Rajoy se pegaron como lapas a CC, y le daban o quitaban el caramelo a conveniencia, pero procuraban tener el voto canario a mano. González y Zapatero se hacían de rogar.
Las aguas vienen como vienen. Los ojos de Madrid están clavados donde están: en Cataluña. Porque el Gobierno necesita como agua de mayo (habrá elecciones europeas y locales, no se olvide) los votos separatistas para sacar los Presupuestos de 2019 y anotarse un tanto. La inhóspita relación entre la Moncloa y la Generalitat alimenta uno de los debates nacionales más furibundos de la década. Y actúa como gasolina de los dicterios políticos al uso, son el caldo de cultivo del repunte de Vox. PP y Ciudadanos se conjuran contra el PSOE por concertar pactos diabólicos en los infiernos del procés y sus presos expresos. Pero hay una sensación irrefutable, al margen de la trifulca electoral CC-PSOE. Ante tan exquisito diálogo con los que Aznar califica sin ambages de “golpistas”, sobran razones para que Sánchez (antes del café oficial del 25) se hubiera reunido este sábado de Saramago en Lanzarote con Clavijo, que no es el presidente de CC, sino de todos los canarios, como Torra debiera serlo de todos los catalanes, mal que le pese, y ayer en el funeral de Montserrat Caballé tuvo su minuto con Sánchez en el tanatorio de Les Corts.

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El Mundial de las Mujeres

Tiene esta isla una propensión natural a darse a conocer y asomar la cabeza. Es inherente a la idoneidad de Tenerife para celebrar acontecimientos. Y ese impulso que hace de un lugar apto para una determinada faceta, convierte, sin duda, a esta isla en particular en la sede cómoda y comodín para un congreso mundial de literatura, una exposición surrealista internacional, una competición planetaria de windsurf o de zonas francas o de lo que sea. Y, por supuesto, de baloncesto. La idea de hacer el Mundial de Tenerife -como ha quedado acuñado de boca en boca en los telediarios- fue una majadería sensacional de unos cuantos dirigentes del basket de la isla y de este país, de los Manolo Gómez y Garbajosa y adláteres. Cuando impusieron, contra viento y marea, la lógica irracional de una isla iluminada que apuesta alto, y las autoridades más renuentes dieron el brazo a torcer, trazaron su plan con la eficacia de una osadía calculada. Nadie es profeta en su tierra si no vence la resistencia local a lo nuevo. Esta isla (es su paradoja más célebre) siempre lleva la contraria al que tiene una idea. Y si la idea es colosal, hallará la oposición consiguiente multiplicada por dos, porque nadie está dispuesto a que otros se pongan medallas. Con todo, la leyenda nos dice que los sueños son lo más consustancial a este sitio de quijotes que tiene galones ganados a lo largo de la historia en materia de metas imposibles. Me vienen a borbotones los precedentes más conocidos. La audacia y agallas de Javier Pérez, que hace 25 años llevó al Tenerife a jugar en Europa, y la de José Emilio García Gómez que trajo a Michael Jackson. El imán del Teide concentra esas energías, y aquí muchos tinerfeños con un arrojo febril llevan colgado del cuello ese escapulario que invoca la fuerza del volcán. Nada se interpone entre los sueños y la desidia cuando a alguien se le mete entre ceja y ceja hacer aquí un Mundial, un aquelarre de esos, porque hay redaños de sobra para vencer los obstáculos económicos y políticos de pueblo chico, infierno grande. Los hados se han vuelto a conjurar para que este Mundial de Baloncesto Femenino haya sido un éxito. Tenerife se lleva el oro de la organización (“Ha sido un Mundial perfecto”, afirma Horacio Muratore, presidente de la FIBA). La muletilla del mejor Mundial de la historia con que titulábamos ayer en portada no es ninguna concesión a la galería, sino la convicción del estamento internacional de que este ha sido el mejor campeonato de cuantos se han celebrado, con el aliciente oportuno de coincidir con el año por definición del movimiento vindicativo de igualdad de las mujeres. La de sedes que se habrían dado codazos para acoger una edición como esta en la hora justa que la hace irrepetible, es algo que está en mente de todos, a la vista del éxito, y que ridiculiza la falta de visión de quienes, como el presidente del Cabildo, no vieron o no quisieron ver desde el primer minuto la trascendencia de la cita. En DIARIO DE AVISOS no dudamos en contrarrestar, al instante, y en la medida de nuestras fuerzas, la torpeza que entrañaba decir no al Mundial de Mujeres que nos ponían en bandeja. Una vez más triunfaron los soñadores, que llevan en la sangre el ADN de la épica de la isla.

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En tres años del Foro Premium, ¡cuánto cambió el mundo!

En el cenáculo del jueves, José Manuel Soria dio una pasada a vista de pájaro por los últimos tres años de la vida política española (el tiempo que dista entre el primer Foro Premium que inauguró siendo ministro y este tras dos años de silencio y retiro), y el resultado fue una de esas fotos satelitales sobre el rápido deterioro del planeta a causa del cambio climático y la voracidad roedora del hombre. Si a España no la conoce ni la madre que la parió, como decía Alfonso Guerra, tampoco nadie reconoce -siguiendo el vuelo de Soria sobre nuestras cabezas en tres tristes años- al mundo que sobrevino a espetaperros en este corto espacio de la historia, esa disciplina que hoy trastoca la vieja diacronía de los hechos en la sincronía momentánea de períodos de sobresalto en un instante perpetuo. Como si las cosas ya no pasaran de tiempo en tiempo, sino a la vez. Yo recuerdo con añoranza nunca del todo sanada acudir al Círculo de Bellas Artes -ahora clausurado por la autoridad competente- con la avidez de escuchar a escritores y pensadores que nos ilustraban sobre sucesos que ocurrían fuera de las resonancias locales de nuestra campana insular. Hacía de aquello una fiesta y llevaba las crónicas y entrevistas de esos actos ilustrativos a Alfonso García Ramos para que las publicara en La Tarde. Como hubiera hecho ahora con Paul Preston o las escritoras francesas surrealistas que han traído la ULL y la Fundación DIARIO DE AVISOS. Eran los fenómenos culturales los que marcaban la pauta, el tiempo y las etapas de nuestra vida.

No tanto la política, que no existía como tal, pues la dictadura era monocorde y cansina, plana e irrelevante. ¿Quiere decirse que el sistema político y económico vigente (la democracia y el capitalismo triunfantes) ha roto la campana confortable de nuestra Arcadia y la aldea global, y la política barre con todo como un tsunami, incluida la cultura, que era la que marcaba el paso? Los intelectuales ya no agitan el falansterio como entonces, y se imponen las coces (ya no las voces) del último burro italiano o yanqui de moda en el bestiario político internacional. ¿Por qué la radiografía que sale nos muestra tan embrutecidos, con todas las herramientas del saber a nuestro alcance como nunca antes en la historia? De manera que Soria hablaba de los trastornos temporales de España y el mundo, y yo pensaba en Salvini, en Trump, y en nuestra fauna de puertas adentro, con esa nostalgia de la infancia sin héroes políticos nacionales, bajo el franquismo, que sustituíamos con la pasión por la cultura y el conocimiento como clavos ardiendo a los que me asía poseído por una fiebre empollona que nos marcó para siempre.
¿Qué es este brío imperioso de la fiera desbocada de la historia, que no se está quieta un minuto? ¿Por qué nos urge tanto que pasen las cosas, que todo suceda ya? Si no hace tanto éramos pacientes y aplatanados… Acaso estamos rindiendo tributo a la memoria -histórica, por supuesto- de un tiempo en que las cosas discurrían a paso lento y provinciano, y los sucesos que nos transformaban de verdad se producían de tarde en tarde, de San Juan a Corpus. Era una maravillosa pereza social, política, económica… Los empresarios prominentes se regalaban veladas a media tarde delante de un güisqui, porque todo el pescado estaba ya vendido. Ahora pasan volando diez años de la caída del Lehman Brothers y nos quedamos tan panchos; ya estamos jugando con la idea de una nueva desaceleración y ponemos la carreta delante de los bueyes. La vida se ha convertido, ya no en un impetuoso tiovivo, sino en una montaña rusa, como aquella a la que me subí la primera vez en Madrid y casi se me sale el estómago por la boca cuando me quedé colgando en el vacío en lo que llaman un looping vertical, una de sus terribles inversiones, como ahora, a menudo, a cada sobresalto cotidiano, a golpe de cada amenaza para tu integridad. Veo un timelapse -como ahora se llaman los vídeos a cámara rápida- con cualquier motivo y llego a sospechar que algún día nos desplazaremos como rayos de un puntero laser, al ritmo acelerado de los fotogramas de cine mudo, donde al auge de la comunicación social se impone la verdad individual del aislamiento (que era patrimonio y baldón de los isleños, ahora un gentilicio universal).

En la sesión del Mencey organizada por la Fundación del periódico, camino del 130 aniversario (hablando de historia, se cumple en 2020), el ponente nos dibujó un país que vive a cámara rápida, que devora a presidentes, sepulta a Rajoy y entroniza a Sánchez, que ahora prueba la cicuta del poder. Un país que tuerce el gesto por la crisis de los másteres mientras le diluvia el conflicto catalán. Un país llamado España que se parece a Yugoslavia y desentierra a Franco como si fuera Tito -la esfinge humana que conocí en La Habana cuando le quedaban meses de vida-, pues las momias de los faraones siempre tientan a la profanación. Ese país, este, adora los secretos de patio de colegio, los corros de pasillo, es el gran mentidero (como el célebre bar de El Pinar en la isla de Padrón Machín, donde me colaba a escuchar los chismes de los mayores entre partidas de cartas y dominó, el dechado de la sabiduría popular). Rajoy, casi ayer, consolidaba su leyenda de estafermo que acuñó Pedro J. y parecía incombustible: “Tienes piel de cocodrilo”, lo elogiaba Angela Merkel, que ahora también ella está en la cuerda floja. Rajoy cayó al amanecer de un día cualquiera. “Nos quedamos en estado de shock”, confesó Soria sobre aquella censura que parecía imposible. Así son las postrimerías del poder, cuando todo apunta a fin de ciclo, a epílogo y desenlace. Tempus fugit, reza el verso de Virgilio. El tiempo fluye veloz, siempre en retirada, arrastrando los restos del naufragio en que se torna cada gobierno. Ahora la historia se ha vuelto histeria. La ONU se ríe de las chifladuras de Trump, que no era nadie hace tres años, en el inventario de Soria. Tempus fugit. Hace un cuarto de siglo, la isla jugaba en Europa, Tenerife debutaba en la UEFA, veinticinco años después celebramos un Mundial de baloncesto femenino, somos otra sociedad sin rumbo definido… Ya nunca podrá volver a la isla, como hace un cuarto de siglo Michael Jackson, aquel chico aprensivo que se decoloraba la piel oscura y tapaba su rostro con una mascarilla quirúgica, icono de un tiempo que ya no es.

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La ínsula y la península de Saramago

La pluma de José Saramago irradiaba frases lapidarias. “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”. Tenía la vena de un prosista sentencioso. Cada novela suya era una parábola que escrutaba el alma del mundo, de los seres vivos y de los muertos, hablaba y escribía como si no estuviera en paz. “En Lanzarote”, me dijo, “está por todas partes el fantasma de César Manrique”. En su casa de Tías, donde me recibió al poco de instalarse en la isla de Manrique, abordó el tema, su condición de exégeta del hombre, de pensador apesadumbrado y, en fin, de poeta amargado por la fealdad de su tiempo. “Me dicen los amigos que parezco un gurú más que un escritor al uso”, comentó como un efecto antes que un defecto. Tenía todas las obras cortadas por la misma tijera, lo que decía el mensaje de esas páginas, no era agradable. Saramago era un anacoreta. En la isla escribió La caverna, Todos los nombres, El hombre duplicado o El viaje del elefante y todas sus demás novelas últimas. Pero escribió sobre todo una, Ensayo sobre la ceguera, que describe el espanto de una sombra colectiva, una sombra blanca: “ciegos que, viendo, no ven”. “No es que sea pesimista, es que el mundo es pésimo”, se defendía, y apostillaba: “Los únicos interesados en cambiar el mundo somos los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”.

La proeza y la pobreza de su vida eran, en verdad, prodigiosas, pues Saramago (el apellido que le adscribió el funcionario del registro civil a partir del apodo familiar de la planta silvestre Jaramago; eso que llaman un lapsus calami, un error de pluma) provenía de una humilde familia campesina que apenas tuvo recursos para darle unos estudios técnicos incompletos, y sus trabajos solo pudieron ser literarios y periodísticos tras pasar por una herrería y una plaza de administrativo. Era un trabajador. Después lo fue de las letras. Aquellas palabras sobre el hombre más sabio estaban referidas a su abuelo materno Jerónimo, el analfabeto del que aprendió a contar historias cuando dormían al raso bajo una higuera en su pueblo natal, Azinhaga, en la provincia del Ribatejo (Portugal). Era un heredero agradecido de esa sabiduría autodidacta. Nos contó aquella tarde en su casa que sus raíces estaban depositadas allí, en los árboles que su abuelo abrazó un día llorando para despedirse cuando previno que la muerte venía a por él. Saramago era hombre de pueblo; había arado la tierra, pastoreado y cortado leña para la lumbre del hogar. Y las palabras citadas las dijo al principio del discurso de recepción del Nobel de Literatura que le concedieron hace ahora 20 años, un 8 de octubre; el primer escritor en portugués y único hasta ahora con ese alto honor; un novelista tardío que desertó de la poesía (Pedro Guerra lo desempolvó en un disco y le dio una alegría) formalmente, pero no en esencia, pues la suya era una prosa poética. Él había soñado con una isla-nación, con España y Portugal desgajándose de Europa, en La balsa de piedra. Y el destino lo llevó a vivir los últimos 17 años a una isla, hace ahora 25. De ahí la ínsula y la península de Saramago, que se resumen en su casa museo de Tías, obra personal y pasional de su mujer y traductora, Pilar del Río (los relojes de la colección siguen detenidos a las cuatro de la tarde, la hora en que se conocieron), donde acaban de homenajearle en el aniversario del día en que ocupó el trono de las letras. Mañana se cumplen 20 años.

“Lanzarote no es mi tierra, pero es tierra mía”, me dijo cuando surgían celos en Portugal y cuando aquí a alguien le incomodaba su defensa incondicional del inmigrante. Saramago era un hijo adoptivo de Lanzarote que no queríamos que se fuera nunca. El suyo era un Nobel portugués y canario, a partes iguales. El Premio Canarias Internacional 2001 fue una ratificación de ese gentilicio y dualidad. En la velada de su casa de Tías hablamos de los lazos históricos de Lanzarote y Portugal, y de los portuguesismos de Canarias. Nos acostumbramos tanto a él, que seguimos echándolo de menos. “La historia ha acabado, no habrá más que contar”, escribió al final de Caín, su novela postrera. pero mañana se edita su diario póstumo del 98, El cuaderno del año del Nobel, descubierto por azar en su ordenador, como si siguiera escribiendo después de muerto.

Saramago era un utópico que no caía bien a todo el mundo. Por comunista ya tenía una parte de la grada en contra, pero cuando le quitó el saludo a Fidel por la deriva de su régimen, se lo quisieron apropiar casi todos indiscriminadamente. Y no se dejaba patrimonializar; ponía cara de escritor y no lo superaba ni Pérez-Reverte. Pero, en el fondo, Saramago era un pedazo de pan. “Ateo, pero buena persona”, se definía. Era un buen hombre que procedía de abajo y había llegado al cielo, aunque esa no fuera su intención. Personalmente, lo recuerdo con afecto. Lo conocí y frecuenté varias veces, a menudo en compañía de Juan Cruz, el editor que lo apadrinó en España y lo fomentó hasta la Academia Sueca. Conservo de él un recuerdo entrañable.

Se perdió estos años de frustraciones desde 2010. No se perdió nada. Muchas veces me he preguntado qué habría pensado Saramago de esto y aquello. Habría visto a Podemos con simpatías preventivas. Se habría congratulado de ver al socialista António Costa gobernando en Portugal. Envidio no escuchar su estupor sobre Trump en La Casa Blanca. Y adivino su complicidad con Pedro Sánchez; le habría devuelto la visita en la Moncloa.

Abrió la puerta y nos recibió un domingo solo en casa, con Pilar de viaje. Le hice la entrevista (inédita en papel que hoy rescatamos en el DIARIO). Quería a Lanzarote como una tabla de salvación, desde que se mudó por despecho hacia el gobierno de su país que le vetó El Evangelio según Jesucristo para el premio Europeo de Literatura porque “ofende a los católicos”. Luego lo iban a ver compatriotas relevantes como si Lanzarote fuera un territorio neutral. Saramago era el finalista eterno que tenía la aureola del Nobel desde mucho antes de que una azafata le diera la noticia en el aeropuerto de Fráncfort. “Me pasé todo el rato a solas imaginando lo que me iba a caer encima a partir de ese instante”. Y después de volar a todas las capitales por exigencias del Nobel, pudo regresar al volcán. Y escribir hasta el último día.

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El otoño del patriarca

Se esmera otoño en ser el mes. Los viejos rockeros siguen en forma, y desde que han vuelto a cantar las glorias retiradas siguiendo la estela de los Rolling, la especie ha mejorado lo bastante, pues no se evoluciona por obra del Espíritu Santo, sino de la edad, del tiempo y de la experiencia, que son los valores que habíamos desprestigado en el umbral de la llamada regeneración. Este fenómeno tuvo su minuto de éxito, puso en peligro todo el background y el derecho de memoria -que no es baladí-; de haberse consagrado definitivamente como dogma, estaríamos lamiéndonos las heridas con la piel endeble de la juvenalia como canon y manía. Resulta que algunos puretas han regresado, como Borrell, y a la política se le ha ido quitando esa majadería de rejuvenecer hasta al bedel ministerial.

Julio Iglesias cumplió el domingo 75 años. Cuando lo entrevisté en este periódico me dijo que “cumplir años sobre un escenario -y lleva medio siglo- es un privilegio”, y al escucharle en el muelle de Santa Cruz comprobé que con el paso del tiempo el intérprete de Gwendolyne canta mejor, como se baila mejor tras la danza de los años. Esta semana cumplirá 70 Juan Cruz, que era una edad provecta antes de que nos hiciéramos longevos sin darnos cuenta y entráramos, como dice el profesor Manuel Maynar, en el cuarto espacio, el ámbito de los centenarios, donde la vida cobra su mayor esplendor y sentido justamente en ese último tercio, que es el de la sabiduría, y en periodismo está, como Juan, Soledad Gallego- Díaz, recién nombrada directora de El País, con 60 largos, como Larry King triunfaba en la CNN con 77, o Walter Cronkite, sesentón, era “el hombre más fiable de los Estados Unidos” presentando telediarios nocturnos en la CBS. Iñaki Gabilondo, con 75, sigue dando guerra. Pero resulta que estamos en medio de un ajuste de tuercas (y de cuentas) con el tiempo y con las normas legales. Los médicos siguen jubilándose a los 65, que es cuando empiezan a ser sabios y eficaces en todo su apogeo. No debemos coger el rábano por las hojas. Si se acaba de retirar a los 54 años, el mítico Jack Ma, uno de los fundadores del gigante electrónico Alibaba, y el hombre más rico de China, no es por obsolescencia o caducidad. Es verdad que dijo aquello de dar paso a la juventud, pero no tardó en confesar su ardid: el millonario no tiene ganas de perder el tiempo sin dedicarse de lleno a su mayo hobby, la educación. Si en nuestra parca economía doméstica podemos permitirnos el lujo de trabajar en lo que más nos gusta, somos como Jack Ma, y no hay edad que nos tumbe. Cierto que ahora nos gobierna y oposita la generación X, la última que jugó en la calle y la primera que flirteó con los juegos electrónicos, y pronto asaltarán el poder los millennials, la generación propiamente digital, que tienen fama de éticos y buenazos y emprendedores y amantes tanto de lo hípster y vintage como de lo más convencional del mundo, lo mainstream, toda esa terminología que terminamos consumiendo y repiqueteando, como aquí. Vengan los modernos y los carrozas y firmen el pacto de los montes, pues aquí, como en la fábula del parto, nadie se come el mundo, todo es más simple: la experiencia, la vieja amiga que da sentido a la historia y a la evolución de la humanidad. Ella, la indestronable.

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Las musas que tientan a Felipe y Aznar

Va a ser una semana políticamente interesante. El jueves se sube el telón del Hotel Mencey y entra en escena el político canario que más expectación suscita en estos momentos. La reaparición de José Manuel Soria en el Foro Premium del Atlántico, de la Fundación DIARIO DE AVISOS, coincide en los días en que hemos vuelto a hablar de las aptitudes de los políticos. Los regresos son tan tentadores como riesgosos, en política; a unos les ha ido históricamente muy bien y a otros, segundas partes nunca fueron buenas. En cualquier caso, el revival de Felipe González y José María Aznar invita a salir de dudas sobre el percal del dirigente. Soria tenía auctoritas.

¿Qué entendemos en realidad por un político de pura cepa? La gran carencia de buenos ejemplares son una de esas sequías de verano (al que hoy decimos adiós) que llega a parecer irreversible; esto que nos sucede como una mala plaga esta siendo un cataclismo en todas las latitudes, como si un cambio climático a lo bestia arrasara con la flora y fauna de la política como problema de una especie de pésima calidad. Cuando un producto escasea se cotiza. Ahora mismo constituye un hallazgo, un hito excepcional, dar con un político de fuste, una promesa para una cantera que está por los suelos. Y la respuesta a la pregunta de partida no es fácil. ¿Se necesita un físico determinado, un semblante atractivo o una cara vulgar, alguna dosis de lo uno y lo otro; un tono de voz; una sonrisa; una capacidad para mentir, incluso descaradamente como el coronel Capadose de Henry James? ¿O el político apto ha de ser natural, sincero y hasta en cierta medida despistado como el común de los mortales, a fin de ser comprendido aun en la derrota electoral? ¿Se trata acaso de un ser superior, que levita cuando gobierna y finja poseer un conocimiento omnímodo de las cosas, un sujeto que tiene respuesta para todo, y resulta envidiable y genial?¿O el cliché del oficio en cuestión se ha ido magnificando y, de ahí, que el pequeño hombre y la pequeña mujer que pise la moqueta del poder tenga al instante la tentación de creerse Dios, un dios que miente? En Master and Commander, Juan Luis Cebrián (El País del pasado lunes), da un repaso al político que plagia y se reafirma en el embuste como norma de estilo.

No existe fórmula alguna que nos permita diseñar líderes como excelentes frankensteins. Cada persona es un caso aparte, cada político un derivado de una matriz para ejercer el poder. Pero hay ejemplos vivos de que algunos políticos llevan la política en la sangre, y quizá esa sea una pauta que establezca distinciones plausibles entre buenos y mediocres líderes. La joven Arrimadas catalana es un animal político, dicho de un modo políticamente incorrecto, como ya dijera Hollywood de Ava Gardner. La figura de esta Juana de Arco frente a las fieras del procés se nos agranda por la singular contienda que se vive en su tierra. Es posible que nos invada un admiración protectora, y algo machista, de esta mujer sola ante el peligro desafiando la calle, los insultos y la amenaza literal de la violencia que se cierne sobre su estampa de mujer.

Pero el idilio de la política con los políticos es sinuoso y desigual. La política y Aznar conservan cierto romance. Su comparecencia en el Congreso, catorce años después de colgar las botas, puso de manifiesto que en ciertos casos les basta con saltar al campo y tocarla una vez para recordar la teórica y la práctica del juego sucio que define a la política. Estos rifirrafes que hemos presenciado del expresidente con Rufián y Pablo Iglesias compensan, devuelven la entrada del partido como en los grandes duelos. Aznar, resecón y mesetario, conserva la impronta purulenta, y su estilo congenia con los fusileros de ERC y Podemos. Le va la marcha y le traicionan las ganas de volver fingiendo un distanciamiento que no es sino la ocultación de un deseo latente. Hoy Pablo Casado tiene un delfín en Aznar, que fue su progenitor. Aznar, que está en forma, acaricia el retorno a lo De Gaulle, ahora que Cataluña invoca el voto patriótico que había desaparecido del imaginario político nacional. ¿Qué es lo que no ha perdido Aznar? Auctoritas, sensación de seguir mandando (legitimación, autoridad moral, diría el Derecho romano), de estar a la espera de volver a mandar agazapado en la reserva, y de creerse necesario y redentor, pues todo político que se precie no deja de ser un iluminado. Los dardos de Rufián e Iglesias alcanzaron de lleno a un hombre cubierto por las sombras del caso Gürtel, que acabaron con Rajoy y no con él, pero Aznar sobrevuela los propios restos de su cadáver político y resucita a conveniencia.

Como Felipe González. Ambos acaban de celebrar la ceremonia póstuma del consenso más importante de la cuestionada generación del 78. Convocados a un debate inédito por El País y la Ser en el 40 aniversario de la Constitución, la moderadora, Soledad Gallego-Díaz, directora de la cabecera de la Transición, ofició en el Colegio de Arquitectos de Madrid una de esas liturgias imprescindibles e infrecuentes, en las que se dan la mano las dos orillas, como si de cuando en cuando nos conviniera a todos que la política fuera de carne y hueso. Dos hombres se sientan a hablar sin acritud al cabo de los años, tras haber protagonizado batallas feroces que parecían hacerles irreconciliables. La historia política de este país se hizo con ayuda de los polos opuestos. Decía, en este tète a tète, Aznar que González era inamovible en la Moncloa. “Váyase, señor González”, le coreaba el del PP con su bancada al presidente que todavía hoy el PSOE no consigue hacernos olvidar pese a que han llovido años. O sea que González y Aznar poseen la auctoritas que exige el ejercicio de la política. Tanto el conservador como el socialista fueron amortajados cuando pasaron a mejor vida y, sin embargo, resucitan por encima del Gürtel y el Gal, de Irak y la beautiful people.

Resulta comprensible el incienso que les dieron en su día y las veces que los han enterrado después. Pero este tándem nos dice mucho sobre el asunto inicial. Son dos animales políticos con la nostalgia del poder, alentados por el combustible de los hechos, pues seguimos galopando sobre caballos locos: Cataluña, Europa y la Constitución. Y esas musas no los dejan en paz.

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El aforismo de Sánchez: desterrar, desenterrar

En mitad de la hojarasca y de la leña del árbol caído por la tesis y los másteres, acaba de brotar el segundo retoño incendiario de la legislatura exprés de Sánchez. Desenterrar a Franco y desterrar los aforamientos, de una sentada. En la fiesta de los cien días de Gobierno, el presidente se vino arriba en la Casa de América, arropado por la crème de la crème, los del Ibex 35 y la ceja (la Cultura, el espectáculo, en cierta manera, la Ciencia, obsecuente), y proclamó su órdago para amortizar la polémica de la tesis doctoral cuestionada por Rivera (Cs). La trama contra los aforados (que todos aplaudiremos a una) era una tesis del propio Rivera, que la repetía como un sonsonete en el pacto del abrazo con Sánchez (la investidura abortada) y en el acuerdo posterior que hizo presidente a Rajoy. Desaforar, lo que se dice desaforar, es más posible que nunca en este país, de por sí desaforado. La ruleta rusa de la política guarda una bala en la recámara, y uno tiene la impresión de que los líderes están tentando la suerte, hasta que el día menos pensado cualquiera se pega un tiro de verdad. Los partidos tienen a los jefes con una mecha junto al bidón de gasolina de los grandes conflictos de Estado (Cataluña está a la espera de un accidente para explotar a lo grande). El primero, el presidente, que se acuesta con los socios más incómodos del Congreso, obligado a seducirlos y desencantarlos como si tejiera de día el sudario para deshacerlo de noche como Penélope, con tal de alargar la espera, antes de adelantar las elecciones. Reformar la Constitución en un pispás, como hizo Zapatero con el PP para cambiar el artículo 155 con el fin de asegurar la prevalencia del pago de la deuda sobre cualquier otro gasto presupuestario, es una cabriola, un salto de obstáculos típicamente sanchista. Y una pisada de callos para Albert Rivera, el otrora compi y ahora acidulado opositor, pues, sintiéndose padre de la idea, ya anunciaba para hoy en el Congreso una moción a fin de urgir al Gobierno a acometer, precisamente, la reforma constitucional que en tres meses erradicara el aforamiento de diputados, senadores y miembros del Gobierno. Me temo que ni Franco ni los aforados van a tapar las vergüenzas de los títulos en cuestión. Este es el aforismo. Ya Rosa Díez (que precedió a de Rivera como UPyD a Cs) y el exministro Gallardón lo intentaron. Y renunciaron al llegar a la orilla. En la orilla están cinco mil y pico jueces, otros dos mil cuatrocientos fiscales, siete mil seiscientos jueces de paz, y está el rey, oiga. ¡Vade retro, Satanás!

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La jodienda política nacional

Sería esta la semana horribilis para el Gobierno cuando todo prometía que habría un momento de respiro para celebrar el centenar de días en el poder. Gobernar es ir contra viento y marea, morder el polvo y resistir a los escándalos. “En España el que resiste, gana”, era la máxima favorita de Camilo José Cela, uno de sus plagios, este venial cuando recogía el Premio Príncipe de Asturias dirigiéndose al rey padre (pues se trata de una cita latina, de Persio, “qui resistit, vincit”; también la usaba el Alto Estado Mayor francés en la Gran Guerra y tantos otros). El Nobel gallego tenía fama de contratar negros bajo el síndrome de Shakespeare, y fue acusado de otro plagio de más enjundia (los cincuenta millones de pesetas que se embolsó por el Premio Planeta), con la novela La cruz de San Andrés, por una autora coruñesa que, aunque cargada de razones, no lo estaba, por lo visto, de influencias suficientes para hacer valer el fraude y llevarse la gloria que le robó el Nobel gallego. En aquella época no existía turnitin, el software de moda para desenmascarar al tramposo.

Venimos de la semana del Santo Grial y el vellocino de oro, de escudriñar en la titularidad de los estudios curriculares de los dirigentes públicos, a la búsqueda de originales enterrados en lugares ignotos como tesoros, y en ese estupidiario a lo Indiana Jones llegó a sobrevolar la Moncloa la hipótesis de un adelanto electoral por tormenta de la tesis del presidente. La crisis de los estudios adicionales en un país de pícaros con aires de grandeza se ha apoderado del guion político nacional, desbancando, incluso, al tiberio de Cataluña.

La convulsión es tal que los días transcurren a un ritmo depredador, sustituyendo un escándalo a otro sin pausa y convirtiendo la política nacional en una sucesión de ejecuciones públicas. Cuando trasladé la semana pasada a Rodriguez Zapatero, en la entrevista que ustedes pudieron leer en este periódico, la posibilidad de acortar la legislatura, aconsejó a Sánchez aguantar, como decia Cela, sin ceder al tacticismo de las encuestas. Pero el tiempo político en que gobernó Zapatero se parece a este como un huevo a una castaña. Veamos. El lunes se retiró Soraya Sáenz de Santamaría, y esa noticia por sí sola se tenía ganado un margen de vigencia razonable para sopesar la significación de la despedida de una mujer que atesoró un poder extraordinario de 2011 a 2018 en el Palacio de la Moncloa. Pero la noticia murió al instante, con una caducidad meteórica, porque ese día ya se colaba el máster de la ministra Montón, pidiendo su turno para pasar por las horcas caudinas. Lo que parecía un malentendido de un cuarto de hora, un entremés, un aviso amarillo, pasó a categoría de huracán y se armó el revuelo. De inmediato, la dimisión de la ministra explotó en medio de la verbena y fue como un cohete de pueblo que saltó a unos matorrales y recordó el primer conato de incendio del primer ministro de Cultura de Sánchez que tuvo que renunciar por un descuadre con Hacienda.

Dimitir un martes bajo sospechas de plagio fue una mala faena para el Gobierno. Pero Sánchez no tuvo tiempo de pedirle a Casado que tomara recortes de Montón. La política que se hace ahora, sin normas de cortesía, vampiriza el tiempo, como decía, a la velocidad de un rayo, y el miércoles, a media mañana, la exministra de Sanidad y el máster de su caída ya eran historia, nada, absoluto olvido, salvo el vago recuerdo anecdótico de la reincidencia tras el precedente de Maxim Huerta. Pues el avispero del Congreso practica las emociones fuertes desde la censura a Rajoy y -digámoslo también- a este país siempre le encandiló la política yanqui y últimamente se imita el pandemónium de Trump, eso que el periodista Bob Woodward (lean hoy a María Rozman) llama en su libro el mamicomio de la Casa Blanca. En Washington los secretarios-ministros y personal de confianza caminan sobre minas y van saltando por los aires cuando menos se lo esperan, a capricho del jefe, que está loco. En Madrid se ha instalado una cacería desenfrenada y todos los días sus señorías -y también los medios de comunicacion, en la espiral de ver quien cobra más cabezas- salen, escopeta en ristre, a volarle los sesos al primero que tranquen con master o tesis de dudosa reputación. De ahí que el miércoles, tan solo dos días después de borrarse del mapa la exvicepresidenta todopoderosa y a tan solo 24 horas de la dimisión de la ministra de la sanidad universal, explotó otra bomba, pero esta ya era una bomba saudí. Rivera se sacó una pregunta de la chistera, burlando el procedimiento de la sesión de control, y va y reta a Sanchez a hacer pública su tesis doctoral, como quien le menta la bicha. El resto de la semana ha sido un lodazal, en la acepción del presidente, que ha terminado adoptando los tics de Trump contra la prensa adversa, y por momentos la política canaria, tantas veces vituperada por su bajo nivel, podía presumir de altura parlamentaria discutiendo sobre la introducción de los e-sports en las aulas.

España discute de la tesis del presidente, como antes del máster de Cifuentes y de Montón o Casado, que puede ser el primer candidato imputado a la presidencia del Gobierno, pues, de su entrevista en Tenerife con el DIARIO no se desprende que en tal caso piense dimitir. En adelante, debemos acostumbrarnos a estos filetes. La carniceria emprendida no tiene pinta de ser pasajera. Veremos a Sánchez tratando de limpiar su honor y a Casado echando balones fuera. La legislatura ya será corta o no será. Y se buscan candidatos sin master para las listas de mayo. ¡Ojalá todos fueran Corcuera, que era un obrero ministro del Interior en el Gobierno de Felipe González! (el electricista de la patada en la puerta). Ahora lo que cotiza es ser un tarugo, libre de toda sospecha de plagio, sin máster, sin títulos, sin tesis doctoral. Cela habría querido vivir esto, pues no es lo mismo ser un doctorando que haberlo sido, como ahora le echa en cara la Universidad de Barcelona a Albert Rivera. Como no es lo mismo -dijo Cela también, sorprendido sobando en el escaño del Senado- “estar dormido que estar durmiendo, o estar jodido que estar jodiendo”. Pues eso y no otra cosa es lo que nos pasa ahora mismo. La jodienda.

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