La hojarasca y la gresca

Una referencia de infancia, desde el balcón de nuestra casa en la calle de San Sebastián, eran las bandadas de hinchas, cuando acudían o regresaban de un derbi en el estadio, como el de hoy en Gran Canaria, recreando una suerte de parodia que consistía en portar jaulas con canarios y figuras alusivas al chicharro, con el fin de representar el atávico pleito deportivo. No hacía excesiva gracia, pero la intención era más hiriente que hilarante, y el grado de crispación futbolística entre chicharreros y canariones obedecía a una insania primitiva que entonces -en los años sesenta y setenta- estaba en su punto más álgido: zaherir al eterno contrincante y alimentar cierto odio tribal para dar sentido a la bronca como nutriente de la propia existencia de la afición y de la isla como enrocamiento. Es curioso que en el fútbol ha llegado a arraigar de tal manera esa animadversión entre seguidores vecinos y enfrentados que se concibe como algo común al ecosistema de la grada y el territorio. En los derbis argentinos entre el Boca Juniors y el River Plate ya hemos visto cómo se las gastan, y hasta qué punto la violencia congénita de esos duelos obligó a mudarse de país, viajando hasta España jugadores e hinchas, para consumar un rito bochornoso y brutal que denigra a un deporte y a una nación delante del mundo entero sin el más mínimo sonrojo ni el menor acto de contrición. La ofuscación no remitirá, ya es parte de una prosa, es santo y seña. Se asume cual inherente a una identidad que se describe como alma y arma del fútbol argentino, concebido como una práctica de alto riesgo, donde caen sobre el césped, ya no chuzos de punta, sino puñales de verdad.

España no está para dar ejemplo, tampoco, si ponemos sobre la mesa los ajustes de cuentas entre peñas ultras que han costado la vida a algún aficionado arrojado al Manzanares o herido mortalmente por una bengala lanzada por una mano anónima del monstruo de cien mil cabezas. Así definió Jorge Valdano a la afición en Sueños de Fútbol, cuando hace ya casi 25 años, conversamos de estas cosas y otras derivadas del deporte y su animalidad. El monstruo de cien mil cabezas. Lo que está sucediendo en la vida pública española es la traslación de lo visceral futbolístico a la cancha política. Algo que el reality show ya había ensayado antes con personajes precocinados a tal fin en guiones de berrinche y falsos careos, como los programas de Laura Bozzo censurados en América por trampear con las historias tremebundas de marginados sociales y violencia de género. Algo así como si los rugidos del indómito Rufián y los escupitajos de Jordi Salvador a Borrell estuvieran preestablecidos en un libreto de telerrealidad política, en la sórdida Europa del brexit y Salvini, y la guerra de Troya de Torra a la eslovena fuera un acto premeditado en Waterloo, y los hooligans de los CDR que se pertrechan para repeler el Consejo de Ministros del 21 en Barcelona fueran gremlins programados por la misma mano maquiavélica que diseña el formato de este show de Truman en que se ha convertido la política española y su telenovela catalana.

En la política de ibuprofemo de Sánchez con Cataluña, que diría Borrell, hay también algo de trampantojo, de ilusión óptica, donde el diálogo con Torra es más de besugos que de interlocutores reales, que se finge en lo virtual, en la verdad de las mentiras, como el título de Vargas Llosa. De modo que estamos matando el tiempo, o simplemente alargándolo, hasta que el monstruo de cien mil cabezas que tanto llena un estadio para malquistarse con Isco, como se encarama en los escaños del Congreso o el Parlament o corta autopistas y sabotea el peaje, tire una daga al aire y salte la primera chispa, esa vez de sangre, y se arme la de San Quintín si antes no se convoca a las urnas o a los tanques de la Constitución. La diatriba política española tiene un poco de todo esto, de montaje y teatralidad,de rencor impostado y turba futbolera llevada a los extremos de la Copa de Libertadores. Y, a su vez, emula una racha de ira que se expande por todas partes como señal de un tiempo hosco y despechugado que llega a las manos y desafía el orden, pues el caos en que deviene es su mejor caldo de cultivo.

Pedía Jerónimo Saavedra en estas páginas el domingo pasado prudencia, sensatez, sentido común y respeto. Y su prédica sonó tan lúcida como candorosa y extemporánea, pues nos hemos instalado en el guerracivilismo como leitmotiv, acá y acullá, que invocar tales virtudes elementales en toda actuación pública, y la política lo es la que más, chirría como si estuviera fuera de lugar, o pocos la secundaran a priori (no obstante, Sánchez ayer con la ONCE invocaba el respeto saavedrino y la sensatez), convencida la mayoría de que esos atributos no venden, no aguantan el test del oráculo de las redes, donde suena el albogue de Polifemo según le dé la gana a ese monstruo de cien mil cabezas. ¿Qué prudencia, qué sensatez, qué sentido común, qué respeto tienen cabida en el incongruente Congreso español? Cuando Ana Pastor no ha tenido más remedio que censurar -pese al inviable borrado de lo ya proferido-los exabruptos golpista/fascista de sus señorías, convengamos que la histeria colectiva se ha adueñado, ya no del fútbol como excremento de la grada, sino de la política y la vida pública en general, cuyos gladiadores están dispuestos, como en aquellos circos romanos, a dejarse “azotar, quemar y apuñalar”. De ahí que la advertencia de Ana Oramas en pleno gallinero, “se están cargando la Transición “, haya dado en la diana. Como han calado, en un rapto de fair play, los elogios de despedida del diputado paisano de Podemos Alberto Rodríguez dirigidos al compañero de escaño del PP Alfonso Candón, “lo vamos a echar de menos, usted es una buena persona y da calidez humana a este sitio”, como un gesto que nada a contracorriente y devuelve a la Cámara un aroma de cordialidad que dábamos por desaparecido. Casi cuarenta años atrás, me sorprendió gratamente durante una entrevista a Fraga, que el líder de AP me hablara de Fernando Sagaseta, comunista y diputado de UPC, como de una gran persona. Entre la hojarasca de la gresca crecen a veces también estos brotes.

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La guerra o la paz en Tabarnia

La olla catalana está a punto de explotar y el Gobierno se enfrenta a un escenario que habíamos superado cuando cesaron las balas de ETA. Los más extremistas del separatismo bicéfalo de Torra y Puigdemont afilan los dientes para saltar a la yugular de Sánchez el día 21, que es cuando se celebrará un Consejo de Ministros en Barcelona en fecha tan señalada, justo el aniversario de las elecciones tras el 155 que dieron mayoría al procés con sede en la Generalitat y un anexo en Waterloo.

La espiral de violencia en las calles de Cataluña imita una suerte de guerra de guerrillas que envidia estos días la insurgencia de los chalecos amarillos contra Macron. Hay múltiples fuentes de inspiración para un activismo que se reivindica revolucionario en la calle, como hicieran sin desmadres los concentrados del 15M en la Puerta del Sol. Pero Torra no ha tenido mejor idea que invocar en Bruselas el sábado la vía eslovena como el manual de estilo del independentismo catalán, olvidando, ignorando o dándole igual, que en las revueltas de los 90 de Eslovenia hubo decenas de muertos en la guerra de los diez días antes de segregarse de Yugoslavia con Tito muerto. Dos cosas conviene aclarar. Eslovenia hizo un referéndum con garantías de resultado incontestable y España no es Yugoslavia, ni una dictadura ni un apaño de repúblicas y etnias ahormadas.

A Torra le ha caído una lluvia de condenas por su salida de pata de banco. Cataluña está construyendo un relato forzado con muletillas y trampantojos, incluido el simulacro de huelga de hambre de los presos de Lledoners. Y el colmo es que admite que necesita un muerto para no morir en el intento, como insinuó Colomines, el historiador promotor de la Crida. Ahora, tras el botox andaluz, urge a los líderes actualizar el discurso. Y mientras en España se enredan unos y otros entre quién es constitucionalista y quién no, quién tuvo la culpa de la irrupción de la ultraderecha o quién le pone ahora puertas al campo, en Cataluña se han roto los puentes entre los propios soberanistas.

Dado que es un secreto a voces que Junqueras no puede ver en pinta a Puigdemont por su traición, la evidencia de que los juicios van a celebrarse y las condenas serán saladas, los más radicales han visto en la violencia su única cortina de humo para liarlo todo y huir hacia adelante, sin darse tregua, pues un solo minuto de sosiego puede invitar a la sensatez y el sentido común. Y ahora mismo eso sería la perdición de un movimiento que se finge a sí mismo desde su origen y sobrevive construyendo castillos en el aire.
Los esquerras han dicho que no a la guerra de Torra y sus CDR. Pero ahí están las proclamas a la subversión de los grupos de acción rápida (los GAAR) y las misiones programadas por una tal Bandera Negra para tomar el Parlament y el Palau de la Generalitat el citado día 21. La intifada catalana tiene, al parecer, por modelo el terrorismo descamisado del ISIS, mediante acciones aisladas de lobos solitarios cubiertos con pasamontañas. La desfachatez de la pérdida de papeles de la honorable Cataluña no parece tener límite. Es un quiero y no puedo, una revolución sin tramoya, una parodia como Tabarnia y una guerra de Gila desafiando al Estado, que no va a tener más remedio que ponerse serio.

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Contrapunto y fuga de mi doble, Olives

Me solían confundir en la calle con un músico. “¿Sigues tocando la guitarra, Olives?”, me preguntaba la gente a menudo cuando era adolescente y periodista amateur. Un día, por tanto, me puse a investigar el paradero de mi doble, como en la novela de Saramago, El hombre duplicado, que leería muchos años más tarde. ¿Somos capaces de soportar que, entre miles de millones de semejantes, haya alguien que se nos parezca tanto que seamos dos seres iguales con vidas diferentes?, se plantea el autor portugués. Yo solo quería conocer (o reconocer) a ese tal Olives que era como yo. Los dobles son un tema apasionante, que se plantea en la tragedia griega. Existen en las películas y en la vida real. Si nos adentramos en el género descubrimos cosas sorprendentes. Ayuda mucho en esta clase de imitación el más mínimo defecto, una marca, como cuando la nodriza de Ulises le reconoció pese a ir disfrazado de mendigo, por la cicatriz. En el corredor de la muerte en Estados Unidos proliferan los condenados que reclaman un nuevo juicio por una sentencia injusta basada en una doble identidad. Nuestros sosias son dueños de cometer cualquier tropelía, pero sí tenemos la desgracia de vernos mezclados en sus turbios manejos a través de un testigo equivocado, pasaremos, cuando menos, un mal trago si con suerte prevalece la verdad. Ya digo que este asunto se las trae.

Los sosias de los actores y los políticos desempeñan un papel clave. Sylvester Stallone contaba con un doble, al parecer (nunca tan apropiada la locución conjuntiva) en el rodaje de su quinta y última secuela de la saga que jubiló en la Isla, Rambo. Los extras del cine se la juegan por su original, como los dobles de los jefes de Estado ponen la cara y a veces reciben la bala en acto de servicio. Dicen que Maduro abusa del clon por temor a que le vuelen la cabeza con esos drones que andan sueltos en el cielo revuelto de Caracas. Fidel tendría seguramente el suyo, habida cuenta los atentados incontables de la CIA, pero sí nos consta que nuestro Fidel del Carnaval, Antonio Meseguer, casi no lo cuenta tras el apuñalamiento que sufrió a manos de un majara durante una de las noches en que se disfrazó del comandante cubano. Esto de los dobles de pega o de ficción tiene su mitificación y leyenda. Pero lo mío era real y no dejaba de asombrarme. Me llamaban Olives y me preguntaban por mis progresos con la guitarra. Ahora que mi hijo va a clases de música con tan solo ocho años y aprende a tocar un instrumento tan respetable como el piano, confieso que jamás supe tocar la guitarra. Una cosa era cierta. Cuando Martín, mi hermano, ganó Canarias paso a paso, un programa de la prehistoria regional de TVE, se compró con el dinero del premio una guitarra y me invitó a viajar a Madrid con él y el instrumento, sin que tuviera ninguna lógica. Pero la guitarra, si bien la toqué, nunca fui más allá del mero tacto, frente a la facilidad con que mi hijo, con bisoñez y osadía, ya es capaz de ejecutar una sencilla canción y, si aún viviera nuestra vecina Carmen Rosa Zamora, la recordada profesora de piano, sus progresos serían, a buen seguro, mayores.

En aquellos tiempos yo ya practicaba este oficio barato, nada me costaba escribir en los periódicos, aunque tampoco me pagaran por ello, porque era un aprendiz. Por eso, cuando me propuse localizar a mi doble Olives, y supe que no solo era guitarrista, sino un músico en toda la extensión de la palabra, creo que le ofrecí la posibilidad de un modesto artículo en la prensa y entablamos una extraña y remota amistad. Él se fue de Canarias y el contacto se interrumpió. Se llamaba Juan José Olives. Ese era su nombre completo, como Daniel Santa-Clara se llamaba el doble de Tertuliano Máximo Afonso, el personaje de Saramago. Ahora, cuando veo los vídeos virales que calculan el escaso tiempo -en ocasiones, horas- que pasarán juntos los amigos más importantes a lo largo de su vida, compruebo con pena que Juan José Olives y yo apenas nos vimos un par de veces desde que nos citamos por primera vez en un punto de la Rambla para comprobar la peripecia de nuestra mímesis y romper el misterio. Éramos, en efecto, dos tipos duplicados, no sé si la dupla perfecta, antes de que los rasgos faciales, en ambos, sufrieran el rigor de los años y la similitud, que nunca desapareció del todo, fuera mermando. Aquella cita a ciegas fue magistral. No recuerdo ahora bien quién llegó primero al lugar convenido, pero nunca olvidaré nuestras caras, la que yo pondría y la de Olives, que reflejaba nuestra perplejidad, casi hilarante, a solas, ratificando nuestros rostros paralelos y casi nuestra idéntica complexión física, como si fuéramos fotocopias. Así vienen dadas las agniciones, decían los griegos clásicos. “Ha llegado alguien parecido a mí; pero nadie es parecido a mí, sino Orestes, luego ha llegado este”. Aquel silogismo en las Coéforos. Hablamos entre risas de las ocupaciones de cada cual. Adiviné en el acto que estaba ante una personalidad especial de canario sobresaliente (fue más tarde catedrático de dirección, fundó orquestas, grabó discos y fue doctor en filosofía, discípulo de Emilio Lledó). Sentí curiosidad por su vocación artística que me parecía un hallazgo de talento en mitad de la isla, porque entonces uno tropezaba por la calle con gente así, genios potenciales en las artes y las letras, como Félix Francisco Casanova, que llevaban la aureola en la cara. Después no sé qué hicimos, si tomamos algo o nos quedamos todo el rato, frente al Colegio de Arquitectos, junto a la Lady Tenerife de Chirino, donde concertamos el encuentro. Un día recibí un correo suyo de Barcelona con las letras de Agustín Millares Sall que había musicado. Y estuve al corriente de sus éxitos como director y compositor. Sabía que mi doble (yo, el suyo) se había convertido en una celebridad nacional, con la cercanía tan esquiva de vivir uno en el Atlántico y el otro en el Mediterráneo.

La otra noche, en el periódico, llegó la noticia de la muerte de Juan José Olives, tras una larga enfermedad, a los 67 años. Y me encuentro noqueado. Como si el espejo no me devolviera la imagen y, de pronto, estuviera solo en la Rambla, hace muchos años, esperando a una persona idéntica a mí para salir de dudas. Y esa persona nunca se hubiera presentado. Y el malentendido hubiera durado hasta hoy. No he podido comprender cómo se ha podido morir Olives antes de tiempo dejándome sin derecho a réplica.

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Cuando mayo vuelva a ser domingo

Ha llegado Vox a la política española y ya los redichos están con la muletilla tras la oreja de que “ha venido para quedarse”. Lo del tópico es una recurrencia compulsiva y muy maniática del español, y ya casi también del canario por lo general, que antes usaba refranes propios y latiguillos vernáculos, pero ya dejamos de llamar a la guagua, guagua, por el importado autobús. Los andaluces, que tienen su deje y su jerga a mucha honra, se divierten con todo y no esconden la cabeza bajo el ala cuando toca hacérselo mirar, como en los ocho apellidos vascos. Ahora, en cambio, el andaluz se ha puesto taciturno. Desde que el califa Anguita no está en primera línea, los pecados capitales de ese Estado mitad de España tenían menos proyección nacional. Desde este domingo, Andalucía le roba el foco a Cataluña y la gran incógnita es si, al igual que Arrimadas disparó a Rivera en las encuestas, este efecto Serrano -el juez de los 12 escaños de Vox- vuelve viral a Abascal, el hijo pródigo del PP que dio un portazo y montó el partido que regenta el espíritu nacional más de cuarenta años después de las cenizas de Franco.

Yo recuerdo a Blas Piñar, que es el precedente de diputado ultra en las Cortes, dotado de una oratoria de notario y mesías del franquismo ilustrado. Era usual aquel perfil de español que leía a Machado o a Galdós como si fueran iconos de la patria reaccionaria por los versos mesetarios y los episodios nacionales. Eran cultos y locuaces, ganaban en el cuerpo a cuerpo. Luego se vinieron abajo y se disolvieron en la gran siesta hipnótica de los años de la Transición, trataban de pasar desapercibidos, pero seguían leyendo, instruyéndose, y comenzaron a aflorar novelistas y periodistas que competían a carcas y eran plumas brillantes, y la izquierda se dejó ir confiada en su arrogancia de universidad, sin dedicarle horas al estudio, hasta olvidar la teología de su propia idiosincrasia genética. A esa derecha enciclopédica la he conocido bien y la he respetado toda la vida. Ahora estamos ante el desafío de verla crecer como una plaga en toda Europa, alentada por la chulería de Trump, que es el mayor ultra rancio de este siglo, al que ya le crecen clones como el salvapatrias de Brasil. Y si Vox sigue los pasos del populismo errante europeo, que niega los derechos humanos, fomenta la xenofobia y la salida de la UE, tenemos un problema que no teníamos antes del desmadre catalán. Porque, acaso, con el resultado electoral de Andalucía, vayamos a exhumar no a Franco sino al franquismo. Y cuidado con jugar con fuego, que esos rescoldos nunca se apagaron del todo.

Susana Díaz, seguramente, se irá con su fracaso a casa, pagando todas las facturas, las propias, las de los ERE y las de Sánchez en talonarios de abstención, pero también son los años perpetuos en el poder, que eso se paga. Cosa esta última que incomoda recordar a CC, cuando es lo más natural alternarse en el gobierno y la oposición. Y si Sánchez se aleja de los soberanistas, como es de prever, y agita el artículo 155 como arma electoral para reponer fuerzas, lo sabremos pronto. Acaso cuando mayo vuelva a ser domingo.

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La Constitución nos libre

La emergencia de Canarias en los parámetros sociales más importantes se da de bruces con los predicamentos de la Constitución y el Estatuto juntos, dos herramientas la mar de poderosas para poner en pie un modelo de bienestar decente, y no este desequilibrio innoble con bolsas de miseria y exclusión. En vísperas del cuadragésimo aniversario de la Constitución no es de recibo el papelón de Canarias cada vez que se dan a conocer los rankings de paro, dependencia, pobreza o listas de espera sanitaria. La más reciente radiografía de la demora hospitalaria quirúrgica y asistencial de todo el país, difundida esta semana por el Ministerio de Sanidad, golpeaba la conciencia de todos los canarios: aun siendo una de las comunidades que reduce los retrasos, nada nos evita ocupar los puestos de la vergüenza tras décadas de autogobierno, bajo la bonanza del turismo y las ayudas de Europa. Nadie logra explicarse al colista perpetuo en los índices del Estado de bienestar, cuando en cuarenta años de Constitución hemos vivido épocas de vacas gordas, descontada la crisis, y no podemos quejarnos del éxito de marca, incluso bajo la recesión, como destino preferente en la industria del ocio, con cifras propias de una potencia mundial y no de una modesta autonomía. El viernes, la CEOE de Tenerife arrojó un jarro de agua fría sobre las expectativas económicas de esta comunidad, en vísperas electorales, tras diez años del origen de la crisis, cuando el Gobierno de las Islas alardea de estrenar tres cosas irrefutables: el mejor Estatuto de la historia, el mejor REF de la historia y los mejores Presupuestos de la historia. Y el oráculo de la patronal vaticina uno de los peores datos de la historia reciente del PIB: el Archipiélago crecerá tímidamente el 1,2 por ciento en el año que empieza el mes que viene. No se está acertando en la política de precios de nuestro motor económico, cuando la competencia ya ha despertado del estado turístico comatoso de la primavera árabe y sus malos gobiernos. Canarias, por desgracia, suele tropezar tediosamente en la misma piedra y nuestros gobernantes no siempre dan el nivel. Un fenómeno parecido -donde se incluyen los tentáculos de la corrupción- desmoronó a países de América Latina que no han levantado cabeza. En cierta forma, nuestro espejo es más América que Europa, pues aquella, como nosotros, está detrás del mar, y en Europa -como se ha discutido estos días- somos regiones ultraperiféricas y no territorios continuos. O acertamos en la vacuna o seremos siempre una sociedad enferma, y me resisto a admitir que nuestros males son estructurales, un castigo de la naturaleza. ¿No será un problema de cabeza y extremidades, de en qué manos hemos puesto nuestro autogobierno?

El balance de estas décadas no puede ser el que es. ¿Cómo brindar sin rubor por un nuevo Estatuto de Autonomía a sabiendas de las discordancias que flamean en las estadísticas de la desigualdad? Y hay algo peor: los niveles cada vez mayores de insensibilidad social de los gobernantes: su indiferencia ante el repunte de desahucios o la (no) respuesta a los niños con fibrosis quística severa, que obliga a intervenir al Diputado del Común, como un contrapoder necesario.

De tal manera que entre nubarrones y logros, que también los ha habido, asistimos a la efemérides del ocaso y el cenit, el final de la dictadura y el despertar de las libertades con la Constitución. Pero nunca llueve a gusto de todos y el 40 aniversario de esta última nos exige, cuando menos, a la generación de los testigos fehacientes a rebatir interpretaciones deformadas. Este jueves, entre capuletos y montescos, cumple años el melón que muchos quisieran abrir a las bravas. La Carta Magna bajo el brazo y una cita congresual en el templo de la democracia son un acto litúrgico. Pero no es un texto sagrado e intocable. La vivienda, el empleo, la sanidad no son derechos baladíes, sino la parte mollar de esa biblia, y la reforma de esta no es ninguna herejía. Al cabo de cuatro décadas de Transición y UCD. golpismo, felipismo y PP, la memoria histórica se reduce a Suárez o Franco, uno en los altares y el otro en las catacumbas del Valle de los Caídos. En Los Llanos de Aridane acaban de retirar los honores al dictador y al mítico ministro palmero de Gobernación Blas Pérez, o sea que ha empezado el juicio de la Historia desvistiendo a los santos y los monumentos y rótulos de calles pasarán por el ojo de la aguja como aquellos camellos, y todo lo que haga falta se pondrá patas arriba cuarenta años después. Con la ley en la mano, que el Parlamento canario ya tiene la suya.

Ahora que al rey emérito rehabilitado lo sacarán a pasear en los fastos del día 6, conviene embridar los demonios, pues lo que todo el mundo celebró como el milagro del siglo para salir de una dictadura y entrar en una democracia sin derramar una gota de sangre, hay quien se empeña en repudiarlo. No fue tal prodigio, pero tampoco se dio gato por liebre. La Transición fue la metamorfosis de España con permiso de Kafka, y como diría Alfonso Guerra, no la conocía ni la madre que la parió. Murió el dictador y fuimos a votar. Eso fue todo. Tejero metió el tricornio en el Congreso, pero Juan Carlos y Suárez lo tenían todo atado y bien atado, al contrario que Franco, y aunque el monarca tuviera titubeos, como dice Pilar Urbano, lo vimos salir en la caja tonta mandando parar los tanques de Milans del Bosch. El golpe marró la noche de los transistores con José María García cantando los goles de la democracia a pie de campo. Y fuera Armada un mandado del rey o un felón, si Juan Carlos no se enfunda el uniforme militar y televisa el mensaje, no estaríamos hoy con las zambombas de la Constitución. Y el general Gutiérrez Mellado plantó cara al golpista y le dije, usted es un héroe, y lo negó con la cabeza aquel hombre pequeño y valiente. Si ahora se insultan y escupen en los escaños mullidos de Madrid es gracias a unos cuantos irreductibles que no se fugaron a Waterloo. De manera que no habrán sido -la Transición, la Constitución y la Monarquía- cándidas e inmaculadas. Pero si hoy vota el andaluz no es porque le cayó esa gracia del cielo, y es un pueblo con gracia. Pues eso,que es de mal nacidos no ser agradecidos.

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Bertolucci: el pecado del dios italiano

Bernardo Bertolucci viajaba con su hermano Giovanni a pasar las Navidades a Lanzarote, porque era la isla de Vázquez-Figueroa, y Alberto era buen amigo de los dos, sobre todo del productor. Con Giovanni había llevado al cine Tuareg y Océano. Bernardo Bertolucci ha muerto a los 77 años cuando trataba de sobrevivir sobre una silla de ruedas, que ha sido su prisión. El último emperador del cine europeo deja un vacío insalvable en la industria, que era más audaz y desprejuiciada cuando gente como Bertolucci y Pier Paolo Pasolini se juntaron a rodar sin tener zorra idea del género y aprendieron a capar cortando huevos, gastando metraje y haciendo películas contra las viejas convenciones. Yo, que entiendo poco o nada de este maravilloso arte audiovisual que nos atrapa para siempre desde niños, me rendí también a la aureola que reputa de maldito su famoso y escandaloso último tango en París. La leyenda de Bertolucci confiscaba los talones de Aquiles del genio, sus pecados inconfesables. Maria Schneider nos desmitificó al dios italiano del celuloide al revelar en una entrevista que la escena en que Marlon Brando la sodomiza con mantequilla fue un asalto a su honor, pues ni Bertolucci ni Brando la advirtieron hasta última hora de que habían pactado una violación a sus espaldas, que aunque no fuera verídica constituía una humillación sin medias tintas. Venimos del día que clama contra estos abusos, y el tiempo transcurrido entre aquella película de los primeros años 70 y hoy hace intolerable el suceso, un maltrato que no se justifica de ninguna manera y que ensombrece la imagen del célebre director cuando admitió la vileza cometida contra Schneider. Brando y Bertolucci son dos B de marca mayor en la historia del cine. Dos vacas sagradas. Pero el feo asunto mantecoso empaña sus nombres, los ensucia. Fue una sola toma, se consolaba la actriz cuando años después rememoraba el incidente. No estaba en el guion y sus lágrimas en pantalla son de rabia y coraje, un dolor de principios, una falta de respeto, un abuso, una agresión que ni el cine, lleno de duras escenas, puede consentir con cordura en los términos descritos.

Así que nos contraría la decepción por el abuso de poder de uno de los popes del cine de autor. En la entrevista de A fondo con Soler Serrano defendía el recurso secreto de la mantequilla como parte esencial de su obra maestra frente a la mitología de la película prohibida en la España de los 70 como si solo contuviera esa escena. El mundo (y el del cine, entre otros mundos) ha dado un salto sobre sus propias miserias y ha ido corrigiendo algunas de sus costumbres malignas. Estamos en la hora que marca el reloj. Estas cosas ya no se hacen, no debieran suceder. La película estuvo prohibida en la España franquista cuando se desconocía la ignominia de la violación, más allá del acto narrativo, por la naturaleza del embuste profesional, una trastada maliciosa fuera de libreto. Ahora el debate habría sido otro: si la escena condena o no a quienes la tramaron con alevosía. Maria Schneider podía haberse negado, y se negó en el instante, pero la eximen de complicidad dos hechos: su oposición espontánea y la influencia que ejercieron dos monstruos del cine hasta embaucarla: “No te preocupes, es solo una película”, le dijo Brando sin darle importancia.

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La casa de la palabra

Hemos dado bandazos hasta llegar a este punto. Pero no estamos seguros de haber elegido algún camino cierto. En España ha comenzado la precampaña electoral antes del diluvio. La foto de país recuerda el poema de Ida Vitale sobre la lluvia de agosto: “Una lluvia de un día puede no acabar nunca”. ¿Por qué todo llueve sobre mojado y nada es sólido de un tiempo a esta parte?

El rey que nos visitó esta semana vive en la encrucijada de su dinastía; unos se chotean del padre en una marisquería, condenado a un oprobioso otoño sin trono del patriarca en vísperas de la fiesta de su legado, la Constitución, y otros cuestionan al hijo y la Corona como si el traje del 78, que nos pusimos en la Transición, se estuviera desgarrando en jirones. Hemos entrado en picado. Y la herida de Franco no acaba de restañar, el cadáver exquisito sigue ahí, según su embalsamador. Si no lo exhuman a toda pastilla y lo entierran cuanto antes en una fosa discreta, tenemos show para rato, con las fieras a la greña en el Congreso entre insultos y escupitajos, y la extrema derecha por primera vez tiene Vox. Este no es un país fácil, pero vive sus horas más bajas en décadas. En La Habana, Pedro Sánchez atusa el gato de angora del superdomingo de Ábalos con mimo antes de acometer un ataque en tromba. Si fuera a convocar elecciones en marzo y no en mayo -las posibilidades se reducen a esas dos- no habría aconsejado a Pablo Iglesias que no corriera tanto con sus primarias, pues quedan meses de sanchismo en la Moncloa. Pongamos que son el 26 de mayo, como los supersorteos en que el ganador se lo lleva todo. Algunos sistemas políticos como el canario -con su establishment y estirpe- verían peligrar su statu quo. Y esto recuerda al momento inestable que vivimos, donde nada perdura más de un cuarto de hora, que es lo de Warhol actualizado. Viene el tsunami que nunca experimentó la democracia española: concentrar todas las elecciones en una sola calle y distrito, como si la de Teobaldo Power y la Carrera de San Jerónimo se fundieran en el barrio de l’Orangerie, donde está el Parlamento Europeo de Estrasburgo, toda esa pirueta de la imaginación propia de un cuento proverbial de Borges.

El apocalipsis sin dioses. Yo percibo, sin acostumbrarme, este disloque general donde nada tiene valor si no hay desmesura por medio. Lo de que es un tiempo sin deidades nos da cierta explicación a tal desorden. Recuerden la cita de Flaubert: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre”, que influyó tanto en Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano). Como en semejante paréntesis, estamos a la espera de acontecimientos. De tal modo que las elecciones españolas han cobrado una trascendencia inusitada para arreglar este desaguisado.

Durante decenios hablamos de progreso y ser progresista era la obvio y conveniente, y hemos entrado en una demencia de nostalgia y retroceso, y suben en las encuestas los partidos fachas y neonazis. España ha roto aguas y le nacen los monstruos cada mañana, endriagos y centauros.

Este domingo Europa consuma las reglas del divorcio del Reino Unido, no sin parabienes polémicos de España. No es una errata el brexit, sino la prueba de una contrariedad que define toda una época. Es la espoleta, habrá otros brexits, pues quien da primero da dos veces, y no hay dos sin tres. Italia ya amaga. Y a España no le ha quedado otra que instalarse en el casquivano caos catalán, a las puertas del juicio al procés, y de ahí el esputo a Borrell. Pero tales excesos forman parte de un asunto histriónico, que es la política como exabrupto y regüeldo o no sale en las redes. Los discursos y los estadistas se dejan para Azaña y Ortega, que hoy no se comerían un rosco si no se suenan los mocos con la bandera.

En el reciente centenario del Armisticio de la Primera Guerra Mundial se dijeron cosas graves que el día de mañana, cuando se recapitulen estos episodios de desasosiego, se verá que algunos dieron la voz de alarma bajo el Arco del Triunfo. Que Macron haya expresado el temor de que la foto de todos los jefes de Estado al cabo de un siglo de aquella paz pueda ser la última antes del próximo “desorden mundial”, a mí, al menos, no me deja indiferente. Se ha ido impopniendo el desmoronamiento en la vida política cotidiana. Y de ahí ha irradiado una suerte de nihilismo transversal que afecta a todas las instituciones, principios, ideologías y preceptos que considerábamos nuestros pilares fundamentales hasta antes de ayer. Viendo el aspecto desaliñado del cuerpo del mundo que ocupamos, Europa es un dinosaurio que se arrastra con muletas antes de que le caiga encima el meteorito definitivo. Y España y Canarias están ahí, son parte de esa leña del árbol que se cae por su propio peso o a hachazos. O sea que vendrán los encargados de levantarlos a los tres, empezando por ese 26 de mayo, o no lo contamos.

Esta cumbre de regiones alejadas de Europa en Las Palmas – a la que no vino Juncker por el goodbye inglés- ha sido sintomática. De lejos se ve que Europa renquea, como España y nosotros, para qué engañarnos. Si es que damos el espectáculo escondiendo al rey emérito en el cuadragésimo aniversario de la Carta Magna, este próximo 6 de diciembre, que fue el que la parió. Y ya salimos en la tele por ahí fuera dando la nota en el escaño como perros y gatos,y la presidenta del gallinero clama casi sollozando contra quienes la tildan de institutriz con guasa. Y Canarias no es ajena a esos vientos de la ciénaga. Me refiero a la injerencia en la Justicia, como si fuéramos catalanes al asedio del juez por sus presos, o el tal Cosidó que dio con Marchena en tierra. Esta página negra no ha hecho sino enlutar la legislatura. En fin, solo han sido unas pinceladas de un panorama que me disgusta. En los días que corren , y en especial en este de hoy de buenas prácticas de género, no deberían caer en saco roto las quejas de la mujer que preside el Congreso contra quienes la ridiculizan y ofenden. Recuerden, dijo, que el Parlamento es la casa de la palabra. Empecemos por ahí.

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El salpicón electoral y el maretazo de Garachico

Este 20-N nos trae a la memoria -histórica, por supuesto- el recuerdo bituminoso de Franco, y Sánchez no ha tenido mejor ocurrencia que mandar al mensajero Ábalos a anunciar elecciones generales para el 26 de mayo. Entre el 20-N y el 26-M, en tan solo seis meses, se juega el partido de esta microlegislatura, pues antes de medio año debería ser exhumado Franco del Valle de los Caídos para que Sánchez cumpliera su palabra. Y el Vaticano se las entienda con la Almudena, tras aquella audiencia de Carmen Calvo con el secretario de Estado del papa y el desmentido inaudito de Pietro Parolin. El caso es que Franco se metió en la agenda -agendar a Franco dicen los cursis de ahora- y no ha habido manera de sacarlo del guion, como tampoco de la tumba por ahora. Y no sé si le dará tiempo a Sánchez, santo pagano, de desenterrar a Franco, que no es santo de milagro, cuando hasta Pío XII, el del silencio cómplice con los nazis, va camino de serlo si le consiguen atribuir uno con su intercesión.

El 26-M se convirtió ayer en una pesadilla, más allá de la resurrección del fantasma del dictador, para los partidos nacionalistas, toda vez que el ministro y secretario de Organización del PSOE deslizó -al modo de los globos sondas de toda la vida- la hipótesis de reunir todas las elecciones en un superdomingo: el 26 de mayo. Ábalos agita el patio con un totum revolutum de ese calibre, consciente de tocarle los telenguendengues a las pequeñas formaciones nacionalistas y, de paso, a la derecha, que está dividida como nunca en centro-derecha y extrema derecha, de Ciudadanos a Vox pasando por el PP. El mismo día comentaba en estas páginas Pedro Quevedo (NC) que a ningún líder nacional de la oposición le interesaban elecciones anticipadas, aunque las invocaran a grito pelado, dado que las encuestas no les sonríen y les conviene ganar tiempo a ver si Sánchez se desgasta entre la exhumación de Franco y la inhumación de los Presupuestos pactados con Podemos. Si las andaluzas no apean a Susana Díaz -ayer subía en el tracking de EL ESPAÑOL-DIARIO DE AVISOS -, Sánchez se echa al monte y llena la urna de papeletas el 26 de mayo. Canarias se va a hartar de votar: al Congreso, al Senado, al Parlamento europeo, al Parlamento autonómico, a los ayuntamientos y a los cabildos. Y si la circunscripción regional cobra carta de naturaleza por separado, tendríamos siete sufragios ese superdomingo, que barrunta una auténtica conmoción.

Si el oráculo Ábalos está en lo cierto -es la mano derecha de Sánchez, y la izquierda y la mano oculta que mece la cuna de estas cosas que se cocinan en la polítca a oscuras-, en partidos como Coalición Canaria (el PNV también teme por sus ayuntamientos) les sienta a cuerno quemado un salpicón electoral como ese. Porque los candidatos serían los nacionales, el Pedro Sánchez, el Casado, el Rivera y el Iglesias, y los cartelitos locales perderían protagonismo. No ha pasado nunca y se desconoce el efecto de un tsunami así. Puede suceder cualquier cosa, pero en CC son conservadores y no les apetece un garachico. Vistas las fotos del maretazo en el DIARIO -ayer estaban las calles que daban pena tras el revolcón de las olas-, Clavijo, que tiene, Estatuto en mano, lo malo y lo bueno -el desafuero y el adelanto electoral-, se lo piensa.

¿Adelantar las canarias si vienen las generales en tromba? Por ahora dice que no. Cuando los políticos niegan es que ya salió el motorista.

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Rambo en Tenerife, y no es coña

La estampa de Rambo en Santa Cruz es una de esas imágenes inauditas, te frotas los ojos y sigue ahí, como fue la de Michael Jackson hace veinticinco años entrando por el aeropuerto como un holograma del artista original o un estado de hipnosis colectiva. Stallone deambuló el primer día entre operarios y fans que le aclamaban en las ventanas y balcones de Los Gladiolos como si fuera un doble, un sosias de Carnaval, como Soria fingiéndose Elvis o Pedro Gómez Cuenca disfrazado de Charlot. El pueblo llano se identifica con este género badulaque de mitos barriales, expeditivos e inmortales, cuando Stallone pasó por la universidad, se acreditó en arte dramático, escribe sus propios guiones y ha estado a las puertas del Óscar, si bien el imaginario colectivo lo aprecia por rudo y descamisado y de ahí en otra época se iba directo a la Casa Blanca. Sylvester Stallone es un personaje que vive en el celuloide transmutado en Rocky o Rambo, según se tercie, y no se plantea ninguna incompatibilidad, pues son dos versiones de un actor que se inventó un cliché y un sustancioso caché y ahora triunfa también haciendo misiones corales de vengadores justicieros, que es lo que vende. Salvo un bache en el camino, la carrera le ha sido provechosa, otra cosa es ser Redford o Brando, pero se ha hecho una leyenda siendo el mocho o el macho de la fregona. Y hemos envejecido viéndolo envejecer a nuestro lado en la gran pantalla, fiel al molde de cartón piedra en nada menos que cuarenta años de metraje. A estas alturas, claro que este Rambo nos resulta familiar como un héroe guionizado que se ha metido en casa, un primo de Zumosol al que le han nacido imitadores en medio mundo -aquí también, no solo en Carnavales-, porque todos necesitamos un Rambo en nuestra vida como se está poniendo el patio y Trump.

Yo recuerdo la primera vez que entré en el cine en los 70 a ver a este hombre debutando en el papel de Rocky Balboa, de cuando las productoras lo rechazaban como actor pero se peleaban por el guión y los mandó a hacer puñetas hasta que tuvieron que tragárselo y fue una mina. Boxeador épico de clase baja o lobo solitario del Vietnam, nos ha comido el coco en todos estos años entrometiéndose en las Termópilas de todos los fregados que se le pusieron a tiro con pinta de juguete vigorizado de lego. Conserva los músculos mejor que Schwarzenegger y podría seguir en el papel cuando la mayoría de sus primeros seguidores ya hayan muerto. Por eso ver al pendenciero justo de carne y hueso trastoca la lógica del espectador, que no sabe si está viendo o haciendo la película. En la calle de La Noria, Stallone se dejó ver ayer como uno más, pero el efecto era el mismo. Parece de pega, cuesta creérselo, aunque estemos curados de turistas famosos, Rambo es otra cosa, es como ver en persona a un Hollywood antropomorfo en medio de Santa Cruz. Ahora quedan pocos de su generación en pie en el Olimpo de las estrellas. Cuando venga Tom Cruise pasará lo mismo; son visitantes de otra pasta, a los que hemos visto tanto que no los podemos reconocer tan de cerca, porque nos parecían reales en la pantalla y, en cambio, en su presencia no damos crédito. Hace un millón de años, aquella cinta que vino a rodar Raquel Welch al Teide, cuando cogió una amigdalitis en bikini de pieles, produjo semejante impacto, y fue en la prehistoria de los años 60 de una industria que asomaba la cabeza por estas islas de San Juan a Corpus, con hitos como el de Moby Dick, que el gran John Huston concibió como una obra de artesanía con ayuda de los carpinteros de la Isleta. Sylvester Stallone, hoy, como entonces Gregory Peck revoluciona el pequeño hábitat de un barrio y de una isla con su sola planta de estrella de la meca del cine, que es una de las credenciales de rango universal que gozan de mayor trascendencia pública. Los actores y actrices que triunfan en la fábrica de los sueños son objeto de una veneración pagana que todos ejercemos con una reminiscencia infantil que nos conserva niños con la impronta intacta. Stallone ha sido el mito del boxeo del celuloide, un deporte que se cuece en la pantalla como si fuera el duelo perfecto de la existencia humana, donde el combate dilucida todas las cosas en grado sumo, la superación, la supervivencia, el trono del poder y el fracaso, incluso la muerte. En cada Rocky de Stallone estaban todos los sentimientos juntos naufragando o sobreponiéndose al modo que narraba Norman Mailer. De esa saga siguen saliendo secuelas, y ahora mismo se anuncia una nueva edición con su creador en activo paseando por las calles de Tenerife, lo cual resulta también insólito. Entrarás en la sala, y al lado estará Stallone viendo su Rocky en Santa Cruz. A saber.

Así que Rambo está aquí, con el personaje que desternillaba a los críticos cultos de los años 80 y 90, que tardaron en rendirse a la fuerza del héroe de ficción que encarnaba una fábula de ídolo de masas parecida a los superhéroes de Stan Lee, padre de Spider-Man, recientemente fallecido. O sea que Rambo duerme y se despierta en Tenerife, y seguramente le gustará esto y volverá, y nos haremos amigos del mito, como en Las Palmas en los años 50 pensaron de Gregory Peck y le hicieron una ballena de más de 60 metros como en la novela de Hermann Melville. El rodaje de la epopeya del capitán Ahab conmocionó a la ciudad, y sus habitantes se desvivieron por consagrar un momento estelar inolvidable en la discreta existencia provinciana de la insípida vida insular de entonces. Ese shock de vecinos y extras y ballena y balleneros de carpintería de ribera lo narra el propio John Houston en sus memorias A libro abierto. Ahora, las Islas y sus incentivos fiscales engendran una suerte de Canarywood. Esta irrupción de Rambo, que tiene 72 años y enmascara la edad como si todo sucediera bajo una superchería de cinerama, nos crea, por tanto, un estado de incertidumbre. En el bloque cuatro de Los Gladiolos los vecinos esperaban a que rodaran para poder bajar por la escalera, y esto ha sucedido en la realidad mientras el mito traía su fama y su leyenda a nuestras vidas para sacarnos del caso Grúas que es la película cutre del año en el Torrente de nuestra arcadia real. Y el asunto ha generado memes y vídeos de humor casero, y han salido a la palestra los atascos y las réplicas de Rambo, y en parte ha sido un encuentro entre la quedada local y el ídolo que no salió del cómic sino de las tripas del séptimo arte y al cabo de los años nos ha metido a todos en un fotograma, a su imagen y semejanza.

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El engranaje invisible

Cuando más de 80 líderes mundiales se reúnen , como este domingo,y posan juntos bajo el Arco del Triunfo de París y el anfitrión expresa sus dudas sobre cuánto tiempo resta de paz, uno tiene motivos para tentarse la ropa. ¿Entonces, que está sucediendo entre las bambalinas oficiales, detrás de toda esta rutina de apariencias, bajo la que permanecemos confiados como si nada fuera a pasar, a pasarnos, hasta ese punto? ¿Una guerra? ¿Mundial? ¿Entonces, hay razones de verdad para estar preocupados, como decía el Papa? ¿Las bravatas de las potencias, del trumphitleriano, su arrancada de abandonar el tratado de armas nucleares de rango medio firmado con Rusia en 1987 y de reforzar el arsenal atómico de su país, no son payasadas, entonces, de un idiota en Locolandia, como se cuenta en el libro de Bob Woodward? ¿Y el rearme de Putin, y los más de 200 conflictos del año pasado, y las guerras de Siria y Yemen, con lo del gas sarín y las bombas de Arabia Saudí son indicios? ¿Y el descuartizamiento del periodista Khashoggi en el consulado turco de Riad? ¿Y los ensayos con misiles en Corea del Norte? ¿Y los nuevos dictadores-democráticos -ese nuevo oxímoron- en Italia, Polonia y otros estados de la misma catadura? ¿De manera que están dadas las condiciones para ciertos signos que no barruntan nada bueno? La frase de Macron, el orador anfitrión, es tremenda, ante la pléyade de jefes de Estado -entre ellos, Trump, Putin, Merkel…-, bajo el Arco del Triunfo, este domingo, en el centenario del Armisticio de la I Guerra Mundial, cuando se preguntó en voz alta si esa imagen de todos juntos celebrando la paz “será la foto de un último momento de unidad antes de un nuevo desorden mundial”. No estamos en la intimidad de esa frase, en la información privilegiada de esas ochenta y tantas cabezas que rigen los destinos del mundo; desconocemos el quid de la cuestión en este instante exacto de la Historia, pero no hay que ser muy listo para suponer que algo se está cociendo debajo de esa frase lapidaria del presidente de Francia.

La tríada de estadistas buenos -dos hombres y una mujer- estaba representada por el propio Emmanuel Macron, el augur de esta alerta; Angela Merkel, la canciller que se ha metamorfoseado en una de los nuestros, y António Guterres, el presidente de la ONU. “Muchos dan hoy la paz por hecha, pero no es así”, clamó Merkel y reclamó ante los aliados seguir luchando por la paz mundial evitando confrontaciones, gestionando flujos migratorios, eludiendo guerras comerciales y aplicando la solidaridad. Al papa Francisco, que también es jefe de Estado, le han salido tres papas seglares con su discurso.

La paz está seriamente amenazada, al parecer (a la Nobel Aung San Suu Kyi le retiraron el premio de Derechos Humanos del Museo del Holocausto de EE.UU. por su silencio cómplice con el genocidio de los rohingya). París ha sido sede de un foro global para este fin, del que se ausentó el peleón de la Casa Blanca. La paz es una batalla de todos los días, arremetió Merkel, que en otra foto célebre le canta de pie las cuarenta a Trump, adujado en la silla como un niño ruin.

Macron, Merkel y Guterres glosan un mundo multilateral frente al Le Pen yanqui. Hoy no habría sido posible la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se ha puesto en marcha -como avisa Guterres- un “engranaje invisible” similar al que desembocó en las dos guerras mundiales. Uno prefiere replegarse en el islote y contar hasta cien. Cien años después. Y que salga el sol por Antequera.

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