El castigo del conocimiento

Bendita ignorancia, cada vez soy más partidaria de vivir en el desconocimiento. Toda esa información que ignoramos, todo aquello que queda fuera de nuestra mente puede resultar muy beneficioso. Siempre he dicho que el exceso de información puede destruir la ilusión, la alegría, el disfrute de las cosas sencillas, por ejemplo, en una relación: si nuestra pareja nos ha engañado, ¿nos gustaría saberlo?, tal vez fue un desliz y no vuelva a ocurrir, ¿para qué un daño que puede estropear algo que funciona?, o tras una ruptura, saber que empezaba con alguien antes de romper contigo, sólo hará más daño, o saber si ahora es feliz, es preferible inventarte tu propia historia y pensar que su vida es una basura porque se ha dado cuenta de que eres una gran persona, que cometió un gravísimo error, esas maravillosas mentiras que hacen la vida mejor,  la realidad sólo rompe sueños.

Pues en ciertas profesiones sucede algo similar. Como siempre digo esta profesión es una profesión que se ama y como todo amante supone tiempo, disgustos y sacrificios, además de información, no quiero saber con qué cámara me engaña, ni qué tipo de iluminación utilizará para ello, sólo quiero vivir una relación que hasta ahora era perfecta.

Lo bueno del cine es la magia que tiene, se puede hacer cualquier cosa y durante dos horas nos creemos cualquier mentira que quieran contarnos, durante dos horas voy a creerme que un bello cuarentón salvará el mundo él solo con su melena ondeando al viento, o que una joven sin experiencia como astronauta conseguirá volver a la tierra ella solita en un odisea sólo digna de Ulises. ¿Qué sucede cuando tenemos la información que rompe esa magia?

Os cuento la escena: una pareja (ambos profesionales del medio) sentados en sus butacas, se apagan las luces, la peli comienza, suena la música y empiezan los créditos, primer comentario: “que tipografía más guapa, es parecida a la que usaron en la peli wachisnei de jander”, “anda mira, es el mismo dire de foto que la peli de chenicley”. Surge la trama, “uff, empieza demasiado a saco, no? Ni si quiera han presentado a los personajes”, “si, pero bueno, el personaje no lo veo muy definido, no, no me creo su reacción a la situación” y así dos horas. Analizas la peli plano a plano, secuencia a secuencia. Yo, como actriz, decido que personajes me ceo y cuáles no, intento elegir cuál de los personajes sería divertido interpretar y si me gustan o no los estilismos. Mi chico, como técnico, no le gusta el plano, o le fascina, comenta repetidas veces lo fabulosa que es la fotografía, hablamos de las localizaciones, que, terminada la película, decidimos que han sido lo mejor de la misma, y así un largo etcétera, rompiendo de esta forma con la magia del cine, con su fin último que es entretener, evadirte de tu vida, encerrarte en una sala oscura con doscientos desconocidos viviendo una mentira, comiendo cotufas, chuches y riéndote pícaramente por la pareja de adolescentes que se comen a besos y no se enteran de lo que pasa en la pantalla, en vez de eso, nos dedicamos a darnos una ponencia sobre la realización de la película. Era mucho más feliz cuando me sentaba ahí a ver a Neo introducirse en Matrix, a un pobre desquiciado tatuándose recuerdos en el cuerpo, naves arder en llamas más allá de Orion, y me lo creía!!! Y era una gozada! No pensaba si el guión estaba bien escrito o que cámara habían utilizado, y no estaba viendo un maldito croma detrás de ese tío con un sable láser!

En fin, es el precio que hay que pagar por este trabajo, te da muchas satisfacciones pero te roba la inocencia, parece que el conocer la técnica no te permite disfrutar del arte, tal vez por eso yo soy una de esas actrices atípicas que no me gusta ver mi trabajo una vez terminado, quiero decir, que me gusta verlo pero una vez, dos, no me pongo mis cortometrajes o publis en bucle una y otra vez, porque lo que disfruto es el proceso, ver todos los aparatejos que utilizamos para contaros historias, interpretar un personaje, vivir su vida y salir de la mía, me gusta el olor a foco caliente por las mañanas y el del desmaquillante por la noche, me gustan las bromas de los eléctricos, y las confesiones en el set de maquillaje, y cuando todo esto acaba siento un vacío, una pérdida que se esconde un poquito tras el agotamiento, y cuando la obra está terminada y la vemos por primera vez, no pienso en el plano, en el personaje, en la localización o en la fotografía, pienso en que ese día tenía un catarro terrible y sonaba como un teleñeco, que el viento nos rompió un foco, que ese otro día me pasé media hora con mis compañeros muertos de risa tirados en camas mientras montaban el set, lo bien que me trataron, las relaciones que surgieron, lo feliz que fui. Tal vez esos actores a los que veo en historias imposibles también se sientan en su butaca y cuando ven su peli por primera vez no piensan en la luz ni en el plano, si no en lo felices que fueron creando esa historia para nosotros.

Así que si vais al cine y veis una pareja que cuchichea todo el tiempo y se quedan solos en la sala viendo los créditos, dadles recuerdos, porque seguramente serán del medio, y se quedan ahí no por frikis sino para que haya alguien para leer los nombres de todos aquellos que trabajaron en la peli, que aman su trabajo aunque sean los grandes olvidados, sin reconocimiento, pero que sin ellos no somos nada, porque en esta profesión es importante desde el director hasta el runner que se pega el madrugón para ir a buscar a los actores y llevarlos a set cómodamente cargando sus ojeras y su café, todos son importantes, es un engranaje en el que si falta una pieza, ya no funciona. Se quedan para leer los nombres de aquellos que fueron felices con su trabajo y que no se queden solos iluminando una sala vacía.

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