¿Realidad o ficción?

El cine tiene algo mágico, te transporta a lugares y épocas desconocidas, con personajes que quisieras encontrar en la vida real, pero sobre todo, remueve los sentimientos, millones de sentimientos, o al menos a mi. Recuerdo que incluso de pequeña veía películas y me afectaban muchísimo, empatizo mucho con los personajes, me meto en la historia y la vivo. Mi chico se parte de risa porque me ve gritándole al malo como una descosida, o llorando a lágrima viva como si acabasen de romperme el corazón, “¡Menudo disgusto!”, me dice, pero no lo puedo evitar, si me engancha, lo vivo. 

 

La verdad es que es extraño, recuerdo ocasiones en que me encerraba en mi cuarto a ver una película y cuando acababa me sentía completamente desolada de volver a la realidad, la vida no era tan bonita, no tenía música, ni esa luz, ni yo era tan fuerte como la protagonista, ni el chico lucharía por mi, no, la vida no era así.

 

Hace un tiempo fuimos a ver “El quinto poder”, y salí sumida en un pensamiento de autoreproche: ¿has visto lo que hizo ese tío sólo con un ordenador y un par de esbirros? ¿qué has hecho tú con tu vida?, sintiéndome completamente miserable por no haber hecho algo con mi tiempo, y me planteé: ¿esto es lo que provoca el cine? ¿por qué mi querido cine me hace esto? ¿habré provocado yo ese sentimiento en alguien?

 

Es increíble lo que pueden provocar unas imágenes en un determinado momento, hay películas que todos sabemos que no debemos ver tras una ruptura, o cuando estamos enfermos, o si nos quedamos solos en casa. ¿Quien no ha cometido el error de ver Los puentes de Madison cuando su pareja acababa de dejarle, y acabar sepultado por un mar de pañuelos húmedos y restos de helado de chocolate en los labios? ¿O ver El resplandor una noche en casa porque lo daban por la tele, es un peliculón y hay que verlo, y luego ser incapaz de recorrer el pasillo hasta el baño aún a riesgo de una explosión de vejiga? Sí, queridos, eso es así, es el poder del celuloide.

 

Lo curioso es que pasa algo similar cuando estás al otro lado de la cámara, es decir, cuando eres la actriz, el personaje fuerte por el que lucha el chico, vas al rodaje y durante doce horas eres fuerte, valiente, haces cosas que nunca harías, un hombre te ama con locura y hará lo que sea por no perderte, y hasta que suena un “corten!” te sientes la mujer más especial del mundo, aprendes a montar en moto, te enfrentas a un exmarido… y luego lo ves en la pantalla, con la música, la luz, y piensas: yo lo viví, esa era yo, y recuerdas lo que sentiste y lo revives por un instante, y cuando todo termina te sientes desolada de volver a la realidad, una realidad sin kinos y sin banda sonora, pero a veces, con suerte, con mucha suerte, como la que tengo yo, llegas a casa y hay alguien que hace que te sientas la mujer más especial del mundo y hace que suene Puccini en tu cabeza, sin focos, sin cámara y sin “¡corten!”.

 

El cine puede ser muy cruel, pero también nos regala dulces momentos, trepidantes experiencias, pero debemos ser más listos y no dejarnos llevar, y recordar que muchas veces, más de las que pensamos, la realidad supera a la ficción.

2 comentarios

  • Alberto

    Hola Sonsoles.
    Es cierto ese poder embriagador del cine, de la combinación audio-visual, pero deberíamos reflexionar acerca de ello y fortalecer nuestra capacidad para no dejarnos arrastrar…. si no queremos.

    En cualquier caso es en nuestra realidad cotidiana, en nuestro aquí y ahora, donde realmente nos jugamos darle sentido intenso a nuestra vida.

    Diálogo con el cine, con las lecturas y conversaciones para la vida, por supuesto, pero no entrega a la ficción como sucedáneo de una vida que a menudo, por comparación, sentimos anodina. Lo importante no son los efectos emocionales, sino algo más sutil.

    Curiosamente, anoche estuve pensando en ello después de ver en DVD una vieja película: atrapados en el tiempo. Al principio me pareció una tontería, pero luego ya no.
    Un cordial saludo
    Alberto

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