REFLEXIONES ARTICULADAS

REFLEXIONES ARTICULADAS

 

A ciertas edades nuestras articulaciones nos proporcionan una amplia información acerca de su existencia. A cada momento nos gritan: “que estoy aquí, no me olvides”. Y en verdad uno no puede olvidarlas. Continuamente se están manifestando en forma de pinchazos, sensaciones de ardor o, simplemente dolor o crujidos.

Cuando yo era niño no existían las articulaciones. Al menos nunca pensé que estuviesen ahí. ¡Ea!, cada vez que se juntan dos huesos, ¡cataplán!, allí aparece una articulación. Pero yo no sabía de su existencia. Ajeno a ellas corría, saltaba, me subía a los árboles, me tiraba al suelo, sin tenerlas en cuenta.

Curiosamente antes no las conocía, pero las usaba. Ahora las conozco muy bien, pero apenas las uso.

Pero no hay que culpar a las articulaciones. Ni a los años. Nada de malo tiene una articulación: basta preguntarle a los atletas cuántas medallas han conseguido gracias a ellas. Y, por supuesto, que nada de malo tiene un año: incluso nos hacen regalos por Navidad.

Los problemas empiezan cuando articulaciones y años (no uno, sino muchos) se juntan. Entonces a los huesos que forman la articulación empiezan a salirle agujeritos. Los expertos, sin esforzarse mucho, llaman poros a estos agujeritos. Y, como se producen en el hueso, huesoporos, y al proceso, huesoporosis. Pero esto suena muy feo, nuestro oído no tiene esta palabra en su base de datos. Por eso los médicos antiguos, que eran muy listos, recurrieron al griego y en vez de hueso lo llamaron osteo y, ¡eureka!, en vez de la horrible huesoporosis, la magnífica osteoporosis. Esta palabra ya nos hace más felices, aunque no tanto lo que representa.

 

Nos vemos en la próxima.

Publicado el por Rafael Úbeda en Antropología, Biología, General, Opinión ¿Qué opinas?

El autor

Rafael Úbeda

Médico. Escritor aficionado.

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