Los populistas adulan al populacho

Adolf Hitler, canciller imperial de Alemania (1933) y führer (1934-45). / DA

El nacionalismo y el populismo se asemejan en algo: enardecen los bajos instintos para subir la autoestima colectiva. Son a la democracia lo que las moscas cojoneras a la mula: no la dejan vivir en paz. Al principio de los tiempos, en la antigua Atenas, fue la demagogia. Alcibíades era un estadista y orador del siglo IV antes de Cristo, nacido en una familia aristocrática, que se atraía el favor de la gente con halagos y vanas promesas en una constante apelación a los sentimientos más elementales: el amor propio y el recelo del éxito ajeno, entre otros. En los estudios psicológicos que los filósofos Aristóteles y Platón hicieron sobre esta figura se descubre un componente de perversión en su conducta. Las ruinas de la Grecia clásica vienen de ahí.

Donald Trump. / REUTERS

Donald Trump. / REUTERS

En Estados Unidos saltaron las alarmas cuando el magnate inmobiliario Donald Trump alquiló la Casa Blanca. Para seguirle la broma, le entregaron unas llaves de plástico. Pocos le concedían crédito. Tampoco lo necesitaba. Contra todo pronóstico y sorteando una infinidad de trabas, se pasó el sistema por el arco del triunfo y paseó su narcicismo por la versallesca galería de los espejos. Una vidriera refleja la imagen de Adolf Hitler. En los pasillos de la historia resuena el eco de la retórica. “Este gobierno debe ser una representación de los campesinos alemanes, pues no puedo defender los intereses de un pueblo si al fin no reconozco la fuerza más importante en una clase social, que significa efectivamente el porvenir de la nación”, profirió el canciller en la Cámara alta el 5 de abril de 1933. Diez años antes sentenció: “Aún hoy somos el pueblo menos apreciado de la tierra. Un mundo de enemigos se alza contra nosotros y el alemán debe decidirse también hoy si quiere ser un soldado libre o un esclavo blanco”. El 20 de enero de 2017, Trump agradeció la proclamación presidencial con este discurso: “Hoy no estamos simplemente trasladando el poder de una Administración a otra, o de un partido a otro, sino que estamos transfiriendo el poder de Washington, D.C. y devolviéndoselo a ustedes, el pueblo estadounidense. Durante demasiado tiempo, un pequeño grupo en la capital de nuestra nación ha cosechado los frutos del gobierno mientras el pueblo ha sufragado los costos. Washington floreció, pero el pueblo no se benefició de esa riqueza. Los políticos prosperaron, pero los empleos desaparecieron y las fábricas cerraron. Desde este día, volveremos a ser América primero”.

Las comparaciones son tramposas, porque las épocas distan de ser copias. En su sano juicio, la estatua de la Libertad no imagina la repetición de los horrores del nazismo. Sus ojos han contemplado calamidades peores que los excesos del mandato en los márgenes de la legalidad. No obstante, inquieta el parentesco del mensaje que justifica el veto a la entrada de refugiados y migrantes con la persecución a los judíos: “El desenfreno, la intemperancia en el comer y en el beber y la especulación, de los que hace ostentación el abierto escarnio… El así llamado Estado libre alemán se ha transformado en el refugio donde estas sabandijas pueden enriquecerse desenfrenadamente” (Hitler, 1923). Trump salva a “aquellos que apoyen a nuestro país y que quieran profundamente a nuestra gente”. La orden ejecutiva ambiciona “proteger al pueblo de ataques de extranjeros admitidos en Estados Unidos”. El problema esencial con la inmigración es, en su opinión, “el impacto de las cifras récord en los empleos, los salarios, las viviendas, las escuelas, las facturas fiscales y las condiciones de vida. Esas son, entiende él, “preocupaciones válidas, expresadas por ciudadanos decentes y patriotas de cualquier origen social”.

Marine Le Pen. / REUTERS

Marine Le Pen. / REUTERS

En el fango de una crisis multidisciplinar, la nostalgia de los valores tradicionales, la soberanía, la antiglobalización, el proteccionismo, la defensa numantina ante las magnificadas amenazas externas, la optimización del pesimismo y el mito de la grandeza familiarizan a los nuevos profetas con las prédicas de Hitler. La evolución tecnológica ha modernizado los métodos propagandísticos de Joseph Goebbels, un agitador de masas plenipotenciario que basaba su táctica en once principios: simplificación y un enemigo único; efecto contagio (los adversarios constituyen una suma individualizada); transposición (cargar sobre el rival los propios errores o defectos y, si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan); exageración y desfiguración; vulgarización; orquestación (reiteración de un número pequeño de ideas desde diversas perspectivas); renovación de la información y de los argumentos para que el público se interese en otra cosa cuando los aludidos respondan; verosimilitud; silenciación (acallar las cuestiones endebles y disimular los relatos que favorecen al contrario); transfusión (arraigo en temores y prejuicios), y unanimidad (crear la impresión de que es lo que piensa la inmensa mayoría). La doble conmoción por el brexit (referéndum para la salida del Reino Unido de la Unión Europea) y Donald Trump elevó el neologismo posverdad a la categoría de palabra del año (2016) del Diccionario Oxford. Este concepto conecta con la realidad virtual: lo sentido (emoción) se convierte en una creencia.

Vladímir Putin. / REUTERS

Vladímir Putin. / REUTERS

Europa respira contaminación y Vladímir Putin suspira. El ruso se relame los labios, impregnados de miel, deseoso de llevar en volandas a Marine Le Pen, en Francia, y Geert Wilders, en Holanda.

 

 

 

 

‘Mein Kampf’, el libro más vendido en Alemania

Mein Kampf. / REUTERSProhibido en Alemania a lo largo de siete décadas, el libro Mein Kampf (Mi lucha) vendió 85.000 ejemplares en un año. Eso sí, es una edición crítica editada por el Instituto de Historia Contemporánea de Múnich (IfZ). La obra ya va por la sexta edición, en dos tomos de 1.948 páginas que reproducen el texto que Adolf Hitler escribió entre 1924 y 1926, mientras cumplía condena en Baviera por el golpe de la cervecería.

 

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El autor

DNM

Domingo Negrín Moreno es licenciado en Geografía e Historia y Periodismo por la Universidad de La Laguna. Durante una larga temporada coordinó Nacional/Internacional en 'La Gaceta de Canarias', periódico en el que se ocupó posteriormente de las jefaturas de Sociedad/Cultura y Canarias. En enero de 2006 se incorporó a 'Diario de Avisos', donde también desempeña su faceta humorística. Antes, ejerció de redactor en Radio Club Tenerife (cadena SER) y participó en la fundación de Radio 21, Sociedad Anónima Laboral. Tres años después de haber sido premiado por RNE en un concurso de guiones se convirtió en uno de los diez jóvenes españoles al encuentro de Europa seleccionados por la cadena pública. Coautor de viñetas de actualidad, ha escrito un libro -'Quijotadas' (Turquesa)- que repasa situaciones asombrosas y divertidas.

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