Un maestro del ingenio y la sátira

María Elena González Ramírez, la hija del director de la Fufa, en el taller de su padre de la calle de La Noria. / FRAN PALLERO

Por Nana garcía

Es curioso. El Carnaval 2011 de Santa Cruz de Tenerife está dedicado a Enrique González Bethencourt (Santa Cruz de Tenerife, 1924-2010), una figura que, por primera vez en décadas, se añorará este mes y medio con profunda pena, pero que a la vez será omnipresente en todos y cada uno de los pequeños y grandes acontecimientos que conforman la fiesta de la máscara. Y entre tanto amigo, conocido, carnavalero, murguero o admirador, los que experimentarán sentimientos encontrados serán su mujer Jesusa Ramírez Díaz y sus hijos, quienes supieron comprender y apoyar mejor que nadie la pasión que el padre de las murgas, un chicharrero nacido en El Toscal, sentía por el Carnaval. “Fue el padre más divertido del mundo y su prioridad, antes de bajar cada día a la murga, siempre fue mi madre”, afirma su hija María Elena González Ramírez (Santa Cruz de Tenerife, 1958).

Se hizo querer por todos, haciendo gala de una grandeza de carácter irrepetible. Amó, respetó, protegió y apadrinó el Carnaval como nadie, y todavía hay quienes cuestionan el lema decidido por el Ayuntamiento este año, Enrique González: Homenaje al Maestro. Desde las filas de la Afilarmónica Ni Fú-Ni Fá, “él luchó contra la policía, luchó contra el clero, se enfrentó a la Guardia Civil, instauró el concurso de murgas infantiles, rescató el Entierro de la Sardina, el propio Carnaval de Día lo inventaron ellos mismos porque llevan toda la vida saliendo a la calle por las mañanas”, recuerda su hija. Y no podía ser de otra forma. Con un presupuesto reducido, el de este año será “un Carnaval de los de Enrique González”, sencillo sin gran fastuosidad, como los que añoraba con nostalgia el maestro.

En un emotivo encuentro con DIARIO DE AVISOS en el taller de su padre, ubicado en la segunda planta del local de la Fufa en La Noria, Elena González relata el lado más humano del maestro, la persona que después de haber cursado la carrera de Aparejadores y Bellas Artes, dedicó su existencia a sus dos familias, su mujer y tres hijos y la murga, formación a la que estuvo vinculado desde 1951. Todo permanece intacto, tal y como él lo dejó. En esas cuatro paredes “siempre estaba inventando cosas” como los “instrumentos musicales” de la murga: un violín con una pata de jamón en el mástil, sandungas, sofisticados pitos con forma de saxofón, trompeta o trombón, o la campana del tranvía hecha con una maceta de arcilla. Allí también se encargaba de idear el diseño que cada año lucía la Afilarmónica Ni Fú-Ni Fá y el de la Sardina, en cuya confección colaboró con su hija en los últimos 15 años. “Sin lentejuelas y plumas, porque no las soportaba”, dice Elena. Este año es ella la encargada de la fantasía de la murga decana, que emulará, con tejidos actuales, al disfraz con el que se estrenaron en el Carnaval en 1961.

Y cuando perdía de vista a la murga, ingeniaba divertidas maneras de educar y hacer felices a sus hijos. “Cuando no estaba en el taller, estaba en casa inventando juguetes de todo tipo para nosotros y nos llevaba al monte a enseñarnos bichos porque le encantaba la naturaleza”, muy a pesar de su mujer, quien terminó resignándose a las inquietudes de este niño grande. Particularmente su pasión por los animales. “Le gustaban mucho los peces y siempre teníamos algún bicho en casa, lagartos, hámsters, un loro, cuatro perros… y siempre traía al más enfermo de todos”, rememora Elena.

Enjuto y risueño, el padre de las murgas dedicó su vida al Carnaval, del que recibió mucho cariño. / FRAN PALLERO

Un hombre generoso

“El canario grande de la guitarra chica”. Así lo conocían en Madrid donde cumplió las Milicias Universitarias en los años 40 del siglo pasado, donde, junto a su timple, llevó su arte, su jovialidad y generosidad. Allí enseñó a leer y escribir a todos los soldados compañeros que procedían de zonas rurales. “No era nada egoísta. Si hasta salía de casa sin dinero y volvía con cinco euros en el bolsillo”, bromea su hija.

Ese mismo altruismo le llevó a compartir sin recelo ni maldad sus ideas y arte con componentes de la Fufa, así como con los de otras murgas infantiles y adultas de Santa Cruz y de Las Palmas (Los Serenquenquenes, por ejemplo) que hoy en día continúan su legado.

Constantemente fue sincero, claro y transparente. De hecho, aún resuena su rechazo a “los coros de las murgas de ahora con letras tan grandes”. “Echaba de menos más crítica y que salieran más a la calle para divertirse, no por dinero”. Hay que recordar que, junto a Navarrito y Mingorance, Enrique González elaboró temas con los que pudo esquivar la censura franquista. “Todo ello bajo la supervisión de mami, que era la que las corregía”, cuenta su hija.

“Nunca supimos de qué partido era, decía que el Carnaval no tiene color político”, agrega. Más allá de la politización de la fiesta de la máscara, o las afiladas críticas que su murga hacía cada año a los gobernantes, “Don Enrique”, como así era conocido en el entorno santacrucero, hacía gala de una gran nobleza y sencillez interior y “miraba a la persona no la ideología”, afirma Elena. Y aunque se llevaba bien con todos, “sus grandes amigos fueron Mardones y Hermoso”.

Este Carnaval, La Noria echa de menos el silbato con el que el maestro avisaba a los componentes de la Fufa desperdigados por las cantinas de otros grupos que el ensayo comenzaba. Hay personas irrepetibles, inolvidables que se convierten en leyendas. Más allá del Carnaval, Enrique González fue un hombre “sencillo y cariñoso” que conquistó los corazones de muchos tinerfeños. Gracias maestro.

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