La apoteosis blanca

 

DAVID SANZ | Santa Cruz de La Palma

La Palma espera la llegada de Los Indianos con la misma ilusión que los niños aguardan la aparición de los Reyes Magos. Es la fiesta que los palmeros se han dado para hacer explotar todo el espíritu festivo que encierra la Isla Bonita, que ha contagiado al resto del Archipiélago, de donde cada vez son más las personas que no quieren perderse el que se ha convertido en el lunes de carnaval más genuino de Canarias. Esta ilusión por celebrar Los Indianos se palpaba desde primera hora de la mañana en la capital palmera, donde ya se podía ver gente ataviada de los tradicionales colores blancos y crudos con que representan el fenómeno de la migración, que hoy vuelve a estar presente en la vida de los canarios.

Con el paso de los años, esta gran parodia que representa el regreso de los palmeros que fueron a hacer las américas y regresan ahora presumiendo de su fortuna, se ha ido extendiendo en el tiempo, amaneciendo de indiano Santa Cruz de La Palma hasta la madrugada. A la vez que ha crecido en participación, con unas cifras que se han disparado en la última década, ha puesto en la capital palmera un número de personas que casi roza la población de la Isla. En esta edición, alrededor de 60.000 personas participaron en el día grande del carnaval palmero.

Un día de Los Indianos que tiñó de blanco una jornada de luto, marcada por el trágico accidente que tuvo lugar el domingo en puerto de Santa Cruz de La Palma, con cinco fallecidos y tres heridos mientras realizaban un ejercicio de simulacro de evacuación con un bote salvavidas del crucero Thomson Majesty. Las autoridades municipales decidieron seguir adelante con las fiestas, entre otras cosas, porque Los Indianos es una celebración que protagoniza el pueblo, donde la participación de la Administración es casi nula. Como una paradoja, el luto del domingo, se transformó en el blanco de la inmensa nube de polvos que sobrevoló la ciudad.

Fue precisamente en el muelle capitalino donde tuvo lugar el primer hito de la jornada festiva, con el desembarco de la Negra Tomasa. Pero este año, por respeto al trágico suceso vivido en el puerto, el singular personaje que encarna Sosó hizo su aparición en la puerta norte del muelle, acompañado de multitud de indianos que se desplazan desde Tenerife y con los palmeros que le esperaban a su llegada. Con su peculiar danza, contoneando sus generosas caderas, desplegó toda su gracia, contagiando a los espectadores que se acercaron a darle el recibimiento.

Mientras tanto, en la plaza de España, rebosante de indianos bailando al son de la música cubana, tenía lugar el acto conocido como La Espera, aguardando la llegada de la Negra Tomasa. Embajadores de distinta procedencia esperaban a la dama negra de la fiesta de Los Indianos, mientras en la atmósfera solo se podía respirar los polvos de talco que contagiaba el ambiente festivo.

Antonio Abdo y Pilar Rey, como maestros de ceremonia, dieron la bienvenida a la Negra Tomasa, que llegó acompañada del alcalde, y desató un estallido de alegría entre los indianos, que saludaron a este entrañable personaje, acompañando su danza frenética y espontánea.

La fiesta prosiguió con la misma fuerza, mientras la calle Real era un auténtico colapso de gente que subía y bajaba entre la tiniebla de los talcos. Otros rincones de la ciudad, más sosegados, como La Alameda, también conservaban el mismo ambiente festivo respirando el aire de la Perla del Caribe.

El desgaste de la mañana condujo a otro de los rituales del lunes de carnaval. Poco a poco la gente se fue retirando de la calle. Los restaurantes, llenos hasta la bandera; las casas donde se juntan grupos de amigos y muchos coches con las viandas previamente preparadas, reunieron a los indianos pasadas las dos de la tarde. Nada mejor que una buena comida, en compañía de los amigos y con las parrandas, para preparar el cuerpo para el resto de la jornada.

Con la llegada de la tarde presuntamente arrancó el desfile de Los Indianos desde el puerto hasta La Alameda. Y decimos presuntamente porque este desfile hace unos años dejó de existir. Una marabunta de blanco colapsa la calle Real, sin orden ni concierto, un paseo anárquico, como es también en parte esta fiesta, que no paró hasta bien entrada la madrugada. Y así, un año más, la magia de Los Indianos volvió a cautivar a una Isla que, como dice el artista palmero Luis Morera, hace de esta celebración una representación teatral, donde no existen los espectadores porque todos son protagonistas.

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