Lágrimas e histeria despiden a Don Carnal (galería de fotos)

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JORGE MARTÍNEZ | Santa Cruz de Tenerife

Ayer las calles de Santa Cruz de Tenerife fueron testigos del acto más transgresor del Carnaval chicharrero. Con motivo del Entierro de la Sardina, uno de los eventos más arraigados en el pueblo pese a que no es uno de los que más repercusión genera, las vías de la capital fueron testigo de un desfile, que pese a repetirse cada año, siempre sorprende. La Sardina fue acompañada por una desolada comitiva. Hubo llantos, letanías e incluso mareos que se convirtieron, tras segundos de tambaleo, en desmayos. Todo este paisaje de histeria fue contrarrestado por bailes a ritmo de batucada y una gran simbología sexual, que despertó las carcajadas de tinerfeños y extranjeros que se situaron en las aceras.

El ritual estrenó en este Carnaval de Los Dibujos nuevo punto partida. A las 21:16 horas la Sardina salió desde la calle Ramón y Cajal dirección la calle la Marina, custodiada siempre por la Cofradía del Chicharro. Como es habitual, el desfile fue sumando participantes mientras avanzaba por las calle abajo. Viudas lloraban sin freno, la procesión había comenzado. Entre los más adelantados, los personajes ya caracterísitcos del entierro. Los botones de hotel fueron como siempre los encargados de llevar la corona de flores. Las Celias pusieron el toque de distinción con sus bellos trajes. Inseparables como cada año de sus perros, en esta ocasión dos huskies.

También de los primeros en la marcha se encontraban la novia embarazada, obispos, curas, monjas…¿Y Popeye? Él se dejó ver entre la gente, en plena batucada. Incluso, en ocasiones, se atrevió a marcar el ritmo con sus caderas. En la comitiva no podían faltar ellas. Tardaron en dejarse ver pero ahí estaban Las Magas. Con megáfono en mano preparadas para realizar su espectáculo. Con todo esta plantilla de personajes ya propios de la cita, el inicio no fue fluído. Era de esperar. Mucha pena, angustia. Algunas viudas eran ayudadas por familiares, amigos… pero era imposible. Caían al suelo desoladas. Entre tanto, si querías confesar algún pecado de última hora, solo tenías que acudir al confesionario móvil, que con algún que otro susto, a causa de la inestabilidad del mismo, acompañó a la Sardina.

Ésta era la gran protagonista. Lucía todavía medio disfraz de pez payaso, el cual se lo quitaba poco a poco. La fiesta llegaba a su fin. Y lo hacía con cantidad de carnavaleros espontáneos, que vestidos de negro no se quisieron perder la oportunidad. El trayecto continuó por las calles de Méndez Núñez, Pilar, Villalba Hervás, La Marina. Terminó junto a la Alameda del Duque de Santa Elena, donde la Sardina fue incinerada. Ello dio paso a bailes en la plaza de la Candelaria, que era la guinda a un acto que muestra la esencia del verdadero Carnaval. Entre lágrimas y risas, entre llantos y carcajadas. Una cita donde las ganas de pasarlo bien a partir del vacilón sano se apoderó de las calles de la capital.

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