Cuando el Carnaval tinerfeño se ‘disfrazó’ de Fiestas de Invierno

José Manuel Ledesma | Santa Cruz de Tenerife

Cuando en el siglo XVIII Santa Cruz pasó a ser el puerto más importante del Archipiélago canario, la burguesía ligada a la actividad comercial comenzó a protagonizar una serie de actos sociales, entre los que se encontraba el baile de Carnaval. Como la gente del pueblo se divertía en la calle, algunas damas de la sociedad,  las tapadas, se unían a estos festejos cubriéndose el rostro. Aunque en tiempos de Carnaval el uso de la máscara, careta o antifaz estaba prohibido, en nuestra Isla “el me conoces mascarita” se lograba pintándose la cara con un corcho quemado o cubriéndola con el abanador. Durante el régimen -que no dieta- de Primo de Rivera (1923-1930) los bailes de disfraces se celebraban en las sociedades, aunque de forma camuflada, a la vez que las máscaras salían a la calle retando a la Policía Armada (los grises).

Tras los periodos bélicos, ocurridos entre 1936 y 1945, el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife se celebró de forma clandestina, en mayor o menor grado según el parámetro de tolerancia de los distintos gobernadores, quienes, después de  publicar el bando con las pertinentes prohibiciones, se marchaban de Santa Cruz con la excusa de un ineludible viaje al sur de la Isla.
Debido al talante liberal que los chicharreros demostraron a lo largo de los años, divirtiéndose sin menoscabar la moral ni el orden establecido, la autoridad gubernativa fue siendo más indulgente, a pesar de que en el resto del país aún no se había levantado su prohibición. El mandato de mayor tolerancia carnavalera ocurrió en la etapa de Santiago Galindo Herrero (1958-1960), gobernante al que le gustaba asistir a la mayoría de los actos que se celebraban. Aún conservo en la retina su presencia en la avenida de Anaga, mezclado entre los espectadores que presenciábamos el Coso.

Una feliz idea

Pero, en 1961, el gobernador civil Manuel Ballesteros Gaibrois, el obispo tinerfeño Domingo Pérez Cáceres, y el secretario de la Junta Provincial de Información y Turismo, Opelio Rodríguez Peña, tuvieron la feliz idea de sustituir el nombre de Carnaval por Fiestas de Invierno. De esta manera, en 1967 los únicos Carnavales que se celebraban en toda España fueron declarados Fiestas de Interés Turístico Nacional, distinción que, en 1980, alcanzaría el título de Fiesta de Interés Turístico Internacional, al ser una celebración popular, vivida con profunda intensidad, llegando a formar parte de la historia de Santa Cruz de Tenerife.

Ante la categoría que el Carnaval -Fiestas de Invierno- fue adquiriendo, el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife sentó en 1961 las bases para su despegue definitivo, comenzando a programar y organizar los actos que se iban a celebrar. Se editan los primeros carteles anunciadores de la fiesta, realizados por afamados artistas (Alfonso Esteban se disfrazaba cada año de cartel viviente), y comenzaron a celebrarse los certámenes de rondallas, las más veteranas del Carnaval chicharrero (1891); las murgas, con sus letras dotadas de un matiz humorístico, crítico e irónico; las comparsas, que mezclan el ritmo, el color y la alegría con sus coreografías; las agrupaciones coreográficas, cuya música y baile  está relacionada con la alegoría que visten; las agrupaciones musicales, herederas de la vieja parranda carnavalera, con su repertorio y vestimenta inspirados en el folclore mejicano; los concursos de disfraces, en los que Miguel Delgado Salas fue uno de los más laureados y admirados personajes que participaba con su artístico disfraz; la Canción de la Risa, certamen recién constituido, donde el humor debe imperar por encima de todo, etc.

Una vez finalizados los distintos concursos, todas las agrupaciones citadas, acompañadas de miles de personas disfrazadas, se dan cita en la Cabalgata Anunciadora de la fiesta. Luego tiene lugar la gala de elección de la Reina del Carnaval, un espectáculo en la que las jóvenes más bellas de la ciudad se realzan con preciosos vestidos diseñados por equipos de expertos, mientras las agrupaciones que han obtenido los primeros premios nos deleitan con sus interpretaciones. Y, el Coso del Martes de Carnaval, donde se vive la apoteosis de la fiesta en la avenida de Anaga, lugar donde se reúnen los que han participado en los distintos actos, acompañados de personas disfrazadas, carrozas y coches engalanados. Durante el Carnaval, cientos de miles de personas se entregan a la diversión sana y bullanguera, al ritmo trepidante y festivo que se vive en la calle, produciendo una fusión de color y sana alegría. La ausencia de actos hostiles, que ha hecho al Carnaval chicharrero acreedor de ser el más seguro y participativo del mundo, viene dado por la convivencia y hospitalidad del pueblo tinerfeño.

Los bailes

Desde la aparición de las primeras sociedades culturales y recreativas de Santa Cruz, en 1840, siempre han procurado ofrecer a sus socios y parroquianos los bailes de disfraces, tanto durante el siglo XIX, como en los años de la prohibición más absoluta. El evento social más importante del Real Casino de Santa Cruz era el baile del Lunes de Carnaval. Se asistía de rigurosa etiqueta o uniforme, siendo invitadas las primeras autoridades civiles y militares, así como numerosas personalidades de Tenerife. A partir de 1925 se permitió el disfraz.
Los bailes populares que se celebran hasta el amanecer en varias plazas de la ciudad, ofrecidos por prestigiosas orquestas, siempre han tenido gran afluencia de público, tal y como ocurrió en 1987, cuando en la plaza de España de Santa Cruz una doscientas cincuenta mil personas se reunieron para bailar la misma canción con la orquesta Billo’s Caracas Boys, y la inolvidable Celia Cruz, logrando la consecución del récord Guinness.
 
Ilustres del Carnaval

Ilustres de la fiesta chicharrera han sido, por ejemplo, Los Fregolinos, agrupación lírico-musical que, desde 1961, actúa con orquesta de viento y coro de voces masculinas, interpretando afamadas obras del género chico (zarzuelas).     

Otro carnavalero ilustre inolvidable es el Charlot de Tenerife, Pedro Gómez Cuenca, conocido por su habitual disfraz inspirado en el personaje cinematográfico, con el que durante varias décadas ejerció de embajador del Carnaval tinerfeño en multitud de regiones y países.

Entierro de la sardina

El miércoles de ceniza se despide el Carnaval con la incineración del chicharro. A la irreverente procesión, burlesca y desenfadada, se unen plañideras y viudas que, entre lágrimas y desmayos, lo trasladan hasta las proximidades del muelle para que el fuego expiatorio nos libre de los excesos cometidos durante la fiesta. Con esto se da paso a la Cuaresma, tiempo de reflexión religiosa y espiritual. Y como colofón, las fiestas del Carnaval terminan cada año con la Piñata Chica, el sábado y domingo siguiente.

La Comisión de Fiestas de Santa Cruz de Tenerife protagonizó un capítulo importantísimo en el resurgir de la fiesta del Carnaval en varios municipios de la Isla y otras localidades del Archipiélago. En 1976, cuando la ciudad de Las Palmas quiso recuperar el Carnaval, después de cuarenta años de suspensión, Santa Cruz le envió una representación del nuestro, una vez concluidas las fiestas. Les gustó tanto que al año siguiente la organización canariona invitó a la totalidad de los grupos carnavaleros de Tenerife, fletando un ferry para tal fin.
Gracias a estas fiestas populares, el volumen de negocio que mueve el sector profesional de costureras y diseñadores, junto con los comercios textiles y de complementos, especializados en la venta de artículos carnavaleros es considerable y un auténtico motor de la economía de la capital. De la misma manera, la llegada de turistas y visitantes estimula los negocios de hoteles, restauración, taxi, etc. Por lo tanto, puede afirmarse que el Carnaval es para Santa Cruz mucho más que una fiesta.

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