Pobres diablos

Pensar que la acción del desempleado que hirió a tres personas en Roma hace unos días es sólo el fruto del delirio de un perturbado es tan estúpido como mantener que no hay relación alguna entre las bombas que estallaron en la línea de meta de la maratón de Boston y la política exterior de los Estados Unidos. Lo fácil es hablar de gentes sin dominio de sí mismos, de locos, de personas sin capacidad de razonar. Es una manera de mirar hacia otro lado.

La política económica europea es un sinsentido. Los herederos ideológicos de Margaret Thatcher ganaron la partida y en apenas unas décadas, el esfuerzo de postguerra por crear una Europa social y pacífica se fue al traste. Un 23,4% de la población europea está en situación de pobreza o en riesgo de cruzar esa peligrosa línea que separa la tranquilidad de la desesperación. Un caldo de cultivo peligroso en un continente que suele liberar sus tensiones internas a base de guerras globales y guillotina.

El otro día leí que Europa se latinoamericaniza. Es curioso que esto suceda justo en el momento en el que Latinoamérica se europeíza. En los últimos años, el continente ha emprendido el camino del desarrollo a la nórdica, esto es, apostando decididamente por el gasto público y las políticas de redistribución de la riqueza. Y los resultados están ahí. Aún incipientes. Pero certificados por instituciones tan libres de sospecha de comunismo (como gustan decir los apologistas de este liberalismo genocida que nos condena al abismo) como la ONU.

Los pasos son aún pequeños. Y los resultados, insignificantes tras dos décadas de orgía neoliberal. En Europa habrá que empezar de cero. En países como Argentina, Brasil, Bolivia o Ecuador, el punto de partida fue menos mil. El libre mercado es la jungla. Uno, que tiene la losa hobessiana del pesimismo social, no alcanza a ver las bondades de ese mundo sin barreras ni reglas que algunos pinan como el paraíso. En mis viajes por ese continente vasto y rico no he hecho más que ver las consecuencias de ese tipo de políticas económicas que hacen inmensamente ricos a los ricos y que convierte al común en una suerte de legión de desarrapados. Miseria. Por donde pasa el mercado ya no crece la hierba. Y las gentes que quedan se comen unos a otros para sobrevivir. Sólo hay que echarle el ojo a Chile ese alumno aventajado de la horda liberal.

Un modelo que, a la postre, sólo puede mantenerse con el ejercicio de la violencia institucionalizada para contrarrestar la violencia social. Y al final, uno se da cuenta de que las víctimas, en uno y otro caso, son las mismas. Las bombas que lanzan los drones de la ‘democracia’ y el libre mercado siempre caen sobre las cabezas de los miserables. Los porrazos de la policía no se clavan entre las costillas de los poderosos. Las suicidas medidas económicas de esta Europa a la deriva siempre mandan al arroyo a los de abajo. Los tres disparos que un hombre sin futuro disparó en una plaza de Roma hirieron a dos policías y una mujer embarazada. Las mochilas bomba que explotaron en Boston mataron a tres personas sencillas. En definitiva, sólo pueblo. Como siempre.

José Jiménez Almeida en Facebook

Publicado el por José Jiménez Almeida en Desigualdad, Economía, Latinoamérica, Neoliberalismo, Opinión, Política ¿Qué opinas?

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