54.000 muertos

 

Buenos Aires no se construyó para guardarse de la calle. Basta un paseo por barrios como Caballito, donde un servidor reside, para darse cuenta de ello. La casona porteña, esa que hizo de esta metrópolis austral una de las más bonitas del mundo, tiene zaguanes amplios con puertas acristaladas, ventanales enormes y azoteas generosas con patios amplios donde uno puede poner la inevitable parrilla. Son casas construidas ara estar abiertas de par en par; casas luminosas en las que el sol entra a raudales. Son muestra de tiempos, no muy lejanos, en los que se podía pasear por las calles adoquinadas y arboladas sin preocuparse por nada aún en altas horas de la madrugada.

Mi abuelo, que vivió algunos de sus mejores años en esta ciudad, me habló siempre de calles limpias y tranquilas; de gentes muy educadas y serenas (y para que negarlo, de mujeres hermosas y elegantes). No hay que irse muy lejos. Hablas con gentes que, como uno, rondan las cuatro décadas, y te cuentan sus añorados paseos de madrugada por una capital amable y segura.

Buenos Aires antes daba gusto, coinciden. La realidad de la metrópolis porteña, hoy, es otra. En las últimas dos décadas, en Argentina se han producido más de 54.000 asesinatos. Números terribles, sin duda alguna. La escalada de violencia se inició en 1991 con picos terribles en los años 2001 y 2002, en los que, según los datos oficiales, se produjeron 3.048 y 3.453 muertes violentas. Lo de las fechas no es cosa casual. Coinciden con hechos económicos clave en la historia del país.

A principios de los años 90, el gobierno argentino empezó a implementar las recetas económicas sugeridas por el Fondo Monetario Internacional. Fueron los tiempos del famoso Consenso de Washington. Ahí empezó la escalada de muertes violentas, con picos insostenibles durante los dos peores años de la reciente historia del país. Fueron los años del ‘Corralito’. Con las recetas neoliberales se multiplicaron las villas miseria, aumentó exponencialmente la pobreza y se polarizó la sociedad. A la vista de las casuchas de chapa y desperdicios de la Villa 31 se levantaron los rascacielos de lujo de Puerto Madero. Y Buenos Aires se convirtió en una ciudad insegura, con preocupantes índices de violencia.

El liberalismo económico es un generador automático de delincuencia. Delincuencia a dos niveles; la delincuencia de los pobres desarrapados que se acostumbran a robar para sobrevivir y la de los grandes apellidos que defraudan al fisco; la del camello y la del gran traficante; la del carterista y la del funcionario corrupto; la de los que saquean las casas de sus semejantes porque no pueden trabajar en otra cosa o la de los que, amparados por el todo vale de una ideología sin moral, reducen a las naciones a la miseria a golpe de rumor y ataque financiero.

Delincuencia, al fin y al cabo. Hija inevitable de la dictadura del mercado; en el Londres de Charles Dickens y en el Buenos Aires de nuestros días. Hoy, las casas hermosas de mi barrio porteño lucen enormes rejas de barrotes y los patios se techan a cal y canto para evitar que nadie te despierte a medianoche a punta de pistola. Y cuando caminas por la noche miras al portal antes de entrar por si las moscas. Vayan preparándose. Es inevitable. Pronto, muy pronto, las calles de Vegueta o La Laguna se llenarán de barrotes, rejas y alambradas electrificadas. Cosas del mercado y de la miseria planificada con la que los gurús de la economía libre someten a los pueblos.

Publicado el por José Jiménez Almeida en Delincuencia, Desigualdad, Economía, General, Latinoamérica, Neoliberalismo, Opinión ¿Qué opinas?

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