Delincuencia

Delincuentes comunes

Esta semana que recién terminó nos dejó un regusto extraño. Sé que es una canallada alegrarse de la muerte de nadie; por más nocivo y repugnante que haya sido el individuo o individua en cuestión. Pero que quieren que les diga. Se nos fue Videla. Uno de los tantos sátrapas latinoamericanos que se puso al servicio de los de siempre para hundir a los de siempre. La primera vez que hablé con alguien de la dictadura argentina me valió una aclaración acalorada. “Esto no fue una dictadura militar. Ese es un error interesado difundido por los grupos económicos que la sustentaron y apoyaron”, me comentó una vez Alfonso. Por eso acá la llaman dictadura cívico militar. Porque fue una dictadura económica que hizo uso de los militares para imponer su modelo. El modelo liberal, por supuesto. Ese del que la genial Anna Arendt dijo que era algo así como dejar libre a la zorra dentro de un corral cerrado de gallinas libres.

Estos días me he acordado de Alfonso. Y mucho. Cuando los milicos dieron el golpe era un joven de esos que sueñan con Olimpiadas y gestas deportivas. Se entregó cuando alguien le dijo que su hijo de seis años lo iba a pasar mal si no salía del “agujero de rata” en el que se encontraba. Me dijo que lo primero que le dijo el oficial de interrogatorios fue “mirá negro que cuerpecito más lindo que tiene el flaco. Buen voltaje vas a soportar”. Y después me habló, casi sin pestañear, de las descargas en los genitales; de las palizas sin preguntas de por medio; de esa muerte en vida que vivieron los desaparecidos.

Y también pensé en Ana que, allá en Iquique (Chile), me contó que mientras la violaban una y otra vez, podía oler con claridad el perfume del hombre que, con acento norteamericano, daba instrucciones a los policías. “Mira que han pasado años desde entonces y cada vez que huelo ese maldito perfume me orino encima. Me ha pasado cinco veces en la calle”, me confesó antes de echarse a llorar. Mira que aguantó estoicamente cuando me contaba lo de las penetraciones anales, lo de los golpes, lo de las pinzas en los pezones, pero cuando se acuerda de lo que siente uno cuando se orina en la calle, simplemente se derrumbó. “Consiguen que pierdas la dignidad. Eso es lo peor de todo”.

También me vino a la cabeza una charla de domingo con Violeta, en Calama (Chile), una de las mujeres que, durante años y pala en mano rastreó el Desierto de Atacama en busca de los huesos de su marido asesinado por los militares de Pinochet por ser “un seguidor de Allende nomás”. No tengo ni que repasar las notas para transcribir letra por letra una de las angustias que compartió conmigo: “Una vez un concha de su madre de estos me llamó y me dijo: Violeta, huevona, hace unos días estuviste encima de la tumba del hijo de puta de tu marido”.

Sobran las palabras. Y que me dicen de don Anselmo, el viejo minero boliviano que me describió con todo lujo de detalles lo que se siente cuando a uno le sacan las uñas con unas tenazas. “El dolor te sube desde la punta de los dedos hasta la espalda y te estalla en la cabeza”. Anselmo era un extremista que pidió derechos laborales para sus compañeros. Un peligro para la buena marcha del libre mercado.

Videla pasó sus últimos años en una cárcel común como lo que era: un criminal abyecto. Franco murió en la cama y Fraga fue presidente de una comunidad autónoma hasta poco antes de que la vida se lo llevara por delante. Tan demócrata como era. Los Pinochets, Stroessners, Videlas, Banzers, Bordaberrys, Francos y demás ralea fueron ejecutores de políticas económicas impuestas a través del uso de la violencia más extrema. No fueron más que brazos ejecutores al servicio de los que, lamentablemente, siguen ocupando los sillones mullidos de los consejos de administración de grandes empresas. Esos morirán en camas lujosas; o en hospitales de sonoros nombres en ciudades del norte.

Publicado el por José Jiménez Almeida en Delincuencia, Economía, General, Latinoamérica, Neoliberalismo, Opinión ¿Qué opinas?

54.000 muertos

 

Buenos Aires no se construyó para guardarse de la calle. Basta un paseo por barrios como Caballito, donde un servidor reside, para darse cuenta de ello. La casona porteña, esa que hizo de esta metrópolis austral una de las más bonitas del mundo, tiene zaguanes amplios con puertas acristaladas, ventanales enormes y azoteas generosas con patios amplios donde uno puede poner la inevitable parrilla. Son casas construidas ara estar abiertas de par en par; casas luminosas en las que el sol entra a raudales. Son muestra de tiempos, no muy lejanos, en los que se podía pasear por las calles adoquinadas y arboladas sin preocuparse por nada aún en altas horas de la madrugada.

Mi abuelo, que vivió algunos de sus mejores años en esta ciudad, me habló siempre de calles limpias y tranquilas; de gentes muy educadas y serenas (y para que negarlo, de mujeres hermosas y elegantes). No hay que irse muy lejos. Hablas con gentes que, como uno, rondan las cuatro décadas, y te cuentan sus añorados paseos de madrugada por una capital amable y segura.

Buenos Aires antes daba gusto, coinciden. La realidad de la metrópolis porteña, hoy, es otra. En las últimas dos décadas, en Argentina se han producido más de 54.000 asesinatos. Números terribles, sin duda alguna. La escalada de violencia se inició en 1991 con picos terribles en los años 2001 y 2002, en los que, según los datos oficiales, se produjeron 3.048 y 3.453 muertes violentas. Lo de las fechas no es cosa casual. Coinciden con hechos económicos clave en la historia del país.

A principios de los años 90, el gobierno argentino empezó a implementar las recetas económicas sugeridas por el Fondo Monetario Internacional. Fueron los tiempos del famoso Consenso de Washington. Ahí empezó la escalada de muertes violentas, con picos insostenibles durante los dos peores años de la reciente historia del país. Fueron los años del ‘Corralito’. Con las recetas neoliberales se multiplicaron las villas miseria, aumentó exponencialmente la pobreza y se polarizó la sociedad. A la vista de las casuchas de chapa y desperdicios de la Villa 31 se levantaron los rascacielos de lujo de Puerto Madero. Y Buenos Aires se convirtió en una ciudad insegura, con preocupantes índices de violencia.

El liberalismo económico es un generador automático de delincuencia. Delincuencia a dos niveles; la delincuencia de los pobres desarrapados que se acostumbran a robar para sobrevivir y la de los grandes apellidos que defraudan al fisco; la del camello y la del gran traficante; la del carterista y la del funcionario corrupto; la de los que saquean las casas de sus semejantes porque no pueden trabajar en otra cosa o la de los que, amparados por el todo vale de una ideología sin moral, reducen a las naciones a la miseria a golpe de rumor y ataque financiero.

Delincuencia, al fin y al cabo. Hija inevitable de la dictadura del mercado; en el Londres de Charles Dickens y en el Buenos Aires de nuestros días. Hoy, las casas hermosas de mi barrio porteño lucen enormes rejas de barrotes y los patios se techan a cal y canto para evitar que nadie te despierte a medianoche a punta de pistola. Y cuando caminas por la noche miras al portal antes de entrar por si las moscas. Vayan preparándose. Es inevitable. Pronto, muy pronto, las calles de Vegueta o La Laguna se llenarán de barrotes, rejas y alambradas electrificadas. Cosas del mercado y de la miseria planificada con la que los gurús de la economía libre someten a los pueblos.

Publicado el por José Jiménez Almeida en Delincuencia, Desigualdad, Economía, General, Latinoamérica, Neoliberalismo, Opinión ¿Qué opinas?