Desalojo

Las contradicciones de la #BRevoluçao

Varios manifestantes agitan una bandera brasileña durante las protestas que se han desarrollado en Brasil en las últimas semanas.

Hace unos días asistí en el Centro Cultural Español de Buenos Aires a un encuentro de periodistas independientes de América Latina y me encontraba con una sorpresa que se confirmaría un par de días después. Natalia Viana, directora de APublica nos adelantaba el invierno caliente que se avecinaba. Esta periodista, una de las pioneras de la comunicación cooperativa de su país, nos descubrió un escenario de descontento social que, desde fuera, nunca hubiéramos podido imaginar. La explosión del 17J no nos cogió por sorpresa, aunque no la esperábamos. Brasil es algo así como el espejo en el que se miran los países de esta parte del mundo. Un ejemplo a seguir.

En los últimos tiempos, los países latinoamericanos han cambiado su relación trágica con la historia. Bastó con dejar de hacerle caso al FMI y decidir las cosas fuera de los muros de las embajadas norteamericanas en la región para iniciar un lento pero sostenido camino de recuperación económica y social. Según el último informe del Banco Mundial “la movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América Latina”, aumentó en un 50%, pasando de 103 millones de personas a 152 millones, es decir que, ahora, este grupo social representa un 30% de la población. A lo largo del pasado decenio, unos 50 millones de latinoamericanos salieran de la pobreza”.

Brasil encabeza esta carrera hacia el desarrollo de una región que, ‘desgracias’ a las políticas de ajuste que, hoy, amenazan a Europa, lleva décadas de retraso respecto a otras regiones del planeta. Según la poco sospechosa de socialismo OCDE, Brasil ha logrado “resultados sin precedentes en su lucha contra la pobreza y la desigualdad”. Cuando Lula da Silva llegó al gobierno (2002), un 38,2% de los brasileños estaba por debajo del umbral de la pobreza. Hoy el 20% de los brasileños son pobres. En los últimos 10 años, las políticas redistributivas del Partido de los Trabajadores lograron reducir la lista de los vulnerables un 36%. 27,9 millones de brasileños han salido de la pobreza en este periodo. Más de la mitad de la población española. Casi nada. Más de 35 millones de brasileños han subido el escalón y ahora engrosan una pujante y activa clase media.

Y aún así la cosa estalló. El desencadenante fue el incremento de 20 céntimos de real en el billete ordinario de la guagua en Sao Pablo. Pero sería estúpido pensar que el origen de la protesta sea ese. Hay más problemas de fondo. Brasil está en vías de resolver su problema más lacerante; la enorme desigualdad heredada. Pero el éxito económico apareja un problema en ciernes: la aparición de una clase media que demanda estándares de vida equiparables a ese cada vez más lejano Estado del Bienestar europeo.

No es de extrañar que al precio de las guaguas se sumaran las demandas de los homosexuales, la petición de una enseñanza pública universal o la creación de un sistema sanitario público de calidad y gratuito. Los desmesurados sobre costos de las infraestructuras del Mundial de Fútbol de 2014 y las Olimpiadas de 2016 y la especulación inmobiliaria aparejada actuaron como detonantes de la protesta. El desalojo de las favelas, la corrupción que se resiste a abandonar el país… Cuando el capital hace su aparición se resienten los derechos humanos.

La derecha quiso, desde el principio, apropiarse del malestar ciudadano. Los medios de comunicación de la oligarquía brasileña, capitaneados por O Globo, se lanzaron a la yugular del gobierno de Dilma Rousseff, heredera política del carismático Lula. Pero pincharon en hueso. ‘Eschucha O Globo, O poblo no es bobo’. Las revueltas en Brasil son la consecuencia lógica del éxito económico, social y cultural de los últimos tiempos. La creación de una sólida clase media (por primera vez es el escalón social más amplio del país con más de 104 millones) es el caldo de cultivo propicio para la aparición de una sociedad civil activa y una ciudadanía responsable.

Y así lo ha entendido rápidamente el gobierno de Rousseff, que ha anunciado la apertura de un proceso constituyente para incluir en la carta magna brasileña las demandas que este nuevo Brasil reclama: mayores derechos sociales, participación política, eficiencia, reparto más justo de la riqueza y un control exhaustivo de los fondos públicos para evitar la corrupción, ese mal endémico que apareja el libre mercado cuando no se le ata en corto. Gracias a la responsabilidad de su pueblo Brasil tiene la oportunidad de avanzar en su modelo social y económico. Una salida por la izquierda. A ver si aprendemos algo.

Publicado el por José Jiménez Almeida en Desigualdad, Economía, General, Latinoamérica, Movimientos Sociales, Neoliberalismo, Opinión ¿Qué opinas?