Felices fiestas a tod@s, sí, pero sin perder el norte.

Me encantaría poder desear “FELICES FIESTAS” y que todo el mundo sin diferencia se sintiese reconfortado al leer o al escuchar estas palabras.

Pero no, no es ni será así. Hay mucha gente que lo está pasando mal (siempre hay quien esté peor que uno mismo) y aunque en el fondo de su corazón los que me conocen sabrán que mi deseo es sincero y nada hipócrita… probablemente muchos y muchas me sonreirán con amargura, y pensarán o me responderán con uno de esos chascarrillos sabor agridulce porque sus fuerzas están gastadas, porque sus ánimos no son los que eran y porque el camino que queda por delante se hace (como poco) incierto, muy incierto.

De niña, cuando empecé a darme cuenta que esto de la navidad era un virus de alegría contagiosa que se repetía una vez al año deseaba con gran ilusión que llegasen esas fechas, y no porque en mi casa las fiestas fueran fastuosas ni abundantes en cuanto a comida y otros menesteres sino porque deseaba que por una vez todo se cumpliera de verdad.

Recuerdo el habitual comentario malhumorado e irónico de mi padre diciendo que todo era un montaje consumista (él simplificaba diciendo que todo era una mierda…) y a mi madre por otro lado respondiendo con una exclamación “-Jesús, hombre, no seas así, son las fiestas…!”.

Desde mi extraordinaria inocencia (muyyyy extraordinaria) yo miraba a uno, miraba a otro, luego miraba a mis hermanos (todos más pequeños que yo) y deseaba con mucha fuerza que ese año en mi casa se hicieran realidad las películas de la TV, los escaparates de las tiendas y todos esos buenos deseos que escuchaba de boca en boca cuando estaba en el medio de ciertas conversaciones…

Pero no, año tras año el deseo no se cumplía, por los motivos que fueran en mi casa no había árbol de navidad como el de Central Park (ni siquiera en la huerta…), ni portal de Belén por más que las muñecas de Famosa fueran todas en fila india, ni tampoco había mesa con mantel de hilo blanco ni platos de brillos dorados. La comida siempre fue sencilla (un día más salvo por el agregado de los turrones y las peladillas) y los camellos de los reyes magos no sé por qué extraña razón descargaban siempre los regalos más esperados en la vivienda de alguna vecina solidaria.

En casa: bragas, calcetines y el chándal que me vestiría gran parte del año.

No me quejo. Hoy sé que recibí mucho. Menos que otros niños pero más que otros cuantos.

Pero luego, cuando fui más grande y supe cómo iba todo… dejé de pedir deseos y juré cual Escarlata O’Hara que nunca nadie me quitaría la ilusión de las navidades, es decir… me la fabricaría yo misma!! Juré que nunca dejaría de poner árbol de navidad, que a mis futuros hijos les llevaría a ver a Papa Noel. Que sus cartas de los Reyes Magos tendrían como premio lo más esperado y que la comida esos días sería más abundante, más deliciosa y además toda ella puesta sobre una preciosa vajilla (sueño de toda mujer hacendosa…)…

Los años pasaron y la vida me enseñó muchas cosas. Por ejemplo que nunca debes jurar aquello que no podrás cumplir, más que nada aquellas cosas que no dependen sólo de ti… jajjaja …(aquí mi risa es un tanto singular…) y en especial que mi padre tenía razón a pesar de que mi madre le llamara la atención en cuanto a su vocabulario… jajjajajjaja…(aquí mi risa es una carcajada…).

No voy a ser yo quien demonice las fiestas navideñas pues ya lo hacen otr@s much@s (a los que no les faltan razones) y tampoco quiero caer en los típicos tópicos que tod@s ya conocemos. Pero si voy a demonizar a esa cultura (mal llamada cultura…), a esos medios, a esa propaganda, a esa partida de impresentables (mi padre diría aquí otra “palabra” más sincera…) que se encargan de inculcar, de motivar, de incrustar el consumismo en el cerebro de muchas personas.

Decir “consumismo” es igual que hablar solo de la punta del Iceberg que se oculta bajo el mar y por ello hasta aquí voy a dejar el tema por hoy. Se me ha hecho demasiado larga esta entrada del blog y no quiero aburriros excesivamente…

Por si alguien lo duda… yo no digo no a la navidad, tampoco digo que no las celebraciones y mucho menos digo que no a las ilusiones en especial a las de los niñ@s… pero si digo que no a la manipulación de los sentimientos y de la realidad que nos rodea.

No se puede ser feliz del todo ni en esta época del año ni en ninguna otra cuando miras a tu alrededor y ves tantas necesidades sin cubrir… y no hablo de caprichos. Hablo de NECESIDADES. Necesidades tan básicas como lo son la vivienda, un trabajo, pero trabajo digno (entiéndase: ni precario, ni de esclavos), la sanidad universal y de calidad para TODAS las personas, el acceso a los estudios que se ha vuelto prohibitivo para aquellos que no tengan una clase social alta (mal llamada clase social alta, yo pensaba que “tener clase” era otra cosa…) o una cuenta bancaria repoblada de ceros a la derecha…

No, no se puede ser feliz ni en esta época del año ni ninguna otra viendo como vemos día sí y otro también la continua caída de los derechos que tanto costó a nuestros abuelos y padres GANAR para nosotr@s. No, no se puede permitir que toda esa lucha que se cobró la libertad, la sangre y la vida de much@s personas que lucharon por sus derechos, LOS TUYOS, y los míos haya caído actualmente en el olvido o peor aún… en el sillón de la comodidad o la cobardía de aquellos que prefieren mirar hacia otro lado…

Bueno, a lo que iba cuando empecé a escribir y es que me pierdo en mis propias reflexiones… es que hay tanto que reflexionar, os habéis dado cuenta…? verdad…??

Felices fiestas a tod@s, sí, pero sin perder el norte.

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