Mitomanía sin complejos

Fotograma del filme 'Bohemian Rhapsody'. / FOX

Fotograma del filme ‘Bohemian Rhapsody’. / FOX

Cine y rock and roll, qué gran y bendita mezcla cuando se agitan bien… La mayor virtud de Bohemian Rhapsody, la historia de Queen para la gran pantalla, película que toma el nombre del legendario sencillo de esta no menos legendaria banda británica, es que te lleva inevitablemente en volandas por sus dos horas y cuarto de metraje y música. ¡Cómo no dejarse camelar y embelesar por un viaje a través de buena parte de tu propia memoria sonora y la de varias generaciones! Bohemian Rhapsody deviene en un hábil y eficaz ejercicio de mitomanía al servicio del puro espectáculo, abanderado por la convincente interpretación de Rami Malek -al que recordamos como protagonista de la serie estadounidense Mr. Robot-, trayendo de vuelta de donde quiera que esté a esa personalidad arrolladora llamada Freddie Mercury, a quien mimetiza sin renunciar a su propio sello y que supone uno de los principales activos de una cinta que se desarrolla a un ritmo ligero y fluido, no en vano su director primigenio, Bryan Singer -fue despedido a pocas semanas de finalizar el rodaje por el estudio en cuestión, la Fox, y sustituido por Dexter Fletcher-, es un consumado especialista en acción que aporta frescura y agilidad a este biopic grupal. Un producto cuasi hagiográfico que muestras sus cartas abiertamente y sin ningún tipo de complejos. Sin embargo, a pesar de atraparte desde el primer momento con estos artificios, resulta del todo injusto no subrayar que también es un filme edulcorado y políticamente correcto, a ratos superficial, que no profundiza por determinadas situaciones del devenir de Queen y de Mercury o pasa de soslayo por otras, cuando no las minimiza, las engrandece o las obvia, sin que la carga dramática sostenga momentos álgidos, aunque sí emocionales. Que la realidad no te estropee un buen titular, reza un antiguo aserto de la canallesca; aquí sería que la fidelidad a los hechos -incluso cronológica- no rebaje o desluzca la brillantez del conjunto. Las licencias narrativas y cierta laxitud suelen ser el precio que hay pagar para glorificar los mitos.

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Mística lunar

El actor Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong en 'First man', la nueva película de Damien Chazelle. / EP

El actor Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong en ‘First man’, la nueva película de Damien Chazelle. / EP

Toda épica atesora su mística, o dicho de una manera más prosaica, las grandes gestas esconden las dudas, los miedos, las esperanzas o los demonios interiores de quienes las protagonizan. First man, la primera incursión espacial de Damien Chazelle tras sus celebradas Whiplash y La La Land, ambas con la música como denominador común, transita de lleno esta senda, digamos intimista, para contar la intrahistoria de Neil Armstrong, el astronauta finalmente designado por la NASA para que fuera el primer ser humano en pisar la Luna. Chazelle no hace un biopic al uso, pero su personalísima propuesta, en la que dominan los aspectos introspectivos, carece de la emoción necesaria, de la sublimidad que requiere narrar la consecución de un hito más que histórico, y por ahí se rebajan con creces sus prestaciones y pretensiones finales. La cinta, por la propia filosofía que impregna el director, recuerda en demasía al Terrence Malick de El árbol de la vida o al de El Nuevo Mundo, no por la carga poética y fuerza de las imágenes, sino por sus momentos de querencia reflexiva, centrados en sus dos actores principales, Ryan Gosling y Claire Foy, en los papeles de Armstrong y su esposa, aunque aquí estos instantes se despliegan en un contexto menos apropiado. Desde esta perspectiva, la apuesta de Chazelle es clara y sin ambages, y para ello incluso no duda en pasar de puntillas a la hora de reflejar otras consideraciones de calado, como la situación geopolítica que posibilita la carrera espacial entre estadounidenses y soviéticos (en plena Guerra Fría) y, por ende, su gran objetivo: alcanzar el satélite natural de la Tierra, o el propio proceso de selección y entrenamiento de astronautas, en el que no incide lo suficiente. Desde luego, First man no es Elegidos para la gloria (Philip Kaufman, 1983) ni pretende serlo, pero se echa de menos ese toque de epopeya que, sin caer en el ombliguismo de bandera a la que son tan dados este tipo de filmes, insufle más gasolina a una película correcta que solo remonta en su epílogo y juega peligrosamente en la frontera del tedio.

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Sátira soviética

Cartel de 'La muerte de Staín', película del director escocés de ascendencia italiana Armando Iannucci.

Cartel de ‘La muerte de Staín’, película del director escocés de ascendencia italiana Armando Iannucci.

Satirizar el poder y a los que lo ejercen, especialmente quienes lo hacen de forma totalitaria, y caricaturizarlos hasta la saciedad resulta siempre una saludable práctica que, lejos de relativizar hechos y acciones, ayuda a percibir iniquidades y desenmascarar supuestas ideologías; ya lo hizo en 1940 Charles Chaplin con su impagable El gran dictador, ridiculizando a Hitler y a Mussolini, y de manera más cercana en el tiempo, aunque con otras claves y giros más desaforados y menos artísticos, Seth Rogen y Evan Goldberg en la burlesca The interview (2014), sobre el omnipresente líder norcoreano Kim Jong-un. La muerte de Stalin, de Armando Iannucci, es una nueva vuelta de tuerca a la hora de acercarnos a la historia en mayúsculas desde la perspectiva del humor, del humor negro. Esta lúcida comedia coral coloca la lupa sobre los momentos previos a la muerte de Stalin y la carrera por su sucesión entre la camarilla que lo rodeaba: Georgy Malenkov (Jeffrey Tambor), Vyacheslav Molotov (Michael Palin), Lavrenti Beria (Simon Russell Beale) y Nikita Kruschev (Steve Buscemi), quien a la postre, como sabemos, se hizo con las riendas de la todopoderosa Unión Soviética. Tomando como referencia la novela gráfica de Fabien Nury y Thierry Robin acerca de estos hechos, el escocés de ascendencia italiana Iannucci, creador de la popular serie Veep (HBO), traza un hilarante y trepidante fresco de este convulso capítulo histórico, que acabó con la amplia etapa del bigotudo dictador georgiano. Con tono incisivo, Iannucci dispara una batería de recursos que van desde el sarcasmo hasta el absurdo para reflejar los inestables mimbres de la cúpula del régimen dictatorial soviético, un conjunto sustentado por las excelentes prestaciones interpretativas del nutrido elenco (completado por Jason Isaacs, como Georgy Zhukov; Rupert Friend, como Vasily Stalin, y Olga Kurylenko, en el personaje de Maria Yudina), y sobre todo de Buscemi, en la piel del oportunista e intrigante Kruschev. El miedo permanente, la represión a través de purgas, la traición tras la vuelta de la esquina y el desbocado ansia de poder son las cuatro patas sobre las que asienta el filme, barnizadas cada una de ellas por una buena capa de parodia, que permanece presente en la mayor parte del metraje para en su epílogo dar paso de golpe a una crudeza que, como tal, nunca tiene nada de graciosa.

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Pablo Bardem

Fotogramaa de 'Loving Pablo'. / Filmax

Javier Bardem y Penélope Cruz son Pablo Escobar y Virginia Vallejo en ‘Loving Pablo’, filme dirigido por Fernando León de Aranoa. / Filmax

Pues sí, para qué negarlo si todo el mundo coincide. Estamos ya un poco saturados de las pequeñas pero grandes dosis biográficas sobre Pablo Escobar que se han venido sucediendo en un relativo corto periodo de tiempo cinematográfico, primero con Escobar: paraíso perdido (2014), el debut tras las cámaras del italiano Andrea Di Stefano, con un pantagruélico Benicio del Toro como protagonista, y luego con la celebrada serie Narcos, sin olvidar a Barry Seal: el traficante (2017), de Doug Liman, en el que su figura pulula por el ambiente. Por eso, la reiteración temática del personaje es el principal escollo al que se enfrenta Loving Pablo, la película de Fernando León de Aranoa, con nuestros oscarizados Javier Bardem y Penélope Cruz liderando el proyecto. La cinta, que toma como referencia el libro autobiográfico Amando a Pablo, odiando a Escobar, de la periodista colombiana Virginia Vallejo, amante en su momento del Patrón, que interpreta con solvencia Cruz, resulta otra vuelta de tuerca más acerca del controvertido capo del Cártel de Medellín. León de Aranoa se ha soltado definitivamente su frondosa melena después de Un día perfecto (2015), donde parece que dejó atrás su cine más social que tanta notoriedad le dio (Barrio -1998-, Los lunes al sol, -2002-, Princesas -2005-) para hacer ahora sus pinitos, con gran eficacia, en otros recovecos fílmicos. Loving Pablo posee una enorme factura visual y un ritmo ágil y dinámico, con unas notables escenas de acción. Se nota la madurez y el buen hacer del director madrileño, que está en un momento de su carrera en el que se atreve con lo que le echen. El Escobar de Bardem ensombrece al de Wagner Moura en Narcos y da más miedito -y eso ya es decir mucho- que el de Del Toro en Escobar: paraíso perdido -por cierto, película de infeliz título, por razones obvias-. Su caracterización del narcotraficante es la que más se le acerca, una mimetización casi completa. Bardem logra meterse a saco y hasta el fondo en la piel de un tipo de apariencia normal en lo físico, pero abyecto en todas sus facetas interiores, y a ciencia cierta que lo ha hecho, y si no que se lo digan a la propia Penélope, que confesó que le daba cierto pavor la oscura interpretación de su marido, por otra parte, lo más destacable del filme. En cualquier caso, Loving Pablo se deja ver, a pesar de soportar, insisto, la pesada losa de los mentados y cercanos antecedentes y de querer sintetizar, sin las lógicas lagunas, en apenas dos horas y poco toda la historia del auge y caída del mayor y más mediático narcotraficante.

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Una espía con alas

Jennifer Lawrence interpreta a una espía rusa en el filme 'Gorrión rojo'. / FOX

La oscarizada actriz Jennifer Lawrence interpreta a una letal espía rusa en el filme ‘Gorrión rojo’. / FOX

Finiquitados ya los Óscar, toca ahora transitar por una temporada en la que los blockbuster van a dominar la cartelera. El primer ejemplo, al menos con vocación de ello, lo hemos tenido en Gorrión rojo; por resumir, una mezcla de añejo cine de espionaje, resabios jamesbondianos y algún toque con sabor a Hitchcock. Un cóctel que si no combina bien sus ingredientes, no deviene en un producto tan compacto como se desearía. Basado en el libro del mismo nombre del exagente de la CIA Jason Matthews, la película narra la historia de Dominika, una primera bailarina del Bolshói que, tras sufrir una grave lesión, tiene que ingresar por necesidad en una férrea sección de los servicios secretos rusos, a cuyos miembros se les conoce como gorriones rojos, letales epígonos de la Guerra Fría El director de la cinta, Francis Lawrence, artífice de la saga de Los juegos del hambre y de trabajos como Soy leyenda y Constantine, traza un thriller con una potente carga sexual, donde la acción, tan habitual cuando se llega al paroxismo en este tipo de filmes, no resulta el elemento más importante, sino más bien accesorio, aunque el tono de violencia sí que está omnipresente, sobre todo en las escenas de tortura. El realizador ha preferido aquí incidir en la psicología de los personajes, que enfatiza bajo una fría atmósfera y un ritmo más que acompasado, que, por otra parte, resta agilidad y frescura a la trama. Gorrión rojo mira de frente a la actualidad, retratando, desde un punto de vista político, a una pujante Rusia que busca visibilizar, tras la caída de la Unión Soviética, su otrora preeminente posición en el concierto internacional. Pese a algunos aciertos, por ejemplo, su notable prólogo con un montaje paralelo y los giros inesperados a lo largo de la intriga -lo que se agradece, pese a correr el riesgo de cierta desorientación-, la película no llega a ser del todo redonda, sobresaliendo de su conjunto el buen hacer de Jennifer Lawrence, no así de su partenaire, el actor Joel Edgerton, en el papel del agente estadounidense Nathaniel Nash, con una evidente falta de química entre ambos. La interpretación de Lawrence, ad hoc gélida y distante, ayuda a resaltar el fundamento y las motivaciones de su impertérrito personaje, en un universo de pérfidos espías, en el que también destacan las aportaciones de Charlotte Rampling, como una oscura preceptora, y un, al parecer, recuperado para la causa Jeremy Irons, que hasta tiene incluso cara de gerifalte ruso.

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Follón sobre el hielo

Fotograma de 'Yo, Tonya', 'biopic' sobre la patinadora artística Tonya Harding. / NEON

La actriz Margot Robbie protagoniza el original ‘biopic’ sobre la patinadora artística estadounidense Tonya Harding. / NEON

Muchas veces recurrir al humor es la forma más despiadada de contar un drama. Yo, Tonya es el  atrevido, mordaz y desenfadado biopic sobre Tonya Harding, aquella patinadora artística -los más talluditos la recordarán- que allá por los años 90 de la pasada centuria se vio envuelta en una polémica mediática en Estados Unidos tras la agresión sufrida por su compañera y rival, Nancy Kerrigan, quien fue golpeada en sus rodillas por un sujeto contratado por el marido de Harding con ánimo de lesionarla gravemente, semanas antes de los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer (Noruega). Narrada con ribetes de falso documental (lo que los americanos llaman mockumentary), esta comedia negra, que recuerda por momentos a las enrevesadas historias de los Coen, con la pequeña gran salvedad de que aquí se trata de un caso real, se pasea por la vida de la tosca Harding, desde su niñez hasta el conocido escándalo deportivo y sus posteriores consecuencias, en una original puesta en escena dirigida por el australiano Craig Gillespie, con guion de Steven Rogers. La ironía y la sátira capitanean un filme que resulta en su quintaesencia una pura tragedia, la de una joven deportista, alentada, primero, por una madre egoísta y sin escrúpulos, y luego, bajo la égida de un inseguro y zafio marido, en su afán por intentar ser la mejor en una disciplina en la que a pesar de sus logros nunca se consolidó en lo más alto. Gillespie nos ofrece un fresco aparentemente inocuo, en el que no juzga los comportamientos de los protagonistas, que dan su versión libremente ante la cámara, y que aunque parezca que los suaviza con recursos satíricos y canallas, son, en definitiva, un mero envoltorio que sirve para esconder una realidad de sinsabores y desencuentros. Otra vez en esta temporada cinematográfica volvemos a mirar a la América más profunda, donde campan la incultura y los bajos instintos, esa que posiblemente llenó de votos la buchaca de Trump y que nos demuestra que hacía tiempo que estaba larvada, a punto de que alguien rascara un poquito para aflorar con fuerza. Harding, interpretada por una soberbia Robbie Williams, deviene más en víctima que verdugo, con la que llegamos a empatizar. Lo de menos es desentrañar qué ocurrió: si ella estaba realmente enterada de toda la estrambótica trama articulada por su esposo y su incalificable amigo guardaespaldas para lesionar a Kerrigan; lo de más es poner sobre la mesa desigualdades sociales, malos tratos y unos medios amarillistas que actuaron sin medida para lograr las mayores cuotas de audiencia. Yo, Tonya es una más que recomendable cinta donde sobresale, aparte de Robbie, Allison Janney (la inolvidable jefa de prensa de El lado oeste de la Casa Blanca), con un impagable papel de mamá sarcástica, dura e insensible, todo un personaje.

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Fábula pasada por agua

Sally Hawkins interpreta a una mujer de la limpieza enamorada de un monstruo anfibio en 'La forma del agua' / FOX

La actriz Sally Hawkins es la protagonista de ‘La forma del agua’, la nueva fábula del director mexicano Guillermo del Toro. / FOX

El cine de Guillermo del Toro (El espinazo del diablo, El laberinto del fauno, La cumbre escarlata, la saga Hellboy) está inundado de bendita y necesaria fantasía, que cultiva animosamente. Este epígono cinematográfico del realismo mágico es un cuentista nato, un fabulador incansable que se sumerge desde el batiscafo de la imaginación en el abismo de las emociones, sin desdeñar la crítica social y la reivindicación, en un universo a veces salpicado de monstruos y otros fascinantes seres, que suelen tener más humanidad que los humanos y donde los humanos suelen comportarse como verdaderos monstruos. La forma del agua (de la que, por cierto, Del Toro ha recibido ya una denuncia por plagio, extrañamente a poco más de una semana vista de los Óscar, donde concurre con 13 nominaciones…) es una deliciosa historia sentimental (no sentimentaloide), narrada con enorme pericia y potencia visual. Este enésimo y particular acercamiento al mito ya caleidoscópico de la bella y la bestia nos lleva a un laboratorio de una base militar estadounidense, allá por 1962, en plena Guerra Fría, donde trasladan a una extraña criatura anfibia con forma humanoide, a la que han capturado en la selva amazónica. En esa gélida instalación ubicada en Baltimore surge, primero, la curiosidad de la empleada de la limpieza Elisa Esposito (Sally Hawkins), huérfana y muda de nacimiento, y luego, el amor. Por eso, tratará de salvar a su acuático amado, con la ayuda de su dicharachera compañera Zelda Fuller (una siempre extraordinaria Octavia Spencer) y de su vecino Giles (Richard Jenkins), un veterano ilustrador, ante los planes del Gobierno norteamericano de eliminarlo, tarea encabezada por el abyecto agente de seguridad Richard Strickland (un sublime Michael Shannon, al que los papeles de malo le van como anillo al dedo), para que no caiga en manos de espías soviéticos. Del Toro, de los tres grandes directores actuales que ha parido México (los otros dos son Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu), rinde abiertamente en La forma del agua, la que puede ser su obra cumbre, un homenaje casi integral al séptimo arte, desde el cine mudo hasta los musicales, pasando por la ciencia ficción, e incluso la comedia ligera (además, la propia protagonista vive encima de un antiguo y desvencijado cine donde proyectan péplums). Un reconocimiento en toda regla a una industria que necesita cada vez más mirar hacia atrás para seguir adelante. Y es que el cine de evasión, cuando es de enjundia, siempre merece la pena.

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La libreta de Belén

Belén Rueda protagoniza la película dramáica 'El cuaderno de Sara'. / / TELECINCO.ES

Belén Rueda protagoniza ‘El cuaderno de Sara’. / TELECINCO.ES

Guerrillas fratricidas, niños soldado, minerales de sangre, corrupción, grandes corporaciones… Palabras que en su conjunto e interrelacionadas componen un triste y trágico fresco de la realidad de una buena parte de África que cada cierto tiempo se refleja en los medios de comunicación occidentales y que sirve para azuzar conciencias e indignarnos, aunque sea brevemente, el tiempo que tardamos en cambiar de canal o de pasar página y olvidarnos por completo del asunto. El cine patrio se ha acercado poco o nada a este escenario, lo más cercano en el tiempo es el multipremiado cortometraje Aquel no era yo (2012), dirigido por Esteban Crespo, merecedor del Goya 2013 al mejor corto de ficción (antes, dicho sea de paso, ganó el Festival de La Orotava) y que compitió en los Óscar 2014 de esa categoría. Este filme, que contó con el respaldo de las ONG Alboan, Amnistía Internacional, Entreculturas, Fundación el Compromiso y Save the Children, abordó específicamente el reclutamiento de menores como soldados de fortuna de grupúsculos guerrilleros que sirven al mejor postor. Se trata de una temática que recoge, entre otros aspectos, como los ya reseñados, El cuaderno de Sara, con Norberto López Amado detrás de las cámaras y libreto de Jorge Guerricaechevarría, habitual guionista de Álex de la Iglesia. La película narra las peripecias de Laura (Belén Rueda), una acomodada abogada que marcha al Congo (en realidad filmada en Uganda y algunas escenas por estos lares, concretamente, en Anaga) en busca de su hermana, Sara (Marian Álvarez), una médico que permanece con un grupo armado que controla el comercio del coltán, mineral de infausta fama, generador de conflictos y fundamental para la posterior fabricación de componentes microelectrónicos y de telecomunicaciones (elementos presentes en nuestros inofensivos móviles, por ejemplo). Rueda es el principal activo de esta cinta con evidente mensaje de denuncia, pero que se transmite de manera colateral y escasa contundencia, lo que resta fuerza al conjunto. Posee un metraje que tarda en exceso en arrancar y coger el ritmo adecuado, que solo se acrecienta cuando llegan los instantes de mayor acción. El cuaderno de Sara está muy bien rodada, se nota la pericia de López Amado, curtido especialmente en series televisivas, pese a que los flashbacks que aparecen no engarzan en la historia con el agarre suficiente, y arroja un previsible desenlace con un epílogo que no llega a emocionar. Sobre la película planea como referente la larga sombra de Diamantes de sangre, el notable filme de Edward Zwick.

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La madre de las vallas

Frances MacDormand protagoniza 'Tres anuncios en la carretera', del director Martin McDonagh. / FOX

La actriz Frances McDormand es una madre coraje en el filme ‘Tres anuncios en la carretera’, del director Martin McDonagh. / FOX

El guionista y director Martin McDonagh nos sorprendió en Escondidos Brujas (2008) con un thriller trufado de comedia negra, y ahora, tras Siete psicópatas (2012), regresa a la gran pantalla con Tres anuncios en las afueras, una película de enjundia, densa y transversal en cuanto a género, que utiliza como eficaz vehículo para retratar el anverso y el reverso de la psique humana los firmes deseos de justicia de una madre cuya hija adolescente ha sido asesinada tras sufrir una violación, sin que, pasados varios meses del crimen, se haya encontrado al culpable o culpables, y que recurre a unas vallas publicitarias para denunciar la supuesta inoperancia policial a la hora de resolver el caso. Tres anuncios en las afueras, acreedora ya de varios premios y una de las serias aspirantes a los Óscar, deviene así en un carrusel de emociones encontradas, donde los personajes -empezando por la protagonista, la inconmensurable Frances McDormand, en el papel de Mildred Hayes, una auténtica madre coraje- no son todo lo que aparentan ser ni obrar, en un sustrato tamizado por un cúmulo de sombras y luces. McDonagh sitúa su trama en el ficticio pueblo de Ebbing, al que coloca en el estado de Misuri, en pleno Medio Oeste norteamericano, un escenario ideal para el pulso que mantienen Hayes y el sheriff Willoughby (Woody Harrelson), un duelo que parece entresacado de un western clásico, con la salvedad de que aquí el tipo duro es una antiheroína visceral y con mucha mala leche, tanto de verborrea como de acción, que destila ocasionalmente destellos de ternura y comprensión. McDonagh transita una vez más con estudiado equilibrio por el drama y el humor ácido, alumbrando la sempiterna moraleja de que siempre, por mucha oscuridad que veamos en el fondo del abismo, hay posibilidad de redención, como le ocurre a Dixon, el racista y con pocas luces ayudante del sheriff, encarnado por un estupendo Sam Rockwell. El imaginario de los hermanos Coen (y no porque esté en la cinta MacDormand, una de sus musas, esposa de Joel e inolvidable agente local de Fargo) pulula en este nuevo acercamiento cinematográfico a la América más profunda, violenta, paleta e ignorante, a la que miramos, y no de reojo, en la infausta era dominada por el signo de Trump.

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El instante más Churchill

Gary Oldman encarna al primer ministro británico Winston Churchill en 'El instante más oscuro', filme dirigido por Joe Wright. / UNIVERSAL

Gary Oldman encarna al histórico primer ministro británico Winston Churchill en ‘El instante más oscuro’, filme dirigido por Joe Wright. / UNIVERSAL

Y llegó El instante más oscuro, el segundo biopic parcial sobre la figura de Winston Churchill que en apenas cuatro meses aparece en la cartelera, siempre con el contexto de la Segunda Guerra Mundial como escenario, por lo que la comparación entre ambas resulta inevitable. Si en la película rubricada por el australiano Jonathan Teplitzky y protagonizada por el escocés Brian Cox, de título taxativo y sin ambages, Churchill, la semblanza del celebérrimo primer ministro inglés se circunscribía a los inciertos días previos al decisivo desembarco de Normandía, en El instante más oscuro la radiografía del estadista orondo y amante de los habanos se centra en las primeras semanas de su acceso al poder, tras sustituir en estos menesteres a un dubitativo Neville Chamberlain, fracasado en su intento de lograr la paz en el Viejo Continente ante los embates belicistas del régimen nazi. Si la interpretación de Cox era notable, qué decir de la del camaleónico Gary Oldman, no en vano su trabajo le ha valido el Globo de Oro a mejor actor dramático y estar nominado a los Óscar, donde tiene muchas papeletas para alzarse con la preciada estatuilla. Las biografías cinematográficas se sustentan en una acertada caracterización del personaje (en este caso, con la ayuda de kilos de prótesis y maquillaje) y en la calidad interpretativa que se le imprima, elementos en los que cumple con creces Oldman, quien se apodera de la esencia del histórico premier. Si a esto le unimos una más que convincente dirección, el resultado final deviene en un producto entretenido y hasta didáctico, si bien en su debe pulula un matiz excesivamente hagiográfico. A diferencia de la cinta de Teplitzky, más sosegada e introspectiva, carente de una mayor emoción, aunque, eso sí, muy estética, el filme de Joe WrightOrgullo y prejuicio (2005), Expiación (2007), Pan (2015)- ofrece igualmente unos presupuestos visuales de altos quilates, pero conseguidos aquí con planos más ágiles y arriesgados, y un ritmo mayor o al menos más equilibrado, en el que sobresale un extraordinario arranque de película, donde se subraya la magnificencia de Churchill sin mostrarlo en pantalla. Sin embargo, Wright usa también el virtuosismo para tapar los bajones de un filme que vive sus mejores momentos cuando se ocupa de las entretelas del Gobierno y del Parlamento (ya saben que Churchill dijo eso de “nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”); del mismo modo, se echa en falta una mayor presencia de la siempre excelente Kristin Scott Thomas, que encarna a Clementine, la esposa del político inglés.

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