Un real verbo atropellado

El discurso del rey

Tan atrofiado verbalmente como el follón montado en la Academia del Cine a vueltas con la anunciada dimisión de Álex de la Iglesia, se mostraba el duque de York, luego rey de la Pérfida Albión con el nombre de Jorge VI, allá por la primera mitad del siglo pasado. Sus problemas con el habla y su consiguiente miedo escénico a charlar en público hicieron que recurriera constantemente a la ayuda de especialistas.

La historia de este real inconveniente en el escenario de una Europa a punto de entrar en guerra es el eje de El discurso del rey, cinta que marcha rumbo a los Oscar ondeando la bandera de favorita a ganar un buen botín de premios, no en vano lleva a cuestas 12 nominaciones.

Impecablemente británica, contenida y flemática, esta tragicomedia histórica se centra en la figura de Jorge VI -padre de la actual Isabel II de Inglaterra- y su escasa fluidez verbal, aunque toca muy de refilón, y a veces de una manera bastate frívola -todo hay que decirlo-, otros elementos consustanciales al entorno como la abdicación de Eduardo VIII por su romance con Wallis Simpson, una divorciada estadounidense (verdadero escándalo de la época); y no contextualiza en demasía el clima bélico que se cernía sobre el Viejo Continente ante el auge de los fascismos.

El discurso del rey

Pero el éxito del filme radica en rascar en la especial y no siempre fácil relación que establece Alberto Federico Arturo Jorge (ya saben: la realeza y los personajes de culebrones son los que tienen los nombres más largos) con un humilde terapeuta de origen australiano, poco ortodoxo pero eficaz en sus métodos. Dos mundos y dos realidades opuestas. La altivez aristocrática baja el labio ante la imperiosa necesidad de resolver una auténtica cuestión de Estado: que el rey no tartamudee en público y, por ende, no se someta a tal humillación ante millones de súbditos, y menos en pleno auge de medios de comunicación de masas como la radio.

Un personaje, el de Jorge VI, que ha resultado una perita en dulce para Colin Firth, que tiene todas las papeletas para llevarse el Oscar, siempre y cuando no lo impida papá Bardem, genial también en Biutiful. Un sublime Firth encarna a la perfección la naturaleza regia y el carácter torturado de Jorge IV. Le va a la saga Geoffrey Rush, en su papel de peculiar Pigmalion de la dicción, y Helena Bonham Carter, en el de sufrida esposa real.

El director de la película, Tom Hooper, no duda en hacer un guiño a otros personajes históricos de verbo atropellado con la presencia de Derek Jacobi, quien saltó a la fama por interpretar al emperador Claudio en la conocida serie de la BBC. En definitiva, El discurso del rey toma ropajes clásicos, sin muchos alardes, en un vehículo diseñado en exclusiva para los galardones hollywoodienses.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas 1 comentario

Respuesta a Un real verbo atropellado

  1. Sitedicenqueleí

    Creo que esta película debe ser premiada, independientemente del fondo (guste o no; se ajuste o no a la realidad). Los ingleses hacen excelentes recreaciones históricas, cuidan el maquillaje, el rigor en cuanto a vestuario, ambientación, modas… Es una época apasionante, con sus aciertos y sus fallos, con sus verdades y sus mentiras, pero ocurrió y al menos a grandes rasgos volverla a recordar es interesante. Firth tiene personalidad y ha hecho un buen trabajo y Helena la recuerdo en varias interpretaciones que aunque no magistrales, si me sorprendieron, tiene una mirada extraña. Yo, en confianza, confieso que el cine inglés me resulta casi siempre magistral. Buenos días

     

Añadir comentario