Rememorando un sainete

Lo repito. Treinta años se ha tardado en llevar al cine uno de los episodios más controvertidos, lamentables y casposos de la historia contemporánea española. Lentitos, por no decir otra cosa, sí que somos en este país para retratar los acontecimientos. El resultado global de 23-F -la obviedad del título de la película es pasmosa, como su oportunismo comercial- deviene rematadamente previsible en su concepción. Sin ahondar en el fondo del arduo y espinoso asunto que supone un intento de levantamiento militar o en las hipótesis alternativas que pululan sobre tal hecho (ustedes ya saben, que si se fomentó un golpe blando para evitar otro duro y demás: recomiendo por enésima vez y a costa de caer pesadito Anatomía de un instante, de Javier Cercas), la película va directa al grano y se limita a exponer las horas más angustiosas que vivió nuestra, por aquel entonces, párvula democracia, dejando de lado las aristas y los interrogantes que siempre ha despertado este episodio que nunca debió ocurrir. A un ritmo más o menos súbito, aunque quizás a veces se note falta de garra y tensión narrativa, e intercalado en ocasiones con imágenes reales de la época, la película de Chema de la Peña resulta correcta tanto en ambientación como en su faceta semidocumental, y resume de forma forzada lo que básicamente ocurrió en esas inciertas horas de 1981. Tal vez lo que más resalte de la cinta sea el apartado interpretativo, con un inmenso Juan Diego (definitivamente, lo borda en los papeles de militar), en la piel del huidizo, ambiguo e intrigante general Alfonso Armada; y un convincente Paco Tous (da miedo, incluso), enfundado en el teniente coronel Tejero (bigote, tricornio y pistola); sin desmerecer a Lluís Marcó como Jaime Milans del Bosch. No obstante, De la Peña no consigue caracterizar muy bien que digamos a los principales actores políticos de esos momentos, empezando por Adolfo Suárez (Ginés García Millán) y siguiendo por Manuel Gutiérrez Mellado, Felipe González y Alfonso Guerra (el único que se “salva” es el actor Joan Pera, que físicamente se asemeja a Santiago Carrillo, aunque su interpretación resulta residual). A todos ellos, el guión de Joaquín Andújar les da poca o ninguna cancha. En resumidas cuentas, no está de más visionar 23-F -en especial las nuevas generaciones-, pese a tener un claro tufillo a serie televisiva, o como dirían los yankees, a TV movie, y un final bastante happy para lo que fue ese particular sainete de asonada militar. En cualquier caso, 23-F sirve para refrescar la consabida moraleja de guardarnos de salvapatrias e iluminados que se arroguen el derecho de decidir por todos qué es lo mejor para un país.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas ¿Qué opinas?

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