Martilleando por doquier

 

Una de las escenas de la segunda parte de 'Thor: el mundo oscuro'. / MARVEL

Una de las escenas de ”Thor: el mundo oscuro’. / MARVEL

Cuando una historia en el evasivo mundo de la fantasía sirve irremisiblemente y sin rubor alguno a los efectos especiales y no al revés, mal pinta la cosa. La segunda entrega del destructor y letal Thor, ese dios vikingo con martillo incluido, hijo de Odín -ya saben el del Walhalla y demás mitología escandinava-, metido a superhéroe por obra y gracia de la Marvel, opta sin ambages por este fácil camino y no tiene ni la fuerza ni el interés de otros proyectos cinematográficos auspiciados por la conocida factoría estadounidense de cómics, por mucha “oscuridad” que se nos venda. La primera entrega de esta saga -¡sí, habrá más!, que nadie lo dude- mantenía el tipo a duras penas, sobre todo porque expelía un halo shakesperiano -al fin y al cabo el director del filme era Kenneth Branagh- y cainita por las cuitas entre el cachas Thor (Chris Hemsworth) y el maquiavélico Loki (Tom Hiddleston) -el personaje más interesante, aunque un poco sobreinterpretado-. Sin embargo, la continuación de las andanzas siderales y terrícolas de esta martilleante deidad nórdica se pierden en un laberíntico y depauperado guión. La cinta se encuentra a la cola de las preñadas por la Marvel y a años luz de filmes como los de Iron Man o Los Vengadores, los preferidos de la casa, por lo que se ve. En definitiva, mucha pirotecnia técnica y poca chicha narrativa. Y, encima, proclive a producir bostezos.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Añadir comentario