Una gala ‘low cost’

Que España es diferente ya lo sabemos. Más allá de supuestas buenas intenciones laborales y de acuerdos beneficiosos -la pela al final es la pela-, solo en un país como este ocurren cosas como que dos personas ataviadas con trajes alusivos a una conocida empresa de trabajo temporal entreguen tres premios en la máxima fiesta del cine patrio. No sé ustedes, pero yo no me imagino en los Óscar a dos individuos vestidos de Ronald McDonald dando la preciada estatuilla dorada al mejor cortometraje de ficción por mucho que la cadena de hamburguesas fuese patrocinadora. En fin, supongo que todo formaba parte de esa querencia a gala low cost de estos Goya 2014, edición que parió una ceremonia escasamente brillante a la par que sobria, en la que, como era previsible, el ínclito y malquerido ministro Wert estuvo muy presente a pesar de no dejar ver su brillante testa por territorio enemigo. Pocas sorpresas y pronósticos casi cumplidos en una convocatoria donde la gran perdedora fue la más nominada -suele ocurrir-, La gran familia española, y que tuvo en Vivir es fácil con los ojos cerrados a la triunfadora de la noche -junto a Las brujas de Zugarramurdi-, con un David Trueba pletórico y verborreico. Del gesticulante, y novato en el difícil cometido de conducir este carro, Manel Fuentes, qué decir, pues eso, que debería haber sobreactuado menos y dejar los aspavientos a un lado -igual le habría ido bien fijarse en el tranquilo Buenafuente, con sus manos en los bolsillos-. El popular presentador, periodista y cómico catalán comenzó un tanto nervioso y tardó en conectar con un respetable bastante frío de inicio, a lo que no ayudó, desde luego, su chiste fácil sobre el ojo del mayor de los Trueba. Los vídeos y gags alrededor de las películas candidatas, como siempre, de lo mejorcito de la gala, incluido el guiño de los presentadores de anteriores ceremonias -hay que curarse en salud con humor-, además del ya habitual e hilarante sketch chanante de Muchachada Nui -tendrían que darle algún año la oportunidad de dirigir el cotarro, seguro que nos divertiríamos más-. Aparte de los reiterados palos al ministro ausente, el espectáculo discurrió con lacerante normalidad, falto de ritmo y sin adornos, y por ende, sin excesiva profusión. Hasta el propio discurso de Enrique González Macho, el presidente de la Academia del Cine, quien no está ungido precisamente por las musas de la oratoria, careció de una mayor contundencia -tal vez porque, según reiteró él mismo, continúan los mismos males que afectan a la cinematografía nacional, y no le falta razón-. La emoción en mayúsculas llegó al menos en la velada de la mano de esa señora de la escena llamada Terele Pávez, con su merecidísimo Goya que, por fin, también se llevó otro grande de nuestra gran pantalla, Javier Cámara.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

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