Pantagruélico Del Toro

Fotograma del filme 'Escobar. Paraíso Perdido'. / DA

Benicio del Toro, en ‘Escobar. Paraíso Perdido’

No soy un fan irredento de los biopics, dado que no suelen ser propensos a sorprender ni en su planteamiento ni en su concepción, limitándose la mar de las veces a hacer un somero repaso vital, ora lacrimógeno ora laudatorio, o simplemente revisionista, y poco más. Sin embargo, hay honrosas excepciones, como el filme que ahora nos ocupa y que explora en el universo del que podríamos denominar como el padre de todos los narcotraficantes habidos y por haber, o sea, el colombiano Pablo Escobar, el tristemente célebre jefe del Cártel de Medellín, muerto en 1993 a manos de las fuerzas armadas del país cafetero y que dejó tras de sí un reguero de víctimas como macabro balance. La nueva película sobre este capo di tutti capi, urdida por el debutante Andrea Di Stefano, se titula de manera poco acertada Pablo Escobar: Paraíso Perdido (convendrán que la coletilla no es nada afortunada) y llama la atención no por no ser un filme biográfico al uso, sino porque ni siquiera es un filme biográfico. Di Stefano plantea la cinta desde el punto de vista de un joven y cándido surfista canadiense (en la piel de Josh Hutcherson) que se enamora de la sobrina del narcotraficante (Claudia Traisac) y entra a formar parte -sin quererlo- del círculo del famoso delincuente. Aunque la trama se centra en el personaje -de ficción- del veinteañero norteamericano la siniestra e inquietante figura de Escobar copa -engulle, diría- toda la película, incluso aunque esté fuera de campo. El Patrón -como lo llamaban- está encarnado por ese pedazo de actor de nombre Benicio del Toro, genial, desmesurado, pantagruélico, la mejor opción posible para mostrar el carácter poliédrico del abyecto narco. Su caracterización se come literalmente la aparente afable imagen del Escobar real y se transmuta en la de un mafioso que hace del mismísimo Vito Corleone un mero colegial, un auténtico reverso del papel de poli bueno que interpretaba en la incuestionable Traffic (Steven Soderbergh, 2000). Di Stefano soslaya biografía -meros apuntes- para articular un auténtico thriller que poco a poco adquiere el cariz de inquietante y que le da el aprobado con nota a este actor metido a director en la que es su primera obra cinematográfica.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

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