Crepuscular Sherlock

 Ian Mackellen interpreta a un Sherlock Holmes en el otoño de su vida. /  EUROPA PRESS.

Ian Mackellen interpreta a un Sherlock Holmes en el otoño de su vida. / EUROPA PRESS.

En un verano que no está dando para muchas alegrías cinematográficas, con alguna que otra excepción, resulta sumamente gratificante ver que la cartelera propone películas tan edificantes como Mr. Holmes, enésima revisitación cinematográfica (y ya van….) del detective privado más famoso de todos los tiempos, con la salvedad de que es la primera vez que vemos en la gran pantalla de anciano al otrora célebre habitante de la londinense Baker Street -y eso que Arthur Conan Doyle lo hizo “desaparecer”, supuestamente para siempre, ya madurito. Con las imágenes aún rutilantes de la versión un tanto canalla y cuasi videoclipera de Guy Ritchie -por no mentar la excelente serie televisiva del ínclito sabueso, protagonizado aquí por Benedict Cumberbatch-, el Mr. Holmes del director y guionista Bill Condon (Dioses y Monstruos, Chicago, El quinto poder) se sustenta en la excelsa interpretación de ese monstruo -en la vertiente admirativa de la palabra, claro- llamado Ian McKellen, quien no solo será para la posteridad Magneto y Gandalf, sino también ya para siempre el Sherlock más crepuscular -y ojo, que con ello no quiero capitidisminuir su enorme talento como actor shakesperiano ni sus otros papeles de enjundia-. Mr. Holmes nos lleva a la campiña inglesa, donde el detective vive, a los 93 años, en su abúlico retiro, practicando el noble arte de la apicultura y rodeado de recuerdos y de manías -nunca se van-, y conviviendo, además, con un ama de llaves (una genial Laura Linney) y su perspicaz hijo (Milo Parker). El filme se focaliza en el ocaso del personaje y aunque la historia principal se bifurca en dos subtramas (el reciente viaje a Japón de Sherlock y el recordatorio de su último caso) y sus correspondientes flashbacks, ambas, de escaso suspense, son usadas magistralmente para remarcar el irremisible viaje a la senectud y al natural deterioro físico y psíquico, un proceso en el que McKellen lo borda como actor. Una película con clase y guinda incluida: Condon hace esos guiños que tanto gustan a los mitómanos y reúne, en un sutil cameo, al Sherlock más joven del celuloide, el recordado Nicholas Rowe de El secreto de la pirámide (Steven Spielberg, 1985), con el otoñal de sir Ian McKellen. Bien por Bill.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

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