La casa de los líos

Darren Aronofsky dirige la inclasificable 'Mother!'. / PARAMOUNT PICTURES

Javier Bardem y Jennifer Lawrence son los protagonistas de ‘Mother!’, del director neoyorquino Darren Aronofsky. / PARAMOUNT PICTURES

Mother!, Madre!, para los que hablamos la lengua de Cervantes, es de esas películas que dividen radicalmente al público -como se pudo apreciar durante su presentación en el Festival de Venecia-, entre los que les encanta y los que a buen seguro les parece una boutade enmarcada de astracanada o de solemne tontería (“¡tantas alforjas para este viaje!”, dirían); vamos, que resulta difícil situarse en medio de la polarización, pero que al mismo tiempo no deja indiferente a nadie, y ahí es donde gana la batalla el creador de este maremágnum cinematográfico, Darren Aronofsky (Cisne negro, Noé), consagrado ya en esto de escrutar la psique humana. Mother! parte de un argumento aparentemente simple: las cuitas de un matrimonio formado por un escritor que ha perdido la inspiración, en la piel de Javier Bardem, y su joven esposa, Jennifer Lawrence (geniales ambos en su duelo interpretativo), que vive en una mansión solitaria y que recibe una inesperada visita… Y ahí empieza todo. Bajo esta trama, el cinéfilo lector visualiza enseguida las influencias de El ángel exterminador -de nuestro Buñuel-, de La semilla del diablo -de Polanski-, de El resplandor -de Kubrick- y de cualquier otra película de terror medianamente decente basada en un inmueble encantado (y también, por ponernos cómicos, de Esta casa es una ruina o incluso, exagerando, que para eso es una cinta con vocación hiperbólica, de Una noche en la ópera, por lo del camarote de los hermanos Marx). Una primera parte llena de guiños al suspense opresivo, en el que la casona deviene en un personaje más, da paso a un desmesurado epílogo cuya razón de ser es el explícito y abierto simbolismo que rezuma este totum revolutum de filme, que abre una variada caja de interpretaciones y leitmotivs, desde el propio concepto de amor y las relaciones de pareja, la maternidad o el egocentrismo, pasando por la incompresión, la religión judeocristiana -son evidentes, entre otras, las alusiones a Caín y Abel-, la violencia, el odio, la sinrazón y un largo etcétera, tanto como el que te planteas una vez termina este fascinante delirio pergueñado por el director neoyorquino. Aronofsky nos hace pensar y eso siempre es bueno.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

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