Tormenta imperfecta

Fotograma de 'Geostorm'. / WARNER BROS.

Fotograma de ‘Geostorm’, dirigida por Dean Devlin / WARNER BROS.

 

Hacía tiempo que no aparecía por la cartelera una película de catástrofes de corte apocalíptico. A bote pronto, si no me falla la memoria y a riesgo de dejarme alguna en el tintero, la última cinta hasta la fecha de este subgénero nacido para mayor gloria de acongojar al respetable -como si no lo estuviéramos ya con esto del calentamiento global- fue San Andrés (2015), sobre la falla del mismo nombre, en California, protagonizada por ese armario llamado Dwayne Johnson. Geostorm es la nueva aportación a la causa del acabose de la humanidad, en este caso, a costa de los fenómenos meteorológicos devastadores. El filme, dirigido por Dean Devlin, que también ejerce de coguionista, narra el fallo en un sistema de satélites que controla el tiempo en la Tierra y que puede desembocar en un auténtico pandemónium. Su aparente virtud radica en que la trama catastrófica se envuelve en una especie de thriller con reminiscencias políticas e incluso tiene su toque de ciencia ficción con la estación espacial internacional construida ad hoc; sin embargo, el resultado ofrecido no deviene en satisfactorio, más bien lo contrario, empezando por la artificial relación entre los dos hermanos encargados del proyecto: Jake y Max Lawson (Gerard Butler y Jim Sturgess). Desde luego, al espartano Butler le va más pegar mamporros a diestro y siniestro, pero en el papel de ingeniero aeronáutico deja mucho que desear, a lo que no ayuda mucho los pueriles cuando no ridículos diálogos pergeñados por Devlin y Paul Guyot (el otro guionista). Y eso que el reparto tiene su lustre, con dos veteranos como Ed Harris y Andy García, que no dejan de ser meros convidados de piedra. Un producto de evasión como Geostorm debe destacar por encima de todo por sus efectos especiales, que se centran aquí en las escenas que ilustran desgracias meteorológicas (desde la congelación de una aldea afgana o de una playa de Río de Janeiro hasta una ola de calor que achicharra la madrileña Puerta del Sol); no obstante, no llegan a sorprender de la misma manera que lo han hecho otros filmes similares. La cinta tampoco posee ninguna pulsión dramática, y en el único atisbo se diluye al final con un decepcionante deus ex machina. Eso sí, al menos posee un mensaje a modo de moraleja que parece dirigido al inefable y negacionista Donald Trump: cuidadín, que el cambio climático no es coña…

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Noticias, Opinión ¿Qué opinas?

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