Liliput existe, no lo pises

Escena de 'Una vida a lo grande', fillme dirigido por Alexander Payne. / PARAMOUNT PICTURE

Fotograma de la película norteamericana ‘Una vida a lo grande’, dirigida por Alexander Payne. / PARAMOUNT PICTURES

Como una aventura sin retorno a Liliput, ese recóndito lugar visitado en Los viajes de Gulliver, Una vida a lo grande nos traslada a un mundo capitidisminuido fruto de una tecnología creada por científicos noruegos que permite reducir a las personas de su tamaño natural a apenas 12 centímetros -vamos, transformándonos en una especie de madelmans-, todo con una finalidad ecologista y conservacionista: cuanto más bajitos seamos, menos consumimos y contaminamos, así que, ¿por qué no empequeñecernos? El director de esta sátira medioambiental con ribetes de crítica social y hasta de existencialismo, que habla de un mundo miniaturizado que convive con el que llamaríamos normal, no es otro que Alexander Payne, un excelso y preclaro contador de grandes historias sencillas, como ha demostrado de sobra con Entre copas (2004), Los descendientes (2011) y Nebraska (2013), que se ha metido en este fregado de gran presupuesto con un acabado francamente irregular. Huelga decir que el filme resulta poderoso desde el punto de vista visual y efectista, explotando de forma hábil y eficaz los recursos técnicos inherentes a fantasear con la posibilidad de empequeñecer, además de resaltar las evidentes contradicciones de un universo en miniatura que coexiste con otro que no lo es. Precisamente, es en esta faceta donde la película campa a sus anchas como un producto entretenido y trufado de humor, en el que auténticos parques temáticos a modo de microcosmos idílicos en los que viven los pequeños reproducen a escala los mismos problemas individuales y colectivos de sus mayores: soledad, desamor, desigualdad, injusticia social… Sin embargo, la cadencia de la cinta y su frescura, también su comicidad, decaen de forma progresiva hasta llegar a un anodino epílogo, cuando Payne va desestimando las grandes cuestiones que suelen preocupar a la humanidad para centrarse en las cuitas personales del protagonista de este cotarro, un ciudadano corriente de Omaha llamado Paul Safranek y que tiene el rostro de un Matt Damon que no ha roto ni un plato. Al fin y al cabo, el oscarizado director -en realidad, sus dos estatuillas han sido en calidad de guionista- también se ha limitado a aplicar en la filosofía de su cinta el reduccionismo del que habla: de más a menos.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

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