Sátira soviética

Cartel de 'La muerte de Staín', película del director escocés de ascendencia italiana Armando Iannucci.

Cartel de ‘La muerte de Staín’, película del director escocés de ascendencia italiana Armando Iannucci.

Satirizar el poder y a los que lo ejercen, especialmente quienes lo hacen de forma totalitaria, y caricaturizarlos hasta la saciedad resulta siempre una saludable práctica que, lejos de relativizar hechos y acciones, ayuda a percibir iniquidades y desenmascarar supuestas ideologías; ya lo hizo en 1940 Charles Chaplin con su impagable El gran dictador, ridiculizando a Hitler y a Mussolini, y de manera más cercana en el tiempo, aunque con otras claves y giros más desaforados y menos artísticos, Seth Rogen y Evan Goldberg en la burlesca The interview (2014), sobre el omnipresente líder norcoreano Kim Jong-un. La muerte de Stalin, de Armando Iannucci, es una nueva vuelta de tuerca a la hora de acercarnos a la historia en mayúsculas desde la perspectiva del humor, del humor negro. Esta lúcida comedia coral coloca la lupa sobre los momentos previos a la muerte de Stalin y la carrera por su sucesión entre la camarilla que lo rodeaba: Georgy Malenkov (Jeffrey Tambor), Vyacheslav Molotov (Michael Palin), Lavrenti Beria (Simon Russell Beale) y Nikita Kruschev (Steve Buscemi), quien a la postre, como sabemos, se hizo con las riendas de la todopoderosa Unión Soviética. Tomando como referencia la novela gráfica de Fabien Nury y Thierry Robin acerca de estos hechos, el escocés de ascendencia italiana Iannucci, creador de la popular serie Veep (HBO), traza un hilarante y trepidante fresco de este convulso capítulo histórico, que acabó con la amplia etapa del bigotudo dictador georgiano. Con tono incisivo, Iannucci dispara una batería de recursos que van desde el sarcasmo hasta el absurdo para reflejar los inestables mimbres de la cúpula del régimen dictatorial soviético, un conjunto sustentado por las excelentes prestaciones interpretativas del nutrido elenco (completado por Jason Isaacs, como Georgy Zhukov; Rupert Friend, como Vasily Stalin, y Olga Kurylenko, en el personaje de Maria Yudina), y sobre todo de Buscemi, en la piel del oportunista e intrigante Kruschev. El miedo permanente, la represión a través de purgas, la traición tras la vuelta de la esquina y el desbocado ansia de poder son las cuatro patas sobre las que asienta el filme, barnizadas cada una de ellas por una buena capa de parodia, que permanece presente en la mayor parte del metraje para en su epílogo dar paso de golpe a una crudeza que, como tal, nunca tiene nada de graciosa.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

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