Desmontes Sorrentino

Fotograma de 'Silvio (y los otros)', de Paolo Sorrentino.

Toni Servillo protagoniza ‘Silvio (y los otros)’, una película de Paolo Sorrentino,

Nada mejor que usar la caricatura, recurrir a lo grotesco o a lo frívolo e hiperbólico para desmontar algo o a alguien. Paolo Sorrentino lo ha hecho con fina crueldad en Silvio (y los otros), lanzando hirientes andanadas, no exentas de cargas de fascinación, para deconstruir una época recientísima de la historia transalpina y al personaje que mejor la representó y que responde al sobrenombre de Il Cavaliere. El director italiano, tal vez el mejor heredero de Fellini, o al menos de su esencia, se acerca a la controvertida figura de Berlusconi en un filme que es en realidad el resultado del montaje final, con sus consiguientes recortes, de otros dos, un ensamble que se nota en su estructura global, lo que queda, sin embargo, en un segundo término ante el lacerante, ácido y decadente fresco que nos ofrece. Sorrentino entra a saco desde el primer instante. Una oveja absorta ante el televisor, clara metáfora del borreguismo de una sociedad inmóvil y adocenada que no es capaz de reaccionar, nos introduce en la cinta, en una primera parte en la que se suceden, casi a golpe de videoclip desaforado, los ímprobos esfuerzos de un arribista de provincias sin escrúpulos llamado Sergio Morra (Riccardo Scamarcio) por prosperar a toda costa mediante fiestas desenfrenadas para atraer a políticos y empresarios y, por encima de todo, para llamar la atención de Él (Él, es, obviamente, Berlusconi), que pulula como el Dios al que no se ve pero que está omnipresente. Y ahí, en este segundo tramo de metraje, es cuando emerge el personaje central sobre el cual gira el universo. Il Cavaliere visto por los ojos de Sorrentino, quien alimenta y deifica su figura para ridiculizarlo poco a poco. Un Silvio relativista y cínico, encarnado por un más que genial Toni Servillo, que pone buena cara a los que le critican y que permanece impasible tanto a sus lisonjeros como a sus detractores-ni se inmuta cuando una joven invitada a sus exclusivas fiestas le dice que su aliento es como el de su abuelo-. Este adelantado de la posverdad, mesías del todo es posible, al que Sorrentino incluso amaga con redimir -en realidad, una mera y breve engañifa-, generando empatía a través de la reflexión sobre el paso del tiempo -otra de las constantes del realizador italiano: La gran belleza y La juventud, como prueba-, pero no cuela… Su mofa y befa no tiene tregua.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

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